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Dylan maldijo en voz baja y sirvió dos trazas de café. Le dio una a su

amigo y se sentaron a la mesa de la cocina.

Tras degustar el brebaje, Jeremy declaró:

—Necesito respuestas. Sobre Jillian.

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Dylan lo miró por encima de su taza, que dejó en la mesa con un

suspiro de hartazgo.

—Me lo temía —dijo.

—Tendrías que habérmelo contado, Dylan. Tenía derecho a saberlo.

—Y te lo habría contado, créeme; pero Jillian me pidió que lo

mantuviera en secreto —declaró.

Jeremy ya sospechaba que Jillian se lo había pedido, así que las

palabras de Dylan no le sorprendieron.

—Aun así, deberías habérmelo contado.

Dylan lo miró con impaciencia.

—Jillian es tan amiga mía como tú. ¿Quieres que me dedique a contar

vuestros secretos?

—Eh, yo no tengo nada que ocultar. Soy un libro abierto.

—¿En serio? —dijo Dylan, arqueando una ceja—. Entonces, no te

importará que le hable de todas esas mujercitas con las que te has

acostado desde hace diez años, ni que mencione el hecho de que tenían el

denominador común de parecerse mucho a ella.

—Dylan…

—También podría contarle que no te he visto con la misma mujer más

de una noche —insistió Dylan—, y que siempre las has tratado como si te

estuvieras reservando para otra, como si tu corazón perteneciera a otra.

Jeremy odió a Dylan con toda su alma.

—¿Qué quieres decirme con eso?

—Que deberías pensar bien antes de hablar. Si yo te hubiera contado

los secretos de Jillian, tendría que haberle contado a ella los tuyos. Habría

sido lo justo.

Jeremy se levantó y caminó de un lado a otro, nervioso.

—No te atrevas a hablarme de justicia —bramó—. Los cotilleos sobre

mi vida sexual y los combates de Jillian son dos asuntos completamente

diferentes. Podrían haberla matado, Dylan. Podría haber muerto en uno de

esos desafíos. Tenías la obligación moral de contármelo.

Dylan se recostó en la silla y lo miró con una mezcla de humor y

sorpresa.

—¿Y cómo iba a saber que te importaba tanto?

Jeremy apretó los dientes y guardó silencio. Sabía que su amigo tenía

razón.

Dylan suspiró, se pasó las manos por la cara y lo miró de forma

extraña, triste, como dominado por la angustia.

—Lo siento mucho, Jeremy, lo siento de verdad. Sé que esto es muy

duro para ti. Pero te guste o no, la situación de Jillian seguirá siendo

problemática hasta que te asientes en Shadow Peak y la reclames como

tuya con el pacto de sangre —afirmó—. Aunque sospecho que no es lo que

tienes en mente.

Jeremy se metió las manos en los bolsillos de los pantalones.

—¿Por qué tengo la sensación de que me vas a sermonear?

—Estoy hablando muy en serio. Jillian ha sufrido mucho por tu culpa.

Jeremy sacudió la cabeza.

—Acepto la responsabilidad de mis equivocaciones, Dylan, pero en

este caso soy inocente. Fue ella quien rompió nuestra relación. La rompió

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por miedo a enfrentarse a la Liga, por miedo a complicarse la vida con un

mestizo. Pero supongo que mis explicaciones no servirían de nada… ya

has decidido que soy culpable y creerás lo que quieras creer. Como los

demás.

—Déjate de estupideces. Nadie te ha acusado nunca de nada. Y si

dices que no fue culpa tuya, te creo —dijo Dylan—. Pero lo que yo creo

carece de importancia. No me tienes que convencer a mí, sino a ella.

—¿Y por qué querría convencerla?

Dylan echó la cabeza hacia atrás y estalló en carcajadas. A

continuación, se levantó, se acercó a Jeremy y le dio una palmada en el

hombro.

—Eres mi amigo y te admiro —dijo—, te admiro de verdad. Pero si

crees que puedes disimular lo que sientes por Jillian, empezaré a pensar

que te has convertido en un idiota.

—Vaya, muchas gracias —protestó.

—Yo no soy el único que se dará cuenta. Ten cuidado.

—Lo tendré, descuida. Todas las noches, cuando me acueste, miraré

debajo de la cama para asegurarme de que el hombre del saco no está —

se burló.

Dylan entrecerró los ojos y sacudió la cabeza.

—Ése es el peor problema de los Cazadores, que os creéis

invencibles. Estoy hablando en serio, Jeremy, y será mejor que me hagas

caso. Shadow Peak es un lugar peligroso para ti. El traidor sabe que lo

estás buscando y no tendrá más remedio que actuar.

Jeremy notó algo extraño en el tono de voz de Dylan, así que

preguntó:

—¿Qué me quieres decir con eso?

—Que estás aquí en una misión, Jeremy. No metas a Jillian en el

asunto.

Jeremy apretó los labios.

—Sabes que no permitiría que le hicieran daño —afirmó—. Lo sabes

de sobra.

—Y también sé que Jillian te hace perder la cabeza. Su cercanía te

afecta tanto que no te deja pensar con claridad.

—¿Ahora vas a ser mi terapeuta?

Jeremy lo dijo con humor, pero también con preocupación. Dylan

estaba en lo cierto. Incluso estuvo a punto de preguntarle por la relación

de Jillian y Eric Drake, pero al final se contuvo porque tenía miedo de la

respuesta.

—Muy bien, sé un idiota si quieres… —dijo Dylan, apoyándose en la

encimera—, pero te estoy dando un buen consejo. No confíes en nadie,

vigila tu espalda y, por lo que más quieras, cuida de Jillian. Su extraña

manía de confiar en todo el mundo podría salirle muy cara; el traidor hará

cualquier cosa por acabar contigo y no dudará en utilizarla a ella.

—Si pudiera realizar la misión sin involucrar a Jillian, lo haría; pero

sabes que necesito su ayuda —observó Jeremy—. Conoce el clan mejor

que nadie. Incluso mejor que tú.

Dylan frunció el ceño.

—De todas formas, no confíes en nadie.

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—¿Has estado viendo Expediente X? —se burló Jeremy—. Porque

suenas tan paranoico como Mulder…

—Es que estoy paranoico. Esto está a punto de estallar. Las cosas han

ido demasiado lejos y estamos al borde del desastre.

—Está bien, seguiré tu consejo —dijo Jeremy, dirigiéndose hacia la

salida—. Seré la discreción personificada y no pisaré a nadie ni retorceré

ninguna nariz. Voy a ser un verdadero santo.

—Ni siquiera conoces el significado de esa palabra.

Jeremy abrió la puerta, pero se giró antes de salir.

—Ah, una cosa más.

—¿Sí?

—¿Dónde vive?

Dylan sacudió la cabeza.

—En la casita blanca de la avenida Lassiter.

Jeremy asintió.

—Muchísimas gracias. Nos mantendremos en contacto.

—Más te vale. Y ten cuidado.

—Ya me conoces, Dylan —dijo Jeremy, que ya bajaba los escalones

del porche—. Soy el hombre más cuidadoso del mundo.

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Capítulo seis

Jillian parpadeó al ver a Jeremy. Se acercaba con el sol de la mañana

a sus espaldas, brillando como si estuviera en llamas.

Pensó que, de haber sabido que iría a visitarla, habría dormido un

poco más. Ni siquiera se había duchado todavía; no había tomado ni un

mal café. Sin embargo, Jeremy parecía llevar un buen rato levantado. Se

había puesto unos vaqueros y una camisa blanca, que llevaba remangada

y entreabierta. En cuanto vio su brillante piel morena, su mandíbula

fuerte, su medio sonrisa y el brillo de sus ojos, supo que el encuentro iba a

ser muy difícil.

—No deberías haber venido —dijo ella—. Si necesitabas verme,

deberías haber llamado por teléfono y nos habríamos encontrado en

cualquier otra parte.

Jeremy respondió con un tono de inocencia que no engañó a Jillian. Él

era el depredador y ella la presa.

—¿Cuál es el problema?

—No hay ningún problema, pero…

—Pues si no hay ningún problema, ¿qué tiene de malo que venga a

visitarte? Somos dos personas que tienen que trabajar juntas para resolver

un misterio, encontrar al malo y salvar al clan. Ya sabes, esas cosas típicas

de héroes —comentó, sarcástico—. A no ser, por supuesto, que a tu novio

le moleste mi presencia…

Jillian apretó los dientes, pero se obligó a relajarse.

—Eric no tiene nada que ver con esto.

Jeremy arqueó una ceja y sonrió con malicia.

—¿Ah, no? ¿De verdad? Por cierto, ¿sigue todavía aquí?

Jeremy miró hacia el interior de la casa.

—No, no está aquí.

—Entonces es un momento perfecto para que me expliques lo que

hay entre vosotros. Ahora ya no tienes excusa. Estamos solos; no hay

hermanitas que puedan escuchar ni novios celosos escondidos tras la

esquina. Vamos, Jillian, explícate. Soy todo oídos.

Jillian suspiró.

—Jeremy, ayer sacaste una conclusión equivocada. Eric y yo no

somos novios. Sólo somos amigos, nada más.

—Ya —dijo con escepticismo.

—Es cierto. Pero ahora estoy en una situación complicada, y nuestros

padres…

Como Jillian no terminó la frase, Jeremy la acabó por ella.

—No es preciso que entres en detalles. Me juego cualquier cosa a que

tus padres estarían encantados de que te entregaras a un licántropo de

sangre azul, a un purasangre, aunque Eric sea el hijo de un sádico.

—No es lo que crees. Eric me ha estado ayudando con la Liga —

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explicó a regañadientes—. No hay nada más.

Jeremy entrecerró los ojos.

—¿Puedo saber qué es eso de que te ha estado ayudando?

Jillian oyó un ruido a la derecha y se giró. Era Gloria, su vecina, que

había salido al jardín para regar las plantas. La anciana parecía

concentrada en la tarea, pero Jillian la conocía perfectamente y sabía que

estaría atenta a cualquier cosa que dijeran.

—No deberíamos hablar de estos asuntos en la calle, donde todo el

mundo nos puede oír —dijo a Jeremy.

—Entonces, invítame a entrar.

Jillian sacudió la cabeza.

—No sería una decisión inteligente.

Jeremy rió con suavidad.

—¿Desde cuándo importa la inteligencia en nuestra relación? Vamos,

Jillian, invítame a entrar. Te prometo que no te morderé.

Ella alzó los ojos al cielo y se apartó para dejarlo entrar en la casa.

—Seguro que eso se lo dices a todas.

—Porque es verdad.

Cuando pasó a su lado, Jillian sintió la energía y el calor de sus

músculos y se excitó sin poder remediarlo.

Aquel hombre la volvía loca.

—De todas formas —añadió él—, sólo he conocido a una mujer a la

que desee clavarle los dientes.

—Pobrecilla —se burló ella.

Jeremy rió y ella cerró la puerta.

—¿Y bien? ¿Qué tal te ha ido tu primera mañana en Shadow Peak?

Jillian lo preguntó por derivar la conversación hacia asuntos

mundanos, hacia cualquier cosa que la salvara de su atractivo.

Él sonrió.

—Oh, maravillosamente bien. Los del comité de bienvenida son un

encanto.

—No me digas que ya te has buscado problemas…

Jeremy entró en el salón y avanzó despacio, con una tranquilidad

aparente que no engañó a Jillian. Podía notar la tensión de su cuerpo. Era

como un animal salvaje, dispuesto a atacar a la menor oportunidad.

—Eh, no soy yo quien busca problemas… —afirmó, encogiéndose

despreocupadamente de hombros—. No me dedico a arrojar piedras a mi

propia ventana.

Jeremy se detuvo frente al estante donde Jillian tenía los DVD y pasó

un dedo por encima de los discos.

—¿Han apedreado la casa de tus padres?

—Sí; de hecho, han roto la ventana del salón. Mi madre se va a llevar

un buen disgusto —respondió.

Jillian gimió y se apartó el pelo de la cara.

—Maldita sea, esto es una pesadilla. Será mejor que me duche y me

vista. Siéntate o haz lo que te apetezca. Vuelvo enseguida.

—Tómate el tiempo que necesites —murmuró él.

Jeremy se alegró de que Jillian se marchara, porque tendría ocasión

de investigar la casa sin la distracción de su presencia.

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Puso un disco de Metallica, empezó a silbar y se quedó en mitad del

salón. Sentía la necesidad de tocar todas sus pertenencias, como si así

pudiera conocerla mejor, llegar a lo más profundo de su ser.

Al fondo había un sofá de cuero, marrón, que contrastaba con el tono

claro de la pared, y una mesita de centro. La pared contraria estaba

completamente ocupada por una estantería llena de libros y con dos

puertas pequeñas que servían para ocultar el televisor.

Jeremy sonrió al recordar lo mucho que Jillian odiaba la televisión.

Siempre había preferido un buen libro a ver la televisión.

Sin dejar de silbar, salió del salón y avanzó por el pasillo. Al pasar por

delante del cuarto de baño, oyó el ruido de la ducha y decidió seguir

andando para no pensar en Jillian desnuda bajo el agua. Por fin, llegó a la

puerta del dormitorio y se apoyó en el marco mientras se empapaba de

todos los detalles de la habitación.

El sol de la mañana iluminaba la pared gris del fondo y hacía brillar

las cortinas blancas de las ventanas. La cama, de hierro forjado, estaba

colocada frente a la puerta; y al ver las sábanas, del mismo color que las

cortinas, sintió la tentación de acercarse y tumbarse en ella para

impregnarse del olor de Jillian.

En otra época, cuando era más joven, lo habría hecho sin dudarlo.

Pero ya no era un adolescente y no iba a cometer los errores del pasado.

—¿Jeremy?

Al oír su voz, se sobresaltó. Sin embargo, se giró con sumo cuidado,

ocultándose parcialmente tras la puerta, porque la visión de la cama le

había excitado tanto que le había producido una erección. Y lo último que

quería era que Jillian lo notara.

—Vaya, parece que me has pillado… —dijo, con voz ronca—. Al ver tu

cama, he perdido el sentido del tiempo.

Ella se estremeció. Jeremy se acercó y le secó una gota de agua que

se le había quedado en las pestañas. Jillian se había puesto una de las

batas de su abuela, pero Jeremy sabía que debajo no llevaba nada y tuvo

que refrenarse para no tumbarla en el suelo y hacerle el amor.

—¿Y bien? —dijo, intentando aparentar que bromeaba—. ¿Quieres

acostarte conmigo?

Jillian se llevó una mano al pecho y otra al vientre, como para

protegerse de él. No es que tuviera miedo físico de Jeremy. No, ése no era

el problema. Pero sabía que en su interior había algo inmensamente frágil

que él podía destrozar en un momento.

No tenía miedo de su fuerza, sino de lo que podía hacer con ella, de

las cosas que podía hacerle sentir.

Sin embargo, Jillian también sabía que su peor enemigo era ella

misma. Su cuerpo ardía de deseo, la empujaba a dejarse llevar y a

entregarse por completo, sin reservas. Quería arrodillarse a sus pies,

ofrecerse a él, separar los muslos y rogarle que la tomara allí mismo, que

la poseyera, que la tomara sin pensar en las consecuencias posteriores.

Pero no se podía arriesgar. Si lo hacía, Jeremy descubriría uno de los

mayores secretos de las brujas del clan, el secreto por el que lo había

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rechazado diez años antes, un secreto que le abriría su corazón de la

forma más íntima que se pudiera imaginar.

No, no se podía arriesgar. No podía.

—¿De verdad crees que deberíamos acostarnos? ¿Así como así? —le

preguntó.

—Sí, así como así —respondió él—. Puede que te parezca una oferta a

la ligera, pero te aseguro que, cuando empecemos, no habrá nada ligero

en ello.

—Por Dios, Jeremy… —dijo ella, intentando controlarse—. ¿Por qué

tienes que ser tan provocador?

—¿Provocador? Pero si ni siquiera he empezado a provocarte…

Jeremy dio un paso hacia ella. Jillian retrocedió.

—Maldita sea, Jillian, deja de hacer eso.

—¿De hacer qué?

—De huir de mí como un ratoncito asustado cada vez que me

aproximo —respondió, sin detenerse—. Sé que no te doy miedo; por lo

menos, físicamente. Ése no es el problema.

—En eso tienes razón. Pero no es que me des miedo —le concedió—.

Huyo de ti por instinto de supervivencia.

—No tienes que protegerte de mí, Jillian; yo nunca te haría daño —dijo

Jeremy, en voz más baja y profunda—. ¿Qué ocurre? ¿Por qué te empeñas

en mantener las distancias?

Ella lo miró a los ojos y pensó en lo que le había dicho la noche

anterior. Pero acostarse con él sería demasiado peligroso. Jeremy sólo

quería una relación sexual, nada más; y si cedía al deseo, él se marcharía

y se llevaría una parte de ella. Una parte que no recobraría jamás.

—No, no puedo hacerlo —susurró.

—¿Hacer qué?

Jeremy cerró las palmas sobre sus manos y se las llevó al pecho, para

que Jillian sintiera los latidos de su corazón.

—¿Hacer qué? —repitió—. ¿Acostarte conmigo? Sé un poco más

específica, Jillian, te lo ruego.

—Es que…

—¿Es que?

—Esto no puede ser —contestó con voz temblorosa.

Jeremy le puso una mano detrás de la cintura y otra en la nuca. La

miró con total y feroz intensidad, con ojos cargados de deseo. Y cuando

por fin habló, el timbre aterciopelado de su voz la dejó sin aliento.

—¿Tienes idea de cuántas veces he intentado olvidarte? ¿Todo lo que

he hecho por intentar olvidarte?

Ella quiso responder, pero no encontró las palabras adecuadas.

Jeremy aprovechó su ventaja para acercarse un poco más y atraparla

contra la pared, apretando el pecho contra los senos de Jillian.

—Pero no sirvió de nada —continuó—, porque tu huella crecía día tras

día. Soñaba contigo. Te imaginaba debajo de mí. La verdad es que te he

imaginado muchas más veces de las que puedo recordar.

—Jeremy, no me hagas esto. Te lo pido por favor.

—No soy quien te hace nada, sino tú quien me lo hace a mí, tú quien

no deja de torturarme, tú quien se niega a dejarme en paz.

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Jeremy apartó la mano de su cintura y le acarició suavemente la

mejilla.

El corazón de Jillian se aceleró.

—Lo he visto muchísimas veces en mis sueños. He visto tu rubor y tu

mirada de deseo. He oído tus gemidos. He notado tus orgasmos mientras

tus gritos de placer me llenaban completamente la cabeza. He sentido que

te aferrabas a mí, que me agarrabas con tanta fuerza, tanta

desesperación, tanta necesidad y tanta dulzura que creí que me volvería

loco.

Jillian suspiró.

—Esto no puede ser —repitió.

Jeremy sonrió de forma increíblemente seductora.

—Puede ser y lo será… Tantas veces como yo quiera. De tantas

formas y en tantas posturas como sea capaz de imaginar. Porque las

quiero todas, Jillian. Todas, absolutamente todas.

—¿Estás sordo, Jeremy? ¿O es simple obstinación? —acertó a decir.

—Es realismo, cariño —le susurró al oído—. Pasará porque ambos los

deseamos, porque los dos lo necesitamos. Y cuando te penetre, sentirás

tanto placer que gritarás y yo saborearé tus gritos en mi boca. Serás mejor

que lo creas, Jillian. Es inevitable.

—¿Quién te has creído que eres? —susurró ella—. ¿Crees que no

estoy al tanto de tu capacidad como amante? ¿Crees que tus antiguas

novias han desaprovechado alguna oportunidad de restregármelo por la

cara a lo largo de los años? Estoy segura de que sólo tienes que mirar a

una mujer a los ojos para que grite de placer, pero conmigo no va a

funcionar.

—Estás muerta de miedo.

—Yo no…

—Tienes pánico de lo que sientes, y en lugar de concederme una

oportunidad, eliges huir —afirmó él, apretándose un poco más contra ella

—. Puedes repetirte cuantas veces quieras que deseas a Eric, pero no

saldrá bien. Porque es él, Jillian, él. Porque no soy yo.

—¿Te han dicho alguna vez que tu arrogancia es…?

—Sé de lo que estoy hablando —la interrumpió mientras le acariciaba

las caderas—. He hecho todo lo posible por encontrar a una mujer con

quien pudiera olvidarte, pero no lo he conseguido.

Jillian no dijo nada. Jeremy había llegado a sus senos y le acariciaba

suavemente un pezón.

—Adelante, intenta convencerte de que lo nuestro es imposible.

Sabes que es mentira, Jillian. Me deseas. Deseas lo que hay entre

nosotros. Quieres sacarlo de ti con tanta desesperación como yo.

Ella cerró los ojos y apoyó la cabeza en la pared.

—Por Dios, Jeremy… por favor. Por favor, no me hagas esto.

Jeremy la miró durante unos segundos y se apartó.

—Está bien, como quieras. Si insistes en seguir por ese camino y en

intentar evitar lo inevitable…

—No es…

Jeremy siguió hablando como si ella no lo hubiera interrumpido.

—Salgamos de aquí. Tu casa está impregnada de tu olor y me está

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sacando de quicio —confesó.

Ella parpadeó, confusa.

—¿Quieres que nos marchemos? ¿Ahora?

—Ve a vestirte y daremos un paseo. Hablo en serio al decir que

tenemos que trabajar juntos. Necesito echar un vistazo por ahí y tomarle

el pulso a la ciudad.

Su cambio de actitud fue tan repentino que Jillian se sintió mareada. Y

cuando lo miró, se preguntó si Jeremy no lo habría planeado de ese modo

para dejarla sumida en el desconcierto.

Fuera como fuera, había plantado una semilla. A partir de entonces,

ella ya no sería capaz de olvidar lo sucedido ni de olvidar todas las cosas

deliciosas que le había dicho ni de resistirse al deseo de probarlas.

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Capítulo siete

Mientras Jeremy esperaba en el salón, Jillian se dedicó a vestirse. Las

manos le temblaban y su corazón latía con desenfreno mientras buscaba

algo para ponerse. Por fin, tras optar por unos vaqueros y un jersey y

peinarse rápidamente el cabello, estuvo preparada.

Diez minutos después, salieron de la casa y disfrutaron del sol

matinal, que se esforzaba por abrirse paso entre las nubes de tormenta

que se empezaban a formar en la distancia.

Jeremy se mantuvo en silencio hasta que llegaron al final de la calle.

—El truco que usaste anoche con Danna me gustó mucho. ¿Cómo te

las arreglaste para dejarla sin sentido?

—Cuando curo a alguien, sus escudos vitales están bajos y puedo

introducirme en su mente para aliviarle el dolor. Cuando descubrí que

podía aplicar el mismo principio a los combates, me salvó la vida. Sólo

tengo que esperar a que se cansen lo suficiente, como Danna; después,

entro en su mente y detengo sus ansias de pelea —explicó.

—Pero tiene un precio —observó él—. Estabas completamente

agotada cuando terminaste.

—Sí, usar ese tipo de poder es agotador. Da igual que se trate de

curar a una persona o de vencerla en un enfrentamiento.

Jeremy la miró con curiosidad.

—¿Qué más cosas sabes hacer? No recuerdo que tuvieras esos

poderes durante tu adolescencia.

—Si estás pensando en lo que creo que estás pensando, te aseguro

que mis poderes no tienen aplicaciones sexuales.

Jeremy se frotó la barbilla.

—¿No tienen aplicaciones sexuales? Yo no estoy tan seguro de eso. El

beso de anoche estuvo a punto de electrocutarme.

Jillian lo miró con desconfianza.

—¿Un simple beso? No te creo, Burns. Dudo que un simple beso

pueda dejar tanta huella en un hombre de tu reputación.

Jeremy rió.

—En otras circunstancias, te habría dado la razón. Pero ahora sé que

besarte a ti no es como besar a otras mujeres.

—Bueno, olvidemos ese asunto. Es hora de cambiar de conversación

—declaró, nerviosa.

—Está bien, como quieras —dijo él—. ¿Dónde está Eric?

Jillian suspiró.

—No tengo ni idea. No suelo saber dónde se mete, Jeremy.

Él la miró con intensidad.

—Tu amigo no se está comportando como debería, ¿sabes?

—¿Ah, no? ¿Y cómo debería comportarse, si se puede saber?

—Es bastante sencillo. Si realmente te quisiera, me habría pegado un

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puñetazo en cuanto me acerqué a ti. Es lo que habría hecho cualquier tipo

razonable que se encontrara en esa situación —aseguró.

A Jillian le pareció tan absurdo que soltó una carcajada.

Aún sonreía cuando llegaron a la esquina siguiente, pero la sonrisa se

le heló en la boca al ver al grupo de adolescentes que tenían delante,

junto a un bar, todos con expresión de indolencia, ira y angustia.

Intentó cruzar con Jeremy al otro lado de la calle, pero uno de los

adolescentes se giró hacia ellos y Jeremy pudo verle la camiseta.

—Maldito canalla… mira lo que pone en su camiseta.

—«Simmons vive» —leyó Jillian en voz alta.

Desesperada, supo lo que iba a suceder e intentó evitarlo.

—Déjalo, Jeremy —le rogó—. Es mejor que no nos busquemos

problemas.

—Lo siento, Jillian, pero los problemas nos han buscado a nosotros.

—Jeremy…

—Espera aquí. Sólo quiero saludar a esos chicos.

—Sí, claro, saludarlos.

Jillian se quedó en el sitio y lo miró mientras él se alejaba hacia los

adolescentes.

Cuando ya sólo estaba a unos metros de distancia, el grupo se abrió;

uno de ellos, un hombre lobo de poco más de veinte años, se encaró con

Jeremy. Era Dustin Sheffield, el hijo de Cooper Sheffield, la mano derecha

de Stefan Drake en Shadow Peak.

Al igual que su padre, Dustin era alto y moreno, de ojos amarillentos

que estaban continuamente ensombrecidos por un velo de odio.

—Has traído a una bonita presa, Cazador —dijo el joven—. Tu chica

siempre me ha parecido tímida, pero hoy… no sé, hay algo distinto en ella.

Ya sabes, tiene esa expresión de las mujeres cuando están deseando que

se las…

Jeremy lo interrumpió.

—Ten cuidado con lo que dices —le advirtió.

Dustin sonrió.

—Oh, vamos, hombre. No puedes culpar a un chico por seguir sus

instintos…

Jeremy dio un paso adelante, en actitud agresiva.

—Si no los controlas, tus instintos sólo van a servir para que muerdas

el polvo.

—No tienes ni idea de lo que soy capaz de hacer —afirmó el joven, sin

dejarse amilanar—. Además, no puedes tocarme; siendo tu primer día en

Shadow Peak, tendrías que dar muchas explicaciones si te enfrentas

conmigo. Pero puede que no sepas quién soy. Me llamo Dustin Sheffield;

soy hijo de Cooper Sheffield, el jefe de seguridad del clan.

Dustin lo miró a los ojos y añadió:

—Drake y mi padre son muy buenos amigos, lo que quiere decir que

la Liga de los Ancianos te cortará las pelotas si te atreves a mirarme de

mala manera.

Jeremy se acercó un poco más y sonrió con ironía.

—Permíteme que te dé un consejo, Dustin. Será mejor que te andes

con cuidado, porque ni tu padre ni Drake ni la Liga ni desde luego tu

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pequeño grupo de amiguetes me asustan.

—Entonces, tendrás que aprender la lección por las malas.

Dustin guiñó un ojo a Jillian. Jeremy sintió el deseo de convertir sus

manos en garras, pero se contuvo.

Por muchas ganas que tuviera de ponerlo en su sitio, aquél no era el

mejor momento para enfrentarse abiertamente al joven licántropo.

Se metió las manos en los bolsillos y habló con absoluta naturalidad,

como si hubieran estado charlando del tiempo o de cualquier otra cosa sin

importancia.

—Ten cuidado, Dustin, ten cuidado —repitió—. Preferiría no tener que

dejarte en ridículo delante de tus amigos.

Jeremy sonrió al joven, le dio la espalda y regresó con Jillian.

—¿Cómo es posible que le hayas dado la espalda? —preguntó ella,

alarmada—. ¿Quieres que te maten?

—No te preocupes tanto, Jillian; nunca me atacarían por la espalda a

plena luz del día, cuando todos pueden verlo. Pero será mejor que nos

vayamos de aquí antes de que cambie de opinión y le dé unos cuantos

azotes a ese niñato.

Jillian lo miró con enfado y cruzó con él la calle.

—Eso ha sido lo más estúpido que he visto en mucho tiempo —afirmó

—. ¿Qué diablos querías hacer?

—Tan sólo mi trabajo —respondió Jeremy—, así que échame una

mano y explícame qué es eso de las camisetas que llevan. ¿Qué ha

pasado en Shadow Peak para que se considere un héroe a un asesino?

Ella se encogió de hombros.

—Últimamente, los miembros más ancianos del clan han estado

debatiendo sobre la utilidad de los Cazadores —lo informó—. Hay quien

dice que hacéis más mal que bien y os culpan por lo que ellos llaman «la

opresión de los seres humanos». Stefan Drake y sus seguidores son los

que suelen estar detrás, pero no sé por qué se están ganando el apoyo de

otros.

—¿En serio? ¿No lo sabes?

—No tengo ni idea, Jeremy. Lo he hablado con Dylan, pero sabe tan

poco como yo. Además, él tiene las manos atadas. Debe andarse con

cuidado si no quiere que Stefan Drake presione para que lo echen de la

Liga.

Jillian se detuvo de repente y lo miró con todo el cansancio y la

preocupación que había acumulado a lo largo del tiempo.

—Aunque nos llevemos mal y discutamos, lo cierto es que tu ayuda

me vendría muy bien —le confesó.

Jillian no había dicho nada especial, pero sus palabras le

emocionaron.

—Tenemos que trabajar juntos, Jillian. Tenemos que encontrar

respuestas antes de que tu clan se disgregue y todo se vaya al infierno.

Ella le dedicó una mirada de sorpresa.

—¿Qué ocurre? —preguntó él.

Jillian sonrió.

—Que nunca habría imaginado que tú, precisamente tú, terminaras

por ser la persona más preocupada por el futuro de mi clan.

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SOMBRA DEL LOBO

Jeremy extendió un brazo y le apartó un mechón de pelo de la cara. El

viento sopló entre los árboles que flanqueaban la calle, jugueteando con

las hojas secas.

—¿Me estás acusando de haber sido una especie de anarquista? —

bromeó.

—No, ni muchísimo menos —dijo ella, mirándolo con dulzura—. Pero

las normas del clan no son precisamente justas, Jeremy. Tú tenías razón.

Los Crestas Plateadas tendremos que cambiar; porque si no lo hacemos,

moriremos bajo el peso del pasado.

—Vaya, ahora hablas como toda una reformista…

Ella volvió a sonreír, pero se apresuró a cambiar de conversación.

—Todavía no te he preguntado cuándo es tu ceremonia de

adoctrinamiento.

Jeremy estalló en carcajadas.

—He decidido ahorrarme ese acto de hipocresía. No tiene sentido

que…

—No es un acto de…

En ese instante se oyó una voz a sus espaldas.

—Discúlpame… ¿no eres Jeremy Burns?

Jillian y Jeremy se giraron y se encontraron delante de la señora

Swanson. Llevaba un chal que le cubría sus estrechos hombros y sus ojos

azules brillaban de preocupación bajo su frente llena de arrugas.

Jillian notó la tensión de Jeremy y supo que estaba esperando que la

anciana lo insultara, así que decidió intervenir para evitarle problemas.

—Sí, es Jeremy —contestó.

La mujer asintió con brusquedad. Olía a laca, a té y a polvos de talco.

—Muy bien… —dijo, clavando los ojos en Jeremy. Después se dirigió a

Jillian—. Quiero hablar contigo sobre mi nieta, Melissa.

—¿Le pasa algo a Melissa? —preguntó Jillian, adelantándose otra vez

a él.

La mandíbula de la señora Swanson tembló cuando volvió a hablar.

—Algunos de sus amigos y ella llevan más de una semana sin

aparecer. No sé lo que voy a hacer si se ha fugado con un humano. No

soportaría verla con uno de ellos; sería espantoso…

Jillian lanzó una mirada subrepticia a Jeremy, pero su expresión no

denotó emoción alguna. Se había puesto su máscara emocional, aunque

se preguntó cuánto tiempo le duraría si la anciana seguía diciendo tantas

estupideces.

—Pasaré a verte más tarde y hablaremos de Melissa —le dijo—, pero

si me disculpas, ahora tengo que marcharme. Tenemos una cita.

—¿Me avisarás si descubres algo? —preguntó la anciana.

—Por supuesto que sí —respondió, sonriendo—. Hasta luego.

Cuando ya estaban a cierta distancia de la mujer, Jeremy preguntó

con humor:

—¿Tenemos una cita? ¿Dónde, si se puede saber?

—En cualquier parte donde no esté ella.

—¿Y qué voy a hacer cuando no estés presente para evitarme

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problemas, brujita? Me parece que voy a meterme en muchos líos.

—En más de los que habías imaginado —comentó, haciendo un gesto

hacia la señora Swanson, que se alejaba por la acera.

—La desaparición de esa chica no me parece casual. Sabemos que

Simmons estuvo presionando a los adolescentes para que se volvieran

asesinos y se pasaran al lado de los fuera de la ley. En algunos casos los

tentaba con el poder y en otros, los secuestraba directamente… ¿cuántos

han desaparecido?

—Los suficientes como para preocuparse, pero no tantos como para

que la Liga tome cartas en el asunto. Dylan lo ha intentado, pero los

demás siempre tardan en decidirse. Además, siempre hay adolescentes

que se fugan, aunque vuelven más tarde o más temprano. La diferencia es

que el número de descontrolados está aumentando y cualquier

desaparición resulta inquietante; sobre todo, cuando los jovencitos

desaparecen en grupos.

—Y entretanto, a esa mujer no le preocupa que su nieta se vaya con

unos asesinos, sino con un ser humano —murmuró Jeremy, disgustado—.

Es increíble. ¿Cómo puedes vivir con esta gente?

—Hay muchos que no son como ella. No puedes juzgarnos a todos por

lo que hagan unos cuantos. Es injusto.

—¿Injusto? Injusto es que sus jóvenes estén desapareciendo y sólo les

preocupe que acaben con humanos, cuando probablemente están

haciendo algo que les causará problemas graves o los llevará a la muerte.

Eso es lo injusto, Jillian.

Ella ya estaba a punto de contestar cuando sonó su teléfono móvil y

vio que tenía un mensaje de texto.

Lo leyó rápidamente y e hizo una mueca.

—Tengo que marcharme. Graham me necesita.

Jeremy gruñó, molesto. Graham Fuller era viejo y no sentía celos de

él, pero tenían una relación difícil porque siempre se había opuesto a su

relación con Jillian. Aunque fuera el mejor amigo de Robert Dillinger, tenía

unas miras tan estrechas como el resto de los miembros de la Liga.

—¿Y qué quiere Graham a estas horas? ¿Darte unos azotes porque te

han visto en público conmigo?

Jillian lo miró con cara de pocos amigos.

—Dudo que se haya enterado.

—Por supuesto que se ha enterado. Créeme… este lugar está lleno de

cotillas. Saben que he regresado a Shadow Peak y no tienen nada mejor

que hacer que vigilar a su bruja y ver lo que hace.

—Pues no voy a hacer nada —afirmó ella, apartando la vista—. Y para

tu información, mis problemas no han empezado con tu vuelta. Hace

tiempo que las cosas están enrarecidas.

—¿Tus problemas? ¿Qué problemas?

Jillian respondió sin mirarlo.

—La Liga ha decidido que ya es hora de que me case. Quieren que

tenga hijos para que alguien me pueda sustituir como bruja del clan.

Jeremy gruñó.

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—¿Y por qué no les dices que se vayan al infierno?

—No es tan sencillo —murmuró.

Él arqueó una ceja y se acercó a ella.

—¿Seguro que no? ¿O acaso todavía permites que la Liga controle tu

vida y te diga lo que tienes que hacer?

—Y si no me controlan ellos, ¿quién quieres que me controle? —

preguntó, con un tono tan defensivo como su lenguaje corporal—. ¿Tú,

quizá?

—Yo nunca he querido controlarte. Sólo quería que…

—¡Ni se te ocurra decirlo! —lo interrumpió.

Jeremy sonrió y alzó las manos en gesto de rendición.

—Sólo iba a decir que quería que fuéramos amigos.

—Sí, claro —dijo ella, sacudiendo la cabeza—. Mira, Jeremy, no sé

cuánto tiempo estaré con Graham; pero si vas a dar vueltas por ahí,

hazme un favor: ten mucho cuidado.

—¿Te preocupa mi bienestar?

Jeremy le guiñó un ojo y ella sonrió sin poder evitarlo.

—Me preocupo por el bienestar de todos mis lobos.

—Entonces, también te preocupas por mí —insistió él.

Jillian alzó los ojos al cielo.

—Eres todo un caso. ¿Lo sabías?

—Sí, lo sabía. Anda, márchate con Graham. Nos veremos más tarde.

Ella lo miró con incertidumbre.

—¿Y qué vas a hacer?

—Oh, no te preocupes tanto, Jillian. Te prometo que tendré cuidado y

no me meteré en líos. Palabra de honor.

—¿Palabra de honor? Venga… tú nunca has tenido de eso —dijo

Jillian, renuente a dejarlo marchar.

Jeremy la miró con humor.

—No será por no haberlo intentado. Además, la gente sabe que de

vez en cuando me comporto como un santo. De hecho, tú deberías saberlo

mejor que nadie.

Jillian se ruborizó al recordar el primer beso que le había dado, diez

años atrás. En aquella época, ella era poco más que una niña y no le había

dado importancia; pero en ese momento se daba cuenta de Jeremy había

hecho un gran esfuerzo por contenerse y respetar su inocencia.

Ya se había dado la vuelta para marcharse cuando él le puso una

mano en el brazo y la detuvo.

—¿Jillian?

—¿Sí?

—Mantente bien lejos de Sheffield. Y ten cuidado con Drake.

—¿Con Eric? —preguntó, frunciendo el ceño.

Jeremy sonrió.

—Con todos los Drake, aunque ahora me refería a su padre. Tenemos

que ser cautelosos. No sabemos lo que está pasando.

Ella se quedó boquiabierta.

—Dios mío… ¿crees que el traidor es…?

Jeremy se inclinó sobre ella y le dio un beso en la frente.

—Calla, no pronuncies su nombre en voz alta. Pero prométeme que

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estarás alerta.

Ella asintió en silencio mientras se preguntaba si Stefan Drake podía

ser realmente el traidor del clan. Siempre había estado lleno de odio, pero

no lo consideraba tan loco como para arriesgarse así. A no ser que tuviera

algo que ganar. Algo que ellos desconocían.

Jeremy la miró a los ojos y le apartó el cabello.

—Ya hablaremos más tarde. E insisto, ten cuidado.

La ternura de su voz hizo que Jillian se estremeciera.

—No quiero que te hagan daño, Jillian —continuó.

—Pero quieres seducirme —susurró.

Él se metió las manos en los bolsillos. Cuando habló de nuevo, el

deseo había sustituido a la ternura.

—Sí, creo que lo dejé bien claro anoche.

—Es verdad —dijo ella, frustrada—. Y si la memoria no me falla, te

dije que es imposible.

—Bueno, entonces estamos en un punto muerto —declaró con una

sonrisa maliciosa—. Ya veremos quién se sale con la suya.

Jillian se marchó sin decir una sola palabra más. Pero, mientras

caminaba, fue consciente de que odiaba alejarse de él.

Cuando Jillian desapareció en la esquina, Jeremy se apoyó en la pared

de un edificio y apretó los dientes. La deseaba tanto que tenía que hacer

verdaderos esfuerzos por contenerse.

Siguió caminando y poco después se encontró de bruces con

Constance Murphy, la madre de Jillian.

Por lo visto, su suerte empeoraba por momentos.

—Jeremy… —dijo ella en voz baja—. Me habían dicho que estabas en

la ciudad.

Constance intentó aparentar calma, pero fue evidente que se había

llevado una sorpresa tan grande como él.

Jeremy intentó responder con una sonrisa, pero fracasó

miserablemente.

—Hola, señora Murphy.

—Vamos, Jeremy, ya no eres un niño; no tienes por qué llamarme

señora Murphy. Estamos entre adultos y podemos comportarnos de forma

civilizada.

—Eso es cierto —murmuró. —También me han contado lo de anoche.

Jeremy se frotó un lóbulo, nervioso.

—Sí, bueno, me lo había imaginado…

Constance apretó los labios y agarró su bolso con fuerza.

—Estoy segura de que comprenderás por qué es tan importante que

te mantengas alejado de mi hija. Ya le has causado bastantes problemas.