La mansiòn roja por Lobo Rabioso - muestra HTML

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—¿Dónde estamos, nana?

—Estamos en mi casa, Julieta —le respondió Estela—, que también es la de ustedes

—Ah —solo dijo la niña, para preguntar luego—: Oye, nana ¿y qué es eso de “Real del Monte” que le dijiste a papá por teléfono?

—Real del Monte es un antiguo pueblo minero —le respondió la nana—, en el que estamos ahora y actualmente vive del turismo pues es muy hermoso.

—Que bonito —dijo la niña—, pues ese nombre me suena a un cuanto de hadas.

A esa misma hora en que Estela conversa con Julieta, el padre Rigoberto se halla frente a la cama de Teresa, quien se encuentra dormida en el hospital aún inconsciente luego del grave accidente. Rigoberto mira fijamente el muñón de lo que ha quedado de la pierna de Teresa, preguntándose en voz baja muy preocupado:

—¿Cómo le digo que perdió una pierna?

Entra a la habitación una enfermera y el cura pronto le pregunta cuándo despertará su hermana. La enfermera toma una pequeña linterna, la prende y entreabriendo el ojo de Teresa pasa la luz entre los párpados para ver su pupila. Se incorpora la enfermera y le contesta al cura:

—Yo calculo que despertará en menos de media hora.

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Y al mirar la mejilla herida del cura, que estaba cubierta con una gasa le pregunta sorprendida:

—¿Usted también estuvo en el accidente en el que se lesionó esta señora?

Irritado Rigoberto le contestó a la enfermera:

—Eso es cosa que a usted no le interesa, haga el favor de retirarse.

La enfermera barrió con la mirada al cura y salió disgustada. Rigoberto toma asiento en un sillón cercano a la cama y espera a que su hermana despierte. Sin dejar de mirar el muñón vendado, reflexiona un poco, se incorpora y lo cubre con la sábana, luego vuelve a tomar asiento.

Conociendo el carácter iracundo de Teresa, le preocupa cómo reaccionará ante el hecho de haber perdido un miembro. No pasó más de media hora cuando se empieza a quejar Teresa. Rigoberto se pone de pié acercándose a la cama. Al abrir lo ojos Teresa empieza a ver a su hermano ahí de pié junto a la cama.

—¿Dónde estoy? —le preguntó con voz ronca a su hermano y le pregunta de nuevo— ¿Qué me ha pasado?

El padre toma la mano de su hermana y le dice en voz baja:

—Tranquila, Teresa, tranquila, lo peor ya ha pasado.

—¿Pero dime, que me ha ocurrido? —le preguntó esta vez irritada Teresa—.

—¿No recuerdas nada? —le dice extrañado Rigoberto a Teresa—.

Meditando un poco, tratando de hacer memoria, recuerda todo lo ocurrido lanzando un fuerte grito:

—¡Maldita Estela, maldita Estela!

Al tratar de salir de la cama, pronto nota la ausencia de su pierna derecha. Sorprendida trata de tocar su pierna y solo encuentra un muñón arriba de donde estaba su rodilla. Esta vez lanza un fuerte alarido a la vez que grita enfurecida: 43

—¡Maldita, Maldita Estela, me las pagarás todas juntas!

Al escuchar tanto alboroto llegan corriendo a las escenas varias enfermeras y solo reciben insultos y golpes de la iracunda señora. Su hermano trata de controlarla, pero es inútil, Teresa se encuentra totalmente alterada en un ataque de histeria. Poco después llega un médico y al ver todo lo que ocurría pregunta enfadado:

—¿Pero que pasa aquí, señores?

La enfermera le explica que la señora se encuentra en histeria por haber descubierto que le han amputado la pierna. El médico pronto da instrucciones y luego de sujetarla con fuerza le aplican de inmediato un sedante. Se tranquiliza Teresa y en vez de iracundos gritos, solo quedó un débil sollozo:

—Maldita Estela, maldita Estela...

El padre le pregunta al médico cuándo se podrá llevar a su hermana a lo que el galeno le responde que solo estará ahí dos días, pero que debe atenderse psicológicamente pues perder un miembro causa un enorme choque emocional a cualquier paciente. Pensando Rigoberto en su otra hermana, María, teme que corra la misma suerte a Teresa.

El cura pone una mano sobre el hombro del galeno y dando unos pasos lo saca de la habitación de Teresa y le comenta en secreto:

—Debo comentarle doctor, que tenemos una hermana esquizofrénica y violenta la cual está recluida en un hospital psiquiátrico y tengo miedo que mi otra hermana, la que acaba de ver, sufra de lo mismo.

—Desgraciadamente —le dijo el médico al cura—, la esquizofrenia es altamente heredable y tanto usted como su hermana tienen alta probabilidad de ser propensos a padecerla, a veces, cuando se tiene la tendencia hereditaria de padecerla, episodios traumáticos, como el que acaba de sufrir su hermana, son factores desencadenantes de la 44

esquizofrenia. —Y concluyó el médico—: Le recomiendo, que tanto usted como su hermana, los valoren periódicamente un psiquiatra por aquello de las dudas.

Despidiéndose el médico, dejó pensativo a Rigoberto. Al ver en ese estado a su hermana y tocándose su propia herida en la mejilla, pone ojos de odio y por su mente pasan las imágenes de Estela y sus sobrinos. Toma de nuevo asiento frente a la cama de su hermana y murmura en voz baja:

—Me las van a pagar malditos, juro por Dios que me las pagarán todas juntas.

Estela, por precaución, no sale de su casa de campo quedándose encerrada con los niños, pidiendo por teléfono a un pequeño restaurante cercano les lleven todos los alimentos. Pasa tranquilo el día domingo y el lunes a medio día tocan fuerte la puerta de la casa. Estela exaltada contiene el aliento a la vez que les indica a señas a los niños que guarden silencio. Vuelven a tocar a la puerta y esta vez se escucha una voz fuerte que pregunta:

—¿Estás ahí, Estela?

De inmediato tanto Estela como los niños reconocen la voz de Armando y los pequeños gritan de alegría corriendo pronto a la puerta a abrirle a su padre.

—¡Papito, papito, por fin has venido! —gritaban felices los niños—.

Es un encuentro emotivo, con mil besos y abrazos que hace emocionar a Estela, quien llora de alegría. Llorando también Armando les dice a los pequeños:

—Les prometo nunca más estar lejos de ustedes.

Luego ya más tranquilos, todos toman asiento y empiezan a charlar sobre lo sucedido. Estela preocupada le pregunta a Armando:

—¿Y ahora que hacemos señor?

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—Empaquemos sus cosas y regresemos a la mansión roja

—respondió muy seguro Armando—.

—¿Y Teresa, dónde se encuentra? —le pregunta angustiada Estela—.

—No te preocupes —le dice Armando tranquilo a la nana—, ella se encuentra aún en el hospital y cuando la den de alta le he pedido a Rigoberto que se la lleve a su casa y de hecho ya se han llevado todas sus pertenencias.

Luego Estela le cuenta a Armando todas las humillaciones que la malvada de Teresa les hacía a sus hijos y que si antes no le había comunicado tal cosa, era para no crear más conflictos en la familia. Luego reflexionando un poco Estela le comenta a Armando:

—Ahora que lo pienso, don Armando, sospecho que Teresa no le daba a su esposa las medicinas que necesitaba.

—¿Por qué piensas tal cosa, Estela? —le pregunta Armando a la nana—.

—Me resulta muy sospechoso —le comentó Estela—, que las medicinas que le daba no le hacían ningún efecto, al contrario cada vez que las tomaba se ponía peor.

Armando reflexionó un poco y le aseguró a Estela y a los niños que nunca más pisaría la mansión roja la tía Teresa y menos su hermano Rigoberto. Luego empacan sus cosas y parten a la mansión roja. El día martes por la mañana Estela despierta a los niños para que se vistan y vayan a la escuela. Los lleva personalmente Armando acompañado de Estela a la escuela y al llegar pide hablar con la directora. Armando le dice a la directora en forma rotunda que no les entregue a los niños más que a él y a Estela. La directora le dice que no se preocupe, que solo a ellos les entregarán los niños. Ya tranquilo por ese delicado detalle, Armando sube al auto con Estela. Estando en el auto Armando le dice a Estela que irá a visitar a su esposa para 46

que le reporten su estado. Estela le pide que también la lleve a ver a su patrona aceptando Armando con agrado.

En el trayecto Estela acaricia la medalla que siempre trae colgada al cuello y al mirar la lleve bancaria reacciona un poco alterada y le comenta a Armando:

—Con tanto alboroto se me había olvidado comentarle algo muy importante señor.

—¿Qué pasa Estela? —le pregunta intrigado Armando—.

—Hace unos meses —le cuenta Estela—, su esposa me dio a guardar una llave bancaria diciéndome que la utilizara en caso de urgencia y aquí la tengo conmigo.

Y al intentar quitarla de la cadena que lleva colgada al cuello para entregársela a Armando, éste le dice:

—Consérvala tú Estela y yo te digo la misma cosa, úsala en caso de emergencia.

Estela sonríe y solo le contesta:

—Gracias por su confianza, don Armando —guardando la medalla y la llave entre su ropa Estela—.

Al llegar a la clínica psiquiátrica pide Armando hablar con el médico que está tratando a su esposa y luego de una breve espera llega apresurado el doctor encargado del caso:

—Buenos días, señor Escobar, soy el Dr. Rafael Bustamante —saluda el médico dándole la mano a Armando y continúa diciendo—: El estado mental de su esposa es sumamente delicado y...

Armando lo interrumpe y le dice:

—Tengo antes que informarle que tenemos la sospecha de que alguien ha alterado los medicamentos de mi esposa y posiblemente le han dado algo que le ha precipitado su locura.

—Eso explicaría muchas cosas —reflexionó el médico acariciándose la barba—. Le realizaremos a su esposa una serie de análisis en busca de sustancias extrañas.

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—¿Cuánto tiempo tardaran en dar el resultado de esas pruebas? —le pregunta ansioso Armando al galeno—.

—No más de cuatro horas —le contesta el médico—.

—Proceda doctor —le dice Armando—, aquí esperamos el resultado.

El Dr. Bustamante le dice que tan pronto los obtenga se lo informará de inmediato y dando la media vuelta va presuroso a realizar dichas pruebas. Armando y Estela esperan pacientes el resultado de las pruebas y luego de cuatro horas llega de nuevo el médico con los resultados de los análisis. Preocupado el médico le comenta a Armando:

—Tenía razón, señor Escobar, encontramos en el sistema de su esposa diversos tipos de anfetaminas e incluso cocaína.

Armando se coge la cabeza, da media vuelta y dice en voz baja:

—No puede ser, su propia hermana, ¿cómo es posible tanta maldad?

Luego se acerca al médico y le pregunta:

—¿Qué consecuencias tendrán esas drogas en la salud mental de mi esposa?

—Desgraciadamente —le dice el médico—, a estas alturas los daños causados por esas drogas, aunadas al propio padecimiento de su esposa, la esquizofrenia, nos hacen indicar que las secuelas mentales podrían ser permanentes.

—¡No puede ser, Dios mío! —llora desconsolado Armando llevándose las manos al rostro—.

Luego toma aire y le hace otra pregunta al galeno:

¿Podríamos fincar responsabilidad a la persona que le suministraba sus medicamentos?

—Sin pruebas contundentes es difícil probar semejante cosa —le dijo Bustamante a Armando—, si hubo mala fe al darle esas sustancias, la persona responsable podría 48

decir que era su esposa la que se automedicaba esas drogas, pues la única testigo de ello es su propia esposa y dado su estado mental su testimonio no tendría la menor credibilidad.

—¿Tan mal se encuentra doctor? —le pregunta Armando al médico—

—Me temo, señor mío —le responde Bustamante—, que su esposa está totalmente disociada de la realidad, o sea, se ha encerrado mentalmente en sí misma y dicho estado me temo es irreversible.

Al ver el médico a Armando y a Estela tan angustiados, hizo una pausa y reflexionando un poco les continuó diciendo:

—Podría existir la remota posibilidad de que en un futuro se desarrollen nuevos medicamentos que puedan controlar la forma de esquizofrenia que padece su esposa, pero, quien sabe, no les puedo asegurar nada.

—¿Puedo verla, doctor? —le preguntó Armando al médico abrumado por esa mala noticia—.

—Por supuesto —le contestó el psiquiatra—, pero debo advertirle que es muy probable que no lo reconozca y tal vez se ponga violenta.

Lentamente el Dr. Bustamante, Armando, Estela y un corpulento enfermero caminan por un largo pasillo. Al llegar a la habitación de María el enfermero abre la puerta con una llave. Pasa primero el médico y entrecierra la puerta. Sale y les indica que pasen dando instrucciones al enfermero de que si escucha algo extraño entre rápido a darles ayuda. María se encuentra sentada en una mecedora tejiendo un suéter rojo meciéndose tranquila y tatareando muy quedo una melodía. Se acerca Armando a ella e hincándose le dice con voz suave:

—¿Cómo estas, María?

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María lo mira extrañada y empieza a mecerse más fuerte.

Tan extraña es esa mirada, que le causa temor a Armando parándose rápidamente. María pone cara de enfado y le dice a Armando:

—¡Tú nunca estás, tú nunca estás, tú nunca estás...!, —

diciendo eso cada vez más fuerte—.

El Dr. Bustamante de inmediato llama al enfermero, este llega apresurado y sujeta a María. El médico saca del bolsillo de su bata una jeringa y una ligadura, esta última se la coloca en el brazo, inserta la aguja de la jeringa en la vena, retira la liga y de inmediato le administra algún sedante. Pronto se tranquiliza María y cómo si nada hubiera ocurrido toma su suéter rojo y lo sigue tejiendo.

Siendo testigo de todo su fiel asistente Estela, ésta llora copiosamente en silencio al ver esa triste escena. Armando pasa su mano sobre el hombro de Estela y también llora en silencio. Se retiran de la habitación y cuando caminaban de regreso por el largo pasillo Armando le dice al Dr.

Bustamante:

—Le suplico me tenga informado del estado de mi esposa.

Por los gastos no se preocupe, no escatime en darle a mi esposa lo que necesite.

El médico asiente con la cabeza y luego de despedirse Armando y Estela salen del edificio. Abordan en silencio el auto y cuando van de regreso a su casa Armando le comenta a Estela:

—Cuanta razón tenías, Estela, al decir que la malvada de Teresa se merecía ese terrible accidente, lo peor de todo es que no le podemos probar nada, han vaciado por completo su habitación y cualquier evidencia de su culpa ha desaparecido.

—No se preocupe, señor —le dice Estela—, la misma vida se la ha cobrado muy caro. Ahora hay que cuidarnos de sus represalias.

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Armando para tranquilizarla le dice a la nana:

—No te preocupes, Estela, he contratado un equipo de guardaespaldas que velará por la seguridad de los niños y la tuya.

Efectivamente, Armando sin escatimar gastos, puso a personal de seguridad para cuidar a su familia y además convirtió a la mansión roja en una verdadera fortaleza reforzando todas sus puertas y enrejando las ventanas.

Pasan unos días y la familia, sin María, tratan de volver a la normalidad. Un domingo tranquilo la familia se halla desayunando por la mañana en el hermoso jardín de la casa. Comentan de cosas cotidianas, como asuntos de la escuela de los niños, arreglos que necesita la casa, de lo sabroso que está el desayuno y otras cosas sin importancia.

Cuando terminan de desayunar los niños piden permiso a su padre para levantarse e ir a jugar al jardín. Su padre sonriendo les dice:

—Les doy permiso solo si me dan un enorme abrazo.

Se paran los niños y ambos de cada lado le dan un gran abrazo y luego presurosos corren a retozar en el enorme jardín de la mansión roja. Se quedan platicando Armando y Estela en la mesa mientras la servidumbre retira los platos de la misma. Cuando se retiran los sirvientes Estela se le queda mirando a su patón y le dice con cara intrigada:

—Hace mucho que quiero saber una cosa, pero no había tenido oportunidad de preguntarle algo.

—¿De qué se trata, Estela? —le pregunta Armando, para decirle luego—: Soy todo oídos.

Estela le responde:

—Me he preguntado siempre, don Armando… —hace una pausa y luego lo cuestiona—, ¿por qué no tiene usted ningún pariente?

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De repente Armando cambia la alegre expresión que tenia en el rostro por una de tristeza y melancolía. Después de un gran suspiro le contesta a Estela:

—Pensé que mi esposa, siendo tu gran amiga, te había contado mi triste historia.

—Lo siento, señor —le respondió Estela— jamás abordamos ese tema.

Armando le cuenta entonces a Estela la enorme tragedia que le ocurrió en el pasado a toda su familia.

—Hace veinte años —empezó a contarle Armando a Estela—, cuando yo tenía solo 10, mí abuelo había triunfado en los negocios con sus almacenes de lujo aquí mismo y en el extranjero. Tal había sido el éxito de sus negocios, que mi abuelo se había vuelto uno de los hombres más ricos del país.

Luego de sorber un poco de café, Armando continuó contando:

—Para festejar dicho éxito mi abuelo, también llamado Armando Escobar, invitó a toda mi familia a un crucero de 3 meses que partiría desde América hasta las islas griegas y luego de regreso. A dicho viaje literalmente íbamos toda la familia, mis dos padres, mis dos abuelos paternos, mi abuela materna, tres tíos: dos hermanos de mi padre, ambos con sus esposas, una hermana de su madre y por último, cuatro primos de aproximadamente mi misma edad. Aquel viaje fue fantástico e ilustrador para mí, pero cuando la embarcación en la que viajábamos venía de regreso por el Atlántico, nos sorprendió una gran tormenta y el enorme navío naufragó en forma repentina, quedando solo unos pocos sobrevivientes, yo entre ellos.

A estas alturas de su narración a Armando se le quebraba la voz, pero continuó diciendo:

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—Absolutamente toda mi familia murió ahogada. Todo lo sucedido fue un impacto brutal para mí, quedando solo en el mundo pero con una descomunal fortuna.

Luego, con lágrimas en los ojos Armando se tranquilizó un poco y le siguió contando a Estela:

—Siendo menor de edad, mis bienes fueron administrados por una albacea, pues mi padre afortunadamente ya había formulado su testamento. Durante mi niñez viví bajo el cuidado de una familia adoptiva que constaba de un par de ancianos, quienes ya han fallecido y un muchacho nieto de ellos llamado Arturo, que tiene mi misma edad y al que quiero mucho, siendo mi único amigo de la infancia y actualmente se halla en el extranjero.

Armando, al narrar toda esa tragedia ocurrida en su infancia, bajó la cabeza no pudo contener el llanto y Estela poniéndole la mano en el hombro le dijo apenada:

—Perdóneme, don Armando, por haberle hecho recordar toda esa tragedia.

—No te preocupes, Estela —le contestó Armando—, a veces me hace bien desahogarme un poco.

Luego Armando enjugando sus lágrimas con un pañuelo trató de sonreír diciéndole a la nana:

—A ver, Estela, ahora cuéntame algo de tu vida.

Estela le empezó a comentar que ella también era sola en el mundo, pues fue huérfana desde su nacimiento. Le contó que vivió hasta los dieciséis años en un orfanato y luego fue adoptada por un matrimonio de buenas personas, quienes le dieron mucho cariño y pagaron sus estudios universitarios hasta convertirse en pedagoga. Los padres adoptivos de Estela también ya habían fallecido, heredándole esa casita de campo en la que se había refugiado con los niños hacia unos días. Habiéndose desahogado ambos al contar sus tristes historias, Armando 53

ya más tranquilo, volteó a ver a los niños al escuchar sus alegres gritos y esta vez sonriendo le dijo a Estela:

—Qué te parece si vamos a una tienda de mascotas y les compramos un perro a los niños.

—Qué buena idea, don Armando —le contesta Estela—, así los niños tendrán un nuevo compañero de juegos a la vez un guardián que los cuide.

—¡Juan, Julieta, vengan pronto, les tengo una sorpresa! —

les gritó Armando a sus hijos—.

Voltean los niños y al escuchar que los llama su padre llegan corriendo preguntando intrigados:

—¿Qué es papito, qué es?

—¿Les gustaría tener un nuevo amigo? —les pregunta su padre sonriendo—

—¿Quién,

quién?

—preguntan

ambos

chicos

entusiasmados—.

Su padre les contesta a la vez que le hace cosquillas a Julieta:

—Un peludo amiguito que les ladre, juegue con ustedes y también los cuide. ¿Qué les parece?

—¡Ya sé! —dice emocionada Julieta— ¡Un perrito, un perrito!

Su padre les dice que se preparen para salir y los chicos corren apresurados a cambiarse pues aún tenían los piyamas puestos. Armando le ordenó al chofer que sacara el auto y todos fueron a una tienda de mascotas para elegir al nuevo amigo. Al llegar a la tienda de mascotas se dan a la tarea de escoger un perrito. No caminaron mucho entre las jaulas, cuando toda la familia se le quedó mirando a un preciosos dálmata de 7 meses quien al verlos pronto se paró en dos patas haciendo mil gracias.

—¡Éste, éste papito! —dijo entusiasmada Julieta—.

—¿Tú que opinas, Juan? —le preguntó Armando a su hijo, quien le responde de inmediato—: Este perrito está 54

perfecto, papá, hasta parece que trae puesta una pijama cómo la mía.

Armando volteó a ver a Estela y antes de que le preguntara nada, la nana dio su aprobación poniendo el pulgar de la mano derecha arriba y cerrándole un ojo.

—Ni una palabra más —dijo Armando—, éste será nuestro nuevo amigo.

Pidieron al dependiente que sacara al perro de la jaula y de inmediato éste se abalanzó cariñoso sobre Julieta y esta al abrazarlo casi no podía respirar de tantas lamidas que le daba el cariñoso canino en la cara. Se acercó Juan para acariciar al cachorro y este se abalanzó sobre él moviendo frenéticamente la cola y también llenándolo de lamidas.

Había sido ese encuentro amor a primera vista, siendo sin duda, la mejor mascota que pudieron haber encontrado.

Armando le preguntó al empleado lo referente a las vacunas del juguetón cachorro y el dependiente le informó que su programa de vacunación ya se había completado.

—¿Y cómo le pondremos a nuestro nuevo amigo? —les preguntó Armando a sus hijos—.

Luego de cuchichear un momento los niños se ponen de acuerdo y le contesta Juan muy seguro a su padre:

—Le llamaremos Júnior, por ser el más pequeño de la casa.

Estando todos de acuerdo con el nombre del recién bautizado, le compraron todos sus accesorios y también alimento y cuando Armando estaba pagando en la caja notó que Juan estaba exhorto mirando una pequeña jaula conteniendo un par de curiosos ratoncillos blancos haciendo piruetas en unos accesorios móviles que tenía la jaula por dentro. Se acercó Armando a Juan y le pregunta en voz baja:

—¿Te gustan esos ratoncitos, hijo?

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Juan volteó a ver a su padre, e iluminándosele el rostro le pregunta emocionado:

—¿Me los compras, papá?

—Desde luego que sí campeón, tendrás otros dos amiguitos.

Luego de pagar salieron todos felices de la tienda con Júnior atado a una correa y el par de ratoncillos blancos con todo y su curiosa jaula. En el camino Juan sonriendo le comenta a su padre:

—¡Gracias papá, este es el día más feliz de mi vida!

Regresando al presente, Juan en la iglesia frente a Rigoberto se pone de pie y le grita iracundo al oído:

—¡Maldito, maldito cura del demonio! Si ya tanto daño nos habías hecho, ¿por qué no dejaste las cosas como estaban y por qué, desgraciado, viniste a destruirnos luego?

Toma una de las ligas que había puesto en el escritorio y le pone un torniquete esta vez al meñique de la mano derecha del cura, quien grita desaforado:

—¡Ya mátame, maldito loco! ¡Sí, destruí a tu familia y no me arrepiento de ello, por eso ya mátame pero ya no me sigas torturando!

—¡Maldito cura, morirás hasta que no te quede un solo dedo! —le gritó Juan a Rigoberto—.

Tomó la afilada hacha y de un tajo le amputó el dedo ligado y esta vez no escurrió sangre de la herida. Luego de un fuerte grito del cura, Juan al mirar que la herida no sangraba le dijo sonriendo a Rigoberto:

—¿Ves? Ya estoy adquiriendo experiencia, pero de todas maneras, por si las dudas, ahí te va un poquito de cera ardiendo.

Tomó de nuevo el cirio prendido y derramando un chorro de cera en la herida, solo se escucho en la soledad del 56

recinto un espeluznante alarido. Juan de nuevo toma asiento y le vuelve a refrescar la memoria a su tío recordándole lo que luego vino.

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CAPÍTULO 3

uego de 2 meses, Rigoberto y su hermana Teresa se L hayan platicando en la lujosa estancia de la casa del primero siendo las ocho de la noche de un sábado tranquilo.

—He convocado a esta junta, hermanita —le dijo Rigoberto a Teresa—, para pensar muy bien cómo le haremos para deshacernos de Armando y así apoderarnos de toda su fortuna.

Teresa se nota irritada y molesta rascándose bajo la falda de un anticuado vestido el muñón de lo que quedó de su pierna amputada.

—No sé para qué citaste al primo Mauricio —le comentó Teresa al cura—, sabes que es un tipo arrogante y de cuidado, que no le tengo la mínima confianza.

—Precisamente por eso, hermanita —le respondió Rigoberto—, necesitamos a un tipo sin escrúpulos que nos ayude ha hacer el trabajo sucio.

—¿Y a que se dedica ahora nuestro ilustre pariente? —le preguntó Teresa a su hermano—.

—Has de recordar, Teresa —le respondió el cura—, que nuestro querido primo desde siempre ha sido bisexual. Y

aprovechando que es muy bien parecido, siempre ha vivido de sacarles dinero a señoras y señores mayores muy adinerados. Actualmente —siguió explicando el cura—, se ha especializado en caballeros, gay de closet, a quienes primero enamora y luego chantajea, obteniendo inmensas cantidades de dinero con ese jugoso negocio.

—Pues un delincuente de ese calibre —comentó Teresa—, creo que sí nos será útil para nuestros planes. Pero, a tu amigo Víctor Andrade, ¿para qué lo has convocado?

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Rigoberto sonrió sarcásticamente y le respondió a su hermana:

—Como bien lo sabes hermanita, nuestro querido amigo Víctor Andrade es psiquiatra, pero últimamente no le ha ido muy bien, dedicándose actualmente a vender recetas médicas de narcóticos a muy buen precio a todo tipo de adictos.

—Ya recuerdo —comentó Teresa—, al muy cobarde y a pesar de ser supuestamente psiquiatra, le dan pavor los pacientes violentos.

Y luego de reflexionar, le hace otra pregunta a su hermano:

—¿Y para qué queremos a un médico tan inútil y fracasado?

—Ya lo verás hermanita, ya lo verás —le respondió Rigoberto sonriendo—.

—Bueno —dijo Teresa—, iré un rato a mi habitación, en cuanto lleguen nuestros futuros socios me avisas y bajaré enseguida.

Rigoberto ayudó a su hermana a ponerse de pie y luego apoyándose en sus muletas subió ésta con parsimonia unas enormes escaleras. Rigoberto volvió a tomar asiento y dando un sorbo a una copa que estaba ya servida no esperó mucho tiempo a que se oyera que tocaran a la puerta. El propio Rigoberto se para y abre la puerta encontrándose con su viejo amigo, el Dr. Víctor Andrade. El médico recién llegado es de mediana edad, alto, con barba pero sin bigote y con un pedante aire de supuesta intelectualidad.

Rigoberto le saluda efusivo dándole un abrazo e invitándolo a pasar a la estancia. El doctor, al ver la herida ya cicatrizada en el rostro de Rigoberto, le dice sorprendido:

—Pero, Rigoberto, ¿qué te ha pasado en la cara?

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Tocándose la horrible cicatriz de su mejilla le contesta el cura a su amigo:

—Esta cicatriz tiene algo que ver con un asunto importante que vamos a tratar esta noche, ten un poco de paciencia, a su tiempo lo sabrás todo.

Luego de inmediato le sirve coñac en una enorme copa y éste la recibe complacido dándole de inmediato un sorbo pequeño. Para el Dr. Andrade todo es un misterio, pues no sabía nada de lo que se hablaría en esa noche. Rigoberto pronto lo pone al tanto de lo que traman diciéndole primero:

—Te he invitado esta noche querido doctorcito, para incluirte en un jugoso negocio.

—¿De qué estas hablado, Rigoberto? —pregunta intrigado—. Yo pensé que esta era una reunión de viejos amigos.

—Pues no, mí querido Víctor —le dice sonriendo el cura—. ¿Qué te parecería ganar en poco tiempo diez millones de dólares?

—¿Qué? —dijo de inmediato Víctor a la vez que tosiendo casi escupe el trago que le acababa de dar a su copa—.

Luego de toser un poco se tranquiliza y le pregunta sonriendo en son de burla a Rigoberto:

—¿Pues a quien tengo que matar, mi querido cura?

Se pone serio Rigoberto y acercándose a Víctor le dice en secreto al oído:

—Solo a mi cuñado y a un par de mocosos.

—¿Estas hablando en serio, Rigoberto? —le preguntó más que intrigado Víctor al cura—.

—Serénate, mi querido doctorcito —contesta el cura—, justamente esta reunión es para hablar de un fácil negocio que por desgracia implica quitar del camino a unos cuantos estorbos.

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Luego de mirar fijamente los ojos del mal galeno, Rigoberto le dice muy serio y sin titubeos:

—Piensa, mi querido Víctor, piensa. Te estoy hablando de diez millones de dólares para ti solo.

Víctor queda pensativo y luego de dar un gran trago a la copa que tiene en las manos, suspira fuerte y luego le dice a Rigoberto:

—A ver, en pocas palabras, dime ¿cuál sería mi participación en este asunto?

—No te me emociones, mi querido doctorcito —contestó sonriendo Rigoberto—, hay que esperar a que estemos todos reunidos para discutir este negocio.

Luego se pone de pié y le continúa diciendo a Víctor:

—Permíteme un momento, iré por mi hermana Teresa para dar inicio a nuestra reunión de negocios.

Se retira de la estancia dejando nervioso e inquieto e ese ambicioso galeno. Éste se levanta del sillón dirigiéndose a una cantina que esta en la estancia y se sirve una ración abundante de coñac en su copa. Toma de nuevo asiento y al poco tiempo suena el timbre de la casa. Baja de la escalera corriendo Marcos, el joven amante de Rigoberto y cuando ve a Víctor sentado lo saluda agitando la mano.

Luego abre la puerta y al reconocer a quien tocaba, le dice casi gritando emocionado de manera ostensiblemente afeminada:

—¡Ay, pero si eres tú, Mauri!

Era Mauricio Montesinos, primo de Rigoberto y Teresa.

Mauricio es un tipo alto, fornido, muy bien parecido, impecablemente vestido, con barba de candado y una cínica y siniestra sonrisa. De inmediato Marcos lo pasa a la estancia y Mauricio sonriendo saluda de mano a Víctor Andrade:

—¿Cómo estas, doc? Hace años que no te veía.

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—Lo mismo digo, Mauricio —le contesta el médico con hipócrita sonrisa sabiendo la clase de ficha que era ese tipo y luego le pregunta—: ¿Qué es de tu vida?

—Trabajando, mi doc, trabajando —le contesta Mauricio también con falsa sonrisa—.

Víctor se pone de pié y se dirige a la cantina, coge de arriba una gran copa y luego de servirle coñac se la ofrece a Mauricio. Luego de darle éste las gracias se escucha acerándose a la estancia un “clac, clac, clac...” y volteando ambos para ver de donde provenía ese curioso golpeteo, Víctor quedó atónito al ver a Teresa que venía caminando lentamente en muletas. Si antes Víctor había quedado intrigado de ver la cicatriz de Rigoberto, esta vez quedó boquiabierto al ver en esas condiciones a su vieja amiga.

—¡Por todos los santos, Teresa! —dijo Víctor muy sorprendido—. ¿Qué demonios te ha ocurrido?

—Luego te cuento, Víctor —le dice su amiga—, a su tiempo lo sabrás todo.

Mauricio no se sorprendió de ver así a su prima, porque ya estaba al tanto de todo desde hacia mucho tiempo y de hecho, ya había empezado a tramar la venganza que vendría en contra de la familia de Armando. Teresa toma asiento asistida por Víctor y no pasó más de un minuto en que se reuniera con todos ellos Rigoberto.

—Pues bien —empezó a hablar el cura—, primero pondremos al tanto de los más recientes acontecimientos a nuestro querido doctorcito, mi buen amigo Víctor.

Rigoberto le informó primero a Víctor cómo pusieron fuera de combate a su hermana María y todo lo que les había ocurrido al término de su complot. Hizo hincapié en la herida que le propinó su sobrino y cómo perdió la pierna su hermana. Luego le contó su intención de liquidar a Armando para apoderarse de su gran fortuna pues al no tener ningún pariente, salvo sus dos pequeños hijos, éstos 62

serían los únicos herederos. Interrumpió Víctor a Rigoberto diciéndole intrigado:

—Si logran eliminar a Armando ¿Qué pasará con sus hijos?

—Eso ya lo tenemos bien estudiado —le contesta muy seguro el cura—, siendo nosotros los únicos parientes de los mocosos quedaríamos como sus albaceas.

Luego no soportando la risa, soltó una carcajada y le continuó diciendo entre esa risotada:

—Cómo los mocosos son muy pequeños, tendremos mucho tiempo para deshacernos de ellos.

Se queda pensando muy serio Víctor y luego le dice a Rigoberto:

—Ahora que ya estoy enterado de todo, dime ¿dónde intervengo yo en este asunto?

Rigoberto dándole primero un gran trago a su copa le dice luego a Víctor:

—Muy sencillo, mi querido doctorcito. Cómo antes te había dicho, una vez que eliminemos a Armando, quedaremos nosotros como albaceas de los niños y también nos haremos cargo de ellos.

—¿Y luego? —preguntó alarmado Víctor—, no pensarás liquidarlos también a ellos, pues seria muy obvio y la policía pronto averiguaría todo.

—Tranquilo mi buen doc, tranquilo —le contestó Rigoberto a Víctor dándole una palmada en la espalda para continuar diciendo—: No pienso liquidarlos, sino simplemente quitarlos del camino.

—¿Cómo? —preguntó casi gritando Víctor—.

—Ahí es donde tú entras en este negocio —le dice Rigoberto a Víctor—. Siendo tu médico psiquiatra, certificarás que los mocosos heredaron la locura de su madre. Los mantendremos drogados y luego los 63

recluiremos para siempre en un manicomio, tomando posesión nosotros de toda la fortuna.

Se pone de pié Mauricio y aplaudiendo dice efusivo:

—¡Bravo, bravo, “señor obispo”, eres un genio!

Luego poniendo una sonrisa malvada, le pregunta a Rigoberto:

—¿De cuánto dinero estamos hablando primito, de dos, tres millones de dólares?

El cura da una fuerte risotada y luego le dice a su primo:

—Primero siéntate. Mauricio, te podrías desmayar de la impresión.

Toma asiento el malvado primo diciendo luego Rigoberto:

—Entre todos sus almacenes, propiedades, acciones de otras empresas y dinero en efectivo yo calculo que son, son... —quedó Rigoberto pensativo murmurando entre dientes y tocando uno por uno sus dedos de la mano derecha con el pulgar de la misma—.

—¡Ya habla, habla, nos tienes en ascuas! —reclamó Teresa—.

—Yo calculo que son, son, como quinientos millones de dólares.

Todos quedaron mudos con la boca abierta. Luego de la sorpresa que les causó saber esa enorme suma, Víctor vuelve a preguntar en voz baja:

—¿Y cómo nos despacharemos a Armando?

—Precisamente —contestó Rigoberto—, esta junta es para planear el asesinato de Armando, pues es la parte crucial del plan, pero la más difícil.

Participando esta vez Teresa comentó a los reunidos:

—He averiguado que a la mansión roja la han convertido en una fortaleza y cada uno de los miembros de la familia tienen guardaespaldas, así que resultaría muy difícil siquiera acercarnos a Armando.

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—Efectivamente hermanita —le dijo Rigoberto a Teresa—, tenemos que planear perfectamente primero cómo acercarnos a Armando y luego la forma de liquidarlo pareciendo un accidente para no crear sospechas.

Luego intervino de nuevo Víctor preguntando con impaciencia:

—Sí, ¿Pero cómo, cómo?

—No te preocupes, mi buen doc —le respondió Mauricio muy tranquilo—, yo ya he resuelto cómo infiltrarme en el círculo de don Armando.

Luego saca con calma un cigarrillo y en forma parsimoniosa lo enciende con un fósforo, prende el tabaco y agitando lentamente el cerillo lo apaga para depositarlo en un cenicero, Se acomoda en el sillón, cruza la pierna e inhalando el cigarro lanza una gran bocanada de humo.

Todos quedaron a la expectativa, hasta que Teresa impaciente le dice a su primo:

—¿Qué esperas, Mauricio? Ya habla.

—En estos días —les comentó Mauricio a los presentes—, me he dado a la tarea de contratar un investigador privado para averiguar todos acerca de su querido cuñado Armando...

Hace Mauricio una pausa para inhalar de nuevo su cigarro y lanzar el humo por la boca. Luego continúa esta vez riendo:

—Les tengo una gran sorpresa mis queridos socios...

Mauricio hace de nuevo una pausa no conteniendo la risa y esta vez Rigoberto le dice disgustado:

—¡Con un demonio, ya habla!

Mauricio dejando de reír se tranquiliza y continúa diciendo:

—Le he encontrado un talón de Aquiles a Armando que ustedes ni se imaginaban. Sabrán que su querido cuñado 65

viajaba constantemente y de hecho pasaba la mitad de su vida fuera de su casa ¿no es cierto? Yo he averiguado el motivo de tantas ausencias. Resulta que Armando llevaba una doble vida porque tenía un amor fuera de casa.

Todos quedaron sorprendidos con los ojos muy abiertos y al ver Mauricio esa expresión en los presentes les comenta sonriendo:

—Mas sorprendidos quedarán al saber quién era el amor de Armandito.

Nuevamente hace otra pausa para inhalar su cigarrillo y esta vez todos los presentes al unísono le gritan:

—¡Ya habla!

Mauricio reacciona de inmediato diciendo enseguida:

—¡Un hombre compañeros, un hombre! Su querido cuñadito es gay.

Todos rieron a carcajadas y Teresa agarrándose el estómago de tanta risa les comentó a los presentes:

—¡Ja, ja, ja, el muy santito, resultó ser homosexual, como tú Mauricio! —señalándolo con el dedo—. ¡Y como tú! —

señalando esta vez a Rigoberto—.

Ambos aludidos de sonora risotada, pasaron a expresión seria al oír lo que decía Teresa. Y ésta, al ver ese cambio en sus rostros, les dijo botada de la risa: