Las dos pastillas por Miguel Ayala Gómez - muestra HTML

TOME EN CUENTA: Esta es una vista previa en HTML y algunos elementos como enlaces o números de página pueden ser incorrectos.
Para la versión completa, descargue el libro en PDF, ePub, Kindle

LAS DOS PATILLAS

AUTOR: MIGUEL AYALA GOMEZ ( MAGO )

index-2_1.jpg

3

DEDICATORIA:

Dedicado a mis padres, que siempre creyeron en mis poderes.

Y dedicado, a todos aquellos que creen: Que el amor es algo más que sexo: Que es comprensión, que es dulzura.

Que es sacrificio, a veces.

4

5

INDICE CAPÍTULOS:

I--------SUPERIOR A MI EDAD…………………………… 9

II--------UNA DECISION CRUCIAL……………………… 30

III-------UNA VIDA DE SACRIFICIOS......................... 51

IV------ CUMPLEAÑOS FELIZ-………………………… 71

V--------UNA MALA JUGADA DE LA MENTE………… 94

VI-------LA PROVIDENCIA DIVINA…………………… 109

VII------- REVELACION………………………………128

VIII------AURORA—EL AMANECER……………………. 145

IX--------ESPERANZA Y SUFRIMIENTO……………….. 167

X---------PARADOJA………………………………………. 184

XI---------EN EL TIEMPO ESTÁ LA CLAVE……………..202

XII--------SEGUNDO VIAJE.............................................222

XIII-------CUESTION DE CONFIANZA…………………...239

XIV--------ES UNA CUESTION DE FE……………………257

XV-------DESCONCIERTO……………………………… 271

XVI------EN EL VALLE DE LAS SOMBRAS…………… 289

XVII------FELIZ REENCUENTRO………………… 305

XVIII.-------AL RESCATE DE LINDA…………………… 321

XIX---------DEL DICHO AL HECHO………………………341

XX--------DECISION TOMADA………………………….. 359

XXI--------LOS AÑOS FELICES…………………………. 375

XXII--------PREDESTINADOS……………………………. 398

XXIII---------ANTES-DESPUES-AHORA…………………410

XXIV--------AMARGURA………………………………… 430

XXV-------PREMONICIÓN……………………………… 450

XXVI------LA DECISION DE ARTURO………………….. 463

XXVII--------TIEMPOS TENEBROSOS……………… 480

XXVIII---------EL SANTO NIÑO DE LA GUARDIA--- -499

XXIX--------PREMONICIÓN DOS............................. 519

XXX-----PODERES…………………………………… 537

XXXI-----SUEÑOS…………………………………….. 555

XXXII-----MOMENTO CUMBRE……………………… 572

6

7

PROLOGO:

La realidad y la ficción, pueden estar separadas por una frontera invisible, donde, a veces, la una se superpone a la otra, siendo incapaces, en esos momentos, de distinguir cual es cual.

Y, los recuerdos de la niñez y la juventud, quedan perfumados con el recuerdo de muchos olores.

Las situaciones vividas, quedan matizadas con el conocimiento adquirido, posteriormente, sobre dichas situaciones.

Pero, el carácter, la voluntad, la personalidad y los sentimientos, se van consolidando y reforzando con los años.

MAGO.

8

CAPÍTULO I

SUPERIOR A MI EDAD

Solo tenía cinco años, cuando, me di cuenta, que yo era muy distinto de los demás niños.

Tenía dos piernas, dos manos, dos orejas, etc., etc., como los demás, pero yo me sentía muy especial.

Había notado, que, cuando la gente discutía y, de pronto, aparecía yo, brotaba, como por arte de magia, un clima de tranquilidad absoluta, de relajación, de sonrisas a flor de labios.

Todos querían cogerme en brazos y hacerme carantoñas.

¿Por qué a mí y no a mis primos, que vivían conmigo en la misma casa?

¿Qué tenía yo, para calmarles o hacer que me quisieran, de forma distinta a los demás?

Luego, ya algo mayor, con siete u ocho años, hice un nuevo descubrimiento:

A veces me asaltaba una idea repentina, un pensamiento sobre algo, un deseo de que algo ocurriera o un temor de que una cosa iba a pasar .y. asombrosamente, pasado unos días, a veces solo unas horas, pasaba eso, o algo 9

muy similar.

Al principio, lo dije a mis amigos, que se rieron de mí, o, algunos dijeron que era una casualidad.

También hice un comentario un día mientras almorzábamos, pero nadie en casa me prestó la más mínima atención.

Al cabo de un tiempo, sin ninguna otra visión o cosa destacable que me hubiera pasado antes por la cabeza, y luego se cumpliera, yo mismo l egué a la conclusión, que todo fue casualidad, o fruto de mi imaginación.

Pero, unos meses después, unos acontecimientos terribles, me confirmaron en mis creencias.

Mi madre me dijo aquel a mañana, justo media hora antes de irme al colegio:

Ricardo, corre a la tienda de la Capona y te traes dos onzas de chocolate y dos arenques para tu padre.

Y dile que lo apunte.

Q ue me l amaran Ricardo, y no Ricardito, era algo que todo el mundo hacía, y que yo tenía asumido, desde muy pequeñito.

Los demás niños eran Manolito, Joselito, Juanito, etc.

Pero yo, desde siempre, Ricardo.

Yo, me sentía mayor de lo que era.

Como cuando me sonreían, apenas l egaba, mientras, los demás niños, eran tratados con caras serias o displicentes.

Otra cosa que no entendí, hasta mucho tiempo después, era que, cuando me mandaban a casa de la “Capona “, era a casa de la María, la mujer de José Luis el de la tienda.

“Capona “, era un mote sagrado de la familia de José Luis, y, que él, heredó de sus antepasados.

10

Ya sabía que una onza de chocolate era la décima parte de una tableta, que, con ranuras para cortarlas bien, estaba dividida en diez partes.

El “que lo apunte “era la cantinela de todos los días.

Casi todo el mundo lo hacía.

Debía de ser que, José Luís,” la Capona “, era un hombre muy bueno y que apuntaba las cosas que la gente se l evaba, a lo mejor para recordárselo luego.

Más tarde supe, que, mucha gente, compraba de “fiao “, para pagar cuando cogían la cosecha del campo.

Ese día, cuando entré en la tienda de la Capona, l egué a tiempo de oír una frase, que, la María, la mujer del José Luís, le gritaba: -¡¡ y yo en tu puta madre ¡¡ ¡¡¡ Ahí tienes la soga para ahorcarte ¡¡¡

Inmediatamente, María, me sonrió al verme y su marido la Capona dijo: Hombre, Ricardo, ¿Una onza de chocolate?

Y yo, que aún tenía cara de susto, por los gritos: No, dos onzas de chocolate y dos arenques.

Y que lo apunte.

María y José Luís se miraron sonriendo y el a dijo: Toma, guapo, y dile a tu madre que no se preocupe, que ya lo apunto.

Salí de la tienda con la compra y, esta vez, por raro que parezca, no me comí una onza en el camino a casa, como hacía casi siempre. (La otra tenía que durar hasta la merienda).En la cabeza me daba vueltas una frase:” Ahí tienes la soga para ahorcarte “.

Estaba recordando el juego de las estampitas con el Juez, 11

el Condenado, la Horca y el Verdugo.

Y en mi mente veía a la Capona colgando de la horca.

Cuando l egué a casa, mi madre se dio cuenta, que no había tocado el chocolate.

Me miró de forma interrogativa, de arriba abajo.

Sabía que algo me pasaba.

¿Te pasa algo, Ricardo?

Nada, madre.

Pero el a, aunque volvió a sus quehaceres, siguió con el ceño fruncido durante un buen rato.

Yo, que ya no creía que mis imaginaciones tuvieran, a veces, consecuencias, fui descartando poco a poco la idea.

Pero aquel a mañana, durante el recreo, estuve todo el tiempo sentado en un banco, sin jugar, aunque Manolito, el de “ la Tona “, que era mi mejor amigo, intentó varias veces que me uniera al grupo de “piola”. ( Piola” era uno de mis juegos favoritos)

Mi mente volvía, una y otra vez, al juego de estampitas “La horca”.

A la mañana siguiente, ya se me había olvidado todo. M e despertaron los gritos y blasfemias de mi tío Felipe, bien temprano:

¡¡ Mula...mula...¡¡¡ Hija de puta ¡¡¡ ¡¡¡ Mulaaaaa ¡¡¡

¡¡¡ Me cago en dios y su puta madre¡¡¡ ¡¡¡ Mulaaaaa¡¡¡

Mi tío, acompañaba las blasfemias, cada vez más horrorosas, con patadas en el vientre del pobre animal, que relinchaba y coceaba al aire, asustada.

No conseguía ponerle la albarda y la brida, y el animal estaba cada vez más nerviosa.

12

¡¡¡ Mulaaaaa, hija de puta ¡¡¡ nuevas patadas y nuevas blasfemias . ¡¡¡¡ La madre que te parió, hija de la gran puta ¡¡¡¡

Mi padre intervino, como casi todas las mañanas, aunque sabía que no serviría para nada:

¡¡ Eres un animal, Felipe¡¡. ¡¡¡¡ Tú eres más animal que la mula ¡¡¡¡

La discusión se fue diluyendo, poco a poco, en mi mente, y me volví a quedar dormido.

Aún era muy temprano, y mi madre no me l amaría hasta dos horas más tarde, para ir al colegio.

El episodio con la mula se repetía todas las mañanas.

Y todos los días mi padre recriminaba a su hermano pequeño, que a la sazón tendría cuarenta años, y vivía en la misma casa familiar, con su mujer y sus cuatro hijos, mis primos, que para mí eran como hermanos.

Mi padre, después que su hermano se fuera al campo familiar, desayunaba con mi madre y mi hermano mayor, Arturo, y, ambos, se iban a la alfarería a trabajar, junto a Jaime, que era copropietario del negocio con mi padre.

El domingo me l amó mi madre algo más tarde, como todos los domingos, y ya tenía el caldero de agua caliente preparado para que me bañara.

Ese día no desayuné, porque, como había hecho la primera comunión el mes pasado, tenía que ir a misa en ayunas para poder comulgar.

Volví de la iglesia, con mi traje de chaqueta y pantalón corto planchadito, charlando y burlándonos de los cánticos, que, las beatas, intentaban compaginar con don Andrés, el cura-párroco de Santa Sofía.

A la mitad de la cal e, nos l amó la atención, que había un 13

corro de personas mayores, en mitad de la cal e, que gesticulaban y hacían aspavientos con las manos.

Curiosos, nos acercamos. Las palabras entraron en mi mente como un cuchil o que corta un trozo de carne sangrante:

¡¡ Lo ha encontrado su mujer en el tinaó ¡¡¡ (El tinaó era como una especie de establo, que había en casi todas las casas, donde se guardaba al ganado y en las piletas redondas de mampostería, se ponía el grano y la paja y servían también para jugar los niños.) El pobrecito tenía la lengua fuera y estaba morao con los ojos desencajaos.

¡¡ Lo que no entiendo es cómo no rompió la cuerda, con lo que pesaba la Capona.¡¡

¡¡ Porque es una cuerda gorda y además está engrasá

¡¡

¡¡ Están esperando que llegue la policía con el juez, para descolgarlo ¡¡

Todos los comentarios que hacia la gente, entraban en mi mente como a través de una cortina de humo, primero borrosa, y, luego, tomando forma.

Veía la estampita del juego de la horca, y, veía, colgando del cuel o, la cara amoratada, regordeta, sudorosa, la lengua fuera, y, aun pataleando, el cuerpo de la Capona

¡¡¡ José Luís...José Luís.¡¡¡ Sentí un escalofrió, pero era la Manuela que l amaba a su hijo, mi amigo, que estaba tan absorto como yo en los comentarios.

Recobré un poco la calma y, como un sonámbulo, me metí en mi casa.

Mi madre vio la expresión pálida y demacrada de mi cara y me abrazó contra el a. Ya estaba enterada de todo.

14

El desayuno que me tenía preparado, se estaba poniendo frió, y mi madre, sabiendo que no lo tomaría, lo retiró de la mesa, sin preguntarme.

¿Sabía mi madre que yo había tenido una visión sobre la muerte en la horca de “la Capona “?

Yo hacía tiempo que no hacía comentarios sobre mis visiones, que, por otra parte, nadie creyó nunca, hasta el punto de hacerme dudar a mí.

¿Tenía mi madre el don que tienen todas las madres, de comprender a sus hijos, mejor incluso que el os mismos?

Fuera como fuera, mi madre, y hasta mi padre, estuvieron pendientes de mí, muy atentos, todo el mes siguiente.

Mis días volvieron a la normalidad, relativamente, lentamente.

Nuevamente me fui preguntando, a mí mismo, si mi visión no fue una casualidad.

Si no fue fruto de una frase suelta, subida de tono, percibida “al vuelo “, cuando entraba aquel día en la tienda de la Capona.

Cualquier persona que oye: ” Ahí tienes la soga para ahorcarte “, puede elaborar en su mente, una escena de un hombre ahorcado. Y más, si unos días antes, ha estado jugando con estampitas, el juego de la horca.

Sí, concluí, dirigiéndome a mí mismo. Un montaje de mi mente. Y dejé de pensar más en el asunto.

……………………………….

Habíamos salido antes del colegio.

15

No era la hora habitual, pero l egaron muchas madres, que querían hablar con el director, con los brazos en jarras, y algunas gritando.

MI clase, y no digo mi curso, porque mi clase aglutinaba niños desde cuarto hasta sexto, como una UNITARIA que era, estaba haciendo gimnasia en el patio.

La “Escuela de los niños “, como la conocía todo el pueblo, porque a el a iban los niños, estaba separada de “la Escuela de las niñas “, por una tapia, de apenas metro y medio de altura, que separaba los dos recreos.

Por encima de la tapia, y, encaramado sobre los hombros de un compañero, mirábamos a las niñas durante los recreos, y, más de uno, les tiraba semil as de algarrobas con unas escopetitas, fabricadas con palil os de tender la ropa de sus casas.

Aquel a mañana, don Francisco, al oír el griterío proveniente del salón de profesores, interrumpió, bruscamente, la tabla de gimnasia que estábamos haciendo, y, después de decir : Un momento de descanso, se fue a ver qué pasaba.

Al momento, la mayoría de los niños, fue a su rol o, unos corriendo, y, otros, asomándose a las tapias, para ver a las niñas haciendo gimnasia.

Yo cogí del brazo a Manolito “el de la Tona “, y, tiré del hacia la sala de los profesores, por donde había desaparecido don Francisco, nuestro maestro.

En la puerta, ya oímos claramente, las voces alteradas de muchas madres, mezcladas con las del director y la de don Francisco.

¡¡¡ Pues si usted no lo cierra, nos encargaremos nosotras de hacerlo ¡¡¡ oí que gritaba una madre.

16

¡¡¡ Eso no se puede hacer ¡¡¡ decía el director. ¡¡¡ Hay que comunicarlo ,primero a las autoridades competentes ¡¡¡

¡¡¡ Usted haga lo que tenga que hacer, que, nosotras, haremos lo que tenemos que hacer ¡¡¡

Luego, todos se metieron en el despacho del director, donde fueron l egando otros maestros.

Más de una hora, tardaron en salir las madres, tiempo que, a los niños del patio, les pareció fenómeno.

Y en las aulas, se escuchaba la algarabía de unos niños sin maestros.

Don Francisco, nuestro maestro, salió al patio y nos l amó:

¡¡ Niños, subimos a clase, y recoged vuestras cosas.¡¡

Ya en el aula, nos explicó, que no habría clases por dos días, y que, nuestras madres, fueran a la farmacia, a comprar un producto contra los piojos.

Todos, sin excepción, nos pondríamos el producto, dos días seguidos, para evitar el contagio Es Sr. Director había comunicado con las autoridades competentes, y se había decidido cerrar el centro por dos días.

. ¡¡¡ Biennn, biennn ¡¡¡¡...

El grito de júbilo, se fue escuchando por todas las aulas, conforme los profesores iban explicando el motivo de suspender las clases.

Para nosotros, era más importante el tener dos días de vacaciones, que un posible brote de contagio, con piojos.

A la salida prematura del colegio, aquel día, comprobamos 17

que, también las niñas, habían salido del suyo anticipadamente.

¡¡ Heee, piojosa, que nos habéis pegado los piojos.¡¡¡

Algunos chicos, aprovechaban cualquier motivo para meterse con las niñas.

Yo, como siempre, sentía un gran respeto por el sexo opuesto, rayano incluso en la timidez, y las miraba siempre muy serio.

El as, en cambio, me devolvían la mirada con una sonrisa entrañable. (Manolito me decía que era porque yo me hacia el niño guapito.) Nada más lejos de la realidad, porque yo, incluso quería que me tragara la tierra, cuando alguna chica me miraba fija y sonriéndome, más tiempo de lo normal.

Algunas vecinas le decían a mi madre,(yo lo había oído más de una vez ,sin querer ):

¡ Tu hijo que guapo es, niña.¡ ¡ Es un encanto de criatura¡.

Mi madre respondía siempre: ¡No es tan guapo, pero si “ tiene encanto “ la criatura.¡

La salida del colegio tan temprana, cogió a muchas madres fuera de sus casas, haciendo las compras del día, o en las casas de otras vecinas, de cháchara, como decía mi abuelo.

Pero como era costumbre, sus puertas solo estaban entornadas, pues no había por aquel os tiempos muchos mangantes, ni gran cosa en las viviendas que mangar.

Así que, los escolares, l egaron a sus casas, soltaron las bolsas (mochilas se las l aman hoy en día), y salieron a jugar, en medio de la cal e, como era habitual en aquel os días.

18

Yo no encontré a mi madre en casa, y, supuse, que habría ido a comprar a casa de “la Capona “ Me acerqué hasta la esquina de la cal e, para esperar a mi madre, y, justo cuando l egaba a la esquina, se abrió la puerta de la última casa de la acera izquierda, y salió ELO.

ELO, diminutivo de Eloísa, y su hermana LEO de Coslada, diminutivo de Leonora, eran dos solteronas conocidas en el pueblo como LAS PATILLAS.

Eran hermanas gemelas, con un parecido tan asombroso, que solo si hablaban podías distinguir quién era cada cual.

Pero yo, desde siempre, supe distinguirlas a simple vista.

Solo con mirarles a los ojos, sabía si era LEO o ELO.

Y es que “El Supremo Hacedor “, a la hora de repartir sus dones entre las gemelas, solo les dio por igual la bel eza, pero no la inteligencia.

LEO, a sus casi sesenta años, seguía siendo hermosa, pero con el mismo carácter amargado, reservado, huraño, de siempre.

Era muy inteligente y en las reuniones de vecinos, l evaba siempre la voz cantante.

No hablaba, casi nunca, con nadie, y trataba a la gente de un modo distante.

Excepto a mí.

Los vecinos le decían a mi madre:¡¡ A ver si LEO le deja a tu Ricardo la fortuna ,cuando muera ,porque ,hija ,se le hace la boca agua cuando lo ve ¡¡.

Mi madre asentía, pensativa y sonriente.

Como si, en su cabeza, hubiera una certeza.

ELO, sin embargo, tenía bel eza

externa e interna.

Pero era simple como una niña de diez años.

Su edad mental, se había quedado parada en los ocho o 19

diez años.

Todo el mundo la quería, y el a, con su bondad, supo ganarse muchos corazones.

Yo la adoraba.

Cuando hablaba, se comía las eses, cambiadas por zetas, las be sustituidas por enes y viceversa.

Aquel a mañana, salió a la puerta, no sé a qué, y me vio en la esquina de momento:

¡¡ ¿ Te hace mi niño, a la quina ¿?

Yo me acerqué a darle dos besos, como hacia siempre:

-----¡Hola ,Elo ¡ El a me miraba con los ojos muy abiertos, asombrada:

-----¡¡ ¿ Ta zalio tú de cole ¿

----No, Elo, yo no hago rabona.(novil os dicen ahora).Nos han dado dos días de vacaciones, porque dicen que hay una plaga de piojos.

---- ¿Pipi ¿ Y se puso de momento a hurgarme en el pelo.

Yo la dejé hacer un momento, y, luego, le cogí las manos, y le di un besito cariñoso en los nudil os, como hacia siempre, y que sabía que le gustaba.

En ese momento, salió Leo a la puerta, y se vino hacia mí, apenas verme:

¿Qué hace lo más bonito del mundo, aquí, tan temprano ¿

Y me dio dos besos.

Yo le correspondí, le expliqué lo del colegio, y le dije que esperaba a mi madre.

Leo no se lo pensó dos veces. Me cogió del brazo y me empujó hasta su casa diciendo:

----¡¡ Vamos ,Elo que este niño está esmayao ¡¡

¿Pero qué le dará su madre de comer que está en los huesos ¿

Elo se adelantó, presurosa, y, cuando l egamos a la 20

cocina, ya tenía una lata de atún abierta, que sabía que me gustaba mucho, y unos piquitos.

----¿Tere, también colate ¿

La pregunta de Elo me hizo sonreír, pero no me dio tiempo a contestar.

Leo saltó como fiera:

---¡¡¡ ¿ Chocolate ¿¡¡¡ ¿ Tu eres tonta ¿…..¿ Chocolate con atún ¿

Elo puso, de momento, cara compungida, ante el exabrupto de su hermana, pero, pronto volvió a su alegría natural y se puso a hacerme carantoñas y a darme besitos.

----¡¡¡ Vale, valeee…¡¡¡ …¡¡ Que me lo vas a gastar ¡¡ Anda

,Elo, vete a la puerta y ,l ámanos cuando pase la madre

¡¡, dijo Leo.

Elo obedecía siempre a su hermana, ciegamente.

Su hermana era, para el a, más que su hermana, su madre.

Leonor la trataba siempre con cariño, reprendiéndola, a veces, pero con dulzura.

Daría su vida por su hermana.

Y que nadie se atreviera a burlarse de el a.

Apenas había l egado Elo a la puerta, y la oímos hablar con María, la madre de Ricardo:

----Men, men… le decía.

María entró en la casa, y se asustó al ver al í a Ricardo.

No porque estuviera al í, ya que sabía, cuanto quería Ricardo a las gemelas y el as a él, sino, por la hora que era.

Ricardo explicó, rápidamente, a su madre lo sucedido, y María se tranquilizó.

21

……………………………..

Pasaron los dos días de vacaciones, (o de precaución) y los niños volvieron al cole.

En el segundo día, un nuevo vecino l egó a la cal e, y se instalaron justo en la casa de enfrente a la de Ricardo, que l evaba unos años deshabitada.

Traía esposa y dos hijos: un niño muy gordo y patizambo, con enormes paperas que le hacían parecer la cara como un globo hinchado.

Se l amaba Anastasio y era de la misma edad que Ricardo.

Y su hermana, Rosalinda, un año menor que él, con la cara como una rosa, pero muy poco de linda.

Ricardo apreció que la niña tenía muchos granos en la cara, que la afeaban bastante.

Los dos hermanos se acercaron, tímidamente, a los niños y niñas que jugaban en la cal e, aprovechando las pequeñas vacaciones.

Al principio los miraron con desconfianza, y, unos niños algo mayores, cuchicheaban con descaro, señalando a los hermanos.

Un grandul ón, pelirrojo, apodado “el pecas “, se acercó a Anastasio:

----Esta cal e es nuestra, patizambo.

Los gordos no caben y a esa hermana tuya, échale un trapo por la cabeza, para que no se le vean las postil as.

Los dos hermanos, se pusieron rojos por la vergüenza, e hicieron intención de marcharse.

Los demás niños se reían y se mofaban por lo bajo, pero 22

Ricardo, que estaba sentado en el escalón de su puerta, sacándole punta por los dos lados a un palo de una cuarta de largo, con una navajita, y que había oído el desprecio del “pecas “, se levantó y se acercó al grupo de niños.

Todos rodearon a Ricardo, sonriendo, esperando, quizás, que se mofara de los dos hermanos.

--- ¿Sabes qué es esto ¿ Preguntó Ricardo dirigiéndose a Anastasio.

El nuevo, con una tímida sonrisa, que sin explicarse le salía del corazón, dijo:

----¿Un palo con dos puntas ¿

--- Si, respondió Ricardo…

Se l ama “bil arda “y es un juego estupendo.

Se trata de golpear con una paleta, en una de las puntas, y la “bil arda “, da un salto, para caer, lo más cerca posible, de un círculo que habremos pintado en medio de la cal e…

Como todos estos están muy atareados, no tengo con quién jugar.

¿Te apetece jugar conmigo a la “bil arda “.?

Anastasio, con una sonrisa de oreja a oreja, no cabía en sí de gozo.

----¡¡ Si, si…claro que sí ¡¡¡

Y su hermana, con una sonrisa incipiente, en su cara de duda:

--- ¿Y yo….Puedo jugar yo también ¿

--- Por supuesto que sí, respondió Ricardo.

Y al momento, casi todos los niños de la cal e se apuntaron para jugar a la “bil arda” con Ricardo.

Desde aquel día, Anastasio y su hermana, se convirtieron en amigos inseparables de Ricardo.

Una tarde, jugando al “nicle-nacle, “Anastasio dijo que ya lo dejaba, porque había perdido la última gorda que le quedaba.

23

---Mira, te presto una gorda y una chica. Le dijo Ricardo.

Como las jugadas son a chica, tienes para tres jugadas más, y, a lo mejor, ganas y me devuelves el dinero.

----No ,no ,no.¡¡ Que va ¡¡¡ ¿ Y si no gano ¿…..Mi padre está ahora parao , y, no puede dejarme nada y mi madre me reñiría.

Y Ricardo contestó:

----Mira, no seas tonto…Hoy por ti y mañana por mí.

De todas formas, lo de tu padre, se va a arreglar pronto

.Antes que te des cuenta, vais a tener más dinero, que todos los de la cal e.

Y ya tendrás todas las gordas que quieras para jugar.

Todos los niños rieron la ocurrencia de Ricardo y siguieron la partida con el préstamo.

…………………………

La vida, monótona, continuaba en aquel pueblecito andaluz, a mediados de la década de los cincuenta, y sus pobladores, mal que bien, se quitaban el hambre como jornaleros en las marismas del Guadalquivir, ó, sacando adelante, el cacho de tierra de su heredad.

Aquel verano del cincuenta y tres, Ricardo se fue a pasar unos días a la casa que su hermana mayor, Irene, tenía una concesión temporal, en unas inmensas parcelas de arroz, en medio de las marismas.

Concesión, a la que su marido, como capataz, tenía derecho durante tres temporadas.

La vivienda estaba rodeada por unos barracones, que, al 24

mismo tiempo, eran los almacenes para el grano y dormitorio para los jornaleros, hombres y mujeres, que aprovechaban las temporadas de la escarda y luego la siega del arroz.

La cantina, donde hombres y mujeres comían y bebían, cuando terminaban su jornada diaria, estaba regentada por Irene, la hermana de Ricardo, que, así, sacaba unos pocos ingresos que aportar a la economía familiar.

Junto a la cantina, en un pequeño apartado, estaban hasta seis “duchas- retretes”, que, eran, simplemente, un agujero en el hormigón, para las necesidades, y, un apartado estrecho, entre cuatro paredes, con una tarima de madera en el suelo, como ducha.

El agua, provenía de una cisterna enorme, montada en un trípode de hierro, que todas las semanas se l enaba, con los tractores cisternas del “Señorito “.

El cortijo del señorito, se divisaba, tan sólo, a trescientos metros.

En los barracones, hombres, mujeres y niños, dormían juntos, con pequeñas separaciones familiares o por amistades.

Desde mi primer día en el cortijo, quise salir con los jornaleros, para aprender y, al mismo tiempo, sacar unos ahorril os, que me vendrían muy bien luego, cuando regresara al pueblo.

Mi hermana se opuso tajantemente, porque decía que era muy duro y tendría que madrugar mucho.

Mi cuñado salió a mi rescate, arguyendo, que así me haría un hombre, que me convenía conocer el trabajo duro, y que, en definitiva, había muchos niños de mi edad, trabajando en las parcelas.

25

Irene cedió, y yo, más contento que unas pascuas, me dispuse a madrugar, la mañana siguiente.

Mi cuñado me despertó muy temprano.

Aún era de noche.

Irene tenía preparado café con leche y tostadas con mantequil a y mermelada.

Finalizado el refrigerio, me fui con mi cuñado a los barracones de los jornaleros y, al í, me esperaba una agradable sorpresa.

Un niño gordo y patizambo, casi me derriba, cuando se me tiró encima abrazándome.

La familia de Anastasio había conseguido trabajo en las parcelas, y, había l egado, como los demás jornaleros, en el remolque del señorito, que los recogía en el pueblo cercano

El padre y el niño, tenían trabajo, y, la madre, se quedaría en los barracones con la pequeña.

Todos los jornaleros, y, también el capataz mi cuñado, nos acomodamos en los remolques de los tractores, para ser distribuidos por las parcelas, en la escarda de las castañuelas.

Yo conseguí de mi cuñado, que Anastasio y su padre, estuvieran junto a mí, en la escarda.

La jornada, hasta las doce del mediodía, en que se hizo un descanso para el bocadil o, transcurrió entre chistes y anécdotas, por parte de todos los presentes.

A partir del mediodía, se impusieron cánticos y poesías, en los cuales tuve destacada actuación.

A las tres de la tarde, sonó el silbato del capataz, anunciando el final de la jornada.

Regresamos a los barracones, y a la cantina de Irene, para 26

almorzar y reponer fuerzas, para el día siguiente.

Yo me senté en la mesa de la familia de Anastasio, con otros seis o siete jornaleros más.

MI hermana aceptó, por esa vez, pero dijo que en los días siguientes, lo haría en su mesa.

Durante el almuerzo, Anastasio organizó un grupo de juego con otros niños, y, yo me uní a pasar la tarde con el os.

Cuando nos duchamos y cenamos, apenas oscurecido, ya se me cerraban los ojos de sueño y de cansancio, e Irene, me dijo que me acostara y que, al día siguiente, no iría a trabajar.

Yo supliqué a mi cuñado que me dejara, porque, si no, quedaría muy mal ante los otros niños.

Irene, a regañadientes, cedió, y me acompañó a mi dormitorio para arroparme.

Cuando iba a marcharse, le dije:

--- Tengo que hablar contigo.

--- Tú me dirás. ( Probablemente pensaba que me había arrepentido, y no quería trabajar)

--- Irene. Tú tienes mucho trabajo en la cocina.

Son muchos jornaleros para ti sola.

¿Por qué no contratas a una mujer que te ayude con las comidas?

Irene me miró pensativa y dijo:

--- Mira…Ya lo habíamos s pensado, y, lo habíamos hablado, pero la vida está muy dura y tenemos que ahorrar, para los malos tiempos.

Yo volví a la carga:

27

¡¡ Pero ¿ de qué te sirve ,si te pones mala, de tanto trabajar ¿

.¡¡ La madre de Anastasio no tiene nada que hacer, sólo cuidar a la niña todo el día.

¡¡ Seguro que si le ofreces el trabajo ,cobraría hasta poco, y, así, el a ayudaba también a su familia.

¡¡ Además la niña te serviría para pequeños recados.¡¡

Irene miró a su hermano sonriendo y pensaba: (¿Cómo se las apaña para conseguir de todo el mundo lo que quiere ¿

) , pero luego respondió:

----No sé, no sé. Tengo que hablarlo con mi marido, pero no te prometo nada.

El día siguiente transcurrió del mismo modo que el anterior.

Ricardo se ganaba a la gente y, asombrosamente, niños y mayores competían por estar a su lado, durante la faena.

Al final del trabajo, todo el mundo, se fue a la cantina, para ocupar su asiento para el almuerzo y lo primero que Ricardo constató fue, que la madre de Anastasio, estaba sirviendo los platos en las mesas.

Irene miraba a su hermano desde la puerta de la cocina, con una sonrisa en los labios.

Ricardo se acercó y le dio un beso, con una lágrima a punto de brotar.

No hizo falta ninguna palabra. Irene cogió a Ricardo por un brazo y lo sentó a su mesa, junto a su marido, que estaba l enando un vaso de vino, y que dijo:

--- Ricardo, el que trabaja como un hombre, tiene que beber como un hombre.

¡¡ Toma.¡¡

28

Y tendió el vaso hacia Ricardo que, empezó a beberlo, aunque no estaba de acuerdo con lo que había dicho su cuñado.

Los días transcurrían felices y, los sábados y domingos, se podía ir al pueblo, en el remolque.

Trabajo por la mañana, y juegos de los niños por las tardes, mientras los mayores, en los barracones o en la cantina, jugaban a las cartas o al dominó.

Pero el dicho popular: “Las alegrías o las tristezas, nunca vienen solas. “, se cumplió una vez más.

Y, afortunadamente, esta vez, le tocó el turno a las alegrías.

Estaban los niños jugando a las puertas de uno de los barracones, a piola, cuando escucharon un grito de júbilo, seguidos de risotadas y felicitaciones, procedentes del interior del barracón.

Todos corrieron a ver qué pasaba, y vieron cómo, entre varios hombres fornidos, manteaban por los aires, entre gritos de alegría y felicitaciones al padre de Anastasio.

Ricardo, preguntó qué pasaba, y una joven jornalera le respondió:

--- ¡¡¡ Qué suerte tiene el condenao.¡¡¡ ¡¡¡ Resulta que se pone a leer un periódico de la semana pasada ,y comprueba, el cojones, que le ha tocao la quiniela ¡¡¡

Ricardo esbozó una sonrisa.

A su mente vino, cuando le dijo a Anastasio, que la suerte de su familia, iba a cambiar.

No es que fuera una gran fortuna, dos mil ones de pesetas, pero, en el año cincuenta y tres, le solucionaban la vida a cualquiera.

29

Roberto, el padre de Anastasio, fue al pueblo, el viernes, para ingresar el dinero en el banco.

Anastasio y su familia, estuvieron aún un mes más en las parcelas, y, luego, regresaron al pueblo, para no volver, de momento.

Llevaban en mente muchos proyectos para montar un negocio, y, los niños, muchas ilusiones para comprar ropas y juguetes.

Ricardo permaneció con su hermana hasta primeros de Agosto.

La despedida de los jornaleros, hombres, mujeres y niños, fue muy triste. Le habían tomado cariño.