La Viuda de las Montañas por Patricio Sturlese - muestra HTML

TOME EN CUENTA: Esta es una vista previa en HTML y algunos elementos como enlaces o números de página pueden ser incorrectos.
Para la versión completa, descargue el libro en PDF, ePub, Kindle
index-1_1.jpg

index-1_2.png

index-1_3.png

LA VIUDA DE LAS MONTAÑAS

WALTER SCOTT

Digitalizado por

http://www.librodot.com

Librodot La viuda de las montañas Walter Scott 2

CAPÍTULO I

Se aproximaba más y más

Pero ella no podía decir qué era; Parecía encontrarse detrás Del viejo y gran roble de amplio pecho.

Coleridge

El relato de la señora Bethune Baliol comienza de este modo: Hace unos treinta y cinco o quizá cuarenta años, emprendí lo que entonces se conocía como la ruta corta de las Tierras Altas, para aliviar el desánimo y el abatimiento que había supuesto la pérdida de un familiar muy apreciado, dos o tres meses antes. En cierto sentido, este viaje se había puesto de moda, pero a pesar de que las carreteras militares eran excelentes, los alojamientos eran tan malos, que acabar el viaje se consideraba casi una aventura.

Además, aunque las Tierras Altas eran entonces tan tranquilas como cualesquiera otras tierras de los dominios del rey Jorge, seguían suscitando temor por los muchos supervivientes que todavía quedaban de la insurrección de 1745; y una vaga sensación de terror sobrecogía a muchos cuando miraban al norte desde los altos de Stirling y veían la enorme cadena de montañas que se eleva, cual oscuro baluarte, ocultando en sus recovecos y escondrijos a un pueblo cuya lengua, vestidos y costumbres eran tan considerablemente distintos de los de sus paisanos de las Tierras Bajas. Por mi parte, provengo de una raza no muy propicia a las aprensiones generadas por la imaginación. Tenía algunos parientes en las Tierras Altas y conocía a varias de las familias distinguidas de allí, de modo que aun sólo con la compañía de mi doncella, la señora Alice Lambskin, inicié mi viaje sin temor alguno.

Mas contaba también con la ayuda de un guía y cicerone, casi comparable a Gran Corazón del Camino del peregrino,1 nada menos que en la persona del postillón Donald MacLeish, a quien había contratado en Stirling, junto con un par de robustos caballos tan sólidos como el mismo Donald, para transportar mi carruaje, a mi doncella y a mí misma, a cualquier lugar donde me apeteciera ir.

Donald MacLeish pertenecía a la clase de mozos de posta que supongo que han hecho desaparecer las diligencias de correos y los barcos de vapor. Había que buscarlos principalmente en Perth, Stirling o Glasgow, donde solían alquilarlos, a ellos y su caballos, los viajeros y turistas que tenían que realizar viajes de trabajo o placer por la tierras gaélicas.

Esta clase de personas se aproximaba a lo que en el extranjero se conoce como conducteur; también puede compararse con el timonel de un barco de guerra británico que mantiene a su criterio el rumbo que el capitán al mando le ordena seguir. Se le explicaba al postillón contratado la extensión de la gira y los lugares que se deseaba conocer y se le descubría absolutamente capacitado para fijar los puntos de descanso o de refresco, todo atendiendo a que ello se elegía en función de las conveniencias del viajero y de los lugares de interés que deseaban visitarse.

La cualificación de una persona así era a la fuerza muy superior a la de aquellos mozos que al grito: «Primero el que esté listo», recorrían galopando tres veces al día los mismos dieciséis kilómetros. Donald MacLeish, además de ser muy hábil para solucionar los incidentes habituales de sus caballos y del carruaje, y para procurarles alimento a aquéllos en 1 El camino del peregrino (The Pilgrim's Progress) es una obra religiosa alegórica escrita por John Bunvan a finales del siglo XVII, que se hizo muy popular.