Los Constructores por Borian - muestra HTML

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BORIS VIAN

Los constructores

de imperios

o el Schmürz

Título original: Les Bátisseurs d' Empire ou Le Schmürz.

Traducción de: Julieta Shama

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Personajes........................................................................................................................................................... 3

Uno ..................................................................................................................................................................... 4

Dos ................................................................................................................................................................... 15

Tres................................................................................................................................................................... 26

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PERSONAJES

El Padre (León)

Zénobie

El Schmürz

Cruche

El vecino

La madre (Anna)

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UNO

La escena transcurre en una habitación sin particularidades, amueblada al estilo burgués, con un aparador Enrique II en el fondo, una mesa de comedor y sillas en un rincón, ventanas cerradas, varias puertas y, en el rincón donde no está la mesa, el desembarco de una escalera que supuestamente parte de una habitación que se encuentra debajo y que conecta con otra escalera, que parece conducir a una habitación que estaría arriba. No hay nadie en escena cuando el telón se levanta. Desde la escalera, se oyen voces.

VOZ DEL PADRE (insistente). - ¡Vamos, Anna! ¡Apúrate!... Sólo cinco escalones más. (Se oye un tropiezo, luego un grito.) Te dije que no pusieras la mano donde pongo los pies, Zénobie... Son indisciplinadas, es culpa de ustedes.

VOZ DE ZÉNOBIE (protestando). - También, ¿por qué eres siempre el que pasa primero?

VOZ DEL PADRE (aterrorizado). - Cállate...

(Se oye, proveniente de afuera, un ruido atemorizador, cuya naturaleza no se puede definir. Un sonido grave, provocado por aleteos chillones.)

VOZ DE ZÉNOBIE (tranquila). - Tengo miedo.

VOZ DEL PADRE. - ¡Rápido... un último esfuerzo!

(El padre entra en escena cargando una caja de herramientas y unas tablas. Se desploma, se pone de pie y mira a su alrededor. En ese momento, aparece el resto de la familia: Zénobie, la hija, que tiene dieciséis o diecisiete años; Anna, la madre, de treinta y nueve o cuarenta; el padre es un cincuentón barbudo. También está la criada, a quien llaman Cruche. Todos llevan un montón de paquetes y valijas. En un rincón, está el schmürz, acurrucado, envuelto en vendas y vestido con andrajos. Tiene un brazo en cabestrillo y con el otro sostiene un bastón. Cojea, sangra y es desagradable a la vista.

Ahora está acurrucado en el rincón.)

PADRE. - Ya casi estamos, niños. Un último esfuerzo.

(Desde la calle, es decir, más allá de las ventanas, se oye nuevamente el ruido, Zénobie protesta.)

MADRE. - Querida, vamos...

(La madre va a acariciarla, pero el padre la detiene.)

PADRE. - ¡Anna! Rápido, ayúdame. Esto es lo más urgente. (Se precipita hacia la escalera, comienza a obstruir el tramo descendente con las planchas; ella corre en su ayuda y, al pasar, percibe al schmürz, se queda quieta, lo mira despectivamente, y se encoge de hombros.) Sostén la tabla mientras busco un clavo. (Hurga en su caja de herramientas y encuentra un clavo.) En realidad, debería poner un tornillo, pero eso trae muchos problemas.

MADRE. - ¿Por qué?

PADRE. - Para empezar, no tengo tornillos. Además, no tengo destornillador. Y, en tercer lugar, nunca sé hacia qué lado se gira para atornillar.

MADRE. - Así...

(La madre le muestra el modo equivocado.)

PADRE. - No, es así.

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(El padre le muestra la manera correcta. El ruido de la calle aumenta, Zénobie grita, furiosa.)

ZÉNOBIE. - ¡Vamos, apúrate!

PADRE. - Dónde tengo la cabeza... Y tú, que me distraes.

(El padre clava.)

MADRE. - ¿Cómo? ¿Yo te distraigo?

PADRE. - No discutamos, querida. (Se arroja sobre ella y la besa violentamente.) ¡Uy, uy, uy! ¡Cómo me inspiras...!

(Vuelve a su tabla.)

ZÉNOBIE. - Tengo hambre.

MADRE. - Cruche, dé de comer a la pequeña.

(Durante ese tiempo, la mucama se ha ocupado de ordenar la habitación, evitando cuidadosamente acercarse al schmürz.)

CRUCHE. - Sí, señora. (A Zénobie.) ¿Quieres huevos, leche, gratín, galletas de harina de avena, chocolate, café, pan con manteca, mermelada de damasco, pasas, frutas, legumbres?

ZÉNOBIE. - No, quiero comer.

CRUCHE. - Bien. (Le alcanza un paquete de bizcochos.) Entonces, come, puesto que no quieres nada.

(Vuelve a pasar delante del schmürz y se aparta visiblemente. El padre apoya su martillo y se levanta.)

PADRE. - ¡Uff! Ya está... Vamos a poder distendernos un rato...

(Se estira.)

MADRE. - El cuero no será caro este año.

PADRE. - ¿Qué dices?

MADRE. - Dije que el cuero no va a ser caro este año. Los terneros se estiraron. Es un viejo proverbio normando. Deberías saberlo.

PADRE. - ¿Por qué debería saberlo?

MADRE. - ¿No te acuerdas? Eras desollador en Normandía... tiempo atrás.

PADRE. - No, lo había olvidado.

MADRE. - En Arromanches...

PADRE. - Ah, mira... (se rasca la barba), qué interesante. (Va hacia el schmürz y, al pasar, lo abofetea; después vuelve, siempre pensativo.) Eso que dices me ha dejado estupefacto.

MADRE. - ¿Por qué?

PADRE. - Me dejó estupefacto, es todo: Lo había olvidado por completo. (Golpea las palmas.) Entonces, Cruche, ¿ese orden se termina? (Inspecciona a su alrededor.) Se está bien aquí.

(La madre va hacia el schmürz y lo patea varias veces.)

ZÉNOBIE (mirando el aparador). - Es horrible.

PADRE. - ¿Cómo? ¿No estás contenta?

ZÉNOBIE. - ¿Cuanto tiempo va a durar esto? ¿Cuántas veces vamos a vernos obligados a precipitarnos así, en la noche, dejando la mitad de las cosas detrás de nosotros, todos los rincones que conocemos, el sol, los árboles...?

PADRE. - Pero escucha, aún tenemos suerte... Mira esta escalera...

MADRE. - Oh, eso no tiene nada de extraordinario. La pequeña tiene razón.

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PADRE. - Quiero creer que no está mal. Una escalera como ésta, incluso en plena oscuridad podríamos treparla...

(El padre prueba lanzándose hacia ella con energía, luego baja.) MADRE. - Es peor que la anterior.

PADRE. - Debe de ser igual.

(El padre se quita el polvo de las manos.)

ZÉNOBIE. - Pero ¿cómo puedes tener tanta mala fe? Abajo, yo tenía mi cuarto...

PADRE. - ¿Cómo? Abajo, teníamos tres cuartos, como aquí. Tú dormías en el estudio.

ZÉNOBIE. - Pero no, no hablo de ayer... Quiero decir, abajo mucho antes...

PADRE (a la madre). - ¿Tenía su cuarto?

MADRE. - No me acuerdo muy bien. (A Zénobie.) ¿Tenías tu cuarto?

ZÉNOBIE. - Sí, tenía mi cuarto, al lado del de ustedes, frente a la salita.

MADRE. - ¿Qué salita?

ZÉNOBIE. - La salita, con los sillones rojo oscuro y el espejo de Venecia, y las lindas cortinas de seda roja. La alfombra roja y la araña dorada.

MADRE. - Zénobie, ¿estás segura de lo que dices?

ZÉNOBIE. - Sí, estoy segura.

PADRE. - Yo no me acuerdo de eso... Por lo tanto, cómo tú... una niña...

ZÉNOBIE. - Precisamente por eso; los jóvenes son los que se acuerdan. Los viejos olvidan todo.

PADRE. - Zénobie, respeta a tus padres.

ZÉNOBIE. - Había seis cuartos.

MADRE. - ¡Seis cuartos! ¡Qué trabajo!

ZÉNOBIE. - ¡Y Cruche también tenía su habitación! ¡Y él no estaba ahí!

PADRE. - ¿Quién no estaba ahí?

ZÉNOBIE. - ¡Él!

(Zénobie señala al schmürz; éste se mantiene inmóvil. Hay un silencio muy largo.) MADRE (atenta). - Zénobie, mi hijita, ¿de quién hablas?

PADRE. - Zénobie, deberías descansar.

(Entre tanto, Cruche sale hacia el jardín. El padre y la madre se acercan a Zénobie.) MADRE. - ¿No ves que no hay nadie? (Se acerca al schmürz y le pega en la cabeza.)

¿No ves?

(La madre jadea.)

ZÉNOBIE (tambalea). - Teníamos seis piezas... Estábamos solos... Había árboles delante de las ventanas...

PADRE (se encoge de hombros). - ¡Árboles! (Se aproxima al schmürz. y le pega en la cabeza.) Árboles...

(Se seca las manos.)

ZÉNOBIE. - Baños blanquísimos...

(Cruche vuelve a entrar.)

CRUCHE. - Señor...

PADRE. - ¿Y ahora qué?

CRUCHE. - No hay más que dos cuartos aquí: ¿dónde voy a dormir yo?

PADRE. - Y bien... Nosotros vamos a ubicarnos al lado, mi mujer, mi hija y yo... Y

usted dormirá aquí...

CRUCHE (decisiva y fría). - No...

PADRE (ríe, molesto). - No... ella dice no... ¡ Voilá, entonces!

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MADRE (al padre). - Vas a hacerle un tabique. (A Cruche, dura.) ¿Va a decidirse al menos?

CRUCHE (se encoge de hombros). - Si el señor construye un tabique... (Va a donde está el schmürz y le pega sin convicción.) Con un tabique, podría perfectamente dormir aquí...

(Vuelve a alzar los hombros y pasa a la segunda habitación llevando un utensilio.

Silencio.)

ZÉNOBIE. - ¿Ves?... No hay más que dos cuartos. Estaba segura.

(El padre se ha sentado. Por primera vez luce desconcertado.)

PADRE. - Dos cuartos... No está tan mal... Hay personas que viven en lugares más chicos que éste...

ZÉNOBIE (asustada). - Pero ¿por qué, por qué...?

MADRE. - ¿Por qué qué?

ZÉNOBIE. - ¿Por qué nos vamos cada vez que escuchamos ese ruido? (La madre y el padre se encogen de hombros.) ¿Qué es ese ruido? ¡Díganme! Dime, mamá...

MADRE. - Zénobie, mi pequeño ángel, te hemos dicho cien veces que no preguntes eso.

PADRE (evasivo). - No sabemos qué es. Si lo supiéramos, te lo diríamos.

ZÉNOBIE. - Pero tú generalmente sabes todo...

PADRE. - Generalmente, sí. Pero ésta es justamente una circunstancia excepcional. Y, además, las cosas que yo sé son las que tienen importancia real, no los espejismos.

ZÉNOBIE. - Entonces, ese ruido, ¿no tiene una importancia real?

PADRE. - En el fondo, no.

MADRE. - Es una imagen.

PADRE. - Un símbolo.

MADRE. - Una referencia.

PADRE. - Una advertencia. Pero no hay que confundir la imagen, la señal, el símbolo, la referencia y la advertencia con la cosa misma. Eso sería un grave error.

MADRE. - Una confusión.

PADRE. - Tú no te metas en la discusión. Después de todo, esta pequeña es tu hija.

ZÉNOBIE. - Pero si no tiene una importancia real, ¿por qué nos vamos?

PADRE. - Es más prudente.

ZÉNOBIE. - Es más prudente, aun cuando nos haya hecho abandonar un departamento de seis cuartos donde estábamos solos, para llegar a uno de dos.

(Zénobie mira al schmürz.)

PADRE. - La prudencia ante todo.

(El padre va hada el schmürz, le escupe y regresa.)

ZÉNOBIE. - Tenía mi cuarto, un tocadiscos, discos, no tengo más nada y hay que volver a empezar de cero.

PADRE. - ¡De cero! Mira, acá hay un aparador Enrique II más que honroso.

MADRE. - Realmente, no tienes de qué quejarte. Piensa en los otros.

ZÉNOBIE. - ¿Qué otros?

MADRE. - Los hay más desdichados que tú.

PADRE. - Que nosotros. (Satisfecho.) Y sí..., dos piezas, para los tiempos que corren...

MADRE (recitando). - Hacia dónde corre, de dónde viene, poco importa... / camina de puerta en puerta. (Se interrumpe.) No es eso...

PADRE. - Eso empezaba bien, ¿por qué no continúas?

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MADRE. - La lasitud...

PADRE. - Yo estoy muy contento con esta escalera. (Va y la golpea con la palma de la mano.) Es de roble.

MADRE. - Es de haya imitación roble.

PADRE. - De haya... no. De pino, si quieres, pero no es de haya. Es una madera demasiado... eh... la haya, quiero decir.

MADRE. - ¿Dónde está la cocina?

PADRE (señala una puerta). - Debe de estar por allá.

ZÉNOBIE (vuelve a empelar como si fuera una melodía lejana). - Abajo, tenía mi habitación, era azul, como para un varón; en el medio, un pequeño escritorio; en el cajón de la derecha, mi álbum de fotos de artistas; debajo, mis cuadernos de clase; y mis libros, sobre la estantería. Además, por la ventana, veía los árboles verdes, el sol pasaba siempre; eran los años con doce meses de mayo, meses de mayo con treinta y un domingos, domingos que olían a cera fresca y a bombón inglés, y, sobre mi cama, un cubrecama de encaje, el encaje era falso pero muy lindo, lo remojábamos en agua con té para darle el color del pan. El domingo por la tarde, yo bailaba.

MADRE. - Querida, a tu edad, no se vive de recuerdos.

(La madre interrumpe su discurso. El padre ha abierto todas las puertas, los placards y el aparador, dándole de vez en cuando un puñetazo al schmürz.) PADRE. - ¡Ah! Acá está la puerta del palier, llamada así porque da al palier.

ZÉNOBIE. - ¿Y qué da?

PADRE. - Zénobie, no tomes todo al pie de la letra, que me da vértigo.

ZÉNOBIE (murmura). - Al pie de la letra. (Zénobie se encoge de hombros.) PADRE. - Zénobie, deberías hacer tus deberes. (Sale al palier, se lo ve escudriñar la puerta del departamento de enfrente. Vuelve a entrar mientras Zénobie arrastra los pies distraídamente.) El vecino tiene el aspecto de un hombre comme il faut.

MADRE. - ¿Lo has visto?

PADRE. - No, he visto su tarjeta1 .

MADRE. - La tarjeta no es el territorio. Me lo has repetido bastante seguido.

PADRE. - Es consejero.

MADRE. - Eso puede ser útil.

(Entra Cruche.)

CRUCHE. - ¿Qué hago para el almuerzo?

ZÉNOBIE. - ¿Para el almuerzo o para nosotros?

CRUCHE. - ¿Qué cocino?

MADRE. - Se podría comer frío.

ZÉNOBIE. - ¿Comer quiénes?

PADRE. - ¿Comer qué?

CRUCHE. - ¿Ternera, guiso, rábano, sémola, rodaballo, zanahorias o croquetas? O si no, ¿anguila, salame, carne mechada, cabeza de puerco a la vinagreta o mejillones?

MADRE. - En principio, ¿qué es lo que queda?

CRUCHE. - Fideos.

1 Corte significa tanto "tarjeta personal" como "mapa". De este modo, puede verse el juego de palabras que introduce la madre. (N. Del T.)

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PADRE. - No quiero fideos. De todas formas, después de una noche como la de anoche...

MADRE. - Haga fideos, si no hay otra cosa.

CRUCHE. - No vale la pena hacerlos porque ya hay.

MADRE. - Entonces, cocínelos.

CRUCHE. - Bien.

(Cruche sale por el lado de la cocina.)

PADRE. - Me pregunto qué tipo de consejos puede dar.

MADRE. - ¿Quién?

(La madre va a golpear al schmürz. El padre se deja caer en el sillón y enciende su pipa.)

PADRE. - El vecino.

MADRE. - ¡Ah! El consejero.

ZÉNOBIE. - Mamá, ¿puedo encender la radio?

MADRE (al padre). - ¿Puede encender la radio?

PADRE. - La radio... (Se rasca la cabeza.) ¿Dónde está? Yo la había embalado con la frazada a cuadros. ¿Tú la has tomado?

MADRE. - No... Yo tenía la valija negra vieja, el bolso de ropa blanca y las provisiones.

PADRE. - Yo tenía la cesta de mimbre, la caja de herramientas, las tablas... (Llama.)

¡Cruche! ¡Cruche!

(Entra Cruche.)

MADRE. - No encontramos la radio. ¿Usted qué traía cuando llegamos?

CRUCHE. - La lámpara grande, la vajilla, el cuadro del primo, la maleta de hierro, el botellero, la fresquera, la caja de zapatos, la aspiradora y mis cosas...

PADRE. - Y, naturalmente, se olvidó la manta amarilla.

CRUCHE. - Nadie me dijo que la trajera.

(Cruche va a pegarle al schmürz. La madre mueve la cabeza.)

PADRE. - Y bien... Nos arreglaremos sin la radio.

MADRE. - De todas formas, nunca la escuchamos. (Zénobie sale.) La pequeña se enojó.

PADRE. - ¿Por qué?

MADRE. - No sé.

(Un silencio.)

PADRE. - Iré a visitar al vecino.

MADRE. - De acuerdo, ve, eso te mantendrá ocupado.

(La madre retoma su labor mientras el padre abre la puerta y la deja abierta. Se lo ve golpear la puerta de enfrente, ésta se abre. Entra y la puerta vuelve a cerrarse. Silencio.

Zénobie vuelve a entrar.)

ZÉNOBIE (amenazante). - Y ahora, ¿qué va a pasar?

MADRE (cosiendo). - Tu padre se ocupa de eso.

ZÉNOBIE. - Va a ser como antes, sólo que un poco peor. Vamos a vivir un poco peor, haremos los mismos gestos, un poco menos vivos, con menos cuidado en los trabajos. Las noches pasarán, los días serán parecidos a las noches y, de repente, escucharemos el ruido, subiremos la escalera, olvidaremos algo... Y no habrá más que un solo cuarto..., donde ya habrá alguien.

MADRE (afectuosa). - Cállate, mi pequeña, estás delirando.

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ZÉNOBIE. - Pero yo, en esta historia, ¿qué vengo a ser?

MADRE. - Te digo que tu padre se ocupa de eso. Hay cantidad de soluciones posibles.

ZÉNOBIE. - Entonces, ¿reconoces que es un problema?

MADRE. - Zénobie, me irritas. Los niños sólo les plantean problemas a sus padres en la medida en que estos últimos los reconozcan como tales.

ZÉNOBIE. - ¿Reconozcan qué? ¿Los niños o los problemas?

MADRE. - Gracias a Dios no tenemos ningún problema. (Se levanta y acribilla salvajemente al schmürz con tijeretazos.) No veo qué puede atormentarte.

(El padre regresa acompañado por el vecino.)

PADRE. - Le voy a presentar a mi pequeña familia: Anna, mi mujer...; Zénobie, mi hija.

EL VECINO. - ¡Señora!

PADRE. - Señor Garet...

ZÉNOBIE. - Lo conocemos desde hace tiempo. (Silencio.) Ya vivía enfrente de nosotros cuando yo tenía mi pieza con mis discos.

PADRE (se aclara la voz). - Hum... eh... Bien, no tengo necesidad de mostrarle el departamento, ya que el suyo es idéntico.

ZÉNOBIE. - Y luego, cuando subimos un piso, era también él, quien vivía en el mismo pasillo.

PADRE (habla fuerte). - Este aparador, usted lo ve, no tiene nada que envidiarle al suyo...

(El vecino mira al schmürz.)

EL VECINO (a media voz). - Es completamente igual al nuestro.

PADRE (mismo tono). - ¿No es cierto? Yo creo que todos se parecen.

(El vecino le da una patada al schmürz.)

ZÉNOBIE. - Y luego, cuando subimos otro piso, él hizo lo mismo que nosotros.

EL VECINO. - ¡Esta niña tiene una memoria!

PADRE (halagado). - ¿Qué me dice?

EL VECINO. - Sí, los niños son asombrosos en estos tiempos.

PADRE (intrigado). - ¿Qué entiende por eso?

EL VECINO. - Y bien... En otro tiempo... no sé... eran bastante diferentes.

MADRE (convencida). - Usted tiene mucha razón.

ZÉNOBIE. - En otro tiempo, ¿eran diferentes de qué? Eran ustedes los niños en otro tiempo. ¿Entonces? ¿Cómo quieren comparar?

EL VECINO (al padre). - Tiene una hija que piensa mucho, es evidente.

PADRE (se lanza en una explicación). - Tienes que comprender, Zénobie, que una comparación puede tener lugar en el tiempo.

ZÉNOBIE. - Pero, entonces, ¿quién compara en este momento? Tú no puedes comparar ahora, con tu mentalidad idiota, al niño que eras en ese entonces con la muchacha que soy en este momento.

PADRE. - Zénobie, estás yendo demasiado lejos.

EL VECINO. - Sin embargo, su hija ha dado en el blanco. Es el problema del observador imparcial.

ZÉNOBIE. - Eso no existe.

EL VECINO (se instala). - Me encantaría conocer su punto de vista.

ZÉNOBIE. - Si observa, ya no es imparcial; tiene un deseo, el de observar. O bien, observa distraídamente, y ya no es un buen observador.

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PADRE. - Él puede... eeeh... puede ser imparcial por construcción.

(El padre va a pegarle al schmürz y vuelve.)

ZÉNOBIE. - ¿Y quién lo habría construido?

EL VECINO. - Su educación puede ser tal que esté dotado de imparcialidad.

ZÉNOBIE. - ¿Qué educación? ¿La que le dieron sus padres? (Resopla despreciativa.)

¿Y quién juzgará si recibió una educación imparcial? ¿Acaso sus padres parciales, no objetivos? ¿O quizás sus padres parciales, incompletos?

PADRE (estalla). - Es insoportable. ¿Vas a callarte de una vez?

ZÉNOBIE (muy calmada). - Me callo.

(Zénobie se calla. Silencio. El vecino tamborilea sobre sus rodillas. La madre va a golpear al schmürz, que se pega vendas adhesivas. Ella le arranca una y se la despega de los dedos con dificultad.)

EL VECINO. - Su hija es encantadora.

PADRE (aliviado). - A eso quería llegar, es exactamente por ahí que usted debería haber comenzado. Eso me facilita las cosas. Prosigo. (Mundano.) Su hijo, al que entreví al pasar, me dio la sensación de ser un joven bien constituido.

ZÉNOBIE. - ¿Vas a volver con esta historia de querer hacerme jugar con su hijo? Ya no tengo edad para eso.

PADRE (duro). - ¡Suficiente! (Al vecino.) Debe de ser difícil de manejar, el animalejo.

¡Ja! ¡Ja!

EL VECINO. - Es que va para sus dieciocho años...

ZÉNOBIE. - ¿Cómo va? ¿A pie, a caballo o en patines a rueditas?

MADRE (al vecino). - Debería traerlo, sería una fiesta para la pequeña.

ZÉNOBIE. - Si Xavier tiene ganas de verme, no necesita que su padre lo traiga.

(Cada vez que Zénobie habla, nadie la escucha.)

EL VECINO. - Bueno, les agradezco esta amable invitación, Xavier estará encantado de conocer a una compañera como Zénobie.

PADRE (a la madre). - Y ahora, ¿qué tengo que decir?

MADRE. - Espera... Ella ya no es tan joven como la última vez. Yo creo que hace falta...

(La madre murmura algo al oído del padre. El vecino se levanta y retuerce con maldad uno de los brazos del schmürz. Vuelve a sentarse.)

PADRE. - Tienes razón.

MADRE. - La intriga amorosa depende de ello.

PADRE (al vecino). - ¿Cuál es el plan?

EL VECINO. - A SU edad, me parece que...

MADRE (al padre, con un tono apremiante). - Naturalmente, León. El amor...

PADRE. - Bueno. (Se levanta y anuncia:) Profesión de fe.

ZÉNOBIE. - ¡¡¡Uffff!!!

(Zénobie se levanta, pasa por delante de ellos y sale del lado de la cocina.) MADRE (al vecino). - Está bien educada, ¿no?

EL VECINO. - La encuentro encantadora. Mi hijo es un joven afortunado.

PADRE. - ¡Un minuto! (Retoma:) ¿Profesión de fe? (Un tiempo.) Yo no soy uno de esos personajes tiránicos como los que la naturaleza y los libros muestran tan a menudo, a expensas de la cultura mundial y de los progresos de la verdadera civilización.

(El padre se seca la frente.)

MADRE (a media voz). - León, nunca empezaste tan bien.

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(El padre le hace una seña para que se calle y prosigue. El vecino escucha en una pose ventajosa, toma el cenicero y se lo arroja por la cabeza al schmürz.) PADRE. - Por otra parte, si fuese por mí, hace mucho tiempo que los falsos valores habrían desaparecido en beneficio de valores mucho más seguros, como la moral, las ideas en marcha, el avance de las ciencias físicas, la iluminación de las calles y la destrucción de los residuos podridos de una demagogia cada vez más ruinosa, a semejanza... eh... a semejanza de los grandes constructores de otra época, que fundaban sus trabajos sobre el sentido del deber y de la cosa común...

EL VECINO. - ¿No está usted perdiendo un poco el hilo?

MADRE (al vecino). - Sí... Creo que no está yendo al grano.

PADRE (tono natural). - Qué problema, yo tengo la misma impresión que ustedes.

Creo que las palabras me están llevando.

MADRE. - Recuerda que se trata de tu hija y de su hijo.

EL VECINO. - No podría tratarse de otra cosa. Los jóvenes deben ser el centro del interés general.

PADRE. - Voy a intentar retomar. (Declamatorio:) Qué placer ver los nuevos brotes volverse felices alrededor de uno.

(El padre se detiene en seco.)

MADRE. - Continúa, eso se mostraba prometedor...

PADRE. - Es que me quedo corto de adjetivos.

(Entra Cruche.)

CRUCHE. - Esta cocina es desagradable, infecta, sucia, fea, sórdida, nauseabunda, innombrable, repugnante, y así... (Un tiempo, luego furiosa:) Y, sin embargo, allí vuelvo.

(Cruche sale.)

MADRE. - Ahí tienes un ejemplo.

PADRE. - ¡Ah! Es muy fácil encontrar calificativos despreciativos... Pero para los brotes..., anda, inténtalo tú...

MADRE. - Los nuevos brotes reverdecientes.

PADRE. - No, "reverdecientes" es demasiado recargado. A mí, me gustaría evocar el verde suave de los amentos del avellano; o el tinte claro que tiende un poco al tilo y que se oscurece delicadamente en la base de esta frágil superficie vegetal para virar al verde pistacho, ese matiz sutil que te hace subir el corazón a la garganta cuando uno se pasea en primavera por un sendero lleno de mierda.

MADRE. - ¡Oh, León!

PADRE (furioso). - Es cierto, estos cerdos vienen a bajarse el calzón en el mejor lugar.

¿Por qué, por qué?

(Casi grita.)

MADRE. - Cálmate.

PADRE (se calma). - Tienes razón. (Declama:) Qué alegría será para nosotros ver a estas dos jóvenes cabezas tiernamente enlazadas... eh... enlazadas por las orejas...

MADRE. - ¡León! ¡Qué desatinado!

PADRE. - Escucha, dije: estas dos jóvenes cabezas enlazadas... es necesario que se enlacen por algún lado.

MADRE. - Por los brazos...

PADRE. - Una cabeza no tiene brazos.

EL VECINO. - Nada de lo que es abstracto tiene brazos, querida señora. La agricultura, por ejemplo.

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MADRE. - Y la Venus de Milo, ¿es abstracta?

(El padre, distraído y meditabundo, va a golpear al schmürz y vuelve.) PADRE. - Estamos yéndonos de tema. (A la madre.) ¿Le hago el pedido?

MADRE. - No, vas demasiado rápido... Y, además, él debe hacerlo. Es el padre del joven, quien debe pedir la mano de la muchacha.

(Zénobie vuelve a entrar, comiendo un sandwich.)

ZÉNOBIE. - La cocina es inmunda. ¿Todavía siguen haciendo payasadas?

MADRE (al vecino). - Mi hija es muy espontánea. Pero yo soy moderna, y pienso que los jóvenes de hoy deben tener franqueza.

(El schmürz se desploma; el padre lo mira, va a la cocina, trae una jarra y se la vacía sobre la cabeza; el schmürz se incorpora con dificultad; el padre le arroja su pie sobre la cara. Durante todo ese tiempo, la madre continúa hablando.)

MADRE. - Por lo tanto, ya sea yo partida... o partidista... o partidaria, es eso, ya sea partidaria de ser severa con los muy jóvenes, para enseñarles que no todo es miel en la vida.

Ya considere que, una vez franqueada la edad menor, haya que dejar que los blancos esquifes naveguen impulsados por el viento sobre las tibias aguas de la existencia.

ZÉNOBIE. - Teoría, por otra parte, completamente inadecuada.

(Zénobie muerde el sandwich con ganas.)

EL VECINO. - Ella se entenderá de maravillas con Xavier.

(Zénobie, excedida, se sienta sobre una silla, se saca un zapato y se rasca un pie. Se oye vagamente, afuera, el Ruido. En seguida, el padre, la madre y el vecino se incorporan, Cruche entra, el schmürz es el único que no permanece inmóvil, Zénobie deja de rascarse, aterrorizada. El Ruido se interrumpe; todos, salvo el schmürz, parecen aliviados.) MADRE. - Tengo la impresión de que no tendremos tiempo para acostumbrarnos a esta vivienda deliciosa.

CRUCHE. - ¿Me detengo o sigo lavando, frotando, sacando brillo, restregando, cepillando, puliendo, manteniendo, limpiando, rasqueteando, barriendo, encerando, desempolvando, haciendo relucir?

MADRE. - Continúe, continúe, por supuesto.

PADRE. - Estamos aquí desde hace un buen rato. A simple vista, yo diría por... al menos... al menos, una cierta duración.

EL VECINO. - Tengo la misma impresión, pero quizás sería sano que volviera a mi departamento a verificar el libro de cuentas.

PADRE (lo acompaña a la puerta). - Nadie lo corre. (Lo empuja afuera.) Hasta luego.

(Cierra la puerta.) ¡Uf! ¡Qué pelmazo!

MADRE. - Uff... Sabes, creo que la pequeña tiene razón. Su cara me parece conocida.

PADRE (no escucha). - Indudablemente, sólo se está bien en familia.

(El padre busca entre los paquetes y encuentra una fusta. Se quita el saco y comienza a fustigar al schmürz con un salvajismo increíble.)

MADRE. - Es sobre todo el lunar que tiene cerca de su nariz lo que me hace pensar que ya lo he visto. Pero dónde y cuándo.

PADRE (voz natural). - Sí, sus rasgos tienen algo que me resulta familiar.

MADRE. - Corriente.

PADRE. - Banal, incluso.

ZÉNOBIE (sueña). - Cuando tenía mi pieza y mis discos, Xavier tenía la misma pieza que yo del otro lado del patio y cambiábamos discos todo el tiempo. Eso hacía que cada http://biblioteca.d2g.com

uno tuviera el doble de discos. Su padre fue siempre tan idiota. (Mira a su padre y se pone a gritar.) ¡Pero qué le haces! ¡Qué le haces! ¡Déjalo!

PADRE (la mira haciéndose el desentendido). - ¿Cómo va Cruche con los fideos?

MADRE (haciéndose la desentendida). - Es verdad, deberían estar listos.

(Zénobie, harta, sale hacia la cocina. El padre continúa fustigando al schmürz; un instante después, se detiene y, lentamente, se frota las manos haciendo sonar sus articulaciones).

PADRE. - ¿Quieres que desempaque la valija negra? Tenemos tiempo antes de que Cruche ponga la mesa.

MADRE. - Es cierto, querido. ¿Me harías un favor? Creo que los tenedores están en el fondo. No olvides el tabique, al menos.

PADRE. - No, no... Voy a fabricarlo después de que levantemos la mesa. (Se frota las manos y mira a su alrededor.) Ya me siento completamente en casa, aquí.

(El padre besa a la madre. Entran Cruche con un plato humeante y Zénobie, con el pan y una jarra de agua. La madre prepara los platos y los cubiertos.) ZÉNOBIE (que ha visto a sus padres besándose). - No, escuchen, ya no tienen edad...

MADRE. - No hay edad para hacer esto cuando uno se ama.

ZÉNOBIE. - Entonces, soy yo la que no tiene edad para mirar. Me desagrada. Ahora, me desagrada.

(El padre y la madre se sientan y se instalan.)

PADRE. - El amor nunca es ridículo.

ZÉNOBIE. - El amor... puede ser. (Se sienta.) No tengo hambre.

CRUCHE. - Se va a enfriar.

(El padre sirve.)

PADRE. - Mmm... Huele bien...