Los Caminantes del Desierto por Zane Grey - muestra HTML

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I

Adán Larey contempló con mirada dura y sorprendida la silenciosa corriente del río de bermejas aguas por el que pensaba dirigirse al desierto.

El río Colorado no inspiraba seguridad ni confianza. Con fuerza silenciosa rebasaba sus bancos de arena como si pretendiera engullirlos; fangoso y espeso, deslizábase con mil revueltas y enorme caudal desde el Estado de Arizona hacia la costa de California. Majestuoso y rutilante bajo el cálido cielo, dejaba las márgenes verdes de álamos y sauces para dirigirse al Sur, hacia la desnuda y abrupta altiplanicie, hacia las rojas rampas del ignorado y tenebroso desierto.

Adán precipitóse hacia la orilla y echó su equipaje en una lancha, volviéndose después con la misma presteza para contemplar la polvorienta ciudad de Ehrenberg, con sus casas de adobe, adormecida ahora bajo el tórrido sol de mediodía. No despertaría de aquella somnolencia hasta el regreso de los cansados cavadores de oro, la llegada de la diligencia o la del vapor. Un indio talludo, de tez morena y cabello desgreñado, inmóvil junto a la tapia, contemplábale estúpidamente.

Entonces Adán, abatido, estalló en sollozos que desgarraban su pecho, impidiéndole hablar con coherencia.

-¡Guerd... ya no es... mi hermano! -exclamó balbuciente, con un dejo de humillación y de amor traicionado en la voz.

-¡Y... y ella... nunca más... nunca más pensaré en ella!

Y haciendo un esfuerzo para dominar su turbación, dirigióse de nuevo a la lancha. Adán Larey aparentaba ser un muchacho de unos dieciocho años; su rostro era moreno, limpio y de bellas líneas; su estatura alta, erguida; sus hombros, anchos.

Al desamarrar la lancha le invadió una singular emoción; el aspecto del río le fascinaba. Si antes fue la bebida lo que le impulsó a la temeraria hazaña, ahora una extraía atracción parecía exaltar en él el deseo de aventurarse en las regiones selváticas. Pero aún había más. No quería volverse a ver dominado por su hermano Guerd, que, egoísta, se lo había quitado todo sin darle nunca nada. Guerd lamentaría acaso su marcha. Al pensar en esta posibilidad, Adán sintió remordimiento. La costumbre de dejarse influir durante largos años y la fuerza del cariño concebido en la infancia, le hicieron vacilar. Mas, a poco, surgió de nuevo 1'a ola del' resentimiento. Ante sí tenía el río Colorado deslizándose hacia el Sudoeste, el camino para entrar en los ilimitados espacios de las regiones desiertas, con sus misterios, sus aventuras, sus yacimientos de oro y, sobre todo, su tentadora libertad.

-¡Me iré! -exclamó apasionadamente y, de un empujón, puso la lancha a flote para saltar dentro al mismo tiempo.

La embarcación movióse con lentitud hasta penetrar en la corriente, donde, como cogida por una fuerza invisible, empezó a deslizarse río abajo. Adán tuvo la sensación de que la irresistible corriente de aquel misteriosa río se apoderaba de su corazón. No era posible retroceder en aquel camino, no había brazo humano ni remo con suficiente fuerza para vencer su resistencia. ¡Fue una amarga revelación! ¡Con cuánta rapidez desapareció la ciudad de adobe y el sombrío piel roja junto a la tapia! Dejaba atrás la, ciudad de Ehrenberg, un hermano que era su único pariente y un amor que fue una decepción.

-He acabada para siempre con Guerd -murmuró el joven, volviendo hacia el poblados sus ojos secos y duros-. Culpa suya fue. Madre me lo advirtió... ¡Ah, si ella viviese aún tendría yo hogar!... No estaría aquí, en el bochorno de estas tierras áridas y estériles... entre hombres que más bien parecen lobos y... mujeres que...

No acabó el pensamiento; sacó de su equipaje un frasco que brilló al sol y, blandiéndolo con aire de desafío hacia la última cabaña de Ehrenberg, bebió su contenido. Luego tiró el frasco con violento ademán de repugnancia. No 1e gustaba la bebida fuerte. La botella produjo un ruido sordo sobre el agua y se hundió. Adán cogió los remos y empezó a remar río abajo vigorosamente.

Durante su amargo soliloquio, el muchacho recordó el pasado... la vieja e inolvidable casa en el Este, la triste cara de su madre, que le había amado como nunca amó a su hermano Guerd... La muerte del padre, acaecida siendo aún Adán muy niño, estaba rodeada de impenetrable misterio. Guando murió la madre, dejó toda su fortuna a Adán, pero éste la repartió con Guerd.

Aquel linera fue el principio de la mala vida. Despertó los sentimientos perversos en Guerd, que se gastó alegremente la parte que Adán le cediera, convirtiéndose en baldón de la familia. Importunó a su hermano con sus insistentes ruegos de que dejara los 'estudios y se fuese en busca de aventuras embarcándose con él para doblar el cabo Cuernos e ir a California y a los yacimientos de oro.

El anhelo de estar al lado del hermano querido y la sed innata de aventuras hizo que Adán cediera. Impuso, sin embargo, una condición: la de ir por tierra hacia California, cruzando el continente. En varios puntos del camino Guerd se juntó con malas compañías, entre las cua-les parecía hallarse muy a gusto. En Tucson empezó la fácil e incierta vida del jugador, arrastrando también a su hermano. En Ehrenberg, Guerd descubrió que podía vivir a sus anchas en la agitada vida nocturna de la ciudad minera, alejada de la civilización, donde encontró fácilmente amigos de su ralea y la gloria de unos ojos negros que primero sonrieron a Adán.

El fuerte sol de aquel mes de junio caía a plomo sobre el desierto de Colorado y el caudal de sus rojas aguas. El muchacho remaba, con todas sus fuerzas para huir con la mayor velocidad, pero el aguardiente que había bebido y el intenso calor le rindieron pronto; un poca ebrio y exhausto, se dejó caer en el fondo de la lancha, que avanzaba ahora a merced de la corriente.

Era el Colorado el más extraño de los ríos. Muchos habían sido sus nombres, mas ninguno tan adecuado y duradero como el que indicaba su color, que no era ni encarnada ni escarlata, ni tenía determinada sombra de rojo, aunque rajo era su matiz. ¡Parecía sangre de la que hubiese huido la vida! Con sus fuentes en las enormes alturas, alimentado por las nieves, los ventisqueros y los innumerables riachuelos y lagunas, el Colorado lanzábase impetuoso por entre las paredes de los tenebrosas cañones y, luego, desbravado, liso, mas siempre tremendo e insaciable, avanzaba por el desierto con su carga de arena y aluvión. Era silencioso; parecía deslizarse mansamente, pero seguía siendo aterrador.

La lancha que conducía a Adán Larey semejaba una nave sin gobierno en las corrientes oceánicas. Daba vuelta tras vuelta, como si cada metro de superficie formase un remolino, yendo a parar tan pronto a una como a otra orilla. Las tórridas horas de la tarde transcurrían lentamente. El sol era una llama viva en un cielo sin nubes. Bandadas de grullas y de alcaravanes volaban sobre las verdes praderas de la tierra baja, y los buharros del desierto bajaban del cielo rojizo. La lancha seguía a la deriva. Antes de que anocheciese, entró en un remanso y se detuvo por fin en la espesura de las ramas de sauces que pendían sobre el agua.

El muchacho se despertó al alba, sereno ya, pero dolorido y sediento. La rosada faja del horizonte Este anuncióle la llegada de un nuevo día, emocionándole, a pesar de encontrarse mal. Bañóse el febril rostro en las arenosas aguas y bebió también para calmar la sed. Después abrió el equipaje para sacaría comida que había tenido el buen acuerdo de llevarse.

Cuando se hubo desayunado, cogió los remos y guió la lancha hacia el centro del río. Estaba decidido a remar hasta que el calor del sol fuese demasiado fuerte, para descansar entonces en algún lugar sombrío de 1a orilla. Poco a poco el ejercicio y la fresca brisa de la mañana, aromada con los mil perfumes de las flores de la tierra baja, iban atenuando los efectos del, alcohol y, con ellos, el malestar. Contempló el ancho río con nuevos ánimos, sintiendo ensancharse su corazón de un modo singular y aprestándose a saborear aquella selvatiquez y la maravilla de la libertad tal como la había soñado siempre.

Salió el sol y Adán sintió en el rostro y en las manos su cálido contacto. El muchacho empezó a sudar y esta reacción le devolvió el bienestar físico. De cuando en cuando veía garzas y otras aves zancudas de color gris, que desconocía. El hechizo del río o del desierto cerníase sobre ellas, silenciosas en la extraña quietud de la región. El silencio cubríalo todo, el agua, los sauces, la tierra y las aves, cual inmensa sábana invisible.

-¡Es el silencio del desierto! -se dijo asombrado.

Al levantar los remos no se oía realmente ruido alguno.

Y este hecho le sobrecogió por su significación, produciéndole, no obstante, una repentina alegría, inusitada en él. La suave brisa llevábale con su cálido aliento el aroma de las inundadas tierras bajas. El sol, aunque calentaba, le hizo bien, pues el joven amaba el sol tanto como odiaba el frío.

-Tal vez el que Guerd haya insistido en que vengamos al Oeste será para mi bien - soliloquió, resurgiendo en él el optimismo de la juventud -. Como dicen los mejicanos: ¿Quién sabe?

Llevó la lancha a la, orilla y la empujó sobre la arena, para comer y descansar a' la sombra de los arbustos que crecían allí. Después de comer se echó a dormir, pero cayó en profundas meditaciones. ¡Su hermano Guerd! Recordó los días de su infancia y sintió muy profunda la herida en su corazón. Aquella unión tan bella y fraternal estaba rota parca siempre. La pérdida era irreparable. Adán sabía que cada hora le separaba más del hermano falso. Hundió el! rostro en, la hierba y, en la soledad del desierto, se asomó al abismo de su alma.

-Quiera luchar... quiero olvidar -murmuró.

A poco pensó en el futuro. ¿Dónde ir? Río abajo había dos lugares, Picacho, un campamento de minas de oro, y Yuma, pequeña ciudad! comercial de la frontera, y acerca de los dos había oído extraños y emocionantes relatos. En aquel momento invadióle el deseo de correr aventuras y la tristeza por la desaparición de su anhelo de llevar una vida¡ útil y próspera. Al fin se durmió.

Al despertar, notó que estaba sudando y que el calor era grande. La altura del sol, que caía oblicuamente sobre los arbustos abajo los cuales se cobijaba, dióle a entender que había dormido muchas horas. Cuando se incorporó advirtió un débil ruido en los cercanos sauces. Aquellos animales invisibles despertaron en el joven interés y precaución. Atravesando las áridas comarcan del Estado de Arizona había oído hablar de indios malos, de hombres blancos criminales y de las fieras y reptiles del desierto. La probable proximidad del peligro le fortaleció para los inevitables encuentros que había de tener en aquellas regiones inhóspitas.

Salió del sombreado cobijo para ver el río y el valle, abrumado de una inmensa, soledad, distinto en cierto modo tras las abreves horas; de reflexión y de sueño. El río parecía más rojo, las montañas estaban veladas de un vaho bermejo, y el cielo y la tierra, bañados en la luz del sol poniente.

El joven se dirigió al río, botó la lancha subiendo a ella de un salto y se puso a remar. Los fuertes golpes de remo, ayudados por la corriente, dieron a la embarcación una gran velocidad. Poco a poco iba desapareciendo el color sonrosada del cielo, las nubes tornáronse grises, y el azul del firmamento aumentó en intensidad y surgió una estrella pálida. Tras el crepúsculo vino la noche con su aire fresco y el muchacho remó con redobladas fuerzas. Una tras otra, primero, y luego rápidamente, iban desapareciendo las estrellas. Adán sintió la emoción del viaje nocturno; barruntaba que en alguna :parte le aguardaba algún peligro. Por la noche el río parecía más vasto, más veloz, más sombrío, reinando en torno un silencio sepulcral. La quietud era tan enorme que Adán se impresionó creyendo que no era natural.

Al intensificarse la claridad estelar, destacábase la quebrada en fa montaña, donde el río dejaba la llanura y cambiaba de carácter. Las orillas dejaban de ser bancos de arena de suave pendiente, la margen era cada vez más alta, y tras ella surgían las montañas. Adán se volvía de vez en cuando y, apoyándose sobre los remos inactivos, dejaba la lancha a la deriva para escuchar. En aquellos momentos de inactividad sintió escalofríos era imposible no sentir miedo, mas a pesar del temor a los peligros incógnitos estaba emocionado. En la clara oscuridad de la noche podía ver a varios metros de distancia, pero el peligro que le obsesionaba parecía más bien hallarse en las alejadas sombras, tras los recodos del río. ¡Cuán siniestramente, silencioso, cuán incomprensible era todo aquello! El hallarse solo sobre un río como aquél, tan vasto, tan extraño, bajo la grandiosa, bóveda celeste cuajada de estrellas, le dio una lección incalculable en sus efectos.

Llegó la hora en que un algo invisible pasó como blanca sombra por el firmamento, apagando el brillo de las estrellas y rebajando la intensidad del azul. La límpida pureza del cielo sufrió un cambio y se oscureció rápidamente. Adán saludó con alegría el débil y creciente claror que apareció en el horizonte. Las pálidas estrellas desvaneciéronse. Las montañas destacaban más altas y más claras sus siluetas y a lo largo de la pronunciada línea surgió un débil color rosa, heraldo del astro rey. Aumentó el color en intensidad, difundiéndose al tornarse la grisácea luz del alba rosada y amarilla. Las sombras levantáronse de la cuenca del río y nuevamente fue el día.

-¡Siempre pasé durmiendo esta gran hora! -exclamó el muchacho, que sentíase animado como nunca. Dejó ir la lancha otra vez a la deriva, mientras se desayunaba sin prisa. Al cabo de un rato advirtió en el Sudoeste una columna de humo y, habiendo descansado, lleno de nuevo valor, volvió a manejar los remos con fuerza para llegar rápidamente al campamento.

-¡Picacho! -exclamó, recordando lo que había oído contar acerca de sus minas de oro-. ¿Qué haré?... Trabajaré, sea en lo que fuere.

Llevaba Adán en el cinturón muy bien escondida una suma considerable de dinero, el resto de la fortuna que le dejara su madre, y deseaba hacerla durar el mayor tiempo posible.

No tardó en alcanzar el embarcadero, junto al cual, hundido en el fango, había un vaporcito de ruedas tal como Adán los había visto en el río Ohio. En la proa estaba sentado un hombre viejo con luengas barbas grises y rostro curtido y lleno de arrugas. Estaba pescando con caña. El banco de arena de la orilla subía gradualmente hacia la linde ele profundo verdor, en cuyo centro parecía haber un pradecillo. En él veíase una grácil muchacha mejicana, vestida de negro con una rosa roja en el pecho.

Adán llevó la lancha a tierra, cogió su equipaje y se dirigió hacia el pescador de caña, al que saludó cortésmente preguntándole si aquel lugar era Picacho.

-Buenos días -fue la respuesta-. Sí, éste es el campamento de minas de oro; actualmente parece una colmena por la animación.

-Qué, ¿se pesca algo? -preguntó el joven, mostrando interés. -Sí, cogí uno anteayer -repuso el anciano, complacido. -¿De qué clase? -continuó Adán.

-¡Que me aspen si la sé, pero era bueno de comer! -contestó el pescador de caña, riendo-. ¿De dónde viene usted?

-Del Este.

-Así lo he presumido. Ninguno del Oeste se atrevería a navegar en el Colorado en tiempo de avenidas como ahora. Supongo que llegaría usted al río en Ehrenberg. Bueno, pues ha tenido usted suerte. ¿Viene a buscar oro?

-No. Preferiría trabajar. ¿Encontraré algo aquí?

-Hijo mío, si es usted tan recto como parece, puede obtener un buen empleo. Pero un muchacho tan fuerte podría hacerse rico en las minas de oro, con tal de no beber.

-¿Hay sitio aquí para comer y dormir?

-En el mismo campamento, dos millas cañón arriba, no es fácil hallar acomodo. Pero aquí hay una familia mejicana con la que vivía un forastero que acaba de morir y lo han enterrado hoy. Podría usted ocupar su cuarto. Es una casa de adobe, la primera que se encuentra. Pregúnteselo a Margarita, que está allí; ella le informará.

Adán se dirigió hacia la muchacha y, cuando llegó a su lado, echó al suelo su equipaje. -Buenos días, señor. -La suave y clara voz de la mejicana armonizaba con su cara morena

llena de picardía, enmarcada por un pelo tan negro como el azabache e iluminada por dos ojos grandes y negros como la noche.

Adán no hablaba español con la fluidez de los mejicanos, pero se hacía entender. Correspondió al saludo de la joven, pero vaciló en preguntar !o que deseaba. Sintióse un poco aturdido ante aquellos ojazos negros, pues le recordaban otros que deseaba olvidar. Sin embargo, experimentó un estremecimiento de placer ante el bello rostro de la niña, que- le sonreía. Las mujeres sonreían siempre a Adán. Margarita, muchacha de unos diecisiete años, hacíalo con los ojos entornados, que resultaban más provocativos aún, volviéndose un poco de lado con gracioso movimiento. La vacilación de Adán fue consecuencia de su repentina emoción ante la proximidad de algo muy femenino y atrayente... de algo que antes le había causado una herida. Pero la emoción pasó pronto. Acababa de cruzar osadamente el umbral de una vida nueva y libre.

II

Ala pregunta del joven contestó Margarita con un tímido Sí, señor y la misma sutil sonrisa que tanto le emocionara. Después, Adán cogió su equipaje y la siguió.

La muchacha le condujo por un sendero que corría entre sauces y mezquites y que desembocaba en una plaza en la que había varias casas de adobe..

Margarita se detuvo en la primera y llamó a su madre. Ésta parecía muy indolente, descuidando sobre todo su indumentaria. Saludó a Adán en inglés, mas cuando el joven empezó trabajosamente a practicar con ella sus conocimientos de español, su rostro iluminóse con una sonrisa tan franca que la hacía muy simpática. El cuartito al que llevó a Adán era oscuro, poco ventilado, sin la menor condición higiénica. Adán así lo dijo. La mujer protestó con elocuencia, Margarita expresó su decepción con una rápida mirada. Entonces le llevaron afuera, hacia un grupo de mezquites de ramas bajas, entre los que había una casita de adobe que sólo constaba de dos habitaciones, una llena de trastos viejos y madera, y la otra, vacía, con una galería que daba sobre el río. El suelo era de arena blanquísima, y Adán aceptó sin vacilar el precio exigido por ella, con satisfacción de la señora y alegría de Margarita. Adán miraba a ésta con cierta desconfianza, aunque en el fondo se sentía halagado por la simpatía que parecía inspirar a la hermosa muchacha. Era Adán un extraño en país extraño, con el corazón dolorido y ávido de afecto. Mientras abría su equipaje y sacaba el contenido las dos mujeres trajeron un banco largo y bajo, un cubo con agua y una palangana, todo el mobiliario de la habitación. Le dijeron que comería en familia y que lo cuidarían muy bien. Al marcharse, el pelo de Margarita se enganchó de una de las ramas bajas de los mezquites; el joven la alcanzó de un salto y la ayudó a soltarse. Margarita corrió después tras de su madre.

-¡Qué ojos! -exclamó Adán. De pronto recordó a su hermano Guerd y dijo: - Me alegro de que no esté aquí.

Margarita fue causa de este pensamiento. Guerd era un endiablado tenorio, irresistible para las mujeres. Adán se dedicó de nuevo a su tarea, apagado un poco su primer entusiasmo.

Colgó su escasa indumentaria en la pared, hizo su lecho de mantas sobre la suave y blanca arena y luego inspeccionó su nuevo hogar con singular placer.

Después salió, encontrando al viejo pescador de caña sentado en el mismo sitio. El joven subió a bordo y acerc6se a él.

¿Qué? ¿Ha picado alguno? -preguntó.

-Creo haber notado algo ahora mismo -repuso el pescador.

Era éste un hombre de unos cincuenta años, delgado, casi seco, de rostro atezado y lleno de arrugas y barba gris.

-¿Quiere fumar? -dijo Adán, ofreciéndole uno de sus cigarros puros.

-¡Válgame Dios! -exclamó el viejo con ojos brillantes-. ¡Hace un siglo que no he fumado, un puro!... joven, es usted muy simpático. ¿Cómo se llama?

Adán le dijo su nombre y le contó que venía del Este y que había sido hasta entonces un novato.

Yo me llamo Merryvale -repuso el otro-. Vine aquí, al Oeste, hace cosa de veintiocho años, cuando tenía más o menos las suyos. Usted tendrá unos veinte, ¿verdad?'

-No. Sólo tengo dieciocho... Entonces habrá usted conocido aquellos tiempos del cuarenta y nueve...

-Sí, aunque vine unos años más tarde, aún vi la locura del oro.

-Y... ¿ha descubierto usted alguna mina de oro? -preguntó Adán ávidamente.

-Hijo mío, he sido buscador de oro durante veinte años. He hecho y he perdido más de una fortuna. ¡La bebida, el juego y las mujeres se lo llevaron todo!... Y ahora soy un pobre viejo que sólo sirve para vigilante nocturno en un lugar como Picacho.

-¡Cuánto lo siento! -dijo Adán con sinceridad-. Apuesto a que ha visto usted grandes cosas de aquel tiempo maravilloso. ¿Quiere contarme algo? Estoy un poco desconcertado acerca de todo lo que se relaciona con los buscadores de oro.

Merryvale asintió con simpatía. Estudió después a Adán con ojos penetrantes y astutos, a pesar de toda su bondad. Entonces el joven le contó con franqueza el porqué de su venida al Oeste y sus planes. Merryvale escuchó atentamente, moviendo de vez en cuando la cabeza.

-Hijo mío, me disgusta ver venir jóvenes como usted a estos campamentos, de minas -dijo después.

-¿Por qué? Yo sé valerme por mí mismo y me gustan las tareas que exigen toda la virilidad de un hombre. Llegaré a encariñarme con estas regiones desiertas.

-Bien, hijo mío, no debería desanimarle -contestó Merryvale-. Y tampoco está bien que crea que porque yo me perdí y porque he visto tantos jóvenes perderse, le va a pasar a usted' lo mismo... pero el' caso es que si estos campamentos mineros son lugares tremendos para los hombres avezadas, ¿qué no serán para un joven inexperto como usted?

Y a continuación empezó a hablar como un hombre cuyos recuerdos son todo un tesoro de historia y de aventuras. El ano 1864 se descubrió el oro en Picacho, y en 1872 se erigió la fábrica cerca del río, trayéndose el mineral de oro de las minas, varias millas cañón arriba, por medio del ferrocarril de vía estrecha. La maquinaria y todo lo necesario para tan importante empresa, junto con todas las provisiones, procedían de San Francisco de Ca-lifornia, desde donde los vapores, dando la vuelta por la península, entraban en el golfo de California. En la desembocadura del Colorado, vapores más pequeños hacíanse cargo de las mercancías y las llevaban a Picacho, a Yuma y hasta a Ehrenberg. En caravana de carromatos, proseguían después al interior. En aquella época, 1878, la mina de Picacho daba buen rendimiento y trabajaban en ella unos quinientos o seiscientos hombres. El campamento estaba siempre lleno de aventureros, jugadores y algunas mujeres malas cuya capacidad para crear disturbios estaba en razón inversa de su número.

-Aquí abajo, en el embarcadero y en la fábrica, suele haber siempre tranquilidad -continuó Merryvale -. No hay muchos hombres, y los salones de juego están todos en el campamento, en donde se reúne la gente todas las noches. Como éste de aquí, conozco todos los campa-mentos de minas de oro de California, y nunca he visto que el oro extraído beneficie a ningún minero... De modo que, hijo mío, permítame aconsejarle que beba poco, juegue menos y se mantenga alejado de las mujeres.

-Merryvale -repuso Adán-, creo que soy más novato aún de lo que aparento. Seguramente no me creerá si le digo que no he bebido hasta que hace pocos meses me encaminé al Oeste. No me sienta bien, me mareo con facilidad.

-Hijo mío, es usted un joven fuerte, de buen aspecto, y ninguna mujer dejará de mirarle - observó Merryvale-. En este país, las mujeres son causa de la mayor parte de los sinsabores. Por más que, bien mirado, en todas partes pasa la mismo. Pero aquí, donde los hombres son fuertes y fieros y hay pocas mujeres, la lucha se encona y corre muchas, veces la sangre.

-En mis tribulaciones, poco tienen que ver las mujeres -repuso Adán-. Recientemente tuve un asunto un tanto serio, pero... lo corté antes de que llegara la cosa más adelante.

-¡Válgame Dios! Será usted un cordero entre lobos, Adán -exclamó Merryvale-. Voy a decirle cómo andan las cosas aquí para los hombres nobles y honradas, aunque sea una vergüenza tener que confesarlo. Todo hombre que quiere prosperar en el Oeste, y mucho más en el desierto, tiene que adaptarse a las normas que rigen aquí. Ha de trabajar, ha de resistirlo todo, tiene que luchar con los hombres y saber tratar a las mujeres por lo que aquí son. No diré que sean normas muy recomendables, pero, siguiéndolas, los hombres han logrado sobrevivir en un país duro en tiempos difíciles.

-La supervivencia del más apto -murmuró el joven.

-Usted lo ha dicho hijo mío. Ésa es la ley del desierto, para los humanos y para todo. Nunca se sabe lo que puede dar de sí un hambre hasta que se le pone a prueba. Entre mil, sólo uno puede resistir esta vida. Eso depende, en primer lugar, de su inteligencia, y en segundo, de su fortaleza física. Pero volviendo a Picacho, no temería par usted si supiese afrontarla como es debido.

-¿Cómo?

-¡Ojalá pudiera decirlo exactamente, hijo mío! -repuso Merryvale con gran seriedad-. ¿No podría usted volverse antes de seguir adelante?

-No. Aquí continuaré, a pesar de todo. Allá, en mi casa, he tenido mis esperanzas, mis sueños, pero aquello acabó para siempre. No tengo más pariente que mi hermano, con el que no... congenio. No era mi deseo venir al Oeste; pero una vez aquí, me parece ser como un pájaro a quien han abierto la jaula. Este grande y terrible desierto será mi salvación... o me perderá.

-Bien, bien, hijo mío, tiene usted carácter -observó el viejo -. En otro tiempo acaso mis consejos podrían ser sospechosos, pero ahora que soy ya viejo, puede usted confiar en mí. - Hizo una pausa respirando hondo, como si lo que fuera a decir expresase en cierto modo la fe en sí mismo y su buena voluntad hacia un extraño-: Sea usted un hombre como corresponde a su cuerpo. No huya del trabajo, ni de la diversión, ni de la lucha. Coma, beba y diviértase, pero no viva sólo para eso. Ayude a los demás, sea generoso con el oro que gane. Ponga a un lado la tercera parte de sus ganancias para jugar y procure perderlo. No se emborrache nunca. No le será posible alejarse de las mujeres, malas o buenas, y el único procedimiento con ellas es ser noble, bondadoso y justo.

-Noble... bondadoso..., justo -musitó Adán.

-Eso es. Y ahora que me acuerdo... necesito cordón nuevo para mi caña de pescar -dijo Merryvale levantándose-. Iremos juntas al almacén y después le llevaré a la fábrica.

Al pasar por la casita de adobe donde había tomado alojamiento, Adán preguntó a su compañero el nombre de la familia.

-Arellano... Juan Arellano vive ahí -repuso Merryvale-. El mejor de los mejicanos que he conocido. Es el capataz de los mejicanos empleados en la fábrica. Su mujer es buena también..., pero esa loca de Margarita.

Merryvale movió su cana cabeza, pero no terminó la frase. La insinuación despertó la curiosidad de Adán. Poco después Merryvale llamó su atención sobre un grupo de cabañas y casuchas y una casa de piedra que sobresalía de entre las demás. En los lugares sombreados jugueteaban chiquillos rubios y morenos en fa arena. Hombres ociosos formaban -grupos junta a la casa de piedra, que era el almacén. Al entrar en él sorprendióle a Adán verlo tan bien surtido de toda clase de mercancías, hasta que recordó lo que Merryvale le había contado sobre los transportes desde San Francisco. Más tarde, su compañero le llevó al enorme edificio de piedra y hierro que el joven había visto desde el río. Al aproximarse advirtió el ruido del escape de vapor, el estruendo de la pesada maquinaria y un sonido que debía de ser el del movimiento y el crujido del mineral, mezclado con el del agua.

Merryvale encontró pronto al encargado, un hombre de mediana estatura, de anchos hombros, rostro sin afeitar y ,ojos duros. Llevaba una camisa de franela roja, mojada de sudor; un revólver al cinto, pantalones de cuero que escondíanse en botas altas hasta la rodilla. Era todo un rudo minero.

-Mac, chóquela con este joven amigo mío -dijo Merryvale-. Está buscando empleo.

Bien venido -replicó el otro alargando la manaza y examinando rápidamente al forastero-. ¿Sabe usted de cuentas?

-Sí -contestó Adán-, pero yo quiero, trabajar.

-Muy bien. Me ayudará en la oficina y, además, le daré trabajo afuera. Venga mañana... - y después de pronunciar tan sencilla ,promesa, se alejó apresuradamente.

-Este Mac no se toma ni tiempo para comer - explicó Merryvale.

A Adán le dio risa lo ocurrido. Había sido recomendado por un hombre que no le conocía a otro cuyo nombre ignoraba, el cual tampoco 1e había preguntado el suyo, y ni siquiera se había hablado de sueldo. Le gustó aquella sencillez. Allí el hombre era lo que aparentaba.

Merryvale se marchó también a sus asuntos dejando a Adán solo, contemplando el maravilloso panorama que el río Colorado ofrecía desde aquella elevación. Mas, de pronto, al recordar a Margarita se disgustó, no porque le molestara que la hermosa joven se hubiese fijado en él, sino porque sentía vagamente que no le convenía una emoción profunda si deseaba prepararse para la vida agreste de aquel desierto.

-Lo que une pasa es que, como estoy ocioso, pienso demasiado -se dijo.

El joven anhelaba la acción; necesitaba trabajar, cazar, explorar, hasta cavar parra hallar oro, si fuese preciso, todo lo que implicase frecuente mutación de escenario y actividad muscular... Estas cosas que tanto necesitaba su cuerpo, pedíaselas ahora también el alma.

III

El capataz Arellano causó excelente impresión en Adán y se sintió atraído hacia él por una gran simpatía. Después de cenar, Arellano le invitó a ir al campamento y al oírlo Margarita expresó su deseo de que la llevasen a ella. Arellano se echó a reír, y habló con tal locuacidad que el joven no pudo entenderle. Comprendió, sin embargo,; que un tren minero vacío iba a salir para el campamento y que no regresaría hasta la mañana siguiente. También advirtió que la muchacha no se avenía con Arellano, el cual sólo era su padrastro. Parecían estar a punto de reñir, mas la madre intervino con su voz suave y simpática, y el hombre se aplacó como por encanto, aunque la muchacha seguía furiosa. ¡Con qué rapidez habían palidecido! En sus ojos negros ardía una peligrosa llama. Cuando dirigió la mirada a Adán sufrió éste una emoción nueva.

-Y el gracioso señor, ¿no querrá llevar a Margarita al baile? - tradujo Adán las miradas y elocuentes palabras de la joven.

Él comprendió que, con su azoramiento y vacilación, estaba haciendo un mal papel ante Margarita. Vio la rara belleza de sus grandes ojos negros y luminosos, ni velados ni tímidos ahora, sino muy abiertos, osados, fulgurantes, como si el asunto fuera de gran importancia para ella. Arellano, puso la mano en el brazo de Adán.

-No, señor -dijo-. Otro día llevará usted a Margarita. -Con... con mucho gusto - balbuceó Adán.

Los labios bermejos de la joven frunciéronse en un rictus de despecho y, con una mirada maravillosa de fuego y pasión, se marchó.

Arellano llevó a Adán hacia la calle, sin soltarle.

-Muchacho -dijo hablando en inglés-, esa chica... no es de mi sangre. Es una gata montesa..., mucha sangre india... siempre hecha una pólvora.

Nunca como en aquellos últimos momentos se dio cuenta Adán de su excesiva juventud. La sola posibilidad de que él pudiera ir al baile con una mujer como Margarita le dejó sin aliento.

-Es usted muy alto, pero joven... como un potro -continuó el mejicano-. Es usted «tierno de pies»1, como dicen los jugadores..., pero, seguramente, pronto los tendrá callosos en Picacho.

-Bien, amigo Arellano, deseo que eso suceda cuanto antes, porque buena falta me está haciendo - declaró Adán, hallando cierto alivio en su afirmación.

Subieron al terraplén donde estaba el tren minero, en el que había ya obreros en todos los vagones. Tras breve espera, que le pareció a Adán eterna, el tren se puso en marcha. El! cañón por donde corría la vía era muy tortuoso. El joven vio bastantes túneles perforando- la roca bermeja, y a lo largo de la roía, aquí y allá, agujeros en las paredes. Arellano le explico que se trataba de trabajos de los buscadores de oro. Al cabo de cinco millas, el tren se detuvo y los obreros empezaron a gritar alegremente.

El! mejicano llevó a su joven amigo por un sendero largo, estrecho y muy pino, y los demás siguieron en fila india. Cuando llegaron otra vez a un lugar llano, Arellano gritó

-¡Picacho!

Seguramente no se refería a la altiplanicie, con sus míseras chozas y cabañas y los bajos edificios de adobes, sino a la montaña que dominaba la llanura y que por sus altos picos, llevaba el nombre de Picacho.

Adán dirigió la mirada al Oeste, a la puesta del' sol. La montaña, destacándose de un modo soberbio sobre las colinas y lomas que la circundaban, formaba una masa oscura enmarcada por la aureola de la luz solar. Desde la alta cumbre, de fragoso aspecto, salía un haz de áureos rayos a través de una quebrada en la cima. Con el sol oculto, excepto por aquella abertura, había, sin embargo, un maravilloso efecto de puesta de sol. Un vaho bermejo con matices azules llenaba los cañones y el espacio. El Picacho aparecía grandioso en aquel: aspecto, elevándose hacia el cielo con un nimbo dorado, altísimo, inaccesible, enorme roca maciza tallada por los siglos.

Arellano se rió de Adán y continuó su camino, Los mejicanos, al, pasar junto a éste, hablaban en voz baja, y algunos de los blancos dirigíanle bromas al verle contemplar absorto el panorama. Un irlandés pequeño se le quedó mirando con la boca abierta y dijo después a su camarada

-¡Caracoles! irse está viendo un mosquito en la cumbre del Picacho!... ¿Qué diablos le pasa, joven amigo? Venga con nosotros a echar un trago.

Pasó la multitud y se quedó solo Arellano, entreteniéndose en liar un cigarrillo.

Adán no estaba preparado para aquel grandioso espectáculo de la Naturaleza. Sentíase como ratoncillo circundado de colosales e innumerables fragmentos de rocas revueltas, quebradas, fragosas, con agudas aristas, destacándose en la vivísima luz del sol' poniente. La altiplanicie era un desierto de quebradas líneas limitado por un semicírculo de lomas. Las colinas de la izquierda tenían cimas de color bermejo y perdíanse en una región de mil picos. Las lomas de la derecha eran de púrpura pura, fría, sin destellos cálidos, y terminaban en vaga lontananza. Entre las lomas de ambos lados, a gran. distancia del río Colorado, erguíase, plenamente visible ahora, la montaña que Adán había vislumbrado desde abajo. Podía con-templar su maravillosa inmensidad agrandada más aún por la transparencia del ambiente; su ilimitado horizonte parecióle una ilusión, e increíbles sus vagas distancias purpúreas. Claramente percibía los cañones con su vaho de color aberenjenado; las rocas desnudas de la montaña revelaban la árida naturaleza del, desierto. Sobre toda la vasta región cerníase la terrible aridez de un mundo muerto, bello e imponente, con sus matices de rosa y topacio, que eran sólo una burla para el enamorado de la vida.

Sobre el hombro de Adán cayó una mano.

-Vamos, amigo; vamos a ver el juego y las mujeres - le dijo Arellano.

Llevó a Adán al edificio grande, pero pobremente construído y por dentro mal alumbrado, lleno de humo y de ruido. La atracción del local consistía sin duda en un bar rudimentario, varias mesas de juego y algunas mujeres de aspecto equívoco que bebían con algunos hombres. De una habitación contigua salía una música discordante. Aunque decepcionado, en cierto modo, la escena le interesó bastante a Adán, porque era la primera vez que veía un salón de juego, el infierno de las selváticas: fronteras del Oeste.

Resultó que a Arellano le gustaba beber y reír, charlar un rato v hacer de vez en cuando algunas jugadas atrevidas en las mesas de juego. Adán rehusó seguirle por aquel terreno v se neeó a beber todas las veces que pudo. Ambuló por el salón, viendo que todo el mundo se mostraba alegre y complacido. El joven se esforzó en no fijarse en ninguna de las mujeres, pero todas ellas le miraban. La habitación de donde salía la música era un lugar cubierto tan sólo por una gran lona; el suelo era de madera y se bailaba sobre él.

Yendo de un lado a otro, volvió Adán finalmente a las mesas de juego, y estuvo absorto en una de ellas contemplando una partida de poker que, según le explicó otro mirón, parecía no tener fin. Después el joven continuó dando vueltas sin objeto alguno y, a poco, advirtió una riña entre algunos mejicanos. Muy sorprendido, se dió cuenta de que se trataba de Arellano. Todos estaban un poco ebrios y hablaban y gesticulaban alocadamente. De pronto, uno de ellos sacó una navaja y se precipitó- sobre Arellano. Adán vió el movimiento y la hoja rutilante antes de poder fijarse en el hombre. El grupo se quedó silencioso ante la navaja abierta.

Como una centella saltó Adán sobre el atacante y le asió por la muñeca derecha con tal fuerza que el hombre dió un grito estentóreo. Con rápida sacudida, hizo que el mejicano perdiera el' equilibrio, y entonces, reuniendo todas sus fuerzas, le volteó por el aire, haciendo caer a algunos de los circundantes, y soltándolo después. El mejicano fué por encima de las mesas a caer junto a la pared, incapaz de levantarse a causa del aturdimiento. Arellano y sus amigos felicitaron a Adán por su hazaña.

-Ahora sí que somos amigos de verdad. Hemos de celebrar esto con una copa - dijo Arellano.

Aunque nadie lo sospechara, Adán necesitaba realmente confortarse, por lo que aceptó el ofrecimiento.

-El señor es sólo un muchacho, pero ¡vaya un brazo que tiene! -dijo Arellano tocándole los bíceps con mano nerviosa-. Cuando el señor sea hombre, será un gigante invencible.

Vencido el miedo con. el efecto del licor, Adán tuvo la sensación de que acaba de hacer una tontería. Bebió otra copa. Sus sensaciones empezaron a cambiar y, con ellas, el aspecto de todas las cosas presentes.

Yendo solo, no hubiera podido hallar la estrecha senda por la que se bajaba al cañón, más Arellano le guió. Caminar por el suelo arenoso se hacía muy difícil, y el joven comenzó a sudar. Poco tardaron en disiparse los efectos del fuerte licor. Le entró curiosidad por saber la causa de la disputa y se lo preguntó a Arellano. Éste le dijo que se había visto obligado aquel día a despedir a su compatriota.

-Perseguía a Margarita -añadió el mejicano- y le eché de casa, ¡Las mujeres!... A ellas nada les importa lo que sea un hombre... ¡Tenga usted cuidado con Margarita! Esa chica tiene más amoríos que semanas el año.

Durante el resto del largo camino los dos hombres guardaron silencio, y el joven sólo advirtió su gran cansancio cuando llegó a casa y se acostó. A través de la ventana veía las siluetas de los mezquites y una estrella solitaria. Al principio, la noche le pareció absolutamente silenciosa, mas al cabo, después de aguzar el oído, percibió ruido de ratones o de ardillas en la pared de adobe. El ruido le confortó, en cierto modo, y cuando uno de los animalitos deslizóse sobre la manta por su pecho, perdió la sensación de absoluta soledad.

-Ya he empezado a vivirla - murmuró, refiriéndose a la solitaria vida a que se creía destinado.

La quietud, las tinieblas y la soledad despertaron en él profundas reflexiones. Lo que le alarmaba era advertir los rápidos cambios que se operaban en él. Si mudaba de parecer a cada momento, estando tan pronto mustio y cabizbajo a causa de los recuerdos que no lograba des-terrar, como extrañamente exaltado por las bellezas de una región selvática y desierta, o por una puesta de sol, y después vacilante en sus decisiones a causa de unas ojazos negros, o arremetiendo furiosamente contra un mejicano ... Si se dejaba llevar así de sus impulsos, era seguro que le esperaba un porvenir poco alentador.

Mas, ¿era posible ser de otro modo? Al dirigirse la pregunta le pareció como si sus instintos mas nobles, las esperanzas y los sueños que no querían desvanecerse en él, entrasen en contienda con nueva fuerza, y experimentó un algo salvaje que nunca había sentido, una extraña emoción ignorada hasta entonces.

-¡Sí, sí, me alegro! -exclamó, como si quisiera confiar su secreto a la noche-. ¡Me alegro de haberme separado de Guerd! ¡Maldito sea él y su ruindad' ! ... ¡Estoy contento de hallarme solo, de haber venido a este desierto; contento de que esa chica me mire con ojos de enamorada! ¡Quisiera abrazarla, besar, y, ¡vive Dios que lo haré en cuanto se presente la ocasión!... Ese salón del infierno me disgustó, y el! brillo de la navaja del mejicano me dejó frío de miedo. Pero cuando le tuve cogido, cuando sentí mi fuerza, su debilidad..., cuando ad-vertí que podía romperle los huesos, asustado y todo, surgió en mí algo extraño, una furia desconocida que aún me dura... Estoy cambiando. Ésta es una vida distinta y es preciso tomar las cosas como vengan, y tomarlas de frente.

A la mañana siguiente Adán fué a ocupar su nuevo empleo, descubriendo que consistía en copiar en limpio las anotaciones en lápiz de Mac Kay, y después llevar cuenta exacta de las manipulaciones del mineral aurífero.

Pasaron varios días hasta que el joven pudo poner al corriente aquel trabajo. Entonces Mac Kay, fiel a su palabra, dijo que le daría entre horas el! trabajo de un hombre. La tarea que Mac Kay encomendó a Adán fué nada menos que mantener el fuego bajo las enormes calderas.

Como combustible empleábase la leña y, consumiéndose ésta rápidamente, el! trabajo de alimentar el fuego no era fácil. Además, si el horno despedía calor, el sol quemaba todavía más. Adán sudó hasta que pudo exprimir su camisa de tan calada como se puso.

La misma noche se convenció de que Mac Kay estaba gastándole una broma. Arellano así se lo confesó, y también Margarita estaba en el secreto. Mac Kay disponía de muchas obreros para labor tan dura pero quería curar al novato de su manía de ocupar los puestos de los hom-bres como le había pedido. La broma era de buena ley y divertía a Adán, el cual se propuso demostrar que no cedía ante las dificultades.

Con gran sorpresa de Mac Kay, presentóse el joven a la tarde siguiente para continuar haciendo de fogonero.

-Pero... ¿no le bastó con lo de ayer? -preguntó. -Tengo resistencia para más.

Muy complacido, advirtió el joven en la expresión del encargado una muestra palpable del respeto que le infundía su resolución. En una semana tuvo Adán al día sus trabajos de la oficina, y se dedicaba todas las tardes a la caldera. Nadie sospechó que sufría, aunque todos vieron que ¡iba perdiendo carnes y que estaba muy fatigado. Por otra parte, sabíale a gloria la dulce recepción que Margarita le hacía todas las noches, aunque el joven procuraba rechazar tales demostraciones. Una vez puso su manita sobre el brazo quemado de Adán y éste se estremeció al suave contacto. Se dijo que todas las mujeres eran tiernas con los hombres que podían realizar grandes cosas, y que cuanto más grande era la hazaña o la lucha, más amaban al hombre que la llevaba a cabo.

A la mañana siguiente Mac Kay puso a Adán en un sitio de trabajo forzado con el mineral, lugar que antes ocupaba un hombre verdaderamente hercúleo. Mantenía Mac Kay su buen humor, pero en su fuero interno estaba molesto, porque aquel bisoño de piernas largas era para él urna nuez muy dura de cascar. El padre de Adán había sido un hambre de gran estatura y enorme fuerza, y el muchacho había oído decir muchas veces que, probablemente, llegaría a parecerse a su progenitor. Aún, estaba muy lejos de ello, pero, por lo pronto, aceptaba el puesto de un hombre y se mantenía en él. Si la tarea anterior había sido ardua, ésta era penosa y dura. Aprendió a conocer lo que significaba trabajar, y también supo que sólo había una cosa respetable para el hombre común:

la voluntad y la fuerza para resistir. Adán tenía dieciocho años y estaba muy lejos de haber alcanzado el completo desarrollo. Este hecho, que debía ser evidente para sus compañeros, no era, sin embargo, tenido en cuenta.

Así transcurrieron varias semanas. Mac Kay, a medida que aumentaba su admiración y amistad por Adán, dis tanciábase gradualmente de la broma, y un día en que fanfarronamente le retó a tumbar una vagoneta de mineral con la que forcejeaban en vano dos mejicanos y Adán la tumbó con un solo esfuerzo de sus poderosos brazos, haciendo caer las toneladas del mineral en el túnel de fundición, Mac Kay se declaró vencido y estrechó la mano del muchacho.

De este modo se hizo Adán en poco tiempo con buenos amigos que cambiaron el color y la dirección de su vida. Merryvale le enseñó la historia y las leyendas de la frontera. Mac Kay abrióle los ojos acerca del valor del trabajo para la salud del alma y del cuerpo. Arellano representaba el calor de la amistad espontánea demostrando lo que podía estar oculto en todos los hombres. Margarita seguía siendo una incógnita en el desarrollo moral de Adán. Sus relaciones desenvolvíanse casi siempre a la vista de la mujer de Arellano o de éste mismo. Algunas tardes, a la hora de la puesta del sol, los dos se sentaban en la arena de la orilla del río. El encanto de ella aumentaba más cada día. De pronto, acaeció lo inesperado. La ma-quinaria de la fábrica se detuvo porque se rompió una pieza pequeña, pero imprescindible, y era preciso esperar que llegase otra de San Francisco.

Adán volvió, pues, a depender de sus propios recursos. No sabía qué hacer. Arellano le aconsejó que fuese a lavar oro, y que tuviese precaución cuando subiese a Picacho, porque el mejicano a quien tan rudamente había tratado, era cabecilla de una banda con la que sería preferible no tropezarse. Así, parecía que todas las cosas conspiraban para forzar a Adán a la compañía de Margarita, la cual a todas horas le esperaba, mirándole, con sus ojos aterciopelados.

IV

A1 transcurrir así, lenta y pausadamente, los días, a semejanza del maravilloso río que dominaba aquel valle del desierto, sucedió de pronto que el joven soñador se despertó, dándose cuenta del peligro que significaba para él aquella muchacha de ojos misteriosos y suaves.

Comprendiólo una tarde, a fa puesta del sol, cuando paseaba con ella por la orilla del río, admirando las policromas bellezas del desierto y de sus montes. Adán, atraído más que nunca por la simpática joven, trataba de explicarle algo, de sus pesares, de lo muy solo que se consideraba en el mundo.

Entonces llegó el despertar. No hablaba ello muy en favor de Margarita, pero revelaba que era una criatura de corazón. Hallarse de pronto envuelto en la llama devastadora de un estrecho abrazo de aquella naturaleza ardiente, fué al mismo tiempo para Adán una revela-ción y una catástrofe. Invadióle una sensación extraña, advirtió que se le aceleraba el pulso y cuando, a su vez, abrazó a Margarita, mostró algo más que la fugaz llamarada de una pasión juvenil; ardióle el rostro y de sus ojos brotaron cálidas lágrimas. Sintió un agudo anhelo de algo desconocido, un agradecimiento que sólo se expresaba en la violencia de su abrazo, una influencia más profunda y de mayor alcance que lo representado por aquel momento.

Adán separó a Margarita un poco y, sosteniéndola, la contempló con mirada ávida. El rostro de ella expresaba dulzura, sus ojos brillaban, negros y profundos como la noche, con una luz que jamás el joven. había visto en otras mujeres.

-Margarita..., ¿me quieres? -preguntó, y aunque su voz era la de un muchacho, su aspecto revelaba al hombre.

-¡Oh..., sí! -murmuró Margarita.

-¡Margarita! -exclamó Adán con forzada risa-, yo... debo de quererte también, porque siento..., no sé lo que siento.- Inclinóse sobre ella poniendo la boca en sus labios, y aquellos ardientes besos, los primeros que recibiera de una mujer, le revelaron el peligro. Soltó a la muchacha por un deber de consideración que ella no supo comprender; y en el suave reproche de sus ojos, en la pequeña mano que no quiso soltar la suya, ocultábase otra ame-naza para los principios del joven.

Adán, mostrándose alegre, trató con mucho tacto de hallar el modo de resistir a la tentación.

-¡Que nos pueden ver! -dijo. -¿Qué importa?

-Pero, niña, hemos de... hemos de reflexionar.

-La mujer no reflexiona cuando tiene el amor en el corazón y en los labios.

La respuesta le parecía a Adán un reproche, porque advirtió en ella la verdad de fa vida, más que la de aquella muchacha que obedecía al impulso de fuerzas desconocidas e indomables. No era el peligro del amor que le ofrecía lo que retuvo al joven, sino el darse vaga-

mente cuenta de que su alma se hallaba dispuesta a ir hacia ella.

De pronto, Margarita cambió de humor. Parecíase a las gatas que, tras ser acariciadas por una mano suave, se enfurecen de pronto por la menor contrariedad.

-Cree el señor que me quiere? -preguntó con voz aguada, poniéndose pálida. -Sí..., así lo he dicho, Margarita. La quiero -apresuróse a afirmar Adán. -Tal vez... no sea más que una vil mentira.

Acaso Adán se hubiera enojado por aquella insultante insinuación si no hubiese estado seguro de sí mismo. ¡Qué diablillo parecía la muchacha con aquellos ojos centelleantes! Quizá no era mujer a la que él debiera hacer el amor, pero ya era tarde. Por otra parte, no le pesaba; sólo se hallaba aturdido y deseaba reflexionar.

-Si el señor se burla de mí ..., Margarita le arrancará el corazón.

-Margarita, yo no me burlo -replicó Adán muy serio, aunque interiormente emocionado ante la ardiente pasión de una mujer ajena a su raza-. Dios sabe que me alegro de... de su amor. ¿Cómo he podido ofenderla? ¿Qué quiere de mí?

-Jure que me quiere -exigió ella imperiosamente. Adán respondió a esto con la arrogancia salvaje que le caracterizaba cada vez más; y la risa y el atrevimiento de sus labios ocultaron sus verdaderos sentimientos. No se consideraba como barro moldeable. Bajo su suavidad ha-bia un pedernal del que brotaban chispas al choque de la pasión de Margarita.

Después de -mostrarse provocativa v seductora, después de revelarse furiosa como una reina salvaje, Margarita volvió a cambiar, aparentando orgullo y frialdad, como una mujer ultrajada que es preciso volver a conquistar a fuerza de tiernas palabras. Si en la última parte de su paseo la joven dió prueba de otra súbita transformación, Adán hizo como si no lo advirtiera. Al llegar a la puerta de la casa, donde estaba sentada la madre de ella, Adán dejó a Margarita allí y se marchó otra vez a la orilla del río. Cuando se sintió libre y seguro, dió un gran respiro de alivio.

-¡Ya está! ¡Me he atrevido!... ¿De modo que arrancarme el corazón?... ¡Y he tenido que jurar que la quiero!... ¡Vaya con la fierecilla!... Pero, no, no; es una mujer asombrosa, adorable a pesar de sus uñas de felino. ¿Qué diría Guerd de una mujer así? ... La cosa se complica. Heme aquí un muchacho de dieciocho años que creyó tener buenos principios, y ahora soy el amante de una morena que vale un Potosí. ¡Parece increíble!

El joven se paseó durante varias horas por la orilla del río, ensimismado en profunda introspección, atento, sin embargo, a la noche, a las estrellas, a los montes circundantes v al silencioso v rutilante río.

Al acostumbrarse a la soledad v a las tinieblas, despertóse en él! un vago sentimiento de afinidad con la Naturaleza. Acaso le faltaría el éxito, tal vez los hombres le hicieran traición, pero las silenciosas y solitarias noches y el firmamento con sus estrellas, serían :siempre sus maestros, como lo fueron de los hombres sabios de los desiertos de Arabia.

Por último se despertó reflexionando sobre su nueva situación y se fué a acostar, esperando olvidar en el sueño la complejidad de las circunstancias y de sus encontradas emociones. Mas no podía desterrar el' recuerdo de los cálidos besos. Adán vió a Margarita como era: una hija sencilla del desierto, respondiendo, como loas indios, a sus impulsos salvajes, absolutamente inconsciente de haber faltado al decoro femenino. ¿Era mala o buena? ¿ Cómo podía ser mala si no conocía otra moral' que la del desierto? Así Adán reflexionó, conjeturó, maldijo su ignorancia y lamentó su debilidad, diciéndose, sin embargo, siempre, que quería a Margarita y que se sentía atraído hacia ella. La única conclusión a que llegó en su perplejida.d fué que, por deber para con Margarita, era preciso vivir de acuerdo con sus propios buenos principios.

A la mañana siguiente, como todas las mañanas, Adán se despertó con renovadas fuerzas, muy animado y lleno de dulces esperanzas. Un nuevo día era para él una emoción. La maravillosa sequedad del aire, los colores que daban a la tierra el aspecto de un país encantador, eran en sí :suficientes motivos para que la vida le pareciese digna de vivirse. Por las mañanas siempre se sentía Adán un poco niño.

El arrepentimiento de Margarita por su caprichoso humor del día anterior se tradujo en una acción práctica la preparación de un desayuno extraordinariamente bueno para Adán. Éste tenía siempre apetito y las buenas comidas eran poco frecuentes. Le encantaron las atenciones de la joven y la animó con palabras cariñosas, aunque no lo hizo delante de la madre ni de Arellano, pues la aprobación de la primera era muy sospechosa, y el segundo desaprobaba sus relaciones con Margarita demasiado misteriosamente.

Cuando pocas horas después llegó el vaporcito, Adán se halló entre los que esperaban en el desembarcadero. Encontró a Mae Kay, que bajaba del buque en compañía de un hombre y dos mujeres, una de las cuales era muy joven. El encargado mostrábase radiante por primera vez en muchos días. Las piezas de reparación para la maquinaria habían llegado por fin. Mae Kay presentó en seguida sus amigos a Adán, y el encargado, siempre atareadísimo, rogó al joven que los acompañase. Eran gentes muy simpáticas, y como la muchacha era hermosa y rubia, tipo pocas veces visto en aquella región, la tarea de cicerone encantó a Adán. Les hizo ver todos los detalles del pueblecito e insistió en que sería muy interesante que viesen la fábrica. ¡Cuán lejos le pareció en aquellos instantes la época en que, estando en su casa, frecuentaba diariamente la compañía de muchachas tan lindas como aquella señorita rubia! Ésta era alegre e inteligente, aunque un poco tímida en el fondo.

Le invitaron a comer con la madre y la hija a bordo del vapor, y de este modo el tiempo transcurrió velozmente, llegando la hora de la salida del buque sin que Adán se diera cuenta. Cuando se despidió de la muchacha, leyó en sus ojos lo que también había en su mente: que nunca más volverían a encontrarse. El último pensamiento de Adán fué alegrarse de que su hermano no la vería en Ehrenberg.

Algunos de los trabajadores de Mac Kay estaban retirando las mercancías desembarcadas. Entre ellos hallábase Regan, un irlandés de baja estatura que en varias ocasiones habíase burlado de Adán. Al verlo ahora hizo una seña a Mac Kay diciendo:

-Mac, la verdad es que este chico es un diablo con las mujeres.

Mac Kay se echó a reír estrepitosamente y miró más allá del sitio en que estaba el joven, cono sino se riese

sólo de él, sino también de otra persona que hubiese allí. Adán volvióse ráp:damente y vió a Margarita, con expresión de reina de tragedia, clavándole sus ojos de fuego. Luego, con uno de sus rápidos movimientos, ágil y graciosa, aunque de un modo violento, la joven dio media vuelta y huyó.

-¡Dios mío, qué he hecho! -murmuró Adán cuando comprendió la significación de la mirada de Margarita. Había olvidado hasta la existencia de la muchacha mientras acompañaba a sus nuevos amigos, v seguramente ella le había seguido, adivinando además sus pensamientos. Se dirigió por un atajo a su cabaña y la vió de pronto entre unos mezquites.

Al verle, Margarita se precipitó sobre él sin que Adán pudiese evitar el encuentro. Echando maldiciones en -su idioma nativo, le pegó y le arañó el rostro como un gato furioso.

Adán la empujó hacia atrás, pero ella volvió a asaltarle y, furioso, él a su vez la cogió por los hombros, sacudiéndola, hasta ver que estaba haciéndole daño. Sin soltarla del todo, la mantuvo a distancia y la miró intensamente a los ojos, en los que leía tal pasión que, a pesar de su cólera, no pudo menos de sentirse admirado.

-¡Margarita! -exclamó-. ¿Eres acaso una fiera?...

-¡Te odio! -replicó ella, interrumpiéndole.

Aquella exclamación hecha con voz aguda, el agitado vaivén de su pecho, el temblor de todo su esbelto cuerpo, demostraban una intensidad' pasional tan grande que el muchacho se quedó asombrado. Tan pequeña, tan débil e inteligente como era y, sin embargo, ¡qué apasionada

¿Qué haría, pues, si hubiese motivo fundado para enfadarse?

-No, no, Margarita, no digas eso. Nada he hecho para que que me odies. Me explicaré. Margarita repitió su apasionada exclamación y Adán vio que tanto valía querer cambiarla

como empeñarse en mover una montaña. Entonces, dijo él resentido -Muy bien, pues si eres tan tonta y tan voluble, me alegro que me odies.

Y soltándola, se marchó sin volverla a mirar. Ya en su casita, recogió el fusil que había preparado y se fue hacia el camino del río. Allí se metió entre los sauces y álamos, en busca de alguna pieza de caza.

A una milla de distancia del pueblo, en la desembocadura de un afluente, ahora seco, se detuvo el joven para admirar algunos árboles de gran belleza. Uno de ellos era de una especie que no conocía: un ejemplar muy bello en su clase y medía unos diez metros. El tronco era ancho en la base y dividíase a poca altura en numerosos brazos que, a su vez, multiplicábanse en centenares de ramas v ramitas, todas muy redondas y llenas de púas. El tronco, los brazos, las ramas, las ramitas, todo el árbol de arriba abajo, era de un brillante y suave color verde, tan liso coso si estuviese pulimentado, pero sin una sola hoja. Adán contempló aquel árbol extraño y desconocido, comprendiendo poco a poco su naturaleza, su exquisito color, la gracia de sus esbeltas líneas, y de nuevo aumentó su admiración por el desierto.

De pronto oyó un grito y, al volverse, vió a Margarita, que venía' corriendo hacia él, con el pelo suelto y algunas manchas de sangre en el rostro; llevaba roto el vestido.

-¡Margarita! - exclamó Adán, yendo a su encuentro-. ¿Qué sucede? La muchacha venía sin aliento y no nudo hablar en seguida.

-Félix... está escondido... allí, en la senda -dijo por fin, jadeante-. Lo he espiado.

-¿Félix? ¿Aquel mejicano que se precipitó navaja en mano sobre tu padre? ¿Aquél que zarandeé en el campamento?

-Sí -repuso Margarita.

-Bueno, ¿y qué?... ¿Por qué se esconde Félix en la senda? -Ha jurado vengarse. Quiere matarte.

-¡Ah!... ¿Conque ésas tenemos? -dijo Adán, v expresó su sorpresa silbando-. Entonces...

¿tú has venido para avisarme?

La joven asintió con un movimiento de cabeza y al mismo tiempo apoyóse en él, cansada y maltrecha. -Eres muy buena, Margarita-le dijo el joven, v la llevó a la :sombra de un árbol. Con :su pañuelo le quitó la sangre de los arañazos de la cara -. Te estoy muy agradecido, niña, y no olvidaré lo que acabas de hacer.

Pero, ¿por qué arrostraste el sol y las matas espinosas para avisarme.

-Ahora ya sabes lo que hay y puedes matar a Félix antes de que él te mate a ti-repuso Margarita; su respuesta hubiera podido parecer sencilla y cándida a no ser por su terrible significado.

Adán se echó a reír. No era la primera vez que la vida del desierto se le presentaba así, en toda su ferocidad. Sin embargo, no creyó que fuera un deber suyo acechar ahora a aquel mejicano que quería prepararle una emboscada. Dejó de pensar en su enemigo para saborear la dulzura de la presencia de Margarita, cuya fragancia le embriagaba como si fuese vino generoso.

-¡Pero, niña..., si hace poco me arañaste..., me dijiste que me odiabas...! -dijo con suave reproche.

-¡No, no, no!... Yo te quiero -exclamó Margarita arrojándose en :sus brazos, mostrando ahora el mismo fuego apasionado en su amor que antes en su odio.

Y esta vez fué Adán quien buscó sus labios rojos, besándolos una y otra vez, sintiendo de nuevo la extraña emoción que en vano tratara de explicarse. Serenándose, llevó a la joven a otro lugar más :sombrío donde poder sentarse reclinados en el' tronco de un árbol frondoso. Margarita apoyó la cabeza sobre el hombro de él' v lloró silenciosamente. Mientras, Adán admiraba la belleYa de aquella flor del desierto, que tan singular contraste formaba con la mente rudimentaria y estancada de la joven.

-¡Dios mío! -murmuró Adán. Algo indefinido, algo grande formábase en él. La miraba, le daba lástima, la amaba, la deseaba, pero no eran éstos los sentimientos de grandeza que vagamente comprendía su alma. No podía determinar las causas de su sensación, pero ésta re-lacionábase con la vida, con la belleza, con la pasión y el' alma de la joven que tenía a su lado; era una especie de reverencia hacia algo de ella que no lograba entender.

Margarita se serenó pronto, y adoptó una actitud tan tímida, modesta y pensativa, que Adán no podía creer nue fuese la misma muchacha. Sin embargo, cuidó de no despertar en ella los sentimientos dormidos.

-Margarita, ¿cuál es el nombre de ese árbol tan her-moco? -preguntó, señalando aquel que tanto había llamado su atención. -Palo verde2.

Le interesó informarse más detalladamente acerca de las plantas del desierto que hasta entonces le eran desconocidas. Con este fin hizo pregunta tras pregunta a la joven y le asombró el gran conocimiento que tenía de la flora silvestre.

Poco después Margarita enseñó a Adán un árbol semejante a humo, tan azul-gris era su color, destacándose suave y vaporoso contra el cielo, como una gran columna, o como una seta gigantesca. ¡Qué árbol más extraño y qué flores tan azules tenía! Al examinarlo de cerca, sorprendióse el joven de que todas las ramas y ramitas estuviesen cubiertas de espinas. Era un árbol hermoso, pero desagradable y cruel, que a alguna distancia parecía una voluta de humo.

-Es el palo crísti3 - murmuró Margarita, haciendo la señal de la Santa Cruz. Contó a Adán que aquél era el árbol del que sacaron la corona de espinas para la cabeza de Nuestro Señor Jesucristo.

Con la puesta del sol terminaron unas horas muy felices y provechosas para Adán. No había olvidado la amenaza que significaba para él la sed de venganza de aquel sujeto que se llamaba Félix, pero creyó más prudente alejar de sí los sinsabores todo el tiempo que fuese posible. Él y Margarita llegaron a Picacho sin ver al mejicano. Sin embargo, Arellano había visto rondar a Félix por los alrededores y advirtió a Adán claramente el peligro que corría. Merryvale, a su vez, murmuró algunas palabras al oído del joven, aconsejándole que no espe-rase encontrar casualmente al sujeto, sino que fuese directamente en su busca.

No necesitaba Adán que le instasen mucho a la acción. Después de cenar se dirigió en compañía de Arellano, en un carro, de provisiones, al campamento.

La sala estaba en plena locura cuando llegaron. Las luces vagas, los gritos discordantes, el fuerte olor del alcohol, el aspecto rudo de los jugadores, todo influyó para excitar más aún a Adán, y después de beber unas cuantas copas estaba dispuesto a todo. Sin embargo, no halla-ron a Félix.

Luego el joven, aunque no ebrio, todavía bajo la influencia del ron que había bebido, emprendió el regreso a su cabaña. El' camino era largo y, a causa de la arena, muy pesado en el andar. Al llegar al pueblo, estaba en plena posesión de sus facultades mentales, pero ardíale la sangre debido al ejercicio y a la emoción de la probable lucha. De aquí que cuando Margarita entró quedamente en su estancia, abrazándole frenética, murmurando palabras apasionadas en su oído, no tuvo ni la voluntad ni el deseo de resistir aquella dulce tentación.

V

Llegó la hora del alba y Adán abrió pesadamente los ojos. Disgustábale despertarse, pero no le era posible detener el curso de las horas. Algo había sucedido aquella noche que le incapacitaba para volver a ser el mismo. Con aguda punzada y una sensación de haber perdido algo irremisiblemente, Adán dióse cuenta de que había muerto en él una parte de su juventud, pero había perdido también algo que era demasiado sutil, demasiado profundo para que pudiera adivinarlo, relacionado con la dulzura y la pureza que había heredado de su madre y con las enseñanzas de ésta. Era precisamente lo que le había separado de su hermano Guerd, manteniéndole alejado de la baja vulgaridad de sus camaradas. No obstante, la selvatiquez de aquel primitivo Oeste había acabado con todo.

Con amargura vió Adán llegar el nuevo día. No podía hacer más que resignarse a su suerte. La alegría de vivir, la gloria de su juventud casta v para, todo lo que le había hecho ser distinto de los demás muchachos, faltábale ahora en aquella fría y gris mañana de la realidad. No comprendía la severidad con que juzgaba sus propios actos. Su espíritu sufría una indecible torpeza, un oscuro remordimiento.

De pronto recordó a Margarita v todo cambió al instante. Como una cálida ola surgió el recuerdo de ella, de su extraña dulzura, de su astucia al esperar su re- greso a una hora muy avanzada de la noche, de su adherente flexibilidad, de su incoherencia que no necesitaba explicación, de lo inevitable del silencio nocturno, de la desvergonzada, insistente e imperiosa demanda de su presencia por parte de él.

Saltó del lecho para interrumpir sus divagaciones con la acción. Para él la salida del sol' era gloriosa; el valle, hermoso; el desierto, selvático v libre; la tierra, una inmensa región que explorar, y la Naturaleza, aunque insaciable e inexorable, pródiga en compensaciones. Había apurado una copa de dulce miel que contenía una sola gota de amargo veneno. La vida henchía su pecho. Hubiera querido ser indio. Al ponerse en marcha recordó palabras que su madre le dijera años antes: Hijo mío, tú tornas las cosas demasiado en serio, sientes demasiado intensamente los momentos corrientes de la vida.» Ahora la comprendía al fin; no subía distinguir las cosas pequeñas de las grandes. Pero, ¿había algo que fuese realmente pequeño?

El saludo matutino de Margarita fué a la vez una alegría y una sorpresa. Su sonrisa, la luz de sus ojos aterciopelados, hubieran hecho feliz a cualquier hombre. Pero había en ella algo sutil aquella mañana que chocó a Adán, dándole la impresión indefinida de que él repre-sentaba para Margarita ahora algo menos que el día anterior.

El agudo silbido de la sirena del vapor interrumpió sus meditaciones. Los desocupados, dirigiéronse al desembarcadero, y cuando llegó a ;su vez Adán, 1o halló tan lleno de hombres, todos al parecer más interesados que ordinariamente en algo relacionado con el' vapor. Deslizándose por entre los mezquites, el joven :se puso en primer término.

Un hombre de elevada estatura, vestido de negro, atravesaba la pasadera. Su altura, su manera de andar, eran familiares para el joven. Había visto antes aquel chaleco bordado con flores, muy visible la estrella de plata, y también aquel rostro tostado, afeitado, con su ancha mandíbula inferior y las arrugas de la frente.

-¡Collishaw! -exclamó Adán, aturdido.

Reconoció en el hombre a un sujeto que había conocido en Ehrenberg, un sheriff jugador, especie de matón, al que su hermano Guerd habíase ligado. Al dirigir la vista a la persona que iba detrás de Collishaw, aceleróse el latir de su corazón. Tratábase de un joven alto, fornido, de buen aspecto, y Adán hubiéralo reconocido entre miles. Se le anudó la garganta. ;Era su hermano Guerd !

Éste alzó los ojos, escudriñando las personas que estaban en el desembarcadero.

-¡Hola, Adán! -exclamó con risa dura; luego hizo una seña a Collishaw, diciendo-: ¡Ahí está! ¡Ya lo hemos encontrado

Adán se metió por entre los mezquites y, sin cuidarse de las agudas espinas, se alejó, no deteniéndose hasta hallarse a regular distancia.

¡Qué difícil era extinguir por completo aquel amor fraternal! Representaba casi toda su vida, todos los recuerdos de su casa, de su infancia. Su misma fortaleza probaba cuán leal había sido en él. ¡Qué cálida y hermosa era aquella emoción reavivada de pronto! Arrancada de cuajo, aún retoñaba en lo más hondo de su ser. En su huída para estar solo, Adán había cedido al asombro, a la vergüenza y a la furia que surgiera en él al comprender el alcance de su alegría ante la súbita aparición de aquel hermano suyo que le odiaba. Durante años su amor fraternal' luchó contra la lenta comprensión de que su hermano le aborrecía. No pudo probarlo, pero lo sintió instintivamente. Adán no temía a su hermano, ni tenía motivo alguno para temer su presencia, excepto aquella ternura de que se avergonzaba. Cuando hubiese vencido su sentimentalidad se enfrentaría con ellos para demostrar a Guerd y a Collishaw de qué madera estaba hecho. ¡Dinero! Ése, ése era el motivo de la llegada de Guerd, y tal vez el deseo de seguir dominándole.

-¡Ya le enseñaré yo! -dijo el joven resueltamente, al ponerse en pie para regresar.

No sabía exactamente lo que iba a hacer; sólo estaba seguro de que su paciencia habíase agotado. Regresó al pueblo, dando un gran rodeo. Al doblar un recodo del cañón se halló de pronto ante un grupo de obreros, mejicanos casi todos. Estaba bajo una pasadera de madera que se había construído sobre el cañón, muy estrecho en aquel punto, y todos parecían mirar a lo alto, Naturalmente, Adán hizo lo mismo.

Así, sin una palabra de aviso, contempló el rostro contorsionado y horrible de un hombre pendiente de una cuerda por el cuello. La escena dió a Adán una ;sacudida tremenda.

-Eso es obra de Collishaw-murmuró, recordando vagamente lo que se contaba de la mano dura de aquel sheriff en los actos de justicia-. ¡Qué país tan tremendo!

Frente al almacén del pueblo encontró el joven a Merryvale y le dijo que le diera detalles de la ejecución del mejicano.

-El caso es que tampoco yo sé gran cosa -respondió el viejo vigilante, rascándose la cabeza -. Parece que, río abajo, han matado y robado a un minero. Ese Collishaw es un sheriff f con todas las agravantes, y cumple siempre la ley a su manera. No creo que haya ninguna ley en tal sentido. Bueno, el caso es que él y sus auxiliares dicen que han seguido las huellas de los asesinos hasta Picacho, y que aquí han identificado a uno, un mejicano, naturalmente, como siempre. Arellano lo defendió, diciendo que era inocente, y a fe que fué acalorada la discusión. Juraría que Collishaw estuvo a punto de «sacar» su revólver, mas Arellano, con un buen acuerdo, no insistió, como hubiera hecho cualquiera que no estuviese loco. El mejicano juró por todos los santos y por la Virgen que era inocente y que podía probarlo, pero no le de-jaron continuar; la cuerda ahogó sus palabras... No sé, Adán, no sé; creo que hubiera valido la pena de esperar un poco para darle a ese desgraciado la oportunidad de salvarse. Pero Collishaw vino aquí con la idea de ahorcar a alguien y no iba a dejarlo para más tarde.

-Le conozco, Merryvale, y no me extraña su proceder -repuso Adán amargamente. -Uno, de los que han venido es un joven de buen ver. Juraría que es su hermano. ¿Es así? -Sí, lo ha acertado usted.

-Bueno, parece que no se alegre usted mucho de su venida... Hijo mío, cuidado con lo que dice a ese Collishaw. No dudo que no sea justiciero, tal como él ve la justicia, pero en mis buenos tiempos los sheriffs no eran así. Busca siempre el aplauso de la multitud... Ha pre-guntado por usted. Mire, allí viene.

El sheriff se acercó con varios hombres y se detuvo

junto al almacén. Era un hombre de aspecto imponente, dominante, de rostro repulsivo. Sus ojos movíanse rápidamente en todas direcciones y estaba acostumbrado a ver a los hombres antes de que éstos le viesen a él.

Adán sabía que Collishaw le había visto y, de acuerdo con la resolución que había tomado, se dirigió hacia el sheriff

-Collishaw, me han dicho que me andaba usted buscando -dijo. -¡Hola, Larey! Sí, preguntaba por usted - repuso Collishaw. -¿Qué me quiere?

El sheriff llevó a Adán un poco aparte para que los demás no pudieran oírle. -Se trata de esa pequeña deuda de juego con Guerd -dijo en voz baja.

-Oiga usted, Collishaw, ¿es que me amenaza con una de esas faenitas como la que acaba de hacer con el pobre mejicano? -preguntó Adán, sarcástico, señalando con la mano hacia el cañón.

Seguramente Collishaw estaba hecho a prueba de sorpresas; sin embargo, la respuesta del joven le hizo erguirse y abandonar su aire secreto y confidencial.

-No, no puedo arrestarle por una deuda de juegodijo bruscamente-, pero si le voy a obligar a que pague.

-¡Como no lo cobre en el infierno! -replicó Adán. ¿Qué le importa a usted eso? Si por aquel juego, Guerd le debe dinero, yo no tengo la culpa. No pagué porque sorprendí a Guerd haciendo trampa. No soy jugador, pero me apuesto veinte monedas de oro contra ese chaleco de fantasía que usted lleva, a que Guerd no cobrará jamás un céntimo de esa pretendida deuda.

Dicho lo cual, Adán dió media vuelta y ;se marchó hacia el río. Cerca de él encontró a Arellano. El capataz, siempre tan jovial, estaba ahora pálido y huraño. Con gran sorpresa del muchacho, el mejicano, no quiso hablar de la ejecución, pero no se mostró tan callado acerca de Guerd Larey.

-¿Quién sabe, señor? -concluyó-. Acaso sea lo que mejor :pueda sucederle. Margarita es una mala persona. Pero usted es amigo mío y tengo la obligación de decírselo... Ya lo sabe, si quiere conservar a Margarita, vigile a su hermano.

Adán quedó asombrado y, sin responder a Arellano, se marchó. Costóle algún tiempo comprender el aviso del meiicano. De momento, sólo vió el hecho de que Guerd había visto a Margarita y que la muchacha le gustó. ¡Era inevitable, además! Adán no recordaba ninguna muchacha a la que él hubiese admirado o querido que Guerd no se la quitase. Los chicos del pueblo tomaban aquello a chunga, en lo cual' les acompañaba el propio Adán, dado su fondo de bondad. ¡Todas eran para Guerd ! Adán, recordaba la época en que se sentía feliz cediéndoselo todo a su hermano. Mas aquí, en el desierto, donde empezaba a comprender la significación de la lucha del hombre por la vida y por lo que poseía, la cosa cambiaba de aspecto. Además, había ido demasiado lejos en sus relaciones con Margarita, aunque fuese lamentable recordarlo. La joven le pertenecía, y sus normas eran tales que se creyó en el deber de corresponder a la muchacha con su afecto y su protección leal. Margarita tenía tan sólo diecisiete años, y era indudable que Guerd lograría fascinarla si él no la apartaba de su camino.

-Pero... ¿si le gustase Guerd..., si lo desease como me desea a mí? -murmuró Adán, respondiendo a una súbita inspiración.

Sin embargo, repudió tal posibilidad; aunque su inteligencia la admitía, no podía dudar de Margarita; para eso, sentía con demasiada intensidad. ¡Hacía tan poco que ella le había abierto los ojos a la vida, a la vida tal como es, no como se sueña...!

Adán halló a la mujer de Arellano sola en casa. -¿Dónde está Margarita?

-Margarita está allí-repuso la madre, dirigiendo una mirada significativa hacia el río. Adán vió, en efecto, a Margarita sentada en la orilla a unos veinte pasos del'

desembarcadero, y a su lado estaba Guerd. El lugar se hallaba protegido por la sombra de un árbol y un poco alejado del' camino del pueblo. Margarita estaba sentada sobre la rueda de un carro deshecho, y Guerd, de pie, a :su lado. Ninguno de los dos advirtió la llegada del joven.

-Señorita, bastó una mirada de sus ojos negros como la noche para que en mi pecho brotara la llama del amor - decía con pasión Guerd-. Veo en usted una verdadera princesa española, una flor del desierto, hermosa como la luna y las estrellas. Yo...

De pronto la pareja vió ante sí a Adán, el cual estaba muy emocionado; mas, a pesar del tumulto que había en su pecho, se mantuvo sereno y frío. La radiante alegría de Margarita trocóse en expresión de sorpresa.

-¡Caramba! ¡Si es Adán! -exclamó su compañero-. ¡Vamos, hombre! ¡Te veo muy cambiado!

-Guerd... -empezó Adán, y no pudo seguir. Era para él una tremenda prueba enfrentarse con su hermano, con el ser a quien, después de su madre, había querido más en el mundo, por quien había sentido una verdadera idolatría, comprendiendo tarde que, a pesar de su arrogante figura, a pesar de su rostro varonilmente hermoso, Guerd tenía el alma negra y falsa.

-Adán, ¿no quieres estrechar mi mano? -preguntó Guerd tendiéndole la diestra. -No -repuso Adán con gravedad.

-Como quieras... Como puedes ver, me hallo en una compañía muy agradable.

-Así es, en efecto -contestó el joven amargamente, mirando de soslayo a Margarita, la cual se había ya repuesto de la sorpresa y le miraba con astuta y femenina curiosidad-. Guerd - continuó Adán-, acabo de ver a Collishaw; ha tenido la osadía de reclamar aquella deuda de juego. He venido para decirte que no la pagaré, puesto que hiciste trampa.

-¡Vaya si pagarás! -observó Guerd, sonriente. -¡No pagaré! -repitió Adán con firmeza.

-Muchacho, me pagarás la deuda o te la cobraré a viva fuerza -declaró Guerd, frunciendo el ceño como si advirtiese cierto cambio en la actitud de su hermano, antes tan dócil.

-Ni de ese modo ni de ninguno cobrarás un céntimo.

-Pero... oye, hombre, si no te hice trampa, ¡palabra! -protestó Guerd, negando como último argumento para salirse con la suya.

-¡Mientes! -exclamó Adán rápidamente-. Tú sabes muy bien que me la hiciste... Mira, Guerd, no discutamos más. Ya te dije en Ehrenberg, después de la jugarreta que me hiciste con aquella muchacha, que habíamos acabado para siempre.

Guerd pareció darse cuenta, no sin maravillarse y lamentarlo al mismo tiempo, de que ahora tenía que habérselas con un hombre. Adán vió la sornresa en el rostro de su hermano y le emocionó el saberse más fuerte que él. Nunca había estado muy seguro de llegar a serlo.

-¡Maldición! -gritó Guerd, desasiéndose de Margarita, a la que hasta entonces había tenido enlazada por el talle, e irguiéndose cuan alto era-. Estoy ya harto de tu puritanismo. Lo que quiero es el dinero, y nada más. Si no me pagas, te arrancaré la ropa hasta encontrar el sitio donde lo tienes oculto. ¿Te has enterado? Adán se echó a reír burlonamente.

-Te diré lo que a Collisbaw... ¡Como no cobres en el infierno...

Guerd Larey masculló unas blasfemias; la sorpresa no le dejaba hablar; tenía el rostro congestionado por el furor creciente que sentía.

-Cuando termine de hablar con esta muchacha me repetirás eso -pudo decir al fin. -Cuando quieras - contestó Adán mordazmente -. Pero ahora seguiré hablando, porque me da la gana... Las cosas han cambiado, Guerd... No te daré más dinero, no seguiré soportando ,tus exigencias. Siempre me has dominado. Me odias. Ahora lo sé. En la infancia me robabas los juguetes, los vestidos, los compañeros de juego... Más tarde me quitaste todas las amigas; luego el dinero, por último... ¡hasta a una mujer despreciable! ¡Eres un embustero, un falso 1

... ¡Te has rodeado aquí con gente de tu calaña y vas a ir directamente al infierno!

La palidez del rostro de Guerd revelaba su cólera, pero sabía dominar sus pasiones mejor que Adán. Tenía más años que su hermano y la diferencia de edad era notable en aquel momento.

-¿Has venido aquí para decirme todo eso? -preguntó. -No. He venido por Margarita.

-¿Por Margarita? -repitió Guerd, asombrado-. ¿Se llama así esta muchacha? Oye, tú, Adán, ¿pretendes gastarme ahora una de tus bromas? ¿Vas a hacer de samaritano socorriendo, a las muchachas en peligro?... Más de una vez nos hemos visto separados en ese terreno... - Estamos separados para siempre - le interrumpió

Adán, y volviéndose hacia la joven, dijo-: Margarita, quiero que...

-Aquí tú nada tienes que hacer, ¿oyes?-le interrumpió a su vez Guerd, acaloradamente-¿Qué te unporta a ti esa mejicana? No toleraré tu intromisión. Vete (le aquí y déjanos en paz.

-Sí me importa-repuso Adán, y vacilando un poco, añadió -: Esta muchacha me pertenece. -¡Cómo! -exclamó el hermano mayor, incrédulo, mirando alternativamente a Adán y a Margarita. De pronto, una sonrisa iluminó su rostro- Muchacho, ¿quieres decir que eres amigo de esta chica? -Sí, de esta señorita.

-¿Le has hecho el amor? -El rostro de Guerd mostró una alegría que el joven no lograba comprender.

-Sí.

El hermano disimuló, haciendo un esfuerzo, su endiablada complacencia. Aunque su sorpresa era profunda, no era el sentimiento dominante en él. Miraba a uno y a otro; no había comprendido aún que el momento era trágico para Adán; desconocía hasta dónde habían lle-gado aquellos amores. Adán se sintió desfallecer. ¡Qué humillación si tuviese que revelar su secreto!

-Adán, en asuntos del corazón, cuando dos caballeros admiran la misma mujer, siempre ha de ser ella quien decida - dijo Guerd burlonamente, inclinándose con gallardía ante Margarita.

-¡Pero... si sólo la conoces desde hace un momento! -protestó Adán débilmente-. ¿Cómo te atreves a ponerla en trance de elegir? Es un insulto para ella.

-Eso, que lo decida Margarita -repuso Guerd -. Las mujeres cambian de parecer. Es algo que aún no sabes-. Y al volverse de nuevo hacia la joven, toda su persona parecía irradiar seducción. Guerd conocía su ascendiente sobre las mujeres y se valió de todas sus artes para agradar-. Margarita, Adán y yo somos hermanos. Siempre nos enamoramos de la misma mujer. Elija usted entre los dos. Adán la sometería a su yugo. Yo... la dejaría libre como un pájaro.

Y se inclinó sobre ella, murmurando palabras apasionadas a su oído, poniendo la mano en su brazo, suave, pero dominador. La escena le pareció a Adán una pesadilla. ¿Era cierto lo que veían sus ojos? Margarita pa-rocía otra. Mostrábase tímida, seductora, con los ojos entornados, brillando en ellos el mismo fuego con que le había favorecido antes a él.

-Margarita, ¿quieres venir conmigo? -exclamó Adán, decidido a acabar de una vez. -No -repuso ella suavemente.

-¡Te lo suplico..., ven! -imploró el joven.

La muchacha volvió la cabeza negativamente. Sonreía con dulzura, un poca burlona. Irradiaba su rostro un e extraño destello, como el cálido matiz del ópalo. Parecía tener más edad, estar más segura de sí misma y más sumergida en la obsesión pasional que Adán advirtiera tantas veces en ella. La joven no podía comprender lo que Adán consideraba un deber suyo; ella sólo se amaba a sí misma, a su lindo rostro, y a su hermoso cuerpo. Enorgullecíase de su poder sobre los hombres. Y aquel otro joven, no conquistado, le parecía más fuerte y más difícil de retener; bajo su mano dominadora ella se retorcía, luchando emocionada... Sí, sí, él era el elegido. Tal fue el pensamiento que Adán leyó en Margarita en aquel instante, y si la había amado, lo cual ponía en duda, aquel amor acababa de morir. Sólo sentía una gran compasión por la desdichada muchacha. Pensó que, de los tres, sólo él era leal, sólo él comprendía la verdad.

-Margarita, ¿has olvidado lo de anoche? -preguntó el joven Adán. -¡Bah, señor...!, ¡está ya tan lejos! ¡Quién se acuerda de ello!

El' joven se volvió bruscamente, marchándose sin decir nada. Abrióse camino. por entre la espesura de cactos, sin reparar en las espinas. Guando llegó a su cabaña tenía sangre en las manos y en el rostro, pero el dolor de los rasguños no era nada comparado con el que sentía en el alma. Se dejó caer en el lecho.

-¡Otra vez! -murmuró- Otra vez lo mismo. Siempre Guerd..., sólo que esta vez es peor...

No, no, lo prefiero. Yo... no la conocía. Arellano me lo dijo; ése sí. que la conoce. Y yo soñé..., ¡soñé tantas cosas locas! ... No, no la he querido nunca... No es su pérdida lo que me duele. ¡ Es Guerd! ¡Siempre Guerd!... ¡Está ya tan lejos! ¡Quién se acuerda de ello! » ¿Todas las mujeres son iguales? No puedo creerlo, nunca lo creeré. ¡Siempre recordaré a mi madre!

VI

Aquella noche despertóse Adán de pronto, sin causa aparente. La noche era como todas las del desierto, oscura y fresca; reinaba el mismo silencio ininterrumpido de siempre. A pesar de escuchar atentamente, no percibió el' más ligero rumor, ni siquiera el del viento en los arbustos. Sin embargo, siguió reflexionando sobre las causas de su desvelo, hasta que le pareció que desde la impenetrable muralla del silencio llegaba vagamente una voz, un grito. ¿Acaso Margarita, en sueños o despierta, le estaba llamando? La frecuencia con que acostumbraba tener semejantes inspiraciones había convencido al joven de que poseía una facultad extraña.

Cuando Adán se despertó más tarde a media mañana, las irrealidades de la noche se dispersaron lo mismo que sus sombras. Levantóse fuerte, ágil, animado, ávido de inmediata acción. Aquel día era domingo y, por consiguiente, otro día de inútil espera y peligroso ensimismamiento. Sin embargo, el joven se prometió no ocultarse de Guerd ni de Collishaw, pues le importaba poco lo que pudiesen hacer o decir. Iría al campamento de Picacho, donde jugaría y bebería con los demás. Recordó las palabras de Merryvale, sus sabios consejos acerca de la vida en aquellas regiones selváticas. En cuanto a Margarita, lo único que deseaba era volver a verla, contemplar otra vez sus oscuros ojos y dar así por terminadas para siempre sus relaciones con ella.

Después de desayunarse se dirigió al río. Por Merryvale supo que Collishaw, Guerd y los demás de la partida del sheriff habían encontrado alojamiento en varias casas y que se habían dirigido temprano al campamento de la mina. Merryvale, como siempre, no ocultó sus pensa-mientos.

-Su hermano de usted dijo que iban a limpiar el campamento. No creo que se refiera a los mejicanos, sino al oro y al whisky. Hágame caso, Adán, no vaya hoy allí.

Mas esta vez el joven no escuchó los consejos del viejo, pues sentía gran impaciencia por llegar al lugar de las diversiones, que le harían olvidar. Sólo el deseo de ver antes a Margarita le retuvo. Recorrió varias veces el camino del río al pueblo, hasta que por fin vio que Arellano y su mujer, con trajes domingueros, disponíanse a ir a misa. La joven no iba con ellos.

Adán esperó unos minutos con la esperanza de ver salir a Margarita; sin comprender por qué, deseaba que ella fuese a misa como todos los domingos. Por fin acercóse a la casa y entró.

-¡Margarita! -llamó.

No obtuvo respuesta alguna. Sólo cuando insistió por segunda y tercera vez apareció la joven, casi arrastrando los pies, macilenta, como jamás la había visto Adán.

-¿Qué... quieres? -balbuceó.

El aspecto de ella y el' tono de su voz le sacaron de su habitual dulzura. De un salto se puso a su lado, la cogió por los hombros y la llevó hacia la luz que entraba por la puerta. Los gritos de miedo de la joven sobrecogieron a Adán por lo que, significaban. Rápidamente, la soltó, y entonces ella levantó los brazos como si quisiera defenderse.

-¿Tienes miedo de que te haga daño? ¿Creías que te iba a matar? -le: preguntó en tono duro- Te has equivocado, porque no he venido más que a verte por última vez.

Ella dejó caer los brazos y alzó el rostro.

-Más alto, que te vea bien -ordenó Adán alargando la mano temblorosa.

No le fue posible tocarla. Margarita le miraba y en sus ojos se veía que no negaba nada, que no sentía ninguna vergüenza. Algo más leyó Adán en aquel rostro, algo que recordaría para siempre: la certeza de su fragilidad, el valor de un ser primitivo, que sólo temía a la muerte, anhelando, sin embargo, los golpes brutales como prueba de un amor despechado, y también el' despertar de la conciencia ante la patente honradez y fidelidad de aquel hombre. La emoción del joven aumentó al comprender que si Margarita se viese ahora de nuevo en el caso de elegir, otra sería su decisión. Pero era demasiado, tarde.

-Adiós, señorita -dijo muy finamente, inclinándose burlón, y andando hacia atrás, salvó el umbral. Allí se detuvo un instante mientras el rostro pálido de ella, con su mirada de trágica desesperación, iba desvaneciéndose.

Adán marchó con paso rápido cañón arriba, luchando por dominar el torbellino de pensamientos que hervía en su cerebro. Poco tardó en alcanzar a Regan, el irlandés, el cual se le acercó.

-Hola, Wansfeld, viejo amigo -le dijo-, no vaya tan aprisa.

-¿Wansfeld? ¿Por qué me llama así? -le dijo el joven, pues el nombre le sonaba extraño. -¿No es ése su nombre?

-No.

-Bueno, perdóneme. ¿Quiere echar un trago? - Regan extrajo del pantalón un frasco v se lo entregó a Adán. Después de beber echaron a andar juntos, costándole a Regan con sus piernas cortas, un gran esfuerzo seguir el paso de su amigo. El irlandés mostróse charlatán y sim-pático. Cuando se quedaba sin aliento, deteníase para echar un trago y ofrecer otro a Adán. En circunstancias ordinarias éste hubiérase mareado pronto con aquel licor fuente, pero ahora sólo le causó mayor ardor en la sangre.

-Wansfeld, es usted el muchacho más simpático que he visto en estos contornos malditos-exclamó una vez Regan.

-Gracias por el favor, amigo. Pero tenga la bondad de no llamarme Wansfeld. Me llamo Adán.

-¿Adán? -dijo el irlandés-. ¡Qué nombre tan raro! Adán y Eva, ¿verdad'? Ya le vi con esa chiquilla de ojazos negros... ¡Vaya un bocado! ¡Los hay que tienen suerte!

Terminaron el contenido de la botella y continuaron su camino. Regan demostraba cada vez más simpatía por Adán y le propuso una excursión por el desierto, en busca de algún rico yacimiento de oro.

-Usted sería un excelente buscador de oro, además de buen compañero -dijo- Allí afuera, en el desierto, el hombre es libre y dichoso. Conociéndolo, no hay nada como el desierto, camarada. Allí se respira bien y se vive. Tal vez tendríamos la suerte de topar con la mina de oro perdida de Pegleg Smith.

-¿Quién era Pegleg Smith, si se puede saber, v qué mina de oro perdió? -preguntó Adán. Y mientras recorrían fatigosamente el abrupto camino del cañón, buscando las escasas sombras para eludir los tórridos rayos del sol, Adán escuchó por segunda vez la historia de la famosa mina de oro.

Regan la contó de un modo distinto, exagerando los detalles, como suelen hacer los mineros. Sin embargo, era una narración emocionante para cualquiera que, como Adán, se sintiese poseído por el espíritu aventurero. El joven aún no sentía la atracción del oro, pero en cambio empezaba a apoderarse de él la fiebre del desierto.

Llegaron al campamento cerca del mediodía, comieron en el parador de un chino y luego, entrando en el gran salón de recreos, Adán se vio pronto separado de Regan. El aguardiente corría como agua y en todas las mesas oíase el ruido sordo de los saquitos de oro en polvo e el metálico de las monedas de oro. Adán bebió una copa, y esto le incitó a tomar otra. Después siguió bebiendo deliberadamente, para ahogar la voz de su conciencia, hasta hallarse en un estado de ánimo de peligrosa audacia. Para el fuego interno que le consumía, el aguardiente sólo era un nuevo combustible.

Recorrió todo el salón, abriéndose paso a codazos, hasta que por fin ció a su hermano Guerd. Entonces tembló, movido por la pasión que le había llevado allí.

Guerd estaba sentado a una mesa, jugando con Collishaw, Mac Kay y otros hombres de Picacho a los que Adán conocía muy bien. Tenía su hermano mal aspecto, a causa de los efectos del alcohol y de la mala suerte que le perseguía. Cuando levantó la vista y ció a Adán, se levantó de la silla, yendo en derechura hacia él con la actitud de un hombre arrogante v decidido.

-Dame dinero -ordenó Guerd. Adán se echo a reír.

-Vete a trabajar. No tienes suficiente habilidad para manejar las cartas haciendo trampas-repuso el joven irónicamente.

Movido por la cólera, Guerd pegó a Adán una bofetada, pero con la moderada fuerza con que un hermano mayor castiga una impertinencia del menor. Adán devolvió el golpe con rapidez v dureza, haciendo tambalear a Guerd, que cayó contra la mesa y fue sostenido por Collishaw.

El juego y el ruido cesaron como por encanto. La gente se echó atrás, dejando a Adán en el centro de un gran círculo, frente a su hermano, que seguía apoyándose en Collishaw. Guerd jadeaba; su rostro estaba pálido excepto en el lugar donde le hirió el puño de hierro de Adán. Mac Kay puso en orden la mesa y se apartó. La furia y la sorpresa de Guerd pasaron para dar lugar a una pasión más fuerte, más terrible. Se separó de Collishaw irguiéndose cuan alto era, revelando su rostro la terrible mirada del hombre que ha esperado largos años el momento de la venganza.

-¡Te has atrevido a pegarme! Me la pagarás... Te lo aseguro... Voy a romperte la cara - exclamó con voz glacial.

-Aquí te espero... ven -le contestó Adán, enardecido.

En aquel momento Regan, rompió el círculo y se acercó, tambaleando, a Adán.

-Duro con ellos, Wansfeld - gritó farfullando, ebrio-. Estoy a tu lado... Vamos a pegarles a todos... ¡malditos...! Un minero alargó el brazo y se llevó a Regan, arrastrándolo.

Guerd Larey dio un puñetazo sobre la mesa. Tenía el rostro radiante de alegría diabólica, como si el genio del odio acabara de inspirarle una injuria feroz contra su hermano. Su mirada sobrecogió a Adán, porque claramente vio en sus ojos el alma de Caín.

-Conque ése es tu juego, ¿eh? -exclamó Guerd con voz clara y pasional-. Quieres buscarme pelea y tomar por pretexto la deuda que tienes conmigo, ¿verdad? Pero, a mí no me engañas. Tú quieres vengarte porque te he birlado la novia.

-¡Cállate! ¿No te causa rubor que todos conozcan tu indecencia? -gritó fuera de sí Adán. -¡Ah! ¡Ah! ¡Ah! Escuchad al puritano... al buen hijo de su mamita...

-¡Guerd Larey, si... si hablas de mi madre, te arrancaré la lengua!

Estaban los dos muy cerca, separados sólo por la mesa, frente a frente, como Caín y Abel... La amarga y antigua historia quedaba claramente revelada en el rostro de odio del uno v en la expresión angustiosa del otro. Guerd acababa de descubrir el modo de torturar a su hermano y ensañábase con él.

-¡Y se habla de las tentaciones de San Antonio! -gritó Guerd con acerada burla- ¡Para caída, la de Adán Larey... el santito... el de las misas... el que era demasiado inocente, demasiado puro para rozar siquiera la mano de una mujer!... ¡Ah!, ¡ah!, ¡ah!... Lucharemos, Adán; sí, hombre, te complaceré, ya que te empeñas en que te zurren... pero antes déjame contar a mis amigos lo hipócrita que eres... ¡Caballeros, he aquí el inmaculado san Adán, cuya Eva fue una muchachita mejicana!

No hubo exclamación alguna. Todos guardaban silencio. La escena era nueva para aquella gente; una diversión para los jugadores y mineros y sus pintadas consortes. Guerd se detuvo para tomar aliento, reuniendo fuerzas para dar el golpe supremo. Todo su rostro era una llama de odio y de rencor largo tiempo contenidos.

Adán tenía ahora la prueba del odio que había adivinado antes. El horror le cerraba la boca, pero la furia iba apoderándose de él, pronta a estallar con destructora violencia.

-¡Ella misma me lo dijo! -continuó Guerd, y sus palabras eran como pistoletazos -. A mí no me impone silencio tu cara de hipócrita y embustero. ¡Ella misma me lo dijo! ... Tú, Adán Larey, con tus pensamientos elevados y tus ideas de pureza... te ensuciaste en el fango. ¡Fuiste el esclavo de una puerca mejicana que te engañó, que se rió de ti, que te dejó como quien tira una cosa inútil! ¡Vive Dios!, mi alegría no tendría limites si... si tu madre pudiese saber...

El rápido movimiento de la mano de Collishaw apartó el brazo fracticida de Adán y la bala se incrustó en la pared' de enfrente. Collishaw forcejeó con el joven... que se vio apartado, tomando parte en el' cuerpo a cuerpo el mismo Guerd, para salvarse de los disparos. Fue una lucha breve, terrible; volvió a oírse la detonación de la pistola y Guerd Larey, dando un grito de angustia, se apartó de Adán, cayendo sobre la mesa. Su mirada, consciente, llena de terror, se fijaba en su hermano. En la blanca camisa ensanchábase una mancha de sangre. Poco a poco iba apagándose el odio que aún brillaba en sus ojos.

Collishaw se inclinó sobre él y después se irguió, exclamando con voz dura y metálica -¡Muerto, Dios mío!... ¡Adán Larey, la horca te aguarda! El horror iba paralizando a Adán, mas al oír la terrible exclamación del sheriff, reaccionó. De un salto se acercó a Collishaw y le asestó con todas sus fuerzas un golpe con la culata de la pistola en pleno rostro. El sheriff se desplomó como herido por un rayo. Adán, pistola en mano, se precipitó sobre el círculo de espectadores, que le abrieron paso, y huyó por la puerta.

El terror dio alas a sus pies. En pocos instantes se halló fuera del campamento; siguió avanzando cuesta arriba y, cuando no pudo seguir corriendo, trepó a gatas por la pendiente.

Desde la cima de la primera ladera miró atrás, temeroso. Vio, en efecto, a sus perseguidores que subían por la pendiente, yendo delante un hombre alto, vestido de negro, sin nada en la cabeza y que movía los brazos con fieros ademanes. Adán creyó que aquel hombre era Collishaw.

De nuevo emprendió la ascensión de la montaña. Picacho quedaba a la derecha, como una fortaleza colosal de roca bermeja y fantásticas líneas. La subida, que tan corta parecía, era cada vez más larga y más pina. Cada sombra era un engaño, cada espacio de ladera iluminada por el sol ocultaba la verdad de su distancia. El sudor corríale por todo el cuerpo. Sentía que el calor le asfixiaba, que el corazón parecía a punto de estallar. Un fuerte dolor punzante en el costado impedíale respirar hondo. Los oídos le zumbaban de un modo extraño.

Por fin alcanzó el término de la ladera, al pie de una pared casi perpendicular; era preciso valerse de los pies y de las manos para subirla en zigzag. Antes de emprender la ascensión, descansó breves minutos y, luego, con la voluntad que le caracterizaba, púsose a escalar la escabrosa altura, animarlo por el invencible espíritu de huir.

Desde arriba pudo orientarse convenientemente y emprender el descenso hacia el otro lado.

-Aquí no pueden seguirme -murmuró con voz ronca, mirando atrás-, y allí abajo me apartaré del camino de todos.

Después del breve momento de reflexión, volvió a ser víctima del miedo y de la desesperación de la huída. Había logrado escapar; sus perseguidores no podían verle ahora; podía esconderse cuando quisiera porque el descenso era tortuoso; sin embargo, a pesar de tan favorables hechos, no se creía aún a salvo. Bajó velozmente la abrupta cuesta, resbalando en algunos sitios, saltando en otros de roca en roca. A veces la abundancia de piedras pequeñas y de cantos rodados hacía el avance muy lento y penoso. Otras veces tropezaba con rocas desiguales, de ángulos agudos, y resbaladizas como si estuviesen mojadas. En cierto momento tropezó, cayendo sobre un grupo de cactos y clavándose innumerables espinas en las manos. A duras penas, y apretando los dientes a causa del dolor, pudo librarse de ellas. Algunas se quebraron y tuvo que arrancarlas de la mano valiéndose de los dientes.

Era preciso alcanzar a todo trance un camino ancho y blanco que desde arriba había vislumbrado, antes de que llegara la noche, y cada vez temía más no lograrlo. La ladera de rocas resbaladizas y cactos espinosos parecía no tener fin, y tan dura era la prueba para él, que lo olvidó todo. Cuando al cabo pudo alcanzar el camino, donde cayó exhausto y maltrecho, le pareció haberse librado de un infierno.

Tras breve descanso, sentóse en una roca y miró en derredor suyo. Sobre el mundo caía una luz maravillosa, el halo final de la puesta del sol. Picacho estaba nimbado por una corona de oro. Todas las cimas bajas de las colinas hallábanse envueltas en sombras purpúreas. Hacia el Sur, un ancho camino, gris y desolado, desembocaba en una altiplanicie sin fin, lisa v oscura, teniendo por fondo las lejanas montañas. Aquella silenciosa e inanimada carretera era la puerta del inmenso desierto. Adán sintió que el ánimo le flaqueaba. La grandeza de aquel desierto, del que sólo veía parte, parecía hecha a propósito para vislumbrar el misterio y la enormidad del espacio. La maravillosa luz daba mayor tamaño a los cactos y a las rocas, y las sierras, los altos picos, las distancias, todo tenía un aspecto irreal. Adán comprendió que había realizado una gran hazaña escalando por un lado y bajando por el otro las fragosas laderas de una montaña de rocas afiladas como cuchillos. Mas, ¿con qué fin? Había en la enloquecedora luz del Oeste, en las purpúreas sombras del Este, en la tremenda opresión que causaban el espacio y el silencio, la soledad v la desolación, un algo inexplicable que repudiaba, burlador, aquella sensación física de una proeza.

De pronto, como herido por un rayo, recordó su pasión, su crimen, su terror .y la huída. Alzó el rostro hacia las montañas; pero su aspecto era ahora tan frío, tan imponente, que aumentaba la sensación de soledad y desesperación.

-¡Dios mío! -murmuró-. ¿Qué será de mí? No tengo a nadie..., ni amigos..., ni esperanza...

¡Oh, Guerd, ese hermano mío! ¡Su sangre ha caído sobre mí ...! ¡Fue él quien destrozó mi vida, quien ahora me ha convertido en asesino!... ¡Maldito sea!

Se dejó caer de bruces sobre la roca, con el corazón angustiado. Sus gritos de dolor parecían débiles gemidos que se perdían en la inmensidad del desierto y del cielo. La creciente oscuridad, la fría v negra grandeza del gran pico, el aullido quejumbroso del lobo del desierto, la enorme soledad y el silencio, todo parecía probar la indiferencia inexorable de la Naturaleza ante la desesperación del ser humano. Su esperanza, sus oraciones, su fragilidad, su caída, su angustia, no eran nada para el desierto, que subsistía inescrutable a través de millones de años; ni para el limitado espacio celeste, con su azul frío y sus glaciales ojos estelares. Pero un espíritu más ilimitado e inescrutable alentaba sobre el universo y la inmensidad del desierto, un espíritu que animó el alma del hombre maltrecho mandándole levantarse, aceptar el peso de sus tribulaciones y recorrer los duros caminos del mundo.

La desesperación, el orgullo, el temor a la muerte y aquel extraño anhelo de vida hicieron levantar a Adán, empujándole por el camino del desierto. Durante una milla fue tambaleándose, encorvado como un anciano, cegado por las lágrimas, sacudido por los sollozos, abatido bajo el peso de sus culpas; mas, aun así, aquel algo que era más fuerte en él -el instinto de sobrevivir- hizo que anduviera por el lado pedregoso del camino para que sus huellas no quedasen enarcadas en el polvo.

Y así continuó la marcha, serenándose gradualmente hasta ser otra vez un fugitivo al que sólo importaba la dirección del camino y las cosas que veía. A su alrededor todo era oscuridad, menos en la parte Oeste; en esta dirección perfilábase el horizonte sin fin en sus agudas líneas de abruptas .montañas, destacándose sobre el fondo del cielo azul pálido. Recorrió milla tras milla con renovadas fuerzas e invencible voluntad. Nunca miraba hacia arriba, hacia el cielo; deteníase con frecuencia para volverse y escuchar. Temía estos momentos, mas tan sólo percibía la débil brisa del viento.

La mañana llegó inopinadamente con la grisácea y fría aurora del desierto. Delgadas columnas de humo a una milla de distancia advirtiéronle que estaba cerca de Yuma. Los campos de pastos con el ganado y una choza de indio indicáronle que estaba aproximándose a una parte habitada y que, más tarde o más temprano, le verían. Era preciso, pues, esconderse para descansar ocultamente durante el día y continuar la huída por la noche. A lo largo de la linde izquierda del camino vio un bosque de sauces, señal de que había llegado a las tierras bajas contiguas al río. Adán se adentró en él como un ciervo herido. Avenas sentía ni hambre ni sed, porque todo lo sobrepujaba el dolor físico del maltrecho cuerpo. En un rincón oculto y sombreado se dejó caer al fin, buscando en el sueño bienhechor el olvido de sus penas y el descanso de, sus doloridos miembros.

VII

Durante el pesado sueño medio se despertó Adán algunas veces, a causa del extremado calor y de los dolores que sentía en todo el cuerpo.

Reinaba va el crepúsculo cuando se desveló por completo, entumecido, con una sensación roedora en la boca del estómago, con la garganta y la boca secas. Arrastrándose salió de entre los arbustos hacia la abertura por la que había entrado en el bosque. Antes de atreverse a salir a la carretera estuvo breves momentos escudriñando atentamente. No vió a nadie..., no oyó ningún ruido que pudiera alarmarle. Al darse cuenta del alivio que le proporcionaba la ausencia del peligro, recordó con amargura que era un fugitivo.

Ya en la carretera, echó a andar rápidamente hacia las luces. Pasó por algunas chozas de sucio aspecto, de las que salían extrañas voces, probablemente de indios. Al cabo de un cuarto de milla llegó a la cuenca del río, donde la carretera formaba pendiente y alcanzaba los alrededores de Yuma. La mayoría de las luces veíanse en la orilla opuesta, que pertenecía al Estado de Arizona. El joven encontró varios mejicanos e indios, los cuales no se fijaron en él, lo que le animó a bajar con ellos hasta la embarcación que cruzaba el río. Aparentando tranquilidad, subió a bordo y, llegado que hubo a la orilla opuesta, desembarcó como todos. Dirigióse a un lugar algo apartado del río y se lavó las manos y el rostro, bebiendo hasta saciar la sed. Tenía las manos hinchadas y entnmecidas por las heridas de las espinas, y, sólo podía moverlas con dificultad.

Después fué en busca de un lugar donde comer y encontró, a poco, una taberna servida por un chino. Allí se mezcló entre los parroquianos de diversas razas y comió sin ser importunado por nadie.

Terminado que hubo, pensó en las gestiones que había de hacer. Necesitaba un fusil, municiones, cantimplora, un burro y todo lo demás para completar su avío; sin embargo, se dijo que no era prudente comprarlo después del oscurecer, y determinó dar sólo una vuelta para orientarse.

Un paseo corto lo llevó a una ancha calle, vagamente iluminada por las luces de las tabernas y los almacenes. Protegido por las sombras de un rincón, se detuvo para observar la multitud de hombres que pasaban: blancos de trajes rotos, botas sucias. rostros barbudos, y mejicanos con sus grandes sombreros, chaquetas bordadas y pantalones ajustados.

A poco se atrevió Adán a salir del rincón y se paseó por la calle, llena de animación, mucho mayor en aquella hora que en cualquiera de Picacho, porque Yuma era una ciudad muy, importante. Sentía el joven una soledad indefinible que le empujaba hacia un fin ignorado, haciéndole desear huir de sí mismo.

Al ver desde lejos a un hombre alto, vestido con chaqueta larga y negra, Adán se sobresaltó. Dicha prenda le recordó la de Collishaw, y por miedo a que lo fuese, entró en un callejón lateral sumido en la penumbra. Oyó el piafar de caballos en los establos y percibió varios carros, por lo que dedujo que se hallaba en un corral y que allí encontraría seguro refugio. Se acercó a uno de los carros y viendo que estaba repleto de heno, se subió a él y se echó en la muelle cama improvisada. Durante largo tiempo estuvo pensando en su suerte y en los graves riesgos que acaso correría al día siguiente, hasta que al fin se durmió. No obstante, al llegar el alba y despertarse fresco y descansado, no le pareció la situación tan peligrosa. El sol ascendía con su rojo esplendor, prometiendo el día ser caluroso. Como era muy temprano encontró muy pocas personas, con lo que aumentó su valor. Sin dificultad dió nuevamente con la taberna donde había comido el día anterior. Mandóse servir un abundante desayuno, no porque tuviera hambre, sino porque barruntaba que tal vez se vería obligado a pasar muchas horas sin poder comer.

Después salió a la calle para buscar un almacén en que comprar el equipo que necesitaba. Se acercó a la parte comercial de la ciudad por una calle muy pina que llevaba a lo que parecía ser la parte más alta de Yuma.

Entró en un almacén y explicó al encargado lo que deseaba; mientras éste salió para traer el burro que pedía Adán, vió éste de pronto a Félix, el mejicano, quien, al advertir la presencia de Adán, salió disparado calle abajo seguido de sus asombrados compañeros. Adán se dijo que era preciso huir inmediatamente, pero no sin el equipo, por lo que dió prisa al encargado del almacén, que acababa de volver. Mientras escogían lo más adecuado para el caso, Adán echaba de cuando en cuando una mirada a la calle, y una de las veces vió la alta figura de Collishaw, con una venda en la cara.

La sorpresa y el horror le tuvieron paralizado durante un momento, invadiéndole un frío terrible seguido de una oleada de calor que le devolvió el movimiento. Corriendo como un gamo salió por la puerta trasera, saltó cuantos obstáculos halló en el patio, y también la cerca, que daba a un callejón, y, de éste llegó a una calle. Encaminóse con la misma celeridad hacia el río, ciego para todo menos para el terreno que pisaba. En pocos minutos llegó al río, saltando a la primera lancha que encontró. Un enérgico empujón con el remo hizo penetrar la embarcación a gran distancia en el río, e inmediatamente se puso a remar con todas sus fuerzas, tardando poco en alcanzar la orilla opuesta. Nadie le había :seguido, ni siquiera se habían fijado en él. Al saltar a la orilla del río perteneciente al Estado de California y corriendo en dirección Norte, advirtió que tenía enfrente un solitario pico de montaña que dominaba el desierto. El polvo del camino le llegaba a los tobillos, haciéndole muy penoso el andar y mezclándose con el sudor de sus manos y su rostro. Sin embargo, avanzó con paso rápido por la tortuosa senda; las frecuentes revueltas eran para él a la vez un alivio y una tortura. El breñal le ocultaba de sus perseguidores, mas al mismo tiempo impedíale verlos. Estaba obsesionado por un fuerte y apasionado anhelo de huir. Cuando volvía la mirada hacia atrás, pensaba en Collishaw, en la persecución de éste; cuando miraba al frente pensaba en la senda, en el polvo. en el breñal, dentro del que hubiera querido esconderse, y en los tremendos' esfuerzos corporales que aún le esperaban.

Poco a poco iba ascendiendo, dejando la zona del breñal. Llegó al terreno pedregoso, desprovisto de toda vegetación y que subía gradualmente. No podía ver la llanura del desierto, porque la solitaria montaña del agudo pico, brillando con colores rojos y oscuros, erguíase frente a él.

El joven experimentó cierta satisfacción porque sus pasos no dejaban huellas en el terreno pedregoso. Seguro ya de que se hallaba más o menos a salvo de sus perseguidores, puso más atención en las consecuencias de su huída. No menospreciaba en modo alguno el peligro de aventurarse por el desierto sin alimento y, sobre todo, sin agua. Ya le molestaba la :sed. Y así reflexionando sobre la gravedad de su situación, llegó al final de la amplia ladera donde empezaba la ancha meseta del desierto. Desde allí miró atrás.

Al principio sólo vió nubes de polvo en el terreno bajó, cubierto de breñas; mas a poco percibió en los claros varios jinetes que avanzaban a paso raudo ladera arriba. Otra vez se le heló la sangre en las venas para volver a correr en seguida como fuego líquido.

-¡Collishaw y sus esbirros! -exclamó jadeante-. ¡Han descubierto mis huellas! ¡Me persiguen: a caballo! Tan terrible fue su impresión, que el joven echó a correr hacia el desierto sin reparar en nada. Trataba ante todo de poner mayor distancia entre él y sus perseguidores, haciendo lo posible porque perdiesen su rastro. Después pensaba gastar sus fuerzas con más prudencia. Ante él extendíase el ancho desierto de fina y brillante grava, desprovisto de toda vegetación durante varios centenares de metros, apareciendo luego manchas de un arbusto seco y bajo llamado sarcobato, y aquí y allá, aisladas, ocatillas. Desde alguna distancia, las matas parecían adquirir suficiente altura para ofrecer oculto abrigo. jadeante, sudando, Adán recorrió otra milla, al cabo de la cual advirtió que el carácter del desierto cambiaba.

Después de traspasar la zona de vegetación, aminoró la marcha para tomar aliento. Extendíase ante él una vasta planicie caliginosa, volviéndose más y más oscura en lon-tananza. A su derecha estaba el pico solitario, y a la izquierda, una línea blanca y ondulante como un mar de suaves olas. Al principio no sabía lo que era, mas al fin comprendió que era arena, dunas de arena sucesivas, hasta desvanecerse sus ondulaciones en el horizonte.

También descubrió, al volver la mirada hacia el camino recorrido, que en realidad contemplaba una enorme ladera de gradual inclinación. Claramente percibió la línea por donde había entrado en el desierto y, al seguir la marcha, volviase con frecuencia, temeroso de ver aparecer a sus enemigos. Una fuerte brisa soplaba ahora de frente, dificultando su avance y llenándole los ojos de fina arena y polvo. A pesar del esfuerzo corporal que realizaba, a pesar de su creciente cansancio y de su sed, iba dándose poco apoco cuenta del enorme espacio que el desierto abría ante él. Parecía como si todo allí fuera ilimitado. No le infundía temor; al contrario, le confortaba hallarse perdido en aquella inmensidad, pero algo intangible trataba de adquirir forma en su mente. Pesaba sobre él el viento, el cielo cobrizo, el blanco sol, y sus pies parecían pegarse al suelo. Ardíale la cabeza, sudaba cada vez menos y resecábasele la piel. La sed se le hacía inaguantable, su saliva era pastosa y escasa. Al tragar tenía que hacer esfuerzos, la garganta le dolía. Para mitigar un poco, la sensación desagradable de la sed, se metió dos guijas en la boca.

La reflexión le obligó al fin a detenerse. Si la muerte le perseguía inexorablemente en la persona de Collishaw, también le esperaba en el desierto si se alejaba demasiado del río salvador. La muerte por sed era preferible a la de la horca, mas Adán no estaba dispuesto a morir. Él, que había amado la vida, pegábase a ella con mas fuerza ahora que el pecado de Caín pesaba sobre su alma. Sin embargo, el sol era cada vez más fuerte; el calor parecía ele-varse de la tierra y bajar del' cielo, causando en él un efecto muy extraño. Había advertido el joven cierta dificultad avanzando en línea recta, y al principio lo atribuyó a su instinto de caminar en zigzag pasa trasponer la zona de arbustos. Al ponerse de nuevo en marcha, dirigióse hacia la Montaña Chocolate y el río.

Parecía estar cerca. Veía con claridad el desierto y la ancha ladera con su verdeante vegetación subiendo gradualmente. En algún lugar, entre él y aquella montaña, estaba el río. Agudizó la vista. ¡Con qué extraña precisión fundíase la línea de una colina en la de otra! Y, sin embargo, entre ambas había mucha distancia, aunque invisible. Cuanto más estudiaba las ondulaciones del terreno, más lejos le parecía la meta, más le confundía la transparencia del aire y los vagos matices de las lejanas cimas.

-Esto no puede ser -dijo jadeante, al detenerse de nuevo-. Me hablaron de este desierto, pero no presté gran atención y ahora no lo recuerdo... Sólo sé que hace un calor terrible y que esto no puede continuar así.

En aquel instante vió Adán a lo lejos nubes de polvo y un grupo de jinetes.

Le sobrecogió el pánico. Echó a correr en dirección contraria a sus perseguidores, con la cabeza baja, sin mirar ni a derecha ni a izquierda, con un esfuerzo violento, furioso, atolondrado, como animal que huye. Y sin saber a dónde, sin reflexionar, corrió hasta caer exhausto.

Boca abajo sobre la arena, estuvo jadeante, con agudos dolores en el costado, latiéndole con rápido martilleo el corazón, hasta que, poco a poco, pasó la crisis y, aunque dolorido, sediento, aturdido, pudo levantarse y continuar la marcha.

-Me he salvado -murmuró-. Ahora... el río..., el río.

El miedo a Collishaw había desaparecido y el joven no podía reparar en nada que no fuese el calor y la sed, además del desierto, tan grande, tan extraño, tan amenazador. No le alarmó el que su piel ya no estuviese húmeda de sudor, pero le llamó grandemente la atención.

El aire levantaba nubes de polvo y le obstruía la vista. De pronto sus pies tropezaron con las dunas y, como a través de un velo, vio la enorme superficie ondulada del mar de arena. Se dirigió a la derecha para evitarlas, luchando contra el viento, que era cada vez más fuerte. El aire hízose más diáfano, permitiéndole ver que estaba rodeado de dunas y que a la derecha, en la dirección que creyó equivocada, erguíase la Montaña Chocolate. Encaminóse, pues, hacia allí y de nuevo las nubes de arena le obstruyeron la vista. Sin darse cuenta, habíase metido en aquella infausta región de las dunas, de donde era preciso salir. El desierto rocoso v llano no podía estar lejos. Continuó caminando y, por fin, le pareció que la dirección no era buena. Dió, pues, otra vez la vuelta y, al hacerlo, un viento más fuerte, ahora de espaldas, elevó grandes nubes de arena hasta que todo quedó envuelto en niebla amarilla, opaca, a través de la cual el sol adquiría extraños matices. Adán no se atrevió a descansar esperando que pasase el temporal de arena; era preciso caminar, avanzar siempre, a pesar de que el suelo blando dificultaba la marcha.

Al cabo de un rato descubrió que en la harte baja, entre las dunas, envolvíale la arena de tal modo que le era preciso cubrirse el rostro con su pañuelo, mientras que en las cimas de las dunas el aire era más claro y podía respirar mejor. Así, instintivamente, buscaba las hartes altas, y de este modo se perdió en un mundo de dunas de extrañas formas, amarillo entre la niebla o blanco bajo la tórrida luz del sol. Amainó el viento, desapareció la niebla de arena y entonces el joven vió que se hallaba perdido en un océano, sin sendas ni señales en ningún sitio. Por todas partes alzábanse las caprichosas conformaciones de las dunas.

Adán siguió ascendiendo, debilitándose cada vez más. El calor produjo un extraño efecto en la circulación de su sangre, y la arena acabó con la fuerza de sus piernas. Su situación era grave, mas a pesar de comprender el horror de ella, le abandonaba cierta violencia de oposición, que sólo estaba ahora en su voluntad. Temía Adán más la reacción instintiva, la fuerza de la inercia que aumentaba en él. Merryvale habíale contado que un hombre perdido en el desierto podía morir de sed en un solo día, pero no le había hecho caso, o por lo menos no creía que aquello pudiese sucederle a él. Con todo comprendió que de no cambiar de un modo u otro la situación el sol y la arena le aniquilarían. Así cuando desde la cima de una duna vió una gran hondonada a algunas millas de distancia, en la cual crecían mezquites que se destacaban con negro perfil sobre la blancura de la arena, descendió para dirigirse allí. Tras penosa marcha alcanzó el lugar, tan exhausto, que se dejó caer bajo un mezquite de mucha sombra.

Allí cubrirse el rostro con el pañuelo y se tapó la cabeza con la chaqueta, dispuesto a descansar y a esperar. F ué el suyo un acto prudente. Adán advirtió en seguida, por contraste, la enorme fuerza del sol en el desierto. Gradualmente, el barrenante dolor de cabeza cedía, haciéndose más débil; también el corazón amenguaba su loco batir, y al cabo de un rato sólo le quedaba un vago dolor, cierta dificultad al respirar y la sed, que ya no era tan insoportable.

De vez en vez se quitaba el pañuelo para mirar en derredor suyo. El sol declinaba. Cuando desapareciese, el viento amainaría por completo, y entonces podría tratar de hallar la salida de las dunas. Apoyando la cabeza contra el tronco del árbol se dispuso a dormir, y tan grande era su cansancio y tan bien se hallaba echado, que se durmió instantáneamente.

Cuando se despertó, encontróse mejor, aunque medio sofocado. El descanso le había hecho bien. Su cuerpo seguía maltrecho, pero los agudos dolores habían desaparecido. No parecía tener la boca tan seca ni la lengua tan hinchada como antes; sin embargo, seguía sediento.

Súbitamente recordó que la chaqueta y el pañuelo le cubrían la cabeza y los tiró de golpe, quedando sorprendido ante una luz como jamás había visto: una argentada llanura irreal salpicada de sombras negras, una tracería estelar de laberínticas corrientes sobre un medio tan singular, tan bello e intangible como un sueño.

-¡Dios mío! ¿Vivo o estoy muerto? -murmuró sobrecogido, y su voz le probó que no había entrado aún en el olvido del más allá.

Era de noche. La luna había salido. Las estrellas brillaban rutilantes. El cielo era una bóveda de profundo azul. Y la sobrenatural belleza que tanto le había impresionado no era sino el escultural mundo de las dunas bajo la magnificencia y el esplendor de los cielos.

Lo que sobre todo advirtió Adán fué la opresión del silencio. Sus primeros pasos fueron penosos; tambaleándose avanzó, hasta que al cabo volvió a adquirir el dominio sobre sus doloridos miembros. El aire frío del desierto le confortó, y si no hubiese sido por la sed implacable, de nada hubiérase quejado, dadas las circunstancias.

Un sentido de la dirección que nada tenía que ver con su inteligencia, le obligó a dirigirse hacia el Este. Y así estuvo andando durante horas en el mar de arena, hasta subir a una duna más elevada, desde la cual pudo contemplar el desierto y, en lontananza, la sierra montañosa. Creyó reconocer, al mirar hacia el Sur, el solitario pico que erguíase como centinela a la puerta de entrada del desierto. Entonces estuvo seguro de la dirección. Allá, hacia el Este, se hallaba el río, y ante sí tenía las largas y frescas horas de la noche para alcanzarlo.

Desde la elevada duna dirigió la mirada atrás, sobre el plateado mar de arena, y tan maravilloso aspecto se ofreció a sus ojos que, a pesar de su apurada situación, se sintió profundamente conmovido. El argentado disco de la luna pendía bajo, sobre las vastas ondulaciones del desierto, misterioso en su tenebrosa soledad. Una indecible tristeza le invadió. Aquel páramo y él parecían identificarse. ¡Qué extraño era sentir en lo más hondo de su ser el deseo de no alejarse del desierto! La vida no podía sostenerse en aquel sepulcro. Mas no era la vida lo que su alma anhelaba..., sólo la paz. Y la paz habitaba en aquella soledad arenosa.

El alba gris halló a Adán muchas millas más cerca de la montaña; sin embargo, aún estaba lejos, y el joven sintió renacer sus temores. ¡Había tanta distancia en todas las direcciones Cuando el llameante disco del sol apareció en el horizonte, el desierto sufrió un maravilloso cambio. El Señor del Día acababa de llegar y aquél era su imperio. Rojo era el matiz de su autoridad, esmaltado con los colores brillantes de sus rayos, que se extendían sobre las sierras v el páramo. Al transponer el astro gigante la línea del horizonte, el desierto pareció estallar en llamas.

Un solo momento dedicó Adán a la maravillosa salida del astro rey. Aquel instante despertó en él la sensación de la gravedad de :su huída. Porque al primer contacto de los rayos del sol sobre su rostro y sus manos, la piel empezó a quemarle como si de pronto se agravara una que madura que la noche hubiese calmado.

-Es necesaria llegar al río -murmuró-, y pronto..., si no, nunca llegaré. Continuó caminando mientras el sol ascendía.

En aquella parte empezó a aumentar la vegetación del desierto. Adán marchó a través de ella, sin cuidarse de las espinas ni de lo duro del suelo.

Experimentaba un sutil cambio en su espíritu; mas como esta sensación parecía alejarse de su pensamiento, no pudo comprenderla. Disminuyó su valor. Cada vez cedían más la voluntad y la inteligencia a las sensaciones físicas. Cada vez sentía más la necesidad de apresurarse, y aunque la razón le advertía el peligro de tal locura, no tuvo suficiente fuerza para resistir su impulso. Aceleró la marcha, v caminaba tambaleándose. Como si el rocoso y arenoso suelo fuese un horno ardiente subía el calor de la tierra, y desde lo alto parecía caer como plomo derretido.

La piel del joven estaba seca como el polvo y empezó a avellanarse, pero no se abrió. El dolor le provenía ahora de la quemazón de la carne bajo la piel. Adán sentía que se le secaba la sangre. En la cara y en el cuello notaba la sensación de mil alfilerazos. El calor atravesaba sus ropas, y las suelas de sus botas parecían carbones encendidos. Sin embargo, Adán prosiguió tenazmente su camino. De su pecho salía, con la jadeante respiración, un leve silbido. Lo más intolerable era la sed..., el amargo gusto astringente de la escasa saliva, que volvíase pastosa; el dolor agudo en la lengua hinchada, y la sensación abrasadora en la garganta.

Por fin llegó a la base de una loma rocosa que desde hacía horas burlábase de sus esfuerzos por alcanzarla. Obstruía 1_a vista de la falda de la montaña, y entre ésta y la loma debía de correr el río. La esperanza le animó a subirla. A medio camino se detuvo para descansar, y desde aquel punto gozó de una ilimitada visión del desierto. Ante él parecían extenderse millares de páramos gris-verdoso. ¡Qué terrible desolación! ¡Por todas partes el inexorable sarcasmo de las falsas distancias! ¡Un mundo abrasado por el sal, en el que no podía vivir el hombre

Continuó subiendo hacia la cima. Un rutilante vacío abrióse ante él. La montaña con sus colores nardo-oscuros no estaba muy lejos y, desde la altura en que se hallaba el joven, podía ver toda la extensión de la llanura grisverdosa del desierto, entre la loma y la montaña. Miró fijamente. No había río alguno.

-¿Dónde..., dónde está el río? -dijo jadeante, desconfiando de lo que sus ojos veían.

Mas el maravilloso río Colorado, aquel extraño no de rojas aguas tan amado por los caminantes del desierto, no estaba allí ni en parte alguna. Seguramente doblaba en algún sitio para correr tras aquella infranqueable montaña.

-¡Dios... me ha abandonado! -gritó Adán en su desesperación, y se dejó caer sobre la roca. Mas ésta, ardorosa como hierro candente, no toleraba el contacto ni aun en un momento de suprema amargura. Adán sintió la quemazón y se levantó para continuar avanzando tambaleándose; cayó de pronto por la pendiente y se deslizó hasta el nivel de la llanura, donde, con loco afán, echó a correr.

Era preciso correr hacia el río... para beber, para bañarse en sus frescas aguas, que bajaban de los lagos y manantiales helados del Norte. La idea del agua le obsesionaba agradablemente, confortándole, animándole a continuar. El recuerdo del gran río sugirióle la escena, y ya le veía correr, silencioso e imponente. Todos los ríos, riachuelos y lagos que el joven había conocido, amontonábanse ahora ante su mirada introspectiva, y era dulce el re-cuerdo del pasado. Recordó la cañada cerca de su viejo hogar; el agua verdosa y clara llena de pececillos dorados; recordó sus frecuentes correrías bajo los bancos de sauces donde las violetas escondíanse tras piedras musgosas, y cómo sus profundos remansos hallábanse lindados por bancos de fragante hierba de hermoso verdor; cómo el helecho inclinábase sobre sus aguas en graciosas líneas, y las liliáceas de blancos y áureos cálices, y las verdes ranas durmientes sobre las anchas hojas. Recordó el abrevadero del camino de la escuela, donde en los tiempos felices de su infancia tantas veces bebiera, haciendo saltar el agua sobre su hermano Guerd... ¡Guerd, que odiaba el agua, y a quien era preciso obligar a lavarse cuando los dos eran pequeños! Y el viejo pozo en el rancho de Madden, con sus piedras llenas de musgo y liquen, con su cubo de roble, mojado, oscuro, verde también, que subía retozón desbordando agua cristalina, fría... ¡Qué bien lo recordaba! Su padre habíala llamado agua de granito, y el nombre le cuadraba, porque fluía por entre profundas cavernas graníticas. Recordó también la fuente del huerto, el agua dulce y suave que su madre tantas veces le mandará traer y cómo, camino de casa, inclinado bajo el peso del enorme cubo, saltaba el agua sobre sus pies desnudos.

Así continuó Adán como enajenado, sin meta fija, porque más y más obsesionábanle los recuerdos de las aguas.

¡Aquel inolvidable tiempo de su juventud, cuando tanto amaba el agua, nadando en ella como un pato, zambulléndose como las tortugas..., cuán lejos estaba ahora! ¿Dónde estaría Guerd? Un agudo dolor, como si una hoja de acero penetrara en su corazón, fué la única respuesta.

De pronto, algo azul y claro que parecía moverse en el suelo del desierto despertó a Adán de sus agradables ensueños. Era un lago de aguas azules, rutilante, exquisitamente claro, bordeado de fresco verdor. Se precipitó hacia él. El lago brillaba; disminuyó ensombreciéndose y desapareció. El joven se detuvo y, frotándose los ojos, miró fijamente hacia el lugar; después se volvió, y detrás de él vio una ancha faja azul, interrumpida de cuando en cuando por arbustos verdeantes. Parecía otro lago, pero más grande, más azul, más claro, con delicadas ondulaciones, como si una suave brisa rizase su cristalina superficie. Las verdes orillas reflejábanse maravillosamente en el espejo azulado. Adán se quedó boquiabierto. ¿Es que había atravesado un lago? ¿No había cruzado una llanura desierta para llegar al sitio en que se hallaba? Casi se vio impelido a volver atrás. Pero no, aquel lago debió de ser un engaño del desierto, una locura de sus ojos. Se inclinó y el lago. parecía elevarse sobre! él. Entonces retrocedió unos pasos y desapareció la visión. ¡La magia del desierto! ¡Una burla de la Naturaleza! ¡Horrible alucinación para el hombre perdido que enloquece de sed!

-¡El espejismo! -murmuró roncamente-. ¡Agua azul! ¡Ah! ¡Ah! ... ¡Mentira, mentira..., no me dejaré engañar!

Sin embargo, faltábale ya la clara percepción de las cosas, el espejismo del desierto, le engañó. Todos los objetos adquirían un matiz caliginoso, teñido por el rojo sangriento de sus inyectados ojos Las sombras, los cactos, los arbustos y las rocas seguían inmóviles. Sólo el ilusorio v etéreo espejismo brillaba como obra de magia y movíase ante Adán en el calor bochornoso del abrasado desierto.

Llegó un momento en que Adán se precipitaba sobre los espejismos, que flotaban azules, serenos y místicos en la engañadora atmósfera, hasta que la esperanza y la desesperación le llevaron al borde de la locura, que no tardaría en sobrevenir.

Y entonces, al ir tambaleando hacia esta laguna de verde orilla o hacia aquel lago azul, bebiendo y bañándose mentalmente en sus frescas aguas, empezó a oír el acariciador sonido de la lluvia, el rumor de las olas, el estruendo de las cascadas, las suaves corrientes de agua murmurando su dulce melodía... y empezó a caminar en círculo.

VIII

Al volver en sí, Adán advirtió que se hallaba echado bajo un árbol en cuyas ramas había extendida una lona, seguramente con objeto de darle sombra. El día estaba declinando.

La cabeza ya no le dolía, ni tenía la lengua hinchada; hasta el hervor de la sangre habíasele apaciguado, y su piel era húmeda al tacto.

Percibió el rudo acento de un hombre que vociferaba a animales, al parecer burros. Aunque le seguía doliendo el cuerpo, Adán pudo incorporarse tras breve esfuerzo. En todas partes vio cajas forradas de cuero, alforjas, utensilios de minero y otros varios objetos, amén de tres grandes cantimploras cubiertas de lona, aún rezumando. Sobre las ascuas de una fogata hervía una cazuela de hierro negro. Un poco más lejos hallábase un hombre, vuelto de espalda, dando al parecer escogidos trozos de comida a cinco burros ansiosos.

-¡Malcriados..., eso es lo que sois... todos! -exclamaba en aquel instante, y la bondad de su voz desmentía su rudeza- ¡Caramba, otros burros peores he tenido que no han hecho lo que vosotros!

Volvióse, y advirtió que Adán le estaba mirando.

-¡Hola! ¡Ya nos hemos despertado! -observó con interés manifiesto.

Adán hallábase ante un hombre extraordinario. No tendría más de un metro y cuarenta centímetros de estatura, y la desmesurada distancia de hombro a hombro dábale el aspecto de ser tan ancho como alto. No era gordo; su corpulenta humanidad estaba constituida por músculos y nervios, revelando notable fuerza. Su polvorienta indumentaria parecía un irregular tablero de ajedrez por los muchos remiendos. Su cabeza era grande; su cabellera, en-marañada y blanca en los aladares, Tenía el rostro moreno, tostado como el de un indio, y llevaba descuidada barba gris. Sus ojos, grandes, oscuros, inquietos, parecían los de un buey. La expresión era de serena tranquilidad; tenía la impasibilidad del bronce.

Adán preguntó en voz baja y ronca: -¿Dónde estoy? ¿Quién es usted?

-Joven, yo me llamo Dismukes, y en cuanto a estar, está usted a noventa millas de cualquier parte... y vivo, que es más de lo que me hubiese atrevido a decir ayer.

Las palabras de Dismukes despertáronle el recuerdo de su huída a través del desierto encendido. Adán se recostó lentamente sobre la manta que le servía de lecho. El otro se sentó sobre una de las cajas forradas de cuero, mirando fijamente al joven.

-¿Estoy bien ahora? -murmuró Adán.

-Sí, pero por poco no lo cuenta -repuso el otro.

-¿Hablaba usted algo de ayer? Dígame lo que pasó. Dismukes revolvió los bolsillos de su chaleco remendado y sacó una pipa corta, que llenó de tabaco. Era curioso que tuviera que apretarlo con el meñique porque los demás dedos resultaban demasiado gruesos para el hueco de la pipa jamás había visto Adán manos tan callosas y tan enormes.

-Anteayer le encontré, no ayer - explicó Dismukes, después de dar algunas chupadas-. Es decir, mi burra Jinny, que es la que tiene mejor vista de los cinco. Cuando la vi enderezar las orejas, me puse a escudriñar la llanura y, al cabo de un buen rato, descubrí a usted dando tumbos en círculo. Ya he visto a otros hombres hacer lo mismo. A veces corría usted, a veces se dejaba caer v avanzaba a gatas, para levantarse después tambaleando. Me vi obligado a atarle porque estaba usted delirando. Y en cuanto al aspecto, creía que había llegado su última hora..., la lengua le salía un palmo de la boca y estaba negra. Le eché una buena rociada de agua encima v luego le traje a este sitio, donde hay árboles v agua. No podía usted hablar, pero yo sabía que clamaba por agua. Le di de vez en cuando alguna cucharada v cada cinco minutos le iba rociando con la cantimplora grande. No me alejé de su lado en toda la noche; recobraba usted las fuerzas muy poco a poco. Aun ayer no hubiera dado un centavo por su vida. Hoy, en cambio, advertí en seguida una mejoría notable y pude darle un poco de comida semisólida.

Ahora estoy convencido de que se pondrá pronto bueno. Está usted terriblemente flaco. Me gustaría saber cuánto pesaba usted antes. Tiene usted aspecto de haber sido un muchacho corpulento.

-Así era -murmuró Adán-. Pesaba unos ochenta kilos.

-Me lo figuro. Ahora no pesará más de cincuenta; ha perdido usted lo menos treinta kilos...

Sí, sí, no crea que exagero, porque ha de saber que el cuerpo se compone de una gran parte de agua, y en este desierto y en verano la gente se seca como la pólvora y arde como ella.

-¡Treinta kilos! -exclamó Adán, incrédulo; mas cuando contempló sus manos arrugadas creyó la incomprensible verdad- Entonces no me queda más que la piel y los huesos...

-Sobre todo, huesos. Pero son fuertes y recios, y si vuelve usted a hacer carne será un hombre formidable. Me alegra de que sus huesos no se hayan calcinado en este desierto, donde tantos 'he visto durante los últimos diez años.

-¡Me ha salvado usted la vida! -exclamó Adán con súbito arranque.

-No hay que dudarlo, muchacho -repuso el otro-. Una hora más, y hubiera muerto. -Gracias..., pero, ¡que Dios me perdone!... , ojalá no me hubiese salvado -murmuró Adán, contrito. Dismukes contempló al joven con mirada extraña. -¿Cómo se llama usted? -preguntó.

Adán no respondió en seguida, convencido de que no podía revelar su nombre verdadero. De pronto acudió a sus labios el que le diera Regan, el locuaz irlandés.

-Wansfeld -dijo.

Dismukes desvió la mirada; había adivinado la mentira.

-Bien, en este país no importa cómo se llama un hombre -dijo-. Pero todo ha de tener un nombre, sea el que fuera.

-¿Es usted explorador minero?

-Sí, pero soy más todavía buscador de oro. No malgasto el tiempo en denunciar minas para vender los placeres. Hace años emprendí la marcha en busca de una fortuna de oro. Me fijé como límite la suma de quinientos mil dólares. Ya poseo una tercera parte, colocada en varios Bancos.

-¿Y qué va usted a hacer cuando tenga esa suma? -preguntó Adán, emocionado.

-Gozaré de la vida. No tengo parientes, no dependo de nadie. Veré el mundo -contestó el minero con voz sonora.

Su rostro expresaba una maravillosa pasión y su enorme cuerpo tembló ligeramente. Adán se dijo que el tal Dismukes era, al parecer, tan singular de carácter como de aspecto. Advirtió lo extraordinario de aquel hombre, su inteligencia, su inflexible voluntad y fiero espíritu. Mas al mismo tiempo invadióle también una sensación de piedad cuyo motivo no podía comprender. ¡Qué extraños eran algunos hombres!

El buscador de oro vióse en aquel momento obligado a alejar los burros del campamento, v luego atendió a la fogata y a la cena. Poco después llevó a Adán una cacerola de humeante contenido.

-Coma esto despacio y a cucharadas -le dijo-. No olvide nunca que un hombre medio muerto de hambre y de sed puede matarse rápidamente cometiendo excesos.

Mientras comía se puso el sol, y el calor cedió ante la llegada de las sombras. El joven notó que su debilidad era mayor de lo que había supuesto, pues el permanecer sentado durante la cena había agotado sus fuerzas. Volvió a echarse sobre las mantas, no para dormir, sino para reflexionar acerca de su situación, mas no tardó en dormirse. Al despertarse empezaba a nacer el nuevo día. Encontróse Adán muy mejorado, quedándole sólo una extraña sensación a causa de su delgadez y poco peso, lo que advertía, sobre todo, cuando levantaba la mano. Dismukes estaba ya de pie, y a pocos pasos se hallaban los burros, como si no se hubiesen movido en toda la noche. El joven se levantó para desperezarse, muy satisfecho de encontrarse tan bien.

El minero expresó su alegría al ver que el muchacho había recobrado tan pronto las fuerzas.

-Muy bien -exclamó- Casi podría usted montar un burro, pero como va a hacer tanto calor como ayer, creo que es preferible no arriesgarse.

-¿Cómo sabe usted que el día va a ser caluroso?

-Lo nota en la atmósfera y, sobre todo, en aquella calígine plomiza que pesa sobre la montaña.

A Adán el aire le parecía fresco, pero advirtió claramente la bruma sobre la montaña. Más al Este, por donde el sol despuntaba, no se veía la niebla.

La observación de Dismukes sobre el burro desconcertó a Adán, haciéndole creer que el' bondadoso minero trataba de llevárselo consigo. Pero esto era imposible; él había huído para ocultarse en el desierto y, muerto o vivo, éste había de darle refugio. Sentía el joven una gran gratitud hacia Dismukes y hubiera querido contarle sus tribulaciones, pero no pudo, no se atrevió a revelar su secreto. Ayudó al minero a hacer el sencilla desayuno, y después, en las tareas del campamento, mostrándose animado y alegre, preguntando sin cesar sobre las cosas que ignoraba. El día fue, en efecto, bochornoso, tanto que, a pesar de las sombras de los escasos árboles, hombres y bestias sufrieron grandemente. Adán durmió casi todo el día, despertándose muy animado. Dismukes le autorizó entonces para coger cuanto apeteciera y, más tarde, mientras aquél fumaba y el joven descansaba ante la fogata, llegó inopinadamente la oportunidad de la revelación.

-Wansfeld -afirmó Dismukes-, mañana me acompañará usted a Yuma. Sus palabras sobresaltaron a Adán, que bajó la cabeza.

-¡No, no! Gracias..., no quiero..., no puedo ir -dijo temblando.

-Muchacho, cuénteme lo que puede decirme o cállese, como quiera. Sólo le advierto que puede usted confiar en mi lealtad.

La bondad que revelaban aquellas sencillas palabras acabó con la poca voluntad de Adán. -No puedo volver..., soy un proscrito... He de ocultarme... aquí, en el desierto -exclamó, cubriéndose el rostro con las manos. -¿Por eso ha venido aquí?

-Sí, por eso.

-Pero, ¡hijo de Dios!, si ha venido usted sin víveres, sin agua, sin un burro en que montar...

En todos los días de mi vida en el desierta he visto nada semejante. Sólo un milagro le ha salvado: los ojos de Jinny. Debe usted su vida a una burra de largas orejas. Jinny tiene una vista como las ovejas montañesas. Ella fue quien le vio... a algunas millas de distancia. Pero no volverá usted a tener tanta suerte. No puede usted vivir en el desierto sin las cosas mas necesarias... ¿Como le he encontrado aquí solo y sin nada?

-No tuve tiempo. Me fue preciso huir -exclamó Adán con voz lastimera.

-¿Qué iba usted a hacer? No tema decírmelo. El desierto es el sitio adecuado para guardar secretos; es un lugar solitario donde los hombres aprenden a leer en el alma. No tiene usted aspecto de..., pero no importa, dígamelo todo sin más preámbulo. Acaso podré ayudarle...

-Nadie... puede ayudarme -dijo con desesperación el muchacho.

-Eso no es verdad -replicó rápidamente Dismukes, con acento de profunda convicción-. Alguien podrá ayudarle... y acaso sea yo.

Adán se sintió vencido por completo. -He... cometido... una cosa horrible.

-¡Muchacho, no diga que fue un crimen..., no me lo diga! -repuso el minero con gravedad. -¡Dios mío! ¡Sí, cometí un crimen! -sollozó Adán estremeciéndose -. Pero juro..., juro que soy inocente. Lo juro, créame. Me vi impulsado a ello por terribles males sufridos, por el odio, por la provocación... Si hubiese aguantado más tiempo, todos me hubieran tildado de miserable cobarde. Además, estaba medio borracho.

-Bien, bien -observó Dismukes moviendo la cabeza-. Mala cosa es, pero le creo y no hace falta que me diga más. ¡Vaya, la vida es un infierno! ¡Yo también he sido joven!... De modo que ahora tiene usted que ocultarse de los hombres, vivir en la soledad, formar parte de los que somos caminantes del desierto, ¿no es eso?

-Sí, es preciso que me oculte. Y deseo vivir... necesito vivir para sufrir y expiar mis culpas.

-Muchacho, ¿cree en Dios?

-No lo sé. Creo que sí -contestó Adán levantando la cabeza-. Mi madre era muy religiosa; no así mi padre...

-Lo decía porque si cree usted en Dios, su caso no es tan desesperado. Sin embargo, algunos hombres, unos pocos entre los muchos caminantes, hallan a Dios en el desierto. Tal vez usted también... ¿Puede decirme lo que desea hacer?

-Irme solo... al lugar más solitario... para vivir allí años... siempre -exclamó Adán con vehemencia.

-¿Solo? Así vivo Yo. Comprendo lo que debe usted sentir v sé lo que necesita. ¿Va a buscar oro?

-¡No. no!

-¿Tiene usted dinero?

-Sí. Más de lo que necesitaré. Me gustaría tirarlo todo... o dárselo a usted, pero... era de mi madre. Le prometí no malgastarlo...

-Muchacho, no deseo su dinero -le interrumpió Dismukes-. Se lo he preguntado porque necesita usted un avío. Puede usted confiar en cualquier indio para que se lo compre en algún puesto de traficante. Pero no revele jamás a ningún blanco que usted lleva dinero encima. Es muy duro tener que confesarlo, pero es justo: los indios son honrados; los blancos pocas veces.

-¡Da asco el afán de los hombres por el dinero! -exclamó Adán con acento de amargura. -Y ahora vamos a la parte práctica -continuó Dismukes-. Para llegar a Yuma sólo necesito

víveres para dos días. Sé que en el camino encontraré, además, un manantial. Puedo darle, pues, uno de mis grandes recipientes de agua y la burra Jinny, la que le salvó la vida. Es muy traviesa, pero un animal excelente. Y cociéndome bastante pan, puedo darle además mi horno. De modo que, considerándolo bien, puedo proveerle de un avío que bastará para que llegue a un cañón que hay aquí, hacia el Oeste, en donde vive una tribu de indios. Son buenos, los conozco. Puede usted quedarse con ellos hasta que pase el tiempo caluroso. No hay miedo de que tropiece con ningún blanco.

-No está bien que me ceda todo su equipo -protestó Adán. -No se lo doy todo. Le doy sólo un burro y mis provisiones.

-¿No correrá usted ningún riesgo teniendo tan solo víveres para dos días?

-Mire, Wansfeld, aquí en el desierto toda empresa es arriesgada -repuso Dismukes gravemente-. Es preciso que lo tenga siempre presente. Pero yo tengo la seguridad de la experiencia; sólo los accidentes y las circunstancias imprevistas constituyen para mí un riesgo. Soy lo que se dice una «rata del desierto».

-Es usted muy bondadoso -dijo el joven, emocionado-; ayudar de este modo a un extraño...

-No, hijo mío; cederle parte de mi equipo no es ayudarle -declaró el minero-. Lo hago porque deseo que me traten de igual modo. Cuando hablé de ayudarle, me referí a otra cosa.

-¿Qué es? Bien sabe Dios que necesito ayuda. Le quedaré muy reconocido y haré lo que me diga -contestó Adán.

-Es usted un muchacho, aunque tenga la talla de un hombre o más. Tiene usted la mentalidad' de un niño. ¡Es una verdadera lástima que tenga que jugar al escondite! -El minero, conmovido, se paseó un rato en él espacio libre entre la fogata y los árboles-. Wans-feld -dijo poco después, encarándose con el joven-, si fuese usted un hombre no haría lo que voy a hacer. Pero es usted aún un niño, como quien dice, y ha tenido usted mala suerte. Haré, pues, con usted una excepción si está decidido a llevar a cabo sus :proyectos. Nunca he hablado del desierto, de sus secretos, de lo que a mí me ha enseñado; pero a usted le diré lo que es, cómo puede salvarle, cómo el ser caminante del desierto da fortaleza, libertad, dicha... si uno es sincero y tiene suficiente grandeza para la empresa.

-Dismukes, le juro que soy sincero. ¡Dios me oye! Procuraré tener esa grandeza de alma o moriré en la demanda -declaró con voz apasionada Adán.

El minero clavó sus ojos en los del joven, como si quisiera penetrar en lo más recóndito de su alma. -Wansfeld, si logra usted vivir en el desierto, será tan grande como él - dijo solemnemente, como si pronunciara una bendición.

Adán advirtió, por las últimas palabras de Dismukes que éste iba a contarle los muchos secretos de aquel páramo maravilloso, pero que, al parecer, no estaba en disposición de hacerlo en aquel momento. Con expresión pensativa y pasos bruscos y breves, volvió a dar vueltas por e campamento. A Adán le llamó la atención su aspecto, que era casi tan ridículo como el de sus burros, pero al mismo tiempo daba la impresión de una singular tristeza. Lo largos años de soledad habían encorvado los hombros di aquel hombre del desierto. Adán adivinó, con una sensación de gratitud, que la imagen de Dismukes, tal come ahora la veía, quedaría grabada para siempre en su memo ría como un símbolo de la verdadera bondad humana.

Cuando una hora más tarde, va completamente de noche, el minero se sentó al lado del joven, éste notó que la faltaba la pipa y que estaba singularmente emocionado.

-Wansfeld -empezó con voz honda y baja-, me costó muchos años aprender a vivir en el desierto. Tenía yo entonces la fuerza y la vitalidad de diez hombres. Muchas veces, durante aquellos años desesperados, estuve a punto de morir... de sed, de hambre, de algún agua en-venenada, de enfermedad, o en algún ataque de bandidos, pero, sobre todo, a causa de la soledad. Si entonces hubiese encontrado un hombre avezado como lo soy yo ahora, me hubiera podido ahorrar momentos infernales de angustia. Encontré hombres que hubiesen podido ayudarme, pero pasaron por mi lado sin decir nada. El desierto hace callados y reservados a los hombres. Que cada cual halle su camino, que se salve como pueda... ésa es la ley no escrita en estos parajes y de todos los desiertos del mundo. Yo la infrinjo porque deseo hacer por usted lo que hubiese querido que otros hicieran conmigo. Y porque veo algo en usted...

Dismukes se detuvo para respirar profundamente. A la vacilante luz de la hoguera parecía un gigante agachado, al que ninguna fuerza podría mover, y poseído por inextinguible voluntad.

-Los hombres se arrastran por el desierto como hormigas cuyos nidos han sido destruidos y se ven separadas unas de otras -continuó Dismukes-. Todos sienten la atracción del desierto. Cada cual tiene sus ideas acerca de por qué el desierto le llama. Mi motivo era el oro, sigue siéndolo, a fin de poder algún día ver el mundo, viajar como hombre rico v libre. Otro querrá esconderse, o tratará de olvidar; a algunos les moverá el deseo de aventuras, o el odio al mundo, o el amor de una mujer. Después tenemos la clase de los hombres malos, los ladrones, los asesinos. Son muchos. Hay también gran número de hombres y algunas mujeres que entran en el desierto por azar y en él se quedan para vagar de un lado a otro, sin rumbo, o para morir. Pero de todos ellos, si se quedan en el desierto, pocos sobreviven; o mueren o los asesinan. El Gran Desierto Americano es un espacio muy vasto y está cubierto de muchas tumbas sin señales y de huesos calcinados. He visto tantos... tantos...

Dismukes se detuvo de nuevo, exhalando un profundo suspiro.

-Estaba hablando de lo que los hombres creen que significa el desierto para ellos. En mi caso dije que era el oro, y en el de otros, el silencio o la soledad. Pero nadie es verídico; la verdadera causa de por qué nos retienes el desierto se halla más profunda. Yo la siento pero no tengo suficiente inteligencia para explicarla. Sin embargo, lo que sé es que la vida en este páramo es terrible. Las plantas, los reptiles, las bestias, los pájaros, los hombres, todos tienen que luchar para vivir en tremenda desproporción con lo que es preciso luchar en parajes fértiles. Pronto lo sabrá usted, y si es observador y sabe pensar, acaso comprenda el porqué.

»El desierto no es sitio donde el blanco pueda vivir. El oasis está indicado para loas indios, los cuales perduran allí, pero tampoco prosperan. Yo respeto a los indios. A usted le conviene vivir algún tiempo entre ellos... Bueno, pero lo que sobre todo deseo que sepa es lo siguiente:

La pausa que hizo el narrador fue impresionante. Dismukes alzó una de sus manazas, semejantes a garras monstruosas, haciendo un fuerte y expresivo ademán.

-Cuando el desierto llama a los hombres, la mayoría de las veces los convierte en bestias. Descienden a tan bajo nivel para poder vivir. Les enseña la eterna lucha del ambiente que los rodea. Un hombre de mala índole que sobreviva en el desierto se convierte en algo peor que una fiera... Llega a ser un buitre, una hiena... Pero también hay hombres a los que el desierto hace a semejanza suya... fieros, rudos y terribles, como el calor, como la tempestad, como el alud, pero en otro sentido más grande... Los hace inmensos obligándolos a una lucha eterna por sobrevivir... No tengo palabras para explicar su grandeza. Lo que tales hombres han vivido, su paciencia, los sufrimientos, las fatigas que han pasado, las luchas con los otros hombres y con todo lo que constituye el desierto, los peligros y torturas que han arrostrado, la terrible soledad, que es lo más espantoso que se puede concebir y contra la cual hay que luchar como contra nada ni contra nadie, física y mentalmente... todo esto está fuera de la comprensión ordinaria. Pero yo lo sé. He encontrado unos pocos hombres que son así, y si lo divino puede hallarse en el ser humano, esos hombres lo tienen. La razón debe de consistir en que, al conformarse con el desierto esos pocos hombres, lo espiritual se desarrolla en ellos al mismo tiempo que lo físico. Quiero decir que no olvidaron nunca, que jamás retrocedieron al instinto animal, que no permitieron que la dura y fiera lucha por sobrevivir en el desierto aniquilase su alma. El espíritu resultó más' fuerte que el cuerpo. Eso he visto en tales hombres, aunque nunca he podido lograr lo mismo. Para ello se necesita ser inteligente, y mi educación sólo fue elemental. Aunque he estudiado durante todos los años que estoy en el desierto y jamás me he dado por vencido en la lucha, no soy lo suficiente grande para subir hasta donde alcanza mi deseo. Le digo todo esto, Wansfeld, porque acaso sea su salvación. ¡Nunca darse por vencido! ¡Ése ha de ser su lema! Será preciso luchar para vivir, pero hay que adaptar esa lucha a la propia mentalidad y a la propia alma. Así expiará usted su crimen, sea cual fuere. Recuérdelo: el secreto está en no romper nunca el nexo con el pasado... con los recuerdos, salvar su razón pensando siempre en ellos y aplicarla a todo lo que encuentre en el desierto.

Levantándose de su asiento, Dismukes hizo un ademán con el que indicó el espacio ilimitado.

-Y el objeto de mi charla... de mi esperanza de haber hecho por usted lo que quisiera hubiesen hecho por mí, es que si puede usted luchar y pensar al mismo tiempo como un hombre que sinceramente se arrepiente de sus pecados... acaso ahí fuera, en la soledad y en el silencio, hallará usted a Dios.

Dicho lo cual, se alejó de pronto del campamento para perderse en las tinieblas, y la resonancia de sus palabras finales pareció vagar como débil eco en la quietud de la noche.

Las frases de Dismukes habíanse grabado hondamente en la exquisita sensibilidad de Adán. El minero había encontrado un terreno abonado para plantar la simiente de su filosofía, hecha a fuerza de dura lucha en el desierto. El efecto fue tan grande que Adán, profundamente emocionado, alejó de su pensamiento el odioso recuerdo que había vuelto a obsesionarle. El joven se quedó con la mirada fija en el oscuro lugar por donde Dismukes desapareciera. Algo grande acababa de suceder. Era acaso el minero un fanático, un caminante religioso de los páramos, que creyó que Adán era un discípulo propicio, o un hom-bre que hizo un sermón porque se le ofreció la oportunidad? ¡No! Dismukes tenía fe en sus palabras, y éstas nacieron de las lecciones de vida que recibiera en el desierto. Sus motivos eran los mismos ahora que cuando se arriesgó a seguir a Adán para salvarle de una muerte se-

."lira. La profunda convicción de Adán, su creciente gratitud, hiciéronle concebir de pronto la determinación de convertirse en un hombre de la grandeza que Dismukes había descrito, de luchar en el desierto, de recordar y- pensar como nadie lo había hecho aún. Era cuanto, al parecer, le quedaba. Eso y el arrepentimiento y la expiación. Ser fiel a sí mismo hasta lo último, a pesar de su horrible y fatal error.

-¡Oh, Guerd, hermano mío! -exclamó, estremeciéndose al oír aquel nombre-. Dondequiera que estés en espíritu... ¡escúchame! ... ¡Yo me elevaré por encima del odio y de la venganza! ¡Recordaré nuestra infancia... cómo te quería! Expiaré mi crimen. jamás olvidaré... Lucharé y recordaré para salvar mi alma... y ¡rogaré por la tuya!... ¡Escucha y perdóname..., tú que me expulsaste a estos páramos!

IX

Esperando que regresara Dismukes, Adán permaneció durante largo rato despierto; mas como aquél no volviera, por fin le venció el sueño. La voz del minero 1e despertó. El sol ya estaba tiñendo de rojo la sierra del Este y el paisaje aparecía fresco y lleno de color a la luz de la mañana. Lo único que le quedaba a Adán de sus pasados sufrimientos era un hambre atroz. Dismukes, disponiéndose a calmársela, le aconsejó que no comiera demasiado.

-Y ahora, Wansfeld, es preciso que aprenda lo que son burros -dijo después-. Este animal es la parte más importante de su equipaje. El desierto seguiría siendo un páramo desconocido para el hombre blanco, si no hubiese sido por estos' feos y perezosos animales. Siempre que se enfade usted con uno de ellos y sienta el deseo de matarlo por sus fechorías, recuerde que sin él nada puede hacer en el desierto.

»Casi todos los burros se parecen. Suelen permanecer cerca del campamento, como ha visto usted a los míos, con la esperanza de poder robar algo si no se les da lo que quieren. Llegan a comerse hasta el papel, y el que envuelve el jamón o el tocino es un bocado delicioso para ellos. Uno tuve que se comió mi blusa. No sienten nunca nostalgia, y parecen; satisfechos en los lugares más desolados. Tuve un burro que era feliz a su modo en el Valle de la Muerte, y no puede haber peor infierno que ese valle. Los burros raras- veces corresponden al afecto; resisten impasiblemente el peor trato; siempre son pacientes. Por regla general es fácil cogerlos, mas para eso tienen que conocerle a uno. Para que se detengan hay que tomarles la delantera. Los burros jóvenes son fáciles de domesticar, y siguen a los ya domados. No se les puede guiar como a los caballos; es necesario arrearlos siempre. Sólo he tenido uno que se dejase guiar. No lo olvidé. Tienen estos animales la más maravillosa resistencia; nunca tropiezan, nunca se caen, y se mantienen cómo quien dice del' aire. Cuando se los suelta, pacen un rato y luego se detienen, permaneciendo inmóviles como rocas durante horas y horas, cual si se abstrajesen en profunda meditación. Por la mañana, al emprender el viaje, los burros están frescos y caminan bien. Mas por la tarde, cuando empiezan a fatigarse, recurren a sus tretas. Se tumban en el suelo, se revuelcan para quitarse la carga, o la restregar contra las rocas y los árboles. También suelen agruparse para enredar las cargas. Cuando un burro intenta tumbarse, acostumbra encorvar la espalda y mover la cola. Es muy difícil hacerles cruzar los ríos. Tienen horror al agua. ¿Verdad que resulta extraño? Pues así es. Me he visto muchas veces obligado a llevarlos a cuestas para pasar una corriente. En cambio, suben y bajan por las sendas más pinas y peligrosas sin miedo alguno. Saben bajar, deslizándose, pronunciadas pendientes en las que el hombre no puede sostenerse. Los burros poseen más paciencia y otras buenas cualidades que cualquier otro animal, y también más astucia. Cuando varios se acostumbran a su mutua compañía va no se separan, sin reparar en el sexo. Por las noches rebuznan... un sonido muy desagradable hasta que uno se acostumbra. Recuérdelo cuando cualquier noche se despierte usted a causa de un formidable ruido...

Bueno, creo que ya le he dicho bastante para que sepa lo que es el burro del desierto. No lo olvide, Wansfeld, porque sufriría las consecuencias.

-Lo recordaré todo - repuso Adán con convicción.

-No lo dudo -observó el minero-, pero la cuestión es que lo recuerde a tiempo. No puedo decirle cuándo un burro va a hacer alguna de las suyas; sólo le doy detalles de lo que acostumbra hacer. Es necesario que lo demás lo aprenda por sí mismo estudiándolos. Un hombre podría pasarse la vida estudiando a este cuadrúpedo y aún le quedaría mucho que aprender. Muchos buscadores de oro pasan el tiempo volviendo a cazar a sus burros y precisamente esto es lo que más vidas ha costado en el desierto. Habiéndolo escogido para vivir en él, debe usted aprender las costumbres de los burros, porque son los camellos de nuestro Sahara.

Dicho lo cual, y agotados al parecer, por el momento, sus conocimientos, el minero se dedicó a elegir las cosas de su equipo que pensaba entregar a Adán. Cuando al fin acabó la tarea, se fue a despertar a la burra Jinny, llevándola al campamento. En el acto siguiéronla los demás.

-Fíjese cómo la cargo y luego puede usted ensayarse -dijo.

Adán estuvo muy atento mientras el minero colocaba las viejas pieles y mantas sobre los lomos de Jinny, poniendo encima las alforjas, que cinchó cuidadosamente. Todo era relativamente fácil hasta llegar a atar la carga con varias cuerdas. Sin embargo, después de ver cómo Dismukes lo había realizado con tres burros, Adán creyó poder demostrar que había aprendido algo. Con tal fin empezó a cargar a Jinny, lo que efectuó con bastante suerte hasta llegar el momento de atar la carga con las cuerdas, cosa más difícil de lo que a primera vista parecía. Tras algunos esfuerzos lo logró también. Durante la operación Jinny estuvo quieta, con una oreja enderezada y la otra baja, como si la cosa no fuera con ella.

-Lleve usted mismo el recipiente del agua -le dijo Dismukes conduciéndole fuera del grupo de árboles y señalando al Este-. ¿Ve la base de aquella loma larga v aguda?... Muy bien, pues hasta allí hay cincuenta millas. Por aquel sitio hay un gran cañón en el que vive una tribu de indios buenos. Permanezca entre ellos una regular temporada, hasta aprender bien los secretos del desierto. Y ahora veamos cómo puede llegar hasta allí.

Vaya siempre despacio. Descanse con frecuencia a la sombra de grupos de árboles como éste. Sobre todo, al mediodía le conviene descansar un buen rato. Mientras sude usted no corre peligro, pero si se le seca la piel busque la sombra y beba. Hay varios manantiales a lo largo de la base de esa sierra a la que llaman Montañas Chocolate. Con ojos alerta, no podrá usted menos de reparar en los lunares de arbustos verdes que hallará de vez en cuando. Allí encontrará agua. No olvide nunca que el agua es algo vital en el desierto.

Adán asintió gravemente a las palabras de Dismukes, dándose cuenta de que sólo al pensar en la sed se le secaba la garganta y volvía el recuerdo de lo que había sufrido.

-Le encarezco que vaya despacio. Más vale que se tome dos o tres días para llegar al cañón. No perdiendo de vista esta sierra, tiene que encontrarlo a la fuerza.

El minero volvióse después hacia el lado contrario, señalando con la mano el vasto espacio desértico.

-Fíjese bien en lo que voy a decirle y observe atentamente la configuración del terreno. Detrás de nosotros está la Montaña Chocolate. Esa sierra corre casi hacia el Sudeste.

Aquel monte negro y brillante, aislado, es el Piloto. Está cerca de Yuma, como seguramente recordará. Frente a nosotros, a pocas millas, hay una extensión de dunas que corren paralelas a la Montaña Chocolate. ¿Ve usted por encima de ellas una sierra de color gris y de extrañas formas?

-Sí la veo bien. Parecen nubes misteriosas -repuso Adán.

-Pues es la Montaña de la Superstición. Corren extrañas historias acerca de ella. La mayoría de los buscadores de oro tienen miedo de ir allí, aunque se dice que en ella ha de estar la mina de oro perdida de Pegleg Smith. Los indios creen que está poblada de fantasmas. Y todo el que conozca este desierto le dirá que la Montaña de la Superstición varía en cierto modo sus formas. Y esto es verdad, porque esa montaña está constituida casi total-mente por enormes dunas a las que el viento hace cambiar. Soy uno de los que creen que Pegleg Smith descubrió un yacimiento de oro allí. Pero no hay agua, y por eso nadie puede hacerse con el tesoro... Bueno, continuemos. Esa sierra alta y purpúrea que se ve detrás de la Montaña de la Superstición está al otra lado de la frontera, en Méjico... Ahora mire hacia la derecha de la Montaña de la Superstición, hacia el Noroeste. ¿Ve como baja el desierto en suave declive hacia un valle que parece un lago? Es el sumidero de Saltón, cuyo nivel es más bajo que el del mar. Cruzarlo en esta estación sería suicidarse. Parece oscuro y pequeño, pero en realidad es un desierto aparte. Hace muchos años el Colorado se desbordó una vez y llenó aquel enorme sumidero. Cuando el río volvió a su cauce, quedó Salton hecho un lago de agua dulce, pero pronto se evaporó... Ahora mire por encima del valle, allí enfrente. Aquel abrupto pico es el San Jacinto, v aquel otro más al Norte, el San Gorgonio... Están a doscientas millas de aquí. Detrás de ellos está el desierto Mohave, un páramo inmenso, colosal, que abarca también el Valle de la Muerte, cerrado por altísimas montañas. Ahora, volviendo al valle de este lado, vea usted allí la sierra de los Álamos, que baja hasta unirse a la Montaña Chocolate. Un poco antes, en la Montaña Chocolate, hay una mella. ¿La ve? ¿Sí? Pues allí sale el cañón de que le hablé. Algún día subirá usted al desfiladero para escalar las Montañas Guckwalla y desde su cima verá al Norte el Mohave y al Este el Colorado, todo un inmenso y desnudo desierto que hiere los ojos... Y... bueno, creo que he hecho lo que he podido en su favor.

Adán no se atrevió a hablar en aquel momento. La extensión del desierto, revelada en su verdadero alcance, parecíale una amenaza y le hizo temblar. Sin embargo, el aspecto de la Montaña de la Superstición antojábasele fascinador, y el resto de la vasta extensión, indeciblemente sublime, atraíale con sus promesas misteriosas.

-Jamás olvidaré su bondad - dijo por fin, volviéndose a Dismukes. El minero le estrechó la mano con un fuerte apretón.

-No hay que mencionar la bondad. He cumplido un deber, nada más. Pero no olvide nada de lo que le he dicho.

-No, no lo olvidaré -contestó Adán-. ¿Me permitirá que le pague... el burro y el equipo? - Adán hizo la pregunta con cierra vacilación, porque desconocía las costumbres del desierto y no se atrevía a ofrecer lo que pudiera constituir una ofensa.

-¿De verdad tiene usted mucho dinero? -preguntó Dismukes roncamente. -Sí, hasta demasiado.

-Pues aceptaré lo que vale la burra y la comida, pero nada más.

Y dijo una suma que le pareció a Adán muy pequeña. Al cobrarla, el minero puso el dinero cuidadosamente en un grasiento saquito de piel de gano.

-Wansfeld, acaso volvamos a encontrarnos -dijo, despidiéndose-. Buena suerte y... adiós. -Adiós -repuso Adán, incapaz de decir otra cosa. Dismukes empujó a sus cuatros burros y se encaminó en dirección al Sur. Los animales trotaban moviendo sus cargas de un lado a otro, y Dismukes avanzó a buen paso. Parecía a Adán la encarnación de la fuerza viril, aunque había algo de ridículo en la manera de andar de un hombre casi cuadrado como él. El minero no se volvió. Adán dio, a su vez, una manotada en el lomo de Jinny, dirigiéndose al Oeste. Al principio avanzó con cierta lentitud, mas tardó poco en advertir que estaba fuerte, y entonces avivó el paso.

En su viaje recordó constantemente las lecciones recibidas del minero. Descansó con frecuencia; al mediodía hizo un alto de dos horas, cuidó solícitamente de la burra para que no le hiciera ninguna jugarreta, y así anduvo dos días, cada vez más fuerte, hasta que, ya en las proximidades de las dos sierras, halló un manantial que manaba de un cañón estrechísimo, donde decidió pernoctar antes de continuar la marcha hacia el cañón de los indios de que le hablara Dismukes.

Dio de beber a Jinny antes de quitarle los paquetes. El lugar era adecuado, aunque carecía de leña para hacer fuego. Adán descargó paquetes, mantas y pieles, lo cubrió todo con el mayor cuidado y luego se dirigió hacia la quebrada en busca de troncos secos. Tuvo que buscar mucho tiempo, porque todo era verde en aquellos lugares favorecidos por el agua. En un rincón de la pared rocosa halló por fin arbustos secos; a falta de otra cosa, reunió con gran esfuerzo un haz de ramas secas y emprendió el regreso al campamento.

Desde bastante distancia aún, creyó ver humo, y se dijo que era el efecto de la calígine en las copas de los árboles. Pero, a poco, percibió el olor a humo y, aunque lo atribuyó a un engaño óptico, apresuró el paso. Grande fue :su alarma cuando vio que, en efecto, en su campamento o cerca de él elevábase una delgada columna de humo. La única explicación que halló el joven fue que algún buscador de oro había llegado al mismo sitio y había hecho una fogata. Echó a correr y, a medida que avanzaba, se alarmó más.

Cuando volvió el recodo de la espesura tras la cual estaba su campamento, vio en efecto un fuego que estaba a punto de apagarse. No había ningún minero, ni señal de su equipo ni de la burra Jinny.

-¿Qué... ha pasados? -balbuceó Adán, dejando caer confundido el haz de leña, adivinando la desgracia.

-¿Dónde... dónde están mis cosas? - exclamó.

El fuego que se extinguía no era sino los restos de su equipo. Las llamas lo habían consumido todo: mantas, cajas, sacos. Cerca de los restos chamuscados de la lona había algunos utensilios ennegrecidos. Sólo entonces comprendió Adán el alcance de la catástrofe. Se había quedado sin víveres; el fuego los había consumido todos.

X

Transcurrieron algunos instantes, hasta que Adán salió de su aturdimiento y pudo discernir la causa del desastre, relacionado con la desaparición de Jinny.

Estudiando las huellas alrededor del campamento se convenció de que Jinny tenía la culpa de -todo. Desparramados por el suelo y fuera del alcance del fuego, había muchos fósforos. El endiablado animal, aprovechando la ausencia de su amo, debió de quitar la lona que cubría el conjunto de víveres v provisiones y al buscar entre los paquetes algo en que hincar el diente, debió de morder la caja de fósforos, encendiéndose éstos.

-¡Dios mío, no lo recordé todo! -exclamó Adán, refiriéndose a los sabios consejos que le diera Dismukes. Vencido por la desesperación se dejó caer al suelo y dio rienda suelta a su dolor.

-Me echaré aquí y me dejaré morir -murmuró.

Mas no le fue posible permanecer siquiera un momento inactivo, como si estuviese poseído por un diablillo que no quisiera admitir la idea del vencimiento o de la muerte. Su espíritu parecía sacudirle, obligándole a levantarse y secarse las lágrimas.

-¿Por qué no podré renegar como un hombre para desahogarme, tratando luego de averiguar qué se puede hacer? -se preguntó, un poco más animado.

Jinny había desaparecido sin dejar rastro. Cuando Adán perdió toda esperanza de hallar a la burra, faltaba poco para la puesta del sol, y era preciso decidir acerca de su destino.

-¡Nada!... Tengo que llegar al campamento de los indios - declaró al fin.

Decidió partir inmediatamente, aprovechando la frescura de la noche para realizar la caminata. Además, podía avanzar a lo largo de los muros de la montaña y sí no perdería el camino. Esta idea le animó. Volviendo al campamento, recogió todos los fósforos intactos y los guardó con los que llevaba encima. Vio que el saquito de sal sólo estaba quemado en parte, y lo guardó también.

La hermosa puesta de sol, el lento avanzar del crepúsculo y la cercana noche nada significaban para el joven. Avanzaba invariablemente, aumentando su cansancio en el trans-curso de las horas. De cuando en cuando descansaba; algunas veces le parecía que dormía a pesar de seguir andando. Su somnolencia,, tuvo un brusco fin al meterse de pronto en un arbusto espinoso. Ya muy avanzada la noche, salió la luna, inundando el desierto con su pálida luz. Cuando a los primeros albores del nuevo día descubrió el fin de la loma rocosa, tuvo un momento de alegría. Al doblar la aguda pared, vióse frente a un profundo cañón lleno de palmas y otros árboles verdeantes. Percibió también el cauce de blanca arena de un riachuelo y el brillo de la estrecha faja de agua. A lo lejos se veían los techos de algunas cabañas.

-¡He llegado! He aquí el cañón donde viven los indios de que Dismukes me habló -dijo Adán, orgulloso de su hazaña.

La desolación del desierto aumentaba la belleza v frescura del cañón, que, además, parecía muy oculto. Pocos caminantes sospecharían su existencia al atravesar el valle, porque era preciso doblar la baja loma de la montaña antes de verlo.

Con paso más vivo que antes, descendió Adán la ladera del cañón. Tratábase de una pendiente de ascensión gradual, muy pronunciada en su parte inferior, y el fondo era bastante más profundo de lo que a primera vista parecía. Por fin llegó al ancho lecho de piedras y rocas blancas diseminadas profundamente, llevadas allí por alguna fuerte avenida. En el centro corría una débil corriente de agua, de gusto ligeramente alcalino, según juzgó el joven por la blancura de las márgenes. Siguiendo el curso del cauce, alcanzó la zona de la verdeante vegetación. Continuó Adán andando otra milla sin llegar al grupo de las palmeras.

-¿Es que... no llegaré nunca? -se preguntó jadeante. A poco alcanzó una senda muy definida que se alejaba del riachuelo, y le llevó a un pequeño llano cubierto de sauces y álamos, todos exuberantes en su fresco verdor, destacándose entre ellos altísimas palmeras cuyas copas mecíanse suavemente. El polvo de la senda no señalaba huella alguna, lo que pareció muy extraño a Adán. De pronto penetró en el calvero en que estaban las cabañas vislumbradas desde abajo. Con un grito de alegría quiso precipitarse hacia la primera, pero le bastó una sola mirada para ver que las cabañas estaban deshabitadas. Desalentado, examinó, sin embargo, una cabaña tras otra. Halló en ellas ollas, jarrones grandes de barro para agua, lechos de hojas de palmera, pero no vio ningún indio ni señales de que la tribu hubiese vivido allí hacía poco.

-¡No hay nadie! ¡Todos se han marchado! -murmuró roncamente-. Ahora me moriré de hambre.

A pesar de su desesperación advertíase en su voz una nota de dureza, de indiferencia, nacida de su gran fatiga. No le era posible mantener los ojos por más tiempo abiertos y se tumbó a dormir sin reparar en el sitio. Cuando se :despertó, estaba saliendo el sol del nuevo día. Entumecidos sus miembros, con un agudo dolor en el estómago y muy abatido de ánimos, Adán se halló en una situación comprometida. Renqueando bajó al riachuelo, en cuyas aguas bañóse el rostro v calmó su sed. Después se quitó las botas y vio que tenía los pies llagados; decidió ir descalzo, tanto para economizar el calzado como para que las llagas se curasen al contacto con el aire.

-Mi salvación está en vivir aquí hasta que vuelvan los indios -se dijo, haciendo un poderoso esfuerzo para vencer los tristes presagios-. Hay agua y árboles en abundancia. Se trata, pues, de un oasis al que acudirán toda suerte de animales... Es preciso comer.

Poseía una buena navaja y un par de cordones de cuero para zapatos. Con esto y unos cuantos palos de sauce empezó a construir trampas, guiado por el espíritu inventivo de la necesidad. De niño había sido muy hábil construyendo trampas. ¡Cómo lo recordaba! Él era quien hacía las trampas para su hermano Guerd, al cual le gustaba cazar con ellas, pero era demasiado vago para hacerlas. Los ágiles dedos de Adán moviéronse lentamente al recordar aquella época dichosa de su vida. ¡A qué extremos velase a veces reducido el hombre! La habilidad de su juguetona infancia había de servirle en las horas terribles de la necesidad. Entonces recordó que también sabía hacer hondas, y esto le inspiró la idea de hacerse una. Llevaba una fuerte cinta de goma con que sujetaba su cartera. Al sacarla del bolsillo se emocionó. Dejando las trampas empezadas, se dedicó con afán a construir una honda, para lo cual cortó un trozo de piel de la parte superior de la cartera y utilizó sus tirantes para sacar un cordel con que unir las gomas. Al deshacer los tirantes, advirtió que había en ellos goma suficiente para confeccionar otra honda.

Terminado que hubo el arma arrojadiza, la contempló con satisfacción. No dudaba de que con un poco de práctica volvería a tener la buena puntería que le había caracterizado de niño. Después continuó la construcción de las trampas.

Así transcurrió rápidamente aquel día, y al final de él, el joven se hizo una buena cama de hojas de palmera de uno de estos árboles. Cuando se echó a dormir experimentó la vaga e inexplicable sensación de que precisamente lo muy extraño de las circunstancias le era fami-liar, pero la sensación desapareció rápidamente y no le fue posible comprenderla. Estaba muy cansado y tenía mucho sueño, mas el hambre le mantuvo despierto.

El silencio y las negruras de la noche aumentaban su malestar, y el miedo a lo; ignorado persistió hasta el momento de quedarse por fin dormido.

Aún no había salido el sol cuando a Adán le despertó el hambre, que le roía el estómago. Rápidamente salió de la cabaña para buscarse el sustento. No vio la salida del sol ni el despertar de ¡la Naturaleza. El instinto de la caza le dominaba por completo. Cerca del riachuelo vio palomas y otras aves, entre ellas una codorniz, pero, debido a su excitación. y poca práctica, no logró dar muerte a ninguna. Siguió a las aves de un sitio a otro, recorriendo todo el oasis, hasta que las perdió de vista. Colocó sus dos trampas poniendo como cebo un poco de fruta de cacto, y después examinó todos los rincones y todas las rendijas de las rocas. vio correr lagartijas, serpientes de cascabel, ratas, ardillas, y le sorprendió la rapidez de sus movimientos. Hubiera podido coger una serpiente, pero le repugnó la idea de comerla. El día transcurrió aún más rápidamente que el anterior, y cuando se hizo de noche, estaba tan cansado que no se aguantaba derecho y el ratoncillo roedor del hambre era cada vez más fuerte. Apenas se había tumbado en su lecho de hojarasca quedóse dormido.

Al día siguiente tuvo más y mejores ocasiones para asegurarse carne, pero tornó a fracasar por su apresuramiento y poco tino. Las lecciones que recibió fueron muy duras y le enseñaron la necesidad de perfeccionarse. Aquel día vio a un halcón bajar rápidamente del cielo y elevarse de nuevo con una rata entre las garras. También vio a un alcaudón volar casi a ras de suelo y de pronto elevarse con un lagarto en el pico. Estas acciones revelaron a Adán la perfección que poseían los cazadores del desierto. Ellos no fallaban.

Durante las horas de mayor calor, en que los animales descansaban, practicó el joven sus toscas armas, y tanto se enardeció con la lucha para vencer su torpeza, que la noche le sorprendió aún en el ejercicio.

A la mañana siguiente, cuando salió el sol, descubrió una banda de codornices que, bajando de la ladera, se posó entre los sauces, a orillas del riachuelo. Adán, arrastrándose a gatas, sin hacer ruido, se acercó, con la honda dispuesta para el ataque. Avanzaba sin aliento, latíale el corazón con fuerza, y el solo pensamiento de la comida le hizo salivar y su estómago se contrajo con espasmos violentos. Las notas quejumbrosas de las codornices le guiaban y pronto las vio a través de un hueco entre los arbustos. Las aves estaban picoteando en la arena húmeda de la orilla. Esperó hasta ver varias reunidas en un montón y entonces disparó la gruesa piedra con que cargó la honda. Tuvo la suerte de matar una codorniz, otra quedó malherida, y huyeron despavoridas las demás. Adán se precipitó sobre la codorniz herida y la mató rápidamente, cogiendo luego la otra.

-¡Las he cogido! ¡Las he cogido! -exclamó alegremente al sentir el contacto de los cuerpos aún calientes. fue para él un momento de singular emoción. Sin aliento, sudoroso, temblando, parecía haber vuelto al triunfo del niño cazador; pero había algo más, porque su agitación era en parte debida a la reacción física: el hambre era su causa.

Rápidamente desplumó a las dos codornices y las limpió, lavándolas después en el riachuelo. Hecho esto, regreso corriendo a su campamento para encender un buen fuego en que sazonar la caza. El hambre le obligó a precipitar las operaciones; ni encendió un buen fuego ni asó las aves debidamente. La sal que había recogido de entre ras cenizas del anterior campamento halló ahora su aplicación, y el joven no tardó en contemplar melancólicamente los huesos limpios de las dos codornices.

Poco tardó en descubrir que aquella libra de carne no había 'hecho más que aumentar el hambre. Tina hora después volvió a emprender la caza.

Volaron las horas, terminó el día, llegó la noche y, tras ella, el nuevo día. El éxito coronó nuevamente sus esfuerzos. Aquel día se dio un banquete a costa de las palomas silvestres. Y después, día tras día, fue diezmando la bandada de codornices y de palomas, hasta que las pocas que quedaron mostráronse más cautas y, por fin, desaparecieron por completo. Adán se dedicó a la caza de otras aves; éstas diéronse pronto cuenta del peligro que era para ellas aquel hombre, y llegó un día en que raro era el páparo que se aproximaba al oasis.

Adán ensayó, pues, su astucia en las ardillas y las ratas de diversas clases, viviendo a su costa durante varios días. Mas al fin, tornáronse tan cautas que se vio obligado a buscar sus madrigueras excavando la tierra. Por último, desaparecieron también. En tal coyuntura presentáronse dos burros en el oasis, dos animales en extremo salvajes, y el joven no pudo cazarlos a pesar de todos los esfuerzos que puso en ello. Por fin, desesperado, se precipitó sobre ellos navaja en mano, persiguiéndolos enardecido, mas inútilmente. Se cayó, exhausto, debilitado, y permaneció echado así hasta la mañana siguiente.

Los dolores que le causaba el hambre eran ahora enloquecedores. Después de algunos días sin comer, cedió el dolor gradualmente. El alivio que Adán experimentaba le obligó a pensar de nuevo en la caza y tuvo la suerte de coger un conejo. Ganó fuerzas, pero volvió la angustia del hambre roedora.

Luego perdió la cuenta del transcurrir de los días; cada uno le quitaba un poco de vida y de valor. Disminuía gradualmente su agresividad, y llegó el momento en que dio en comer culebras y todo bicho viviente que pudiera matar con su maza.

Al fin desapareció también el dolor de estómago y, con él, el hambre; entonces vio Adán el verdadero peligro que corría. Había disminuído su deseo de matar y, con la cesación de su actividad, tornó a un estado mental que le permitió recordar todo lo que había hecho en el oasis y también presentir el inevitable fin que le aguardaba. Cada mañana arrastraba su cansado cuerpo hacia el riachuelo para beber, y luego dedicábase cada vez con menos fuerzas a buscar alimentos. Mascó hojas y cortezas de árboles, comió las habas de los mezquites y las frutas de los cactos. Tras cierto número de horas, cuanto más tiempo pasaba sin comer, menos le importaba la caza y hasta la vida. Pero cuando de vez en cuando lograba cazar algo que comer, el instinto de vivir renacía y, con él, la sensación del hambre. Llegó a comprender que la muerte por inanición seria la más fácil y menos dolorosa. Hubiérase alegrado de morir pronto a no ser por el pensamiento que siempre surgía tras la resignación: había jurado luchar. Esto le hizo seguir viviendo.

Su cuerpo ya no era sino un esqueleto cubierto de piel. Esta volvióse tostada y se arrugó como pergamino quebradizo. Las huesudas manos no le parecían suyas, y cuando se inclinaba sobre el agua para beber, veía reflejada en la superficie lisa una máscara momificada, con ojos horrorosos.

Al alba, cuando despertaba, predominaban en él sus antiguos instintos e iba muy animado en busca de comida. Pero si el éxito se alejaba demasiado, su ánimo volvía a decaer y las restantes horas del día las pasaba echado al sol o a la sombra, pues nada le importaba ya, soñando mientras moría lentamente.

Observando así cierto mediodía el incesante ir y venir de las abejas libando, de flor en flor, advirtió de pronto la significación de su tarea y dedujo que en alguna. parte del oasis debía de. haber una colmena de miel. La idea le dio nuevas fuerzas. Observó las abejas con más atención, fijándose en la dirección que volaban, y al cabo de una hora logró descubrir la colmena en un viejo tronco de álamo. Recogió leña y la puso alrededor del tronco; el fuego y el humo obligó a las abejas a huir del lugar. Adán tardó después todo el día en abatir el árbol para poder alcanzar la miel, de la que encontró muchas libras.

Su inteligencia le avisó entonces contra el peligro de darse un atracón de miel, ¡lo que le hubiera causado la muerte. ¡Qué horribles esfuerzos tuvo que hacer para comer lentamente! Sin embargo, tuvo valor para no segur corriendo a pesar de que hubiera querido devorarla toda de una vez. Guardó el resto en las ollas abandonadas por los indios.

Aquella noche y todo el día siguiente experimentó fuertes dolores a causa de la miel que comiera. El renovado ejercicio de los órganos internos, que habían dejado de funcionar, le produjo convulsiones y se revolcó por el suelo como, si le hubiesen, envenenado. Mas la vida era tenaz, y pronto se curó de las' consecuencias del empacho. Después, mientras duraba la miel, iba ganando poco a poco fuerzas para volver a la caza de carne. Sin embargo, el oasis fértil y exuberante carecía ahora de animales, y era en esto igual al desierto que lo circundaba.

Habiendo recobrado un poco las fuerzas, revivió en él también la esperanza. En los momentos de engañadora alegría sentía lástima de sí mismo, de su espíritu, que se negaba a morir. Su ser físico habíase resignado hacía tiempo, mas el alma aprestábase, siempre de nuevo invencible, a fa lucha. ¡Qué extrañas eran las fluctuaciones de sus estados anímicos! Su inteligencia le advirtió que la vista de un animal le haría descender instantáneamente al nivel de una fiera o de un salvaje sediento de sangre.

¡Qué poco necesitaba el cuerpo humano para seguir viviendo! Adán subsistió largas semanas comiendo sólo la miel, y tanto recobró las fuerzas que, cuando aquélla se acabó, los dolores del hambre volvieron centuplicados. Adán se convirtió en un espectro moviente a cuya aguda vista no escapaba ni siquiera un insecto. El hambre se había ahora enseñoreado de él con todos sus horrores.

Morirse de hambre no es nada, pero comer de cuando en cuando mientras se va uno muriendo de hambre es peor que el peor infierno. Apretábase más y más el cinturón, hasta que su talle era ya tan delgado que pudo ceñirlo con sus delgadas y grandes manos. Siempre que sus dolores estaban a punto de calmarse, como una fiera que se tranquiliza, encontraba Adán una rata, o un lagarto, o una culebrita, como si fuera una burla de la muerte, que jugaba con él como un gato juega con un ratón; y al día siguiente los horribles dolores del hambre volvían a morderle las entrañas.

Así recorrió mil veces, hecho una sombra de su antiguo ser, los trillados caminos y sendas del oasis, pensando que no tardaría en sucumbir, calcinándose después sus huesos en el horno del desierto. Por las angustias insoportables que pasaba, medía Adán lo inhóspito del páramo, y todos sus pensamientos relacionábanse de algún modo con sus torturas o con su ser físico en lucha por la existencia. Y de su cerebro no quiso desvanecerse la idea de que ningún poder era tan grande, tan inextinguible como el del hombre que lucha por su vida. Así continuó viviendo, arrastrando, una triste existencia, mientras transcurrían interminables los tórridos días del desierto.

Una mañana, enormes nubes, blancas como vellón, con sombras grises en los bordes, ocultaron el sol, matizando de 'singular modo la luz Genital. Generalmente, las nubes que se formaban en el desierto agrupábanse en derredor de los picos de las montañas sin alejarse de allí, pero las de ahora cruzaban por encima del páramo prometiendo lluvia bienhechora. Fresca brisa mecía las hojas de los árboles y arbustos.

Adán estaba dando, como todos los días, la vuelta al oasis, arrastrando pesadamente los pies como si llevara zapatos de plomo. Escudriñando todos los rincones en busca de alimento, oyó de pronto un agudo silbido. Emocionado y sorprendido, se detuvo, pues parecíale haber oído también el relincho de un caballo. Había percibido muchas veces el rebuzno de burros salvajes. Mas, durante el intenso silencia que :siguió, sólo logró oír los acelerados latidos de su corazón. Gradualmente desvanecióse su esperanza, tan nueva y tan extraña. ¡Otra burla del recuerdo! O tal vez había sido el ruido del viento al penetrar en una grieta de alguna roca.

Apartando las ramas de los sauces al avanzar, atravesó la espesura para llegar al claro donde corría el riachuelo. Consistía éste ahora en un solo hilo de agua, a causa de la pertinaz sequía, pero era clara y cristalina. Estaba el joven a punto de ir hacia la roca donde solía arrodillarse para beber, cuando otro ruido le obligó a detener sus pasos. Había oído un penetrante silbido, algo sorprendente, porque denotaba vida.

De pronto percibió una enorme serpiente de cascabel con la cabeza erguida y vibrantes sus cascabeles. La culebra acababa de cambiar su fea piel por otra hermosa, reluciente, de un bello gris can manchas negras. No mostraba tener miedo. La aplastada y triangular cabeza, con sus ojos verdes como gemas mortíferas, erguíase un pie sobre las anillas que formaba su grueso cuerpo.

El instinto, cazador de Adán experimentó una viva sacudida. Dejó caer la honda como arma inútil contra una serpiente de tal! tamaño. Sus ojos temblaban como la punta vibrante de la aguja del compás cuando trató de no perder de vista a la culebra y buscar al mismo tiempo una piedra o un palo con que atacar a la presa. Una oleada de sangre le inundó la piel, provocando abundante sudor; el corazón le empezó a latir con inusitada violencia, y tan pronto se sentía animado por una gran agitación como paralizado por el temor de que la culebra pudiera huir de pronto, perdiéndose para él aquella cantidad de carne.

Sin dejar de mirar a la culebra, se inclinó, recogiendo una gran piedra del suelo, la cual lanzó fieramente contra el animal. El golpe arrancó un trozo de piel a la serpiente, con salida de, abundante sangre, pero al punto se desenroscó.

Adán pudo, apreciar entonces su tamaño. Tratábase de una culebra gruesa v larga, y la vista de la sangre enardeció más aún al joven. Casi se tornó fiera. Un instinto salvaje le impelía a echarse sobre su presa y matarla con dientes y uñas, pero la razón impedíale descender tan bajo. Lanzó sobre ella piedra tras piedra sin acertar nunca. El animal empezó a arrastrarse por la arena, y su herida no impidió que el avance fuese rápido. Adán trató de cocer tras ella, mas tan débil estaba que le costó un enorme esfuerzo anticiparse a la serpiente para que ésta volviese hacia el riachuelo. Las piedras no le servían de nada, porque no acertaba a dar en el blanco, y cada vez que se inclinaba para recogerlas del suelo, se mareaba de tal modo que apenas podía volver a ponerse derecho.

-Un palo ... necesito, un palo -dijo jadeante, ronco, y viendo uno al borde del riachuelo, fue a buscarlo. Esto dio tiempo a la culebra para ganar terreno en la huída. Adán regresó corriendo, blandiendo de un modo alocado el arma, y no pudiendo sostener el equilibrio cayó de bruces. Al instante volvió a levantarse y, corriendo de nuevo, alcanzó a la culebra en el momento oportuno para evitar que desapareciera por entre la espesura.

Alzó el garrote. No era fácil herir al animal en medio de las piedras, y el palo era de madera podrida, por lo que se rompió al primer golpe. Con el cabo que le quedó pudo dar a la serpiente un golpe que retardó su huída.

Adán dio un grito estentóreo. Algo acababa de romperse en él, quedando tan sólo el instinto de matar y el feroz deseo de vivir. No había ya ninguna diferencia entre el hombre y la bestia. Enardecido y alocado corrió tras la culebra lisiada. La caza habíale transtornado por completo. Estaba muriéndose de hambre y olía la fresca sangre de la carne salvadora. La acción le enardeció y el olor penetrante enloquecióle aún más. Ya no estaba lejos de agarrar con sus propias manos aquella serpiente mortífera.

Más de nuevo tropezó, cayendo cuan largo era en la arena, muy cerca de la cabeza del animal. Y a dos pies del rostro de Adán se detuvo la culebra para enroscarse.

El joven trató de incorporarse apoyándose sobre las manos, pero no tenía fuerzas. Al' mismo tiempo desapareció la locura de matar para comer. Se dio cuenta del peligro que corría. Le mordería la culebra. Adán tuvo una rápida visión de lo justo del castigo, vio los extraños y fríos ojos verdes del animal, tuvo un momento la sensación de la belleza y del fiero espíritu de. aquel reptil del desierto. Después le invadió el terror, helándosele la sangre en las venas; al mismo tiempo que le aturdió el miedo, oscurecióse su razón. Ahora sólo era un animal temeroso, fascinado por otro y presintiendo la muerte por instinto. Y al sobrevenir el colapso, cayendo Adán pesadamente sobre la arena, la culebra hirióle en el rostro como si su boca fuese un hierro candente. Adán perdió entonces el sentido.

XI

Cuando Adán recobró el conocimiento creyó estar soñando.

Sin embargo, un dolor punzante en el rostro parecióle lo bastante real para desvanecer la ilusión. El lugar donde se hallaba echado era sombrío o la debilidad de sus ojos le ciaba tal impresión. Poco tardó en descubrir que estaba en una de las cabañas cubiertas de hojas de palmeras.

-¡Alguien me ha traído aquí! -exclamó sorprendido. Y con la sorpresa y el dolor que sentía en todo el cuerpo, volvió el recuerdo. En su cerebro se formó un torbellino de ideas. El horror de la proximidad de la serpiente de cascabel, el olor de la sangre, la agresiva actitud del reptil, todo volvió, embargándole el miedo. Luego, se serenó. ¿Qué le había sucedido? Su mano parecíale insensible, apenas podía llevarla al rostro; el contacto de vendas húmedas le reveló que había sido salvado por alguien. Probablemente habrían regresado los indios, v entonces recordó el relincho del caballo que creyó percibir.

¡Estoy salvado! -murmuró.

La emoción que experimentó fué tan violenta que casi volvió a perder el conocimiento; cerró los ojos y estuvo así durante largo rato, vagando el pensamiento entre som- bras indefinibles.

Después oyó voces... algunas muy quedas; otras, de un acento profundo, gutural. ¡Eran de indios! ¡Qué salvación tan milagrosa!

-Aún no había llegado mi hora de morir... no estaba preparado... -murmuró.

Los descendentes rayos del sol le advirtieron que era la hora del atardecer. En el rincón de la cabaña había ollas y sacos que antes no estaban allí, y en el suelo veíase una manta india.

Una sombra cruzó los rayos del sol y una muchacha india entró en la cabaña. Su tez era oscura, y su pelo, negro como el azabache. Al advertir que Adán estaba mirándola con ojos muy abiertos, la joven dió un grito y salió corriendo. Afuera oyóse un rápido murmullo de varias voces. A poco entró un hombre alto, uu indio vestido con harapientas ropas de blanco. Era viejo; su oscura faz de bronce parecía una máscara arrugada.

-¿Cómo estar? -preguntó, inclinándose sobre Adán y mirándole con ojos penetrantes. -Muy bien -contestó el joven, tratando de sonreír al advertir que el anciano indio era bondadoso.

-¿Muchacho blanco desear excavar oro... perderse... no tener comida ... mucho enfermo vientre? - preguntó el indio poniendo una mano sobre el abdomen hundido de Adán.

-Eso mismo -repuso éste.

-¡Ah! Yo ser Charley Yim... gran hombre de medicina. Yo curar muchacho blanco. Mordedura serpiente no ser peligrosa... Muchacho blanco mucho enfermo... no haber comido mucho tiempo.

-Eso es, Charley Yim -respondió Adán. -¡Ah!

Al parecer, esta exclamación del indio significaba «Muy bien». El anciano se dirigió a la puerta, que estaba bloqueada por varios indios de rostros oscuros y pelo negro. Señaló a uno de ellos. Adán vió que era la muchacha que antes había entrado y que ahora se acercaba con timidez. El joven tuvo la impresión de que era ella la que le había salvado.

-Charley Yim, ¿quién me encontró..., quién me salvó de la serpiente?

El viejo indio entendió muy bien a Adán. Rió entre dientes y señaló a la muchacha, pronunciando un nombre que sonaba como Oella,,.

-¿Cuándo? ¿Cuánto tiempo hace, cuántos días? - preguntó.

Charley Yim levantó tres dedos y al mismo tiempo despachó a los demás de la cabaña, saliendo tras ellos. Adán se quedó solo con sus confusos pensamientos. No tenía fuerza alguna, y la breve entrevista, con su agitación v el obligado esfuerzo para hablar, le llevó al borde de la inconsc:encia. Navegaba en un agitado mar de vagas ideas. Cuando pasó el estado de aturdimiento, el joven notó un dolor sordo en la cabeza y su cuerpo le parecía un saco vacío, aplastado.

Desvaneciéronse los últimos rayos del sol v las sombras de la noche invadieron la cabaña. Un fragante olor de humo de madera y otro familiar y, sin embargo, indefinible, fué causa de que la boca se le hiciera agua y mil alfilerazos le hurgaran el estómago. En la semioscuridad penetró una india en la cabaña y se arrodilló a su lado. Adán distinguió el rostro de la muchacha llamada Oella. Ésta le cubrió con una manta v le obligó con mucha suavidad a levantar un poco la cabeza. El esfuerzo le produjo tanto dolor que se !le nubló fa vista y todo parecía dar vueltas en derredor suyo. La india le sostuvo, poniéndele algo, caliente v húmedo entre los labios. Trataba de darle de comer con una cuchara de Dalo. La comida no fe sabía a nada y el tragar le causaba dolor en la garganta. Mas después de tomar algunas cucharadas, el calor y la sensación de humedad le resultó agradable. Despertóse nuevamente el hambre y con avidez tragó el alimento que la india le daba.

Con la misma suavidad le ayudó a recostar la cabeza sobre la especie de almohada, cubriéndole luego con la manta. Una extraña sensación de plenitud invadió a Adán, causándole modorra, v a poco se quedó dormido.

Al día siguiente despertó con las torturas del hambre renovadas, y su dolor era tan agudo que se le antojaba indeseable la vida. Las horas transcurrieron lentas, eternas. pero el día siguiente no fué va tan insoportable, y después, gradualmente fué mejorando, iniciándose la lenta convalecencia.

Los indios que habían recogido a Adán eran una rama de la tribu de los Coahuila. Charley Yim, uno de los notables de la tribu, guardaba sentimientos amistosos hacia los blancos; de espíritu nómada, iba con los suyos de oasis en oasis. Conocía a Dismukes, y contó a Adán que el in;~ nero v él habían encontrado oro en aquel cañón. La familia de Charley Yim consistía en varias squaws, algunos hombres jóvenes, dos muchachas, de la que Oella era la menor, y una turba de chiouillos salvajes como ratas del desierto.

Adán supo por el indio que a la entrada superior del cañón había un bosque de mezquites cuyos frutos comes-tibles, especie de habas, eran muy apreciados por los indios. Sús mujeres convertían las habas en harina machacandolas. La abundancia de sauces, hierba y buen agua aran otros motivos por los cuales Charley Yim pasaba largas temporadas en aquel remoto cañón. No aparentaba ser pobre, porque tenía buenos caballos, burros, herramientas y otros utensilios en abundancia.

Adán estuvo tanto tiempo débil y dependiente de Oella que, cuando se puso bien y recobró sus antiguas fuerzas, le resultó difícil' prescindir del amable servicio de la muchacha india; ésta, además, parecía considerar como cosa natural el continuar sirviéndole. El evidente placer que esto causaba a la joven, su fina sensibilidad, hacían imposible que Adán la ofendiera rechazándola. Mostrábase Oella tímida y reservada, poco inclinada a hablar, manteniendo ante él la sencillez, casi la humildad, de un inferior para su amo. Al conocerla mejor, su oscuro e impasible rostro resultaba atractivo, sobre todo sus grandes ojos negros, inescrutables y suaves como las noches del desierto. A veces, cuando Oella creía que Adán no la miraba, fijaba en él sus ojos, cuya luz complacía al joven, mas le causaba al mismo tiempo cierta turbación, recordándole lo que le había profetizado una anciana tía suya, que dijo: "Adán, hijo mío, las mujeres te querrán siempre." Sin embargo, Adán se dijo con tristeza que la profecía no se había cumplido y que seguramente sería infundada su presunción acerca de los sentimientos de Oella.

No obstante, cara no caer en la taciturnidad del deserto, era preciso hablar con alguien, y empezó a enseñar su idioma a la india, aprendiendo al mismo tiempo el de ella. La muchacha aprendía con facilidad y pronunciaba las palabras inglesas con más soltura que él las indias. Además, Oella aprendía rápidamente cuanto él le enseñaba. Como es natural, intentaba Adán introducir ciertas costumbres entre los indias. Éstos eran descuidados y sucios; en el caso de Oella, Adán la cambió. La linda hija del desierto tenía vanidades instintivas que desarrolló el trato con el joven.

Un día, cuando el verano estaba acabándose y Adán ya se hallaba bien, aunque todavía delgado, el viejo jefe indio le dijo:

-Hombre blanco mucho fuerte ahora. ¿Marcharse?

-No, Charley Yim; quiero quedarme aquí - repuso Adán. -¡Ah! -dijo el indio asintiendo.

-Quisiera vivir aquí..., trabajar con los indios. No tengo hogar ni familia. Quisiera cazar para los indios.

-Mucha caza - replicó Charley Yim señalando con un ademán las montañas.

-Charley Yim tomará dinero del hambre blanco y enviará su gente a comprar un fusil, municiones, vestidos, harina, tocino..., muchas cosas que el hombre blanco necesita.

-¡Ah! -El indio levantó cuatro dedos señalando al Oeste, con lo que indicaba que la factoría más próxima estaba a cuatro días de distancia.

-Charley Yim no hablar a nadie de mí.

El indio aceptó gravemente el dinero que Adán le dió, estrechando la mano del joven en promesa de silencio. Los indios jóvenes se marcharon a caballo a la factoría, que se hallaba al otro lado del río, _v tardaron dos semanas en volver. Para celebrar su regreso, Adán indicó fa conveniencia de dar un banquete, encargándose él' de cocer el pan y de preparar el tocino. Oella ocupó por derecho propio el sitio de honor junto a Adán, y su habitual timidez no le impidió comer con gran apetito. En esta ocasión Adán logró también que se acercase a él la chiquillería; ésta no supo resistir la atracción de las golosinas.

Un reluciente fusil, un «Winchester», fué el blanco de las miradas' envidiosas de todos los indios. Cuando Adán lo empuñó saliendo afuera para ejercitarse en el tiro, toda la familia le siguió con el intenso interés de los puebos primitivos, que se maravillan ante las armas de los blancos. Sólo los pequeños escapáronse al principio al oír el estampido de las detonaciones, mas también se acostumbraron pronto, perdiendo entonces el miedo. Cuando Adán hacía un blanco algo difícil, Oella mostrábase orgullosa, mientras las demás sólo expresaban admiración.

Así transcurrieron rápidamente los días de vida sencilla, devolviendo cada uno a Adán un poco de sus fuerzas. La harina y el tocino aumentaron rápidamente el peso que había perdido, y en cuanto al arroz y las, frutas secas, tanto gustaban al joven, que temió no tardaría mucho en tener que enviar por más; tal era el uso que hacía de estos alimentos. Recordó entonces la opinión de Dismukes respecto al valor de su dinero.

En los primeros días del otoño empezó Adán a cazar. Charley Yim le llevó al desierto, escalando una loma para otear desde ella la caza. Señaló después hacia una ancha ladera en la que Adán veía la monótona belleza de la artemisa gris, interrumpida en algunos sitios por los cactos. El indio cogió el sombrero del joven, lo engalanó con dos grandes pañuelos, uno rojo y otro azul, y lo puso así sobre un palo alto. Luego empezó a escudriñar atentamente, con sus ojos de halcón, la ancha ladera y Adán le imitó, lleno de emoción y curiosidad.

-¡Ah! -dijo Charley Yim, y su oscura mano apretó la de Adán.

A lo lejos! parecían moverse unos puntos grises, mas el joven tardó mucho tiempo en distinguir la especie de animales de que se trataba.

-¡Son antílopes! -exclamó por fin Adán, sorprendido.

¿Era posible que aquellos animales selváticos fueran realmente tan curiosos que no pudieran resistir la tentación de aproximarse para ver de cerca el sombrero adornado de vivos colores? En efecto, acercábanse alerta, gráciles, con sus bien formadas cabezas, sus largas orejas y sus ancas blancas. El antílope guía no se detuvo ni una sola vez; pero algunos de los que le seguían deteníanse de cuando en cuando, vacilando; retrocedían un poco para volver inmediatamente a avanzar. Al ver a los animales acercarse tan confiados, al contemplar el bello espectáculo de la curiosa manada de esbeltos cuerpos, Adán estuvo a punto de disparar el arma para asustarlos y que huyeran.

-¡Vaya un cazador! -murmuró-. Pero esto es un vil asesinato... ¿Por qué le será necesario al hombre comer carne?

El indio permanecía impasible a su lado, pero alerta, con el instinto de su raza, tal vez más cercano a las necesidades de la vida humana.

El guía se aproximó a cincuenta pasos de distancia, yendo tras él varios antílopes más, cuando de pronto el indio dió la señal, silbando. Los animales se quedaron rígidos como estatuas. Entonces Adán disparó. Cavó el guía y el antílope más próximo a él; los otros volvieron grupas v huyeron raudas. Adán quedóse con la boca abierta admirando la veloz carrera de los animales en fuga.

-¡Ah! -exclamó el jefe indio, lleno de admiración.

-¡Hombre blanco gran cazador! ¡Un tiro... dos machos! ¡Hombre blanco tener ojos de águila

De este modo, un tiro afortunado que mató a dos antílopes habiendo Adán apuntado sólo a uno, le inició en las cacearías del desierto y le dió el sobrenombre de El Águila. Así empezó fa educación de Adán en la vida del desierto; el joven supo apreciar la buena fortuna que había tenido al depararle la suerte un maestro¡ tan excelente. El jefe de los Coahuila había nacido en aquellos parajes, en ellos había vivido los sesenta años que contaría a la sazón. Como cazador, tenía la vista de las cabras monteses, el oído de un ciervo, el olfato de un lobo. Toda su vida había comido carne de caza y le agradaba con pasión. Adán empezó, pues a ver 1a existencia en el desierto con los sentidos, la larga experiencia y la suma habilidad! de Charley Yim. Abrióse ante sus ojos variada en su abundancia, infinitamente extraña y maravillosa en su ferocidad y cautela para salvar a las especies. Aprendió el joven a ver como los indios, teniendo sobre éstos la ventaja de su mentalidad para analizar y sopesar los hechos y las cosas. Mas el conocimiento llegó de un modo lento, doloroso, a fuerza de sufrir, a pesar de que el tiempo transcurría velozmente debido a las emociones del aprendizaje.

Durante aquellos maravillosos días otoñales aprendió Adán que el antílope podía pasarse mucho tiempo sin beber, que su extraordinaria ligereza le permitía librarse de los lobos y de los felinos del' desierto, que a causa de sus saltones ojos podía ver en todas direcciones, que su color era el gris protector de la artemisa de llanos y laderas.

Aprendió que el lagarto podía variar su color como el camaleón, confundiéndose con la roca en que tomaba el sol', y que podía cruzar la arena tan velozmente que era casi imposible percibirlo.

Aprendió que el lobo gris del desierto era el' rey de loas lobos, que vivía en la alta montaña y que bajaba a los llanos, donde, por su maravillosa fuerza y celeridad, cazaba y mataba a sus presas abiertamente.

Aprendió que el coyote era comedor de carroña, de conejos, de ratas, de huevecillos de aves, de frutos del' mezquite, de cualquier cosa que encontrase... que era una fiera gris, huidiza, astuta, tan cobarde como bravo el lobo, tan capaz de vivir sin agua como el' antílope, v acondicionado para vivir en el desierto como ningún otro animal.

Aprendió que la liebre sobrevivía a todo por el desarrollo anormal de sus orejas y piernas, extraordinariamente grandes las primeras para recoger los ruidos por leves que fue sen, y largas y fuertes las últimas para facilitar la fácil y rápida fuga.

Aprendió que el conejo de los álamos vive en las espesuras, cerca de agujeros en que ocultarse, y que su enorme fecundidad salva a su especie de la extinción.

Aprendió todo cuanto hay que aprender sobre las hormigas del desierto, las ratas, las zarigüeyas, el sapo cornudo, los lagartos, las serpientes, las arañas, las abejas, los abejorros..., cómo viven v de que viven; cuán maravillosamente la Naturaleza habíalos dotado para aquel ambiente, cada cual' perfecto, cada cual en su sitio, cada cual fiero, cada cual bastándose a sí mismo, cada cual' cumpliendo el misterioso destino de sacrificar su vida individual en aras de la conservación de la especie. ¡Qué cruel era la Naturaleza con el individuo! ¡Qué solícita con la especie!

Aprendió que la misma fiera vida del desierto manifestábase en las plantas, las cuales, mediante espinas, savia venenosa, ramas sin hojas, raíces profundas, órganos que captaban y almacenaban el agua, defendíanse de los animales del desierto y resistían el' tórrido sol v la pertinaz sequía. Quedaba fuera de la humana comprensión el que un cacto pudiese desarrollar sus ramas en forma redonda y recta, para estar menos expuestos al sol, y que un árbol crease hojas que nunca presentaban su ancha superficie a los rayos solares.

Así transcurrieron las meses y llegó el invierno; cubriéronse de alba nieve los lejanos picos del San jacinto y San Gorgonio; quedábase el anciano indio entre los suyos mientras Adán escalaba las montañas en busca de caza, porque ya sus fuerzas no le permitían seguir al joven en sus correrías.

Pocos eran los días en que Adán no salía a la hora del alba hacia las alturas, escalando la broncea-da ladera, ágil y seguro como una cabra, atravesando después las lomas desnudas y los profundos barrancos en que crecía el liquen y flores extrañas, pálidas, hasta llegar a la cima desde la cual podía contemplar, a través de la inmensa llanura soleada, la gloria del monte solitario que se llamaba Picacho y que despertaba amargas memorias en él. La contemplación de Picacho significaba para Adán una plegaria y, sin embargo, cada vez que lo veía, parecía que una hoja cortante le atravesaba el corazón. Recordaba entonces su antiguo hogar, su hermano, :su madre, los días de juegos

infantiles, llenos de esperanza y amor, su viaje hacia el Oeste, su caída, su crimen y su ruina. Sólo en las alturas forzaba Adán la memoria, para que fuese cada vez más viva y más torturadora. Eran las horas que dedicaba al remordimiento, para sufrir y para castigarse. Fustigaba su alma con amargos pensamientos para no olvidar nunca. Había vuelto a ser sano, y fuerte, habíase desarrollado de un modo tan vital que era preciso usar esa misma fuerza para pagar su deuda.

Mas también había horas alegres para Adán. Era joven, la sangre corría roja y viva por sus venas y la actividad enardecíale más y más. Recorrer las altas rocas con paso rápido y seguro era para él algo espléndido. Hallarse libre y solo era para Adán el colmo de sus deseos. Enlazaba la hora presente con el remoto pasado, que no podía comprender y que, sin embargo, le encantaba. Le enorgullecía que los indios le llamasen El Águila, porque observar a las águilas en su majestuoso vuelo había llegado a ser en él una pasión. Momentos hubo en que anheló cambiar su vida por la de un águila, hallar su pareja, formar un nido en lo más elevado de las rocas y vivir allí, en la paz augusta, rodeado de azul sobre el páramo solitario.

En las alturas tuvo el joven nuevamente la extraña sensación inexplicable, ilusiva, que experimentara en cierta hora solitaria, con el desierto a sus pies. Dismukes habíale contado cómo el desierto ejercía su atracción sobre los hombres, que cada uno de ellos tenía sus ideas particulares acerca del motivo y ninguno sabía discernir la verdadera y única causa.

Tras el invierno volvió la primavera, y luego el verano; la vasta hondonada del desierto resplandecía con la sonrosada luz de la aurora, en las horas blancas de la luna llena, y quemaba tórridamente al mediodía. Los vahos temblorosos del calor cerníanse como nubes sobre la depresión del Saltón; la pálida línea ondulante de las Montañas de la Superstición cambiaba misteriosamente todos los días; las nubes de niebla que llegaban al Pacífico avanzaban sobre las lomas estrellándose contra los altos picos. El tiempo nada significa en el desierto, aunque trabaja paciente e incesantemente en sus detalles infinitos. El desierto es parte de la eternidad. Sus momentos no eran sino los meses, que se convertían en años de la vida de Adán. De nuevo vió el San Jacinto y el San Gorgonio coronados de nieve que se destacaban contra el azul del cielo.

Un día Charley Yim enseñó a Adán un hueco en la arena y la grava de un barranco donde Dismukes encontró una bolsa de oro. El joven comprendió que había sido el indio quien llevó al minero a aquel lugar.

-Hombre blanco loco por el oro -dijo el indio-. No ser feliz por haber poco oro. Querer mucho oro... gran tonto.

Así comprendía Charley Yim a Dismukes. Evidentemente, hubo alguna causa justa por la que trajo al minero a aquel barranco oculto, pero no la explicó. Y también el llevar a Adán al mismo sitio tenía cierta significación. Adán había recompensado a Charley y a su familia de mil maneras por haberle salvado y socorrido.

-Charley Yim enseñar al Águila mucho oro -dijo el indio, v lo llevó a otro barranco que desembocaba en el cañón. En la arena del cauce seco encontró Adán oro en abundancia, pero el descubrimiento no le volvió loco, le emocionó un poco nada más. Adán adivinó en el rostro oscuro e impasible de su guía algo del desprecio que siente el indio por el frenesí del' blanco por el oro.

Luego, el jefe indio explicó al joven, en su idioma, que el indio pagaba siempre su deuda a amigos y enemigos, devolviendo bien por bien y mal por mal... y que había hombres blancos a los que podía confiar el secreto de los tesoros del desierto.

Llegó un día en que algo pareció estimular el espíritu nómada de Charley Yim, y con su familia y Adán empezó a recorrer el desierto en busca de otros lugares. Esta vida era del agrado de Adán, porque sabía que Charley Yim no frecuentaba las sendas de los hombres blancos.

Ningún tiempo transcurrió tan rápidamente como los días y las noches en los nuevos y extraños lugares del desierto. Adán contaba los años por el ir y venir de la nieve en los altos picos y del verdor en los álamos.

Cuando regresaron por fin al oasis del solitario cañón en la Montaña Chocolate, parecíale al joven que volvía a su hogar. Amaba el escenario de sus torturas. Cada piedra, cada árbol era para él un amigo y parecía darle la bienvenida Allí también había pasado los largos meses de angustia moral. En esta roca había estado sentado un día entero con su desesperanzado dolor; bajo aquella palmera habíase paseado hora tras hora durante muchos días angustiosos, poseído por los remordimientos.

Sobre todo, encantábale volver a subir a las alturas para contemplar la línea ondulante del' río Colorado y estremecerse cada vez que vislumbraba Picacho. Su configuración no cambiaba. ¿Acaso, lo había esperado? Elevábase allí, en medio del' color liláceo del desierto, colosal, dominante, inmutable y perenne, como el pecado que él había cometido a su sombra.

En algún lugar de aquel pico enorme estaba la tumba de su hermano.

-Un día volveré allí - murmuró Adán, y sus palabras parecían el nacimiento de una idea largo tiempo en germen. Picacho le obsesionaba, le atraía; era el sitio que había dado color gris a su vida. De pronto surgió ante él la imagen de Margarita. ¡Pobre y frágil criatura! No había sido sino el instrumento de su destino. No la inculpaba, hacía mucho tiempo que la había perdonado, y, sin embargo, su recuerdo le hacía daño. ¿No había hablado con ligereza de lo que para él debía ser algo sagrado? a ¡Bah! ... ¡Está ya tan lejos! ¿Quién se acuerda de ello?» Un ser sin fe, sin alma. Adán no podía olvidar jamás. No podía ver un palo verde sin sentir inmediatamente una punzada en el corazón.

A la hora de la puesta del sol, el día del regreso al oasis, se aproximó a Adán el jefe indio, sombrío, grave, pero con un dejo de bondad en su austero aspecto. Habló el idioma de su tribu.

-Hombre blanca, tú eres de la raza de las águilas. Tu corazón es el de los indios. Toma a mi hija Oella por esposa. El golpe largo tiempo temido había descendido al fin. Adán había tratado de pagar su deuda, pero no te era posible hacerlo enteramente.

-No, jefe, el hombre blanco no puede esposar a Oella, tiene sangre en las manos... han puesto precio a su cabeza. Algún día... le ahorcarán por su crimen. No puede ser falso con la muchacha india que le salvó la vida.

Acaso el indio esperaba la respuesta, mas su rostro inescrutable no reveló ningún sentimiento. Hizo uno de sus lentos e inexpresivos ademanes..., alzó la mano señalando hacia el desierto. Era preciso que Adán se fuese.

El joven dejó caer la cabeza. Aquel decreto era irrevocable y, además, justo. Mientras arreglaba su equipaje para

una larga jornada, el crepúsculo invadió el campamento de los indios. Cuando a la sombra de las palmas Adán se vió frente a Oella, se dio cuenta de que la joven lo sabía todo. ¿Era aquélla la muchacha india que había sido tan tímida, tan extraña? No, ahora era una mujer hecha v derecha, cuyos magníficos ojos de azabache penetrábanle hasta el alma en busca de la verdad. ¡Qué ciego había estado! Todo en ella hablaba del amor de una mujer.

-Oella -dijo Adán, lleno de emoción -, tu padre me ha ordenado que me vaya. Soy un proscrito. Me buscan. Si te hiciera mi esposa, la vergüenza y las tribulaciones serían el pago de tu bondad.

-Quédate. Oella no tiene miedo. Nos ocultaremos en los cañones -dijo la joven.

-No. He cometida un crimen. Hay sangre en mis manos. Oella, yo no soy falso. No quiero engañarte.

-Tómame, soy tuya -exclamó la india, y su apasionada voz hirió a Adán en lo más hondo. La muchacha estaba dispuesta a compartir con él las penas de los solitarios caminantes del desierto.

-¡Adiós, Oella, noble corazón! -dijo roncamente, y se alejó a grandes pasos, guiando a su burro hacia la solitaria y melancólica noche del desierto.

XII

El segundo encuentro de Adán y Dismukes sucedió en Tecopah, un campamento minero en el desierto Mohave. El campamento hallábase situado en un valle pintoresco, en el que una exuberante vegetación señalaba el curso de un río, y las arenosas orillas de éste alcanzaban las oscuras y rocosas laderas que subían hasta la tenebrosa sierra.

Era en el mes de marzo, la estación más policroma del Mohave, cuando Adán llegó a Tecopah, en cuyas afueras se detuvo sobre un banco herboso. Nacía en aquel lugar un pequeño manantial que bajaba alegre hacia el río. El' agua del manantial era potable y muy celebrada como tal entre los caminantes del desierto, que acudían desde lejos a beberla. Apenas instalado, las orejas avisadoras de su burro le indicaron que se aproximaba alguien; Adán levantó la cabeza y vio venir hacia él una figura muy familiar. Sorprendido, se frotó los ojos. ¿Era aquella extraña figura el hombre de quien conservaba tan imperecedero recuerdo? Sí; aquel hombre cuadrado, grotesco, era Dismukes. Su traje remendado a semejanza de un tablero de ajedrez y sus botas amarillentas de arcilla y álcali parecían idénticas a las que llevaba el día memorable en que Adán le viera por primera vez.

Dismukes llevó sus !burros hacia el borde del banco en que acampaba Adán, seguramente para acampar él también allí, mas cuando vió al joven, vaciló y llamando a los burros con brusca voz, dió la vuelta para marcharse.

-¡Hola, Dismukes! - gritó Adán-. Véngase aquí, que hay sitio para los dos. El minero se detuvo y, volviéndose, preguntó:

-¿Me conoce usted?

-Sí, le conozco, Dismukes -repuso Adán ofrecióndole la mano. -Pues... no lo entiendo -dijo el minero estrechándosela.

Parecía no haber pasado por él el tiempo; acaso tan sólo su desaliñada barba era un poco más gris. Con sus grandes ojos saltones contempló curiosamente a Adán.

-Fíjese bien. Vea si puede reconocer a un hombre de quien fué usted amigo un día -replicó Adán.

El instante estaba lleno de una penosa y melancólica alusión a la mutación del tiempo. También embargaba a Adán una extraña emoción de alegría. Aquél era el hombre bondadoso que le salvó de una muerte segura y puso en su mente la idea de conquistar el desierto.

Dismukes mostrábase perplejo y un poco avergonzado. Su penetrante mirada era la de un hombre que había sido amigo de muchos y no podía recordar.

-Pues... me doy por vencido. No le conozco. -Soy Wansfeld-dijo Adán.

Dismukes se le quedó mirando fijamente; cambió la expresión de su rostro, pero no porque le hubiera reconocido.

-¡Wansfeld! ¡Wansfeld! -exclamó- Conozco ese nombre... ¡Ya lo creo! Lo he oído muchas veces en todo el desierto Mohave... Me alegro mucho de encontrarle ahora..., pero es la primera vez que le veo a usted.

Lo acerbo del encuentro para Adán llegó a su punto máximo cuando Dismukes no pudo reconocerle. Era la última y definitiva prueba del cambio que se había operado en él. Los años pasados en el desierto habían transformado al joven Adán Larey eu el hombre llamado Wans-feld. Por primera vez en su vida se sintió absolutamente seguro; nunca le reconocerían, jamás podrían prenderle por el crimen cometido. Parecía renacer en aquel momento.

-Dígame, Dismukes, ¿cuánto le falta para reunir aquellos quinientos mil dólares? - preguntó sonriendo Adán, divirtiéndose ahora con la ignorancia del minero.

-¡Demonio! ¿Cómo sabe usted eso? -exclamó Dismukes. -Usted mismo me lo dijo.

-Es un caso raro, Wansfeld. O estoy borracho o usted sabe leer los pensamientos de los demás. Viniendo hacia este sitio pensaba en los quinientos mil, pero jamás hablé a nadie de ello, excepto a un muchacho... que ya murió.

-¿Qué me cuenta de aquella burra que se llamaba Jinny... y que solía robar las provisiones? -preguntó Adán lentamente.

-¡Jinny! -exclamó Dismukes, cada vez más sorprendido, estremeciéndose-. Jamás la olvidaré. Se la di a un muchacho que se perdió en el desierto, y luego el animal volvió..., me siguió hasta llegar a Yuma... Pero ¿cómo conoce usted a Jinny?... ...Hombre de Dios, ¿quién es usted?

-Dismukes..., soy aquel muchacho a quien usted salvó... cerca de la Montaña Chocolate..., a noventa millas de Yuma... Recuerde. Jinny me vió caminando en círculo... Usted me salvó, me lió la burra y provisiones, me dijo cómo me había de comportar en el desierto..., me envió usted al cañón de los indios. Aquel muchacho era yo..., ahora soy... Wansfeld.

El minero miróle más fijamente, hasta que por fin encontró la semejanza que buscaba. -¡Dios mío! ¡Ahora le reconozco! -exclamó satisfecho, y puso sus callosas manos sobre

Adán con indecible alegría-. Creía que se había usted muerto en el desierto. El regreso de Jinny así me lo decía... ¡Pero vive usted

Usted... aquel muchacho tan delgado y alto..., con los ojos llenos de angustia... Nunca los olvidé... ¡Y ahora es usted Wansfeld!

-Sí, amigo mío. La vida en el desierto es muy extraña -contestó Adán-. Pero descargue esos burros y acampe aquí conmigo. Vamos a comer y a charlar.

Mientras los dos hombres comían su frugal colación, hablaron, acostumbrándose poco a poco a una situación que rompía el silencio habitual del desierto. Había en cada uno de ellos una inconsciente deferencia hacia el otro; Wansfeld veía en Dismukes a su salvador, al maestro que le inspiró el deseo de escalar las alturas del ennoblecimiento humano, y Dismukes encontraba en Wansfeld el desarrollo de sus ideas, el divino espíritu del' hombre que se eleva por encima de la bestia feroz del desierto, que sólo piensa en su propia conservación.

-Wansfeld, ¿lleva usted cuenta del tiempo? -preguntó Dismukes sacando de un bolsillo la corta y vieja pipa que Adán recordaba, tan bien.

-No. Para mí los días se convirtieron en semanas y las semanas en años, nada más - repuso Adán. -Tampoco yo llevo cuenta. ¿Qué es el tiempo en el desierto? Nada... Eso sí, vuela...

vuela que es un gusto. Creo que deben haber pasado algunos años desde que le vi cerca del Colorado. Veamos: tres veces he ido a Yuma...; una, a Riverside...; dos a San Diego..: Seis viajes, y todos para poner mi dinero en los Bancos. Seis años, pues, y aún creo que me quedo corto.

-Dismukes, he visto la nieve en las montañas ocho veces. Hace ocho años, amigo mío, que Jinny alzó sus largas orejas y me salvó. ¡Qué poca cosa es la vida en el desierto!

-¡Ocho años! -repitió Dismukes moviendo la cabeza-. Parece imposible... Bueno, bueno, el tiempo vuela... Wansfeld, usted' aún es joven, aunque veo que el pelo le empieza a blanquear por las sienes. Ya no puede usted sentir miedo por aquel... crimen de que me habló. Nadie le reconocería ahora.

-No siento ya ese miedo. Me temo a mí mismo, Dismukes. Si volviese hacia la civilización, podría olvidarlo.

-¡Ah, sí, sí! -suspiró Dismukes-. Ya entiendo... Me gustaría saber qué sentiré cuando llegue la hora de dejar el desierto...

-¿Tardará usted aún mucho?

-No se sabe nunca. Puede que mañana descubra el filón soñado. Siempre creo que será mañana. Esto es lo que nos retiene en el desierto.

Era, en efecto, un soñador aquel hombre, a quien Adán comprendía ahora mejor que antes, salvo en lo concerniente a su tenaz obsesión de reunir determinada suma en oro. Parecía éste el único lunar en un carácter que, de otro modo, sería grande. En cambio, la constancia con que perseguía aquel fin era tan enorme como inexplicable.

-Dismukes, cuando nos encontramos hace años tenía usted 1a tercera parte de la cantidad que deseaba reunir. ¿Cuánto tiene ahora?

-Más de la mitad, Wansfeld, y todo está en los Bancos muy bien guardado-fué su orgullosa respuesta.

-¡Doscientos cincuenta mil dólares en oro! Amigo .mía, eso es un capital' más que suficiente. Vávase ya y realice su sueño... Váyase antes de que sea tarde.

-Ya lo he pensado. Muchas veces, encontrándome enfermo y cansado de este maldito calor y soledad, surgió tentadora la idea... Mas no, nunca haré eso. Para mí es como si aún no tuviera un dólar.

-¡Cuidado, Dismukes! -exclamó Adán con voz grave- Así parece que sea el afán de amontonar oro lo que le impulsa, no lo que pueda alcanzar con él.

-¡Ah.! ¿Quién sabe?, como dicen los mejicanos... Wansfeld, ¿ha descubierto usted ya la maldición..., o la bendición... del desierto..., lo que nos convierte en caminantes de este páramo?

-No, aún no lo he descubierto. A veces me parece estar ya cerca de lograrlo... Sé que es algo muy grande y que debe de estar relacionado con el mismo comienzo de la humanidad. Algún día lo sabré.

Dismukes continuó fumando en silencio, un poco pensativo y triste. Su fortaleza y su persistencia parecían las mismas que ocho años antes y, sin embargo, Adán creyó advertir una sutil diferencia imposible de definir. Los últimos destellos áureos desaparecieron de las cimas de la montaña, las nubes tornáronse grises, el crepúsculo invadió el campamento. Del otro lado del río llegaron las notas discordantes de Tecopah despertándose a la orgía nocturna de los campos mineros.

-¿Cómo está usted aquí? -preguntó a poco Dismukes. -Para mí, Tecopah no es más que este manantial.

-Lo mismo me pasa a mí. Me voy a aprovisionar abundantemente de agua. Acampé aquí hace un año y, cuando me fuí, guardé una de mis cantimploras durante tanto tiempo que el agua se echó a perder... Hallé huellas de oro en la sierra de Kingston, pero se me acabaron las provisiones y tuve que cejar en mi empeño. Ahora quiero volver, y luego iré a las Montañas Funeral. Debe de haber oro allí, pero es mal sitio para un minero. ¿Conoce usted aquella región?

-No he pasado de la vertiente sur de esas sierras. -Es mala, pero la otra parte..., bueno, allí está el Valle de la Muerte. Esa hondonada en verano es un verdadero horno, peor que el infierno. La he cruzado muchas veces v en todas las épocas' del año, salvo en el mes de julio al, mediodía. Eso no lo hará nadie. He visto marcar el termómetro cincuenta grados a medianoche, y cuando además sopla el Horno, como allí se le llama, no se puede dormir ...

Sin embargo, aunque parezca extraño, la fascinación del desierto es más fuerte en el Valle de la Muerte que en ningún otro sitio.

-Lo comprendo -repuso Adán, pensativo-. Debe de ser tan sublime como la muerte y la desolación..., la terrible soledad, la veneración que inspira la tierra desnuda. Pienso ir allí.

-Me lo he supuesto. Voy a dibujarle un mapa de ese valle con las sendas que he recorrido y los manantiales que he encontrado. Conozco esa región mejor que ningún blanco. La parte baja de la ladera del Funeral es de greda, bórax, álcali y salitre, y cuando el día es caluroso v sopla el viento arrastrando el polvillo de esas substancias... ¡Dios mío, sólo el pensarlo da escalofríos! Pero usted querrá verlo personalmente y luego volverá más de una vez.

-¿Por dónde le parece mejor entrar en el valle?