Los Cuadernos de Oranyan - Libro I - Ayana Trinidad por Juan M. Taveras - muestra HTML

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LOS CUADERNOS DE ORANYAN

 

LIBRO PRIMERO

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1.- La Epoca

Cursaban los primeros meses del año 1929 y todavía los ecos faranduleros de "los felices años 20" retumbaban a lo largo y ancho de Estados Unidos, que bajo el embrujo del Jazz, del Charleston, del Blues y de otras novedades musicales de la época, bailaban despreocupados y contribuían a acentuar la locura colectiva que para entonces arropaba a la poderosa nación Norteamericana. Allí, durante mucho tiempo, todo había sido color de rosas, al menos para las clases acomodadas que acumulaban y acumulaban fortunas inmensas mientras millones de negros e inmigrantes pobres se agolpaban en ciudades y barrios cubiertos de miseria donde reinaban la exclusión, la discriminación y la pobreza más denigrantes. Los humillados y ofendidos superaban los dos tercios de la población de aquellos "felices años" y su número crecía sin cesar. Pero, como suele ocurrir en las grandes fiestas, el ruido lo disipaba y encubría todo. Sin embargo, una impensable pesadilla apareció, como fantasma siniestro, aquel fatídico jueves 29 de octubre y derrumbó, como por arte de magia, toda aquella enorme torre ingenuamente construida de hojalatas y sobre arena movediza.

En los años previos al fatal derrumbe, la inmigración masiva hacia el coloso del norte había sido una constante. Pero con el surgimiento del automóvil, de los enseres eléctricos, del perfeccionamiento de la cadena de producción en serie y del mágico impulso dado al consumo con la aparición de las ventas a crédito, la creciente necesidad de mano de obra impulsó una gigantesca ola migratoria que llevó a millones de hombres y mujeres de prácticamente todas las nacionalidades a establecerse en los pujantes Estados Unidos, especialmente en la gran New York, que era ya el mayor centro financiero, comercial e industrial del mundo.

2.- Ayana Trinidad

En el verano de 1929, y como parte de esa gigantesca ola migratoria, desembarcó en la isla de Ellis una ciudadana dominicana de Nombre Ayana Trinidad de solo 18 años de edad. La joven fue sometida, como todo inmigrante, a los tediosos y dilatados trámites que todo extranjero debía cumplir para ingresar a la tierra prometida, viéndose obligada a deambular por más de cinco horas por filas interminables, hasta que al fin, extenuada y sedienta, llegó a un enrejado mostrador, donde fue interrogada por un oficial de migración; cuidadosamente examinada por los médicos del departamento de sanidad pública y finalmente admitida. Luego, fue enviada a otra isla: Manhattan, centro económico y comercial de los pujantes Estados Unidos de América.

A decir verdad, Ayana tuvo suerte. La ayudó mucho su juventud y sobre todo su sin par belleza. Algunos inmigrantes, entre 10 y 15%, eran rechazados por su pasado criminal o por motivos de salud. Unos pocos, cuando veían frustrados sus sueños de ingresar a la tierra prometida, optaban por el suicidio lanzándose a las frías aguas que separan Ellis Island de Manhattan, donde desaparecían sin que jamás volviera a saberse de ellos y sin que a nadie importara el trágico final de tantos infelices que perdían su vida en procura de mejorar su suerte.

Cuando la dominicana bajó del ferris que la transportó al lugar que constituía el primer escalón, según ella suponía, para alcanzar la cumbre imaginaria que le permitiría mirar con desdén su turbulento pasado, las únicas pertenencias que cargaba a cuesta eran un par de viejos vestidos: de algodón uno y de dril el otro; dos aguijonadas enaguas, los apretados zapatos de piel de vaca que traía puestos y algunas prendas íntimas de vestir, tan roídas y en mal estado como sus enaguas. Todo lo que poseía lo traía enrollado en un pequeño macuto de cabuya que perteneció a su madre, ya fallecida. Pero cuando bajó del barco, Ayana Trinidad se terció el viejo y desteñido bolso en su hombro derecho y, sin sonrojo alguno, se dispuso a exhibir su extraña prenda ostentando tal petulancia, como si el viejo bolso de cabuya constituyera la pieza más fina construida por el afamado fabricante Louis Vuitton.

Altiva y bella, la provocativa mulata caminó rumbo norte por State Street hasta la esquina de Bridge Street, lugar donde había convenido encontrarse con su prima. Ayana llevaba siempre los cabellos trenzados, y si bien su nariz, ligeramente chata, delataba sus orígenes africanos, su boca, construida con unos hermosos labios carnosos y adornados por una dentadura blanca como el armiño, se combinaban con su piel quemada color miel y con sus ojos verdes, vivaces y encantadores, para hacer de la dominicana una mujer extremadamente bella y sensual. La distinguía una seña particular: un pequeño lazo perfectamente tejido por la caprichosa naturaleza que bajaba desde debajo de su oreja derecha hasta perderse en sus espaldas en dirección a su espina dorsal, seña particular que convertía a la hermosa dominicana en una figura inconfundible. Su mirada, sin embargo, se percibía triste, cansada y reflejaba profundos sentimientos de un corazón herido cuyas cicatrices no habían sanado todavía. Por momento, cuando algún recuerdo furtivo la asaltaba, perdía el control de sus emociones. Entonces sus bellos ojos se humedecían; un calor intenso arropaba su ser y una amarga sequedad quemaba su garganta. Le era difícil sacar de su mente aquel amor prohibido por el que tanto había sufrido y por el cual había tenido que abandonarlo todo, incluso al Cayo Levantado, un terruño enclavado en la codiciada Bahía de su amada Samaná. Y ahora, en la soledad de la espera de alguien que no conocía y a quien nunca había visto ni aun en fotografía, la traicionaba la nostalgia y algunas lágrimas asomadas lograban desprenderse de sus bellos ojos y rodar cuesta abajo, como perlas descarriadas que, locas de emoción, escapan de su mágica prisión en procura de acariciar aquel bello rostro de alabastro y miel.

Eran Pasadas las 5:00 de la tarde cuando Ayana llegó a la esquina formada por las calles State y Bridges del bajo Manhattan. Miró y buscó en toda dirección pero no vio a nadie que se le pareciera a la persona que su abuelo le había descrito y que ella imaginaba. Las primas nunca se habían visto y la única referencia que Erika tenía sobre Ayana se encontraba en una carta que el abuelo de ambas le había enviado varios meses atrás, pero que Erika la había recibido hacía solo un par de días.

El hambre y la sed consumían a la bella inmigrante, pero resistió la tentación de comprar alimento debido a que su capital líquido era de apenas seis dólares y había planeado utilizarlos, en caso de que su prima no apareciera, para pagar el transporte hasta la 131 Street de Harlem, que era la dirección contenida en la carta que traía para su prima.

Era aquel un hermoso día del verano de 1929. El sol brillaba potente en el horizonte. Pasaban ya de las seis y el ansiado encuentro aún no se producía. La desesperación empezaba a enturbiar la mente de Ayana cuando escuchó una cálida voz gritar a sus espaldas en un arrastrado español:

– ¡Aiianna! ¿Eres tu Aiianna?

–Y tu Erika, supongo, aunque te imaginaba más joven.

–Sí, si… Soy Erika. Las apariencias me traicionan ¡tal vez! Pero soy bastante joven aun. Tengo apenas 33 años, aunque reconozco que el sufrimiento me ha maltratado y envejecido a destiempo. Pero vaya, nada de eso importa ahora. Después te pondré al tanto del triste calvario de mi vida. Lo que importa ahora querida prima es que estamos juntas. ¡Al fin nos encontramos!

Y agregó sin contenerse y con intensa emoción reflejada en su rostro:

–¡!Guau! ¡Vaya que eres hermosa Ayana! ¡Lo eres mucho más de lo que me habían informado! Me fue fácil reconocerte por la marca que llevas en el cuello. Mi abuelo me la había descrito perfectamente.

Se abrazaron. Se encaminaron hasta la parada de Fulton Street. Tomaron el tren y subieron hasta la parada de la calle 138. Se desmontaron justo en el lugar para entonces conocido como el Hoyo de Harlem. De allí caminaron hasta un viejo, feo y destartalado edificio en block ubicado en Lenox Av., entre las 131 y 132 Street, que era el lugar donde Erika vivía en un reducido apartamento donde hasta respirar resultaba tedioso. Bastó, a la recién llegada, contemplar la fachada del edificio y el sucio entorno donde había llegado, para comprender que su prima era desesperadamente pobre; casi indigente. Y que la vida que allí le esperaba no sería ni remotamente parecida a la que ella había imaginado. Comprendió que la cumbre tapizada en flores y dichas infinitas que su joven mente soñadora había construido y desde la cual miraría con desdén su azaroso pasado, se derrumbaba de repente. Y ahora, al ver de cerca el rostro amargo de la realidad, estuvo a punto de estallar en llanto. Pero logró contenerse, mientras presentía, con expresión de vacía perplejidad en su bello rostro, que sus días aquí serían infinitamente más duros de lo que jamás había esperado. –Confiaré mis pasos a la fortuna– dijo para si Ayana y siguió adelante.

3.- El Harlem de Erika Turner

La historia de Harlem es fascinante. Empezó a formarse a principios del siglo XX cuando diversas comunidades negras que habían sido desalojadas de otros lugares de la gran ciudad, se establecieron sobre la calle 110 hacia el norte de Manhattan. Luego llegaron los puertorriqueños, al tiempo que la comunidad blanca abandonaba la bulliciosa zona. Sin embargo, a partir de 1920, una pléyade de artistas, músicos e intelectuales negros venidos prácticamente desde todo el basto país del norte, se instaló en Harlem y provocó un mágico renacimiento del entonces decadente barrio neoyorkino. A partir de entonces, la alta sociedad afroamericana tuvo un inusitado crecimiento. De la noche a la mañana Muchos negros se enriquecieron y se instalaron en el exclusivo Sugar Hill, practicando así una sutil discriminación contra sus hermanos de raza menos favorecidos por la fortuna.

Erika, la prima de Ayana, nació, creció y vivió toda su vida en Harlem. Era hija de un inmigrante que formó porte de los más de 5,000 dominicanos que ingresaron a New York a través de Ellis Islam, en 1892. Erika, pues, constituía un testigo vivo del nacimiento, desarrollo y decadencia de Harlem. Era 15 años mayor que Ayana, y antes de que el destino se enseñara contra ella y su familia, era una mujer hermosa y muy atractiva. Pero la vida había sido tan cruel con ella, que la pobre mujer aparentaba mucho más edad de la que realmente tenia. Y esa situación, aumentaba el veneno que contaminaba su sangre y que había hecho de su desgraciada vida una carga insoportable. Era alta y delgada como una espátula y lucia ligeramente encorvada desde finales de 1924 cuando, acosada por la miseria, se quedó sin calefacción en medio de uno de los inviernos más severos ocurridos en la década de los 20. Desde entonces sufrió una artritis crónica que nunca la abandonó. Para cuando su prima llegó, Erika estaba pasando por uno de los momentos más doloroso y triste de su corta existencia. Pero aún era hermosa y su rostro quemado, aunque algo ajado por el sufrimiento, provocaba en los hombres que la miraban una pasión morbosa.

Las precariedades que se erguían como columnas de fuego ante la vida de Erika y su familia, retrataban de cuerpo entero el estado de miseria y desigualdad que escondía, detrás de las apariencias, aquella sociedad excluyente donde el 80% de la población podía oler y percibir la riqueza, pero no disfrutarla. La opulencia que para la época exhibía aquel mundo de desigualdades irritantes fueron, como las pirámides de Egipto y la magnificencia del imperio romano, la obra de esclavos y trabajadores explotados a quienes se les negó el derecho de recibir el equivalente de sus esfuerzos. Y, a decir verdad, era esa la situación de la inmensa mayoría de los trabajadores de todo el mundo de entonces. Pero la situación de los negros de Harlem, la de Erika Turner, la de los afroamericanos en general, acosados, además, por la discriminación y la exclusión social, era mil veces peor y más perversa, porque el sistema imperante en USA actuaba como cabeza de medusa y provocaba un deterioro oculto y progresivo de la indigencia económica de la maltratada comunidad negra, provocando la formación de un diabólico yugo que se apretaba con el paso de los días, a causa de la insoportable opresión racial, que asfixiaba a esa clase marginada.

En su desesperación e impotencia la golpeada raza negra suspiró por cientos de años y añoró con pasión el surgimiento de un nuevo mesías que los redimiera de sus eternas cuitas y miserias. Y mientras, cobijaban sus tristes guaridas con singulares cantos, que más bien parecían odas cantadas a los muertos, en la esperanza de que sus gritos alcanzaran las recónditas moradas del misterio y sus quejas tocaran los sordos oídos de los dioses o que al menos sus odas tristes sensibilizaran el petrificado corazón de los hombres. Se esforzaban por revelar las crudas injusticias a que estaban sometidos. Pero nadie les prestaba atención. Aquel mundo parecía habitado por piedras.

El silencio de los hombres frente al clamor de millones de seres injustamente sacrificados por el color de su piel, constituyó para los negros prueba concluyente del demoniaco fondo de la naturaleza humana. Fue entonces, cuando los negros optaron por cobijarse bajo el pinchado paragua de la religión en procura de la justicia que los hombres le negaban.

Habían transcurrido más de 60 años de la supresión legal de la esclavitud, y Norteamérica continuaba practicando, contra ellos, contra todos los afroamericanos, un modelo de exclusión social más hiriente y malvado que la propia esclavitud. Lo cierto es que el antiguo esclavo sabía a qué atenerse. No tenía derechos y no los reclamaba. Pero declarada la emancipación, los negros creyeron en sus derechos constitucionales. Creyeron que en Norteamérica, ciertamente se aceptarían y practicarían los sagrados principios de Liberté, Igualité y fraternité enarbolados por la revolución francesa. Pero la realidad de la tan alabada democracia en américa, propagada con ensordecedores tambores por Alexis de Tocqueville en 1835, solo constituía una caricatura de pésimo gusto que encubría el mal trato y el hecho cierto de que los negros eran explotados como bestias del campo.

En esas condiciones, a nadie debería sorprender la acción desesperada emprendida por el legendario Nathaniel Turner, un hombre negro, que tras haber nacido en la esclavitud y tras haberla experimentado toda su vida, terminó un día por alzarse en armas y ejecutar la más sangrienta venganza contra sus amos blancos.

Para antes del inicio de la gran depresión de 1929, era un hecho cierto el que en el Harlem de Erika Turner, a más de 60 años de la emancipación legal de los negros, la amargura latía en el corazón y la mente de la raza mil veces vilipendiada, humillada y ofendida. Y sin opciones a manos, se integraron masivamente a la religión. Y bajo esta venda, hábilmente encubierta con la existencia, manzana tras manzanas, de iglesias de todos los credos, metidas entre las paredes del vecindario de Harlem, como cañones en las murallas de una fortaleza medieval, los negros encontraron una furtiva respuesta a su secular desgracia. Sin embargo detrás de las murallas supuestamente conquistadas por la religión, se ocultaba un profundo y latente odio racial que fue percibido con tristeza por la juvenil Ayana Trinidad, que provenía de un país antillano, donde la discriminación racial y el odio entre negros y blancos, eran prácticamente inexistentes.

Ayana observó de inmediato que Erika era, sin duda alguna, una víctima del mal trato, de la discriminación y de la opresión racial que se practicaba abiertamente en aquellos impúdicos Estados Unidos de América. Desprotegida por aquella sociedad excluyente, como todos los de piel del color de la noche, Erika Turner también buscó consuelo en la religión que florecía, como verdolaga, en cada esquina de Harlem a causa de la impotencia de los negros frente al creciente poder de los blancos barbaros.

Y de aquella callada confrontación, de aquel peligroso volcán que latía en el corazón y la mente de los descendientes de Kunta Kinte, Nat Turner y otros valeros exponentes de la raza ofendida, surgió la iglesia africana ortodoxa, fundada por Marcus Garvey en 1921, y en cuyo seno los negros encuentran al fin una excitante alternativa religiosa que les permite oponerse abiertamente a los postulados tradicionales de los dominadores blancos.

La Iglesia Pentecostal de Harlem o Iglesia Africana Ortodoxa, nació, pues, con fuerza y despertó gran devoción entres sus feligreses, negros casi todos. Y fue en aquella nueva antorcha de esperanza donde Erika conoció a James Turner, jamaiquino igual que Harvey, quien era joven entonces, y un hombre tan apuesto que antes de que transcurriera un mes, Erika y muchas de las jóvenes que visitaban cada domingo la nueva y pujante Iglesia Pentecostal de Harlem, ya no sabían si era su interés religioso o la atracción que sentían por el jamaiquino lo que las impulsaba a llegar de primera a los encendidos encuentros que se celebraban en la naciente y pujante iglesia.

Cuatro meses después, James y Erika se casaron y se fueron a vivir al pequeño apartamento que el padre de la novia poseía en Harlem. Era un lugar pequeño con apenas dos dormitorios. El padre de Erika era su propietario gracias a un extraño obsequio de despedida que el Doctor Herman Collyer le había hecho en compensación por sus años de servicio honrado.

El hecho es que el padre de Erika había trabajado al servicio del Dr. Collyer desde que éste se mudara a Harlem a finales de 1909. En ese año, los Collyer compraron un edificio, un "brownstone" de cuatro plantas en un Harlem que era entonces un barrio blanco en el que se estaban instalando algunas de las familias más adineradas de Nueva

York. Pero luego, en un abrir y cerrar de ojos, Harlem se convirtió en un barrio negro de clase baja. Y entonces, la mayoría de las familias blancas que habían llegado con los Collyer se marcharon. El propio Dr. Collyer se marchó en 1919 y fue entonces cuando donó al padre de Erika el pequeño apartamento que utilizaba, según las malas leguas, para practicar extraños ritos satánicos, para cuyos fines el pequeño apartamento le era suficiente.

El viejo se marchó, pero los hijos, los hermanos Collyer, se quedaron en Harlem. Y enterados de que su padre había donado el apartamento que poseía en la 131 Street, le pidieron permiso al viejo para retirar los objetos exóticos y de alta calidad conque su padre había amueblado el pequeño lugar. El Dr. Collyer consintió y los dos hermanos llevaron todos los objetos rescatados, como era su costumbre, a la brownstone que poseían en la 141 Street de Harlem. Sin embargo, a medida que la delincuencia y el vandalismo se adueñaban de Harlem, más se apartaban los hermanos Collyer del mundo que los rodeaba, más se recluían en su "brownstone" y almacenaban y almacenaban allí todo cuanto caía en sus manos dando inicio a una costumbre que, al morir los dos hermanos, les ganaría el sobre nombre de los Ermitaños de Harlem. Tal era su pasión por guardar objetos extraños que al morir ambos, las autoridades encontraron los cuatros pisos de la "brownstone" repletos de artículos valiosos, pero también de basuras y chucherías absurdas.

4.-James Turner

Desde antes del casamiento, James repetía con extraña pasión una letanía que terminó por hacerse familiar a los oídos de Erika: "Por mis venas corre sangre rebelde" decía a cada instante y sin motivo aparente. Y meses después del matrimonio, repetiría a cada instante el mismo estribillo especialmente cuando observaba, visiblemente excitado, el crecimiento del fervor religioso en torno a la nueva iglesia africana. Pero James observaba también, no sin cierta preocupación, que ese vertiginoso crecimiento no era por temor a Dios ni mucho menos por amor al prójimo, sino porque los negros, impotentes frente a sus opresores, se integraban, se sumaban, se agarraban a cualquier cosa, a cualquier yagua vieja que les ofreciera, abierta o solapadamente, el más leve resquicio de esperanza para combatir la asfixiante opresión que los ahogaba.

Producto de su observación, James terminó por convencerse de que no fue ningún llamamiento divino, como el que hizo Ala a Mahoma, ni fervor religioso ni ningún temor a Dios, lo que había motivado a Marcus Garvey a fundar la iglesia africana ortodoxa, sino el deseo ardiente de combatir a los blancos. De ahí James dedujo que los extraordinarios éxitos alcanzados por la iglesia de Garvey en tan corto tiempo, se debieron más a la excitante alternativa de oponerse a los postulados tradicionales de los dominadores blancos que al contenido propiamente religioso postulado por la nueva iglesia protestante. Comprendió entonces porqué Erika, su familia y decenas de miles de negros hambrientos de reivindicaciones, abrazaron de inmediato y con inusitado fanatismo las ideas de Marcus Garvey. Lo que estaba ocurriendo con la iglesia fundada por Garvey enseño a James una lección que no pensaba olvidar.

Más tarde, después del matrimonio, James sorprendía a muchos con la repetición de su consabido estribillo: "Por mis venas corre sangre rebelde". Tal vez lo único que James perseguía era llamar la atención de los demás sobre su disposición a lanzarse a la lucha, a cualquier lucha contra la tan odiada opresión blanca. Sin embargo, Erika nunca pareció prestarle suficiente atención a su marido. Y esa manifiesta indiferencia molestaba profundamente a James que era un hombre resentido, impredecible y amargado a causa de la cruel historia de su raza y muy especialmente a la historia de su propia familia.

El flamante esposo de Erika, jamás encontró justificación para que los negros fueran tan vilipendiados y tan cruelmente maltratados por el solo color de su piel. Y ese cuestionamiento no era nuevo, ni se debía a la aparición de la nueva iglesia africana. De hecho, el cuestionamiento lo había acompañado siempre. Lo llevaba colgado en su mente como un talismán que siempre lo había acompañado desde que siendo muy pequeño aun, escuchaba a su padre contar las maldades y sufrimientos a que los blancos opresores habían sometido a algunos de sus parientes. Y esas historias, a veces fantasiosas, a veces verdaderas, terminaron por envenenar la mente del pequeño James que cargó siempre con ese estigma, con esas ansias de venganza, como un fardo maldito que con frecuencia lo inducia a cometer los errores que a la larga desgraciaron su vida.

Cuando fue hombre, James vivía mayormente concentrado en el asunto de la penosa situación de su raza. Reflexionaba y reflexionaba sobre el tema, y mientras más pensaba en el asunto, más difícil le resultaba encontrar un punto de justificación que le permitiera entender o de alguna forma justificar la discriminación racial, ni mucho menos lograba encontrar nada que pudiera dar fundamento lógico a la supuesta superioridad de la raza blanca. Le era imposible discernir en cuáles derechos se apoyaban los blancos para imponerse sobre los negros. "Nunca entenderé a estos hijos de perra" se decía, gruñendo dentro de sí como un perro apaleado.

James se preguntaba y preguntaba a todos con rabiosa insistencia, si era justo que la sociedad tratase así a una parte importante de la especie humana solo basándose en el color de la piel. Sin encontrar respuestas satisfactorias, James terminó por juzgar a la sociedad, y la odió y condonó con saña malévola. "Si pudiera destruir todo lo creado

por Dios y por los hombres, lo destruiría para vengarme del uno y de los otros" Así de honda era la herida que sangraba en el corazón de James. Era tal su confusión, que arribó a la trágica conclusión de que el pecado de los negros era similar al pecado original: –Nosotros los negros, –decía cuántas veces tenia ocasión– nacemos culpables por el solo hecho de tener obscura la piel. Y por ello, por un pecado que no hemos cometido, somos cruel e injustamente castigados por Dios y por los hombres.

Cuanto más profundizaba más crecía su asombro al contemplar el peso negativo de la segregación en los impuestos, en la industria, en los empleos, en los viajes, en las residencias, en los tribunales de justicia, en los códigos penales, en las escuelas, en la presunción de los delitos, en los interrogatorios y hasta en la posibilidad de acceder a sitios públicos, que eran descaradamente reservados para los blancos.

James sentía una especial repulsa por el sistema educativo porque en las escuelas se inculcaba en los niños negros la supuesta superioridad de la raza blanca. Odiaba, con toda su alma, la interesada constancia de los medios de comunicación en destacar la rivalidad racial y odiaba con mayor profundidad el afán de producir y exhibir películas donde se mostraba a los negros como si fueran caníbales o salvajes, en el menor de los casos. De sus razonamientos nacía su odio contra toda la sociedad y muy especialmente contra la raza blanca.

Cuando ingresó a Estados Unidos, James no era religioso y apenas si creía en Dios. Pero se introdujo de lleno a la religión, no para practicar el bien, sino porque había arribado a la conclusión de que pertenecer a una iglesia o a cualquier asociación de personas que tuvieran algún fin común, fortalecería su odio contra la humanidad. Y asumió que su odio y sed de venganza se fortalecerían, se volverían más radicales, efectivos y dañinos, si pertenecía a un grupo organizado de personas. Estaba convencido de que, en ciertos casos, la asociación y la participación pueden servir de auxiliares al mal. Con esas ideas a cuesta, su alma se elevó y decayó al mismo tiempo. Su naturaleza, pues, a causa de sus ideas era, no solo fanática, sino hasta cierto punto malvada. Y en su singular situación, sus sentimientos lo empujaban a una venganza ciega contra toda la humanidad y muy especialmente contra los blancos barbaros.

No hay forma de negar que gran parte de los sentimientos adversos que afectaban a James Turner, estuvieran plenamente justificados. Pero un hombre cargado de sentimientos negativos, de odio y sed de venganza contra todos, será siempre un hombre entregado al mal sin contemplaciones y caminará todo el tiempo en la obscuridad. Con su alma enferma de odio, James practicó sus ideas frente a Erika y su familia, e incluso frente a sus propios hijos, a los cuales abandonó, con o sin razón, cuando más lo necesitaban.

Erika nunca entendió a su marido. Creía que era un hombre bueno pero lastrado por un destino maldito. ¿Puede acaso el destino modificar completamente al hombre y hacerlo malo porque es malo su destino? ¿Puede la naturaleza humana, el hombre, "bueno por naturaleza", transformarse a causa de sus circunstancias? El caso de James y Erika, donde ciertos acontecimientos desgraciados los arrastraron al borde del abismo, nos obliga a profundas reflexiones sobre el accionar del hombre frente a sus circunstancias.

Erika, durante los tres años escasos que pasó junto a su marido, era raro el día en que no escuchara el consabido y eterno estribillo: "Por mis venas corre sangre rebelde" Pero Erika se limitaba a mirarlo fríamente a los ojos y a mover ligeramente la cabeza en signo de tibia aprobación. De hecho, ella se mantenía ajena y seguía sin prestar suficiente atención al afán de su marido por resaltar la pretendida grandeza de sus ancestros. Sin embargo, lo cierto es que había mucho de cierto en las historietas familiares de James. Su bisabuelo, hijo de un negro nacido en la plantación de Southampton, Virginia, había sido vendido a Benjamín Turner en 1822 y nueve años más tarde, ese mismo esclavo, se vería envuelto en la rebelión de esclavos que encabezó el legendario apóstol negro Nat Turner, en la que murieron más de 50 blancos. La rebelión fracasó como era de esperarse. Y, en represaría, los blancos, desataron una sanguinaria respuesta que costó la vida a más de 250 negros, de entre ellos la del bisabuelo de James que fue ahorcado y luego cruelmente mutilado como escarmiento.

Era también enteramente cierto que el legendario bisabuelo de James era hombre libre antes de ser nuevamente vendido como esclavo a la plantación propiedad de Benjamín Turner. Y ocurrió en 1822 cuando fue descubierta y abortada la gran conspiración montada por Denmark Vesey en Charleston, Carolina del Sur, quien deseaba liberar a los afroamericanos del yugo blanco. Este Denmark Vesey, sin duda uno de los grandes apóstoles de la lucha por la liberación de los esclavos afroamericanos, nació en el caribe antillano, no se sabe si en Santo Domingo, St. Thomas o Haití. Solo se sabe que fue vendido a un comerciante de esclavos de Charleston, Carolina del Sur y que en el año 1800 Vesey logró comprar su libertad. Y que, años más tarde, Vesey instaló, en la misma ciudad donde había sido esclavo, un negocio de carpintería que prosperó rápidamente y le permitió ganar bastante dinero. Vesey, sin embargo, no tenía mayor interés en el dinero. Tenía planes más elevados en su cabeza. Enérgico y decidido como era, y siempre guiado por un recóndito espíritu de grandeza, el apóstol negro usó parte de su dinero para establecer en Charleston la primera iglesia pentecostal africana. Su objetivo no era religioso. "Dios no necesita ayuda, quienes necesitan ayuda son los negros", solía decir a sus seguidores.

Lo que Vesey procuraba era una tribuna desde donde elevar su voz contra la opresión de su esclavizada raza. Y al fin, con su iglesia, tenía lo que necesitaba y desde allí, empezó a difundir tan conmovedores y atrevidos discursos contra la esclavitud y el maltrato cruel a que su raza era sometida, que las autoridades blancas ordenaron el cierre de su iglesia en procura de acallar sus enérgicas protestas. Lograba reabrirla y, en más de una ocasión, se la cerraban nuevamente. Y desde su tribuna su voz se alzaba como centella acusadora contra la esclavitud y su secuela de injusticias y maldades.

Para la época en que Vesey libraba tan ejemplarizadora lucha contra la esclavitud de su raza, los haitianos, inspirados en las acciones emprendidas por los esclavos, conquistaron su libertad, crearon una nación libre e independiente y suprimieron para siempre la esclavitud. Vesey se inspiró en la épica acción de los esclavos haitianos y la usó como estandarte para ganar el apoyo organizado de unos 9,000 esclavos de todas las plantaciones de carolina del sur. El apóstol negro uso su propia casa para sus actividades conspirativas y allí almacenó centenares de armas con el fin de promover una gran insurrección armada que terminara con la esclavitud de su raza.

Con el plan conspirativo en marcha fijó fecha para el levantamiento. Pero a pocas horas del momento escogido algunos esclavos temerosos denunciaron los planes emancipadores, dando al traste con la tan largamente acariciada utopía reivindicadora del valeroso apóstol antillano. Traicionado por los suyos, Vesey, como Jesús de Nazareno, fue apresado y sentenciado a muerte conjuntamente con 35 de sus más fieles seguidores.

Otros 35 activistas de la conjura, la mayoría esclavos y algunos negros libres que habían abrazado la causa de Vesey fueron nuevamente vendidos como esclavos, entre ellos, el bisabuelo de James que fue comprado por Benjamín Turner y asignado a la plantación Southampton, en Virginia, donde, nueve años más tarde, tendría lugar un nuevo y sangriento levantamiento, esta vez encabezado por Nat Turner, en el que perdieron la vida más 250 negros, incluido el bisabuelo de James.

Para entonces, año 1831, el hijo del esclavo ahorcado y luego mutilado, es decir, el abuelo de James, tenía 5 años de edad y fue testigo presencial de aquel horrendo acontecimiento, de cuyo trauma emocional jamás pudo librarse. No solo quedó marcado para siempre por el ahorcamiento de su padre, sino por la crueldad, la saña malévola con que los blancos ejecutaron su brutal y sangrienta carnicería contra los negros, en represalia por sus anhelos de libertad. Y allí mismo, caliente todavía el cuerpo mutilado de su padre, el niño juró vengar aquel vil asesinato.

Y eran esos anhelos de venganza, heredados de su abuelo y de su propio padre, el estigma que James cargaba a cuesta. Y era esa pesada carga de frustración y resentimientos, la causa angular del ciego fanatismo que tan frecuentemente nublaba y exacerbaba los sentimientos de James Turner, arrastrando frecuentemente a aquel hombre perturbado, a la comisión de hechos torpes y crueles.

6.-La Vara larga de la discriminación

Es imposible para nosotros, testigos de una era de libertad humana sin precedentes, imaginar la vida de aquellos seres, considerados por otros hombres, beneficiados con el color de la piel, como menos que animales. Esos seres, esos "hombres" vivían ignorados y privados de derechos, de amor, de personalidad y hasta de nombre. Vivian a la sola cobija del salvaje egoísmo ilimitado de hombres brutales de naturaleza más rastrera e inhumana que los animales más feroces. Pero sus esclavos eran hombres también y como tales respondían: ¡ansiosos siempre de libertad y decoro! De ahí que cuando el abuelo de James, ya mayor de edad, se percató del inicio de la guerra emancipadora, logra escaparse espectacularmente de la plantación e incorporarse de inmediato a un grupo de negros rebeldes que más tarde se constituiría en el primer regimiento del Ejército de la Unión compuesto por soldados afroamericanos.

El abuelo de James, impulsado siempre por sus irrenunciables anhelos de libertad, desde el momento de su ingreso al 1º Regimiento de Voluntarios de Carolina del sur, peleó con valentía y arrojo inigualables, convencido de que luchaba para librar a su raza de la infame esclavitud; de la humillación maldita a que los esclavistas del sur lo habían sometido por siglos.

Miles de negros, impulsados, como el abuelo de James, por sus ansias de libertad, se integraron masivamente al regimiento de la unión y demostraron ser tan buenos soldados como los blancos. Pero eran tantos los voluntarios que se hizo necesario establecer controles marcadamente rígidos para la aceptación de nuevos reclutas. Como resultado de la rigurosa selección, el 1º Regimiento de Voluntarios de Carolina del Sur, terminó por ser considerado el conjunto de hombres más fuertes, sólidos y saludables jamás reunidos en el ejército de los Estados Unidos. Su prestigio creció. Y más tarde, el grupo se convirtió en el célebre 54º Regimiento de Infantería de Voluntarios de Massachusetts.

Pero vaya si es constante la maldad e ingratitud del ser humano. Los soldados blancos del excelso regimiento se oponían a que los soldados negros cobraran igual que ellos: "Ustedes, despreciables negros, no pueden cobrar igual que nosotros" gritaban los blancos al oído de sus indeseados compañeros de armas. El valeroso sargento abuelo de James, interpretó el hecho como la evidencia de que la odiada segregación estaba latente aun dentro de decenas de miles de soldados que supuestamente luchaban por la libertad e igualdad de todos los hombres.

El aporte de los soldados negros a la causa yanquis era tan notorio que en 1864, el congreso de los Estados Unidos autorizó la incorporación al ejercitito de la Unión de todos los negros que habían luchado en favor de la unión y ordenaba paga para todos. Pero no en igualdad de condiciones. A los soldados blancos se les pagaría 13.00 dólares al mes y a los negros solo 7.00. ¡Singular injusticia!

El abuelo de James destacó, frente a sus compañeros de armas, el alcance futuro de tan evidente acto discriminatorio y vio en el hecho el diente venenoso de la serpiente de la segregación racial. Aun frente a tan evidente desengaño, sacó fuerza de flaqueza y convenció a cientos de negros dispuestos a abandonar las armas, que los negros tenían, por encima de todo, el honor y el orgullo de hacer bien su trabajo. "Lo importante para nosotros es alcanzar la emancipación de los esclavos y para ello es preciso ganar la guerra al precio que sea" gritó ardorosamente el sargento abuelo de James frente a sus hermanos negros. Y apoyado en esas ideas, convenció a los de su raza de que luchaban, no por unos míseros dólares más, sino por la igualdad y por la abolición total de la esclavitud.

Arengados por el abuelo de James, los soldados negros guardaron silencio frente a la injusticia de la discriminación salarial, y mientras, aumentaban su fervor en procura de la emancipación de su raza. Finalmente el asunto se revolvió a favor de la igualdad de salarios. Pero ya en el corazón y la mente del abuelo de James había renacido la desconfianza en la buena fe de los blancos barbaros que, pese a todo, seguían considerando a los negros como simple reses humanas.

La unión antiesclavista se impuso. Los blancos del norte, con el concurso decisivo de los negros, derrotaron a los esclavistas del sur y la guerra terminó. Pero no para los negros que con el fin de la esclavitud, se convirtieron en el centro de un odio racial que dio origen a una pirámide de exclusión y segregación mil veces más cruel e hiriente que la propia esclavitud.

El gran país del norte fue el primero en proclamar la libertad e igualdad entre los hombres, pero, paradójicamente, fue el último en suprimir la esclavitud. Y lo hizo, no imbuido de auténtico espíritu cristiano, sino solo para sustituirla por una asfixiante y absurda segregación y discriminación, como testifica el caso del abuelo de James, a quien, tan pronto terminó la guerra, se le apartó discretamente del ejército yanquis por el pecado de ser negro. Y fue esa discreta hostilidad la que convenció definitivamente al abuelo de James de que había luchado en vano y de que la segregación y la discriminación, eran más fuertes que el honor de una nación. Decepcionado, pues, por la ingratitud de los blancos barbaros, optó por abandonar la tierra que lo vio nacer convencido de que allí no lo querían simplemente por ser negro. –Es mi color, repetiría frente al espejo, el valeroso soldado. "Es por eso que me odian y echen de todas parte".

Afrentado injustamente por el color de su piel; triste y decepcionado, el abuelo de James dedujo entonces, al igual que su nieto lo hiciera en 1923, que ser negro era como el pecado original.

Con 45 años de edad y derrotado por el inmisericorde e ingrato poder de la segregación, regresó a Jamaica, la tierra de sus antepasados, donde, paradójicamente, desde 1834 los ingleses habían decretado la abolición de la esclavitud. Y allí encontró nuevas y sanas estepas bañadas por aire puro. Contrajo matrimonio y tuvo varios hijos incluyendo al que sería el padre de James.

5.-Los dioses abandonan a Erika Turner

Celebrado el matrimonio, los recién casados se instalaron en el pequeño apartamento de los padres de Erika. A partir de entonces y durante los tres años que perduró la relación, la vida de los recién casados resultó un trágico infierno. El padre de Erika, un negro solitario y mandón, pero muy apegado a su familia, se opuso desde el principio a que su única hija se uniera en matrimonio a un idealista tonto, a un fanático que vivía soñando con una superioridad negra que solo cabía en su imaginación. Las disputas entre ambos jamás cesaron. Eran dos gladiadores en eterna disputa que se enfrascaban a diario en discusiones interminables que muchas veces terminaban a trompadas limpias. Pese a todo, a mediado de 1921, a la joven pareja le nació su primer hijo y con él llegó algo de distención al hogar en llama, situación que solo se mantendría por algunas semanas. Once meses después, sin embargo, nació una robusta niña que se bautizó con el nombre de Jamaica.

Lo que nunca llegó al hogar fue la felicidad de la pareja, pues la llegada de los niños incrementó las penurias económicas y con ellas la tirantez creció, especialmente porque James se negaba a trabajar bajo el alegato de que estaba contribuyendo a crear una gran iglesia que serviría para ganar la disputa racial contra los blancos, y más luego para vengar los largos años de esclavitud y discriminación a que su raza había sido sometida.

El viejo no soportaba a James. Lo maldecía y le llevaba la contraria en todo. En cada encuentro, en cada discusión que sostenían, el padre de Erika terminaba invariablemente amenazando a James con echarlo a la calle por vago y por un montón de otros epítetos desagradables conque el viejo solía etiquetar a su impredecible yerno. Entre tanto, el mundo tan pacientemente construido por Garvey empezaba a derrumbarse. En 1922, el apóstol negro había sido arrestado bajo la acusación de utilizar el correo para propósitos fraudulentos de la Black Star. En Junio de 1923 el líder jamaiquino fue hallado culpable y condenado a cinco años de prisión.

Con Garvey preso, en pocos meses se produjo el consiguiente derrumbe de toda su estructura financiera y la desaparición, sepultado bajo sus escombros, de los magros ingresos que Erika percibía como empleada de esa empresa. Desapareció también la pequeña asignación monetaria conque Garvey solía compensar a James por su lealtad y fidelidad a la causa negra. Todo, pues, se derrumbó en un abrir y cerrar de ojos agravando, en extremo, la precariedad económica del pequeño hogar en el momento menos deseado.

Con la nueva situación las constantes disputas entre el viejo y James se hicieron interminables. Hasta que un mal día del mes de marzo de 1924, los eternos gladiadores se fueron, una vez más, a las trompadas y, en medio del forcejeo, el padre de Erika rodó escaleras abajo y se rompió el cuello. James, temeroso de que lo acusaran de asesinato, desapareció sin dejar rastros y sin que nadie supiera de su paradero.

La madre de Erika, incapaz de entender aquel alud de dificultades inesperadas, sufrió una fatal conmoción que la dejó parapléjica e incapacitada totalmente para hacer cualquier tarea por pequeña que fuera. Erika fue sometida a intensos y tortuosos interrogatorios, tanto por la muerte accidental de su padre como por la desaparición de su marido, quien finalmente fue declarado culpable del hecho criminal. Erika fue despachada sin cargos, pero a partir de entonces su vida cambió para siempre.

Sin ingreso de ningún tipo, con dos niños a cuesta y su madre mitad muerta, la pobre mujer se encontró de repente en medio de un torbellino de dificultades insalvables. De hecho, a partir de la tragedia que costó la vida a su padre, la joven madre quedó virtualmente varada en un callejón sin salida. Aquella familia, por un extraño juego del azar, se vio repentinamente atrapada en las garras de la más espantosa miseria.

El momento era crucial. Erika clamaba a los dioses. Lloraba. Las lágrimas la ahogaban. Le impedían pensar, y con su mente atrapada en un torbellino de pensamientos insensatos que nublaban su mente solo, de rato en rato, atinaba a exclamar: "Que voy a hacer señor": ¡Que haré para alimentar a mis hijos! ¡Como podré con ellos y con mi madre inutilizada por la enfermedad!

–Dime padre mío: ¿Qué he hecho mal? ¿Por qué me has abandonado? Reflexionemos un instante sobre la situación apremiante en que se encontraba esta desdichada familia.

¿Se podría, de alguna forma, culpar a Erika, lastrada con sus dos niños y su madre enferma, por la situación desesperada en que se encontró de repente?

De ninguna manera. Las causas que originaron su tragedia se formaron fundamentalmente al azar. Todo surgió de repente: la prisión de Garvey y la consiguiente bancarrota de sus empresas; la muerte accidental de su padre; la huida cobarde o no de su marido y la enfermedad que inutilizó a su madre fueron hechos negativos que surgieron fundamentalmente al azar. O, ¿acaso todas esas terribles desgracias que tan repentinamente golpearon a esa desafortunada familia, surgieron como producto de un macabro experimento de los dioses destinado, como aconteció con el Tío Tom, a probar la capacidad de tolerancia de tan inocentes víctimas? Imposible. Solo mentes enfermas podrían aceptar la existencia de dioses que, como

Saturno, devoren a sus propios hijos. Luego, ¿Debemos atribuir todo a la segregación racial? No todo. Pero resulta incuestionable admitir, que cuando ocurrieron los hechos aquí narrados, gran parte de la situación desesperada de la familia de Erika, se debía a la discriminación racial imperante. Aunque, a decir verdad, el peso mayor sobre la causa de la desesperación en que las circunstancias suelen colocar a los más débiles, constituye un problema atribuible preponderantemente a la sociedad.

¿Por qué a la sociedad? Por su falta de previsión. Nuestras sociedades están estructuradas para premiar con creces al talento y a las bondades que la naturaleza derrama sobre los más bellos, sobre los más fuertes y sobre los más inteligentes, y para castigar en exceso a los más débiles, a los peor dotados y a los más desafortunados, que son precisamente a quienes la sociedad debe mayor protección. No estoy proponiendo un nuevo decreto social que reviva el sueño comunista de un igualitarismo absoluto que implicaría la muerte del talento y el renacimiento de normas sociales que por decreto impondría la mediocridad general. ¡Eso nunca! Como diría Fernando José. Por lo que clamo es por justicia, por equidad verdadera en la repartición casual del producto social.

Pongámonos, con el perdón del lector, en el lugar de Erika Turner: ¿Qué pensaría aquella infeliz criatura cuando circunstancias desgraciadas la arrastraron a aquel abismo insondable?: Durante miles de años la mente humana ha sido condicionada, por hábiles manipuladores, para que acepte estas desgracias como castigos de los dioses. Y eso fue lo primero que entró en la cabeza hueca de Erika Turner. Creyó que los espíritus la castigaban por haber desobedecido a su padre casándose con James. Y esa desgraciada aberración continúa primando en la actual era del conocimiento, influenciando y perjudicando abiertamente a la gran masa humana, especialmente a la más pobre e iletrada, que le basta con atribuirlo todo al capricho de misteriosos y absurdos dioses, por demás ciegos, sordos y mudos, en lugar de luchar, libre de atavismos culturales, por la conformación de una sociedad humana fundada en la igualdad de justicia y de oportunidades para todos. La constancia del espíritu humano en aberraciones tan torpe, me llevan al cuestionamiento de que tal vez sea cierto que la conciencia moral es la maldición que el hombre ha tenido que aceptar de los dioses a cambio del derecho a soñar.

Empero, a juzgar por la condición del hombre actual, parecería que el derecho a soñar se ha petrificado y tornado en eterna pesadilla, porque el hombre continúa absurdamente abatido por el cáncer mental del conformismo que lo induce a arrodillarse justo cuando debe erguirse y luchar hasta vencer.

6.-Enrico Bruno

Con la muerte trágica de su padre y la desaparición repentina de James, Erika quedó inesperadamente desamparada. Abandonada por el padre de sus hijos, con dos niños a cuesta, su madre enferma y sin ningún ingreso que le permitiera cubrir sus necesidades, la joven madre se encontró súbitamente aislada, y todas las puertas parecieron cerrarse al compa de un solo y fatídico sonido. Entonces, la desdichada mujer se abandonó a su suerte. Perdió la fe en los dioses y solo esperaba lo peor.

Sobrevivió unos pocos meses con los escasos ahorros que dejó su padre, pero al final los centavos se acabaron. Sobrevino la miseria y obligaron a Erika a enfrentarse consigo misma. ¿Y ahora qué hago? Se preguntó apesadumbra y triste, mientras se decía así misma: ¡y lo penoso es que no tengo a quien recurrir!

Sintió que el mundo se le venía encima y, arropada por una turbación intensa, la idea del suicidio entró de pronto, como diabólico torbellino, en su confundida mente: –¡Si… es lo que haré! ¡Que me mate y mate también a ellos, es lo mejor para todos! ¡La miseria no tiene componte! ¡Hoy mismo acabaré con todo! ¡Me llevaré conmigo a mi madre y a mis hijos! ¡Y a Dios, si acaso existe, que me perdone, porque no me dejó otra salida!

Fue un momento de desdicha infinita. La infeliz mujer comprendió que se hallaba en el disparadero del desastre. Que bajaba de prisa por una resbaladiza pendiente que la arrastraba irremisiblemente al abismo.

En la triste soledad de su existencia, Erika se hunde sin remedio. Y percibe, aterrada, que no la escuchan los hombres. Entonces, llena de amargura y desolación, se pregunta angustiada: ―¿Y dónde está Dios? ¿No hay nada ni nadie en el basto universo que me pueda socorrer? Y llama; llama con el llanto y la desesperación de un niño hambriento. Llama; llama sin pausa. Pero nada responde en la tierra; nada tampoco en el cielo. E implora… implora a las olas, al viento, al misterio que esconde la penumbra de la montaña lejana; pero todo ensordece. Le queda aún la tempestad y a ella acude ansiosa y hambrienta. Le suplica con inmensa devoción. Pero, imperturbable, la tempestad sólo obedece al infinito y tampoco responde.

Es entonces cuando, ahogada en llanto e invadido su ser por una infinita soledad, se dice: – ¡Lo ven! ¡No hay misericordia en el universo infinito! ¡Y sépanlo todos de una buena vez: debajo y más allá del sol, reinan la sordera, la ceguera y la mudez! ¡No clamen nunca a los dioses! ¡Ellos jamás escuchan! Porque, como los hombres, los dioses son y serán siempre igualmente caprichosos, infames y egoístas!

En aquel momento indescriptible, cuando la ruleta del infortunio se precipitaba, como fiera hambrienta, sobre su indefensa víctima, Erika, tocada por un vértigo siniestro, contempla su estrepitosa caída, y siente en carne viva el vacío y la soledad de su existencia. "No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados". Así reza uno de los más exquisitos mensajes del divino Rabí de Galilea. Porque para juzgar es preciso conocer. Y para juzgar a Erika Turner, es preciso encontrarse en la posición desesperada en que ella se estaba en aquel momento de inmenso infortunio. En la situación en que ella se encontraba, ¿Que podía hacer?: ¿Suicidarse? ¿Robar, como Jean Valjean, unos cuantos panes para alimentar por un solo día a sus hijos y a su madre enferma, y recibir un castigo despiadado impuesto por la justicia interesada de los hombres? ¿Vender su cuerpo, como la Madalena, para sobrevivir a costa de su dignidad y decoro? ¿Buscarse un empleo? No podía. Debía atender a sus hijos y a su madre enferma. ¡Gran encrucijada! en que la vida, episódica e impredecible como es, suele poner, con demasiada frecuencia, a los seres más vulnerables de la sociedad. Es por eso que antes de dar el paso fatal que finalmente la conduciría a la muerte, Erika, contra su voluntad, sometió a su familia a limitaciones inenarrables: racionó la alimentación a niveles peligrosos, dejó de pagar la electricidad y el gas con que alumbraba y calentaba su vivienda y, en medio de un invierno feroz, sin miramiento, porque la sociedad es ciega ante estas crueldades sociales, le suspendieron ambos vitales servicios. Los niños lloraban. Su madre se quejaba y sufría en silencio. Erika maldecía su impotencia al ver a los suyos padecer lo indecible sin que encontrara un camino decoroso para enfrentar su trágica desventura.

La inmensa mayoría de nosotros desconoce el sufrimiento a que son sometidos ciertos seres débiles que han envejecido en la miseria frente a la mirada desentendida de la indolente sociedad. Empero, en su marcha, lo infinito suele ofrecernos algunas sorpresas, a veces gratas, a veces ingratas. Y aconteció que en medio de tanto dolor y sufrimiento, un día en el hogar de Erika resplandeció un fugaz aliento de esperanza. Su madre que, a causa del shock emocional sufrido por el accidente en que perdió la vida su marido, había quedado con un lado prácticamente muerto, sintió repentinamente un poco de movilidad en sus extremidades. Y muy emocionada, comunicó la buena nueva a su hija. –¡Bah! Son cosas tuyas mamá –respondió Erika incrédula. Y agregó: –eso sería un milagro que vendría en alivio de la terrible situación en que nos encontramos. Y tú sabes mamá que desde hace tiempo dejé de creer en milagros.

Sin embargo, unos días más tarde, la vieja se puso de pie y empezó a ayudar en las tareas del hogar. A Erika le era difícil aceptar la repentina recuperación de su madre. Temerosa e incrédula, esperó un par de semanas. Y, convencida de que el estado de su madre había milagrosamente mejorado, salió de inmediato a la calle, alborozada y feliz, en busca de empleo. Y ese mismo día consiguió trabajo en un antiguo restaurant italiano establecido en East Harlem en la zona del barrio mejor conocida para entonces, como el Harlem italiano.

Erika contaba para entonces 25 años de edad y conservaba su extraordinaria belleza. Era, en verdad, una mujer hermosa que pese a años de intensa amargura, conservaba un gran atractivo femenino. Y ahora, frente a las buenas nuevas, tal vez por primera ocasión durante los últimos tres años, se sintió confiada en el porvenir y sobre todo con unas ganas inmensas de vivir. Y, atisbada por una vaga inspiración, un súbito acceso tocó impetuoso sus adormecidas entrañas y la hizo pensar nuevamente en el amor: "Las caricias ardientes de un amante vigoroso, no me vendrían nada mal", pensó, sin sonrojarse, en un momento en que su mente vagaba por horizontes lejanos.

Su nuevo empleo de mesera, le proporcionaría un pírico salario de apenas 25 dólares a la semana, pero su empleador le había asegurado que con "las propinas" sus ingresos alcanzarían los cien dólares o más a la semana. "Si te muestras simpática y agradable con los clientes, podrás ganar más dinero que un pequeño comerciante". Le dijo. Erika no entendió lo que Enrico, el italiano administrador del restaurant, quiso decir con ese mensaje subliminal. Lo supo varios meses después, cuando su situación nuevamente se complicó.

Al término de su primera semana de trabajo, Erika llegó a casa con 95 dólares constantes y sonantes. Se sintió contenta, llena de energía y entusiasmo. Repuso de inmediato los servicios de gas y electricidad; compró alimentos, algunas viejas frazadas y brebajes para su madre que, a causa de la artritis crónica que padecía, se quejaba todo el tiempo de los intensos dolores que la martirizaban. Y así todo, en un par de semanas y como por arte de magia, volvió a la normalidad.

En su sexta semana de trabajo, Erika logro ganar, entre sueldo y propinas, 155 dólares. Se sintió invadida por una repentina emoción. Y sin contenerse, sin saber que afilaba cuchillo para su propia garganta, se apersonó a la oficina de Enrico y, con la candidez de un inocente, le informó que esa semana había ganado 155 dólares. El italiano la miró con picardía. Y con la sutileza que un gato de angora dispensa sus caricias, le revivió el mensaje inicial: "Te aseguro que si quisieras y te lo propusieras, ganarías dinero a montones" Pero Erika no entendió en absoluto el mensaje, pero si la mirada apasionada, voluptuosa y llena de ardiente deseo de poseerla que le dispensó Enrico al despedirla.

Lo cierto es que desde la primera entrevista, Erika notó al instante la forma lasciva e insinuante como la miraba el italiano. Parecía un perro glotón.

Desde el principio, Erika había notado el efecto que su presencia despertaba en su jefe, pero no le prestó mayor importancia al asunto porque igual ocurriría a diario con la creciente clientela del restaurante, y eso no la molestaba. Pero ese día, al observar en los ojos enrojecidos de Enrico la irreprimible pasión que lo devoraba, un negro presagio teñido de sangre relampagueó en su mente y sintió un siniestro temor, una repentina ola de preocupación que, como fuego graneado, quemaba sus entrañas. El que la miraran y quisieran comérsela con los ojos, no era nada extraño para ella. Muchos clientes la asediaban cada día con todo tipo de proposiciones. Pero Erika lo solucionaba todo con una gentil sonrisa. En su simplicidad no cabían sospechas maliciosas. Sin embargo, muchos de esos clientes, sintiéndose rechazados por la esquiva mesera, obstaban por acercarse a Enrico ofreciéndole de todo si le conseguía una cita a sola con la atractiva joven. ¡Coñooo!... –¡Que buena está la chica! vociferaban, sin sonrojo alguno, los parroquianos cada vez que se referían a Erika frente a Enrico. Y esa inofensiva espontaneidad, elevaba a límites extremos la pasión morbosa y el incontenible deseo de poseer a la bella mesera que ardían irredentas en el afiebrado cerebro del pérfido viejo italiano quien, pese a rondar los 60, se sentía como un toro endemoniado, cuyos ímpetus sexuales no disminuían con las canas. Enrico, sin embargo, nunca reveló abiertamente el secreto de su pasión y continuó reprimiendo sus bestiales intentos. Y Erika, poco a poco, perdió sus temores.

Cinco meses habían transcurrido desde que Erika empezó a trabajar bajo las órdenes de Enrico y sus ingresos se mantenían en alto. Sus ahorros crecían y Su barco parecía navegar viento en popa a toda vela. Pero el fantasma malo acechaba en la sombra. Y un día, justo cuando Erika había conseguido recaudar más dinero que nunca antes por concepto de propinas, al llegar a su hogar, encontró a los niños alborotados en llanto y nadando en fétidos excrementos. Alarmada frente a los hechos, llamó con desesperación a su madre una y otra vez, sin que obtuviera respuesta. Llamó con mayor fuerza y entonces escuchó un quejido, el eco lejano de una voz apagada. Fue cuando percibió que detrás de la cama donde ambas dormían, estaba su madre tirada en el suelo, enroscada en sí misma como un garabato y muda como una montaña lejana. Respiraba con gran dificultad. Perecía estar asfixiándose. Tenía el espanto en su rostro. La cara amoratada, los ojos desorbitados y una lengua hinchada que le colgaba fuera de la boca. La pobre señora había sufrido una peligrosa recaída y tuvo que ser inmediatamente internada en el Harlem Hospital donde permaneció hospitalizada por más de tres meses.

Erika pasó varios días seguidos en el hospital acompañando a su enferma madre, donde prácticamente se mudó cargando a sus dos niños a cuesta. No volvió al trabajo y empezó a gastar, en medicinas y alimentos, todo lo que había ahorrado durante los días de bonanza. Todo, pues, como por arte de magia, se había derrumbado de nuevo. Era como si los inmisericordes dioses arrinconaran, una vez más, a una víctima inocente, contra quien, por desconocidas razones, parecían enseñarse.

Dos semanas después de la recaída de su madre, Enrico se apersonó al hospital. Habló con Erika y luego con los médicos. Supo que difícilmente la vieja volvería a levantarse y tal vez que nunca más recuperaría el habla. En tales condiciones era imposible que Erika regresara al trabajo. Enrico lo supo al instante y entendió que la mesera no podría sobrevivir mucho tiempo sin producir dinero. Pensó ofrecerle alguna ayuda interesada, pero se contuvo. Decidió que no era el momento. Que era mejor esperar. Entre tanto, viernes tras viernes, enviaba inmancablemente a su mesera los 25 dólares correspondientes a su salario a fin de mantener un vínculo que le permitiera, en su momento, cobrar el supuesto favor que le hacía.

Cuatro meses habían transcurrido para cuando la madre de Erika finalmente fue dada de alta. Y si bien, dentro de la gravedad de su caso, había mejorado lo suficiente como para ser enviada de vuelta a casa, la vieja no podía hablar y su cuerpo estaba prácticamente inmovilizado por completo. Era justo lo que el malicioso italiano había previsto. Entonces, Enrico entendió que su momento se acercaba. Y astuto como un lobo rapaz, decidió esperar hasta que su presa desangrara y se debilitara lo suficiente para lanzarse al ataque.

Dos meses después, Erika con su débil familia a cuesta, se encontraba de nuevo en el disparadero del desastre. Sus pequeños ahorros prácticamente se habían agotado y los 25 dólares que Enrico, "tan generosamente" le enviaba cada semana, no alcanzaban para nada. El sufrimiento regresaba, como volcán en erupción, y amenazaba otra vez con sepultarla de nuevo en el infierno. El pánico la arropó. Y, envenenada por la creciente inquietud del pensamiento, volvió a considerar la posibilidad del suicidio. Fue entonces cuando, empujada de nuevo al umbral sin nombre de la desdicha infinita y sintiendo el fastidio de una bestia acosada, contempló también la macabra perspectiva de asesinar antes a su madre y a sus dos hijos.

–Tengo que matarlos –pensó- y luego me mataré. Aquel nubarrón hinchado y esponjoso, que durante los últimos cuatro años había amenazado con teñir de sangre el humilde hogar Erika Turner, regresaba ahora a su insípida existencia con fuerzas renovadas y cargado de dardos venenosos. Y la acosada mujer no sabía cómo hacer frente al diluvio de dificultades que nuevamente la amenazaba.

Dicen que el diablo precede a la tormenta. Es como si, sabiéndolo todo, el espíritu malo colocara de antemano en el lugar de la tragedia en cierne un enorme cartel señalando el mejor camino a seguir para librarse de la tormenta, cuando en verdad, el camino por él señalado solo conduciría a la perdición. De esa suerte, Enrico apareció por primera vez en el apartamento de Erika una lúgubre tarde en que un horizonte obscuro cubría de negros crespones los predios circundantes y al ver a su mesera y percibir su desesperación, sintió que su presa se desangraba más rápidamente de lo que había previsto y decidió lanzarse al ataque.

–Erika –le dijo el viejo– sonriente y conteniendo a duras penas su pasión desenfrenada, porque lo que en verdad se le antojaba no era hablar, sino brincarle encima como un toro sediento y pincharla mil veces con su falo ardiente hasta saciar sus ansias locas –eres una mujer muy hermosa y no me avergüenzo en reconocer que desde que te conocí, he delirado por ti. ¡Y tú lo sabes muy bien! Y si… Enrico se detuvo, porque en ese preciso instante, Jamaica, quien ya había cumplido tres años y era dueña de una viva y precoz inteligencia, salió corriendo de la habitación que compartía con su hermanito y se acurrucó en silencio en las faldas de Erika, como un pollito mimado se mete debajo de las alas de la gallina madre, y centró sus ojitos vivaces en Enrico, quien sintió al instante la presencia de un molestoso clavito en su zapato. El viejo, turbado frente a la mirada cuestionadora de Jamaica, quien no le quitaba los ojos de encima, perdió el hilo de lo que estaba diciendo.

Y surgió un intervalo de extraña confusión. Erika aguardaba. El pérfido italiano enmudeció de repente. Se paró del pequeño sofá que compartía con la mesera, encendió un cigarrillo, bajó las escaleras y salió momentáneamente a la calle. Después de algunos minutos de confusa reflexión, subió de nuevo. Se sentó en el viejo sofá de la cocina y, tocado por una extraña turbación, necesitó de un gran esfuerzo para reiniciar la conversación:

–Te decía Erika, que estoy loco por ti. Sé que podría ser tu abuelo, pero no puedo contener mi pasión. Eres como un hechizo que me transforma en volcán en erupción. Te ruego perdones mi atrevimiento, pero no puedo callar por más tiempo. Estoy dispuesto a todo por poseerte.

Al escuchar la cruda confesión de Enrico, Erika sintió que un dardo de nitrógeno líquido atravesaba y helaba instantáneamente su cuerpo. Su corazón tamboreó alocadamente. Pero guardó silencio. Y miraba a Enrico con la rabilla del ojo, mientras contenía su furia y la manifestación de asco y desprecio que sentía por el viejo cabrón quien, sin inmutarse ni guardar apariencias, intentaba aprovecharse de su desesperada miseria para poseerla.

Frente al obstinado silencio de Erika, Enrico volvió a la carga y dijo:

–Como sabes, soy el administrador, no el dueño del restaurante. Pero creo que podría garantizarte una ayuda de 100 dólares al mes para ayudarte a cubrir tus necesidades. Reconozco que no es mucho dinero y que tú mereces 10 veces más, pero estoy seguro de que te ayudaría para cuidar de tus hijos y de tu madre enferma hasta que todo vuelva a la normalidad.

Erika se mordía los trémulos labios para reprimir los gritos que pugnaban por salir de su garganta en llama. Era presa de una creciente indignación que crecía locamente en su interior. Su rostro, transformado por la inquina que sentía contra Enrico, era como un tizón en llama. Deseaba abalanzarse, como fiera salvaje, sobre aquel canalla que la acosaba sin piedad y descuartizarlo en mil pedazos. Empero, logró contenerse y permanecer callada como una estatua de cera. Pero su mente era un torbellino arrebatado de preguntas y respuestas. Miraba a Enrico con la ferocidad de una bestia acosada, mientras se preguntaba:– ¿Y de qué manera me podré entregar yo, que me he conservado inmaculada desde que James desapareció, en los brazos de este viejo baboso, sin que el asco me revoltee el estómago? ¿Cómo haría el amor con alguien a quien desprecio con toda mi alma?

No. ¡Nooo! El precio a pagar, además de mi deshonra, sería demasiado a cambio de unos centavos que apenas me permitirían sobrevivir. ¡Seria como vender mi cuerpo!

Reflexionó un instante más y gruño en silencio: "Debe haber otra solución o tendré que matarme"

Enrico desesperaba esperando una respuesta. Pero al ver que Erika nada decía, creyó adivinar su pensamiento y asumiendo la posición del lobo, que se desdobla a su conveniencia, le dijo, con mucha cautela:

–Piénsalo bien antes de contestarme. No me sorprendería el que me desprecies y hasta que sientas asco por mí. Pero si analizas mi propuesta sin pasión veras que soy tu única y más decorosa opción.

Vender tu cuerpo en la calle, seria indecoroso y muy peligroso en estos tiempos, a más de que yo, no podría tolerarlo y no sé lo que podría suceder. Habló como si ya tuviera su presa enjaulada. Hizo una breve pausa y luego continúo:

–Me imagino que me ves como un gusano depredador que desea aprovecharse de tu situación. Y tal vez estés en lo cierto. Pero, debo recuérdate que nadie da algo a cambio de nada. Todo tiene un precio Erika, porque todo moño bonito requiere de fuertes jalones. Lo que te propongo, lo hago porque me interesa más que nada en el mundo.

Erika mantuvo el silencio. Ni una palabra de reproche ni mucho menos de aliento salía de su boca sellada. Solo miraba a Enrico con el rabo de sus enrojecidos ojos, en tanto acariciaba los enmarañados cabellos de Jamaica, que se mantenía entre las piernas de su madre como un peluche retozón.

–Bien –dijo Enrico poniéndose de pie– me iré y esperaré por tu respuesta.

Pero antes de marcharse colocó 100 dólares sobre la meseta de la cocina, y sentenció: –No los desprecies, porque sé que ahora los necesitas más que nunca. En cuanto a mi proposición, tómate el tiempo que necesites para responderme. Pero debo informarte, muy a pesar mío, que los dueños del restaurante me han prohibido continuar enviándote los 25 dólares semanales. Y entiendo que esa mala noticia te obligará a decidirte cuanto antes. Ahí está mi número de teléfono. Llámame cuando me necesites. No importa la hora. Y salió sin despedirse.

Bajó las escaleras y se marchó sin haber escuchado una sola palabra salida de los labios de Erika, que inmóvil y petrificada como una momia antigua, permaneció pensativa y en silencio por más de una hora analizando palabra por palabra todo lo que el viejo canalla le había dicho y propuesto durante su indeseada y funesta visita.

Finalmente Erika se levantó de su asiento. Y ya puesta de pie sintió un frenesí de indignación y rabia recorrer, como centella de fuego, palmo a palmo su cuerpo, y un impulso incontenible por triturar con ambas manos los 100 dólares que Enrico dejó sobre la meseta. Miraba el dinero con enejo. Pero no se atrevió a destruirlo. Calculó mentalmente el poco dinero que le quedaba y lo mucho que podía hacer con esos malditos 100 dólares que la miraban desentendidos al tiempo que impúdicamente se le ofrecían como avance al precio de la deshonra. Erika, pese a que James se había desaparecido desde aquel fatídico día en que murió su padre, jamás, y a pesar de sus precariedades, pasó por su cabeza la idea de entregarse a otro hombre. Y ahora era esa la perspectiva que tenia de frente. Entendió perfectamente que si tomaba esos 100 dólares, no encontraría forma de quitarse a Enrico de encima.

Lo pensó y repensó durante horas. En un momento de confusión tomó los 100 dólares y los estrujó con fuerza durante varios minutos. Creyó que los había destruidos, pero cuando abrió las manos, el dinero saltó y cayó al suelo engurruñado como serpiente envenenada. Y ahí quedaron hasta que Jamaica los levantó y dijo: ―! Me los regala mami!

–¿Y para que los quiere hija? –Cuestionó Erika con desazón– "Para comprarme un helado" contestó la inocente, que ni por asomo podría imaginarse la turbación que envolvía a su madre en aquel instante en que la miserable vida la había colocado entre dos abismos igualmente insondables. El uno: devolver el dinero a Enrico y regresar al hambre, al frio, a la abyecta miseria, al intento del suicidio y a la macabra idea de asesinar a los suyos. El otro: entregar su cuerpo y su honra a aquel viejo miserable e inmisericorde que se aprovechaba de su triste situación, para poseerla y tal vez para destruir su vida.

Es fácil para los moralistas de hojalata sobreponer la honra a la miseria. Se olvidan que la necesidad tiene cara de hereje, como lo prueba el caso de Fátima, la infeliz mujer de los Miserables de Víctor Hugo, que tenía solo una hija y terminó dándolo todo por ella, incluso su propia vida. Se recordara que Fátima primero vendió sus cabellos para comprarle un vestido a su amada Cosette. Después sus dientes para curarla de un supuesto mal. Luego, ese retrato acabado de la miseria humana, se hizo mujer pública para que no echaran a su hija a la calle. Y, finalmente, pagó con su vida lo que faltaba por saldar para que Cosette viviera. Fátima desconocía la trágica lección de Maquiavelo: "Hay de aquel que es bueno entre tanto que los son, su ruina es inevitable"

Erika, pues, finalmente tomó los 100 dólares de la mano de Jamaica, los desarrugó y guardó en su roída billetera y se dispuso a enfrentar su tétrico destino de convertirse en la amante de Enrico Bruno.

Pero volvamos a la joven viajera.

7.- Del paraíso al destierro voluntario

Ayana Trinidad, vino al mundo en 1911, en uno de los lugares más hermosos de la tierra. Nació en Cayo Levantado, un paradisiaco islote enclavado en la Península de Samaná, en el litoral Nordeste de la parte dominicana de La Española. La pequeña isla perteneció a la familia de Ayana desde 1865, año en que su bisabuelo, el patriarca Andrés Trinidad, adquirió el Cayo Levantado mediante compra hecha al Señor José Dolores Cárdenas.

Ciriaco Trinidad, hijo de Andrés y abuelo de Ayana, hizo del Cayo Levantado su habitad desde el mismo día en que su padre compró la isla. Y tanto amó ese pequeño terruño, cubierto de arenas blancas como polvo y de aguas turquesas como cristal, que desde entonces, aquel hombre de naturaleza honrada y humilde, jamás le interesó ninguna otra cosa. La exuberante belleza y diversidad vegetal de su entorno, junto al hecho de que cada año miles de las famosas ballenas jorobadas vinieran a aparease en las cálidas aguas de la bahía de Samaná, justo frente al Cayo Levantado, enajenaron a tal punto a Ciriaco Trinidad que para él, cayo levantado lo era todo. Y cuando fue hombre, tomó el oficio de su padre: pescador y rustico fabricante de bacalao.

En 1917, poco antes del sexto cumpleaños de Ayana, su padre, Quino Trinidad, alegando huir de los invasores norteamericanos que deseaban apoderarse de su pequeña isla, abandonó el Cayo Levantado y se estableció en Hato Mayor, donde formó una nueva familia. Ayana, en cambio, permaneció en Samaná bajo el cuidado mimado de su tía Anastasia, una vieja solterona, hija de Emerenciana trinidad, que se hizo cargo de la niña, debido a que su madre, a la partida de Quino, cayó en un estado de depresión catastrófica de la cual nunca se pudo reponer. Murió tres años más tarde. –Dicen las malas lenguas, que de tristeza y desamor– quedando la niña prácticamente huérfana de padre y madre. Desde entonces, su tía Anastasia lo fue todo para ella. La arrulló con su cariño, la dotó de orgullo y libertad, y se empeñó deliberadamente en enseñarla a combatir las más destructivas de las debilidades humanas que son las emociones y los sentimientos.

Asumiendo, muy conscientemente, la tía Anastasia, que los acontecimientos desgraciados que habían empañado los primeros años de vida de Ayana, podrían desencadenar emociones y sentimientos negativos que amargarían su existencia para siempre, quiso armar a la niña con ideas combativas, apoyándose, para lograr su fin, en las leyes fundamentales de la supervivencia. Nunca descuidó un instante ni desperdició oportunidad para aleccionar a su sobrina sobre esas importantes leyes. Y entonces, al entrar Ayana a la adolescencia media, la tía revivió, por centésima vez, su lección sobre las leyes de la supervivencia:

–Cumpliste ayer 15 años –le dijo– y debes saber que es ahora cuando empieza para ti la etapa peligrosa de tu existencia. Es tiempo, pues, de que entiendas y que nunca olvides, niña mía, que el principal deber del ser humano es su conservación y, por tanto, tu ley, tu única ley es, por mandato de la naturaleza: "Tu primero, los otros después" O, como dice tu abuelo Ciriaco: "primero Dios que sus santos"

¡Si no te amas a ti misma! ¡Si no te cuidas! ¡Si no defiendes lo que es tuyo y a los tuyos! ¿Quién lo hará por ti Ayana querida? ¡Di!

Y agregaba, muy segura de sí misma y muy convencida de su verdad:¡Es demasiado riesgoso olvidar que la vida es una guerra perpetua de todos contra todos!

Por consiguiente: ¡la gran cuestión consiste en ganar al precio que sea!

¡Nunca lo olvides Ayana mía!: "O vences, o te vencen".

Pese a que la tía Anastasia no perdía oportunidad para aleccionar a su sobrina sobre las grandes cuestiones de la existencia, en contadas ocasiones, la joven, sin saber por qué, percibía un vacío existencial, una soledad tortuosa que amargaba su vida. Y ese súbito acceso la empujaba a dejar de lado las enseñanzas tan cuidadosamente transmitidas por su tía, para dejarse arrastrar por emociones y sentimientos de vaga inspiración. Y ya en la etapa final de su adolescencia, Ayana, cuando el flagelo de la soledad azotaba su alma, procuraba combatir sus amargas secuelas visitando la iglesia Santa Bárbara, cuya historia acerca de la forma en que la virgen llegó a Samaná, la divertía y apasionaba. La mayoría de sus visitas a la iglesia eran discretas, sin mucho aspaviento y de corta duración. Se limitaban, casi siempre, a arrodillarse frente al cristo, rezar un padre nuestro y pedir la ayuda del Señor para disipar aquellos infortunados momentos en que la soledad arropaba su ser, la despojaba de voluntad y la arrastraba a un mundo incoloro y tenebroso donde reinaba la desolación y la muerte. Y aconteció que en una de sus furtivas visitas al viejo templo católico, Ayana Trinidad, dominada por un repentino y misterioso impulso, como si en ese preciso instante el enigmático destino reclamara sus indisputados dominios, la joven, empujada por un súbito y recóndito mandato, decide confesarse. ¡Y el diablo estaba suelto!

Unos días antes, el cura párroco de la iglesia Santa Bárbara había recibido una dispensa por motivo de salud y se había ausentado por tiempo indefinido. Para sustituirlo, desde España había llegado el padre Antonio, un joven sacerdote cuya misión se limitaba a mantener al rebaño en armonía mientras durara la ausencia del titular. El nuevo cura, según se comentaba entre los feligreses, y muy especialmente entre las féminas de todo Samaná, era un joven extremadamente apuesto y de unas condiciones histriónicas admirables y cautivadoras. Ayana no estaba enterada de que su viejo confesor, el padre Tomás, se hallaba ausentado y mucho menos del revuelo femenino creado por la presencia del nuevo cura. Para ella, el padre que la confesaría seria el mismo de siempre. Sin embargo, cuando penetró al confesionario y escuchó por primera vez la voz melodiosa, delicada y apacible del nuevo confesor, al instante un fuego ardiente arropó todo su ser y se sintió instantáneamente enajenada por una misteriosa emoción que invadió todos sus sentidos al solo eco de aquella voz cautivante. Atrapada por aquel delirio momentáneo, apenas si pudo confesarse. Un impulso incontenible, un deseo irresistible la empujaba a salir pronto del confesionario para ver de frente al portador de aquella voz divina y seductora. Aguardó unos instantes, que fueron para ella como un siglo de angustiosa espera, durante los cuales, un torbellino inflamado de preguntas insensatas brotaban del tumulto de su excitación desenfrenada, sin que encontraran respuestas a sus inesperadas emociones. Y cuando el cura salió del confesionario y cruzó su mirada con la de ella, en seguida resplandeció la luz del pecado. Las dos almas se enamoran perdidamente; hicieron a un lado sus escrúpulos morales y temores infernales, y en solo dos semanas, ocurre lo impensable: Ayana entrega su virginidad al bello cura y se convierte en su amante.

Ayana estaba loca de amor. No pensaba ni le interesaba nada que no fuera su idilio pecaminoso. Se combinó con su amante y se la ingeniaron para encontrarse, al atardecer de cada día, en un granero abandonado, propiedad del Don José Dolores Cárdenas, que se encontraba oculto por un pequeño bosque, distante unos escasos 200 metros de la iglesia. Los árboles, sabiéndose cómplice del pecaminoso idilio, suspiraban con temor infantil al presenciar el tórrido romance con ribetes de pasión desenfrenada que practicaban los amantes y cuyo impúdico secreto, el bosque, mudo como era, guardaría para siempre.

Ayana había perdido por completo el control de sus emociones. Estaba enamorada y aquellos aguijones de fuego que brotaban ardientes de su loca pasión eran demasiado intensos para pasar desapercibidos. Lo que sentía por el cura, lo transpiraba por los poros y su aliento de felicidad se esparcía como humarada de sándalo. Y fueron aquellas manifiestas señales las que, sin palabras, denunciaron el ardiente secreto de la aventura de Ayana Trinidad y el nuevo cura.

Y transcurridas apenas tres semanas de iniciada aquella apasionada aventura, la tía Anastasia, atraída por la antorcha que ardía, como girones de fuego, en el corazón de su nieta, lo descubre todo y lo comunica a Ciriaco. La reacción es instantánea. Como loco, el abuelo de Ayana se presenta histérico ante el cura a exigirle se case con su nieta. El Sacerdote se arrodilla y, con el puño cerrado, se da mil golpes en su pecho ardiente; pide perdón a Dios y al abuelo por su aborrecible pecado; da mil razones para justificar su imperdonable debilidad, pero al final termina, "muy a su pesar" rechazando la proposición. Ciriaco, amenazante y lleno de odio y rencor contra el joven sacerdote, abandona la iglesia dispuesto a todo. Pero Ayana lo convence de que ella es la única culpable de aquel desenlace inesperado, y carga con el peso de la deshonra frente a todos sus allegados y familiares.

Y entonces, a sus escasos 18 años de edad, la adolescente se ve obligada a marchase de su amada Samaná, estigmatizada y víctima de la cominilla de todo un pueblo que durante meses no habló de otra cosa que no fuera de la relación, para ellos pecaminosa y diabólica, entre Ayana y el joven sacerdote español.

Aquel ardiente e impúdico romance pudo haber destruido para siempre el equilibrio mental de Ayana Trinidad. Pero ella, pese a su juventud, actuaba y pensaba con gran madurez. Nunca apartaba de su mente las enseñanzas de su tía Anastasia: "¡Si no te amas a ti misma! ¡Si no te cuidas! ¡Si no defiendes tu hábitat y lo que es tuyo y a los tuyos! ¡Quién lo hará por ti! ¡Di Ayana!" Eran razonamientos que aterrizaban continuamente en su mente. Y apoyada en esas enseñanzas –egoísta para ingenuos y tontos– la joven pecadora pudo, durante varias semanas, soportar estoicamente la presión de sus parientes y la de todos los que la estigmatizaban por haber caído en las redes de un pecaminoso idilio nada menos que con un sacerdote cristiano.

En realidad, la tragedia resultó para ella menos traumática, gracias a que la Tía Anastasia, desde el mismo día en que explotó el escándalo, se propuso disipar la mente de su sobrina haciendo cuanto fuera necesario para convencerla de que el de ella no era ni el primero ni el ultimo pecado. Y, en procura de ese fin, con sus viejos espejuelos siempre recostados sobre la punta de sus narices, hablaba a su sobrina en tono dulce y conciliador:

-–No te mortifiques más de lo necesario por lo que te has sucedido, Ayana querida. Tú no eres la única que te has entregado a un hombre prohibido. Tal vez no me creas, mi dulce niña, pero así como me ves, solterona y todo, te puedo jurar que bajo mi solapada apariencia de santa inmaculada, se ha escondido siempre una pasión desenfrenada que solo los años han podido apaciguar. ¡Y no del todo! Porque, al igual que tu Ayana mía, yo también amé a un hombre con locura y también tuve con él una tórrida aventura que de haberse sabido, tal vez mi estigma fuera mayor que la tuya. Ese hombre Ayana, ese hombre al que tanto amé y con el cual satisfice a plenitud mis más bajos instintos, era un hombre ajeno, un ganadero de Nagua, cuya esposa estaba estrechamente vinculada a la familia Trinidad.

-¡Como tía! ¿Es verdad todo eso? ¡No te lo creo! ¡No! ¡No lo puedo creer!

-Pues es mejor que lo creas. Es la verdad. ¡Y te diré algo más!.. ¡Nunca me he arrepentido ni me arrepentiré jamás de aquel idilio pecaminoso. ¡Era tan dulce y apetecible mi amante! Y agregó sin inmutarse:

-Es terrible Ayana que no podamos arrancar de raíz el pasado. Es casi imposible arrancarlo. Pero si podemos desechar sus recuerdos. Nadie se enteró nunca de mi romance. Y un día que ambos habíamos concertado un encuentro, lo dejé plantado y decidí que nunca más volvería a verlo.

-¡Ajá tía!.. ¿Y por qué lo dejaste tan de repente?

-Era un hombre muy dominante. Y tuve miedo de perder mi libertad.

-Miedo de perder la libertad! ¿Pero por qué? -Inquirió Ayana sorprendida-

-Porque el amor, -¡y nunca lo olvides, hija mía!- suele resultar muy costoso. Y porque, además, a la larga, el amor es solo llanto y amargura. Y también, porque en mi caso particular, las cosas resultaban muy complicadas. Y frente a tales reflexiones, preferí la soltería ante que entregar mi libertad a un hombre que, en nombre del amor, termina siendo tu amo y tu dueño para siempre. Amé a ese hombre con locura. ¡Si Ayana! A ti te lo puede confesar todo. ¡Lo amé como a nada en el mundo! Sin embargo, hace años que deje de pensar en eso, porque para mí son recuerdos demasiado penosos y los he sepultados en lo más profundo de mi corazón para no revivirlos nunca más.

¡Y lo mismo debes hacer tú, mi niña querida! O, ¿Acaso eres tú la única que estas en esa situación? ¡Todo el mundo es como tú y como yo! Todos, de alguna forma, estamos en situaciones similares o tenemos otras dificultades.

"Es la vida que es así Ayana mía". ¡Y nunca lo olvides! ¡La vida es como es y no como tú quieres que sea! ¡Nuestra existencia es y será siempre episódica!

Y fueron tantas las veces que la tía Anastasia repitió a su nieta la misma historia y las mismas reflexiones, que terminó por convencerla de que su pecado no era nada del otro mundo y de que la libertad era más importante que el amor. Apoyada, pues, en el amortiguador sentimental de Anastasia, los sentimientos de su sobrina, si bien estaban seriamente lesionados, no lo estaban tanto como para obstruir el camino a la serena reflexión.

De ahí que mientras el barco vencía silencioso, el poder avasallante de los mares y enfilaba su proa rumbo a la gran ciudad, Ayana Trinidad tuvo tiempo para sosegarse y tiempo para repasar cada momento de su corta existencia.

Se sorprendió de lo mucho que había madurado en las últimas semanas. "Es que la vida es la mayor de todas las escuelas" -pensó- No descartaba radicalmente al amor ni aun el matrimonio. Pero en ningún momento dejó de considerar que si se viera en la necesidad de escoger, preferiría siempre la libertad al amor. "Me parece -pensaba- que el amor resulta siempre interesado y que Antonio puso su interés religioso por encima del amor que me debía. Y el verdadero amor, si acaso existe, ha de ser desinteresado".

Con frecuencia, el amor y la pasión desenfrenada que sentía por Antonio la traicionaban y debilitaban sus ideas. El sufrimiento, entonces, reclamaba su espacio y sentía el brote trasnochado de una recóndita angustia que la atormentaba con saña malévola, al tiempo que una soledad insensata, intemporal, de sepulcro, la arropaba con un manto frío que congelaba su alma. Luego, sentía apagarse la luz de su conciencia y quedaba su alma abandonada en un limbo siniestro e indescifrable donde la risa de Epicuro resonaba burlona.

Atrapada, durante los primeros días de su travesía, en los sombríos y obscuros túneles de la soledad, Ayana no probó alimento. Su mente estaba en llama. Nadaba en un mar incontenible de lágrimas. Los recuerdos, las vivencias, las miradas acusadoras y la insoportable pesadilla de las mil incesantes reprimendas, estaban demasiadas frescas, eran demasiadas recientes como para borrarlas. Y todo aquello le provocaba una ansiosa turbación. El dolor moral la consumía. Una tormenta interior sobrevivía en su pecho herido. Pese a todo, en el fondo de su ser, no se arrepentía de sus amoríos con Antonio. "Es verdad -se repetía una y otra vez- que él es sacerdote. Pero yo no encuentro nada pecaminoso en haberme entregado al ser amado sin importar su posición dentro del tinglado social". El hecho,

–pensaba– de que Antonio fuera cura, general o zapatero, no podía constituir un ícono vedado contra el amor". Y se detenía para preguntarse: ¿Es que no pueden comprender que el amor no tiene leyes, que es libre como el viento y salvaje como un volcán? ¡Tal vez cuando los que me condenan comprendan la verdadera naturaleza del amor, acaben por perdonarme. Aunque a decir verdad, no hace falta que me perdonen porque mi "pecado" al entregarme a Antonio, no viola ninguna ley divina sino absurdas convenciones humanas.

Luego, profundizando en sus razonamientos, arribó a la conclusión definitiva de que ningún mito o dogma de corte religioso es lo suficientemente valedero como para suprimir los mandatos de la naturaleza.

Y de repente, como si un satánico conjuro la sacara fuera de sí, gritaba con todas sus fuerzas: ¡Lo amé, lo amo y lo amaré siempre! ¡No importa el precio! ¡Lo pagaré! ¡El amor no tiene leyes! ¡Ja, ja, ja...! ¡Si que lo paga….! Luego, súbitamente, se detenía. De nuevo la turbación.

Y volvía a sentirse terriblemente amilanada. Algo muy hondo; una recóndita y delicada voz interior, reprochaba su falta. Entonces se sentía triste; la rabia ardía en su interior, y era cuando, como tocada por duendes misteriosos, se decía sollozando: ¡Eres una miserable Ayana! ¡Cómo pudiste hacer lo que hiciste! ¡Cómo pudiste olvidar que siempre puedes engañar el juicio de los demás, pero que podrás nunca engañarte a ti misma!

Y al arribar a este punto, un rencor iracundo contra el mundo y un fuerte desprecio por sí misma, emergieron de su interior como fantasmas trashumantes que apretaban y devoraban su garganta con fuerzas malignas que amenazaban su existencia.

Pero como ocurre siempre al viajero que huye, y muy especialmente a aquel que huye de sí mismo, al cabo de escasos minutos, su atormentada mente retomaba el tema de su infortunio. Y de nuevo regresaba a la autoincriminación: ¡Lo que hice estuvo mal y debo reconocerlo! ¡No tengo escusas! ¡He agraviado a Dios y a los hombres! Pero, emulando a aquel hombre que, librado de demonios, barrió y limpió totalmente su interior dispuesto a no pecar más, se olvidó de cerrar la puerta, y entraron a su interior otros demonios peores, viniendo a ser aquel desdichado hombre mucho peor que antes, a la juvenil Ayana, un misterioso encantamiento la regresaba al punto de partida. Y su ardiente pecho se encendía de nuevo, y ella volvía a preguntarse: ¿Habrá Antonio tenido miedo de nuestra relación? ¿Habrá creído, el muy tonto, que lo nuestro era un pecado mortal?

Con una tía creyente, pero muy dueña de sí misma, que le ayudó a valorar su independencia y a expresar sus opiniones, las respuestas de Ayana, pese a sus profundas reflexiones, eran invariablemente las mismas: ¡Yo no creo haber pecado! ¡No, por Dios, yo no he pecado! ¡Y si acaso pequé, lo hice por amor! ¡Mi entrega a Antonio fue un acto sagrado del cual no tengo porque arrepentirme!

La turbación que reinaba en su ser le impedía arribar a un razonamiento consciente. Percibía que sus ideas se balanceaban como olas de tormenta. Y en tanto empacaba y desempacaba repetidamente los hechos que habían marcado su vida para siempre, lloraba con profusión. Pero ya no por arrepentimiento, sino por haber dejado a Antonio, que era, según creía, lo que realmente la atormentaba. Al arribar a este punto, de nuevo la invadía una gran confusión. En medio, Sin embargo, de aquel indescifrable laberinto de la mente donde el camino a seguir resplandece y desvanece a cada instante, como espejo del desierto, llegó un momento; un momento sublime, mágico, exento de turbación y tormento en que Ayana sintió que amaba y deseaba a Antonio más que nunca.

Libraba, en su interior, una lucha salvaje, feroz, humana entre la moral y la pasión, cuando de pronto, su atribulada mente aterrizó serena, inexplicablemente confiada y despojada por completo de temores. Entonces, desde su interior, de ese interior azotado por la confusión que reinó en su ser desde el momento mismo en que se alejó de Antonio, se desprendió un milagroso y potente rayo que impactó en el centro mismo de la conciencia de Ayana Trinidad. Y de su atribulado entendimiento surgió una luz blanca y milagrosa que la hizo comprender que era humana y que había nacido para amar.

Luego, empujada por la euforia de la liberación, gritó con todas sus fuerzas: !Jamás lo olvidaré¡ ¡Debí luchar por lo que quería y no lo hice! ¡Pero nunca más abandonaré tan fácilmente el campo de batalla!, ¡Lo juro por Zeus y por todos los dioses del viejo y olvidado Olimpo!

Al fin Ayana logró contener su llanto. Salió a cubierta. E indiferente como las olas, se sentó a contemplar ese extraño y misterioso mundo que se esconde risueño detrás del lejano horizonte. Y serenada por el embrujo de suaves brisas perfumadas, la joven pasajera reflexionó, y sintiéndose liberada ya de los reproches y vaivenes de su propia conciencia, se dijo: ¡Tal vez mi encuentro con Antonio fue un accidente! ¡Quizás un episodio amargo! ¡Qué importa! ¡La vida sigue!

La marcha de lo absoluto no se detiene y lo empuja todo hacia un fin supremo sin que podamos intervenir en sus designios. También el viento sopla silencioso y nos arrastra tras su senda; una senda que necesariamente debemos recorrer aunque no queramos, porque la vida es como un libro en blanco. Un libro del cual, manos invisibles y misteriosas, llenan cada día una página. Y allí queda gravado, con letras indelebles, lo que fue la vida de cada quien: una historia única e irrepetible, construida cuidadosamente por misteriosos dioses invisibles o por ese arcano, gran rey de los secretos, que se llama azar.

Y al llegar al punto más alto de profunda reflexión, Ayana sintió relampaguear en su mente aquella célebre frase de Shakespeare: ¡Si tu mal no tiene cura…! Entonces… ¿Qué…? Di… ¡Solo nos queda seguir adelante!

Luego, un algo inesperado la transportó suavemente, como en alas de mariposas encantadas, a otras dimensiones llenas de luz y esperanza.

¿Y cómo juzgará el lector todo ese sorprendente ir y venir, elevarse y caer, reír y llorar en que estaba aprisionada Ayana Trinidad a causa de la guerra moral que libraba dentro de sí misma?

Permítanme que lo juzgue como el producto acabado de la penosa liviandad del ser y sirve para retratar, de cuerpo entero, la trágica inconsistencia, la esquiva y frágil veleidad del carácter humano. Es como si en cada uno de nosotros resonara de continuo el eco cuestionador de aquel pensamiento profundo de Tagore: "Y tengo lo que no quiero y quiero lo que no tengo", porque nadie esta nunca enteramente satisfecho ni con lo que tiene ni con lo que es.

Y mientras las aletas mágicas del moderno bergantín rascaban, con sus aletas de tortugas gigantes, las cálidas y claras aguas del atlántico transportando a la juvenil pasajera a su nuevo destino, Ayana, cuando el capitán del barco anunció que en unas pocas horas llegarían finalmente a la gran New York, sintió en súbito aliento de felicidad y una secreta bendición de los dioses.

Ilusionada por el inmediato porvenir, encontró fuerzas para forjarse un imaginario y fabuloso destino, tan halagüeño y hermoso, que le permitiría contemplar su pasado con justificado desdén. Imaginó que, en su nuevo mundo de ensueños, la pesadilla de su pasado quedaría borrada para siempre desde el mismo instante en que se instalara en la bella y confortable vivienda que de seguro tendría su prima Erika, en el primoroso y elegante barrio de Harlem. Allí, en ese nuevo y fabuloso mundo, ella, Ayana Trinidad, renovada y asentada en nuevos y fecundos horizontes, disfrutaría a sus anchas de la dicha soñada, y su libro, en blanco todavía, terminaría lleno de páginas doradas donde quedarían impresos para siempre la realización de todos sus más caros y anhelados sueños.

Satisfecha y sonriente, su corazón palpitaba de alegría cuando su mente recreaba el maravilloso paraíso imaginario que la esperaba.

8.- Tranquila revela sus secretos.

Con la vista perdida en el horizonte, la joven pasajera Inclinó su cabeza en señal de que la paz de nuevo reinaba en su ser y al instante se quedó profundamente dormida.

Durmió poco más de una hora y, en sueño, recreó en su mente gratos momentos de felicidad que la hicieron reír con la inocencia del ángel desterrado que por la gracia de Dios retorna a los cielos.

De pronto, en medio de tan exquisitos e idílicos sueños, los cuales la mente suele recrear para atenuar infaustos momentos que resultarían insoportables sin esos milagrosos y esporádicos desvíos de la imaginación, Ayana despertó exaltada y presa de un repentino sacudimiento. Recordó que mientras dormía emergió fugazmente de su sueño la figura de su amada tía Anastasia, a quien, en ese sueño, había visto alejarse misteriosa, como un perfume disipado por el viento. Recordó, sin embargo, que mientras la imagen de su tía se alejaba, curiosamente enarbolaba un gigantesco cartel contentivo de una extraña leyenda: "No te olvides de los cuadernos, Ayana mía". La joven interpretó el sueño como una revelación.

Entonces, como tocada por un hechizo encantado, recordó cada minuto de su vida al lado de su amada tía. Y regresó a su mente, como torrente de aguas frescas, la historia completa de algo que Anastasia le había contado muchas veces acerca de unos misteriosos cuadernos desaparecidos por cientos de años. Ayana escuchaba siempre la historia con muchísima atención. Y fueron tantas las veces que tu tía se la narró, que ya la sabía de memoria. Sin embargo, lo que siempre sorprendía y extrañaba a Ayana, era que al escuchar la historia o simplemente al pensar en los misteriosos cuadernos, algo le decía que ella, Ayana Trinidad, era parte de esa historia. Y esa premonición la inquietaba. Por esa razón, la película completa con la narración que doce años antes le hizo por primera vez su tía respecto de los misteriosos cuadernos, no solo se había establecido permanente en sus archivos mentales, sino que se había convertido en una especie de virus cibernético que antojadizamente irrumpía en su cerebro; la sacaba de concentración y la obligaba a preguntarse por qué pensaba en esas cosas y por qué su corazón palpitaba a la velocidad de la luz cada vez que el asunto de los cuadernos rosaba a su mente. Era como si algún poderoso emisario de los dioses le revelara parte de un enigmático futuro del cual ella seria parte importante.

El cuento la historia, la fábula o lo que fuera que desde hacía tanto tiempo conquistara la imaginación de la tía Anastasia, y que ella, con tanto interés y frecuencia, repetía a su sobrina, se lo había escuchado a una negra africana de nombre Tranquila que, en presencia de la muerte, le había revelado su gran secreto.

Y un día Anastasia decidió que había llegado el momento de contar a su sobrina todo lo que Tranquila le había revelado en su lecho de muerte.

-Pon mucha atención Ayana a lo que voy a contarte, -dijo de repente la tía- una tarde soleada mientras se paseaban cogidas de manos por las inigualables playas del Cayo Levantado.

-Es una gran historia, -agregó Anastasia y debes conservarla viva por siempre en tu memoria. He aquí la historia:

"Un caluroso día de verano, abordé una yola y me fui a Cayo Levantado para visitar a mi madre, Emerenciana Trinidad, que estaba algo quebrantada de salud. El mar estaba tranquilo y el cielo despejado. Era un día precioso. Sin embargo, a la caída de la tarde la atmosfera se cargó de negros augurios. Pero aun así, resultaba impensable lo que ocurrió una hora más tarde cuando, inesperadamente, se desató una gran tormenta.

Esa tarde, repentinamente, el cielo se obscureció y vientos huracanados, al compás de silbidos infernales, arremetieron, como fieras salvajes, contra todo lo existente en el pequeño islote. La casita de mi madre fue arrancada de raíz por fuerzas indescriptibles y, en un instante, todos los que estábamos allí fuimos elevados como plumas y lanzados, por los fuertes vientos, en diferentes direcciones, a tal punto que al amainar la furia del huracán, nadie sabía dónde estaba nadie y tampoco nadie sabía de la suerte de los demás. Tampoco si estábamos vivos o muertos.

Yo estuve inconsciente, no sé cuánto tiempo. Y cuando desperté estaba aferrada al tronco de una gran palmera que se erguía, como torre inconmovible, a solo unos metros de la playa. Me di cuenta de que estaba muy golpeada. Intenté ponerme de pie, pero no pude. Sentía mi cuerpo tan adolorido, como quien ha recibido una intensa paliza. Pero lo peor de todo era que no sabía dónde estaba. No podía pensar ni sabía nada de lo ocurrido. Mi menta estaba completamente en blanco. Pasó mucho tiempo sin que supiera de mí aunque me mantenía aferrada, tal vez por instinto, a aquel tronco de mi palma salvadora, mientras gritaba en alta voz y con todas las escasas fuerzas que me quedaba: ¡Ayúdame Dios mío! ¡Ayúdame Jesús! ¡No me dejes morir Señor! ¡No quiero morir!

Pero nadie la escuchaba.

Llegó la oscura y tenebrosa noche; se calmaron los vientos; los grillos, afanosos como siempre, alzaban su desafinada voz para entonar su eterna y cansona melodía. Fue entonces cuando Ciriaco me encontró y me trasladó a un pequeño refugio que había improvisado debajo de un gran árbol arrancado de raíz por la feroz tormenta. Me reanimó, me secó y poco a poco me volvió la conciencia. Entonces recordé el terrible momento en que la furia del huracán arrancó la casita de mi madre. Me sentí turbada porque no pude recordar nada más. Pregunté por ella y se me informó que nada le había ocurrido, pero que estaba muy preocupada y triste por Tranquila, a quien el huracán se había llevado y aun se ignoraba su paradero. Aunque adolorida, me puse de pie y salimos todos, incluyendo a mi madre enferman, en busca de Tranquila.

El cayo levantado no es grande. Apenas mide poco menos de un kilómetro cuadrado. De manera que parecía fácil peinarlo todo en poco tiempo y dar con la desaparecida. Sin embargo, la noche era obscura y los árboles caídos, esparcidos por doquier, dificultaban nuestra labor. Por eso, y no obstante nuestro gran esfuerzo, a la media noche tuvimos que parar la búsqueda sin haber dado con el cuerpo, vivo o muerto de Tranquila. Nadie durmió esa noche y al siguiente día, tan pronto amaneció, emprendimos la búsqueda, esperanzados en encontrar con vida a la desafortunada negra africana.

Muchas personas, entre familiares y conocidos llegaron temprano al cayo para conocer la suerte de los que vivían en el islote, y de inmediato, prácticamente todos se integraron a la búsqueda. Y aconteció que a eso de las diez de la mañana de aquel extraño día, cuando el rubicundo apolo parecía aun dormido, o tal vez si no se había levantado por temor a un furtivo regreso de la poderosa tormenta que lo obligaría a batirse nuevamente en retirada, alguien gritó a todo pulmón: ¡La negra está aquí! ¡La encontré y está viva! ¡Vengan pronto! ¡De prisa que a la pobre negra se la están comiendo los cangrejos!

Cuando me acerqué al lugar, Tranquila estaba boca arriba, aprisionada por un árbol que posiblemente se había derribado sobre ella después que el viento la arrastró hasta un lugar distante a más de 300 metros del sitio donde estaba la desaparecida casita de Emerenciana Trinidad.

-¡Y te puedo asegurar Ayana! -Enfatizó Anastasia- como si regresara de un largo viaje, que si Tranquila no murió en el accidente, se debió a que el lugar donde la encontraron era una pequeña duna de blancas arenas que, por un milagro de los misteriosos dioses, amortiguó el golpe del árbol que le cayó encima de la pobre africana.

Cuando finalmente entre varios hombres pudieron liberar a Tranquila del árbol que la aprisionaba, notaron en seguida que su estado era de pronóstico reservado. De inmediato la montaron en una yola; la trasladaron a tierra firme y la llevaron a la casa de Ciriaco. Yo, no obstante lo golpeada que estaba, era joven todavía; tenia todos los bríos del mundo y me ofrecí, de muy buenas ganas, a atender a la maltrecha vieja Tranquila.

Ciriaco, ese mismo día, ensilló un caballo, se trasladó a Sánchez, y desde allí tomó el tren hasta la Vega desde donde regresó al día siguiente acompañado de un médico que, después de examinar cuidadosamente a Tranquila, dictaminó que salvo ocurriera un milagro, a la vieja africana le restaba, a lo sumo, una semana de vida.

Fue entonces cuando la africana optó por confesarme las razones por las cueles había venido desde su amada y lejana áfrica hasta el país dominicano. Y a continuación me reveló lo que para ella constituía un gran secreto.

Me contó una extraña historia sobre unos misteriosos cuadernos que había escrito, cinco siglos atrás, uno de sus ancestros de nombre Oranyán. Posteriormente, los cuadernos fueron traídos al Santo Domingo colonial por un nieto de Oranyán, que luego fue inexplicablemente asesinado en la isla.

Tranquila estaba muy delicada de salud cuando empezó a revelarme su secreto y, algunas veces, me hablaba solo por cinco minutos y paraba. A veces pasaban horas sin que reiniciara la conversación. La negra hablaba con gran dificultad y apenas si se entendía lo que decía. Al final, sin embargo, de su lenta narración pude sacar un apretado resumen de lo que Tranquila me contó en su lecho de muerte. Y los muertos no mienten. No porque no quieran, la mentira es inherente al ser humano, sino por falta de objetivo.

En resumen, la vieja me contó que a mediados de la década de los 50, un hijo de Andrés Trinidad, de nombre José, se estableció en Sabana de la Mar. Pero que a finales del año 1861, se vio forzado a abandonar aquellas tierras por motivos políticos. El caso fue que José Trinidad Mejía, se opuso rabiosamente a la anexión a España, por cuya razón fue perseguido por el propio General Pedro Santana, principal abanderado de la anexión. Entonces, José huyó hacia el sur del país y en el trayecto enfermó gravemente, siendo rescatado y curado por la propia Tranquila, quien años antes había venido desde el lejano y misterioso continente africano en procura de indagar sobre el paradero de los misterios cuadernos de Oranyán.

Tranquila indagó por años sobre el paradero de los cuadernos sin conseguir nada que le permitiera inferir alguna pista que la llevara a su objetivo. Después de años de infructuosa búsqueda se estableció en el sur de la isla, al enterarse de que un nieto de Buenaventura Báez Méndez, que era periodista y se dedicaba a la investigación histórica, tenía conocimientos, o mejor dicho, vagos indicios sobre la existencia de los cuadernos y también sobre la persona que, según la leyenda, los había traído desde España a Santo Domingo.

El tiempo pasó. Tranquila finalmente dio con el paradero del nieto de Buenaventura Báez, y éste le informó que, pese a sus investigaciones históricas, no había podido confirmar si los cuadernos de Oranyán habían llegado o no a Santo Domingo. Lo que, sin embargo, había podido establecer, sin ninguna duda, era que un misterioso negro, bien educado y quien se decía ser bisnieto de un tal Oranyán había sido misteriosamente asesinado durante su estadía en el Santo Domingo colonial.

-Todo lo que se sobre Oranyán, su bisnieto y los cuadernos que se dice ellos escribieron y trajeron a Santo Domingo, son producto del azar -dijo el nieto de Buenaventura Báez a Tranquila.

En realidad, informó el joven a Tranquila- yo estaba obsesionado con la conducta pública y privada de mi abuelo Buenaventura Báez y deseaba una explicación al por qué su vida había sido tan licenciosa. Entonces me decidí por investigar las raíces familiares de la familia Báez Méndez y descubrí asuntos verdaderamente sorprendentes. Mi investigación cubrió varios siglos y pude confirmar, por notas extraídas de documentos del padre Las casas, que efectivamente, entre los que acompañaron al Comendador Ovando en su primer viaje a la Isla (1501), vino un negro, de gran inteligencia y preparación, que era una especie de escribano del célebre arquitecto Francisco del Tostado, quien arribó por primera vez a la española en compañía del Comendador Fray Nicolás de Ovando. Aquí el joven periodista detuvo su narración, no si para coger aire o para prepararse por lo que iba a decir. Luego continúo y, exhibiendo una amplia sonrisa que dejaba al descubierto su dentadura postiza, dijo:

-Fíjese usted doña Tranquila, ¡Ah, que sí! ¡Que interesante es la vida! ¡Y cuantos misterios obscuros la rodean! Fíjese usted, je je je, que la rueda de la fortuna es como el viento: nadie sabe de dónde viene ni a donde va, como lo prueba la historia reciente de mi familia que empieza con Pablo Altagracia Báez, padre de mi abuelo Buenaventura Báez.

Don Pablo, mi bisabuelo, era hijo de un cura católico y de una mujer casada. Y, como era de esperase, un escándalo mayor se desató al nacer el niño hijo del sacerdote. Pero mi tatarabuelo, el cura, se la ingenió para dar al recién nacido en adopción, y como el diablo está siempre disponible para socorrer a sus protegidos, un ciudadano francés de apellido Báez, que se dedicaba a la platería, adopto a Pablo Altagracia, y le dio su apellido Báez. Más tarde el hijo del cura y padre de Buenaventura, amasó una gran fortuna. Penetró la oligarquía azuana y se convirtió en uno de los personajes más importantes e influyentes de la provincia. Y fue de esa suerte que en 1821 fue electo alcalde de Azua. Entonces a mi bisabuelo, se le ocurrió comprar varias esclavas y da la casualidad de que entre ellas había una atractiva negra de nombre Teresa de Jesús Méndez que sería la madre del futuro Presidente de la Republica Dominicana.

¡Ah la rueda de la fortuna caramba! ¡Es más impredecible que el viento! ji, ji, ji, sonrió con picardía el nieto de Buenaventura Báez, y continuó:

Pablo Báez, mi bisabuelo, era un mujeriego impenitente. Convirtió a la esclava Teresa Méndez en su mujer y con ella procreó siete hijos, incluido a mi abuelo Buenaventura Báez Méndez, quien heredó muchos de los vicios y virtudes de su padre. Buenaventura nació bajo el influjo favorable de las estrellas y siendo muy joven todavía, saltó a la vida pública al ser electo, en 1943, diputado a la constituyente haitiana por su provincia natal. Y ya, a sus escasos 37 años de edad, alcanzó, por primera vez, la Presidente de la Republica. ¿Era mi abuelo un protegido de los dioses o un embajador del demonio? No importa si lo fue o no con la ayuda del diablo, pero lo cierto es que mi abuelo fue un hombre afortunado.

En su primera administración Gobernó la nación para el periodo 1849-53 y lo hizo bastante bien. Más tarde asumiría nuevamente las riendas del poder en cuatro ocasiones más y en cada nueva ocasión su gobierno sería más corrupto y licencioso.

-Mi abuelo, -continuo el nieto de Buenaventura Báez- fue un hombre inteligente y sumamente hábil, pero inescrupuloso. Tal vez por eso gobernó el país en tantas ocasiones. Pero eso no importa ahora Doña Tranquila. Lo que en verdad resulta importante destacar, y es por lo que le he contado la historia de mi familia, es que Mai-Teresa, la madre de Buenaventura era, según noticias, -aún no he podido confirmar la veracidad de la información- era bisnieta Vesey un esclavo africano, practicante de la religión Yoruba, atrapado en 1750 en un pueblo perdido llamado Essaka, en lo que es hoy la región de habla Igbo de Nigeria. El negro posteriormente fue vendido a traficantes de esclavos portugueses, quienes a su vez, lo vendieron a un francés de apellido Vesey que era propietario de una plantación de azúcar en Port Fracais. Ese esclavo tuvo varios hijos, entre ellos a la abuela de Mai-teresa y un barón de nombre Denmark Vesey que nació en 1767, o sea 24 años después de que naciera Toussaint de Brenda mejor conocido como Toussaint Louverture, el esclavo haitiano que inicio la revuelta que liberaría a los afroamericanos de la esclavitud. Vesey de inspiraría en esta acción para intentar la misma acción libertadora en los esclavistas Estados Unidos de América.

-Toda esta historia -continuó- se la había contado mi abuela Mai-Teresa a mi madre y ésta, a su vez, me la contó a mí. Por cierto que fue a mi madre a quien escuché por primera vez pronunciar el nombre de Oranyán, de quien dijo era un esclavo africano nacido en España en la primera mitad del siglo IVX, y quien había escrito algo muy importante en unos cuadernos que por miedo a la inquisición, un nieto del propio Oranyán había traído y ocultado en algún secreto lugar en Santo Domingo en la época de la conquista.

-Como era de esperarse -continuó el joven periodista- me interesé vivamente en el asunto e indagué todo lo que pudo, pero no logré conseguir nada que me permitiera ni siquiera confirmar si los cuadernos escritos por Oranyán, habían llegado efectivamente a Santo

Domingo. -Y esta fue toda la historia que me narró el nieto de Buenaventura, terminó diciéndome Tranquila en su lecho de muerte.

Continuando con su narración -dijo Anastasia a su nieta, Tranquila me aseguró que se había sentido algo decepcionada con las informaciones del joven periodista, pero a la vez más confiada que nunca en la existencia de los cuadernos de Oranyán. Y eso, me dijo la africana, aumentó mi interés en dar con los cuadernos y en conocer las causas del asesinato de la persona que supuestamente los había traído al Santo Domingo colonial.

Más adelante, según me contó Tranquila en su lecho de muerte, ella y José Trinidad se casaron. Formaron familia y se establecieron en el sitio llamado Barbacoa, hoy Villa Jaragua. Y desde entonces, la negra fue llamada Tranquila la de José o simplemente Tranquila José. Años después, José Trinidad enfermó gravemente y pidió ser llevado a Samaná, encareciéndole a su mujer que si moría durante el viaje, lo enterraran en su pueblo natal o, de ser posible, en el propio Cayo Levantado.

Nada más se sabe de José y tampoco si se cumplieron sus deseos. De lo que no hay dudas es de que Tranquila, sabiéndose sentenciada a muerte y sin la menor esperanza de continuar la ardua tarea de dar con el paradero de los misteriosos cuadernos, decidió revelar las razones que la habían impulsado a surcar tan grandes distancias, para venir, desde el lejano delta del caudaloso Níger africano, hasta nuestras bellas tierras antillanas.

-Y fue así como en su lecho de muerte, la negra africana, con sus ojos preñados en lágrimas, y tal vez decepcionada de la vida por no haber alcanzado su meta, me contó lo que para ella constituía un gran secreto. El mismo día que murió, la africana me dijo, con voz cansada y suplicante, ya casi apagada, como si quisiera resumirlo todo en unas pocas palabras: ¡Óyeme bien Anastasia, porque mi tiempo se acaba!:

-Como ya sabes, yo vine a este país en procura de conocer la verdad acerca de una tradición mantenida viva por cientos de años en mi clan familiar, referente a un lejano pariente nuestro que vino a Santo Domingo en la época en que el comendador Fray Nicolás de Ovando gobernaba la isla. Todo apunta a que, ciertamente, mi pariente trajo consigo unos valiosos cuadernos escritos a principio del siglo XV por un legendario pariente nuestro de nombre Oranyán.

-Esos cuadernos, -agrego Tranquila, casi agonizando y en presencia de los emisarios de la muerte, que impacientes la requerían para internarla para siempre en el infierno- contienen una singular historia escrita por Oranyán, quien fuera esclavo de un médico judío para la época en que la terrible y mortífera peste negra azotó España y a toda Europa. Más tarde, el bisnieto de Oranyán trajo los cuadernos a Santo Domingo y aquí fue vilmente asesinado.

-Se cree, agrego tranquila en su lecho de muerte, que antes de morir, mi lejano pariente escribió un nuevo cuaderno donde daba cuenta de la situación imperante en la isla para la época en que fue asesinado. Nadie sabe porque lo mataron y eso aumenta el misterio del caso. Lo que se ha podido establecer, es que antes de ser asesinado, mi pariente, el biznieto de Oranyán, logró esconder, en algún lugar de la vieja ciudad colonial, los cuadernos que había traído desde España junto a los demás que él mismo escribió durante su estadía en Santo Domingo, siendo, tal vez, esa la razón de su asesinato.

-Los detalles que acabo de revelarte -aseguró Tranquila con sus últimos alientos- llegaron a áfrica por medio de relatos llevados por traficantes de esclavos portugueses que incursionaban en Benín y en otras áreas cercanas al delta del Níger.

Luego la negra pausó por un tiempo que a mí me pareció muy largo. Creí que estaba muerte. De repente reabrió sus mortecinos ojos, y agregó, en tono sombrío:

-¡Me castiguen Changó, que es la Santa Bárbara de los cristianos, y todos los poderosos dioses Yoruba, si no hice cuanto pude por dar con el paradero de los cuadernos de Oranyán! Pero, desgraciadamente Anastasia, hasta ahora nadie, ni siquiera los más importantes historiadores dominicanos, parecen tener noticias ciertas sobre los cuadernos y mucho menos sobre el personaje que supuestamente los trajo a Santo Domingo.

-Cuando Tranquila terminó de narrarme toda la extraña historia de los cuadernos de Oranyán, le pregunté angustiada: Pero doña Tranquila: ¿Por qué me cuenta usted todo eso?

-Porque voy a morir -contestó Tranquila- sin haber cumplido mi misión de dar con el paradero de esos valiosos documentos que, como dije, narran cientos de años de historia, no solo de mi familia, que es ahora también la tuya Anastasia, sino que retratan los horrores de una época obscura de la historia de la humanidad que el hombre de hoy debería conocer para no repetirla nunca más.

-Pero… !Y yo! ¿Qué puedo hacer en este caso? -Pregunté angustiada.

-Mucho, muchísimo - Me respondió la africana- porque tú puedes y debes mantener viva la tradición.

¡Y un día! ¡Si Anastasia! ¡Un día cualquiera! Estoy segura de que alguien de la familia Trinidad, se alzará con la gloria de dar con el paradero de los cuadernos de Oranyán! Y te juro Anastasia, que ese será un día grandioso que celebraré desde mi tumba junto a todos mis ancestros.

Y cuantas veces Anastasia repetía la misma historia a su joven sobrina, concluía señalando: ¡Y quien sabe, hija mía querida! ¡Quien podría saber si serás tú Ayana, o un cercano pariente tuyo, quien encuentre tan valiosos documentos! Y esas últimas palabras pronunciadas por la tía Anastasia desde la primera hasta la última vez que contó la historia de los cuadernos de Oranyán a su sobrina, echaron raíces y permanecieron vivas para siempre, como llama inextinguible, en la memoria y el corazón de Ayana Trinidad.

Y cincuenta años más tarde, cuando su hijo Akeem le manifestó su intención de regresar a Santo Domingo para intentar encontrar los cuadernos de Oranyán, Ayana Trinidad recordaría, emocionada y nostálgica, aquel breve instante, durante su travesía de Santo Domingo a New York, en que recreó en su mente la extraña historia que la tía Anastasia le había contado, ya tantas veces, que había terminado asentada en su mente como una verdad inconmovible, hasta el punto de haberla llevado al convencimiento de que un día, un miembro de la familia trinidad, tal vez un hijo suyo, daría finalmente con los tan buscados cuadernos de Oranyán.

9.- Ayana Trinidad ingresa al purgatorio.

Impactada todavía por vagos recuerdos de su infancia, arribó Ayana a Ellis Island, y más tarde a Harlem, donde finalmente penetró al humilde apartamento que su prima Erika ocupaba en Lenox av., junto a sus dos pequeños hijos y su madre parapléjica. El apartamento era pequeñísimo. Solo tenía dos cuartos: uno lo ocupaba Erika y su madre, y el otro los dos niños. Ya dentro, Erika comentó entre dientes y con la mirada fija en el suelo, como si no deseara confrontar la reacción de su prima al comprobar la miseria indescriptible en que vivía: –Aquí vivo Ayana. ¡Lo lamento! Pero no tengo nada mejor que ofrecerte.

Ayana enmudeció. Miró a su alrededor y de un solo vistazo detalló el pequeño apartamento y comprendió en seguida que no había espacio para ella.

Una tempestad de negros augurios nubló momentáneamente su mente. Quería desaparecer de aquel escenario triste y deprimente. En un instante vio todos sus sueños derrumbados al tiempo que desfilaban por su mente, en infernal caravana, la multitud de dificultades que tendría que enfrentar para sobrevivir en aquel purgatorio agravado por la miseria. Pero como era habitual en ella, y ahí residía su gran fortaleza psíquica, reaccionó al instante y pensó: "Lo único importante ahora es sobrevivir". Ayana lo entendió en seguida, y solo se le ocurrió señalar y preguntar a la vez:

-Como ves, querida Erika, mis pertenencias son tan escasas que las traigo todas en este bolso de mano. Así que señálame donde las coloco y dónde voy a dormir.

-Ahí, en la habitación que comparto con mi madre enferma, puedes colocar tus cosas, –respondió Erika con voz entrecortada y visiblemente apesadumbrada–

-Y si lo deseas -agregó- puedes dormir con los niños o bien en ese pequeño sofá que ves en la cocina. Aquí no tenemos sala. Solo la cocina, un diminuto bañó y los dos cuartitos donde dormimos.

-Bien…. No te preocupes, querida prima. Veré como me acomodo en el pequeño sofá y luego hablaremos de tu situación y de la forma de mejorarla. No seré una carga para ti. De eso puedes estar segura. Y agregó, con su rostro iluminado por la sentida premonición de que todo cambiaría para bien:

-–¡Tal vez si fueron los misericordiosos dioses quienes me enviaron hasta aquí para ayudarte!

-¿Los dioses? Vaya prima… Lo lamento, pero ¡Yo no creo en esas cosas! –Repuso Erika, en tono despectivo como para recalcar su falta de fe en las divinidades–

Aunque no se esperaba semejante respuesta, Ayana guardó silencio.

Esa primera noche Erika y Ayana hablaron hasta muy tarde. Se revelaron sus secretos e hicieron planes para mejorar la situación imperante en el hogar

10.-El vaivén de las olas

Corría el mes de Julio de 1929. Tres escasos meses más tarde ¡Quien podría saberlo! explosionaría la gran depresión que sumiría en espantosa desesperación y abyecta miseria a tres de cada cuatro norteamericanos, y arrastraría a la masa pobre, particularmente a los negros de aquel gran país, a una situación de pobreza y desamparo inimaginables. Pero todavía, en los días en que Ayana Trinidad se instaló en el pequeño Apartamento de Erika, la situación parecía normal, sobre todo, porque durante los cinco años previos a la gran depresión, el empleo y la prosperidad habían crecido de forma espectacular debido, especialmente, al surgimiento del automóvil cuya producción en serie incrementó la demanda de petróleo, acero, caucho, efectos eléctricos, alimento y de nuevas viviendas, todo lo cual impulsó la construcción de millones de kilómetros de carretera lo que provocó, a su vez, un espectacular incremento del empleo en prácticamente todo el mundo.

En aquellos Estados Unidos la gigantesca ola que mágicamente lo empujaba todo era tan grande y promisoria, que la gente llegó a pensar que sería infinita y que nada ni nadie podrían detenerla. Sin embargo, aquel impensable 24 de octubre las olas regresaron cargadas de inmundicias y destruyeron toda la supuesta bonanza construida con tocones podridos, confirmando una vez más la tristemente célebre expresión de Isaac Newton, quien, arruinado en su época por una de las recurrentes crisis del capitalismo, gritó a todo pulmón para que el mundo lo escuchara: "Puedo predecir con precisión el movimiento de los cuerpos celestes, pero nunca la locura de la gente".

Durante sus primeros días juntas, Erika y Ayana, como todos los despreocupados norteamericanos de la época, se reían de todo, incluso de su propia miseria. Y, en tanto consumían los escasos dólares de que disponían, exploraban cada día el barrio donde vivían paseándose como impolutas damiselas que, ignorantes del peligro, recorren un bosque infectado de fieras salvajes.

Cada tarde, después de dormir a los niños, salían a pasearse por el barrio y volvían ya cuando el rubicundo Apolo se disponía a teñir de rojo su inmensa cabellera. Al cuarto día no salieron, porque los viernes y uno que otros días de la semana, Erika debía encontrarse con un amigo de su difunto padre que, según aseguraba, le proporcionaba alguna ayuda desinteresada. Lo cierto era que Erika mantenía una turbia relación con un viejo de más de 60 años. Pero todos los demás días salieron de paseo hasta que al octavo día Ayana consideró que había llegado la hora de procurarse un empleo. Y bastó que al siguiente día las dos damiselas se adentraran en el Spanish Harlem, zona para entonces dominada principalmente por italianos, puertorriqueños y otros latinos, para que se les sobraran las ofertas, especialmente a Ayana.

La bella mulata, coronada con un viejo sombrero de croché perteneciente a la parapléjica madre de su prima, despertaba la admiración de todos en un Harlem que, bajo el influjo de las drogas, del alcohol ilegal y de los diversos géneros musicales que florecían allí como la verdolaga, caricaturizaba a la perfección la despreocupación reinante y la locura colectiva de la época. Pero Ayana Trinidad, que aún conservaba aquellos sanos escrúpulos que nacen de la vida apacible de los campos dominicanos, rechazaba, inexplicablemente para Erika, los muchos empleos que le ofertaron los bulliciosos latinos. Ayana procuraba y deseaba otra cosa más sosegada y tranquila.

Para aquellos días y mientras Ayana conversaba con un puertorriqueño que le ofrecía, con fanática insistencia, un empleo que ella sonriendo rechazaba, se le acercó un joven caballero de piel obscura, y hablándole casi al oído, le dijo, en un arrastrado español:

-Me paarece que teno algo para tu–. La dominicana, alejándose un poco del simpático negro, le preguntó: -Me puedes decir de que se trata lo que tienes para mí.

-Es que mi padree, –respondió el negro– tienie uno sombrera, en Lenox con 120 Street y neecesita un aguijen como tú que lo aiude con su trabajo. ¿Te interuessa? -Dijo finalmente el hombre- exhibiendo una linda sonrisa que agradó visiblemente a la bella dominicana.

-Tal vez, -respondió misteriosa Ayana Trinidad.

-Si tu deseas, Ío puede ievarte donde mi padre en este mismo instante.

-Lo pensaré -dijo muy tranquila la bella mulata, que empezaba a tomar las cosas con calma; a no precipitarse en nada, sin importar las circunstancias.

-¿Y cómo sabreé tu reespuesta? -dijo el joven, visiblemente impaciente.

Ayana se encogió de hombre y no contestó. Miró al negro de reojo y se marchó sonriendo.

Carl Swain nació el 3 de abril de 1909 en Atlanta, ciudad donde su padre, descendiente de esclavos, trabajaba como camionero y su madre limpiando casas. Desde muy joven, el padre de Carl empezó a involucrarse en las actividades parroquiales de la Iglesia de Jesucristo de los Últimos Días, donde conoció a un Jamaiquino de apellido Ribet que lo convirtió en comerciante al venderle una pequeña sombrerería que solo tenía el nombre. El padre de Carl se empeñó por implicarlo en sus actividades religiosas, pero el joven nunca se interesó en el tema y prefería la lectura de los clásicos y de historias ligadas a su raza y a su país de adopción antes que la religión.

Un par de días después del primer encuentro, Ayana se encontró nuevamente con el joven Carl Swain y aceptó la invitación para visitar el negocio de su padre: una polvorienta sombrerería de aspecto deprimente donde se compraban y vendían sombreros usados, instalada en la Tercera Avenida con 118 Street de Harlem. Carl Swain tenía 20 años entonces. Era alto, delgado y de piel exageradamente obscura. Su cara era algo carnosa y se notaba cuidadosamente rasurada. Usaba lentes para corregir un pequeño problema visual. Ese día vestía un elegante traje gris y llevaba puesta una camisa cuya blancura brillaba. Toda su vestimenta, al igual que sus zapatos, llevaba un sello de inconfundible elegancia y de superior calidad. Era evidente que Carl tenía clase y que el color de su piel no constituía para él ninguna ofensa ni nada que le impidiera resaltar su recia personalidad. Este hombre tenía sentido de su propia valía y jamás se dejaría agobiar por el color de su piel.

Su padre, el señor Peter Swain se había trasladado de Atlanta a Harlem en 1919, con la idea de abrir un negocio de compra y venta de sombreros de damas. Pero dado su reducido capital, inició su empresa limitado a la compra y venta de sombreros usados. Era un fanático religioso, negro como el petróleo, que no ocultaba su odio a los "cara pálida". Peter Swain Juzgaba imposible cualquier avenencia, cualquier forma de integración entre negros y blancos. Para él, la segregación, el apartheid, la discriminación racial o como quiera que se llamara a aquella injustificada formula de poner separadores entre los seres humanos, constituía un engendro diabólico que odiaba y maldecía con todo su alma. Era fornido y feo como un rinoceronte. Sin embargo, pese a su apariencia, resentimiento racial y eterno mal humor, era un hombre bueno y sobre todo honrado y honesto a carta cabal. Había sido uno de los pocos amigos del padre de Erika, y también uno de los pocos seres humanos que desde su trágica muerte, había contribuido económicamente para aliviar la situación desesperada de aquella desdichada familia.

Desde su llegada a Harlem, Peter Swain se había relacionado con un judío de nombre Moshe Ben Gurion que vivía en el piso de arriba de la sombrearía. El judío era dueño único de una textilera y también de una empresa dedicada a la importación y exportación de tejidos establecidas, ambas empresas, en la Orchard Street, del bajo Manhattan. Moshe era, además, prestamista y se había encariñado con Peter, y sobre todo con Carl, a quien admiraba por su caballerosidad y pulcritud en el vestir.

Un día Moshe visitó la sombrerería de Peter y la encontró deprimente y escasa de mercancía. El judío conocía del carácter endiablado del viejo Peter, de manera que en forma cuidadosa y con esmerada discreción, se ofreció a prestarle dinero sin interés y por el tiempo que Peter quisiera. El viejo aceptó a regañadientes la oferta a condición de pagar a Moshe una modesta tasa de interés.

El préstamo de concertó y durante todo un año Peter Swain pagó puntualmente los intereses sobre el saldo insoluto del valor prestado y, al término justo de un año, saldó la totalidad del préstamo. En adelante, los dos hombres, una blanco de ojos azules y el otro negro como el azabache, mantendrían, durante toda sus vidas, una relación de hermanos, relación que continuó sin cambio pese a que Moshe se mudó de Harlem como parte de la ola de judíos que abandonaron el bullicioso barrio a causa de la invasión de los negros.

Carl, en compañía de Ayana Trinidad, se presentó al negocio de su padre y en seguida la dominicana quedó contratada como empleada de la humilde sombrerería. Un par de meses después explotaría la gigantesca crisis económica iniciada en 1929. El salario de la dominicana fue fijado en 30 dólares a la semana y todavía en 1936, cuando Peter Swain murió, la joven devengaba aun el mismo salario.

El Salario de Ayana era inferior a un dólar por hora. Sin embargo, desde el mismo momento en que empezó a percibir un salario, las cosas mejoraron notablemente en el hogar de Erika, donde desde hacía tiempo solo entraban los 100 dólares que su amante, el viejo Enrico, le proporcionaba cada mes desde hacía 4 años. Ayana entrega a su prima, semana tras semana, prácticamente la totalidad de su salario. De manera que las cosas mejoraron en el hogar. De nuevo los niños tenían los alimentos necesarios y la madre, razonablemente, la atención médica que ameritaba. En el humilde hogar no faltaba prácticamente de nada. Ayana, en ocasiones, se encogía de hombre al razonar sobre la magia empleada por Erika para administrar tan eficientemente los escasos fondos que ella le proporcionaba, pues entendía que su prima hacia demasiado con el poco dinero que manejaba. Ella ignoraba la relación de Erika con Enrico. Por eso, en ocasiones, al observan lo bien que marchaban los asuntos económicos, la asaltaban dudas y se rompía la cabeza preguntándose:

-¿Pero cómo lo hace?

No le cuadraban los números. Los revisaba una y otras vez hasta el aburrimiento. Pero acababa siempre desechando los malos pensamientos con esta oración en mente: ¡Es que mi prima es maga y hace milagros con los pocos dólares que recibe!

A veces, sin embargo, el sabio instinto la acosaba. Se escaseaban las respuestas satisfactorias y las tormentosas dudas regresaban. Entonces un misterioso telón se levantaba y, en la mente de Ayana Trinidad, surgía nítida la película completa con las sospechosas salidas que Erika hacia sistemáticamente una o dos veces cada semana. Y cuando todo aquello se arremolinaba en su mente, se sentía inmensamente turbada. Su corazón tamborileaba sin control. Un cosquilleo especial invadía de repente su sistema nervioso y un vendaval de tormentosas premoniciones se precipitaban sobre su ser como aves en desbandada.

Erika, a lo menos dos veces a la semana, esperaba a su prima lo mejor presentada que podía y con la excusa de que debía buscar algo que supuestamente faltaba en el hogar, se iba a la calle y regresaba pasadas las diez de la noche y a veces hasta de madrugada. Ayana, que semana tras semanas le entregaba la totalidad de sus ingresos, y cuando necesitaba algo de dinero lo pedía a su prima con humildad sin par, tenía poco tiempo para indagar sobre lo que Erika hacia o dejaba de hacer. Y como todo marchaba tan bien en el hogar, si bien sospechaba y le preocupaban las sistemáticas salidas de su prima, jamás se le ocurrió preguntarle el motivo de sus misteriosas ausencias.

Sin embargo, con la inoportuna llegada de la gran depresión las cosas se complicaron. El dinero empezó a escasear y, en el hogar de Erika, primero se racionaron los alimentos y luego faltó de todo. Ayana, que se mantenía como siempre aportando la totalidad de su salario, se iba sin desayunar y los niños lloraban hambrientos. Llegaron días amargos, donde la familia prácticamente no probaba bocado. Y, finalmente, el pánico cundió cuando a mediados de Febrero de 1930, justo cuando el crudo invierno intensificó su poderío tortuoso, al apartamento le suspendieron los servicios de gas y electricidad.

11- Enrico Bruno II

Se recordará, que Erika tenía un amante. Su nombre era Enrico Bruno. Un hombre que sobrepasaba los 60 años de edad para cuando, a principios de 1926, se adueñó de Erika aprovechándose de sus muchas dificultades económicas. Enrico Bruno era un viejo entonces. Provenía de una familia siciliana de los llamados "Gabellotti" o recolectores de impuestos, quienes eran, en realidad, administradores de las propiedades de los aristócratas, labor que realizaban a cambio de un porcentaje de las cosechas. Eran muy eficientes y los propietarios terminaron por dejarlo todo en mano de los "Gabellotti". Y ellos, a fin de acrecentar sus ganancias, dividían las tierras en pequeñas áreas y las arrendaban a los campesinos a quienes luego obligaban a darles también parte de sus cosechas. Con esa fórmula corrompida, propia del desarrollo capitalista, acumularon un gran capital originario y con el tiempo se volvieron cada vez más poderosos y perversos.

Empezaron por Practicar abiertamente la extorsión, con cuya fórmula incrementaron su poder hasta controlar y manipular todo lo que se movía en la isla siciliana en provecho de poderosos clanes familiares que al final terminaron convertidos en la tenebrosa Cosa Nostra.

Enrico era hijo de Giuseppe Gambiano, un rudo e inescrupuloso campesino siciliano que cortaba la cabeza a cualquiera por un quítame esta paja. Giuseppe formó parte del primer grupo de los "Gabellotti", donde dejó su impronta de hombre cruel y despiadado. Iba en vertiginoso ascenso el padre de Enrico cuando la isla se fusionó con Italia. A partir de entonces las cosas empezaron a ir mal para Sicilia. Y surgió el movimiento de los llamados Fasci Siciliani, formado por trabajadores y campesinos descontentos, que pretendían desconocer el gobierno central. La respuesta no se hizo espera. El gobierno italiano impuso, en 1894, la ley marcial y mataron muchos sicilianos belicosos, de entre ellos al combativo y despiadado Giuseppe Gambiano. El verdadero nombre de su hijo no era Enrico sino Salvatore Gambino. Pero, cuando más tarde se vio forzado a inmigrar a Estados Unidos, cambió su nombre por el actual.

El padre de Enrico formó parte del grupo que inicialmente creó la sociedad criminal denominada Onotare Soecita. De manera que Enrico creció en un ambiente intolerante y mafioso gobernado por rígidas normas de respeto, código, obediencia y secretismo, reglas todas que él rechazaba por entender que tales normas anulaban la personalidad individual. Enrico nunca se sintió a gusto con el disfraz con que se encubría la "Honorable Sociedad" para ocultar sus desmanes y nunca se integró formalmente a ninguna de las familias que controlaban la mafia siciliana. Por eso, a raíz del asesinato de su padre, Enrico desapareció misteriosamente de la isla y todos lo dieron por muerto. Pero en 1896 Enrico reapareció en Milano y se alistó en el Ejército Italiano.

Enrico Bruno era cruel y despiadado. Conocía el valor de la intimidación y podía extorsionar a quien le viniera en ganas empleando los métodos mafiosos aprendidos en su Sicilia natal. Pero, era a la vez, dueño de una recia personalidad que generaba un respeto instantáneo. Por eso su ascenso fue meteórico, y ya para 1912, cuando el ejército italiano ocupó la para entonces empobrecida de Libia, Enrico era capitán de caballería y se destacó tanto por su crueldad como por sus dominios de las artes de la diplomacia. ¡Diabólica combinación!

Era la época en que las potencias europeas no ocultaban su desmedido afán de ampliar sus dominios coloniales, y por ello, las posibilidades de una gran conflagración bélica eran más que evidentes. Las alianzas y los juegos sucios se volvieron de pronto necesarios y la diplomacia -impenitente demonio detrás del trono- de vital importancia. Y en eso de jugar al gato de María Ramos o arte de tirar la piedra y esconder la mano, el inescrupuloso Enrico era insuperable.

Y en reconocimiento a esos "envidiables atributos" el pérfido italiano fue enviado a la poderosa y belicosa Alemania, como agregado militar. Y fue a causa de ese extraño giro de la enigmática rueda de la fortuna por lo que Enrico Bruno, antes de inmigrar a Estados Unidos, ya había participado en la primera guerra mundial. Fue a la guerra como soldado italiano, pero al terminar el conflicto, Enrico había desertado del ejército italiano y se había convertido en soldado alemán.

Se recordará que Italia entró a la primera guerra mundial como miembro de la Triple Alianza compuesta por Alemania, Austria-Hungría e Italia, confiada en que uniéndose a los países de la Triple Entente contra las Potencias Centrales, podría rescatar los territorios históricos que Austria le había arrebatado.

Enrico era un buen militar y en Libia se había comprobado su destreza. Por eso, cuando se rompe la alianza entre Italia y Alemania, Enrico es reclamado por el General Pasquale Oro, para que se le una en el frente de batalla. Pese a sentirse molesto por la decisión de Pasquale, Enrico se presenta al frente de batalla y dada su incuestionable destreza militares, es designado asistente del General. Pero cuando se produjo el descalabro del Ejército Italiano en la batalla del cerro Basson, Enrico utilizó la derrota como pretexto para, sin mediar lealtades ni consecuencias familiares, pasarse definitivamente al bando alemán, alegando que le atraía su disciplina.

Enrico fue siempre un convencido de que su país jamás alcanzaría la grandeza de la Alemania que tanto admiraba. Entendía que a los italianos les faltaba orden y sobre todo disciplina. Aseguraba, para robustecer su criterio, que la penosa derrota sufrida por el ejército Italiano en el cerro Basson se debió a la indisciplina que caracteriza a mi pueblo y a la falta de destreza militar de sus generales. Alegaba, para justificar su traición, que en el cerro, los soldados italianos, sin contar con un objetivo preciso y con una táctica bien estudiada, avanzaron desordenadamente, bajo el incesante fuego enemigo, provocando una derrota vergonzosa para Italia y una inmerecida victoria para el ejército austriaco.

Sin embargo, cuando la guerra terminó y Alemania resultó vencida, Enrico, de repente, se encontró sin patria. Y simplemente decidió buscarse otra. Y sin remordimiento ni consideración hacia los suyos, abandonó su familia, adoptó un nuevo nombre y se alistó como marinero en uno de los barcos que Don Vito Cossío jefe absoluto, para entonces, de la mafia siciliana. Don Vito, aprovechó la guerra para construir una docena de veloces barcos que utilizaba para contrabandear licores, productos agrícolas y otras mercancías entre varios países europeos y Estados Unidos.

De nuevo, el impenitente Enrico desertó. Y en apenas su segundo viaje como nobel marinero, abandonó a sus compañeros contrabandistas en las cercanías de Boston y se fue a New York donde le resultó fácil pasar desapercibido, cobijado por la gigantesca ola migratoria de entonces. El ex militar, diplomático, desertor impenitente y contrabandista improvisado, hablaba varios idiomas, incluyendo inglés y alemán y le fue fácil conseguir un buen empleo en un país que aprovechaba el desconcierto de las naciones europeas para erigirse como la mayor economía del mundo.

Dueño de una recia personalidad, hábil, inteligente, altamente calificado y bastante bien parecido, Enrico lo tenía todo para triunfar. Pero era igualmente arbitrario, despiadado e imponía su férrea voluntad al precio que fuera. Tenía sus virtudes como todos los hombres. Pero en el fondo era de esa clase de personas de naturaleza pequeña que llegan con facilidad a ser monstruosas. Desde muy joven lo persiguió una trágica y fatal condición que lo empujaba más bien a degradarse, a ser cruel y despiadado, que a avanzar y crecer en la magnanimidad y la compasión.

Aunque la llegada de la destructiva depresión económica de 1929 constituyó el detonante último que condujo al fatal desenlace, la realidad es que desde el principio la pareja dispareja vivió una relación tortuosa atizada, de ambos lados, por celos, odio, desprecio y resentimiento. Del lado de Enrico, sus celos enfermizos lo fueron arrastrando lentamente al peligroso extremo de perder las perspectivas de la realidad objetiva. Nunca pudo entender que él era un anciano en tanto su flamante amante era casi una adolescente. Con su alocado amor, o mejor dicho, con su manchado egoísmo, el viejo farsante había desarrollado la enfermiza manía de proferir improperios, amenazas y palabras descompuestas contra cualquier hombre que posara su mirada sobre Erika Turner. Actuaba en forma tan agresiva y desproporcionada que su desdichada amante sentía un frio e insensato temor cada vez que lo acompañaba a cualquier lugar, porque sabía que Enrico era capaz de agredir a cualquier hombre por solo mirarla. Erika estaba harta de las continuas chifladuras del viejo cascarrabias que, sin medir consecuencias, acusaba a todos de querer quitarle su mujer. Y para colmo, el casi enajenado Enrico Bruno, empezó a beber sin control, todos los días y hasta emborracharse.

Es cierto que la razón tiende a confundirse ante el prodigio del amor. Y es cierto también que esa extraña obsesión por la cual la carne llega a inspirarnos un anhelo tan apasionado de caricias y deseos, que en ocasiones llega a ser tan dominante que alcanza a anular toda lógica humana. Pero no creo que tal realidad justifique a tantos hombres maduros, para que, dominados por bajos instintos, se conviertan en vergüenza para los suyos y en hazmerreir para los demás. Y fue a ese rincón obscuro de la inconciencia; a esa abominable y trágica situación de tortuoso descaro, al lugar donde una loca pasión de adolescente, había arrastrado el viejo Enrico Bruno.

La trágica monomanía de aquel hombre enfermo, terminó convirtiéndolo en un animal salvaje que solo obedecía a sus instintos carnales. Era una bestia sin freno y su obsesión por esa mujer, hizo metástasis en su cerebro en llamas creando en su mente sedienta de deseo, un rosario de resentimientos infundados que envenenaron definitivamente su existencia. Y si a la tensión provocada por su caótico estado emocional se agrega el odio, más allá de toda medida racional, que provocaba en Erika la relación indigna e injusta a la que se veía sometida contra su voluntad, tendremos una idea del vasto y profundo lago de inquinas, sentimientos y desprecio que separaba a aquellas dos almas descarriadas.

Cuando Erika analizaba fríamente su trágica situación, reconocía que desde el primero hasta el último encuentro, jamás pudo esconder el asco y la humillación que significaban para ella el verse obligada a entregarse a un hombre que bien podía ser su abuelo, que la había seducido prácticamente por la fuerza y de quien nunca, bajo ninguna circunstancia, podría enamorarse ni sentir nada que no fuera un desprecio enfermizo. Enrico, como la mayor parte de los hombres que alguna vez estuvieron en situaciones similares, percibía el infinito desprecio que Erika le profesaba. Pero estaba loco por ella. Y no podía entender, pese a la herida sangrente que crecía en su pecho, que esa tortuosa relación seria su ruina. Veía ocultarse en las profundidades de su ser el nacimiento de un sentimiento creciente contra su amante; un recóndito dolor que ardía cada vez con mayor intensidad y quemaba sus entrañas. Pese a todo, pese que cientos de veces, tocado por una ráfaga pasajera de locura, Enrico había pensado en acabar de una vez con todo aquello como él sabía hacerlo, escondía su rabia, ocultaba su despecho y soportaba estoicamente el desprecio de que era objeto por parte de su amante, porque Erika era para él una verdadera obsesión mortal.

A veces, sentado en la soledad de su despacho, solía preguntarse por qué no podía sacarla de su mente. Sabía bien que ella no lo amaba y que él tampoco la amaba. Pero sentía por ella un insaciable deseo de hacerle el amor, que se había arraigado en su mente como llama inextinguible. ¿Pero por qué no puedo dejarla? Solía preguntarse. Y no podía explicárselo convincentemente aunque sentía que ella había envenado su sangre desde la primera vez que la poseyó.

El hecho de haberla poseído casi por la fuerza, se había frisado en su mente. Esa primera vez constituyó un inolvidable forcejeo sexual que revivió sus instintos más primitivos y lo dotó de una vitalidad sexual que superaban todos sus bríos juveniles. Era tal la pasión que sentía por Erika, que su falo se erguía como un cohete espacial con solo recordar aquel primer pecaminoso encuentro.

Lo cierto era que cada vez que Enrico lograba poseerla, un fuego intenso, como tizón atizado, se expandida por todo su cuerpo como pólvora incendiaria. Y el viejo perdía por completo el tino cuando rcreaba en su imaginación la voluptuosidad seductora y perniciosa que había contemplado en los ojos enrojecidos y llenos de odio de Erika, cuya mirada envenenada clavaba sobre Enrico como si quisiera pulverizarlo, situación que aumentaba, inexplicablemente, la pasión, la obsesión sexual desenfrenada que sentía por su obligada amante.

Erika nunca se le entregó. Tuvo siempre que someterla por la fuerza. Pero esa misma lucha lo estimulaba. De hecho la violaba cada vez. De ahí que hacer el amor con Erika, se convirtiera para él en un capricho pernicioso. Sabía muy bien que no era amor lo que lo empujaba hacia ella sino ese algo que lo encendía como volcán en erupción. Enrico sabía que ella nunca llegaría a quererlo. Pero estaba obsesionado. El cuerpo y la juventud de Erika lo embriagaban. Ambas cosas se habían constituido en una droga maldita de la cual era un adepto impenitente, a un punto tal que ya no podía vivir sin ella, y pese a presentir que tal vez tendría que matarla, creyó que con el tiempo Erika aceptaría la realidad de los hechos y terminaría por aceptarlo. Cuando se imaginaba que ella se le entregaba sin resistencia, tenía un orgasmo brutal que lo dejaba exhausto y sin fuerza para levantarse.

Del otro lado, era tal el odio que la humillada y ofendida mujer sentía contra aquel canalla que le robaba su dignidad y su juventud, que cada palabra que dirigía a Enrico, llegaba a los oídos de aquel como dardo envenenado, cargado de tan vivo sentimiento de desprecio, que al viejo le era imposible ignorarlo. Y callaba frente a aquellas crueles punzadas de amargo veneno, pero en las profundidades de su ser, crecía y se expandía, como rio desbordado, un pernicioso sentimiento de venganza que finalmente lo empujaría a la comisión de crímenes horrendos.

Erika tenía miedo. Sentía los pasos de la tragedia en cierne. Se imaginaba que la muerte la seguía. Intuía lo que iba a suceder. Pero, intoxicado su espíritu y enturbiado su juicio por la trágica comedia de su vida, le era imposible ocultar sus sentimientos. Lo único que ella entendía era que odiaba a Enrico con toda su alma y con todas sus fuerzas. Y aunque presentía que caminaba hacia su perdición, simplemente no lo podía disimular. No estaba dispuesta a jugar a la falsa de que sentía algo por Enrico aunque le costara la vida.

La infeliz mujer vivía a tal punto su amargura que le era imposible ocultar su estado emocional. Y Buscaba, con singular desesperación, un nuevo camino que le permitiera escapar del laberinto infernal donde circunstancias desgraciadas la habían encerrado. A veces, en sus largas noches de insomnios, la asaltaba una fugaz pesadilla donde ella asesinaba a sus hijos y luego a su madre. Pero cuando llegaba su turno de suicidarse, todo parecía cambiar. Surgía un nuevo y confuso escenario donde ella moría sola con su vientre cocinado por un centenar de mortíferas cuchilladas.

Después de dos años de tortuosa relación, surgió, entre la pareja dispareja, un nuevo motivo de distanciamiento: Enrico nunca consintió en dar a Erika más de 100 dólares al mes y ella exigía y necesitaba más dinero. "En mi casa -solía gritarle al viejo con muescas de desesperación y el rostro encendido por el resentimiento

- falta de todo y sobra miseria. ¿Es que no comprendes que no podemos vivir con 100 dólares al mes? Las estamos pasando terriblemente mal". Pero Enrico se hacia el sordo y daba la impresión de que se regocijaba con el dolor y la vergüenza que la desdichada mujer reflejaba en su rostro al momento de reclamar más dinero. Y siempre respondía alegando que era esa la suma que habían acordado y que el salario que ganaba, como administrador de un pequeño restaurante, no le permitía aumentar la asignación sin perjudicar a su otra familia. A Erika le repugnaba todo aquello. Gritaba hasta quedar sin aliento. Y entonces, insultaba al viejo y lo amenazaba con dejarlo por otro. Con buscarse un nuevo amante que le proporcionara lo que ella necesitaba. "No olvides -le decía preñada de rabia- que muchos de los clientes del Restaurant dan la vida por mí. ¿Te acuerdas de Jaime, el puertorriqueño? El continua enamorado de mí y ofrece hasta casarse conmigo".

Al principio Enrico se limitaba a amenazarla, y a veces, levantando en alto su puño derecho, le decía en tono muy enérgico: -¡Cállate, mal nacida, o tendré que romperte la cara, perra maldita! Y luego aconteció que en uno de esos días menstruales en que, por sus efectos, muchas mujeres pierden su prodigiosa actitud conservadora, Erika se atrevió a decirle a al viejo, en su propia cara, que se había encontrado con Jaime, el puertorriqueño. Que habían sostenido una larga e interesante conversación y que juntos se habían tomado un sabroso café dominicano. Fue entonces cuando Enrico, enceguecido por los celos y harto ya de las amenazas de su amante, la agarró por el cuello, la apretó con fuerza, y dijo, en tono amenazante y con la voz quebrada por la rabia:

-" No te atrevas nunca más a amenazarme con buscarte otro amante, porque yo no podría soportarlo. Y si te atreves estas muerta. ¡Óyelo bien, hija de puta! ¡Estas muerta, muerta!"

Y se enrojecía su rostro mientras hablaba. La sangre hirviente se atestaba en sus obstruidas venas y parecía que se ahogaba. Se quedaba sin habla y sus ojos parecían dos tizones encendidos y tan desorbitados que parecían evadidos de sus celdas. Luego, de repente, le fue encima a la indefensa mujer, y le propinó una violenta golpiza que la dejó inconsciente por más de una hora. La despertó vaciándole un cubo de agua encima y cuando Erika abrió los ojos y lo miró aterrada, Enrico, como tocado de nuevo por un súbito acceso de rabia, apretó nuevamente su cuello y, acercándose a su oído derecho, le dijo, con voz apenas perceptible:

- "Si un día te veo con otro hombre, te juro que te mato. ¡Óyelo bien Erika! ¡Te juro que te mato!"

A partir de entonces, el viejo cabrón se despojó definitivamente de su máscara de simulada tolerancia y golpeaba a su indefensa victima por cualquier insignificancia. Poco a poco, un miedo más allá del miedo fue ocupando, como helada siniestra, cada espacio vacío, si es que quedaba alguno, en la desgraciada vida de Erika Turner. Y como si los dioses desearan agravar más aquel cuadro indescriptible de desdicha infinita, el viejo canalla, al comprobar el miedo que las golpizas y su sola presencia producían en su turbada pareja, procuraba mantenerla todo el tiempo aterrorizada. Y, a esos fines, convirtió la sorpresa en un diabólico mecanismo de terror para mantener en zozobra a la indefensa mujer.

Se aprecia repentinamente y sin motivo aparente al apartamento de Erika; a la botica donde ella adquiría algún bálsamo para aliviar a su madre enferma; a los colmados donde compraba alimentos y hasta al salón que la Señora Stearns operaba en la 131 Street, donde se alisaban sus cabellos encrespados la gente de color, con un peine inventado en Francia que se calentaba y pasaba por el pelo para alisarlo temporalmente.

A cualquiera de los sitios frecuentados por Erika se aparecía Enrico como fantasma trashumante, y aumentaba el descontrol del sistema nervioso de su hostigada amante. Surgía de repente. Se paraba frente a Erika. La miraba con ojos extraviados, amenazantes y cargados de odio; se sonreía con notorio sarcasmo y, luego, exhibiendo una parsimonia desesperante, se retiraba sin pronunciar palabra, dejando a Erika envenenada por la creciente inquietud del pensamiento que la arrastraba al convencimiento de que aquel hombre, despechado y resentido, bien podría asesinarla sin contemplaciones. Y cuando el viejo se retiraba, después de completar su calculado ejercicio de terror, un miedo insensato quedaba inscrito en la mente atormentada de Erika Turner que no veía el camino para zafarse de aquella hermética prisión.

Así estaban las cosas cuando Ayana Trinidad entró al triste calvario de la vida de su asediada prima. Y desde aquella primera noche que pasaron juntas, Erika arribó a la conclusión de que tal vez muy pronto podría zafarse de las garras infernales de Enrico Bruno. Más tarde, cuando Ayana se empleó en la sombrerería de Peter Swain y empezó a entregarle la totalidad de su salario, Erika creyó que había llegado el momento de procurar su ansiada liberación.

Tal vez si por su justificada desesperación, Erika se precipitó y actuó de forma insensata al actuar como lo hizo: pensó, equivocadamente, que podría liberarse sin tener en cuanta al carcelero.

Con demasiada frecuencia nos encontramos con mujeres en situaciones desesperadas, que toman la realidad de los hechos a la ligera y terminan en la tumba. Sin dudas, dominada por su crítico estado emocional, Erika no solo ignoró las amenazas del viejo, las cuales estaban avaladas por sus hechos de violencia, sino la existencia de un explosivo conflicto del cual ambos formaban parte. En estos casos, virtualmente dramáticos, la mejor medicina no es enfrentar al carcelero en su propio dominio, sino desaparecer del escenario. Huir tan lejos como sea posible y esperar hasta que las condiciones sean favorables. Constituye en pecado capital el olvidar la vieja lección china: "La guerra que no puede ganarse jamás debe iniciarse" Tal vez, en el caso particular de Erika, la huida no constituía una opción viable. Pero enfrentar al carcelero en la forma que ella lo hizo, de ninguna manera constituía una opción sensata. De todas formas, y sin medir razonablemente las consecuencias, Erika se reveló contra Enrico y lo amenazó con denunciarlo a la policía. La respuesta del odiado carcelero no se hizo esperar. Reaccionó violentamente y propinó a la indefensa mujer una tanda de pescozones y patadas que la dejaron en tan mal estado que a duras penas pudo regresar a su casa y durante dos días no pudo levantarse. Tuvo que inventar un sin número de escusas ante los cuestionamientos de Ayana, de sus hijos e incluso de su madre que milagrosamente empezaba de nuevo a dar extrañas señales de mejoría.

Y aconteció que después de la fenomenal golpiza, la sitiada mujer detuvo su ofensiva y pareció aceptar la realidad. Sin embargo, el trágico y enigmático destino de Erika Turner, volvió inexplicablemente a complicarse con la llegada de la gran depresión.

El restaurante que Enrico administraba cerró sus puertas en febrero de 1930. A partir de entonces, la situación en el hogar de Erika se hizo insostenible. El viejo perdió su empleo y dejó de pasar a Erika los 100 miserables dólares al mes. De ahí en adelante los acontecimientos se precipitaron rápidamente y colocaron a Erika, una vez más, en el disparadero del desastre. Sin alternativa, sin conocer otro oficio que no fuera el de amante e ignorando las serias amenazas de Enrico, la desdichada mujer se decidió por procurarse un nuevo amante. Erika asumió, equivocadamente, que Enrico, sin trabajo y sin nada que ofrecerle, ya no podría, ya no tenía forma de presionarla. Y sintiéndose libre, acordó un encuentro con Jaime, el apuesto puertorriqueño que la había cortejado durante varios años.

12.- La noche, al rojo vivo

Es poco lo que se puede agregar sobre la extraviada y perversa personalidad de Enrico Bruno. Era de esos seres que caen continuamente hacia las tinieblas y tienden a degradarse más de lo que avanzan. Su signo era el de aquellos que dan un paso adelante y dos hacia atrás. El pertenecía a los que progresan hacia el mal. Bastaba mirarlo a los ojos para comprender que era capaz de todo. Erika lo sabía. Lo olvidó por solo una vez y le costó la vida.

¿Eran las fallas de Enrico, especialmente su extrema debilidad por el sexo, una rara y exclusiva afección que lo afectaba solamente a él? De ninguna manera. Aquella célebre frase de Jesús: "El que de vosotros no tenga pecados arroje la primera piedra" debe ser interpretada en el sentido de que no existe nadie que no oculte alguna debilidad. Si lo hubiera seria el ser perfecto. Una especie de Dios en la tierra.

Pero, el caso de Enrico era extremo. El sexo le seducía y encrespaba su pasión. Una pasión que era ficción pura. Pero él no lo sabía y olvidó que, si bien es posible conseguir placer sin pagar por él, no es posible obtener placer sin pagar moralmente. Olvidó que cuando el instinto sexual abate a la razón, se pierde todo sentido de vergüenza y el sexo se vuelve insensible, animal, feo, degradante. Entonces, lo que queda escondido replegado como un gusano en el corazón del problema es la inhumanidad que sacude a nuestro mundo. El hombre de hoy ha pasado de animal sexual sofisticado a animal sexual burdo, tosco, grosero, sin delicadeza. La liberación de la bestia, pues, no resultó tan grato al aparato social como presumía el gran psicoanalista vienes.

Si se procurara un retrato virtual de nuestra época, no habría que ir muy lejos: es la era del sexo. La frivolidad de la concepción de la vida tal cual la percibe el hombre de hoy, constituye una falta grave de la actual generación, precisamente por su perfecta adhesión al espíritu, a las cosas trascendentales de la vida. Érico, pues, nos constituye una excepción, con su endemoniada entrega al sexo animal. La torpeza del hombre actual al empecinarse en dar rienda suelta a los instintos, se saldará con una degradación sin precedentes de la civilización.

Nadie es perfecto. Nadie está libre de fallas y todos necesitamos de una puerta abierta hacia la vida que nos permita liberarnos de la tiranía de nuestra propia personalidad. A Enrico Bruno esa puerta pareció cerrársele definitivamente a partir del momento en que perdió su empleo y empezó a consumir licor en exceso. Se emborrachaba prácticamente a diario. Y en su ebriedad impenitente solo se le ocurría buscar a Erika e insistir en hacerle el amor. Era una situación penosa. Un anciano incapaz de controlar sus instintos y cuya razón parecía aniquilada. Erika lo odiaba y despreciaba cada vez más y su sola presencia le producía un irresistible vértigo de asco y desazón.

El mucho tomar y el poco dormir, habían producido efectos catastróficos en la apariencia física de Enrico. El hombre, cargado de resentimiento y amargura, lucia como un ser desahuciado e inútil. El viejo aparentaba definitivamente acabado y Erika creyó, equivocadamente por cierto, que había llegado el monto de terminar para siempre con aquella pesadilla, con aquella humillante situación que le había robado parte de su preciosa juventud. Entonces, como tocada por un hechizo diabólico, sintió prendarse de su ser un irresistible deseo de probar el amor con un hombre que al menos fuera de su agrado.

De pronto, dominada por una excitación volcánica que la empujaba a romper al instante con años de forzada abstinencia orgásmica, tomó el teléfono y sin pensar en Enrico, y empujada por una premura, por un extraño cosquilleo que la incitaba a pecar sin culpa ni arrepentimiento, hizo una nueva cita con Jaime y se entregó a él con las ansias de un prisionero que acaba de ser liberado después de un largo cautiverio. Fue esa la primera y última vez que Jaime y Erika hicieron el amor. Antes se habían encontrado un par de ocasiones en el Harlem Café y en ambas oportunidades Enrico los había seguido. Pero, como terminados los fugaces encuentros, ella había regresado directamente a su hogar y Jaime, al volante de su Modelo T, se había retirado inmediatamente sin subir al apartamento, el viejo, aunque molesto y agresivo como una bestia en celo, pudo controlar la excitación morbosa que le producía verla con otro hombre. Sin embargo, sintió que algo amargo le agarrotaba la garganta y, aunque en apariencia pudo recobrar el sosiego, una brutal excitación aun bullía soterradamente en su pecho tenso y percibía que su respiración se acelerada sin control.

-¿Qué te pasa Enrico? se preguntó así mismo. Y mientras daba vuelta su cabeza en procura de lo que debía hacer, una pregunta inflamada surgió de su mente atormentada:

-¿Ella se burla de ti, verdad Enrico? ¡Ella cree que ya no le sirve para nada y te engaña con otro¡ ¡Esa maldita es una puta perra. ¡Coño! ¡Y me las va a pagar todas juntas!

Y atizado por un torbellino inflamado de preguntas y reproches que brotaban, como fuego incendiario del tumulto de su excitación, Enrico empezó a considerar seriamente la posibilidad de cumplir su promesa de asesinar a su amante si se enredaba con otro hombre.

La mente caliente es el peor enemigo de la sensatez y Enrico ya había perdido el rumbo.

-¡Ya tiene otro!, se dijo. ¡Entonces, que coño estoy esperando!

Y cuando dos días después comprobó en persona que Erika se había ido a un lugar intimo con Jaime, explotó en llanto y decidió acabar con todo.

Y acosado por la violenta acometida de un súbito despecho, regresó a su casa, buscó frenético su Smith & Wasson calibre 38. Lo limpió. Cargó con seis balas explosivas y se lo guardó bajo el gabán.

Enrico, lastrado ya por aquellos aguijones de fuego, apenas pudo dormir la noche que comprobó la infidelidad de su amante. Al siguiente día se levantó temprano. Se abrigó lo mejor que pudo para enfrentar las brisas huracanas que azotaban la ciudad aun dormida y se fue a los alrededores del apartamento de Erika a fin de observar todos sus movimientos y ejecutar el plan que traía en la cabeza.

Eran las siete de la mañana. Las calles de Harlem estaban muy oscuras todavía y una fuerte neblina convertían en casi invisibles las tenues luces de los pocos autos que se movían en el vecindario. El viejo estacionó su Ford modelo "T" sin puertas, en Lenox Av., a poco más de una cuadra más arriba del lugar donde Erika vivía y allí se mantuvo durante todo el día, prácticamente sin probar alimentos. A eso de las 8:00 A.M., Erika salió con sus niños pero regresó en pocos minutos y sola. Una hora más tarde salió Ayana con rumbo a su trabajo. Y eso fue todo. El día siguió su curso. Avanzaba inocente mientras el viejo aguardaba como ladrón en acecho.

Jaime había acordado con Erika que la pasaría a buscar a las 4:15 de la tarde para llevarla a Mishkin´s Drug Store, en Ámsterdam y 145 Street, lugar donde comprarían una porción de un nuevo bálsamo milagroso que supuestamente servía para aliviar el padecimiento de su madre. Exactamente a la hora acordada Erika salió de su apartamento y abordó el Modelo T de Jaime. Se abrazaron y besaron apasionadamente frente a la mirada incrédula y encendida de Enrico Bruno que los observaba como un perro glotón.

Rojo de despecho, el viejo intentó desmontarse del auto y emprenderla a tiros contra aquella pareja que atentaba, no contra un amor que nunca sintió por su amante, sino contra su orgullo de negrero catalán. Se precipitó fuera de su modelo "T" con el ímpetu de un toro salvaje y dispuesto a matar de inmediato a la infame pareja. Pero en el último instante se detuvo. Fue humano por una vez en su vida y pensó en la madre enferma y en los hijos de Erika "No deben contemplar como los asesino" -se dijo-. Y decidió seguir el rastro de aquella aventura hasta el abismo.

El viejo burlado ya tenía el diablo dentro. Llevaba el semblante sombrío y era presa de un poderoso escalofrío, que combinado con un fuego sofocante, recorría palmo a palmo sus miembros. Estaba ya condicionado por el odio y la sed de venganza, cuando de los más recóndito de su orgullo herido, surgió una infinita vitalidad nerviosa que sirvió para distender su ceño hasta dar a su rostro la configuración típica del criminal despiadado.

Fría, misteriosa y silenciosa, como un témpano en alta mar, caía la noche sobre Harlem, mientras Enrico, ciego de rencor e infectado por el ardiente e implacable veneno que había ya penetrado sus venas y contaminado su sangre contra todo antídoto imaginario, encendió su auto y siguió a la infame pareja, armado del plan que había configurado minuciosamente durante todo el largo día de vigilia. Y tan pronto Erika abordó el auto de Jaime y tomaron rumbo norte por Lenox Av., Enrico puso en marcha su Modelo "T" y los siguió.

La tarde estaba joven. Apenas pasaban de las cinco de la tarde, pero ya las tinieblas habían vencido los luminosos rayos del rubicundo apolo. Estaba completamente obscuro cuando Jaime estacionó su auto justo en la pendiente de la calle 145, casi esquina Ámsterdam. La fuerte neblina invernal daba un color fúnebre a la débil iluminación pública de entonces. Estaba triste la luz y se combinaba con el aire frio que soplaba y gritaba amenazante, para conformar un claro presagio de algo siniestro.

Los dos tortolitos se desmontaron del modelo "T". Se tomaron de las manos, y confiados, caminaron de prisa en dirección a Mishkin´s Drug Store. La brisa helada y poderosa, forcejaba con la pareja como si consciente del peligro que acechaba, deseara cerrarle el paso. En tanto, el viento aullaba como lobo hambriento, como si deseara suplantar, con sus gritos tenebrosos, el murmullo sereno de buitres, sedientos de despojo, que velaban a sus presas amparados en el manto obscuro de la negra noche.

Enrico llegó cuatro minutos después que ellos. Se estacionó detrás de Jaime. Revisó calmadamente su revólver y comprobó que estaba bien. Lo empuñó fuertemente en su mano derecha y lo metió en el bolsillo de su gabán. Se dirigió de prisa a un pequeño café de la calle Ámsterdam, donde presumió que había entrado la pareja.

En las calles, casi desiertas, el tiempo helado era infernal y los huesos de Enrico, ya debilitados por el frio recibido en su carro sin puertas, estuvieron a punto de colapsar mientras caminaba los escasos 100 metros que lo separaban del café. Al entrar, empujó la primera puerta con tanta violencia que alarmó a los clientes. Pero a él no le importó. En ese momento de ausencia total, nada lo perturbaba. Era una maquina exterminadora cuya única misión era matar a Erika Turner. Se detuvo entre las dos puertas, echó una rápida ojeada al centro del café y comprobó que las personas buscadas no estaban allí.

-¿Y dónde se habrán metido esa puta y su nuevo amante? se preguntó sofocado, pese al intenso frio.

Lo pensó brevemente. Salió de nuevo a la calle y al ver el letrero de la farmacia, consideró que era ahí donde debían estar.

Cruzó la calle con vitalidad nerviosa, haciendo gala de una renovada energía que el odio suele suplir cuando la mente está cargada de resentimiento y sed de venganza. Metió la mano en su gabán y revólver en mano, penetró a la farmacia.

El puertorriqueño fue el primero en notar la presencia agitada de Enrico. Observó en seguida que el hombre que tenia de frente no estaba en sus cabales. El viejo lo miró con desprecio. Jaime, convulso como un enfermo de gota, tocó el hombro izquierdo de Erika para advertirla. Ella volteó súbitamente su cara y al ver el rostro emponzoñado y la actitud agresiva de Enrico, quedó paralizada, como envuelta en un torbellino de miedo y salpicada por olas escalofriantes que saltaban de un lado al otro por encima de su aterrado cuerpo. El miedo trituraba sus huesos. Sentía en su corazón los golpes acelerados de un diminuto martillo que aumentaban su terror. No sabía qué hacer. Estaba inmovilizada y su cuerpo se estremecía hasta la punta de los pies.

Entonces, el instinto jugo su roll, y Erika pegó un horripilante y poderoso grito de terror que rasgó el silencio de la noche: ¡Ayúdenme! ¡Por favor Ayúdenme! ¡Ese hombre quiere matarme! ¡No dejen que me mate! Y salió corriendo en dirección al auto que dejaron estacionado en la calle 145.

Jaime, muerto de miedo, permaneció por un instante inmovilizado en el interior de la farmacia. Enrico miró como temblaba su pretendido adversario. Se desentendió de él y salió, como un bólido incendiario, en persecución de su presa. Enrico se sabía viejo como sabía que era joven su amante. De manera que entendió que ella se le podía escapar. Entonces, impulsado por una macabra inspiración, se detuvo; apuntó al cuerpo de Erika; le boceó a todo pulmón: ¡Prostituta traidora! ¡Arderás para siempre en el infierno! Apretó el gatillo y disparó la primera de sus seis balas impactando la espalda de la desdichada Erika Turner, que emitió un debilitado y casi imperceptible quejido, que reflejaba, no solo el inmenso dolor físico que en ese momento debía sentir la infeliz desgraciada, sino la queja silente de un ser inocente que había cargado, por alguna misteriosa razón, con una extraña maldición que la había obligado a trillar sin luz los obscuros caminos de la pobreza y la desdicha infinita.

Enrico, consciente de que la muchacha estaba herida de muerte, se detuvo, con el instrumento del crimen en su mano, a contemplar a

Erika que caminaba hacia el modelo T, tambaleándose y describiendo círculos como una hoja caída en el rio que se defiende hasta que el agua puede más. De repente, el asesino escuchó unos pasos precipitarse rápidamente sobre él. Se volteó y notó que Jaime, despierto ya de su letargo, se le venía agresivamente encima. ¡Te jodiste pendejo! -dijo en voz alta Enrico- ¡Tú te la buscaste! Y disparó el segundo tiro que impactó justo en el estómago del puertorriqueño.

Moribunda, Erika llegó al auto y logró sentarse en el frio asiento delantero. Jaime, con el estómago perforado, pudo también llegar y sentarse al lado de su amada. Intentó encender su modelo "T" para huir de aquella escena de horror, pero no pudo. Se acumulada mucha gente alrededor de la escena. Pero nadie se atrevía a avanzar por temor al endiablado criminal que apuntaba su Smith & Wasson en actitud amenazante.

Entonces, ocurrió algo horripilante y dantesco: mientras se encaminaba, lenta y parsimoniosamente hacia la pareja herida, Enrico, exhibiendo la frialdad de un carnicero, encendió un cigarrillo y parecía saborearlo satisfecho mientras sus víctimas se desangraban hasta la muerte. Erika estaba ya inconsciente, tal vez muerta, pero a Jaime aún le quedaban fuerzas para gritar:

-¡Hijo de punta! ¡Maldito italiano perverso! ¡Cómo pudiste hacernos esto! Enrico no le prestó atención. Se acercó a Erika, que estaba recostada sobre su propio cuerpo. La enderezó calmadamente. Metió, con sangre fría, el cañón del arma asesina en su boca y disparó el tiro de gracia. Con el mismo impulso apuntó a la cabeza de Jaime y disparó por cuarta vez haciendo diana en el centro de las dos cejas de su moribundo contrincante.

-" Todo está consumado", se escuchó mascullar al asesino, mientras inhalaba, con notaria satisfacción, un nuevo sorbo de su candente compañero ocasional.

Enrico se fue a su auto. Se aposesionó frente al volante. Y lo puso en machar dispuesto a retirarse. La policía, montada en caballos gigantes, apreció por delante y por detrás de la pendiente de la calle 145 y ordenó al asesino que bajara de su auto, colocara cuidadosamente el revolver en el suelo y se arrodillara con las manos en la nuca. Pero Enrico, atisbado por una ráfaga pasajera de demencia, la emprendió a tiro contra las autoridades, siendo repelido por una lluvia de balas que terminó al instante con su miserable vida.

Fue pasada la media noche cuando la policía se presentó al apartamento de Erika e informó a Ayana y por su medio a su desbastada familia sobre la fatal tragedia. Al siguiente día, los periódicos de la época difundieron la noticia inventando cientos de fantásticas conjeturas que convirtieron el caso en una absurda leyenda de amor grotesco entre un anciano y una adolecente. Opiniones interesadas y sensacionalistas que solo sirvieron para aumentar la lesión moral que ya pesaba sobre aquella desdichada familia y para que la desgracia persiguiera a Erika Turner hasta más allá de su tumba.

Ayana y Carl se ocuparon del entierro de Erika y un mes después, ella y la gran tragedia de su vida, eran cosas muertas, como ocurre casi siempre en la vida de los perdedores: desaparecen sin dejar rastros. Erika Turner, sea porque los dioses la hayan utilizado para un experimento macabro, sea porque un conjunto de hechos al azar la colocaran en un callejón sin salida o sea por la razón fuere, resultó siempre una perdedora.

13. Tiempos de entrega, sacrificio y crecimiento

El hombre actual ve como axiomático el que en el juego de la vida la suerte se la provee cada cual, lo que supone que, al final, que el éxito o el fracaso solo reflejarán el resultado del esfuerzo individual de cada quien. No obstante, los hechos fuerzan a admitir que, a veces, la porfiada suerte actúa como una mujer apasionada, veleidosa e impredecible.

Para muchos la suerte no existe. ¡Y tal vez tengan razón! De todas formas, llámese suerte, mala suerte o azar, es preciso convenir en que elementos misteriosos intervienen, antojadizamente tal vez, en la vida de los seres humanos y crean notables y desgraciadas excepciones a las reglas del esfuerzo individual o al simple azar. ¿Qué embrujo misterioso empujó la palanca para arruinar tan dramáticamente la vida de Erika Turner?

Asumamos que cometió un error al casarse con James Turner y que ese error, especie de pecado original, arrastró gran parte de los hechos posteriores que desgraciaron su vida. En el proceso, sin embargo, surgieron hechos fortuitos tales como la prisión de Garvey y la consiguiente bancarrota de sus empresas, entre otros, que no pueden vincularse en forma alguna al matrimonio. Cuando más solo pueden, razonablemente, considerarse como hechos negativos que surgieron fundamentalmente al azar.

¿Mala suerte? No lo sé. ¡Y nadie lo sabe! Y esta incertidumbre aumenta la incógnita del acertijo. Lo que de todas formas resulta difícil entender es por qué los errores de muchos se constituyen en verdaderos aciertos y los aciertos de otros en fracasos estrepitosos. ¿Es acaso cierto que todo está en orden divino? ¿Son ciertamente los dioses quienes finalmente deciden nuestro destino?

En el caso de Erika Turner fueron razones religiosas las que la llevaron a la iglesia donde conoció al hombre que sería su marido y el que, ¡quién podría saberlo! arruinaría su vida. Luego, no fue el matrimonio el origen y causa de toda su monumental desgracia, sino motivos ocultos, tal vez en otras dimensiones. La realidad es que para encontrar la raíz, la causa de nuestra suerte -buena o mala- tendríamos que viajar demasiado lejos en el tiempo y a nosotros lo que nos interesa destacar ahora es que cuando Erika se incorporó a la iglesia africana, tenía 18 años, la misma edad que Ayana Trinidad al momento de su ingreso a Estado Unidos. A juzgar por los hechos, a sus 18 años, Erika tomó, aparentemente, el camino correcto al optar por el matrimonio. En cambio Ayana, a la misma edad, se convirtió en amante de un cura.

A primera vista, era de suponer que el destino de Erika seria promisorio y el de Ayana desastroso. Sin embargo, todo ocurrió a la inversa. ¿Por qué? ¿Acaso la suerte jugó aquí su pérfido roll de componedor o descomponedor impenitente? ¿Por qué lo hizo? ¿Y porque favoreció a una y arruinó a la otra?

Se sostiene, en círculos religiosos, que todo está en orden divino. Es posible. Pero si esa falacia determinista fuera cierta, no habría razones para esforzarse para hacer las cosas bien porque de todas maneras los resultados serían los dispuestos por los dioses y el esfuerzo individual no serviría de nada.

¿Prueba acaso el destino final de Erika Turner que todo está en orden divino? Tal vez si los dioses, como los picaros y tacaños Winnsor de la película "De mendigo a Millonario" abatan el cansancio de su aburrida inmortalidad, jugando a los dados con la existencia de sus pequeñas marmotas, cuyas desdichas o buenas fortunas, devienen del capricho de los dados con los que las divinidades juegan todo el tiempo.

La comedia humana continuará signada por la incertidumbre, por los vaivenes de la ruleta rusa, hasta tanto surja un nuevo Prometeo y robe a los dioses sus dados: los misteriosos dados de la suerte.

Lo cierto es que dentro de ese juego macabro de los dioses o del veleidoso juego de la suerte, a principio de 1930, estando la gran depresión en su apogeo, ocurrió la trágica muerte de Erika Turner y la vida de Ayana Trinidad, a causa de esa muerte inesperada, sufrió un vuelco espectacular. Tenía solo 19 años entonces y cargaba en su alma las secuelas de un amor prohibido que había marcado su vida para siempre. Era empleada de una humilde sombraría y devengaba un salario de solo 30 dólares a la semana, los cueles entrega, casi en su totalidad, a su prima a fin de socorrerla en sus necesidades. De los 120 dólares que ganaba al mes, nunca tomó más del 10% para sus gastos personales y en ocasiones no utilizaba ni un solo centavo. Siendo tan joven, casi adolescente, le atraían los vestidos bonitos y todas las cosas que alegran la vida a la juventud. Pero ella se cohibía de todo por entender que debía sacrificarse al máximo por el bienestar de los suyos, que eran Erika, su madre y sus dos hijos menores.

Impactada por la trágica realidad de los hechos, Ayana Trinidad, en un momento de profunda tristeza, abatida y con el corazón herido, se dijo: "Oh Dios mío, ¡cómo es posible que el ciego destino haya tratado tan mal a mi prima! Era tan piadosa como yo, o más, y quería hacer el bien, igual que yo: entonces, ¿Por qué yo fui elegida para vivir y ella para morir? ¿Qué diferencia había entre nosotras? ¿Por qué nos habrá dividido el destino y colocado tan lejos la una de la otra?"

Antes de que asesinaran a su prima, Ayana Trinidad conocía el precio del sacrificio. Sin embargo jamás se imaginó que a sus escasos 19 años, la rueda de la fortuna giraría y la envolvería en una nueva vorágine de extraños acontecimientos que la llevarían al convencimiento de que la perseguía la mala suerte. Llegó a considerar que todo lo que le acontecía constituía un justo castigo de los dioses por haberse entregado a un sacerdote cristiano. Con la muerte de su prima, fuel tal el alud de dificultades que inesperadamente le cayeron encima, que la obligaron a contemplar y definir su situación como desesperada. Lo que le estaba ocurriendo era algo inimaginable que jamás rosó su cabeza. Razonando sobre su situación, pensó en los dos niños de Erika y entendió la necesidad de prestarles atención especial. Y, de entrada, no encontró solución para ese caso. Luego pasó a considerar el caso de la madre de su prima y llegó a la conclusión de que no obstante el que últimamente había dado algunas señales de mejoría, la vieja estaba más muerta que viva y no parecía capaz de cuidar a los niños, llevarlos a la escuela y enfrentar, por si sola, los asuntos del hogar.

Ayana, pues, se consideró atrapada y sin salida. ¿Cómo haré, entonces? -Se preguntó compungida y triste- "Tendría que dejar el empleo" -se contestó angustiada- y a continuación se dijo: ―Pero si dejo el empleo no tendremos para comer y todos moriremos de hambre y frio. Y si dejo a los niños solos con su incapacita abuela, nadie sabe lo que podrían hacer dos niños prácticamente solos todo el día en un hogar desolado. Además, no tendrían quien los lleve a la escuela¨

- ¡Diablos! ¡Estoy presa y no sé qué demonio hacer!

Tengo que admitirlo ¡Simplemente no sé por dónde empezar…!

-La vida -pensó- la miserable vida, es como una bestia asesina que impulsada por su natural instinto busca al más débil para triturarlo. Y he aquí que yo soy ahora la más débil. Y no hay piedad ni salvación para mí. Y…

Se sentó cabizbaja en el mismo pequeño sofá en que se acomodó cuando entró por primera vez al pequeño apartamento de su prima. Su mente reflejaba el torbellino de un mar embravecido. Un obscuro horizonte era el único faro en el porvenir sin luces de la turbada mujer. Por un momento y con su interior convertido ya en un espantoso desierto, la pobre mujer se creyó irremisiblemente perdida. Entonces, surgió un espacio de extrema debilidad emocional, donde la joven consideró la posibilidad de huir, de abandonarlo todo y a todos. Le pareció escuchar una recóndita voz de rebeldía que le pedía a gritos, apremiada, tal vez, por el sabio instinto, que abandonara todo aquello. Que huyera de aquel escenario de desdicha infinita y se refugiara en un mundo de colores donde floreciera la dicha y no la fatalidad que hasta entonces la había perseguido y la seguía persiguiendo como una plaga maldita.

La arrinconada mujer se debatía entre la realidad que tenia de frente y la fantasía, siempre halagüeña, de un nuevo comienzo. Navegaba sin tiempo en las fantasías de la incertidumbre cuando de súbito, algo palpitó en su interior y sintió el contragolpe mágico de la conciencia. Comprendió al instante que si huía, le sería imposible librarse de esa fuerza indescriptible que con expresión bastante vaga llamamos conciencia. Entonces, como elevada en los brazos del divino Morfeo, se paró súbitamente del pequeño sofá, irguió su cabeza imbuida de un fervor desconocido y decretó, con inquebrantable firmeza y con un grado de determinación que no dejaba ni el más diminuto resquicio a la doblez que lleva a tantos a desistir de las tareas nobles:

-Cualquier acción que desde hoy suponga abandonar el campo de batallar, aunque fuera para optar por el suicidio, está descartada para siempre. Caminaré sin rumbo, pediré limosna, lucharé noche y día, visitaré al infierno y hasta me entregaré en brazos de la inicua prostitución, todo, absolutamente todo eso y más haré, si fuera preciso, para criar a los hijos de Erika y cuidar de su madre desvalida. Lo juro por los sagrados dioses de mis antepasados.

Después de aquella emotiva promesa, construida por encima de toda ponderación racional, Ayana se sintió confortada.

Las fantasías, frecuentemente resultan milagrosas. Lástima que las emociones, esas fuerzas prodigiosas que de repente nos convierten en dioses, sean tan volátiles como los gases de éter y tan perecederas como espuma de jabón.

Luego de aquel furtivo triunfo de la moral, Ayana Trinidad, ya sosegada y desprovista de emociones, reflexionó nuevamente y volvió a preguntarse:

-¿Y cómo haré? ¿Cómo podré dividirme en dos mitades para estar aquí y en la sombrerería al mismo tiempo? "No Ayana, no eres bruja ni maga y eso no lo puedes hacer. Todo lo que imaginé carece de sentido. Estoy de nuevo en la cuerda floja". ¡Oh misericordiosos dioses! ¡Como es de injusta la vida! -Pensó con amargura-.

Y mientras navegaba solitaria por el triste calvario de su vida, contempló, con su alma atacada por el virus cruel de la disolución, una docena de posibilidades sin salidas. Volvió a pensar en la posibilidad de abandonar el trabajo y en seguida se dijo: ―Pero no puedo abandonar el trabajo de la sombrerería, porque…, reflexiono y de pronto se detuvo, como si el poder inconmensurable del pensamiento hubiera desatado una tormenta en su imaginación. Guardó un instante de silencio y esperó impaciente hasta que un pequeño rayo de luz, que por mil años había esperado turno para jugar su roll, se abriera camino hasta su turbado cerebro y le mostrara una senda: ¡La sombrerería! ¡Carl! ¡Oh Carl! Murmuró, excitada de nuevo por una intensa emoción.

De repente, en su cabeza, preñada ahora de nuevas esperanzas, se formó una gigantesca tormenta. No perdió tiempo y llamó a Carl de inmediato. El viejo Peter Swain contestó en seguida y le pidió esperar un momento. Y mientras transcurría ese breve instante, instante mágico que Ayana jamás olvidaría, se confió plenamente en sus premoniciones y percibió el toque milagroso de un bálsamo de aire dulce y refrescante como el caramelo, que le anunciaba, con perfume de jazmín, el nacimiento de un mundo de nuevas oportunidades y esperanzas. Un mundo tan prometedor y florido que de repente cubriría cada milímetro de sus estepas hasta entonces vacías.

-Soy Carl Ayana. -Dijo una voz por el teléfono. Y sin pausa agregó:

-Dime como van las cosas en tu casa y con tu familia.

-De eso deseo hablarte, -contestó Ayana- Y me gustaría verte hoy mismo en el apartamento, si te es posible.

-Estaré encantado de verte Ayana. Hoy, cuando cerremos la sombrerería, iré de inmediato a verte.

-Te estaré esperando Carl. No me falles, me urge hablar contigo. Y colgó el teléfono, cobijada bajo el manto misterioso de la salvadora fe que es faro de las cosas que ansiamos.

No hay nada que excite más a un hombre que un encuentro inesperado con la mujer deseada. El simple misterio del hecho activa millones de complejas neuronas que nublan el entendimiento, y surge, de repente, el estribillo de aquella melodía famosa: "Que será, será lo que voy a ser será, el tiempo te lo dirá, que será, será… El futuro no es nuestro, por lo visto. Que será, será…"

Carl, aunque había estado todo el día anterior acompañando y ayudando a Ayana con el entierro de su prima, se sintió turbado desde el momento en que recibió la inesperada llamada. Dio mucha mente al hecho, pero no le encontró explicación. Sabía que Ayana era una mujer extremadamente reservada y desde que la conoció, aunque a veces le venían ganas de galantearla, no se atrevía porque ella presentaba siempre una coraza impenetrable. Carl nunca había tratado con ella nada que no fueran asuntos relacionados con el trabajo y nunca, hasta la trágica muerte de su prima, había tenido la oportunidad de compartir un solo momento con esa mujer que había amado desde aquel inolvidable momento en que la vio por primera vez, y ella le dispensó una breve y cálida sonrisa que conquistó su alma para siempre.

Su miedo a abordarla de frente se fundaba en su convicción de que Ayana guardaba un recóndito secreto que la torturaba y le impedía abrir paso al amor. No se hacía ilusiones. Desde que vio a Ayana por primera vez, jamás pudo apartarla de su mente. La amaba con todas sus fuerzas, pero respetaba su mundo y no quería remover sus viejas heridas. Sin embargo, desde que recibió la llamada, la cálida voz de la mujer amada hizo nido en su cerebro ardiente y un tormentoso cosquilleo penetró sus nervios agitados, provocándole extrañas e incontrolables conmociones que lo hamaqueaban con fuerza loca.

Estaba aturdido de emoción a causa del anunciado encuentro con su amada.

-¡Que querrá mi Ayana! se decía, mientras su mente navegaba en un mar de colores tapizado de hermosos sueños. No existe nada que agudice más los sentidos que una apasionada sospecha. Se imaginó todos sus sueños de amor realizados. Y permaneció inmóvil durante largo rato, dejando que la sensación de felicidad le llenara de bienestar. Y cuando se levantó y echó a andar, eran inseguros sus pasos. Estaba endrogado por el virus del amor. Miraba a cada instante su reloj de bolsillo, y como si se hubiera petrificada su esfera, y sus agujas el tiempo congelado, preguntó por la hora a su padre al menos veinte veces seguidas.

¡Ay! ¡Cuánta verdad encierra aquella célebre frase del refranero español "El que espera desespera"!

Eran las cuatro y media. Él se iría a las seis. A las seis treinta era su cita con Ayana. Solo dos horas lo separaban de su ansiado encuentro. Una eternidad para un enamorado. Demasiado tiempo para el que aguarda una cita de amor. El que espera, no solo desespera, sino que, en el ínterin, ahoga su mente con disquisiciones tormentosas, hasta un punto en que las ideas, entorpecidas por la creciente ansiedad de la espera, tropiezan como ebrias con las fantasías mentales que surgen como borbotones de la inquietud de toda mente en trance.

En medio de su tormentosa espera, Carl recordó que cuando era niño, salió corriendo al encuentro de su padre. Resbaló, cayó con violencia al suelo y se rompió los labios. -¿Por qué corres Carl? - inquirió su padre. -Es que no aguantaba las ganas de abrazarte padre.

-Contestó el niño.

-Hijo, no es necesario correr. Porque " aquel que va de prisa, fácil se puede caer". Es mejor caminar e ir siempre adelante. Procúrate lo que deseas sin prisa, pero sin pausa.

Al fin llegó la hora. Carl se fue a su cita y llegó 10 minutas antes de la hora acordada. Subió de dos largos brincos las escaleras que lo separaban de Ayana. Y tocó la puerta, con nerviosa excitación. Sobresaltado, el pequeño James la abrió de prisa y al ver que era Carl, solo atinó a preguntarle si pasaba algo.

-Perdona hijo si toqué muy fuerte, pero hace tanto frio afuera, que no podía esperar.

El niño sonrió y abrió paso para que Carl entrara al apartamento. Ayana sabía que era Carl y tan pronto escuchó el tamboreo y la primera queja de la puerta agredida, penetró la habitación de los niños para revisar su maquillaje asegurarse de que estaría bella al momento de presentarse a su invitado.

Pasaron solo 5 minutos. Pero fue, tal vez, la más larga espera en la vida de Carl. Jamaica salió del cuarto de su abuela y se unió al pequeño James que se había acomodado al lado de Carl. La corta espera era una eternidad en la mente del invitado. Los niños, callados y risueños, lo miraban sorprendidos porque Carl no lograba ocultar su nerviosismo. Buscaba en su excitada mente la forma de despojar aquel silencio de su molestosa opresión, cuando al fin Ayana apareció con su rostro puro de ángel bueno y emulando, con su delicada y sin par belleza, a la propia Afrodita. Al mirarla, el corazón de Carl estuvo a punto de estallar.

Ayana ordenó a los niños que se fueran al cuarto de su abuela y se sentó junto a Carl en el pequeño sofá que antes había sido testigo de varios acontecimientos tristes. Carl permanecía callado contemplando a su amada y a la espera de que ella desgranara el tenso silencio.

Se miraron a los ojos. Se sonrieron mutuamente. Y en sus rostros, iluminados por un éxtasis divino, quedó sellado el destino de ambos. Entonces Ayana expuso, con pocas palabras, el motivo por el cual le había pedido que viniera a su casa. En un instante el misterio quedó desvelado. Carl sintió que su corazón se detenía. Pero estaba complacido con la confianza que Ayana le había mostrado. Prometió ayudarla en todo y seguir junto a ella hasta los confines de la tierra. Ayana, complacida, se acercó a Carl y plantó un beso en su mejilla.

El joven negro cambió de color y por poco se desmaya. Se sintió momentáneamente turbado y sin saber qué pensar frente a la actitud de la, hasta entonces, discreta y a veces arisca mujer. Fue entonces cuando Carl, que era profundamente religioso como su padre, se atrevió a sugerirle que se casaran y así estarían juntos, en las buenas, en las malas, desde ahora y para siempre. Ella, sonriente y con su ego satisfecho, rechazó sutilmente la propuesta de Carl alegando que estaba obligada a velar por los hijos de su prima y por su madre enferma.

-De momento Carl, no tengo tiempo para el amor. -Dijo-. Y se levantó del pequeño sofá.

Carl sintió que se moría. Ayana, sin embargo, dejó abierta de par en par una puerta para reconsiderar su oferta en el futuro. Carl lo comprendió al instante. Y con cejas arqueadas y semblante sombrío, preguntó:

-¿Cuánto tiempo Ayana? ¡Cuánto tendré que esperar para casarnos!

-No lo sé Carl. Tal vez hasta que los niños crezcan y puedan valerse por sí mismos.

-Es mucho tiempo -dijo Carl- y aún no hemos pensado en la abuela de los niños.

-Ese es otro problema Carl. Tengo que cuidar de ella también y no sé hasta cuándo.

-Como ves, -agregó la bella dama- mis sueños se han contaminado con las imágenes de mi diario vivir. Tal vez si lo que vivo ahora sea lo peor de mi pesadilla. Eso nadie lo sabe. Pero me doy perfecta cuenta de hasta dónde estoy atrapada por esta responsabilidad que el destino cruel me ha echado encima. No sé la razón de mi castigo. Y me importa poco Carl, porque de todas maneras estoy firmemente decidida a seguir soportando mi pesada carga hasta el fin. ¡Hasta la muerte si fuera preciso!

-Ahora te entiendo perfectamente Ayana mía. Y te admiro con devoción. Y te amo más que nunca. Y no te dejaré sola. Y navegaré a tu lado a través del lodo inmundo del triste calvario del vivir. ¡Y te esperaré! ¡Y te seguiré hasta la otra vida, si así lo quieren los dioses!

-Gracias Carl. Jamás olvidaré este momento, dijo la bella Ayana- bañada en lágrimas y excitada por un incontenible anhelo de que todo acabara en un instante. Entonces, sintió en su corazón el golpeo acelerado de un diminuto martillo que de prisa exacerbaba sus emociones hasta provocarle un éxtasis tan intenso que de súbito cortó su respiración. Ayana se tambaleó sobre sí misma. Su rostro emblanqueció de repente y estuvo a punto de sufrir un desmayo. Carl la estrecho entre sus brazos y le dijo al oído:

-Tranquila, amor mío. Todo se arreglará. Te lo prometo.

Ayana no respondió. Y con la lividez pintada aún en sus bellos labios, se recostó en el hombro de Carl. Luego, transcurrido un fugaz instante de muda pasión, ambos se pusieron de pie. Se abrazaron con el corazón danzando y mojado el rostro en llanto. Y se despidieron con la silente pero firme promesa de que sus vidas se habían entrelazado para siempre.

Al día siguiente Carl convenció a su padre y acordaron dar a Ayana una dispensa provisional que le permitiera organizarse y regresar más tarde al trabajo. Solo un par de semanas después, la "suerte" quiso que la madre de Erika mejorara de su dolencia y comenzara de nuevo a caminar. Luego empezó a hablar y dos meses después de la muerte de su hija, la vieja estaba casi milagrosamente curada. Ayana retornó al trabajo y, con la ayuda de Carl, empezó a llevar su pesada carga a cuesta.

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