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MENSAJEROS DE SANGRE, 2

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LOB

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B

A mi suegra, por su continuo apoyo

y su preciada amistad.

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ÍNDICE

La ley de los cazadores......................................4

Capítulo uno.......................................................5

Capítulo dos.....................................................10

Capítulo tres....................................................17

Capítulo cuatro................................................25

Capítulo cinco..................................................31

Capítulo seis....................................................38

Capítulo siete...................................................44

Capítulo ocho...................................................52

Capítulo nueve.................................................61

Capítulo diez....................................................71

Capítulo once...................................................77

Capítulo doce...................................................85

Capítulo trece..................................................92

Capítulo catorce.............................................102

Capítulo quince..............................................109

Capítulo diceiseis...........................................116

Capítulo dicesiete..........................................124

RESEÑA BIBLIOGRÁFICA....................................129

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YANNON BIRD

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La ley de los cazadores

Cuando nace un hijo de la unión de un humano y un hombre lobo, el

ser resultante sólo obtiene la aceptación del clan si se convierte en

Cazador y se dedica a perseguir y a exterminar a los licántropos fuera de

la ley que han adquirido gusto por la carne humana. Con ello, no sólo

demuestran su fuerza, sino también la voluntad de matar en nombre de

los que han jurado proteger hasta la muerte.

La Liga de los Ancianos establece la cantidad requerida de bajas.

Cuando se alcanza, la Liga es también la única instancia que puede

conceder un puesto entre los suyos, con todos los derechos y los deberes,

a los Cazadores.

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Capítulo uno

Jeremy Burns avanzaba por un bosque de las montañas de Maryland.

El frío viento de otoño aullaba como un alma en pena y azotaba su cuerpo

alto y su cabello enmarañado mientras Cian Hennessey, su compañero del

clan de los Cazadores, caminaba junto a él.

Llevaban quince minutos en el bosque, y cada paso que daban los

acercaba un poco más al último lugar del mundo donde Jeremy habría

querido estar. Sus músculos estaban tensos; las mangas de la camiseta se

le clavaban en los bíceps, hinchados, y tenía calor a pesar de la baja

temperatura. La sangre recorría sus venas con un ritmo potente y pesado.

Su corazón latía como un tambor. Sus sentidos estaban alerta.

Y todo, por una mujer.

Eso era lo que más le molestaba en ese momento, bajo la luz

plateada de la luna que se filtraba entre las ramas de los árboles y los

hacía parecer monstruos. Pero él no tenía miedo a los monstruos; a fin de

cuentas, Jeremy era uno de ellos: con colmillos largos, un cuerpo cubierto

de pelo y un apetito feroz que debía controlar constantemente para

impedir que su naturaleza animal se impusiera a la humana. Como

miembro del clan de los Cazadores, estaba obligado a mantener el control

y a no conocer el miedo; y se le había dado bastante bien hasta que la

conoció a ella.

Nunca lo habría admitido, pero estaba asustado por el sentimiento de

anticipación que lo dominaba y lo hacía olisquear el aire en busca de esa

fragancia perfecta, melosa y femenina que invariablemente lo volvía loco;

un olor que había calado hasta su alma y se había quedado impreso en

sus sentidos como un tatuaje en la piel. El simple hecho de pensar en él

bastaba para excitarlo y para sacarlo de quicio.

—¿Crees que estará allí? —preguntó a su compañero, en voz baja.

Cian sacó un paquete de tabaco del bolsillo de la chaqueta y clavó

sus ojos grises, oscurecidos por el velo de las pestañas, en Jeremy.

—¿Quién? ¿Esa bruja de Murphy?

Jeremy respondió con tono de impaciencia. Jillian Murphy era la única

mujer que ocupaba sus pensamientos; y el irlandés lo sabía de sobra.

—¿Quién si no?

Cian encendió un cigarrillo, dio una calada y arqueó una ceja.

—¿Y yo que sé? —se defendió—. ¿Ahora tengo que ser adivino,

además de irresistible?

—Créeme, Hennessey, tú no me resultas nada irresistible —ironizó.

Jeremy miró al irlandés con cara de pocos amigos. En circunstancias

normales, disfrutaba intercambiando pullas con Cian Hennessey; pero no

aquella noche. Estaba demasiado tenso y demasiado irritado para tener

sentido del humor.

Sin embargo, Cian soltó una carcajada como si no lo hubiera notado.

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—Ah, vaya… me alegra observar que no has perdido tu acidez de

costumbre. Y en respuesta a tu pregunta, sí; creo que estará allí. ¿Por qué

crees que me he decidido a acompañarte? Estoy aquí para darte apoyo

moral —declaró, sonriendo de oreja a oreja.

—¿Apoyo moral? Venga ya… estás aquí para poder volver al callejón

con algún cotilleo que contar a los demás. Admítelo, soy yo el que te

resulta irresistible a ti.

En ese momento, Jeremy captó un olor tan claro e irresistible que se

quedó plantado en el sitio, inmóvil. Era un olor suntuoso y dolorosamente

familiar, un aroma que saboreó en la boca como si se tratara de algún

néctar extraño e ilícito; un aroma que, de algún modo, le pertenecía.

Sacudió la cabeza para reaccionar y se maldijo a sí mismo, en

silencio, por ser tan fácil de seducir. Después, se pasó las dos manos por

el pelo, se las metió en los bolsillos y siguió caminando.

Aún le sorprendía que aquello le estuviera pasando a él, que se

dirigiera hacia la morada del clan de los Crestas Plateadas, que lo

consideraban una aberración, una carga, poco más que un ser

despreciable, por ser medio humano, un mestizo. Por sus experiencias

pasadas, sabía que ir a Shadow Peak, la localidad montañesa donde vivían

los Crestas Plateadas, era un error. Pero no tenía elección. Los Cazadores

lo habían echado a suertes y él había sacado el palito más corto.

Su misión consistía en capturar al traidor que estaba tentando a los

hombres lobo para que se pasaran al lado oscuro, al traidor que los

enseñaba a transformarse a plena luz del sol y los empujaba a cazar seres

humanos. Los fuera de la ley, los descontrolados, como solían

denominarlos los Cazadores, siempre habían sido un problema grave; y

ahora que sabían transformarse de día, resultaban mucho más difíciles de

perseguir y de matar. Jeremy lo había aprendido por las malas; aún

llevaba las cicatrices de su último encuentro con ellos.

Por si eso fuera poco inquietante, podía sentir la cercanía de la mujer

que estaba destinada a ser su compañera de por vida. La deseaba con

toda su alma; tanto, que sin ella se sentía como si le faltara una parte de

su ser; tanto, que había hecho todo lo posible por olvidarla y negar su

existencia, pero sin conseguirlo.

Durante diez años, había creído que ella desaparecería de sus

pensamientos si enterraba su memoria en otros cuerpos de mujer; pero

por muy apasionadas y solícitas que fueran sus amantes, Jeremy sabía

que era inútil: Jillian Murphy era la única mujer a quien deseaba.

Aquello era desesperante y patético. Incluso en ese mismo momento,

mientras avanzaba por el bosque, casi jadeaba al sentir su aroma en el

viento.

Jeremy se dijo que habría podido controlar sus emociones si hubiera

tenido más tiempo para prepararse; pero los acontecimientos se habían

sucedido muy deprisa. Siete días antes, Mason Dillinger había derrotado a

Anthony Simmons, un hombre lobo loco, en un combate a muerte. A la

noche siguiente, los Cazadores se reunieron en la cabaña de Mason y

decidieron que uno de ellos debía introducirse en el clan de los Crestas

Plateadas y encontrar al traidor, al jefe de Simmons.

De repente, Jeremy se encontró con un palito corto en la mano y el

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encargo de presentarse ante el gobierno de los hombres lobo, la Liga de

los Ancianos. La suerte le había jugado una mala pasada; no había tenido

más remedio que presentarles su solicitud de ingreso en el clan, a la que

tenía derecho como Cazador tras matar a una cantidad determinada de

licántropos fuera de la ley y a la que Mason y él habían decidido renunciar

tiempo atrás. Poco después, había ejercido de padrino en la boda de

Mason. Y en ese momento se dirigía a su nueva casa, a Shadow Peak, con

el tiempo justo de hacer el equipaje y de prepararse mentalmente.

Se frotó la nuca y sintió un escalofrío. El viento del este le acariciaba

la cara y los brazos con frialdad, como si quisiera advertirle del peligro.

«Vuelve a casa», parecía decir, «vuelve antes de que sea demasiado

tarde».

Se estaban acercando. Las hojas secas crujían bajo sus pies. Un poco

más adelante, su mirada distinguió el destello de las antorchas que

iluminaban el claro donde los hombres lobo del clan de los Crestas

Plateadas tenían la costumbre de dirimir sus problemas. Preferían hacerlo

allí, en el bosque, antes que en el ambiente civilizado de su apartada

ciudad, que estaba varios kilómetros más arriba.

Medio minuto después, los sonidos del claro llegaron a sus oídos.

Obviamente, era una noche de desafíos; ya se lo había advertido Dylan

Riggs, el más joven de la Liga de los Ancianos y uno de los pocos que se

llevaban bien con el clan de los Cazadores.

—Casi hemos llegado —murmuró Cian, encendiéndose otro cigarrillo

—. No me avergüenza decir que siempre odié este sitio de joven. Me da

escalofríos.

—Sí, sé lo que quieres decir.

Jeremy alzó la cabeza y olisqueó el ambiente. Estaba cargado de

tensión, lo que significaba que la pelea de aquella noche debía de ser

bastante inusual.

Se dijo que debía mantener la concentración a toda costa, pero el olor

de Jillian se volvía más intenso por momentos y lo inundaba de emociones.

Podía notar su miedo, y también su valor; aunque Jillian no era una mujer

lobo, sino una bruja, se consideraba una más de los Crestas Plateadas.

Las mujeres de su familia llevaban varios siglos sirviendo al clan;

cuando Constance dejó de ser la curandera y líder espiritual del grupo,

Jillian la sustituyó en el puesto. Jeremy sabía que los hombres lobo la

adoraban y la tenían en gran aprecio, pero no dejaba de ser una joven de

veintiocho años.

—Menuda pelea que han organizado —dijo Cian.

Jeremy asintió. Podían oír los gruñidos y los golpes que se propinaban

los contrincantes, mezclados con algún aullido ocasional.

—Ríndete ya —gritó una mujer—. Ríndete y puede que te dé una

muerte rápida en lugar de despedazarte poco a poco.

Jeremy se quedó asombrado al saber que las contrincantes eran

mujeres. No era habitual que las mujeres se desafiaran, aunque tampoco

se podía afirmar que fuera extraño.

—Vaya bruja… —ironizó Cian—. Eso me recuerda por qué sigo soltero.

En ese momento se oyó un chillido; y a continuación, la misma voz

que acababan de oír.

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—Ya eres mía…

Jeremy estuvo a punto de maldecir en voz alta al reconocerla.

—Pero si es Danna Gibson… —dijo. Cian lo miró con incredulidad y

soltó una carcajada.

—Dios mío, tu suerte empeora por momentos.

Jeremy pensó que su amigo tenía razón. Danna y él habían mantenido

una relación en el pasado; nada serio, pero habían salido juntos varias

veces antes de que Jillian apareciera y él se diera cuenta de que estaba

destinada a ser el amor de su vida. A partir de entonces, ya no le había

interesado ninguna otra mujer.

Sin embargo, su reputación de mujeriego era difícil de borrar, y sus

novias anteriores sentían celos del interés que demostraba por la bruja; un

día, cuando Jeremy ya había conseguido ganarse el afecto de Jillian,

alguien mintió a la joven y le dijo que se dedicaba a coquetear con Danna

a sus espaldas. Jillian lo creyó y no quiso saber nada más de él.

Desde entonces habían pasado diez largos años.

A Jeremy no le extrañó nada que Danna hubiera desafiado en

combate a otra mujer. Ni era la primera vez que lo hacía ni sería la última,

teniendo en cuenta que, según le habían contado, se había casado con

Magnus Gibson, un cretino machista y descerebrado que siempre andaba

en líos de faldas.

Al pensar en ello, sacudió la cabeza. Cuando un licántropo estaba

realmente enamorado de alguien, no buscaba afecto fuera de su relación.

Si Gibson lo hacía con Danna, era porque no estaban destinados a formar

pareja.

—Me pregunto qué diablos estará pasando ahí arriba —le dijo a Cian.

El irlandés se encogió de hombros.

—Sea lo que sea, me da mala espina.

—Y a mí.

Un momento después, se oyó una voz dulce y musical. Jeremy estuvo

a punto de tropezar con las raíces de un árbol.

—Por última vez, Danna… yo no he tocado a tu compañero.

Jeremy se estremeció, incapaz de creer lo que oía. Pero no cabía

ninguna duda al respecto. Era ella.

Era la voz de Jillian.

Nervioso, se abrió camino entre las ramas de otro árbol y siguió

adelante, preguntándose cómo era posible que Jillian se hubiera metido en

semejante lío. Jillian tenía algo de sangre de hombre lobo corriendo por

sus venas, pero siendo como era una bruja no se podía transformar. En un

enfrentamiento con Danna, no tenía la menor posibilidad. Además de ser

incomparablemente más fuerte, la otra mujer tenía un carácter feroz y

conocía todos los trucos y todas las trampas del combate.

Caminó tan deprisa como pudo, con Cian a su lado, hasta que salieron

del bosque y entraron en el claro.

Al contemplar la escena, le faltó poco para caer de rodillas al suelo.

Aquello era una pesadilla; una pesadilla macabra.

Jillian Murphy estaba en mitad del claro, aún de pie, tan bella y

valiente como siempre, sangrando.

Y a punto de morir.

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Capítulo dos

Jillian miró a Jeremy durante un segundo antes de volver a

concentrarse en su oponente. Jeremy se había quedado sin habla, pero

emitió un sonido profundo y gutural, como el de un animal herido. No le

importaba que Jillian estuviera sucia y cubierta de sudor, ni que tuviera

sangre en la sien y en la mejilla izquierda. Era perfecta, sexy, suya.

Algunos de los hombres lobo que se habían reunido para contemplar

la pelea lo miraron con curiosidad.

—¿Tú lo sabías? —le preguntó Jeremy al irlandés—. ¿Sabías que Jillian

iba a luchar?

Cian arqueó una ceja.

—¿Crees que, de haberlo sabido, me habría perdido el combate? —

respondió con humor.

—Pues deja de mirarla. No quiero que la mires.

Cian rió.

—¿Y qué vas a hacer si me niego?

—No me presiones —le advirtió Jeremy—. No esta noche, Hennessey.

La advertencia de Jeremy no era en vano; al ver a Jillian Murphy en un

combate a muerte con una licántropo, su control había desaparecido por

completo.

Era dolorosamente evidente que la iba a perder, pero no lo podía

aceptar. Además, aquello no tenía ningún sentido. Era absurdo. Las brujas

del clan de los Crestas Plateadas no combatían con sus propios

compañeros. De hecho, desafiar a una bruja era el mayor de los delitos

que se podía cometer entre los hombres lobo, además de probar la sangre

humana o de transformarse en un lugar y en un día demasiado señalados,

como en un Año Nuevo en mitad de Manhattan.

Si los hombres lobo querían sobrevivir al mundo moderno, debían

seguir ciertas normas. De lo contrario los aplastarían en un abrir y cerrar

de ojos.

Pero a pesar de ello, Danna había retado a la pequeña Jillian, que

apenas tenía un metro sesenta y cinco de altura. Y Jeremy no tenía

ninguna duda de que aprovecharía su ventaja física.

Justo entonces, como si le hubiera adivinado el pensamiento, Danna

transformó sus manos humanas en unas garras letales. A continuación,

lanzó un golpe hacia la carne vulnerable del cuello de Jillian y Jeremy sintió

que el corazón se le encogía en el pecho. Sin embargo, Danna no alcanzó

su objetivo; en el último instante, Jillian se echó al suelo y rodó,

alejándose.

Danna no tardó en reaccionar. Se abalanzó sobre ella para darle

muerte.

Una vez más, Jeremy tuvo miedo de que aquél fuera el final de su

amada. Y una vez más se equivocó: Jillian alzó los brazos y le plantó las

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manos en el pecho, deteniendo su acometida.

Las dos mujeres brillaron en la noche con una luz azulada, eléctrica.

Por lo visto, los poderes mágicos de la bruja eran más fuertes de lo que

Jeremy había imaginado.

—Vaya, parece que sabe defenderse —murmuró Cian, sonriendo con

malicia—. Casi te envidio, compañero.

—Vete al infierno.

Dentro del círculo, Danna apretó las garras y bramó:

—¡No puedes utilizar tus poderes! ¡Eso es trampa!

—¿Y utilizar los tuyos no lo es? —replicó Jillian.

La bruja se levantó y miró a su contrincante a los ojos. Danna soltó un

gruñido bajo y se movió hacia un lado. Jillian imitó sus movimientos.

A pesar del dramatismo de la situación, Jeremy pensó que Jillian

estaba irresistible. Llevaba unos pantalones cortos que se ajustaban a su

cuerpo como un guante, y la visión de sus pechos, bajo una camiseta

igualmente ajustada, bastó para que la boca se le hiciera agua y se

sintiera dominado por el deseo.

Los pechos de Jillian siempre le habían fascinado; eran redondos,

firmes y casi demasiado grandes para el tamaño de su cuerpo. Le habían

fascinado en su adolescencia, cuando Jillian sólo era una chiquilla; y ahora

que se había convertido en toda una mujer, eran tan tentadores que no se

podía resistir a ellos.

Su parte humana le decía que reaccionaba de forma primitiva a su

visión; pero su parte de lobo sólo sabía que Jillian le gustaba así, sexy y

sudorosa, con el aroma de la sangre que le manchaba la piel.

Al mirar sus muslos, deseó separárselos y tomarla allí mismo. Sabía lo

que pasaría. Sería la experiencia más placentera de su vida. Sería algo

espiritual y profundamente sexual al mismo tiempo. Algo que cambiaría su

existencia. Algo que lo destrozaría por dentro y lo volvería a unir. Algo que

lo transformaría en un hombre diferente.

Pero no podía dejarse llevar por el deseo. Debía intervenir, poner fin a

aquel absurdo.

Echó un vistazo a la multitud. La mitad de los presentes

contemplaban la pelea con gran interés, y la otra mitad lo miraba a él.

Magnus Gibson se encontraba a pocos metros de distancia, apoyado

tranquilamente en el tronco de un pino, indiferente al combate entre su

esposa y Jillian.

Jeremy apretó los dientes, caminó hacia el hombre lobo y lo agarró

por la camiseta, manchada de cerveza. No sabía qué hacer. Interrumpir la

pelea iba a ser difícil; al aceptar el desafío de Danna y entrar en el círculo,

Jillian se había condenado. Nadie podía interrumpir una pelea; el círculo se

protegía siempre con un hechizo que mantenía a la gente a distancia. Si

intentaba entrar, acabaría inconsciente y con un dolor de cabeza que le

duraría varios días.

—¿Acaso no sabes controlar a tu mujer, Gibson? —bramó.

—¿Controlar a Danna? —contestó Magnus, cuyos ojos azules estaban

enrojecidos por efecto del alcohol—. ¿Te has vuelto loco?

—Pues si no puedes controlarla, aléjate de las otras mujeres.

—¡Yo no he tocado a esa bruja! —protestó—. ¿Crees que esto es cosa

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mía? ¿Crees que lo he provocado yo? Por todos los diablos… si le ocurriera

algo, las otras brujas me echarían una maldición.

—Si no querías problemas, ¿por qué te acercaste a Jillian?

—¡Pero si no lo he hecho! —se defendió—. ¿Estás sordo? Yo no he

tocado a esa mujer. No estuve con ella, sino con Carrie, la camarera nueva

de la cafetería.

—Por Dios —murmuró Jeremy—. ¿Nunca has considerado la

posibilidad de serle fiel a Danna?

—¿A esa arpía? Definitivamente, me has tomado por loco.

Jeremy pensó que aquello no lo conducía a nada.

Se sintió muy aliviado al saber que Gibson no había estado

coqueteando con Jillian, pero el combate seguía adelante de todas formas.

Sin embargo, en la historia de Gibson había algo que no encajaba.

—Si es verdad que no has tocado a Jillian, ¿por qué la ha desafiado

Danna?

Magnus soltó un gruñido de disgusto.

—Encontró un pelo rubio en uno de mis pantalones y dio por sentado

que era de Jillian, aunque era de Carrie.

Con la mano que tenía libre, Jeremy lo agarró del cuello con fuerza.

—¿Y por qué creería Danna que Jillian podía estar interesada en ti?

Magnus lo miró como si el loco fuera él.

—¿Por qué? ¡Para vengarse de ella por haber estado contigo!

Caramba, Burns, no eres tan inteligente como pareces… Además, Danna

siempre ha estado preocupada por ese asunto. A fin de cuentas, esa bruja

fue responsable de vuestra ruptura.

Jeremy estuvo a punto de decir que Danna no podía ser responsable

de ninguna ruptura porque Jillian y él no habían llegado a comprometerse

formalmente, pero se mordió la lengua. Por otra parte, sospechaba que

Jillian no lo había dejado por el asunto de Danna, sino por un motivo más

grave; sospechaba que tenía miedo de la Liga de los Ancianos, miedo a

decepcionarlos por mantener una relación con un mestizo.

—No te creo nada, Gibson. Que Danna desafíe a Jillian por algo que

pasó hace tanto tiempo no tiene ningún sentido.

Jeremy le soltó el cuello, pero lo mantuvo agarrado de la camiseta.

Magnus se frotó la garganta.

—Veo que no entiendes nada de nada. Nunca pensé que fueras tan

estúpido.

Cian decidió intervenir en ese momento:

—Más vale que hables de una vez, Gibson. Si sigues presionando a

Burns, vas a terminar muy mal. Te lo aseguro.

El hombre lobo miró a Hennessey y tragó saliva con fuerza.

—Danna no es la única mujer que odia a Jillian por haberse ganado tu

afecto. Además, temen que intente acostarse con sus hombres como

venganza contra ellas, por haber sido tus amantes en alguna ocasión… —

declaró, encogiéndose de hombros—. Yo tampoco lo entiendo muy bien…

sólo sé que tu bruja se ha tenido que enfrentar a varios desafíos. Y todas

sus contrincantes han sido mujeres que habían salido contigo antes de

que te marcharas.

Jeremy pensó que, si eso era cierto, Jillian se las habría visto con un

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buen montón de mujeres. En aquella época, él se dedicaba a coquetear

con cualquiera sin más intención que la de molestar al clan de los Crestas

Plateadas, cuyas leyes excluían a los mestizos. Sin embargo, todo cambió

cuando conoció a Jillian. A partir de ese momento no tocó a ninguna otra

mujer del clan.

Sin embargo, se resistía a creer a Magnus.

—Bonita historia, Gibson, pero no me la trago.

En ese momento se oyó la voz de una mujer:

—Pues deberías.

Jeremy se giró y vio a una pelirroja muy alta que caminaba hacia

ellos. Era Elise Drake, la hija del principal sospechoso del clan de los

Cazadores, del hombre lobo al que tenía que vigilar: Stefan Drake, el

miembro más famoso de la Liga de los Ancianos. Un individuo sádico y

duro de roer.

—No tienes ni idea de lo que Jillian ha tenido que sufrir, ¿verdad? —

continuó ella, clavando en él sus ojos oscuros.

—¿Qué diablos significa eso?

La pelirroja echó un vistazo rápido a Cian, que se había apoyado en

un árbol. El irlandés, que tenía los brazos cruzados y contemplaba la

escena como si la encontrara muy divertida, guiñó un ojo a Elise.

—Significa que se las ha tenido que ver con muchas de tus antiguas

novias. Jillian no es celosa ni vengativa, pero las demás tienen miedo de

que persiga a sus hombres para vengarse, de que intente seducirlos

porque ellas estuvieron contigo.

—Eso no tiene ni pies ni cabeza.

Elise lo miró y sonrió con ironía.

—Estoy de acuerdo contigo —afirmó la mujer—. Sería absurdo que

Jillian quisiera vengarse por eso… tú sólo le has causado problemas. Pero

si no quieres creerme, pregunta por ahí. La Liga no le ha dejado elección.

—Explícate.

—La Liga de los Ancianos permite estas peleas porque quieren

castigarla por haberse acercado a ti, a pesar de que le advirtieron que no

lo hiciera —explicó—. Jillian se niega a matar a las mujeres que la desafían

en combate, y si no fuera por sus poderes mágicos ya habrían acabado

con ella.

Por la frialdad de su voz, Jeremy supo que estaba diciendo la verdad.

Y se sintió terriblemente culpable.

Jillian se había visto obligada a combatir una y otra vez por su culpa,

sin que él llegara a saberlo. A pesar de que entre Shadow Peak y el

callejón de los Cazadores, el lugar donde residía su clan, sólo había unos

cuantos kilómetros, las dos comunidades se llevaban tan mal que

procuraban mantener las distancias. Los Cazadores evitaban Shadow Peak

y los Crestas Plateadas el callejón. De hecho, el nombre del hogar de los

Cazadores se debía a un recurrente comentario despectivo de los Crestas

Plateadas, que se referían a ellos como chuchos de callejón, y que Mason

Dillinger había decidido utilizar para no olvidar la aversión entre los dos

clanes.

Pero eso no sirvió para que Jeremy se sintiera mejor. Jillian podría

haber muerto y él ni siquiera se habría enterado.

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—Si tiene que luchar con licántropos, ¿por qué no permiten que lleve

armas? —preguntó.

Elise volvió a sonreír.

—Se lo permiten, pero Jillian dice que no sería honorable.

—¿Honorable? Por Dios, cualquiera que conozca a Danna sabría que

usa todo tipo de trampas en el combate.

—Y Jillian lo sabe; pero las normas dicen que no se pueden usar

armas y no las usa. Nuestra querida Jillian es demasiado honrada para su

propio bien.

Mientras hablaban, Danna golpeó a Jillian en el costado. Fue un golpe

tan fuerte que habría resultado mortal si Jillian no se hubiera apartado lo

suficiente para minimizar el impacto. Aun así, por encima de sus costillas

aparecieron unas gotas de sangre.

—Termina de una vez, Jilly —exclamó Elise—. Ya la tienes apunto.

—¿Que la tiene a punto? —preguntó Jeremy, sin entender nada.

—Calla y mira.

Jillian asintió hacia Elise. Danna avanzó nuevamente hacia ella y la

bruja volvió a estirar los brazos del mismo modo que unos minutos antes.

La mujer lobo se detuvo en seco; después, se llevó las manos a la cabeza,

soltó un grito de dolor y cayó al suelo, inconsciente.

Los presentes estallaron en rugidos de admiración.

Jeremy se giró hacia Cian. El irlandés lo saludó con la mano y

desapareció en el bosque. No le sorprendió demasiado; seguramente

quería volver al callejón para contarle a todo el mundo lo del combate de

Jillian.

Miró hacia el círculo y vio que Jillian se había inclinado sobre Danna y

que le tomaba el pulso para ver si se encontraba bien. Aparentemente

satisfecha, le soltó la mano y caminó hacia Jeremy. Uno de los

espectadores le dio una toalla para que se secara.

Al ver que se acercaba, Jeremy se estremeció. Estaba preciosa.

—¿No habías jurado que jamás volverías a Shadow Peak? Me extraña

verte aquí, Jeremy; a fin de cuentas, una promesa es una promesa.

—Pero hay promesas que se hacen para romperlas —dijo él.

—Muy cierto. Y eso es tan típico de ti que no sé por qué me extraño

de verte —replicó Jillian—. Hola, Elise… ya hablaremos más tarde.

Jillian hizo ademán de marcharse, pero Jeremy no lo podía permitir.

La agarró de un hombro y la detuvo. Ella se desequilibró y acabó

apretada contra su pecho.

La joven que había conquistado su corazón en el pasado se había

convertido en toda una mujer. Era la criatura más bella que había visto en

su vida. De cabello rubísimo, tan brillante que casi hacía daño a la vista;

de labios grandes y seductores, y con una nariz tan llena de pecas que

resultaba irresistible.

Por mucho que lo irritara, por muy furioso que lo pusiera con sus

cosas, no podía negar que la necesitaba.

Jeremy le pasó un brazo por detrás de la espalda, le acarició el

cabello con la mano libre e inclinó la cabeza sobre ella. Estaban tan cerca

que sus alientos se mezclaban y se veía reflejado en sus pupilas.

Él sintió que se le erizaban los pelos de la nunca. Ella se puso tensa.

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La soltó y se apartó un poco. En ese momento, Danna se levantó del

suelo, alzó la cabeza hacia la luna y soltó un aullido. A continuación, se

transformó completamente y sonrió a Jeremy con sus fauces de loba.

—¿Ahora se va a esconder detrás de ti? —dijo.

—No me estoy escondiendo —respondió Jillian.

Danna se puso a cuatro patas y cargó hacia ella, saliendo del círculo.

Era un ataque contrario a las normas del combate.

Jeremy se interpuso para rechazarla, pero no fue necesario. Magnus

se abalanzó sobre su mujer, la derribó y rodó con ella por el claro hasta

que logró inmovilizarla.

—¡Maldita sea, Danna, basta ya! —rugió su esposo—. ¡Si la matas

fuera del círculo, te condenarán a muerte! ¿En qué diablos estabas

pensando?

—Quiero su sangre… —gruñó ella—. ¡Estoy harta de que me dejes en

ridículo!

Magnus miró a Jeremy y dijo:

—Llévatela de aquí.

Jeremy lo miró y respondió:

—Será mejor que controles a tu esposa, o tendré que tomar cartas en

el asunto. Si se vuelve a acercar a Jillian, la desafiaré.

—¿Qué estás diciendo? —protestó Jillian—. Esto no es asunto tuyo. No

es responsabilidad tuya… ¡No tengo nada que ver contigo!

Jeremy no prestó atención a Jillian. Seguía atento a Danna, cuyos ojos

parecían dos pozos sin fondo, negros y llenos de un odio feroz.

—No me obligues a matarte —declaró a la mujer lobo, muy serio—. Te

lo advierto. Si la miras mal una sola vez más, acabaré contigo.

Jeremy se dio la vuelta y llevó a Jillian hacia los árboles. Ella se apartó

el cabello de la cara y él sintió la tentación de acariciarle la melena y todo

el cuerpo.

—Te lo diré una sola vez, Burns. No me toques. Ni se te ocurra

tocarme.

Jeremy se movió tan deprisa que ella no pudo reaccionar. Antes de

que diera cuenta, la había inmovilizado con un abrazo.

—Deja de resistirte, Jillian. Esto me gusta tan poco como a ti, pero la

guerra ha terminado —afirmó.

—¿Que ha terminado? —dijo ella, con tono sarcástico—. ¿Crees que

Danna me va a dejar en paz sólo porque la hayas amenazado de muerte?

—No me refería a esa guerra, Jillian, sino a la nuestra, a la que hay

entre tú y yo. Pero ya que sacas el tema, no voy a permitir que sigas

combatiendo.

Jillian hizo un sonido de desdén.

—No me importa lo que digas. Haré lo que me venga en gana.

—Pues debería importarte, brujita —dijo él—. Porque a diferencia de

los licántropos de tu ciudad, yo no respeto las normas. Si me obligas a

entrar en el círculo y a sacarte a rastras, lo haré sin dudarlo.

—¿Por qué? —susurró ella con incredulidad—. Esto no es asunto tuyo.

Jeremy tuvo que morderse la lengua para no confesarle lo que sentía.

—Porque ahora soy miembro de tu clan y defenderé a cualquiera de

mis compañeros.

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YANNON BIRD

LA

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—¿Incluso a mí? Parece que la edad te ha vuelto más blando, Jeremy.

Jeremy rió.

—¿Sabes cuál es tu problema, Jillian?

—¿A cuál de todos te refieres? Tengo varios. Y uno de ellos es

permitir que metas tus narices donde no te llaman.

—Siempre me has importado, Jillian —admitió él.

Jillian lo miró fijamente.

—Suéltame de una vez, Jeremy. Debo enfrentarme a Danna. No tengo

tiempo para tus tonterías.

—Como iba diciendo, ése es tu problema. Nunca sabes cuándo dejar

de pelear.

Jeremy arrastró las palabras al hablar, disfrutando del

estremecimiento que recorrió su cuerpo cuando apretó su erección contra

el estómago de Jillian.

Ella apretó los dientes con fuerza.

—Si crees que quiero pelear con Danna, es que me conoces aún

menos de lo que creía —se defendió—. Ni tengo intención de morir ni

necesito que intervengas en mi favor como si fuera responsabilidad tuya.

He sobrevivido diez años sin ti. No necesito que me ayudes; sé cuidar de

mí misma.

—Lo dudo —murmuró él.

Ella se apartó y trastabilló un poco, como si apenas se sostuviera en

pie. Jeremy se dio cuenta de que estaba a punto de desmayarse.

—¿Jillian?

Ella parpadeó.

—Estoy bien… —dijo.

—No, no lo estás.

Jillian volvió a apartarse el pelo de la cara.

—Estoy perfectamente. Siempre me quedo agotada cuando uso mis

poderes mágicos —explicó.

—Jillian…

—Ya puedes soltarme, en serio. No me voy a caer.

Jeremy sacudió la cabeza, asombrado con su obstinación.

—No tienes buen aspecto —afirmó.

Ella rió con cansancio.

—Siempre has sabido halagarme —ironizó.

—No pretendía halagarte, Jillian.

—Y pensar que durante un momento he creído que yo te importaba…

Pero los dos sabemos que no es así, ¿verdad, Jeremy?

Él gruñó. Un segundo después, Jillian perdió la consciencia y cayó en

sus brazos.

Jeremy no pudo evitar una sonrisa de satisfacción. Seguía sin confiar

en Jillian y, por supuesto, no tenía intención de rendirse a lo que sentía;

pero estaba cansado de negarse lo que más deseaba en el mundo.

Iba a tener a Jillian. Jillian le pertenecía. Y después de aquella noche,

su pequeña brujita no tendría más remedio que reconocerlo.

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LA

SOMBRA DEL LOBO

Capítulo tres

Jillian tenía la incómoda sensación de que su vida había pegado un

vuelco. Y no la tenía únicamente porque se encontrara en brazos de un

neandertal maravilloso, sino por el cúmulo de emociones mezcladas que

ardían en su interior.

Jeremy la llevaba por el bosque, bajo la luz de la luna, y su aroma

resultaba tan masculino y embriagador que Jillian empezó a jadear sin

poder evitarlo y supo que tenía un buen problema.

Gritó y lo amenazó varias veces para que la soltara, pero Jeremy no le

hizo el menor caso y siguió adelante. Se comportaba como si ella ni

siquiera estuviera presente; y para empeorar su humillación, la cargó al

hombro como si fuera un vulgar saco de patatas.

Jillian sabía que podía utilizar sus poderes mágicos para librarse de él,

pero estaban tan pegados que se habría herido a sí misma. Además,

tampoco se podía arriesgar a que los dos terminaran en el suelo; si se

sentía tan atraída por él en circunstancias normales, cualquiera sabía lo

que podía pasar si se encontraba a horcajadas sobre él o, peor aún,

debajo de él.

Se estremeció. Y no precisamente de frío.

—¿Vas a llevarme andando? —preguntó.

Jillian fue muy consciente de que, lejos de usar sus manos para

pegarle puñetazos en la espalda, las mantenía pegadas a ella para sentir

sus duros músculos.

—En parte —respondió con un gruñido.

—¿En parte? ¿Qué quiere decir eso?

Jillian lo dijo con el tono más seco posible, pensando que si lograba

iniciar una discusión con él, se dejaría de sentir tan alterada. Pero no sirvió

de mucho; si el recuerdo de Jeremy la asaltaba cuando estaba a solas,

difícilmente se podía resistir a sus encantos en tales circunstancias.

—No lo entiendo, Jeremy —insistió—. ¿Qué has querido decir con eso?

Y por cierto, ¿adónde me llevas?

Jeremy entró en un claro pequeño, rodeado por ocho pinos y robles

majestuosos. Después se detuvo, echó un vistazo a su alrededor para

asegurarse de que no había nadie y la dejó suavemente en el suelo.

—Voy a necesitar mi todoterreno en Shadow Peak, pero esta noche

tenía ganas de caminar. Lo aparqué abajo y fui andando con Hennessey

en lugar de ir directamente al pueblo —explicó—. Dylan me llamó esta

tarde y me contó que alguien iba a combatir en el círculo, pero no me dijo

quién.

Ella arqueó una ceja.

—Seguramente pensaría que no te importaba.

—Oh, sí, seguramente —se burló.

Jeremy se acercó a ella y sonrió, como si supiera que le costaba

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LA

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refrenarse en su presencia. Jillian dio un paso atrás, nerviosa, y contempló

sus movimientos gráciles y potentes, como los de un depredador.

Sus ojos brillaban de un modo tan intenso que durante un momento

se preguntó si no lo habría presionado demasiado, si su parte de lobo no

estaría peligrosamente cerca de la superficie.

—¿Te pongo nerviosa?

Ella se cruzó de brazos.

—¿Por qué ibas a ponerme nerviosa? A fin de cuentas, no es como si

me hubieras traído aquí contra mi voluntad —dijo, sarcástica.

Él sonrió.

—Provócame todo lo que quieras; no te va a servir de nada. Yo no

había planeado esto, Jillian… pero después de lo que he visto esta noche,

he tomado una decisión. He vuelto y voy a enfrentarme a lo que hay entre

nosotros —declaró—. Nos quedaremos en este lugar hasta que lo

hablemos. Pero antes que nada, quiero saber por qué aceptas todos esos

desafíos.

—¿Por qué? Porque no tengo elección. Nunca quise luchar contra esas

idiotas, pero insistieron tantas veces que la Liga de los Ancianos me

ordenó que luchara con ellas.

—Así que es verdad… te han obligado. Elise me ha dicho hace un rato

que te estaban castigando.

Ella apartó la mirada.

—Es posible.

—¿Te están castigando por lo nuestro? —preguntó él—. Me parece

increíble, teniendo en cuenta que a lo más que llegamos fue a un beso.

—Pero me conocen lo suficiente como para saber lo que ese beso

significó para mí. Sabían que había decidido estar contigo, a pesar de sus

advertencias y amenazas. Y mira cómo me pagaste… coqueteando con

Danna al mismo tiempo.

Jeremy no hizo caso de su acusación. La miró a los ojos y dijo:

—De modo que te obligan a arriesgar la vida en un montón de

desafíos absurdos. ¿No te parece un exceso? Me sorprende que lo aceptes

sin protestar, Jillian. ¿O acaso todavía tienes miedo de decepcionarlos?

Jillian suspiró.

—Ya te he dicho que no tengo elección. Si me negara, lo

considerarían un síntoma de debilidad. Y por si lo has olvidado, no

podemos admitir debilidades en la cadena de mando.

—Deja de justificar a esos canallas —declaró, irritado.

Ella le dedicó una mirada desafiante.

—A diferencia de ti, yo respeto a la Liga.

Jeremy hizo un gesto de desdén y decidió cambiar de conversación.

—¿Por qué crees que nadie me había dicho lo de tus peleas? Puedo

entender el silencio de tu querida Liga, porque me mantengo tan lejos de

ellos como si fueran la peste y el sentimiento es recíproco, pero… ¿cómo

es posible que ni mis padres ni Dylan me dijeran nada?

Jillian sacudió la cabeza.

—No hay ninguna conspiración, Jeremy. Tus padres han estado tanto

tiempo fuera que seguramente no lo saben. Y en cuanto a Dylan, ya te lo

dicho antes… creerá que mis problemas no te importan.

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LA

SOMBRA DEL LOBO

Jeremy frunció el ceño, frustrado.

—Esta discusión no va a ninguna parte —afirmó.

Jillian aprovechó el silencio posterior para estudiar a Jeremy y

empaparse de todos los detalles de su cuerpo. En los diez años

transcurridos desde su marcha de Shadow Peak, había dejado de ser un

adolescente guapo y rubio para convertirse en todo un hombre. Tenía los

mismos ojos verdes, avellanados, y la misma piel morena de siempre,

pero su cuerpo era mucho más fuerte, más musculoso, más masculino.

—Deberíamos haber tratado este asunto antes de mi regreso al clan

—dijo él.

El timbre profundo y provocativo de su voz la excitó inmediatamente.

Tuvo que hacer un esfuerzo para hablar con normalidad.

—¿Y cuándo querías que lo tratáramos?

Él bajó la mirada, con expresión enigmática.

—Podríamos haber hablado en la celebración.

Jillian supo que se refería a la boda de Mason, su compañero del clan

de los Cazadores, que se había casado unos días antes. Se habían evitado