Ligando hombres por Garrank - muestra HTML

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amigo —me levanté de la silla, saqué dinero y lo dejé sobre la mesa—. La cena estaba siendo muy

agradable, pero veo que tú hoy no tienes el día o tal vez seas así y yo estaba equivocado.

—El chico se pone celoso —continuó hablando mientras me seguía retando con la mirada—. Deja

que él decida, tal vez…

—Eres un imbécil —le interrumpí—. Yo me voy —miré a Andrés—, ¿vienes?

—Claro. Por educación me abstengo de comentarios, pero…

—No merece la pena —le interrumpí—. Vamos que la noche está para disfrutarla, tal y como

habíamos planeado. Carlos, como siempre es un placer verte y recuerda que te quiero un montón.

—Lo sé —comentó tímidamente, cortado por la situación. No dijo más y me cabreó irme de

aquella manera por él, no se lo merecía.

Salimos. Estaba encendido y con el deseo de haber hostiado al muy cabrón y hacerle saltar los

dientes uno a uno, borrando aquella sonrisa de chulo barriobajero. Ya en la puerta tomé aliento y

respiré profundamente varias veces. Andrés me miraba con gesto triste.

—Lo siento.

—Tú no tienes nada que sentir —le abracé—. Tú eres un gran tipo. Si yo hubiera estado en tu

pellejo, te juro que le rompo la cara; en cambio has estado sereno y tranquilo.

—No creas —sonrió—, si no te hubieras levantado, le hubiera estrellado el plato en la cara.

Nunca me habían insultado de esa forma.

—El que lo siento soy yo, por haber aceptado la cena.

—Deja de preocuparte —me besó suavemente los labios—. M e prometiste ir a bailar.

—Gracias nene. Vamos a bailar y a sacar toda la adrenalina que se ha acumulado en mi interior.

—Y en el mío. Aunque no sé… Sabiendo que estás cabreado… —me miró con cara de picarón.

—¡Qué cabrón eres! —le agarré por el cuello y comenzamos a andar—. Este cabreo no me la ha

puesto dura, ni me han entrado ganas de follar. Te ha ofendido y eso me ha dolido.

—Si te digo la verdad, me gusta.

—¿El qué?

—Es como si te hubieras puesto celoso.

—No digas tonterías. El vino se te ha subido a la cabeza. Vamos a bailar.

Paseamos por aquellas calles. Decidí finalmente ir a The Angel. Sabía que a Carlos no le gustaba el

ambiente oso y si por una razón u otra, ellos pensaban continuar la noche, algo que dudaba tras lo

ocurrido, no deseaba lo más mínimo encontrármelos. Nunca había soportado la prepotencia y en

aquellas palabras, aquel cabrón, la expresaba por todos sus poros. Sentía odio, desprecio y tal vez,

como dijo Andrés, algo de celos. No sé que estaba sintiendo, tal vez sólo era el instinto de

protección, porque me gustaba proteger a Andrés. Él es fuerte, grande y seguro que pega mejores

hostias que yo, pero deseaba que junto a mí, se sintiera protegido. Había cogido cariño al cabrón y

me sentí feliz en nuestro reencuentro y en los momentos vividos desde entonces. Algo en mí estaba

cambiando.

—¿Qué piensas?

—Nada nene, estoy deseando sudar en la pista y divertirnos —le cogí por la cintura y le acerqué

a mí—. Bésame, eso hará que me sienta mejor.

—Te besaría toda mi vida —me cogió la cabeza con su mano y nos besamos en medio de aquella

calle, entre la gente que cruzaba en los dos sentidos, pero en realidad, yo sentí que estábamos solos,

solos y en el paraíso—. ¿Dónde vamos? Que yo sepa…

—Vamos a The Angel, no sé si lo conoces. Es un lugar de ambiente oso, pero va gente de todo

tipo. Hay sábados que la música está de puta madre y ahora además no habrá mucha gente, se

empieza a llenar a partir de las dos.

—M ejor, así bailaremos a nuestras anchas.

—Sí, tú y yo. Provocándonos, insinuándonos —me quedé mirándole fijamente—. Se me está

ocurriendo una cosa.

—M iedo me da —sonrió.

—Verás. Entramos juntos, pero cada uno se va a una parte. Tú a la barra del final y yo me quedo

al principio. Pedimos la bebida, seguramente te podrás sentar en algún taburete y al cabo de un

rato…

—M e gusta esa fantasía. No me cuentes más.

—Está bien. Nos quitamos la ropa de abrigo, nos quedamos con las camisas y tú te la

desabrochas, digamos, unos cinco botones.

—Eso es provocar mucho.

—Claro. M e tienes que provocar, por el contrario no te entraría. Pasaremos toda la noche como

que nos acabamos de conocer, hasta que nos vayamos.

—Está bien, ¿Qué pasa si me entra otro machote que me guste?

—Pues entonces me volveré a mi sitio y ligaré con otro —le miré con cara de enfadado.

—Nunca te haría eso y lo sabes.

—Claro que lo sé —le toqué el culo—. Ya hemos llegado, entremos.

Tal y como lo habíamos planeado tras dejar los abrigos en el guardarropía, le desaté los botones

hasta donde me resultaba sexy, le besé en la boca y le di otro azote. M e sonrió y se fue hacia el final

de la discoteca. M e acerqué a la primera barra y pedí un cubata de ron, estuve unos segundos

sentado, fijándome en el nuevo camarero. A éste no le conocía y tenía un pectoral impresionante, me

miró y sonrió, le devolví la sonrisa y continuó con su trabajo. Decidí proseguir con la fantasía y

comencé a caminar despacio por todo el local, sin prisa, como si estuviera observando a los machos

que se cruzaban a mi paso. Al llegar casi al final, Andrés estaba sentado al lado de un oso sin camisa

y muy grande que le estaba dando conversación. M e detuve, Andrés me miró y sonrió, debió de

despedirse del gran oso y se levantó sentándose al lado de una de las columnas, adoptando una

postura de macho desafiante. Caminé hacia él despacio y pasé por delante mirándonos fijamente a los

ojos. Continué mi camino y me detuve girándome hacia donde Andrés se encontraba. Él no cambió la

postura, seguía mirando hacia el lado contrario de donde yo estaba. M e gustó aquel desafío, me

estaba excitando y retomé el camino hacia él deteniéndome a su lado. Levantó la mirada y sonrió con

cara de vicio.

—¿Estás solo? —le pregunté.

—Depende de cómo se mire —me respondió.

—Te he visto con ese oso y…

—Es un amigo, un buen amigo con el que he venido esta noche a pasar un rato.

—¿Te gustan los osos?

—M e gustan los machos, ¿tú lo eres?

M e senté a su lado. No se inmutó, ni siquiera apartó la pierna para que me acercara a él.

—No has contestado a mi pregunta.

—¿A ti qué te parece? —me agarré el paquete marcándolo aún más.

—A mí los machos no me impresionan por la polla. Esa la sabe usar cualquiera que tenga un poco

de experiencia.

—Para ti, ¿cómo se demuestra que un tío es un macho?

—Bailando.

M e reí.

—Los machos no bailan.

—Esa es una afirmación estúpida. Demasiadas películas has visto tú.

—M e gusta bailar, aunque no sea mi fuerte. Prefiero hacer otras cosas con un buen macho y no

dejar el sudor en una pista de baile, sino en una cama.

—Si consigues conquistarme bailando, esta noche estaremos juntos en la cama, pero te lo

advierto, soy muy exigente.

—No pretenderás que bailemos ahora que no hay casi gente.

—¿Por qué no? ¿Te acobarda que te vean?

—No, pero me gusta ser discreto.

—Creo que no eres el macho que busco.

M e quedé en silencio unos minutos, mirándonos fijamente. Saqué un cigarrillo y lo prendí, el

cabrón estaba jugando muy bien y me estaba provocando. Era verdad que me gustaba bailar, pero

cuando una pista está a reventar y pavonearme entre todos, pero allí, si contaba a la gente que

estábamos, no pasaríamos de unos cuarenta y nadie estaba bailando. Todos permanecían contra las

barras, sentados o de pie, mirándose los unos a los otros o simplemente abstraídos en sus

pensamientos. El cabrón me estaba probando, creo que empezaba a ver alguno de mis lados

vulnerables, que no me gustaba que nadie descubriera y menos él. No, él no. Al menos por el

momento. Aún era muy pronto para abrir algunas puertas, aunque con él sin duda ya había dado

algunos pasos importantes.

Seguía retándome con su mirada y con aquella postura: sentado, con la pierna derecha subida

sobre el asiento y doblada hacia él y la otra apoyada en el suelo. Con la mano derecha rozaba de vez

en cuando la columna, suavemente y cuando lo hacía, la miraba de arriba abajo en consonancia con el

movimiento de su mano. Aquel gesto me hacía pensar que en su mente, la columna era un enorme falo

y la acariciaba para que creciera más y más en un deseo irrefrenable de la sexualidad que transpiraba.

M iré su torso, lo que la apertura de su camisa me dejaba ver y deseaba continuar desabrochando

aquellos botones, para una vez descubierto en su totalidad, lamerlo y hacerlo vibrar. Sentía que ardía

por dentro y aquella sensación me hacía sentir muy bien. Cálido y con el deseo animal que me

gustaba que un macho provocara en mí. Apuré el cigarrillo y lo tiré al suelo pisándolo con la bota.

—¿Hablamos, bailamos…? M e estoy aburriendo y no me gusta esa sensación.

—Está bien. Bailemos.

Se levantó y sin mirarme comenzó a bailar, apenas movía el torso en aquellos primeros

movimientos. Contorneaba las caderas y la cintura en un ademán varonil con un toque muy sutil

femenino. Llevaba muy bien el ritmo con las piernas y poco a poco, comenzó a mover el tronco hacia

los laterales. Saqué otro cigarrillo y lo prendí. M e levanté y me puse frente a él. No me miró

directamente, sólo de soslayo con sonrisa retadora. Empecé a bailar, provocándole con movimientos

de cadera de lado a lado y luego de adelante atrás. M e acerqué más y más a él. Rocé con mi paquete el

suyo y me miró.

—¿Qué buscas?

—Provocarte. M e pareces un tío sensual y creo que…

—Tal vez, como todos, te equivocas. No soy tan fácil.

M e atreví a tocar su torso con la mano derecha mientras mi cuerpo se pegaba aún más al de él.

—Tienes una piel muy suave.

—Lo sé.

Reconozco que me estaba poniendo un tanto nervioso. Por un momento casi le propongo

terminar el juego y ser nosotros mismos. La indiferencia con la que me retaba me desconcertaba.

Siempre era yo quien llevaba la voz cantante cuando un tío me interesaba y tras cuatro palabras

terminaba follándolo en cualquier rincón; pero este cabrón, este cabrón estaba jugando muy bien sus

cartas que ocultaba con suma pericia, mientras las mías, estaban al descubierto. En aquel momento

me miró con fijeza y con sus manos comenzó a desabróchame algunos botones de la camisa.

—No me gusta ver a la gente con la camisa tan cerrada, parecen curas de pueblo. El pecho es para

mostrarlo —me dijo mientras me desabrochaba la camisa e iba acariciando mi piel y el vello del pecho

—. Estás en buena forma, eso me gusta en un tío, que se cuide —la desabrochó por completo y la

separó ligeramente hacia los lados—. Así está mejor, mucho mejor.

Le acerqué a mí, agarrándole del cinturón con el dedo corazón, mientras los dos seguíamos

bailando insinuantemente, ahora ya, mirándonos a la cara, pero retándonos, como dos machos en celo

para saber quien se lleva la presa. Pegué su paquete al mío y las piernas buscaron la postura para

continuar con la danza. Sentí el olor de su piel y el calor de sus labios al acercar poco a poco los

míos. Él hizo el gesto de besarme y yo me retiré separándome ligeramente, mientras mi mano ahora

iba descubriendo las formas de su torso, como si fuera la primera vez. Con maestría le fui desatando

los botones de la camisa que aún ocultaban su abdomen y cuando estuvo totalmente, en un gesto

sensual y suave, la dejó deslizarse por sus hombros cayendo por su espalda y deteniéndose por la

presión de los puños de la camisa. Volví a acercarme sin dejar de tocar su torso y él comenzó a tocar

el mío. Cuando estaba de nuevo pegado a él, en vez de besar sus labios, besé su cuello y se

estremeció. M is labios fueron recorriendo su mejilla hasta llegar a sus labios y en ese momento él me

pegó a su cuerpo echando mi camisa hacia atrás. Desatamos el uno al otro los botones de los puños y

éstas cayeron sobre el asiento donde reposaban los vasos. Los torsos pegados, las bocas unidas, los

ojos cerrados y las piernas entrecruzadas, sin dejar de moverse y juntando nuestros paquetes que

poco a poco se iban abultando más y más. Abrió la boca y se la comí y él respondió con furia. El

beso se prolongó lo suficiente hasta sentir los labios irritados por el roce. Nos abrazábamos y nos

separábamos continuando con aquel cortejo hecho baile. La música se adaptó a nuestros movimientos

o tal vez fueron nuestros sentidos los que se acomodaron a ella. Estábamos haciendo el amor en la

pista de baile, una pista de baile vacía de cuerpos, pero llena de calor. El que desprendían los

nuestros. Él volvió a coger mi cabeza con sus manos y me besó de nuevo cada vez con más calidez,

con más energía y más sensualidad. M i polla estaba a punto de reventar, sentía como las venas se

inflaban y latía mi glande de deseo por aquel macho, que aún conociéndole bien en la cama, allí era un

desconocido en un juego que estaba funcionando a la perfección.

—Besas bien tío —se atrevió a decir sonriendo—, me has puesto cachondo.

—Tú tampoco lo haces mal, me la has puesto muy dura.

—Lo sé. La estoy notando apretada junto a la mía.

Nos separamos ligeramente mientras continuábamos bailando, ahora con movimientos más

sensuales, más atrevidos, más lujuriosos, calentándonos aún más el uno al otro. Era como el reto de

los gladiadores en la pista del gran circo romano. Ellos buscando la provocación para la batalla y

nosotros deseosos de una batalla llena de sexo. Le cogí por detrás, pegué mi torso a su espalda

húmeda y me excitó aún más. Sus nalgas se movían suavemente balanceando mi paquete que se

encontraba unido a ellas. Con mis manos fui acariciando su torso que también comenzaba a sudar,

facilitando a mis dedos desplazarse por su piel tersa y suave. Cálida y apasionada. Deseosa de ser

devorada, degustada y saboreada como el más exquisito de los postres. Coloqué mis manos en su

paquete y empecé a moverme con giros de cintura. Echó la cabeza hacia atrás y le comí el cuello.

Lanzó un suspiro y de nuevo al besarle, repitió aquel sonido sensual, cargado de pasión.

—M e estás poniendo muy caliente, tío. Debo de reconocer que eres un buen macho. Sí, el macho

que buscaba esta noche.

—La noche acaba de empezar —le susurré lamiendo su cuello hasta llegar a la oreja la cual

mordisqueé. Gritó de pasión.

—¡Cabrón! Parece que conoces mis puntos débiles.

Cierto es que conocía cada uno de sus puntos débiles. Nuestros preliminares en el sexo eran

largos, pero resultaban más fuertes, más violentos, más de macho contra macho intentando ganar una

batalla desenfrenada y que ninguno de los dos quería perder. Aquí, todo resultaba distinto, aquí la

sexualidad se había convertido en sensualidad. La fuerza en ternura. La pasión en juego de pieles y

lenguas. Con nadie, ni siquiera con Carlos, había tenido jamás una sesión de estas características y me

sentía bien, deseaba que no cesara. M etí mis manos por su pantalón y continué besándole. Sabía que

él tenía los ojos cerrados, que estaba soñando, levitando y haciendo que yo también me elevase de

aquella pista hasta tocar el techo y desaparecer a través de él. Estuve a punto de decirle la palabra

prohibida, aquella que no quería decir a ningún hombre, la que denotaría mi debilidad, mi

vulnerabilidad de hombre y no, no era el momento. Yo aún era el macho cabrón que muchos miran

con ojos de deseo, buscando que les folle hasta reventarles. Aquellas palabras no debían de salir de mi

boca. «Te amo» eran dos palabras prohibidas que cambié por tres muy distintas:

—Te deseo cabrón. Quiero follar contigo si soy el macho que estás buscando.

Quitó las manos de sus costados y se giró:

—Sí, lo eres y quiero que me folles aquí.

—Vayamos al privado, esto no es el Eagle.

—Llévame a ese privado que quiero sentirte muy dentro de mí.

M e separé, le agarré de la mano y nos giramos. Al final del pub hay un habitáculo grande en

tonos granates y con varios cuartos con puertas. Es el privado más cuidado y limpio de los que he

visto nunca. Allí me había follado a varios osos que me habían calentado en sesiones de sábado

noche, cuando a altas hora, bailan desenfrenadamente sin sus camisas, luciendo sus torsos velludos y

masculinos. Respirando sexualidad salvaje y con deseos de que un buen macho les cazara y les hiciera

gozar durante un largo periodo de tiempo.

No había nadie. Cerré la puerta y me empujó contra una de las paredes pegándose a mí y

comiéndome la boca con furia y deseo incontrolable. Abrió mis brazos en cruz y agarró mis manos.

Lamió mi cuello, mis hombros y parte de los brazos. M etió su lengua en uno de los sobacos y me

hizo suspirar. Empezó a desatarme el cinturón.

—Espera nene. Los pantalones mejor nos lo quitamos nosotros. No llevamos ropa interior y…

Se rió a carcajadas.

—No me gustaría que sufriese un accidente esa hermosa polla.

—Eres un cabrón. No salgamos de la fantasía. Aún no.

—Hace un rato que salí de ella. Eres mi macho de verdad y eso es lo que deseo. Al macho llamado

Rafa.

—Está bien —le sonreí mientras me quitaba las botas y los pantalones. Él hizo lo mismo.

Nuestros rabos estaban tremendamente erectos y a punto de reventar—. Creo que me voy a correr

nada más ponerme el condón.

—No te lo pongas. Ahora no. Deseo sentir el calor de tu polla y que sientas como está mi culo

ardiendo por ti.

—Está bien, pero nos estamos acostumbrando mal.

—M ientras no tengamos sexo con otros, no habrá problema.

Dejamos los pantalones sobre el banco, apoyó sus manos contra la pared y me ofreció sus

increíbles nalgas. M e agaché y las agarré con mis manos apretándolas y metiendo la lengua en el

orifico del placer. M e corrí mientras lo hacía y seguí comiéndole el ano. A mí lengua le gustaba

explorarle. Aquel culo que ya conocía muy bien, siempre me parecía distinto y cada vez lo deseaba

más. Nunca un agujero me había provocado tales sensaciones, nunca unas nalgas me parecieron tan

hermosas, nunca una espalda me provocó una excitación semejante. M e levanté y coloqué mi glande

y él, poco a poco, en movimientos muy sensuales, la fue introduciendo en su interior. Coloqué mis

manos apoyadas a las de él, las giró y las juntamos apretando con fuerza mientras mi pubis rozaba

sus nalgas.

—Quédate así un rato. Quiero sentirla así.

—Hasta que salgamos de aquí, mandas tú. Quiero darte el placer de dominarme al menos por una

vez.

Giró su cara y sonrió:

—Bésame tonto.

Le besé mientras continuaba con sus movimientos. Su ano estaba muy caliente y sus paredes se

adaptaban a mi polla apretándola de vez en cuando y liberándola a su antojo. Sabía muy bien

controlar su punto más sexual. Si su boca era como la delicia de un exquisito aperitivo, su cuerpo era

un manjar a degustar, su culo era su plato fuerte, el que te colma, el que te llena, el que te enciende

por dentro y por fuera, robándote toda la energía y el ser. La saqué y le coloqué sobre aquel banco,

deseaba ver su cara y como su cuerpo se estremecía, sentir sus piernas sobre mis hombros, acariciar

sus pantorrillas y comerme sus pies, mientras su polla permanecía dura y sus hermosos huevos

colgaban y rozaban mi rabo mientras salía y entraba de su orificio. Tenía unos huevos muy grandes

que me encantaba comerme mientras apretaba su escroto y admiraba su volumen y su piel rosada y

fina. Cada vez que lo miraba, me resultaba más sexy, más hermoso, más macho, más sensual y sexual.

Era un ejemplar único y sentía por mí, que era lo más importante y lo que más me ponía. M e corrí y

sonrió:

—Sigues igual de caliente o ya no aguantas más —me comentó cuando notó que la iba a sacar.

—Qué cabrón eres, ¿me quieres matar?

—Sí. De placer. Quiero morir de placer contigo y que me acompañes.

La metí de golpe y cerró por unos segundos los ojos.

—No saldría de ti nunca —me tumbé sobre él besándolo—. M e tienes atrapado, cabrón —apretó

con fuerza mi polla con su esfínter y sonrió—. ¿La quieres estrangular?

—No, la quiero para mí, para siempre.

—Pues ya me dirás como vamos a casa, porque me apetece estar en la cama tranquilamente los

dos juntos.

—¿Quieres que vayamos a follar a casa?

—No. Quiero sentirte desnudo en la cama y hablar de nosotros.

—Pues vistámonos y a casita. Es donde mejor se está.

Saqué la polla y le volví a besar.

—Además, me tienes que contar como terminó aquella fiesta.

—Te la resumiré muy rápidamente mientras te tumbas encima de mí. Pero esta vez —me

incorporé—, espero que no te corras, no me apetecería tener que levantarme y volver a hacer la cama.

—Pondremos una toalla. Estando encima de ti y contándome esa historia, no te puedo prometer

nada.

—Está bien, pero ya me conoces, me gusta el morbo. Si te vas a correr, quiero ser yo quien agarre

tu rabo mientras sale toda la leche.

—Eres un vicioso —se colocó los pantalones.

—No, soy morboso y el morbo me provoca vicio, pero si no me excita un tío, desaparece el vicio

y el morbo.

Terminamos de vestirnos y salimos. La música había cambiado, ahora me resultaba excesiva y en

la pista se encontraban pequeños grupos hablando, observando y bailando. Comenzaba a llenarse, era

la hora para aquel lugar y la nuestra para volver al nuestro. Caminamos entre la gente, recogimos la

ropa de abrigo y salimos. La noche resultaba fría y Andrés se abrazó a mí. Aquel gesto me hizo

sonreír y le besé en la frente.

—Eres un cabrón encantador.

—Lo sé —contestó sin inmutarse apretándose contra mí.

Le abracé. Debo de reconocer que con ternura. Aquel tiarrón me estaba atrapando. M e

emborrachaba su aroma y su presencia resultaba vital para sentirme a gusto. No quería pensar en

aquellos sentimientos, que creo que nunca he tenido por nadie, salvo por Carlos y siempre ha sido

una gran amistad, pero este cabrón… Con este cabrón no era de la misma forma, incluso no se lo

había dicho, pero con él ya no follaba, hacíamos el amor, le sentía como parte de mí cuando lo tenía

pegado a mi piel, me fundía con él cuando le penetraba y al mirar sus ojos, cuando éramos un sólo

cuerpo, me hacía estremecer por dentro, provocándome aquel estímulo que me hacía sentir bien, libre,

poderoso y así deseaba que él también se sintiera. ¿Qué me estaba ocurriendo? No, no quería pensar

en ello. Pero ahora, caminando despacio e internándonos en calles poco iluminadas, entre hombres

que se cruzaban en nuestro camino y nos miraban, lo que en realidad me importaba, era aquella

manera de abrazarlo, de protegerlo, de arroparlo entre mi ser y hacerle sentir bien. No hablaba y por

unos momentos deseaba poder estar dentro de su mente y saber que estaba pensando. Tal vez él

también estaba experimentando una sensación como la que yo vivía ahora. Estaba confuso o tal vez

era todo lo contario y no deseaba que aquella realidad fuera real. Sí. Lo deseaba, deseaba formar parte

de su vida y que él formara parte de la mía. ¿Sería feliz conmigo? Yo estaba seguro que sí lo sería

junto a él. Llevábamos desde el viernes compartiendo todo y ahora, en la madrugada del domingo,

parecía que acabábamos de vernos. Domingo, no quería pensar en ello, nos tendríamos que separar

por lo menos durante cinco días y eso me iba a doler. Lo sabía, me dolería no compartir con él

conversaciones, risas, abrazos, comidas, sentir su presencia, su olor, su piel, su calor, su forma de

mirarme, su naturalidad relajada, su fogosidad cuando el deseo nacía entre los dos, su forma de

escuchar… M e estaba aportando todo lo que un hombre busca en otro. Todo lo que alguien desea

sentir junto a otro. Todo lo que poco a poco y con paso firme, lleva a esa palabra mágica, que en mi

corazón tenía oculta para no sentirme dañado ni sufrir por amor. El amor es maravilloso pero duele y

a mí no me gustaba el dolor. En mis prácticas sexuales había infringido dolor, pero siempre fue por el

deseo del otro. No me estimulaba nada y ese fue el motivo por el que dejé de hacérselo a los demás

por mucho que me lo pidieran, por mucho que lo desearan para satisfacer sus apetencias sexuales.

Prefería este instante, así, suave, tranquilo. Sí él escuchara mis pensamientos o los amantes que he

tenido, no se lo creerían. El tipo duro, el macho que les complacía y que nunca quedaba satisfecho.

Ese macho, ese tipo duro, que parecía no tener sentimientos, era en realidad, un puto romántico que

buscaba encontrar quien le entendiera y disfrutara junto a él, no sólo del sexo, sino de la vida.

—¿En qué piensas?

—En que me gusta tenerte así abrazado.

—Un hilo de romanticismo en ese macho infranqueable. M e gusta —me dijo sonriéndome.

—No te confundas cabrón. Soy un tío duro, pero nada tiene que ver con abrazar y gustarme el

hecho de hacerlo.

—Vale, lo que tú digas. Pero esa frase te ha delatado.

—¿Quieres que deje de abrazarte?

—No, me gusta sentirme protegido por tus fuertes brazos. Tendré que ir a un gimnasio como tú.

—El gimnasio me ayuda a soltar adrenalina y a definir mi complexión muscular. Pero siempre he

tenido este cuerpo. Y si quieres vamos juntos al gimnasio, aunque si te pones más bueno, te alejarás

de mí.

—No, yo soy tuyo, lo sabes. Pero quiero estar a tu nivel.

—Cabrón, ya lo estás y por encima. Tú cuerpo es más bonito que el mío ¿Qué mides?

—1,80 y 85 kilos.

—M e lo imaginaba. No eres mucho más bajo que yo y peso 95kg. Estamos bien proporcionados.

No nos sobra nada.

—A ti un poco de polla. A propósito, ¿cuánto te mide?

—Unos veintisiete centímetros.

—¡Joder! Es la más grande que ha entrado en mi culo. Pero follas tan bien, que provocas placer,

no dolor.

—M e alegro. M e gusta dar placer. No me gusta el dolor.

—¿Alguna vez algún tío te ha dicho que no?

—No, pero no ha entrado en todos los culos que lo han deseado.

—Cuéntame una de esas veces.

—Eres un morboso.

—Sí, lo soy y además me gusta cómo cuentas las historias.

—Está bien viciosillo. Un viernes estaba en el Eagle tomando una cerveza. Era una de esas

noches que me apeteció estar en pelotas dentro, pero en realidad no buscaba sexo, sino estar desnudo

tomando una birra tranquilamente. Esa noche se puso a tope y muchos también optaron por

desnudarse. Algunos en suspensorios, otros sólo con arneses y otros como yo. Hacía mucho calor y

pronto las pieles se mezclaron entre sí. Cuero de prendas contra cuero de pieles cálidas y ardientes.

Cuando llevaba la segunda cerveza me entraron ganas de mear y subí a los baños. El morbo allí arriba

había subido la temperatura. Un chico me la agarró y me miró sonriendo, con sus ojos me estaba

preguntando si podía mamármela y sonriéndole apreté su cabeza hacia abajo, se arrodilló y me la

mamó. Otros cuerpos se unieron al mío manoseándome por todos lados. Uno de ellos me intentó

meter un dedo en el culo y sólo con mi mirada lo retiró automáticamente, otro chico se agachó y

compartieron mi rabo. Había un rapado que me miraba mientras a él también se la comían, se acercó y

nos morreamos. Sus manos tocaron mi cuerpo, apretó uno de mis pezones y yo hice lo mismo con él.

M iré su culo, lo acaricié y me sonrió. Aquel tío le estaban mamando el rabo pero él buscaba que le

calentaran por detrás. M i rabo estaba muy hinchado y lo agarró impidiendo a los chicos que

continuaran mamando, se agachó y lo hizo él. Sin saber cómo, tenía puesto un condón, se incorporó

y me ofreció el culo. Le mojé el ano y lo penetré, uno de los chicos que me había estado mamando la

polla me abrazó por detrás y me lamió la espalda. M e puso muy bruto y me susurró que él también

quería que le follara. Cuando terminé con el rapado me giré hacia el chico que continuaba

abrazándome, me quite el condón y él me dio otro. Lo coloqué y le doblé. Su ano estaba dilatado pero

no muy abierto. Intenté meterla y era imposible, su esfínter se cerraba. Le acaricié alrededor, le metí

un dedo, luego dos y el rapado sonriendo me ofreció un pequeño bote de lubricante. Le eché una

buena cantidad en el ano y a mi condón y volví a intentarlo, pero no entraba. Era imposible.

—Empuja tío, quiero que me la metas —sinceramente lo estaba pasando mal, porque aquel culo

no dilataba para mi rabo.

—Tío te voy a hacer daño y no quiero —le dije mientras empujaba y él me la repelía.

—Dale fuerte, dale fuerte —me gritaba—. El rapado me miraba y se encogía de hombros.

—Chaval, necesitas que te abra ese culo una polla más pequeña. Si quieres yo te follo mientras

este cabrón me la mete a mí, que mi culo si la aguanta y la desea de nuevo dentro —le dijo el rapado

mientras le levantaba la cabeza y le miraba.

Está bien. También me gusta tu rabaco.

El rapado sacó dos condones, me ofreció uno a mí y se puso otro. Colocó al chico contra las

barras y se la metió de golpe. Aquel tío le empezó a embestir con fuerza y esperé con el rabo duro

detrás de él acariciándole sus nalgas que apretaba y relajaba según sus embestidas. Después de un

rato me miró.

—Te toca cabrón, dame placer.

Le separé un poco las piernas y se la metí poco a poco.

—Sácala y métela de golpe, ese rabo lo aguanto bien.

La saqué y la metí de golpe, hasta el final, hasta que mi pubis tocó sus calientes nalgas y gritó

provocando a los otros que nos miraban.

—Hijo de puta. ¡Que rabo tienes! Folla sin miedo, yo seguiré el ritmo.

Le agarré por la cintura y empecé a embestirlo sin compasión, el cabrón se adaptó al ritmo y el

chaval comenzó a gemir como un poseso. Sudábamos a raudales, los tres estábamos muy calientes y

el culo de aquel tío me provocó un orgasmo total.

—Podrías escribir un libro con tus experiencias. —M e interrumpió Andrés ya en el portal de

casa.

—Tal vez, pero hay tíos que tienen más carrera que yo. Aunque es cierto que algunas de mis

aventuras han sido muy especiales. Todo me ha ayudado a valorar lo que ahora busco.

—Yo no me creo capaz de tener sexo así, de esa manera.

—M e extraña que me digas eso, sabiendo de la forma que nos conocimos —le sonreí.

—Aquel día fue distinto —se quedó en silencio—. Te lo contaré dentro.

Aguardé a llegar al piso y una vez dentro, sentí el fuerte calor de la calefacción.

—Hogar, dulce hogar —comenté mientras me quitaba la prenda de abrigo. Andrés me dio la suya

y las colgué en el perchero. Fuimos a la habitación y comenzamos a desnudarnos—. Continua con la

historia —le dije.

—Aquel día estaba cabreado y muy irritado. Estaba furioso y…

—¿Qué te había pasado? —le pregunté mientras separaba el edredón y me metía en la cama. Él

hizo lo mismo y colocamos cojines sobre la espalda y nos quedamos sentados cubriéndonos con el

edredón hasta la cintura.

—Cuando te conté que me ofrecieron irme a Londres, en realidad lo pedí yo. Unos días antes de

conocernos había roto con mi ex. El muy hijo de puta me ponía los cuernos y encima lo mantenía.

Vivía en mi casa y no le faltaba de nada aún no teniendo trabajo. Un día salí antes del curro, estaba

haciendo de guía para un grupo en Toledo, y se puso a llover por lo que tuvimos que volver a M adrid

y regresar al día siguiente por la mañana. Llegué a casa muerto de frío y cabreado porque no me

apetecía nada volver al día siguiente y contar la misma historia al mismo grupo. Abrí la puerta y oí un

ruido extraño que venía de la habitación. Pensé que alguien había entrado a robar y me encontré a mi

novio en pelotas alterado y con la cama revuelta.

—¿Te ha pasado algo? —le pregunté.

—No, simplemente me has asustado, no te esperaba tan pronto en casa.

—La excursión ha sido una mierda, se ha puesto a diluviar en Toledo y hemos tenido que volver.

M añana tenemos que salir muy pronto. Pero bueno… —le miré—. ¿Por qué estás desnudo?

—Verás… es qué… —detrás de la puerta, como en una mala secuencia de una película cutre,

salió un tío en pelotas.

—Estábamos follando. No sabía que tenía novio. M e contactó por Internet y…

—Vístete y lárgate —miré a mi novio—, y tú también. Desaparece de mi vista, antes de que te

rompa la cara. El sábado cuando esté en casa, vienes a por tus cosas, no quiero volver a verte.

—Andrés… Perdona… es qué…

—No digas nada. Ponte la ropa y sal disparado antes de que se me termine de subir la sangre a la

cabeza.

Se puso a llorar mientras se vestía. No me inmuté. Respiré profundamente, intenté como bien le

había dicho, que la sangre no se subiera a la cabeza y cometiera una locura. El hijo de puta me estaba

poniendo los cuernos con un tipo que acababa de conocer por Internet en nuestra cama. El muy hijo

de puta follaba con otros tíos mientras yo me rompía los cuernos trabajando. El muy cabrón me

follaba a pelo porque creía que éramos una pareja cerrada. Nunca me había negado a ninguna de sus

exigencias, nunca le faltaba nada, ni en la cama, ni en sus necesidades y no veas los caprichitos que

tenía el niño. Salieron en silencio y me quedé como un imbécil sentado sobre aquella cama, aquella

cama deshecha donde se había estado dando el lote con otro tío. No me lo podía creer. M e levanté,

quité la funda al edredón, las sábanas y la funda de la almohada. Las metí en la lavadora y lo puse a

lavar. En silencio volví a la habitación y vestí la cama con sábanas limpias. Estaba roto. El cansancio

del día se había convertido en total agotamiento. M e desnudé y me metí bajo la ducha. Al agua que

caía por mi cabeza se unieron las lágrimas de dolor e impotencia, de rabia y sufrimiento, por la

traición de la persona que más amaba y en la que más confiaba.

—No hace falta que continúes —le interrumpí al ver que sus ojos se empañaban en lágrimas—.

No quiero verte triste —y le sequé las lágrimas con los dedos de las dos manos.

—No pasa nada, viene bien desahogarse de vez en cuando —se inclinó sobre mi pecho y lo

abracé—. Continué con mi rutina como siempre y cada momento en el que me encontraba sólo,

rompía a llorar. Estaba destrozado, no te puedes imaginar cuanto. Llegó el viernes y no pude aguantar

más en casa, salí y di mil vueltas sin rumbo fijo ni saber qué hacer. Al pasar por la plaza Vázquez de

M ella escuché una voz que me llamó. Eran unos amigos que iban al Eagle y me animaron a ir con

ellos. En un principio no quise ir, no me encontraba con ánimo para ir a un pub y menos sin

conocerlo. Sí —me sonrió—. Era la primera vez que entraba en el Eagle, aunque no la primera que me

desnudaba en un local. M e gusta mi cuerpo, tengo ese punto exhibicionista que me pone cachondo

cuando me miran y me desean.

—No lo entiendo. Cuando entré, debo de reconocer que me pareciste salido de un sueño, como

bajado del Olimpo de los Dioses y para nada me pegaba aquel lugar para ti. Aunque cuando te toque

el culo y me miraste con esa cara de vicio, y mi rabo se puso duro, cambié de opinión, pensé «este

puto cabrón que bueno está».

—¿Pensaste eso?

—Qué iba a pensar: Un tío desnudo en el Eagle, con un cuerpo increíble, con una mirada de fuego

y ofreciéndome su culo para que lo follara allí mismo delante de todos.

—Cuando entré mis amigos pidieron unas cervezas y me dieron una, ellos se subieron a la parte

de arriba, tenían ganas de follar pero yo no. Si estaba desnudo fue porque no me dejaban pasar con la

ropa de pijo que llevaba —se rió—. Pedro me dijo que si quería entrar debería desnudarme y ni me lo

pensé. Como te he dicho, ya había estado desnudo en un par de sitios. M uchos tíos me entraron

antes de llegar tú, incluso uno me propuso atarme con cuerdas, decía que le gustaba mi cuerpo para

hacer un buen trabajo de bondage.

—La verdad que sí. Estarías increíble atado con cuerdas y colgado de los ganchos —le dije

mientras él se reía.

—No quería sexo con nadie y empecé a sentirme incómodo hasta que apareciste tú y me tocaste

el culo. No sé, tu forma de tocar, de mirarme, de sonreírme me hizo sentir bien. Te lo aseguro y

desató la furia que llevaba dentro, toda la rabia contenida. Te propuse follarme y quería que fuera allí

delante de todos los que lo habían deseado antes. Era como una liberación, como decir vosotros no,

viendo en cada uno la culpabilidad que despertaba mi cerebro hacia aquel hijo de puta que me había

puesto los cuernos.

—Pero ellos no tenían nada que ver, ellos estaban allí como tú, buscando conocer gente, hablar o

tener un momento morboso y tú provocabas que el hielo se convirtiera en fuego. El Eagle, a mi modo

de ver, es un lugar donde se crea complicidad entre los habituales, donde la gente libera sus fantasías

sin presionar a nadie, donde cada uno se expresa sin tabúes y comparte con los demás.

—Lo sé. Nadie tenía la culpa, pero mi mente en ese momento no actuaba de forma racional y

además, como te he dicho, era la primera vez que entraba.

—Te entiendo y me alegro que me dijeras que sí. M e hiciste sentir muy bien y mira por donde

ahora estamos los dos aquí desnudos y hablando tranquilamente.

—Eso es lo que me gusta de ti. Eres muy sexual y a la vez sensual. Eres agresivo y tierno.

Cuando estallas eres como un volcán y otras veces tranquilo como las aguas de un lago. Tal vez eso

es lo que percibí en aquella mirada que me lanzaste, entre deseo y ternura y en aquel momento era lo

que necesitaba.

—Que extraña es la vida. ¿Lo has vuelto a ver?

—No y espero no encontrármelo nunca.

—¿Sigues sintiendo algo por él?

—No, yo sólo puedo sentir por una persona y ahora por quien siento es por ti.

M e descolocó con aquella frase. M e rompió por dentro. Aquella misma tarde me había dicho que

no buscaba que nos enamorásemos y ahora… Ahora me lanzaba toda una declaración. Le abracé con

fuerza. M i deseo de saber lo que pensaba mientras caminábamos aquella noche, se cumplió en ese

instante y pareció leer mi mente confundida, dándome una pista, ofreciéndome un nuevo camino a

seguir, entregándome su amistad y ahora su amor. Su olor pareció llenar toda la habitación con una

fragancia envolvente que me arropó en la desnudez de la noche, como nunca había sentido. Respiré

profundamente y noté en su cuerpo que imitaba mi respiración.

—Espero…

—No digas nada —le besé en la frente—. ¿Qué te parece si dormimos un rato y mañana nos

levantamos pronto? Si hace sol, podríamos ir a pasear un rato por el Retiro. Los domingos me gusta

respirar aire puro y además hay poca gente a primera hora de la mañana.

—¿Y si no hace sol?

—Nos quedamos en la cama abrazados, sintiéndonos el uno al otro.

—M e parece buena idea —se giró y me besó el pecho.

—No. Bésame en la boca. Quiero el sabor y el calor de tus labios antes de dormir.

M e sonrió, me besó, apagó la luz y se tumbó de lado, esperando que yo lo abrazara como me

gustaba hacer con él. Pegado a su cuerpo y acariciando su torso mientras nos quedábamos dormidos.

Sentir aquel calor tan especial que me ofrecía y el amor que destilaba. Su piel era parte de mi piel.

Había abierto su corazón aquella noche, aunque tal vez ya lo había hecho en otras ocasiones, con

pequeñas pinceladas, con pequeños detalles, con frases mezcladas con otras para despistar hasta que

todo encajara. Pero yo no estaba preparado aún para amar, al menos de momento. No, aún no era el

instante para el amor, aún faltaba tiempo para aprender a amar, no quería volver a equivocarme.

Cuando estuviera preparado le entregaría todo mi ser sin reservas, pero ahora… Ahora sentía aquella

sensación que atenazaba algo en mi interior y no la soltaba provocándome un dolor extraño, pero a la

vez agradable. M e había acostumbrado tanto a la soledad, al vacío, a la libertad de mi cuerpo durante

aquellos años, que mi corazón se quedó dormido y ahora se desperezaba de nuevo, enfrentándose a

una realidad deseada, pero temida. M iré a través de la ventana como la luz de las farolas se filtraba

iluminando tímidamente la habitación. Su figura ahora liberada del edredón, se dibujaba ante mis ojos

mientras le acariciaba el torso, sintiendo los latidos lentos y relajados de su corazón. Cerré lo ojos y

me dejé envolver de nuevo por el aroma de aquel hombre que mantenía abrazado a mí.

CAPÍTULO IV

Abrí lo ojos. Un extraño sonido violaba el silencio que nos rodeaba. M iré hacia la ventana, eran las

gotas de agua que golpeaban furiosas contra el cristal. Estaba lloviendo con intensidad, de tal manera,

que el ventanal parecía una gran catarata ocultando la visión del exterior. No me moví. M i polla

estaba dura y pegada contra las nalgas de Andrés. Sonreí y permanecí muy quieto. De nuevo cerré los

ojos pero Andrés presintió de alguna manera que estaba despierto.

—Buenos días —susurró.

—Buenos días, ¿cómo te sientes en esta nueva y lluviosa mañana?

—M uy bien, pero no dejes de abrazarme. Ahora que estoy despierto quiero seguir sintiéndote

así.

Le acaricié suavemente el pecho bajando hasta su vientre. Su piel estaba suave, relajada y muy

calentita. Volví a subir la mano hasta el pectoral y sentí sus latidos lentos. Besé su cuello y se

estremeció. Colocó su mano sobre la mía y jugó con mis dedos hasta cruzarlos. Allí arropados por

nuestras pieles y el calor de la calefacción, los cuerpos reposaban en calma, sin que nadie perturbara

el instante. Un instante al que no estaba acostumbrado y que me provocaba una paz que no

recordaba. Andrés sin duda era alguien especial y si en realidad yo buscaba una persona que calmara

mi espíritu inquieto, que aliviara la furia que se había desatado en mi interior, que relajara el estrés

que produce esta ciudad, que me amara por lo que era y no me abandonase tras un momento fogoso

de sexo, tal vez debía tomar una decisión.

Aquel hombre al que abrazaba esa mañana lluviosa, me hacía sentir lo que otros nunca habían

logrado. En ellos encontré sexo y debo de reconocer que aquellas sensaciones me gustaban. M e sentía

bien mostrando mi masculinidad y ofreciéndosela a los demás. M e motivaba como macho hambriento

de sexo que otros me desearan. M e hacían sentir vivo cuando mis feromonas se disparaban deseosas

de compartir aquel momento animal, lleno de fuerza, de agresividad, de lucha, entre dos guerreros

desnudos, entre dos cuerpos batallando por expulsar toda la energía contenida en momentos de

desenfreno, de lujuria y donde el corazón parece salirse del pecho, donde las piernas llegan a temblar

y en aquel estado febril, los cuerpos transpiran por todos sus poros el líquido salado ante la batalla

emprendida y con el deseo de que no finalice. Cuerpos ardiendo de pasión, pieles brillando de sudor,

almas sexuales desnudas pero carentes de amor. En cambio ahora, aquí, en el descanso deseado por el

guerrero, encuentro un alma buscando amor que habla con la mía y la despierta y en ese despertar ve

una luz que le aterroriza y le estimula a la vez. El terror por abrir unas puertas tan cerradas que

chirrían al menor movimiento y que temen dar a conocer lo que se encuentra en el interior: El

estímulo de compartir lo que todos buscamos, lo deseado, el abrazo sincero, el beso cariñoso, la

mirada tierna, el gesto fiel, las palabras silenciosas y las emitidas con naturalidad. Los sueños

perdidos en el pasado volvían a emerger con más vigor que entonces. La inocencia de la juventud

evocaba imágenes que llenaban la habitación. El amor se desperezaba y la pasión se contenía.

—¿Quieres desayunar? —le pregunté suavemente mientras volvía a besar su cuello.

—M e gustaría estar así todo el día.

—Debemos comer algo. Si este es tu deseo, nos quedaremos todo el día en la cama. También

quiero sentirte y llenarme de tu olor, deseo que mi piel y la tuya sean una.

Se volvió y acarició mi cara:

—He notado que hoy…

—Hoy me siento feliz, mi mente escucha a mi corazón y mi cuerpo reacciona ante esas

sensaciones. No, hoy no me he despertado con deseos en mi mente, salvo los de acariciarte, besarte y

sentirte. Desde hoy no quiero follar más contigo —frunció el ceño—, aunque en realidad, la última

vez no te he follado, te he hecho el amor —sonrió enternecedoramente—. Llámame loco si quieres,

pero me estoy enamorando de ti —las palabras salieron sin pensarlas, pues aquellas palabras me

producían temor y dolor ante lo que pudiera suceder desde ese instante.

—Sí, eres un loco, pero eres mi loco. Yo también me estoy enamorando de ti y tengo miedo.

—Yo también.

—¿Tú?

—Sí. Creo que sin decir nada, ni liberar mis emociones, has detectado algunas de ellas. Eres muy

inteligente y ciertas sensaciones no se pueden ocultar. Sí, contigo me siento bien, contigo me siento

completo, contigo…

M e besó, no dejó que continuara con aquella declaración que liberaba mi corazón y deseaba

exponerle. M e besó con ternura, con ese beso que todos esperamos. El beso que sella el encuentro

real de dos corazones en busca de un sueño.

—No digas nada, venceremos juntos nuestros miedos.

Comenzaremos desde cero aunque ya hemos emprendido un camino, pero éste nuevo, lo haremos

despacio, sin prisas, conociéndonos día a día.

—Nene —rocé con mi mano su mejilla—. Te amo. Lo sé. Nunca he experimentado lo que siento

por ti y contigo… Jamás me he sentido más desnudo y vulnerable que en estos momentos. La coraza

ha caído y aún resuena en el suelo. Siento el frío de mi desnudez real a la que no estoy acostumbrado

y el calor que me provoca la emoción de amarte.

—Eres un romántico, lo vi en tus ojos aquella noche cuando te saludé en el Eagle. Rodeado del

morbo que siempre ha despertado el macho de tu interior, pero tus ojos brillaron al verme de nuevo.

Entonces, algo dentro de mí me dijo que debía acercarme un poco más a ti. Pero te aseguro que tengo

mucho miedo.

—Los dos lo tenemos. Tú por tus experiencias vividas y yo… Bueno, lo mío es distinto. Creo

que nunca he amado de verdad, salvo a mis padres, pero ese amor es distinto. No he conocido el

verdadero amor y siempre he cargado con el peso de esa coraza, a la cual todos estaban

acostumbrados y les deslumbraba.

—Emprenderemos juntos este nuevo camino.

—Lo que si te prometo —le besé suavemente los labios—, es que jamás te haré daño y te pido

que si un día te cansas de mí, sepas decírmelo antes que yo lo descubra.

—Nunca me cansaré de ti. Eres lo que siempre soñé. En ti no hay mentiras, sólo una coraza que

te has quitado para mí y que te agradezco.

Nos abrazamos, nos besamos y permanecimos en silencio, sintiendo nuestras pieles, escuchando

nuestros corazones. Su polla y la mía estaban pegadas una a la otra, las dos muy duras. M i mano

acarició su espalda deteniéndose en sus nalgas, él me besó y los cuerpos comenzaron a moverse. M e

tumbé encima de él y seguí besándole. Poco a poco mis labios y lengua recorrieron su cuerpo.

Lamieron y mordisquearon sus tiernos pezones, suspiró, y continué descendiendo por su piel. M i

lengua recorrió las formas de su abdomen bien marcado y con aquel hilo de vello que me invitaba a

continuar más abajo. Arqueó el cuerpo y suavemente volvió a caer sobre la sábana. Suspiraba y su

cuerpo temblaba. Recorrí sus ingles con los labios y al llegar a su polla la lamí de abajo a arriba

introduciéndola en la boca. Sentí el calor de aquella piel fina, el latir de su excitación, la dureza del

fuerte músculo, su glande redondeado y rosado. Volví a subir hasta que las bocas se encontraron y

disfrutaron del sabor de los labios. M e giró y separó mis brazos, su lengua ahora jugaba con mi piel.

Lamió mis sobacos y jadeé, luego se entretuvo con mis pezones y descendió. Tomó mi polla con sus

manos y la acarició. La separó de mi vientre y la introdujo en su boca tragándola hasta el punto que le

dio una arcada y siguió lamiéndola. Le coloqué encima de mí, separó sus piernas y me ofreció sus

hermosas nalgas. Las lamí, acaricié y besé. M i lengua buscó el orificio del placer y disfruté de aquel

ano rosado y perfecto. Apretó mi polla. Le estaba excitando y su ano se fue abriendo como una

hermosa estrella. Continué un rato lamiendo y jugando en aquella zona y sentí que me corría con las

caricias que su lengua le dedicaba a mi polla. Percibí mi vientre humedecerse y aquella sensación de su

semen cálido sobre mi piel, me hizo eyacular. No le avisé y él disfrutó del néctar que le ofrecí. Se

giró, se pegó a mí y me besó. Sentí el sabor de mi semen en sus labios. Separó un poco las piernas,

cogió mi polla y se la metió mientras se iba sentando encima de mí. Con sus manos se apoyó en mi

torso y comenzó a trotar. Le cogí las nalgas con las dos manos y aumenté la velocidad. Su cuerpo

brillaba por el sudor y no dejaba de sonreírme.

—Te amo —le comenté mientras ambos disfrutábamos de aquel momento de placer. Su polla

estaba muy dura, la tomé con la mano y le masturbé. Separó las manos de mi pecho, se inclinó hacia

atrás y apoyó las manos a uno y otro lado de mis piernas. Echó la cabeza hacia atrás. Estaba muy

caliente, lo adiviné con su respiración. Sentí como su semen salpicaba hasta mi cara e inundaba mi

cuerpo. M e excitó aún más. Siempre me excitaba el calor del semen del macho al que estaba follando,

pero con Andrés era distinto, su semen era vida para mí y el chorro, que llegó a mi cara, lo saboreé

como un manjar mientras le inundaba en su interior. Se tumbó sobre mí sin sacarla y lo abracé. Nos

besamos. Acarició mi rostro sudado y sonrió, yo también le devolví una gran sonrisa y volvió a unir

sus labios a los míos.

—Te amo. Ahora ya puedo decirlo —comentó casi en un susurro.

—Grítalo si lo deseas, ya no es un secreto. Nos amamos y nos amaremos siempre.

—Eres mi sueño hecho realidad. Siempre he soñado con un hombre como tú.

—Es mutuo nene. Contigo me siento feliz, completo, lleno.

—Tengo hambre —me susurró al oído mientras mi polla salía de dentro de él.

—Yo también —me separé de él con rapidez y me levanté. M iré a través de la ventana, el día era

muy desapacible, parecía que los elementos deseaban que nosotros no abandonásemos aquel lecho de

amor y así lo decidí. M e volví, cogí un cigarrillo, lo encendí mientras observé a Andrés apoyado

sobre su codo mirándome.

—Ahora me resultas más perfecto.

—¿Antes no? —miré mi reflejo en el espejo y contemplé mi desnudez—. Tengo un buen cuerpo

de macho —le sonreí—. El macho que te hará feliz desde hoy y que espera lo mismo de ti.

—Lo haré —intentó levantarse y le detuve.

—No, quédate en la cama. Hoy pasaremos todo el día en la cama como querías. M e daré una

ducha rápida, me visto y bajo al bar. Compraré comida y alguna otra cosa y subo en un momento.

—No quiero que salgas, te quiero aquí conmigo.

No le hice caso, me duché, volví a la habitación y me puse los pantalones sin el slip, los

calcetines, las botas y busqué un jersey en el armario de Andrés. M e miré en el espejo de nuevo y

luego a él.

—No seas malo en mi ausencia, volveré enseguida —le dije mientras me acercaba para besarle los

labios.

—Te estaré esperando y recuerda que los segundos se me harán horas. Las llaves están en la

entrada, sobre el taquillón.

—Intentaré ser tan rápido como Superman.

—Lo conseguirás, porque tú eres mi héroe de carne y hueso.

—Eres un zalamero —le volví a besar y salí. M e coloqué la zamarra y la até hasta arriba,

presentía que fuera hacía frío, al menos, el calor de verdad se quedaba en aquella habitación.

Al abrir la puerta del portal sentí el azote del frío y algunas gotas de agua que salpicaron mi cara.

M e estremecí y encogido caminé hasta el bar. Entré resoplando y moviendo mi cabeza, como un

perro que acaba de salir de debajo del agua. Uno de los camareros me miró desde la barra y sonrió:

—Buenos días, por decir algo.

—Sí, nunca mejor dicho. Cómo ha cambiado el tiempo. M enuda forma de llover.

—Eso es bueno —dijo otro de los camareros pasando al lado de su compañero—. M adrid

necesita agua, que los pantanos están muy bajos.

—Pues que llueva encima de los pantanos y nos deje tranquilos en la ciudad —intervine

acercándome a la barra—. Ponme un café con leche y déjame la carta, quería llevarme comida para

dos.

—Si es para llevar, te recomiendo el pollo asado. Está muy bueno.

—Está bien y algo que reanime a un muerto.

—Si no vives muy lejos, te puedo preparar una sopa de pescado.

—Buena idea. Pues ya está decidido: Un pollo asado, me lo cortas en cuatro piezas, con patatas

y pimientos verdes. Una sopa de pescado para dos, una ración de croquetas y otra de calamares.

Pones pan y una botella de vino de la casa.

El camarero se retiró y el otro me puso el café con leche. Calenté mis manos con el cristal del

vaso y tras verter el azúcar y removerlo, me lo tomé poco a poco sin apartar el vaso de los labios.

Estaba helado y deseando volver a aquella habitación caliente, desnudarme y sentirme cálido en aquel

ambiente y junto a… ¡M i chico! Ahora sí podía empezar a decir que tenía chico. Un hombre hecho y

derecho. Con las ideas muy claras y que me amaba. M e lo había dicho con palabras, me lo insinuó

con la mirada, me lo demostraba con sus caricias. M e quería y yo a él. M e sentía como un

quinceañero. Yo, el hombre duro, el macho deseado por tantos machos. Ahora mi vida cambiaría. Ya

dejaría aquellos lugares, o al menos iría con él. Se lo presentaría a mis amigos y me envidiarían. Sí, me

envidiarían por tener al lado un hombre como Andrés y más por haber conseguido el amor. Lo que

todos buscamos y por tantos prejuicios no damos el paso. Yo lo había dado, aunque en realidad

fueron mis sentimientos los que me impulsaron, los que empujaron a que aquellas palabras brotaran

de mi boca. M iré hacia las puertas del bar y seguía lloviendo, enfrente una tienda de chinos estaba

aún abierta y en un ataque de locura decidí salir.

—Ahora vengo, voy a comprar una cosa enfrente.

—Te vas a empapar, mira como diluvia —me dijo uno de los camareros—. Espera —entró y sacó

un paraguas y me lo dio.

—Gracias —le sonreí y salí disparado.

Entré en la tienda, busqué entre los adornos, regalos y todo el popurrí de cosas que había en

aquellas estanterías. Buscaba algo, pero no sabía el qué, me apetecía regalarle algo. Era nuestro primer

día y deseaba que no lo olvidara. Sí, tenía razón, era un romántico, un bobo romántico, pero lo sería

únicamente para él. Dos personas conocían ahora mi gran secreto. Carlos y él. Carlos mi mejor amigo,

él el amor de mi vida al que deseaba mimar y cuidar. M e fijé en un portafotos de cristal, sin adornos.

M e gustó y lo compré. Compré también papel de regalo y lo envolví allí mismo. Nervioso,

impaciente, precipitadamente, no por las prisas, sino por la emoción. Era el primer regalo para la

persona que amaba y sería una sorpresa que no se esperaba. El dependiente lo introdujo en una bolsa

y tras pagar salí de vuelta al bar. Ya estaba preparada la comida, pagué y me fui. M e refugié como

pude del agua que caía a mares y entré en el edificio. Subí en el ascensor, abrí la puerta, dejé las llaves

encima del taquillón y lo llevé todo a la cocina.

—Has tardado mucho —escuché la voz de Andrés desde la habitación.

—Había mucha gente —fui a la habitación y me desnudé—. No te puedes imaginar el frío que

hace y como llueve. M ira, la pobre se ha quedado helada.

—¿Qué has traído para comer?

—Un pollo asado, dos raciones de sopa de pescado, croquetas y calamares.

—¿Tú me quieres cebar?

—No, lo que quiero es que mi nene esté bien alimentado. Tenemos que cuidar ese cuerpazo y el

mío, y la comida es muy importante —salí de la habitación y cogí el regalo escondiéndolo detrás de la

espalda—. Te he comprado un regalito.

—Tú estás tonto… ¿Qué es? —me preguntó sentándose en la cama con cara de niño bueno.

M e senté a su lado y se lo entregué mientras le besaba en los labios.

—Eres un bobo —sujetó el paquete—. ¿Qué voy a hacer contigo?

—Quererme mucho, yo también necesito amor y quiero que me lo des tú.

Dejó el paquete a un lado y se abalanzó contra mí tumbándome en la cama y besándome.

—Te amo y quiero gritarlo a los cuatro vientos. Siento algo muy especial por ti y deseo

conocerte profundamente y amarte cada día.

—Yo también a ti —le dije abrazándole.

—Ahora está calentita, se ha puesto alegre —se rió incorporándose y agarrándola con la mano.

—Sigo siendo un macho y tus besos me ponen como un toro.

Se la llevó a la boca y me hizo suspirar. Acaricié su cabeza durante unos instantes y luego le

obligué a girarse. Le atraje hacia mí e introduje su polla en la boca. Su textura suave y caliente me

encantaba. Disfrutamos de un buen sesenta y nueve mientas mi mano acariciaba sus nalgas. Le puse

boca arriba y separé sus piernas colocándolas encima de mis hombros. Le comí los pies suavemente,

dedo a dedo y sonrió. M e acerqué a su orificio y le penetré poco a poco sin dejar de acariciarle los

pies con mis manos y mi boca. Luego se agarró las piernas mientras me inclinaba hacia él. Puse una

mano a cada lado de su cuerpo, le besé y así, estirando las piernas y flexionando los brazos, continué

penetrándole. Bajó las piernas, le fui subiendo poco a poco mientras yo me tumbaba y él quedaba

sentado encima de mí. Se inclinó, me besó y de nuevo se incorporó. Le tomé por las nalgas y adopté

una postura cómoda para penetrarle más profundamente.

—Ahora sí, ahora sí podemos hacer el amor así. Yo no volveré a estar con otro hombre y si tú lo

estás, dímelo y ponemos precauciones.

—No nene, no volveré a follar a otro hombre, ya tengo al hombre de mi vida. Ya te tengo a ti y

nos entregaremos todo el amor del que seamos capaces. Sí, somos dos tíos sanos y la mejor forma de

hacer el amor es esta, que tú sientas la piel cálida de mi polla y yo sienta el ardor de tu culo. Te amo

y quiero entregarte todo mi amor —le volví a tumbar, levanté una de sus piernas y el giró su cuerpo

quedando apoyado sobre uno de sus costados. De esta forma la penetración resultaba más profunda.

Suspiró y aumenté la velocidad. No se la metía entera en aquellas envestidas, sólo cuando el

momento se volvía más lento y me quedaba durante unos segundos completamente en su interior.

Con la pierna sobre mi hombro dejé la mano libre para masturbarlo. La tenía muy dura, en cualquier

instante se correría y quería sentirlo en mi piel. En un movimiento rápido volvió a estar encima y sin

tocarle, su leche salpicó de nuevo mi cara llenándola más que la vez anterior. Varias gotas cayeron en

mis labios, se inclinó y las lamió fundiéndonos en un nuevo beso. El sabor de su semen, el calor de

éste sobre mi cuerpo, hizo que descargara en su interior. La sacó y la cogió lamiéndola.

—Cabrón —le comenté mientras su lengua limpiaba mi glande. Se deslizó por mi cuerpo y nos

besamos penetrándole de nuevo. Continué durante un rato a un ritmo suave. La saqué y le puse a

cuatro patas, separé sus nalgas y entró sola hasta el fondo. Suspiró una vez más, le levanté y pegué

su espalda a mi pecho. Los dos estábamos empapados en sudor y le abracé. M e corrí de nuevo y esta

vez fui yo quien poniéndole boca arriba, se la mamé hasta que descargó dentro de mi boca. No dejé

que se escapara ni una gota. Era el néctar del amor y así lo ingerí. M i cara se unió de nuevo a la suya,

nuestras pollas ahora en reposo permanecían unidas y nuestros cuerpos oliendo el amor y el deseo.

Así permanecimos largo tiempo, acariciándonos la cara el uno al otro, besando nuestros ojos,

mordisqueando la nariz, los lóbulos de las orejas, la barbilla para volver a nuestros labios y besarnos

con profundidad.

—Has probado mi semen —sonrió.

—Sí. El mejor desayuno que he degustado jamás. M e tendré que alimentar de él con más

frecuencia —continué tumbado encima de él, cara a cara y de nuevo nuestros penes se pusieron duros

—. Te amo.

—Lo sé. Ya me lo habías demostrado, pero ahora… Ahora ha sido distinto.

—Ahora he probado tu ser y lo haré siempre. Porque nada que brote de nuestro amor debe de

perderse.

Separó las piernas y le penetré de nuevo, quedándome quieto.

—Así es como quiero estar siempre contigo. Unido a ti como siameses.

—Te amo. No salgas de dentro de mí. No sabes la sensación que percibo cuando estás así, dentro.

Siento que me llenas por completo, como si lo que me faltara apareciera de repente.

No le dije nada, simplemente le besé los labios.

—Quiero que me cuentes el final de aquella historia.

—¿Crees qué es necesario?

—¿Por qué no? Esas historias forman parte de un pasado y me gusta como las cuentas. Es como

si me estuvieras leyendo una novela erótica.

—Pero uno de los protagonistas soy yo y ahora mi mundo es otro.

—Sí, tu mundo ahora soy yo, pero quiero saber de ti. Quiero conocerte profundamente. Quiero

que en momentos como éste, me cuentes historias.

—Está bien —le dije y me dispuse a acomodarme.

Al hacerlo se salió un poco la polla y creyendo que la iba a sacar me agarró las nalgas con fuerza

y apretó.

—No te preocupes, mientras no se baje, no saldré de ti —le sonreí—. ¿Dónde nos quedamos en

la historia?

—Estabais tumbados en pelotas en aquel camastro el tío bueno y tú.

—Se llama Iván. Sí, tras el agotador momento entre los cuatro nos quedamos tumbados allí. M i

arnés estaba en el suelo y toda la ropa desperdigada por todo el camastro.

—Estoy reventado —comentó Iván—. Tengo la polla rota.

—¿Y el culo?

—M i culo tiene mucho aguante tío. Ya ves como entra tu rabo, y quiero que me vuelvas a follar,

si puedes, antes de salir de aquí.

—Claro tío. M i polla está deseando entrar las veces que haga falta ahí dentro. ¡Joder que culo

tienes cacho cabrón!

—Tengo sed, ¿vamos a tomar una cerveza?

—Sí, pero antes pasemos por el guardarropía, quiero dejar todo esto, salvo el arnés. Quiero estar

en bolas como tú.

Nos levantamos y nos calzamos las botas, me coloqué el arnés y lo ajusté bien. Iván me miraba.

—Como te queda ese arnés tío. La forma de tu pecho resalta aún más entre el cuero y el metal.

M e miré y sonreí:

—La verdad que nunca me había puesto uno y me gusta, queda muy sensual.

—Necesito que me folles tío. M e pones a mil así y no puedo salir con el calentón que tengo ahora

mismo.

—Está bien tío. Dame un condón y te dejaré bien relajado, aunque primero disfrutaremos los dos.

M e colocó el condón con la boca y le penetré con fuerza, con mucho ritmo. Los dos deseábamos

aquel momento de placer y a la vez saber cómo había evolucionado la fiesta. Llevábamos mucho

tiempo en aquel privado. Toqué su rabo y noté como salían los chorros de leche. Era muy lechero el

cabrón. Se corriera las veces que fueran, siempre tenía cantidad de leche. M e corrí y me quité el

condón. Lo tiré a la papelera y salimos.

El ambiente en el local se había desmadrado o al menos me lo pareció. Era la primera vez que

estaba en una fiesta de estas características, pero aquello me pareció desmesurado: Las puertas de

todos los privados estaban abiertas y en el interior, con la luz encendida se veían cuerpos

revolcándose los unos con los otros, algunos se acercaban a las puertas y se quedaban mirando, los

había que pasaban de largo, pero otros se sumaban a aquellas orgías de carne y deseo. En cualquier