La Unión Peligrosa por Hellen b. - muestra HTML

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Unión peligrosa

Leanne se había casado con Dimitri para satisfacer la última voluntad de

su madre. Pero lo que en principio era un matrimonio de conveniencia, se

convirtió pronto en la puerta que la condujo a insondables abismos de pasión...

pasión a la que Dimitri no parecía corresponder. ¿Cuánto tiempo podría

participar Leanne en esa farsa sin que su corazón resultara gravemente herido?

Capítulo 1

SE oyó un golpe suave cuando las ruedas tocaron el suelo y luego el chirrido de

los frenos mientras el avión disminuía de velocidad en la pista. El vuelo había sido bueno, sin contratiempos, uno cualquiera de los muchos que Leanne había realizado

entre la Costa Dorada y Melbourne, en el transcurso de los últimos cinco años.

Con una excepción. Esa vez Paige no estaría esperándola y no habría una

reunión feliz ni risas compartidas mientras la madre y la hija trataban de ponerse al corriente respecto a las noticias de cada una.

Sintió ganas de llorar y parpadeó para tratar de detener la amenaza de las

lágrimas mientras miraba sin ver a través de la ventanilla.

No era justo que su madre hubiera sido víctima de un extraño tipo de cáncer,

ni que éste se hubiera extendido hasta tal punto que los médicos sólo hubieran

podido ofrecer un triste pronóstico. Al enterarse de la noticia. Leanne había

tardado sólo veinticuatro horas en hacer la reserva para su vuelo y designar una

ayudante para que se encargara de su clínica de belleza.

Al terminar el vuelo, Leanne se colocó en la fila de los pasajeros que iban a

dejar el avión, pero no se dio cuenta de que la observaban con admiración. El panta-

lón y la camisa de seda de color azul vivo acentuaban sus esbeltas curvas y eran el

marco perfecto para su pelo rubio ceniza, que le llegaba a los hombros.

A los pocos minutos se encontró en la sala de llegada y se acercó a la cinta

trasportadora del equipaje en busca de su maleta.

-Leanne.

El sonido de esa voz con leve acento le quitó el aliento e hizo que su pulso

pareciera detenerse unos instantes antes de desbocarse. Tardó sólo unos segundos

en dominar su expresión antes de volverse para mirar al hombre de pie, a escasa

distancia de ella.

-Dimitri.

Cinco años antes ella se habría arrojado a sus brazos y aceptado el roce

afectuoso de sus labios en su mejilla, y riendo se habría permitido un juego inocente de coqueteo.

En ese momento se mantuvo quieta, con los ojos claros y serenos, ocultando el

pesar en sus profundidades azules.

-Pensé que todavía estarías en Perth.

-Igual que tú, reorganicé mis asuntos de negocios y tomé el primer vuelo

disponible hacia el este -alzó ligeramente una ceja y su expresión mostró un matiz

de cinismo y reprobación silenciosa.

-No era necesario que vinieras a recibirme -respondió ella, intentando ocultar

sus emociones.

Él no dijo nada, no tuvo que hacerlo. Ella era la hija de Paige y el ángel de pelo

plateado del padre de Dimitri. Como tal, él le brindaría todas las consideraciones y rechazaría concederle el deseo de ser independiente.

Leanne sintió que se estremecía ligeramente y se obligó a mantenerse rígida y

controlada.

-¿Ya has visto a Paige? ¿Cómo está?

-Hace una hora -respondió, sosteniéndole la mirada durante unos segundos

interminables, antes oe suavizar sus facciones-. Está lo más cómoda que puede estar

en su situación.

Paige se había ganado el afecto de Dimitri hacía diez años cuando se casó con

su padre viudo, su calidez y naturaleza generosa había convertido la casa de Yanis en un hogar. había suavizado los bordes rudos de un hombre cínico y cansado del mundo

cuyo único objetivo en la vida parecía ser el de agrandar su imperio a proporciones

monumentales mientras preparaba a su único hijo para que siguiera sus pasos. Los

siguientes cinco años habían estado llenos de cariño y armonía, hasta que la tragedia los golpeó con un accidente que los privó de su marido, padre y padrastro. Dimitri

quedó al mando del vasto imperio Kostakidas.

-¿Cuál es tu maleta?

-La marrón -respondió, señalándola. Él la levantó

con facilidad.

-¿Nos vamos?

En silencio y mientras caminaba al lado de él hacia un Jaguar de color marrón

aparcado junto a la acera, frente a la entrada, la chica se amonestó por sentirse tan tontamente vulnerable.

En pocos minutos, Dimitri incorporó el poderoso vehículo al tráfico que salía de

la terminal y Leanne se concentró en mirar por la ventanilla.

El aire acondicionado del coche les proporcionó alivio y las ventanas

poralizadas disminuían la fuerte luz solar. El cielo era claro y en el horizonte sólo había una leve insinuación de nubes.

«Nada parecía haber cambiado», se dijo Leanne mientras el Jaguar cobraba

más velocidad en la autopista. Las casas de ladrillos, gastadas por la intemperie y

oscurecida por la contaminación, las calles antiguas y las estrechas vías de acero de los tranvías en las calles principales.

Respiró profundamente y luego soltó el aire despacio. Melbourne era una

ciudad grande y bulliciosa habitada por gentes de múltiples nacionalidades, con una

cultura amplia y variada. Ella había nacido, crecido y estudiado allí.

Se quedaría allí el tiempo que Paige la necesitara y después regresaría a la

Costa Dorada donde gracias a la generosidad de Yanis, ella era dueña de un aparta-

mento y una próspera clínica de belleza. Eso no sólo le proporcionaba la

independencia financiera sino también la seguridad que le permitiría cortar con el

único eslabón que la ataba a la familia Kostakidas.

-¿No quieres que tengamos una conversación amable, Leanne?

La voz masculina parecía pensativa y divertida y

ella lo observó con recelo.

-Tu éxito en el campo de los negocios se refleja muy bien en las noticias

financieras -mantuvo los ojos tranquilos e incluso logró esbozar una sonrisa-. Y tus actividades sociales se recogen en la prensa del corazón. Estoy segura de que

podemos ahorrarnos el informe detallado de nuestras respectivas vidas sentimen-

tales.

Durante un segundo los ojos de él parecieron hielo oscuro, pero de inmediato

su garganta emitió una risa ronca, y a menos que ella estuviera equivocada, hubo un

matiz de respeto en la mirada que él le dirigió.

-Has madurado -comentó, y durante un momento el pesar oscureció los ojos

femeninos.

-Es bastante lógico, a los veinticinco años -respondió con voz dulce.

-Le prometí a Paige que te llevaría directamente al hospital -dijo Dimitri al

cabo de unos instantes, sanendo de la autopista.

Diez minutos después, el Jaguar pasó por la reja abierta de hierro forjado y

siguió por un caminito empedrado para detenerse en la parte posterior de uno de los

hospitales privados más exclusivos de Melbourne.

Al pasar por recepción, la enfermera sonrió a Dimitri tratando de no revelar su

envidia, pero la enfermera a cargo de la paciente fue muy abierta.

-La señora Kostakidas descansa cómodamente -sus ojos eran cálidos y

mostraban una invitación silenciosa a que el hombre que acompañaba a Leanne

mostrara un poco de interés por ella.

Leanne observó con resignación y se preguntó si su hermanastro querría hacer

una conquista más. Él pasaba de los treinta y cinco años, era muy sensual, y su poder, riqueza y físico atraía a las mujeres irremisiblemente. Sin embargo, él tenía un

grupo selecto de amigos con quienes cenaban o asistía a los acontecimientos sociales.

Seguramente, había algunas con quienes compartía su cama, pero ella sospechaba

que no lo hacía de manera indiscriminada. Una foto publicada en la prensa, no hacía

mucho, tomada en una función elegante, le vino a la mente; habían dicho que la mujer que lo acompañaba era Shanna Delahunty, la única hija de Reginald Delahunty, el

magnate de los seguros.

-La suite de Paige está a la derecha.

Las palabras dichas en voz queda sirvieron de advertencia para Leanne, porque

le proporcionaron unos segundos para controlarse antes de entrar a la lujosa suite.

A pesar de que conocía el pronóstico de los médicos. a Leanne le fue imposible

relacionar a su madre con esa mujer demacrada y pálida, recostada sobre las

almohadas.

No le fue fácil sonreír y tuvo que valerse de toda su voluntad para no llorar

mientras se acercaba a la cama y abrazaba a su madre. Los huesos de Paige parecían

muy frágiles, y su piel quebradiza. Era como si la esencia de su madre hubiera

desaparecido, y Leanne quiso gritar contra la mano despiadada del destino.

-Hola, cariño -susurró Paige, y su sonrisa fue realmente bella, como si la llama

mortecina de su interior hubiera recobrado un poco más de vida. Levantó una mano y

con dedos levemente temblorosos acarició la mejilla de Leanne-. Me alegro mucho de

que estés aquí.

El deseo de llorar fue casi irreprimible y Leanne se sobresaltó un poco cuando

Dimitri le cubrió los hombros con un brazo. La silenciosa fuerza masculina fue como

un manto protector, y ella permaneció muy quieta, sin cambiar de expresión,

mientras Paige observaba con cariño a su hija antes de mirar al hombre que la

acompañaba.

-Gracias -murmuró, y los ojos de Dimitri estaban oscuros, llenos de afecto,

pero al mirar a Leanne se volvieron un poco duros, a manera de advertencia. Ella se

puso tensa cuando él movió los dedos para iniciar un masaje sutil en su hombro.

-Saldremos para que descanses -dijo Dimitri a Paige, inclinándose para darle un

beso en la mejilla-. Leanne regresará después de comer y los dos vendremos de

nuevo esta noche.

-Sí.

La voz de Paige fue casi inaudible y Leanne logró contener las lágrimas hasta

que llegaron al pasillo. Allí permitió que se deslizaran por sus mejillas.

El pasillo le pareció más largo de lo que lo recordaba, y para cuando se sentó en

el coche estaba deshecha.

-¿Por qué no supe que ella estaba enferma? -exigió Leanne con una mezcla de

rabia impotente y angustia profunda; pero al ocurrírsele algo, se volvió hacia el

hombre que acababa de sentarse frente al volante-. ¿Por qué no me lo dijiste?

-Porque no lo sabia -aseguró Dimitri-. Paige y yo hablábamos por teléfono cada

semana y yo ceno en su casa de vez en cuando.

-¿Paige no mostró señales de estar enferma? ¿Nada? -preguntó Leanne con

incredulidad.

-La última vez que la vi fue hace cinco semanas, y aunque estaba pálida, ella me

aseguró que se estaba recuperando de una gripe muy fuerte -tenía los ojos sombríos

y parecía pensativo-. Me fui al día siguiente para asistir a una serie de juntas en los Estados Unidos, París, Roma y finalmente en Perth. Un fax del médico de Paige me

esperaba en el hotel -dijo con tristeza-. Te llamé tan pronto como me enteré de

todos los hechos.

-Ella debió de sospechar algo -insistió Leanne, acongojada.

-Los médicos me informaron de que desde hacía varios meses ella estaba

enterada de lo serio de su estado. Pidió que se mantuviera en secreto hasta el

momento en que necesitara hospitalizarse.

Leanne tenía la garganta dolorida y apenas podía contener las lágrimas.

Maldición, ¿dónde estaba el paquete de pañuelos de papel que siempre llevaba consi-

go? La humedad se deslizó por sus mejillas y los dedos le temblaban al enjugarse las lágrimas con ellos.

Oyó que él mascullaba una maldición antes de darle un pañuelo suave y blanco y

tirar de ella para acomodarla en la curva protectora de su hombro.

El instinto inicial de ella fue el de alejarse, pero no tuvo tuerzas para

liberarse. Las lágrimas se deslizaban en silencio por sus mejillas y humedecieron la camisa de él.

No supo cuánto tiempo permaneció así antes de recobrar un poco el control.

-Lo siento -murmuró, tratando de soltarse.

-¿Qué sientes, Leanne? -preguntó con tono de cinismo-. ¿El haber bajado la

guardia el tiempo suficiente para aceptar mi compasión?

-No quise. .

-¿Mostrar emoción frente a mí?

-No -lo negó porque no quiso que él notara la menor debilidad en sus defensas.

Permaneció sentada, quieta, con la vista fija en la ventanilla, y recordando de manera muy vívida las muchas ocasiones en que había deseado captar la atención de Dimitri.

El había evitado esa atención sin herir su orgullo, hasta aquella noche fatal en que cumplió veintiún años.

Leanne cerró los ojos para borrar el recuerdo que revivía con todo lujo de

detalles.

Paige le había preparado una fiesta para que invitara a muchos amigos y Leanne

estaba muy contenta. Ningún invitado era más importante para ella que Dimitri, y el

deseo secreto que ella tenía parecía que iba a convertirse en realidad: él finalmente la consideraría como una mujer. Emocionada y nerviosa. Leanne coqueteó con sus

amigos y bebió más champán de la cuenta. Al terminar la velada, cuando todos se

habían ido y Paige había subido a acostarse, ella volvió a encender el equipo de

música, eligió una cinta y con coquetería le rogó a Dimitri que bailara con ella.

Envalentonada, presionó su cuerpo contra el de él y le pasó la mano por detrás

de la nuca. Su coronilla apenas llegaba a la barbilla de él, y ella arqueó el cuello, le sonrió de manera encantadora y bromeó diciéndole que él aún no le había dado el

beso de cumpleaños.

Todo se inició como un juego, pero pronto se convirtió en algo muy sensual.

Leanne olvidó cualquier inhibición y se dejó llevar por su instinto, sin pensar en lo que podría suceder.

No se dio cuenta del paso del tiempo hasta que él la alejó y le habló con tanta

dureza que tuvo que Correr escalera arriba para llorar a lágrima viva en su alcoba

hasta casi el amanecer.

Al día siguiente, Dimitri se fue a Sidney, y durante las siguientes semanas ella

convenció a Paige de la necesidad que tenía de ejercer su recién adquirida in-

dependencia alejada del hogar. A pesar de las protestas de Paige, eligió como base la Costa Dorada de Queensland.

Paige la iba a ver con frecuencia y Leanne planeó pasar los fines de semana y

días festivos en Melbourne siempre que Dimitri no estuviera, aunque le fue imposible evitarlo del todo. Si él iba a la Costa, la llamaba por teléfono y la invitaba a cenar, al teatro, o a las dos cosas. . para mostrarle el afecto de un hermanastro. Las

invitaciones se convirtieron en un reto que ella aceptaba con serenidad porque no

quería darle la satisfacción de saber que seguía haciéndole perder la compostura.

-Paige es una joya rara que logró capturar el corazón de mi padre, y me

permitió quererla porque no trató de usurpar la lealtad de Yanis para con su hijo -la voz de Dimitri interrumpió los pensamientos de Leanne y ella volvió la cabeza para

mirarlo-. Tú fuiste una bonificación añadida -dijo con énfasis.

-Eres. . -las palabras no la ayudaron en su furia-.Desgraciado -dijo por fin,

angustiada.

El silencio en el coche fue ensordecedor, y ella presentía el enfado de él.

Durante un segundo, cerró los ojos para no ver la dureza en las facciones masculinas.

Dimitri encendió el motor, metió marcha atrás para salir del aparcamiento y el

chirriar de los neumáticos sonó más fuerte de lo normal mientras se dirigía a la

salida señalada.

-

Mientras Dimitri detenía el Jaguar frente a la impresionante verja de hierro

forjado y activaba el control remoto para abrirla, Leanne pensó que en el elegante

barrio de Toorak, se encontraban las casas de los ricos y famosos y que la lujosa

residencia que Yanis había construido no era una excepción.

El coche se deslizó por un camino flanqueado de palmeras y se detuvo en el

aparcamiento de una mansión magnifica, de estilo mediterráneo.

Leanne se deslizó del coche y siguió a Dimitri por una puerta doble hasta el

vestíbulo que era una habitación elegante, con suelo de mármol, araña de cristal y

una escalinata de caoba.

Aunque ése había sido su hogar durante los últimos diez años, Leanne nunca

había dejado de sentirse sobrecogida por la magnificencia de todo ese lujo.

En ese momento, un escalofrío recorrió la espalda de Leanne, y ésta tuvo que

dominar el repentino estremecimiento que amenazó con sacudir su esbelto cuerpo.

Sabía que, aunque Yanis había legado esa bella mansión a Paige para que la usara

durante su vida, al morir ella, inevitablemente pasaría a manos de su hijo.

Eso significaba que dentro de unas semanas Leanne ya no podría considerar esa

casa como su hogar, ya que no podría tolerar a Dimitri allí con la mujer que él

elegiría como esposa.

No debería ser muy difícil ir reduciendo el contacto hasta que éste se limitara

a alguna ocasional llamada telefónica, alguna breve carta y una felicitación por

Navidad.

-Leanne, qué alegría verte.

Una voz con acento marcado interrumpió sus pensamientos y Leanne se volvió

para saludar a Eleni, la cocinera y ama de llaves, su marido George cuidaba del jardin y de los terrenos.

-George subirá tu maleta -declaró Eleni, dando un paso atrás-. La comida

estará lista dentro de treinta minutos. -No debiste molestarte -protestó Leanne,

porque sabía que apenas podría probar bocado.

-Tonterías -la amonestó Eleni, y añadió, observándola-: Has adelgazado. Para

alguien tan menudo, eso no es bueno.

-Si comiera la mitad de lo que me sirves, regresaría a la Costa con varios kilos

de más y con una talla más de ropa.

-Pero ahora te quedarás ¿no -preguntó perpleja.

-¿Hay algún mensaje, Eleni? -intervino Dimitri, y Leanne intuyó una advertencia

en el tono de él.

-Tu secretaria ha llamado. Te enviará unos faxes.

Leanne lo miró con curiosidad después de que Eleni se fue y se encontró con la

mirada penetrante de él.

-Paige me ha pedido que me aloje aquí temporalmente porque no quiere que

estés sola -declaró Dimitri.

Leanne se estremeció al pensar que tendría que vivir, aunque fuera durante

poco tiempo, tan cerca del hombre con quien no se sentía nada cómoda.

-No comprendo por qué ya que he vivido sola estos últimos cinco años -dijo,

después de respirar profundamente-. Además, Eleni y George viven encima del

garaje.

-Sube a sacar tu ropa de la maleta. Hablaremos mientras comemos.

¿De qué diablos iban a hablar?

La alcoba de Leanne era espaciosa, ventilada y tenía una vista estupenda de la

piscina y los jardines. El colorido tenue de la decoración era relajante y los muebles eran el culmen de la elegancia.

Sin pensar más, Leanne se quitó la ropa y se metió en la ducha. Salió minutos

después para escoger un pantalón y una camisa elegantes, de color verde. Se vistió,

peinó y maquilló.

Era casi la una cuando entró en la cocina, donde Eleni le ofreció una cálida

sonrisa.

-Llegas a tiempo. Todo está listo, menos el pan. -Yo lo llevaré -ofreció Leanne,

acercándose al horno-. ¿Algo más?

-Sólo el cordero. Las ensaladas están sobre la mesa.

Aquello parecía un festín digno de un rey y era mucho más de lo que las dos

personas podrían comer. Había una botella de vino dentro de una cubeta de plata,

dos copas de cristal, cubiertos de plata y vajilla de la más fina.

Elení se enorgullecía mucho de la casa y siempre preparaba la comida y la

presentaba con mucha elegancia. Paige pensaba que las posesiones eran inútiles si se guardaban en los muebles sólo para exhibirlas.

Dimitri entró a los pocos minutos, sonrió con indulgencia por el trabajo que se

había tomado Eleni y se sentó frente a Leanne cuando la otra mujer se fue a la

cocina.

-¿Vino?

-No, gracias -rechazó Leanne con mucha cortesía. -Las llaves del Mercedes de

Paige están en el cajón superior del mueble del vestíbulo -le informó mientras

llenaba su copa.

-Gracias.

-No eres una invitada, Leanne. El coche, o lo que necesites, está a tu

disposición.

Iba a dar las gracias por tercera vez, pero decidió no hacerlo, y eligió tratar

de hacerle justicia a la excelente ensalada griega que Eleni había preparado.

Quizá si se concentraba en la comida, su nerviosismo desaparecería. Era una

locura, pero sentía que se estaba tambaleando en el borde de un precipicio y nada

podría hacerle olvidar el sentimiento de temor.

Estaba muy nerviosa, cansada y acongojada, lo cual era lógico ante el estado de

salud de su madre. No consiguió tomar de la ensalada más que un trozo de queso y

una aceituna.

El cordero delicadamente asado resultó un poco mejor, porque ella ingirió unos

bocados antes de juguetear con la carne y vegetales que quedaban en su plato. No

tardó en alejarlo.

-¿No tienes hambre?

-A Eleni no le agradará -murmuró tristemente.

-Tranquila, Leanne -Dimitri dejó su servilleta sobre la mesa y se apoyó en el

respaldo de su silla. Tenía una expresión enigmática, pero en ella había algo de

diversión.

-¿Qué tema sugieres para nuestra conversación? ¿La situación del país, el

tiempo? ¿Tu adquisición de bienes raíces más reciente?

-Paige -susurró-. Sus deseos y lo que pensamos hacer respecto a ellos.

Dios santo, él no se andaba con rodeos, iba directamente al grano.

-No hay nada que no haría para darle gusto -aseguró Leanne sin titubear.

-¿Sin excepción?

-Por supuesto -no tuvo que pensar en la contestación.

En silencio, Dimitri la observó durante unos segundos.

-¿Incluso fingir una relación amorosa conmigo?

Capitulo 2

D URANTE un instante, Leanne se quedo sin habla, luego su rostro perdió color

y se quedó pálido.

Esa sugerencia no me parece divertida -contestó pasado un momento.

-Lo digo muy en serio.

-¿Porqué?

-A Paige le preocupa tu futuro -explicó, después de notar la leve cautela en

ella.

-He vivido independiente durante más de cuatro años. Mi futuro está

asegurado, y después. . -calló, pero se obligó a continuar-. Regresaré a la Costa.

-Donde serás una presa fácil para los cazadores de fortunas -sugirió Dimitri

con indolencia.

-No seas ridículo -repuso de inmediato-. Esta casa, todo, será tuyo.

-La casa, sí. Pero existen cantidades anuales que heredarás de varias

corporaciones afiliadas a la firma Kostakidas. También hay un apartamento en

Atenas, una casa en Suiza, y una villa en Francia. Joyas, bonos, y acciones. Regalos que Yanis, en vida, le dio a Paige. Todo eso será tuyo -calló y la observó con

detenimiento mientras las palabras causaban efecto en ella-. Sumado el valor llega a varios millones.

Era casi imposible comprenderlo, porque aunque sabía que su padrastro era

millonario, no tenía la menor idea de a cuánto ascendía su fortuna. Paige y ella nunca habían hablado de eso.

-Yanis me regaló el apartamento en la Costa Dorada y 14 clínica de belleza

-respondió de inmediato, tan perturbada que no pudo pensar con tranquilidad-. No

quiero ni necesito nada más.

-Ésos no fueron los deseos de mi padre -en un susurro, agregó-: Ni son los

míos.

-Impugnaré el testamento de Paige a tu favor -declaró con vehemencia.

-Imposible. Se pensó en esa eventualidad y se previno legalmente.

-Podrá acumularse y mantenerse en fideicomiso.

-Es una postura idealista, pero no es práctica -sonrió con gesto de cinismo-.

Paige y Yanis tuvieron la esperanza de que nosotros dos llegaríamos a amarnos, y eso le daría a Paige la tranquilidad, porque creería que el deseo más ferviente de ella y Yanis se ha cumplido. Tal como están las cosas, se preocupa mucho por los hombres

que llamarán a tu puerta fingiendo amarte con locura para así poder vivir sin dar

golpe en la vida.

Leanne abrió los ojos de par en par, y sus profundidades azules se

ensombrecieron al luchar entre el deseo que tenía de complacer a su madre y el

temor de que nunca saldría ilesa de esa farsa.

-Ya no tengo quince años y tengo bastante sentido común. No creo que

necesite un protector -ay menos a ti», se dijo en silencio. «Dios mío, nunca tú».

-Hablamos de Paige -le recordó con voz suave.

-No quiero engañarla -respondió despacio.

-Sin embargo, la quieres mucho -insistió, y ella se estremeció por dentro-. Lo

suficiente como para fingir algo que la alegre y tranquilice.

-¿Qué deseas, Dimitri? ¿Mi aceptación de que participaré en una mentira?

-¿Será muy difícil a pesar del poco tiempo que durará? -sus ojos se

endurecieron y su boca esbozó una sonrisa.

-Sabes dar donde más duele ¿no? -dijo con amargura, y cerró los ojos para

abrirlos de nuevo con lentitud.

-¿Quieres fruta o prefieres café?

¿Cómo podía él permanecer sentado ahí, tan tranquilo, y cambiar de algo tan

personal a una elección respecto a la comida? Mientras pensaba en esa pregunta

silenciosa, obtuvo la contestación. Dimitri era un hombre de negocios astuto, muy

versado en el arte de convencer. Hacia tratos que valían millones, se enfrentaba a

hombres muy duros y, sin duda, todos los días aniquilaba a sus subordinados. Contra

una fuerza tan formidable ¿qué oportunidad tendría ella?

-Agua fría -respondió mientras lo miraba con cautela y veía que él levantaba la

jarra y le volvía a llenar el vaso.

-Háblame de la clínica de belleza -la animó él con interés.

-Tiene éxito -respondió, encogiéndose de hombros-. A las mujeres les gusta

tener buen aspecto, y la mayoría está dispuesta a gastar el dinero en aras de la

belleza.

-¿Sólo para satisfacer sus propios deseos?

-Por supuesto, y para darle gusto a un hombre -recordó de inmediato las

facciones de varias damas de sociedad que pasaban varias horas por las mañanas

recibiendo uno u otro tratamiento de belleza. Aromaterapia, un tratamiento facial,

pintura de cejas y pestañas, masaje, cera, manicura y pedicura, por mencionar sólo

algunos. Cuando todo eso fracasaba en el intento de combatir el paso del tiempo,

acudían a la cirugía estética.

Dimitri extendió un brazo y levantó un albaricoque de la fuente. Lo peló y le

ofreció un pedazo que ella rechazó.

La necesidad de liberarse de la presencia perturbadora de ese hombre era

sobrecogedora, y se disculpó antes de ponerse de pie.

-Estaré ocupado en la ciudad casi toda la tarde -dijo él-. Regresaré por ti a las

seis, iremos a ver a Paige y luego cenaremos en algún restaurante.

-¿No se molestará Shanna? -preguntó sin poderlo evitar.

-Shanna no tiene nada que ver con que yo te lleve a cenar -respondió él sin

inmutarse.

-Puedes dejarme en casa y luego reunirte con ella.

-Esta conversación no tiene sentido -dijo Dimitri.

-Entonces, ayudaré a Eleni a recoger la mesa, sacaré mi ropa de la maleta y

luego visitaré a Paige --dijo con mucha cortesía, y la risa ronca de él le hizo desear desquitarse. Pero eso lo pondría de mal humor, y ella ya lo había insultado. Volver a hacerlo en el mismo día

sería el colmo de la locura.

Eran casi las dos y media cuando entró en la suite que ocupaba su madre y el

corazón se le contrajo cuando Paige le habló.

-Cariño, estás muy guapa.

¿Qué podía contestar? Era difícil, más de lo que había imaginado, y se limitó a

acercar un silla a la cama para sentarse y ceñir la mano de Paige.

-Dimitri te tiene mucho cariño -dijo Paige con voz ronca. Seguramente los

calmantes habían disminuido su dolor, porque parecía más tranquila-. Él te aconse-

jará y guiará en lo que puedas necesitar. Me ha dado su palabra.

Quiso llorar y su visión se nubló a causa de las lágrimas.

-Yanis te quería mucho, casi tanto como yo. Le encantó tenerte como hija.

-Era un hombre maravilloso.

-Sí -aceptó Paige-. Su hijo también lo es.

«No». La negación fue un grito silencioso que pareció retumbar dentro de su

cerebro. «No me hagas esto». Anhelaba decir que Dimitri había sido la encarnación

de su héroe ideal, visto por los ojos de una chica adolescente. Su problema fue

descubrir que él tenía pies de barro.

-Todo lo mío será tuyo. Propiedades, joyas. . -continuó Paige después de una

pausa larga-. Será una herencia importante, cariño.

Sintió que el pecho se le apretaba por el dolor y su garganta comenzó a

cerrarse mientras trataba de controlar sus turbulentas emociones.

-No quiero hablar de eso, es muy doloroso -murmuró.

-No tengo miedo, es la verdad -aseguró Paige, y en sus ojos no había la menor

señal de temor-. Me encontraré con mi querido Yanis. No quiero que estés triste -los ojos se le nublaron y esbozó una sonrisa temblorosa-. De poder obtener un deseo,

ése sería verte feliz con un hombre que te quiera. Casada y con hijos -terminó sin

dejar de acariciar la mano de Leanne con movimientos distraídos.

En silencio, Leanne se dijo que Paige no tendría la oportunidad de ver a sus

nietos. No era justo. Paige habría sido una abuela estupenda.

-Estoy contenta -respondió demasiado rápido, sabiendo que se pondría a llorar

en cualquier momento.

La enfermedad y los medicamentos no habían dismido la percepcion de su

madre.

-¿De verdad, Leanne?

No encontró las palabras adecuadas, así que sonrió y refirió una anécdota

divertida respecto a algo que había ocurrido en la clínica. Luego dejó a Paige para

que descansara una hora y regresó con un ramo de las rosas favoritas de su madre y

un poco de fruta fresca para abrirle el apetito.

Eran casi las cinco cuando llegó a la casa, y después de avisar a Eleni de que

había regresado subió al primer piso, se quitó la ropa, se puso un bañador y bajó a la piscina.

Si nadaba durante un rato quizá olvidaría las facciones pálidas y la tristeza

infinita detrás de la sonrisa de su madre.

No le dio resultado; tampoco lo logró al tratar de pensar en otra cosa. Por lo

tanto, se sentía muy frágil cuando bajó la escalera a las seis menos unos minutos.

Dimitri estaba en la sala con un vaso de agua fría en una mano y la miró con

fijeza cuando entró.

-¿Una bebida refrescante? -señaló la jarra de cristal con agua y cubos de

hielo, decorada con una rodaja de limón y una ramita de menta.

-Por favor.

Él tomó un vaso, lo llenó y se lo entregó con expresión especuladora porque ella

evitó tocarle los dedos.

-Nos iremos cuando hayas terminado.

Dentro del coche, él puso música y se concentró en el tráfico. Leanne barajó

varios temas de conversación, pero los descartó, de modo que permaneció callada

mientras el vehículo se tragaba la distancia.

Paige ya había cenado y se animó al ver que Leanne venía con Dimitri.

-Estás preciosa, cariño -dijo Paige-. Ese tono de azul hace resaltar tus ojos

-dirigió la vista hacia el hombre que estaba al lado de su hija-. ¿Estás de acuerdo?

-Despampanante -aceptó Dimitri, acercándose a la cama para darle un beso a

Paige en la sien-. ¿Cómo te sientes?

El cuerpo de Leanne se estremeció levemente al notar la preocupación cariñosa

en la voz de Dimitri. Se dio cuenta de que había saludado a su madre con demasiada

vivacidad y se desplomó sobre la silla que Dimitri había acercado a la cama.

Él permaneció a su espalda. Estaba demasiado cerca. Era consciente de su

presencia con cada músculo del cuerpo, y le fue difícil no brincar cuando él apoyó una mano en su hombro.

-¿Dónde vais a cenar? -Paige notó la señal de intimidad y sonrió.

Él mencionó un restaurante que no sólo era muy caro, sino que tenía fama de

servir platos excepcionalmente bien preparados.

-¿Celebráis algo? -preguntó Paige con ojos brillantes.

-No del todo -contestó Dimitri, y Leanne sintió que los dedos de él le ceñían

con más fuerza el hombro-. Tengo la esperanza de que la combinación de un vino

estupendo y una comida deliciosa convencerá a Leanne para aceptar mi propuesta.

La joven se quedó sin aliento. Las palabras se negaron a salir de su garganta

cuando él le acarició ligeramente la nuca.

«Desgraciado», quiso gritarle. Quiso negar la situación, pero calló al ver la

expresión de su madre.

Estaba tan feliz y tranquila que sus facciones se volvieron bellas. No pudo

decirle la verdad.

Dimitri sabía de antemano que eso sucedería. También sabía que ella no se

atrevería a no acercarse a los brazos extendidos de su madre para aceptar el

abrazo cariñoso, compartir las lágrimas y ver, con incredulidad, que Dimitri sacaba

una cajita. De ella extrajo un anillo con un diamante grande y lo deslizó en el dedo indicado de la mano izquierda de la joven.

-No dijiste nada esta tarde -dijo Paige con voz ronca.

-Fue porque no tenía la menor idea de las intenciones de Dimitri -comentó con

una calma que no sentía. El anillo le pesaba y tuvo que resistirse a la tentación de quitárselo del dedo.

-Yanis estaría muy contento, igual que lo estoy yo -dijo Paige muy emocionada.

Leanne tuvo que valerse de su habilidad para representar el papel de una

recién comprometida, y fue un milagro que lograra salir, casi cuarenta minutos des-

pués, de la suite de su madre sin haber dicho algo inconveniente.

Guardó silencio durante el trayecto al coche y no dijo nada cuando él salió del

aparcamiento para incorporarse al tráfico. Pero su enfado finalmente estalló.

-¿Cómo te has atrevido?

-¿A adelantarme a tu decisión? Ha sido una conclusión lógica, dado el cariño

que le tienes a Paige. -Eso no te da el derecho. .

-Quiero mucho a Paige, lo suficiente como para tenerla contenta durante el

poco tiempo que le queda. Seguramente podremos olvidar nuestras diferencias para

no destruir la ilusión.

-¡No se trata de eso!

-¿De qué se trata? ¿Tu resentimiento, tu enfado?Tienes que comprender que

lo más importante ahora es Paige.

-No quiero cenar contigo -estaba demasiado irritada para aceptar las palabras

de él.

-He reservado mesa y los dos necesitamos comer. ¿Qué hay de malo en

compartir una cena?

-¡Estoy tan enfadada que es posible que levante el plato de sopa para verter su

contenido sobre tu cabeza!

-Estoy advertido.

-O la ensalada -murmuró cuando él entró en un aparcamiento junto a uno de los

restaurantes más conocidos de Toorak.

El anillo era como un grillete extraño, y ella se lo quitó para dárselo tan pronto

como él apagara el motor.

-Déjatelo puesto -ordenó Dimitri cuando ella quiso dárselo.

-¿Por qué?

-Quiero que lo lleves.

-No seas ridículo. Es muy valioso y muy. . -iba a decir bonito, porque la joya era

exquisita-. Todos lo verán.

-Precisamente -aceptó con cinismo. y ella, incrédula, abrió los ojos de par en

par.

-¿Quieres que la noticia se divulgue?

-Paige tiene un teléfono junto a su cama -le explicó-. Su condición no le evita

hacer ni recibir llamadas -ion cinismo observó cómo Leanne se horrorizaba-. Bastará

que un amigo cuente la noticia para que en pocos días la conozca todo nuestro grupo

social.

-¿Realmente piensas seguir abiertamente con esta farsa?

-Por supuesto. Así debe ser para que tenga éxito.

-Define la palabra éxito, Dimitri -insistió, consciente de que el asunto se le

estaba yendo de las manos.

-Mañana haremos una declaración formal para la prensa.

-¿Quieres decir que llegarás tan lejos? -alzó la voz-. ¡Eres un desgraciado

egoísta, y un mandón! -Cuida tu lengua -le advirtió en tono suave. -Perdóname -dijo

con desacostumbrado sarcasmo-. Ignoraba que no debía resistirme a un plan que no

me agrada ni... -agregó con dolor-.., debía atreverme a reprocharte que te hicieras

cargo del asunto sin mi consentimiento.

-Ven a cenar.

-No quiero comer, y sobre todo, no contigo. -Pero lo harás.

-Me niego a sentarme a la misma mesa y fingir. La comida me ahogaría.

-¿No crees que exageras?

-No seas condescendiente conmigo, Dimitri. -Eras una niña muy obediente

-respondió, pen

sativo.

-No puedes saberlo, casi nunca estabas en casa-replicó.

-¿Deseabas que hubiera estado más?

Eso estaba demasiado cerca de la verdad para que ella se sintiera cómoda.

-Tenías trece años más que yo, era más maduro y estabas a mil años luz de mí.

Además, una hermanastra adolescente habría entorpecido tu forma de vida.

-Pero hubo ocasiones en que te acompañé a algunos acontecimientos sociales a

los cuales fueron Paige y Yanis -le recordó con una amabilidad engañosa.

Ella los recordaba muy bien porque los tenía grabados en la mente. Le molestó

el hecho de que él cambiara de tema para desviarla de su enfado.

-Este restaurante es uno de tus preferidos -le recordó ella con estoicismo, y

no pudo callar la siguiente pulla-: ¿Qué pasará si Shanna está aquí?

-Todos somos adultos civilizados -respondió Dimitri sin inmutarse.

-Esta. . esta farsa. . es sólo para complacer a Paige -dijo, molesta-. Si te

atreves a representar el papel de novio cariñoso en otro lugar que no sea el

hospital. .

-Será difícil limitar el sitio donde actuaremos, ya que mañana la noticia

aparecerá en varios periódicos.

-Jamás te perdonaré -prometió con vehemencia.

-Nuestra primera aparición como pareja es inevitable -le dijo a secas-.

Además, ¿qué excusa le darás a Paige por el cambio de planes? ¿Que no pudimos

esperar para estar a solas?

Ella casi no pudo dominarse para no golpearlo, pero su decisión le hizo

extender la mano hacia el picaporte de la puerta.

-¿Siempre te vales de ese tipo de táctica para lograr tus objetivos?

No esperó la respuesta, se deslizó del asiento del pasajero y echó a andar.

Había dado sólo una media docena de pasos cuando él la alcanzó.

El maitre los saludó antes de conducirlos a una mesa reservada. De inmediato,

Leanne supuso que era una mesa reservada para unos pocos favorecidos.

La luz era sutil, muy propia para cenar en un ambiente de intimidad, pero

sentía como si ella y Dimitri fueran el centro de atención en ese salón. El diamante brillaba en su dedo, y ella bajó la mano a su regazo para ocultarla. Estaba muy

consciente del significado de ese anillo.

Tardaron mucho en servir cada plato, y para cuando les llevaron el café, ella

bullía de impaciencia por irse.

El intento de mantener una fachada cortés casi la mató, pero los buenos

modales no permitieron que mostrara su enfado en público.

Él lo sabía, ya que no cesaba de mostrar diversión con una facilidad que ella

realmente admiró. Se enfureció más cuando él trató de que ella probara un bocado

del tenedor de él y volvió a llenar su copa con champán. El café era fuerte y

aromático y ella le dio unos sorbos distraídamente» sólo deseaba que esa velada

terminara. Estaba cansada, agotada emocionalmente, y empezaba a tener dolor de

cabeza.

Percibió una oleada de perfume exótico, y de inmediato oyó el sonido de una

voz femenina.

-Dimitri, ¿qué haces aquí? Tenía entendido que no regresarías de Perth hasta

la próxima semana.

-Shanna -la saludó con calidez, aunque no de manera efusiva.

-Leanne -dijo la joven, sonriendo para no ser descortés-. ¿Cómo estás? ¿Has

venido de la Costa para tus vacaciones?

-No exactamente -respondió con amabilidad. -¿Es ésta una reunión de familia

privada o permitís que me siente con vosotros?

-Leanne y yo ya nos íbamos -explicó Dimitri. -Seguramente podréis quedaros

-sugirió de manera persuasiva Shanna-. Somos un grupo de amigos y nos encantaría

que nos acompañarais

-Gracias, pero esta noche, no.

El maitre esperaba con discreción mientras Dimitri firmaba la cuenta; luego se

alejó.

-¿Celebras algún éxito reciente, cariño? –preguntó

Shanna al ver la botella de champán vacía.

-Podría decirse eso -respondió mientras le sonreía a Leanne--. Pero es

personal, no de negocios.

-Has despertado mi curiosidad. ¿Es confidencial? -He convencido a Leanne de

que se case conmigo. La sonrisa de Shanna desapareció durante un segundo y Leanne

la admiró por su control. Aunque las facciones de la joven mostraban placer y

sorpresa, en sus ojos había algo que parecía desilusión y amargura.

-¿Nos disculpas, Shanna? -preguntó Dimitri poniéndose de pie y ofreciéndole la

mano a Leanne.

No tuvo más remedio que seguirlo y sintió un poco de pena por la atractiva

modelo. El rechazo era muy doloroso. ¿No lo había sufrido ella por parte de Dimitri

hacía más de cuatro años? Se dijo que volvería a sufrirlo. ¿Cuánto tiempo pasaría

después de la muerte de Paige antes de que él se retractara del compromiso? ¿Pocos

días, una semana?

-Has quemado tus naves -comentó cuando el Jaguar cobró velocidad.

-No había naves que quemar -respondió sombríamente.

-Ella era tu. . -no pudo decirlo.

-¿Amante? -sugirió.

-¡Sí!

-Fuimos juntos algunas veces a la ópera y al teatro, y asistimos a algunas

fiestas y acontecimientos.

-No me importa lo que hayáis hecho juntos.

-¿No?

-Por lo que a mí respecta, bien puedes haberte acostado con cien mujeres.

-Soy muy exigente en cuanto a quién comparte mi cama.

-No es a mí a quien debes tratar de tranquilizar -no pudo resistir el deseo de

soltarle la pulla.

Él no contestó y ella se sintió sorprendida por haber dicho la última palabra.

Se dio ánimos para observar lo que la rodeaba.

El cielo oscuro con muchas estrellas fue oscurecido un momento por una fugaz

llovizna de verano. Las luces de neón de las calles proporcionaban una iluminación

intermitente.

Oyó un ligero pero definido sonido de neumáticos sobre el pavimento mojado;

luego el coche disminuyó de velocidad mientras Dimitri accionaba el control remoto

que abría la verja con un mecanismo electrónico.

A los pocos minutos, otro botón abrió la puerta del garaje, y el Jaguar se

deslizó para detenerse entre el Mercedes de Paige y una elegante furgoneta.

Ya dentro, Leanne se dirigió hacia la escalera.

-¿Me acompañas a beber la última copa? -preguntó Dimitri.

-No -dijo tranquilamente-. Voy a acostarme, estoy cansada y tengo dolor de

cabeza.

-Me decepcionas -dijo él con estudiada indolencia-. Imaginé que me soltarías

toda tu rabia tan pronto como llegáramos a casa.

-Ganas no me faltan -respondió, irritada-. Pero por desgracia no tengo energía

para emprender el ataque.

-Entonces, te veré en el desayuno -esbozó una sonrisa y hubo un brillo en su

mirada sombría.

Las palabras que ella quiso arrojarle quedaron sin decirse y ella subió a su

alcoba, donde se desnudó y se quitó el maquillaje antes de meterse entre las

sábanas recién lavadas.

Pensó que se quedaría dormida nada más apoyar la cabeza en la almohada, pero

su mente estaba llena de imágenes; no dejaba de pensar en Paige ni en el hombre que

por el momento dirigía su vida.

No supo cuánto tiempo estuvo mirando el techo mientras el dolor de cabeza

aumentaba hasta hacerla sentirse muy mal. Comenzó a sudar, luego se enfrió y supo

que no podría dormir si no tomaba algún analgésico.

Se levantó de la cama, fue al baño, donde buscó alguna pastilla, y maldijo en

susurros porque no encontró lo que necesitaba.

Levantó una mano para apretarla contra su sien. Quizá encontraría algo en el

botiquín del baño de Paige. De no encontrarlo, tendría que bajar a la planta baja.

A los pocos minutos descubrió que no había nada más fuerte que unas pastillas

de paracetamol, y cerró los ojos para abrirlos poco después con exasperación

controlada. Quizá si tomaba dos en ese momento, el dolor disminuiría un poco y

podría dormir.

Había un vaso sobre el mueble con cubierta de mármol y lo llenó a medias con

agua, pero se le deslizó de los dedos y cayó sobre el lavabo.

-Dios mío -murmuró, temblorosa, ante el sonido explosivo del cristal al

romperse. Lo último que necesitaba era tener que enfrentarse con Dimitri a esa

hora

de la noche.

Pero él apareció a los pocos segundos y sus facciones mostraban severidad.

-Siento haberte despertado -tenía los ojos pesados e irritados. Levantó una

mano, pero la dejó caer a su costado-. Voy a recoger los cristales.

-Déjalos -dijo Dimitri con brusquedad-. Eleni lo hará por la mañana -dirigió la

mirada a la tira de aluminio con las pastillas y luego al pálido rostro de ella-. ¿Ha empeorado tu dolor de cabeza?

-Sí -hizo una mueca y cerró los ojos para no ver la imagen poderosa de la que

emanaba tanto magnetismo sexual. La bata que él se había puesto marcaba su altura

y anchura, y ella no estaba en un estado propicio para prepararse a una defensa

mental contra él-. Voy a tomarme unas pastillas y a volver a la cama.

Sin hablar, él se inclinó hacia adelante, sacó otro vaso, lo llenó a medias con

agua y se lo colocó en la mano.

Después de que ella se tragó las pastillas, dejó el vaso en su lugar y quiso pasar

junto a él, pero contuvo el aliento porque él se inclinó hacia adelante para levantarla en brazos.

-Bájame -protestó con decisión, porque el camisón se le había subido hasta los

muslos.

La fuerza masculina fue palpable, y así de cerca ella podía oler el leve olor de

la piel masculina y de la loción para después de afeitar. Bastaría con que moviera

levemente la cabeza para que sus labios hicieran contacto con el cuello de él.

-Puedo caminar. No tengo nada malo en las piernas.

-¿Por qué estás tan nerviosa? -preguntó Dimitri en tono perezoso mientras

caminaba hacia la habitación de ella.

-Disfrutas haciendo esto ¿verdad? -lo acusó al mismo tiempo que cerraba un

puño y le daba un golpe en el hombro.

-Tienes una imaginación demasiado activa.

-¡Bájame, maldición! -repitió después de golpearlo de nuevo, porque su tono de

voz le indicó que él estaba divertido.

Llegaron a la habitación de ella, él se acercó a la cama y la acomodó con

cuidado entre las sábanas.

-Voy a buscar las pastillas por si las necesitas durante la noche -cerró los ojos

para no verlo y elevó una plegaria en la que pidió estar dormida cuando él regresara.

Fue una petición en vano, porque estaba muy consciente cuando él regresó a la

habitación.

Abrió los ojos al sentir que los dedos de él le rozaban una mejilla.

-Que duermas bien –le deseó, divertido, antes de volverse para salir. Ella no

tuvo tiempo para pensar una respuesta atinada.

Capítulo 3

L EANNE despertó sintiéndose descansada y sin ningún rastro del dolor de

cabeza. Se quitó la sábana de encima con rapidez, caminó hacia la ventana grande y

descorrió las cortinas.

Hacía un día precioso, el sol brillaba y el cielo estaba despejado. Sin detenerse

a pensar sacó un bañador, fue al baño para ponérselo y salió cinco minutos después

para ponerse encima unos pantalones cortos y una camiseta antes de bajar a la

cocina.

-Buenos días, Eleni -saludó a la mujer, que estaba fregando un sartén.

Una sonrisa cariñosa apareció en las facciones de Eleni cuando se secó las

manos y se volvió para prestarle toda su atención a Leanne.

-¿Cómo está tu dolor de cabeza esta mañana?

-Ha desaparecido, gracias al cielo -contestó Leanne, sonriente. Se dirigió al

frigorífico, sacó zumo fresco de naranja, se sirvió un vaso y dio unos sorbos.

-Dimitri ya se ha ido a la ciudad.

En silencio, Leanne le agradeció al cielo por esa pequeña merced. Enfrentarse

con Dimitri al inicio del día habría sido demasiado.

-El piensa ir al hospital esta mañana -continuó Eleni, y agregó el mensaje que le

habían encargado que diera-: Regresará a casa a las seis para que los dos juntos

vayáis a ver a Paige -sus ojos oscuros se llenaron de expresiva calidez-. Me alegré

mucho al enterarme de la noticia de que vais a casaros.

Leanne estuvo a punto de confiar en Eleni al revelarle que el compromiso era un

engaño para tranquilizar a Paige. Pero algo la hizo callar y aceptó el abrazo cariñoso de la mujer con igual calidez.

-Gracias, Eleni -era difícil mostrarse ilusionada, pero logró sonreír de manera

adecuada.

-¿Qué te preparo para el desayuno? ¿Huevos? ¿Tostadas? -a Eleni le

encantaba atenderla, pero Leanne rechazó todo sonriendo y frunciendo la nariz.

-Hacemos lo mismo cada vez que regreso a casa -contestó, pensativa-. Sólo

quiero un plátano, pan tostado y café, y vendré por ello después de que haya nadado

un poco.

Eran casi las diez cuando se sentó frente al volante del Mercedes y se dirigió

al hospital. Las visitas cortas, pero frecuentes, eran menos cansadas para Paige, y

Leanne se organizó el día en función de ello.

Su madre parecía estar un poco más animada, y aunque seguía pálida, sus

facciones no estaban tan demacradas.

-Cariño, déjame que vea tu anillo -pidió Paige a los pocos minutos de que Leanne

hubo entrado, y ésta extendió la mano-. Es precioso, y el tamaño es perfecto.

Leanne logró contestar algo adecuado y trató de mostrar un poco de alegría.

-He visto la noticia en los periódicos de esta mañana -dijo Paige con expresión

soñadora.

A Leanne no se le había ocurrido buscar la noticia en la prensa. Había pasado

un buen rato en la piscina, luego había desayunado con calma y finalmente había

subido para darse una ducha y vestirse.

-Una ceremonia pequeña y privada en casa la semana próxima -comentó su

madre con añoranza-. En los jardines. ¿No es maravilloso?

-Sí, maravilloso -no podía hacer otra cosa más que estar de acuerdo.

-¿Ya has decidido qué te vas a poner?

-Aún no -su armario contenía bastantes vestidos elegantes y cualquiera de

ellos sería adecuado para una fiesta de compromiso informal.

-Dimitri ya ha hablado con mi médico, y me han permitido ir a casa por unas

horas acompañada por una enfermera. Un vestido de novia es algo especial y tú

estarás despampanante de blanco.

Boda. ¿Quién había hablado de una boda? El pánico le quitó el aire durante un

momento.

-Mamá. .

-Ojalá pudiera ir de compras contigo -continuó su madre-. En Toorak hay una

boutique estupenda, y debes llamar a Vivienne. Te atenderá con toda su atención.

Leanne se quedó paralizada. . pero no fue por mucho tiempo. El enfado creció

en su interior y le dio fuerzas.

-Mamá. . -comenzó, tratando de mantenerse controlada-. Dimitri y yo. .

-Os conocéis desde hace años. Diez, para ser exactos -los ojos azules de Paige

brillaron de alegría-. La boda será algo muy especial. Siempre anhelé ver el día en

que te casarías, y estoy feliz de que hayáis adelantado la fecha por mí -levantó una mano y cubrió los dedos de Leanne-. Le pediré a Vivienne que me traiga algunos

vestidos para que pueda elegir algo que sea adecuado para mí en calidad de madre de

la novia.

Dios santo. Lo que se había iniciado como una conspiración inofensiva se salía

de control. ¿Por qué?

Debía mantenerse calmada. Por muy enfadada que estuviera no podía permitir

que Paige sospechara que las cosas no eran como parecían.

-¿Ha venido Dimitri a verte esta mañana? -preguntó amablemente, y su madre

asintió con un leve movimiento de cabeza.

-Temprano, cariño, camino de su oficina.

Dimitri nunca se dejaría manipular, ni siquiera por la enfermedad de Paige. Eso

significaba que era un participante dispuesto.

-Le regañaré por haberte revelado la noticia tedió tener que sonreír, pero lo

hizo, y la diversión en su voz ocultó la amenaza real. Pensaba matarlo. Además, ten-

dría que irse de esa habitación antes de que su animosidad fuera visible-. Te dejaré para que- descanses -agregó con ligereza-. Tengo que llamar a Vivienne y comenzar a

hacer unas compras. Regresaré después de comer -se inclinó hacia adelante para

darle un beso en la mejilla a su madre.

Tan pronto como salió le dio rienda suelta al enfado, y para cuando llegó al

coche estaba tan furiosa que fue un milagro que llegara a la ciudad sin ningún con-

tratiempo.

Las oficinas de la corporación Kostakidas estaban en un piso alto de una torre

muy moderna de acero y cristal, y estaban amuebladas con lujo.

Hacía años que Leanne no iba allí, y caminó con calma premeditada hacia

recepción.

-Dimitri Kostakidas -declaró Leanne con aplomo.

-El señor Kostakidas está en una junta –contestó la recepcionista con

amabilidad-. ¿Tiene usted cita con él?

-Haga el favor de decirle a la secretaria de Dimitri que su prometida desea

verlo -respondió con la misma cortesía, e hizo un esfuerzo por esbozar una

sonrisa-.Estoy segura de que no pondrá objeciones a la interrupción.

-Por supuesto -repuso la mujer. Descolgó el teléfono y transmitió la

información, escuchó con atención y colgó-. Annita saldrá de inmediato para llevarla a la sala privada del señor Kostakidas.

Casi al instante, una mujer inmaculadamente vestida salió al vestíbulo.

-¿Señorita Foorde? Es un placer conocerla. ¿Puedo ofrecerle mis

felicitaciones? -su sonrisa parecía sincera, y Leanne pudo devolvérsela-. ¿Hace el

favor de acompañarme?

La sala privada de Dimitri era suntuosa; tenía sillones mullidos, forrados de

cuero, junto a unas mesas. Un mueble doble cubría una de las paredes, y el cristal,

desde el suelo al techo, en otra de ellas, proporcionaba una vista espectacular de la ciudad.

-Dimitri no tardará -le informó Annita-. ¿Le traigo una bebida? ¿Café? ¿Algo

fresco? ¿Quizá un vino blanco?

-Me agradaría un vaso de agua fría -contestó, aunque le habría agradado más

verterle a Dimitri aceite hirviente sobre la cabeza. Eso era desear algo imposible. El agua al menos la calmaría, y le agradeció a la secretaria el vaso con agua y hielo que le llevó antes de salir de la habitación.

Pasaron cinco minutos, luego otros cinco, y Leanne comenzó a pensar si

realmente Dimitri no podía ausentarse de la junta o sólo le daba tiempo para que

olvidara el enfado.

«Pues se equivoca», se dijo ella en silencio, sin poder evitar la tensión en el

cuerpo cuando la puerta se abrió y el causante de su furia apareció.

-Leanne -la voz de Dimitri fue engañosamente blanda-. Éste es un placer

inesperado.

Con los ojos llenos de furia reprimida, Leanne lo miró. No estaba en

condiciones de contenerse para mostrar cautela.

-Sabes muy bien por qué he venido -dijo, irritada.

La mirada sombría, levemente divertida, sólo echó leña al fuego, y ella se puso

de pie, dispuesta a pelear.

-¿Comemos juntos? -preguntó él tranquilamente, con un poco de diversión, y los

ojos de ella parecían intensos zafiros azules que emitían un fuego furioso.

-¿Cómo puedes estar tan tranquilo y sugerir que comamos? -preguntó,

dominando un poco su enfado.

-Seguramente puedes perdonar a Paige por mostrar un poco de

sentimentalismo -alzó una ceja- Es normal que una pareja se case después de

anunciar su compromiso.

-Precisamente. ¡Pero este compromiso no es verdadero, y nunca habrá boda!

-Leanne se irguió cuanto pudo, pero siguió sintiéndose pequeña, ya que a pesar de los tacones altos, no le llegaba más arriba de los hombros-. No habría sido difícil frenar el entusiasmo de Paige ofreciéndole alguna explicación factible sin herir sus

sentimientos. ¿Por qué no lo hiciste?

Dimitri se acercó a ella y su cercanía la hizo estremecer.

-¿Podrías desilusionarla? -preguntó en tono suave.

-No insultes mi inteligencia -respondió con vehemencia. Respiró profundamente

para calmarse antes

de renovar el ataque-. Nadie, ni siquiera Paige, podría hacerte aceptar

cualquier situación que te pareciera insoportable.

-¿Tan desagradable te parece la idea de casarteconmigo? -preguntó con

cinismo.

-¿Qué tratas de decir? -murmuró, sorprendida.

-Nos conocemos desde hace años, compartimos un afecto mutuo, sabemos que

el otro no quiere casarse con el fin de adquirir una fortuna importante.

-Eso es una locura -murmuró con voz ronca y con los ojos muy abiertos por la

incredulidad.

-¿Eso crees? -preguntó Dimitri, mirándola con fijeza-. No hay ninguna mujer

entre las que conozco que no huiría deprisa en el caso de que mi fortuna sufriera un revés -sus labios formaron una sonrisa amarga-. Es infinitamente preferible un

arreglo honesto.

-No puedo creer esto -dijo. La desesperación le nubló la vista; era una

desesperación tan real que casi la dejó sin aire-. ¿Qué me dices de lo que deseo de

la vida?

-La felicidad, la seguridad de tener a tu lado a un hombre en quien puedes

confiar -extendió una mano y le levantó la barbilla para que lo mirara a los ojos-. ¿No son cosas importantes?

-¿Qué me dices del amor?

-¿Cómo defines el amor, Leanne? -preguntó Dimitri después de unos largos

segundos de silencio.

Ella pensó que era la emoción existente entre dos personas muy afines en lo

físico y mental, hasta el punto de que sobrepasaba a cualquier otra cosa.

-Sé lo que quiero que sea -contestó en un susurro, y la boca de él se curvó en

una sonrisa.

-¿El idealismo contra la realidad?

-Todavía no he adquirido tu nivel de cinismo.

-De haberlo hecho, yo estaría decepcionado.

-Leanne pensó desesperadamente en algún sistema para hacer que Dimitri

desistiera de su propósito.

Quizá él ya no insistiría en casarse con ella si él llegaba a pensar que ella ya

había tenido experiencia sexual con otros hombres. Un futuro marido podría

comprender una relación sentimental larga, pero ella dudaba de que Dimitri aceptara

la promiscuidad. Quizá si ella le hacía creer que llevaba una vida sexual activa, él estaría más que dispuesto a aceptar la anulación. .

-Te llevaré a comer.

Los ojos de Leanne volaron hacia los de él y ella vislumbró la profundidad sin

fondo en la mirada de él.

-No -rechazó, sonriendo. Le fue intolerable pensar en estar sentada frente a

él en un restaurante, esforzándose para comer-. Le prometí a Paige que regresaría

al hospital esta tarde, y logré que me dieran una cita en la peluquería para las cinco

-lo último no era cierto, pero haría las llamadas necesarias hasta conseguir una cita para esa hora-. Me será más fácil encontrarte en el hospital, después de las seis

-sólo deseaba alejarse de él, y se tranquilizó abiertamente cuando él se volvió hacia la puerta.

-Entonces, te acompañaré hasta el ascensor.

-Estoy segura de que sabré llegar a él sola -replicó, pero Dimitri la tomó por el

codo y ella trató de no mostrar su impaciencia cuando pasaron por recepción.

Se tranquilizó al ver que el ascensor llegaba a los pocos segundos de haber