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LA RISA DEL VAMPIRO

ROBERT BLOCH

El destino nos juega extrañas bromas, ¿no es así? Hace seis meses yo era

un psiquiatra de fama, y en la práctica de mi profesión gozaba de un éxito más

que moderado; hoy soy un interno en un sanatorio para enfermos mentales. En

mi especialidad como alienista y médico, habla confiado muchas veces a mis

pacientes a la misma institución en la que hoy me encuentro confinado, y ahora

-¡ironía de las ironías!- soy su hermano en mi desgracia.

Y no obstante, en realidad no estoy loco. Me enviaron aquí porque quise

decir la verdad, y no era la clase de verdad que los hombres se atreven a

revelar o a reconocer. Soy consciente de que mi papel en el asunto me l evó a

sufrir una fuerte depresión nerviosa, pero no me afectó demasiado. Mi historia

es cierta; lo juro -pero el os no me creyeron. Naturalmente, no tenía pruebas

suficientes que ofrecer; no he visto al Profesor Chaupin desde aquel a noche

repleta de acontecimientos del pasado Agosto, y mis subsiguientes

investigaciones fallaron al acreditar su pretensión a un puesto en Newberry

College: Esto, no obstante, sólo atestigua la validez de mi declaración; una

declaración que me envió a este vergonzoso confinamiento, a una muerte en

vida que aborrezco.

Hay otra prueba concreta que podría dar si me atreviera, pero sería

demasiado horrible. No debo conducirles al mismo lugar de aquel cementerio

desconocido, indicarles el pasadizo que se abre bajo aquella tumba. Es mejor

que sufra solo, que el mundo se ahorre el conocimiento que destruye la

cordura. Con todo, es difícil para mi vivir así, y a la monotonía de mis días se

añade el tormento sin fin de mis sueños nocturnos. Es por esto que he decidido

escribir este relato. Quizás el desarrol o de mi historia servirá de algun modo a

aliviar el difícil peso de mis recuerdos.

El asunto empezó un día del pasado Agosto en mi oficina de la ciudad.

Aquel a mañana había sido una aburrida espera, y la larga y cálida tarde

l egaba a su fin cuando la enfermera hizo entrar al primer paciente. Era un

cabal ero que venía a verme por primera vez; un hombre que se presentó como

el Profesor Alexander Chaupin, de Newberry Col ege. Hablaba de una forma

sibilante, con un peculiar acento extranjero que me hizo presumir que no era

natural de este país. Le invité a que se sentara y procuré estudiarlo

rápidamente mientras aceptaba mi invitación.

Era alto y delgado. El cabello comenzaba a blanquear, tirando a platino,

aunque por su aspecto general aparentaba tener unos cuarenta años. Sus ojos

verdes, vacilantes, se hundían bajo una pálida frente protuberante, bajo unas

cejas largas y oscuras. La nariz era ancha, con sensuales ventanil as, pero sus

labios eran delgados, un contraste físico que en seguida llamó mi atención. Las

huesudas manos que descansaban sobre la mesa eran extraordinariamente

pequeñas, con largos dedos rematados por uñas afiladas, y pensé que se

dedicaba a trabajos de consulta y al estudio. Su postura flexible era como la de

una pantera en reposo; tenía la desenvoltura de un aventurero y los modales

refinados. A la luz del sol pude observar su rostro, y vi que todo su semblante

estaba cubierto con una red de finas arrugas. También noté la extraña palidez

de su piel, que indicaba alguna afección dermatológica. Pero lo más extraño de

él era su modo de vestir. La ropa, evidentemente nueva, era incongruente en

dos aspectos: demasiado elegante para presentarse a aquella hora y además,

no parecía hecha para él. Su traje era curiosamente holgado, los pantalones

grises a rayas le pendían, y la chaqueta parecía desplomarse sobre su cuerpo.

Había barro seco en sus zapatos de cuero y no l evaba sombrero. Sin duda,

era un tipo excéntrico, quizás, un esquizofrénico, con tendencia a la

hipocondría.

Me preparé para hacerle las preguntas de rutina, pero en seguida me

interrumpió. Me dijo que era un hombre de negocios, y que me iba a informar al

instante de sus dificultades, sin necesidad de preliminares o presentaciones.

Se acomodó en el sillón, donde la luz del sol se diluía en sombras, se aclaró la

garganta y empezó.

Dijo que estaba preocupado por ciertas cosas que había leido y oído; le

proporcionaban extraños sueños, y a menudo le procuraban periodos de

incontrolable melancolía. Esto interfería en su trabajo, y por consiguiente no

podía hacer nada, pues sus obsesiones estaban fundadas en la realidad.

Finalmente había decidido venir a verme para hacer un análisis de sus

dificultades.

Le pedí que me contara sus sueños e imaginaciones, esperando oír una de

las usuales descripciones del dispéptico. Mi suposición, sin embargo, demostró

ser funestamente incorrecta.

El sueño más corriente sucedía en lo que llamaré el Cementerio de la

Misericordia, por razones que pronto se sabrán. Este se hallaba en un antiguo

lugar, grande y medio abandonado en la parte más vieja de la ciudad, que

había sido próspera a Últimos del pasado siglo. El lugar exacto de sus visiones

nocturnas era dentro y en los alrededores de cierta bóveda recluida, situada en

la parte más arcaica y derruida del cementerio, y los incidentes del sueño

siempre sucedían de noche, bajo una pálida y sepulcral luna. Fantásticas

visiones parecían acariciar lúgubremente el paisaje nocturno, y habló

vagamente de voces que oía a medias que le instaban a avanzar hasta que se

encontraba en el paseo de grava que conducía a las puertas de la tumba.

Por lo general, sus sueños empezaban de esta manera, en medio de un

sueño tranquilo. De pronto, se hal aba caminando por la noche por un sendero

bordeado de árboles y entraba en esta tumba desatando las cadenas

enmohecidas que cerraban sus puertas. Una vez dentro, no hallaba dificultad

en conducir sus pasos por la oscuridad, sino que con misteriosa familiaridad se

dirigía directamente a cierto nicho que estaba entre los ataudes. Entonces, se

arrodillaba y apretaba un pequeño y escondido resorte o palanca entre las

desmenuzadas piedras del suelo. Un pivote mostrándole una pequeña entrada

que conducía a una caverna que se hallaba empotrada abajo. Al l egar aquí

habló del húmedo salitre que emanaba de este pasadizo y de los peculiares

olores nauseabundos que salían de la profunda oscuridad. No obstante, en sus

sueños no se sentía repelido, sino que entraba rápidamente en la misma y

después descendía por una serie de interminables y largas escaleras cortadas

en la piedra y la tierra, y bruscamente se encontraba en el fondo.

Luego empezaba otro largo viaje a través de laberintos y bóvedas

sepulcrales. Sucesivamente, vagaba por cavas y criptas, túneles y horadados

fosos abismales, todos envueltos en la negrura de la noche inmemorable.

Al llegar aquí se detuvo en su narración, y su voz se redujo a un estridente y

excitado susurro.

El horror venía siempre después. Se encontraba en una sucesión de

cámaras oscuramente iluminadas, y mientras permanecía encubierto en las

sombras, veía cosas. Estos eran los moradores de la cueva de abajo; los

lívidos engendros que hacían presa en la muerte: éste era su botín. Habitaban

en cavernas oscuras construidas con huesos humanos y adoraban los dioses

primitivos ante altares en forma de cráneo. Había galerías que condudan a las

tumbas y fosos aún más hondos en donde estaban al acecho de sus presas

vivas. Estos eran los espantosos seres nocturnos que contemplaba en sus

sueños: eran los vampiros.

Debió haber visto la expresión de mi cara, pero no titubeó. Su voz, mientras

continuaba, se hacía más tensa.

No tenía intención de describir esos monstruos, excepto para decir que era

horroroso contemplarlos. Era fácil para él reconocerlos a causa de ciertos actos

signnicativos que siempre ejecutaban. Era la visión de estos actos, más que

otra cosa, lo que lo horrorizaba. Hay cosas que no deben siquiera insinuarse a

mentes sanas, y entre ellas se encontraban las que le perseguían por las

noches. En sus visiones, esos seres no se le acercaban y parecían no

preocuparse de su presencia; continuaban entregándose a horrendos festines

en las cámaras sepulcrales o a unirse en orgías sin nombre. Pero de esto no

diría más. Sus viajes nocturnos siempre acababan con el tránsito de una vasta

procesión de estas monstruosidades por una caverna aún más profunda, un

viaje que veía desde el borde superior. Una visión rápida y estremecedora de

los reinos inferiores le recordaban el Infierno de Dante, y gritaba en sus

sueños, mientras veía la procesión demoníaca desde el borde, había perdido

pie precipitándose dentro del enjambre sepulcral que había abajo. Aquí, su

sueño terminaba afortunadamente y se despertaba bañado en sudor frío.

Noche tras noche, las visiones se sucedían, pero esto no era lo peor de sus

preocupaciones. ¡Su auténtica obsesión, su verdadero pavor consistía en el

conocimiento de que estas visiones eran ciertas!

Al llegar aquí le interrumpí con impaciencia, pero él insistió en proseguir.

¿No había visitado el cementerio desde sus primeros sueños y no había

encontrado la misma bóveda que reconocía a través de sus visiones? ¿Y qué

había de los libros? Le habían enviado para que iniciara una extensa

investigación entre los libros particulares de la biblioteca de un colega

antropólogo. Seguramente, yo, como hombre instruido, debía admitir las

veladas y sutiles verdades reveladas de modo tan furtivo en tales libros como

Los misterios del Gusano, de Ludvig Prinn, o el grotesco Ritos Negros, del

místico Luveh-Kerapht, el sacerdote del escondido Bast. Recientemente, había

emprendido algunos estudios en el loco y legendario Necronomicon de Abdul

Alhazred. No pudo impugnar el misterio que se halla detrás de todas esas

cosas como el censurado e infame Fábula de Nyarlathotep, o La leyenda de

Elder Saboth.

Aquí irrumpió en un divagador discurso sobre los oscuros secretos míticos,

con frecuencia alusiones a las antiguas creencias, como el labuloso Leng, el

oscuro N'ken y el diablo encantado Nis; también habló de las blasfemias de la

luna de Yiggurath y la secreta parábola de Byagoonae, el Sin Rostro.

Era evidente que estos desvaríos eran la llave que abría sus dificultades, y

con este argumento conseguí calmarle lo suficiente para explicárselo.

Sus lecturas e investigaciones le habían producido este ataque, y añadí que

no debía someter su cerebro a estas meditaciones, y que estas cosas son

peligrosas para las mentes normales. Había leído y oído lo suficiente para

saber que tales ideas no estaban concebidas para que los hombres las

buscaran o comprendieran. Además, no debía tomarse demasiado en serio

estos pensamientos. pues después de todo, estas leyendas eran únicamente

alegóricas. No existen vampiros ni demonios mitológicos, debía verse que

estos sueños podían ser interpretados simbólicamente.

Cuando terminé, se sentó en silencio durante un momento. Dio un suspiro y

luego habló con mucha cautela. Para mí era muy fácil decirlo, pero él pensaba

diferente. ¿No había reconocido el lugar de sus sueños?

Intervine con una observación sobre la influencia del subconsciente, pero él,

sin hacer caso de mi aseveración, continuó.

Luego, me informó con una voz que vibraba con una excitación histérica, me

contaría lo peor. Aún no me había contado todo lo que sabía y lo que le había

ocurrido cuando descubrió la bóveda de su sueño en el cementerio. No se

había detenido al ver corroborar sus visiones. Hacía algunas noches, había

l egado aún más lejos. Entró en la necrópolis y encontró el nicho en la pared;

descendió las escaleras y sorprendió el resto. Cómo se las arregló para

regresar, nunca lo supo, pero en todas estas excursiones, que habían sido tres,

él había siempre regresado y por lo visto se había ido a dormir, y a la mañana

siguiente siempre estaba en la cama. Era cierto -me dijo-, ¡había visto esos

seres! Ahora, debía ayudarle en seguida, antes de que cometiera algún acto

irreflexivo.

Le calmé con dificultad, mientras procuraba encontrar un método de

tratamiento lógico y eficiente. Se hal aba casi al borde de la locura. De nada

serviría persuadirle o intentar convencerle de que había soñado todos aquel os

incidentes, de que su sistema nervioso le había l evado a alucinaciones afines.

No podía esperar que él se diera cuenta, en su estado presente, que los libros

responsables de su enfermedad habían sido escritos por mentes desordenadas

y con el propósito de producir locos delirios. Era evidente que el único camino

abierto era alegrarle, y luego demostrarle concretamente el completo engaño

de sus creencias.

Por lo tanto, en respuesta a sus reiterados ruegos, cerramos un trato. El se

comprometía a conducirme al lugar donde pretendía que ocurrían sus sueños y

viajes, y después, demostrarme la verdad de lo que había manifestado. En

resumidas cuentas, quedamos que a las diez de la noche del día siguiente nos

encontraríamos en el cementerio. Su satisfacción fue tan grande al saber que

estaba dispuesto a acompañarle, que casi era patético el verlo, y me sonrió

como un chiquil o cariñoso a quien le han regalado un nuevo juguete.

Le prescribí un sedante suave para que lo tomara aquel a noche, arreglé los

menores detalles de nuestra futura cita y nos despedimos hasta la noche

siguiente.

Su partida me dejó en un estado de gran excitación. ¡Por fin veía un caso

digo de estudio: un profesor inteligente, un colega bien educado, sujeto a

grotescas pesadil as como un niño de tres años! En el acto decidí escribir una

monografía sobre los procedimientos que debía seguir. Estaba seguro de que

después de la noche siguiente podría demostrar de una manera concluyente la

falsedad de sus aberraciones y efectuar una cura inmediata. La noche la pasé

en un frenesí de investigaciones y meditaciones calculadas, y la mañana

siguiente en una rápida lectura de la edición expurgada del conde d'Erlette

Cultes des Goules.

El anochecer me encontró dispuesto para la tarea. A las diez, provisto de

altas botas, una chaqueta de lana gruesa y un casco de minero con una

lámpara en el extremo, me hallaba de pie en la entrada del cementerio. Estaba

dispuesto a recibir al Profesor Alexander Chaupin. Debo confesar que sentía

una extraña inquietud y un espantoso terror nocturno. No sentía ningún placer

en seguir aquel a desagradable tarea. De pronto, me hallé ansioso esperando

la l egada de mi paciente, aunque sólo fuera para tener una compañía.

Por fin l egó, vestido como el día anterior, y al parecer, de mejor humor.

Juntos escalamos la baja muralla que rodeaba la necrópolisS. Luego, me

condujo a través de un jardín de grava iluminado por la luna y dentro de las

sombras que se deslizaban, de un silencioso bosquecillo en el corazón del

cementerio. Aquí, las piedras de las tumbas parecían mirar de soslayo

burlonamente en medio de la oscuridad, y los rayos de la luna no penetraban

hasta ese lugar. Un terror atávico me estremeció involuntariamente, mientras

mi mente insistía, desatada en su locura, en escuchar el tráfago de los

gusanos. No me preocupé en dejar que mis pensamientos descansaran sobre

las sepulturas, o la diabólica densidad de las sombras que las circundaban.

Sentí un consuelo cuando Chaupin, imperturbable, me condujo al fin por una

larga avenida cubierta de árboles hasta los prohibidos portales de la tumba que

pretendía haber profanado.

No voy a entrar en detalles sobre lo que siguió, ni les contaré cómo

desatamos las cadenas que cerraban la tumba, ni a describir el espantoso

interior del mausoleo. Es suficiente para mí declarar que la promesa de

Chaupin fue ampliamente cumplida, pues encontró el nicho a la luz de nuestros

cascos de minero. Encontró el nicho y apretó el botón secreto, hasta que se

nos mostró el túnel que había abajo. Me quedé horrorizado ante esta

inesperada revelación, y una ráfaga de temor hirió mis sentidos

manteniéndolos en un estado de tensión sobrenatural. Debía de haber estado

mirando dentro de aquel negro orificio durante varios minutos. Ningu no de los

dos decíamos nada.

Por primera vez vacilé. Ya no tenía duda respecto a la validez de las

declaraciones del profesor. Me las había demostrado más allá de toda duda.

No obstante, esto no significaba que estuviera completamente cuerdo; esto no

lo curaba de su obsesión. Me di cuenta, con repulsión, que mi trabajo estaba

muy lejos de haber llegado a su fin, de que debíamos descender hasta aquellas

profundidades y dejar arregladas de una vez para siempre todas aquellas

preguntas todavía sin respuesta. No estaba preparado para creer en aquellas

jerigonzas incoherentes de Chaupin sobre imaginarios vampiros; la mera

existencia de un pasaje hacia una tumba no conducía necesariamente a

demostrar sus otras pretensiones. Quizá si fuera con él hasta el fondo del foso,

su mente podría al fin descansar respecto a su singular sospecha. Pero aunque

me horrorizaba reconocer la posibilidad, ¿por qué suponer que había realmente

una malvada y retorcida verdad en su relato y que abajo algo nos acechaba,

esperándonos? ¿Alguna banda de refugiados? ¿Fugitivos que acaso huían de

la ley? ¿Quién podía residir en aquel foso? Quizás accidentalmente habían

encontrado aquel lugar escondido. En este caso, ¿qué pasaría luego?

Aún así, algo me dijo que debíamos continuar y comprobarlo con nuestros

ojos. A este impulso interior, Chaupin añadió sus ruegos. “Déjeme que le

muestre la verdad -dijo- y ya no dudará más. Después de esto creería y sólo

con la creencia podría ayudarle. Me rogaba que continuara, pero si me negaba

tendría que pedir a la policía que hiciera una investigación del lugar.

Fue esto último lo que me decidió. No podía permitir que mi nombre se viera

envuelto en un escándalo. Si el hombre estaba loco, ya sabría cuidar de mí. Si

no lo estaba... bueno, pronto lo íbamos a ver. Por consiguiente, le di mi

consentimiento, aunque de mala gana, para continuar, y luego me puse a su

lado para que me enseñara el camino.

La entrada parecía la boca de un monstruo mitológico. Bajamos por una

escalera en declive en forma de serpentina hasta el pasaje de piedra húmeda

que estaba socavado en la sólida roca. El túnel era caliente y húmedo y en el

aire flotaba el olor de vida putrefacta. Era como un viaje por el más fantástico

reino de la pesadilla, un viaje que conducía a los secretos desconocidos bajo

los cadáveres enterrados. Aquí todo era secreto excepto para los gusanos, y

mientras continuábamos, empecé a desear que siguieran así. Estaba, en

realidad, presa del más espantoso pánico ,aunque Chaupin parecía

extrañamente tranquilo.

Varios factores contribuían a mi creciente inquietud. No me gustaban las

furtivas ratas que roían incesantemente desde innumerables agujeros

diminutos que se alineaban en la segunda espiral del pasaje. Un enjambre de

ellas invadió la escalera; blandas, gruesas y abotargadas. Empecé a

comprender la causa de aquella hinchazón y las probables fuentes de su

alimentación. Luego, también me di cuenta de que Chaupin parecía saber el

camino perfectamente, ¿y si fuera cierto que él había estado antes aquí,

entonces, qué pasaba con el resto de su historia?

Al mirar hacia abajo, recibí todavía otra sorpresa. En las escaleras no había

polvo. ¡Parecía como si las hubieran estado usando constantemente! Durante

un momento, mi mente rehusó comprender la importancia de este

descubrimiento, pero cuando al fin estalló claramente en mi cerebro, me sentí

de pronto lleno de asombro. No me atrevía a mirar otra vez, no fuera que mi

imaginación evocara la probable imagen de lo que podía subir de abajo y

ascender por aquella escalera.

Rápidamente, encubriendo mi terror pueril, me apresuré a seguir a mi

silencioso guía, cuya vela lanzaba extrañas sombras sobre los agujeros de la

pared. Me daba cuenta de lo nervioso que me ponía todo aquel asunto y en

vano traté de razonar conmigo mismo, ahuyentando los temores para

concentrarme en algún objeto definido.

Mientras proseguíamos no había nada tranquilizador a nuestro alrededor.

Las paredes resquebrajadas del túnel parecían vacías y espantosas a la luz de

la antorcha. Sentí de pronto que este antiguo sendero no había sido construido

para nada normal o parecido a la normalidad, y no temí que mis pensamientos

incidieran en las últimas revelaciones que podrían encontrarse más adelante.

Durante un buen rato nos deslizamos en el más absoluto silencio.

Abajo, abajo, abajo, nuestro camino cada vez se estrechaba más hacia una

oscuridad más profunda y húmeda. Luego, la escalera terminó bruscamente en

una cueva. Había una luz azulada, fosforescente, como ultravioleta, y me

pregunté cuál sería su origen. Me mostró una extensión abierta pequeña y de

superficie lisa, de donde colgaban hileras de colosales estalactitas y varios

pilares de gran anchura. Al fondo, en la densa oscuridad, había unas aberturas

que daban a otras excavaciones que conducían a perspectivas sin fin de una

noche olvidada. Un aire de horror heló mi corazón; parecía que habíamos

profanado con nuestra intrusión algunos misterios que hubiera sido mejor no

ver. Empecé a temblar, pero Chaupin me agarró fuertemente y hundió sus finos

dedos en mis hombros mientras me aconsejaba que guardara silencio.

Hablaba con voz bisbiseante mientras caminábamos juntos, uno al lado del

otro, en aquel a oscura y sombría caverna bajo tierra; murmuraba

aterradoramente lo que nos acechaba en la oscuridad. Quería demostrar ahora

que sus palabras eran ciertas; debía esperar aquí mientras él se adelantaba en

las tinieblas: al regresar, me traería las pruebas. Al decir esto, dio unos pasos

rápidos hacia delante, desapareciendo casi inmediatamente en una de las

excavaciones que nos precedían. Me dejó tan de repente que no tuve ni tiempo

de decirle que me oponía a su propuesta.

Me senté en la oscuridad y esperé, sin atrever a preguntarme qué era lo que

esperaba. ¿Volvería Chaupin? ¿Era todo un monstruoso engaño? ¿Estaba

Chaupin loco, o todo era cierto? En ese caso, ¿qué podría sucederle en aquel

laberinto del fondo? ¿Y qué me pasaría a mí? Había sido un loco en venir, todo

el asunto era una locura. Quizás aquel os libros no eran tan absurdos como

pensaba: la tierra puede abrigar los secretos más horribles en su pecho sin

piedad.

La luz arrojaba sombras sobre las paredes de estalactitas y se estrechaba

alrededor del oscuro círculo luminescente que procuraba mi pequeña antorcha.

No me gustaban esas sombras: eran retorcidas, enfermizas,

desconcertadamente profundas. El silencio era aún más potente; parecía

insinuar cosas sin nombre que aún debían venir: se burlaba de manera

intolerable de mi creciente miedo y soledad. Los minutos se arrastraban como

larvas y nada rompía aquel a mortal quietud.

Entonces llegó el grito: un grito rápido, que iba en aumento, de inenarrable

locura, brotó sobre el aire sepultado, y sentí que mi alma se partía, pues sabía

muy bien lo que aquel grito significaba. Ahora sabía -ahora, cuando era

demasiado tarde- que las palabras de Chaupin eran ciertas.

Pero no me atreví a detenerme a reflexionar, pues en seguida oí unas

suaves pisadas que l egaban de lo más profundo de las tinieblas, el crujiente

escarbar de frenéticos movimientos. Me volví y subí corriendo la escalera

subterránea con la velocidad que da la más profunda desesperación. No

necesitaba mirar atrás; mis horrorizados oídos captaron claramente la cadencia

de unos pies que corrían. No oía nada más que el clamor de esos pies o

zarpas hasta que mi aliento raspaba en mis oídos cuando daba la vuelta a la

primera espiral de aquellas interminables escaleras. Me tambaleé hacia arriba,

jadeando, ahogándome: una verificación en mi alma que consumía cualquier

pensamiento, excepto el del miedo mortal y la risa de horror. ¡Pobre Chaupin!

Me parecía que los ruidos se acercaban cada vez más; luego

brotó un ronco aul ido en las escaleras directamente debajo de mí. Un

bestial aullido que me dejó extenuado con sus tonos infrahumanos,

acompañado de una risa nauseabunda y espantosa. ¡Estaban l egando!

Seguí corriendo, al rítmico trueno de los pasos de abajo. No me atrevía a

mirar hacia atrás, pero sabía que se estaban acercando al hueco de la

escalera. Los cabellos se erizaron en mi nuca, mientras aceleraba el tramo de

escalera sin fin que se retorcía como una serpiente en la tierra. Me afanaba con

dificultad y chillé con todas mis fuerzas, pero los horrorosos aul idos me

pisaban los talones. Arriba, arriba, arriba, más cerca, más cerca, más cerca,

mientras mi cuerpo ardía de angustia y espanto.

Por fin se terminaron las escaleras y yo trepaba locamente por la estrecha

abertura mientras los monstruos corrían por la oscuridad a pocos pasos de mí.

Llegué cuando la luz de mi casco se apagaba; luego, atasqué la piedra en su

sitio, lleno aún de los rostros de los primeros horrores que se adelantaban.

Pero al hacerlo, la moribunda luz l ameó por un segundo y pude ver al primero

de mis perseguidores al resplandor de la luz. Luego se apagó. Cerré de golpe

el portal y pude l egar tambaleándome al mundo de los mortales.

Nunca olvidaré aquella noche, por más que quisiera borrar aquellos

espantosos recuerdos; nunca más encontraré el sueño que tanto ansiaba. No

me atrevo ni a matarme por temor a que me entierren en lugar de ser

quemado; aunque la muerte sería bien recibida por lo que he l egado a ser.

Nunca lo olvidaré, pues ahora conozco toda la verdad del asunto; pero hay un

recuerdo por el que daría incluso mi alma para conseguir borrarlo para siempre

de mi cerebro, aquel momento loco cuando vi a los monstuos a la luz de la

antorcha: la risa, los babeantes horrores de abajo.

¡ Pues el primero y principal de todos fue la risa del malvado monstruo

conocido por los hombres como el Profesor Chaupin!

El gato del infierno

(Título original: “The Cat From Hell”, publicado originalmente en Cavallier, 1977

y luego —con correcciones— en Tales of Unknown Horror, 1978. Traducción

de Gabriel Vaianel a)

Stephen King

Halston pensó que el viejo en la sil a de ruedas se veía enfermo,

aterrorizado y listo para morir. Tenía experiencia en ver tales cosas. La muerte

era el negocio de Halston; se la había brindado a dieciocho hombres y seis

mujeres en su carrera como asesino independiente. Conocía el aspecto de la

muerte.

La casa —la mansión, en realidad— era fría y silenciosa. Los únicos sonidos

eran el bajo crujido del fuego en el gran hogar de piedra y el bajo gemir del

viento de noviembre afuera.

“Quiero que cometa un asesinato”, dijo el viejo. Su voz era trémula y alta,

malhumorada. “Entiendo que eso es lo que hace”.

“¿Con quién habló?”, preguntó Halston.

“Con un hombre llamado Saul Loggia. Dice que lo conoce”.

Halston asintió. Si Loggia era el intermediario, estaba todo bien. Y si había

un micrófono en la habitación, cualquier cosa que el viejo —Drogan— dijera

quedaría registrado.

“¿A quién quiere matar?”.

Drogan presionó el botón de la consola construida en el brazo de su silla de

ruedas y ésta avanzó zumbando. De cerca, Halston pudo oler los amarillos

aromas del miedo, la rabia y la orina, todos mezclados. Le repugnaron, pero no

hizo ninguna señal. Su rostro estaba inmóvil y sereno.

“Su víctima está justo detrás suyo”, dijo Drogan suavemente.

Halston se movió rápidamente. Sus reflejos eran su vida y siempre estaban

en un alfiler puntiagudo. Saltó del sofá, cayó en una rodilla, se dio la vuelta, la

mano dentro de su abrigo deportivo hecho a medida, empuñando el híbrido

calibre .45 de cañón corto que pendía bajo su axila en una pistolera con resorte

que ponía el arma en su palma con sólo un toque. Un momento después

estaba afuera y apuntando a... un gato.

Por un momento, Halston y el gato se observaron el uno al otro. Fue un

momento extraño para Halston, que era un hombre sin imaginación y sin

supersticiones. Durante ese único momento, arrodillado en el piso con el arma

apuntando, sintió que conocía al gato, aunque si alguna vez hubiera visto uno

con rasgos tan inusuales seguramente lo recordaría.

Su cara era una división perfecta: mitad negra, mitad blanca. La línea

divisoria iba desde la cima de su cráneo plano directamente hasta su boca,

pasando por su hocico. Sus ojos era enormes en la penumbra, y atrapado en

cada pupila negra y casi circular había un prisma de lumbre, como un tétrico

carbón de odio.

Y el pensamiento se repitió como un eco en Halston: Nos conocemos, tú y

yo.

Luego pasó. Apartó el arma y se paró. “Debería matarlo a usted por esto,

viejo. No soporto una broma”.

“Y yo no las hago”, dijo Drogan. “Siéntese. Mire aquí dentro”. Había sacado

un sobre grueso de debajo de la sábana que cubría sus piernas.

Halston se sentó. El gato, que había estado agazapado en el respaldo del

sofá, saltó ágilmente a su falda. Miró a Halston por un momento con esos

enormes ojos oscuros, las pupilas rodeadas por finos anillos verde-dorados, y

luego se calmó y comenzó a ronronear

Halston miró a Drogan interrogativamente.

“Es muy amigable”, dijo Drogan. “Al principio. El lindo y amigable minino ha

asesinado a tres personas en esta casa. Eso me deja sólo a mí. Soy viejo,

estoy enfermo... pero prefiero morir en mi propio tiempo”.

“No puedo creerlo”, dijo Halston. “¿Me contrató para matar a un gato?”.

“Mire en el sobre, por favor”.

Halston lo hizo. Estaba l eno de billetes de cien y de cincuenta, todos viejos.

“¿Cuánto es?”.

“Seis mil dólares. Habrá otros seis mil cuando me traiga pruebas de que el

gato está muerto. El señor Loggia dijo que doce mil era su honorario habitual”.

Halston asintió, su mano apretando automáticamente al gato en su falda.

Estaba dormido, aún ronroneando. A Halston le gustaban los gatos. Eran los

únicos animales que le gustaban, de hecho. Se las arreglaban solos. Dios —si

existía uno— los había hecho máquinas de matar perfectas y reservadas. Los

gatos eran los asesinos del mundo animal, y Halston les tenía respeto.

“No necesito explicar nada, pero lo haré”, dijo Drogan. “Prevenido es

preparado, dicen, y no quisiera que se meta en esto a la ligera. Y parece que

necesito justificarme. Así no pensará que estoy loco”.

Halston asintió otra vez. Ya había decidido dar este peculiar golpe, y no

necesitaba ninguna charla previa. Pero si Drogan quería hablar, él lo

escucharía.

“Primero de todo, ¿sabe quién soy? ¿De dónde viene el dinero?”.

“Farmacéuticos Drogan”.

“Sí. Uno de los laboratorios más grandes del mundo. Y la piedra angular de

nuestro éxito financiero ha sido esto”. Del bolsillo de su bata le alcanzó a

Halston un pequeño frasco de píldoras sin etiqueta. “Tri-Dormal-phenobarbin,

compuesto G. Prescripto casi exclusivamente para los enfermos terminales. Es

extremadamente adictivo, verá. Es una combinación de analgésico,

tranquilizante y un alucinógeno suave. Es remarcablemente útil para ayudar al

enfermo terminal a afrontar sus condiciones y ajustarse a ellas”.

“¿Usted la toma?”, preguntó Halston.

Drogan ignoró la pregunta. “Es ampliamente prescripta en todo el mundo. Es

un sintético; fue desarrollado en los años cincuenta en nuestros laboratorios de

New Jersey. Nuestras pruebas estuvieron confinadas casi exclusivamente a

gatos, debido a la cualidad única del sistema nervioso felino”.

“¿A cuántos limpiaron?”.

Drogan se puso rígido. “Esa es una manera injusta y perjudicial de ponerlo”.

Halston se encogió de hombros.

“En el período de prueba de cuatro años que permitió que la FDA aprobara

el Tri-Dormal-G, casi quince mil gatos... eh, expiraron”.

Halston silbó. Casi cuatro mil gatos por año. “Y ahora piensa que éste volvió

para atraparlo, ¿eh?”.

“No me siento culpable en lo más mínimo”, dijo Drogan, pero esa nota

trémula y petulante volvió a su voz. “Quince mil animales de prueba murieron

para que cientos de miles de seres humanos...”.

“Olvídese”, dijo Halston. Las justificaciones lo aburrían.

“Ese gato vino aquí siete meses atrás. Nunca me han gustado los gatos. Son

animales detestables y portadores de enfermedades... siempre afuera...

vagando por las cocheras... recogiendo Dios sabe qué gérmenes en su pelaje...

siempre tratando de traer algo con sus tripas afuera dentro de la casa para que

lo veas... fue mi hermana la que quiso quedárselo. Lo descubrió. Pagó”. Miró al

gato durmiendo en la falda de Halston con un odio muerto.

“Usted dijo que el gato asesinó a tres personas”.

Drogan comenzó a hablar. El gato dormitaba y ronroneaba en la falda de

Halston bajo las caricias suaves de los dedos fuertes y expertos asesinos de

Halston. Ocasionalmente un nudo de pino explotaba en el hogar, tensándolo

como una serie de resortes de acero cubiertos con pellejo y músculo. Afuera, el

viento gemía alrededor de la gran casa de piedra, lejos en la zona de

Connecticut. Había invierno en la garganta de ese viento. La voz del viejo

seguía y seguía.

Siete meses atrás había habido cuatro de ellos aquí: Drogan, su hermana

Amanda, que a los setenta y cuatro era dos años mayor que Drogan, su amiga

de toda la vida Carolyn Broadmoor (“de los Westchester Broadmoors”, dijo

Drogan), que estaba gravemente afectada por un enfisema y Dick Gage, un

empleado que había estado con la familia Drogan por veinte años. Gage, que

había pasado los sesenta, conducía el gran Lincoln Mark IV, cocinaba y servía

el jerez de la tarde. Por la mañana venía una criada. Los cuatro habían vivido

de esta manera por casi dos años, una deprimente colección de viejos y su

criado familiar. Sus únicos placeres eran The Hol ywood Squares y esperar a

ver quién sobreviviría a quién.

Luego había l egado el gato.

“Fue Gage quien lo vio primero, gimiendo y vagando alrededor de la casa.

Trató de alejarlo. Le tiraba palos y piedritas, y varias veces le acertaba. Pero no

se iba. Olía la comida, por supuesto. Era poco más que un saco de huesos. La

gente los deja al lado de la carretera para que mueran al final del verano, usted

sabe. Una cosa terrible e inhumana”.

“¿Mejor que freírles los nervios?”, preguntó Halston.

Drogan lo ignoró y continuó. Odiaba a los gatos. Siempre lo había hecho.

Cuando el gato se negó a irse, le había instruido a Gage a ponerle comida

envenenada. Grandes y tentadores platos de comida para gatos Calo

mezclados con Tri-Dormal-G, de hecho. El gato ignoraba la comida. A esa

altura, Amanda Drogan había notado al gato e insistía en quedárselo. Drogan

había protestado vehementemente, pero Amanda se había salido con la suya.

Siempre lo hacía, aparentemente.

“Pero lo descubrió”, dijo Drogan. “Lo entró el a misma, en sus brazos.

Estaba ronroneando, justo como ahora. Pero no se acercaba a mí. Nunca lo ha

hecho... aún. Le sirvió un plato de leche. ‘Oh, miren al pobrecito, está

hambriento’, susurró. Carolyn y ella le susurraban. Repugnante. Era su manera

de vengarse de mí, por supuesto. Sabían lo que yo sentía por los felinos desde

el programa de pruebas del Tri-Dormal-G, veinte años atrás. Disfrutaban

fastidiándome, provocándome con eso”. Miró a Halston sombríamente. “Pero

pagaron”.

A mediados de mayo, Gage se había levantado a preparar el desayuno y

había encontrado a Amanda Drogan yaciendo a los pies de la escalera

principal en un lecho de loza rota y Little Friskies. Sus ojos hinchados

apuntaban ciegamente hacia el techo. Había sangrado muchísimo por la boca y

la nariz. Su espalda estaba rota, ambas piernas estaban rotas y su cuello se

había hecho añicos, literalmente como vidrio.

“Dormía en su cuarto”, dijo Drogan. “Lo trataba como a un bebé... ‘¿Tiene

hambre, mi queridito? ¿Necesita salir a hacer popó?’. Obsceno, viniendo de

una vieja corpulenta como mi hermana. Creo que la despertó, maullando. Ella

tenía su plato. Solía decir que a Sam no le gustaban realmente sus Friskies a

menos que estuvieran humedecidos con un poco de leche. Así que planeaba