La Tía Tula por Miguel de Unamuno - muestra HTML

TOME EN CUENTA: Esta es una vista previa en HTML y algunos elementos como enlaces o números de página pueden ser incorrectos.
Para la versión completa, descargue el libro en PDF, ePub, Kindle
Miguel de Unamuno

La tía Tula

Prólogo de Manuel Hidalgo

Prólogo

Manuel Hidago

Gertrudis, Tula, esa mujer con «ojazos de luto», poseedora de «un tesoro de ternuras y delicias secretas, decide hacer de su vida, a los veintidós años, una misión, una entrega devastadora en la que se autoinmola.

Celestina perentoria de los amores de su hermana Rosa con el Joven Ramiro, a los que casa poco menos que a la fuerza, Tula opta, con irrebatible contundencia, por volearse en cuerpo y alma en sus sobrinos, que serán tres. Primero lo hará como tía omnipresente, casi usurpadora del papel de la madre de los pequeños y, muy pronto, muerta ésta, y siempre desde su irre-nunciable soltería, Tula se constituirá hasta el fin de sus días en madre titular -madrastra, jamás- de las tres criaturas y de las que vendrán de la oprobiosa seducción del servicio.

Un sentido categórico del deber, fundado en una estricta religiosidad heredada de la familia, hace de Tula una virgen madre o una madre virgen que, con el mismo denuedo, defiende los dos extremos de tan flagrante contradicción. De esa acerada e inmisericorde defensa simultánea de dos términos opuestos nace su drama, apabullante versión del habitual conflicto interior, de la pelea agónica característica de los personajes unamunianos, que ni tienen un momento de paz ni nos la procuran a nosotros, los lectores de sus historias.

Pero la tragedia de Tula se sustenta en las sacudidas del puente que une las dos orillas -maternidad y virginidad- del curso torrencial de su vida: el deseo sexual. Sin paliativos y con numerosa prodigalidad, Unamuno describe a Tula como un vol-cán a punto de erupción, una olla a presión de sexualidad insatisfecha y urgente que se alivia con los escapes de vapor de una espiritualidad cierta, sí, pero también evidente mutación sublimada de los apetecibles apetitos carnales.

El examen de la hiperactuación unamuniana en el terreno de la religión y la filosofía, sin duda entrometidas con peligro

-la «sororidad» del prólogo, la «abejidad» del texto- en el flujo argumental de lo novelesco, no nos puede cerrar los ojos a lo palmario: estamos ante un indisimulable relato erótico, tal vez uno de los más crepitantes, tensos, agobiantes y enfermizos de la literatura en castellano del siglo xx.

Desde el principio se sabe que Tula se siente atraída por Ramiro, el marido de su hermana, pero ella se empecinará, aun bajo el mismo techo, en alejar y cubrir de cemento ese cáliz. «Otro hijo mío», dirá de Ramiro, engañándose. Tal vez de sus tajantes convicciones religiosas surge en Tula, por reparo moral ante el sexo y ante el consecuente pecado de la carne, una honda misoginia, una androfobia, una aversión física al hombre -ese bruto, dice ella- que sólo halla correlato, como no podía ser menos, en la creciente intensidad de su deseo de hombre, del deseo de Ramiro.

Tula se acoraza en sus deberes maternales, se pertrecha de íntima soledad y aburrida rutina, impulsa sus velas con el gen-eroso viento de un implícito afán de santidad, narcotiza sus instintos con un ansia descomunal de pureza, se cierra en banda, en definitiva, pero, con todo ello, sólo logra hacer del deseo sexual una proliferante patología que bordea, por no decir que abraza, el sadomasoquismo.

Erizada sobre un autoritarismo -«y basta», dice la tía- intransigente, que se quiere bienintencionado, en cuanto engarza-do a un insuflado y exigente concepto del deber, Tula sufre y hace sufrir a cuantos la rodean, se empuja y les empuja a un destino doloroso y desgraciado, rigiendo las vidas de todos y la suya propia desde la vigilante atalaya del narcisismo, el amor propio y la soberbia, cosa que ella misma reconocerá cuando su férrea construcción amenace ruina y haga cuentas con el espectro del fracaso.

El combate del ángel del espíritu y del demonio de la carne en manos del atribulado Unamuno -que sin duda sufrió, en su propia piel y en esos términos idéntica pugna, no puede ser de otro modo-, se traduce en una atmósfera cargada y recargada de una sensualidad que, cuanto más se niega a sí misma o más se enmascara de prudencia expresiva, más brilla, estal-la y se desgarra en soterrada violencia de fulgor sexual.

El texto está plagado de observaciones y matices descomunales. Unamuno, hay que repetirlo, se conduce con un talante enfermizo al atribuir a Tula acciones, ideas y sentimientos indicativos de una aguda y desazonante patología. Tula que abomina de la saciedad -el barro, el estiércol- y tiene aversión a la sangre -no digamos a la sangre coagulada, se especifica-, abre un balcón «para que se vaya el olor a hombre»; llega a relacionar en la cama el vómito de un bebé que tiene en brazos con las manchas del semen; entiende que sentarse en el suelo, sobre la hierba, en pleno campo, ante su cuñado viudo y sus sobrinos-hijos, puede ser síntoma de descarada flojera; percibe la brisa del mar como un aguijón en la carne y sufre al ver a sus niños contemplando los juegos (los encontronazos) de las aves de corral. Hay mucho más de lo mismo, y tan aberrante.

Los pechos, las entrañas, el vientre, los huesos, todo cuanto constituye la corporalidad, lo fisiológico, está visto por Unamuno y Tala en una confusa relación con el universo espiritual -«el imán de tu cuerpo lleno de alma»-; como sí en ello Prólogo

encontraran, más que armónica fusión, disculpa y absolución para su condenado carácter de despojos que incomprensible-mente contienen el pálpito de la vida y desventuradamente el calambre del deseo.

Unamuno es cruel e implacable con sus personajes cuando les describe físicamente. Así, un recién nacido es «un mezquino rollo de carne viviente», y la pobre Manuela, !a criada hospiciana, será, en boca de Ramiro, « la menor cantidad de mujer posible». ¿No es terrible?

Terrible es también el sofocante escenario hogareño de la acción, el discurrir anodino de los días, el breve séquito de curas que acompaña a los personajes principales y, no digamos, la sucesión de enfermedades, consumiciones físicas y muertes que jalonan el lúgubre argumento, tan reñido con el humor como un agonizante con una fiesta de cumpleaños.

Unamuno, con sus idiosincrásicas pretensiones, sitúa La tía Tula en su innecesario prólogo -él mismo reconoce que es un petacho- en una órbita de resonancias teresianas, quijotescas y de tragedia clásica (Antígona). Nada que objetar, y se le puede seguir la corriente al autor, sobre todo desde inevitables instancias académicas y eruditas. Pero, fuera de ellas, lo que un lector de hoy verá a bote pronto en este relato es un acogotante e impúdico melodrama, tal vez la versión abreviada de uno de aquellos prolijos folletines tan genuinos del XIX, en cuya factura me atrevo a destacar la abundancia y liquidez de los diálogos que, pese a estar sometidos a un tonillo retórico que nos es ajeno, alcanzan una sorprendente fluidez y contienen bruñidas expresiones de pasmoso y deslumbrante sincretismo.

Así como Emma Bovary siguiendo con inconsistencia un comprensible afán de liberación, destrozaba su vida y la de los suyos, Tula, supongamos que su contratipo, esclavizando su deseo al collarín de su deber, logra idéntico efecto.

¿Dijo Unamuno alguna vez, imitando a Flaubert, «la tía Tula soy yo»? No sé si lo dijo o no. Pero entiendo que, de haber estado para bromas, podría haberlo dicho.