La mansiòn roja por Lobo Rabioso - muestra HTML

TOME EN CUENTA: Esta es una vista previa en HTML y algunos elementos como enlaces o números de página pueden ser incorrectos.
Para la versión completa, descargue el libro en PDF, ePub, Kindle

1

A mi Violeta

del alma

2

3

La Mansión Roja

Novela

Lobo Rabioso

index-4_1.jpg

4

5

ÍNDICE

Capítulo 1

Pág. 7

Capítulo 2

Pág. 35

Capítulo 3

Pág. 57

Capítulo 4

Pág. 93

Capítulo 5

Pág. 123

Capítulo 6

Pág. 155

Capítulo 7

Pág. 177

Capítulo 8

Pág. 203

Capítulo 9

Pág. 229

Capítulo 10

Pág. 259

Capítulo 11

Pág. 283

Capítulo 12

Pág. 307

Capítulo 13

Pág. 335

Capítulo 14

Pág. 361

Epílogo

Pág. 375

6

7

La Mansión Roja

Novela

CAPÍTULO 1

Tepotzotlán, Estado de México, octubre 2002.

la una de la tarde de un martes soleado un hombre A joven, atlético y bien parecido camina por la acera apresurado mirando fijamente el campanario de una vieja iglesia que está ubicada en una esquina. Viste ropas viejas, está desaliñado, cara sucia, lleva en la mano derecha una raída maleta de lona y su mirada refleja una extraña expresión de ira. Es un poblado pequeño y dicho personaje no desentona en ese modesto entorno debido al harapiento atuendo que porta. Al llegar a la iglesia, se para frente a la entrada y luego se mete con sigilo al templo preguntándole a un anciano que está barriendo el piso:

—Disculpe, señor ¿es párroco de esta iglesia Rigoberto Montesinos?

El anciano lo mira de arriba abajo y luego le contesta:

—En esta iglesia no se dan caridades a indigentes.

—No, señor, usted no me entiende —le dice el joven desaliñado al anciano—, el padre Montesinos es mi pariente.

El anciano se sonroja y le dice apenado:

—Usted perdone, joven, pero yo pensé que...

—No se preocupe, señor —le interrumpió el joven—, si me ve en éstas fachas es porque atravieso por una mala racha. Pero dígame —continuó—: ¿Es o no párroco de este templo el padre Montesinos?

8

El anciano le contesta positivamente, diciéndole que el padre de esa iglesia es quien él busca y que se encuentra en el sagrario preparándose para una misa. El anciano, suponiendo que el joven era pariente del párroco, le indica donde se encuentra el sagrario y le permite pasar a verlo.

El joven se dirige hacia donde le ha dicho el anciano y a la derecha del altar toca una enorme puerta de madera.

—¡No me fastidies, Hilario! —se escuchó una voz reclamante desde adentro—. ¡Ya te había dicho que estoy ocupado!

—Discúlpeme, padre —dijo el joven detrás de la puerta—, soy un feligrés que le urge verlo para una confesión.

—¿Quién rayos te dejó pasar? —dijo el padre enfadado—.

Seguro fue el estúpido de Hilario, en fin, ahora salgo.

Pasado un par de minutos se abrió la puerta y del sagrario salió un jovencito como de 15 años deteniéndose un momento para mirar a quien buscaba al padre, bajando luego la mirada y sin pronunciar palabra se retiró apresuradamente. De adentro se escuchó una voz que decía:

—Ya puedes pasar, hijo.

Al pasar el joven se encontró frente a frente con el sacerdote. El párroco era un hombre maduro, cercano a los 60 años, muy delgado, canoso, mal encarado y con una visible cicatriz cruzando la mejilla izquierda. El sacerdote miró fijamente los ojos del joven preguntándole intrigado:

—¿Acaso te conozco? Me eres muy familiar.

—No lo creo —contestó el joven—, solo vine a confesarme.

Al acercarse el padre hacia el joven pronto notó que a pesar de su atuendo desarrapado y aspecto desaliñado, en realidad era un tipo atlético y bien parecido. Cambió de inmediato su actitud de enfado y esta vez amablemente le dijo al joven sonriendo:

9

—Pero siéntate, hijo mío, veamos en que te puedo ayudar.

El joven tomó asiento frente a un enorme escritorio poniendo su maleta sobre el mismo y el padre también tomó asiento del otro lado del mueble.

—He pasado por una enorme crisis —le dijo el joven— y es urgente que un hombre de Dios me escuche porque he cometido muchos pecados y estoy a punto de cometer uno aún más grave.

Intrigado el padre le preguntó primero su nombre, a lo que el joven le responde:

—Me llamo Juan.

—¿Juan qué, hijo mío? —le preguntó el padre—.

—Juan Escobar Montesinos —le contestó el joven—.

El padre, mirándolo con los ojos desorbitados, se puso de pié y respirando en forma agitada le dijo alterado:

—¡No puede ser, tú estas muerto, tú estás muerto!

Juan se acercó sereno al padre para mirarlo de frente, luego llevándose una mano a sus ojos se retiró unos lentes de contacto de color casi negro, para dejar ver el verdadero color de los suyos, los cuales eran de un verde muy característico. El sacerdote, al mirar los ojos del enfurecido hombre quedó más que sorprendido, volviendo a decir esta vez más fuerte:

—¡No puede ser, no puede ser, has vuelto del infierno!

Juan cogió fuerte la muñeca de la mano izquierda del padre poniendo la misma extendida sobre el escritorio con la palma hacia abajo, sacó luego una enorme daga que traía en la petaca que llevaba y de un certero golpe la insertó en la parte dorsal de la mano quedando la misma clavada al escritorio. El padre aterrorizado, tomó aire para dar un alarido, pero antes de que emitiera grito alguno, Juan le dio un puñetazo en la punta de la barbilla dejándolo inconsciente, derrumbándose el cura quedando sentado en la silla frente al escritorio. Pronto, buscando en 10

los cajones del mueble, Juan encontró la agenda parroquial y apresuradamente buscó los pendientes que había para esa fecha, viendo que ese día solo estaba programada una misa hasta las 2 de la tarde. Cerró la agenda y de su maleta sacó una gruesa cinta adhesiva amordazando al padre.

Luego, de la misma, sacó un cordel amarrando el antebrazo de la mano libre al brazo derecho del asiento.

Posteriormente le amarró el torso al respaldo de la silla utilizando también un cordel, atándolo con nudos complejos quedando el sacerdote perfectamente amarrado.

Momentos después el padre empezó a recobrar el conocimiento y al abrir los ojos observó a Juan sentado frente a él con una leve sonrisa en su rostro. El sacerdote totalmente inmovilizado, miró su mano ensangrentada clavada en el escritorio y tratando de zafarse se hirió aún más, pues la daga estaba clavada muy profunda sobre el mueble. Desesperadamente, trata de zafarse de la mano derecha amarrada del antebrazo con el cordel, emitiendo al intentarlo ruidosos gemidos. Juan se para enfadado, saca otra daga de la maleta y acercándosela al cuello del padre le indica con el dedo que guarde silencio. El padre, con ojos desorbitados, se relaja y Juan vuelva a tomar asiento.

—Como sacerdote y líder de la familia —le dijo sereno Juan al padre—, quiero que seas tú quien me confiese, pero antes, no quiero interrupciones, así que le diré al viejo de afuera que cierre la iglesia y coloque un letrero para cancelar tu misa de la tarde, dándole el día libre.

Del escritorio Juan sacó una hoja en blanco escribiendo con letras grandes “se suspende la misa de las 2 de la tarde”. Luego, se acercó al padre y esculcando sus ropas sacó de entre las mismas una cartera boyante de billetes grandes y contando el dinero le dijo al cura:

—Por primera vez voy ha gastar un poco del dinero que me robaste.

11

Sacó de la cartera todos los billetes y acercándose al padre le dijo a la vez que le ponía la punta de la daga en la garganta:

—Si emites el menor ruido regreso y te despellejo vivo.

Se dirigió a la puerta indicándole nuevamente con el índice en la boca que guarde silencio. Salió del sagrario dirigiéndose hacia donde estaba el viejo Hilario, que en ese momento sacudía algunos retablos. Tosiendo para llamar su atención le dijo Juan en voz baja:

—Don Hilario, dice mi tío que cierre la iglesia y coloque este letrero para cancelar la misa de la tarde y luego puede retirarse.

Hilario, desconcertado le respondió a Juan:

—Que raro, el cura nunca suspende una misa.

Juan se acercó a Hilario y le entregó los billetes diciéndole sonriendo:

—Hace mucho que mi tío y yo no nos vemos y ardemos en deseos de platicar tranquilamente.

Mirando Hilario el puñado de billetes respondió agradecido:

—Está bien, joven —y cerrándole un ojo, como comprendiendo todo, tomo el anciano el aviso y salió de la iglesia cerrando la puerta escuchándose con eco la llave al girar el cerrojo—.

Juan volvió al sagrario y sentándose de nuevo frente al sacerdote herido le dijo con voz pausada:

—Sabes bien tío por qué te castigo de esta forma y esto es solo el principio.

Se relajó un poco y levantándose de su asiento le quitó la mordaza al padre diciéndole al mismo tiempo:

—Es hora de que me confiese contigo, sabrás ahora por las que he pasado y el daño que tú y mis demás parientes me han provocado.

12

Ya sin mordaza el padre con voz llorosa le suplicó que lo perdonara y Juan sin decir nada sacó la otra daga que llevaba y la clavó con furia en la otra mano del cura.

—¡Ahora si grita, maldito! —le dijo Juan enfurecido—, nadie escuchará tus lloriqueos.

El sacerdote lanzó un espantoso alarido que se ahogó en el pequeño recinto.

—¡Te he investigado, maldito! —le gritó Juan al oído—,

¡y sé que no soy el único del que has abusado!

Luego, serenándose un poco Juan le continuó diciendo al cura:

—Como te venía comentando, he venido a confesarme pues estoy a punto de cometer mi último pecado. He de decirte, querido tío —continuó—, que por cada mal que me has hecho a mí y a mi familia perderás un dedo conforme me vaya acordando, así que relájate, pues te pienso recordar todas las canalladas que tu y tus parientes nos hicieron a mí y a mi familia y si sabes contar sabrás que tienes 10 dedos.

Cerrando los ojos, Juan empezó a contarle al padre el origen de esa desenfrenada ira, remontándose a su infancia, donde había empezado todo.

Colonia Lomas de Chapultepec, Ciudad de México, Julio de 1985.

En una tranquila noche de verano se hallaba jugando Juan, de casi 9 años, con su pequeña hermana, dos años menor que él, llamada Julieta y un enorme y dócil gato persa de blanquísimo pelaje. Había encendido en la habitación un enorme televisor y los niños casi ni la miraban por estar retozando con el felino. Su madre, María Montesinos, los acompañaba sentada en un mullido sillón tejiendo alguna prenda. La mansión en que vivían era de extraordinaria 13

belleza y curiosamente su fachada y todas y cada una de sus habitaciones estaban pintadas de un característico color rojo. Al estar jugando de repente Juan se lleva la mano a la boca y con cuidado saca una muela diciéndole a su madre:

—Mira, mamá, se me ha caído otro diente.

Su madre sonríe y le pregunta:

—¿Por qué no has dejado que “el ratón” te deje dinero por cada diente que se te ha caído?

—Lo que sucede —responde Juan—, es que los estoy juntando para que cuando tenga muchos el ratón me deje más dinero.

La madre de Juan sonríe y sigue tejiendo, en lo que Juan corre a su habitación y del cajón de un buró que está junto a su cama saca una caja llena de dientes y deposita el recién caído. Los cuenta en silencio y luego de sonreír guarda la caja en su sitio y regresa corriendo a seguir jugando con su hermana.

En ese mismo momento, en una de las habitaciones inferiores de la mansión se encontraba una dama leyendo tranquila un libro de misterio recostada en su cama, cuando de repente tocan a su puerta y detrás de la misma se escucha la voz de una mujer que le dice alterada:

—¡Estela, Estela soy yo, Susana, por favor ábreme!

Estela se incorpora asustada y pronto abre la puerta.

—Déjame pasar —le dice la recién llegada—, tengo un horrible presentimiento.

—Pero mira tu cara —le dijo Estela—, está más blanca que la cera.

Susana pronto cierra la puerta y sentándose en la cama le dice a Estela:

14

—No sé cómo has podido vivir tantos años aquí, Estela, apenas yo llevo sirviendo en esta casa dos meses y ya no soporto más.

—Pues sí, mi querida Susana —le responde Estela—, si he soportado seis años aquí trabajando como nana y tutora de mis niños además de asistente de la señora María, es porque he aprendido a amarlos demasiado pues he visto cómo han sufrido.

—¿Pero no te dan miedo los terribles ataques que le dan a la señora María? —le preguntó intrigada Susana a Estela—.

—Como alguna vez ya te lo había comentado, Susana —le respondió Estela—, por desgracia la señora María padece de esquizofrenia y en ocasiones sufre de horrendas alucinaciones

entrando

en

crisis

de

locura

e

infortunadamente mis niños son testigos muchas veces de esos ataques, sufriendo mucho por ello.

—Es verdad —comentó Susana—, hace 4 semanas vi uno de los ataques de la señora poniéndose los pequeños histéricos y Esteban, el chofer, tuvo que sacarlos de la casa para que no vieran a su madre enloquecida.

Estela se entristece y le comenta a Susana:

—Desgraciadamente ese día no estuve en casa y Esteban les estuvo dando de vueltas alrededor de la manzana en el coche toda la tarde hasta que llegué.

—Por eso estoy tan nerviosa, Estela —le dice Susana a la nana—, presiento que hoy pasará algo terrible.

Estela, con cara de verdadera preocupación le comente a Susana:

—Tienes razón de estar nerviosa, Susana, por desgracia en cualquier momento me temo que la señora María pierda por completo la razón y le haga daño a los pequeños.

—¿Y por qué no meten a la señora a un manicomio? —le preguntó Susana a Estela—.

15

—Su esposo, el Sr. Armando Escobar —le responde Estela—, la ha ingresado en innumerables ocasiones a hospitales psiquiátricos, pero curiosamente los médicos la han regresado a casa diciendo que su tipo de esquizofrenia es perfectamente controlable con medicamentos.

—¿Entonces? —preguntó impaciente Susana—.

—Eso es lo extraño —le respondió Estela—, una vez que llega a casa, parece estar completamente sana, pero no pasan más de un mes en que nuevamente aparecen esos terribles ataques, a pesar de que su hermana Teresa, le da puntualmente sus medicamentos.

—A propósito de esa vieja solterona y amargada —le comenta Susana a Estela—, es una verdadera arpía, ¿no es cierto?

—A sí es, mi querida Susana —le respondió Estela—, Teresa es una mujer muy cruel que trata muy mal a mis niños, humillándolos continuamente recordándoles la locura de su madre.

—¿Y desde cuando vive aquí la tal Teresa? —preguntó Susana—.

—Lleva aquí menos de un año —respondió Estela— y ahora que lo pienso, desde su llegada los ataques que sufre la señora María han sido cada vez más frecuentes.

—Deben ser las malas vibraciones de esa bruja —comentó Susana—.

Estela quedó en silencio y muy pensativa.

—Tengo otras dudas acerca de esta extraña casa, Estela —

le dijo Susana, para preguntarle luego—: ¿Por qué toda la casa esta pintada de color rojo?

—Pues resulta —comentó Estela—, que la señora María piensa que si ve continuamente el color rojo no van a venir los imaginarios demonios que la atormentan. Por eso a esta casa la conoce todo el mundo como “la mansión roja”.

16

—Ah —solo dijo Susana como comprendiendo todo y le dijo luego—: Hay otra cosa que me pone los pelos de punta.

—¿Qué es? —le preguntó Estela—.

Susana, con verdadera cara de espanto y abriendo enormes ojos le contestó a Estela:

—En ocasiones he visto a la señora María entrar en alguna habitación. Luego de un rato yo entro y de repente, ha desaparecido.

Sonríe Estela y dándole una palmada en la espalda tranquiliza a Susana diciendo:

—Lo que ocurre es que toda la mansión roja está llena de pasadizos y cuartos secretos que la señora María mandó poner para evadir a sus imaginarios demonios.

—Eso explica todo —comentó Susana dando un suspiro de alivio—.

—Oye —volvió a comentar Susana—, tú te has vuelto gran amiga de la señora María ¿no es cierto?

—Ni más ni menos, Susana —le dijo Estela—. Y a tal grado ha llegado la confianza que me tiene, que hace unos meses me ha dado a guardar un sobre sellado conteniendo una llave de seguridad bancaria la cual me ha dicho que la utilice en un caso de emergencia.

—¿Pues qué no tiene otros parientes la señora María a quién le confíe algo tan importante? —preguntó intrigada la empleada—.

—Así es, Susana —le respondió Estela—, además de Teresa, la señora María tiene un hermano sacerdote llamado Rigoberto Montesinos, pero ignoro por qué a él no le ha confiado dicha llave.

Susana se quedó reflexionando un momento y luego le preguntó a Estela:

—¿Rigoberto Montesinos no es el párroco de la iglesia de San Hipólito del pueblo de Tepotzotlán?

17

—Efectivamente —le respondió Estela y luego le preguntó intrigada—: ¿Lo conoces?

—Pues conocerlo, conocerlo, no —le respondió Susana—, pero una prima que tengo que vive en ese pueblo me ha dicho que se escuchan rumores de que ese cura ha abusado de niños...

—No lo creo —le interrumpió Estela—, el señor Armando, padre de los niños, me ha dicho que el cura es una buena persona.

Luego de ese comentario, ambas guardaron silencio quedando Estela muy seria y pensativa.

En la habitación de arriba continúan jugando los niños en presencia de su madre, a la vez que relámpagos lejanos iluminan la habitación anunciando la proximidad de una tormenta. Entra a la habitación la hermana de la dama, Teresa, quien lleva una bandeja sobre la que hay dos píldoras y un vaso con agua. Se acerca y le dice a su hermana:

—Ya es hora de tus medicinas, María.

La madre de Juan las tomó tranquila, dándole las gracias a su hermana, misma que sale sonriendo de la habitación cómo si nada. Cuando salía Teresa del cuarto, Juan se le quedó mirando y algo presentía al ver la extraña sonrisa de su tía. No pasaron más de 10 minutos cuando María gritó enloquecida:

—¡Me están matando, son horribles, auxilio!

—¡¿Pero, mamá, qué te pasa?! —Juan le gritaba desesperado—. ¡Aquí no hay nadie!

María, con los ojos desorbitados, tiraba golpes al aire.

Volteó luego a ver el televisor encendido y enfurecida arremetió contra él tirándolo al piso quedando el cinescopio roto en mil pedazos. El gato maullando 18

aterrado, se refugió en la repisa de un enorme librero y al verlo María gritó enfurecida:

—¡Ya te tengo, maldito! —dirigiéndose gritando hacia el librero—.

El felino entró en pánico agazapándose en un rincón y erizando su pelaje. Lo cogió María y el pobre animal aterrado se defendía como podía lanzando zarpazos a los brazos de la enloquecida señora. Los brazos de María cada vez estaban más ensangrentados por los zarpazos que le propinaba el aterrado gato, pero la señora no dejaba de estrujar al pobre felino. Con la furia propia de un desquiciado, María agarró con fuerza uno de los brazos del felino y se lo arrancó lanzando el gato un aterrador maullido. Para entonces se había iniciado una tormenta y solo los relámpagos ahogaban los gritos desquiciados de María y los maullidos desesperados del felino. Esta terrible escena era aún más aterradora, al sacar enormes chispas eléctricas el enorme televisor que se hallaba roto en el piso. A los niños aterrados, les salpicaba la sangre de su madre y del pobre animal al cual no soltaba la señora. Al escuchar tanto alboroto que venía desde arriba, Estela y Susana se quedaron mirando y reaccionado la primera subió presurosa y al observar lo que ocurría y viendo a los niños ensangrentados pensó que estaban heridos. Se dirigió hacia ellos y cargándolos pronto los sacó de la habitación mientras la enloquecida mujer aún luchaba con el pobre animal herido. Cuando el felino quedó inconsciente, María teniéndolo en sus brazos quedó paralizada y al mirar al animal ensangrentado lanzó un alarido gritando angustiada:

—¡Perdóname, hijo mío, perdóname!

Luego guardó silencio y caminando despacio tomó asiento arrullando al animal ya muerto como si éste fuera un niño.

Estela de inmediato pidió a gritos auxilio a Teresa, quien 19

hizo caso omiso a su llamado. La hermana de María se encontraba encerrada en su cuarto, sentada en un sillón tapándose la boca para que no se escucharan sus carcajadas. Al ver Estela la rara actitud de Teresa, tuvo un horrible presentimiento murmurando entre dientes:

—Estoy segura que Teresa tiene algo que ver con la repentina locura de María.

Llegaron corriendo varios sirvientes, incluida Susana y Estela les dijo muy alterada:

—¡Atiendan a la señora María, pronto!

Susana, muy asustada al ver a los niños ensangrentados, le preguntó a la nana:

—¿Qué vas a hacer, Estela, qué vas a hacer?

—Debo sacar a los niños de esta casa —le respondió la nana—, en cualquier momento su madre podría hacerles daño y tengo aún más miedo de lo que les pueda hacer Teresa.

Susana quedó con los ojos desorbitados y tragando saliva le pregunta a la nana:

—¿La señorita Teresa?

—¡Sí, sí, Teresa!... —le respondió Estela—, estoy segura que algo tiene que ver con lo que está ocurriendo ahora.

Ya sin decir nada Estela tomó su bolso y sacó a los pequeños de la casa para que no vieran ni escucharan otra traumática escena. Abordó uno de los autos de la familia y salió de la propiedad de prisa. La tormenta era intensa, sin embargo Estela manejaba apresurada. Ya más serena redujo la velocidad y estacionó el coche. Volteó a ver a los niños, que estaban sentados en la parte posterior del auto, muy callados y con los ojos muy abiertos. Les preguntó Estela ya más tranquila:

—¿Cómo se encuentran, tienen alguna herida?

Los niños solo disintieron con la cabeza. Suspiró tranquila la niñera y luego de su bolso sacó una pequeña agenda 20

buscando un número telefónico con ansia. Entre la lluvia condujo hasta un teléfono público bajando apresurada y para evitar mojarse se cubrió en la cabina telefónica.

Consultando nuevamente su agenda llamó por teléfono a Armando Escobar, padre de los niños, quien le había dado a la niñera un número telefónico en caso de emergencia, pues él se hallaba en el extranjero. Pronto se contactó con él y le contó todo lo ocurrido.

—¿Recuerdas todo eso, tío? —dijo al abrir los ojos Juan volviendo al presente—. Ahora pagarás el primer pecado de tu cómplice, tu maldita hermana Teresa, quien volvió loca a mi madre al cambiarle sus medicinas.

El padre aterrado, pero ya débil por tanto dolor y estrés que sufría, le dijo sollozando a su sobrino:

—¿Qué vas a hacer, Juan? Recuerda que soy sacerdote.

Sin decir nada, Juan sacó de su maleta una curiosa hacha antigua de dos hojas. Unos de los extremos del hacha tenía una hoja de 3 centímetros de ancho y el otro extremo era como de 10. Dicho artefacto era realmente impresionante, reflejándose la tenue luz de la habitación como si fueran destellos en sus afiladas cuchillas. El padre al ver semejante arma puso ojos desorbitados y le dijo lloroso a su sobrino:

—Por amor de Dios, Juan ¿qué vas a hacer con eso?

Juan, sin contestarle nada, puso el hacha sobre el escritorio, luego de uno de los bolsillos de su chaqueta sacó un puñado de simples ligas de goma, las cuales también puso sobre el mueble y cogiendo una de ellas colocó un torniquete en la base del dedo índice de la mano derecha de su tío, misma que estaba sujeta al pesado brazo de la silla donde se hallaba sentado su pariente. Rigoberto sabiendo lo que vendría, cerró fuerte los ojos y entre dientes rezaba:

21

—“Padre nuestro que estas en los cielos...”

—¡Ahora rezas por ti, maldito, jamás lo hiciste por mi familia! —le dijo Juan disgustado—, abre los dedos si no quieres que me lleve dos juntos.

Y sin más remedio y cerrando los ojos Rigoberto abrió todos los dedos.

Levantó Juan la amenazante arma y con la hoja delgada de la afilada hacha, amputó el dedo ligado de su tío de un solo golpe diciéndole luego:

—Apenas va uno.

El sacerdote esta vez no emitió sonido alguno, solo apretó los labios y agachó la cabeza como si se resignara a lo ocurrido. Al ver Juan que el torniquete que le había puesto en la base del dedo no bastaba para controlar la hemorragia le dijo a su tío:

—No dejaré que mueras desangrado hasta que pagues uno a uno los pecados que has cometido.

Juan tomó un enorme cirio que estaba encendido y derramó cera ardiente sobre lo que quedaba del mutilado dedo. Esta vez el sacerdote aulló adolorido quedando luego callado. Cogió Juan el dedo amputado y simplemente lo arrojó al cesto de basura que estaba junto al escritorio. Luego tomó asiento de nuevo, diciéndole a su tío:

—Te refrescaré de nuevo la memoria para que recuerdes lo que ocurrió luego y sepas por qué te torturo.

Juan de nuevo, cerrando los ojos, empezó a recordar lo que había pasado después de que la niñera se contactó con su padre en aquella tormentosa noche.

Luego de haber hablado con el padre de los asustados pequeños, Estela abordó de nuevo el auto y dirigiéndose a los chicos les dijo con voz serena para que se tranquilizaran:

22

—No se preocupen, pequeños, su papá me dijo que los llevara a casa de su tío Rigoberto, el sacerdote. Él los cuidará hasta que su mamá se cure.

—¿Y papá, cuando viene? —Preguntó Juna angustiado—.

¡Yo no quiero estar con ese tío!

—No te preocupes, Juanito, —le respondió Estela para que se calmara—, tu papá me dijo que llegará pronto.

Nuevamente, consultando Estela su agenda, encuentra la dirección del padre Rigoberto, para dirigirse luego hacia la dirección indicada. En el trayecto les dice Estela a los pequeños:

—Solo esta noche los dejaré con su tío y mañana vemos lo que hacemos.

Para entonces la lluvia había cesado y Estela ya tranquila condujo a la casa del cura. La casa del padre, lejos de ser austera, era una mansión en el pedregal de San Ángel.

Estela consultó varias veces su agenda donde tenía escrita la dirección del padre pues no se esperaba que viviera en semejante residencia. Bajó a los niños y los condujo a la entrada de la casa, toco el timbre y poco después entreabrió la puerta un jovencito afeminado de menos de 20 años y Estela le pregunta extrañada:

—¿Aquí vive el padre Montesinos?

A lo que el muchacho le contestó positivamente.

—¿Y usted quién es, joven? —le preguntó intrigada Estela—.

—Soy el asistente de Rigo... digo, del padre Montesinos

—respondió el jovencito—.

Estela, al ver a ese chico tan amanerado, recordó lo que hacia unos minutos le había comentado Susana, rumores de que Rigoberto había abusado de niños. Luego de reflexionar unos instantes Estela le dice al joven:

—Disculpe, creo que me he equivocado...

23

Cargó a la pequeña y luego tomó la mano de Juan y cuando se disponía ha darse la media vuelta para retirarse, se escuchó la voz del cura que desde adentro decía:

—¿Quién tocó la puerta, Marcos?

—Es una señora rara que creo se ha equivocado —le respondió el joven—.

El padre abre la puerta y reconoce a Estela y a los niños pidiéndoles de inmediato que pasen.

—Pero mira cómo vienen —le dice el cura a Estela al verlos desaliñados, empapados y los niños con la ropa ensangrentada—. Ya sé lo que ha ocurrido, mi hermana María ha enloquecido de nuevo.

Estela sólo asintió con la cabeza. Pronto el padre les pide que pasen y sin más remedio y recelosa entra con los niños a la casa. El padre los invita a pasar a la estancia de la lujosa casa indicándoles que tomen asiento, haciendo el cura lo mismo, luego saca de entre sus ropas una pipa y en forma serena prende el tabaco con un cerillo.

—Pues bien, Estela —le dijo el padre a la niñera mirando de manera extraña a los niños—, sé lo que ha ocurrido pues mi hermana Teresa me lo ha contado todo por teléfono.

—¿Qué sabe de la señora María? —le preguntó preocupada Estela al cura y éste le contestó muy tranquilo—: Ha ido una ambulancia de la clínica psiquiátrica y Teresa la ha internado y creo que esta vez es para siempre pues los médicos le dijeron que por la seguridad de la familia debe vivir recluida.

La pequeña niña abrazó a Estela y lloró desconsolada sollozando entre dientes:

—Mamita, mamita mía.

El pequeño Juan se hizo fuerte y solo apretó los dientes.

Al ver la reacción tan tranquila del cura ante ese hecho tan 24

terrible de su propia hermana, a Estela le pasó por la mente un espeluznante pensamiento:

—Quizás este cura se encuentra coludido con Teresa.

Miró realmente preocupada a los chicos al pensar en dejarlos con aquel, que aunque sacerdote, presentía que era un pájaro de cuenta. Estela se puso de pié y le dijo segura al sacerdote:

—Bueno, creo que nos retiramos.

Tomó a ambos chicos de las manos y se dispuso a salir enseguida.

—¿Qué le pasa, señora mía? —le dijo el cura enfadado—.

Los chicos se quedan conmigo.

Decidida y sabiendo el peligro que corrían los chicos le dijo muy segura:

¡Sobre mi cadáver se quedan con usted estos pequeños!

—Así sea —le dijo el sacerdote a la niñera—.

—¡Marcos, Marcos, ven acá! —gritó fuerte el cura—.

De una enorme escalera bajo el joven afeminado preguntándole al sacerdote:

—¿Ahora que pasa, Rigo, no vez que estoy ocupado?

En un pequeño descuido Estela coge un atizador que estaba junto a una enorme chimenea y con él amenaza a ambos tipos y les dice enfadada:

—¡Les juro que los mato si se acercan!

—¡Ya sácanos de aquí, nana, tengo mucho miedo! —le dijo Julieta a su nana—.

—No te preocupes, mi niña —le respondió Estela— ya pronto terminará esta pesadilla.

Al mirar Juan llorar a su hermana, toma otro atizador y amenaza también al par de tipos. Poco a poco Estela y los niños se van aproximando a la entrada y el padre, al ver que va enserio la fuga, se acerca amenazante a ellos. Al acercarse demasiado el padre, Juan le lanza un golpe con el atizador hiriendo al cura rasgándole la mejilla izquierda.

25

La herida que le propina Juan es muy profunda, bañando en sangre todo el lado izquierdo del rostro del cura. Al ver esa sangrienta escena, Marcos lanza un afeminado alarido y cae desmayado al suelo. El sacerdote se aprieta fuerte la herida con la mano izquierda y lanza una amenaza al niño:

—¡Me las pagarás, maldito mocoso!

Juan se acerca para propinarle otro golpe con el fierro, pero esta vez Estela lo coge por el cuello y le dice con voz firme:

—¡Ya vámonos, Juan, no vale la pena!

El Sacerdote enfurecido lanza ahora una amenaza a Estela:

—¡Maldita bruja, me las pagarás tú también, te demandaré por lesiones dolosas y rapto de mis sobrinos!

Ya sin decir nada, Estela y los niños salen apresurados y corriendo llegan al auto para abordarlo pronto. Estela arranca el vehículo y se retira deprisa del sitio.

—¿Ahora que hago, que hago? —pensó para sí la angustiada Estela—.

Le vino entonces a la mente el sobre bancario que alguna vez le había dado ha guardar María.

—¡Demonios! —masculló entre dientes Estela—, el sobre está en mi habitación, en la mansión roja.

—¿Cómo le hago para entrar, cómo le hago? —se preguntó a sí misma la nana—.

Luego se le iluminó el rostro y chasqueado los dedos dijo en voz alta emocionada:

—¡Ya lo tengo, ya lo tengo!

Se dirigió a una cabina telefónica ubicada en una esquina, muy cercana a la mansión roja y dirigiéndose a los chicos les dijo volviendo a tomar aire fingiendo estar serena:

—Iremos a casa por sus cosas, quiero que se mantengan dentro del coche y guarden silencio, ¿comprenden?

Los chicos asintieron con la cabeza. Sale Estela del auto y del teléfono público se comunica a la mansión roja. Espera 26

un momento mientras se escucha el tono de llamado y luego contesta una de las sirvientas de la casa:

—Residencia de la familia Escobar.

Fingiendo la voz Estela, temiendo que la mayor parte de la servidumbre de la casa fuera cómplice de Teresa, le dijo a la empleada:

—Hablamos de la clínica para reportar el estado de la señora María Montesinos.

La sirvienta apresurada le dijo a quien llamaba:

—Espéreme un momento, ahora la comunico con la hermana de la señora María.

Corrió la sirvienta presurosa al cuarto de Teresa gritándole enseguida:

—¡Señorita, señorita, hablan de la clínica para algo de la señora María!

De adentro se escucha la voz de Teresa que le dice a la empleada:

—Aquí contesto, bájate pronto y cuelga la extensión.

Toma Teresa el teléfono y contesta:

—Habla Teresa Montesinos, ¿qué noticias tiene de mi hermana?

—Siento mucho decirle, señora Montesinos —dijo Estela fingiendo la voz—, que su hermana ha fallecido.

El rostro de Teresa se ilumina y fingiendo pesar le dice a quien le llama:

—¡Santo cielo, qué tragedia! Ahora mismo salgo para allá.

Sin más cuelga el teléfono gritando de alegría:

—¡Por fin, por fin!

En medio de su alegría reflexiona un momento, toma el teléfono y se comunica con su hermano Rigoberto.

Contesta iracundo su hermano a la vez que un médico le sutura la herida que la había provocado su sobrino y cuando escuchó que era Teresa la que llamaba le dice enseguida:

27

—Me hablas por los chicos ¿verdad?

—¿Los chicos? —le dice intrigada Teresa— ¿qué no están contigo? He hablado por teléfono con Armando y me ha dicho que tú los tenías.

—¡Con un demonio! —le gritó disgustado el cura—. ¡Tú no sabes nada!

—¿Qué he de saber, Rigoberto? —le dice desconcertada Teresa al cura, y éste le cuenta a su hermana—:

—Pues nada, que la mosca muerta de Estela ha raptado a los chicos y no sé nada de ella.

—Pues me importan un bledo los mocosos —le dice Teresa—. Te tengo una estupenda noticia. Figúrate, hermanito, que el plan que hicimos de drogar a la loca salió mejor de lo planeado.

—¿Por qué lo dices? —le preguntó el padre a su hermana—.

—Pues resulta, querido hermano —le responde Teresa—, que se nos ha muerto la loca.

—¿Me lo juras, en verdad eso es cierto? —le dijo emocionado el cura—.

—Claro que sí, Rigoberto —le responde Teresa—, ahora solo falta despacharnos a Armando para tomar posesión de toda la fortuna—.

—De eso hablamos luego —le dijo Rigoberto—, ahora, ve pronto a la clínica psiquiátrica, yo te alcanzo luego pues me tienen que curar una herida que me propinó tu maldito sobrino.

—¿Qué ha pasado? —le preguntó intrigada Teresa a su hermano—.

—Luego te cuento —le dice el cura a Teresa—, ahora ve rápido al manicomio a recoger los restos de tu adorada loca hermana.

Ambos rieron a carcajadas y colgando el teléfono Teresa se apresuró a ponerse ropa obscura. Salió de su cuarto, 28

bajó por las escaleras y desde la entrada de la casa llamó a gritos a Esteban, el chofer de la casa. Poco después llega corriendo el chofer, poniéndose el saco y fajándose los pantalones, habiéndose levantado de la cama pues ya era muy tarde.

—Ya era hora, Esteban —le reclama Teresa—, saca pronto el coche negro y te espero en el portón de la casa.

Estela, que esperaba en la esquina, observó cómo Teresa salía con el chofer de la mansión roja y murmura entre dientes:

—Mi plan de sacar de la casa a Teresa ha resultado.

Cuando vio que se alejaron, corrió presurosa a la casa y utilizando sus llaves, entró con sigilo. Ya adentro, subió rápido por las escaleras, entró a la habitación de los señores y de un enorme armario saca una gran maleta. Se apresura y corre al cuarto de Juan. Abre el armario y con un brazo coge la ropa que más puede y la mete rápido a la gran maleta. Luego corre y hace lo mismo en la habitación de la niña. Baja con dificultad las escaleras llevando la enorme maleta y se dirige ahora a su cuarto. De debajo de su cama saca una pequeña petaca, la abre y mete la ropa que más puede apretujándola en la pequeña maleta. Luego, de una pequeña caja saca dinero y lo guarda. Sale del cuarto y cuando se disponía a salir de la casa con todo y maletas, se frena en forma repentina diciéndose en voz baja y dándose un zape en la frente:

—La llave del banco, tonta.

Dejando las maletas en la puerta de la entrada, corre de nuevo presurosa a su cuarto y de un pequeño cajón de un escritorio saca el sobre sellado conteniendo la llave que le había confiado María. Guarda el pequeño sobre entre sus ropas y de nuevo sale a toda prisa. Al llegar a la puerta se topa de repente con Susana y al mirarse sorprendidas ambas casi se infartan.

29

—¡Pero qué susto me has metido, Susana! —le dijo Estela—. Pensé que era Teresa.

—¿Pero dime, que ha ocurrido? —preguntó angustiada Susana—.

—Pues tenías razón, Susana —respondió Estela—, el hermano de la señora María, Rigoberto, es un tipo muy raro y estoy segura que está coludido con Teresa para hacerle daño a mis niños y a su hermana.

—¿Y qué piensas hacer ahora? —le preguntó Susana—.

Tomando aire Estela le contestó a Susana:

—Pienso llevarme a los niños a una casa de campo que está a las afueras de la ciudad y esperar hasta que llegue su padre y le cuente todo lo ocurrido.

—¿Y tú que harás? —le preguntó Estela a Susana—.

Susana con cara muy asustada le respondió muy segura a Estela:

—Pienso largarme mañana mismo de esta maldita casa.

Luego de desearse suerte, ambas se despidieron. Estela sale pronto de la casa y se apresuró a llegar al auto, mete las maletas a la cajuela, aborda el coche y arrancando se aleja a toda prisa.

Por otro lado, llega Teresa a la clínica y le dice con ansia a la recepcionista que se halla en la entrada:

—Disculpe, señorita, me han llamado diciéndome que esta noche mi hermana ha fallecido.

La enfermera extrañada le contesta a Teresa:

—Le aseguro, señora que esta noche en esta clínica nadie ha fallecido.

—¿Está segura? —le pregunta molesta Teresa—. Consulte por favor los expedientes, mi hermana se llama María Montesinos.

30

La recepcionista con paciencia y mascando un chicle consulta los expedientes, luego llama por teléfono, se escucha que cuchichea y luego de colgar le dice a Teresa:

—Afortunadamente, señora, debe haberse tratado de una confusión, la dama a quien busca se haya dormida bajo el efecto de un sedante que le han aplicado y se encuentra en perfecta salud física.

—No puede ser —comenta en voz baja Teresa muy decepcionada—.

Luego, reflexionando un poco, grita luego enfadada:

—¡Maldita Estela! —sabiendo que la nana estaba detrás de todo aquello—.

Al escuchar el estruendoso grito de Teresa, el poco personal que se encontraba en recepción voltearon a verla extrañados. Teresa volteó a verlos y notoriamente apenada sale apresurada de la clínica. Enfurecida aborda su coche y le dice con voz firme al chofer:

—¡Rápido, regresemos a la casa lo más rápido que puedas!

El chofer tomó por una ancha avenida conduciendo lo más rápido que podía y por una rara coincidencia, Estela sobre la misma avenida pero en sentido contrario, pasa también apresurada con el coche que conducía y al verla Teresa ésta lanza un grito al chofer al ver huir a la nana:

—¡Es ella, es ella, da la vuelta y síguela!

—¿A quién, señora? —le pregunto desconcertado el chofer—.

—¡Da la vuelta, cretino y maneja hacia donde te indique!

—le contestó enfurecida Teresa—.

El chofer en forma repentina giró el coche y siguiendo las indicaciones de Teresa pronto da alcance al auto que conducía Estela. Estaban, reconociendo el automóvil le dijo a Teresa:

—Es el coche del señor Armando ¿no es cierto?

31

—Cállate, tú solo síguelos discretamente —le respondió malhumorada Teresa—.

Sin percatarse Estela que los venían siguiendo, hace parada en un pequeño supermercado. Bajó del auto y al dar apenas un par de pasos para dirigirse hacia la tienda, le dio un escalofrío por la nuca sintiendo que la miraban.

Volteó la cabeza y de inmediato reconoció al auto de Teresa. Rápidamente se metió de nuevo al auto y rechinando las llantas arrancó apresurada.

—¡Síguela, síguela! —le grito iracunda Teresa al chofer—.

Y empezó una persecución por la ancha avenida. Los niños a bordo del auto que conducía Estela le gritaban desconcertados:

—¿Qué pasa ahora, nana?

—¡Pónganse los cinturones, pronto! —les respondió Estela y a toda prisa trata de eludir a sus perseguidores—.

Empieza entonces una desenfrenada persecución por las avenidas casi vacías por las altas horas de la noche en que ocurría. A pesar del poco tráfico, Estela en su huida pasaba rozando y esquivando a los pocos vehículos que circulaban y de tras de ella, a solo unos metros, sus perseguidores también, casi chocando, no se separaban de ella. En un gran crucero donde atravesaba otra gran avenida el semáforo se pone en rojo y Estela, al cruzarlo como un bólido, esquivó apenas a un gran vehículo de carga que en ese momento y teniendo la luz verde empezaba a cruzar la otra avenida. No corrió con la misma suerte el auto de Teresa, pues el chofer se impactó de frente contra el costado del vehículo pesado quedando Esteban muerto al instante y Teresa mal herida. Estela, al ver lo que había ocurrido por el espejo retrovisor, frena enseguida y bajando del auto corre hacia donde había ocurrido tan espectacular accidente. Al acercarse se percata que se ha iniciado un fuego y como puede abre la 32

puerta posterior y con la ayuda del conductor del gran vehículo con el que había chocado, sacan a Teresa ensangrentada e inconsciente teniendo una de sus piernas prácticamente destrozada. La alejan tanto del sitio como pueden y en un instante explota el auto chocado volando en mil pedazos. Luego revisa Estela a Teresa y al percatarse que aún respiraba le dice al hombre que le había ayudado:

—Iré pronto a dar aviso de este accidente, por favor no deje a la señora sola hasta que llegue la ambulancia.

El conductor, respirando agitado y también muy asustado, le dice a Estela que no se moverá del sitio hasta que lleguen las asistencias médicas. Nuevamente corriendo Estela aborda el coche y llegando a una cabina telefónica da aviso del terrible accidente. Colgando el teléfono vuelve a subirse al auto. Los niños nuevamente asustados le hacen mil preguntas a Estela, pero ella, procurando no alarmar más a los pequeños, respira profundo y fingiendo tranquilidad sólo les dice:

—Tranquilos, pequeños, les prometo que pronto estarán dormidos en una cómoda cama.

Al llegar a media cuadra del accidente frena Estela y esta vez no baja del coche. Cuando ve que llegan dos ambulancias arranca el auto, pasa despacio junto a la mujer herida y se va luego tranquila al ver que atendían a Teresa. Condujo la nana por la autopista México-Pachuca, viendo constantemente el espejo retrovisor para ver si alguien la seguía. Al llegar a la ciudad de Pachuca, ubicada en el norte, a solo una hora de la ciudad de México, tomo luego un sendero que la condujo a un pequeño pueblo llamado Real del Monte, dejando su auto estacionado frente a una pequeña y hermosa casita ubicada en las orillas del pueblo. Una vez habiendo llegado, Estela voltea al ver a los niños, y al ver que se encuentran 33

dormidos, los carga de uno por uno llevándolos a una habitación de la pequeña casa metiéndolos a una de las camas. Estela se desviste, se pone un pijama y se mete en la otra cama, muerta de cansancio diciéndose en voz baja:

—Mañana veremos lo que hacemos, mañana veremos lo que... —quedando profundamente dormida—.

Aquella había sido una noche en verdad terrible y movida, sin embargo solo era el principio de todo lo que vendría.

34

35

CAPÍTULO 2

n repentino golpe en la puerta de la iglesia donde se U halla Juan y su tío irrumpe el silencio. Juan sorprendido, se pone pronto de pié y amordaza de nuevo al padre.

Busca entre las ropas del cura y saca del bolsillo de su pantalón unas llaves. Juan voltea a ver el reloj y ve que son las 2 de la tarde. Suponiendo que es gente que quiere oír misa, se tranquiliza un poco y espera un momento.

Pronto se escucha otro golpeteo en la puerta, pero esta vez más fuerte. Exaltado y sin saber que hacer, mira a su tío y le dice en voz baja:

—Creo que se ha adelantado tu hora.

Coge la afilada hacha acercándosela a la cara de su tío.

Luego la levanta y amenaza con dar un hachazo con la parte gruesa de la herramienta a la testa del cura, poniendo éste ojos desorbitados gimiendo impotente ante lo aparentemente inevitable. Juan se le queda mirando al cura, baja el hacha y dando un paso atrás le dice en voz baja:

—Aún no has terminado de pagar tus culpas, maldito.

De nuevo, con insistencia, se escucha que llaman a la puerta. Juan toma aire y sale del sagrario, se dirige a la puerta y de nuevo se escucha que tocan muy fuerte. Esta vez Juan le grita al que llama fingiendo voz de anciano:

—¿Qué se le ofrece?

Del otro lado de la puerta se escucha una firme voz que contesta:

—Soy el comandante Octavio Santamaría de la policía judicial, busco al padre Rigoberto Montesinos.

El corazón de Juan late en forma acelerada diciendo en voz baja:

—¿Qué hago, que hago?

36

Lo primero que le viene a la mente es decir:

—El padre Montesinos no se encuentra, salió a otro pueblo para un servicio religioso y dejó dicho que regresa hasta mañana, dígame por favor a que ha venido y yo le doy el recado al cura.

—¿Quién es usted? —se escuchó reclamante el que tocaba—.

—Soy el sacristán —le respondió Juan con voz temblorosa—.

—¿Por qué no me abre la puerta? —preguntó el comandante—.

Luego de un breve silencio Juan le contesta:

—Es que el padre me ha castigado dejándome encerrado.

Juan hace de inmediato un ademán de disgusto por haber contestado semejante cosa, cerrando fuerte los dientes y golpeándose la frente con el puño cerrado.

—¿Cómo

que

castigado?

—preguntó

intrigado

Santamaría—.

—Pues castigado, castigado, no estoy, mas bien cumplo una penitencia —le contestó Juan tratándose de sacar la espina—.

—Bueno —dijo el comandante no muy convencido—, le dice al padre que vine para citarlo para una declaración que tiene que hacer en la comandancia debido a una investigación que se está llevando a cabo.

Luego de una breve pausa continuó diciendo:

—Dígale que es un asunto urgente y que me llame en cuanto llegue.

Por debajo de la puerta el policía deslizó una tarjeta con sus datos. Juan se agacha y la recoge.

—Yo le doy su tarjeta al cura en cuanto llegue y le paso su recado —le dice Juan aún detrás de la puerta y para acelerar la despedida de ese entrometido le dice enseguida—, buenas tardes, hasta luego.

37

De afuera se escucha también la despedida y unos pasos que se alejan. Por fin Juan se relaja y resopla aliviado.

Regresa al sagrario y quitándole la mordaza al padre le pregunta:

—¿Conoces a un tal comandante Santamaría?

—No conozco a dicha persona —le respondió Rigoberto—.

—En qué líos andarás metido, pinche cura —le dijo burlonamente Juna a su tío—.

—Por amor de Dios, Juan —reclamó el sacerdote—, ya he recibido suficiente castigo, suéltame y juro no decir nada.

—¡Nada de eso! —replicó Juan disgustado—. Te harían falta cien dedos para pagar tus pecados.

Juan tomó de nuevo asiento y jugueteando entre los dedos con la tarjeta que le había entregado el comandante Santamaría, continuó recordándole al padre todo lo que había vivido.

Despierta Estela en su casa de campo siendo las 9 de la mañana y observa que aún duermen los niños. Toma asiento frente a una pequeña mesa y de su bolso saca el sobre sellado conteniendo la llave bancaria. Rompe el sello del sobre y de su interior extrae una tarjeta y la llave.

En dicha tarjeta se halla escrito el nombre del banco, su ubicación y un número, que es la clave secreta de la cuenta de la caja de seguridad. Memoriza la dirección del banco, el número de la cuenta y luego acerca un cenicero, prende un cerillo y quema la tarjeta. La pequeña llave la inserta en una cadena que lleva siempre consigo colgada al cuello con una medalla del Sagrado Corazón. Se cuelga la cadena al cuello y guarda la medalla y la llave bajo su ropa a la vez que murmura volteando a ver a los niños:

—Ayúdanos, Dios mío.

38

Consulta su agenda y marca el teléfono que se encuentra sobre la mesa. Del otro lado de la línea contesta Armando, el padre de los niños, quien muy alterado le dice a Estela:

—¡Por amor de Dios, Estela! ¿Dónde están mis hijos, Estela?

La nana de inmediato tranquiliza a ese afligido hombre diciéndole en tono suave:

—No se preocupe señor, los niños están conmigo y perfectamente bien.

—Comunícame con ellos —le dice Armando a Estela—.

—Lo siento, señor —le dice la nana—, los he dejado dormir porque anoche la hemos pasado muy mal y están rendidos.

—¿Por qué has huido con ellos? —le preguntó intrigado Armando, y sin dejar que hable Estela, le hace de inmediato otra pregunta— ¿y por qué no los dejaste con Rigoberto?

—No sé cómo decirle señor —le dice titubeante Estela—.

¿Usted conoce bien al padre Rigoberto?

—¿Por qué lo dices? —le contesta con otra pregunta Armando a Estela—.

—Temo decirle, señor —le respondió esta vez muy segura la nana—, que su cuñado tiene mañas muy raras y considero muy peligroso dejar a los niños a su cuidado.

—Estoy seguro que es una suposición tuya, Estela —le contestó Armando—.

—¡No, señor, lo que le digo es verdad! —en forma rotunda le contesta Estela—. De buena fuente me he enterado que el padre Rigoberto ha abusado de menores y es más, vive con él un chico homosexual.

Hubo un silencio del otro lado de la línea y luego Armando le pregunta con voz más calmada:

—¿Dónde se encuentran en este momento?

39

—En una pequeña casa de campo —le contestó Estela—, a las afueras de la ciudad.

—Quédate tranquila —le dijo Armando a Estela—, no quiero que lleves a los niños con su tío, iré para allá por ustedes lo más rápido que pueda.

Luego Armando le hace otra pregunta a Estela:

—¿Te has entrado del accidente que sufrió Teresa?

—Yo misma lo he presenciado —le respondió la nana—.

—¿Cómo? —le dice Armando sorprendido a la nana y le pregunta luego—: ¿Hay relación entre tu huida y el accidente que ha sufrido Teresa?

—Luego le cuento señor, es una larga historia —le dice Estela—, lo que ahora le puedo decir señor es que su cuñada es una arpía y si le ha ocurrido ese accidente le aseguro que ella misma se lo ha buscado.

En eso, despierta Julieta y al ver a Estela hablando por teléfono de inmediato adivina que es su padre el que está detrás de la línea gritando emocionada:

—¡Es papito, es papito! ¿Verdad, nana?

Estela sonríe y le da la bocina a la niña. De inmediato la niña le dice a su padre:

—¡Papito! ¿Cuándo vienes? Te extrañamos mucho.

Quebrándosele la voz Armando le ruedan dos lágrimas por las mejillas y le dice a la niña:

—Chiquita de mi corazón, ya pronto estaré con ustedes, te lo prometo.

Al decir eso se le hizo un nudo en la garganta pues se le estrujaba el corazón al escuchar a su pequeña hija tan angustiada.

—Te mando muchos besos, chiquita —le dice Armando a su hija—, despierta a tu hermano y dile que quiero hablar con él.

—Si, papito —le dice la niña a Armando —, ahora te paso a Juanito.

40

La niña corre a la cama y despierta emocionada a su hermano diciéndole enseguida:

—¡Juan, Juan, te llama papá por teléfono!

Aunque estaba profundamente dormido, al escuchar Juan que su hermana le dice que es su padre quien le llama, se levanta aún casi dormido y pronto coge la bocina.

—Hola papá, soy Juan, por favor dime ¿cuándo vienes? —

pregunta el pequeño—.

—Primero dime ¿cómo estás campeón? —le pregunta su padre emocionado—.

—Bien, papá —le responde el niño—, pero estoy muy triste por lo que le pasó a mamá.

Y luego le preguntó Juan nuevamente muy inquieto e impaciente a su padre:

—¿Cuándo vienes, papá, cuándo vienes?

—Te prometo hijo que haré hasta lo imposible para estar pronto con ustedes —le contestó su padre—, por lo pronto eres el hombre de la familia y quiero que te portes bien y cuides a tu hermana, ¿de acuerdo?

—Si papá, no te preocupes —le contestó muy seguro el niño—, yo cuidaré a Julieta y a mi nana.

—Muy bien, campeón —le dijo Armando—, ahora comunícame con Estela.

Estela le da la dirección en la cual se ubica su pequeña casa de campo, diciéndole cómo llegar a ella:

—Estoy a una hora de la ciudad señor, en un pueblo llamado Real del Monte. Mi casa está a la salida del pueblo junto a una vieja mina, y es de color anaranjado con tejado rojo.

Una vez que le dio las indicaciones de cómo llegar a su casa, se despidió de Armando, diciéndole éste, que como se encuentra en el extranjero, llegaría por ellos hasta el día siguiente. Julieta, feliz por la llamada de su padre, le pregunta a Estela enseguida:

41

—¿Cuándo viene papá nana, cuándo viene?

Estela le sonríe y le contesta a la niña:

—Muy pronto, mi niña, yo creo que a más tardar el día de mañana.

—¡Qué bueno, nana, qué bueno! —le responde entusiasmada Julieta—.

Luego de la emoción de haber hablado con su padre, Julieta miró extrañada la casa en que se encontraban preguntándole intrigada a Estela: