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LOS CABALLEROS TEMPLARIOS

ALEJANDRO DUMAS

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Los caballeros templarios Alejandro Dumas

CAPÍTULO I

Continuando por la calle de Rivoli en París, antes de llegar a los bulevares, se halla un

enorme edificio situado en la esquina formada por la unión de esta calle con la de la Corderie.

Se trata del palacio de los caballeros templarios, en el que habitaba el jefe o Gran Maestre de

aquella célebre orden que, desde la cima de su riqueza y poderío, estaba destinado a legar a la

historia inolvidables recuerdos para la posteridad, con el ejemplo que su precipitada ruina

ofreció acerca de la inestabilidad de la grandeza humana.

La génesis de la milicia del Temple se fecha en la época en que Godofredo de Bouillon

fue a plantar el estandarte de la cruz sobre los muros de Jerusalén. Sus nueve fundadores, al

frente de los cuales figuraban Hugo de Payens y Geofredo de Saint-Omer, después de

conquistar la Ciudad Santa, pronunciaron el solemne juramento de defenderla de los ataques

de los turcos, y defender a los numerosos peregrinos que entrasen a visitarla. Aparte de los

tres votos religiosos ante el patriarca de Jerusalén, incorporaron otro en virtud del cual se

obligaron a combatir contra los infieles. La cruz de esta orden militar era de tela roja, como la

de los cruzados franceses, y su estandarte, denominado Baucens o Baucan, estaba partido en

negro y blanco.

El afán de estos misericordiosos caballeros atrajo a un buen número de imitadores, y al

observar el rey Balduino II que otros muchos soldados cristianos ingresaban en la nueva

orden, le entregó para su sede, en el año 1118, un edificio aledaño al Temple. De aquí la

denominación con que fueron conocidos en lo sucesivo: frailes de la milicia del Temple,

caballeros del Temple y templarios. El concilio de Troyes, en 1128, tras admitir la nueva

orden, formuló sus estatutos, disponiendo que el hábito o el uniforme de los caballeros se

compusiera de una capa blanca con una cruz roja en el hombro. Más tarde, la comunidad se

extendió prontamente por los diversos países de la cristiandad, y con el tiempo obtuvo sedes

en Francia, Inglaterra, Alemania, España, Portugal, Suecia, Dinamarca, Polonia, Cerdeña,

Sicilia, Chipre, Constantinopla y otros lugares.

No obstante, París fue la sede principal de los templarios. El primer indicio conocido de

su presencia en aquella ciudad es la memoria de un capítulo de la orden celebrado allí en el

año 1147, en el cual se presentaron ciento treinta caballeros. Es posible que a partir de ese

momento los templarios se congregasen en un edificio conocido más tarde con la designación

de Viejo Temple, que tenían próximo a la plaza de San Gervasio, y una torre perteneciente al

mismo que limitaba en el siglo anterior con el coro de la iglesia de Saint-Jean-en-Greve. Con

Comentario [Librodot-1]:

todo, los nuevos religiosos se asentaron en la Villa Nueva del Temple, como era conocida,

La iglesia de Saint-Jean-en-Grave

fue destruida casi por completo

antes del año 1182.

durante la revolución; pero aún

La orden de la milicia del Temple mantuvo durante largos años su honor y notoriedad

existe parte de ella, es decir, la

biblioteca pública y la sala de San

con constantes hazañas heroicas. El gran deber que se habían encomendado y que constituía el

Juan, donde se congregan las

propósito principal de su institución, a saber, la defensa de los santos lugares contra los

asociaciones literarias y científicas.

paganos, al menos pudieron desempeñarlo con un valor y una devoción ejemplares. Durante

la dilatada e inestable contienda entre la cruz y la media luna, que ocupa la historia de los

siglos XII y XIII, contemplamos a los templarios mezclados con los más valerosos donde

quiera que se esconda el peligro; y en Jerusalén, en Chipre, en Tolemaida, allí donde bullía el

centro del conflicto, vertían su generosa sangre, bien en la brecha, bien en el campo de

batalla. «Sencillamente vestidos y cubiertos de polvo -dice el elocuente san Bernardo en una

de aquellas arengas con que tan intensamente fomentó la segunda cruzada-, presentan un

semblante quemado por los rayos del sol, y sus miradas son arrogantes y severas: al

aproximarse el momento de la lucha, envuelven de fe su ánima y de hierro su cuerpo; sus

armas son sus únicas galas, y las emplean con valentía en los mayores peligros, sin temer el

número ni la fuerza de los infieles: tienen puesta toda su fe en el Dios de los ejércitos, y al

batallar por su causa buscan una victoria segura, o una santa y digna muerte. ¡Oh,

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Los caballeros templarios Alejandro Dumas

bienaventurada forma de vivir, gracias a la cual se espera sin miedo la muerte, anhelándola

con alegría y aceptándola con la certeza de la salvación eterna!»

Continuó animándoles este auténtico espíritu castrense mientras constituyeron una

comunidad, y a pesar del poder y los bienes que obtuvieron, nunca olvidaron que eran

soldados de la fe, ni trataron de desligarse de los servicios y riesgos a que por su condición

estaban destinados.

En relación con los hábitos generales de los templarios, es de suponer que no siempre

fueron tan irreprochables como exigían las obligaciones a las que se habían consagrado y los

votos que habían pronunciado como defensores de la fe. El período en que prosperaron, a

pesar de su espíritu de entusiasmo religioso, se destacó más por cualquier otro concepto que

por la probidad de costumbres; de modo que incluso la mezcla de la devoción con la

inmoralidad en un mismo individuo no era un hecho excepcional, y parecía que la una servía

para encubrir a la otra. Las mismas cruzadas abrían el cauce para que la corriente del

desenfreno anegara Europa, con las malas costumbres que los guerreros de aquellas

incursiones llevaban consigo a su país al regresar de sus desenfrenadas contiendas, así como

con la suspensión de la normalidad en la apacible industria y con el movimiento universal de

la sociedad, causadas con anterioridad por la emigración de tantos aventureros a países

lejanos. Parece que los templarios no dejaron de contagiarse entre esta predominante

relajación, al mismo tiempo que gastaban sus vidas en la hosca profesión de las armas,

olvidaban a menudo que eran frailes, y estaban muy predispuestos a seguir el comportamiento

que observaban en los demás soldados. También es posible que cuando estaban en las

inmensas y magníficas residencias que poseían en Francia y en otros lugares, redujesen la

severidad de la disciplina tomándose muchas libertades a las que ni siquiera hacían referencia

sus normas, como han hecho otras comunidades religiosas, sin contar con causa tan buena que

alegar en sus pasados servicios y penalidades, o en las tentaciones a que su forma de vida les

había expuesto. En definitiva, sus enormes riquezas, el poder que éstas les otorgaban y los

cuantiosos placeres que con ellas podían conseguir, motivaron que la soberbia y el desenfreno

fuesen las marcas características de la orden; y bajo este juicio, seguro que no carecía de base

el cargo de inmoralidad y corrupción que contra ellos se alegó.

Pero también es muy cierto que nunca se ha demostrado el menor indicio de

irreligiosidad y depravación de que se les acusaba, cuando solamente se buscaba y se

anhelaba la total desarticulación de la orden. En una obra aparecida hace años en Francia por

M. Raynouard, en la que se estudiaba el tema con mucho detalle y ecuanimidad, con una

enorme cantidad de documentos inéditos que aún no se habían utilizado para dilucidarlo, se

ha probado notoriamente que hasta el instante en que se decidió acabar con ellos, la conducta

de los templarios no había dado lugar a las calumnias de que fueron víctimas y que

continuaron manchando la memoria de los desafortunados caballeros, aunque no se intuía más

que la verdad de algunas de ellas.

Pese a que numerosos escritores, desde la disolución de la orden, han dado fundamento

a juicios adversos acerca de la actitud de sus miembros, no hay ninguna señal de parecida

acusación en las obras publicadas antes de aquel suceso. Muy al contrario, no sólo se hicieron

merecedores los caballeros templarios de las repetidas recomendaciones de los más radicales

detractores de otros religiosos, sino que además vemos ensalzados con las mejores palabras su

gallardía, su piedad y su caritativa generosidad, pocos años antes de su abolición, por los

mismos que después se transformarían en sus implacables destructores. Seguramente de todo

esto no se colige ninguna demostración de su inocencia, pero al menos deja establecida su

reputación sin tacha y evidencia que las impresiones adversas que han sostenido respecto a

ellos algunas autoridades en los tiempos modernos, nacen de las mismas pruebas que se

presentaron para justificar la condena de la orden y no poseen otra base en que apoyar-se; de

todos modos, la naturaleza y el auténtico valor de tales pruebas por fortuna no admiten mucha

polémica.

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Los caballeros templarios Alejandro Dumas

Felipe IV de Francia, llamado el Hermoso, era uno de los varones más decididos y

autoritarios que jamás ocuparon el trono de aquel o de cualquier otro país. Había recibido la

corona en 1285 por muerte de su padre Felipe III, a los diecisiete años de edad; y desde el

momento en que se vio investido de la autoridad real, pareció resuelto a impedir que

experimentase la más mínima limitación en sus manos. Las guerras que había emprendido,

aunque la mayor parte fueron victoriosas, le colocaron en grandes dificultades económicas de

las que no podían salvarle los expedientes habituales de aquella época. Por tanto, urgía hallar

recursos, y Felipe no era hombre que dudase ante los medios de que debía valerse para

alcanzar sus fines. Fue entonces cuando, tras incrementar el valor de la moneda mientras la

nación pudo asumirlo, medida que se solía emplear en tales circunstancias, se fijó en las ricas

propiedades de los templarios y decidió satisfacer sus necesidades con la desgracia de esta

famosa comunidad.

Las principales herramientas de que se valió Felipe para cumplir sus propósitos fueron

sus dos ministros Enguerrando de Marigni y Guillermo de Nogaret, hombres afines a sus

intereses y de carácter parecido al suyo. Otro de sus aliados fue el papa Clemente V, que

gracias a la influencia de Felipe el Hermoso, había prosperado del arzobispado de Burdeos a

la silla de San Pedro y era una de sus hechuras no sólo por gratitud y por las acostumbradas

simpatías entre protector y protegido, sino también, de acuerdo con algunos historiadores, por

los lazos de una conveniencia positiva. Poco después de su llegada a la silla papal, Clemente

V dio una prueba irrefutable a la cristiandad de su consideración para con el rey de Francia

cruzando los Alpes e instalando su corte en Aviñón, es decir, en los dominios de aquel

monarca.

CAPÍTULO II

El viernes 13 de octubre de 1307, el Gran Maestre y todos los caballeros templarios que

se hallaban en su residencia de París fueron detenidos por orden del rey Felipe, mientras al

mismo tiempo se trataba de igual forma a todos los miembros de la orden en el resto de

Francia. Se les pusieron grilletes de inmediato. El rey se apropió el castillo del Temple y se

divulgó un panfleto que denunciaba a aquellos desdichados como a unos monstruos

malévolos, cuyas acciones, e incluso sus palabras, eran suficientes para corromper la tierra y

contaminar el aire; seguidamente se instó al vulgo a reunirse en el jardín real para oír los

detalles de los increíbles crímenes que habían cometido los frailes del Temple. Habiendo,

pues, acudido un gran número de personas de todas las parroquias de la capital, hicieron uso

de la palabra varias personas designadas para tal propósito, y en el estilo oratorio más

apropiado para exacerbar los sentimientos, pregonaron las acusaciones que se habían

formulado contra la piadosa orden.

Según atestiguan numerosas autoridades, los denunciantes de los templarios, en primer

lugar, fueron dos miembros de su misma comunidad que habían sido castigados por el Gran

Maestre a cadena perpetua, como castigo a su continuo desenfreno. Debe tenerse en cuenta

que después fallecieron miserablemente, siendo ahorcado uno de ellos. Como premio al

servicio que en ese momento habían prestado acusando a sus hermanos, fueron puestos en

libertad. A sus declaraciones se añadieron en seguida las de otros testigos, y vamos a ver de

qué modo se consiguieron. Las imputaciones merecen una aclaración, siquiera concisa, ya que

competen al género más sutil para aprovechar la credulidad de aquellos tiempos e insultar el

raciocinio de quienes lo tenemos.

Se tomaba como cierto que la ceremonia de iniciación comprendía una miscelánea de

irreligiosidad y perversión en que toda la asamblea practicaba los desmanes más grotescos de

una y otra, adoctrinando concienzudamente en ellas al aspirante. Cualquiera que haya sido el

libertinaje de los caballeros templarios, es totalmente improbable que en ninguna ocasión se

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consintiera semejante comportamiento en las juntas generales de la orden, y mucho menos

cuando tenía lugar la recepción de nuevos aspirantes en su seno; pero M. Raynouard señala

por vez primera un hecho que todavía hace más injusto lo irracional y lo inverosímil de la

acusación. Se ha comprobado que los templarios, no solamente en Francia, sino en otros

países, estaban bien informados de la conspiración que se estaba urdiendo contra su

comunidad, mucho tiempo antes de someterlos a presidio. Una carta del papa Clemente, de

fecha 22 de agosto de 1307 (unos dos meses antes de aquel acontecimiento), atestigua que el

Gran Maestre y otros caballeros de la orden, conociendo que se les había denunciado,

acudieron a él, no una, sino repetidas veces, demandando que se llevase a cabo una

investigación sobre las cuestiones de las que se les acusaba. Esta urgencia, esta angustia por

enfrentarse a las imputaciones que se les achacaban, argumenta en favor de su inocencia; por

lo menos podemos asegurar que si hasta entonces mancillaron sus reuniones con prácticas

criminales, debieron abandonarlas en cuanto conocieron la peligrosa posición en que se

hallaban. No obstante, respecto a las pruebas, resulta que muchos de los testigos que

declararon haber visto los hipotéticos hechos monstruosos de la orden, habían ingresado en

ella, según ellos mismos afirmaron, muy pocos meses, muy pocas semanas, muy pocos días

antes del encarcelamiento colectivo. Los individuos que realizaron tales declaraciones eran

miembros que con ellas compraban su vida y su libertad, mientras que sus hermanos, que

afirmaban la falsedad de las acusaciones, eran torturados, sometidos a prisión y atados a un

poste. Al parecer, su declaración, harto dudosa por las circunstancias, era totalmente rebatida

por su misma esencial inverosimilitud.

Pero, ciertamente, ¿qué podemos pensar de las fábulas urdidas en aquella circunstancia,

salvo que se habían inventado para sorprender la fácil credulidad de unos tiempos de

ignorancia, cuando observamos el enredado tejido de sucesos espantosos, ridículos e inviables

que forman su esencia? Si hubiésemos de creer tan extravagantes embustes, era tan impetuoso

el celo anticristiano de los caballeros que en cuanto habían aceptado en la orden a un nuevo

hermano, le obligaban a renegar del Salvador y a pisotear el crucifijo. Además, su abyecta

superstición había llegado a tal extremo que en sus asambleas generales solían adorar a una

cabeza de madera con una gran barba. Su impiedad parece haber sido la más osada, la más

desordenada y la más irreconciliable, bien con sus propios intereses, bien con los sentimientos

y costumbres naturales de su vocación, bien por fin con sus otras depravaciones y desatinos,

como para sugerir que con ella ocasionaban toda clase de ultrajes a la fe católica. Añádase a

esto que algunos testigos afirmaron también que el diablo solía aparecer en las reuniones de la

orden, en forma de gato, el cual hablaba con los templarios mientras ellos hacían una

genuflexión y le idolatraban. Seguro que esta patraña no fue la que se admitió con menos

facilidad. En una palabra, las imputaciones alegadas contra los templarios a nada se asemejan

tanto en su naturaleza general como a las acusaciones dirigidas a la multitud de desgraciados

que en nuestro país y en varios otros se castigó a la hoguera por los crímenes de brujería y

encantamiento. Igual parecido ofrece la forma con que en ambos casos se conseguía la

evidencia o convicción de los cargos imputados.

Después de su encarcelamiento, se aplicó en todas partes la tortura a los caballeros, para

obligarles a confesar los crímenes que se les imputaban. Los que habían sido encarcelados en

París fueron entregados al piadoso inquisidor Imbert, confesor de Felipe el Hermoso, que

según las apariencias era persona no demasiado remisa en el cumplimiento de los deberes de

su cargo. La brutalidad de los tormentos que él y sus ayudantes aplicaron a sus víctimas,

provocó el fallecimiento en sus manos de treinta y seis de ellas. Otros desdichados, incapaces

de soportar tan crueles tormentos, confesaron todo lo que sus verdugos quisieron, entre los

cuales se contaba el mismo Gran Maestre, Jacobo Molé (Molay), hijo de una noble familia de

Borgoña que, aceptado en la orden del Temple el año 1265, se había destacado en las guerras

contra los infieles, y durante su ausencia en ultramar, había sido elegido jefe de la orden por

unanimidad, en 1298. Molé confesó que había negado al Redentor y pisoteado una vez el

símbolo de la cruz.

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Sin embargo, muchos de ellos, que así hubieron de doblegarse a la debilidad de la

naturaleza, pronto se arrepintieron de la traición a la orden y a la verdad, con la cual se habían

librado de la tortura y, decretando su propia condena, se desdijeron de las confesiones que

sólo les había arrancado la intensidad del tormento. Nadie lamentó con más amargura su

apocamiento que el Gran Maestre. Pasaremos por alto las interminables ignominias y afrentas

que durante unos dos años se ejercieron en distintas localidades del reino contra los

desventurados caballeros que habían sobrevivido al primer estrago de los torturadores, y que

durante el mismo período estuvieron cargados de cadenas en sus calabozos, mientras el rey

recibía sus rentas. Por último, el 7 de agosto de 1309 se reunió en París el tribunal que se

había nombrado para juzgarles, y el 26 de noviembre, llevado a este tribunal, el Gran Maestre

declaró su intención de seguir en su defensa, y añadió:

- Sin embargo, no se me oculta la dificultad de la empresa que emprendo, toda vez que

me hallo reo en manos del papa y del rey, y sin la menor cantidad con que costear los gastos

indispensables de semejante pleito.

Al día siguiente se hizo asistir a Tousard de Gisi, otro de los caballeros que había

confesado la verdad de las acusaciones formuladas contra la milicia del Temple.

- ¿Pensáis defender a la orden? -preguntaron los jueces.

-Sí, señorías -contestó Gisi-; la imputación que se nos ha atribuido de negar a

Jesucristo, de pisar su cruz y de realizar depravadas obscenidades en nuestras reuniones,

y todas las demás acusaciones que se nos atribuyen, son completamente falsas. Si yo

mismo y otros caballeros nos hemos confesado ante el obispo de París o quien quiera que sea,

hemos faltado a la verdad, hemos claudicado ante el temor, el peligro, la violencia. Eramos

torturados por Hexian de Beziers, por el prior de Montfaucon y por el fraile Guillermo

Robert, los tres oponentes nuestros. Muchos de los prisioneros acordaron entre sí hacer estas

confesiones para escapar de una muerte cierta, pues treinta y seis caballeros habían

sucumbido a la tortura en París, sin tener en cuenta el gran número de ellos que habían muerto

en otras ciudades. Por lo que a mí concierne, estoy dispuesto a defender a la orden, en mi

nombre y en el de todos los que hagan causa común conmigo, si se me permite satisfacer los

gastos necesarios con los bienes a la comunidad.

En seguida pidió la asistencia del abogado que nombró, y puso en la mesa una lista de

individuos que consideraba contrarios a él y a sus hermanos, y por tanto no aptos para

juzgarles o para ser oídos contra ellos.

Aquella lista no contenía más que cuatro o cinco nombres, al frente de los cuales

estaban los de los dos frailes que habían dirigido sus angustias en la tortura, y de cuya dura

insensibilidad en aquella ocasión las víctimas habían conservado un vivo recuerdo.

- ¿Os aplicaron el tormento? -pregunto el presidente.

- Sí -respondió Gisi-, tres meses antes de la confesión que realicé al obispo. Me ataron

las manos detrás de la espalda, con tanta fuerza y tirantez, que la sangre casi me estaba

manando por entre las uñas; y en este estado permanecí una hora en la celda.

En una de las siguientes asambleas del tribunal, otro caballero, Bernardo de Vado, dijo:

-Fui tan atrozmente torturado, y se alargó tanto la tortura del fuego, que se consumió la

carne de las plantas de los pies, y se dislocaron estos dos huesos que os muestro.

El número de los caballeros que se presentaron para expresar sus deseos de defender a

la orden llegó pronto a novecientos; pero únicamente se escogieron setenta y cinco para llevar

a cabo dicha obligación. El 11 de abril de 1310 se empezó pues a encausar formalmente el

sumario, que con motivo de una serie de aplazamientos, se alargó hasta la tarde del domingo

11 de mayo, habiéndose escuchado la declaración de catorce testigos este día. Entre tanto, el

rey parecía haber llegado a la conclusión de que semejante pleito no ofrecía la mejor manera

de asegurar el éxito de sus planes. Aquella noche, el hermano del canciller Marigny, recién

designado para la silla arzobispal de Sens, cursó órdenes para proceder al encarcelamiento de

cincuenta y cuatro de los caballeros encargados de defender la orden, integrantes todos de los

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que en un principio habían reconocido los cargos que se les imputaban y después se habían

desdicho de sus confesiones. Bajo esta excusa el arzobispo les declaró herejes reincidentes, y

les condenó a la hoguera.

El veredicto dictaminado contra ellos se ejecutó al día siguiente: los desdichados

caballeros fueron quemados en un campo detrás de la abadía de San Antonio. Después de

haber llegado al lugar del calvario, se les ofreció la vida y la libertad con tal que ratificasen su

primera declaración; pero aunque acosados por las vivísimas súplicas de sus parientes y

amigos; aunque ardían ante sus ojos las antorchas que habían de prender la hoguera de su

suplicio, ninguno de ellos tuvo la flaqueza de comprar por segunda vez el alargamiento de sus

días, o de intentar librarse de las torturas corporales, con la falsedad y la propia degradación.

Los desdichados fallecieron invocando a Dios y a los santos, cantando himnos y proclamando

su inocencia en su último aliento, en medio de las abrasadoras llamas. Hasta los espectadores

obsesionados como estaban contra ellos, al observar sus sufrimientos y su noble

perseverancia, no pudieron menos de expresar su admiración y simpatía, entre los murmullos

de indignación que contra sus ejecutores se alzaron.

Este espantoso ejemplo surtió en gran medida el efecto que esperaban los enemigos de

los templarios.

Cuarenta y cuatro caballeros retiraron inmediatamente su alegato de inocencia, y tanto

ellos como todos los demás que admitieron los crímenes que se les atribuían, a título de

arrepentidos y reconciliados, fueron puestos en libertad y en repetidas ocasiones

recompensados. Mientras tanto, en los otros puntos del reino se reprodujeron los mismos

métodos que se habían seguido en París respecto a los llamados herejes reincidentes, y

falleció un enorme número de ellos en distintas poblaciones, sentenciados también a la cruel

muerte que habían padecido las víctimas del arzobispo de Sens. Los mismos hombres de las

comisiones que conocían su causa, parecían aterrorizados con lo que observaban, y el 21 de

mayo postergaron sus asambleas para el 3 de noviembre. Reunidos en este día, y hecha la

habitual advertencia de que podían hacer acto de presencia todos los que deseasen defender a

la orden, nadie compareció. Sin embargo, continuaron recibiendo los testimonios de algunos

testigos hasta el 26 de mayo de 1311.

Muchos de los caballeros que eran llevados ante las comisiones, todavía tenían el arrojo

de perseverar en sus proclamaciones de inocencia; pero como quiera que ya no vivían los

miembros más valerosos de la orden, inmolados por la venganza de sus adversarios, mientras

que por otra parte no se permitía, sin duda por miedo, que prestasen sus testimonios los

caballeros más resueltos que aún gemían en las celdas, no es de extrañar que el mayor número

de personas interrogadas realizasen unas declaraciones favorables a las intenciones de los que

manejaban la instrucción del pleito, asegurando a la vez su propia salvación. El número total

de testigos sumó doscientos treinta y uno, ciento cincuenta de los cuales eran caballeros que

confesaron en todo o en parte los crímenes atribuidos a la milicia del Temple. No es

arriesgado convenir, no obstante, que los anales judiciales no recuerdan nada más funesto que

estos testimonios. Los testigos expresan una lucha interior entre el miedo y la mala conciencia

que les están abrumando, lo que se aprecia en las claras contradicciones y otras señales de

turbación, repugnancia y pánico de desatinar en sus forzados embustes, que con

independencia de la irracionalidad de sus aseveraciones, son sobradamente suficientes para

desposeerles de todo atisbo de verosimilitud.

CAPITULO III

Pese a toda aquella matanza, aún no estaba formalmente decidido el destino de los

templarios. Para ello se creyó conveniente convocar un concilio general de la iglesia, que en

efecto se reunió el 13 de octubre de 1311, en Viena del Delfinado, precisamente cuatro años

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después del arresto general de los caballeros. Los procesos que se llevaron a cabo fueron

sumamente extraordinarios. Habiéndose ordenado que comparecieran todos los que querían

defender a la orden inculpada, se presentaron nueve caballeros ante los prelados reunidos,

declarando que eran representantes de unos mil quinientos a dos mil hermanos suyos que,

huidos en la época del primer ataque contra su comunidad, habían llevado una vida errante

desde entones, como prófugos por las montañas y las cercanías de Lyon, y estaban decididos

a defender la causa común contra todos sus enemigos y detractores. Ellos se ofrecían para esta

finalidad, decían, bajo la garantía de la fe pública y del permiso especial otorgado por el

Sumo Pontífice y proclamado por toda la cristiandad. Estos valerosos caballeros se habían

arrojado a la cueva del león. En cuanto declararon su comisión, fueron encarcelados por orden

del papa Clemente, y cargados de cadenas. El mismo pontífice consigna el hecho en una carta

de fecha 11 de noviembre, enviada a un aliado del rey Felipe y copiada por Raynouard de su

original latino.

Este hecho de cruel alevosía enardeció la indignación general del concilio, y muchos de

los prelados expresaron sin tapujos ni rodeos lo que sentían. Habiéndose preguntado si era

necesario o no escuchar a los inculpados en su propia defensa (extraña cuestión por cierto

para debatirse en cualquier circunstancia, y en especial después de las diligencias practicadas

en el presente caso), todos los de Francia, menos los arzobispos de Reims, de Sens y de Ruán,

y todos los de España, Alemania, Dinamarca, Inglaterra, Escocia e Irlanda, votaron

afirmativamente. Con este motivo, Clemente declaró incontinenti finalizada la sesión y

aplazado el concilio para el 3 de abril de 1312.

Mientras tanto, a primeros de febrero, el mismo Felipe se presentó de imprevisto en

Viena, acompañado de sus tres hijos, de su hermano y de una numerosa comitiva. Después el

Papa reunió a los cardenales junto con algunos prelados de su confianza, en consejo secreto, y

de su propia potestad abolió la orden. Expeditada en el día convocado la segunda sesión del

concilio, se vio sentado a la derecha del Papa al rey de Francia, rodeado de su hermano, de sus

hijos y de un imponente séquito de militares. El día 2 del mes siguiente, con la honorable

presencia de Felipe, el Papa leyó llanamente a la asamblea el decreto en cuya virtud había

declarado disuelta la orden de los templarios. Los santos padres la escucharon en silencio, sin

que ninguno juzgara conveniente declarar su desacuerdo o beneplácito

Ya no faltaba pues más que la escena final de esta larga tragedia. A 18 de marzo de

1314, el Gran Maestre y otros tres jefes de la orden que anteriormente habían prestado su

confesión, fueron sacados de sus celdas, en las que habían sollozado por espacio de más de

seis años, y colocados sobre un alto entarimado situado delante del pórtico de Nuestra Señora,

en uno de cuyos lados estaba sentado el arzobispo de Sens y otros eclesiásticos con carácter

de magistrados, mientras el gentío lo ocupaba todo alrededor. No se siguió ninguna forma de

sumario, sino que se hizo comprender a los caballeros que como consecuencia del

arrepentimiento que habían declarado al aceptar su culpabilidad, solamente estaban

condenados a reclusión perpetua. Al escuchar esta sentencia, el Gran Maestre, llamando a

todos los asistentes para que escuchasen sus palabras, dijo en voz alta las siguientes:

-Justo es que en estos últimos instantes de mi existencia revele la verdad. Confieso por

lo tanto, ante Dios y ante los hombres, que, para mi eterna deshonra, he cometido en efecto

los mayores crímenes, pero únicamente cuando reconocí y confesé aquellos que una maldad

muy oscura ha imputado a nuestra orden: afirmo, como la verdad me obliga a constatar, que la

orden es inocente. Si alguna vez declaré lo opuesto, lo hice únicamente para finalizar los

horribles estragos del suplicio y para conseguir la indulgencia de mis torturadores. Conozco el

castigo que me espera por las palabras que estoy diciendo; pero el horrible espectáculo que se

me ha presentado con el destino de muchos de mis hermanos, no me llevará de nuevo a

confirmar mi primera falsedad con otra; la vida que se me ofrece con tan nefasta condición, la

dejaré sin sentimiento.

La turbación con que los asistentes escucharon esta disertación salió de los labios del

populacho transformada en un murmullo de aceptación.

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Los caballeros templarios Alejandro Dumas

Uno de los tres cofrades del Gran Maestre, Guido, jefe de los templarios en Normandía

y hermano del conde de Auvernia, manifestó rápidamente su beneplácito a todo lo dicho por

Jacobo Mole. Los dos valerosos caballeros no tardaron en conocer de seguro el fin que les

aguardaba. Convocado desde luego el consejo del rey, ambos fueron sentenciados a la

hoguera; y aquella misma tarde fueron quemados juntos, a fuego lento, en la parte más

meridional de las dos pequeñas islas del Sena que en aquel momento se situaban al este de la

isla de la Cité, pero que después fueron unidas con ella.

Guido y Molé padecieron su terrible suplicio con heroica resistencia, y en su última

exhalación proclamaron una vez más la inocencia de la orden. El espectáculo exacerbó en

grado extraordinario la compasión y admiración del pueblo; y escritores contemporáneos

cuentan que durante la noche acudieron muchas personas al sitio donde habían fallecido los

dos mártires, con objeto de recoger sus cenizas y guardarlas como veneradas reliquias.

Tal es la deplorable historia de la abolición de esta famosa milicia religiosa, cuyos

dirigentes por tanto tiempo habían sido muy semejantes a los príncipes de la tierra. La orden

de los templarios se disolvió al mismo tiempo en la mayor parte de los países de Europa; pero

en ninguno se aplicaron a los caballeros tan terribles castigos como en Francia. Aunque

despojados de sus riquezas, en ningún otro país fueron sentenciados a muerte, ni perseguidos

siquiera; y en algunos países, como en Inglaterra, se les proporcionó a casi todos asilo en los

monasterios, después de ser expulsados de sus propias residencias.

En Francia, así que fue abolida la orden, el monarca y el pontífice tomaron posesión de

sus casas y otras propiedades; y aunque el palacio del Gran Maestre, con sus muebles y otros

objetos de la propiedad incautada, fueron después cedidos a los hospitalarios de San Juan de

Jerusalén, conocidos generalmente con el nombre de caballeros de Malta, se acredita que

estos últimos abonaron el valor total de sus nuevas adquisiciones.

Los principales autores de la tragedia de los templarios no sobrevivieron mucho a sus

víctimas. Clemente murió de súbito seis semanas después de la ejecución del Gran Maestre, y

Felipe falleció como consecuencia de una caída de su caballo antes de finalizar el año. Bajo el

influjo de una superstición no del todo infundada, se tuvo por artículo de fe, entre la

población, el que Molé, mientras se quemaba en el poste, había convocado a sus dos

poderosos perseguidores ante el tribunal de Dios dentro de los breves plazos que les habían

restado de vida.

Pero el destino más extraordinario y merecido fue el que tuvo el ministro Marigny,

principal consejero e instrumento de su monarca en aquellos abominables procedimientos.

Privado por la muerte de su real amo y señor de la salvaguardia que le había permitido

desafiar el rencor de sus oponentes, el exvalido quedó atrapado en las redes de una poderosa

alianza, a la cabeza de la cual figuraba el conde de Valois, tío del nuevo rey, Luis X; siendo

destituido de su cargo en la corte y condenado a prisión con muchos de sus amigos y

conocidos. La cárcel en que fueron recluidos él y sus compañe-

ros era el Temple. Después de permanecer allí por algún tiempo encadenados, se les

torturó para obligarles a confesar los crímenes que se les imputaban. Pero las acusaciones que

la maldad de sus adversarios estaba creando para perjudicar a Marigny, eran ciertamente tan

falsas como las que él y su señor habían creado para exterminar a los templarios; y aunque

padecieron terribles tormentos, no pudo arrancarse de ninguno de ellos la confesión exigida.

El desdichado Marigny fue aún vigilado de cerca, cargado de grilletes y manillas, y

custodiado con mucho esmero. Por último, fue objeto de una nueva imputación, la más grave

de todas en aquella época. Se le acusó de brujo, y de como tal se había esforzado para lograr

la respectiva muerte del monarca y de otras personalidades renombradas, moldeando sus

imágenes con cera y atravesándolas con agujas. ¡Con qué amargo remordimiento debió

Marigny de recordar la activa parte que había emprendido en el escarnio de los templarios,

cuando vio arriesgada su propia vida bajo el peso de unas inculpaciones tan parecidas a las

que le habían servido para causar la tragedia de la orden! En virtud de esta ridícula acusación

fue en efecto condenado al patíbulo, y Marigny padeció su castigo en Montfaucon, cuya horca

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Los caballeros templarios Alejandro Dumas

se había levantado antes por mandato suyo. ¡Quién le había de contar que un día había de

fallecer en ella, cuando se estaba construyendo!

«No deja de sorprender -dicen las Memorias que consultamos del año 1836- que la

orden de los templarios, aún expropiada de sus riquezas, no se encuentra desaparecida en

Francia, sino que todavía existe en París reformada en una comunidad que ha llegado a

nuestros días por una continuidad no interrumpida desde la gran persecución de que hemos

tratado. Esta comunidad, que aún guarda el nombre de orden de los caballeros del Temple, es

propietaria de diversos documentos que pertenecieron a la comunidad en los tiempos de su

abolición, y en especial un volumen griego manuscrito, con tipo de letra del siglo XII, el cual

contiene, entre otros muchos datos preciosos, la memoria original de la creación de la orden y

la tabla de oro o la lista de los Grandes Maestres. Parece que esta dignidad nunca ha estado

vacía desde los tiempos de Jacobo Molé, el cual la cedió antes de su muerte a Juan Marcos

Larmenius de Jerusalén, quien la cedió igualmente en 1334 a Francisco Teobaldo o Tibaldo

de Alejandría, por una epístola escrita en latín que todavía permanece en los archivos de la

comunidad. En 1340 la recibió Amoldo de Bracque de manos de una familia muy distinguida

de Francia; y de este último ha pasado a los tiempos modernos por una ininterrumpida línea

de sucesores, todos franceses, y muchos de ellos de alta alcurnia. En 1825 era Gran Maestre el

doctor Bernardo Raimundo Fabré-Palaprat. Entre las reliquias que la comunidad posee,

figuran la espada de Jacobo Molé y algunos pedazos de huesos calcinados, envueltos en un

Viejo pañuelo de hilo, y que, según se comenta, se recogieron de entre las cenizas de la

hoguera que devoró el cuerpo de aquel desdicha-do jefe.»

Éstas son las noticias más veraces que sobre la infortunada orden del Temple podemos

mostrar a nuestros lectores.

Cuando la avaricia se apodera del ánima de los potentados codiciosos, y el infundio

halla eco entre la plebe ignorante, la crueldad supera la justicia y la inocencia. Seguramente,

Clemente V no se hubiera ensañado contra los templarios de no existir un rey como Felipe el

Hermoso; pero también hay que tener en cuenta que sin este monarca Clemente no hubiera

empuñado las llaves de San Pedro. Condenemos el trágico final de esta orden, mas

respetemos los altos e imprevisibles avatares de la Providencia.

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