La cueva del lagarto por Laura Kachorroski - muestra HTML

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Prólogo

 

Buenos Aires, Junio de 2002

En medio del sótano del Museo de Arte de la Ciudad de La Plata, Clara Wellington, quien llevaba diez años a cargo de la institución, decidió desempolvar aquel retrato archivado. Necesitaba algunas pinturas nuevas para la exposición anual que se lleva ría a cabo dentro de unas semanas.

En el ambiente, era considerada una de las personas más calificadas a nivel nacional y contaba con el reconocimiento de muchos pares, quienes dirigían los museos más prestigiosos de Europa.

Se había graduado en la Facultad de Artes de la Universidad de Oxford donde residió hasta casarse con Edmundo Lambert.

Desde su nombramiento como directora, el Museo adquirió renombre internacional, de modo que los artistas extranjeros interesados en exponer sus trabajos, rec urrían a ella.

Ahora en el marco de la exposición anual, no tenía nada nuevo que ofrecer a los amantes de las bellas artes, a excepción de aquella pintura que databa del siglo XVII. Una pintura con trazos sencillos, posiblemente realizada por algún novato. En años anteriores se jactó de exponer obras de Miró, Van Gogh, Salvador Dalí y otros ilustres, pero la situación política y económica en Argentina no era la mejor por estos días y los contactos europeos negaron su participación acostumbrada.

Decidida a presentarla como la vedette de la muestra, comenzó su trabajo de desembalaje. Llevaba archivada en el sótano dos años luego de ser donada por un coleccionista europeo, muy excéntrico, que solía frecuentar las galerías de arte de todo el mundo y a q uien Clara conoció algunos años atrás en una exposición en el Museo de Louvre, París.

A partir de allí, comprometió su asistencia a las muestras que ella realizaba anualmente. En aquella oportunidad en la que le entregó el retrato le dijo:

Aquí usted, mi querida Clara, le dará valía, después de todo, para no significa nada, en cambio para la cultura argentina sí, ya que se trata de uno de los Jesuitas que vinieron a evangelizar estas tierras.

Pero usted pagó por ella, Míster Beaumont, en todo caso la aceptaría en préstamo.

De ninguna manera mi querida. Con mi dinero puedo hacer lo que quiera. Es más, no pagué mucho por ella, la adquirí en una subasta que organizó uno de los acreedores de una antigua familia italiana. Prácticamente carece de valor, y si lo tiene, es solo histórico, ya que según lo que me contó el director del Museo de Italia, a quien consulté, fue realizado por un nativo de las reducciones.

En ese caso, aceptaré su donación Míster Beaumont. Pero déjeme decirle que a partir de ahora, usted será mi invitado de honor.

Así, Clara recibió la pintura, pero jamás la expuso. Ahora debía buscar la forma de hacer que sus visitantes encuentren en ella algún interés. Sus exhibiciones se caracterizaron siempre por el alto nivel, pero este año estaba en dificultades. Su prestigio o mejor dicho el del museo, estaba en consideración.

Con sumo cuidado, quitó los papeles que envolvían la antigua pintura, se trataba de una reliquia de poco valor, pero reliquia al fin. Ante sus ojos quedó expuesto el retrato del Jesuita. Lo observó, había algo en aquella mirada, en la expresión de sus ojos. Definitivamente la había retratado un aficionado, pero, ¿Qué tenía esa pintura? Giró sobre para tomar una lupa del escritorio y comenzó a explorarla detenidamente.

Aparentemente los elementos empleados fueron extraídos de la naturaleza. Ella era una experta, en Oxford obtuvo las máximas calificaciones en estudio y evaluación del arte.

La presentaré se dijo.

Continuó examinándola, como hipnotizada. Sin reparar en el tiempo que llevaba frente a ese rostro que le intrigaba. De pronto, observó en el margen inferior izquierdo una pequeña línea, de no más de diez centímetros, sobresalía del resto del paño disimulada con trazos más acentuado. Acercó una lámpara y con la ayuda de la lupa comenzó a investigar qué podría ser aquello. Luego de una hora, concluyó que en ese sector, la tela se elevaba como si debajo hubiera algo más, un doble paño, un remiendo.

Revisó el dorso de la pintura, para su sorpresa encontró el mismo defecto.

¿Qué sería eso? Buscó una pequeña herramienta que servía para levantar finas capas de pintura en los trabajos de restauración y comenzó a recorrer la línea hasta encontrar un pequeño desprendimiento. Acercó más la lámpara y enfocó la lupa. ¡Allí estaba!

¡Lo había encontrado! Era una especie de lienzo superpuesto, comenzó a remover lenta y cuidadosamente hasta desprenderlo por completo. Ante sus ojos atónitos quedó expuesta una hoja de papel doblada en cuatro partes. Durante más de tres siglos permaneció oculta de todos cuanto observaron la pintura pero, ¿Qué era? y principalmente ¿Quién lo había puesto allí? Con sumo cuidado de no dañar el frente de la pintura, tomó la hoja con unas p inzas y la desprendió depositándola sobre el escritorio.