La traducción de Simeón por Manel Martin's - muestra HTML

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AGRADECIMIENTO.

Mi agradecimiento al honorable gremio de libreros, que con sus

estanterías l enas de libros antiguos, de ocasión o segunda mano, nos

facilitan el acceso a lecturas o conocimientos interesantes y

ocasionalmente olvidados. En muchas ocasiones he pasado horas

rebuscando entre sus tesoros, no siempre reconocidos ni valorados.

Gracias por existir.

El autor

Rgs - 1951180521005

Prologo

Aunque me hubiera facilitado mi labor pensar en una librería en

concreto, he querido salvagradar el nombre de las que me han inspirado

y centrarme en el lugar donde antaño, mas habían en mi ciudad.

Por lo tanto no intenten buscarla en la ubicación del libro, sin

embargo si pueden encontrar varias librerías cercanas, aunque nunca

tan famosas como cierta librería de Oporto, por salir en una conocida

película. Como e dicho en Valencia hay muchas cercanas al lugar de los

echos y todas el as contienen auténticos tesoros (según para quien y si

se saben buscar) todas las capitales tienen este tipo de librerías y yo

aconsejaría perderse por alguna de el a. En el caso del relato que nos

atañe el lugar y los nombres son imaginarios “aunque no tanto”.

Referente al relato, hay mucha realidad en las sectas o

asociaciones que en el a aparecen aunque el conductor del hilo no sea

real pero si, podría serlo¿?

Quiero pedir perdón a quienes se sientan ofendidos con mi relato,

pero piensen que solo es una novela mas, sobre temas muy discutidos

dentro y fuera de su entorno religioso.

En fin espero que sigan el hilo y disfruten con “ La traducción de

Simeón”.

El autor

La traducción de Simeón

Miguel l egó a su librería y se encontró el candado que cerraba la persiana

metálica, cortado y tirado en el bordil o de la otra acera. Miró por la gran ventana

protegida por una tupida reja que servía de escaparate, pero no se veía nada del

fondo y el escaparate tapaba la mayoría del local, no sabía que podía encontrarse

en su interior y optó por l amar a la policía.

Debieron avisar a un guardia municipal que se encontraba en la cercana

plaza de la Reina y acudió corriendo por la estrecha cal e de la Sombra; con la

respiración entrecortada preguntó.

- ¿Que ocurre?

- Mírelo usted mismo - contestó Miguel señalando el candado y la puerta.

El guardia hizo una l amada y en diez minutos se presentaba una brigada de

la policía nacional, observaron lo ocurrido y provistos de guantes procedieron a abrir la persiana enrol able. Miguel se mantenía inmóvil frente a la librería y pudo ver que la puerta acristalada de madera estaba intacta, gracias a que confiaba en la

persiana enrol able y no la cerraba con l ave; el gran escaparate estaba intacto y

seguía protegido por la fuerte reja, solo al fondo habían algunos libros en el suelo; un guardia se le acercó.

- ¿Es usted el propietario?

- Si yo soy, Miguel Torres Fernandez.

- Soy el subcomisario Abel, dejemos que el equipo hagan su labor y

cuénteme que ha sucedido.

- No lo se he venido a abrir como todas las mañanas y me he encontrado el

candado roto iba a recogerlo cuando me he dado cuenta que estaba cortado por una

cizal a. No he querido tocar nada.

Yo le aconsejaría que compre otro candado mientras investigamos y se lo de al policía de la puerta el la cerrará, mientras tanto usted me acompaña a comisaria y realizamos el atestado.

- si... si.- Miguel tardó unos segundos en reaccionar, después se fue a una

ferretería cercana y siguió las instrucciones del subcomisario comprando un

candado mucho mas grueso. De vuelta lo entregó al policía y se marchó con el

subcomisario.

No tardaron mucho en rel enar el atestado.

- ¿Cuando sabré algo?

- Mañana por la mañana entro a las siete ¿si quiere venir antes de abrir? Le

estaré esperando y posiblemente sepamos alguna cosa.

- Gracias agente, vendré. - Miguel hizo la mención de irse cuando el

subcomisario le dijo.

- ¡AH! Don Miguel piense en quien ha podido hacerlo, tal vez el mínimo

detal e nos ayude a solucionar el caso.

- Si, ya lo estoy haciendo.

Salió de la comisaría y se dirigió con paso firme nuevamente a su librería. Los

policías estaban recogiendo ya habían terminado, se acercó al que le había

entregado el candado y preguntó si ya podía recoger los libros. No le pusieron

ningún impedimento y en cinco minutos desaparecieron de la cal e. Miguel se quedó

en la puerta confuso, no sabía que hacer ni por donde empezar, por fin se decidió y

mirando a todas partes, como si fuera la primera vez que entraba en la librería, entró hasta el fondo y se quedó mirando, le dio la sensación que los ladrones buscaban

algo en concreto, no habían tocado las revistas ni los tebeos, habían ido

directamente a la parte trasera donde se encontraban los libros mas antiguos. Solo

habían tirado un estante, como si quisieran demostrar su presencia. Miguel no lo

entendía; lentamente se puso a recoger los libros al momento se dio cuenta que

alguien le ayudaba. Era Vicentín un joven vecino del barrio.

Vicentín debía de pasar los veinte años, tenía un tic nervioso que le hacía

mover la cabeza tirando del cuel o, observarlo mucho tiempo molestaba. Le costaba

hablar, sobre todo cuando estaba nervioso, su madre era viuda y se dedicaba a la

limpieza, pues la paga de viudez y la pequeña paga de inutilidad de Vicentín no

daban para mucho y mas teniendo en cuenta los precios de los alquileres.

- ¿Sabes leer? ¿lees los tebeos que te doy o solo miras los dibujos? - le preguntó Miguel.

- Se... se leer y los números también, terminé EGB.

- En ese caso ¿Puedes ayudarme a colocar los libros?

Vicentín movió la cabeza mientras soltaba un tímido ¡Si! La mañana terminó

con los libros recogidos. Vicentín se fue pero antes Miguel le dijo que cogiera unos

tebeos. Fue entonces cuando se dio cuenta que la puerta del cuarto posterior donde

solía reparar los libros rotos o en mal estado, tenía la cerradura rota. Entró el la

habitación que solo disponía de una ventana al patio interior y encendió la luz. Al í no habían tocado nada, probablemente habrían mirado los dos libros que estaba

reparando y no debían de ser, los que estaban buscando. Al salir hacia la cal e se

acordó de la caja registradora, entró en el pequeño mostrador y comprobó que no

habían tocado la calderil a que solía dejar como cambio, no se habían l evado las

monedas ni los bil etes, Miguel pensó que posiblemente ni la habrían abierto. Cerró

la puerta y puso el candado nuevo. Dejó la Valenciana cal e de Martín Mengot

saliendo a la plaza Lope de Vega junto a la famosa Plaza Redonda de Valencia; su

apartamento estaba en la no menos conocida como “Carrer Sistel ers” típica por las

cestas de mimbre y caña confeccionadas por hábiles artesanos. En las tiendas se

mezclaban con muebles y juguetes de madera artesanos. Otras tiendas de bisutería,

Zapatos o ropa de trabajo completaban una estrecha cal e comercial.

Tras comer y descansar pasó nuevamente por la ferretería y compró una

nueva cerradura para la puerta del cuarto de reparaciones.

Mientras reparaba la puerta y atendía a los clientes pensó en la veces que

había dormido en el cuarto, antes de comprar el pequeño apartamento. El pensaba

que había tenido mucha suerte al encontrar un apartamento a buen precio en el

centro de Valencia pero el realidad el dueño lo vendió, por que nadie lo compraba

por su pequeñez. No obstante Miguel disponía de una casa mucho mayor en la

población de Sagunto (también l amada Murviedro) pero solo la había visitado una

vez y tanto el polvo como los veinticinco kilómetros a que se encontraba le hacían

desistir de limpiarla para habitarla.

Al día siguiente se presentó en comisaría preguntando por el

subcomisarioAbel, el policía de puerta le reconoció y lo hizo pasar.

- Pase ya sabe donde está el despacho.

Miguel dio unos golpes en la puerta, mientras escuchaba como el

subcomisario levantando las posaderas de la sil a le invitaba a entrar.

- Siéntese por favor- Miguel obedeció y el subcomisario levantándose y

cerrando la puerta, regresó a su asiento tras la mesa y empezó a hablar.

- Bien don Miguel ¿o debo l amarlo Crispulo?

- No por favor, no me gusta ese nombre.

- Se lo cambió usted hace dos años.

- Si así fue cuando vine de Madrid y me instalé aquí, no me ha gustado nunca

mi nombre y como aquí nadie me conocía creí que era el momento, como verá los

apel idos no los cambié.

- Exacto sigue l amándose usted Torres Fernandez. Como su librería.

- La librería ya se l amaba así anteriormente pertenecía a mi tío, Francisco

hermano de mi padre.

- Vamos a ver; usted vivía en Madrid hasta hace algo mas de dos años.

¿Puede contarme algo?

- ¿Me están acusando? ¿de que?

- No solo investigamos por si algún conocido... por favor cuénteme. Le diré

que no lo acusamos de nada y que tampoco hemos encontrado nada quien o

quienes lo hicieron l evaban guantes y no tenemos huel as ni pruebas. Eran muy

profesionales ¿que se l evaron?

- Nada ayer coloqué los libros en su sitio y no he echado ninguno en falta.

Solo un poco de trabajo.

- Pues no cabe duda que buscaban algo en concreto; por favor cuénteme

algo de usted, tal vez así.

- De acuerdo, aunque no creo que le sirva de nada. Yo nací aquí en la

población de Sagunto. Mi padre era impresor tenía poco trabajo, pero mi abuela le

encontró trabajo en Madrid, por medio de su hermana casada con un madrileño de

la capital, mi padre marchó las cosas le fueron bien y a los dos meses volvía a por

mi madre y yo. Antes de venir seguía viviendo en el primer piso que alquiló mi padre.

Mi madre fal eció hace doce años y quedamos mi padre y yo. Estudié filología

castel ana mientras por las tardes a ratos solía ir a la imprenta donde reparábamos

libros antiguos y algún incunable “estos solo los tocaba el dueño don Gaspar”. Entre

la imprenta y la reparación el trabajo no faltaba y al terminar mis estudios don

Gaspar me ofreció trabajo. No me lo pensé era lo que me gustaba, y me puse a

trabajar, dos años después a mi padre le detectaron Parkinson. El trabajo debido posiblemente a las impresoras electrónicas menguó y don Gaspar se jubiló con lo

cual me vi en la cal e sin cobrar despido, pero si con dos años de paro. No

encontraba trabajo para mi carrera y leí un anuncio, donde pedían camareros para

un restaurante en la plaza Real de Madrid, me presenté y me cogieron con dos

prorrogas estuve un año sirviendo mesas. Al final del mismo volví al paro, pero a los pocos meses fal eció mi padre de un ictus. Estaba solo y el dueño del piso donde

vivía quería por todos los medios que me fuera. Me puse a pensar en que mi vida

debería cambiar, cogí la libreta del banco de mi padre y la observé, yo tenia poderes en el a. Comprobé que cobraban recibos desde Valencia. Mi padre no me había

dicho nada; miré en una caja metálica de gal etas que tenía sobre el armario ropero,

al í ponía las cartas y las fotos mas queridas, olía a tabaco, por los tres puros que contenía, los tiré y empecé a mirar las cartas y así me informé de que mi tío

Francisco, el propietario de la librería había fal ecido hacía cinco años

nombrándome su heredero, mi padre había dado poderes a una gestoría de aquí y

el a es la que se encargaba de todo. A mi padre le quedaban dieciséis mil euros en

la cartil a fui al banco y unifique la suya y la mía.

Miguel se levantó mientras seguía hablando; Abel escuchaba recreado en su

sil a de despacho.

Tomó aire y siguió. Nunca tuve coche ni me hizo falta en Madrid, aunque en

ocasiones utilizaba la Renault de la empresa, pese a disponer del carnet de conducir

sigo sin vehículo. Llené dos maletas y dejé algunas cajas en una agencia. Dos

semanas después les di la dirección donde debían mandarlas.

Cogí el tren y me vine a Valencia, busque alojamiento cerca de la estación y

también la gestoría donde cobraban a mi padre. El gestor resultó ser el hijo de la

librería que estaba junto a la de mi tío, con sorpresa me enteré que pese a estar

puerta con puerta eran mas amigos que competencia. Don Tomás apunto de

Jubilarse me ofreció unir los dos bajos comerciales y hacer la librería mucho mas

grande y atrayente. “Como era antes de que mi tío y el, comprasen la mitad cada

uno”. El vive arriba y yo le pago un minúsculo alquiler por tener todo el local.

- Debo advertirle que es un poco sordo y es fácil que no haya escuchado

nada esta noche. En fin poco mas puedo contarle, desde hace poco mas de dos

años regento la librería Torres sin mas. Nunca he tenido enemigos ni i.. nada.

- Parece que el caso sea simple anécdota si no fuera por que han roto el candado y han entrado - contestó Abel - en fin don Miguel espero que no le molesten

mas.

- Gracias eso espero.

Durante un tiempo la vida de Miguel había vuelto a la tranquilidad, Vicentín lo

visitaba diariamente e incluso atendía a algún cliente, cuando Miguel estaba

ocupado con otros, terminó conociendo la tienda mejor que el propietario. Poco a

poco Miguel le dejó cobrar y se cercionó de que a Vicentín no le ocurría nada que no

fuera una enfermedad nerviosa, cuando estaba tranquilo se podía hablar

perfectamente con el y apenas movía la cabeza. Miguel decidió hacerle un contrato

de minusvalido y probarlo como ayudante. Para lo cual habló con su madre y esta

aceptó. Vicentín no tubo que adaptarse pues ya conocía la tienda, pero Miguel

disfrutó de tener compañía o alguien con quien hablar y descargar algo de trabajo.

Sobre las siete de la tarde entró una mujer de una edad cercana a los treinta

y pocos años, delgada y con gafas, con el pelo negro recogido en una cola de

cabal o, su figura no pasó desapercibida para el librero. Miguel la vio entrar e ir

buscando sin rumbo por la tienda, mientras valoraba los libros que había l evado un

señor sobre el mostrador, acordaron el precio y le pagó. Vicentín l amó la atención

de Miguel sobre la señora. Se acercó a el a-

- Puedo atenderla.

- Si, creo que si.

- ¿Dígame que busca?

- Un diccionario de Latín.

Miguel quedó un poco perplejo antes de contestar - ¿para que necesita tal

diccionario?

- Necesito saber la traducción de unas palabras.

- ¿Me puede decir cuales son?

- La mujer se quedó mirándolo y preguntó ¿sabe usted latín?

- No mucho, por mi trabajo lo conozco un poco; pero no necesita comprar

diccionario alguno ¿a pensado en consultar el diccionario de Googel.

- La mujer enrojeció, creyó que la habría tomado por tonta; el a utilizaba casi a diario el ordenador sin embargo no había reparado en que la solución la tenia a

mano. La voz del librero la sacó de sus pensamientos.

- ¿Puede decirme que palabras son?

La señora sacó un papel del bolso diciendo.- Creo saber lo que dice pero

quería salir de dudas, verá yo estudié Bel as Artes y me encuentro muchas veces

con palabras latinas, pero no es lo mismo copiarlas, que saber su contenido,

también a la fuerza he aprendido muchas, pero no soy una expertas. Tome estas

son las palabras.

El Librero tomó el papel y leyó. Tutela Fraternitate fiera.

- Mire señora dijo apoyando el papel sobre el mostrador.

- Carmen por favor - dijo con una leve sonrisa, mirando por encima de las

gafas.

- Miguel para servirla - contestó devolviendo la sonrisa - Carmen la traducción

textual sería “protección, amigos o compañía, fiera o fuerte. Tengo aquí el portátil

vamos a comprobarlo.

Miguel comprobó en el traductor de Googel y el resultado fue “Hermandad

protectora”

- Está claro que mas o menos es lo mismo - contestó Carmen - pero por que

ponerlo tras un cuadro con una cruz invertida.

Las palabras de Carmen despertaron la curiosidad en Miguel.

- ¿Quiere decir que alguien escribió esas palabras y puso la cruz tras un

cuadro?

- Si alguien se tomó la molestia.

- Me gustaría ver el cuadro. Si usted me lo permite.

- Es un cuadro del siglo catorce pintado por Sanchez Coel o. Lo estoy

restaurando, es de un coleccionista particular. Yo tenía a Coel o como un retratista y además muy bueno. Pero nunca había visto un cuadro como este. Si quiere verlo

l ámeme antes.

Carmen cogió un papel que había sobre el mostrador y anotó su número de

teléfono y la dirección. A continuación se despidió estrechándole la mano. Hacía

tiempo que Miguel no tenía contacto con una mujer y al sentir la mano de carmen

algo le hizo recordarlo.

Vicentín propuso un plan a Miguel; quitar los libros que habían sobre unas mesas y acondicionarlas para leer, colocar un cartel en los cristales donde se dijera que por dos o tres euros al mes se podían leer todos los libros que quisieran dentro

de la tienda.

Miguel no creía que la idea podría tener alguna ventaja, pero no quería

desilusionar a Vicentín y accedió, en realidad vendía mas libros por correo

electrónico que en la propia librería.

Ese viernes l amó a Carmen y concertó una cita con el a en su estudio,

mandó a Vicentín a comprar un ramo de flores y a las siete cerró, cargado con el

ramo se dirigió al barrio del Carmen, buscó la cal e consultando el mobil y se

introdujo en una cal e estrecha, sabía que se encontraba en la entrada del conocido

como “Barrio Chino” el número de la puerta pertenecía a un bar cerrado y por el

abandono de la Puerta, debía estar mucho tiempo sin uso. Se percató de una puerta

abierta a su lado, se separó y miró el edificio, tenía dos plantas y muchos años. En el papel de Carmen junto al número ponía, puerta uno. Entró en el estrecho portal y

encendió la lúgubre luz. A su izquierda una puerta que debía dar al bar era el

número uno, no tenía timbre y l amó con los nudil os. No tardó en abrir Carmen;

l evaba el pelo suelto y una bata blanca. Miguel la vio mucho mas bel a que cuando

fue a la tienda sonriendo le entregó el ramo. El a se hizo la sorprendida.

- No hacía falta...

- Si vas a compartir tu secreto conmigo es lo menos que puedo hacer.

Un señor salía del estudio. Tras darle dos besos en las mejil as se marcho

saludando a Miguel. Este estaba mirando que tras la persiana y la puerta acristalada

no quedaba nada de bar. Todo estaba diáfano con muchas alcayatas en las paredes

donde habían colgados cuadros. Al fondo había mas luz, tres cabal etes y una gran

mesa junto a otra mas pequeña plegable; el olor a pintura lo impregnaba todo pero

no molestaba.

- Puedo invitarte a algo, solo tengo cola, limón y agua.

- No gracias ¿era tu marido el señor que ha salido?

- No no estoy casada, era mi representante Juan Carlos, corredor de arte o el

que me consigue trabajos claros y oscuros.

- ¿Oscuros? ¿quiere decir ilegales?

- En cierto modo si, me explicaré, algunas reparaciones se facturan como

venta de cuadros, cuando en realidad no lo son; son reparaciones.

- ¿Por que?

- Esa misma pregunta me hacía yo, pero dejemos el tema venías a ver el

cuadro.

Carmen se acercó a un cabal ete y le quitó la sábana que lo cubría. Ante si se

encontraba una pintura representando a un obispo empuñando una espada, con

rostro violento, mientras sujetaba del brazo a una mujer desnuda. El librero se quedó sorprendido y Carmen lo intuyó.

- ¿Que ocurre?

Miguel había buscado por Internet al pintor y se había informado, de su

lugar de nacimiento y de su vida, así como de la pintura que realizaba y las que se

conocían. Lo había catalogado como “un gran retratista” digno de estar en el Museo

del Prado, donde se exhibían algunas pinturas suyas. Por eso respondió a Carmen.

- No me cuadra que esta pintura sea de Coel o, no es su estilo y si no fuera

por la perfección que les imprimía a sus cuadros y que este también tiene, diría que

no es suyo.

- Pues si lo es, puedo asegurarlo.

- Fíjate en el gorro del obispo parecen cuernos.

- Si, parece ser lo que quería trasmitir el pintor, ahora miremos la parte

trasera.

Giraron el cuadro y Miguel pudo leer perfectamente el mensaje.

- ¿Tienes idea a que se refiere?

- Creo que debe referirse, como dice su nombre a una hermandad de

protección, posiblemente de cuadros. Podría pertenecer a algunas personas

dedicadas a conservar o guardar cuadros... no lo se.

- De todas formas as echo un gran trabajo y por lo que veo pintas muy bien.

- Es mi trabajo últimamente trabajé en la restauración de la iglesia de San

Nicolás ¿la conoces?

- No, no la he visitado, veras no soy una persona muy religiosa. Quería

preguntarte si habías terminado de trabajar.

- Si ya tengo suficiente por hoy.

Pues si has terminado de trabajar y no tienes compromiso alguno, me

gustaría invitarte a cenar.

- No, no tengo compromisos, pero no suelo salir con extraños y no voy

arreglada para salir.

- No importa, conozco un lugar junto a la plaza redonda donde se come de miedo. Y yo no soy un extraño soy tu traductor.

- Si tu lo dices... está bien un momento y nos vamos.

El bar conocido por Miguel era donde solía ir a comer todos los días en un

cal ejón de la plaza Redonda, sacó el teléfono y l amó reservando la mesa que había

bajo la escalera.

Mientras paseaban junto al mercado Central en dirección a la plaza Redonda,

carmen preguntó.

- ¿Toda la vida has sido librero?

- No soy filólogo, pero nunca he trabajado como tal he sido impresor,

camarero, restaurador de libros antiguos y solo l evo dos años de librero. La librería pertenecía al hermano de mi padre, al fal ecer los dos yo la heredé.

- ¿Estás solo?

- Sí ¿y tu?

- Yo por mi trabajo estoy mejor sola en ocasiones tengo que desplazarme y

pasar un tiempo fuera, tengo alquilado un apartamento y mis padres viven en

Benifairo de les Val s de donde es mi familia.

- Sabes en ese pueblo nació Sanchez Coel o.

- Eso es lo que dicen pero no es así, nació en Benicalaf, un pueblo hoy

desaparecido a causa de la Peste, del cual solo queda la pequeña iglesia, está a

unos tres kilómetros junto a Benavites.

- Perdona que insista pero ¿porque no estás con tus padres?

- Digamos que me cansé de ir en coche todos los días, ademas no sabes lo

que son los pueblos, cuando una pasa de los veinte ya la consideran mayor y

empiezan... Mis padres son agricultores y no entienden otra educación que las

costumbres del pueblo. ¿Me dijiste que restaurabas libros?

- Si los sigo restaurando.

- Pues ya tenemos algo en común.

Cenaron y seguían hablando el tiempo pasó sin darse cuenta, al terminar

Miguel acompañó a Carmen a su apartamento en la cal e la Linterna, vivían cerca

pero nunca se habían cruzado. No fue la primera vez que se vieron a partir de ese

día los fines de semana los pasaban juntos y su atracción iba creciendo.

Desde que pusieron el cartel en los cristales de la librería solo algunos estudiantes y un señor obeso, vestido muy pulcramente, solían utilizar los servicios

de la librería. El señor obeso entraba, mostraba el recibo y se dirigía a los libros mas antiguos en ocasiones tan solo los ojeaba. Esa tarde se quedó mirando al librero y le preguntó.

- ¿No tiene usted una biblia antigua?

- Tengo varias biblias están...

- Ya se donde están pero son del siglo veinte, no me interesan quiero algo

mas antiguo - el hombre se fue a mirar por las estanterías.

- Espere un momento tengo una recién restaurada. No la tengo en venta creo

que pertenece al siglo dieciocho. Se la mostraré.

Miguel entró en la habitación y sacó la Biblia, las tapas eran del tamaño de

un folio y su grosor de seis centímetros, las tapas eran rojas y poco adornadas solo

unas letras en oro daban fe de lo que era y anunciaban su procedencia.

El señor la abrió y dijo - ¡esta me sirve! - la estuvo leyendo y tomando notas

en un bloc que compró al í mismo. Al salir la entregó en mano a Miguel, este le

preguntó.

- ¿Es usted religioso?

- No señor soy profesor de historia antigua. No la pierda es una buena Biblia y

no está muy intervenida.

“Intervenida” ¿a que podría referirse?

El señor salió mientras Miguel se quedaba mirando como se iba. Dos días

mas tarde mientras el profesor ojeaba de nuevo la Biblia, entro una despampanante

señora, vestida con chándal de deporte, media melena, rubia y ojos azules. Pese a

que hablaba perfectamente el Español, Miguel decidió que debía ser de un país

nórdico, se acercó al mostrador y preguntó.

- ¿Tiene usted una Biblia antigua? ¿muy antigua?

Era la misma pregunta que había echo el profesor, dirigió la mirada hacia

donde el estaba sentado y vio como el profesor movía la cabeza de forma negativa

¡Que no! Entendió Miguel, respondiendo, no las que tengo son muy actuales. La

rubia dio otro paseo por el local y se marchó. Cuando el señor devolvió la Biblia;

Miguel le preguntó.

- ¿La conoce usted?

- No, y es mejor que usted tampoco tenga nada con el a.

Sin mas palabras se marchó, mientras Miguel miraba el nombre del profesor en el archivo.

“Isaac Admet” era el nombre que había anotado Vicentín. No le costo mucho

deducir que el nombre no era español, aunque si el número del carnet de identidad.

Al día siguiente cuando iba a abrir había una pintada con spray en la acera

“Sicari ” Miguel no le dio mas importancia de la que se da a un grafitti y solo pensó en lo que costaría limpiarlo, pero esa tarde cuando l egó Isaac se quedó parado

esperó a que el librero dejase de atender a unos clientes y cuando iba a sacar el

libro de debajo el mostrador le dijo.

- No, no la saque, ¿sabe usted que significa la palabra que tiene en la puerta?

- No se - se quedó pensando unos segundos y dijo - tal vez signifique “sicario”

en Griego.

- No en Griego no, en Hebreo. La palabra es originaria de Palestina. ¿Que

sabe usted de Esenios, Saduceos o Zelotes?

- Nada, nunca he escuchado esos nombres.

- Y está seguro que no tiene otros libros mas antiguos de los que ocupan la

estantería donde pone “antiguos”.

- Si profesor aquí están los libros de dos librerías de ocasión. Aquí estaban

dos librerías separadas por una pared! yo tiré el tabique, ensanché el local y me

quedé con todos los libros.

Si quiere puede pasar a mi pequeño tal er donde

reparo algunos libros antiguos, es el cuarto de donde saqué la Biblia.

- Si me gustaría verlo.

- Sígame.

Miguel abrió la puerta y mostró varios libros con valor para el, pero con poco

para Isaac. El profesor miraba por la habitación como si buscase algo secreto.

Salieron y preguntó.

- En verdad son esos (dirigiéndose a la estantería de los libros mas viejos) los

libros mas antiguos que tiene.

- ¡Si! no le miento, solo tengo dos años la librería y es todo lo que encontré. A

no ser que durante el tiempo que permaneció cerrada, alguien...

- Está bien le creo.

- Profesor ¿Que busca? ¿porque tanto misterio?

- Usted puede estar en peligro y no por mi.

Con estas palabras el profesor abandonó la tienda y Miguel volvió a guardar la Biblia bajo el mostrador. Esa noche apenas l egó al apartamento encendió el

portátil y estuvo buscando las palabras que había dicho el profesor; algunas no las

recordaba pero como suelen decir “ del hilo se saca el ovil o” así supo que eran

sectas o asociaciones de Palestina en tiempos de la dominación romana. Según La

wikipedia hoy desaparecidas.

Empezó a interesarse por las sectas y leyó todo cuanto pudo, pero no era

suficiente y decidió tener una entrevista con el profesor Isaac. Pero durante la

semana no volvió.

El subcomisario Abel se personó en la librería y l amó la atención de Miguel y

este en cuanto pudo lo atendió.

- Buenos días subcomisario ¿como usted por aquí?

- Buenos días ¿conocía usted a un tal Isaac Admet?

- Si suele venir por aquí a leer. Pero ¿como sabe...?

- ¿No ha notado nada raro en el?

- Hasta que apareció un Grafitti en la puerta, prácticamente no - Miguel

recordó la rubia “nórdica” - excepto el día que entro una mujer de apariencia nórdica vestida con chándal de deporte. Cuando yo le hice preguntas sobre el grafitti, me

dijo que estaba en peligro y si conocía algo sobre algunos nombres de sectas

antiguas. Pero ¿que le ha pasado y como lo han relacionado conmigo?

- Ha fal ecido, mejor dicho lo han asesinado; tenía el carnet de la librería en el

bolsil o interior de la chaqueta. ¿Puedes acompañarme?.

Miguel quedó perplejo - ¿estoy detenido?

- No, no hay nada contra ti, pero necesitamos a alguien que lo identifique y

también me gustaría pasar por su casa y que eches una mirada; tal vez tu puedas

encontrar algo que lo relacione o... en fin necesitamos algo por donde empezar.

Miguel l amó al señor Tomás el viejo librero que vivía sobre la librería y le

pidió que acompañara a Vicentín. El hombre no tenía otro trabajo y accedió.

Abel lo condujo al hospital donde le habían echo la autopsia y por el camino le

informó que el profesor l evaba cuatro días muerto cuando lo encontró la señora de

la limpieza que iba los martes. Llegaron al depósito y un doctor les sacó el cadáver

del frigorífico. Descubriéndole el rostro.

- Si es el - contestó Miguel.

No hicieron falta mas palabras, salieron del depósito y se dirigieron a su casa; Abel sacó un rol o de precinto del coche y subieron al piso, quitó el precinto y

entraron. El guardia que conducía el vehículo entró con el os.

- En este caso como en el suyo, no hay huel as y creemos que hay una

relación, póngase estos guantes y observe cuanto quiera si necesita tocar algo a

continuación vuelva a dejarlo en su sitio. Todo está como estaba.

- Entiendo - contestó Miguel. En realidad se sentía como el protagonista de

una novela de misterio. Vio donde había estado sentado el profesor y donde había

caído el cuerpo de la sil a; la bata ensangrentada, debieron matarlo al salir de la

ducha, la puerta permanecía abierta y recapacitó. Solo había visto el rostro del

difunto, pero no sus heridas. Tal vez se disponía a vestirse para ir a la librería

cuando lo mataron, pues la ropa limpia estaba sobre la cama.

- Abel no me as dicho como lo mataron.

- Presentaba una herida bajo el omóplato y otra ascendente bajo el esternón

buscando el corazón con arma blanca.

- Si y posiblemente un arma curva.

- ¿Como lo sabes? Esa es la opinión del médico forense.

- Es obra de una secta antigua l amada “Sicari ” Sica es el nombre de la daga

que empleaban para sus asesinatos; tenían su base en palestina.

- ¿Ese no es el nombre del grafitti que había en tu puerta?

- Si, así es, e hizo que me interesara en buscarlo en la Wikipedia. ¿Te importa

si miramos los libros del difunto?

- No puedes mirar donde quieras.

Durante un buen rato el librero fue observando concienzudamente los libros

que habían en una estantería, algunos los sacaba y miraba en su interior. Por fin los dejó miró un burón y preguntó.

- ¿Alguien a visto el Burón?

- Si no hay ningún papel escrito. Puede que se los l evaran.

- ¿Miramos su armario?

- Como quieras.

Volvieron a la habitación y registraron el armario ropero y los bolsil os de la

ropa, nada en el interior y nada por encima, no sabían que buscaban y el asesino

tampoco había buscado, o al menos es lo que parecía, iban a salir de la habitación

cuando Miguel se percató de que las mesil as de noche tenían piedras de mármol en

la superficie, volvió sobre sus pasos y entrego la lamparil a a Abel, al levantar la piedra había un folio, lo cogió y dejó la piedra. Miró el papel era un recibo un contrato o mas bien una factura; en el a Francoise de Gol vendía una traducción a Francisco

Torres por la cantidad de tres mil ones de pesetas, con fecha dieciocho de febrero

de mil novecientos noventa y ocho.

- Eureka - exclamó Miguel.

- ¿Que ocurre? Todo se resuelve con un papel.

- Toma mira, aunque este no es el original es una fotocopia mal echa o

fotografiada

- Solo es un recibo.

- Si pero la firma es de mi tío el antiguo propietario de la librería y

seguramente este es el libro o traducción que van buscando.

- ¿Lo tienes tu? Debe de valer mucho dinero ¿que contiene?

- No se nada de ese libro te aseguro que nunca lo he visto, posiblemente mi

tío lo vendiera antes de fal ecer.

- Si puede que lo hiciera, pero eso lo deben de saber los asesinos, el papel te

complica a ti y te pone en peligro.

Por un momento Miguel se vio perseguido y muerto, su rostro cambió del

moreno al blanco, poco a poco volvió en si mientras Abel lo observaba.

- No creo que quieran matarme - dijo firmemente.

- ¿Porque?

- Si tienen conocimiento de este papel y creo que si; su único interlocutor soy

yo. Y si como pienso, creen que lo tengo ¿como lo conseguirán si me matan? En

cuanto al profesor lo mataron por no querer colaborar.

- Mejor será que sea así yo también lo creo. Según las pocas pistas de que

disponemos debió salir del baño y ser atacado por la espalda, seguramente después

lo sentaron en la sil a y lo interrogaron, tras no querer colaborar o desconocer donde estaba lo que buscaban, lo mataron.

- Si creo que es lógico lo que piensas, a quienes lo han matado, solo les

interesa la traducción que compró mi tío y serán los mismos que registraron mi

tienda.

- Si Miguel estoy convencido que así es. Vamos te l evaré a tu casa.

Salieron del piso y tras poner nuevamente los precintos en la puerta volvieron

a la librería. Al entrar Miguel se quedó mirando la fotografía que colgaba tras el

mostrador, eran las antiguas librerías que ocupaban la actual plaza Lope de Vega, todas pintadas de verde y parte de el as construidas en madera. Habían sido

demolidas para ensanchar la plaza y algunas se habían trasladado a lo largo y

ancho de Valencia. Miguel solo había venido en dos ocasiones a Valencia pero las

recordaba como eran, con sus pilas de libros amontonados y donde se podían

cambiar todo tipo de Tebeos o cromos. Parecía que al recordarlas su olor volvía a su

olfato. En una foto posterior vio la casa que construía redes de pesca y capazos, en

su puerta siempre estaba colgado el típico “Ral ” (red que se lanzaba desde la oril a del mar para pescar). recordó que sus pensamientos eran de hacía mas de veinte

años y sintió nostalgia; Vicentín y el señor Tomás le hicieron saber que era hora de

comer.

- Llámame cuando me necesites - dijo Tomás - hoy me he sentido como

antaño.

- Señor Tomás me a echo un gran favor, puede usted bajar cuando lo desee y

sentirse como en su casa.

- Gracias hijo, pero ahora hay que comer y mi estomago parece un reloj, en f

In si me necesitas ya sabes...

Miguel seguía saliendo con Carmen los fines de semana, los sábados habría

la librería pues era el día que mas se vendía, pero ese sábado Miguel tenía otros

planes y no pensaba abrir, por tal motivo ese viernes l amó a Carmen para ir a

cenar. A las nueve Miguel salía echo un pincel de su apartamento, el vecino del

tercero lo esperaba en la puerta.

- Señor Miguel por favor.

- Si, dígame señor Lorenzo.

- No se si seré oportuno, pero quería decirle que si necesita un ayudante,

yo... verá l evo seis meses en el paro y... mi hijo está estudiando y como sabe mi

Matilde fal eció.

- Señor Lorenzo si no le molesta hablaremos el lunes, por favor hoy tengo

prisa, buenas noches.

Miguel Simplemente andaba unos metros y torcía por la cal e, La Linterna en

busca de Carmen, pero en tan corto trayecto pensó en las palabras de Lorenzo,

verdaderamente si que necesitaba ayuda, estaba dispuesto a coger un empleado

cuando se presentó Vicentín, pero este era limitado, el negocio no iba mal y si lo

contrataba tendría mas tiempo para si mismo, l egó a la puerta del edificio donde vivía Carmen, solo tuvo que pulsar el timbre para escuchar en el interior del portal la voz de carmen diciendo - ya voy. A los pocos segundos se escucharon los tacones

bajando las escaleras.

- Buenas noches Miguel.

- Estás preciosa Carmen ¿te apetece cenar caracoles entre otras cosas?

- Gracias, digamos que si.

- En ese caso vámonos por la plaza de San Agustín y cruzaremos a la cal e

Pelayo, conozco un bar donde los hacen con una salsa riquísima. Están para

chuparse los dedos.

- Pues vamos a por el os.

Carmen tomó el brazo de Miguel, se sentían felices el uno junto al otro,

durante la cena la conversación giró entorno al trabajo, pero a medida que pedían

los postres el tono de la conversación parecía cambiar. Por fin él se decidió a dar un paso que l evaba pensando unos días.

- Carmen - dijo mirándola a los ojos y cogiéndole las manos, mientras el a

esperaba sus palabras con una sonrisa - he pensado en comprarme un coche.

- No te hace falta, no entiendo porque, vives cerca del trabajo.

- Verás, tengo una vivienda en Sagunto en la que no he vivido nunca y había

pensado limpiarla y pintarla, con el fin de vivir en el a con la mujer que amo. Claro si tu estás de acuerdo.

- ¿Me estas pidiendo relaciones?

- No te estoy pidiendo que unamos nuestras vidas para siempre, verás la

casa es grande pero solo he estado una vez en el a por curiosidad y había mucho

polvo y...

Carmen lo miraba sonriendo y al fin le dijo-

- Cál ate, es la forma mas rara que he conocido de pedir relaciones a una

mujer; pero en este momento, solo desearía darte un beso con todas mis fuerzas y

mi cariño.

Pagaron la cuenta y al salir unieron sus bocas sin importarles los transeúntes,

unidos mas que cogidos regresaban por la cal e Barón de Carcer, mientras decidían

que al día siguiente partirían hacia Sagunto en el tren de las nueve y diez. Y como lo decidieron lo hicieron una nueva ilusión había nacido en sus corazones que les

alentaba a seguir sus planes. Mientras viajaban veían por la ventana los fértiles

campos Valencianos, sonreían cada vez que sus miradas se cruzaban, todo denotaba su felicidad, Carmen parecía mas parlanchina que nunca el a que siempre

se mostraba muy modosita parecía haber despertado, de súbito. Llegaron a Sagunto

y enfilaron la cal e Mayor, apenas cruzar la antigua carretera de Barcelona. Pese a

l amarse la cal e Mayor era una de las mas estrechas de la población, solo superada

por algunos cal ejones de la “Judería”. apenas podía pasar un coche, aunque

algunas casa disponían de garaje, este solía estar retranqueado en la vivienda con

la puerta de bies. Caminaron un buen tramo, mientras Miguel daba algunas

explicaciones; pocas pues no conocía mucho de la ciudad, solo aquel o que había

leído por Internet. Mirando a su izquierda dijo. Mira este es el palacio del Delme,

unos pasos mas y estamos en mi casa.

Apenas l egaron, Carmen observó una puerta metálica para garaje y a su

lado otra puerta de mas de un metro. Miguel abrió la puerta mientras explicaba.

El garaje es parte de la casa, no hay coches en su interior.

Entraron y carmen se encontró con una amplia estancia, hacia su derecha la

estancia crecía tres metros mas mientras que a su izquierda debía estar el Garaje.

Dos puertas de cincuenta centímetros a la izquierda, parecían un armario o ¿serían

las puertas interiores del Garaje?. A cuatro metros y medio frente a el a unas

amplias puertas con cristaleras cerraban el recibidor, las puertas abrían en ambos

lados. Otra gran sala seguía a continuación era el salón comedor con una hermosa

chimenea, en frente a la izquierda, dos puertas pertenecientes a la cocina y el aseo.

A su derecha la escalera que subía a las habitaciones superiores y en frente la

puerta del antiguo corral. La abrieron y el sol entró con todo su esplendor.

A Carmen le gustaba todo cuanto veía, la casa tenía un encanto clásico, los

techos eran de vigas de madera formando arco entre el as, como a el a le gustaban.

Subieron a la planta superior con amplias habitaciones, dos de el as completamente

vacías. Descubrieron algunos muebles clásicos que resultaron ser del agrado de

Carmen, se volvió hacia Miguel cogiéndole las manos.

- Me gusta todo, los muebles, la casa como está pintada o distribuida. Incluso

hay espacio para mis cuadros,

las antiguas cuadras al fondo del patio podrían

convertirse en mi estudio o lugar de trabajo, no me importaría vivir aquí.

- ¿Quieres decir que puedo comprarme el coche?

- Si, pero que quepan mis cuadros.

Inmediatamente Miguel buscó por Internet en la población, una empresa dedicada a la restauración de casas y l amó a la primera.

- ¿ Por favor “reformas El rayo”

- Si ¿con quien hablo?

- Verá usted me l amo Miguel y tengo una casa para pintar y limpiar si fuera

usted tan amable de venir y...

- Oiga, oiga, sabe usted que hoy es sábado y que los sábados no trabajamos,

si quiere algo l ame el lunes, ahora estoy ocupado y no hay nada tan urgente que no

pueda esperar. El señor colgó.

- Miguel siguió insistiendo y buscando, l amó a otra empresa estaba dispuesto

a dejarlo zanjado ese mismo día y l amó a otra empresa.

- ¿Pinturas y reformas Conesa? - tardaron un poco en contestar.

- Si ¿ que desea?

- Tengo una casa para pintar y limpiar, me corre prisa si usted fuera tan

amable de venir nos podríamos poner de acuerdo.

- Espere un momento y hablaré con el señor Antonio, en estos momentos no

está en casa, pero he reservado su teléfono y le l amaré en breve.

La secretaria o quien fuese colgó y mientras esperaban la l amada bajaron de

la parte superior, observando detenidamente toda la casa. Solo con verla a Carmen

le había entrado una profunda emoción y no dejaba de planificar el mas mínimo

detal e. Entonces se percató que en el salón había una puerta que debía acceder al

Garaje la abrió y exactamente así era, inmediatamente pensó en las puertas que

había visto en la entrada. Se acercó y las abrió; era un armario o guardarropa y

estaba l eno de ropa colgada, abrigos, chubasqueros; bastones, en un lado algunas

cajas con libros y otras con objetos de cerámica perfectamente envueltos y

guardados, bajo la ropa un jarrón chino de casi un metro de altura. Carmen dijo a

Miguel que aunque consiguiera que pintasen la casa, no quería que abrieran el

armario para evitar que rompieran algo, mas tarde el a lo forraría de papel pintado y lo dejaría a su gusto

El teléfono sonó era el propio Antonio Conesa el pintor.

- Si dígame - contestó Miguel.

- Soy Antonio Conesa, me ha dicho mi hija que quería hablar conmigo.

- Si, mire señor Conesa, vivo en Valencia pero tengo una casa para pintar y limpiar en su ciudad, me es difícil por el trabajo venir otro día, si usted pudiera venir hoy podríamos hablar e incuso ponernos de acuerdo.

- Si pero estamos en Onda terminando un trabajo, entre recoger y comer no

creo poder estar en su casa antes de las cinco.

- No importa le esperaré, es en la cal e Mayor treinta y siete.

- Está bien iré. Hasta la vista.

- Hasta la vista.

Miguel colgó y le dijo a Carmen.

- Tenemos tiempo de dar una vuelta por los alrededores y buscar un

restaurante para comer, ya que hasta las cinco no podrá venir.

- No importa tenemos el día libre y sin nada que nos corra prisa.

Carmen volvió a mirar la casa y los muebles nuevamente en su mente se iba

reflejando la idea de como quedaría y la distribución. Todo le gustaba y era lógico, el tío de Miguel había sido un hombre “soltero” con mucho gusto, aunque un poco

clásico y culto. Miguel buscó restaurantes y encontró varios cercanos por fin se

decidieron por uno que estaba cerca de la Judería, en la cal e que subía al castil o.

Era una forma de ir conociendo la ciudad y sus partes mas antiguas. El restaurante

resultó ser acogedor y con buena cocina. Aún no se habían levantado de la mesa

cuando sonó el teléfono de Miguel.

- Si Antonio ¿dígame?

- ¿Que Antonio? Soy Abel “el policía” - se escuchó del otro lado.

- Abel perdona esperaba una l amada. ¿Que deseas?

- He encontrado a una persona que puede aclararnos las dudas sobre las

sectas en Palestina. Mañana por la mañana tengo una entrevista con el, como me

dijiste que te tuviera al corriente he decidido l amarte por si quieres acompañarme.

No es nada oficial.

- Si, si quiero acompañarte, donde nos vemos.

- A las nueve en la plaza de San Agustín, vamos con mi coche. Como te he

dicho la visita es extraoficial, solo es por mi interés en conocer algo mas sobre los Sicarios y como pueden actuar.

- Si entiendo, al í estaré. Hasta mañana.

- Adiós.

- ¿Que ocurre? - preguntó Carmen.

- Era Abel el subcomisario, recuerdas lo que te conté sobre el profesor Isaac al que mataron y las sectas que me mencionó.

- Si lo recuerdo.

- Pues por lo visto el subcomisario ha encontrado un experto en sectas y ha

concertado una entrevista. Mañana debo estar a las nueve en la plaza de San

Agustín.

- ¿Puedo ir yo?

- Es una visita extraoficial, por lo tanto no creo que haya impedimento alguno.

¿Nos vamos?

- Si pide la cuenta.

Regresaron a la casa, dejando la puerta abierta para que circulara el aire.

Como había dicho Antonio a las cinco estaba l amando con el picaporte de bronce

en forma de mano, que colgaba de la puerta. Salieron a recibirlo y Miguel no se ando

con rodeos; le dijo lo que quería y en un tiempo máximo de quince días. Antonio

antes de comprometerse quiso ver toda la casa.

- Bien señor Miguel, tiene suerte de que aún faltan dos meses para las

comuniones de lo contrario no podría hacérselo tan rápido. ¿los colores?

- Los mismos o similares que hay - Contestó Carmen.

- Yo subiría un poco los tonos de las habitaciones no mucho “son demasiado

pastel” el resto como está; quien habitaba la casa tenía buen gusto.

- Está bien - Contestó Carmen - me gusta pero el armario de la entrada no lo

toque, dentro se guardan cosas que se pueden romper y además quiero

empapelarlo.

- Entiendo, si están de acuerdo en el precio el lunes empezamos.

Miguel y Carmen no tenían otro presupuesto con quien comparar, pero el

precio les pareció justo, por lo tanto entregaron la l ave al pintor y se fueron en busca del tren, para regresar a Valencia.

Eran las siete cuando l egaron a la capital. Carmen decidió regresar a casa,

pues según el a tenía que poner la lavadora.

Miguel aprovechó para subir al piso superior y hablar con Lorenzo. Este le

hizo pasar. Lorenzo era un hombre flaco y alto algo mas que Miguel debería medir

un metro ochenta y cinco, su señora había fal ecido recientemente y el l evaba

tiempo desempleado, solo tenía un hijo con veintiún años que pasaba los días

estudiando y apenas se cruzaba con el, solo en contadas ocasiones podían hablar

por la noche, pues su hijo se encerraba en su habitación para estudiar o escuchar música. Los muebles del apartamento eran modestos, los mismos que adquirieron

cuando se casaron y las letras del apartamento se había comido todos los ahorros

que hubieran podido tener, aunque era tan pequeño como el de Miguel.

- Señor Lorenzo puede decirme usted en que ha trabajado y que estudios

tiene.

- Verá don Miguel, yo estudiaba tercero de Bachil er cuando en la empresa

donde trabajaba mi padre hacían falta mas trabajadores. Me permitió terminar el

curso y hacer los exámenes, pensando que tal vez mas tarde podría seguir mis

estudios, cosa que nunca ocurrió. La empresa era de albañilería y al í empecé como

pinche, fui ascendiendo y al menos durante unos años la cosa fue bien. Pero la

construcción es cíclica y vino el parón, vendí fruta trabajé de transportista o mas

bien de repartidor, ocasionalmente trabajé en una zapatería hasta que volví a la

construcción. Como sabe l evamos unos años en que no hay trabajo en mi oficio,

solo he conseguido trabajos esporadicamente. Llevo seis meses de paro y este se

termina...

- Entiendo, debo advertirle que tengo un empleado, el chico es deficiente pero

muy listo aunque su sueldo es el que marca la ley para un chico con sus

deficiencias. Le digo esto porque aunque necesito ayuda, la librería no da para tanto y por lo tanto no podré pagarle, un sueldo como usted se merece o ganaría en la

construcción. No obstante acumularía paro y siempre podría volver a su antiguo

oficio.

- No importa y tampoco necesito vacaciones eso se lo puede ahorrar.

- No si quieres trabajo yo te lo doy pero con todos tus derechos. De momento

tendrías que aprender y ante la duda preguntar a Vicentín o a mi.

- No importa yo me adapto a todo “Pruébeme”

Lorenzo parecía estar desesperado y Miguel viendo la cara que de necesidad

que ponía, le dijo que el lunes lo esperaba en la librería. Al día siguiente pasó a por carmen y los dos juntos se dirigieron a la plaza, no estaban mas de dos minutos

cuando un coche paró ante el os. Reconocieron a Abel y subieron al vehículo.

Miguel hizo las presentaciones pertinentes. Cuando salieron de la capital y cogieron

la autopista preguntó a Abel.

- Que sabes sobre la persona que vamos a ver.

- Solo se que era aspirante a cura, parece ser que tuvo algún problema y no l egó a serlo se salió y escribió un libro, ya l eva tres libros editados, un buen amigo al que le gustan las ciencias ocultas y las leyendas antiguas, es quien me puso en

contacto con el. Según tengo entendido es un experto en historia antigua. Por lo

demás solo se que nos recibirá en su casa.

Buscaron la cal e según l evaba anotado Abel y pronto dieron con el domicilio,

buscar donde aparcar fue una empresa mucho mas difícil y dejaron el vehículo algo

alejado. Tras volver sobre sus pasos encontraron el edificio.

Llamaron a la puerta seis y escucharon una voz que preguntaba.

- ¿Quien es?

- Don Vicente Escribá, soy Abel.

- Suban al segundo piso.

La puerta del portal se abrió y subieron con el ascensor, Vicente les esperaba

con la puerta abierta y les hizo pasar. Se saludaron y pasaron a una salita. Sobre la mesa camil a habían varios libros. Se sentaron a su alrededor.

- Don Vicente yo soy Abel y me acompañan Carmen y Miguel.

- Mucho gusto en conocerles, señor Abel dígame sobre que quería

preguntarme.

- Mejor que las preguntas las haga Miguel, pero me gustaría saber por que no

l egó a cura, que le motivó a salir del seminario.

En la cara de Vicente Escribá se dibujó una sonrisa mientras decía.

- Mire señor Abel aunque mi nombre sea el mismo que el del fundador del

Opus Dei le puedo asegurar que no tenemos nada en común. Ya no se si me salí o

si forzaron mi salida. Yo era un buen cristiano y creía firmemente lo que me decían,

pero un día se me ocurrió comparar los evangelios “me refiero a los cuatro

reconocidos por la iglesia” y empecé a encontrar contradicciones y pasajes que no

coincidían con la realidad, con lo que hace la iglesia, o con lo que me habían

enseñado y claro está empecé a preguntar. La respuestas para mis preguntas

fueron diversas como, “eso es un misterio” o “si la iglesia lo manda hay que

obedecer” y la mas gorda “es pecado desconfiar de las enseñanzas divinas”.

Yo pensaba, ¿si Jesús predicó la pobreza? Como decimos que somos sus

seguidores con tanta riqueza y parafernalia, ¿si la iglesia debe ayudar a los pobres

por que almacena dinero y joyas? Llegó un momento que la cosa se puso mas que

difícil, me miraban como a un apestado o poseído y un día hice mi corta maleta

dejando la sotana sobre la cama; nadie preguntó, tampoco yo di explicaciones a partir de ese día me dedique a investigar y anotar todo aquel o que me resultaba

dudoso o... Creo que me estoy pasando perdonen no hablo con mucha gente.

- No resulta reconfortante poder hablar abiertamente con una persona como

usted, yo soy pintora o restauradora. Hace poco encontré detrás de un lienzo las

palabras, “Tutela Fraternitate Fieri” según creemos la traducción correcta sería

“Hermandad Protectora” ¿que puede decirme al respecto?

- Si quiere decir “Hermandad Protectora” afortunadamente hoy desaparecida.

- ¿Afortunadamente? - contestó Carmen.

- Si era una secta anterior a La Inquisición, y mas tarde unida a el a, creo que

desaparecieron las dos al mismo tiempo.

- ¿A que se dedicaba?

- En realidad hacía el trabajo sucio sin preguntar, dependía directamente de

una secretaría del Vaticano. Era alto secreto y dudo que el Papa actual tenga

conocimiento de la misma. ¿Dice usted que encontró el nombre tras un lienzo?

- Así es.

- Pues el lienzo en cuestión debía haber sido quemado. Si no fue así es por

que, posiblemente alguien lo salvó de las l amas y se lo guardó. De haberlo sabido la Hermandad lo hubieran matado sin preguntar.

- ¿Conoce algún acuerdo de la Hermandad con los Sicari ?

- No no creo que existan ninguna de las dos sectas. Hoy se l ama sicario a

cualquiera que mate por dinero. Debemos distinguir lo antiguo de lo moderno.

Era el turno de Miguel y no perdió el tiempo.

- Don Vicente, yo quería preguntarle sobres las sectas de palestina, en

tiempos de Jesús y de los romanos.

- Bien, sigamos un orden, e intentaré ser lo mas breve posible; en realidad no

se si se pueden l amar sectas o agrupaciones con pensamientos diferentes. Fuesen

lo que fueran, estaban los Esenios, incluso hoy existe la puerta l amada de los

Esenios en Jerusalen, solían vivir en pequeñas comunidades separadas y muy

pocos vivían en las ciudades, su secta se remonta a dos siglos AC. tras la revuelta

Macabea, (166-159) AC se retiraron mas al desierto bajo el mando del que era su

nuevo líder “ El Maestro de Justicia” tanto Juan Bautista como posteriormente Jesús

bebieron de su sabiduría. Se discute y especula si fueron el os o los Saduceos los

autores de “ los rol os del Mar Muerto”.

Los Saduceos eran los descendientes del sumo sacerdote Sadoq, nombrado directamente por Salomón, se cree que estaban enfrentados a los Fariseos; según

se deduce de los escritos de Josefo, negaban parte de las sagradas escrituras e

intentaban colocarse en los cargos mas importantes, muchos de el os formaban del

Sanedrín y en realidad fueron quienes condenaron a Jesús por diferencias

religiosas. Caifás era Saduceo y no fue Pilatos quien lo condenó y lo mandó

crucificar, el se lavó las manos y lo entregó a los sacerdotes; estos fueron quienes

ordenaron su ejecución. Los saduceos solían mezclarse con la casta dominante

para conseguir sus propósitos y no dudaban en ir contra su propio pueblo, para

conseguir sus propósitos.

Los zelotes: Llegados a este punto cabe aclarar que los Esenios tenían

vínculos con el brazo armado de los zelotes, algunos escritos los vinculan

directamente y otros añaden además, en la parte mas extremista a los sicarios. Si

hemos dicho que Jesús y Juan el Bautista eran Esenios, cabría añadir que Simón -

Pedro era Zelote por ese motivo iba siempre armado, mientras que Judas Iscariote

era Sicario. Si eso como parece es cierto y hay escritos que lo atestiguan, Jesús

pertenecería a la clase culta de la secta, todos el os querían arrojar a los romanos, unos como Jesús y sus amigos con las enseñanzas recibidas del Torá o Antiguo

testamento; por otra parte el sector armado de Simón l amaba a la lucha armada y

los sicarios

aprovechaban la noche, para matar romanos amparándose en la

oscuridad con la sica. La sica era un puñal curvo típico de Palestina y otros

territorios cercanos, y a eso deben su nombre los Sicarios.

- ¿Puede decirnos algo sobre el bautismo? - preguntó Carmen.

- No existía tal bautismo, los Zelotes tenían por costumbre bañarse y lo9

hacían a menudo, practicaban el baño como si fuera parte de su religión, bañándose

en muchas ocasiones en grupo, es posible que Jesús se bañase con Juan y todos

los asistentes pero eso no tenía mas significado que sentirse Zelote o mas bien

Saduceo, practicar sus costumbres y ser uno mas de la secta. Por otra parte según

los profetas la autentica misión “Del Mesías” era, reunir a las doce tribus de Israel y como no lo logro “no podía ser El Mesías o el profeta que esperaban.

Cuando decidí investigar a fondo e intente recuperar los evangelios Apócrifos

o lo que quedara de el os, tras leer todo lo que caía en mis manos comprendí que las

personas que los escribieron en aquel a época añadían habladurías y mucha

fantasía, la mayoría de el os fueron escritos muchos años después y por escribas

que no habían conocido a los protagonistas. Creo fue Marcos el primero en escribir su evangelio, de los cuatro reconocidos por la iglesia y lo hizo sesenta años DC. Si

tenemos en cuenta los años pasados hasta escribirlos; nos encontramos con otro

problema ¿con que edad conoció a Jesús ? ¿tal vez con veinte? si sumamos

sesenta y veinte son ochenta. ¿con que edad fal eció Marcos si en su época pocos

pasaban de los cuarenta o cincuenta? De los demás evangelistas mejor no hablar y

para colmo nadie estaba cuando nació ni lo conoció en su niñez. Como han

l egado los reyes magos a nuestros días. Caso diferente tenemos con Mateo, este si

sabía escribir pues era recaudador de impuestos incluso se dice que en su casa se

celebró la última cena y era donde se reunían, el problema radica en que Mateo

escribió sus evangelios veinte años después de Marcos o sea ochenta DC. ¿que

edad tenía, los pudo escribir de su puño y letra? De los demás mejor ni habar, Lucas

en el noventa y Santiago en los ciento veinte DC. He aprendido que hay que tomar

los escritos antiguos, como solemos decir con pinzas, ya que la fabula se confunden

con la realidad y no solo en los canónigos, también ocurre lo mismo con los

Apócrifos

- ¿Sabe como se decidieron por los cuatro que nosotros conocemos?-

preguntó carmen.

- Le encomendaron el honor a Anastasio obispo de Alejandría, eso ocurrió

pasados trescientos años DC. Por entonces los evangelios no estaban unidos, los

formaban varios libros. El fue quien hizo la lista de los veintisiete libros que

formarían los evangelios del Nuevo testamento. Destruyendo los que l amó

“Apócrifos” que en griego quiere decir “libro oculto”. Afortunadamente van

apareciendo nuevos pergaminos y escritos guardados como los rol os de Qumrán y

siguen apareciendo mas. Como el evangelio de Felipe, el de Judas, Zacarías, María

Magdalena etc. También la arqueología demuestra errores en el antiguo testamento

como por ejemplo que las trompetas que derribaron las mural a de Jericó, no fueron

tales, al menos como se ha contado, las mural as ya estaban destruidas cuando los

israelitas l egaron y no hubo tal guerra puesto que los dos pueblos se unieron

pacíficamente. Por otro lado el pueblo filisteo tardó mil años mas en aparecer como

tal pueblo y ocupo la franja del mar. No existían como pueblo en la época y por lo

tanto no pudieron luchar con el os. En fin como digo, todo lo referente a la época o

anterior “hay que cogerlo con pinzas”.

Los tres atendían las explicaciones de Vicente sin querer interrumpirle.

- Deseáis saber alguna cosa mas. La historia es muy larga si se dan

explicaciones.

- No señor - contestó Abel - nos ha dado una gran explicación pero debo

decirle que un profesor de historia ha sido ajusticiado con un arma de hoja curva,

creemos que con una sica. El fue quien nombró las sectas de las que usted nos ha

hablado. Y una semana mas tarde estaba muerto.

Vicente se quedó mirando a Abel, no creo en la existencia de tales sectas en

nuestro tiempo. Hace muchos siglos que no sabemos nada de el os. Creo

firmemente que han desaparecido. Cualquiera podría comprar una Sica, se siguen

fabricando en muchos países, sobre todo musulmanes y cualquier asesino podría

utilizarla.

La conversación no daba mas de si y se despidieron de Vicente Escribá

dándole las gracias. Era hora de comer y se dirigieron a la playa de Gandía,

comieron, se pasearon y discutieron sobre las palabras de Vicente. Un airecil o de

levante empezó a soplar y el día se hizo mas fresco, subieron al coche y regresaron

a Valencia.

Para Carmen y Miguel el día había sido intenso e interesante.

Lorenzo esperaba en la portería cuando Miguel bajó del apartamento y tras

darse los buenos días se encaminaron juntos a la librería, Vicentín solía l egar una

hora mas tarde y cuando l egó y vio a Lorenzo colocando los libros en orden, fue en

busca de Miguel.

- ¿Que, que pasa? ¿o. o. ocupa mi puesto?

- No, lo he contratado para que te ayude, el es mas alto y no quiero que tu

subas a la escalera. Así cuando yo tenga que irme no l amaré al señor Tomas.

Además vive en la misma escalera que yo y lo tengo a mano, además el no entiende

nada de tebeos o revistas. Tendrás que ayudarlo.

Las explicaciones de Miguel fueron del agrado de Vicentín y respiró con

tranquilidad

Un joven entró en la tienda y se dirigió al mostrador preguntando.

- Señor ¿aquí compran libros viejos?

- Si - respondió Miguel - claro está si nos interesan.

- Verá tengo una biblioteca completa, mi padre leía mucho pero yo no soy muy aficionado, en fin me gustan mas las películas y los reportajes; quiero cambiar

el salón y quisiera librarme de todos, si cobro por el os mejor que mejor ¿lo

entiende?

- Sí lo entiendo, quiere que me los l eve todos y que limpie la estantería

dejándole el salón libre.

- Sí así es.

- Bien, en ese caso le diré que si hay libros que me interesen, puedo pagar,

pero si son pocos los que me interesan, no podre pagarle por todos. Habría que

verlos.

- Si lo entiendo ¿cuando puede venir a verlos?

- ¿Le parece bien esta tarde a las siete?

- Si me parece bien.- el joven sacó una tarjeta de la cartera y escribió detrás

la dirección, entregándola a Miguel, mientras decía- está junto a la finca Roja.

- Si se donde está,

- En ese caso hasta las siete.

- De acuerdo al í nos veremos.

Caía una fina l ovizna cuando cuando Miguel salió a la cal e, cogió el

paraguas y se dirigió a la finca Roja, Lorenzo se ocuparía de cerrar la tienda. La

finca se encontraba aproximadamente a algo mas de un kilómetro de la tienda, con

paso firme fue cruzando cal es hasta l egar a la dirección indicada. Leyó el dorso de la tarjeta, piso cuarto, puerta doce. Llamó a la puerta el dueño le estaba esperando.

- Pase es por aquí.

El joven lo l evo al final del pasil o, ante la vista de Miguel se mostraban tres

de las cuatro paredes de la estancia, l enas de estanterías repletas de Libros solo

las ventanas o puertas estaban exentas. Mientras escuchó que a su espalda una

voz decía - comprende ahora por que quiero deshacerme de tanto libro - Miguel no

contestó solo movió la cabeza afirmativamente y se dedico a ojear los tomos; ante la

atenta mirada del propietario. Tras diez minutos de concienzuda observación y tras

sacar algunos para ojearlos, se dirigió al joven.

- Solo aproximadamente una cuarta parte de el os me resultan interesantes y

usted quiere que me los l eve todos ¿es así?

- ¿Será usted quien los l eve a la tienda o tengo que pasar yo a recogerlos.

- Usted se los l eva.

Miguel movía la cabeza - en ese caso el coste es elevado para mi he de

l amar a una agencia de trasporte y eso rebaja...

- Un momento Cuanto me daría si los l evase yo a su tienda.

- Podría l egar a los trescientos euros. Como le he dicho no todos tienen

venta y ademas es una inversión a muy largo plazo.

- Si lo entiendo ¿y si no se los l evo?

- Por menos de cien euros no creo que ninguna agencia me realice el trabajo.

- Entiendo, yo creía que podría sacar al menos quinientos. Tendré que vender

algo mas.

Miguel se había estado fijando en la mesa del despacho con incrustaciones

de marquetería, mientras el joven seguía diciendo.

- ¿Y si usted los empaqueta y yo en tres o cuatro viajes los l evo en mi coche,

tumbándole los asientos traseros caben muchas cajas?

- ¿A pensado en vender la mesa y la sil a? Le ofrezco seiscientos por todo si

usted l eva los libros.

El joven se quedó pensando, le quedaría el muerto de las estanterías y el

quería vaciar la habitación. Por fin respondió.

- Setecientos y se l eva las estanterías.

Las estanterías no me interesan tengo la librería repleta de el as. Y tengo que

l amar a un transportista.

En fin cerremos el trato le doy seiscientos cincuenta, usted l eva los libros a

mi tienda y yo me l evaré los muebles, pero estos dentro de quince días.

El joven estuvo de acuerdo y mientras le estrechaba la mano dijo.

- Me l amo Andrés el sábado no trabajo, me viene de peril as para l evarlos a

su tienda..

- En ese caso pase por la librería a las nueve se l evará cajas y dos personas

para colocarlos en el as.

Con el trato cerrado cogió el paraguas e inició el camino de retorno. A lo largo

de la cal e San Vicente, aunque era de noche y seguía cayendo l ovizna, no era muy

tarde y se dirigió por la avenida Barón de Carcer en busca de la cal e Linterna, para hacerle una visita a Carmen. No había un alma por la cal e solo algún que otro coche

circulaba, haciendo saltar el agua de los charcos. Miguel caminaba pegado a los

edificios cuando una rara sensación le invadió. Escuchó pasos tras el se paró y los pasos pararon, se volvió y vio a una señora mirando un escaparate; la señora siguió

con su peculiar taconeo y pasó al lado del librero, este siguió su camino pero no

torció a su derecha donde estaba la cal e de carmen, siguió adelante sin inmutarse

seguía teniendo la sensación... Cuando l agó al mercado Central doblo la esquina

y se apresuro a saltar la verja de escasamente ochenta centímetros que daba a la

puerta de los antiguos urinarios (en la actualidad cerrada) bajó los cinco escalones y cerrando el paraguas se ocultó en la penumbra, no tardó en pasar la mujer nórdica.

Miguel tuvo la convicción en ese momento de que su vida corría peligro. Se

preguntaba ¿quien sería aquel a mujer? ¿sería una asesina o simplemente lo

vigilaba? Fuera como fuese no le gustaba nada el asunto, pese ha decirle al

subcomisario que no tenía miedo ahora Carmen había entrado en su vida y le

prometía un feliz futuro. Mientras regresaba a su casa pensaba que tal vez no había

sido tan buena la idea dejar Madrid y seguir el oficio de librero de su tío.

Se le ocurrió que tal vez el viejo Tomás podría saber, que hacía su tío con los

libros valiosos por su antigüedad.

Tomás se iba al horno como todos los días. Miguel barría la puerta de la

librería, cosa que no hacía muy a menudo apenas salir del portal lo abordó.

- Buenos días señor Tomás, ¿podría contestarme a una pregunta?

- Buenos días Miguel, si está en mi mano como no. ¿Que quieres saber?

- En caso de tener libros antiguos con un cierto valor ¿que solían hacer usted

y mi tío? Quiero decir...

- Se lo que quiere decir. Cuando por casualidad cae un “incunable” en

nuestras manos, “cosa harto difícil” o algún libro de valor; tanto tu tío como yo los mandábamos a Madrid a una casa de Subastas ¿como se l amaba? ¡ah! Si

Ferdinan; ya casi había olvidado el nombre.

- Sabe si mi tío antes de Fal ecer mandó algún...

- No, no tengo noticia de el o, no siempre nos lo decíamos todo. Tu tío vivía

en su casa de Sagunto y puede que al í encuentres facturas o papeles... en fin no

puedo decirte nada mas. Entiende que no solíamos preguntarnos por nuestros actos

o negocios.

- No importa ha sido de gran ayuda. Gracias nuevamente señor Tomás.

El viejo sonrió y siguió su camino en dirección al horno. Mientras tanto Miguel entraba en la librería pensando que el no había encontrado, facturas viejas ni

papeles en la tienda ni tampoco en su casa era como si su tío hubiera limpiado la

historia de la librería.

El sábado antes de las nueve un monovolumen paraba a la puerta de la

librería Lorenzo y Vicentín cargaron las cajas y subieron al vehículo. Les aguardaba

un arduo trabajo, no obstante a la hora de comer habían terminado, las cajas se

habían amontonado en la tienda pese a entrar algunas en el cuarto de las

reparaciones. Miguel observaba las cajas apenas las descargaban y los libros que

creía de mas valor los iba dejando sobre la mesa donde los encuadernaba. Lorenzo

entró en el cuarto.

- Don Miguel es hora de cerrar.

- Esta bien iros, yo cerraré.

Los dos empleados salieron pero Miguel se quedó ojeando algunas cajas. El

teléfono sonó.

- Si Librería Torres.

- ¿Es usted don Miguel?

- Si Yo soy ¿con quien hablo’

- Soy Antonio “el pintor”

- Oh perdone no había reconocido su voz.

- Le l amo para decirle que la casa está terminada, limpia y apunto para

ocuparla, puede pasar cuando quiera a verla.

- En ese caso mañana le haré un traspaso.

- ¡Señor Miguel mañana es domingo! y dentro de cuatro días empiezan las

fal as. Estamos a diez de marzo.

- Si tiene razón Antonio lo se, solo que estaba inmerso en un trabajo... ¿En

que estaría yo pensando ? En fin podemos vernos mañana intentaré l evarle todo el

dinero, utilizaré los cajeros y espero sacar suficiente, ¿A que hora nos vemos?

- Conoce el bar Musical... no mejor a las diez y media en su casa.

- Procuraré estar pero voy en tren y no se el horario...

- Entiendo l ámeme cuando l egue a Sagunto.

Carmen hacía señas desde la entrada, Miguel se acercó a el a.

- ¿Sabes que hora es?

Miguel miró su reloj ya pasaban de las nueve y quince.

- Perdona se me ha ido el santo al cielo, te importa si vamos al bar del

cal ejón y cenamos

- No todo lo que cocinan esta sabroso y ademas me gustan las tapas. Pero

¿que te ha ocurrido?

- He realizado una compra de muchos libros y estaba ojeando los que

considero mas valiosos o mas fáciles de vender, en fin tengo trabajo para días. Por

cierto con los libros e comprado un hermoso escritorio y un montón de estanterías.

- ¡Pero si tienes la tienda repleta!

- Estas son buenas de madera y prácticamente son gratis, sustituiré algunas

de la tienda y el resto podemos l evarlas al salón superior de la casa, donde tu

puedes montar tu estudio. O a las antiguas cuadras, bueno ya decidiremos.

- ¿Puedo preguntarte con quien hablabas?

- Si con Antonio el pintor, nos espera mañana para entregarnos las l eves, la

casa está terminada.

Para Carmen era el principio de una nueva e ilusionante vida. Pero quería

tomársela con calma.

- Creo que debemos ir sin prisas pero sin pausa ¿Ya has comprado el coche?

- No quería buscar antes un garaje para dejarlo, no hay sitio en la cal e y los

aparcamientos están muy caros. Pero ya lo he encontrado en tu cal e, en el edificio

restaurado recientemente. La próxima semana lo compraré.

- Que tenga buen maletero, en ocasiones...

- Si te entiendo, los libros han venido en un monovolumen y creo que será lo

mejor, siempre lo podremos cargar de...Cualquier cosa.

Carmen sonreía y Miguel se quedó mirándola.

- ¿Que ocurre?

- Estás ausente o distraído.

- Estoy agotado; cenemos...

Al día siguiente subieron al tren y se dirigieron a Sagunto, apenas l egaron a

la estación l amaron por teléfono a Antonio. Casi l egaron al unisono a la casa, el

pintor abrió la puerta con una sonrisa y entregó las l aves a Carmen. Entraron en la

casa “Todo estaba limpio” e incluso el piso de baldosa rustica sin un pero que

ponerle. Podían quedarse a vivir ese mismo día. Carmen subió a la parte superior, las habitaciones estaban inmaculadas; sobre las camas solo estaban los colchones.

(La casa tenía una habitación de matrimonio y otra con una cama de noventa).

Al bajar Antonio ya había cobrado y le dijo a Carmen.

- La ropa de cama y las cortinas de arriba las hemos dejado en una cesta bajo

la uralita del corral.

Carmen asintió con la cabeza y se dirigió al corral, al í bajo unas uralitas

estaba la lavadora, intentó ponerla en marcha pero no lo consiguió, estaba claro que

debían comprar otra, la nevera era anticuada y olía; eso hizo que se plantearan

cambiar todos los electrodomésticos de la casa ya l evaban ocho años parados, no

obstante comprobaron la encimera y el horno, los dos funcionaban,. Antonio se fue y

la pareja quedó sola. Decidieron dejar la puerta entreabierta colocando una sil a tras el a y dejando también abierta la puerta del corral para que circulara el aire y

eliminase poco a poco el olor a pintura. Carmen había l evado una bolsa de plástico

con el a, sacó una bata blanca de las que utilizaba para pintar y se la puso también

l evaba un rol o grande de bolsas de basura.

- Miguel los armarios de arriba están l enos de ropa de tu tío, si te parece bien

la ponemos en las bolsas y las tiramos al contenedor de ropa - Miguel asintió y

subieron los dos a l enar bolsas, alguien desde la entrada de la casa l amaba. Miguel bajó con unas bolsas. Era una señora de mas de sesenta años.

- Buenos días señora ¿que desea?

- Buenos días, verá usted, yo tengo una l ave de esta casa.

- ¿Que usted tiene una l ave de mi casa.

- Si ¿y usted quien es?

- Soy el dueño de la casa la heredé de mi tío.

- ¡Ah! Ya entiendo.

- Su tío me dejaba una l ave por si perdía la suya o se la dejaba en Valencia.

Yo cubrí los muebles con sábanas para preservarlos.

- Se lo agradezco Señora..

- Remedios, me l amo Remedios y soy su vecina.

Carmen bajaba con dos bolsas.

- Mire Remedios mi señora, Carmen y un servidor Miguel. Carmen es nuestra

vecina Remedios y tiene l ave de la casa.

- Mucho gusto Carmen ¿ si quiere se la devuelvo?

- No señora si mi tío confiaba en usted, no veo porque no iba a confiar yo.

Carmen se quedó hablando con la señora mientras Miguel subía a por las dos

bolsas que quedaban; a continuación abrió la puerta del garaje y se puso manos a la

obra de limpiarlo, mientras Carmen seguía atendiendo a la señora.

Había pasado mas de media hora cuando la señora dejó libre a Carmen y

esta entró en el garaje.

- Miguel he quedado con la señora para ir mañana a la tienda de René a

comprar la nevera y la lavadora, puede que también compre colchones nuevos, no

me gustan los que hay.

¡Pero Carmen! mañana yo tengo trabajo y precisamente esta semana tengo

mucho mas, el viernes es “la plantá” de las fal as y quiero comprar el coche, mañana

mismo y....

Carmen le puso el dedo en la boca, haciéndole cal ar, a continuación lo besó,

Miguel había quedado desarmado.

- Yo me encargaré de la casa. Juan Carlos mi representante está devolviendo

algunos cuadros incluido el de Coel o. Tengo la semana libre, yo vendré toda la

semana hasta que todo esté a mi gusto.

A Miguel no le quedaba mas que el derecho a besarla; también el

consideraba que las mujeres tienen mas gusto que los hombres para organizar las

viviendas. Además bastante trabajo tenía el, con organizar la tienda. En cuanto

terminó de limpiar el garaje se fueron a comer y por la tarde se decidió a sacar las

cosas del armario de la entrada. Carmen puso una vieja colcha sobre la mesa del

comedor donde irían depositando las cosas que Miguel sacaría.

- Primero el Jarrón con cuidado de no romperlo. El jarrón chino medía

noventa centímetros de alto. Lo dejó cerca de la chimenea y Carmen empezó a

limpiarlo. Varios bastones y paraguas siguieron sus pasos y a continuación empezó

a descolgar ropa de abrigo e impermeables. Cuatro cajas de cartón contenían libros

y una figuras de cerámica. A los lados unas maderas hacían las veces de estantes.

En el as había de todo desde zapatos a sombreros. Lo sacó todo incluidas las

maderas. Fue en ese momento cuando se percató de que el piso del armario era de

madera. Buscó la luz una solitaria bombil a incandescente colgaba del techo del

armario; buscó la l ave pero la bombil a no se encendía subió a las maderas del piso

del armario y comprobó que la bombil a estaba floja, volvió a dar a dar a los

interruptores que habían tras la puerta de la entrada y la bombil a se encendió, pero

su luz era tenue. Posiblemente su tío utilizase la luz que entraba desde el exterior y no la bombil a se acercó a Carmen.

- Cuando compres los electrodomésticos, compra también un plafón para el

techo del armario.

- ¿Has medido el armario?

- No ahora lo aré.

Miguel midió las paredes interiores y le pasó la nota a carmen, medía dos

metros de largo por ochenta centímetros de fondo y dos metros de alto; las puertas

eran de Sesenta por uno ochenta. Como buen librero no tardó en comprobar los

libros que guardaba su tío en su casa y comprendió que debían ser procedentes de

alguna compra que todavía no había l evado a la tienda.

Poco a poco iban recordando cosas.

- Miguel no hay televisión.

- Anótala y hazte una lista que comprueben la antena y...y.-Miguel se acercó

a Carmen - Mira Carmen tu quieres venir aquí y lo comprendo, yo quiero dejar limpia

la librería y ordenar los libros, también debo hacer el listado y difundirlo en mi página de Internet. Quiero comprar el coche y para colmo el viernes es “la plantá” eso

quiere decir que esta semana estarán cerradas muchas cal es.

- Entiendo Miguel, yo me encargo de la casa y tu de tus cosas y esperemos

que tras San José podamos venirnos aquí los dos juntos.

Miguel miraba a Carmen mientras hablaba con ojos tiernos, la tomó entre sus

brazos y la besó intensamente, la mano de Miguel acariciaba con dulzura la espalda

de Carmen, los besos fueron sustituidos por las caricias y antes de darse cuenta

estaban tumbados en el sofá, media hora después mientras Carmen acudía al

lavabo y se cambiaba de ropa Miguel colocaba unos libros en sendas bolsas de

plástico para facilitar el trasporte y l evárselos.

Al día siguiente dejó a sus dos operarios ordenando libros y escribiendo una

lista de todos. Mientras Miguel cogía un taxi y se dirigía al polígono Fuente del Jarro.

En el taxi l amó al joven de las estanterías y este le confirmó que a las cuatro estaría en su casa, aprovecho para l amar a una agencia de mudanzas. Miró los coches

nuevos y los de ocasión en varios locales y por fin compró un monovolumen con

solo tres años. Acordando con la compra-Venta, que pasaría a recogerlo tras

hacerle unos retoques y pasar una revisión, al día siguiente de san José. Antes

había l amado a una agencia de mudanzas y faltaba que le confirmaran si podían realizar el trasporte de las estanterías ese mismo día; mientras volvía a la tienda en otro taxi, le l amaron confirmándole el trasporte.

Miguel entró en la tienda con cara de satisfacción, la mañana había sido

aprovechada al máximo y se sentía satisfecho. Por la tarde sobre las seis el furgón

de mudanzas descargaba un tercio de las estanterías en la tienda y a continuación

se dirigía con el resto, el escritorio y las sil as a Sagunto donde les esperaba

Carmen.

Todos se pusieron manos a la obra, de quitar libros para cambiar las

estanterías. Entre los tres el trabajo se hizo mas liviano.

- Está l oviendo, se presentan malas fal as - comentó Lorenzo.

- Y es hora de irse ya es de noche - confirmó Vicentín.

- Está bien iros yo tengo trabajo. En cuanto a las fal as quedan unos días y el

tiempo cambiara estoy seguro.

Los operarios se fueron y Miguel se quedó copiando la lista de libros en su

página. Tan absorto estaba que no vio a la señora o señorita nórdica entrar en la

librería hasta que la tuvo enfrente y se sobresaltó.

- Perdone no la he visto entrar, ¿que desea?

- Usted sabe lo que deseo.

- No, no puedo saberlo si usted no me lo dice, me preguntó por una biblia y le

mostré las que tenía ¿que mas quiere y porque me sigue?

- Es usted “tonto” ¡quiero la traducción de Simeón!

- Nunca he escuchado nada sobre ese libro y no se nada al respecto, mire he

comprado libros nuevos puede mirar y si lo encuentra se lo regalo.

La rubia se le quedó mirando con muestras de estar irritada, sabía que al í no

estaba lo que buscaba; sacó un papel de un bolsil o se lo mostró a Miguel (era una

fotocopia del mismo recibo encontrado en casa del profesor). Miguel pensó que

alguien se había dedicado a repartir copias del “dichoso recibo” pero se armó de

valor y contestó.

- Señora, en septiembre hará tres años que vine a Valencia, no se nada de mi

tío, solo se que hace ocho años que fal eció, no conozco mas libros que los que hay

en la librería y tengo porque repetirle, que no se nada de lo que usted busca. Tal vez se haya equivocado de librería.

- La muerte es el castigo de aquel os que incumplen.

- ¿Pero yo que incumplo? Vuelvo a repetirle que no se nada y que no me

gusta que me sigan, doy esta conversación por zanjada. ¡váyase o l amo a la policía!

Ya estoy harto.

La rubia sin decir una palabra mas salió de la librería, Miguel estaba

visiblemente nervioso, miró el reloj de pared que marcaba las diez, cerró el

ordenador, apagó las luces y tras cerra la puerta acristalada, bajó la persiana,

dirigiéndose a su casa, apenas dobló la esquina de la Plaza Lope de Vega, una

silueta se hizo visible, saliendo de la penumbra de la iglesia de Santa Cataluña, era la Nórdica, no había un alma en la plaza y Miguel cansado de verla se dispuso a

hacerle frente. No sabía a que se enfrentaba, la rubia era experta en artes marciales y no le daban miedo los hombres, debido a su corpulencia y destreza Miguel no era

rival para el a. Lentamente se fue acercando mientras el permanecía inmóvil sin

saber que hacer.

Una gruesa y potente voz se escuchó “Erika” de la plaza redonda salió un

hombre de al menos dos metros de alto, sus hombros medían mas de un metro de

parte a parte (o al menos eso le pareció a Miguel) era un “mastodonte”. Erika se

volvió y con la rapidez del rayo atacó al recién l egado. Lanzaba patadas y

puñetazos con la velocidad de una serpiente, mientras que el mastodonte con

tranquilidad, paraba sus golpes uno tras otro sin mover los pies del suelo. Miguel

estaba paralizado mirando la escena.

Erika se hizo hacia atrás como retrocediendo, pero entonces Miguel se dio

cuenta que sacaba una Sica de su cintura que l evaba oculta bajo el chándal,

nuevamente se lanzó sobre el hombretón y nuevamente este paraba sus golpes con

gran maestría sin quitarse la chaqueta, pero en un descuido la sica se clavó en su

brazo izquierdo, momento que aprovechó para sujetar a Erika de la muñeca y girarla

como si fuera de papel, se escuchó en la plaza un crujido seguido de un grito de

dolor. Erika se echó hacia atrás cogiéndose el brazo derecho con el izquierdo, a

continuación echó a correr por la cal e de la sombra, mientras corría Miguel vio como el mastodonte se quitaba la sica del brazo y desaparecía, cruzando el arco de la

plaza Redonda. La escena lo había dejado paralizado y empezaba nuevamente a

l over, la fina l uvia lo volvió en si abrió el paraguas y se dirigió a su casa, era difícil

digerir lo que había visto, apenas subió al apartamento l amó a Abel y le contó lo sucedido. La policía seguramente alertaría a los hospitales, pues parecía correcto

pensar, que Erika era la asesina del profesor.

Miguel no quiso decirle nada a Carmen, seguramente se habían librado de

Erika por una larga temporada.No obstante esa noche el librero no conseguía dormir

el recuerdo de la feroz lucha no se lo permitía.

El timbre de la puerta insistía sonando, Miguel despertó y miró el reloj. Dios

mío debe ser Lorenzo. Se puso el batín y cogiendo las l aves abrió la puerta. Como

había supuesto era Lorenzo quien l amaba. Le entregó las l aves y le dijo que no

tardaría en ir a la tienda. Se dirigió al baño, al mirarse la cara comprobó sus ojeras.

¿Que pensaría Carmen si lo viera en esos momentos? Se consoló preguntándose

¿que habría visto Carmen en el, pues no se consideraba muy agraciado? Se vistió y

con la tranquilidad de saber que alguien guardaba tus intereses, entró en un bar

camino de la tienda y desayunó. Al l egar a la tienda, nada contó a nadie de lo

sucedido, abrió el ordenador y siguió con su trabajo. A medio día toda la tienda

estaba en orden y las biblias habían crecido. En un momento de tranquilidad sacó la

biblia que guardaba bajo el mostrador y la observo no había reparado en el a desde

que asesinaron al profesor. Sus tapas eran rojas con letras en oro, la abrió mientras recordaba las palabras del viejo “es una buena biblia y no está muy manipulada”.

Exactamente era una segunda edición de una biblia del siglo diecisiete; el profesor

había dejado varias hojas de bloc en su interior.

La primera hacía referencia a Caín y preguntaba ¿si Adán y Eva fueron los

primeros, como Caín encontró a la tribu de su mujer y se casó? En el interior

seguían las hojas del bloc pero cuando l egaron los Mandamientos habían varias. El

librero leyó el primero y cerró el libro. Había entendido al viejo profesor. No era un libro con mucho valor y difícil de vender; mas para según que personas era un muy

buen libro, pues estaba poco contaminado, por las opiniones o traducciones. Decidió

guardarlo para si mismo, tenía biblias de sobra.

Llamó a Carmen, interesándose por el a y por la casa, el a le hizo saber que

todo iba bien y que esa noche no fuera a buscarla pues estaba rendida. Miguel le

comunicó la compra del coche y que ya tenía la tienda en orden. También le hizo

saber que ya la echaba de menos. No pudo ver la sonrisa de Carmen pero esta

quedó satisfecha.

Solo l evaba una hora en la tienda cuando recibió una l amada de Abel.

- Abel ¿que ocurre?

- Alertamos a los hospitales cuando tu nos dijiste lo de la pelea, pero nadie

ingresó en el os, hemos encontrado a Erika muerta por ingestión de cianuro, l evaba

una capsula escondida. El brazo estaba roto y dislocado. Tal vez no pudo aguantar

el dolor.

- Abel no está bien que lo diga pero, su muerte me causa alivio.

- Lo entiendo. Pero te l amaba por que mañana temprano parto hacia París en

viaje oficial y me preguntaba si quieres acompañarme.

- ¿Para que?

- No tenemos mas que la copia del recibo que l evaba encima, tu eres el

sobrino ¡un Torres!

- Entiendo y quieres visitar a la otra parte del contrato.

- Así es

- Está bien, donde y a que hora.

- Ya tengo los bil etes, salimos a las diez pero te recogeré a las ocho en la

plaza de san Agustín.

- De acuerdo.

Miguel colgó de mala gana el teléfono, l evaba varios días sin ver a Carmen y

sin ir a su casa en Sagunto. Ahora debería l amarla para decirle que tardarían en

verse y estar juntos.

Le entregó las l aves a Lorenzo y le dijo que era cosa de uno o dos días.

A las ocho le recogía un coche de la policía en la plaza. En el iba Abel de

copiloto, ambos habían pensado que con una bolsa de mano era suficiente para

pasar dos días, por lo tanto no tuvieron que facturar equipaje.

A las once y quince bajaban del avión en el aeropuerto de Orly, a la salida

cogieron un taxi y en perfecto francés Abel le dio una dirección.

- No sabía que hablabas Francés.

- Si y también Inglés por obligación de mi trabajo. El francés lo aprendí de mi

madre, yo nací en Nantes y a los pocos años fal eció mi abuelo paterno y mis padres

se trasladaron a España. Pese a tener solo cuatro años mi madre siguió

hablándome en francés y puedo considerarlo mi segundo idioma.

- Ya entiendo, lo mismo hacía mi padre con el valenciano. Puedo preguntar donde vamos.

- Al barrio Latino, pero no creas que al í se habla español. Puede que en

algunas épocas se haya hablado español en Monmatre. Al í es donde vivieron los

mas famosos pintores españoles o tenían sus reuniones. Me gusta visitar la zona

siempre que vengo a París. ¿No has estado nunca aquí?

- No nunca he visitado Francia, ni había subido en un avión.

- ¿Y que te ha parecido?

- Si quieres que te diga la verdad he sentido miedo.

Abel soltó una tímida risa - puedo asegurarte que según las estadísticas es el

medio de trasporte mas seguro.

- Si mientras no cae. Cuando lo hace también es seguro...

El taxista les dijo que estaban l egando, cuando paró Abel le pagó y pidió el

tique. Miguel miraba a los edificios y pensaba que no eran tan bonitos como había

imaginado, ni las cal es tan anchas. Abel se dirigió a una pensión y entró en el portal, Miguel lo seguía con aspecto serio, tal vez pensaba que en su primera visita a París, no era todo lo romántica que hubiera deseado , ¿si en vez de ir con Abel hubiera ido

con Carmen?

- Vamos - dijo Abel subiendo las escaleras mientras sacaba a Miguel de sus

pensamientos.

Primer piso puerta cuatro; abrió la puerta y pasaron al interior. En

la

habitación habían dos camas individuales y el aseo era compartido con la habitación

de al lado, un cerrojo en el interior de cada puerta avisaba de que estaba ocupado.

Dejaron las bolsas de mano sobre las camas y Abel dijo.

- Vamonos aún tenemos tiempo.

Antes de salir Abel preguntó a la señora por la cal e de la Fam (o algo

parecido) debía ser la cal e donde vivía el hombre que vendió el libro al tío de

Miguel. Entonces se fijó en la señora que les atendía debía estar cerca de la

jubilación, pero tanto sus arrugas como los dientes que le faltaban la hacían mas

vieja. Miguel siempre había pensado que en los países como Francia y Alemania no

había gente necesitada y mucho menos con una boca como la de la señora. De

momento se l evó una decepción.

Salieron a la cal e, Abel mas que caminar parecía correr a Miguel le costaba

seguirlo. Tres cal es y giraron a la derecha. La himágen ya le gustaba mas a Miguel

la cal e estaba l ena de bares y restaurantes. Abel le explicó que era zona de estudiantes de varias nacionalidades, incluida la española. Siguieron y por una

bocacal e vio el sena pero no pararon. Abel miró el papel y entonces se dio cuenta

Miguel de que l evaba la copia del recibo.

- Aquí es - dijo satisfecho Abel - puerta uno, primer piso. Subieron y l amaron

a la puerta. Una voz de mujer se escuchó y al momento abría l evando un niño

colgado de la cintura, al que cogía con el brazo izquierdo, mientras que con la

derecha abría la puerta. Abel se puso a hablar con la señora y por los gestos Miguel

intuía que algo no iba bien. Una nueva niña apareció cogiéndose a las faldas de la

desaliñada señora y esto propició que cerrase la puerta.

- ¿Que ocurre?- preguntó Miguel.

- Por lo visto la señora no conoció a Francoise, dice que solo l eva viviendo

aquí cuatro años, que le preguntemos a Jan.

- ¿Quien es ese Jan?

- No lo se dice que vive en el piso de arriba.

- Pues vamos,

Subieron al segundo piso y miraron si había algún nombre en la puerta. Solo

habían dos puertas por planta y decidieron l amar a la primera, nadie contestaba,

insistieron. Un señor con el pelo canoso y muy alborotado subía la escalera cargado

con paquetes de comestibles; a Miguel le dio la sensación de que el mismo se

cortaba el pelo.

- No l amen ahí no vive nadie.

- ¿Es usted Jan?

- Si ¿me buscan?

- Si, hemos preguntado a la vecina de abajo por Francoise y nos ha dicho que

hablemos con usted.

El hombre los miró de arriba abajo, por fin abrió la puerta y les invitó a entrar.

Miguel viendo al hombre creía entrar en una pocilga, pero se equivocó la casa

estaba limpia y en perfecto orden. Les l evó al comedor mientras el descargaba en la

cocina.

- Siéntense por favor -

Como Abel se sentó Miguel hizo lo mismo.

- ¿Que quieren saber? ¿Son ustedes familia?

- No somos españoles y no conocemos a Francoise, mi compañero no habla francés.

- En ese caso yo hablaré español.

Miguel se alegro al escucharlo.- ¿Sabe usted idiomas?- preguntó.

Podríamos decir que domino algunos, he sido espía, contrabandista,

marchante de arte “un poco raro” domino, alemán, ingles,por supuesto francés y

español. Debo añadir que he visitado la cárcel en dos ocasiones. Hoy estoy limpio,

pueden preguntar.

Abel sacó el contrato del bolsil o y se lo mostró. Jan empezó a mover la

cabeza, mientras decía.

- Si lo recuerdo fue un trato justo y legal.

- ¿Intervino usted? - preguntó Miguel.

- No pero lo vi, era pergamino con tapas de madera. Francoise lo compró al

propietario de un castil o en ruinas, según decían había pertenecido a su familia y

quería sacar algún dinero.

Francoise se dedicaba al trapicheo de obras de arte. Lo conocía todo París,

las casa de subastas lo tenían como... como diría en español ¿Tratante? Tal vez

Corredor de arte sería la palabra justa.

Hacía cinco años que tenía el libro y nadie quería quedárselo, o no daba con

la persona adecuada. Entiendan que un cuadro luce en una pared y mas si l eva una

buena firma, una buena biblioteca da mucha categoría no dinero, pero un libro como

ese solo sirve para guardarlo, las bibliotecas estatales y los museos no pagan lo que deben, eso hizo que l amase a la puerta de países extranjeros y mandase fotos. Por

lo visto este señor “Torres” respondió y tras unos regateos se lo l evó. Seguramente

el libro no pasaría por la aduana.

- Entiendo - contestó Abel - ¿y el señor Francoise?

- Fal eció hace siete años, lo encontraron muerto en su cama y le

diagnosticaron “muerte por insuficiencia respiratoria.

- ¿Sabe si estaba metido en algo de religiones? - Preguntó Miguel.

- ¡Religiones! - Jan sonrió - religiones, deben saber que era mas ateo que yo,

no respetaba imágenes sagradas cuando había que vender, solo quería su

comisión. En pocas ocasiones compraba y siempre por que pensaba en unas

grandes y sustanciosas ganancias. Era mas propenso a hacer de intermediario

¿Entienden?

- Si creo que está claro.

- Voy a darles una dirección, se l ama Pietro, si el no sabe nada del libro nadie

lo sabe.

Se despidieron de Jan; Abel iba a coger un taxi cuando Miguel le dijo que

tenía hambre. Cruzaron la cal e y se dirigieron a los bares donde comieron que

habían visto con anterioridad.

- Me pregunto que hubiéramos echo si no encontramos a Jan - dijo Miguel.

- Hubiéramos ido a la Policía.

- ¿La dirección que te ha dado, sabes donde está?

- No no conozco tan bien París.

Al terminar de comer, Abel sacó el mobil y buscó la cal e.

- Tenemos suerte - dijo con una sonrisa. Está cerca del Sacré Coeur en

Montmartre.

- ¿Podemos ir a pie?

- Oh, no cogeremos un taxi y cruzaremos el sena, dejaremos el Louvre a la

izquierda y Notre Dame a la derecha.

Como dijo Abel cogieron el taxi y pudieron contemplar los edificios mientras

pasaban; veinte minutos mas tarde el taxi los dejaba al pie de los doscientos treinta y siete escalones que hay hasta la puerta del Sacré Coeur. Miguel miró la escalera y

el fabuloso edificio blanco.

- ¿Tenemos que subir?

- No hace falta subir los escalones, mira hay un funicular, pero ahora no

vamos a subir busquemos a Pietro.

Miguel miraba por todas partes siguiendo a Abel; este se paró.

- ¿Que ocurre?

- Es esta cal e pero tenemos que subir y buscar el número de la vivienda.

No subieron la escalinata del Sacré Coeur, pero si la mitad de el a por otra

cal e, hasta encontrar la casa, era una casa antigua con un solo piso. Llamaron a

la puerta. Un señor de unos cincuenta años, con ropa de cama y zapatil as les abrió.

- ¿Es usted Pietro?

- Si ¿que desean?

- Nos manda Jan del barrio Latino.

- Si el viejo Jan, pasen.

El hombre paró la cafetera, mientras les ofrecía un café y les invitaba a sentarse a la mesa, sobre la que habían unos cruasans, seguramente era su

desayuno a las cuatro de la tarde.

- Bien dígame que desean saber.

- Habla usted Español.

- No solo Italiano, ¿ que ocurre?

- Mi compañero no sabe francés, pero no importa yo se lo explicaré.

Queremos preguntarle sobre la traducción de Simeón.

Pietro los miró con ojos desorbitados y tras unos segundos mordió el Cruasan

que tenia en la mano. Después de un rato de silencio mientras se comía otro terminó

la taza de café y se sirvió otra.

- ¿Están seguros de lo que me han preguntado? Si deben estarlo pues pocos

conocen... -El hombre preguntaba y se respondía a si mismo, movió la cabeza

afirmativamente y prosiguió - No se cierto si es una leyenda o real, al final uno cree que lo sabe todo y no sabe nada. Esta bien se que hablo de sobra.

La traducción de Simeón es original de entre el trescientos o trescientos

cuarenta, después de Cristo. Está escrita sobre pergamino en latín. “Está claro que

con el latín de la época” que se sepa solo hay una copia y nadie sabe donde está,

posiblemente ni exista.

Estaba escrita en Hebreo por Judá Asmar, un escriba

que tenía veinte años cuando nació Jesús y cincuenta y tres cuando fue crucificado,

se dice que vivió hasta los sesenta y dos. Durante su vida escribió sobre personas

notables de la época, tanto si eran sacerdotes, romanos o comerciantes. Podríamos

decir que fue un cronista de la época. Por descontado escribió sobre Jesús, aunque

no exclusivamente. Precisamente esa es la causa de que todos o casi todos sus

escritos se perdieran o desaparecieran.

- Entiendo - dijo Abel - nadie como el pudo escribir sobre Jesús con mas

verdad.

- Si por eso la iglesia la ha buscado por todas partes a través de los siglos sin

hal arla. Sin embargo se dice que encontraron el original y lo destruyeron. A mi me

gustaría conocer lo que hay en la biblioteca oculta del Vaticano. Pero mas me

hubiera gustado conocer todo lo que destruyeron... En fin ya no hay remedio. Es

todo lo que se y no crean que... verán doy clases nocturnas. Era profesor de historia en la Sorbona, me despidieron y tengo que ganarme la vida, doy clases y escribo

para informar a la gente con capacidad...

- Mi compañero es librero, ¿no tiene traducciones en español?

- No no las tengo.

Miguel al escuchar la palabra librero preguntó - ¿Que ocurre?

- No ocurre nada el señor es profesor de historia y escritor le he preguntado si

tenía libros en Español y dice que no.

- Yo puedo traducirlos.

- Tu no sabes francés.

- Hay traductores, yo solo tendría que corregir la traducción. Dile que por

correo electrónico podríamos comunicarnos.

Miguel sacó una tarjeta de la cartera y se la entregó al señor ofreciéndose

para traducir sus libros.

Minutos mas tarde salían de su casa y Abel le decía - tenemos tiempo de ver

donde pintaban Picaso o Dali, estamos a la altura de la mitad de la escalera

¿subimos? - como no iban a subir no teniendo mas remedio.- Miguel asintió y

visitaron la plaza de los pintores, las tiendas de souvenirs donde Miguel compró un

regalo en forma de dos tazas con sus respectivos platos para Carmen, dieron una

vuelta por los alrededores y decidieron regresar a la pensión . Ya en el taxi de

regreso, Abel le explicó todo cuanto había hablado con el profesor.

Descansaron durante una hora y a las ocho salieron para cenar, la

conversación era obvia. Miguel preguntó a Abel si pensaba ir a la policía y este

contestó.

- Para qué, seguramente la policía no nos hubiera informado tan bien. Como

las dos personas con las que hemos hablado. La policía era la segunda opción, te

habrás dado cuenta que no me presentado como policía, tal vez si lo hubiera echo,

no sabríamos lo que ahora sabemos.

- Entiendo; entiendo que la gente desconfíe de los polis, pues sus palabras se

pueden volver contra el os.

- Humm... Puede que sea sí, lo cierto es que no suelen decir la verdad a la

policía, ni hablar tan claro, e intentan salirse por la tangente. Pocas veces colaboran y en ocasiones no puedes hacer caso a lo que te dicen. En una ocasión una señora

juraba y perjuraba que había visto a unos atracadores en la gasolinera al otro lado

de la cal e cuando anochecía. Resultó ser que su yerno había comprado una

motocicleta y los supuestos atracadores eran el yerno y la hija, que cubiertos con el casco, habían puesto gasolina y comprado, víveres y bebida para pasar la noche de

acampada. Imagínate cuando la policía se personó en la gasolinera y comprobó que no existía tal atraco. En fin solo es una pequeña anécdota.

Al día siguiente mientras desayunaban Abel dijo a Miguel.

-Tenemos tiempo de visitar la torre Eiffel y tal vez podamos subir, el avión

sale a las tres de la tarde.

Miguel asintió y tras ir a la Torre dando un largo paseo, lograron subir al

primer rel ano, Miguel no quiso subir a la parte mas alta, para el era suficiente y la vista era maravil osa, desde al í se divisaba todo París. Abel se convirtió en un

improvisado guía, mostrándole donde estaban los Inválidos, la isla de Notre Dame,

los diferentes arcos de triunfo formando linea etc.

Parecía que el humor de Miguel había cambiado, tal vez debido a la vistas de

París o a que se acercaba la hora de regresar. El tiempo pasó como una exhalación

y al bajar de la torre l amaron un taxi para que les l evase al aeropuerto. Tomaron un bocado en la zona de salida y a las tres embarcaban.

Durante el corto trayecto Abel preguntó.

- ¿Que piensas? Estás muy cal ado.

- Solo pienso en que todo esto, haya terminado y pueda seguir mi vida

tranquilamente.

- Yo no estoy seguro de que haya terminado.

- La asesina ha muerto, no hay libro. ¿Que mas puede ocurrir?

- No creo que Erika actuase por si misma, si como creo era una sicario. Solo

era alguien a quien pagaban para conseguir lo que querían, o sea una profesional

contratada. Te olvidas del gigantón que según tu te defendió.

- Si pero al menos él me defendió.

- O defendió sus intereses ¿quien te asegura que no busca lo mismo y solo

actuó para librarse de un competidor.

Las palabras de Abel, pusieron nuevamente nervioso a Miguel. Su cara

cambió.

Al l egar a Manises un coche de la policía los esperaba. El conductor tubo que

dar algunas vueltas a causa de las cal es cerradas por las fal as. Era día quince, el día de la plantá. Valencia hervía con rumbo fal ero, las comisiones ayudaban a los

artistas o artesanos en la “Plantá” de sus fal as. Las “Mascleta-es” en la plaza del

ayuntamiento, hacía una semana que habían empezado y con el as los fuegos

artificiales. Las cal es que competían en iluminación, presentaban sus credenciales

encendiéndolas esa misma noche. Al día siguiente pasaba el jurado para valorar los monumentos y todo debía estar listo y terminado.

A las cinco Miguel estaba en su casa dejando la bolsa que le había

acompañado en su viaje a París. Parecía mentira encontrarse nuevamente en su

hogar. Debía retomar su vida. Salió a la cal e y se dirigió a la librería, al pasar por la Plaza de la Merced los curiosos que se agolpaban para ver plantar la descomunal

fal a, apenas dejaban sitio para pasar. Al salir de la cal e vio casi terminada la fal a del Mercado, cruzó y siguió por la cal e Trench. Estrecha cal e que une la Plaza

Redonda con el Mercado Central; pese a su estrechez es muy concurrida y l ena de

tiendas o bares. Por fin entró en su librería, tanto Vicentín como Lorenzo se

alegraron de verle, rápidamente Lorenzo empezó a ponerlo en antecedentes. Había

gente en la tienda y se puso tras el mostrador, en cuanto pudo l amó a Carmen.

- Si Miguel ¿Estás todavía en París? ¿ cuando regresas?

- Ya estoy en la tienda, l agamos antes de las cuatro. Carmen a las nueve

paso a por ti y no quiero escusas, quiero verte.

- No las tendrás, yo también tengo ganas de verte y contarte cosas.

- Entonces hasta las nueve, tengo la tienda l ena, Besos.

- Besos, Miguel.

Un matrimonio cincuentón entró en la tienda y empezaron a dar vuelta, de vez

en cuando la señora levantaba el brazo y con el dedo índice señalaba a la

estantería.

Lorenzo los observaba y se acercó a Miguel, indicándole que observase a la

pareja. Este le contestó que ya se había dado cuenta, pues un abrigo como el que

l evaba la señora no pasaba desapercibido y mas si no hacía tanto frío. Miguel dejó

a Lorenzo en la caja y se acercó a la pareja.

- Buenas tardes ¿buscan algo en concreto?

- No señor queremos libros bonitos - dijo la señora.

- ¿Como de bonitos? ¿cuentos, historias, vidas ejemplares...

- No, perdone yo le explicaré - interrumpió el marido - en primer lugar ¿aquí

venden libros baratos?

- Si señor si los compara con los recién editados, pueden salir por una cuarta

parte del precio. Según lo que elijan.

- Ves ya te lo decía yo - dijo el marido a la señora, pero esta volvió a tomar las riendas.

- Mire usted, necesitamos l enar un aparador del comedor, verá nos hemos

cambiado recientemente de piso y mañana por la tarde vienen unos amigos de

Barcelona “invitados por supuesto” no quiero que el nuevo aparador esté vacío,

quiero demostrar cultura.

- ¿Y de cuantos libros estamos hablando?

Miguel entendió inmediatamente que lo que querían era aparentar ante sus

amigos y para el o, miraban los lomos de los libros mas que el contenido.

El marido, pulsó en el mobil y sacó una foto del aparador, en realidad era