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Lisistrata por Aristófenes - muestra HTML

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ARISTÓFANES

LISÍSTRATA

o se sabe en qué año nació Aristófanes, ni en qué año murió; pero se cree que en 427, cuando hizo representar su primera comedia, no N tenia aun la edad legal para obtener un coro, es decir que, según toda verosimilitud, aun no había cumplido treinta años. Así es que presentó su pieza con un nombre prestado, usando varias veces con los arcontes del mismo subterfugio.

Las Nubes, representadas en 424, son la primera comedia que dio con su nombre, como él mismo lo dice en la parábasis, esto es, en la parte de la pieza donde habla directamente por boca del coro. El Pluto, su última obra, o a lo menos la recomposición del Pluto y su repetición en el teatro, es del año 390. Desde entonces, Aristófanes había muerto, o cesado de escribir para la escena.

Créese que la familia del poeta era oriunda de la isla de Rodas, y es posible que él tampoco naciese en Ática. El demagogo Cleonte, por él atacado en su primera comedia, titulada los Babilonios, que ya no tenemos, trató de vengarse de sus sarcasmos, y acusóle de no ser ciudadano de Atenas; pero Aristófanes esquivó felizmente las persecuciones de su enemigo, y vengóse a su vez presentando en escena a Cleonte y maltratándole sin compasión. El mismo Aristófanes fue quien desempeñó el papel de Cleonte, pues ningún actor tuvo valor para exponerse al resentimiento de aquel hombre vengativo y casi omnipotente.

Aristófanes es un adversario de nuevo cuño, bueno o malo en política, en moral y en literatura. Tal se mostró desde el principio, reprendiendo al pueblo y vituperando a sus favoritos; tal fue hasta el fin de su carrera. Fue el poeta más aristocrático, a pesar de su apariencia respetuosa con la multitud; y el pueblo fue uno de los personajes cuyos vicios y extravagancias escarneció con mas frecuencia. Aristófanes le da a cada paso las mas severas lecciones; y prodiga tanta sal y tantas agudezas, que se escucha con indulgencia a este extraño mentor, y palmotéanle las mismas personas a quienes deja molidas y asendereadas. Ningún soberano, dice W. Schlegel, y el pueblo de Atenas lo era a la sazón, consintió nunca con tanto gusto en que le dijesen tan insignes verdades, ni comprendió mejor la chanza. Por nuestra parte, dudamos que aquel soberano aprovechase mucho, para enmendarse, unas reprimendas tan recias y donosamente administradas. Cada día fue corrompiéndose más y más; y aderezando la comedia con venenos y bajezas el buen sentido y la verdad, originó a la postre el envilecimiento de las costumbres, la perdición de las mejores ideas y la abyección de los ánimos. Condenamos, pues, en sí y en sus resultados prácticos, los medios de que se valió Aristófanes para agradar a sus contemporáneos, y ni siquiera investigamos si le era factible emplear otros y depurar la comedia.

No es ciertamente Aristófanes el poeta cómico de mas valía; pero ningún satírico le ha igualado en la antigüedad y en los tiempos modernos; ningún hombre estuvo nunca dotado de una imaginación mas poderosa y fecunda; ningún poeta ha reunido jamás en su persona más cualidades opuestas: el numen sarcástico y la reflexión, el cálculo de la razón y los arrebatos líricos, el ardor indomable del pensamiento y la exquisita perfección de la forma; ningún poeta en fin ha sido nunca mas completamente poeta que Aristófanes.

Y no se diga que arrastrase la musa por el fango; sino que el fango, amasado, trabajado, dorado, y animado del soplo vital, salió de sus manos digno, si es lícito profanar este nombre, de las miradas y abrazos de la musa. Decía La Bruyére del libro de Rabelais, que era el encanto de la canalla, y que también podía ser el manjar de los más delicados. Pero solo la canalla ateniense, esto es, el pueblo más sutil, más ingenioso, más esquivo y más ilustrado del mundo, pudo deleitarse dignamente con Aristófanes. Los más delicados han sido en todo tiempo los más entusiastas admiradores del ingenio de este gran poeta, empezando por Platón y acabando por el autor del Telémaco. Platón, que hizo figurar a Aristófanes en el banquete de Agatón y le puso en boca un discurso digno de su talento a la par que de su cinismo, escribió después de su muerte este epigrama, que no es muy exagerado: «Buscando las Gracias un santuario indestructible, hallaron el alma de Aristófanes.»

Verdad es que Platón no conoció a los poetas de la Comedia nueva. Tal vez hubiera admirado menos el aticismo de Aristófanes, a tener por término de comparación el aticismo de Menandro. Lo que resta de la obra de Plutarco acerca de los grandes cómicos de Grecia, nos muestra que Menandro perjudicó a Aristófanes, y que la comedia de costumbres, esto es, la verdadera comedia, hizo que los ánimos fuesen más delicados, y por consiguiente más severos en la apreciación de los méritos de la comedia sátira. «El estilo de Aristófanes, dice Plutarco, es una mezcla de trágico y cómico, de sublimidad y bajeza, de hinchazón y oscuridad, de serio y jocoso, que llega a la saciedad: en suma, es una desigualdad continua. No da a sus personajes el tono que conviene a su carácter: en él, un príncipe habla sin dignidad, un orador sin nobleza; una mujer no tiene la sencillez de su sexo; un plebeyo y un patán, el lenguaje común y tosco de su condición. A todos les hace hablar a la ventura, poniéndoles en boca las primeras expresiones que se le ocurren; de forma que no puede distinguirse si habla un hijo o un padre, un rústico, un dios, una mujerzuela o un héroe.»

Es probable que Menandro observaba más que Aristófanes la verdad de los caracteres, y que sus personajes tenían mas figura, sentimientos más acordes, y que hablan siempre el lenguaje de la naturaleza. Por eso formuló Plutarco un juicio más que riguroso sobre un poeta que nunca tuvo más objeto que mover a risa, y que diseñaba, no retratos vivos, sino caricaturas de la realidad.

Así, pues, hay que hacer muchas salvedades en ese severísimo fallo.

El estilo de Aristófanes no ha de confrontarse con un ideal cómico que Aristófanes no pudo adivinar. Hay que conocerle en si mismo, hay que aquilatarle por los efectos producidos, esto es, por la vehemencia de la sátira, por la viveza del sarcasmo, por lo mucho que hizo reír a sus oyentes. Y hoy en día aun es fácil convencernos de que Aristófanes fue en efecto el favorito de las Gracias, y de que Platón no obró de ligero al escribir su epigrama.

Semejante elogio no hubiera sido inferior al merecimiento de Sófocles mismo. En efecto, estos dos hombres tan desemejantes en todo lo demás, fueron escritores de igual familia, dotados de varios talentos completamente comparables. Prescíndase por un momento del absoluto contraste de los asuntos tratados por ambos poetas; atiéndase únicamente a la expresión del pensamiento, al giro de la frase, a la elección de las palabras, a su colocación, a la fisonomía del estilo, a la armonía intima de esta poesía y a su armonía musical: véase el mismo vigor y la misma flexibilidad, el mismo tacto infalible, la misma plenitud de sentido; véanse las mismas gracias y el mismo encanto; véase la perfección del arte consumado. El único defecto de estilo de Aristófanes, y este defecto lo es para nosotros no mas, consiste en la abundancia de alusiones, que al punto comprendía la malicia de los contemporáneos, y en los que muchas veces solo vemos indescifrables enigmas. Agréguese además que, de todos los méritos que los atenienses apreciaban en aquella dicción docta a la par que sencilla, la cual fue el secreto de Aristófanes, nosotros solo notamos los más adocenados; pero a despecho de los siglos trascurridos, y a pesar de la imperfección de nuestros conocimientos; aún percibimos algo de aquel aroma penetrante y ligero, que era como la natural emanación del suelo de Ática, y del que está impregnada toda la poesía de Aristófanes. Ahí, o en ninguna parte, nos es dado concebir lo que era el aticismo tan decantado por los críticos antiguos.

Se tiende a exagerar la importancia de las comedias de Aristófanes, consideradas como monumentos de la historia de Atenas. Sí, seguramente, bajo aquellas agradables ficciones, bajo aquellas grotescas máscaras, bajo aquel mundo fantástico que brota del intelecto de un hombre, hay realidades, hay algo de lo que rebullía y vivía en la sociedad ateniense en el siglo V antes de nuestra era. Las comedias de Aristófanes son la gaceta, digámoslo así, de la ciudad de Pericles durante su período mas turbulento, más preñado de sucesos, más fecundo en peripecias; pero esta gaceta se escribió por un hombre de partido: basta decir que Aristófanes dista de merecer siempre crédito, y que sus asertos deben sujetarse generalmente a un severo examen.

Razón tuvo Cicerón al observarlo: algo irritante era la parcialidad de los poetas de la Comedia antigua. Murmurar de los Cleontes y de los Hipérboles, pase; pero, calumniar a un héroe como Lamaco, a un sabio como Sócrates, a un estadista como Pericles.

Es evidente que si hubiésemos de atenernos a Aristófanes respecto de los que fueron honra y gloria del pueblo ateniense, nos expusiéramos a caer en extraños yerros. Es fama empero que, deseando Dionisio el joven enterarse del gobierno de Atenas, envióle Platón las comedias de Aristófanes. Ni Platón mismo estaba exento de preocupaciones políticas. Detestaba la democracia, como Aristófanes. ¿Entendemos pues que a sus ojos tuviese la caricatura los rasgos de un cuadro verdadero, y que por tal la diese al tirano?

Por nuestra parte, como ya nada nos alucina respecto de los méritos o defectos de los personajes representados por Aristófanes, y como no aspiramos a corregir las costumbres e instituciones de los atenienses, solo hemos de aceptar a beneficio de inventario los datos por el poeta satírico suministrados.

Hasta con estas salvedades, mucho queda que aprovechar en sus obras; y la historia puede también congratularse de la dichosa casualidad que ha preservado tantas de ellas. El tiempo ha respetado casi tanto a Aristófanes como a Eurípides. De cincuenta y cuatro comedias, o según otros, de cuarenta y cuatro, son once las que han llegado íntegras hasta nosotros. Estas once comedias, o si se quiere estas once sátiras, pueden dividirse en grupos, a poca diferencia como sigue. Sátiras políticas: los Arcanienses, los Caballeros, la Paz, y Lisístrata; sátiras filosóficas: las Nubes, las Avispas, las Asambleístas, y Pluto. Sátiras literarias: las Tesmoforias y las Ranas. Una sola pieza, las Aves, no cabe en ninguno de estos tres grupos: es como una revista crítica, una mezcolanza de política, filosofía, literatura y mil cosas más, cuyo objeto no se indica muy claramente; es mas fantasía que polémica; es poesía que solo tiende a ser poesía y a deleitar la imaginación de los hombres.

Alexis Pierrot en Historia de la Literatura Griega.

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