Los Crímenes por Giulioni - muestra HTML

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GIULIO LEONI

LOS

CRÍMENES

DEL

MOSAICO

Dante Alighieri investiga

Traducción de

Nuria Martínez Deaño

© 2005, Giulio Leoni

© 2005, de la traducción, Nuria Martínez Deaño

© De esta edición: 2005, Santilana Ediciones Generales, S.L.

Torrelaguna, 60. 28043 Madrid

Diseño de cubierta: Eduardo Ruiz

Imagen de cubierta: Dante Alighieri en El Parnaso.

Fresco de Rafael en la Sala de La Signatura (Museos Vaticanos).

Primera edición: abril de 2005

ISBN: 84-96463-01-X

Depósito Legal: M-9904-2005

Impreso en España por Fernández Ciudad S.L. (Madrid)

Printed in Spain

Para Anna

Prólogo

San Juan de Acre,

alba del 28 de mayo de 1291

Un silbido atravesó el aire, como si todas las serpientes del desierto hubieran sacado la cabeza de la arena. El proyectil lanzó un destelo al culminar su parábola,

inmóvil en un cielo que clareaba a la primera luz del alba. Después, tras un instante interminable, retomó su recorrido y se precipitó con gran estruendo contra el torreón

de la puerta. Una descarga de lascas de piedra y ladrilos estaló alrededor, mientras la murala vibraba, sacudida en sus cimientos por el impacto.

El ángulo exterior del torreón, incapaz de soportar el peso de dos plantas, se inclinó lentamente y comenzó a derrumbarse, arrastrando consigo las vigas de los

armazones. Durante unos instantes, los gritos de terror de los hombres, que se precipitaban en el abismo abierto bajo sus pies, se alzaron por encima del estruendo del

derrumbamiento; después, la parte superior del edificio se desmoronó sobre la murala, abriendo una brecha junto a la puerta. Se levantó una inmensa nube de polvo,

ocultando los restos de aquel derrumbe, mientras un segundo proyectil descendía con su maligno silbido desapareciendo en la polvareda.

Ningún estalido acompañó esta vez la legada de la roca, sólo un estrépito aplacado por la montaña de escombros. En el lugar del objetivo no quedaban más que

el vacío y la devastación causados por el primer ataque.

Al otro lado de la puerta, a escasa distancia, uno de los puestos de vigilancia se tambaleaba, como si fuera a desplomarse a su vez.

—Han vuelto a utilizar esa máquina diabólica —dijo uno de los dos hombres que estaban dentro, levantándose fatigosamente del suelo y corriendo a espiar desde

la rendija de la puerta las proporciones del desastre—. La murala no va a aguantar mucho.

El otro había resistido al temblor, aferrándose a la sólida mesa de roble sobre la que intentaba escribir. Con movimientos mecánicos, se sacudió de las ropas los

trozos de cal, mientras su mirada se desviaba hacia la hendidura que se había abierto en la pared. Pero fue sólo un momento de distracción. Enseguida volvió a

concentrarse en los documentos que se disponían ante él. Se frotó los ojos, intentando disipar el cansancio de la noche insomne. Después escribió unas cuantas

palabras más. Cuando alzó de nuevo el rostro, había una sombra de desesperación en su mirada.

—El informe está terminado. Pero es inútil si no lega a sus manos —murmuró—. Estamos perdidos. Todo está perdido, es inútil.

—¡No! —gritó el compañero, agarrándole por los hombros y zarandeándole—. ¡No, no todo está perdido! —De golpe, se paró, como si estuviera arrepentido

de su gesto—. Nosotros sí lo estamos, pero todavía hay esperanza para los demás —continuó, excitado—. Hay un barco, abajo en el puerto. Si los Hospitalarios

consiguen defender el muele una hora más, hasta que suba la marea...

—La suerte no estaba escrita en nuestras estrelas, hermano. Pero puede que tengas razón, desafiemos una vez más al destino —respondió el hombre que se

sentaba a la mesa, señalando una caja reforzada con bisagras de hierro que permanecía abierta en el suelo. Apresuradamente, con la ayuda del compañero, metió su

trabajo dentro de la caja y la cerró con una cinta de cuero.

Sobre la mesa había una larga espada de empuñadura cruciforme dentro de su funda. La tomó e hizo ademán de ceñírsela al costado. Pero después cambió de

idea y se dirigió con rapidez hacia la puerta seguido del otro, que apretaba la caja bajo el brazo.

Nada más salir, fueron embestidos por el furioso estrépito de la lucha. El redoble de tambores acompañaba el asalto de los sarracenos al último baluarte que

seguía en posesión de los cristianos, la fortaleza de Acre. Recorrieron un tramo de la murala, pasando por un estrecho terraplén almenado. Bajo sus ojos, en la

hondonada arenosa, los asaltantes estaban rearmando las dos gigantescas catapultas. Decenas de hombres, fustigados por los eunucos de la guardia personal del sultán,

intentaban empujar las máquinas, altas como torres, hacia una nueva línea de tiro.

El de más edad se detuvo un instante, observando la escena con atención.

—Quieren atacar el puerto. Apresurémonos.

Todo se precipitaba en un caos de gritos, órdenes e imprecaciones. Grupos de extenuados hombres armados se dirigían hacia la brecha, mientras, en sentido

contrario, mujeres y niños, presos del pánico, corrían sin rumbo, encorvados por el peso de hatilos y bártulos, buscando una salvación imposible.

Mientras tanto, después de dejar atrás la parte alta, los dos hombres se adentraron en el laberinto de calejuelas que dividía el centro de la ciudad. Se movían

rápidamente, intentando abrirse paso entre la multitud aterrorizada que se dirigía al embarcadero. Al final de una cuesta vieron el puerto, protegido por un muro que aún

permanecía en pie. Había un barco, como imaginaban: una galera negra, inclinada hacia estribor, con la quila encalada a causa de la marea todavía baja. Sobre la vela

recogida en el palo se veía el rojo de la cruz. En la popa ondeaba un estandarte de color negro, apenas atenuado por el blanco de una calavera. Un movimiento

convulso sacudía el puente. Sobre la cubierta, toda la tripulación armada empujaba a golpe de remo a la masa de prófugos que intentaba desesperadamente subir a

bordo.

Se tiraron los dos al agua y se abrieron paso a la fuerza entre los fugitivos, aplastando y pisando los cuerpos de aquelos que resbalaban en el fondo fangoso.

Avanzaron con esfuerzo hasta alcanzar el flanco de la embarcación, a la altura del mascarón de proa. La punta de una lanza pasó peligrosamente junto a sus cabezas,

entre gritos de amenaza.

—No queremos subir. ¡Pero tomad esto, por el amor de Dios! —gritó el de más edad mientras el joven levantaba la caja por encima de su cabeza, ayudado por

la fuerza de la desesperación.

En una esquina del castilo de proa había un pequeño grupo de prófugos, vestidos con ricos ropajes, que seguían con una mirada incrédula aquela horrenda

escena. Uno de elos reaccionó ante aquela lamada. Abandonó a la mujer que estrechaba entre sus brazos y se acercó a la borda, inclinándose hacia abajo, y

consiguió aferrar la caja de las manos del joven.

—¿Qué es lo que tengo que hacer? —le preguntó.

—Al Templo. Que legue alí —respondió el hombre, señalando el estandarte de la popa.

—¿Qué hay dentro?

Parecía que el noble fuera a añadir algo, pero su voz quedó sofocada por un sonido inesperado. Alzado por una ola, el casco de la galera se movió, produciendo

un sonoro crujido. A continuación volvió al fondo, chirriando de nuevo sus juntas. En aquel momento se repitió el silbido de serpiente, seguido, un instante después, del

fragor de una enorme columna de agua y lodo, muy próxima al flanco. La ola provocada por el impacto sacó nuevamente la quila de la nave del fango y sumergió a

decenas de fugitivos entre espantosos gritos de pánico.

El joven consiguió retroceder, jadeando, con la cabeza fuera del agua. Buscó desesperadamente a su compañero, pero no había ni rastro de él entre los cuerpos

que braceaban a su alrededor.

—¿Qué hay dentro? —volvió a gritar el hombre de la galera. En torno a él, los marineros habían comenzado a hacer palanca con los remos contra el fondo,

empujando la embarcación hacia el lago.

—¡La verdad! —Al joven le dio tiempo a murmurar esas palabras, mientras un tercer silbido cruzaba el aire por encima de su cabeza.