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MIRCEA ELIADE

LA

SERPIENTE

E M E C É E D I T O R E S

Título original francés

ANDRONIC ET LE SERPENT

Copyright © Editions de L’Herne, Paris, 1979

41, rue de Verneuil 75007 Paris

IMPRESO EN ARGENTINA - PRINTED IN ARGENTINA

Queda hecho el depósito que previene la ley número 11.723

© EMECÉ EDITORES, S. A. - Buenos Aires, 1981

UNA DIALÉCTICA DE LO FANTÁSTICO

Una mirada, a través de las lentes, que viene de lejos bajo una frente concentrada, poderosa; las mejillas, el mentón toscamente tallado, cortados por una boca delgada, lineal, crispada. Los gestos febriles, a menudo

explosivos, a menudo torpes, las más de las veces controlados, una calma impuesta, dominada, detrás de la cual se agita la inquietud, a menos que sonría la serenidad. Habla poco. Prefiere escuchar y observar. Atento, interesado por todo, feliz, no de enseñar sino de aprender. El gozo del diálogo sostenido casi con una pasión de adolescente, libre de toda vanidad.

Atrincherado en el silencio y en las bocanadas de su pipa a fin de que el interlocutor no sienta sobre él la presencia del sabio y revele su originalidad sin compulsión. Deferente, espontáneo, lleno de tacto y de distinción en todo momento, de una dulzura franciscana. Una intensa presencia, a veces

interrumpida por un repliegue en sí mismo, como una corriente de agua que absorbiera la tierra. Modesto, increíblemente modesto, pero con un sentido muy claro del valor. Una candidez que lo lleva a regocijarse como un niño frente a las bellezas cotidianas del mundo, o quizás una profunda sabiduría, liberada de contingencias ordinarias y que contempla el siglo y los siglos...

A despecho de las circunstancias, la personalidad de Mircea Eliade me

parece típicamente rumana. A pesar de su prodigiosa notoriedad

internacional, el escritor y sabio continúa pensando y creyendo según las estructuras rumanas, evidentes en su obra literaria (todas escritas en su lengua materna), pero también en su personal estilo.

Es por eso que este punto de vista me parece indispensable para

abordar la prosa “fantástica” de Mircea Eliade, componente esencial de su literatura.

El volumen de recuerdos publicados en 1966 sugiere importantes

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consideraciones. Desde la infancia, aparece una actitud que se convertirá luego en postura permanente: la percepción de lo real bajo el ángulo de lo fabuloso. De pequeño, visita la casa de sus abuelos, donde descubre “un universo inextinguible, lleno de secretos, rico en sorpresas” y “donde comenzaba otro mundo”. En una mansión de Rîmnicul-Sărat donde pasó

algún tiempo con su familia, entra un día a una pieza milagrosa,

curiosamente deshabitada: “Si yo hubiera podido utilizar el vocabulario de un adulto, habría dicho que descubría un secreto... Podía en todo instante evocar ese encantamiento verde y me quedaba inmóvil, atreviéndome

apenas a respirar, y reencontraba la beatitud del principio, revivía con la misma intensidad mi súbita entrada en el paraíso de ese mundo sin igual”

(más tarde, provocará voluntariamente estas rememoraciones como medio de combatir sus crisis de melancolía).

Sin caer en el error de detectar un impacto infantil, que hubiera

determinado la vida de Eliade, podemos afirmar que se perfilaba un cierto tipo de experiencia espiritual y estética. El hecho banal, corriente entre tantos niños de su edad (tres o cuatro años), se transforma en un

acontecimiento existencial: introducirse en una pieza generalmente cerrada con llave, equivale en su espíritu a entrar en una zona sagrada, prohibida al profano. La confusa impresión experimentada por el niño se convertirá en tema de meditación para el adolescente y luego será explicada por el sabio que escribirá —metafóricamente hablando— que, ese día, lo sagrado hacía irrupción en lo profano. La beatitud que sentirá más tarde reviviendo ese momento, significará una anulación del tiempo, un retorno in illo tempore.

¿Nos equivocamos, aplicamos abusivamente al autor su propia teoría?

No lo creo. Sea lo que fuere, yo quería subrayar, con ese ejemplo, que la luminosa perspectiva del narrador Eliade pone en evidencia una solidaridad orgánica entre la experiencia personal del joven Eliade y los estudios emprendidos más tarde por el filósofo. Desde su infancia, una manera

particular de vivir y de percibir lo hacen sensible a la comprensión de toda experiencia en tanto redescubrimiento y revelación, abierto al simbolismo secreto del mundo, a la fascinación del destino que apenas se vislumbra, imperceptible, en lo cotidiano. Este núcleo profundo de la personalidad de Eliade, desembocará en consecuencia tanto sobre la pasión del erudito

cuanto sobre la necesidad de expresión directa del prosista. Además, el episodio mencionado más arriba, aparecerá casi tal cual en la obsesión de Stefan Viziru, personaje de la novela La Nuit de la Saint-Jean (La Noche de San Juan).

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Mircea Eliade ha señalado* la interdependencia que, desde el comienzo, relaciona sus páginas “realistas” y “fantásticas”. Sus primeros ensayos aparecidos en Ziarul Stiintelor Populare se titulan (hecho significativo para su orientación) “Cómo encontré la piedra filosofal” y

“Recuerdos de un retiro espiritual”. En el liceo, escribía, sin publicarlas, “Las memorias de un soldado de plomo”, historia cósmica de un trozo de plomo desde sus orígenes, en la tierra, hasta el juguete de hoy, al mismo tiempo que “La novela de un adolescente miope”.

Sería necesario recordar, de todas maneras, que muchos de sus

escritos se sitúan en la frontera de lo real y de lo fantástico. ¿Cómo explicar esta particularidad, harto rara, en la literatura rumana? Sin duda por las mismas razones que explican también el interés del hombre de ciencia por los fenómenos espirituales más diversos: una cierta percepción de lo

milagroso existente desde su infancia y una apertura cultural (viajes, estudios, lecturas, experiencias) hacia los sistemas de pensamiento situados fuera de las tradiciones nacionales y aun europeas, pero que, en

consecuencia, llega a comprender más profundamente. A este respecto, la literatura fantástica de Mircea Eliade se ubica entre su literatura realista y sus estudios de filosofía y de historia de las religiones, en el sentido en que la idea de considerar a los hechos como “fantásticos” constituye un término medio entre describirlos de una manera estrictamente positiva, indiferente al misterio, e interpretarlos de una forma cientificista, en función de ciertos complejos culturales arcaicos, o en función de un círculo de motivos míticos y rituales, etc.

La personalidad unitaria de Mircea Eliade está formada justamente por

la permanente interferencia de estas tres actitudes y la preeminencia de una o de la otra definiendo un cierto sector de su obra. La libre comunicación entre estas tres actitudes significa el movimiento interior de un hombre que no hubiera podido jamás satisfacer la exclusividad de una, puesto que, desde siempre, ha develado el misterio infinito de lo real y de su fascinante ambigüedad. Podemos, por lo demás, citar a Eliade mismo: “En todos los casos la dependencia entre escritos literarios y teóricos es real. Comenzando por los ejemplos más evidentes, yo podría recordar Le Secret du docteur Ronigberger, que deriva en línea recta del yoga…

Algunas líneas más abajo precisa: “Si yo me hubiese empeñado, el

simbolismo de la serpiente habría sido más coherente, pero entonces, la

* Fragmento autobiográfico.

Diario de Ciencias Populares, 1920-1921.

‡ Fragmento autobiográfico.

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intervención literaria habría quedado reprimida. No lo sé. He aquí lo que me parece interesante: mientras me sumergía en un tema caro a un historiador de las religiones como yo, el escritor rechazó toda colaboración consciente con el erudito y el intérprete de símbolos y se obstinó en permanecer libre de elegir lo que le pluguiera y de rechazar esos símbolos y las interpretaciones que le servia en bandeja el erudito filósofo. [...] Evidentemente, yo no querría dar la impresión de que escribía libros a fin de sostener alguna tesis. Si lo hubiese hecho, mis novelas habrían sido sin duda, filosóficamente hablando, más consistentes. En realidad, como la experiencia de La Serpiente lo prueba con plenitud, yo hacía literatura por el placer (o la necesidad) de escribir libremente, de inventar, de soñar y aun de pensar, pero fuera del corsé del pensamiento sistemático. Toda una serie de asombros, de

misterios, de problemas que rechazaba mi actividad teórica reclamaba,

posiblemente, verse colmada en la libertad de la escritura literaria.”

LA SERPIENTE

Esta novela (1937), de la misma manera que otras obras “fantásticas”,

se plantea de una forma absolutamente banal. Se entrevé al instante la concepción de Mircea Eliade; no hay solución de continuidad entre lo “real” y lo “fantástico”. Sólo una evaluación exterior, fundada en criterios extraños y por lo tanto inapropiados, ordena los acontecimientos en “verosímiles”

(reales) e “inverosímiles” (fantásticos). En revancha, según el criterio interno, el de la probabilidad épica (y no lógica, moral, social, etc.), todo el esfuerzo del escritor apunta a convencer al lector, de una manera insidiosa, del carácter posible de los hechos, ampliando progresivamente la concentración de lo extraño en la atmósfera inicialmente banal, hasta que se convierte en natural y aceptable. Aunque dentro de sus grandes líneas, esta concepción y esta técnica se presenten con preferencia en la creación de Mircea Eliade, me parecen particularmente convincentes en La Serpiente, la única de sus obras donde no interviene la dislocación espectacular del tiempo, del espacio o de la personalidad humana. Aquí, en efecto, nada de especial sucede, lo épico se resume en una línea semiclásica por su simplicidad. Un perfecto equilibrio de medios estilísticos impide que se ponga en evidencia un elemento de atmósfera en detrimento de otros, de manera que una relectura atenta

permite descubrir “enterrados” en el texto, numerosos elementos (posibles) de predicción, que pasaron inadvertidos en un primer momento. No se

encuentran metáforas o símbolos obsesivos, cargados de implicancias. La 8

sugestión se ha obtenido más por el conjunto que por el detalle. Hasta el ritmo que es lineal, perezoso, aparentemente indiferente, permanente como el encanto (en los dos sentidos de la palabra) de Andronic, está exento de esas aceleraciones o de esos espacios en blanco utilizados para marcar el

suspenso.

Al comienzo, esta vulgaridad de la gente burguesa ahíta testimonia un

abotagamiento de las conciencias donde titila apenas alguna vaga

aspiración de Liza o de Dorina, rápidamente asfixiada por los cálculos matrimoniales de la familia. La aparición de Andronic despertará esas

conciencias, reactivará sus funciones vitales y espirituales en el caso de Dorina, pero podemos imaginar, luego del fin, su recaída en el anonimato. De hecho, la sordina general de la novela atenúa los choques y reacciones, mientras que el efecto de los “milagros” de Andronic se limita a propensiones eróticas implícitas o explícitas.

Andronic aparece inopinadamente: sin ser introducido por alguna

tensión interna del grupo de veraneantes, responde a las insatisfacciones secretas de cada uno. El carácter extraño de la fascinación que el joven deportista mundano ejerce sobre estos pequeñoburgueses se acentúa

cuando, en el monasterio de Càldàrusani, es relatada la historia del

naufragio del que ha escapado misteriosamente. Algunas líneas de este

pasaje serán suficientes para ilustrar la soltura con la que Eliade maneja las connotaciones significativas de las palabras:… el barco “se hundió como trabado por un encantamiento y el plomo lo arrastraba”, dice Andronic, y luego: “Se hizo oscuro de golpe, la oscuridad descendía en oleadas desde la espesura.” Cuando una dama afirmó que él no estaba muerto porque Dios lo había socorrido... Andronic no pudo disimular una amplia, triste sonrisa.

“—Quizás por eso —respondió suavemente.”

El lago, el bosque, la muerte, el secreto (pagano) que él solo conoce, son los elementos de la seducción de Andronic, que se ejerce sobre cada uno en su totalidad y que emana no solamente de un hombre en tanto macho, sino también de un ser humano diferente de los otros.

El episodio del juego de las prendas en el bosque, es revelador.

Andronic, que no persigue ningún fin aparente, se limita a devolver la libertad a sus compañeros, dándole la ocasión de manifestarse

espontáneamente en el seno de una naturaleza cómplice. Stamate y Liza, Manuilà y Dorina, Vladimir y la señora Solomon, viven bajo un

encantamiento que ellos mismos crean por una coquetería nocturna con las tentaciones reprimidas durante el día. Incapaces de analizar su turbación, la llaman Andronic y las mujeres comienzan a desearlo mientras que en

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realidad lo que ansían es, de hecho, el Amor. Sin embargo, el encanto es potencialmente ilimitado y sentimos de pronto que el hechicero rebelde a las insinuaciones emite un fluido que sobrepasa el eros.

Así, cuando en la bodega del monasterio, Andronic cuenta la historia

por todos desconocida de la muerte de la virgen Arghira, ocurrida más de un siglo atrás, dice: “—No tengo la impresión de haber vivido, hace mucho tiempo, otra vida. Siento que he vivido siempre aquí, desde la fundación del monasterio…” Esta respuesta nos retrotrae a algunas palabras precedentes de Dorina, que vive un tiempo cíclico y, en sus sueños, se identifica con Arghira; asimismo, su descenso, soñado, al palacio de cristal de Andronic retoma el recuerdo del naufragio realmente contado por este último, como su propia navegación, realizada más tarde, hasta la isla. Andronic, por el contrario, perdura en un tiempo eterno, sin ciclos ni repeticiones,

“contemporáneo” no sólo del monasterio, sino del lago, de las serpientes y de los pájaros, los árboles y los juncos, y de los que afirma, no sin ambigüedad, que una maldición los condena “a no morir jamás, y a crecer siempre bajo las aguas”. Hay, en consecuencia, tres planos temporales: el de los

veraneantes, esclavos del instante; el de Dorina, que vive quizás “el Eterno retorno” de los acontecimientos; el de Andronic, atemporal, eterno. El primero será profano, los otros dos serían formas de lo sagrado. De todas maneras, si utilizo el condicional y la palabra quizás , es porque esta estructuración de significaciones no está marcada en ninguna parte en forma decisiva. El hechizo en el monasterio y las funciones de los personajes, comprendido Andronic, se apoyan sobre estructuras temporales pero no se constriñen a ellas.

El momento culminante, la invocación y el exorcismo de la serpiente por Andronic, reúne en un solo haz, de una intensidad mágica, las

significaciones mayores de la novela: eróticas, psicológicas (y

parapsicológicas), metafísicas. Andronic, el hechicero, se identifica con la serpiente en el plano de la fascinación erótica. “Dorina tuvo la impresión de que la serpiente venía directamente hacia ella y un súbito terror reemplazó al encanto del pasado. Como si de pronto despertara ante algo imposible de mirar, una cosa terrible y peligrosa que una joven mujer no tenía derecho de contemplar. Al acercarse, la serpiente parecía aspirar su respiración, esparcir la sangre en sus venas, abrasar su carne entera con un terror mezclado a estremecimientos desconocidos de un amor malsano. Había una insólita mezcla de muerte y de hálito erótico en esa oscilación horrorosa, en esa fría luminosidad del reptil.”

Ocurre del mismo modo para Liza y la señorita Zamfiresco. La

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identificación de las dos seducciones eróticas (la serpiente y Andronic) se produce en ese momento pero se hará evidente más tarde, en el sueño de las mujeres, cuando Liza, por ejemplo, vivirá “con una voluptuosidad infinita, mezclada con el terror de la muerte” el abrazo del hombre simultáneo a la aparición “de la cabeza terrorífica de la serpiente entre los puños cerrados de Andronic”.

Comprendemos poco a poco, que La Serpiente, título de la novela, es

más bien un “superpersonaje” de hombre-serpiente, engendrado por la identidad mágica entre el hombre y la serpiente. Es un ser primordial, telúrico, fascinante, porque presta su actualidad a la vivencia primera de aquéllos que lo contemplan. Las mujeres viven menos el deseo del abrazo sexual de Andronic que una suerte de éxtasis erótico impersonal, semejante a la orgía colectiva de los pueblos “primitivos” en los que el eros,

violentamente vivido por cada participante, tiene una función

supraindividual de comunicación mágica con la unidad del cosmos. Estas significaciones no se hallan explícitas en el texto, pero su sugestión latente opera incuestionablemente. En el momento de la invocación de la serpiente, así como en el episodio de los sueños, los personajes femeninos están

distribuidos de manera circular alrededor de Andronic. Por lo demás, esta composición circular de la novela es permanente. Sobre el camino del

monasterio, los personajes se agrupan por parejas; a partir del juego de las prendas, estas parejas se desorganizan; las mujeres, pero también los

hombres (Vladimir en particular) comienzan a gravitar en torno de Andronic.

Con la aparición del héroe, se reemplaza un tipo de composición por otro, al tiempo que en el plano psicológico, la conciencia de cada uno comienza a deslizarse hacia una nueva órbita. ¡He aquí una construcción evidentemente novelesca desde todos los planos de la significación! Andronic o Andronic-la-serpiente, se encuentra tanto en el centro épico como en el centro espacial de la novela (en medio de la habitación donde aparece la serpiente, luego en la isla en el medio del lago) cual el mago que ordena los ritos o perturba la percepción espaciotemporal de los profanos que lo rodean como el yogui de Nuits à Serampore (Las Noches de Serampore). Andronic ejerce su

encantamiento maléfico y perturba las conciencias desde el comienzo, desde su primera aparición, pero este embrujo no se revela como tal sino por la interpretación de un acontecimiento central: el exorcismo de la serpiente.

En este orden de ideas, ¿se podría hablar de simbolismo del centro en La Serpiente? Una vez más lo que está latente en el texto contiene la

respuesta. Andronic-la-Serpiente es el centro metafísico de la novela en la medida en que lo es también de lo épico, lo espacial o lo mitológico. Ubicado 11

en el “centro” Andronic-la-Serpiente posee el poder de una hierofanía, por medio de la cual lo sagrado alcanza lo profano y se le revela.

Para las conciencias “adormecidas” de los veraneantes, lo sagrado, que al comienzo ni sospechan siquiera, es revelado por Andronic. Su carácter hierofántico es sin embargo variado; si no inquieta más que superficialmente a la mayoría de los personajes, por angustias eróticas (las mujeres) o ansiedades de adolescente (Vladimir), modifica no obstante totalmente el antiguo yo (profano) de Dorina y le provoca un “segundo nacimiento”, como en los ritos de iniciación “clásicos”. Desde este punto de vista, el

encantamiento ejercido por Andronic-la-Serpiente en la conciencia más

“laica” del capitán Manuilà, es significativo: “de nuevo sintió crecer en él el terror y pesados los párpados... Si gritara... Imposible siquiera mover un dedo, ni emitir un gemido. Exactamente como en aquella hora de espanto inolvidable, cuando había entrado bruscamente a la pieza de su madre, en el campo, y la había encontrado muda, la mirada perdida, postrada en tierra sin saber qué había ocurrido. No fue sino más tarde cuando le contaron que una gitana había venido a decir la buenaventura y, luego de haberse

acomodado en el suelo, había sacado la mano de un muerto de su alforja y trazado un círculo a su alrededor. Era todo lo que recordaba…” Interesante, aquí, el respeto de lo particular de la conciencia, donde interviene la inserción de lo sagrado. Lúcido, irónico, desconfiado y rencoroso por celos, el capitán resiste por más tiempo a la seducción, pero la recibirá, una vez vencido, conforme con sus propias estructuras mentales: el temor del

presente, reflejo típico de una conciencia egocéntrica bruscamente apartada de su centro vital, la confianza en sí recordándole un terror de niño, un traumatismo enterrado en su subconciente y alrededor del cual construyó, más tarde, como una muralla, toda su conciencia ostensiblemente laica. Su traumatismo, probablemente acompañado de una pérdida del conocimiento

(“no se acordaba de nada”) se identifica aquí con el de su madre, que temía la mala suerte pero también la muerte (en apariencia: el desvanecimiento) conjurada por la gitana.

Las sugestiones profundas del texto descansan sobre numerosos

planos: el psicoanalítico (desvanecimiento [muerte aparente, identidad entre la madre y la “bien amada”], Dorina, igual miedo de perder una inversión afectiva capital); magia (emisión de un fluido mortal, identificación de la gitana y de Andronic “hijo de húngaros”, de la serpiente y de la “mano del muerto”, ambos mágicos); arcaicamente espiritual, la “muerte” del yo

profano interviene en un sentimiento de terror [sagrado] y una caída hacia la infancia, es decir, a la anulación del tiempo profano que separa la primera 12

revelación de la segunda, mientras que el lado positivo, el “nacimiento” de un nuevo yo, no aparece, lo que no deja de ser significativo.

Sugestiones del mismo orden se inscriben en lo vivido por los otros

personajes (Stere, Vladimir, la señorita Zamfiresco, etc.), poniendo en evidencia la preocupación mayor de Mircea Eliade: cuáles son las reacciones de algunas conciencias laicas, totalmente vulgares o amarradas con

angustias novelescas, frente a un acontecimiento extraño, estafa o brujería, en el plano de lo cotidiano, “hierofanía en el plano del dualismo sagrado-profano”. El hecho alrededor del cual se ordena, de una manera

significativa, el todo de la novela, está pues constituido por una exploración épica y artística de la dialéctica sagrado-profano.

Los episodios ulteriores derivan necesaria y lógicamente del episodio

central (y culminante), pero con una fuerza de convicción artística que no es siempre igual.

Los personajes se liberan lentamente, difícilmente, del hechizo, de ese extraño mundo en el cual han vivido fuera del tiempo. Ahora bien, es dentro de esta atmósfera que un nuevo “misterio” comienza a actuar: el misterio de un amor ignorado por todos, adivinado solamente y gracias al mismo

inquietante presentimiento anterior, por el capitán Manuilà. Su sentido real se hace efectivo en un diálogo doblemente connotativo, mantenido por Dorina y Andronic. La atmósfera general de inquietud disfraza la singularidad de las respuestas. El arte de Mircea Eliade se manifiesta en la apariencia de verosimilitud conferida al diálogo Dorina-Andronic, en la participación simultánea de este último en dos planos de significación y de vida. Me limitaré a citar algunas frases del capítulo X, aun cuando su función se imponga con menos claridad ante la ausencia del contexto:

“—No, la tranquilizó Andronic, usted ha tenido solamente la impresión.

No tuvo miedo... Estas cosas deben, de todas maneras, acontecer...

—Es verdad —dijo Dorina soñadora, pensativa.

—¿Por qué deben ocurrir indefectiblemente? —interrogó Manuilà,

inquieto.

—Esta historia de la serpiente —respondió Andronic (…)

Volvió dulcemente la cabeza y miró a Dorina en los ojos, una mirada

cargada de sobreentendidos. La joven se puso pálida.

—No es difícil sin embargo comprender —murmuró Andronic—. Cuando

una cosa se prepara…”

La continuación de la novela confirma la impresión de que en esas

réplicas existía un mutuo y secreto juramento. En cuanto a la fatalidad, sugerida, del encuentro de Andronic y de Dorina se convierte en una

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justificación posible, esotérica en realidad, del encantamiento de todos los hechos, comprendido el exorcismo de la serpiente. ¿Sería entonces esencial el elemento erótico del misterio y el resto se convertiría en un simple contexto, necesario pero de una significación secundaria? No, pues la

comunión de los dos personajes no es la consecuencia de un habitual

“flechazo de amor”, sino de una atracción impersonal, ocasionada menos por amor temporal que por trance, hechizo sobrenatural del cual Andronic, que parece el ordenador, no es nada más que el instrumento.

El siguiente capítulo, que apunta a develar la naturaleza profunda de

Andronic, es quizás un poco artificial desde el punto de vista artístico: “—…

La noche tiene para mí otros encantos... Vea usted todo esto —con un gesto abarcó el cielo, el bosque—, todo esto es más poderoso que el amor, y aun más grave...

”Más grave porque jamás se sabe de dónde viene, dónde está el

comienzo y dónde está el fin... Un amor, una mujer, se la ve ante uno, en su lecho mismo y al amor se lo siente nacer y morir… Pero estas cosas…”

Seguidamente Andronic se pasea en soledad por el bosque donde

habla a los pájaros y a los árboles gracias a una especie de magia

franciscana, dulce, ensoñadora, de ninguna manera esotérica, más parecida a la de un gran hermano que forma parte de una inmensa familia biológica que a la de un hechicero.

El amor y lo humano están, pues, integrados en un sentimiento de

perfecta inocencia adámica más allá del hábitat y de la especie humana. “—

Después de medianoche”, prosigue Andronic, “no sé lo que me pasa... A veces, me parece que soy un pájaro, otras, me creo un tejón o un mono... Y

casi siempre, olvido lo que he hecho, no recuerdo dónde he pasado las

noches…”

Este “poder” de Andronic cesa al alba para renacer cuando anochece y,

sobre todo, después de la medianoche. ¿Desdoblamiento de la

personalidad? Puede ser, pero entonces dentro del sentido de la dicotomía sagrado-profano, a la que corresponde la dicotomía nocturno-diurno.

Andronic participa de los dos niveles existenciales en su construcción histórica concreta: lo sagrado existe en él dentro de lo profano. Si su memoria personal parece imponerse a su memoria histórica es que este

hecho sugiere una memoria transhistórica, como si la irrupción de lo sagrado en lo profano dilatara las dimensiones fatalmente limitadas de lo último, confiriendo al individuo la perennidad de la especie. Andronic sería entonces el Hombre, pero el Hombre total, viviendo como Adán y los patriarcas, en los niveles profanos (aislamiento biológico en una sucesión de acontecimientos 14

temporales concretos) al mismo tiempo que en el sagrado (apertura biológica sobre el cosmos en una repetición de hechos típicamente atemporales).

El final de la novela, que parece insistir sobre la iniciación de Dorina, representa el despertar de la joven a la vida total, encarnada por Andronic:

“—No al menor dolor, no al mínimo temor, no a la menor timidez, sino

un gozo abrumador y amargo de todo su ser profundo, como si se hubiese investido con otra alma jamás sospechada y otro cuerpo, más dichoso, más divino…”

Sorin Alexandresco*

* Profesor en la Universidad de Amsterdam, autor de numerosas obras, especialista de la literatura fantástica.

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Oh, tú, dragón serpiente

el de escamas rutilantes

con nueve lenguas punzantes

con nueve colas batientes

ve rápido a buscarla

donde podrás encontrarla ...

y no le otorgues reposo

tanto es así que ella

la más bella entre las bellas

a mi encuentro se dirige

para hablarme y susurrarme.

Encantamiento de amor

16

I

Liza se aprestaba a aplaudir, previendo ya el final de la romanza.

Esperaba que el bullicio, las palabras que diría y los comentarios de los

otros la ayudarían a retener sus lágrimas. El estribillo, en verdad, la había emocionado violentamente, casi ferozmente, sobre todo los primeros

versos:

En mis cabellos otrora rubios

hay una mecha de plata…

¿De dónde provenían así, de pronto, tantos recuerdos, tantas

nostalgias? Le parecía haber escuchado ya esas palabras en alguna parte,

hacía mucho tiempo, cuando era pequeña y su tía Leana le recitaba los

poemas de moda de antes de la guerra...

“hay una mecha de plata…”

Era como si supiera, aun antes de oírlas, las palabras que seguirían.

Esperaba el final, al que el barítono confería una extraña tristeza:

“…no he tenido infancia!”

Exactamente como ella lo había presentido, sin poder controlar su

emoción y su inquietud. Estas palabras le traían a la memoria el rostro

sonriente de Leana, el jardín de moras junto al bulevar Pache y las

tristezas de antaño. Se sentía desdichada y le parecía que su juventud era un desastre, que nadie la comprendía y que nadie la comprendería jamás.

Su matrimonio —luego de una espera tan larga— con un funcionario

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superior le pareció tan vacío, los menudos acontecimientos tan sin

importancia... Hubiera querido hallarse en alguna parte, absolutamente

sola, para escuchar la romanza y llorar sin contenerse.

—¡Cópienme esas palabras! —escuchó elevarse la voz de Dorina, al

otro extremo de la mesa—. ¡Son maravillosas!

—Las palabras son antiguas —respondió el señor Stamate, no sin

timidez—. Sólo la melodía es nueva... Me agrada porque es una melodía

triste...

Se volvió hacia Liza, sin que ella se diera cuenta. Su éxito parecía más

bien sorprenderlo. Había aceptado cantar sólo al final de largas

insistencias. Conocía muy poco a la dueña de casa y a los otros invitados.

Sin embargo era gente bien, sobre todo los anfitriones. Una recepción

semejante, aquí, en Fierbinti, un pueblo, a una treintena de kilómetros de la capital...

—Un poco de vino cortado con agua mineral, si eso no le molesta —

pidió Stere, tendiendo un vaso por encima de la mesa.

Liza le arrojó una mirada despectiva. Atreverse a un gesto tal, luego

de una romanza... ¡Y eso era su marido!

—¿De quién son las palabras? —interrogó Dorina—. Es la primera vez

que las escucho...

Hablaba alto, desde el fondo de la mesa, para ser escuchada por el

capitán Manuilà. Había comprendido muy bien el porqué de esta fiesta con

todos esos invitados, arreglada en la campaña, en casa de su cuñado.

Deseaban casarla. Tenía ganas de sonreír. Cada vez que miraba al capitán,

viéndolo comer correctamente, siempre controlándose, poniendo atención

en no posar los codos sobre la mesa, tenía la impresión de que se prestaba para actuar en una farsa: ella sería la joven casadera y el capitán haría el papel de enamorado... Pero, ¿cómo, enseguida? ¿Con un desconocido?

—... No creo que pertenezcan a Bacovia* —dijo, siempre en alta voz.

De Arghezi tampoco... Estos nombres van a confundir quizás un poco al señor capitán —agregó, maliciosa, Dorina.

—No podría decirle de quién son —se excusó Stamate—. Sólo sé que

son muy antiguas.

El capitán Manuilà continuó escuchando a su anfitriona sin levantar

los ojos.

—En esas condiciones ni yo podría alquilar el departamento, señor

capitán —decía la señora Solomon—. Usted sabe, las gentes cuentan tales

* Poeta rumano moderno.

Ídem.

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cosas sobre los propietarios...

La señora Solomon aspiró largamente su cigarrillo,

concienzudamente, bajando las pestañas. Era exasperante este joven, con

su obstinado silencio. No poseía ni el más mínimo tema de conversación.

¿Se habría enamorado tan súbitamente?

El capitán no se atrevía ni siquiera a volver los ojos hacia el otro

extremo de la mesa, donde se hallaba Dorina, que no cesaba de lanzar una

retahíla de preguntas. Antes de que llegara a Fierbinti, cuando se

encontraba solo con Stere en el automóvil, se le había hecho comprender

que la decisión debía ser rápida. Los padres de la joven no podían esperar largo tiempo.

Dorina había obtenido su diploma en el otoño. No porque tuviera

necesidad de enseñar, sino simplemente porque lo había querido. Amaba el

estudio. No faltaban pretendientes, pero, los padres querían arreglar bien las cosas. Dorina decía que su sueño sería pasar la luna de miel como las

vacaciones, en el extranjero...

—¿Quién tomaría otro café? —preguntó el señor Solomon levantando

la mano.

La señora Solomon se estremeció, dichosa de poder abandonar a su

taciturno compañero.

—Excúseme un instante, por favor, voy a ocuparme de los cafés.

El capitán Manuilà enrojeció, inclinando exageradamente la cabeza,

como diciendo: “... pero seguramente, señora haga …usted es...”. Encontró

la mirada de Dorina que parecía considerarlo soñadoramente y sonrió.

Comenzó a tomar coraje.

—Veo que ama la poesía, señorita —dijo inopinadamente.

De pronto se hizo el silencio. Dorina se ruborizó bruscamente y

comenzó a repasar las cuentas de su collar. Al escuchar anudarse la

discusión sobre la poesía, él se inclinó sobre la mesa, con atención.

—No me agradan sino ciertos poetas —dijo Dorina—. Y sobre todo los

modernos...

—Lo he notado —sonrió el capitán Manuilà—. Los versos de hace

unos instantes, no los ha reconocido y sin embargo no son tan viejos.

Pertenecen a Radu Rosetti. *

Liza miró con asombro al capitán. Después de todo no era tan bruto...

Además tenía razón. Eran los versos de Radu Rosetti. Leana tenía sus

libros de poemas, esos volúmenes de los que Liza se acuerda muy bien,

* Poeta rumano menor.

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tantos años después de la muerte de su tía... Los guardaba sobre unos

estantes de su pequeña biblioteca que se encontraba en el salón, en la

vieja casa del bulevar Pache; allí habían quedado hasta la muerte de

Leana, llevada ella también, como las otras tías, por la tuberculosis. Liza cursaba entonces el primer año del liceo. Recordaba con qué avidez

contemplaba el pequeño mueble cargado de libros. Había también un Ion*

de reciente aparición y, a la muerte de Leana, se había alegrado

secretamente de tomar los volúmenes y guardarlos para siempre, nadie

soñaría jamás en reclamárselos.

De pronto, la voz imperiosa de su madre: “¡No toques nada, todo está

lleno de microbios!” Enseguida los libros fueron quemados, es lo que se le había dicho, al mismo tiempo que el canasto donde se hallaba la colección

del Universo Literario...

—¡Qué poeta este Rosetti! —exclamó Stere—. Lo conocí durante la

guerra...

Liza bajó la cabeza. Tiene sólo nueve años más que yo y sin embargo

parece tan viejo, tan extraño...

Él mismo se envejecía, sin que nadie se lo pidiera, como si quisiera

mostrarle, recordarle con brusquedad, que había conocido otra vida, que

era de otra generación...

Al ver que la discusión se había entablado, el señor Solomon se

levantó y abandonó la pieza. Penetró en la pequeña sala y luego de haber

cerrado la puerta, lanzó una mirada atenta a las botellas de vino y de agua mineral en los baldes de hielo. Abrió enseguida la puerta del dormitorio. La señora Solomon estaba delante del espejo, mirándose fumar. Con la mano

izquierda se arreglaba el pelo.

—Hemos terminado el vino —dijo el señor Solomon.

La señora Solomon se encogió de hombros. Se alejó del espejo con

suave paso y se sentó en el borde de la cama.

—Suerte que la comida terminó —dijo en tono sombrío—. Pero todo

ha estado excelente —agregó—. Ha habido más que suficiente. Tú decías

que el pollo no alcanzaría... ¿Has visto todo lo que ha quedado? A

propósito, ¿le has dicho a la sirvienta que los cubriera? Con este calor...

Los necesito esta noche...

Él también encendió un cigarrillo y se sentó en el lecho, al lado de su

mujer.

—No sé lo que has decidido, ¿iremos también nosotros al monasterio?

* Célebre novela del escritor rumano Liviu Rebreanu.

20

—Como quieras —respondió la señora Solomon—. Pero entiende que

yo no dormiré con todas esas chinches y esos mosquitos...

—Sólo hay mosquitos —sonrió Solomon.

—¡Como si tú sintieras alguna vez algo!

Se callaron unos instantes, fumando, con la mirada en el cielo raso.

—¿Qué piensas de ese capitán? —preguntó el señor Solomon.

—Me preguntaba justamente dónde habías podido encontrarlo...

—No es tan obtuso —la interrumpió él—. Cuando partiste,

comenzaron una discusión muy interesante... Tengo sin embargo la

impresión de que estaba un poco intimidado. ¿Será que Stere ha ido

demasiado lejos?

—Y el otro, ¿quién es? —interrogó la señora Solomon, levantándose.

—Stamate, un amigo del capitán. Me parece que es ingeniero

agrónomo...

Solomon aguzó el oído, ceñudo, tratando de adivinar qué pasaba del

otro lado, luego preguntó con voz deferente:

—¿Crees que los cafés estarán listos?

Se escuchaban elevarse las risas y las voces del comedor. Algunos

pasos lentos resonaron, luego la puerta se abrió y la anciana señora

Solomon entró en la pieza. Lo hizo con precaución, como si temiera hacer

ruido.

—¿Aquí es donde estaban? —preguntó sin asombrarse.

Se acercó lentamente a la cama, siempre con su cauto paso y se sentó

pesadamente, exhalando un suspiro.

—¿Qué impresión tienen? —preguntó, levantando los ojos.

—Si solamente él se decidiera... —dijo Solomon.

—Es justo lo que yo decía...

Solomon se volvió hacia su mujer:

—Aglaé, ¿si fueras a dar una vuelta por el comedor? Mira, tal vez

tengan ganas de pasar al jardín... Ya no hace tanto calor afuera...

La señora Solomon se detuvo un instante frente al espejo, el tiempo

de poner rápidamente su cabello en orden.

—¿Y tú qué dices? —la interrogó la anciana señora.

La señora Solomon se encogió de hombros y salió. No le interesaba.

—Si lo supiera...

Cuando la puerta se cerró, la anciana se volvió hacia Solomon.

—A ella no le gusta mucho...

—Ella es como es, tú la conoces, ¿no es así? Cuando uno está solo

aquí, quiere invitados y cuando los invitados están, se cae de fatiga. Pero a 21

mí, a mí me gusta el capitán. Además, es culto... De eso no hay duda.

—El otro también es gentil —dijo la anciana señora.

Se escuchaban ruidos del otro lado, sillas que se alejaban de la mesa,

risas, agradecimientos... El señor Solomon se apuró a abandonar la

habitación.

—Mamá —dijo sobre el umbral—, ocúpate de esta noche. Tú sabes,

para ir al monasterio es necesario estar bien preparado...

22

II

Hacía bastante calor en el jardín todavía y Stere se quitó el saco y lo

colgó en la rama de un cerezo. Se quedó en mangas de camisa. Se le veía la nuca redonda, neta, blanca. Riri pasó justo en ese instante cerca de él con una bandeja cargada de vasos empañados. La detuvo.

—Para mí, sin mermelada, gracias —dijo, tomando dos vasos, uno en

cada mano. * Apoyada en el cerezo, Liza lo vio beber el agua de un envión, la cabeza hacia atrás, como si quisiera recibirla justo en la garganta. Lo contempló casi sin sorpresa. En este segundo, tuvo la sensación de haber

desperdiciado su vida, de haber sido engañada, sin saberlo, antes de que

se apercibiera. Habría querido una cosa, una sola cosa: hablar con alguien, tener un amigo, un desconocido a quien pudiera contarle su vida, año tras

año.

Dio vuelta la cabeza. Muy cerca, sobre la hierba, se hallaba Vladimir,

el hermano de Riri, y los invitados. Le pareció que algo había cambiado en los gestos de Vladimir. Hablaba en tono diferente, con más solemnidad, de

una forma más responsable. Lo observó algunos instantes sin comprender.

Luego vio el cigarrillo que el muchacho sostenía con atención, en la mano.

El humo subía en el aire tibio del jardín para perderse rápidamente en una suave estela azul que se diluía en la claridad...

—¿Qué tienes, te duele la cabeza? —Stere se había aproximado y,

afable, la tomó del brazo.

—No tengo nada —sonrió Liza.

—Como si yo no supiera —exclamó Stere en voz alta—. Has

escuchado esa romanza de hace un rato. Siempre eres la misma: ¡una

sentimental!

* Es costumbre, en Rumania, servir el café acompañado de un vaso de agua y una cucharada de mermelada.

23

Stamate levantó súbitamente los ojos y enrojeció. Stere lo gratificó con

una mirada amigable, reconocida.

—¿No querría cantarnos algo más alegre, señor ingeniero? —lo

interrogó, dirigiéndose hacia el grupo y tirando a Liza por el brazo. Stamate quiso levantarse, pero Stere le puso la mano sobre el hombro.

—No se moleste, somos amigos, ¿no es así?

—Pensaba que quizás la señora... —balbuceó Stamate.

—Ella es lo que ha sido siempre, una sentimental y una romántica —

sonrió Stere—. Es por eso que le rogaba que nos cantara tal vez otra cosa, un poco más alegre...

Stamate tentó de levantarse por segunda vez. Se sentía incómodo,

sentado así sobre la hierba, las rodillas juntas, apoyadas contra el pecho, mirando hacia lo alto y tratando de disimular su turbación y su falta de

entusiasmo con una mímica exagerada.

—Bueno, está bien, no se moleste —repitió Stere, poniéndole otra vez

la mano sobre el hombro. Tal vez sea mejor estar de pie para cantar...

—No creo que se pudiera cantar en un jardín —dijo Liza—. No es de

ninguna manera el sitio...

Con un gesto irritado Vladimir arrojó el cigarrillo por encima de la

balaustrada. Había sido interrumpido justo en el momento en que tomaba

parte con más ímpetu en la discusión, cuando su timidez de la comida

había desaparecido.

—¿Cómo cantar con un calor semejante? Sería mejor que se sentaran

ustedes también sobre el césped y charlar todos hasta el crepúsculo. El

señor capitán sabe una cantidad de cosas interesantes. Justamente nos

decía que termina de leer un libro...

—¡Oh, usted sabe!... —se excusó el capitán.

—Ya veo, es usted verdaderamente un sabio, ¡no es broma! —se burló

admirativamente Stere.

—Tú sabes, Liza, a propósito de la existencia de Jesús —exclamó

Vladimir.

Liza fingió estar asombrada e interesada por el tema.

—¡Como si alguien pudiera saber algo cierto sobre la existencia de

Jesús!— declaró plácidamente Stere.

—Son documentos... —se atrevió a decir Manuilà.

—¡Como si esos documentos no hubieran sido hechos por los monjes!

—prosiguió Stere, socarronamente—. Repito lo que he dicho ya muchas

veces: la religión es buena para los paisanos, para la gente de baja

extracción, que de otra manera no serían sino anarquistas... O también se

24

puede decir otra cosa: Jesús ha sido un ideal de moral, de abnegación y

todo lo demás. En tanto que ideal, nada que decir; al contrario, deberíamos incluso tomarlo de modelo...

—¿De qué hablan con tanto ardor? —preguntó Dorina,

aproximándose al grupo.

El capitán se puso gentilmente de pie, seguido por Stamate. Stere no

tuvo tiempo de intervenir.

—Hablábamos de la existencia de Jesús —dijo Liza—. El señor

capitán ha leído un libro e iba en este momento a decirnos...

—¿No es El Hijo del Hombre, de Emil Ludwig? —preguntó Dorina.

—¿Quién es ese Ludwig? —interrogó Stere—. ¿No es el mismo que ha

escrito la vida de Napoleón? Liza, nosotros también tenemos ese libro...

El capitán Manuilà se inclinó cortésmente hacia Dorina y le

respondió, sin que los otros pudieran oírlo:

—No, señorita. Se trata de un libro menos célebre. En verdad no es

realmente nuevo, ha sido publicado hace una decena de años. Es Le

Mystère de Jésus, de P. I. Couchoud...

—¿Usted me lo prestaría? —preguntó Vladimir.

—Ciertamente, señor Sàveaunu —respondió atentamente el capitán.

Liza lo miró con creciente simpatía. De verdad, no parecería ser

hueco. Además, había brindado a Vladimir la ocasión de rehabilitarse. Lo

que dijo acerca de la existencia de Jesús fue bastante interesante. Tal vez podría haberse expresado más esmeradamente, habría podido hablar de

las catedrales, de la mística cristiana...

Vladimir quiso alejarse en compañía del capitán, de Stamate y de

Dorina, y formar un pequeño grupo aparte para continuar discutiendo a

gusto, pero Riri lo tomó del brazo y lo atrajo hacia un costado.

—Vuelve a casa —le murmuró—, Aglaé te llama.

Vladimir se lanzó corriendo hacia la entrada principal, con un paso

deportivo que le daba siempre una sensación vigorizante, recordándole que

contaba sólo diecinueve años, que estudiaba letras y que tenía aún toda la vida por delante...

—¿Me has llamado? —preguntó, aspirando profundamente.

—Quería saber si podríamos llevar el gramófono al monasterio —

explicó la señora Solomon.

Vladimir calló unos instantes, como si reflexionara. No sabía qué

responder. La pregunta era tan rara, estaba tan lejos de los pensamientos

despertados por la discusión de hacía un rato...

—No sé si tendremos tiempo de bailar —respondió distraídamente.

25

Llegaremos allá al atardecer, será necesario mostrarles el lago, el bosque y lo demás... Luego, nos sentaremos a la mesa...

—Entonces, lo has traído para nada —dijo la señora Solomon,

fastidiada.

—Pensé que se podría bailar aquí —se excusó Vladimir.

—Ya veo que todos se han puesto a discutir —replicó la señora

Solomon, haciendo un gesto con la cabeza en dirección del jardín—.

Incluso ni querrán entrar...

—Está mucho más agradable afuera —aseguró Vladimir, esforzándose

por apaciguarla—. Además creo que es mejor para ti, no tendrás que

soportar la gente tanto tiempo...

Vladimir se puso a reír, como para profundizar la broma. Sin embargo

se sentía un poco culpable. Hacía una semana, cuando la señora Solomon

le había telefoneado a Bucarest para invitarlo con Riri a Fierbinti, fue él quien propuso llevar el gramófono para animar el ambiente. Sabía muy

bien lo que iba a suceder y, conociendo a Dorina, temía una comida glacial y una tarde aburrida. Con un gramófono, los jóvenes podrían comenzar a

bailar después del almuerzo y el hielo se habría roto. Sabía, sobre todo,

cómo la señora Solomon amaba el baile, ella, que permanecía una buena

parte del año lejos de Bucarest, con su marido, en los confines de la

campaña.

—¿Qué te parece ese capitán? —le preguntó al cabo de un momento

ante el silencio de Aglaé—. Sabes, acaba de despabilarse...

—Hagan como quieran, no me interesa —respondió secamente.

¡Por Dios! ¿Qué le pasaba hoy? —se preguntó Vladimir, asombrado.

Quizás nadie la había galanteado. Se acordó que Aglaé se alegraba cuando

alguien se ocupaba de ella con insistencia, a la vez atento y cortés, alguien que no fuera el señor Solomon. Desgraciadamente hoy no había ningún

caballero andante. El capitán se consideraba destinado a Dorina y su

amigo el ingeniero parecía bastante tímido. Si hubieran bailado...

—Tal vez podríamos arreglar algo aquí —ensayó una vez más

Vladimir—. No son todavía las cinco. Partiremos recién a las siete y media.

Si bailáramos, quizás tendrían la ocasión de conocerse mejor.

—Hasta ahora casi no han tenido tiempo de hablarse —dijo la señora

Solomon.

Ambos callaron. Vladimir buscaba una razón válida para retornar al

jardín...

—Su amigo, ¿quién es? —interrogó de nuevo la señora Solomon.

—Lo conocí hoy. Dice que es ingeniero agrónomo. A Stere se le ha

26

metido en la cabeza hacerlo cantar en el patio...

—Él es siempre el mismo —dijo la señora Solomon.

Vladimir sintió que debía cambiar de conversación. Aglaé podía en

cualquier momento perderse en consideraciones sobre la familia y él habría estado forzado a escuchar sin osar defender a cualquiera que fuese.

—¿Y si les propusiéramos visitar el pueblo? —preguntó de pronto.

Aglaé le lanzó una mirada sorprendida y burlona. Estaba a punto de

decirle: “¡Hablas como Jorj!”, cuando la puerta se abrió y entró el señor

Solomon.

—Liza pregunta dónde estás —dijo, abanicándose con el pañuelo.

Enseguida, se volvió hacia Vladimir—: ¡Lástima que no hayas estado allá!...

Él se explica singularmente bien... Saben, es un joven culto y que tiene

porvenir... —Se aproximó a su mujer—: Nosotros también vamos al

monasterio, se lo he prometido... Olvidé decirte —agregó— que los

Zamfiresco serán de la partida. Han llegado esta mañana directamente de

Bucarest pero se han detenido en el bosque...

La curiosidad de la señora Solomon se encendió bruscamente.

—¿De dónde lo sabes tú?

—Por el hombre del tribunal. Lo han enviado al pueblo a buscar agua

de Seltz...

Vladimir aprovechó la discusión para salir al patio. Estaban todos

bajo el cerezo. El capitán Manuilà parecía estar más tranquilo, más íntimo.

Conversaba con Liza y Dorina. Riri y Stere se hallaban cerca de Stamate.

—Díganme también a mí sobre qué han discutido —comenzó Vladimir

tratando de disimular su despecho. Al aproximarse al grupo, se dio cuenta

de que lo habían olvidado, que todo el mundo hablaba sin tener en cuenta

sus ideas, las observaciones inteligentes que había hecho cuando se

encontraban sobre la hierba, él solo con los dos invitados. Se sentía herido en su orgullo. En verdad, era él quien había llevado la conversación sobre cosas serias, quien se había sacrificado charlando con los dos

desconocidos y quien tuvo la audacia de desviar el interés sobre temas

vulgares y llevarlo al problema de los libros. Si él no hubiese estado allí, el capitán no habría tenido el coraje de hablar de cosas tan serias.

—Hemos hablado sobre una cantidad de herejías, joven —se esforzó

por responderle Manuilà.

Vladimir le sonrió, agradecido, aproximándose.

Dorina lo interrumpió:

—Quisiera saber en qué piensa cuando habitualmente mira al vacío

—dijo retomando la conversación precedente.

27

—Yo no sé nunca en qué pienso cuando miro sin mirar —dijo Liza.

Ella se había animado también un poco más ahora.

—Habitualmente estás tan fatigada que no te acuerdas de nada —

intervino Vladimir.

—¿Y a usted no le ocurre sentir que ha vivido ya lo mismo, la misma

cosa? —preguntó Dorina con vivacidad—. Por ejemplo, que todo lo que

pasa aquí, en este jardín, ha sucedido ya de la misma manera, con las

mismas personas y que ha pronunciado las mismas palabras...

Esta pregunta parecía interesarla enormemente pues no dejaba casi

tiempo al capitán para responderle agregando detalles y explicaciones.

—Usted sabe, a veces, cuando llego a creer que he vivido ya

exactamente la misma cosa, me aterrorizo...

De pronto le pareció que era eso lo que ocurría en ese instante. Pero

no, no parecía posible. Al capitán Manuilà jamás lo había visto, se dijo

para tranquilizarse. Sin embargo, sintió como un ligero vértigo.

—Si lamento no haberme inscripto en Filosofía —dijo Vladimir—, es

precisamente a causa de estos problemas del alma. En mi carrera,

Historia, no se resuelve nada.

El señor Solomon se asomó desde la galería:

—¿Quién quiere té, quién café y quién discos? —exclamó jovialmente.

Stamate se puso a reír. Esta interrupción le parecía singularmente

brillante. Stere había justamente comenzado a hablarle del tifus

exantemático de Iassy, durante la guerra, y no podía seguir la discusión

del grupo de al lado. Escuchaba palabras sueltas, muy claramente y todo

lo que decía Liza. ¡Con qué gozo le hubiera respondido! Había tantas cosas para contar, para comentar. Y lo mismo Riri, que parecía una joven como

debía ser.

—Decídanse rápido —se elevó otra vez la voz del señor Solomon.

—Podríamos bailar un poco —murmuró Riri.

Se dirigieron todos hacia la galería. Stamate se quedó un poco atrás.

—Tú tienes un espíritu muy analítico —oyó que decía Liza.

28

III

Caía el crepúsculo cuando los automóviles abandonaron Fierbinti. El

cielo comenzaba a ahondarse.

—La noche será espléndida —declaró Dorina volviendo la cabeza

hacia el capitán Manuilà.

—¡Lástima que el camino no sea asfaltado! —se lamentó Vladimir.

Los autos avanzaban, en verdad, penosamente. No había llovido en

mucho tiempo y en algunos lugares el polvo alcanzaba varios centímetros

de espesor.

—Estará mejor en cuanto doblemos hacia el bosque —dijo el chofer.

Liza apoyó la cabeza sobre el respaldo y aspiró golosamente el aire de

la campaña. Suerte que Stere venía detrás, en el otro vehículo que llegaría media hora después.

—¿Qué estrella es aquélla? —preguntó Dorina levantando

bruscamente el brazo.

—¡La estrella del pastor! —exclamó Vladimir—. Decididamente, ¡no

tienes la menor idea de astronomía!

El capitán Manuilà sonrió y dijo galantemente, sin volver los ojos:

—Puede ser que la señorita no haya estado jamás enamorada... A la

estrella del pastor se la aprende a conocer aun sin la astronomía.

—Es verdad —subrayó Liza—. Eminescu* mismo lo ha escrito.

Dorina trató de recordar algunos versos de Hypérion† pero apenas si pudo recomponer unos pocos fragmentos.

—Debe ser muy agradable vivir fuera de la ciudad, en una pequeña

casa en la campaña —volvió a decir Liza.

En ese instante, le parecía realmente que la felicidad sería tener una

* El más importante de los poetas románticos rumanos.

† Célebre poema de Eminescu.

29

pequeña villa en el bosque, no muy lejos de Bucarest, al borde de un lago...

Algunos meses antes, había visto una película norteamericana, llena de

esas casas en los alrededores de la ciudad, unas casitas blancas con

amplias terrazas. En Snagov también había casas lujosas al borde del lago

con una lancha a motor esperando en el desembarcadero, balanceándose

dulcemente... Como en el extranjero.

—Escapar a la gente, al ruido, al teléfono —agregó soñadora, mientras

continuaba mirando el cielo.

La luz y la quietud crepusculares eran tan apaciguantes que Liza

hubiera querido estar de veras agotada, extenuada por la vida de la capital y poder gozar en plenitud todos estos esplendores nuevos...

Se imaginó, por un momento, ser una mujer de mundo, fatigada por

las locas fiestas nocturnas, cansada de los bailes diplomáticos y los tés, de vuelta ya de todas las aventuras; una heroína de novela a quien la vida no había negado nada y que, sin embargo, continuaba insatisfecha en el fondo

de su corazón. Habría querido ser otra, siempre otra.

Dobló la cabeza hacia el capitán Manuilà y lo miró con una mirada

absolutamente superior. Mezcla de ironía y de dulzura. Si él lo supiera. . .

—La luna está magnífica hoy —dijo Dorina—. Deberíamos apurarnos

para tener tiempo de caminar...

Seguían, en ese momento, una ruta secundaria. A lo lejos, se divisaba

la arboleda del monasterio, semejante a una melena que se disimulaba en

el horizonte.

—¿Qué pueden estar haciendo los otros? —preguntó Dorina mirando

hacia atrás—. Habrán partido ya.

Los otros eran los esposos Solomon, Stere, Stamate y Riri. Venían en

el auto de un amigo, un silvicultor. Habían salido muy atrasados pero el vehículo era sólido y se aproximaban rápidamente.

—Son ellos —declaró Vladimir luego de haber observado con gran

atención.

—Su amigo, el señor ingeniero, es muy tímido —dijo Liza.

—Hasta que entre en confianza —explicó el capitán—. En realidad,

ninguno de nosotros es expansivo. Ustedes, la generación más joven —

prosiguió dirigiéndose a Dorina—, tiene una forma de espontaneidad

deportiva, hacen enseguida amistad. Y hacen bien. A mí, me es muy difícil, cómo decir, convertirme en camarada de gentes que acabo de conocer. Aun

en el trabajo...

En el otro auto, cerca del conductor, Riri usaba la mano como visera

para ayudarse a escrutar la lejanía y ver si se acercaban a los otros que

30

habían partido antes.

—Te hablo como un hermano, escúchame —decía Stere—, a tu edad

la cuestión es no perder el tiempo.

—Pero yo no soy tan viejo —dijo Stamate riendo—, tengo apenas

treinta y tres años.

—Es lo que yo te decía —retomó Stere—. Es ahora cuando comienza

la edad peligrosa. Si no te decides en un año o dos no te decidirás sino

muchos años más tarde y, entonces, te quemarás los dedos, puedes

creerme...

Stamate enrojeció mirando la nuca de Riri. No se animaba a volver la

cabeza y encontrar la mirada de los esposos Solomon. ¡Qué error había

cometido al hablar de matrimonio! Debió simular inocencia, como si

ignorara todos los planes de la familia Solomon acerca del capitán.

No obstante, al comienzo, le había placido hablar de casamiento,

sobre todo porque creyó que, haciéndolo, beneficiaba a su amigo, que

viajaba delante, con Dorina. Tal vez, lo habrían hecho adrede: dejarlo atrás para discutir con la familia... Pero la conversación, que comenzó en forma agradable, se desvió rápidamente y giró sobre él. Casi de golpe, Stere le

preguntó por qué no se casaba...

—Somos terriblemente indiscretos —dijo de pronto la señora

Solomon. Al mismo tiempo, dio un pequeño y disimulado puntapié a Stere.

Cuando su cuñado se volvió, le lanzó una mirada indignada, la frente

sombría y el rostro alterado.

—Aglaé, el auto de los otros se ha detenido —anunció Riri, con la

mano en el aire.

Miraron todos. A cincuenta metros aproximadamente, hacia arriba, a

la orilla del bosque, el otro vehículo se había, efectivamente, detenido.

Alguien le había hecho señas con los dos brazos en medio del camino. Era

un hombre joven, alto, moreno, sin sombrero, con anteojos para el sol.

—No me juzguen mal por haberlos detenido de esta manera —dijo

cortésmente, aproximándose para saludar—. Supongo que van a

Cáldárushani y les rogaría quisieran llevarme con ustedes sobre el estribo.

—Sonreía, pero no parecía de ningún modo intimidado. Había puesto la

mano derecha sobre la puerta y con la izquierda levantó tranquilamente

sus anteojos.

Dorina se estremeció. Tenía ojos muy vivos, ardientes, pupilas

desusadamente grandes. A juzgar por sus gestos y su lenguaje, el joven

parecía venir de una buena familia. Liza contempló con admiración su ropa

perfectamente cortada, deportiva, con grandes bolsillos al frente.

31

—Me he perdido, como si eso fuera posible —añadió alegremente—. O

quizás me he dormido en el bosque y mis amigos se alejaron en el auto.

Íbamos también al monasterio ...

El capitán se levantó para cederle su sitio.

—No tengo ninguna intención de molestarlos —protestó el

desconocido—. Cuando decía que quería acompañarlos sobre el estribo no

exageraba. Allí estaré perfectamente bien.

—Sería mejor juntarnos un poco —dijo Liza—, o si no yo tomo a

Dorina en mi falda.

El joven debió someterse. Subió multiplicando sus excusas.

—Permítanme presentarme —dijo—. Me llamo Sergio Andronic,

aviador de profesión, o casi aviador...

Rió de nuevo, mostrando todos sus dientes. Mientras le tendía la

mano, Liza notó que no era moreno, sino que estaba tostado. Parecía ser

un deportista apasionado, un hombre que pasaba buena parte del día al

aire libre. El señor Andronic besó la mano de las damas con perfecta

elegancia. Dorina se sonrojó: sus cabellos exhalaban un perfume de viril

salud.

—Ahora podrá conocer también a los otros —dijo Vladimir viendo

aproximarse al segundo automóvil.

Sergio Andronic dio vuelta la cabeza. El coche se detuvo al costado,

sobre el camino. Vladimir hizo las presentaciones. El joven hizo un gesto, agradecido. No parecía estar inquieto ni molesto. Desde que estuvo

instalado entre el capitán y Liza, que tenía a Dorina en su falda, se puso a hablar con volubilidad, intercalando aquí o allá algún chiste o un

comentario jocoso.

“Es eso lo que se llama l’usage du monde”, pensó Liza, fascinada por este joven hombre que dejaba transparentar tanto aplomo y fantasía.

—Llegamos esta mañana a Pipera para almorzar en el bosque —dijo el

desconocido cuando el coche se puso en marcha—. Ellos vinieron a

buscarme, es decir, mis amigos. Es allí donde cumplo mis horas de vuelo,

¡pero no crean que ya puedo hacerlo solo! Por ahora, aprendo...

Dorina y Liza lo escuchaban ávidamente, ¡qué voluptuosidad poder

volar!

—Debe de ser muy difícil —intervino Vladimir súbitamente

apasionado.

—La primera vez, cuando el avión te eleva, es feo. Se tiene la

impresión de que todo está terminado, que no regresarás sano y salvo a la

tierra. Luego, uno se habitúa y gusta. Uno siente que comienza a vivir

32

solamente allá arriba...

El capitán Manuilà sonrió para sí, con un dejo de tristeza. ¡Era tan

literario lo que decía el joven!, y sin embargo, sus palabras impresionaban de manera extraordinaria. Sobre todo a las damas. Vaya a saber...

Era verdad. Dorina y Liza parecían transfiguradas. ¡Les ocurría tan

raramente hablar con un aviador!... Nunca habían encontrado uno civil,

joven, elegante y que, además, estuviera con ellas en el auto y les

agradeciera por haberlo aceptado...

—No tengan miedo cuando les presente a mis amigos —exclamó el

joven—. Son terribles. No puedo decirles a qué se parecerán cuando los

encontremos. Yo los he dejado en ayunas y decentes, o mejor, son ellos los que me han dejado a mí.

Volvió a reír. Tenía una risa sana, masculina, contagiosa. Liza y

Dorina también se pusieron a reír. El capitán Manuilà se contentó con

sonreír. Imposible querer mal a este muchacho, pero debía ser un tanto

sinvergüenza...

—Usted nos da miedo realmente —exclamó Liza, que había

encontrado al fin el hilo de la conversación, perdido desde el momento en

que el joven entró en el auto.

—¿Quiénes son sus amigos? —preguntó Dorina, más tímida.

—El más razonable es un ingeniero de las usinas de Reshitsa*

explicó seriamente Andronic—. Los otros, mejor dicho, ellas, porque están

además, un arquitecto y sus amiguitas, dos bellas extranjeras. No sé más...

Dorina se esforzó por sonreír. No sería de lo más agradable. Quizás

las jóvenes no sabrían una palabra de rumano y habría que hablar francés,

lo que no le hacía mucha gracia. Liza, por el contrario, estaba feliz de poder hablarlo. Había pasado dos años en París y además trataba de hablar

francés con sus amigos. Por otra parte esas extranjeras tendrían una

cantidad de relaciones interesantes, en los medios diplomáticos, en los tés, en las reuniones aristocráticas... De todas maneras, el encuentro sería

maravilloso. La noche se presentaba admirable...

—Lástima que no tengan los trajes de baño —dijo Andronic cuando se

acercaban al monasterio—. No se imaginan qué agradable es nadar en el

lago en una noche de luna...

—Pero debe hacer frío aún —dijo Vladimir—, estamos en mayo...

—¡Oh!, saben, yo me baño también en febrero —exclamó el joven.

Parecía sincero. Hablaba mucho, rápidamente, con seguridad. Sin dar la

* Pequeña ciudad industrial de Rumania.

33

impresión, no obstante, de alabarse a sí mismo, o de darse importancia.

Tal como era: ancho de espaldas, los brazos fornidos, tostado por el

sol, parecía natural que pudiera bañarse en febrero.

—Si sale la luna, es absolutamente necesario hacer una serenata en

el barco —agregó—. Arsenic tiene una balalaika.

—¿Quién? —interrogó Liza.

—Arsenic, el amigo de quien hablaba.

—Pero, ¿por qué lo llama usted así? —Liza se puso a reír.

—¡Oh! ¡Tantas mujeres se han matado ya por él! —explicó Andronic,

moviendo la cabeza.

El automóvil había penetrado en la alameda y se detuvo ante la

puerta del monasterio. Fue en el momento de llegar, entre los árboles, que se dieron cuenta de que la noche había caído.

Las dos mujeres sintieron que un ligero escalofrío les recorría la

espalda.

34

IV

Después de haber puesto al cuidado del hermano hospedero, valijas y

canastos de comida, y mientras el grupo se aprestaba a descender al lago,

Serge Andronic se les reunió corriendo, saliendo de las celdas.

—No los encuentro por ninguna parte —gritó decepcionado a la par

que divertido por su propia confusión—. ¡Hay que creer que se los tragó la tierra!

Dorina no pudo disimular un gesto de alegría. Riri y el capitán lo

observaron a un tiempo.

—Puede ser que hayan vuelto a Bucarest —arriesgó ella.

—¡Eso no es posible! —dijo Andronic—. Casi imagino lo que han

hecho: han debido terminar en otro monasterio. —Lanzó una carcajada y

hundió las manos en los bolsillos, volviéndose para mirar el lago como si la situación no tuviera importancia.

—No desespere —intervino Stere—, lo llevaremos en auto mañana por

la mañana.

—¡Muchas gracias! Pero el problema para mí es saber lo que me

pondré esta noche para dormir y cómo me voy a afeitar mañana. —

Dándose vuelta vio a Liza que lo miraba sonriendo.

—Discúlpeme, señora, estos detalles tan indiscretos. Si supiera lo

horrible que me pongo de un día para otro... La barba que me crece

durante la noche... ¡Es espantoso!

Las damas se pusieron a reír, en particular la señora Solomon.

—Es terrible, no exagero nada de nada —subrayó Andronic—. No

tendrían siquiera el coraje de llevarme con ustedes en auto. Salvo si

tuvieran una gran valija...

Era tan sincero y espontáneo al hablar, que ni el capitán Manuilà

pudo contener la risa.

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—¿Ustedes creen que tendríamos tiempo para hacer un paseo en

lancha? —interrogó Vladimir.

El señor Solomon consultó su reloj. Continuaba tomando sus

responsabilidades de anfitrión también allí, en el monasterio.

Además, era él quien había arreglado todo. Se le había confiado desde

largo tiempo atrás la administración y los monjes lo conocían.

—Ocho y cuarto. Si no tienen hambre...

—¡Oh, bueno! ¡Termina con eso! ¡Tenemos toda la noche para el

banquete! —replicó Liza.

Se había propuesto pasear en lancha con el joven desconocido. Por el

tono, el señor Solomon comprendió que había errado cuando habló de

comida.

—Como quieran —dijo— será necesario encontrar las embarcaciones.

—Andronic había descendido y se hallaba muy cerca del agua; era un

milagro que no se hubiera hundido en el cieno blando, húmedo y sin brillo.

Parecía contemplar con suma atención un punto en el centro del lago.

—¡Cuidado!, no vaya a resbalar —le gritó Stere—. Estas aguas son

terriblemente traicioneras.

El joven volvió la cabeza con una sonrisa inquieta.

—¡Cómo si no las conociera! Miraba para recordar el sitio exacto

donde la barca se hundió hace casi dos años y cuando estuve a punto de

ahogarme.

—¿Qué dice usted? —dijo Solomon estremeciéndose.

Andronic trepó hacia la orilla donde estaban los otros. Parecía

cambiado, pensativo, casi melancólico. Volvió a hundir sus manos en los

bolsillos. Su paso era más lento. Parecía salir de una tumba.

—Decir que estuve a punto de ahogarme es poco... —agregó—. Uno de

mis amigos, el abogado Haralambie murió en esa ocasión...

—¿Cómo, usted también estaba en ese barco? ¡Es extraordinario!

¡Cuando habló de naufragio recordé inmediatamente a Haralambie! ¡Qué

coincidencia! Yo lo conocía. Cuando me enteré quise venir, pero no supe

nada más sobre lo que pasó, no pude...

—Tenía lugar el proceso ese día —le recordó la señora Solomon.

—¡Eso es! —confirmó Solomon—. Uno de mis fastidios... Qué lástima,

un hombre así...

—Pero, ¿cómo ocurrió? —preguntó Dorina alarmada.

Andronic la atraía ahora aún más, la perturbaba. ¡Había pasado por

tantos peligros! Afrontaba la muerte a cada instante. Lo rodeaba tanto

misterio, tanta virilidad y tanta aventura que Dorina comenzaba a mirarlo

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arrobada. Como si un poder enorme la triturara luego de haberla

arrastrado hacia ese bello desconocido y al que, sin embargo, ninguna

esperanza podía ligarla.

El capitán le pareció ahora neutro, sin importancia. Lo veía con la

mano cerrada sobre el botón del bolsillo de su chaqueta, al acecho...

—Cómo pudo ocurrir semejante desgracia —repitió Dorina.