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Guillermo Saccomano

LA LENGUA DEL MALÓN

a Lola

PRÓLOGO

Aquí me pongo a contar, dice el profesor Gómez. También la mía es una pena extraordinaria. La lengua se me anuda. Mentira que al contar se encuentre consuelo. Pregunto:

A quién puede interesarle una historia de homosexuales bajo las bombas del 55. Pero sé que quien cuenta no debe hacerlo para mal de ninguno sino para bien de todos. Voy a intentarlo.

Voy a pedirle atención al silencio.

1 / LOS PAPELES DE GÓMEZ

El profesor Gómez se pasea refunfuñando por este ambiente vasto y neblinoso que en otra época fue salón pero ahora, atestado de libros y papeles, es tan biblioteca como las demás habitaciones de este departamento antiguo. Cada habitación cumple más esa función que cualquier otra. Las paredes del departamento, incluyendo la cocina, el baño, un pequeño vestidor y el cuarto de servicio, están cubiertas de estantes, y en ellos desbordan los libros, biblioratos, carpetas, cuadernos, revistas, fascículos, diarios, folletos, volantes, apuntes, cajas de cartón, papeles y más papeles, hasta el techo. En el piso, en los rincones, encima de armarios, mesas, sillas y sillones, los papeles se elevan en pilas torcidas, columnas a punto de derrumbarse. Más que una vivienda o un estudio, este departamento parece una gigantesca librería de viejo, un archivo en el que pueden encontrarse, entre telarañas y polvo, desde incunables hasta manuscritos comprometedores del siglo pasado. Cuando al profesor se le sugiere esta idea, se detiene y, volviéndose, sonríe con una inquina zorra. Sonríe y carraspea un je.

Los papeles de Gómez, comenta.

A esta hora del atardecer, la hora del regreso, cuatro pisos más abajo, la avenida Rivadavia, a la altura de Pasco, es un mar de motores y, cada tanto, una sirena. El eco nervioso del exterior acentúa el carácter vetusto y callado de este departamento.

Guardo todo, dice el profesor. Yo guardo todo. Acá hay desde versos que se consideran licencias de juventud, rimas pergeñadas por algún pensador ilustre en una servilleta para ganarse el favor de una bataclana, hasta proclamas revolucionarias traicionadas después en los hechos.

Más que una biblioteca, este lugar es un arsenal, se sonríe. De haberme dedicado al chantaje, hoy sería millonario, dice el profesor. Pero no fue ésa mi intención. Tampoco mero coleccionismo, hábito onanista. Lo mío, en todo caso, es pasión por la verdad histórica. La memoria de una patria clandestina, sumergida. Me gusta pensar mis papeles como sábanas que algún día habrán de exhibirse en un balcón, como se acostumbraba antes, después de la noche de bodas: mostrarle al vecindario la sábana manchada de sangre virgen. Todas las páginas de nuestro pasado, sábanas ensangrentadas. Una metáfora: la patria es la novia entregada, desvirgada en una violación.

En los estantes cargados de libros, biblioratos, carpetas, cuadernos, revistas, fascículos, diarios, folletos, volantes, apuntes, cajas de cartón, papeles y más papeles hay también algunas fotos. Un banquete de egresados del profesorado, un mitin político del primer peronismo, una carpa en un balneario sindical de la costa atlántica, jóvenes junto a una chata en un campo. En casi todas esas fotos el joven Gómez es un muchacho criollo, macizo, una de esas miradas indias que no trasuntan nada de lo que les pasa por dentro. Incluso en las fotos en que el joven Gómez tiene anteojos de sol puede imaginarse que detrás de los cristales oscuros acecha esa mirada.

Todas las fotos son anteriores a 1955.

El profesor, ahora, septuagenario, borra la sonrisa. Y explica: Todo se me murió entonces. Y decidí no atesorar más imágenes. Los indios tienen razón cuando temen que una cámara les robe el alma. Mi alma quedó prisionera en esas fotos. Después del 55, no más alma. Después del 55

lo que quedó de mí fue un reflejo del alma que tuve, un parpadeo leve.

El bombardeo, dice. Hay que haber estado en esa plaza. Si se camina por ahí, todavía pueden verse en las paredes del Ministerio de Economía las marcas de los proyectiles.

Yo tenía veintiséis años, se acuerda.

El profesor intenta una descripción del bombardeo. El rugir de los aviones, los gloster meteor en picada, el silbido de los proyectiles, la explosión de una bomba, los nubarrones oscuros, los gritos, las corridas, el tableteo de las ametralladoras desde la Casa Rosada, las corridas, un auto con el motor incendiado, un colectivo humeando, hombres, mujeres y chicos a la atropellada, chocándose, y a pesar de la marea de sonidos y voces, no obstante, se acuerda el profesor, el silencio. Una explosión me volteó.

Aturdido todavía por la onda expansiva, el profesor se acuerda de haberse arrastrado. Estaba ahí, incorporándome como podía, hipnotizado por la visión de una piernita de nene, sola, desprendida del cuerpo. El profesor miró alrededor buscando.

Antes que el espanto, me sobrevino un instinto práctico. Estuve a punto de agarrar la piernita y ver a quién se le había salido. El profesor parece estar viendo todavía esa media blanca sucia de polvo rojizo, ese zapato, un gomicuer, de esos colegiales, que se usaban antes. El diminutivo, admite, le concede un patetismo a la piernita. Estaba observando la piernita cuando un empujón me volvió a la realidad. Supo después, un instante después, lo que cuenta ahora: cuando pudo pararse entre los nubarrones negros de combustible, entendió que lo había derribado el fragor de una bomba.

Algunos hombres corrían socorriendo a las víctimas, pero la masacre volvía ridículo este esfuerzo. Había hombres y también mujeres que caminaban errantes, desgarrados y maltrechos, sonámbulos envueltos en la humareda.

El profesor se acuerda de un hombre joven, chamuscado, con el traje hecho trizas, los pantalones colgándole destrozados, la cara quemada. El desgraciado se tambaleaba balbuceando. Mamá, mamita, repetía.

También yo empecé a deambular trastabillando entre los disparos, las bombas, los escombros, los cadáveres y los heridos. Un grupo de muchachos se había juntado bajo una arcada del Cabildo. La vida por Perón, gritaban.

Los aviones seguían sobrevolando la plaza, arrojando bombas. Desde la Casa Rosada una batería disparaba todavía una ametralladora contra el cielo.

Pero el cielo no se veía.

La ciudad se ha ido apagando en las ventanas. La penumbra instalada alrededor del profesor hace más lejano aún el rumor del tráfico subiendo desde la avenida. El silencio se ha vuelto más silencio y en la quietud puede oírse tanto el susurro de la carpeta celeste que acaricia el profesor como el sonido de su garganta en un carraspeo. La respiración del profesor es la respiración de los estantes agobiados por el peso de tanto papel.

Los papeles de Gómez, repite el profesor.

Con un gesto cansado abarca la biblioteca:

De qué nos hablan estos estantes, tanto escrito, pregunta y se pregunta el profesor. No de otra cosa que del dolor. A veces pienso que todo lo que guardo no son novelas, cuentos, biografías, ensayos, tratados, manuales, diccionarios, enciclopedias. Lo que guardo es dolor. Tipas y tipos que pensaron, confiados, que se podía vencer la indiferencia del mundo, aplacar la miseria de la existencia, postergar un rato la muerte en una ilusión libresca. Mensajes encerrados en botellas.

El profesor se deja caer en un sillón:

La masacre. Caminaba unos pasos y me tropezaba con cadáveres o mutilados. Pude haberme tirado cuerpo a tierra o correr hacia las recovas, buscar alguna protección. Pero no. Todo transcurría como en un sueño. Una niebla densa y caliente me envolvió. Otra explosión. De nuevo el tableteo de la metralla. De la fachada de un edificio brotaban surtidores de revoque.

Entonces pensé en los libros. De qué me servía la literatura. Tenía algo en la mano. Tardé en darme cuenta. Esa piernita de nene.

Hasta Floresta se podía ir en colectivo o en tranvía, se acuerda el profesor Gómez, pero a Lía le gustaba caminar desde el diario, en el centro, hasta Plaza Miserere y de ahí viajar en tren hasta su departamento. Esa época en que el profesor la conoció, era el segundo gobierno peronista, después de la muerte de Evita. Por entonces, Lía había comenzado a liberarse de su pasado. Aún no había cumplido los treinta, pero ya tenía toda una historia personal que la diferenciaba de otras mujeres de su edad. Lía era, como se decía entonces, una mujer de avanzada.

Había abandonado Moisesville, su pueblito, para venirse a trabajar a la Capital de secretaria en una escribanía. Al principio vivió en pensiones, resistió el hambre alimentándose de café con leche, pan y manteca. Vestía sencillamente. Con humildad y discreción, se las rebuscaba para combinar un trajecito sastre con dos polleras. Combinando ingeniosamente unas pocas prendas, siempre parecía pertenecer a una clase social superior. Aún trabajaba en la escribanía cuando acercó sus primeras colaboraciones al diario de los Gainza, donde llegaron a publicarle algunas notas de color sobre el ambiente teatral y cinematográfico. Más tarde, la tomaron en el diario y Lía renunció a la escribanía, alquiló ese departamento en Floresta, cerca del ferrocarril del oeste. Cuando Perón entregó el diario de los Gainza a la CGT, Lía pasó a trabajar en el de los Mitre.

Si al referirme a esos diarios, en lugar de llamarlos La Prensa o La Nación, apelo a los apellidos ilustres de sus dueños, hay un motivo. Se dice La Prensa, se dice La Nación. Entonces se piensa que esas palabras absolutas, grandilocuentes, institucionales, son lo que prometen. En cambio, al llamarlos por los apellidos de sus patrones, se desnuda la verdad: ni son la nación ni son la prensa. Sí los apellidos del poder oligárquico que alentará el bombardeo y, más tarde, la persecución del santo pueblo de este país que nunca termina de ser nación ni de tener una prensa que lo represente.

A veces me pregunto qué hace una señorita como yo en un lugar como éste, se preguntaba Lía al salir del diario. Y se lo preguntaba no tan en broma como parecía.

Y después, hacia mí:

Vos no tenés miedo de que te descubran, Gómez, me preguntaba. La verdad, decime. Acaso no somos cautivos de un secreto.

Querés que te cuente de dónde vengo, se sinceró Lía otra tarde, a la salida del diario.

Si para algo pueden servir los mapas y los almanaques, es para explicar un sufrimiento. Vayamos a la Rusia zarista, a los pogroms. Remontémonos a la judería errante por los puertos europeos, buscando asilo. Por ahí vamos a encontrar a Abraham deambulando con Sara, embarazada, juntando primero unos pocos francos y libras esterlinas, estafados después por un tal Kaufman que reúne a sus paisanos para despacharlos a una tierra prometida. Sin una moneda, los padres de Lía no pensaban más que en abandonar Europa.

No tenemos tierra, lloraba Sara.

Nuestra tierra es el libro, le contestaba Abraham, refugiándose en la Torah.

El libro, se quejaba Sara. Dónde nos va a llevar este libro.

Y Abraham, convencido:

Estamos cerca, Sara. Y le preguntaba: Creés que Dios nos hubiera enviado una vida nueva si no estuviéramos cerca.

Sara callaba.

Tenemos que seguir buscando, Sara. Nuestra tierra.

Ahora el matrimonio estaba en Bremen. Al Kaufman ese, el estafador, lo detuvieron en Bremen mientras Sara daba a luz a un varón, Jacob. Las autoridades alemanas, después de una discusión en el Senado, se hicieron cargo de los inmigrantes sin destino. El tiempo pasaba. Abraham decidió que debían viajar otra vez. Sara estaba de nuevo embarazada. Por un tropiezo en el papeleo, una vez más se frustró el embarque.

Entre las penurias de la miseria, el noventa los encontró en Constantinopla. Y allí nació Salomón.

No tenemos dónde caer muertos, decía ahora Sara.

Salo es un enviado, le decía Abraham. Dios no nos habría enviado otro hijo si no estuviéramos cerca de la tierra.

Lo mismo dijiste antes.

Ahora es distinto, Sara. No estamos en Rusia.

El libro, suspiraba ella.

Si una certeza tenían era que no estaban dispuestos a volver a Rusia, me contaba Lía. Mis viejos no precisaban leer los novelones de los grandes rusos para saber de las humillaciones y ofensas del zarismo. En el 9l Abraham, Sara, Jacob y Salo estaban en Marsella. Por esa época, en Londres, el barón Mauricius von Hirsch había creado una comisión para proteger a los inmigrantes judíos, más tarde denominada Jewish Colonization Association. En Marsella mis viejos se embarcaron finalmente en el Pampa, contaba Lía. Pero ahora no eran sólo ellos cuatro. También viajaba yo, en el vientre de Sara. Y este embarazo era otro mensaje de Dios.

Según mi viejo, cada embarazo anunciaba la proximidad de la tierra prometida. A mi viejo le hablaron de un Rosenthal que compraba y arrendaba hectáreas en Entre Ríos, donde más tarde sería Moisesville.

La tierra prometida, ironizaba Lía. Yo nací en la tierra prometida.

Una mujer, se quejaba Sara.

Va ser una buena madre, Sara, le decía Abraham. Como vos.

Si el libro lo dice, suspiraba Sara.

No lo dice el libro, le contestó Abraham. Se parece a vos.

Después de trabajar con el arado, exhausto, Abraham se sumía en el libro.

Si no araban ni sembraban ni plantaban árboles, los colonos perdían, además del adelanto hipotecario por la parcela, todos sus derechos. A los pobres desgraciados les importaba más el trigo y el maíz que sus hijos.

También la alfalfa, fundamental para la ganadería. Engordar las vacas era más importante que alimentar a los hijos, Gómez. Si los hijos servían era para poblar.

La tierra prometida, se burlaba Lía. Mis viejos pensaban que acá los cristianos no perseguían a los judíos. Y mirá a dónde vinieron a parar. Vos viste tipos más racistas que los gauchos. Para los gauchos, que adoptan la ideología de los latifundistas conservadores, los gringos éramos un peligro.

El gaucho es útil para el arreo y para el puesto. Le gustan la guitarra, la ginebra y el canto al paria. Pero andá a sacarlo del pago, que le es ajeno pero reinvindica como propio. De un pueblo a otro se consideran enemistados por un acento. El gaucho es de a caballo. Y el gringo de a pie. El gaucho desprecia al gringo que cosecha. Y el gringo, al gaucho lo considera un árabe. Como si el conflicto fuera entre inmigrantes y nativos. En tanto, del enfrentamiento saca partido el terrateniente. Bastó que los hijos de la gringada, aunque no se hicieran estancieros, pudieran juntar los pesos para pagar las hipotecas, y el gauchaje duplicó su resentimiento. A ver si me voy a chupar el dedo tragándome la pastoril de mi paisano Gerchunoff, Gómez.

Vos viste lo que escribe: que admira a los gauchos tanto como a los hebreos antiguos. Que los hebreos jóvenes quieren ser gauchos. Andá y fijate cómo se llevan la Torah y el Santos Vega, cómo conviven la sinagoga y la pulpería.

Lo que los hebreos quieren es que sus hijos sean mañana doctores. Que no me jodan con la defensa de lo telúrico. Andá y fijate. Después me contás.

A Lía le disgustaba contar su infancia en Moisesville: Si querés te verseo con la fe, la mística, los cantos en el templo. Pero sería tan guacha como vos, que te querías convencer de la existencia de Dios porque cojías con ese curita.

Me había olvidado, dice el profesor, que a Lía le contaba todas mis intimidades. Pero mis intimidades no vienen al caso. Lía tenía una memoria impresionante y recordaba todas mis confesiones como yo las suyas. Si bien Lía era capaz de describir sin escrúpulos, con una procacidad encantadora, sus peripecias amatorias, cuando se trataba de su pasado en el campo eludía el secreto preciosamente guardado que explicaba su huida de Moisesville.

Si lo que barruntás es una violación, la estás chingando. Nadie me violó, Gómez. Aunque, teniendo en cuenta que me desarrollé temprano y la primera regla la tuve a los doce, más de un criollo me junaba con intención.

Pero yo siempre me las ingenié para sortear la peonada. Mi padre tenía un tordillo, que se llamaba Pampa, como el barco. A veces, cuando pastaba, yo le espiaba la verga. La hubieras visto, Gómez. Te helaba la sangre.

No hace falta que a una la violen para saber que prefiere las mujeres, reflexionaba Lía.

Don Abraham y Doña Sara, decía al nombrar con lástima a sus padres.

Cuando decidí rajarme, mi madre estaba otra vez embarazada. Me escapé dejándoles una carta que debió leerle alguno de mis hermanos. Deben haberme puteado. No se les escapaba una hija. Se les piantaba una cría.

No te parece que sos un poco resentida, le decía yo.

Al menos tenía un padre para odiar, recapacita ahora el profesor. Yo ni siquiera eso.

Vuelvo a aquellos días. Mejor dicho, a las noches en que pasaba a buscar a Lía a la salida del diario. Nos extraviábamos por la ciudad deteniéndonos aquí y allá. No era deslumbramiento pajuerano lo que nos impulsaba a perdernos en las calles. Era voracidad. Una misma noche podíamos rumbear por Corrientes y no detenernos hasta los confines del cementerio de La Chacarita. De igual modo, se nos podía dar por el sur y sorprendernos en las estribaciones del Riachuelo en Puente de la Noria. No había paisaje tenebroso que nos amedrentara. Ni barrio elegante que nos rebajara con su imponencia. Sentíamos ebriedad y vértigo.

En esas noches, para perderse en la ciudad, hacía falta un cierto coraje. El invertido y la machorra husmeando en los arrabales. A Lía no la achicaba la peripecia del vagabundeo. Por el contrario, se excitaba como un chico.

También, con esos pantalones de hombre que a veces usaba, podía pasar por un muchacho.

Vos quedate piola, Gómez. Ni vos sos Juan Dahlman ni yo una gila, me decía.

A Lía le encantaba usar una dicción maleva. Y se reía de Georgie: Seguro que buena parte de ese cuento es real. Pero lo que oculta es que, si en la pulpería le tiraron unos carozos como provocación, Georgie, al contrario de Dahlman, se mandó un vase por el foro.

Era inocultable el desprecio que Lía cultivaba contra los tirifilos como Georgie, integrantes del cenáculo de Victoria.

Esa mujer, dice el profesor. Mujer de fortuna, mandona, caprichosa, inflamada de vanidad. Esa mujer tuvo algunos méritos, según sus hagiógrafos. Fundó esa revista y esa editorial, núcleo de una buena cantidad de plumíferos vernáculos, parvenús los más.

Pensar que en la actualidad se reinvindica a esta consentida como a una sufragista ilustrada que no se amilanó ante ningún personaje importante de la cultura. Es cierto que a todos acosaba con su proyecto de consolidar una corriente de pensamiento chic. También que uno de los que le daba letra era un regordete atribulado, solemne y elegante, ensayando elucubraciones seudofilosóficas sobre la Argentina visible e invisible, categorías de óptica, pero escasamente serias si se considera que procedían de una filosofía Lutz Ferrando y un espiritualismo Hereford. A esa ensayística de rotograbado dominical habría que marcarle las dioptrías de clase. Por ejemplo, que la Argentina visible es la de aquellos que asaltan el poder, aquellos que se le prenden como huérfanos a la teta, respaldando cuartelazos: clase media, argentinos hasta la muerte. Y la invisible está corporizada en la negación de los explotados, los sumergidos. Pero no venía por este lado el ensayo de aquel pelafustán de corbata.

A Victoria la deslumbraban estas pretensiones que, brutita, confundía con la filosofía. Una de sus virtudes, se comenta, era su don de arremeter con un propósito contra viento y marea. Así juntó adeptos, así sacó su revista, así fundó su editorial. No fue poco mérito, en esta aldea pacata, invertir la fortuna familiar en la divulgación de las vanguardias literarias europeas y norteamericanas. Para nada despreciable su esfuerzo por estar actualizada y difundir lo último en su Vogue cultural. Victoria es esa mujer que a un tiempo se prosterna ante el último consagrado de afuera y, con desdén, trata a su corte de colaboradores igual que a palurdos. No es que ella disponga de una inteligencia aguda y un exquisito gusto intelectual. Su puntería no consiste tanto en una elección guiada por convicciones firmes en lo cultural como en la ostentación: el poder adquisitivo de la patroncita de estancia que, en sus viajes cosmopolitas, colecciona artistas como ropa. Si algo sabe bien Victoria es que cada hombre tiene su precio. Y ni hablar de los artistas. No es extraño que ella halagara a todos estos extranjeros, llegando a importar a unos cuantos. A qué europeo piola no le iba a gustar hacerse un poco de turismo en el fin del mundo. Tampoco es extraño que, a la hora de ocuparse literariamente de Victoria, ellos apenas le dedicaran unas frases amables, un agradecimiento de compromiso.

Lo que nosotros hacíamos, algunos lo llamaban flânerie.

Qué flan ni que ocho cuartos, se burlaba Lía. Somos el asalto balzaciano a la ciudad. Pobres criaturas del interior que escamotean su origen con la arrogancia de los resentidos.

Lía hablaba así, canyengue. Se había tragado todos los autores de Boedo, y aunque todos en la banda de Castelnuovo le parecían tan santurrones como los folletines del nazi Martínez Zuviría, alias Hugo Wast, gozaba empleando esa jerga inflamada por un tremendismo de tinte socialistoide.

Resentida serás vos, le dije una noche en que nos entonábamos con unas grapas en un almacén del Bajo Flores. A mí, debo confesarlo, me preocupaban menos los conflictos sociales.

Fijate de dónde venís, Gómez, me dijo. Cómo se llama ese pueblito de la costa donde naciste, me chuceaba.

La manera en que Lía pronunciaba el nombre de mi pueblo. Ese lugar que, cuando yo había huido a la Capital, no era siquiera un pueblo. Apenas un caserío. Volví a ver los caminos de tierra y arena, los acantilados. Volví a sentir el viento en una sudestada. Volví a oler el guiso de cordero recalentado que mi madre ponía en la cocina de kerosene cuando bajaba la persiana metálica de la tienda en una esquina en la que confluían el negocio, la pampa polvorienta y la nada.

Cuando Lía se ponía sarcástica, ese tono rante le enronquecía la voz, y sostenía el cigarrillo entre el pulgar y el dedo índice, como un guapo.

En esos boliches, a mí me atemorizaba tanto que Lía derivara en esta vertiente masculina como que me alentara a profundizar en la tentación.

Porque lo que a mí me atraía de esos almacenes era otear los muchachitos fragantes de pasto y sudor con las alpargatas embostadas.

El profesor calla un instante, suspira triste.

Tal vez así se la comprenda mejor a Lía. Y se explique por qué viajaba en tren, antes que en colectivo o tranvía, para volver a su departamento de Floresta. El tren le daba una sensación de travesía: A veces cierro los ojos y pienso que estoy en París, Gómez. Huyendo del nazismo, subiendo a un tren en la Gare de Austerlitz, cruzando los Pirineos, soñando con pasar cuanto antes la frontera.

Ésa era Lía.

Vos, le decía yo, de lo que vas a tener que huir es del peronismo, nena, si se te da por conspirar además de ser escriba en un diario contrera. Quién te creés que sos, la cargaba. Michelle Morgan en la 13 Rue Madeleine. Si te pensás que conspirar es llevar una boina torcida, mirar misteriosa y ponerte un impermeable con las solapas alzadas, estás frita, querida.

A Lía no la inquietaba la policía. Pero a mí me alarmaba que fuera a esas reuniones de contreras. Parecía no darse cuenta de que no tenía un apellido bienudo como Victoria sino Goldman.

Vos sos moishe, Lía, le decía yo. Cuidate.

Pero ella era idealista y terca. O, mejor dicho, su idealismo consistía en esa terquedad para mojarle la oreja al peligro.

El profesor se levanta, va hacia la cocina y después de unos minutos vuelve al salón con una jarra de té frío. Enciende una lámpara y, con una lentitud deliberada, sirve el té en un vaso:

Se supone que ésta es una infusión británica, dice con sorna. Y que un intelectual nacional y popular debería, por coherencia, tomar mate. No es el caso, reflexiona. A ver si por estar contra el colonialismo voy también a despreciar una infusión que es misionera.

Hasta entonces, hasta el 55, hasta el bombardeo, a mí la política me tenía sin cuidado. Enseñaba lengua en un secundario, daba clases de literatura inglesa en el profesorado y empezaba a trabajar en algunas traducciones. En el comienzo, libros técnicos, manuales de maquinarias. Aunque a veces, cuando se me daba, me ponía a traducir a Wilde. Una editorial me probó con Stevenson. El gusto que me daba traducir literatura inglesa. Ponerme en la cabeza del escritor, meditar la elección de cada palabra.

Puras pamplinas.

El bombardeo a mí me despabiló.

Esto que yo describo, la masacre, no tiene ni tendrá las palabras justas que puedan traducir el horror. Sin embargo, después de aquel horror, nos esperaba otro. Y otro. Una auténtica pesadilla circular, parafraseándolo a Georgie. Y volviendo a él: cuando la civilización derrocó a la barbarie, y pongamos comillas a civilización y a barbarie, Georgie estuvo, de la mano de su mamá, agitando una banderita argentina con la misma sonrisa bobalicona con la que después posaría para una foto con el contralmirante golpista mentor del bombardeo. Lo hubiera querido ver a Georgie tropezando con cadáveres ese mediodía del bombardeo. Lo hubiera querido ver entre el fragor de los proyectiles, los nubarrones negros, esos vahos pestilentes de combustible, los lamentos de las víctimas, llevando la piernita de un nene.

Yo era un perfecto hombre de letras. Tenía dos suelditos, el del colegio, el del profesorado. Alquilaba un bulín en Almagro. Y, como me ganaba unos pesos adicionales con las traducciones, tenía siempre algo de reserva en la Caja de Ahorro. Podía mandarle todos los meses un giro a mi madre y me sobraba para darme unos gustos.

Pero si de cautiverio vamos a hablar, empecemos por mi origen. Mi madre, la tendera, de origen tan incierto, cruza de gallego con indio, tan cándida y ávida en su calentura, esperando que alguien la arrebatara de esa tienda de mala muerte en un caserío cerca de la costa, ahí donde los pastizales ralean hasta ser arena y la pampa se hace mar. Cautiverio entre dos desiertos, el suyo: uno de tierra y otro de océano, haciéndole sentir que la vida siempre está en otra parte.

Nótese cómo empleo la palabra tienda. En su ambigüedad, el significante alude al negocio, pero también a la campaña y la toldería. La ciudad, para mi madre, representaba sus sueños de radioteatro y folletín. Enamoradiza, era ella. Aunque, si uno lee lo que había por debajo de sus enamoramientos, descubrirá su interés, una codicia esperanzada: que el primer camionero o viajante que pasara por el caserío, después de aliviarse las ganas, se la llevara a la Capital. Mi madre nunca llegó a conocer la Capital, nunca pudo dejar la tienda. Uno de sus enamorados pasajeros le contó cómo era la Plaza de Mayo y, más tarde, le envió una postal.

Hay muchas palomas, decía mi madre cuando se hablaba de la capital.

Vos te me vas a echar a volar, palomo.

Cuando me vine a la Capital, en la primera carta que me escribió, me preguntaba con curiosidad si yo había visto las palomas.

Qué iba a imaginar el palomo que, en la plaza soñada por su madre, iban a cortarle las alas.

Compensaba mi falta de dones físicos con el ímpetu de la juventud. Un preceptor del colegio me volvía loco. El muchacho vacilaba entre su novia y el amor que no se puede nombrar. Con las rabietas y disgustos que me daba yo quedaba hecho una piltrafa. Después, como un perro apaleado, iba a restañar mis lastimaduras con un cincuentón fisicoculturista de San Fernando, un Hércules tan bestia como buenazo que había fracasado en el cachascán.

Los fines de semana, cuando el preceptor cortejaba a su futura esposa y se abocaba al zaguán, yo me recluía en la ribera, en las tardes somnolientas del río, necesitado de unas buenas friegas con aceite que me libraran de la contractura. Así transcurría mi existencia.

Como cabecita negra adoré a Evita, pero mi simpatía hacia su esposo, el militar, era limitada. Me fascinaban, sí, esas concentraciones populares. Los descamisados eran un imán para mí. Más de un 17 de octubre me confundí en la multitud y después, en la noche, acabé en un corralón o en un baldío derritiéndome en el éxtasis con un morocho.

A Lía la asustaban estas incursiones mías en la marea proletaria: Vos te pensás que con ese bigote no se nota lo que sos. Una mañana voy a tener que reconocerte en la morgue. Cuándo vas a tomar conciencia.

De qué conciencia me hablás, muñeca, la prepeaba yo. Te avergüenza que simpatice con la causa popular.

Y ella:

No sos peronacho, Gómez. Convencete. Sos un pequeñoburgués vicioso que, alzado, coquetea con el lumpenaje.

Que Lía no tuviera miedo alguno cuando nos perdíamos en esos barrios donde la ciudad se hace campo y, en cambio, cuando yo me mezclaba en una manifestación, se alarmase por mí me conquistaba el corazón.

No es lo mismo, se empecinaba ella. No es lo mismo.

Una vez me hartó:

Lo que pasa, le dije, es que a vos te intimida el pueblo, te da asco porque te considerás muy fina. En vez de judía, la vas de centroeuropea, que es más distinguido. Qué silogismo tilingo el tuyo: para que nuestra mediocre realidad nacional tenga un poco de charme, precisás creer que Perón es Hitler. Igual que los contreras que son todos medio pelo.

Me vas a negar que Perón está con los nazis, Gómez. Sabés la cantidad de carniceros a que dio asilo. Pero claro, como a vos te calienta la negrada no se puede discutir el asunto. Enseguida te ofendés. Lo que a mí me jode no es el pueblo sino el populacho. Y en cuanto a vos, vas a tomar conciencia el día que te rompan algo más que el ojete.

Después de esas discusiones no nos veíamos por unos días. Pero al fin, uno de los dos daba el brazo a torcer. La reconciliación la festejábamos con unos claritos en una confitería, un puchero de gallina en un bodegón y, después, alcoholizados, nos íbamos a escuchar a Trenet o la Piaf en su departamento hasta el amanecer. Era el momento de confesarnos la añoranza: yo en un cine viendo un melodrama, y ella, a la misma hora, leyendo un libro. Un fotograma para mí, una página para ella, delataban lo caprichoso de nuestros distanciamientos. Más de una vez comprobábamos que yo había estado en el cine pensando en ella al mismo tiempo que ella se acordaba de mí al leer ese libro.

A menudo me preguntaba qué iba a pasar cuando uno de nosotros encontrara el amor de su vida. No hay un amor, me decía ella. Hay muchos, infinitos. Distintos y complementarios.

Todos esos amores son el amor. Cuando hay uno solo, eso es posesión, Gómez, me decía. O ahora me vas a reinvindicar la propiedad privada.

No importa cuántos abriles tenía yo en ese abril. La ansiedad podía ser un rasgo de mi juventud, pero además estaba en el aire.

Un pibe era yo. Con mi inclinación, desde luego. O, si se prefiere, desvío.

Y el desvío siempre lleva por otro camino. El mal camino, como lo suelen llamar los moralistas. Mi camino, el desvío, desembocaba en las orillas, tanto las del río como las de esos barrios donde la ciudad empieza a hacerse provincia y campo. El goce podía encontrarlo yirando por los adoquinados grasientos del puerto, dejándome envolver en un aire denso de petróleo y forraje. O bien en el oeste, entre yuyales y zanjones. Tanto en unas orillas como en otras, siempre estaba aguardándome, en un azar calculado, ese goce rudo, difícil de encontrar en estado puro bajo las luces del centro.

Ese abril, el verano se resistía a levantarse de las calles. Y yo había decidido no esperar más nada del amor. Cuando empezaba a anochecer, la oscuridad me sorprendía buscando miradas por 25 de Mayo, el Bajo, los alrededores del Parque Japonés, los docks. Abandonado por la ternura de un amorcito, intentaba resarcirme con un consuelo momentáneo en esas calles de vicio, en esos anocheceres turbios, con el pecho latiendo con la desesperación.

En mi humor influía la desazón generalizada que iba carcomiendo la esperanza peronista. Los oficialistas, como los contreras, esperaban que algo ocurriera. En mi caso, a esa ansiedad íntima que apenas conseguía aletargar, debía sumársele esa otra, popular. La ciudad estaba triste. Y su tristeza se extendía a los suburbios y las barriadas fabriles. Había empezado el desabastecimiento. Volvían los apagones de la luz. Faltaba la carne y subía su precio. Se comía pan y azúcar negros. Los salarios estaban congelados desde el año anterior. La inflación era toda una amenaza. La oposición no dejaba pasar una sola oportunidad para poner rumores en circulación. Los negociados y los chanchullos del gobierno estaban a la orden del día. Y el General se exasperaba.

No faltaban aquellos que, en esa actitud, le notaban la flojera del viudo.

El macho, como lo llamaban, lo era menos sin la hembra. Del sindicato de Luz y Fuerza le acercaron una propuesta: un congreso de trabajadores discutiría la suba del costo de vida. Pero desde la CGT vino un alerta. Los comunistas planteaban en sus asambleas la infiltración en el movimiento. Así los obreros iban a adoptar posiciones cada vez más agresivas y lograrían oponer la masa afiliada al gobierno. En tanto los rumores sobre la corrupción en el gobierno y la debilidad del líder se acrecentaban. Y encima el escándalo que desató su cuñado Juancito, el hermano calavera de la difunta.

En una velada del Colón, una actriz interceptó a Perón. Aunque la custodia pretendió frenarla, la actriz, a los gritos, le cantó al General cuatro frescas. Justo lo que más le dolía escuchar: el hermano de Evita era un delincuente. El General no tuvo más remedio que ordenar una investigación.

Voy a terminar con todo aquel que coimee o robe del gobierno, se encrespó. Voy a ordenar una investigación en la Presidencia, empezando por mí. Ni a mi padre, si fuera necesario, dejaré sin castigo.

Un canallita, Juancito. Había aprovechado el poder que le otorgara su finada hermana para saltar de corredor de jabones al poder. Eran tan famosos sus amoríos con estrellitas de cine como sus caballos de carrera. Cuando los pesquisas le entraron en el departamento encontraron desde joyas y frascos de perfume francés hasta documentos que había extraído de la presidencia.

También los papeles que probaban negocios del turf, además de transacciones inmobiliarias que comprendían hoteles residenciales y documentos comprometedores con bancos que lo favorecían. Entre las revistas de turf los espías encontraron documentos que involucraban a Juancito con los negociados de la carne.

Juancito se pegó un tiro en la cabeza. Pero, según la oposición, fue el General quien ordenó el presunto suicidio. El General buscó silenciar el escándalo. Y esto agravó los rumores en su contra.

El General declamaba: Nuestros enemigos saben cómo crear el descontento en la masa privando a la población de su alimento principal.

Pero que se cuiden, amenazaba. Si el pueblo no tiene pantalones como para imponerse, yo voy a ponerle el pecho a los enemigos de afuera y a los de adentro.

Se notaba cada vez más la ausencia de Evita. Además el General había ido desplazando del poder a todos aquellos que seguían fieles al recuerdo luchador de la compañera. Evita faltaba ahora en todas partes y su recuerdo se iba haciendo una estampita.

Así era el ánimo de ese abril, se acuerda el profesor.

La ciudad estaba enrarecida. Había en la atmósfera esa ansiedad que se condensa en la espera de algo terrible.

Puede verse como una contradicción que yo, profesor de literatura, traductor gustoso del inglés, me dejara seducir por el peronismo.

Toda mi educación era bastante cipaya. Mi gusto, aunque me pesara, se orientaba más hacia la literatura que paladeaban Victoria y sus plumíferos que a la chauvinista celebración neoplatónica del malambo. En las páginas de su revista, en las ficciones, poemas y ensayos que publicaba, había una idea de cultura, elevada y distinguida. Pero el joven Gómez era cabecita negra. Por más que me mandara la parte, siempre iba a ser cabecita. Lía me acusaba:

A vos lo que te tira del peronismo es el olor a catinga. En el fondo, una pose intelectual. El proletario peronacho es para vos la encarnación del buen salvaje.

Y tarde o temprano se la agarraba con la finada:

Como tu devoción por la Perona. Lo que te sedujo de la difunta es lo que tenía de macho. Y eso es lo que, mal que te pese, te tira también de Victoria.

No es lo mismo. Evita es el pueblo.

No usés al pueblo en la defensa de tu calentura, Gómez. No justifiques tus revolcadas con la lucha de clases.

Que a mí me gusten los tipos no significa que adopte el papel femenino de sometida.

Yo era el primero en sentir que desbarrancaba en estas discusiones. A Lía le gustaba emplear argumentos de mecánica corporal para quitar a los míos lo que podían tener de político. Sin embargo, había bastante de verdad en lo que yo sentía. Aunque este sentimiento, para ella, no cotizara como político.

Yo me daba cuenta: había en mí una dualidad. Por un lado, esa cultura de Victoria y su séquito, era cierto que me tiraba. Me gustaba especialmente esa ligereza para sobrevolar los grandes asuntos existenciales con la levedad zumbona de alguien que está de vuelta. Lo europeo, me decía, era eso. Pero después me salía el resentido.

No digo que no hubiera valores en esa cultura. Pero de qué clase eran estos valores. Si me acuerdo de las bombas, las víctimas, la sangre derramada, leo desde otro lugar. Desde la Plaza bombardeada, leo. Quisiera ser civilizado, y lo intento no pocas veces. Pero abro sus libros y entre sus páginas empiezo a oír el rugido de los aviones, el silbido de las bombas, las explosiones. Esas palabras son asesinas.

Pero, decime, Lía, le contestaba yo, de qué carajo estamos hablando.

De cojer. Siempre, dijo ella, terminante. Y vos te pensás que ellos cojen como nosotros.

No podía ganarle una a Lía. Y menos cuando me hablaba con el corazón: Imaginátela a Victoria garchando.

Literatura fantástica, dije.

Imaginátelo a Georgie pirovando, me pidió.

Lo que se le niega al propio cuerpo, pensé, se convierte en castigo de otros cuerpos.

En los reparos de Lía se notaba una preocupación lógica, considerando el clima político de ese año que empezó con presentimientos negros.

Presentimientos que poco más tarde, en ese abril, iban a confirmarse.

Participar de un acto peronista era un riesgo. Aunque ni la radio ni los diarios lo informaran, a menudo una explosión destruía la calma peronista. Habían estallado bombas en la Corporación de Transporte y en la Bolsa. También en una repartición de la aeronáutica. Hasta entonces no se habían registrado víctimas, pero el clima estaba cada día más cargado de rumores de conspiración.

Anoche oí una bomba, me comentaba Lía.

Imaginación tuya, le contestaba yo.

Por más provinciano que te sientas, Gómez, no sos un auténtico cabecita.

Como para no desconfiar de tu clasismo sexual si tenés que disfrazarte de pobre para mezclarte con la turba.

Me estás diciendo infiltrado, le repuse.

Estoy diciendo que tengo miedo por vos, Gómez. Por más que te pongas una grafa y vayas de alpargatas.

Sin embargo, mientras los contreras conspiraban y se cernían sus amenazas, mientras todo indicaba que algo oscuro estaba por suceder, a mí el peligro, lejos de intimidarme, me motivaba. Apenas se me presentaba la oportunidad de unirme a la masa en las calles, al fundirme en esa marea de cuerpos avanzando, al cantar la marchita, cuando venía la parte de

“combatiendo el capital”, todos mis pensamientos se confundían en ese sentir de todos que era también el mío.

Esa tarde, ese abril.

Yo venía subiendo por Piedras hacia la Avenida de Mayo. Al ver la columna del sindicato de Luz y Fuerza, me apuré para hacerme un lugar entre los que cargaban las pancartas. No hay nada tan emocionante como confundirse entre esos cuerpos pujantes. Con el torso desnudo, un muchacho cetrino le daba al bombo sin parar. Había que ver su cuello ancho y grueso, los hombros brillantes de sudor y sus brazos musculosos, esos bíceps contraídos en el ejercicio sistemático, maquinal y rabioso a un tiempo. Ese muchacho, las venas del cuello hinchadas en el clamor de las consignas, observado de perfil, era un ejemplar obrero y criollo que bien podría haber sido el símbolo del héroe justicialista. Tuve un arrebato de ternura y deseo.

Los bombos retumbando, las voces convertidas en una sola, atronadora, clamando Perón, Perón, Perón.

Nosotros lo queremos, General, se oyó por los altoparlantes. Aun descalzos y desnudos, estamos con usted.

Me parece estar viendo el pueblo en ese atardecer, dice el profesor. Las columnas marchaban más lentas al acercarse a la Plaza de Mayo. Cuando llegué a la Plaza ya había oscurecido, pero ahí estaban las antorchas. Hacia donde se mirara, hombres, mujeres, chicos. El estrépito de los bombos se calló cuando escuchamos por los parlantes la voz del líder desde el balcón de la Casa Rosada:

Compañeros, tronó.

La plaza vibró con el grito de todos:

Perón, Perón, Perón.

Compañeros, arrancó de nuevo el General.

Empujado por la marea de cuerpos me había alejado del muchacho del bombo. Ahora me encontraba cerca de la Pirámide, flanqueado por unos obreros jóvenes. Tenían las grafa mojadas en los sobacos. Las caras, dirigidas hacia el balcón, parecían mirar expectantes un porvenir de herramientas y cópulas dinámicas. Es que el futuro, un futuro de obreros criollos, proponía chimeneas fabriles humeando y hombres y mujeres procreando entre campos de trigo. Se me dirá que, como todo intelectual fascinado por el pueblo en la calle, confundía el desarrollo productivo de una burguesía nacional y su usufructo compasivo de un nuevo proletariado con las pulsiones de mi deseo que, en estas concentraciones populares, me producía un vacío en el estómago, burbujeaba entre mis dientes. Quien no haya estado en una manifestación no sabe de qué hablo, no puede comprender esa calentura que desborda.

El General empezó a despotricar contra los que pedían la libertad de precios cuando se oyó, ensordecedora, una explosión. Y la explosión, transmitida por los altoparlantes, se prolongó sobre nuestras cabezas. Hubo un instante largo de confusión, empujones, una corrida. Fui arrastrado por el tumulto. Una humareda se elevaba desde la boca del subte. El aire olía a pólvora.

Compañeros, tronó otra vez la voz del líder abarcando la multitud, la ciudad, la noche entera. Calma, compañeros. Parece que los mismos que hacen circular los rumores hoy se sintieron más rumorosos queriéndonos colocar una bomba. Pero no se van a salir con la suya, compañeros.

Y entonces una nueva explosión, esta vez más poderosa. Empezaron las gritos, las corridas, el pánico. En alguna parte, remotas, sonaron sirenas.

Compañeros, volvió a la carga el General. Vamos a individualizar a los culpables y les hemos de aplicar las sanciones que correspondan.

Perón, Perón, Perón, gritó la multitud.

Vamos a tener que andar con un alambre de fardo en el bolsillo, se envalentonó el General.

Leña, pedían hombres, mujeres, chicos. Y también yo, de pronto, me sorprendí gritando: Leña, leña.

Yo, el joven profesor de literatura, el traductor de Stevenson, grité, enardecido, hasta quedarme sin voz. No era que mi voz se había vuelto inaudible, sino que, plegándose a la del pueblo, ya no era mi voz. Era un réquiem surgiendo del fondo de los tiempos y la tierra. Leña, pedía el pueblo. Leña, pedía el joven profesor Gómez, el pibe criado por su madre soltera en un caserío de viento y arena. Leña. Venganza antes que justicia.

Porque la justicia de los humillados y ofendidos no puede ser otra cosa que venganza. Y era venganza lo que pedía el pueblo en esos segundos cuando después de otra explosión empezó a brotar otra humareda de la boca del subte, y aturdían punzantes las sirenas, y la multitud era un clamor: Leña.

Por qué no empiezan ustedes a darla, preguntó el General, por los altoparlantes.

La multitud, entre desconcertada y abatida, se dispersaba. Nos abrimos para que las ambulancias avanzaran. Esa noche no sabíamos aún que el atentado había causado la muerte de siete trabajadores y casi cien heridos.

Del trabajo a casa y de casa al trabajo, era la consigna peronista. Cuando el General necesitaba explicar a sus descamisados las conquistas sociales de su gobierno y las maniobras de los conspiradores que pretendían derrocarlo llamaba a la Plaza. Y la Plaza era una fiesta. Si los actos tenían ese contento se debía también a que muchas veces eran sucedidos por números artísticos y musicales. Pero esta noche era distinta, esta noche el pavor había reventado la fiesta con esas bombas.

Esta noche había que volver, como indicaba la consigna, a casa. Pero yo, cuenta el profesor, no tenía casa. Como muchos, sentía ese gusto a inconclusión y tenía el presentimiento de que la noche todavía no estaba terminada. Había perdido de vista la columna de Luz y Fuerza y, en consecuencia, al muchacho del bombo. Caminé detrás de otras columnas ahora espaciadas, de grupos que se resistían a separarse.

Habíamos dejado atrás el Congreso y caminábamos como desorientados hacia el oeste. En Rivadavia, a la altura de Junín, estaba la Casa del Pueblo.

Los manifestantes se detenían a putear la sede de los socialistas. El edificio, cerrado, a oscuras, con su silencio respetable, nos despreciaba. Alguien tiró una piedra. Alguien más se apartó del grupo y embistió la puerta metálica.

Alguien surgió con un palo. Y alguien con un fierro. Y, en segundos, todos éramos alguien al atacar el edificio.

Un camión municipal avanzó entre nosotros. Con su ayuda se pudo derribar la puerta. Aun cuando no me faltaron las ganas de irrumpir en el edificio, me cohibí al ver que, desde el primer piso, unas muchachas y muchachos empezaron a arrojar libros a la calle. Bastó que alguien arrimara un fósforo para que la noche adquiriese el resplandor tembloroso de las llamas. El edificio ardía. Y también sus libros.

Retrocedí. De pronto sentí un vértigo. Si bien la razón, todo lo que yo era, me impulsaba a marcharme, me resultaba imposible. El fuego se levantaba iluminando las siluetas en movimiento, hombres y mujeres, gritando contentos y desaforados mientras de un balcón del primer piso seguían tirando libros al fuego. Huija, oí chillar. Una sonrisa amarga se me encendió y tuve este pensamiento, se acuerda el profesor: si el que yo creía ser no se había retirado hasta entonces del resentimiento incendiario, se debía a que el joven profesor Gómez no era el que creía ser sino este otro que, ahora, contemplaba los libros consumiéndose en una fogata que se extendía de vereda a vereda, ante el edificio en llamas.

Oí que unos y otros gritaban:

Al Jockey Club.

Mentiría si dijera que seguí a la masa por interés sociológico, observando el comportamiento de esos hombres, mujeres y chicos que avanzaban por las calles del centro clamando venganza. Me intrigaba, por supuesto, ver en qué iba a desembocar toda esa furia, pero sería deshonesto de mi parte no admitir, en ese espíritu observador, un ansia de revancha.

Como en un sueño, ahora era medianoche y estábamos en Florida y Viamonte, frente al aristocrático Jockey Club. Se oyeron unos tiros. La masa se lanzó contra el edificio. Los pocos socios que pudimos ver escapaban por los techos. Tampoco acá hubo resistencia a los incendiarios. Pude haber entrado. Pero me contuve. Me dije que quizá desperdiciaba la única oportunidad que tenía para ingresar a esas instalaciones donde imperaba un gusto selecto, proyectado en cuadros y esculturas, boisserie y gobelinos. Me pregunté entonces, como me lo pregunto ahora, de qué otra oportunidad podía haber dispuesto, en su vida entera, ese joven profesor Gómez, de pisar las alfombras del poder. Sin embargo, no entré, y como frente a la Casa del Pueblo, preferí mantenerme entre los espectadores que coreaban y aplaudían en la calle. El fuego se propagaba devorándolo todo. Pinturas, tapices, gobelinos. Del edificio surgían bocanadas de humo caliente. Un estruendo provino del interior. Y las llamaradas asomaron a la calle. Sentí una mezcla de goce y vergüenza. Tal vez, me dije, sentía así porque el goce avergüenza.

Esa noche traspuse un límite, dice el profesor. Esa noche el fuego me reveló una naturaleza que ignoraba en mí.

Si se me permite otra digresión, quizás alcance a explicar lo sucedido. No aspiro a una expiación.

El profesor George Steiner cuenta que, cuando enseñaba literatura, entre su alumnado, la que más se destacaba era una muchacha tan brillante como tímida. Al terminar el curso la muchacha entró a su despacho y le dijo: Vengo a decirle que lo odio, que odio todo lo que me enseñó. Es basura burguesa, le dijo ella. Soy maoísta y voy a unirme a los doctores descalzos, en China, para hacer algo bueno por este mundo. Con todo su saber, el profesor Steiner concluye que, si bien fue un momento difícil para él, aceptaba con respeto la determinación de su alumna. Ella vivía su pasión. Y

si vivía su pasión, para el profesor Steiner era suficiente.

Se me recriminará que fui cómplice de los hechos de esa noche. De acuerdo. Pude haberme apartado de los incendiarios. También pude racionalizar el goce animal que me producía el fuego. Pero no me interesa, a esta altura de mi vida, encontrarle una disculpa a ese sentimiento que le descubrió el fuego al joven profesor Gómez aquella noche de abril.

Esa noche, ese abril, se recuerda, principalmente, por el incendio del Jockey Club, dice el profesor. Una Diana de Bourdelle y un centenar de pinturas famosas, entre ellas dos Goya, “La boda” y “El huracán”, se perdieron en el incendio. Pero nadie, que yo sepa, cuando hace referencia a ese fuego, se acuerda de los trabajadores asesinados en la Plaza por una bomba, los heridos innumerables.

No, aquel joven profesor no tiene por qué avergonzarse ni pedir disculpas.

Las víctimas no piden perdón.

La bronca me ha salvado del geriátrico, comenta el profesor. La bronca contra mi perra dualidad. Yo era víctima pero también quería ser como los verdugos.

Si Lía se hubiera enterado de lo que hice después, dice el profesor, me habría puteado de arriba abajo. Porque unos días después yo intenté acercarme a Victoria. Apenas unos días después de los obreros asesinados y los incendios.

Y acá debo hacer otro de mis desvíos y mentar a Pierotti. El gordo Pierotti era un

corrector del diario de los Mitre, vinculado con Victoria y su grupo.

Si había alguien en el diario a quien Lía no tragaba era al gordo Pierotti: Puro mito eso de que los gordos son buenos, decía ella.

Pierotti no era un gordo bueno. Al revés de cualquier gordo que se resigna a su obesidad y la hace bonachona y cómica, Pierotti era un gordo hierático. Que fuera corrector decía bastante de su personalidad: un vigilante siempre atento a los errores ajenos, con una pericia visual para advertir en el prójimo la ausencia de un acento, la necesidad de un punto o una falta de estilo. Por esa razón, en no pocas oportunidades fue empleado por Victoria para los cierres apurados de la revista.

No es extraño, reflexiona el profesor, que el gordo no figure siquiera en un agradecimiento en alguno de esos ensayos biográficos que se escribieron sobre Victoria y su grupo. Aunque Pierotti ocupaba con su humanidad un espacio inabarcable, nadie lo menciona. Pierotti tenía una edad indefinida entre los veinte y los treintipico. Más que pálido, era blanco. Sus rasgos eran infantiles pero una mirada traviesa podía transformarse de pronto en perfidia.

El gordo Pierotti, peinado a la gomina, siempre afeitado, abusaba de la Legión Extranjera aunque era casi lampiño, vestía siempre de traje gris, camisa blanca y corbatas neutras. Cuando uno lo tenía enfrente, sus gestos adquirían la morosidad perezosa de un gato rechoncho esperando paciente darle un zarpazo al ratoncito desprevenido que en cualquier momento iba a cruzársele.

Y para qué querés conocer a Victoria, me preguntó el gordo una tarde durante un vermucito en un bar de la Avenida de Mayo. A ver, Gómez, con franqueza, qué te interesa de la bacana. Si es guita, vas muerto. Porque aunque la va de mecenas por el Barrio Norte, amarretea los centavitos como una israelita del Once. La pregunta es qué puede sacarte ella a vos para que cumplas tu sueñito literario.

El gordo hablaba picando con el escarbadiente los platitos, concentrado en el salamín, el queso, las anchoas y las papas fritas, levantaba los ojos: Me gustaría acercar a la revista un breve ensayo sobre Stevenson en el que estoy trabajando.

El gordo le echó soda al vermut. Hizo un buche, tragó y después, casi paternal, siguió: