La traducción de Simeón por Manel Martin's - muestra HTML

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precioso y de cuatro módulos.

- Es precioso ¿que quieren l enar los cuatro estantes de arriba? Deben ser de

ochenta.

- Si son de ochenta ¿Como lo sabe?- preguntó el marido.

- Por los dos armarios acristalados de los lados, cada puerta debe medir

cuarenta y tiene dos a cada lado.

La señora dijo que en la parte central sobre la tele, también quería algunos

bonitos. Eso significaba aproximadamente cuatro metros de libros. Miguel les dijo

que tanto libro les iba a resultar caro y la señora con mucho desparpajo contestó.

- Siempre será la cuarta parte.

Miguel l amó a Vicentín y le pidió el metro que guardaba bajo el mostrador,

mientras les decía.

- En ese caso vamos a empezar por una enciclopedia, no puede haber una

biblioteca que se precie sin una buena enciclopedia. Miren está es la Espasa- Calpe

una de las mejores, mire cuantos volúmenes y que bien decorados, podemos seguir

con la enciclopedia de las plantas y los animales, la encuadernación en rojo es

preciosa.

- Si, si me gustan y parecen nuevos,

- Si señora como puede ver, los mas viejos están esas estanterías del fondo.

- Bien continúe usted.

- Mire la historia de Valencia en nueve tomos conservan las sobre cubiertas,

pueden quitarlas, - tomó un volumen y le quitó la sobrecubierta - Mire que

encuadernación.

- Si me gustan, póngalos también.

- Ahora yo les aconsejaría algo con menos tomos, como por ejemplo El

quijote, en dos maravil osos tomos, La Araña Negra en tres tomos, de Vicente

Blasco Ibañez, los tres tomos de Las mil y una noches y siete, libros que forman una

colección de Pío Baroja. Estos a ser posible deberían ponerlos juntos en el mismo

hueco. Perdonen no puede faltar Una biblia; acompáñenme.- Miguel los l evó a los

libros mas viejos con señales de su paso por varias manos.

- Miren ustedes si todos los libros parecen nuevos quiere decir que ustedes

no leen, necesitamos algo que nos de prestigio, miren esta biblia en dos volúmenes

bien conservada pero con muestras de haber sido usada. El marido no dijo nada

pero la señora se volvió y le dijo.

- El librero tiene razón de lo contrario nos pueden tomar por dos catetos.

- En ese caso de esta estantería elegiremos los mas bonitos y

completaremos el espacio.

La señora indicó y Miguel los que mas le gustaban y los fue depositando en la

mesa hasta casi completar la capacidad del aparador. Pasaron al mostrador y les

sacó la cuenta, el marido dijo.

- ¡No creí que valiesen tanto! - y la señora le respondió.

- No te quejes solo pagamos la cuarta parte y piensa como van a lucir. Saca

la tarjeta ¡saca!

Miguel mandó a Vicentín al cuarto que utilizaba de tal er y este volvió con dos

figuril as “sujeta-libros” que representaban dos elefantes sobre una piedra de

mármol recogidas de la biblioteca que había comprado recientemente.

Estas figuras se las regalo, estarían bien en el espacio que hay sobre el

televisor con los nueve volúmenes de la historia de Valencia.

- Tu ves como valía la pena - dijo la señora a su marido.

- Nosotros no podemos l evárnoslos, como...

- ¿Donde vive usted?

- Tome esta es mi tarjeta, en la cal e San Vicente, no está muy lejos.

- No se preocupe, mañana se los l evamos nosotros, estén apunto a las

nueve pues tendremos que hacer varios viajes.

El matrimonio se fue dando las gracias mientras que, Miguel se cogía la

cabeza “metafóricamente”por la gran venta que había echo. Rápidamente mandó

empaquetar los libros colocándolos sobre la mesa debían hacer los paquetes para

poder trasportarlos a pie sin que les pesasen demasiado y eso significaba muchos

viajes a la vivienda del matrimonio. Lorenzo cayó en la cuenta y dijo que el podía pedir una carretil a en el mercado, pues era muy conocido en el, sobre todo en

algunos puestos donde compraba asiduamente y en ocasiones había echo

encargos, la idea de Lorenzo dio resultado y a medio día Miguel les dio fiesta hasta

el miércoles después de fal as.

Mientras tanto esa noche Miguel acudía casa de Carmen. El recibimiento fue

efusivo como corresponde a una pareja de enamorados.

Carmen preguntó, - ¿Que has pensado para esta noche?

- Dormir en tu casa o en la mía pero antes saldremos a la cal e colón,

cogeremos un taxi e iremos a cenar a La Malvarrosa, después iremos a ver la

iluminación de Literato Azorin.

- Me parece un plan estupendo, siempre y cuando mañana me l eves a ver

fal as. Tengo mucho que contarte y muchas preguntas que hacerte.

- Miguel sonrió la alegría que mostraba Carmen era contagiosa, por otra parte

estaba satisfecho de como había ido el día.

Con la presencia de Carmen se había olvidado por completo de los Sicarios.

Como había dicho salieron por la plaza del Ayuntamiento viendo la fal a y después

cruzaron la cal e Colon para tomar un taxi entre la plaza de toros y la estación del

Norte.

Mientras cenaban las preguntas de Carmen eran constantes y Miguel se vio

obligado a contarle lo sucedido en París con pelos y señales.

Al terminar de cenar, dieron un paseo hasta la entrada del puerto y Miguel le

preguntó por las muchas cosas que tenía que decirle.

- Miguel la casa está dispuesta para irnos a vivir. Cuando tu quieras “claro

está”. La vecina, la señora Remedios es una joya me ha estado ayudando

desinteresadamente y no sabes la de cosas que me ha contado. ¿Tu sabes que en

Sagunto en cualquier sitio que excavan suelen salir restos romanos? También me

ha dicho que hay muchas cisternas bajo las casas y túneles secretos. Yo visité una

enorme cisterna romana cuando estuve en Estambul.

- Mujer en la casa no hay pozo por lo tanto no creo que exista una cisterna y

mucho menos un pasadizo, los vecinos lo sabrían y de existir alguno cerca sería en

el palacio.

- Me ha contado, que en el bar que hace esquina frente al Ayuntamiento, hay una de cuatro metros de ancha, por doce

de larga cogiendo también la casa

colindante y que la utilizan como bodega.

- Es fácil la población es muy antigua.

- También dice que subamos al castil o, según el a tiene un kilómetro de

largo. Yo le he dicho que subiremos cuando estemos instalados. ¿Cuando recoges

el coche?

- Te dije que el Miércoles debían hacer unos retoques.

- Perdona, ya no me acordaba. Cuando lo tengas iremos pasando mis cosas

los fines de semana, primero la ropa. La tuya también. Y después con paciencia los

utensilios del tal er. Mañana ¿Que haces?

- Por la mañana tengo trabajo y por la tarde has dicho que quieres ver fal as.

Cerraré la tienda hasta pasar fal as.

- Me gusta así podremos estar juntos, pero hay algo que quiero mostrarte, es

un sitio donde he trabajado durante mas de un año.

- En ese caso iremos ha verlo y ahora que te parece si cogemos un taxi y nos

vamos a ver las luces y las fal as del alrededor.

- Pues vamos.

Cogieron un taxi que les l evó junto a la pared de la estación, solo tenían que

cruzar dos bocacal es para ver el fastuoso espectáculo de las cal es iluminadas,

aprovechando para ver las dos fal as de la sección especial.

Desde al í regresaron al piso de Carmen, los pies ya estaban cansados y el

placer de quitarse los zapatos y sentarse fue común, Carmen se fue al aseo,

mientras que Miguel encendía la televisión intentando enterarse del reparto de los

premios, el a al salir del aseo se sentó junto a Miguel y el aprovecho para

intercambiar los papeles no tardó mucho en sentarse junto a el a y tomando el

mando de la tele la apagó, Carmen volvió la mirada hacia el y Miguel con una

sonrisa la besó suavemente, siguió un beso mas intenso y Carmen sintió que tenía

mariposas en el estomago, aquel o le gustaba y quería repetirlo, los labios de Miguel eran jugosos y l enos de sensaciones como las que corrían por su cuerpo, abrió su

bata y se posaron en su pecho, sintió que por la espalda le corría un escalofrío

placentero. Miguel a tomó en brazos y sin dejar de besarla la depositó suavemente

sobre la cama.

El despertador sonó, eran las ocho y Miguel quería pasar por su casa antes de abrir la librería. Con un beso se despidió de Carmen; en su casa se adecentó y

cambió de ropa, no tardó mientras desayunaba, en escuchar a Lorenzo l amar a la

puerta y juntos se fueron al trabajo, la mañana sería intensa pues tenían que l evar

los libros que había comprado el matrimonio.

Gracias a la carretil a que prestaron a Lorenzo, a medio día habían terminado

y Miguel les dijo que no volvieran hasta el miércoles, tras pasar el día de San José.

Cerró la tienda y se fue al piso de Carmen, estaba terminando de hacer la comida,

después de comer y reposar en el sofá salieron a ver los monumentos, en primer

lugar visitaron la fal a de Convento Jerusalen y de al í se dirigieron a la plaza del Pilar. Sin darse cuenta de que dos curas, delgados y bajitos con cara de

sudamericanos, vestidos con traje negro y cuel o duro, seguían la misma ruta que

el os a cierta distancia. Rodearon la fal a y Carmen decidió salir por la cal e

Cabal eros tras las Torres de Quart. Su intención era ir a la iglesia de San Nicolás.

De no saber donde se encuentra la iglesia, es fácil pasar de largo, pues por dicha

cal e se acede por un cal ejón de poco mas de un metro, que la une a su puerta

lateral. El trayecto estaba l eno de curiosos y mendigos pidiendo, Carmen repartió

algunas monedas entre todos.

Entraron en la iglesia l ena de visitantes y Carmen se convirtió en la guía de

Miguel, indicándole que mirara al techo y descubriera los frescos recientemente

restaurados. A continuación empezó a decirle en voz baja casi al oído.

- Esta es la Iglesia de San Nicolás de Bari y San Pedro Mártir, mas conocida

como San Nicolás a secas. El edificio es gótico del siglo XV. La decoración barroca

pertenece al siglo XVII. Anteriormente fue el antiguo Decumano, cuando los

romanos fundaron “Valentia Edetanarum” en el ciento treinta y ocho antes AC.

Aunque ya existía la ciudad mucho antes. En el siglo XV fue cuando lo

reconstruyeron sobre el edificio románico, dejándolo con la fisonomía que tiene

actualmente. Mira el presbiterio del altar, los que hay alrededor son doctores de la

iglesia y en el centro están San pedro y San Nicolás, rodeados de ángeles. Hace

unos años no se podían ver las pinturas pues estaban cubiertas por el humo que

habían dejado las velas durante siglos. Las pinturas son originales de Antonio

Palomino, el mismo que realizó los frescos de la basílica de la Virgen y de la iglesia de los santos Juanes, a el se debe el diseño. Pero el autor de la pintura fue Dionís

Vidal (Valenciano) 1697 - 1700. los dos pintores están retratados a la derecha del

gran Rosetón, en el muro hastial. Fíjate en las bóvedas Góticas de crucería y comprenderás que es un problema añadido para los pintores, pintar bajo el as por

las proporciones.

Miguel miraba maravil ado cada rincón del techo, los miraba volvía atrás para

revisarlo desde otro ángulo. No era un experto en pintura pero sabía apreciar

cuando un libro o una pintura deja de ser tal, para convertirse en una obra de arte.

Carmen le ayudaba dando todo tipo de explicaciones.

- Mira estos son los lunetos del lado del evangelio y representan momentos

vividos por San Pedro. Si miras los lunetos del lado de la epístola corresponde a San Nicolás.

Los dos curas que les seguían entraron en la iglesia y se arrodil aron en un

banco, mientras que el os seguían sin darse cuenta de la persecución. Miguel

estaba maravil ado por lo que estaba viendo y Carmen seguía dándole

explicaciones.

- En Febrero del dos mil dieciséis, inauguraron la última restauración. Fue

financiada por la Fundación Hortensia Herrero, que firmó el acuerdo en Diciembre

del dos mil trece. La restauración duró dos años. El coste fue de casi cinco mil ones de euros. La restauración la l evó a cabo el equipo de Carlos Campos y la

Universidad Politécnica de Valencia con la señora Pilar Roig a la cabeza.

El famoso restaurador italiano, Gianluigi Colalucci, responsable de la

restauración de la Capil a sixtina. Dijo maravil ado a Pilar Roig, que la iglesia de San Nicolás era “la Capil a sixtina Valenciana” aunque las pinturas de Dionís Vidal

ocupan casi el doble espacio que las del vaticano.

Miguel no salía de su asombro tener una obra de arte como aquel a, cerca de

su casa ¡y no conocerla! no tenía perdón. Se prometió que volvería a verla con mas

detenimiento. Ahora querían visitar la fal a de Na Jordana. Y volviendo sobre sus

pasos se dirigieron a el a comentando que Valencia regala arte, no solo en la

construcción de los monumentos fal eros, también en los techos de sus iglesias.

Los dos curas salieron tras el os y los estuvieron siguiendo hasta que l egaron

a su casa. Cansados y con los pies hinchados; habían acordado ir a ver la “Nit de

foc” (fuegos artificiales) pero no tuvieron ganas de salir. Pusieron la televisión y

miraron La ofrenda de flores a la Virgen.

Al día siguiente Carmen quería ir a su estudio y embalar unos lienzos,

preparando así las cosas para trasladar el estudio a Sagunto. Miguel por su parte

siempre tenía trabajo en la Tienda. Decidieron juntarse en casa de Carmen para ir a comer.

Miguel estaba sentado tras el mostrador corrigiendo las ofertas en su pagina

de Internet. Cuando vio un cura que l amaba a la puerta; le hizo señas indicándole

que estaba cerrado, pero el cura seguía insistiendo, se levantó del taburete y abrió

la puerta.

- Hermano hoy está cerrado.

- Perdone usted, pero su eminencia quiere hablar con usted, le espera en un

coche aparcado en la plaza de La Reina. Si fuera usted tan amable de

acompañarme se lo agradecería.

Ante la educación del cura y pensando que podría tener algún interés en

libros... decidió seguirlo, entró y cerró el ordenador, posteriormente cerró la tienda y siguió al cura, un coche grande con cristales tintados, estaba aparcado con las

luces de situación en marcha y un guardia municipal custodiándolo; al l egar a su

altura se abrió la puerta trasera y el cura le indicó que entrase, dentro estaba el otro cura que lo había seguido. El coche arrancó mientras Miguel preguntaba.

- ¿Donde me l evan?

- A ver a su Eminencia - contestó uno de el os mientras el otro sacaba una

capucha negra - diciendo - por favor pongasela. No debe ver por donde vamos;

como ve no es un prisionero no l eva las manos atadas, pero no queremos que nadie

sepa donde vive su Eminencia. Comprenda es asunto de seguridad.

Miguel no dudó y se la puso. Aunque tardaron mas de media hora en

detenerse le dio la sensación de que habían circulado en círculos y que no debían

estar muy lejos del punto de partida. La luz de la cal e que entraba bajo la capucha

ya no se reflejaba e intuyó que debían estar en un sótano o garaje. Cogido de la

mano le ayudaron a bajar del coche y subir a un ascensor.

Miguel no estaba nervioso, ni tenía miedo la amabilidad de los curas y su

forma de decir las cosas le relajaba.

Al bajar del ascensor le dijeron que podía quitarse la capucha, cosa que hizo

inmediatamente. Uno de los curas l amó con los nudil os a la puerta que tenía

enfrente una voz grabe se escuchó del interior.

- ¿Quien l ama?

- La santa cruz - contestó uno de los curas.

- Adelante.

Abrieron la puerta y ante Miguel se mostraba una gran sala l ena de libros cuadros e imágenes religiosas, dos grandes ángeles, parecían custodiarla uno a

cada lado. Se quedó mirando al fondo, un enorme escritorio labrado presidía la sala,

con un crucifico y una bandeja de gal etas sobre el, tras el estaba sentada una figura oronda, l evaba sotana y un fagín morado, la cabeza estaba cubierta con una

capucha como la que había l evado él hasta bajar del ascensor.

Con un ademán de la figura se acercaron, un ademan de su mano y los curas

mostraron una sil a donde se sentó Miguel, entonces el señor orondo se levantó y

con las manos cruzadas sobre su prominente barriga empezó a hablar

- Señor Torres, iré directamente al grano. Sabemos positivamente que su tío

compró un manuscrito que nos pertenece. El citado manuscrito solo debe poseerlo

La santa Madre Iglesia.

Al escuchar estas palabras Miguel notó que algo subía por su estómago y se

alojaba en su garganta, empezó a pensar que no había sido una buena idea seguir

al cura. El señor orondo siguió hablando.

- Como comprenderá algo que pertenece a la iglesia, no puede caer en

manos sacrílegas; pues podrían hacer un mal uso del incunable manuscrito

¿entiende?

- Si, entiendo perfectamente, pero hay un problema.

- ¿Cual es el problema?

- Que yo no tengo el dichoso libro. Ni se donde puede estar.

- Señor Torres usted heredó la tienda de su tío y por lo tanto todo cuanto

estaba en el a.

- Si tiene usted razón e incluso me quedé con la tienda de al lado y amplié la

mía, pero vuelvo a repetirle que no se nada del dichoso libro. Puede que mi tío lo

mandase a una casa de subastas en Madrid. Le vuelvo a asegurar que no se nada

del dichoso libro y que estoy arto del tema. Si lo tuviera ya lo abría entregado a quien fuera. Tal vez a la policía.

- Señor Torres vamos a comprobar su versión, pero si no es cierta tendrá

noticias nuestras.

- Vuelvo a repetirle que no se nada. ¿como se lo puedo decir, para que se

convenza.

- Espero que tenga razón y que encontremos el libro pues de lo contrario,

recuerde que Dios castiga a los pecadores y que la mentira es un pecado.

- También es un pecado, tomarse la justicia por su mano y no permitir que sea dios quien juzgue.

- Nosotros somos los corderos de dios y cumplimos su mandato en la tierra,

el es quien nos guía.

Miguel pensó que el señor estaba en la luna y que no se puede dialogar con

una pared.

Acto seguido, el señor hizo un ademán con la mano y la capucha cayó

nuevamente sobre la cabeza de Miguel, dieron media vuelta y entraron nuevamente

en el ascensor, bajaron al garaje y subiendo nuevamente en el coche lo l evaron de

regreso a la plaza de la Reina.

Durante la comida, se mostraba pensativo. Carmen intuyó que algo le pasaba

y poco a poco le sonsacó toda lo ocurrido.

- Por lo que me cuentas parece ser que no te han amenazado y se han

portado correctamente contigo.

- ¡No! creo que el señor orondo debía ser un pez gordo por eso se cubría la

cabeza y si creo que me ha amenazado aunque sea veladamente. ¿Que ocurrirá si

descubren que el libro no ha sido subastado?

El timbre de la puerta sonó, Carmen preguntó por el interfono y a

continuación dejó la puerta abierta.

- ¿Quien era? - preguntó Miguel.

- Es Juan Carlos, me viene de peril as para informarle de mi nuevo domicilio -

dijo con una amplia sonrisa mientras recogía la mesa, Miguel se levantó y ayudó a

dejarla limpia, mientras Carmen ponía la cafetera al fuego. Juan Carlos entró

saludando.

- Buenos días ¿o debo decir buenas tardes? Bueno da lo mismo - se quedó

mirando a Miguel y mostrándole la mano - usted debe ser Miguel el que... será mejor

que me cal e.

- Si será mejor - dijo Carmen que salía de la cocina mientras Miguel le

estrechaba la mano - he puesto la cafetera ¿te apetece un café?

- Si lo estaba deseando. Tenemos trabajo.

- ¿Lo has traído contigo?

- No debes realizarlo en su casa. Tenemos habitación y comida mas tres mil

euros.

- ¿Tenemos? ¿El trabajo no es aquí?

- No pero es una buena oferta en dos semanas terminas y nos venimos.

- Explícame de que se trata.

- El señor no se fía de que su cuadro salga de su casa y no encuentra quien

le restaure su lienzo - la mirada de Carmen lo decía todo - No, no es porque esté

muy deteriorado es porque no encuentra a nadie que quiera ir a su casa

¿entiendes?. El trabajo en tu tal er no duraría mas de una semana y no cobrarías

mas de quinientos o como mucho mil euros.

- ¿Donde está la trampa?

- No hay trampa, yo te l evo y te traigo.

- ¿Donde? Espera no contestes serviré el café, la cafetera está sonando.

Carmen se dirigió a la cocina, mientras Miguel sacaba las cucharil as y el

azúcar del aparador.

- Miguel ayúdeme donde va a ganar dos mil euros en una o dos semanas.

mas el caché que adquiere.

- ¿No eran tres mil?

- Si pero mi veinte por cien mas la gasolina y los gastos de viaje.

- Ya entiendo.

- ¿Que entiendes? - preguntó Carmen que salía de la cocina.

- Entiendo que es un problema entre los dos y yo no debo intervenir.

- ¿Te parece bien que vaya?

- Si digo que no es como si tu me dijeras que no vendiera libros o que

vendiera la librería. Tengo que respetar tu carrera.

- Si creo que tienes razón. Juan Carlos donde hay que ir.

- A Galicia.

- ¡A Galicia!

- Si yo te l evo en el coche y me tomo unas vacaciones mientras tu pintas

cuando termines cobramos y te devuelvo a Tu... Hay no se lo que iba a decir.

Carmen miró a Miguel con ojos tristes, no quería marcharse pero le debía

muchos favores a Juan. Por fin dijo.

- Está bien me hace falta el dinero, ¿cuando salimos?

- Mañana mismo paso a recogerte.

- ¡Mañana! Pero mañana es San José.

- Y que pasa ¿es que as de vestir al santo?

- No pensaba ir a nuestra casa de Sagunto y empapelar el armario.

- No importa Carmen - dijo Miguel - yo lo aré y cuando vengas estará todo

listo para el traslado.

- Entonces todo resuelto, te recojo a las siete el camino es largo.

- ¿Y por qué no vais en avión?

- Hay que l evar la maleta de las pinturas mas el equipaje, mejor mi coche.

Muy bueno el café, pero me voy también yo tengo trabajo.

Juan Carlos se fue como había l egado “como un vendaval” Miguel preguntó

a Carmen si necesitaba ayuda para preparar la maleta de las pinturas y el a

respondió, que la había preparado por la mañana para l evarla a Sagunto. La tarde

la pasaron sin salir del apartamento y a las nueve Miguel se marchó, debía dejar

descansar a Carmen. Sus pasos le l evaron a la plaza del ayuntamiento dio una

vuelta al monumento entre la gente que se agolpaba, pero su mente estaba ausente

y no disfrutaba de la fiesta, por lo que decidió regresar a su casa, al pasar junto a un bar que tenia mesas en la cal e. El mastodonte que le libro de Erika se interpuso en

su camino, un hombrecil o con rasgos orientales le acompañaba y le dijo.

- Por favor puede sentarse con Nosotros.

Miguel pensó que ya había tenido suficiente por la mañana, pero al

comprobar que la cal e estaba l ena de gente aceptó, al menos sabría que querían

de el, aunque se lo figuraba. No tuvieron que dar muchos pasos en una de las

mesas exteriores del bar, había una señora sentada de mas o menos setenta años,

con un pañuelo que le cubría la cabeza, los mechones de pelo que se veían eran

canosos casi blancos, lo que le daba un color plateado. Su semblante era moreno y

podía pasar perfectamente por española. Le hizo un ademan con la mano indicando

la sil a que tenía a su derecha, mientras inclinaba la cabeza embozando una

reverencia. Miguel se sentó dando las buenas noches a la señora, mientras los dos

hombres paseaban por la cal e.

- Le pido perdón por interrumpir su paseo. Se que tal vez no sea el momento

para hablar con usted; me refiero al paseo que ha dado esta mañana. Para mi era

mas fácil hablar dentro de un coche o en su librería, pero he querido demostrarle

que no tenemos nada contra usted, ¡no somos asesinos! Aunque en un tiempo los

Sicari fueron una parte de nuestro movimiento.

- Ustedes son...

- Si nosotros somos Esenios. Y tenemos el mismo interés o mas que la

iglesia de Roma en conseguir el libro. La diferencia estriba en que nosotros lo

pedimos o lo compramos y damos las pruebas necesarias a quien nos las pide.

Contrariamente a el os no queremos destruir el libro solo consultarlo y guardarlo

como una reliquia.

- Ustedes me están siguiendo.

- Sí, mas bien lo estamos protegiendo, quiere que le diga lo que habría

sucedido si David no hubiera intervenido la noche en que Erika lo abordó.

- Creo que me hubiera matado.

- No, le hubiera tapado la boca y atado las manos con una brida, después

con la punta de la sica abría echo pequeñas incisiones en su piel donde habría

echado ácido.

- Al viejo profesor Isaac lo mató sin torturarlo.

- El a sabía que Isaac era Esenio y que no diría nada. “Era mi marido”.

- Lo siento.

- No, no lo sienta hacía mas de diez años que no vivíamos juntos, el y yo

habíamos escogido caminos diferentes y pasábamos poco tiempo juntos a la vejez

no somos tan necesarios y nuestros caminos se separaron por completo.

- Bien señora, debo confesarle que no se nada del libro y que estoy arto del

tema y de lo que me está ocurriendo. Incluso he l egado a pensar en vender la

librería.

- Yo le creo.

Miguel miró a la señora extrañado - usted me cree y me vigila “no entiendo”

- Si Miguel, en usted se pierde el rastro del libro, puede que lo tenga o no,

pero su tío no lo vendió. Había concertado una entrevista con nosotros, pero no

l egamos a realizarla; fal eció antes de cerrar el trato. Sabemos que “La hermandad

Protectora” lo vigila a usted desde que abrió la tienda. Mi marido no lo creía por eso fue a la librería, hasta que vio el nombre escrito en el suelo de su puerta. Entonces pidió ayuda. Pero hicimos tarde. Por ese mismo motivo intentamos vigilar a quien lo

vigila a usted

Miguel se sentía confuso, eran muchas cosas las que habían sucedido en un

solo día; lo único positivo era que Carmen se iría al día siguiente y al menos por

unos días estaría libre de peligro.

- Perdone, es difícil creer que ustedes sean descendientes de...

- Y yo entiendo que usted esté confuso, es difícil creer que hayamos

perdurado durante tantos años y que lo que antes era un pueblo libre, hoy se hal e

convertido en una secta, pero es la única manera de preservar nuestra cultura,

nuestros enemigos son numerosos y nuestra verdad no interesa a la iglesia, ni a los

judíos, ni a los musulmanes.

- En caso de encontrar el libro y entregárselo a ustedes como se que La

Hermandad Protectora me dejaría tranquilo.

- De eso nos encargaríamos nosotros, simplemente les haríamos saber que

teníamos el libro.

- ¿Y no se volverían contra ustedes?

- Llevamos mas de mil setecientos años de lucha y ningún bando ha vencido.

El os no nos conocen como nosotros a el os.

- Si, si, no se...- dijo la anciana mirando a Miguel.

- Diga, hable, de todas las maneras no puedo darles lo que no poseo.

- Iba a darle una prueba de confianza.

- ¿Una prueba de confianza Cual?

- La prueba es reciproca, le ofrezco un viaje a nuestro pueblo, al í podrá

contemplar nuestra biblioteca.

- ¿Está cerca?

- Relativamente, tendría que subir a nuestro avión. Sería un viaje donde

pasaría solo una noche y conocería el desierto. También tiene la posibilidad de

hacer un poco de turismo, si no tiene prisa en volver.

- Haber que me aclare ¿me está ofreciendo un viaje en un avión particular o

privado a Africa? ¿Un viaje de dos días?

- Sí, así es, usted decide, claro que entiendo que tenga miedo.

- No es cuestión de miedo. Debo aclarar mis ideas. ¿Que gana usted con que

les acompañe o con matarme?

- Nada, solo quiero ganarme un amigo o un aliado. Contéstese usted mismo

¿que consigo con matarle o con protegerlo?

Miguel seguía confuso y necesitaba un descanso. Se levantó de improviso y

le dijo.

- Señora me voy a mi casa buenas noches.

- Buenas noches tenga usted, si cambia de opinión mañana a las nueve

habrá un coche esperando tras el Mercado Central.

- No se haga ilusiones.

Miguel se fue sin volver la vista atrás, durante toda la noche estuvo dando

vueltas a la cabeza la idea de conocer... la vieja destilaba confianza y...

A las siete se levantó y se duchó, se fue a la cocina y se preparó el desayuno.

Sin darse cuenta se encontró en la habitación preparando la bolsa de mano para

pasar dos días. A continuación escribió una carta que dejó sobre la mesa. Cogió la

bolsa y subió al piso superior l amando a la puerta de Lorenzo.

- ¿Quien es a estas horas? - Lorenzo había ido a ver los fuegos artificiales y

se había acostado tarde.

- Soy yo Miguel.

Lorenzo abrió la puerta en pijama -perdone me acosté tarde y..

- No hace falta que se disculpe, soy yo quien debería pedir disculpas. Atienda

por favor me voy de viaje para un par de días, tome la l aves de la tienda y de mi

casa, si no he vuelto el viernes abra mi casa y l évese todo lo que encuentre en la

nevera, sobre la mesa hay una carta que debe entregar en el a está la dirección, ¿Lo

ha entendido “nada antes del viernes”.

- Si lo he entendido, me hago cargo de la tienda y estoy tranquilo hasta el

viernes.

- Veo que me ha entendido, Adiós.

Miguel salió de su casa y se dirigió a la cal e Barón de Carcer, tras el

mercado. Vio una figura, una figura inconfundible junto a un coche y mientras se

acercaba pensaba en lo mal puesto que tenía el nombre, debería l amarse Goliat en

vez de David. Subió en la parte trasera con la vieja mientras Goliat se sentaba

delante junto al conductor que era el pequeño oriental. El coche se dirigió al

aeropuerto de Manises; al l egar una persona levantó la mano agitándola y el

oriental (Simón) paró frente a el, bajaron del coche y el hombre que había agitado el brazo se lo l evó. Miguel nunca había entrado a la pista por la puerta de los aerotaxi y los aviones particulares, en realidad solo había subido a un avión cuando fue a

París con Abel. En la pista junto a los hangares les esperaba, lo que a Miguel le

pareció un pequeño avión con solo cinco ventanil as por lado. Una pequeña

escaleril a franqueada por una señorita vestida de blanco les daba la bienvenida en

Hebreo. Al entrar les recibió el piloto; Miguel miró el interior, los sil ones estaban alrededor de una mesa sobre los costados, tapizados en cuero blanco.

- Pongámonos los cinturones - dijo la señora - el piloto entró en la cabina y el avión empezó a moverse después estuvo unos diez minutos esperando que le

dieran pista y por fin empezó a moverse por la pista y despegó. La señora se quitó

el cinturón y se dirigió a Miguel.

- Señor Miguel tenemos mucho tiempo para conversar, ahora es el momento

de las preguntas y de las respuestas. Pero antes dele por favor el DNI. A la señorita.

Miguel la miró intrigado, el a se dio cuenta y le dijo.

- Necesitará papeles por si nos paran.

No contestó, sacó la cartera y de el a el carnet entregándolo a la azafata.

- Bien ¿que sabe de nosotros?

- No mucho, solo lo que pone en la Wikipedia y poco mas.

- En ese caso conocerá que se nos trata como a una secta, cuando en

realidad somos un pueblo con unas creencias.

- ¿Los Zelotes y los Sicarios?

- Cuando una fuerza exterior domina a tu pueblo y los esclaviza, todos los

pueblos se revelan contra el opresor. Ustedes también lucharon contra los romanos,

en todas las guerras hay resistencia y esa resistencia cada cual la asume a su

manera, unos con la verdad de la palabra, otros haciendo frente frontalmente o en el

caso de otros, con guerril as o atentados. El primer grupo serían los políticos o

resistentes como Gandi; los segundos serían el ejercito y los terceros la resistencia.

Las tres fuerzas luchan por lo mismo. Si eliminamos a los sicarios

quedamos

Esenios y Zelotes; podríamos decir que David y Simón son Zelotes.

- Entiendo, ábleme de los Sicarios.

- ¿Conoce usted la historia de Masada?

- Algo se pero por favor cuénteme.

- La fortaleza de Masada está sobre una montaña de difícil ascensión, fue

construida por Herodes como un refugio. A su muerte los Sicari la convirtieron en

su refugio, desde donde realizaban sus incursiones, cerca del trescientos DC la

décima legión sitió la fortaleza. Los habitantes la defendieron durante siete años. No sabemos a ciencia cierta como conseguían los alimentos durante tanto tiempo.

Cansados de luchar decidieron matarse unos a otros dejando comida para que los

romanos vieran que podían seguir luchando y que nunca les habían vencido. Los

padres mataban a sus mujeres y a sus hijos, para después matarse a si mismos.

Pero cuando los romanos entraran encontraron a dos mujeres viudas con cinco

chicos, las madres se habían ocultado para que no mataran a sus hijos. Roma les perdonó pues los hijos de personas tan valientes no merecían morir.

Aquí entramos en la leyenda, se dice que tres de los chicos fundaron una

nueva secta posiblemente Los Assesins. Pero ya te digo que no hay nada escrito o

creíble, para mi al í terminaron los Sicarios, aunque su nombre perdure y se aplique

a quienes se vendan para cometer desmanes.

Pero habían mas sectas o como dirían ustedes ahora, “sindicatos” estos eran

los “Escribas”. no había mucha gente que supiera escribir y eso los convertía en

unos privilegiados; en todos los mercados habían un grupo de escribas controlando

las compras y las ventas, también en los templos o en algunas casa pudientes.

Eran como los “Sanadores” un grupo privilegiado.

Judá Asmar fue un escriba y posiblemente el único que puede dar fe de la

vida de cristo, pues ya era escriba antes de su nacimiento y siguió vivo tras su

muerte. Sabemos por algunos escritos sobre Judá que su interés por Jesús, empezó

el día que le escuchó discutir en el templo con los sacerdotes, defendiendo las

creencias de los Esenios “nuestras creencias” las cuales había aprendido de su

madre.

Debo decirle que nosotros hemos evolucionado para bien, seguimos

cumpliendo con los mandamientos, pues en el os se resume la verdad de la vida y

de nuestra fe, No matamos ni mentimos, aunque si utilizamos las mentiras piadosas,

que no hacen daño y el daño es el que queremos evitar. No construimos templos a

Dios pues el lo prohíbe en el primer mandamiento; no robamos, si queremos algo lo

compramos o intercambiamos.

- En mi caso si tuviera el libro...

- Usted nunca perdería, nuestra intención es intercambiarlo por otros

manuscritos, de los que posiblemente sacase mas dinero. Pero nuestro interés

radica en convencerlo, para que entienda donde debe estar la traducción ya que el

original “digamos que se ha perdido”. Con el manuscrito sabríamos la verdad sobre

Jesús y no la que cuenta la iglesia romana. A Jesús solo lo han utilizado en beneficio propio. Piense por un momento, ¿Jesús tubo algún bien mientras vivió? Aplíquelo

después a su iglesia.

- ¿Los milagros?

- Sus evangelios fueron escritos todos posteriormente, por personas que no

lo conocieron en vida y por lo tanto la historia había pasado de boca en boca, todo

se magnifica, por ejemplo nunca tuvo cinco mil personas tras el, solo tiene que pensar en los habitantes que tenían los pueblos o ciudades. Los cuarenta días en el

desierto ¿quien estuvo al í para saber lo que pasó? ¡nadie! Y sin embargo nos

cuentan el relato de las tentaciones como algo real. Jesús nunca mencionó al diablo

ni al infierno, pero su iglesia si. El milagro del vino, puede realizarlo usted mismo, si tenemos en cuenta que las tinajas no podían tener mas de veinticinco o treinta litros y que el vino se sacaba en jarras, siempre quedaba en las tinajas y todos sabemos

que el vino admite cierta cantidad de agua.

Miguel pesó un momento en las palabras de la señora antes de contestar.

- Si viéndolo así no existe tal milagro.

- Señor Miguel nuestra intención no está en hacer daño a nadie, mas bien

buscamos la verdad y en la traducción hay mucha verdad.

Le diré que Juan el Bautista (como le l aman ustedes, para nosotros solo

Juan) fue mucho mas importante para nuestra cultura que el propio Jesús, pues fue

su antecesor y del que tomó ejemplo, sin embargo la iglesia apenas lo menciona.

La profecía decía que vendría un Mesías a salvar el mundo, según la iglesia

cristiana. En realidad decía que l egaría un profeta para reunir y salvar a las doce

tribus de Israel y si Jesús era el indicado fracasó en su intento, pues no buscó las

tribus. Sin embargo Simón- Pedro si partió hacia el sur buscando la tribu de

Benjamín.

- Debo de reconocer que nunca me he interesado por la religión. Me siento

ignorante ante muchas de sus explicaciones. Y no encuentro respuestas.

- No importa aunque las hubiera buscado, solo abría encontrado las de su

iglesia. Fíjese en un detal e a su religión no le gusta que le hablen del pasado y

siempre se refieren a lo que dice o manda La Santa Madre Iglesia o el santo padre.

A ustedes les mandan actos de contricción pero el os no los utilizan.

- Si parece que tiene usted razón, pero de momento me interesa mas lo que

va a ocurrir próximamente. ¿corro peligro?

- Con nosotros no, cuando regrese no puedo saberlo, aunque intentaremos

protegerle.

- ¿Cual es nuestro destino?

- Mi pueblo; siento decirle que antes de l egar lo sedaremos, para eso solo

debe beber un poco de agua. Comprenda que no puedo mostrarle el camino de

nuestros secretos. Pero si usted decide quedarse un día mas, le mostraré las ruinas de Masada.

Miguel miró por la ventanil a solo se veían las nubes mas adelante había un

claro.

- Señor Miguel en cuanto pasemos las nubes podrá ver Sicilia y Malta, a

nuestra derecha Túnez.

- Por favor l ámeme solo Miguel. ¿Y usted tiene nombre?

La señora sonrió - si me l amo María Magdala? No tengo nada que ver con

María Magdalena. Aunque nuestro nombre quiera decir lo mismo. Magdala es una

población de Israel.

- ¿Como se financian ustedes.

- Ya entiendo el avión, la estancia en su país. Al igual que muchos judíos una

parte de los nuestros están esparcidos por el mundo y mandan donativos. También

imprimimos, libros y en fin tenemos nuestros negocios. Nosotros seríamos la policía

o como decimos nosotros “los guardianes de la verdad” ya que policía no tenemos.

- ¿Su relación con Israel?

- Digamos que Palestina es nuestra tierra, creemos ser descendientes de

Dan quinto hijo de Jacob, nunca hemos podido estar tranquilos en nuestro país, en

eso nos parecemos a los Judíos. Pero hay una gran diferencia entre nosotros, el os

tienen sus clanes, y cuando regresaron a Palestina hicieron con el pueblo lo mismo

que habían aprendido de los alemanes. No nos gustan pero debemos convivir con

el os intentando ignorarlos. Empresa imposible.

Una parte de nuestro pueblo está en Jordania y al í nos dirigimos, pero la

localización exacta no puedo dársela ¿entiende?

- Si creo que empiezo a entender.

La azafata salió de la parte trasera, con los documentos en la mano.

- Tome, puede guardarse su carnet, esto son invitaciones para visitar Israel y

este su pasaporte Jordano.

- ¿Jordano?

- Si en estos momentos usted es Jordano, como nosotros. Las relaciones de

su país con el nuestro son excelentes y no tendría problemas en Jordania, no así

con Israel. Son muy cautos y lo comprueban todo.

- Entiendo; tienen miedo a los atentados.

La azafata sacó, comida y la puso sobre la mesa; cordero,tortas de pan, dulces y dátiles. Agua y una cerveza para Miguel.

Coincidiendo con el final de la comida, el avión empezaba a descender

después de cuatro horas, María se dirigió al librero, mientras la azafata sacaba

medio baso con naranjada.

- Miguel es la hora de dormir ¿le gusta el zumo de naranja?

- Como no iba a gustarme seria un insulto para Valencia.

Se bebió la naranjada y momentos después empezó a notar que sus ojos se

cerraban hasta quedar dormido profundamente.

Mas tarde notó una serie continuada de movimientos bruscos y sus ojos

empezaron a abrirse, su cabeza estaba sobre las piernas de María pero era muy

pesada apenas podía levantarla y escuchó la voz de María que le decía.

- No pasa nada siga durmiendo.

Su cabeza sin levantarla empezó a funcionar estaba cómodo apoyándola

pero de repente, se dio cuenta que no estaba en el avión, miró a su alrededor y se

esforzó por levantarse, pese a la flojedad que sentía. Estaba en un todo terreno

cruzando el desierto; en realidad estaba cerca del monte Ramm a unos cien

kilómetros de Petra. El automovil se salió de la carretera a su izquierda. Miguel no

sabía donde se encontraba, mientras el conductor bajaba la velocidad y conducía

con precaución sobre piedras “no había camino”. veinte minutos después se dirigía

hacia una pared de roca ante el a vio aparecer unas carpas como las que usan los

beduinos o nómadas. Pasaron entre el as y l egaron a una pared de roca; el vehículo

paró y unos hombres lo taparon con una red de camuflaje. La comitiva se dirigió a

las rocas, lo que parecía una pared sin grietas no lo era, frente a el a solo se veía una raya pero al acercarse te dabas cuenta que solo era una roca la que tapaba a

otra y que tras lo que parecía una simple raya era donde l egaba una roca cubriendo

otra. Se introdujeron tras la roca era un pasil o estrecho por donde solo podría pasar un camel o no muy cargado. Miguel seguía a María observándolo todo. Diez minutos

mas tarde se introducían en una enorme gruta. Unos niños salieron a recibirles

cogiéndoles las manos, la gruta era enorme y una gran cantidad de personas vivían

en el a de tanto en tanto se topaban con enormes columnas esculpidas a pico que

parecían sostener la cúpula o techo, María empezó a hablar.

- Miguel este es mi pueblo, aquí hay cerca de cuatro mil personas, tenemos

nuestro sistema de alcantaril ado y de abastecimiento de comida, disponemos de

toda el agua que necesitamos. Hace muchos años un camel o se escapo y siguiéndolo descubrimos la gruta, como puede ver la ampliamos dejando columnas

de sujeción. Tenemos rebaños y con el os, leche, queso,carne, lana y pieles.los

vegetales vienen de los oasis y de... Bueno no creo que le interese mucho como

vivimos.

Un comité de bienvenida se unió a el os María le presentó al comité y

después estuvieron hablando con el a en un lenguaje que no entendía Miguel. Un

señor entrado en años no parecía muy conforme con el a, pero al fin se apartó y les

dejó pasar. La señora miró alrededor y l amó a un joven, tras unas palabras salió

corriendo y al momento l egaba con otro. María lo cogió por el hombro y se dirigió a

Miguel.

Josua se encargará de usted, dele la bolsa y la dejará en su lugar de

descanso - Miguel se la dio y el joven salió corriendo - no tema nada no robamos.

¿Se encuentra bien, le apetece descansar o seguimos con la visita?

Miguel no sabía como se encontraba, la sensación de todo lo que veía no le

dejaba fijarse en su cuerpo, miró el reloj acababan de dar las cinco y cuarto.

- No, no estoy cansado podemos seguir.

Siguieron hasta el fondo y vio como las viviendas labradas en la roca estaban

a los dos lados, de vez en cuando un túnel artificial se habría a ambos lados. María

paró mirando la pared que había ante el a y caminando hacia la derecha,

encontrando una grieta que se agrandaba conforme entrabas mas en el a, de pronto

se paró, ante la señora había un precipicio, David venía cargado con un tablón este

tenía una cuerda atada a una punta, poniéndolo de pié y sujetando con su pie la

parte inferir, lo dejó caer suavemente con la cuerda al otro lado.

Miguel miró hacia abajo y la luz de los quinqués le hizo saber que había agua,

inconscientemente dijo ¡agua!

- Si señor agua toda la que necesitemos - contestó María y con agilidad para

sus años cruzó el tablón, Miguel y David le siguieron. Por una cornisa y tras un

recodo se abrió a sus ojos lo que nunca podría haber imaginado. Una completa y

enorme biblioteca. María prosiguió con sus explicaciones.

- Mire Miguel “El Talmut” los cinco rol os del antiguo testamento en Hebreo.

Los libros de Salomón, varios escritos no conocidos por su iglesia anteriores a

Jesús. Algunos evangelios apócrifos, ¿que darían algunos por conocer los de María

Magdalena completos; debe saber que quien se hizo cargo de los seguidores de Jesús a su muerte, fue María y no Simón-Pedro. ¡A! y nunca fue prostituta.

Mire incunables latinos y europeos, estos libros son de su país, la primera

edición del Tirant lo Blanc, la segunda del quijote editada en Valencia en 16015, ya

se había editado en 1605 por Juan de la Cuesta ¡siga mirando!, Gongora, Calderón,

mire esta biblia se rescató de las l amas en San Juan de la Peña, en el primer

incendio del monasterio, otra biblia de 1416 editada por el rey Alfonso V de Aragón,

Siga mirando, La comedia de Calixto y Melibea, “su Celestina” edición de

1508 solo existe otro libro como este en el British Library; el manuscrito de Colon en papel de lino, escrito por Edmundo O Gorman. En 1493, pero sigamos.

La biblioteca contenía un tesoro inmenso para un librero, habían incunables

de todos los países, incluida una primera edición de la declaración de independencia

Norteamericana. No se sabe el tiempo que pasaron en el interior hasta que María

dijo. - Debemos regresar.

A la salida les esperaba Josua. María le hizo un ademán y Miguel se fue con

el; el joven lo l evó a una habitación o casa. El habitáculo no tenía mas de tres

metros por tres y medio, una especie de mesa de piedra dejada cuando picaron la

habitación hacía las veces de cama, sobre el a una alfombra trenzada de ramas de

palmera y sobe la alfombra unas pieles de oveja rematadas con la bolsa de viaje,

dos troncos de palmera cortados formaban dos taburetes y sobre otro una

palancana y una jarra con agua al lado, cerrando la habitación una cortina de lana

trenzada de diferentes colores. Miguel pensó que debía ser la habitación de los

invitados.

Josua le mostró unas prendas blancas dobladas sobre uno de los taburetes y

con gestos le indicó que se las pusiera. Miguel intentó ponérselas sobre su ropa,

pero el muchacho le mostró levantándose la suya que debajo no l evaba nada.

Miguel se despojó de la ropa dejándose los calzoncil os y vistiéndose con aquel tipo

de camisón blanco. A continuación siguió al joven, por los entresijos de la caverna.

Al otro lado un pasil o desembocaba en una piscina natural; muchas personas

entraban y salían de el a. Josua le izo una indicación y vio a María entre muchas

personas, el joven entró en el agua invitando a Miguel con un ademán y se

acercaron a María.

- Bienvenido Miguel como verá este baño al que tenemos costumbre, se

puede confundir con una iniciación, lo l evamos practicando puede que cerca de tres

mil años para nosotros es algo natural puede ver a mucha gente dialogando.

Digamos que es un sitio de reunión.

Un señor se acercó.

- ¿Es usted Miguel el librero?

- Si señor, yo soy.

- Me alegro de su visita.

- Usted habla perfectamente el Español.

- Si resido en Madrid tengo negocios en su país; mis ganancias tras cubrir mis

necesidades repercuten en mi pueblo y gracias a eso podemos conservar nuestra

cultura.

- El señor Benjamín, es uno mas de nuestros mensajeros por el mundo -

aclaró María - así es como les l amamos. Si necesita consejo o tiene una necesidad

puede ponerse en contacto con el; le dejaremos una tarjeta en su habitación.

- Si don Miguel no lo dude. Solemos ayudarnos entre nosotros.

- Pero yo no soy uno de ustedes.

Benjamín miró a María con cara de sorpresa.

- Si tiene razón, no es uno de los nuestros, lo hemos dormido para traerlo.

Benjamín respiró tranquilo.- perdone pero entienda...

- Está todo entendido, yo he aceptado el trato. Usted María me ofreció un

viaje si me quedaba un día mas. Pues bien lo acepto, aunque le sigo diciendo que

no poseo el libro y por lo tanto...

- No siempre se hacen las cosas por interés y como dicen ustedes lo

prometido es deuda, mañana iremos de visita.

Salieron del baño y Josua lo l evó de regreso a su habitación, Miguel se quitó

la ropa mojada y tendió los calzoncil os sobre un taburete, afortunadamente l evaba

repuesto. Su estómago le hizo saber que necesitaba comer. Abrió la cortina y vio

que se acercaba Josua, con una seña le dijo que lo siguiera tras unas columnas vio

una mesa repleta de comida variada, y unas bandejas de barro, las personas las

cogían y las utilizaban como platos, se acercó a la mesa con el joven cuando una

voz a su espalda comentó.

- Coja lo que vaya a comerse, aquí no podemos desperdiciar nada - era

Benjamín. Miguel siguió las instrucciones y los dos se sentaron a la otra mesa de

piedra donde se comía.

- He hablado con María y ha aceptado que mañana sea yo quien lo

acompañe.

- ¿Donde iremos?

- Me an dicho que lo l eve a Masada pero he pensado en darle una hermosa

vuelta o recorrido. El problema está en la salida y la l egada tendré que dormirlo.

- Y no sería mas fácil ponerme una capucha, la verdad es que no me

encuentro muy bien cuando despierto.

- Lo consultaré.

Miguel y Benjamín, salieron paseando hasta la entrada de la gruta y así pudo

ver la luna en el desierto. Pronto empezó a hacer frío en el exterior y regresaron a la confortable habitación de la gruta.

Al día siguiente Josua fue a buscarle y tras pasar por el “comedor “ beber

leche y comer unos pastelitos con miel salieron al exterior, Benjamín y David le

esperaban. Desandaron el camino que les había l evado al poblado de la gruta hasta

l egar a las tiendas, siguieron un poco mas adelante, como a un kilómetro pararon,

no se veía mas que desierto pedregoso alrededor. Un sonido se hizo visible, era un

helicóptero. David agitó un largo trapo Rojo y el helicóptero bajó. Entraron los tres en el interior y David aprovechó la pieza de tela roja para taparle los ojos.

El aparato resultó ser de Israel y seguramente quien lo conducía debía ser

Esenio. Benjamín hablo con el piloto y Miguel solo entendió el nombre de Masada,

media hora mas tarde le quitaban la venda.

- Mire Miguel a su derecha el mar muerto, estamos en el lado de Israel, estas

son las ventajas de contratar un aparato y piloto israelí en poco mas de veinte

minutos veremos la fortaleza de Masada, no se si conoce su historia.

- Si la conozco; conozco lo que pasó con los romanos.

- Pero sabe quien la construyó.

- No, no lo se.

- Fue Herodes apodado el grande. Era como su refugio, hay muchas

leyendas sobre el a. Mire al á a lo lejos nos acercamos.

A lo lejos Miguel no distinguía nada excepto, desierto u montes de rocas,

apenas se veía vegetación en algunos lugares. Poco a poco una colina fue tomando

forma mientras se acercaban. Sus paredes eran verticales y no se apreciaban

caminos o laderas por donde subir, en la cima plana se adivinaban las ruinas de una

fortaleza.

El piloto dio un paseo por los alrededores y así descubrió el camino que l evaba a la cumbre, inmediatamente entendió por que pudieron resistir a la décima

legión, durante siete años.

- Miguel una de sus leyendas dice que un túnel secreto era usado para

conseguir comida a los sitiados, pero nunca ha sido encontrado.

- Sin embargo señor Benjamín yo creo que existe, de lo contrario ¿como

podían comer durante tanto tiempo?

El piloto dio otro rodeo y volvió por el mar muerto pero esta vez por el lado

Jordano. El tiempo trascurría en animada conversación. El piloto dijo algo y

Benjamín tradujo.

- Estamos l egando a Petra, daremos un paseo en el helicóptero y

bajaremos a tierra en el circo romano.

El experto piloto hizo maniobras y siguieron el camino entre las dos paredes

de roca por donde suelen entrar los turistas. La vista era maravil osa,

desembocando en la plaza de las tumbas. Sobre voló la montaña y bajó cerca del

circo romano desde el suelo no se apreciaba el conjunto de las ruinas, como desde

el aire, pero si la construcción de las mismas. Miguel daba gracias a dios por haber

decidido realizar el viaje. Seguramente en su vida habría echo tal viaje y tan

espectacular.

Al subir nuevamente al aparato David volvió a taparle los ojos, prueba

inequívoca de que el paseo había finalizado. En realidad quedaba solo media hora

de regreso, pero el riesgo para los Esenios era mucho.

Apenas los dejó en el suelo el helicóptero emprendió el vuelo de regreso,

mientras caminaban y l egaban a las piedras David le quitó la venda.

Su l egada fue recibida por María y Josua. Rápidamente se dirigieron a

comer.

- Miguel tenemos la tarde libre y mañana salimos ¿que desea hacer esta

tarde?

Miró su reloj, eran las tres y media ( seguía con la hora peninsular)

- Me gustaría pasarla en la biblioteca - contestó escuetamente María aceptó y

pasaron la tarde ojeando libros.

- Señor Miguel es la hora, señor Miguel.

- Si ya voy - se escuchó desde el interior - Miguel había tenido una mala noche y había tardado en dormirse, se levantó de la cama con los ojos pegados, la

fresca agua de la palancana fue un reconstituyente, movió sus caderas y levantó las

piernas hasta tocar el vientre con las rodil as, no estaba acostumbrado a dormir en

una cama tan dura.se vistió con rapidez y salió con la bolsa de mano.

- ¿Comemos? - preguntó Josua, Miguel aceptó moviendo la cabeza y los dos

se dirigieron al comedor, al í se reunieron con el grupo y tras desayunar se dirigieron a la salida, Josua les acompañaba y al salir extendió su mano, Miguel la estrechó

pero quería dar un obsequio al joven. No encontrando nada a mano se quitó el reloj

y lo puso en su muñeca; el chico sonrió en agradecimiento, mientras María se ponía

en marcha.

Subieron al todoterreno dejando atrás el campamento, tras sortear el trayecto

de piedras l egaron a la carretera una hora después de salir, el coche paró y David

repartió cantimploras para todos cada uno la suya, a continuación se fue tras unas

rocas, María dijo - hay que hidratarse el calor del desierto pronto nos hará efecto -

abrió su cantimplora y bebió, lo mismo hizo Dan, que conducía; Miguel pese a no

tener sed los imitó. David volvía al vehículo pero antes de que l egara empezó a

verlo borroso y cayó en un profundo sueño.

Al despertar, miró a su alrededor y volvió a cerrar los ojos tenía sueño y siguió

durmiendo, media hora mas tarde los volvió a abrir y miró nuevamente alrededor

preguntando.

- ¿Por donde vamos?

- A su izquierda puede ver Túnez - contestó la azafata en voz baja.

Miguel miró alrededor incorporándose, María dormitaba, su cara era la de una

madre bondadosa, nada parecido a la persona acostumbrada a dar órdenes y dirigir

un pueblo; David por su parte no desentonaba, parecía una estatua sentado con su

cara impasible, volvió a recordar lo equivocado de su nombre “tal vez Goliat le iba

mejor” la azafata lo sacó de sus pensamientos.

- ¿Quiere tomar algo?

- Tal vez un poco de agua. ¿Queda mucho para l egar?

- Como hora y media.

Miguel instintivamente miró su reloj, no recordaba que se lo había dado a

Josua; cuando l egó la azafata con el baso de agua preguntó.

- ¿Que hora es?

- Faltan quince minutos para las trece horas y aproximadamente hora y media para l egar.

María Magdala abrió los ojos y se dirigió a Marina.

- Dentro de media hora sirves la comida. ¿como se encuentra Miguel?

- Bien muy bien, tal vez cuando me durmieron a la ida no descansé lo

suficiente y eso me produjo dolor de cabeza.

- Siento tener que dormirlo, pero espero que comprenda.

- Si comprendo y creo que es un atrevimiento por su parte haberme l evado a

su pueblo.

- Puede, pero en ocasiones hay que correr riesgos; creo que usted es una

persona correcta, solo hemos corrido los riesgos mínimos o necesarios y hablando

de riesgos, en el tacón de sus zapatos hemos instalado una célula de seguimiento,

si en alguna ocasión se encuentra en peligro, de una fuerte patada sobre el suelo,

una diminuta bola de inercia nos avisara y podremos acudir en su ayuda, aunque

espero que le dejen tranquilo por un tiempo como nosotros aremos. En su bolsa

tiene un teléfono donde localizarnos. Dan le l evará a su casa, nosotros tenemos

otros trabajos.

Al bajar del avión dos coches les esperaban María y David subieron a uno y

Dan acompañó a Miguel en el otro con el conductor. Daban las tres cuando Miguel

l amaba a la puerta de Lorenzo.

- ¡Miguel! ¿ya ha regresado? Creí que estaría mas tiempo fuera..

- Créeme Lorenzo estos dos días y medio han sido los más aprovechados de

mi vida. Ahora necesito las l aves.

- ¡A! si perdone ahora se las doy - entro hacia el comedor y volvió con el as -

¿le l amo para ir a la librería?

- Si por favor y no me hables de usted, tienes mas años que yo.

Cuando alguien l ega a su casa tras un viaje siempre l ega cansado, pero el

placer de sentirse en casa le hace relajarse. Miguel abrió la puerta y dejando la

bolsa sobre la mesa se dejó caer en el sofá, sin encender el televisor.

Inmediatamente su cerebro empezó a coordinar, tenía libros por reparar en la

librería y sobre todo pensó en Carmen como le iría. ¡Diosmío! recordó que le había

prometido empapelar el armario de la entrada y barnizar las maderas del suelo. Un

nuevo pensamiento vino a su mente; ayer tenía que haber recogido el coche. Miró el

teléfono que había dejado sobre la mesil a de noche, estaba descargado se puso otro reloj y pensó que ya no tenía tiempo de... lo puso a cargar y decidió que a la

noche l amaría a Carmen.

Subió nuevamente a casa de Lorenzo y l amó a la puerta.

- Si Miguel ¿Que deseas?

- Abre tu la tienda yo me voy a recoger el coche y guardarlo en el garaje,

había olvidado recogerlo.

- Vale de acuerdo.

Miguel salió y cogió el primer taxi que vio, para que lo l evara a por el coche,

el tramite fue rápido y a las cinco ya estaba en la tienda. Transcurrida media hora en su trabajo habitual, parecía como si nunca hubiera salido de al í, pero sin darse

cuenta empezó a clasificar los libros por antigüedad de forma diferente a como solía

hacerlo, dándoles importancia a los que el consideraba que la tenían. Por la noche

tranquilamente sentado en el sofá, l amó a Carmen.

- Miguel ¿eres tu?

- Si perdona que no te l amara antes, pero he estado muy ocupado y cuando

eche mano del mobil estaba descargado.

- ¿En la casa?

- No, no, en la casa no, he tenido que viajar prácticamente de improviso, en

fin ya te contaré, hoy he recogido el coche y el domingo terminaré el armario,

cuando vuelvas nos iremos directamente a nuestra casa, iré l evando mi ropa y lo

que crea conveniente. No pienso pasar ni un momento mas sin ti. ¿cuando

volverás?.

- Aún me quedan entre diez o doce días de trabajo, no era un solo lienzo,

pero mientras uno seca trabajo con el otro, en fin me doy prisa aunque en este

trabajo no se puede correr.

- Lo entiendo,

Las conversaciones de los enamorados son privadas; Miguel y Carmen

hablaron a lo largo de media hora. Al finalizar la l amada Miguel se acordó de la

carta que había dejado escrita por si no volvía, fue en su busca la cogió y la rompió, Sacó una manzana y una naranja del frigorífico y esa fue su cena.

Los sábados solo Vicentín que libraba los lunes le acompañaba en la librería.

A las ocho los dos se retiraron cerrando la tienda. Durante los dos días anteriores

había l enado dos maletas y varias bolsas grandes de basura con la ropa que no

usaba para l evarla a la casa y el domingo temprano sacaba el coche del garaje y lo l enaba de maletas y bolsas. Con ilusión se fue a Sagunto, entró por la cal e Mayor y al l egar cerca de la casa, pulsó el mando a distancia que daba la orden de enrol ar

la persiana metálica. Tuvo que hacer una maniobra por la estrechez de la cal e pero

introdujo el vehículo sin dificultades. Descargó y subió la ropa a las habitaciones en la parte superior, distribuiéndola en el armario y los cajones de la cómoda Pero su

objetivo estaba en terminar el armario que era la promesa echa a Carmen. Esta

había dejado sobre la mesa del comedor un mantel de plástico y sobre el los rol os

de papel, la cola y el barniz para las maderas. Todo lo tenía apunto.

Miguel pensó que primero debía barnizar las maderas para que se fueran

secando mientras empapelaba las paredes, sacó dos cabal etes bajo el techado del

patio o corral y puso sobre el os un tablón ( el único que tenía a mano) puso las

cuatro estanterías o maderas laterales sobre el y las barnizó, era el momento de

quitar las maderas del suelo del armario. Cambió la bombil a por una mas potente y

empezó a mirar por donde podía sacar las maderas, ¡no podía sacarlas! Ni tenía

como cogerlas. Miró junto al marco de la puerta donde estaba el arrodil ado y vio

unas marcas, tal vez producidas por una pata de cabra, (especie de palanca

utilizada mayormente para abrir embalajes de madera) recordó haber visto una en el

garaje y fue a por el a; la introdujo donde estaba señalado y las maderas todas

unidas se levantaron con facilidad, parecía que la parte que daba a la pared que

tenía enfrente al fondo del armario, no se levantaba por lo que decidió, subir por su lado y apoyarlas en la pared frontal. - ¡Diosmío! - Exclamo Miguel, no había nada

debajo solo se veía un agujero de setenta de ancho por dos metros de largo. La

bombil a recién puesta, por su situación solo alumbraba una pared lateral del

agujero, en el garaje habían dejado una linterna, fue en su busca y al enfocar el

interior del agujero, se dio cuenta que a tan solo tres metros había suelo, una

escalera de madera apoyada en un costado, era su única comunicación con el

interior del agujero. Miguel debió pensar que si estaba la escalera era por que

alguien la usaba. Y con decisión se atrevió a comprobar el estado de la misma

bajando con la linterna. Tocó suelo y miró hacia arriba, entonces se percató que ha

unos diez centímetros bajo la madera que tapaba el agujero, había un interruptor

antiguo de porcelana, que se podía utilizar desde arriba, subió nuevamente hasta

poder alcanzarlo y giró le mando, inmediatamente se iluminó el subsuelo. Miguel

pudo mirar donde estaba, a su espalda había una pared y de el a a la que tenía

apoyada la escalera, distaban unos tres metros a su derecha, el túnel continuaba durante unos siete metros, el techo era abovedado y en su punto mas alto debería

medir dos metros veinte, o algo mas tal vez l egara a los dos metros y medio, pero el suelo había sido reparado con “planché y lucido de cemento” al fondo unos cajones,

como los que se usan en la recolección de la naranja y unas sil as con algunas

maderas; no les dio importancia y miró al otro lado, el túnel seguía unos cuatro

metros mas, pero la pared del fondo no era igual al resto de las paredes, todas las

paredes eran de mortero posiblemente de cal, como solían hacer las cisternas los

romanos , pero esa pared era de ladril o, se notaban las juntas.

En la parte superior faltaban algunos ladril os, como si quisieran que corriera

el aire. Miguel fue a por una de las sil as de enea que había al fondo y subiendo en

el a, miró por el agujero alumbrando con su linterna. El túnel seguía durante unos

diez metros mas.

Estaba claro que su tío lo compartía con alguna casa vecina. Se sentó en la

sil a y pensó en el gran hal azgo que acababa de realizar, observó detenidamente

las paredes pintadas con cal, no era reciente pero tampoco debería hacer mucho

tiempo que la habían encalado. Fue mirando el techo mientras se aproximaba al

fondo y se percató de que los agujeros por donde podría entrar el agua estaban

tapados, lo mismo que una boca que debió servir para sacar agua. Ya no había

duda de lo que había descubierto, el sótano ¡era una cisterna!.

Dejó la sil a y miró en el interior de los cajones; se dio cuenta que contenían

libros envueltos en plástico y papel de celofán. Tras los cajones había una mesa

plegable de camping y sobre el a una tela tapando lo que parecía una caja

cuadrada, los cajones pesaban mucho para moverlos y decidió utilizar las maderas

para descargar algunos libros colocándolas entre dos sil as, después de sacar

algunos libros pudo mover los cajones superiores, por fin tubo acceso a la mesa y a

la tela, la levantó con cuidado, pues no sabía que podía haber debajo. Sobre la

rustica mesa plegable había un cristal y sobre el cristal, un cajón también de cristal boca abajo cubriendo un libro. Miguel pensó que su tío se había tomado muchas

molestias con el libro en cuestión. Como buen bibliotecario sabía que no podía tocar

el libro sin guantes, subió arriba y cogió dos del paquete que acababa de l evar, con las manos enguantadas levantó la caja de cristal suavemente y observó las tapas de

madera, levantó la tapa y ¡Al í estaba ¡La Traducción de Simeón!

Miguel soltó la tapa nuevamente sobre el libro y echándose hacia atrás se quedó sentado en una de las sil as de enea, mientras pensaba que por aquel libro

habían fal ecido dos personas. Durante mas de quince minutos no se movió, su

cabeza hervía sus pensamientos se amontonaban, pensaba en las veces que había

perjurado que no tenía el libro, en un momento de lucidez pensó en Carmen. Había

prometido terminar el armario, lo dejó todo como estaba y subió, fijándose en las

maderas del piso que con unas bisagras se quedaban recostadas contra la pared

frontal y el interruptor que estaba a mano solo con levantar las maderas. Durante el

resto del día se dedicó a empapelar las paredes del armario, limpió y barnizó las

maderas que tapaban la cisterna y así terminó el armario, solo se tomó el tiempo

justo para ir a comer, sin dejar de pensar en lo que había sucedido.

Sin darse cuenta había pasado el domingo, ya eran mas de las ocho cuando

sacaba el coche del garaje para dirigirse a Valencia.

Al día siguiente no solo pensaba en La Traducción de Simeón, habían otros

ocho cajones l enos de libros que no había sacado de su envoltorio. Durante toda la

semana su cabeza no le permitía olvidar lo sucedido, pensando en lo que podría

encontrar en otros cajones, por fin l egó a la conclusión de que su tío podría haber

almacenado, libros de difícil venta para su propia colección o para mandarlos a una

subasta. Sabía donde y con quien trataba para tal fin y recordaba las palabras de

Tomás “los libros no valen tanto en una subasta como un lienzo o un mueble”. Pero

Miguel pensó que si eran muchos tal vez, conservaba un pequeño tesoro.

Necesitaba algún tipo de información y se decidió a mandar un correo a la casa de

subastas. Tres días después recibía noticias por el mismo medio, solo los

incunables conseguían buenos precios, siguiendo el valor por antigüedad, interés o

conocimiento del libro, estado, edición y autor. Pero el precio final siempre dependía de los compradores y de su interés por el libro.

Miguel pensó en cuanto podría estar tasada La traducción, sabía el precio

que había pagado su tío por el incunable. Pero...

Los días siguientes su cabeza seguía debatiéndose entre entregar el libro a

María Magdala o venderlo en subasta. No quería tomar solo la decisión esperaría a

Carmen y juntos decidirían. Por último pensó que el próximo domingo, sacaría todos

los libros de los cajones y anotaría los datos de los mismos.

El domingo partió hacia Sagunto con todo lo necesario, dejó el coche en el

garaje y miró como había quedado el armario “le gustó” levantó la tapa y bajó. Entre

las maderas que habían en el sótano estaban los restos de un viejo escritorio, del que quedaban las dos tiras de cajones que tenía a los lados, faltaba la parte superior de la mesa, los puso uno a cada lado y las maderas que habían sueltas encima

había construido una gran mesa, (posiblemente ya utilizada por su tío) la tapó con

una sábana limpia y empezó a desenvolver libros, como se había imaginado eran

libros antiguos aunque no incunables. Abrió un bloc y empezó la relación de los

mismos, anotando todos los datos disponibles, Nombre, edición, fecha de la misma

y autor. El trabajo le l evó toda la mañana, miró su reloj, faltaban cinco minutos para las dos.

- Hora de comer - dijo para si mismo y se dirigió a un bar cercano.

La tarde la dedicó a envolver y guardar los libros denuevo, después cerró la

entrada al sótano y colocó las estanterías a los lados del armario y sobre el suelo el contenedor de los bastones y paraguas, el jarrón y algo de ropa para salir de

improviso. Todo estaba dispuesto para recibir a Carmen.

Regresó a Valencia y encerró el coche. Al salir del garaje se dio cuenta que

alguien le l amaba agitando la mano.

- ¡Carmen! - exclamó sus piernas se dirigieron en busca de su amada, el

abrazo fue intenso y los besos no tenían fin.

- Dios mío no te esperaba.

- Yo tampoco creía volver tan pronto, pero solo me quedaba por terminar un

pequeño retrato y el dueño me autorizó a l evármelo, solo tiene dos días de trabajo

lo terminaré y lo mandaré por agencia. Lo he dejado en mi estudio en cuanto lo

termine nos vamos a Sagunto.

Miguel miraba plácidamente aquel a cara sonriente que no dejaba de hablar

y mientras Carmen hablaba, el pensaba en todo lo que tenía que contarle.

Se fueron a cenar, mientras Carmen seguía contándole todo lo sucedido

pormenorizadamente durante el trayecto, su estancia en la mansión y el trabajo

realizado. Ya se habían tomado los postres cuando se quedo mirando a Miguel y le

preguntó.

- ¿Es que tu no tienes nada que contarme? ¿has terminado el armario?

- Si, he terminado el armario y ha quedado precioso. También e echo un

viaje.

- ¿Como que has echo un viaje? ¿y has comprado mas libros?

- No no he comprado nada, recuerdas cuando fuimos en busca de Vicente Escribá y lo que nos contó sobre las sectas hebreas.

- Si lo recuerdo.

- Pues el gigantón del que te hable resultó ser un Zelote y su jefa es Esenia,

prácticamente las dos sectas forman una sola; su jefa se l ama María Magdala y el

gigantón David; parece ser que todos viven juntos y creo que su doctrina a

evolucionado con el tiempo, tuve una invitación para hablar con María en plena cal e

sentados en un bar concurrido y tras una conversación, para convencerme de su

buena “Fe” y la conveniencia de que el os deben conservar el dichoso libro, por

diferentes motivos, me invitaron a conocer su mundo y sus gentes.

- ¿Y aceptaste?

- Me lo pensé pero, analizando la conversación y habiéndoles, dicho que no

tenía el libro por enésima vez, l egue a la conclusión de que no querían hacerme

daño alguno. Acepté su invitación y me l evaron a su país y a un poblado escondido

en el desierto “creo que de Jordania” al í me mostraron una gran biblioteca, con

muchos incunables y de todos los idiomas, incluidas seis tablil as en Ibero. Al día

siguiente hicimos un viaje en helicóptero me mostraron el Mar Muerto, la fortaleza de Masada y la ciudad de Petra. De el a solo conocemos las tumbas pero es mucho

mas grande y debió ser muy importante en su época-

¿Todo eso en un día?

- No en algo mas de medio día, salimos al clarear en helicóptero y solo

descendimos en el teatro romano de Petra. Puedo decir que el viaje fue “a vista de

pájaro”. Al día siguiente regresamos aquí en su avión particular

Carmen lo miraba seriamente.

- ¿Puedes decirme, que conclusiones has sacado al respecto?

Miguel quedó sorprendido por la pregunta, pensó la contestación y dijo con

seriedad.

- Creo que son buena gente y que sus ideales son lógicos, también que han

gastado mucho dinero para convencerme.

- Exacto ¿Que ocurrirá si no consiguen el libro?

- No creo que ocurra nada, mas miedo les tengo a los de La Hermandad

Protectora. Si María hubiera querido hacerme algún daño ya lo habría echo, ha

tenido tiempo de sobra.

- ¿Has buscado bien el la Librería? por si el dichoso libro estuviera en algún rincón.

- Te puedo asegurar que no está en la Librería.- Miguel no sabía como

decirle... pero tampoco era momento ni lugar, pensó que las paredes podían oír;

pagó la cuenta y se retiraron. Por la mañana cada uno se dirigió a su trabajo, ambos

se reunieron en casa de Carmen para comer, pero no hablaron mas que de terminar

el pequeño retrato y marchar a su nueva casa.

Por la tarde Miguel cerró la tienda y fue al apartamento de Carmen, al í no

había nadie, su estudio no estaba muy lejos y decidió ir en su busca. Al l egar l amó a la puerta al momento se abrió. Miguel vio a uno de los dos señores vestidos con

traje de cura y cuel o duro, que les habían estado siguiendo; l evaba una pistola en

la mano y le apuntaba al pecho, movió su mano izquierda invitándole a entrar sin

bajar la pistola. Miguel levantó las manos y entró, su mirada buscó al fondo del local y vio a Carmen atada a una sil a con un pañuelo de cuel o que le tapaba la boca. Su

cabeza reaccionó con rapidez y gritó ¡suéltenla! Al tiempo que daba un fuerte

pisotón de rabia sobre el suelo. Notaba el cañón de la pistola en la espalda que le

apretaba y al otro cura mostrándole la sil a donde debía sentarse. Miguel tenía claro que ninguno de los dos era lo que parecían, por eso mientras lo ataban junto a

Carmen preguntó.

- ¿Son ustedes de La Hermandad Protectora?

- ¿Y usted que cree? - contestó el de la pistola con una leve mueca.

- No hubieron mas palabras, giraron su sil a para que viera a Carmen y

acercaron la mesa que utilizaba Carmen para dejar los colores y trapos, cogiendo el

paño que había sobre el a tiraron todo lo que la ocupaba al suelo. A continuación el

que lo había atado, sacó un envoltorio de cuero de una bolsa de mano y lo desplegó

sobre la mesa, Miguel se dio cuenta inmediatamente

¡eran herramientas de

tortura! ¡se encontraban en peligro!

- Señor Librero - dijo el que acababa de desenvolver las herramientas - no se

el aguante que puede tener usted ante el dolor, pero tampoco el que puede tener su

pintora o compañera y creo que puede hacerle mas daño a usted ver como el a sufre

por su culpa o de lo contrario demostraría que no la quiere o no le importa. En

realidad a quien no le importa es a mi, verá usted, se ha hablado mucho del dolor de

las uñas, pues creo que podemos empezar por el as y le aseguro que duelen.

Primero le haré unos cortes, después introduciré clavos y por último las arrancaré; le recuerdo que tiene Veinte dedos ¡será divertido! Al menos para mi.

- Pero ¿Que buscan? Ya les he dicho por activa y por pasiva que no lo tengo.

No puedo darles lo que no tengo ¿no lo entienden?

Como contestación el que l evaba la pistola, le dio con el a en toda la boca

partiéndole el labio.

- Señor Miguel - dijo en tono burlón el verdugo - no pensará que me lo crea,

sabemos quien compró el libro y usted es su heredero por lo tanto si quiere seguir

viviendo debe entregárnoslo, empezaremos por su amiga y seguiremos con usted,

tal vez nunca consigamos el libro pero ni usted ni su amiguita lo verán. Y créame a

mi me da lo mismo.

- Ya está bien de charla - gritó el otro, que seguía con la pistola en la mano,

Miguel pensó que estaba loco su rostro reflejaba ira. Su compañero se acercó a la

mesa y cogió un bisturí, dirigiéndose lentamente a Carmen y cogiéndole la mano

que tenía atada a los posabrazos de la sil a acercó el bisturí; Carmen lo miraba con

ojos desorbitados el terror se reflejaba en su rostro. Miguel gritó.

- No, por favor cojan las l aves de mi bolsil o y entren en la tienda, al fondo

hay una pequeña habitación, busquen al í, pero no le hagan nada a el a.

En realidad lo que Miguel quería era ganar tiempo; el torturador hurgó en sus

bolsil os sacando el mobil

y dejándolo sobre la mesa, siguió buscando

encontrando las l aves.

- Bien señor Librero veo que empieza a entender. Iremos a la librería pero

pobre de usted si nos miente.

Cogieron un trapo sucio y le taparon la boca.

En ese momento se escuchó un estruendo y la puerta cayó al suelo, una

pequeña figura encapuchada irrumpía en la sala y lanzaba un cuchil o sobre el

hombre que sostenía la pistola sin darle tiempo a utilizarla. El cuchil o se clavó en su muslo derecho soltando el arma, el torturador se abalanzó sobre el a e intentó

recogerla, pero siguió la misma suerte, el cuchil o se clavó en su muslo izquierdo.

Tras el hombre mas bajito entró un gigante con el rostro cubierto; Miguel los

identificó inmediatamente como Dan y David, se acercaron a el os y cuando iban a

atarlos el verdugo se quitó la daga de la pierna e intentó usarla con David, no le dio tiempo el mastodonte lo cogió por la muñeca y se escuchó un grito desgarrado de

dolor, por parte del verdugo que soltó la daga de inmediato, a continuación ataron a

los dos “falsos curas” espalda con espalda, cogieron dos trozos de tela y los anudaron a sus piernas para taponar la sangre que salía de las heridas.

- ¿Tiene usted teléfono? - Preguntó el bajito quitándole el trapo que le tapaba

la boca a Miguel.

- Si está sobre la mesa.

En el suelo había un paquete de guantes de látex de los que usaba Carmen,

Dan se puso un par y cogió el teléfono.

- ¿Llamamos a alguien en particular o directamente a la policía?

- En el listín, busque en el listín Abel “es policía”

Dan buscó y marcó, cuando Abel descolgó la l amada, le puso el teléfono a

Miguel.

- Conteste y dígale que venga a buscarlos.

Por el auricular se escuchaba.

- ¿Quien es? ¿Quien l ama?

- Soy Miguel, el Librero.

- ¡A si, no tenía registrado tu teléfono! ¿Que quieres?

- Abel atiende por favor me han secuestrado y estoy en el estudio de Carmen,

el a está conmigo. Por favor ven cuanto antes ¿sabes donde está?

- Si, voy en un momento, cuelgo.

Dan dejó el mobil sobre la mesa e hizo la mención de marcharse. Miguel

viendo que se iba preguntó.

- ¿Es que no nos va a desatar?

- No, lo hará la policía, necesita todas las pruebas.

- ¿Y que digo de ustedes?

- Simplemente que unos encapuchados les han ayudado, no hace falta mas.

El os - dirigiéndose a los falsos curas - dirán lo mismo.

Los dos salieron rápidamente del local. Tres minutos mas tarde entraban dos

guardias municipales pistola en mano. Desde el fondo Miguel les gritó.

- No hay peligro, pueden entrar.

Los guardias se acercaron e intentaron desatarlo.

- No por favor no toquen nada la pistola tampoco el subcomisario Abel está al

l egar. Esos dos señores son los secuestradores.

Los guardias se quedaron quietos mirándose el uno al otro.

- Puede decirnos de que va esto nos han l amado para que acudiéramos con urgencia, pues eramos los más cercanos.

- Estos señores nos han secuestrado, pero gracias a dios hemos recibido

ayuda del exterior, se han ido tras dejar a esos dos como están, no querían

comprometerse ni tocar nada, solo han echo una l amada con mi mobil al

Subcomisario Abel y debe estar en camino.

Los guardias volvieron a mirarse con cara de incredulidad y se alejaron un

poco para hablar entre el os. Unos minutos mas tarde l egó Abel seguido de un

grupo de policías, los dos Municipales estaban en la puerta y Miguel vio como

hablaban con el, mientras este movía la cabeza afirmativamente, su mirada se

dirigía hacia el os. Dio unas ordenes a los policías que entraban y estos empezaron

a recoger pruebas, tras fotografiarlos o rodar un vídeo. Dos guardias se acercaron a

desatarlos pero cuando otro se acercó a los secuestradores Miguel gritó.

- ¡A esos no, son los secuestradores!

Abel que miraba la escena le hizo una seña a Miguel para que se acercara;

pero este se volvió hacia Carmen y la abrazó con todas sus fuerzas.

- Perdóname nunca creí que tu corrieras peligro, ni que l egaran tan lejos por

un libro.

- Tu no tienes la culpa, no te culpes. ¿Es verdad que el libro está en el cuarto

de la librería?

- Te aseguro que no, solo era un ardid para ganar tiempo.

- Bueno pareja, vais a contarme que ha ocurrido - interrumpió Abel.

- Perdona Abel pero lo hemos pasado muy mal, iban a torturar a Carmen con

esas herramientas.

Miguel y Carmen relataron a Abel lo ocurrido y añadieron como dos

encapuchados habían entrado abriendo la cerradura de golpe y habían reducido a

los secuestradores.

Cuando los policías dejaron de realizar sus investigaciones Abel les dio

permiso para recoger sus pertenencias. En una maleta que era la que había l evado

a Galicia cabía todo, el cabal ete era plegable y pequeño se colocaba sobre una

mesa. Con la maleta y el retrato que estaba reparando abandonaron el local.

Abel les dijo que les esperaba a la mañana siguiente para declarar. Los dos

se dirigieron al apartamento de Carmen.

- Mañana sin mas tardar nos vamos a la casa, apenas declaremos en

comisaría - comentó Miguel.

Y así lo hicieron apenas Miguel abrió la librería, dio instrucciones a Lorenzo

y se fue, recogió a Carmen y juntos acudieron a la comisaría donde declararon y

preguntaron por los dos facinerosos. Abel les dijo que habían pasado por el hospital

pero que ya estaban en prisión.

Una vez cumplidas sus obligaciones con la ley, la pareja recogió los

alimentos de la nevera y las maletas con la ropa que les quedaba y se marcharon a

su nueva casa en Sagunto. Entre descargar y acomodarse se hizo hora de comer,

con una ensalada y algo de fiambres salieron del paso. Carmen había preparado su

estudio y se disponía a reemprender su trabajo cuando Miguel le dijo.

- Espera no as visto el armario, acompáñame - Carmen lo siguió y Miguel

abrió el armario.

- Ha quedado precioso y con el papel, aunque pongamos ropa de abrigo, esta

no se ensucia, cosa que no suele ocurrir con los roces en la pintura.

Miguel quitaba las cosa que habían sobre las maderas del suelo.

- ¿Que haces? ¿es que vas a vaciarlo todo? Ya lo e visto.

- No, no as visto nada, prepárate para recibir una sorpresa.

Carmen se quedó en silencio y expectante viendo como Miguel levantaba el

suelo de madera y a continuación bajaba la mano y salía luz del suelo, se acercó y

miró l evándose una gran sorpresa.

- ¿Que es esto?

- Debe ser una antigua cisterna, una construcción romana, pero sígueme y

bajemos.

- ¿Se puede bajar?

- Si no hay peligro, yo bajaré primero.

Miguel bajó y después ayudó a Carmen, que observó detal adamente la

estancia, el le tomó la mano y la condujo al rincón donde estaban los libros.

Mira estos cajones están repletos de libros antiguos, no de incunables, pero

si mi tío los guardó debió ser por que tendrían algún valor, material o sentimental,

he mandado una relación a una casa de subastas. Ahora mira sobre la mesa.

- ¿Que es? solo veo lo que parece una caja cubierta por un paño.

Miguel tiró del paño.- Míralo bien es el libro que todo el mundo busca, La

Traducción de Simeón.

- Dios mio y hemos estado apunto de morir por ese libro.

- No, no sabía nada de el hasta que por casualidad empapelé el armario e

intenté levantar las maderas del suelo.

- Pero ya lo sabías cuando nos ataron y permitiste que casi me torturaran.

- No lo creas, tengo un dispositivo en el zapato que avisa a los Zelotes

cuando me veo en peligro, si lo recuerdas di un fuerte pisotón cuando entré en tu

estudio y solo era cuestión de tiempo. No permitiría que nadie te hiciera daño. Si lo piensas bien ¿que nos hubiese sucedido tras entregarles el libro? Habíamos visto

sus rostros, seguramente nos hubieran matado.

- Si tienes razón ¿y ahora que piensas hacer con el? Es peligroso

conservarlo.

- Lo se, por parte de unos no hay peligro pero los otros...

- Si te entiendo yo también tengo miedo a que contraten otros sicarios. Piensa

y haz lo que creas justo, pero no deseo tener ese libro en mi casa “es peligroso”.

- Volvamos arriba.

La tarde pasó sin mas contratiempos y al día siguiente Miguel se despedía de

Carmen para ir al trabajo, mientras el a se quedaba en su nueva casa. Cuando l egó

a la librería Lorenzo lo esperaba en la puerta.

- He l amado a tu puerta, pero en vista de que nadie me habría he decidido

venir.

- Perdona Lorenzo se me olvidó decirte que me he trasladado a vivir a

Sagunto con Carmen.

- ¿La chica con la que estaba saliendo?

- Si la misma.

- Me alegro y espero que seas feliz, una mujer es el complemento ideal de un

hombre y en ocasiones solo lo comprendemos cuando las perdemos. ¿ Que hará

con el apartamento?

- Había pensado que la madre de Vicentín podría ocuparlo, paga mucho

donde vive.

- ¿Y tu no le vas a cobrar?

- Estaría mal no hacerlo, pero creo que “un alquiler testimonial”. En realidad

me sabe mal venderlo.

- Te entiendo y creo que haces bien.

Al día siguiente le dijo a Vicentín que quería hablar con su madre y esa misma semana se trasladaron al apartamento. A partir de ese día la señora iba dos

veces por semana a limpiar la tienda como parte del alquiler.

Abel se presentó en la tienda.

- Buenos días Miguel.

- Buenos días ¿que te trae por aquí?

- Quiero hablar contigo.

- Si quieres podemos pasar al cuarto...

- No no, ¿donde vas a comer? ¿Conoces algún lugar discreto?

- Si pero pensaba ir a mi casa, Carmen me estará esperando, me he

trasladado a Sagunto, ¿si quieres acompañarme?

- No no hace falta esta tarde estoy de guardia empiezo a las tres, te

importaría pasar por mi despacho.

- No, puedo comer y volver lo mas rápido posible iré a verte.

- Te esperaré.

Miguel cumplió su palabra y a las tres y media entraba en el despacho de

Abel, este le indicó una sil a.

- Bien, Abel dime que quieres de mi. Pareces muy misterioso.

Abel lo miró a los ojos y le dijo.- Miguel tu sabes quienes eran los

encapuchados y yo necesito saberlo.

A Miguel no le gustaron las palabras de Abel, - yo ya hice mi declaración y a

el a me atengo.

Abel movió la mano de izquierda a derecha como queriendo borrar algo.

- No me has entendido, no te lo pregunta el policía, creo que entre nosotros

hay la suficiente confianza para que me lo digas a mi “al amigo” no al policía.

Miguel se levantó y empezó a pasear por el despacho como una fiera

enjaulada.

Sabes que esos hombres nos salvaron la vida y fui yo quien los l amó, si se

quienes son pero no puedo decirlo y esta vez no es por miedo “son mis amigos” no

merecen que les persigan.

- Miguel soy yo quien quiere información no el juzgado ni la policía.

- Tu mismo me dijiste que en los interrogados suelen mentiros, e incluso dar

pistas falsas. ¿Es eso lo que quieres?

- Esto no es un interrogatorio, lo que tu me cuentes ahora, en alguna ocasión les puede salvar la vida o evitarles la cárcel. Aquí no hay cámaras ni grabadoras.

Debes confiar en mi, como te he dicho mi pregunta es a titulo personal. Ponte en mi

lugar he investigado por ti y creo que...

- Si, si, sí. Lo entiendo pero ¿que pensarías si te hubieran salvado la vida?

- Te vuelvo a repetir que lo que me cuentes no saldrá de este despacho.

Miguel se cogía la cabeza con las dos manos. Era notorio que no quería o no

podía dar esa información.

- Está bien - dijo Abel - ves en mi al policía y no al amigo, será mejor que te

vayas.

Miguel salió por la puerta sin despedirse, recorrió el pasil o y salió a la cal e ;

estaba confuso paró y tomó una bocanada de aire; mientras Abel quedaba sentado

en su sil a tras la mesa del despacho, tomó uno de los informes que tenía sobre la

mesa y apenas había empezado a ojearlo cuando apareció nuevamente Miguel.

- ¡Está bien! Quiero tu palabra de que quedará entre nosotros.

- La tienes. Por favor siéntate.

- El os no merecen que se les traicione, me mostraron su casa, su poblado y

su gente. Si el día de San José me l evaron en avión a su país - Miguel sacó la

cartera y mostró el permiso que todavía conservaba. Abel quedó visiblemente

impresionado.

Créeme son gente

humilde y correcta, no tienen ejercito, solo algunas

personas especializadas y dispuestas a defenderles. A mi me insertaron un

dispositivo en el tacón del zapato, cuando estoy en peligro solo tengo que dar un

fuerte pisotón, reciben la señal y acuden en mi defensa. Es lo que ocurrió en el

estudio de Carmen.

- ¿Les has entregado el libro?

- No el os creen que no lo tengo.

- ¿Creen? ¿acaso lo tienes?

- Si hace poco que lo descubrí.

La cara de Abel reflejaba la sorpresa que le había producido la confesión de

Miguel, se había quedado petrificado mirándolo.

Como sabes me he trasladado a Sagunto con Carmen, la casa pertenecía a

mi tío y al í lo descubrí por casualidad.

- ¿Que piensas hacer?

- Acabo de comprender el valor del libro y lo que debo hacer con el. ¿Dime quieres conocerlos? ¿en verdad quieres conocer a los Esenios?

- ¿Puedo?

- ¿Creo que son el os quienes tienen que decidir?

- Entiendo; solo puedo darte mi palabra de amigo ¿que el os decidan?

- En ese caso estamos de acuerdo ¿que el os decidan?

Miguel abandonó la comisaría y mientras caminaba por la cal é decidió l amar

a María. Buscó el teléfono en el interior de la cartera y l amó. Una voz de mujer se

escuchó al otro lado.

- Diga ¿quien l ama?

- Soy Miguel busco a María Magdala.

- Yo soy Estela, ahora se pone un momento.

Unos segundos interminables mas tarde escuchó.- Miguel es usted.

- Si soy yo, escúcheme con atención, puede que usted conozca a Abel el

policía; para mi un buen hombre y de confianza; quiere conocerla a titulo personal,

sin tener nada que ver con su profesión, ni con investigación alguna.

- Me resulta incomprensible que no mezcle su trabajo con conocerme.

Aunque se quite el uniforme sigue siendo un Policía; como yo soy...

- Yo me fié de usted y considero que tiene palabra y es de confianza. Lo

mismo opino de el.

- Me pone en un compromiso, no solemos darnos a conocer y menos por...

- Lo sigo entendiendo, y también el lo entiende así, por eso me ha pedido que

sea usted quien decida.

- ¿Que puedo sacar de esto?

- Nada pero tal vez algún día sean ustedes quienes lo necesiten.

Al otro lado del teléfono se notaba la tensión, solo se escuchaba la

respiración de María. Hasta que por fin dijo.

- Yo no puedo decidir, lo hará usted por mi. Si quiere que vaya iré usted tiene

la palabra.

En ese caso le mandaré a este mismo teléfono un plano de Sagunto con mi

dirección dejaré la puerta del garaje abierta para que pueda entrar con su coche. La

espero el Domingo a las cuatro de la tarde.

- Al í estaré confío en usted.

- Gracias María.

Acto seguido l amó a Abel.

- Dime Miguel.

- El domingo a las cuatro de la tarde, vendrá a mi casa en Sagunto, María

Magdala. Ha accedido dándole mi palabra. Te espero para comer cal e Mayor treinta

y siete.

- Al í estaré sin falta.

- Y sin trampas, he dado mi palabra.

- Sin trampas, confía en mi.

El resto de la semana pasó como una exhalación, Miguel informó a Carmen

del invitado que tenían para comer, y de lo que se proponía. A Carmen no le gustó la

idea pero la aceptó a regañadientes, para el a un policía era siempre un policía.

Abel l egó sobre las trece horas con una botel a de vino en la mano, después

de saludarse la primera pregunta fue ¿done había aparcado el coche? pues en la

zona había poco sitio para aparcar; Abel contestó que junto a la iglesia de la Sangre, había encontrado un hueco.

- Mas lejos lo tengo yo, contestó Miguel he tenido que aparcar en la Glorieta,

para dejar el garaje libre para el os, ven Carmen está en el pael ero, lo tenemos en el corral.

Carmen estaba condimentando “la pael a” y tras saludarla Miguel siguió

mostrándole la casa, por fin se sentaron en la mesa y se tomaron una cerveza con

almendras fritas, mientras hablaban.

- Me dijiste que tenías el libro ¿puedo verlo?

- Todo se andará de momento comamos y esperemos a María “ la patriarca

de los Esenios”

La conversación se cortó, cuando entró Carmen diciendo que ya había

echado el arroz, entonces se fue por otros raudales, esta le preguntó a Abel si

estaba casado. Abel hizo una mueca de desagrado y contestó.

- Puedo decir que estoy casado pero no tengo mujer.- Debió ver la cara que

pusieron Miguel y Carmen y continuó diciendo - “si me casé” cuando estaba en la

Academia de Avila conocí a una chica, al jurar bandera me destinaron a La Coruña.

Nos casamos y nos fuimos yo seguía estudiando y le prestaba... puede que no la

atención que merecía subí a oficial y seguí estudiando, me destinaron a Zaragoza,

nunca se adaptó a estar lejos de su madre, dos años después mi destino fue

Valencia y

el a se fue con su madre en un arrebato de cólera, cuando tras el

servicio volvía casa el a no estaba; el traslado a Valencia lo hice solo y aunque volví varias veces a por el a no conseguí l evármela me cansé y ya hace cerca de dos

años que no se nada de el a.

Carmen dijo - “la Pael a” - y salió corriendo. Miguel se puso a servir la mesa y

a los pocos minutos Carmen entraba con el a.

Abel la encontró deliciosa y preguntó a Miguel.

- ¿Tu cocinas?

- Yo si, hamburguesas, tortil as, huevos, y embutido, he comido mucho

precocinado.

- No lo entiendo - dijo Carmen - los cocineros mas famosos son hombres y

vosotros.

- Carmen yo entiendo a Miguel, nos hacemos perezosos y si podemos

comemos en el bar, hay menús económicos.

- Pues tened en cuenta que las mujeres sacamos tiempo para todo. Como

decía mi madre “hay que sacar tiempo de donde no lo hay”

La comida fue excelente y la sobremesa también sin darse cuenta faltaban

quince minutos para las cuatro, Miguel se levantó y quitó lo que quedaba en la

mesa, a continuación buscó el mando de la puerta del garaje la abrió y lo dejó sobre

la mesa, Carmen se unió a el os sentándose a la mesa, no habían pasado mas de

tres minutos cuando escucharon un motor en el garaje,

- Deben ser el os - dijo Miguel y se dirigió a la puerta del garaje, apenas abrió

levantó las manos un hombre con una pistola lo tenía encañonado apartándolo entró

otro que encañonó a Abel, tras el os entró un señor grueso. Vestido con traje de

cal e gris oscuro. Miguel retrocedió rápidamente tropezando con la sil a y dando un

fuerte traspiés sin caer al suelo, se colocó delante de Carmen. Les ordenaron

sentarse y ataron en la sil a a Carmen y Abel con cinta americana. Miguel seguía

encañonado mientras el gordo empezó a hablar.

Sabemos que tiene el libro y que está aquí, no nos iremos sin el, puede

colaborar o ver como les cortamos el cuel o - dicho esto uno de los asaltantes

guardó la pistola y sacó un cuchil o. Miguel miró al hombre.

¡Otra vez no! ¡se lo daré!, le daré todo lo que quiera pero no les haga nada

por favor.

- ¿No será una treta?

- ¡No! está en el armario hay que vaciarlo, para abrir el sótano que hay debajo.

- Bien empiece.

Miguel abrió el armario y fue sacando una maleta, el jarrón chino; la ropa,

algunas cajas de zapatos etc. Al fin lo dejó vacío ante la atenta mirada de un

secuestrador y el gordo. Lentamente levantó las maderas del piso y se quedó

mirando al gordo.

- Está aquí debajo, un momento y enciendo la luz - se inclinó ante la atenta

mirada del secuestrador que lo vigilaba y giró la palomil a al viejo interruptor de

cerámica; inmediatamente salió luz del suelo. El señor obeso mandó bajar al sicario,

mientras el quedaba mirando la entrada y el otro se acercaba mas . Miguel vio como

el otro, pistola en mano daba unos pasos acercándose, tras el Abel y Carmen

quedaban tras el, se fijó en que Abel no paraba de mover los ojos a derecha, quería

indicarle algo. Y de repente alguien salió de la puerta interior del garaje soltando un golpe en el brazo del sicario que seguía vigilando, el sicario soltó el arma pero al

segundo golpe cayó fulminado. Miguel aprovechó para dar un gran empujón al

gordo que cayó dentro del sótano, e inmediatamente apagó la luz y cerro la tapa.

Quien había entrado era Dan el pequeño y rápido oriental desató a Abel y

este le dijo que se marchase; recogió la pistola del suelo y mientras Miguel

acomodaba en la sil a al malhechor y lo dejaba atado, Abel se dirigía a los que

habían en el foso.

- Escuchadme, si alguno intenta salir lo pagará con su vida. Manteneros

quietos donde estáis. Desde una esquina siguió vigilando el armario mientras

l amaba al cuartel de la policía.

El tiempo pasaba tenso cinco minutos después l egaba una pareja de policías

que estaba de servicio en Sagunto y diez minutos mas tarde la guardia civil del

puerto de Sagunto.

Cuando levantaron la tapa obligaron al malhechor a arrojar la pistola fuera sin

cargador y después subió por si mismo, no así el señor obeso al que tuvieron que

ayudar a subir con un hombro dislocado y l eno de magul aduras. Mientras Miguel y

Carmen permanecían abrazados, media hora mas tarde la policía se l evaba a los

malhechores y al coche.

Tras dejar pasar el tiempo suficiente para tranquilizarse, Miguel volvió a dar

una fuerte patada en el suelo. En pocos minutos se escuchó entrar un coche en el

garaje, Miguel abrió la puerta que daba a la casa y cerró con el mando la persiana de la cal e, cuatro personas bajaron del coche y fueron entrando en la casa.

- Abel este es Dan, ya lo conoces.

- Si es muy rápido y efectivo.

Una señora entraba apoyándose en una joven.

- ¡María! Exclamó Miguel ¿que le ocurre? Siéntese aquí. A la joven no la

conozco.

- Si ha hablado usted con el a; Estela es mi secretaria y en ocasiones mis

piernas, ya tengo muchos años y de vez en cuando me lo recuerdan.

- Abel el policía y mi señora Carmen.

David entraba bajando la cabeza al atravesar la puerta.

- Este es David. El y Dan nos salvaron la vez anterior.

María se quedó mirando a Abel - cree usted que nos ocurrirá algo o nos

veremos involucrados en lo sucedido.

- No señora ustedes no han estado hoy aquí. Mi informe no los mencionará,

al fin y al cabo nadie los ha visto. Miguel y yo hemos reducido a los malhechores.

- Se lo agradezco, no somos violentos, pero debemos estar listos para

defendernos en caso extremo.

- Lo entiendo, le di mi palabra a Miguel de no molestarles solo quería

satisfacer mi curiosidad y conocerlos.

- Le agradeceré que la respete.

Carmen deseaba intervenir.- Señora: Miguel me contó su viaje y yo me

pregunto si alguna vez podríamos hacerlo juntos. Verá he estudiado Bel as Artes y

todo lo que ha visto me apasiona. Podríamos pagar nuestra estancia no pretendo

aprovecharme.

- La entiendo perfectamente y me sentiré honrada de ser su anfitriona.

Carmen se volvió hacia Miguel - ¿no tenías algo para el os?

- ¡Ah! Si me olvidaba, David puedes traer aquel a maleta - era la misma que

había sacado una hora antes del armario, cuando empezó a vaciarlo para que

bajaran los secuestradores.

David colocó la maleta sobre la mesa, el candado l evaba contraseña. Miguel

alineo el nombre de María y el candado se abrió.

- Creo que es fácil de recordar, “María” y aquí tengo un regalo para los

Esenios.- Levantó la parte superior y apareció “La traducción de Simeón” la señora

se quedó perpleja, miraba el libro y a los asistentes, Carmen le entregó unos guantes y tras ponérselos pudo abrir con cuidado el libro levantando la tapa superior de madera.

- Creía que no lo tenía - dijo dirigiéndose a Miguel.

- I era verdad no les mentía, o al menos no sabía que lo tenía, solo hace

quince días que lo descubrí en el sótano. Tampoco sabía que existía la cisterna

convertida en sótano, mi sorpresa fue cuando intente quitar las tablas del suelo del

armario y encontré el escondite. En fin el libro es suyo.

- ¿Que quiere a cambio?

- Me conformo con su amistad y si es posible algún día visitarlos con Carmen.

- Por descontado están invitados. Pero con siesta incluida. (Se refería a

dormirlos para no conocer el camino).

- Por descontado, “con siesta”.

- A partir de ahora podrá dormir tranquilo, ya no le molestaran mas.

- ¿Hemos terminado con la organización? - preguntó Abel.

- No la organización es muy poderosa y difícil de erradicar, es como una

Hidra con muchas cabezas, cuando cortas una otra te ataca y mientras lo hace

crece la que has cortado. Debemos retirarnos pero señor Miguel conserve el

teléfono nuestro, pronto recibirá noticias.

David cargó con la maleta y los cuatro subieron al coche tras levantar la

puerta y salir desaparecieron.

- No entiendo como nos encontraron posiblemente nos hayan seguido - dijo

Miguel refiriéndose a los malhechores.

- Yo cambiaría el número de tu teléfono seguramente seguían tus

conversaciones.- Contestó Abel.

- Carmen ha sido un placer pese a todo lo ocurrido, Miguel me gustaría seguir

teniéndoos como amigos.

- Nos tienes y si algún domingo no sabes donde ir... en fin ya sabes donde

vivimos.

- Siempre serás bien recibido, - contestó Carmen.

- Gracias.

Abel se fue en busca de su coche, antes de regresar a su casa pasó por el

cuartel de la Guardia Civil.

- Quince días mas tarde l egaba una carta al Vaticano dirigida al Cardenal Doménico Frandeli. Al abrirla se encontró con una fotografía de La Traducción de

Simeón, acompañada por una escueta carta.

No busque mas lo que no puede encontrar, el libro lo tenemos nosotros,

deje de sentir en sus manos el poder que no le corresponde; no usurpe a Dios

el poder sobre la vida y de la muerte. Usted no es Dios.

María Magdala.

El Cardenal no conocía a María, ni en persona ni en fotografía, pero le

hubiera gustado tenerla en sus manos y hacerla añicos como hizo con la carta y la

fotografía.

Un mes mas tarde, una agencia de paquetería descargaba dos pesadas

cajas de una furgoneta, entrando en la librería y preguntando por Miguel Torres.

- Yo soy.

- Traemos dos cajas para usted ¿puede firmar aquí?

Miguel firmó y los transportistas se fueron dejando las cajas en el suelo, al

comprobar el peso subió una ayudado por Lorenzo sobre la mesa y la abrió. Quedó

sorprendido al ver un incunable inmediatamente se puso unos guantes y poco a

poco lo fue sacando. Debajo había otro y otro.Miguel estaba sorprendido, miró el

membrete de la caja y estas procedían de Israel, entonces comprendió que las

mandaba María.

Hasta ocho incunables sacó de las cajas. Hacia poco que había mandado

una lista de libros al subastador Ferdinan, decidió fotografiarlos y mandarle las fotos y los datos por correo electrónico. A los dos días recibió contestación.

De Ferdinan a Miguel: Muchos libros y muy buenos algunos excesivamente

buenos, imposible saber el valor que pueden alcanzar. Aconsejo hacer cuatro

subastas de cuatro o cinco libros con dos incunables en cada subasta, estos subirán

el precio de los otros libros. Las subastas con un mes de intervalo y con una buena

promoción.

Miguel consultó con Carmen y los dos decidieron mandarlos a la subasta, no podían quedárselos “solo serían un adorno” al fin y a la postre eran vendedores de

libros. Los empaquetaron y los mandaron a Ferdinan.

El primer lote los libros se vendieron por separado y su valor l egó a los

trescientos cuarenta mil euros. Al cabo de de cinco meses Miguel había cobrado un

mil ón setecientos treinta mil euros.

Llamó a María y le pidió que cumpliera su promesa, quería realizar el viaje

con Carmen pero esta vez sin prisas.

María aceptó y se encontró con una donación de un cuarto de mil ón.

Hoy Carmen y Miguel viven felices con su hija recién nacida y siguen con

sus respectivos trabajos, pero no olvidan tiempos pasados. Nadie les volvió a

molestar.

Manel Martin’s

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