Las sagas de Charreal. Desde Rivas con Humor por Rafael Casanova Fuertes - muestra HTML

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    DESDE RIVAS CON HUMOR   

 

Las sagas de Charreal y los cuentos de Don Payo.

 

 

Desde la primera página en lo adelante... no parará de reír con los relatos, anécdotas, apodos y otras estampas de la Rivas de antaño.

 

 

 

 

Rafael Casanova Fuertes

 

Rivas, Febrero 2010

                                    

 

 

 

                                                                          

 

   INDICE

 

   Prólogo.---------------------------------------------------------------------------- 3

   Introducción.---------------------------------------------------------------------- 8

1.Ña” Francisca Méndez” y el Testamento de Judas. -----------------------12

2. “Ñor” Agapito Chévez. -------------------------------------------------------15

3. La Pereira.-----------------------------------------------------------------------17

4. El “Coto” Sánchez.------------------------------------------------------------19

5. Los apuros y ocurrencias de Rodolfo “chicha” fuertes.------------------21

6 Soltame a mí y amarrá a este. -------------------------------------------------28

7. ¡Si gusta se lo cambio yo ¡---------------------------------------------------30

8. Ah mentirosos.------------------------------------------------------------------32

9. Socatrés.-------------------------------------------------------------------------35

10. Justo Pastor Cortez.-----------------------------------------------------------38

11. Juvenal, la Carmita y su perrita.-------------------------------------------- 42

12. Los hijos de Don Paco.-------------------------------------------------------49

13.¡Sos una Chepa Meza!---------------------------------------------------------54

14. el premio de la Lotería.--------------------------------------------------------58

15- Los  chismes del Mercado Nuevo -------------------------------------------63

15. Otoniel y Barbas Alazanas.----------------------------------------------------67

16. Del cuartel una cantina: la ocurrencia del teniente Concho.--------------70

17. La Pola Sombrerona. Almanzor y los caballos de fuerza.-----------------76

18. La piedra de sal.----------------------------------------------------------------- 83

19. Los apodos en Rivas.------------------------------------------------------------86

Glosario de Términos.---------------------------------------------------------------100

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Prologo

(Los cuentos pícaro-históricos

De Rafael Casanova Fuertes)

 

Decía el escritor francés Marcel Schwob (1867–1905), que los historiadores y biógrafos tradicionales suelen destacarse por ofrecernos resultados exiguos en lo que se refiere al contexto estrictamente personal de los “grandes” individuos. En efecto, los resultados de su trabajos, suelen llenarnos de incertidumbre respecto a esa zona oscura, íntima, profunda o cotidiana de los seres o temas sobre los cuales se ocupan, y no hacen más que registrar, clasificar y revelar apenas algunos determinados momentos supeditados a las acciones generales por las cuales las vidas de esos individuos o esos acontecimientos, pasaron a ser célebres.

 

Como ya he señalado otras veces, esa “zona oscura” es ahora materia prima para novelistas, cuentistas y algunos biógrafos o historiadores heterodoxos empeñados en cuestionar las versiones siempre sospechosas de la llamada historia oficial. Pero no se crea que es este un empeño nuevo. Escritores como el mismo Schwob o Stefan Swift, por ejemplo, han criticado que la ciencia histórica generalmente no ha hecho más que revelarnos, a duras penas, pequeños detalles acerca de las extravagancias o anomalías en las vidas de las “grandes” figuras históricas; detalles generalmente asociados a las circunstancias relacionadas con sus “grandes” acciones.

 

Por ejemplo –nos ilustra Schwob-, “se nos dice apenas que Napoleón estaba enfermo el día que perdió en Waterloo, o que una fístula que fastidiaba a Luís XIV influyó en el humor con que tomó algunas decisiones que determinaron la historia”. Y en efecto, como sólo aprecian la vida pública, la retórica, la épica o la gramática, algunos historiadores se limitan a presentarnos a los “grandes” hombres a través de sus discursos, sus batallas o los títulos de sus libros, evitando descubrir lo individual o buscar lo verdaderamente único, pues para ellos esto sólo es importante si está relacionado con la modificación o la fragua de los grandes acontecimientos.

 

Se trata de un fenómeno que, en Hispanoamérica, principalmente desde mediados del siglo XX, ha sido objeto del trabajo contestatario de los escritores de ficción y los historiadores más heterodoxos, a quienes viene a sumarse ahora en Nicaragua el escritor e historiador Rafael Casanova Fuerte, con su hilarante y enriquecedora reconstrucción histórico-cultural de Rivas, que ha titulado “Desde Rivas con humor”.

 

Con los cuentos Ña Francisca Méndez y el Testamento de Judas, Ñor Agapito Chévez, La Pereira, El “Coto” Sánchez, La Pola Sombrerona, Almanzor y los caballos de fuerza, Casanova ha logrado su ferviente propósito de restaurar a la nuevas generaciones el derecho y el poder para acceder al conocimiento vívido de ese lado de la cotidianidad que, como él mismo dice, sin pretenderlo se insertó en la tradición para ser parte de la historia cultural de Rivas.

 

En su intento históricamente desmitificador, de alguna manera imaginativo o “ficcional”, Casanova se enfrenta en estos relatos a lo que Carlos Fuentes denomina “territorio de lo no escrito”, que siempre será, más allá de la abundancia o parquedad de la información histórica oficial, y aún de las versiones históricas alternativas, infinitamente superior a cualquier esfuerzo histórico oficial. “Lo no dicho sobrepasa infinitamente a todo lo dicho o mal dicho en el discurso cotidiano de la información y la política”, dice Fuentes. Y en este caso, los cuentos “histórico-picarescos” de Casanova, no es que no digan o sólo sugieran, sino que dicen mucho por la forma en que lo cuentan, sobrepasando así a toda la retórica historicista y ampulosa de las efemérides provinciales, que como sabemos tiende a referir mucho, pero a decir poco. Además, en “Desde Rivas con humor” entendemos que se trata más bien de decir de otra manera lo que nunca ha dicho, o ha menospreciado, el segregacionismo referencial característico del historicismo oficial.

 

Muchos personajes que en la historia de la cultura oral y cotidiana de los rivenses permanecen mitificados y emblematizados gracias al afecto de la memoria colectiva, aunque no aparezcan en los discursos oficiales ni en los recordatorios solemnes de las efemérides rivenses, tienen su lugar de honor en este libro: La Chepa Meza, El “Coto” Sánchez, Sócatres, Justo Pastor Cortez, Los hijos de don Paco, Juvenal, Almanzor y Otoniel, entre tantos otros, son la materia prima viva con que Rafael ha recreado la vida cotidiana  del siglo veinte en su departamento natal; “ese lado de nuestro entorno mayor: la Rivas que todos conocemos y que no debemos olvidar”.

 

Pero no se crea que el libro lo protagonizan solamente personajes “reales”, humanos de carne y hueso que vivieron, y algunos aún viven, en esa geografía provincial cercana al inmarcesible istmo que da nombre al departamento natal de Casanova, sino también otro tipo de “personajes” de alguna manera colectivos. El barrio La Puebla, por ejemplo, emblemático e inevitable para la historia de Rivas. En muchos de los cuentos, y en el conjunto de los relatos, vistos ya en perspectiva, como un todo, el barrio La Puebla adquiere las trazas de un personaje protagónico. Un barrio cuya población original estuvo compuesta por restos de comunidades indígenas diezmadas, así como por indios desarraigados de otras partes, mestizos, blancos pobres, mulatos y “toda la entremezcla proveniente del mundo colonial”.

 

A este barrio se debe –afirma Casanova- el subtítulo de este libro: “Las sagas de Charreal”, un personaje del mismo barrio de La Puebla, un personaje con el que el autor estuvo vinculado desde los tiempos de las luchas políticas y sociales de los años 70.  “Entre conversaciones y paladeo de tazas de cafés y abordando diversos temas”, Charreal le narró a Rafael algunas de las “pasadas cómicas” de Rivas. Pasadas cómicas con las cuales Casanova pretende “aportar al conocimiento de la parte jocosa de la historia, y darle a los lectores no sólo la oportunidad de reír sino también de conocer o viceversa”.

 

Pero es principalmente a su padre, Rafael Casanova Morales, a quien el autor debe la mayor parte de los relatos anécdotas, precisiones históricas y recreaciones de la vida rivense; vividas y atestiguada a lo largo de más de un siglo por varias generaciones, y que hoy conforman la sustancia y el corazón de este texto histórico literario que hoy nos regala Casanova Fuertes con el humor rivense característico. Y en este punto es interesante detenerse y subrayar cierta peculiaridad de este esfuerzo histórico-picaresco de Casanova, mezcla de rescate de leyenda popular, rescate histórico, recreación literaria de mitos populares y sistematización de la “cotidianidad histórica”, en el que, a través de la jocosidad y el humor con que casi siempre están construidos los cuentos, leyendas, tradiciones y ritos de costumbres de lo que oficialmente se llama “vulgo”, Casanova intenta insertar, con habilidad de literato, los referentes históricos, políticos y sociales ineludibles en el devenir de ese proceso cultural.

 

Eminentes investigadores que han tratado de interpretar la profunda vinculación de los grandes hechos históricos junto a sus secuelas sociales y económicas, con los textos literarios más importantes, canónicos o “universales”, afirman que una de las estrategias más comunes para interpretar el presente es la invocación del pasado; invocación que a su vez se sostiene no sólo en los frecuentes desacuerdos respecto a lo que sucedió o lo que realmente fue ese pasado, sino también en la incertidumbre acerca de si ese pasado en realidad lo es, o si más bien constituye parte del presente, es decir, si continúa vivo quizás bajo distintas formas.

 

A la luz de estas ideas, y observando la intención de este libro de Casanova, probablemente nos percatemos de la vigencia de ese pasado en la tradición y en la cultura cotidiana y probablemente también nos expliquemos porqué ciertos textos de ficción, apoyados en la historia y que de alguna forma tratan de representar la vida política y cultural de nuestros entornos locales, insisten en concentrar su atención en la problemática implícita en el proceso de origen de la “verdad histórica”. El resultado es la constante confrontación con el discurso histórico oficial; lo cual nos demuestra que, en tanto se presenta como proceso escritural y/o como relato hegemónico, la historia es inevitablemente cuestionada por estos textos narrativos que, pese a su naturaleza ficcional, se sustentan en  eventos y personajes de la realidad.

 

El sentido histórico, pues, como afirmaba el poeta inglés T.S. Eliot, implica percibir no sólo lo acabado del pasado, sino su presencia, su permanente construcción; lo cual quiere decir que los autores de textos como el de Casanova buscan alcanzar, de alguna manera, la certidumbre de nuestro verdadero lugar en el tiempo, es decir, adquirir una plena conciencia de nuestra real contemporaneidad. 

 

La idea es que, aunque queramos abarcar en su totalidad lo concluido del pasado, no existe una forma de hacer que éste se aísle del presente, puesto que ambos se informan mutuamente, cada uno implica al otro y coexiste con el otro. Sin embargo, esta concepción del tiempo no toma en cuenta la beligerancia con que los individuos, y sobre todo las instituciones, deciden lo que es o no relevante y suficientemente digno de ser incorporado a la tradición; aunque esto no invalida, sino más bien parece inspirar la forma en que textos como el de Casanova, formulan o intentan representar el pasado, cuya modelación debería, según se desprende de sus cuentos, proporcionarnos una mayor comprensión y una mejor perspectiva del presente.

 

“Desde Rivas con humor” es un libro que se agrega a la imberbe y aún magra tradición de la picaresca nicaragüense; o más bien de la “nueva picaresca” centroamericana. Desde la novela “En este mundo matraca”, de Franz Galich, en Centroamérica no se había escrito y publicado un libro de ficción que, siendo “serio” (porque tras la máscara de la risa se esconden las más mordaces críticas a los sistemas establecidos en nuestras sociedades y a la visión demasiado pacata, demasiado enmohinada que desde las clases medias hacia arriba se tiene de la vida y los pasatiempos de la gente sencilla de los pueblos), estuviese tan llena de inverosímiles aventuras y personajes festivos, ocurrentes, cuyos apodos son una mezcla de la vieja tradición popular latinoamericana de endilgarle a todo el mundo un sobrenombre, con la divertida y a ratos exagerada imaginación del narrador.

 

Así como en las aventuras de Tom Sawyer y de Huckleverry Finn el Missisipi es el personaje-marco de sus historias, o como en la novela de Galich el pueblo de Amatitlán, es el personaje principal; en “Desde Rivas con humor” el gran personaje central de todos los cuentos es la ciudad de Rivas: su cultura, sus personajes, su vida cotidiana, su entrañable e ineludible intrahistoria.

 

Siempre me ha gustado repetir en numerosos artículos y prólogos, que a los escritores hispanoamericanos (y en especial a los centroamericanos) nunca ha dejado de perturbarnos la nostalgia cuando escribimos. Porque es la nostalgia, traducida en carcajadas lagrimeantes, lo que mantiene vivo a libros como el de Rafael Casanova. Su autor es un empedernido y nostálgico rivense que conoce muy bien la historia de Nicaragua y la de su departamento, y que maneja muy bien los recursos de la mejor tradición picaresca. Pero, lo mejor de todo: la nostalgia por su pueblo natal ha terminado por convertirlo en un historiador heterodoxo.

Erick Aguirre.

Managua, junio de 2009

Introducción

 

El presente trabajo consiste en más de veinte relatos sobre personajes pintorescos de la vida real de la Rivas de antaño  y algunos hechos y anécdotas relativamente recientes  de la vida cotidiana. En ellos los protagonistas le dieron vida célebres escenas de humor y provocaron la risa de los abuelos y  padres de la actual generación de rivenses y de algunos que aún sobreviven. De allí que personajes como Juvenal, La Pereira, Otoniel, etc. o antiguos escenarios hoy perdidos como el que llamaremos contradictoriamente, antiguo Mercado Nuevo, no le sean ajenos en los tiempos actuales a muchos rivenses. Por otro lado, la nuevas generaciones tienen derecho y puede tener acceso a ver ese lado de la cotidianidad que sin pretenderlo se insertó en la tradición para ser parte de la historia cultural de Rivas.

 

Para quienes viven más allá del Río Ochomogo por el Norte y después  de Peñas Blancas por el Sur, es decir que no son de Rivas, es necesario que tengan una ubicación en el tiempo y el espacio. Rivas es el nombre del departamento y la cabecera de espacio meridional de Nicaragua, como población surgió  a inicios del  siglo XVIII  en el año de 1720 con el antiguo nombre de Villa de la purísima Concepción de Nicaragua y de Rivas. Nicaragua era el nombre original desde su constitución como comunidad indígena y  valle en los siglos anteriores el nombre de Nicaragua fue predominante al de Rivas hasta el siglo XIX en que el segundo le ganó de forma definitiva al primero.

 

 Desde tiempos inmemoriales al sur de la ciudad se configuró también, la comunidad de La Puebla cuya población original la formaron restos de comunidades indígenas diezmadas como Aposonga y Río Enmedio, a ella se vinieron integrando indios desarraigados de otras partes así como mestizos, algunas familias blancas, mulatos y toda la entremezcla proveniente del mundo colonial. Con el tiempo esta parte de la ciudad que fue a su vez la mano de obra productiva, fue absorbida  e integrada como barrio al Centro  y también con el paso de los años, fue notoria la  ojeriza entre los “indios” poblanos y los  “cheles” del Centro (de  Rivas).  Hasta el surgimiento de nuevos barrios en el siglo XX solo se hablaba de la Puebla y el Centro.

 

 Muchas cosas han cambiado en la actualidad y con ello los limites tradicionales. La línea que separaba a Rivas de La Puebla fue inicialmente el antiguo río “Lapeza” (después Río de Oro) y en 1930  la antigua línea férrea (la Carrilera) que corría de forma casi paralela a este Río, un poco más al  Sur, fue el límite que se le adjudicó.

 

 A la Puebla se accedía desde el Centro por la Calle Real, que fue hasta el surgimiento de la Carretera Panamericana la vía terrestre que comunicaba a Rivas con el Puerto de San Juan del Sur y Costa Rica, por tanto era a su vez la vía principal del Barrio una calle extremadamente ancha. Desde donde fue la esquina de Don Inocente Flores se iniciaba  La Puebla siguiendo sobre esta misma calle  a continuación se recorría la parte urbana del barrio con una prolongación de 7 cuadras hasta la esquina de los Parrales y después continuaba la parte rural, 2 largas cuadras hasta llegar a la esquina de la familia Chavarría, o la ribera del Río En medio y se continuaba hasta llegar a la comarca de “Tronco Solo”. En  los territorios laterales se contabilizaban 4 cuadras hasta El Retén por el Suroeste (exceptuando el antiguo camino a La Haciendita” absorbido por la finca Santa Elena) y por la parte Este 4 cuadras hasta la entrada del barriecito Monte San Juan o la entrada de la Casa hacienda Buena Vista. En línea continua de estas esquinas se extendían igual número de callejuelas que se discontinuaban o se perdían en entorno rural del Sur. En síntesis  se podía penetrar por 8 cuadras desde la señalada línea fronteriza.

 

 La arquitectura era eminentemente similar a los demás pueblos del interior,  casas de adobe y de madera  entejadas en la parte “urbana” en su mayoría con pisos de suelo y casas de pajas y de madera rústicas alternadas de solares vacíos en las áreas adyacentes. Una excepción significativa de este escenario lo era la avenida del Cementerio San Pedro que fue desde su fundación a fines del siglo XIX una línea que se extendía desde la esquina de las  Tenorio  hasta el lujoso portón del Cementerio. Para continuar hacia el Sur hasta el Río Enmedio se iba por la Calle San Antonio a esta calle y sus dos callecitas adyacentes,  también  le llamaban Barriecito de San Antonio Aparecido. En esta parte del Barrio La Puebla vino al mundo este servidor allá por los mediados de los 50 y de allí el hecho de que  el peso principal de los relatos, tenga como referencia principal el entorno geográfico y social de  esta parte de Rivas.

      

Aclaramos, que, es una obra que se basa en los testimonios reales de quienes vivieron y observaron los hechos, a nosotros nos correspondió imprimirle movimiento y vida a las escenas, lo cual no es tan fácil para un narrador aficionado, acostumbrado más a la descripción analítica, que a la ficción literaria.

 

Dentro de esta lógica es importante explicar, el porque del título y subtítulo, las motivaciones del título están implícitas, pero en el subtítulo quisimos hacer un reconocimiento a quienes nos trasmitieron algunos de los detalles que hicieron posible la configuración de los contenidos “Charreal” es el apodo de Ascensión Villarreal, del mismo barrio donde nací. La Puebla una persona con la que nos vinculamos en las luchas políticas y sociales de los años 70 del siglo pasado. Fue él quien entre conversaciones y paladeo de tazas de cafés  me contó algunas de las pasadas cómicas de la Rivas de su época adolescente, de allí que a la primera parte del subtitulo le pusimos Las Sagas de Charreal. Aunque es pertinente aclarar, que algunos datos, fueron complementados por otras personas como los también sindicalistas y poblanos como Juan Moreira, Marcial Rivera, Alfonso y Miguel Bejarano. Con este último tuve la oportunidad de compartir largas horas de encierro en las Cárceles de la San Pablo en 1976, de el escuché las referencias de Chico Chavarría y de otros personajes, También de viva voz, ambos escuchamos a varios delincuentes contar sus hazañas delictivas, entre estos al célebre Justo Pastor a quien fue el único de este gremio que incluimos en el presente trabajo, por su origen rivense y poblano.

 

La segunda parte del subtítulo Los cuentos de don Payo, es un homenaje al principal proveedor que tuvimos en la narrativa, mi padre Rafael Casanova Morales un hombre de fácil palabra y de humor agregado, quien en medio de las labores cotidianas nos hacía reír con las anécdotas y escenas sobre personajes, entre los cuales no se libraba ni su propio suegro, (Rodolfo Fuertes) en los relatos, no escatimaba ni  mímicas ni gestos imitativos. Por estas razones literalmente lo denominamos los cuentos de don Payo Casanova Por el  orden, a él le entregamos la palabra  desde Los apuros y ocurrencias de Rodolfo “chicha” Fuertes,  hasta  Soltame a mi y amarra a este. Aunque es válido señalar que la información sobre la galería de  los personajes que están en lo adelante, como Otoniel, la obtuvimos principalmente de él. 

 

La tercera parte, denominada  por razones de separación técnica: los cuentos de don Payo Casanova  hijo (Rafael Casanova Fuertes) En esta parte se continua  el relato en  primera persona (por el autor), valido es destacar que aunque se sigue la tendencia de narrar lo que nos fue contado   también incluimos  vivencias mas cercanas, como  ejemplo: “Los Chismes del Mercado Nuevo” otro caso podría ser  La ocurrencia del Teniente Concho, que se origino de un relato que nos hizo el Teniente Concepción Palacios,  sobre una original redada de ebrios en San Juan del Sur, allá por los años sesenta nosotros nos limitamos a imprimirle movimiento con algunos personajes reales y ficticios. En casos como La piedra de sal incluimos el relato del propio Alejandro Cortés pero aprovechamos para integrarle algunos  pasajes  propios del  escenario rural donde La Piedra de sal se desarrolla, es decir que integramos algunos elementos de la superstición sin ánimos de perder el humor que pretendemos imprimirle a la obra.

 

  Finalmente decidimos incluir en la obra un trabajo que habíamos venido haciendo paralelo y de forma paulatina: Los Apodos, en tanto no solo son parte intrínseca de la comunidad, sino que tras sus orígenes siempre hay algo que contar, y de allí también emergieron anécdotas llenas de humor. Específicamente en esta parte, fue en la que tuve mayor número de informantes. Algunos de los lectores y contemporáneos se van a quejar de las omisiones de personajes y hechos que no pudimos incluir, a ellos les ruego mis disculpas pero no podíamos incluirlos a todos,  que con todo lo que recogimos había suficiente para hacer otro libro, pero como verán este ha sido un trabajo paciente de muchos años arrebatados al ocio y al descanso mientras tratamos de conseguir la subsistencia y no podíamos agotar el tiempo requerido para ampliarlo  mas allá de lo que aquí presentamos, era necesario dar a conocer a la colectividad “come mango” y a los nicaragüenses en donde quiera que se encuentren,  aunque sea una parte del lado risible de su propia historia .

       

Como profesionales en la reconstrucción del pasado, nos empeñamos mas que todo en  recrear la vida cotidiana de antaño y parte de algunas escenas contemporáneas y de ello podemos extraer algún resultado, pero sobre todas las cosas provino de una idea original: sacar de nuestro interior la casa y principalmente el barrio, pero mas allá ese lado vincularlo a nuestro entorno mayor:  La Rivas que todos conocemos y que no debemos olvidar. Tal vez con ello aportamos al conocimiento de la parte jocosa de la historia y le damos a los lectores no solo la oportunidad de reír sino también de conocer o viceversa.   Mientras tanto sin mas preámbulo invitamos a  los lectores a leer desde “Ña Francisca Méndez” hasta “Los apodos” y le damos la garantía que no parará de reír  desde la primera página en lo adelante.

 

 

 

 

 

 

                                        “Ña” Francisca Méndez” y El Testamento de Judas

 

Todo esto pasó cuando yo estaba chavalo, en este barrio pasaban cosas increíbles y hasta risibles, yo las cuento para que no se olviden y no se me olviden a mi mismo cuando este “chocheando.”O si las cuento ya mas viejo no me las van a creer van a decir que son “babosadas”. A mi me bautizaron como “Charreal” en las haciendas, uno de esos mandadores que no  podían llamar a nadie por el nombre, solo por el apodo, entonces agarró mi apellido Villareal lo relacionó con un charral o algo que estábamos haciendo y allí se acabó el Ascensión solo “Charreal” para todo, ya después mis amigos aquí en La Puebla solo “Charreal.” Bueno, pues esto que voy contar, pasó como dije, cuando yo estaba chavalo o tal vez queriendo ser “matacán”.

 

Allá en la antigua Calle Real “pegadito” al Río Enmedio, quedan restos aún de unos grandes montículos de piedra, algunas de estas piedras eran redondeadas y planas en la parte de arriba, de formas irregulares como desgastadas de abajo, parecían mesas.   Estaban ubicadas en la margen derecha del Río sobre la pendiente, cerca de donde está la casa que fue de la difunta Julia Rueda.  En una de esas grandes peñas se subía Doña francisca Méndez a quien a veces le decíamos “Ña chica” o “Ña panchita,” ella era blanquita de rasgos finos, totalmente canosa, mas alta que mediana.  Ya en la cima de la piedra levantaba la vista hacia el cielo y a grandes voces hacia sus exhortaciones a Dios: ¡Alabado sea el santísimo, sacramento del altar y Maria Concebida sin pecado original.....; que, Santa María madre de Dios ruega por nosotros los pecadores ahora en esta hora….!  Esto era religioso, todos los días al medio día y continuaba sin parar hasta la tarde.

 

  Nosotros, toda la chavalada llegábamos a bañarnos a aquella poza del Río que queda mas  abajo, allí lado del puente. En aquellos tiempos hasta que se miraba azul bien limpita, ahora parece un  charco, lleno de pinolillo. Recuerdo que la primera vez que  vi a “Ña” Chica yo me  asusté, y dije: “mira la señora arriba de las piedras esta como loca se va a caer” y uno de los amigos de los que estaba en poza,  me dijo: “Ascensión es Ña Chica con sus oraciones”.  Después, lo mirábamos como lo más natural, Ña Chica arremangándose sus largas enaguas para subirse a la peña a hacer sus oraciones y nosotros bañándonos en la poza mas adelante, debajo de aquellos palos enormes en la ribera derecha del Río.  No se nos ocurría reírnos aunque nos mirábamos maliciosamente entre nosotros, podíamos comentar que era muy fanática iglesiera o quien sabe que promesa o penitencia estaba pagando.

 

Porque eso de tomarse el trabajo de encajarse a una de esas piedras para una señora setenteña era difícil.  Había personas mayores que la contemplaban con admiración por su religiosidad.  En nosotros había mucho respeto por los viejos y podían hasta apalearnos o al menos jalarnos las orejas si nos sorprendían riéndonos.  Esta práctica terminó, cuando en un invierno en que la piedra estaba muy resbalosa, Ña Francisca se vino desde arriba mientras se trataba de arrodillar, clase de caída, yo la vi salir  de cabeza ¡plum! cayó contra las piedras se desnucó, pensamos, pero con tan buena suerte o no estaba en la raya, que tan solo se fracturó una mano.

 

Ña Francisca que vivía allá por La Bolsa sintió mucho no poder realizar la continuación de su promesa lo que venia haciendo después de tantos años.  Pero un día ella misma entendió, ya cuando el dolor de la mano había mermado, que esa quebradura de la mano fue una señal de Dios, de que la penitencia había concluido y la peña en donde  subía, desde entonces quedó sola sin la presencia de “Ña” Chica. Esta señora, a  pesar de ser muy creyente, no era una persona de buen carácter, incluso,  a veces se le metía el diablo.

 

En La Puebla existía la costumbre de celebrar el día de Judas en semana santa, exactamente el sábado de gloria. Un muñeco que llevaba un jinete delante de él representaba la figura de Judas, tras el montado y Judas, iba un acompañamiento de chicos y grandes que recorría las   calles y se paraba en las casas de los más conocidos y se le daba lectura al testamento.  La organizadora de este evento fue por tradición la mencionada doña Julia Rueda, matrona de grata recordación, fue la mamá de los Hernández Rueda. El testamento siempre lo elaboraba uno de  los más talentosos de la Calle Real, Sotero Hernández Vidaurre el mismo esposo de Doña Julia, un muchacho se lo escribía, porque él no sabia leer ni escribir, pero se las pintaba en su memoria para elaborar en su mente el contenido y hacía todo un cuadro teatral fingiendo que leía el texto de un autentico testamento.

 

El contenido del testamento versaba sobre lo adquirido por los vecinos en el año o cosas pícaras que le había pasado a alguno de ellos, Soterito se las pintaba para acomodar el testamento sin tratar de ofender a las personas “heredadas” lo mas de las veces ocasionaba la risa de los mencionados.  El testamento se iniciaba así: “yo Judas Iscariote le dejo a mí compadre Juan Parrales un caballo blanco para que vaya a pasear todos los sábados y los domingos, unos centavos para que no vuelva a fiar el polvo”..... A mi compadre Ramón “Coyote” una cantina y una mesa de dados.  A mi compadre “Pocho” Parrales una chapa de oro para que se reponga  la que se le perdió el día que anduvo bebiendo conmigo.... A mi compadre  Leonidas Rueda le dejo un buen pretal para que no lo vuelva a botar un toro en Liberia.

 

La clave de todos estos mensajes era entendido claramente por los vecinos y causaba risa, Leonidas Rueda por ejemplo era torero y lo había atropellado un toro en Liberia, “Pochito” Parrrales casi siempre perdía la chapa dental en sus bebiatas y Juan Parrales, ya con sus buenos tragos entre pecho y espalda acostumbraba pasear los domingos a caballo y solicitaba a viva voz, favores sexuales al crédito, pero a veces se equivocaba y en lugar de pararse en el burdel, lo hacía en cualquier casa y llamaba a grandes voces a su meretriz preferida : ¡Juega el gallo María!, al no obtener respuesta o convencerse de que se había equivocado se alejaba zarandeándose en la montura gritando: ¡aquí va Parrales, Juan, hoy chucho y mañana pago!.

 

Serían como las tres de la tarde cuando la comparsa de Judas llegó frente a la casa de Ña Chica Méndez. Soterito empezó a leer el testamento: Yo Judas Iscariote le dejo a mi comadre Francisca Méndez una casita con tejas nuevas, muebles, bien cepillados en el taller Carvajal (este señor de origen leonés era buen carpintero, pero cepillaba los muebles con el machete).

 

La aludida no espero a que terminara la lectura del testamento, abrió bruscamente la puerta y tajona en mano la emprendió contra la comparsa pero sobre todo contra Soterito.  Este ya con sus tragos con dificultades para huir, le decía no Ña chica si es el testamento de Judas, si es mentira.  Ña Francisca con las bilis revueltas le tiraba coyundazos “Vagos hijos de P. a mi no me ha regalado la casa ni Judas ni ningún coyote” “Era Iscariote” Ña Chica – le gritaba Soterito, Ña Chica sorda y ciega de cólera, la emprendió contra el resto de acompañantes los que empezaron a correr de forma atropellada, recibiendo uno que otro coyundazo de la enfurecida matrona.  Don Soterito a como pudo logró alejarse de Ña Chica.  Sus acompañantes y curiosos comentaban entre risas “Soterito salió con Judas de la casa y le salió el diablo, con Ña Chica”.

 

 

 

 

 

 

                                                      “Ñor” Agapito Chevez

 Otra cosa risible, fue la que le pasó a Don Agapito Chevez.  Antes de meterme la construcción, como todos los chavalos de la época, buscaba trabajo en las haciendas.  Los sábados era el día de pago al medio día.  Un día de esos allá en la Hacienda de “La Fe” en los potreros, el sol estaba mas caliente que nunca, había uno que otro arbolito de tigüilote con sus ramas entresecas aquel zacate jaragua, que se ponía rojusco en los veranos.  Por allí mismo en los corrales hacíamos la fila todos y los peones hablando: “buen veranillo el que se nos vino encima cabo” El otro – “Si tamoj jodidoj Ojala que no sella tan grande la sequilla.

 

Allí mismo en la fila estaba Ñor Agapito Chevez delante de su sobrino originario de La Puebla vivía allá camino a Monte San Juan, cargaba ya muchas lunas, por los cuarenta ya era ochenteño, bien alentado.  El pago del jornal era cuatro pesos, no te daban séptimo día, 24 pesos a la semana.  Ñor Agapito dejó pasar delante de él a su sobrino a quien vio que le entregaron 24 pesos.  Este le dijo: déle tío pase usted”, mientras contaba.  Ñor agapito se colocó frente al pagador, quien desde una mesa solo miraba la planilla y sacaba de una gaveta los billetes y cancelaba “aquí tiene señor – le dijo mientras le extendía dos billetes de a diez y cuatro de a Córdoba”.  Ñor” Agapito sorprendido lo abordó inmediatamente: “un momento amigo usted meej taj robando,  son veinticuatro pesoj  loj que me tiene que dar y estos son seij y estos billetes no son de aquí no los he visto, usté me da mis 24 pesos a como son.”  “Señor cuente bien – le dijo el pagador- son dos de a diez y cuatro de a peso, estos son los billetes nuevos, el que sigue por favor.”

 

La risas y miradas maliciosas no se hicieron esperar entre la peonada, pero sin mostrárselas directamente a Ñor Agapito que apretaba la comisura de su desdentada boca lleno de cólera.  El  sobrino que estaba cerca notó a lo inmediato el problema y lo llamó: “venga tiyo a ver yo se los voy a  contar” – y él- sobrino meej tan robando, que no vej que meej están dando solo seis, seré viejo y bruto pero no pendejo jodido, -insistía mientras acariciaba la culata de machete”

 

Tiyo la cuenta esta bien estos valen por diez cada uno, dos, son veinte y esto son los billetes Lilliam los nuevos de a peso – le dijo el sobrino “A no jodido ni que diez ni que nada, me van a dar mij veinticuatro jodido ya me están arrechando jodido ante la tozudez de su tío el sobrino optó por  otra solución “páseme los billetes, voy ir a hablar con el hombre”.  Mientras se los pasaba le decía ya muy enojado “tomaloj puej pero estoj jodidoj me tienen que  pagar lo que ej jodido”- decía esto, tocándose nerviosamente la cacha de la cutacha, ya rojo de cólera.

 

El sobrino se acercó discretamente al pagador y le dijo en voz baja: “haceme un favorcito, mi pobre tío es bruto cámbiame por favor estos dos de a veinte en de a peso.”  El pagador ya poseído de la situación en medio de risas le cambio los billetes.  Realizaba esta operación el sobrino procedió a entregarle al tío billete tras billete. Ñor Agapito les contó uno tras otro, al concluir doblo el fajo mientras ya mas calmo le decía al sobrino “vamunús vez que me querían robar meej taban dando seis en vez de veinticuatro jodido a mi no roban jodido con ese cuento de billetes nuevos seré bruto pero no pendejo jodido”   y sin dejar de vociferar se marchó Ñor Agapito sobre el camino entre el jaragua mientras la peonada soltaba la risa ante su terquedad e ingenuidad.