La sonata a Kreutzer por Leon Tolstoi - muestra HTML

TOME EN CUENTA: Esta es una vista previa en HTML y algunos elementos como enlaces o números de página pueden ser incorrectos.
Para la versión completa, descargue el libro en PDF, ePub, Kindle
LEÓN TOLSTOI

pero quedaban siempre tres personas que, como yo, habían subido

al coche en el punto de la partida del tren: una señora, ni joven ni guapa, cara consumida, con gorra en la cabeza, un paletó medio de

hombre, y fumando cigarrillos; su acompañante, de unos cuarenta años, portador de un equipaje flamante, muy arreglado y LA SONATA A KREUTZER

ordenado; finalmente, otro caballero que se mantenía a distancia, aún joven, pero con el pelo rizado prematuramente canoso, bajo de estatura, de ademanes nerviosos, con unos ojos muy brillantes que saltaban con rapidez de un objeto a otro. Llevaba un sobretodo usado pero hecho por un buen sastre, con astracán, y un alto

sombrero también de astracán. Bajo el sobretodo, cuando lo desabrochaba, se veía la poddiovka y la camisa rusa bordada. Otra Mas YO os digo que cualquiera que mira a una particularidad de este caballero consistía en emitir de vez en mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su cuando sonidos extraños parecidos a tos o risa bruscamente corazón.

interrumpida. Este señor parecía evitar durante todo el trayecto (San Mateo, V, 28.)

trabar relaciones con los viajeros. Cuando alguien le dirigía la palabra, daba una respuesta breve y seca y se ponía a leer, o mirando por la ventanilla, fumaba o sacando provisiones de su vieja valija bebía té y comía.

Y sus discípulos le dijeron: Si tal es la condición A mí se me antojó que le pesaba la soledad y varias veces traté de del hombre con su mujer, no conviene casarse.

hablarle; pero cada vez que nuestras miradas se cruzaban, lo que Entonces Él les dijo: No todos reciben esta palabra, sucedía a menudo, porque estábamos sentados casi frente a frente, sino aquellos a quienes es dado. Porque hay volvía la cabeza, tomaba un libro o miraba por la ventanilla. A la eunucos que nacieron así del vientre de su madre; y caída de la tarde, aprovechando una parada larga, este señor bajó a hay eunucos que son hechos eunucos por los la estación a buscar agua hirviente y se puso a preparar su té. El hombres; y hay eunucos que se hicieron a sí caballero de los equipajes flamantes —un abogado, según supe mismos eunucos por causa del reino de los cielos.

después— bajó con su vecina, la señora del sobretodo masculino y El que pueda ser capaz de eso, séalo.

de los cigarrillos, a tomar té en el restaurante de la estación.

Durante su ausencia entraron en el coche algunos viajeros nuevos, (San Mateo, XIX, 10-2.)

entre los cuales figuraban un viejo alto, muy afeitado y arrugado, un comerciante a todas luces, embutido en un cumplido capote de pieles y cubierto por una gorra no menos cumplida. Este ERA EL COMIENZO de la primavera. Llevábamos dos días de viaje.

comerciante se sentó frente al puesto vacío del abogado y de su A cada parada del tren bajaban y subían viajeros de nuestro coche; compañera; y al punto entabló conversación con un joven que parecía un viajante de comercio, y que acababa de subir también El abogado decía que la cuestión del divorcio ocupaba la opinión en esa estación. Yo me encontraba lejos de esos dos viajeros, y pública en Europa y que entre nosotros se producían casos como el tren estaba parado, podía oír a ratos fragmentos de su análogos con frecuencia creciente. Notando que se oía solamente conversación.

su voz, el abogado concluyó su discurso y se dirigió al anciano: El comerciante declaró primero que iba a su casa de campo, la que

—En otro tiempo, ni siquiera sucedían esas cosas... ¿No es se encontraba cerca de la próxima estación; después hablaron, verdad? —añadió con una sonrisa amable.

como de costumbre, del desarrollo actual del comercio, En este punto arrancó el tren; el viejo se quitó la gorra, sin especialmente en Moscú, y luego de la feria de Nijni-Nóvgorod.

contestar, y se santiguó, mascullando una oración. El abogado El comisionista empezó a relatar las francachelas de un rico desvió la vista, aguardando cortésmente la respuesta. Cuando el comerciante, muy conocido; pero el viejo no le dejó seguir, anciano hubo acabado, se encasquetó la gorra hasta los ojos, y poniéndose a contar francachelas y devaneos de antaño en dijo:

Kunávino, en las cuales había tomado parte. Estaba evidentemente

—Sí, señor; eso sucedía también antes, pero menos... En los muy orgulloso de tales recuerdos. Contaba con orgullo cómo, tiempos que corren, es natural que ocurra con más frecuencia...

estando beodos, habían hecho precisamente con aquel mismo

¡Ahora sabe tanto la gente!...

comerciante, en Kunávino, tales locuras, que no podía decírselas La velocidad del tren iba en aumento y era tal el ruido, que no me al otro más que al oído, a lo que el viajante soltó una carcajada era ya posible oír distintamente. Sintiendo curiosidad por saber lo estrepitosa y el viejo se puso a reír enseñando los dientes que dijese el viejo, me acerqué. También mi vecino, el nervioso amarillentos.

caballero de los ojos brillantes, estaba evidentemente interesado y Como no me interesaba su charla, salí del vagón para estirar las prestaba oído sin cambiar de puesto.

piernas. En la portezuela encontré al abogado y la señora:

—Pero, ¿qué mal hay en la instrucción? —preguntó la señora con

—No tiene usted tiempo ya —me dijo el abogado—, va a sonar el una sonrisa apenas perceptible—. ¿Sería mejor casarse como en segundo toque.

tiempos pasados, cuando los novios no se veían siquiera antes del En efecto: apenas llegué a la cola del tren, se oyó la campanilla.

matrimonio? —continuó, respondiendo, según la costumbre de En el momento de entrar, el abogado hablaba animadamente con muchas señoras, no a las palabras de su interlocutor, sino a las que la señora. El comerciante, sentado enfrente de los dos, permanecía creía que iba a decir—. Las mujeres no sabían si llegarían a amar, taciturno, moviendo los labios de vez en cuando con aire ni si serían amadas; se casaban con el primer advenedizo, y desaprobador.

después lo lloraban toda la vida. ¿Por lo visto, según ustedes, las

—Y ella —decía el abogado, sonriendo, al tiempo que yo pasaba a cosas andaban mejor de esa manera? —prosiguió, dirigiéndose su lado— declaró redondamente a su marido "que no podía ni patentemente al abogado y a mí, y no, ni por asomo, al viejo.

quería vivir con él, porque..."

—¡Ahora sabe tanto la gente! —repitió este último, mirando con Y continuó; pero no me enteré del resto de la frase, distraído por el desdén a la señora, y dejando sin respuesta su pregunta.

paso del conductor y de un nuevo viajero. Restablecido el silencio,

—Desearía saber cómo explica usted la correlación entre la volví a oír la voz del abogado; la conversación pasaba de un caso instrucción y los disentimientos conyugales —dijo el abogado, particular a consideraciones generales.

sonriendo ligeramente.

Quiso responder algo el comerciante, pero la señora lo atajó.

aires de triunfo, que el viajante, creyendo decidida en su favor la

—No, ¡han pasado esos tiempos! El abogado le cortó la palabra.

victoria, soltó el trapo a reír.

—Déjele expresar su pensamiento.

—Sí, eso piensan ustedes los hombres —replicó la señora, sin

—La educación no engendra más que tonterías —dijo el viejo darse por vencida, y volviéndose hacía nosotros —. Ustedes se resueltamente.

han reservado la libertad para su uso; en cuanto a la mujer, quieren

—Casan a los que no se quieren y luego se sorprenden que no encerrarla en el serrallo. A ustedes les es permitido todo, ¿verdad?

vivan en armonía ... —se apresuró a decir la señora, dirigiendo una

—Nada de eso; lo que hay es que si el hombre anda en malos mirada al abogado, a mí, y también al viajante, que escuchaba de pasos fuera de su casa, por eso no se aumenta la familia; pero la pie y sonriente, puesto de codos sobre el respaldo del asiento—.

mujer, la esposa, es un vaso frágil —continuó el comerciante con Los animales son los únicos que se pueden unir a voluntad del la misma severidad.

amo, pero las personas tienen inclinaciones, afectos —decía la Su tono autoritario subyugaba evidentemente al auditorio. La señora con la intención evidente de desazonar al mercader.

misma señora se veía derrotada, aunque no se rendía.

—No dice usted bien, señora —replicó el viejo—; los animales

—Sí; pero usted admitirá, supongo, que la mujer es un ser humano son bestias, y el hombre ha recibido la ley.

y tiene sentimientos, como el hombre. ¿Qué debe hacer si no

—Pero, con todo eso, ¿cómo vivir con un hombre cuando no hay quiere a su marido?

amor? —continuaba la señora, apresurándose a emitir opiniones

—¡Si no lo quiere! —repitió el viejo frunciendo el ceño—, ¡Pues que debían parecerle muy nuevas.

no faltaba más! ¡Se la obliga a quererlo!

—Antes no se hacían semejantes distinciones —replicó el viejo en Este argumento inesperado pareció de perlas al comisionista, que tono grave—; ahora es cuando ha entrado eso en las costumbres.

se creyó en el caso de acogerlo con un murmullo de aprobación.

En seguida que ocurre la cosa más pequeña, dice la mujer: "Ahí te

—No tal; no podrá obligársela —objetó la señora—. Cuando no quedas; yo me voy de esta casa". Hasta entre los aldeanos se ha hay cariño, no se puede obligar a nadie a querer a su pesar.

impuesto la moda: "Toma —dice ella—, aquí tienes tus camisas y

—Y si la mujer falta al marido, ¿qué hacer entonces? —interpuso tus calzones; ¡yo me voy con Vanka, que tiene el pelo más rizado el abogado.

que tú!" ¡Vaya usted a entenderse con ésas! Y, sin embargo, lo

—Eso no debe ocurrir —contestó el viejo—. Hay que andar con primero para toda mujer debe ser el temor.

ojo.

El viajante nos miró al abogado, a la señora y a mí, reprimiendo

—Pero, ¿y si ocurre, a pesar de todo? Convendrá usted en que a una sonrisa, y dispuesto a burlarse de las palabras del comerciante veces ocurre.

o a aprobarlas, según la actitud de los demás.

—A veces. Pero no entre nosotros —respondió el viejo. Todo el

—¿Qué temor? —preguntó la señora.

mundo calló. Adelantóse el comisionista, y no queriendo quedarse

—¿Qué temor? ¡El temor del marido! ¡Ése!

a la zaga en el debate, empezó con una sonrisa:

—Eso, señor mío, se acabó.

—Sí, en casa de nuestro principal ha ocurrido un escándalo, y no

—No, señora; eso no puede acabar. Eva, la mujer, fue creada de es nada fácil ver claro en el asunto. Se trata de una mujer amiga de una costilla del hombre, y no será otra cosa hasta el fin del mundo divertirse, y que ha empezado a torcerse. Él es un hombre

—dijo el viejo, meneando la cabeza tan severamente y con tales entendido y serio. Al principio era con el tenedor de libros. El marido trató de reducirla a la razón con bondad; pero ella no ideas europeas sobre el matrimonio.

cambiaba de conducta, sino que, al contrario, cometía las acciones

—Lo esencial, y lo que no comprenden gentes como ése —

más feas, y dio en robarle dinero. Él le pegaba. ¡Qué si quieres! La interrumpió la señora—, es que sólo el amor consagra el cosa iba de mal en peor. Empezó a admitir requiebros de un no matrimonio, y que el verdadero matrimonio es el consagrado por bautizado, de un judío, con perdón de ustedes. ¿Qué podía hacer el amor.

mi patrón? La ha dejado a sus anchas, y él vive ahora como El viajante escuchaba sonriente, esforzándose para retener en su soltero, mientras ella anda arrastrándose por esos mundos de.

memoria las frases que oía, a fin de usarlas en oportunidades Dios.

futuras.

—Es que él es un imbécil —dijo el viejo—. Si desde el primer día En medio del discurso de la señora, se oyó un sonido como de risa no la hubiese dejado campar por su respeto y la hubiese atado interrumpida o sollozo, y volviendo la cabeza vimos a mi vecino, corto, viviría honradamente; ¡no que no! Hay que acabar con esas el caballero canoso y solitario de los ojos brillantes. quien durante libertades desde el principio. No te fíes de caballo en camino real; la conversación, que evidentemente le interesaba mucho, se había no te fíes de la mujer en tu casa.

aproximado a nosotros sin ser notado. Estaba de pie con las manos En este momento pasó el revisor, pidiendo los billetes para la apoyadas en el respaldo del asiento y se le veía visiblemente estación próxima. El viejo le dio el suyo.

agitado; tenía la cara encarnada y le temblaba un músculo en la

—Sí; hay que domeñar a tiempo al sexo femenino; si no, se lo mejilla.

llevará todo la trampa.

—Y ¿qué amor es ése... el amor... que consagra el matrimonio? —

—Pero, vamos; ¡usted mismo nos contó cómo los hombres dijo con voz vacilante. Notando el estado excitado de su casados se divertían en Kunávino! —no pude resistirme a decir, interlocutor, la señora trató de contestarle con la mayor dulzura y

—¡Eso es distinto! —dijo severamente el comerciante; y se quedó precisión:

en silencio.

—El verdadero amor... Cuando existe ese amor entre un hombre y Cuando se oyó el pito del tren, se levantó, tomó su bolsa de debajo una mujer, el matrimonio se hace posible —exclamó.

del asiento, se arropó en el capote, saludó quitándose la gorra, y

—Sí. Pero, ¿qué debe entenderse por verdadero amor? —insistió descendió al andén.

el hombre de los ojos brillantes, sonriendo tímidamente.

—La señora dice —intercedió el abogado— que el matrimonio II

debe ser ante todo resultado de un afecto, de un amor, si usted quiere; y que, cuando existe el amor, el matrimonio representa, por Apenas marchó el viejo, se generalizó la conversación. —¡He ahí así decir, algo sagrado, pero sólo entonces. Dice también que todo un vejete del Antiguo Testamento! —exclamó el viajante.

matrimonio que no se funda en un afecto natural, en el amor, si

—Es el Domostroy1 —dijo la señora—. ¡Vaya unas ideas salvajes quieren ustedes, no encierra nada que obligue moralmente. ¿Es así sobre la mujer y el matrimonio!

como hay que entenderlo? —preguntó a la señora.

—Sí, señores —terció el abogado—. Todavía estamos lejos de las La señora aprobó con un movimiento de cabeza esa aclaración de su pensamiento.

1 El Domostroy es un código matrimonial de la época de Iván el

—Por consiguiente... —añadió el abogado, continuando el Terrible.

discurso. Pero el caballero nervioso, sin dejarle acabar, aunque

—Pero puede también existir un amor correspondido —dijo el haciendo grandes esfuerzos por contenerse, repitió: abogado.

—Bien, sí, señor, pero, ¿cómo ha de entenderse ese amor?

—No, no puede, como no puede ser que, en un cargamento de

—Todo el mundo sabe lo que es el amor —dijo la señora, garbanzos, dos de ellos, marcados con una señal especial, vayan a deseando evidentemente poner fin a la discusión.

ponerse juntitos el uno al lado del otro. Sobre que no es ya una

—Pues yo no lo sé, y desearía saber cómo lo define usted.

cosa problemática, sino segura, que ha de venir la saciedad por

—¿Cómo? Es muy sencillo. El amor... el amor... es la preferencia parte del uno o de la otra. La única diferencia es que vendrá en el exclusiva de una persona a todas las demás.

uno más pronto y en la otra más tarde; pero eso de que "se amaron

—¿Una preferencia por cuánto tiempo?. . . ¿Por un mes, por dos por toda la vida", no se ve más que escrito en las novelas tontas, ni días, por media hora? —arguyó el caballero canoso, y se echó a pueden creerlo más que los niños. Amar a una persona toda la vida reír.

es como si se dijera que una vela puede arder eternamente.

—No, dispense; usted no habla sin duda de la misma cosa.

—Pero es que usted habla del amor físico. . . ¿No admite usted un

—¡Sí; hablo absolutamente de lo mismo! De la preferencia de una amor basado en una conformidad de ideales, en una afinidad persona a todas las demás... Pero, pregunto: ¿una preferencia por espiritual? —dijo la señora.

cuánto tiempo?

—¿Afinidad espiritual, conformidad de ideales? —repitió

—¿Por cuánto tiempo? Por mucho, y a veces por toda la vida.

emitiendo ese sonido que le caracterizaba—. Pero en ese caso no

—Pero eso no se ve más que en las novelas; en la vida, jamás. En hace falta hacerlos dormir juntos. (Dispensen ustedes mi rudeza).

la vida, esa preferencia de uno sobre todos, rara vez dura varios

¡Lo raro es que esa conformidad de ideales no se ve entre viejos, años: lo más común es que sólo dure meses, cuando no semanas, sino entre personitas jóvenes y agraciadas! —añadió con una días, horas. . . —añadió, sabiendo que sorprendía a todos con estas sonrisa poco simpática—. Sí; yo afirmo que el amor, que el opiniones y encontrando placer en ello.

verdadero amor no consagra el matrimonio, como solemos creer,

—¡Ah! ¡No, no, señor! ¡Usted perdone! —dijimos los tres a un sino que, al contrario, lo destruye.

tiempo. Hasta el viajante profirió un monosílabo de reprobación.

—Perdone usted —dijo el abogado—; pero los hechos contradicen

—¡Sí, ya sé! —dijo, gritando más que todos—. ¡Ustedes hablan de sus palabras. Nosotros vemos que existe el matrimonio, que toda lo que se cree que existe, y yo hablo de lo que existe de hecho!

la humanidad, o por lo menos, la mayor parte, hace vida conyugal,

¡Cualquier hombre experimenta lo que ustedes llaman amor por y que muchos esposos acaban honradamente una larga vida de toda mujer bonita!

unión.

—¡Ah! Es terrible lo que usted dice; pero el hecho es que existe El caballero canoso rió nuevamente.

entre los seres humanos ese sentimiento que se llama amor, y que

—Primero me dice usted que el matrimonio se funda en el amor; y dura, no meses y años, sino toda la vida.

cuando yo expongo una duda sobre la existencia de otro amor que

—No, no existe. Aun admitiendo que un hombre pueda preferir a no sea el sensual, quiere usted probarme la existencia del amor por una mujer para toda la vida.. . esa mujer, según todas las el hecho del matrimonio. Pero ¡si en nuestros días el matrimonio probabilidades, preferirá a otro. Es lo que ha pasado, y pasará no es más que una mentira!

eternamente —Y sacando su cigarrera empezó a fumar.

—No, perdón —objetó el abogado—. Yo sólo digo que los matrimonios han existido y existen.

los ojos como si quisiera dormir. Así seguimos hasta la próxima

—-¡Que existen! Pero, ¿por qué existen? Han existido y existen estación.

para gentes que ven en el matrimonio algo sacramental ... un En ella el caballero y la señora cambiaron de coche, habiéndolo sacramento que obliga ante Dios. Para ésos existen. Pero entre arreglado de antemano con el conductor. El viajante se instaló en nosotros no hay tales gentes. Entre nosotros las gentes se casan sin el banco y se durmió. Posdnichev seguía fumando y bebiendo el té ver en el matrimonio más que el acoplamiento, de ahí sólo resulta que había hecho en la estación precedente. Cuando abrí los ojos y la mentira y la violencia. Cuando se trata de una mentira, se lo miré, me dirigió de pronto la palabra con decisión e irritación.

soporta fácilmente. El marido y la mujer se limitan a engañar al

—Hablan, pero sólo mienten —dijo.

mundo, presentándose como monógamos cuando en realidad son

—¿A qué se refiere usted?

polígamos. Es malo, pero, en fin, eso es llevadero. Mas cuando

—Pues. . . siempre a lo mismo. A ese amor del que hablan. ¿Le es marido y mujer, como a menudo sucede, después de haberse a usted desagradable estar conmigo, sabiendo quién soy? Si es así comprometido a vivir juntos toda la vida se encuentran con que ya me iré.

al segundo mes sienten deseos de separarse, y, sin embargo,

—¡Oh! ¡De ninguna manera!

siguen viviendo juntos, entonces sobreviene esa existencia infernal

—¿No tiene usted ganas de dormir?

en que las víctimas se embriagan, se disparan pistoletazos, se

—Ni remotamente.

asesinan, se envenenan —añadió con rapidez creciente, sin dejar a

—Entonces, ¿no quiere usted té? Pero está muy cargado —Y me nadie intercalar una palabra y cada vez con más exaltación.

sirvió.

Todos guardaron silencio; todos se sentían molestos.

—Entonces, ¿quiere usted que le cuente cómo ese mismo amor me

—¡Sí, sobrevienen episodios críticos como ésos en la vida llevó a lo que me ha sucedido?

marital!. .. —dijo el abogado, tratando de poner fin a la

—Sí. Si no le es demasiado penoso.

conversación, que se tornaba demasiado calurosa.

—No. Me es penoso callar. Pero beba su té. ¿O está demasiado

—Si no me equivoco, creo que ha adivinado usted quién soy —

cargado?

dijo el señor canoso, muy suavemente.

En ese instante pasó el conductor. Mi interlocutor le dirigió en

—No, no he tenido ese gusto.

silencio una mirada malévola, y no dio comienzo a su relato hasta

—El gusto no es muy grande. Yo soy Posdnichev, el mismo al que que se hubo ido.

le ha sucedido el episodio crítico aludido por usted, el episodio de haber matado a su mujer —dijo echándonos una mirada a cada uno de nosotros.

III

Nadie encontró qué decir, y todos callaron.

—¿Qué importa, después de todo? —añadió como reprimiendo un

—Entonces le voy a contar... Pero ¿lo desea de veras? Repetí que sollozo—. Ustedes dispensen; no quiero molestarlos.

lo deseaba mucho. Se calló un rato, se pasó la mano sobre la cara Y recobró su puesto. Yo también recobré el mío. El abogado y la y empezó:

señora cuchicheaban. Yo estaba sentado frente a Posdnichev. No

—Si he de contar, tengo que contar todo desde el principio: encontraba qué decir; estaba demasiado oscuro para leer, y cerré tengo que contar cómo y por qué me casé y qué clase de hombre fui antes de casarme. Antes de casarme, vivía como viven todos, nuestras relaciones con ella. Sí, me es imposible hablar de esto con es decir, en nuestro medio. Soy terrateniente, licenciado de la calma y no porque me haya sucedido ese episodio, como decía el universidad, y era mariscal de la nobleza. Antes de casarme viví abogado, sino porque desde que me sucedió aquello, se me como viven todos, es decir, en el vicio y, como todas las gentes de abrieron los ojos y vi todo con una luz completamente nueva.

mi clase, viviendo en el vicio, me imaginaba que vivía como

¡Todo es al revés, al revés!

debía. De mí mismo pensaba que era una monada, que era un Encendió un cigarrillo, y apoyándose en sus rodillas empezó a hombre completamente moral. No era un seductor, no tenía gustos hablar.

contra la naturaleza, ni convertía el vicio en objeto principal de mi En la oscuridad no veía su cara, sólo oía, en el estruendo del tren, vida, como lo hacían muchos de mis coetáneos, sino que me su voz grave y agradable.

entregaba a él con regularidad y decencia —para la salud—. Huía de las mujeres que podían atarme, dándome un hijo o cobrándome afecto. En fin, es posible que haya habido hijos y también afectos.

Pero yo me las arreglaba para no enterarme. Y eso lo consideraba IV

no sólo moral, sino que me enorgullecía de ello.

Se detuvo, emitiendo ese sonido particular como hacía sin duda

—Sí, señor, sólo después de haber sufrido como sufrí yo, sólo cada vez que una nueva idea acababa de ocurrírsele.

gracias a ello, comprendí donde está la raíz de todo, comprendí lo

—Y ¡ésta es la vileza principal! —exclamó—. Pues la relación no que debe ser, y por eso vi todo el horror de lo que existía en consiste solamente en hechos físicos; ninguna ignominia física realidad. Así, pues, he aquí cómo y en qué momento empezó lo constituye la relajación por sí sola, sino que el verdadero que dio origen a esta historia. Empezó cuando aún no tenía libertinaje está en emanciparse de todo lazo moral respecto de una dieciséis años. Sucedió cuando todavía estaba en el colegio y mí mujer con quien se tienen relaciones carnales, y ¡yo miraba como hermano mayor era estudiante de primer año en la universidad. Yo un mérito esa emancipación! Recuerdo que una vez pasé grandes no andaba aún en relaciones con mujeres, pero no era ya inocente, torturas por haberme olvidado de pagar a una mujer que como ocurre con todos los infelices niños de nuestra sociedad; probablemente se entregó a mí por amor. No me quedé tranquilo hacía más de un año que me habían pervertido los mozalbetes, y hasta mandarle el dinero, demostrándole así que no me que me torturaba la idea de la mujer, no de alguna mujer en consideraba moralmente obligado para con ella. No mueva usted particular, sino la idea de la mujer en general, juzgada como algo la cabeza como si estuviese de acuerdo conmigo —exclamó de deleitable, la idea de la desnudez de la mujer. Mi soledad no era ya pronto, vehementemente—, ya conozco ese truco. Todos nosotros, pura. Vivía en un suplicio, como el noventa y nueve por ciento de y también usted, a no ser que constituya usted la excepción, nuestros muchachos. Vivía en el espanto, sufría, oraba a Dios, tenemos las mismas ideas que yo tenía entonces. Pero lo mismo pero caía. Estaba ya pervertido en imaginación y en realidad, pero da; usted dispense —continuó—; la verdad es que es espantoso, me faltaba dar el último paso. Me perdía solitariamente, mas sin espantoso, espantoso.