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Frank García nos narra una historia que huele a vicio, sabe a sexo y suda placer en cada una de sus páginas. El morbo de lo

desconocido, el descubrimiento de nuevas prácticas y la sensación de dominio sobre sus compaeros sexuales son las

líneas maestras sobre las que se asienta la historia de Rafa, el auténtico macho protagonista de Cruising.

Adéntrate en una vorágine de sexo y pasión. El desenfreno, el vicio y el puro placer conducen a Rafa hasta los bares más

morbosos de Madrid en su búsqueda de lo único que le hace sentirse vivo: el sexo. "Si la realidad sexual de Frank García es

puro morbo, imagina hasta dónde puede llegar en sus fantasías más ocultas y perversas incluidas en esta edición".

El autor madrileo debutó con esta novela erótica consiguiendo un gran éxito y logrando el Premio Narrativa 2010 a la Mejor

Novela Romántica por la perfecta combinación del más puro morbo con el verdadero sentimiento del amor. En su nueva

novela, Puro deseo, volveremos a vivir los tórridos placeres vividos en sus propias carnes y que le han marcado

profundamente.

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Frank García

Cruising

e PU B r1.0

Po l i f e m o 7 15.1.13

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Título original: Cruising

Frank García, 2010

Editor digital: Polifemo7

Corrección de erratas: Eibisi (Epublibre)

ePub base r1.0

A quienes mantienen viva la verdadera amistad

a quienes aman desinteresadamente

y a quienes luchan porque un día

todo mejore a nuestro alrededor

CAPÍTULO I

Por fin había llegado el viernes y la puta rutina de la semana quedaba atrás. Llegué a casa y de forma

rápida me duché, preparé algo de cena que ingerí mientras veía la televisión, en la que sólo echaban

mierda, y me vestí. Salí rumbo a Chueca. Cinco paradas y el deseo de satisfacer mis instintos más

primarios. Tenía ganas de follar, simplemente eso. M eter la polla en un culo caliente y embestirle

hasta quedar saciado.

A veces, en aquellos días de rutina, mientras voy en el metro hasta el curro, pienso en lo que mi

vida ha cambiado en sólo unos meses, cuando decidí romper con el pasado y venirme a M adrid.

El año antes de decidirme a dar el gran paso, todo comenzó a derrumbarse. M i ciudad, por

llamarla de alguna forma, pues resulta más un pueblo grande que una ciudad, parece no querer

evolucionar y un día es igual al otro, sin novedad, sin esperanzas, sin sueños, pues el propio

ambiente en el que te mueves rompe cualquier deseo de alcanzar la meta deseada. Si intentas destacar

en algo te miran raro y, por supuesto mucho menos declarar que eres gay, entonces son capaces de

lanzar los mayores insultos que una persona es capaz de aguantar. Aunque a mí, sinceramente, todo

eso me resbala mucho.

Aquel último año había perdido mi trabajo, mis amigos poco a poco se iban alejando, pues

comenzaban a formar sus propias familias: casarse, tener niños y amodorrarse ya en casa. Esa es la

vida normal de un ciudadano de esta ciudad. Encontrar el amor de su vida o si no es el amor, alguien

con quien compartir el resto de la vida, tener hijos y dejarse abandonar a la mayor de las suertes. Yo

no estaba dispuesto a todo aquello por lo que una noche, tras apagar el ordenador y dejar de chatear

con los amigos, sin moverme del sillón mirando el monitor en negro, me planteé salir de aquella rutina

que me estaba encarcelando.

M adrid era una ciudad que conocía. Algunos fines de semana iba a ver a los amigos y salir de la

monotonía; pero ahora, ahora estaba dispuesto a que M adrid fuera mi nuevo hogar. Olvidarme de

todo lo que me encarcelaba a las rejas de esta ciudad. Necesitaba salir, respirar, sentirme libre y sobre

todo, ser yo mismo.

Una tarde, mientras caminaba por la ciudad, no aguanté más. Llegué a casa, cogí la maleta más

grande que tenía y comencé a llenarla con la ropa que creí necesaria para aquella primera escapada.

M i madre entró en la habitación y vio la escena.

—¿Qué haces?

—M e voy. M e largo de esta puta ciudad. Aquí no hay trabajo, no hay esperanzas de futuro, mis

amigos se han vuelto unos putos muermos y yo no aguanto más. Necesito vivir mi vida.

—Pero… ¿Dónde pretendes ir? Aquí tienes una casa y todavía te queda paro. Nosotros no te

exigimos nada, ni te presionamos para que encuentres trabajo. Sabemos como está la situación y…

—No mamá. No quiero pudrirme en esta ciudad. ¿No te das cuenta? La gente no hace nada por

cambiar y la ciudad se muere día a día. ¡Que le den por el culo a todos! Yo necesito vivir mi vida.

—¿Dónde vas a ir?

—M e largo a M adrid. Allí tengo amigos y seguro que encontraré algún trabajo, aún me quedan

siete meses de paro. Voy a llamar a un colega para saber si me alquila una habitación y empezaré

desde cero. Total, menos que cero tengo ahora.

—Pero aquí no te falta de nada. Haces lo que quieres y nadie te exige nada.

—¡Qué hago! Pasear como un zombi de un lado para otro, intentar quedar con algún amigo que

ya no puede salir de casa porque tiene que cumplir con la familia. Ni siquiera ir al cine, porque ni un

puto cine queda en la ciudad. Comprendo que para vosotros todo resulte natural y normal, pero yo

necesito vivir y no agonizar.

—Las cosas cambiarán.

—No en esta ciudad. Llevo aquí 28 años y nada ha cambiado. Abre los ojos. ¡Nada cambia en

esta mierda de ciudad! Todo es igual día a día, mes a mes, año tras año. Las empresas están echando a

gente todos los días, cada vez hay más paro.

—Hay paro en todos los sitios.

—Pero aquí no hay posibilidades de progresar. La gente joven que está en paro se está largando a

otros sitios. Se está convirtiendo en una ciudad para viejos y yo no quiero envejecer aquí. No.

Necesito vivir.

—¿Crees que en M adrid encontrarás trabajo nada más llegar?

—No. Pero aún tengo esos meses de paro y puedo pagarme el alquiler, la comida y buscar

mientras tanto. M adrid es muy grande y da posibilidades. Esta ciudad no, esta ciudad se muere.

—¿Qué va a decir tu padre?

—Seguro que él lo entiende mejor que tú. Recuerda que también dejó su ciudad y se instaló aquí.

—Pero a él le ofrecieron un buen trabajo, no se vino con las manos vacías.

—Yo tampoco me voy con las manos vacías. No voy a mendigar, puedes estar segura. Voy a

luchar por sobrevivir en una nueva ciudad y buscar mi espacio.

—Está bien. La cena estará enseguida. Cuando venga tu padre no le digas nada hasta después de

cenar. ¿Cuándo piensas irte?

—Como muy tarde dentro de dos días. Quiero arreglar algunas cosas antes. Ir al INEM y

comentarles que me voy a M adrid a buscar trabajo y cómo sellar mi cartilla para no perder el

desempleo. Despedirme de la familia, los amigos y…

El primer asalto había terminado. M i madre salió de la habitación en dirección a la cocina y yo

continué haciendo la maleta. M iraba el armario sin saber qué llevarme. Volvería a por nuevas cosas

pero, al menos, los primeros meses no pensaba acercarme por aquí para nada. Por unos instantes lo

dejé y encendí el ordenador. Conecté el chat donde hablaba con los amigos y les comuniqué que me

iba a M adrid. De ésta forma daba un nuevo paso. A ellos siempre les hablaba de mis proyectos y

muchas veces me llamaban loco. Pero no, no estaba loco. Al menos mientras tenga un par de pelotas

bien puestas y esas las tengo bien grandes.

—Rafa, la cena está lista —gritó mi madre.

—Voy —me despedí momentáneamente de los amigos del chat y salí a cenar. M i padre estaba

como siempre, sentado a la mesa mirando la televisión. M i madre acercó la fuente con los filetes y las

patatas y la colocó en el centro. Sirvió primero a mi padre, luego a mí y terminó con su plato. Se

sentó y los tres como borricos nos quedamos mirando la televisión. Salvo raras ocasiones se hablaba

durante la cena y también en raras ocasiones, hablábamos los tres. M ás monotonía, más ganas de

largarme cuanto antes de todo aquello que me ahogaba.

Regresé a la habitación. No consideré oportuno aquel momento para hablar con mi padre, estaba

ensimismado con la película y aún quedaban dos días para irme. Para qué molestarle en aquel

momento. Ya en la habitación decidí no continuar en el chat y cerré el ordenador. M e desnudé, cogí

un cigarrillo, el cenicero y me tumbé encima de la cama. M iré a través de la ventana y mientras

consumía el cigarrillo me fue llegando el sueño. Dejé la colilla en el cenicero y éste en la mesilla,

apagué la luz y me quedé tumbado boca arriba, sin colocar nada encima del cuerpo. Hacía ya calor y

de esta forma descansaría más fresco.

A la mañana siguiente me desperté pronto. M e duché, me vestí, desayuné y salí a la calle con el

objetivo de dejar las cosas bien cerradas y no tener que volverme por un imprevisto absurdo. En el

INEM no me pusieron ningún obstáculo, todo lo contrario, me facilitaron algunas direcciones. Luego

en correos cerré mi apartado personal, al que me llegaban algunas subscriciones y cartas que no

deseaba vieran en mi casa y realicé algunas llamadas para cancelar aquellas suscripciones y otros

temas. Al mediodía, ya más tranquilo, entré en uno de los bares y me tomé una cerveza con una tapa.

—¡Hola Rafa! Que raro verte por aquí a estas horas —intervino un amigo acercándose a la barra

donde me encontraba sentado sobre un taburete.

—He salido a dejar algunas cosas en orden. M e voy a M adrid a buscar trabajo. Estoy hasta los

huevos de esta ciudad.

—Estás loco. ¿Qué coño vas a hacer en M adrid?

—¿Qué coño haces tú aquí?

—No hace falta que te cabrees. Simplemente te he hecho una pregunta.

—Yo también. Esta ciudad es una mierda, se hunde día a día y yo al menos no pienso llegar al

fondo.

—¿Y piensas qué en M adrid vas a encontrar la solución? La gran ciudad no es para nosotros.

—No lo será para ti. Conozco bien M adrid y no tengo ningún miedo. Además… ¡qué cojones!

No tengo nada que perder.

—Te veo de vuelta en menos de dos meses.

—Ni lo sueñes amigo. En cuanto el autobús me aleje de aquí, sólo volveré en momentos

puntuales.

—Volverás, de eso estoy más que seguro.

—¿Ahora eres adivino? —tomé lo que me quedaba en la jarra de un trago—. Tal vez tú no

necesites nada más, pero yo sí.

—¿Te crees mejor que yo?

—No. Yo no he dicho eso. Eres tú el que me amenazas con que no duraré dos meses fuera de esta

mierda.

—Esta mierda como tú dices, te ha dado…

—¿Qué me ha dado? Dímelo. ¿Qué me ha dado esta puta ciudad? Estudié como un puto cabrón,

empecé a trabajar y cuando ya creía que todo comenzaba a funcionar van y cierran la puta empresa.

Nos dejaron cuatro meses a deber, que adivina cuando coño lo cobraremos y al puto paro. Cada día

más gente joven está sin esperanzas. Colgados todo el día de una botella y drogados hasta las patas.

Viviendo en casa de sus padres porque no pueden independizarse. ¿Eso es vida? ¿Eso es lo que tengo

que agradecer a esta ciudad? Pues si es eso, te la dejo a ti y que te aproveche —me levanté y

desaparecí del bar.

Estaba cabreado y cuando me siento así sólo me lo quita un buen polvo. Necesitaba follar.

Conocía a un tío que, por casualidad, un día en la playa me di cuenta que me miraba de una forma

especial. Con él follaba algunos fines de semana, así que saqué el móvil y lo llamé.

—¿Juan…? Sí, soy Rafa… Bien, estoy bien y tú… M e alegro. Te llamaba para saber si nos

podemos ver. Estoy muy caliente… Sí —me reí— estoy cabreado… Eres un puto cabrón, por eso te

llamo… Vale, comemos juntos y el postre lo pongo yo… En media hora estoy en tu casa y prepara

ese culo que te lo voy a dejar bien caliente —colgué y me dirigí a la parada del autobús.

M ientras me acercaba a la casa de Juan en aquel autobús, mirando a través de la ventanilla, un aire

de nostalgia recorrió por unos instantes mi mente. Sería una mierda de ciudad, pero en realidad era mi

hogar, aunque… Como si en aquel momento me hubiese vuelto una balanza, comencé a colocar lo

positivo en un lugar y lo negativo en el otro. Por unos instantes, ese toque romántico que aún

perduraba en aquellos momentos, pareció inclinar lo positivo sobre lo negativo, pero luego desperté

y prevaleció mi lado racional. No. Había decidido irme y lo haría, fuera al precio que fuera.

Juan me recibió en su casa en gayumbos.

—¿Crees qué ésta es forma de recibir a un tío que está tan caliente como una plancha?

—Por eso te recibo así —se rió—. Bromas a parte, hace demasiado calor y así estoy más

cómodo.

—Tienes razón —me quité la camiseta—. Deberías poner aire acondicionado.

—No, esos artilugios siempre me resfrían. Prefiero andar en pelotas, es más cómodo y encima

ahorro —me miró—. ¿No piensas quitarte nada más?

—¿Quieres qué follemos antes de comer?

—¿Por qué no?

—Por mí encantado. Ya te he dicho que la tengo dura todo el día. M ira —cogí su mano llevándola

a la bragueta.

—¡Joder, como estás cabrón!

—Listo para tu boca y ese rico culo que tienes.

Desabrochó el pantalón y me sacó la polla, se arrodilló y comenzó a mamarla con desesperación.

Juan era un buen mamador. M e incliné y metí la mano en su boxer tocando sus nalgas suaves y bien

redondeadas.

—¡Joder que culazo tienes!

Se levantó y se quitó el bóxer.

—Es todo tuyo.

—Que hijo de puta, ¡menudo vicio tienes!

—No menos que tú.

—Tienes razón —me quité el pantalón y el slip. Saqué de la cartera un condón y me lo puse—.

Dame ese culo, te la voy a meter de golpe.

—No seas animal, que aunque dilato bien tienes un buen pollón.

—Si te encanta que te la meta entera. Dame ese culo que me tienes el rabo babeando.

Se inclinó contra la mesa del comedor, abrí sus nalgas, escupí en su ano y se la metí de golpe.

Gritó de placer, de eso estaba más que seguro.

—¡Hijo de puta!

—Cállate y disfruta. Sé que nadie te folla mejor que yo —no dijo nada más y le follé a saco. M i

pecho se empapó de sudor por las embestidas, la sacaba entera y se la volvía a meter de golpe. Su

ano ya estaba acostumbrado a mi pollón y la verdad que su culo era muy caliente. M e corrí y me dejé

caer sobre él—. ¿Te ha gustado?

—Sí —susurró fatigado—. Follas muy bien cabrón.

La saqué poco a poco y me quité el condón.

—Dúchate mientras termino de preparar la comida.

—No, sólo me lavaré la polla. Ya te he dicho que traía el postre. Lo de ahora sólo ha sido un

aperitivo —en aquel momento sonó mi teléfono, descolgué y pregunté quien era. Escuché la voz de

mi madre al otro lado. Con el cabreo y el calentón se me había olvidado avisar. La expliqué que estaba

en casa de un amigo y que comería con él.

Durante el almuerzo le conté todo e intentó disuadirme, algo que no consiguió. Después, sin

recoger la mesa, Juan y yo follamos como locos durante más de tres horas, hasta que quedé

totalmente exhausto y seco.

—Joder tío, me has reventado el ojal.

—Así me recordarás cuando no esté aquí.

—M e gusta tu polla y como follas. Si que te voy a echar de menos. Rabos como el tuyo son

difíciles de encontrar.

—No creas, hay buenos rabos por ahí y más grandes que el mío.

—Tal vez más grandes sí, pero que además follen como tú, lo dudo.

—Así sólo follo cuando estoy cabreado, de la otra manera soy más tranquilo.

—Tranquilo o cabreado eres buen follador —tocó mi polla y le aparté la mano.

—No, ahora no la toques. La tengo muy resentida. No sé cómo tendrás el culo, pero yo la tengo

hipersensible.

Se rió a carcajadas mientras se levantaba.

—¿Dónde vas?

—A buscar algo para beber y unas toallitas húmedas para calmar a la pequeña.

—Prefiero darme una ducha. Estoy empapado entre tu sudor y el mío —me levanté y me metí

bajo el chorro de agua. Juan entró ofreciéndome una toalla.

—Joder tío, ya la tienes otra vez dura.

—Sí, la hija de puta quiere guerra.

Abrió un cajón del armario que tenía a un lado y me ofreció un condón.

—¡Y tú eres más hijo de puta que ella! Dame ese condón.

—Te lo pondré con la boca.

—Que vicio tienes, cabrón —con el condón ya puesto le incliné contra el lavabo, le separé las

piernas y me lo follé. Comencé con entradas y salidas suaves. M e gustaba sentir las paredes cálidas

de su ano y como se iba adaptando al grosor de mi polla, luego, cuando menos se lo esperaba, la

saqué entera y la metí de golpe comenzando a galopar hasta que me corrí. Dejé caer todo mi cuerpo

de nuevo sobre él. M i corazón latía a un gran ritmo que me hacía sentir vivo, vivo y satisfecho. M e

quité el condón y me duché de nuevo.

—No te vayas. Intentaré buscarte trabajo en mi empresa.

—No, lo tengo decidido. Cuando me instale en M adrid si quieres venir a visitarme algún fin de

semana, serás bienvenido y follaremos hasta que me revientes la polla. Tu culo es una pasada, me

gusta y me hace sentir muy macho.

—¿Sólo me quieres por mi culo?

—Si te soy sincero, sí. Tendré muchos defectos, pero nunca miento.

—¡Eres un cabrón!

—Lo sé, pero a ti te gusta que lo sea. Ahora me tengo que ir, todavía me quedan cosas que

preparar y hablar con el viejo, que no sé como le voy a entrar, aunque pienso que me va a entender

mejor que mi madre.

No habló mientras me dirigía al salón y comenzaba a vestirme. M e puse la camiseta y le besé en

los labios.

—Gracias por todo. Estaremos en contacto. Si te soy sincero, vas a ser de los pocos que

conozcan mi partida. No dejo mucha gente que merezca la pena. La mayoría son unos hipócritas que

solo están con uno cuando no tienen con quien pasar la noche. ¿Sabes una cosa, Juan? M e asquea

todo esto. No me entiendas mal. Follar contigo es un placer. Lo que me asquea es que una parte de la

gente sea infeliz e intenten fingir lo contrario.

—Tal vez sea una forma de protegerse a si mismos, para no sufrir.

—No tío, muchos quieren aparentar lo que no son y eso les hace infelices. Yo ahora no soy feliz,

no tengo nada, mis sueños rotos y lo digo claramente e intento buscar una solución al problema. Pero

existe una mayoría, que en vez de buscar esa solución, putean a los demás.

—De esos temas ya hemos hablado alguna vez y sabes que no estoy de acuerdo contigo.

—Lo sé, por eso eres al único que respeto.

—Sinceramente te deseo lo mejor en tu nueva andadura. Como se suele decir, que los vientos te

sean favorables.

—Gracias y lo dicho, estaremos en contacto y en M adrid serás bien recibido.

—Lo tendré en cuenta.

Salí de la casa con la polla dolorida, los huevos vacíos, los nervios templados y la mente

despejada. Paseé durante una hora aproximadamente sin rumbo fijo, simplemente caminando por el

placer de caminar. Ya no tenía un fin concreto circular por aquellas calles, en dos días estaría fuera de

allí y en ese momento me vino a la cabeza que aún no había sacado el billete, así que camino de casa

paré en la estación de autobuses y compré uno para el viernes a primera hora. Tenía aquel billete en

la mano y aún no sabía dónde me iba a quedar. Saqué el teléfono y llamé a mi amigo.

—Buenas tardes tío, ¿cómo estás? Yo hasta los huevos, me voy para M adrid pasado mañana…

Sí tío, hasta las pelotas de esta ciudad. Aquí no hay futuro… Lo sé… Reconozco que siempre me lo

has dicho y por eso te llamo. Necesito un sitio donde vivir, por lo menos hasta que me centre en la

ciudad y encuentre un curro… Gracias, esperaba escuchar esa propuesta, pero quiero pagar el

alquiler… No, me niego. Si me quedo es con la condición de que te pago alquiler por la habitación…

Por ese precio me quedo toda la vida —me reí—. Salgo de aquí a las seis de la mañana, por lo que

estaré sobre las doce por tu casa ¿Estarás?… Perfecto, pues nos vemos el viernes… Sí cabrón, yo

también tengo ganas de verte… Bueno, eso también… No me hables ahora de follar que se me pone

dura y la tengo reventada… Nada, que me he despedido de un buen colega y hemos estado follando

más de cuatro horas sin parar… Sí, estaba cabreado, pero ya se me ha pasado… Lo dicho, besos y

nos vemos el viernes.

Carlos es uno de los amigos gays que tengo en M adrid y posiblemente el que mejor me entiende.

Siempre me he quedado en su casa, por lo que adaptarme será más fácil. Cada vez que iba, me

lanzaba el mismo sermón:

—Rafa, tienes que venirte a M adrid, no sé qué coño haces aún allí. No tienes ninguna posibilidad

de realizarte y aquí serías tú mismo. En M adrid todos somos anónimos. Nadie nos conoce si no

queremos y vivimos con total independencia y libertad. ¿Qué te ata tanto a esa ciudad? —me

preguntaba.

Por primera vez iba a dar el gran salto, subir un nuevo escalón en la vida y enfrentarme por mí

mismo a todo. En realidad siempre lo había hecho, aunque siempre desde el refugio del nido y eso

mermaba algunas de mis expectativas de futuro. Ahora ya estaba preparado, listo para desplegar las

alas y volar. En la nueva ciudad contaba con amigos y un lugar donde refugiarme cada noche y

descansar.

Con todos estos pensamientos llegué a casa. M i padre estaba sentado en su sillón leyendo el

periódico antes de la cena, con la televisión puesta de fondo. Escuchándola, no viéndola. M i madre

me miró y decidí sentarme en el otro sillón, frente a mi padre.

—Papá tengo que hablar contigo.

Cerró el periódico y me miró.

—¿Qué te ocurre?

—M e voy pasado mañana a M adrid y…

—¿Necesitas dinero?

—No, no es eso. No me voy para un fin de semana, me voy para siempre.

—¿Cómo?

—Verás papá. Llevo unos meses en el paro. Sabes al igual que yo que cada día hay menos

trabajo. M is amigos… ellos ya tienen montado todo su mundo y no encuentro ninguna salida salvo

irme y buscarme la vida, como hiciste tú en su día.

—Te comprendo, pero estás seguro de qué es lo mejor.

—Sí. M i amigo Carlos me alquila una habitación, no quería cobrarme pero yo he insistido.

M adrid ofrece siempre oportunidades de una cosa u otra. Empezaré a trabajar en lo que surja y luego

iré buscando algún puesto relacionado con mi profesión. Pero lo más importante es que me quiero

sentir útil, quiero tener invertidas algunas horas de mi vida en un trabajo. Todo el día le estoy dando

mil vueltas a la cabeza, no dejo de pensar y no encuentro otra solución que salir de aquí.

—Tu madre y yo te ayudaremos en todo lo que necesites. Hazlo, si crees que tienes que irte para

encontrar un lugar en la vida, hazlo. No seré yo quien te lo impida.

—Gracias papá, sabía que lo entenderías.

—Eso sí, cuídate mucho. La gran ciudad es como un lobo, devora al menor descuido.

—Eso no es cierto. Tal vez otra ciudad lo haga, pero M adrid es como una gran madre, sé que me

acogerá.

—Algo más qué quieras que hablemos.

—No —me levanté y le besé en la frente—. Te quiero papá.

—Y yo a ti. Prepara lo que tengas que preparar y enseguida a cenar, que el guiso de tu madre ya

debe de estar casi listo. Lo huelo desde aquí.

M e retiré a mi habitación, abrí el armario y comencé de nuevo a preparar la maleta.

Como en un sueño, salté de una ciudad a otra. Como en un instante, pasé de una casa a la otra.

Como una ráfaga de aire fresco, cambié una familia por otra, mi familia de sangre por la que formaban

aquellos amigos.

Carlos me recibió con los brazos abiertos y aquella primera noche me ofreció algo más. En

realidad, los dos primeros meses sólo utilicé mi habitación para cambiarme de ropa y poco más.

Dormíamos juntos.

Su habitación era enorme. Un armario empotrado ocupaba toda la pared frente a la cama y en el

centro de éste se encontraba una televisión de cuarenta pulgadas, además de un magnífico equipo de

música y el ordenador. El resto lo componía la cama de dos metros por dos metros, dos mesillas de

diseño y un sinfonier de ocho cajones. M e sentía muy cómodo en aquella habitación y Carlos

resultaba un tío cojonudo en todos los sentidos.

A él siempre le decía que no follábamos, que hacíamos el amor. Sí, con él era distinto. Se

entregaba con tal pasión y con ese punto de romanticismo que me envolvía. Aunque en ocasiones, le

encantaba el sexo cañero. Decía que yo le hacía disfrutar mucho, porque según él, también tenía ese

punto que le hacía volverse salvaje.

Recuerdo aquella noche mientras descansábamos, él tumbado sobre mi pecho, acariciando el pelo

de mi torso y mirándome con cara de niño bueno.

—M e alegro que estés aquí. Siempre nos hemos llevado muy bien y, sinceramente, necesitaba la

presencia de un macho en casa.

—M acho contra macho, ya te vale.

—Es cierto. Los fines de semana que venías, luego me sentía muy sólo. Tú llenas la casa con tu

presencia. Tienes una energía muy fuerte y creo que sólo conmigo te abres de verdad.

—El que se abre y muy bien eres tú.

—No seas cabrón, estoy hablando muy en serio.

—Lo sé. Tú eres el único que me conoce y sabe que me pongo una coraza ante los demás.

Contigo no puedo, eres un gran tipo y además mi confidente.

—Y tu mejor amante.

—Eso también. M e vuelve loco tu culo. Te estaría haciendo el amor todo el día.

—Eso ha sonado fatal. Por una parte ha salido el Rafa sexual y por otra el romántico. Al final vas

a terminar loco.

—Todos tenemos un punto de locura, tío ¿Tú crees qué si no estuviéramos un poco locos,

podríamos sobrevivir en esta sociedad?

—Tal vez no.

—Te lo aseguro amigo. Los cuerdos no sobreviven, si es que existe alguno —dije acariciando su

cabello—. ¿Cuándo piensas cortarte el pelo?

—Cuando te afeites el pecho.

—Estás loco. El pelo de mi pecho me da masculinidad, además es suave y está muy pegadito a la

piel. M e hace muy macho.

—Tienes un cuerpo perfecto y afeitado marcarías todos los músculos.

—Deja tranquilos mis músculos, si tienen que estar ocultos por el pelo, que lo estén, pero esta

cabecita estaría mejor rapada. Eres un tipo muy guapo y tienes una forma de cabeza muy bonita.

—¿M e estás tirando los tejos?

—No. Sabes que soy muy sincero. Estarías mucho más guapo con la cabeza rapada. Como lo

llevo yo. Queda muy varonil.

Se incorporó y se sentó sobre mi polla. Se tocó el pelo y me miró.

—¿Por qué no? Rápame.

—¿Estás convencido? Levántate y mírate al espejo del armario y piénsalo unos minutos.

M e obedeció y se colocó frente al espejo. En aquel momento sólo pensé en lo bueno que estaba el

cabrón y aún sin pareja. M e la ponía muy dura cada vez que lo veía desnudo y sobre todo cuando me

besaba. Es un buen macho y en cambio, está cargado de miedos y fantasmas.

M ide cerca del metro ochenta. Su cuerpo está muy bien formado, sin vello corporal, de piernas y

brazos bien torneados y con los pectorales cuadrados donde destacan sus pequeños y sonrosados

pezones y los abdominales, la envidia de todos. En su rostro se dibuja la masculinidad y la inocencia

por igual. Los ojos almendrados y de un tono marrón claro, la boca carnosa y la mandíbula fuerte. Sus

nalgas, mi debilidad personal: redondas y muy duras. Su polla es algo pequeña, unos doce

centímetros y delgada, pero al igual que el resto de su piel: fina y de un color muy claro. Su vello

púbico rizado y muy negro como el de la cabeza y los sobacos.

Carlos apareció en mi vida una noche que salí sólo. Aquel fin de semana lo estaba pasando en

casa de una amiga y ella esa noche no salió, por lo que decidí ir a Chueca. No me encontré a ningún

conocido. Todos habían huido de M adrid en aquel puente de la Constitución. Entré en el café La

Troje de la calle Pelayo. M e senté en una mesa y pedí un cubata de ron. Cuando el camarero se fue,

me fije que enfrente había un chico leyendo la revista Odisea y en la mesa reposaba un vaso y un

cigarrillo humeando en el cenicero. M e resultó muy guapo. Llevaba una camisa blanca muy ceñida al

cuerpo y abiertos los dos primeros botones y por lo que pude ver, unos tejanos también ajustados.

Su cabello negro en media melena ondulada caía hasta los hombros y una tez muy blanca que

contrastaba con sus ojos. M e miró y sonrió, le devolví la sonrisa y permanecí observándole durante

un largo tiempo. Luego me dije que por qué no y me levanté dirigiéndome hacia él.

—Hola, perdona mi atrevimiento. He estado viendo que estás solo y yo también. ¿Te apetece

compañía?

—Sí. La verdad que estaba a punto de irme a casa. Hoy no hay nadie en la ciudad.

—Está llena pero de gente de fuera como yo.

—¿No eres de M adrid?

—No, pero eso que importa. Yo estoy solo, tú estás solo y si te apetece nos podemos conocer.

—Perfecto. Pero si te parece bien, podemos ir a otro sitio. Tengo el culo planchado de estar aquí

sentado —se levantó y me fijé en sus nalgas bien apretadas por el pantalón.

—Pues no me quiero imaginar cuando ese culo no está planchado. Disculpa, pero no lo he podido

evitar.

Se rió y pagamos las consumiciones. Salimos fuera y un aire helado nos azotó la cara.

—¡Joder que frío hace! —comentó mientras se abrochaba el chaquetón.

—El normal para estas fechas. Estamos en diciembre.

—No soporto el frío, me deja atenazado —me miró—. Te propongo algo. Vivo muy cerca de

aquí. ¿Qué te parece si nos vamos a mi casa y vemos una película mientras nos tomamos un cubata?

—¿Es una proposición?

—No te estoy proponiendo tener sexo. Tengo frío pero me apetece estar acompañado. Lo mismo

podemos tomar una copa en un bar que en mi casa y en vez de estar escuchando el ruido infernal de

una música que no se disfruta, podemos ver una buena película.

—Acepto. No se hable más. Rumbo a esa casa calentita en busca de una buena película. Podemos

parar en una tienda de 24 horas y comprar unas palomitas. M e encanta ver una película con

palomitas.

—Estás loco. Decididamente loco.

—Sí. ¡Viva la locura controlada!

Y el plan resultó todo un éxito. El piso de Carlos es muy acogedor. Tiene dos habitaciones. La

suya que es muy amplia, como ya he descrito, y la otra más pequeña con una cama individual, un

armario de dos puertas, una mesilla y una mesa escritorio. El salón comedor da a la cocina americana

y luego el amplio baño con todo lo necesario.

Lo primero que sentí al entrar fue el calor.

—¡Uf! Aquí parece que estamos en verano.

—Sí. Ya te he dicho que me gusta el calor y no me importa lo que tenga que gastar en calefacción

—dijo mientras se quitaba el chaquetón y la camisa—. Espero que no te moleste si me libero de algo

de ropa.

—Joder, como para no quitarse ropa. Es como estar en una sauna —me reí—. Si no te importa,

yo también me pondré cómodo.

—Como si estuvieras en tu casa —se dirigió a la habitación y volvió en slip con las zapatillas

puestas y otras en la mano.

—Toma, por si te las quieres poner.

—Sí, me acomodaré como tú. ¿Dónde puedo dejar la ropa?

—En esa habitación.

M ientras me dirigía a ella no puede dejar de observar el cuerpo de Carlos. Estaba realmente bueno

y su culo era toda una tentación. M e quedé con el pantalón puesto porque tenía una fuerte erección.

Se sonrió al verme con el pantalón.

—No seas tímido, si te quieres quitar el pantalón lo puedes hacer sin problemas. Ya te he dicho

que te he invitado a ver una película.

—Si me quito el pantalón… —me sonreí mirando al paquete—. M i hermana se ha despertado

cuando te ha visto con ese slip blanco que… M ejor no pensar en ello, que se vuelva a dormir.

—Está bien —se rió—. ¿Qué tipo de cine te gusta? O mejor dicho, elige en esa estantería

mientras preparo los cubatas.

—A mí, si tienes, ponme uno de…

—Ron, ya lo sé. M e di cuenta cuando te lo servían.

—Joder tío, cuantas películas tienes.

—M e gusta mucho el cine. Están clasificadas por géneros.

—Ya me doy cuenta. La verdad que me apetece una porno.

—Esas están en el estante de abajo, en el cajón de la derecha. Pero… ¿Crees qué es adecuada una

película de esas?

—Sí.

—Terminaremos follando.

—¿Algún problema?

—No, ninguno. ¿Qué te ha hecho cambiar de opinión? Hace unos segundos no te querías quitar el

pantalón porque la tenías dura y ahora…

—No sé, tío. Pero me siento cómodo contigo y echar un polvo sí que me apetece —me quité los

pantalones y los dejé caer en el sofá. Carlos se quedó mirándome el paquete mientras me daba el

cubata.

—¡Joder lo que gastas! Espero que ese bulto sea porque está dura.

—No, ya no lo está. M ira, —y me bajé por unos segundos los gayumbos— se ha dormido, pero

a tu lado se volverá a despertar enseguida.

—Buena polla cabrón ¿Cuánto te mide?

—Unos veintisiete centímetros —se la tocó antes de subirse los gayumbos—. Es la joya de la

corona —sonrió mientras la ocultaba de nuevo y cogía una de las películas—. Quiero ver esta película

«Sementales en la universidad» parece que salen tíos muy buenos.

—Es una de mis favoritas, me he pajeado tantas veces con ella que me la sé de memoria.

—¿Dónde tienes el DVD?

—Si quieres podemos verla en la habitación, la televisión es más grande.

—Sí. M ejor. Faltan las palomitas.

—Ve colocando la película en el DVD, está debajo de la televisión. Ahora voy.

Entré en la habitación, coloqué la película y dejé sólo encendida la luz de la lámpara de pie. Carlos

entró con el recipiente de palomitas y el cubata. Lo colocó todo en la mesilla de la derecha y yo puse

el mío en la otra y me tiré encima de la cama. M e acomodé colocando los amplios cojines que había

sobre la almohada y Carlos hizo lo mismo. Entre los dos puso las palomitas.

La película enseguida me la puso dura. Seis chicos se duchaban en el vestuario de un gimnasio, así

empezaba la película.

—Se ha despertado —me comentó riendo Carlos.

—Sí —me quité el slip—. Ahora sí está en acción.

—¡Hostias tío! ¡Qué rabazo! Eso mide más de veintisiete centímetros y que gorda.

—Pues toda tuya.

No hizo falta decirle más, quitó las palomitas y las colocó en el suelo. Se lanzó hacia ella y me la

devoró.

—Joder, como la mamas, que boca más caliente.

No dijo nada, siguió mamando mientras comencé acariciando su espalda. Fui buscando la postura

hasta meter la mano dentro su slip. Dejó de mamarla por un rato y se lo quitó.

—Ponte encima de mí y dame ese culo.

M e ofreció sus nalgas, redondas, duras y jugosas. Las acaricié mientras él seguía mamando, las

separé e introduje mi lengua en su culo. Olía muy bien, estaba muy limpio y mi lengua comenzó a

jugar alrededor de su ano. Apretó con fuerza mi polla con sus labios, lo que me hizo suponer que le

gustaba y me dediqué por completo a complacer aquel agujero. Su ano se fue abriendo poco a poco

por las caricias de mi lengua y mis dedos que fueron lentamente relajando toda la zona. M etí la mano

entre sus piernas y le toqué su polla que estaba muy dura. Le giré, me apetecía un buen 69 con él y

así lo hicimos durante un largo rato. Luego él dejó de mamar y se levantó, abrió uno de los cajones del

sinfonier y sacó una caja de condones. Volvió a la cama, se sentó encima de mi polla mientras abría

uno de ellos y luego me lo colocó. La agarró con fuerza y la fue introduciendo en su culo, poco a

poco. En su cara se dibujaba una expresión entre placer y dolor.

—Si te duele, no tenemos porque follar.

—Nunca me he metido nada tan grande, pero la deseo. Tío, me pones muy bruto y este rabo lo

quiero entero dentro —me relajé y dejé que lo hiciera él. Si conseguía meterla y relajarse, sabía que

íbamos a disfrutar. El muy cabrón tenía un hermoso culo, bueno, tenía y tiene. Poco a poco fue

entrando más y más y su cara cambió de expresión, ahora sonreía y a mí, el calor de las paredes de su

ano, me hacía estremecer.

—Ya está. Toda dentro.

—Sí —sonreí—, ahora noto el calor de las nalgas, de tus hermosas nalgas.

—Empecemos a disfrutar —comenzó a cabalgar suavemente y poco a poco aumentó el ritmo y

yo me empecé a poner muy cachondo. Cuando consideré que su ano estaba ya adaptado a mi polla

empecé a controlar la situación. La saqué y le tumbé boca arriba, le abrí las piernas y dejé que fuera

entrando ella sola. Cuando mi pubis tocó su piel empecé a envestirle con fuerza. No dijo nada, de vez

en cuando se mordía los labios pero luego sonreía—. Sí, así —susurraba— dale más fuerte, como si te

fuera la vida en ello —aquellas palabras me calentaron como a un toro en celo y las embestidas

variaban según la postura que adoptábamos. M e corrí y él también y sin descansar volví a penetrarlo

y volvimos a gozar hasta el punto de corrernos de nuevo, pero no deseaba terminar y seguí follando.

—Para por favor. Deja que me recupere. M e duele.

—Disculpa —la saqué suavemente y suspiró cuando sintió su ano libre de mi polla.

—Hostias tío, eres demasiado fogoso. ¿No tienes límite?

—Cuando un tío se entrega no y cuando alguien tiene el culo que tú tienes, mi rabo no quiere

salir.

—No te preocupes, lo tendrás todo el fin de semana si quieres. Tú también me gustas y eres un

tipo muy caliente.

M e quité el condón y me fui a duchar. Él me siguió y entró en la ducha conmigo. Nos acariciamos

y nos enjabonamos el uno al otro. M i rabo se volvió a poner duro y me la bajó con una buena

mamada. Salimos, nos secamos y volvimos a la habitación. Al pasar frente al espejo del armario me

reflejé en él y me detuve unos instantes.

—Estás muy bueno tío —me dijo.

Observé mi cuerpo: M i casi metro noventa, mi fuerte musculatura, el vello suave y pegado al

cuerpo me daban la apariencia del macho que era. Las piernas y brazos también los tenía bien

proporcionados y lo mejor: la polla. Una polla grande, gorda, con un glande que imitaba

perfectamente a la punta de una flecha y circuncidada, de piel fina y algo morena como el resto de mi

cuerpo. Las venas ahora apenas se veían, pero cuando se ponía bruta, se hinchaban de tal manera que

parecía iban a estallar de un momento a otro. El pubis siempre recortado y muy negro. En mi rostro

destacaban los ojos verdes, herencia de mi madre, los labios carnosos y fuertes, la barba de diez días

y mi cabeza rapada. Algunos amigos me decían que parecía un marine.

Carlos me abrazó por detrás acariciando suavemente mi pecho con las manos y bajando poco a

poco hasta coger mi rabo. No se levantó y la acarició. Por el espejo contemplé como sonreía.

—Te gusta, ¿verdad?

—Es increíble. Nunca había tenido una polla tan grande entre mis manos y creo que mide más de

lo que dices.

—Tal vez. Una vez me la medí en reposo y resultaron veintisiete centímetros.

—Pues un día la tienes que medir dura. Estoy seguro que sobrepasa los treinta.

—Que más da tres centímetros arriba o abajo.

—En tu rabo tal vez no, a mí me gustaría que la mía midiera más.

—La tuya me gusta. No disfruto mamando pollas grandes. Así que la tuya es perfecta para mi

boca.

—M e alegro. ¿Dormimos un poco? —me preguntó.

—Sí, te abrazaré mientras lo hacemos.

Nos tumbamos. Se colocó de lado y yo me pegué a su espalda. Sintió mi polla dura pegada al

culo.

—¿Pero esa cabrona no descansa nunca?

—No cuando está a gusto y yo también lo estoy. M e siento bien contigo y acabamos de

conocernos.

—Durmamos.

—Sí —le abracé y acaricié su torso mientras los dos nos dejamos llevar por el sueño.

Al día siguiente recogí la maleta de casa de mi amiga y me fui a la de Carlos. Pasamos todos los

días en casa. Sólo salíamos para comprar algo o dar una vuelta y despejar la mente y descansar un

poco de tanto sexo. Desde entonces, cada fin de semana que iba a M adrid me quedaba en su casa y

aunque algunas noches salíamos por separado, siempre terminábamos follando, aunque al final,

nuestra forma de tener sexo, cobró una dimensión distinta. No era como follar con otros, como ya

dije, en nuestra forma de hacer sexo, entraron los sentimientos y me gustaba aquella sensación. Sólo

con él y en su casa, mi coraza caía al mismo tiempo que la ropa. Junto a él me desnudaba en cuerpo y

alma, porque él me daba esa confianza. Nuestra confidencialidad creó unos fuertes lazos de amistad.

Ahora lo tenía aquí desnudo, frente al espejo, dudando si le rapaba la cabeza o no. M e miró y

sonrió.

—Saca la máquina y déjame la cabeza como la tuya. Espero que me quede igual de bien que a ti.

—Estarás más guapo que yo, te lo aseguro —me levanté y fui a por la maquinilla. Nos fuimos al

cuarto de baño y se sentó en una silla frente al espejo—. No, levántate —me obedeció y giré la silla

hacia mí—. Ahora siéntate.

—Quiero ver como cae el pelo.

—No, no quiero que veas el resultado.

—Con tu polla frente a mí, no sé si podré relajarme.

—Si quieres me pongo el bóxer.

—Era broma. M e gusta verte desnudo —cogió mi polla y la besó—. Ya estoy preparado.

Tomé las tijeras que tenía sobre un estante y comencé a cortarle el pelo. Carlos iba cogiendo

algunos mechones mientras caían por su cuerpo desnudo. M e miraba y sonreía:

—Vas a quedar muy bien tío. Tienes una bonita cabeza.

—Eso espero y si no que más da, el pelo vuelve a crecer.

—Cuando te acostumbres no querrás volver a tener melena. Es mucho más cómodo y sexy.

El pelo seguía cayendo y cubría parte de su piel y el suelo. Cuando estuvo lo suficientemente

corto encendí la máquina:

—¿Preparado?

—Adelante. Hazme un tío sexy.

—Ya lo eres. Ahora te haré irresistible.

—Adelante —cerró los ojos y se agarró a mis caderas. Aquel gesto me hizo gracia y la máquina

liberó poco a poco el pelo que quedaba en su cabeza. En unos segundos una marca suave negra y

aterciopelada mostraba la nueva imagen de Carlos.

—Levántate, pero no te gires todavía —cogí una toalla y le quité todo el pelo de la cara y del

cuerpo—. Cierra los ojos —lo hizo y le giré. M e abracé a él y le mandé abrirlos—. Ahora, ábrelos.

Nunca podré olvidar la expresión y la belleza de su rostro. M e cautivó más que aquella primera

vez.

—M e siento extraño, pero… —se tocó la cabeza—. Está muy suave y…

—Estás más guapo de lo que pensaba —le giré y besé sus labios suavemente—. Vas a romper

corazones.

—Gracias. Tenías razón, estoy más guapo así. M ás que tú.

—No te pases y dúchate. Tienes pelos por todo el cuerpo.

—Recojamos primero todo esto y luego nos duchamos juntos. Tú también estás lleno de pelos.

Así lo hicimos y desde aquel día, siempre que teníamos que ducharnos lo hacíamos juntos. No era

cuestión de sexo, ni de sentir nuestras pieles, ni de morbo, ni de nada que se le pareciera, para eso ya

teníamos la cama y otros lugares. Ducharnos juntos se había convertido en un ritual de amistad, de

compartir, de entrega. Algo muy personal entre los dos, que tal vez sea difícil de explicar. Creo que

muy rara vez hacíamos el amor bajo la ducha, pero en cambio, esos momentos se volvieron tan

importantes como comer, beber, reír o compartir nuestros devaneos amorosos.

En casa siempre estábamos desnudos. En invierno por la calefacción y en verano por el

bochornoso calor que en M adrid siempre hace. Además, entre nosotros no había nada que ocultar.

Todo lo teníamos muy claro y compartíamos muchas aficiones, como correr todas las tardes después

del trabajo. Aunque la cocina resultó ser nuestra verdadera pasión. A los dos nos encantaba descubrir

y preparar nuevos platos, nuevos sabores y sobre todo, nuevas salsas. Nos relajaba llegar a casa,

quitarnos la ropa, darnos una ducha y meternos en la cocina sin prisas. El sexo siguió siendo algo

importante entre los dos, pero ya no era como al principio, no se me ponía dura al verle el culo; pero

seguíamos teniendo nuestras largas sesiones de sexo. Algunas noches de fin de semana no dormíamos

hasta bien entrada la mañana. Pero la rutina, como siempre ocurre, aunque con sorpresas continuas,

se hizo latente en la casa. Éramos una pareja sin serlo y aquella casa se convirtió en mi verdadero

hogar.

Al mes de estar allí, encontré trabajo en unos grandes almacenes como supervisor de la sección de

electrodomésticos. En ello influyó Carlos que siempre ha tenido muy buenas amistades y en aquella

sección me sentía muy cómodo. El equipo lo formábamos ocho personas, siete chicos y el jefe. Éste

tenía dos años más que yo y al poco de estar allí, un día, mientras me cambiaba el traje por mi ropa

de calle, entró en el vestuario. No había nadie más, los demás se habían ido y yo me retrasé porque

tuve que cerrar caja, pues el encargado estaba enfermo. Entró, me vio en gayumbos y me sonrió. M e

comporté con total naturalidad y él se acercó.

—Ahora entiendo porqué Carlos y tú sois tan buenos amigos.

—No entiendo.

—Tienes un buen paquete y a mí también me gustaría probarlo.

Le toqué el culo. Lo tenía firme y duro.

—Pues este culo se merece un buen polvo, hasta dejarlo satisfecho.

—Es difícil dejarme satisfecho. Nadie lo ha hecho hasta la fecha.

—¿Cuántas veces quieres que me corra sin sacarla?

—No creo que aguantes más de dos.

—M e infravaloras. M e puedo correr en tu culo cuatro veces sin sacarla y si quieres que sea a

pelo, me presentas los papeles recientes de tu analítica, que yo también te mostraré los míos.

—¡Perfecto! El viernes cuando salgamos te invito a cenar y luego me demuestras lo que sabes

hacer con… —me agarró la polla fuertemente— este rabo.

M e bajó los gayumbos y se arrodilló mamándomela hasta que me corrí en su boca. Le avisé que

estaba a punto, pero no quiso hacer caso y descargué todo dentro. Se levantó y se limpio los labios

con su mano.

—Tiene buen sabor tu leche y si me lo he tragado es por lo que has dicho. Yo estoy sano.

Follaremos a pelo, quiero que sientas el calor de mi culo y ver si eres capaz de correrte cuatro veces

sin sacarla.

—Prepara bien ese culo para pasado mañana. Vas a saber lo que es una buena polla.

—Si quieres puede venir Carlos. Él y yo ya hemos follado alguna vez juntos.

—Se lo diré. M e da mucho morbo estar con los dos a la vez.

Al llegar a casa se lo comenté a Carlos y se rió a carcajadas.

—Será cabrón el Robert. Éste hijo de puta quiere follarme a mí mientras tú te lo follas a él.

—M e gustaría ver cómo te lo follas tú mientras me la mama a mí. M e daría morbo ver como tu

rabo le da placer a ese vicioso.

—No sabes bien lo vicioso que es. En una ocasión me invitó a una orgía. M e obligó a vestirme de

cuero. Ese era el código. Seríamos unos treinta tíos y más de la mitad eran activos. En un momento

determinado se colocó encima de una mesa acomodándose bien y pidió a todos los activos que le

follaran.

—¿Le follaron todos?

—Todos y no era meter y sacar, no. Cada uno le folló un buen rato. Es insaciable.

—No sabía que tenías ropa leather.

—No, no la tengo, me la prestó él. Le va mucho el mundo leather. Si la tuviera ya la hubieras

visto bobo. Conoces cada prenda que tengo.

—Ya, pero algún secreto me podías esconder.

—No, de mí lo sabes todo. Sabes más cosas de mí que mi propia madre.

—¿Qué te parece si nos arreglamos y salimos a cenar? Hoy me apetece sentarme en una mesa y

que nos sirvan a cuerpo de rey.

—Bien. M ira por donde hoy estaba un poco perezoso para cocinar.

—¡¿Tú?! No me lo puedo creer. A mí siempre me ha gustado cocinar como ya sabes, pero tú

despertaste ese duende que tenía dormido. Cambiémonos de ropa y salgamos.

—¿Para qué? Tú vas bien así y yo creo que también.

—Uf, que perezoso te veo —me reí—. M ira que esta noche, después de lo que me ha dicho mi

jefe, tenía ganas de una buena sesión de…

—Para eso no estoy vago. Sentirte a ti, me hace despertar.

—Pues cenemos bien y volvamos para bajar la cena. El sexo es el mejor de los ejercicios y además

nos relaja para tener un buen descanso.

Salimos y elegimos un restaurante que a los dos nos gustaba. Preparaban platos muy sofisticados

tanto en sus ingredientes como en la presentación y los camareros ya nos conocían. Uno de ellos nos

servía siempre. Estábamos convencidos que era gay y su culo me la ponía muy dura siempre que nos

tomaba nota. Carlos se reía porque decía que se me notaba mucho.

—Le podemos invitar un día cuando salga de currar.

—No creo. Ese tío tendrá pareja y seguro que no le deja ni a sol ni a sombra. Es un buen elemento

para tenerlo sujeto.

—Eso me ha dolido.

—¿Por qué? Si tú fueras mi pareja, te aseguro que no salías de casa. Somos buenos amigos,

tenemos buen sexo, nos llevamos de puta madre. No somos pareja, pero en eso sí que soy celoso…

Si algún día se lo dices a alguien, lo negaré. Tengo mi reputación de hombre duro.

—Eres un cabrón y lo sabes. ¿Por qué pones esa coraza?

—Porque nadie más que tú, se merece que me la quite. Todos son unos putos de mierda que lo

que buscan es una polla que les dé placer y luego si te he visto no me acuerdo. Paso Carlos. No tengo

la menor intención de dar confianza a nadie. Les daré a todos lo que buscan y disfrutaré con ello.

—Sabes que yo no opino así.

—Sí, lo sé y… ¿Qué has ganado? Te han roto el corazón un montón de veces. Yo no pienso tener

heridas en mi corazón por alguien que no se lo merece.

—Nunca sabrás si alguien se merece lo que buscas si no le das una oportunidad.

—Carlos, a ti te conocí y ya pensaba así. Descubrí como eras y…

—Sí, me siento un privilegiado.

—No, el privilegiado soy yo de haber encontrado un tío tan íntegro como tú. No te confundas.

Tú eres de la especie que merece la pena encontrarse en la vida, pero como tú hay muy pocos.

—¿Qué me dices de ti?

—¡Yo soy un cabrón! Un cabrón que le encanta follar, menos contigo.

El camarero se acercó con la ensalada de pasta y marisco, sonriendo.

—Tiene buena pinta.

—Es nuestra mejor ensalada.

—M e refería a lo que debe esconderse bajo ese pantalón.

El camarero se sonrojó y sonrío:

—Gracias —dijo retirándose y Carlos me miró.

—¿Qué pasa?

—No me lo puedo creer.

—Ya está. Confirmado que es gay.

—Eres un cabrón.

—Sí, lo soy. Y el peor de los cabrones. Comamos que esto es afrodisíaco.

—¡Qué peligro!

—¿Por qué?

—Tú no necesitas nada que sea afrodisíaco.

M e reí y comenzamos a comer. Le serví un vaso de vino rosado y otro para mí y el camarero nos

acercó los dos platos que habíamos pedido.

—Estaba pensando que estas Navidades iré por casa unos días, pero me apetecería para

Nochevieja, que tengo tres días libres, ir a París, Londres o alguna ciudad así.

—No estaría mal para salir de la rutina.

—Si te animas, miro en la agencia de viajes y veo donde podemos ir.

—Por mí sí. Nochebuena ceno con mis padres, pero luego ya paso de estar en familia, siempre

me he venido a M adrid el resto de esos días. A mí aún me queda una semana de vacaciones y la

puedo pedir para esas fechas.

—No hablemos más entonces. M añana miro en la agencia y nos largamos tres días por ahí.

Quiero culturizarme un poco.

—Ya imagino que clase de cultura buscas.

—Qué poco me conoces todavía. Si nos vamos a un viaje así, no busco machos para follar. Para

eso te tengo a ti, que en la cama es con quien mejor me encuentro y por el contrario, me gusta

descubrir nuevas ciudades, y aunque te parezca mentira, aún no conozco ni París ni Londres.

—Creo que te gustará más París.

—La putada es que no sé francés.

—Por eso sin problemas, ya sabes que yo sí.

—Claro y yo perdido como un pato en el M anzanares sin saber de qué coño hablas con la gente.

—Cuando vayamos a Londres, que también tengo ganas de volver, serás tú el que me guíe.

—Vale, en Navidad a París y en Semana Santa a Londres.

—¿Y en verano?

—En verano quiero un lugar donde follemos los dos como cabrones. El verano es para eso, para

estar todo el día en pelotas follando a saco con unos y con otros.

—Tienes por cerebro una polla.

—No. Pregúntale a mi jefe como trabajo. Es verdad que hablo mucho de sexo y me gusta mucho

follar, pero cuando hay que ser serio lo soy.

—Lo sé. Era broma.

—¿Tomamos postre?

—No. El postre lo tomamos en la cama. Hoy tengo ganas de ti. Quiero disfrutar de una buena

sesión contigo.

—Yo también cabrón. Hoy no voy a parar hasta vaciarte. M e pones mucho cuando te corres

encima de mí y me inundas. Nunca he visto un tío que tenga tanta leche en los huevos.

—Para dejarme seco me tendría que correr por lo menos cuatro veces.

—¿Eso es un reto?

—No —sonrió—. Hasta el momento sólo lo han conseguido dos tíos.

—¡Qué mal!

—Pues uno de ellos has sido tú, así que…

—Bien, me has retado. Te juro que esta noche te voy a dejar seco.

—Ya me gustaría ser tú —comentó el camarero al que no le habíamos visto llegar.

—Pues nada tío, cuando quieras te vienes un día con nosotros, aunque no sé si a tu pareja le

gustará.

—Por ahora no tengo pareja, ni intención de tenerla. No creo en la pareja.

—Ya somos dos.

—¿Os sirvo algo más?

—No, tráenos la cuenta.

—Joder, qué corte —comentó Carlos—. No le he visto llegar.

—Yo tampoco, pero bueno, ya lo tenemos para pasar un buen rato un día de estos.

—Te quiere a ti, no a mí.

—Éste será para los dos, te lo aseguro. Esa polla tuya tiene que probar ese culo, que promete

mucho.

—Está bien. ¿Cuándo me vas a dejar probar el tuyo?

—No nene, no. M i culo está muy cerrado.

—Como el de todos hasta que deja de estarlo y la mía no hará daño.

El camarero se acercó con la cuenta dentro de una carpeta. La abrí y al sacarla salió también un

papel con su nombre y su teléfono. Le sonreí, lo guardé en la cartera y puse el dinero en la carpeta de

piel.

—Quédate con la vuelta y gracias por todo. Te llamaremos.

—Espero vuestra llamada.

Salimos y desplegué el papel. Además de su nombre y el teléfono estaba el horario y su día libre.

—Parece que está interesado en conocernos —sonreí—. Y la verdad que está muy bueno para un

buen rato.

—Por supuesto. Desde que escuchó nuestra conversación, no dejó de mirar hacia nuestra mesa.

—Bueno, nosotros a casita que aún tenemos que tomar el postre.

—No puedo contigo.

—Ven aquí —le agarré por el cuello y lo pegué a mí—. Sabes que eres el único que conoce mis

secretos y como soy en realidad. Junto a ti me siento muy bien y eso es lo que importa.

—Vale. Vamos a casa.

CAPÍTULO II

Por fin había llegado a Chueca, bajé por la calle Pelayo y llamé al timbre del Eagle. Allí dentro, desde

que me admitieron por primera vez, pasaba los mejores momentos de sexo y con el morbo siempre

asegurado. Como era habitual, Pedro me abrió la puerta y sonrió. Le saludé con un beso en los labios,

como si se tratase de una contraseña. M antuvimos una corta conversación, le toqué el culo y entré.

Pedro es un tío que vestido de cuero da la sensación de ser un tipo muy duro; pero cuando le

conoces descubres a una persona muy distinta. Organiza muy bien las sesiones de los viernes,

siempre con un morbo diferente y la gente confiando en él. Sabía muy bien a quien dejar entrar o no y

tenías que ganarte su confianza que, sinceramente a mí, me resultó muy fácil. Viste siempre con

chaleco, unos chaps de cuero negro y suspensorio. Los pezones atravesados uno por un grueso aro y

el otro por una barra. En la nariz también lleva otro aro. Sus botas militares completan su atuendo.

Ya dentro saludé a algún conocido, pedí mi cerveza y me senté en uno de los taburetes de la

primera barra. Nada más entrar en el Eagle te encuentras una primera barra, la más tranquila, donde la

gente suele conversar. El segundo espacio, tras una cortina de cuero negro, crea un ambiente más

morboso. Al frente te encuentras unas escaleras que suben a los baños y a la zona más oscura, luego

sigue un banco y a la izquierda, una cruz de castigo donde de vez en cuando alguno de los asistentes

se deja atar. En el techo cuelga una gran barra con cuerdas y cadenas que sirven para el bondage entre

otras prácticas. Subiendo las escaleras, la luz se vuelve más tenue y sólo unas bombillas rojas

iluminan una especie de andamio y un banco de metal al fondo cubierto de telas negras. A la izquierda

y resguardado también entre barras de metal y cuero negro está el sling. Las paredes son negras al

igual que el suelo donde se crea una atmósfera muy especial, que en un principio puede provocar

sensación de claustrofobia, aunque la verdad, siempre me he sentido como en mi segunda casa.

Allí sentado, tomando la cerveza y mirando como Pedro disfrutaba mientras le retorcían los

huevos, me vino a la memoria la primera vez que intenté entrar. No me dejó, me miró de arriba abajo

y me dijo: «No, lo siento, así no puedes entrar». M e largué de muy mala hostia, porque aquel lugar

me provocaba y deseaba conocerlo. La segunda vez me volvió a mirar y me dijo: «Pasas si te

desnudas». La noche era muy fría y no me dio la gana y me fui de nuevo cabreado, a la tercera dicen

que va la vencida y me volvió a proponer ponerme en bolas y acepté. Entré, me despeloté y cuando

me vio la polla me la cogió y me dijo:

—Joder tío, con este rabo vas a triunfar esta noche.

Tenía razón, aquella noche acabé con la polla rota. M uchos de los presentes estaban en pelotas y