Las Luchas de Clases en Francia de 1848 a 1850 por Karl Marx - muestra HTML

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Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850

Karl Marx

Karl Marx

LAS LUCHAS DE CLASES EN FRANCIA DE 1848

A 1850[1]

INTRODUCCION DE F. ENGELS A LA EDICION DE 1895 [2]

El trabajo que aquí reeditamos fue el primer ensayo de Marx para explicar un fragmento de

historia contemporánea mediante su concepción materialista, partiendo de la situación

económica existente. En el "Manifiesto Comunista" se había aplicado a grandes rasgos la

teoría a toda la historia moderna, y en los artículos publicados por Marx y por mí en la

"Neue Rheinische Zeitung" [3], esta teoría había sido empleada constantemente para

explicar los acontecimientos políticos del momento. Aquí, en cambio. se trataba de poner

de manifiesto, a lo largo de una evolución de varios años, tan crítica como típica para toda

Europa, el nexo causal interno; se trataba pues de reducir, siguiendo la concepción del

autor, los acontecimientos políticos a efectos de causas. en úItima instancia económicas.

Cuando se aprecian sucesos y series de sucesos de la historia diaria, jamás podemos

remontarnos hasta las últimas causas económicas. Ni siquiera hoy, cuando la prensa

especializada suministra materiales tan abundantes, se podría, ni aun en Inglaterra, seguir

día a día la marcha de la industria y del comercio en el mercado mundial y los cambios

operados en los métodos de producción, hasta el punto de poder, en cualquier momento

hacer el balance general de estos factores, multiplemente complejos y constantemente

cambiantes; máxime cuando los más importantes de ellos actúan, en la mayoría de los

casos, escondidos durante largo tiempo antes de salir repentinamente y de un modo

violento a la superficie. Una visión clara de conjunto sobre la historia económica de un

período dado no puede conseguirse nunca en el momento mismo, sino sólo con

posterioridad, después de haber reunido y tamizado los materiales. La estadística es un

medio auxiliar necesario para esto, y la estadística va siempre a la zaga, renqueando. Por

eso, cuando se trata de la historia contemporánea corriente, se verá uno forzado con harta

frecuencia a considelar este factor, el más decisivo, como un factor constante, a considerar

como dada para todo el período y como invariable la situación económica con que nos

encontramos al comenzar el período en cuestión, o a no tener en cuenta más que aquellos

cambios operados en esta situación, que por derivar de acontecimientos patentes sean

también patentes y claros. Por esta razón, aquí el método materialista tendrá que limitarse,

con harta frecuencia, a reducir los conflictos políticos a las luchas de intereses de las clases

sociales y fracciones de clases existentes determinadas por el desarrollo económico, y a

poner de manifiesto que los partidos políticos son la expresión política más o menos

adecuada de estas mismas clases y fracciones de clases.

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Huelga decir que esta desestimación inevitable de los cambios que se operan al mismo

tiempo en la situación económica —verdadera base de todos los acontecimientos que se

investigan— tiene que ser necesariamente una fuente de errores. Pero todas las condiciones

de una exposición sintética de la historia diaria implican inevitablemente fuentes de errores,

sin que por ello nadie desista de escribir la historia diaria.

Cuando Marx emprendió este trabajo, la mencionada fuente de errores era todavía mucho

más inevitable. Resultaba absolutamente imposible seguir, durante la época revolucionaria

de 1848-1849, los cambios económicos que se operaban simultáneamente y, más aún, no

perder la visión de su conjunto. Lo mismo ocurría durante los primeros meses del destierro

en Londres, durante el otoño y el invierno de 1849-1850. Pero ésta fue precisamente la

época en que Marx comenzó su trabajo. Y, pese a estas circunstancias desfavorables, su

conocimiento exacto, tanto de la situación económica de Francia en vísperas de la

revolución de Febrero como de la historia política de este país después de la misma, le

permitió hacer una exposición de los acontecimientos que descubría su trabazón interna de

un modo que nadie ha superado hasta hoy y que ha resistido brillantemente la doble prueba

a que hubo de someterla más tarde el propio Marx.

La primera prueba tuvo lugar cuando, a partir de la primavera de 1850, Marx volvió a

encontrar sosiego para sus estudios económicos y emprendió, ante todo, el estudio de la

historia económica de los últimos diez años. De este modo, los hechos mismos le revelaron

con completa claridad lo que hasta entonces había deducido, de un modo semiapriorista, de

materiales llenos de lagunas, a saber: que la crisis del comercio mundial producida en 1847

había sido la verdadera madre de las revoluciones de Febrero y Marzo, y que la prosperidad

industrial, que había vuelto a producirse paulatinamente desde mediados de 1848 y que en

1849 y 1850 llegaba a su pleno apogeo, fue la fuerza animadora que dio nuevos bríos a la

reacción europea otra vez fortalecida. Y esto fue decisivo. Mientras que en los tres

primeros artículos (publicados en los números de enero-febrero-marzo de la revista "Neue

Rheinische Zeitung. Politisch-ökonomische Revue" [4], Hamburgo, 1850) late todavía la

esperanza de que pronto se produzca un nuevo ascenso de energía revolucionaria, el

resumen histórico escrito por Marx y por mí para el último número doble (mayo a octubre),

publicado en el otoño de 1850, rompe de una vez para siempre con estas ilusiones: «Una

nueva revolución sólo es posible como consecuencia de una nueva crisis. Pero es tan segura

como ésta» . Ahora bien, dicha modificación fue la única esencial que hubo que introducir.

En la explicación de los acontecimientos dada en los capítulos anteriores, en las

concatenaciones causales allí establecidas, no había absolutamente nada que modificar,

como lo demuestra la continuación del relato (desde el 10 de marzo hasta el otoño de 1850)

en el mismo resumen general. Por eso, en la presente edición, he introducido esta

continuación como capítulo cuarto.

La segunda prueba fue todavía más dura. Inmediatamente después del golpe de Estado

dado por Luis Bonaparte el 2 de diciembre de 1851, Marx sometió a un nuevo estudio la

historia de Francia desde febrero de 1848 hasta este acontecimiento, que cerraba por el

momento el período revolucionario ("El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte", tercera

edición, Hamburgo, Meissner, 1885) . En este folleto vuelve a tratarse, aunque más

resumidamente, el período expuesto en la presente obra. Compárese con la nuestra esta

segunda exposición hecha a la luz del acontecimiento decisivo que se produjo después de

haber pasado más de un año, y se verá que el autor tuvo necesidad de cambiar muy poco.

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Lo que da, además, a nuestra obra una importancia especialísima es la circunstancia de que

en ella se proclama por vez primera la fórmula en que unánimemente los partidos obreros

de todos los países del mundo condensan su demanda de una transformación económica: la

apropiación de los medios de producción por la sociedad. En el capítulo segundo, a

propósito del «derecho al trabajo», del que se dice que es la «primera fórmula, torpemente

enunciada, en que se resumen las reivindicaciones revolucionarias del proletariado»,

escribe Marx: «Pero detrás del derecho al trabajo está el poder sobre el capital, y detrás del

poder sobre el capital la apropiación de los medios de producción, su sumisión a la clase

obrera asociada, y por consiguiente la abolición tanto del trabajo asalariado como del

capital y de sus relaciones mutuas» [*]. Aquí se formula, pues —por primera vez—, la tesis

por la que el socialismo obrero moderno se distingue tajantemente de todos los distintos

matices del socialismo feudal, burgués, pequeñoburgués, etc., al igual que de la confusa

comunidad de bienes del comunismo utópico y del comunismo obrero espontáneo. Es

cierto que más tarde Marx hizo también extensiva esta fórmula a la apropiación de los

medios de cambio, pero esta ampliación, que después del "Manifiesto Comunista" se

sobreentendía, era simplemente un corolario de la tesis principal. Alguna gente sabia de

Inglaterra ha añadido recientemente que también deben transmitirse a la sociedad los

«medios de distribución». A estos señores les resultaría difícil decirnos cuáles son, en

realidad, estos medios económicos de distribución distintos de los medios de producción y

de cambio; a menos que se refieran a los medios políticos de distribución: a los impuestos y

al socorro de pobres, incluyendo el Bosque de Sajonia [5] y otras dotaciones. Pero, en

primer lugar, éstos son ya hoy medios de distribución que se hallan en poder da la

colectividad, del Estado o del municipio y, en segundo lugar, lo que nosotros queremos es

abolirlos.

* * *

Cuando estalló la revolución de Febrero, todos nosotros nos hallábamos, en lo tocante a

nuestra manera de representarnos las condiciones y el curso de los movimientos

revolucionarios, bajo la fascinación de la experiencia histórica anterior, particularmente la

de Francia. ¿No era precisamente de este país, que jugaba el primer papel en toda la historia

europea desde 1789, del que también ahora partía nuevamente la señal para la subversión

general? Era, pues, lógico e inevitable que nuestra manera de representarnos el carácter y la

marcha de la revolución «social» proclamada en París en febrero de 1848, de la revolución

del proletariado, estuviese fuertemente teñida por el recuerdo de los modelos de 1789 y de

1830. Y, finalmente, cuando el levantamiento de París encontró su eco en las

insurrecciones victoriosas de Viena, Milán y Berlín; cuando toda Europa, hasta la frontera

rusa, se vio arrastrada al movimiento; cuando más tarde, en junio, se libró en París, entre el

proletariado y la burguesía, la primera gran batalla por el poder; cuando hasta la victoria de

su propia clase sacudió a la burguesía de todos los países de tal manera que se apresuró a

echarse de nuevo en brazos de la reacción monárquico-feudal que acababa de ser abatida,

no podía caber para nosotros ninguna duda, en las circunstancias de entonces, de que había

comenzado el gran combate decisivo y de que este combate había de llevarse a término en

un solo período revolucionario, largo y lleno de vicisitudes, pero que sólo podía acabar con

la victoria definitiva del proletariado.

Después de las derrotas de 1849, nosotros no compartimos, ni mucho menos, las ilusiones

de la democracia vulgar agrupada en torno a los futuros gobiernos provisionales in partibus

[6]. Esta democracia vulgar contaba con una victoria pronta, decisiva y definitiva del

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«pueblo» sobre los «opresores»; nosotros, con una larga lucha, después de eliminados los

«opresores», entre los elementos contradictorios que se escondían dentro de este mismo

«pueblo». La democracia vulgar esperaba que el estallido volviese a producirse de la noche

a la mañana; nosotros declaramos ya en el otoño de 1850, que por lo menos la primera

etapa del período revolucionario había terminado y que hasta que no estallase una nueva

crisis económica mundial no había nada que esperar. Y esto nos valió el ser proscritos y

anatematizados como traidores a la revolución por los mismos que luego, casi sin

excepción, hicieron las paces con Bismarck, siempre que Bismarck creyó que merecían ser

tomados en consideración.

Pero la historia nos dio también a nosotros un mentís y reveló como una ilusión nuestro

punto de vista de entonces. Y fue todavía más allá: no sólo destruyó el error en que nos

encontrábamos, sino que además transformó de arriba abajo las condiciones de lucha del

proletariado. El método de lucha de 1848 está hoy anticuado en todos los aspectos, y es éste

un punto que merece ser investigado ahora más detenidamente.

Hasta aquella fecha todas las revoluciones se habían reducido a la sustitución de una

determinada dominación de clase por otra; pero todas las clases dominantes anteriores sólo

eran pequeñas minorías, comparadas con la masa del pueblo dominada. Una minoría

dominante era derribada, y otra minoría empuñaba en su lugar el timón del Estado y

amoldaba a sus intereses las instituciones estatales. Este papel correspondía siempre al

grupo minoritario capacitado para la dominación y llamado a ella por el estado del

desarrollo económico y, precisamente por esto y sólo por esto, la mayoría dominada, o bien

intervenía a favor de aquélla en la revolución o aceptaba la revolución tranquilamente.

Pero, prescindiendo del contenido concreto de cada caso, la forma común a todas estas

revoluciones era la de ser revoluciones minoritarias. Aun cuando la mayoría cooperase a

ellas, lo hacia —consciente o inconscientemente— al servicio de una minoría; pero esto, o

simplemente la actitud pasiva, la no resistencia por parte de la mayoría, daba al grupo

minoritario la apariencia de ser el representante de todo el pueblo.

Después del primer éxito grande, la minoría vencedora solía escindirse: una parte estaba

satisfecha con lo conseguido; otra parte quería ir todavía más allá y presentaba nuevas

reivindicaciones que en parte, al menos, iban también en interés real o aparente de la gran

muchedumbre del pueblo. En algunos casos, estas reivindicaciones más radicales eran

satisfechas también; pero, con frecuencia, sólo por el momento, pues el partido más

moderado volvía a hacerse dueño de la situación y lo conquistado en el último tiempo se

perdía de nuevo, total o parcialmente; y entonces, los vencidos clamaban traición o

achacaban la derrota a la mala suerte. Pero, en realidad, las cosas ocurrían casi siempre así:

las conquistas de la primera victoria sólo se consolidaban mediante la segunda victoria del

partido más radical; una vez conseguido esto, y con ello lo necesario por el momento, los

radicales y sus éxitos desaparecían nuevamente de la escena.

Todas las revoluciones de los tiempos modernos, a partir de la gran revolución inglesa del

siglo XVII, presentaban estos rasgos, que parecían inseparables de toda lucha

revolucionaria. Y estos rasgos parecían aplicables también a las luchas del proletariado por

su emancipación; tanto más cuanto que precisamente en 1848 eran contados los que

comprendían más o menos en qué sentido había que buscar esta emancipación. Hasta en

París, las mismas masas proletarias ignoraban en absoluto, incluso después del triunfo, el

camino que había que seguir. Y, sin embargo, el movimiento estaba allí, instintivo,

espontáneo, incontenible. ¿No era ésta precisamente la situación en que una revolución

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tenía que triunfar, dirigida, es verdad, por una minoría; pero esta vez no en interés de la

minoría, sino en el más genuino interés de la mayoría? Si en todos los períodos

revolucionarios más o menos prolongados, las grandes masas del pueblo se dejaban ganar

tan fácilmente por las vanas promesas, con tal de que fuesen plausibles, de las minorías

ambiciosas, ¿cómo habían de ser menos accesibles a unas ideas que eran el más fiel reflejo

de su situación económica, que no eran más que la expresión clara y racional de sus propias

necesidades, que ellas mismas aún no comprendían y que sólo empezaban a sentir de un

modo vago? Cierto es que este espíritu revolucionario de las masas había ido seguido casi

siempre, y por lo general muy pronto, de un cansancio e incluso de una reacción en sentido

contrario en cuanto se disipaba la ilusión y se producía el desengaño. Pero aquí no se

trataba de promesas vanas, sino de la realización de los intereses más genuinos de la gran

mayoría misma; intereses que por aquel entonces esta gran mayoría distaba mucho de ver

claros, pero que no había de tardar en ver con suficiente claridad, convenciéndose por sus

propios ojos al llevarlos a la práctica. A mayor abundamiento, en la primavera de 1850,

como se demuestra en el tercer capítulo de Marx, la evolución de la república burguesa,

nacida de la revolución «social» de 1848, había concentrado la dominación efectiva en

manos de la gran burguesía —que, además, abrigaba ideas monárquicas—, agrupando en

cambio a todas las demás clases sociales, lo mismo a los campesinos que a los pequeños

burgueses, en torno al proletariado; de tal modo que, en la victoria común y después de

ésta, no eran ellas, sino el proletariado, escarmentado por la experiencia, quien había de

convertirse en el factor decisivo. ¿No se daban pues todas las perspectivas para que la

revolución de la minoría se trocase en la revolución de la mayoría?

La historia nos ha dado un mentís, a nosotros y a cuantos pensaban de un modo parecido.

Ha puesto de manifiesto que, por aquel entonces, el estado del desarrollo económico en el

continente distaba mucho de estar maduro para poder eliminar la producción capitalista; lo

ha demostrado por medio de la revolución económica que desde 1848 se ha adueñado de

todo el continente, dando, por vez primera, verdadera carta de naturaleza a la gran industria

en Francia, Austria, Hungría, Polonia y últimamente en Rusia, y haciendo de Alemania un

verdadero país industrial de primer orden. Y todo sobre la base capitalista, lo cual quiere

decir que esta base tenía todavía, en 1848, gran capacidad de extensión. Pero ha sido

precisamente esta revolución industrial la que ha puesto en todas partes claridad en las

relaciones de clase, la que ha eliminado una multitud de formas intermedias, legadas por el

período manufacturero y, en la Europa Oriental, incluso por el artesanado gremial, creando

y haciendo pasar al primer plano del desarrollo social una verdadera burguesía y un

verdadero proletariado de gran industria. Y, con esto, la lucha entre estas dos grandes

clases que en 1848, fuera de Inglaterra, sólo existía en París y a lo sumo en algunos grandes

centros industriales, se ha extendido a toda Europa y ha adquirido una intensidad que en

1848 era todavía inconcebible. Entonces, reinaba la multitud de confusos evangelios de las

diferentes sectas, con sus correspondientes panaceas; hoy, una sola teoría, reconocida por

todos, la teoría de Marx, clara y transparente, que formula de un modo preciso los objetivos

finales de la lucha. Entonces, las masas escindidas y diferenciadas por localidades y

nacionalidades, unidas sólo por el sentimiento de las penalidades comunes, poco

desarrolladas, no sabiendo qué partido tomar en definitiva y cayendo desconcertadas unas

veces en el entusiasmo y otras en la desesperación; hoy, el gran ejército único, el ejército

internacional de los socialistas, que avanza incontenible y crece día por día en número, en

organización, en disciplina, en claridad de visión y en seguridad de vencer. El que incluso

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este potente ejército del proletariado no hubiese podido alcanzar todavía su objetivo, y,

lejos de poder conquistar la victoria en un gran ataque decisivo, tuviese que avanzar

lentamente, de posición en posición, en una lucha dura y tenaz, demuestra de un modo

concluyente cuán imposible era, en 1848, conquistar la transformación social simplemente

por sorpresa.

Una burguesía monárquica escindida en dos sectores dinásticos [7], pero que, ante todo,

necesitaba tranquilidad y seguridad para sus negocios pecuniarios, y frente a ella un

proletariado, vencido ciertamente, pero no obstante amenazador, en torno al cual se

agrupaban más y más los pequeños burgueses y los campesinos; la amenaza constante de

un estallido violento que, a pesar de todo no brindaba la perspectiva de una solución

difinitiva: tal era la situación, como hecha de encargo para el golpe de Estado del tercer

pretendiente, del seudodemocrático pretendiente Luis Bonaparte. Este, valiéndose del

ejército, puso fin el 2 de diciembre de 1851 a la tirante situación y aseguró a Europa la

tranquilidad interior, para regalarle a cambio de ello una nueva era de guerras [8]. El

período de las revoluciones desde abajo había terminado, por el momento; a éste siguió un

período de revoluciones desde arriba.

La vuelta al imperio en 1851 aportó una nueva prueba de la falta de madurez de las

aspiraciones proletarias de aquella época. Pero ella misma había de crear las condiciones

bajo las cuales estas aspiraciones habían de madurar. La tranquilidad interior aseguró el

pleno desarrollo del nuevo auge industrial; la necesidad de dar qué hacer al ejército y de

desviar hacia el exterior las corrientes revolucionarias engendró las guerras en las que

Bonaparte, bajo el pretexto de hacer valer el «principio de las nacionalidades» [9], aspiraba

a agenciarse anexiones para Francia. Su imitador Bismarck adoptó la misma política para

Prusia; dio su golpe de Estado e hizo su revolución desde arriba en 1866, contra la

Confederación Alemana [10] y contra Austria, y no menos contra la Cámara prusiana que

había entrado en conflicto con el Gobierno. Pero Europa era demasiado pequeña para dos

Bonapartes, y así la ironía de la historia quiso que Bismarck derribase a Bonaparte y que el

rey Guillermo de Prusia instaurase no sólo el Imperio pequeño-alemán [11], sino también la

República Francesa. Resultado general de esto fue que en Europa llegase a ser una realidad

la independencia y la unidad interior de las grandes naciones, con la sola excepción de

Polonia. Claro está que dentro de límites relativamente modestos, pero con todo lo

suficiente para que el proceso de desarrollo de la clase obrera no encontrase ya un

obstáculo serio en las complicaciones nacionales. Los enterradores de la revolución de

1848 se habían convertido en sus albaceas testamentarios. Y junto a ellos, el heredero de

1848 —el proletariado— se alzaba ya amenazador en la Internacional.

Después de la guerra de 1870-1871, Bonaparte desaparece de la escena y termina la misión

de Bismarck, con lo cual puede volver a descender al rango de un vulgar junker. Pero la

que cierra este período es la Comuna de París. El taimado intento de Thiers de robar a la

Guardia Nacional de París [12] sus cañones provocó una insurrección victoriosa. Una vez

más volvía a ponerse de manifiesto que en París ya no era posible más revolución que la

proletaria. Después de la victoria, el poder cayó en el regazo de la clase obrera por sí

mismo, sin que nadie se lo disputase. Y una vez más volvía a ponerse de manifiesto cuán

imposible era también por entonces, veinte años después de la época que se relata en

nuestra obra, este poder de la clase obrera. De una parte, Francia dejó París en la estacada,

contemplando cómo se desangraba bajo las balas de Mac-Mahon; de otra parte, la Comuna

se consumió en la disputa estéril entre los dos partidos que la escindían, el de los

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blanquistas (mayoría) y el de los prondhonianos (minoría), ninguno de los cuales sabía qué

era lo que había que hacer. Y tan estéril como la sorpresa en 1848, fue la victoria regalada

en 1871.

Con la Comuna de París se creía haber enterrado definitivamente al proletariado

combativo. Pero es, por el contrario, de la Comuna y de la guerra franco-alemana de donde

data su más formidable ascenso. El hecho de encuadrar en los ejércitos, que desde entonces

ya se cuentan por millones, a toda la población apta para el servicio militar, así como las

armas de fuego, los proyectiles y las materias explosivas de una fuerza de acción hasta

entonces desconocida, produjo una revolución completa de todo el arte militar. Esta

transformación, de una parte, puso fin bruscamente al período guerrero bonapartista y

aseguró el desarrollo industrial pacífico, al hacer imposible toda otra guerra que no sea una

guerra mundial de una crueldad inaudita y de consecuencias absolutamente incalculables.

De otra parte, con los gastos militares, que crecieron en progresión geométrica, hizo subir

los impuestos a un nivel exorbitante, con lo cual echó las clases pobres de la población en

los brazos del socialismo. La anexión de Alsacia-Lorena, causa inmediata de la loca

competencia en materia de armamentos, podrá azuzar el chovinismo de la burguesía

francesa y la alemana, lanzándolas la una contra la otra; pero para los obreros de ambos

países ha sido un nuevo lazo de unión. Y el aniversario de la Comuna de París se convirtió

en el primer día de fiesta universal del proletariado.

Como Marx predijo, la guerra de 1870-1871 y la derrota de la Comuna desplazaron por el

momento de Francia a Alemania el centro de gravedad del movimiento obrero europeo. En

Francia, naturalmente, necesitaba años para reponerse de la sangría de mayo de 1871. En

cambio, en Alemania, donde la industria —impulsada como una planta de estufa por el

maná de miles de millones [13] pagados por Francia— se desarrollaba cada vez más

rápidamente, la socialdemocracia cracía todavía más de prisa y con más persistencia.

Gracias a la inteligencia con que los obreros alemanes supieron utilizar el sufragio

universal, implantado en 1866, el crecimiento asombroso del partido aparece en cifras

indiscutibles a los ojos del mundo entero. 1871: 102.000 votos socialdemócratas; 1874:

352.000; 1877: 493.000. Luego, vino el alto reconocimiento de estos progresos por la

autoridad: la ley contra los socialistas [14]; el partido fue temporalmente destrozado y, en

1881, el número de votos descendió a 312.000. Pero se sobrepuso pronto y ahora, bajo el

peso de la ley de excepción, sin prensa; sin una organización legal, sin derecho de

asociación ni de reunión, fue cuando comenzó verdaderamente a difundirse con rapidez

1884: 550.000 votos; 1887: 763.000; 1890: 1.427.000. Al llegar aquí, se paralizó la mano

del Estado. Desapareció la ley contra los socialistas y el número de votos socialistas

ascendió a 1.787.000, más de la cuarta parte del total de votos emitidos. El Gobierno y las

clases dominantes habían apurado todos los medios; estérilmente, sin objetivo y sin

resultado alguno. Las pruebas tangibles de su impotencia, que las autoridades, desde el

sereno hasta el canciller del Reich, habían tenido que tragarse —¡y que venían de los

despreciados obreros!—, estas pruebas se contaban por millones. El Estado había llegado a

un atolladero y los obreros apenas comenzaban su avance.

El primer gran servicio que los obreros alemanes prestaron a su causa consistió en el mero

hecho de su existencia como Partido Socialista que superaba a todos en fuerza, en

disciplina y en rapidez de crecimiento. Pero además prestaron otro: suministraron a sus

camaradas de todos los países un arma nueva, una de las más afiladas, al hacerles ver cómo

se utiliza el sufragio universal.

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El sufragio universal existía ya desde hacía largo tiempo en Francia, pero se había

desacreditado por el empleo abusivo que había hecho de él el Gobierno bonapartista. Y

después de la Comuna no se disponía de un partido obrero para emplearlo. También en

España existía este derecho desde la República, pero en España todos los partidos serios de

oposición habían tenido siempre por norma la abstención electoral. Las experiencias que se

habían hecho en Suiza con el sufragio universal servían también para todo menos para

alentar a un partido obrero. Los obreros revolucionarios de los países latinos se habían

acostumbrado a ver en el derecho de sufragio una añagaza, un instrumento de engaño en

manos del Gobierno. En Alemania no ocurrió así. Ya el "Manifiesto Comunista" había

proclamado la lucha por el sufragio universal, por la democracia, como una de las primeras

y más importantes tareas del proletariado militante, y Lassalle había vuelto a recoger este

punto. Y cuando Bismarck se vio obligado a introducir el sufragio universal [15] como

único medio de interesar a las masas del pueblo por sus planes, nuestros obreros tomaron

inmediatamente la cosa en serio y enviaron a Augusto Bebel al primer Reichstag

Constituyente. Y, desde aquel día, han utilizado el derecho de sufragio de un modo tal, que

les ha traído incontables beneficios y ha servido de modelo para los obreros de todos los

países. Para decirlo con las palabras del programa marxista francés, han transformado el

sufragio universal de moyen de duperie qu'il a été jusqu'ici en instrument d'émancipation

—de medio de engaño, que había sido hasta aquí, en instrumento de emancipación [16]. Y

aunque el sufragio universal no hubiese aportado más ventaja que la de permitirnos hacer

un recuento de nuestras fuerzas cada tres años; la de acrecentar en igual medida, con el

aumento periódicamente constatado e inesperadamente rápido del número de votos, la

seguridad en el triunfo de los obreros y el terror de sus adversarios, convirtiéndose con ello

en nuestro mejor medio de propaganda; la de informarnos con exactitud acerca de nuestra

fuerza y de la de todos los partidos adversarios, suministrándonos así el mejor instrumento

posible para calcular las proporciones de nuestra acción y precaviéndonos por igual contra

la timidez a destiempo y contra la extemporánea temeridad; aunque no obtuviésemos del

sufragio universal más ventaja que ésta, bastaría y sobraría. Pero nos ha dado mucho más.

Con la agitación electoral, nos ha suministrado un medio único para entrar en contacto con

las masas del pueblo allí donde están todavía lejos de nosotros, para obligar a todos los

partidos a defender ante el pueblo, frente a nuestros ataques, sus ideas y sus actos; y,

además, abrió a nuestros representantes en el parlamento una tribuna desde lo alto de la

cual pueden hablar a sus adversarios en la Cámara y a las masas fuera de ella con una

autoridad y una libertad muy distintas de las que se tienen en la prensa y en los mítines.

¿Para qué les sirvió al Gobierno y a la burguesía su ley contra los socialistas, si las

campañas de agitación electoral y los discursos socialistas en el parlamento constantemente

abrían brechas en ella?

Pero con este eficaz empleo del sufragio universal entraba en acción un método de lucha

del proletariado totalmente nuevo, método de lucha que se siguió desarrollando

rápidamente. Se vio que las instituciones estatales en las que se organizaba la dominación

de la burguesía ofrecían nuevas posibilidades a la clase obrera para luchar contra estas

mismas instituciones. Y se tomó parte en las elecciones a las dietas provinciales, a los

organismos municipales, a los tribunales de artesanos, se le disputó a la burguesía cada

puesto, en cuya provisión mezclaba su voz una parte suficiente del proletariado. Y así se

dio el caso de que la burguesía y el Gobierno llegasen a temer mucho más la actuación

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legal que la actuación ilegal del partido obrero, más los éxitos electorales que los éxitos

insurreccionales.

Pues también en este terreno habían cambiado sustancialmente las condiciones de la lucha.

La rebelión al viejo estilo, la lucha en las calles con barricadas, que hasta 1848 había sido

la decisiva en todas partes, estaba considerablemente anticuada.

No hay que hacerse ilusiones: una victoria efectiva de la insurrección sobre las tropas en la

lucha de calles, una victoria como en el combate entre dos ejércitos, es una de las mayores

rarezas. Pero es verdad que también los insurrectos habían contado muy rara vez con esta

victoria. Lo único que perseguían era hacer flaquear a las tropas mediante factores morales

que en la lucha entre los ejércitos de dos países beligerantes no entran nunca en juego, o

entran en un grado mucho menor. Si se consigue este objetivo, la tropa no responde, o los

que la mandan pierden la cabeza; y la insurrección vence. Si no se consigue, incluso

cuando las tropas sean inferiores en número, se impone la ventaja del mejor armamento e

instrucción, de la unidad de dirección, del empleo de las fuerzas con arreglo a un plan y de

la disciplina. Lo más a que puede llegar la insurrección en una acción verdaderamente

táctica es levantar y defender una sola barricada con sujeción a todas las reglas del arte.

Apoyo mutuo, organización y empleo de las reservas, en una palabra, la cooperación y la

trabazón de los distintos destacamentos, indispensable ya para la defensa de un barrio y no

digamos de una gran ciudad entera, sólo se pueden conseguir de un modo muy defectuoso

y, en la mayoría de los casos, no se pueden conseguir de ningún modo. De la concentración

de las fuerzas sobre un punto decisivo, no cabe ni hablar. Así, la defensa pasiva es la forma

predominante de lucha; la ofensiva se producirá a duras penas, aquí o allá, siempre

excepcionalmente, en salidas y ataques de flanco esporádicos, pero, por regla general, se

limitara a la ocupación de las posiciones abandonadas por las tropas en retirada. A esto hay

que añadir que las tropas disponen de artillería y de fuerzas de ingenieros bien equipadas e

instruidas, medios de lucha de que los insurgentes carecen por completo casi siempre. Por

eso no hay que maravillarse de que hasta las luchas de barricadas libradas con el mayor

heroísmo —las de París en junio de 1848, las de Viena en octubre del mismo año y las de

Dresde en mayo de 1849—, terminasen con la derrota de la insurrección, tan pronto como

los jefes atacantes, a quienes no frenaba ningún miramiento político, obraron ateniéndose a

puntos de vista puramente militares y sus soldados les permanecieron fieles.

Los numerosos éxitos conseguidos por los insurrectos hasta 1848 se deben a múltiples

causas. En París, en julio de 1830 y en febrero de 1848, como en la mayoría de las luchas

callejeras en España, entre los insurrectos y las tropas se interponía una guardia civil, que,

o se ponía directamente al lado de la insurrección o bien, con su actitud tibia e indecisa,

hacía vacilar asimismo a las tropas y, por añadidura, suministraba armas a la insurrección.

Allí donde esta guardia civil se colocaba desde el primer momento frente a la insurrección,

como ocurrió en París en junio de 1848, ésta era vencida. En Berlín, en 1848, venció el

pueblo, en parte por los considerables refuerzos recibidos durante la noche del 18 y la

mañana del 19, en parte a causa del agotamiento y del mal avituallamiento de las tropas y

en parte, finalmente, por la acción paralizadora de las órdenes del mando. Pero en todos los

casos se alcanzó la victoria porque no respondieron las tropas, porque al mando le faltó

decisión o porque se encontró con las manos atadas.

Por tanto, hasta en la época clásica de las luchas de calles, la barricada tenía más eficacia

moral que material. Era un medio para quebrantar la firmeza de las tropas. Si se sostenía

hasta la consecución de este objetivo, se alcanzaba la victoria; si no, venía la derrota. Este

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es el aspecto principal de la cuestión y no hay que perderlo de vista tampoco cuando se

investiguen las posibilidades de las luchas callejeras que se puedan presentar en el futuro.

Por lo demás, las posibilidades eran ya en 1849 bastante escasas. La burguesía se había

colocado en todas partes al lado de los gobiernos, «la cultura y la propiedad» saludaban y

obsequiaban a las tropas enviadas contra las insurrecciones. La barricada había perdido su

encanto; el soldado ya no veía detrás de ella al «pueblo», sino a rebeldes, a agitadores, a

saqueadores, a partidarios del reparto, a la hez de la sociedad; con el tiempo, el oficial se

había ido entrenando en las formas tácticas de la lucha de calles: ya no se lanzaba de frente

y a pecho descubierto hacia el parapeto improvisado, sino que lo flanqueaba a través de

huertas, de patios y de casas. Y, con alguna pericia, esto se conseguía ahora en el noventa

por ciento de los casos.

Además, desde entonces, han cambiado muchísimas cosas, y todas a favor de las tropas. Si

las grandes ciudades han crecido considerablemente, todavía han crecido más los ejércitos.

París y Berlín no se han cuadriplicado desde 1848, pero sus guarniciones se han elevado a

más del cuádruplo. Por medio de los ferrocarriles, estas guarniciones pueden duplicarse y

más que duplicarse en 24 horas, y en 48 horas convertirse en ejércitos formidables. El

armamento de estas tropas, tan enormemente acrecentadas, es hoy incomparablemente más

eficaz. En 1848 llevaban el fusil liso de percusión y antecarga; hoy llevan el fusil de

repetición, de retrocarga y pequeño calibre, que tiene cuatro veces más alcance, diez veces

más precisión y diez veces más rapidez de tiro que aquél. Entonces disponían de las

granadas macizas y los botes de metralla de la artillería, de efecto relativamente débil; hoy,

de las granadas de percusión, una de las cuales basta para hacer añicos la mejor barricada.

Entonces se empleaba la piqueta de los zapadores para romper las medianerías, hoy se

emplean los cartuchos de dinamita.

En cambio, del lado de los insurrectos todas las condiciones han empeorado. Una

insurrección con la que simpaticen todas las capas del pueblo, se da ya difícilmente; en la

lucha de clases, probablemente ya nunca se agruparán las capas medias en torno al

proletariado de un modo tan exclusivo, que el partido de la reacción que se congrega en

torno a la burguesía constituya, en comparación con aquéllas, una minoría insignificante. El

«pueblo» aparecerá, pues, siempre dividido, con lo cual faltará una formidable palanca, que

en 1848 fue de una eficacia extrema. Y cuantos más soldados licenciados se pongan al lado

de los insurgentes más difícil se hará el equiparlos de armamento. Las escopetas de caza y

las carabinas de lujo de las armerías —aun suponiendo que, por orden de la policía, no se

inutilicen de antemano quitándoles una pieza del cerrojo— no se pueden comparar ni

remotamente, incluso para la lucha desde cerca, con el fusil de repetición del soldado.

Hasta 1848, era posible fabricarse la munición necesaria con pólvora y plomo; hoy, cada

fusil requiere un cartucho distinto y sólo en un punto coinciden todos: en que son un

producto complicado de la gran industria y no pueden, por consiguiente, improvisarse; por

tanto, la mayoría de los fusiles son inútiles si no se tiene la munición adecuada para ellos.

Finalmente, las barriadas de las grandes ciudades construidas desde 1848 están hechas a

base de calles largas, rectas y anchas, como de encargo para la eficacia de los nuevos

cañones y fusiles. Tendría que estar loco el revolucionario que eligiese el mismo para una

lucha de barricadas los nuevos distritos obreros del Norte y el Este de Berlín.

¿Quiere decir esto que en el futuro los combates callejeros no vayan a desempeñar ya papel

alguno? Nada de eso. Quiere decir únicamente que, desde 1848, las condiciones se han

hecho mucho más desfavorables para los combatientes civiles y mucho más ventajosas para

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las tropas. Por tanto, una futura lucha de calles sólo podrá vencer si esta desventaja de la

situación se compensa con otros factores. Por eso se producirá con menos frecuencia en los

comienzos de una gran revolución que en el transcurso ulterior de ésta y deberá

emprenderse con fuerzas más considerables. Y éstas deberán, indudablemente, como

ocurrió en toda la gran revolución francesa, así como el 4 de septiembre y el 31 de octubre

de 1870, en París [17], preferir el ataque abierto a la táctica pasiva de barricadas.

¿Comprende el lector, ahora, por qué los poderes imperantes nos quieren llevar a todo

trance allí donde disparan los fusiles y dan tajos los sables? ¿Por qué hoy nos acusan de

cobardía porque no nos lanzamos sin más a la calle, donde de antemano sabemos que nos

aguarda la derrota? ¿Por qué nos suplican tan encarecidamente que juguemos, al fin, una

vez, a ser carne de cañón?

Esos señores malgastan lamentablemente sus súplicas y sus retos. No somos tan necios

como todo eso. Es como si pidieran a su enemigo en la próxima guerra que se les

enfrentase en la formación de líneas del viejo Fritz [*] o en columnas de divisiones enteras

a lo Wagram y Waterloo [18], y, además, empuñando el fusil de chispa. Si han cambiado

las condiciones de la guerra entre naciones, no menos han cambiado las de la lucha de

clases. La época de los ataques por sorpresa, de las revoluciones hechas por pequeñas

minorías conscientes a la cabeza de las masas inconscientes, ha pasado. Allí donde se trate

de una transformación completa de la organización social tienen que intervenir

directamente las masas, tienen que haber comprendido ya por sí mismas de qué se trata, por

qué dan su sangre y su vida. Esto nos lo ha enseñado la historia de los últimos cincuenta

años. Y para que las masas comprendan lo que hay que hacer, hace falta una labor larga y

perseverante. Esta labor es precisamente la que estamos realizando ahora, y con un éxito

que sume en la desesperación a nuestros adversarios.

También en los países latinos se va viendo cada vez más que hay que revisar la vieja

táctica. En todas partes se ha imitado el ejemplo alemán del empleo del sufragio, de la

conquista de todos los puestos que están a nuestro alcance; en todas partes han pasado a

segundo plano los ataques sin preparación. En Francia, a pesar de que allí el terreno está

minado, desde hace más de cien años, por una revolución tras otra y de que no hay ningún

partido que no tenga en su haber conspiraciones, insurrecciones y demás acciones

revolucionarias; en Francia, donde a causa de esto, el Gobierno no puede estar seguro, ni

mucho menos, del ejército y donde todas las circunstancias son mucho más favorables para

un golpe de mano insurreccional que en Alemania, incluso en Francia, los socialistas van

dándose cada vez más cuenta de que no hay para ellos victoria duradera posible a menos

que ganen de antemano a la gran masa del pueblo, lo que aquí equivale a decir a los

campesinos. El trabajo lento de propaganda y la actuación parlamentaria se han reconocido

también aquí como la tarea inmediata del partido. Los éxitos no se han hecho esperar. No

sólo se han conquistado toda una serie de consejos municipales, sino que en las Cámaras

hay 50 diputados socialistas, que han derribado ya tres ministerios y un presidente de la

República. En Bélgica, los obreros han arrancado hace un año el derecho al sufragio y han

vencido en una cuarta parte de los distritos electorales. En Suiza, en Italia, en Dinamarca,

hasta en Bulgaria y en Rumania, están los socialistas representados en el parlamento. En

Austria, todos los partidos están de acuerdo en que no se nos puede seguir cerrando el

acceso al Reichsrat. Entraremos, no cabe duda; lo único que se discute todavía es por qué

puerta. E incluso en Rusia, si se reúne el famoso Zemski Sobor, esa Asamblea Nacional,

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contra la que tan en vano se resiste el joven Nicolás, incluso allí podemos estar seguros de

tener una representación.

Huelga decir que no por ello nuestros camaradas extranjeros renuncian, ni mucho menos, a

su derecho a la revolución. No en vano el derecho a la revolución es el único «derecho»

realmente «histórico», el único derecho en que descansan todos los Estados modernos sin

excepción, incluyendo a Mecklemburgo, cuya revolución de la nobleza finalizó en 1755

con el «pacto sucesorio», la gloriosa escrituración del feudalismo todavía hoy vigente [19].

El derecho a la revolución está tan inconmoviblemente reconocido en la conciencia

universal que hasta el general von Boguslawski deriva pura y exclusivamente de este

derecho del pueblo el derecho al golpe de Estado que reivindica para su emperador.

Pero, ocurra lo que ocurriere en otros países, la socialdemocracia alemana tiene una

posición especial, y con ello, por el momento al menos, una tarea especial también. Los dos

millones de electores que envía a las urnas, junto con los jóvenes y las mujeres que están

detrás de ellos y no tienen voto, forman la masa más numerosa y más compacta, la «fuerza

de choque» decisiva del ejército proletario internacional. Esta masa suministra, ya hoy, más

de la cuarta parte de todos los votos emitidos; y crece incesantemente, como lo demuestran

las elecciones suplementarias al Reichstag, las elecciones a las Dietas de los distintos

Estados y las elecciones municipales y de tribunales de artesanos. Su crecimiento avanza de

un modo tan espontáneo, tan constante, tan incontenible y al mismo tiempo tan tranquilo

como un proceso de la naturaleza. Todas las intervenciones del Gobierno han resultado

impotentes contra él. Hoy podemos contar ya con dos millones y cuarto de electores. Si

este avance continúa, antes de terminar el siglo habremos conquistado la mayor parte de las

capas intermedias de la sociedad, tanto los pequeños burgueses como los pequeños

campesinos y nos habremos convertido en la potencia decisiva del país, ante la que tendrán

que inclinarse, quieran o no, todas las demás potencias. Mantener en marcha

ininterrumpidamente este incremento, hasta que desborde por sí mismo el sistema de

gobierno actual; no desgastar en operaciones de descubierta esta fuerza de choque que se

fortalece diariamente, sino conservarla intacta hasta el día decisivo: tal es nuestra tarea

principal. Y sólo hay un medio para poder contener momentáneamente el crecimiento

constante de las fuerzas socialistas de combate en Alemania e incluso para llevarlo a un

retroceso pasajero: un choque en gran escala con las tropas, una sangría como la de 1871 en

París. Aunque, a la larga, también esto se superaría. Para borrar del mundo a tiros un

partido de millones de hombres no bastan todos los fusiles de repetición de Europa y

América. Pero el desarrollo normal se interrumpiría; no se podría disponer tal vez de la

fuerza de choque en el momento crítico; la lucha decisiva se retrasaría, se postergaría y

llevaría aparejados mayores sacrificios.

La ironía de la historia universal lo pone todo patas arriba. Nosotros, los «revolucionarios»,

los «elementos subversivos», prosperamos mucho más con los medios legales que con los

ilegales y la subversión. Los partidos del orden, como ellos se llaman, se van a pique con la

legalidad creada por ellos mismos. Exclaman desesperados, con Odilon Barrot: La légalité

nous tue, la legalidad nos mata, mientras nosotros echamos, con esta legalidad, músculos

vigorosos y carrillos colorados y parece que nos ha alcanzado el soplo de la eterna

juventud. Y si nosotros no somos tan locos que nos dejemos arrastrar al combate callejero,

para darles gusto, a la postre no tendrán más camino que romper ellos mismos esta

legalidad tan fatal para ellos.

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Por el momento, hacen nuevas leyes contra la subversión. Otra vez está el mundo al revés.

Estos fanáticos de la antirrevuelta de hoy, ¿no son los mismos elementos subversivos de

ayer? ¿Acaso provocamos nosotros la guerra civil de 1866? ¿Hemos arrojado nosotros al

rey de Hannover, al gran elector de Hessen y al duque de Nassau de sus tierras

patrimoniales, hereditarias y legítimas, para anexionarnos estos territorios? ¿Y estos

revoltosos que han derribado a la Confederación alemana y a tres coronas por la gracia de

Dios, se quejan de las subversiones? Quis tulerit Gracchos de seditione querentes? [*]

¿Quién puede permitir que los adoradores de Bismarck vituperen la subversión?

Dejémosles que saquen adelante sus proyectos de ley contra la subversión, que los hagan

todavía más severos, que conviertan en goma todo el Código penal; con ello, no

conseguirán nada más que aportar una nueva prueba de su impotencia. Para meter

seriamente mano a la socialdemucracia, tendrán que acudir además a otras medidas muy

distintas. La subversión socialdemocrática, que por el momento vive de respetar las leyes,

sólo podrán contenerla mediante la subversión de los partidos del orden, que no puede

prosperar sin violar las leyes. Herr Rössler, el burócrata prusiano, y Herr von Boguslawski,

el general prusiano, les han enseñado el único camino por el que tal vez pueda provocarse a

los obreros, que no se dejan tentar a la lucha callejera. ¡La ruptura de la Constitución, la

dictadura, el retorno al absolutismo, regis voluntas suprema lex! [*]* De modo que,

¡ánimo, caballeros, aquí no vale torcer el morro, aquí hay que silbar!

Pero no olviden ustedes que el Imperio alemán, como todos los pequeños Estados y, en

general, todos los Estados modernos es un producto contractual: producto, primero, de un

contrato de los príncipes entre sí y, segundo, de los príncipes con el pueblo. Y si una de las

partes rompe el contrato, todo el contrato se viene a tierra y la otra parte queda también

desligada de su compromiso. Bismarck nos lo demostró brillantemente en 1866. Por tanto,

si ustedes violan la Constitución del Reich, la socialdemocracia queda en libertad y puede

hacer y dejar de hacer con respecto a ustedes lo que quiera. Y lo que entonces querrá, no es

fácil que se le ocurra contárselo a ustedes hoy.

Hace casi exactamente 1.600 años, actuaba también en el Imperio romano un peligroso

partido de la subversión. Este partido minaba la religión y todos los fundamentos del

Estado; negaba de plano que la voluntad del emperador fuese la suprema ley; era un partido

sin patria, internacional, que se extendía por todo el territorio del Imperio, desde la Galia

hasta Asia y traspasaba las fronteras imperiales. Llevaba muchos años haciendo un trabajo

de zapa, subterráneamente, ocultamente, pero hacía bastante tiempo que se consideraba ya

con la suficiente fuerza para salir a la luz del día. Este partido de la revuelta, que se conocía

por el nombre de los cristianos, tenía también una fuerte representación en el ejército;

legiones enteras eran cristianas. Cuando se los enviaba a los sacrificios rituales de la iglesia

nacional pagana, para hacer allí los honores, estos soldados de la subversión llevaban su

atrevimiento hasta el punto de ostentar en el casco distintivos especiales —cruces— en

señal de protesta. Hasta las mismas penas cuartelarias de sus superiores eran inútiles. El

emperador Diocleciano no podía seguir contemplando cómo se minaba el orden, la

obediencia y la disciplina dentro de su ejército. Intervino enérgicamente, porque todavía

era tiempo de hacerlo. Dictó una ley contra los socialistas, digo, contra los cristianos.

Fueron prohibidos los mítines de los revoltosos, clausurados e incluso derruidos sus

locales, prohibidos los distintivos cristianos —las cruces—, como en Sajonia los pañuelos

rojos. Los cristianos fueron incapacitados para desempeñar cargos públicos, no podían ser

siquiera cabos. Como por aquel entonces no se disponía aún de jueces tan bien amaestrados

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respecto a la «consideración de la persona» como los que presupone el proyecto de ley

antisubversiva de Herr von Koller [20], lo que se hizo fue prohibir sin más rodeos a los

cristianos que pudiesen reclamar sus derechos ante los tribunales. También esta ley de

excepción fue estéril. Los cristianos, burlándose de ella, la arrancaban de los muros y hasta

se dice que le quemaron al emperador su palacio, en Nicomedia, hallándose él dentro.

Entonces, éste se vengó con la gran persecución de cristianos del año 303 de nuestra era.

Fue la última de su género. Y dio tan buen resultado, que diecisiete años después el ejército

estaba compuesto predominantemente por cristianos, y el siguiente autócrata del Imperio

romano, Constantino, al que los curas llaman el Grande, proclamó el cristianismo religión

del Estado.

F. Engels

Londres, 6 de marzo de 1895