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IV

La Quimera de Asgil

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A mi familia, que me ha llevado de la mano a disfrutar de estos caminos.

A Wentworth Miller, otra vez, porque él cambió la vida de estos universos.

A quien guste de mundos extraños y gentes diversas.

Gracias a Sergio Aguirre Delacroix por la ilustración de la portada.

Gracias a tantos otros artistas que inspiraron el proceso.

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Introducción.

Los Libros de Erigiend I: Valyrzon en busca del Malored.

Considerado como el Libro Primigenio, narra el viaje de Siel Valyrzon de Unax, Intelyon de Gatha, Hanzui de Joke,

Deh-Jilon de Sagor y el bikarnio Beawinhor (un caballo alado capaz de hablar) a la Tierra Blanca de Agantyan,

buscando una piedra mágica llamada Malored para devolvérsela al dios Odeon. Enfrentan a los Thenagon, fantasmas

plateados y malignos, cuyo rey, llamado Angel, deseaba poseer el Malored. Cien años después de la búsqueda,

Valyrzon viaja en el tiempo con el Malored a la época actual, en la que conoce a una joven llamada Mila Kotka y a su

padre Ivan. Les cuenta su historia, ellos la aceptan y lo alojan en su hogar; Valyrzon y Mila se convierten en grandes

amigos.

Los Libros de Erigiend II: El Fuego Sagrado.

El Libro Primero relata el cumplimiento de una misión encomendada por el dios Odeon a Valyrzon, la cual consistía

en encontrar una antorcha que guardaba fuego divino, con el fin de evitar que cayera en las manos del enemigo. Éste,

posteriormente, conquistó la Tierra al mando de los temibles habitantes del mundo Naorbatus, y fue enfrentado por

Valyrzon y los rebeldes, luego de lo cual la Tierra regresó a la normalidad.

Los Libros de Erigiend III: El destino de Ilmatar.

El Libro Segundo continúa las historias vividas por Siel Valyrzon de Unax, Hanzui de Joke, Mila Kotka y Arghant de

Nartros (un antiguo esclavo de los Thenagon), quienes, en esta oportunidad, deben luchar contra el Imperio

Thenagon, liderado por el Emperador Seol, y liberar a la Tierra y otros mundos del tormento que les ha provocado.

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Capítulo 1: El Tiempo Perdido.

A pocas horas del amanecer, una mañana nublada y húmeda, Siel Valyrzon de Unax despertó con la sensación de que

algo fuera de lo común ocurriría durante esa jornada. Por lo demás, el día se presentaba ajetreado. Tenía muchas

cosas que hacer hasta el mediodía, y en la tarde debía encargarse de los últimos preparativos en torno a la seguridad

en el viaje que el rey Pendor realizaría al día siguiente, a través del océano, a la isla sadornia de Miq. No se quejaba,

por supuesto, pero seguía sorprendiéndole que, siendo él tan joven (había cumplido dieciocho años días atrás), le

hicieran responsable de tantas tareas.

Valyrzon se incorporó en la cama y paseó sus azules ojos por la habitación. Había dormido en una sala común del

palacio real, y a su alrededor había varias camas en las que aún descansaban muchos sirvientes, incluyendo a Intelyon

de Gatha, el anciano consejero del rey y mejor amigo de Valyrzon. En la cama contigua a la suya, el escribiente del

rey, Hanzui de Joke, yacía graciosamente envuelto en las sábanas blancas, y con una expresión seria que hizo a

Valyrzon preguntarse qué soñaba.

En la habitación reinaban la tenue luz matinal y su silencio, de manera que Valyrzon se levantó sin hacer ruido y fue a

la sala de baño, la cual se encontraba al final de aquel dormitorio común. No demoró más que unos minutos, pero

cuando regresó a su cama para colocarse la vestimenta de guardia encontró a Intelyon despierto y listo para comenzar

el nuevo día. Luego de saludarse, ambos se dirigieron al comedor, y se sentaron solitariamente en una de las mesas.

Tenían por costumbre desayunar rápidamente, de modo que poco tiempo después acabaron y se despidieron,

dirigiéndose a sus respectivos puestos.

Mientras caminaba por un pasillo que comenzaba a atestarse de gente, Valyrzon volvió a pensar en ese mundo que

había conocido a través de un libro. Eso había sucedido el año anterior, y aunque no había descubierto cómo acceder

a él, continuaba reflexionando acerca de ello cada vez que tenía una oportunidad. Pero ni Intelyon ni sus padres, las

únicas personas con las que podía hablar acerca de ese asunto, sabían cómo llegar a Arisarda, y los libros de las

bibliotecas de Angeth, a excepción de De Arisarda y sus reinos, no mencionaban absolutamente nada sobre aquel

mundo paralelo.

Quizás se trataba de una mera invención, quizás el único mundo que existía era la Tierra, quizás él no tenía que hacer

más que quedarse quieto en Sadornia y cumplir con su deber, pero había algo, una sensación, que le indicaba

exactamente lo contrario a esas cuestiones. Estaba allí, algo que le hacía creer, le hacía saber que necesitaba conseguir

una forma de ir a Arisarda, porque había algo en ese mundo que esperaba que Valyrzon lo viera, lo tocara o lo

salvara. No podía ser algo impresionante, desde luego; no pretendía hacer nada que mereciera las alabanzas de los

terranos, pero no podía sentir eso en vano; tenía que haber alguna razón que lo estuviese empujando a desear conocer

esas tierras que hasta entonces sólo se habían materializado en su pensamiento, en su amplia imaginación.

-Disculpe –dijo Valyrzon, pues en su ensimismamiento no advertía muy bien por dónde caminaba y acababa de

chocar con un anciano que marchaba en sentido contrario. El anciano se detuvo y lo tomó por la muñeca, sonriendo;

Valyrzon se volvió hacia él y miró sus ojos celestes y su cabello resplandeciente. Casi creyó que era Intelyon, pero su

amigo, aunque viejo, era más joven que aquel desconocido.

-Disculpe –repitió Valyrzon, pensando que tal vez no le había oído.

-Observa tu camino –dijo el anciano sin dejar de sonreír, y se acercó a él-. Tengo buenos motivos para decírtelo,

Valyrzon. No querrás caer en los profundos lagos de Arisarda.

Valyrzon frunció el ceño, sorprendido.

-¿Cómo sabe mi nombre? –preguntó-. ¿Quién es usted? ¿Quién le contó sobre Arisarda?

-Mucha gente te conoce, Valyrzon –contestó el anciano-. Especialmente yo. Mi nombre es Odeon, y soy un Ser

Supremo. Ven conmigo.

-¿Por qué?

-Qué raro. Antes no desconfiabas. Parece ser que, definitivamente, algunas cosas han cambiado.

-Señor Odeon –dijo Valyrzon con firmeza-, tengo muchas cosas que hacer. Quizás podamos hablar más tarde…

-No quieres hablar más tarde. Quieres que te diga cómo sé acerca de Arisarda. Necesitas respuestas, Valyrzon.

Siempre las has necesitado. Si deseas oírlas, ven conmigo.

Valyrzon miró a su alrededor. La gente iba y venía por el corredor, la luz lánguida del día intentaba entrar por las

ventanas, y una brisa fresca se mezclaba con el rumor de las conversaciones. Valyrzon notó que él y el anciano

estorbaban el tránsito, y tanto por eso como por el hecho de que Odeon parecía leerle el pensamiento, decidió que no

era insensato seguirlo, aunque lo llevase al fin del mundo. Pero Odeon simplemente lo guió al exterior del palacio,

donde ambos advirtieron que empezaban a caer las primeras gotas de lluvia, y siguieron caminando hacia los vacíos

jardines reales, tapizados de hojas doradas que habían despojado de vestimenta a los esqueléticos árboles desnudos.

Pronto los rodeó un silencio de agua, en el que lo único que se oía era la llovizna que traspasaba las ramas y se hundía

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en un lecho blando y lodoso. Continuaron caminando durante cerca de media hora, hasta que el silencio fue

interrumpido por el parloteo veloz de una voz femenina, que hablaba como si de ello dependiera su vida.

-¡No lo sé! ¡Yo no hice nada! Qué molesto eres, ya te he dicho que no… No fue el Malored, algo más debió haber

ocurrido. Sí, desapareció, pero… Quizás Valyrzon sepa algo. De todas maneras, no sé si hemos venido a su época. Ese

anciano no nos explicó nada. Podríamos caminar, para variar. Si permanecemos aquí nunca sabremos nada.

Valyrzon y Odeon se detuvieron y miraron frente a ellos. Entre los árboles había tres personas: dos hombres adultos y

una muchacha que debía tener la edad de Valyrzon, y la cual, sin duda, era dueña del monólogo histérico. Para

Valyrzon fue claro que le conocían, y no solamente porque ella hubiese mencionado su nombre, sino porque, cuando

Odeon y él aparecieron, la joven abrió mucho los ojos y se abalanzó hacia él, abrazándolo cariñosamente.

-Niña, déjalo en paz –dijo uno de los hombres, de cabello castaño y ojos aún más azules que los de Valyrzon. La

muchacha lo liberó, pero no porque su acompañante se lo hubiese dicho, sino por el hecho de que la hubiera llamado

niña, como Valyrzon pudo comprobar un segundo después.

-¡Cómo te atreves a llamarme niña, fastidio humano! ¿Acaso debo ser una vieja como tú para que me consideres

adulta? ¡Papá, dile algo!

-Mila, ¿puedes hacer silencio durante unos minutos? –pidió Odeon con voz potente. La muchacha calló de inmediato.

-Gracias. Muy bien. Como ninguno de ustedes entiende qué ha ocurrido, les explicaré tan bien como pueda, aunque

debo admitir que Fanyu, a quien ustedes no conocen, lo hace mucho mejor. En primer lugar: Valyrzon, te presento a

Mila Kotka, su padre Ivan y su amigo Arghant de Nartros. Ellos, en un momento del tiempo que ha desaparecido,

fueron tus amigos.

-¿Qué? –preguntaron los cuatro al mismo tiempo.

-¿Qué significa eso? –inquirieron Valyrzon y Mila, mirándose.

-¿No nos recuerda? –quiso saber el señor Kotka, que era el otro hombre.

-¿Qué ha ocurrido? –dijo Arghant.

Odeon cerró y abrió los ojos, buscando alguna forma de ordenar las ideas para explicarles con la mayor claridad

posible lo sucedido. Valyrzon miró a Mila, Arghant y el señor Kotka con extrañeza; por una parte, se alegraba de

haber tenido más amigos en una época distinta, pero por otro lado, no había comprendido a qué se refería Odeon al

decir “un momento del tiempo que ha desaparecido”.

-Creo que son demasiadas cosas –dijo Odeon resignado-. No tengo otra opción. Abran los ojos cuanto puedan.

Valyrzon, Mila, Arghant y el señor Kotka obedecieron, y un instante después una luz intensa y multicolor inundó los

jardines, alcanzando aún a Hanzui, el escribiente, a quien habían enviado para buscar a Valyrzon. Cuando la luz cesó,

Valyrzon y los demás parpadearon, cegados, y sintieron cierto alivio cuando la lluvia tocó sus rostros, porque les

parecía que aquella luz les había quemado los ojos. Valyrzon miró al anciano, habiendo comprendido, de alguna

manera, quién era, e intentaba decidir qué pregunta formular primero cuando Hanzui llegó a su lado, con el ceño

fruncido como en sueños.

-¿Qué fue eso? –preguntó-. Valyrzon… ¿Qué ha ocurrido?

-Hola, Hanzui –saludó el Ser Supremo Odeon-. Veo que Intelyon recibió mi mensaje, y te envió en el momento justo.

De no ser así, las cosas se habrían demorado más, innecesariamente.

-¿Conoce a Intelyon? –quiso saber Valyrzon.

-Claro que sí. Es mi hermano menor, y tu tío. Yo soy tu padre, Valyrzon.

El silencio roto sólo por la lluvia volvió a reinar durante unos instantes.

-No tenemos mucho tiempo –continuó Odeon sin inmutarse-. Ya saben lo que ha ocurrido, y sé que es muy confuso,

pero espero poder darles luego algunas explicaciones. Ahora es sumamente necesario que cumplan una misión

demasiado importante para rechazarla por tener otras obligaciones.

Miró a Valyrzon al decirlo, y a él le pareció que acababa de leerle el pensamiento, porque estaba recordando la

cantidad de actividades que le habían asignado. Realmente quería saber qué tenía que decirles el hombre al que

debería comenzar a llamar padre, pero si no viajaba junto al rey Pendor como le correspondía, podían castigarlo

severamente, y además no le gustaba dejar de cumplir con sus responsabilidades.

-Su única obligación, a partir de ahora, será buscar un objeto muy particular, de origen divino…

-¿Como el Malored y el Fuego Sagrado? –interrumpió Mila sin advertirlo.

-Y la espada Ilmatar –añadió Odeon asintiendo-. Es un brazalete de hielo puro, que siempre está congelado. No hay

sustancia en el Universo capaz de derretirlo, así como no hay océano que apague el Fuego Sagrado. Es tan poderoso

como las tres armas restantes, de modo que su misión consistirá en encontrarlo y ponerlo a salvo. Irán al mundo de

Arisarda, donde se halla en estos momentos, y a su regreso lo llevarán a la Fortaleza del Tiempo; allí estaré

esperándoles. ¿Alguna pregunta?

-Muchas –afirmó Valyrzon-. ¿Cómo puede ser usted mi padre? No lo entiendo. Mis padres están en mi hogar;

seguramente saldrán pronto para realizar sus tareas. Sé que ellos son mis verdaderos padres.

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-Tu verdadera madre fue mi esposa –explicó Odeon-. Hace mucho tiempo. Tuvimos tres hijos: Theral, Nuuk y tú.

Pero luego algunas cosas cambiaron, y aquí estás, criado por padres adoptivos, que fueron los mejores que encontré.

-¿Cómo iremos a Arisarda? –inquirió Mila, pero antes que Odeon contestara, Arghant, quien estaba más silencioso

que de costumbre, dijo:

-De manera que ya no existe.

Los demás lo miraron. Valyrzon notó que se veía muy triste, y dado lo que acababa de hacerles saber Odeon, no tardó

en comprender por qué.

-Lo siento, Arghant –dijo Odeon-. Entiendo lo que sientes, pero no eres el único que ha sufrido. También otras

personas fueron trasladadas desde épocas futuras al pasado, para ser salvadas cuando sus tiempos desaparecieron, y

perdieron a las personas a las que querían en el proceso.

-Yo había perdido ya a la persona a la que amaba –repuso Arghant-. Ahora he perdido mi vida.

El sonido de la lluvia se intensificó, y fue lo único que se oyó durante un rato. Valyrzon hubiera deseado decirle algo

para consolarlo, pero nunca había enfrentado una situación similar, de manera que decidió callar. Hanzui

contemplaba el suelo, aún con el ceño fruncido, como si las hojas llenas de barro pudieran aclarar sus dudas; Odeon y

el señor Kotka intercambiaron una mirada indescifrable, y solamente Mila, quien observaba a su amigo apiadándose

de él, atinó a acercarse y tomarle la mano. Después miró al Ser Supremo, y preguntó en voz baja si podía explicarles

cómo llegar a Arisarda.

-Sí, por supuesto –respondió el anciano-. Deben viajar al Océano del Poniente; cuando lleguen, simplemente

deténganse y esperen hasta que la aguja pequeña marque el diez y la aguja grande marque el ocho. –Sacó un círculo

de plata de un bolsillo, y se lo entregó a Valyrzon-. Guárdalo. Si lo pierdes, nunca podrás ir a Arisarda.

Valyrzon echó un breve vistazo a esa especie de reloj con un par de agujas pintadas en negro, así como doce números

también negros dispuestos en círculo, y mientras lo guardaba se preguntó cómo podrían moverse aquellas agujas si

eran meros dibujos.

-Cuando sea el momento, miren hacia el oeste, y verán una isla pequeña y circular. Vayan hacia ella. Estará

completamente desierta; sólo habrá un árbol y una piedra.

-Espere un momento –lo interrumpió Hanzui, y sacando un montón de hojas y una varilla metálica se dispuso a

anotar rápidamente lo que decía Odeon para no olvidarlo.

-No es necesario que lo anotes –le dijo el Ser Supremo-. No iba a decir mucho más. Al encontrar el árbol y la piedra

sabrán qué hacer.

-¿Cómo lo sabremos? –preguntó el señor Kotka.

-Estará claro. Ahora tengo que marcharme; uno de los sobrevivientes del Retorno tiene los mismos problemas que

Arghant. Espero que el libro rojo de Linedi les ayude tanto como lo hizo mientras buscaban el Fuego Sagrado. –

Odeon se acercó a Valyrzon, lo abrazó y se separó de él-. Cuídate, hijo. Los mundos son fascinantes, pero también

peligrosos.

Dicho esto, se produjo un resplandor intenso y blanco, y al momento siguiente el anciano había desaparecido.

Valyrzon miró a su alrededor, aún confundido por aquella visita extraña e inesperada y por las cosas que ahora sabía

y que alguna vez había vivido. Hanzui agregó algo a sus anotaciones, y aseguró que podía conseguir un barco en

pocos minutos.

-Muy bien –dijo Valyrzon-. Hazlo, por favor. Los demás querrán ponerse a resguardo, supongo. Vamos al palacio

real.

-¿Podemos ir allí? –preguntó Mila mientras se ponían en camino tras un apresurado Hanzui.

-Por supuesto. Acogen a cualquiera que lo necesite, sea sadornio o extranjero. No estaremos mucho tiempo, de todas

maneras; quizás ni siquiera noten que hay desconocidos.

Hanzui se perdió de vista entre los árboles, pero a ninguno de los cuatro caminantes le sorprendió, ya que pronto aún

los árboles se perdieron de vista. El aguacero cobró tal fuerza que parecía que, en vez de gotas, caían piedras, de

modo que Valyrzon, Mila, Arghant y el señor Kotka se apresuraron. Llegaron al palacio chorreando agua, pero a

nadie le molestó, porque la mayor parte de los sadornios que entraban estaba en el mismo estado. Se dirigieron a las

habitaciones de huéspedes, similares a las de los sirvientes, y buscaron ropa seca mientras intentaban calentarse.

Valyrzon fue a la habitación donde había dormido y regresó con una mochila de tela lista para partir; la guardaba

desde que Intelyon (era difícil pensar que se trataba de su tío) le había mostrado el libro que hablaba sobre Arisarda,

porque quería estar preparado cuando la oportunidad llegara, y lo había hecho de la forma menos pensada. Tampoco

había pensado que, al entrar a la habitación, en la que no había nadie más que sus nuevos amigos, vería a Intelyon,

quien hablaba amistosamente con el señor Kotka.

-No te apresures –le dijo el anciano cuando Valyrzon dejó la mochila sobre una cama-. No partirán hasta el anochecer.

Ningún barco zarpará ahora; el mar está agitado por la tormenta.

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-¿Cómo lo sabes? –preguntó Valyrzon sentándose en la cama. Mila y Arghant estaban juntos en la contigua, el señor

Kotka se encontraba frente a ellos, e Intelyon permanecía de pie cerca de una gran chimenea de mármol.

-Entre los recuerdos que te fueron quitados cuando el Tiempo retrocedió y volviste a ser un joven de diecisiete años

está el hecho de que pertenezco a una comunidad de magos que vive en Ciudad Real –contestó Intelyon-. Tu padre

también tenía algunos dones, y luego, cuando la Mano Divina lo escogió, se convirtió en un Ser Supremo. Y tu otro tío

es inmortal, como alguna vez lo fuiste gracias al Fuego Sagrado.

-¿Quién es?

-Alguien que ha estado y estará en todas las batallas de la Tierra, y que con su silbido puede narrarlas con detalle.

Espero que eso sea suficiente para reconocerlo, aunque nunca lo hayas visto.

-¡El Anciano Silbante! –exclamó Mila, sobresaltando a Arghant.

-Así es –confirmó Intelyon sonriendo-. Somos tres viejos hermanos nacidos con distintos dones. Pero el único que

tuvo descendientes, y que siempre ha sido el más poderoso de nosotros, fue Odeon.

-Tú debes ser menor que él, ¿verdad? –preguntó Valyrzon desconcertado.

-Lian, el Anciano Silbante, es el mayor; después está Odeon, y yo soy el menor. Ya sabemos que tendremos que partir

dentro de unas horas y no dentro de unos minutos, Hanzui.

Valyrzon se volvió hacia la puerta; Hanzui entraba en ese momento apresuradamente, y su expresión de

preocupación fue reemplazada de inmediato por el mismo desconcierto que colmaba a Valyrzon. Asintió en silencio,

cambió sus ropas por otras secas (pues en el puerto se había mojado más que los demás) y luego se sentó en una cama

vacía. Permanecieron unos segundos en silencio, sin oír más que la lluvia incesante, hasta que Valyrzon se puso de

pie y se dirigió a la puerta.

-¿Adónde vas? –le preguntó Mila.

-Tengo trabajo –contestó él-. No dejaré de hacerlo si hay tiempo suficiente.

-Tu padre te ordenó concentrarte en la misión –dijo Intelyon-. Dijo que no te preocuparas por tus obligaciones.

-No puedo…

-Además, el rey Pendor no viajará hoy –añadió Hanzui-. La tormenta lo ha obligado a aplazarlo para mañana. Están

avisando a sus principales sirvientes que los preparativos en torno al viaje se han cancelado.

-También debo dar clases en la Casa de Sabiduría –respondió Valyrzon-, y nunca las suspendieron por una tormenta.

Lo sé por experiencia propia –agregó, recordando lo terrible que era ir a estudiar en medio de las tempestades.

Pensó que alguien replicaría, pero como nadie quiso contradecir su tozudez, dio media vuelta y salió de la habitación.

No había dado más que unos pasos por el corredor vacío y en penumbras cuando oyó que la puerta de la habitación

se abría, y dos segundos después Mila le tomó la mano y lo llevó casi a rastras de regreso. Una vez que estuvieron

otra vez sentados en sus respectivas camas, Valyrzon insistió en que no era adecuado abandonar a sus alumnos,

quienes seguramente habrían hecho lo posible por abrirse camino entre el aguacero para llegar a la Casa de Sabiduría;

se levantó nuevamente, resuelto a no permitir que sus compañeros lo obligaran a quedarse, y nuevamente Mila le

tomó la mano para hacer que se sentara.

-Algunas veces –dijo- debemos escuchar a nuestros padres. Lo sé por experiencia propia.

Valyrzon la miró a los ojos, y Mila sostuvo su mirada, como si intentara leerle el pensamiento. Por alguna razón, el

muchacho comprendió cuán unido había estado a esa chica alocada, y le pareció saber hasta los mínimos detalles de

su vida, a pesar de que acababa de conocerla. Aquello le hizo sentirse mucho mejor, como si hubiera recuperado algo

que creía perdido para siempre; y Mila sintió lo mismo, pero ninguno de los dos lo mencionó.

-Oye –le dijo Valyrzon-, sé que es de mala educación preguntárselo a una dama, pero ¿cuántos años tienes?

-A mí no me importa –repuso ella-. Tengo diecisiete años. ¿Y tú?

-Dieciocho. Vaya, ahora no soy ciento tres años mayor que tú, sino sólo uno. ¿Qué hay de ti, Arghant? –El hombre se

había echado en la cama, y mantenía los ojos cerrados, aunque no dormía-. ¿Cuántos años tienes tú?

-Cuarenta y siete –contestó Arghant.

-Estás más deteriorado que cuando te conocí –comentó Mila, y los demás, excepto Arghant, sonrieron-. Tienes

muchas cicatrices.

-He peleado muchas batallas –dijo Arghant-. Han sido años muy duros. La Tierra estaba asolada, la Compañía de

Yelmo Gris se había dispersado y éramos pocos los que continuábamos resistiendo. Habían muerto demasiadas

personas… Amigos nuestros, principalmente… Reinaba una oscuridad total; había ocasiones en las que no sabíamos

qué hacer. No pocas veces perdimos las esperanzas. Y en medio de esas tinieblas y ese dolor, a ti se te ocurrió unirte a

Médor.

-¿Qué? –exclamaron Mila y su padre al mismo tiempo.

-Dijeron que no querían morir sin haberse unido, así que hicimos lo posible para conseguir un sitio seguro, y un

sacerdote yadiíta al que habíamos salvado realizó la ceremonia. Fue breve, pero de todas maneras los Thenagon nos

atraparon. Mataron al sacerdote, luego a Médor, y a los demás nos retuvieron allí, maniatados, mientras elegían a

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quién torturar. Finalmente se decidieron por ti, Mila. Aún resuenan los gritos en mi cabeza. Los desgraciados me

obligaron a verte; no podía apartar mis ojos de ti, ni hacer algo para ayudarte. Ninguno de nosotros. Así había sido

también con mi familia, y ellos lo sabían. Cuando comprobaron que estabas moribunda y que no resistirías durante

más tiempo, te mataron.

-¡Ay, qué horror! –dijo Mila impresionada-. ¡Vaya! ¡Y tú tuviste que verlo! ¿A ti te hicieron daño?

-Me golpearon, pero no quisieron matarme. Parece ser que los Thenagon de todas las épocas prefieren hacerme sufrir

a darme un golpe fatal rápido e indoloro.

-Un momento –dijo Hanzui-. Si Mila no conoce la era en la que Arghant vivía antes de ser salvado por el Ser Supremo

Odeon, quiere decir que vienen de épocas distintas, y Arghant debe saber cosas que ninguno de nosotros ha vivido,

porque su momento del tiempo era más avanzado que aquél en el que estábamos cuando el Tiempo retornó, ¿no es

cierto?

-Tienes razón –dijo el señor Kotka-. Se supone que el Imperio Thenagon había sido derrotado. Entonces, ¿cómo es que

en tu época dominaban el mundo?

-Las Sombras –murmuró Valyrzon, recordando lo que un Médor de otra Tierra le había dicho a otro Valyrzon en un

tiempo desaparecido. Arghant abrió los ojos, pero solamente miró el techo oscuro.

-Exactamente –dijo en voz baja-. Las cinco Sombras. Angel, Dantalyon, Seol, y otras dos. Fueron derrotadas, pero

volvieron a surgir, juntas, en un último acto de maldad. Un último acto que acabó con la Tierra, con el Laberinto de

Mundos y con buena parte del Universo. Supongo que tendremos que enfrentarlas nuevamente.

-De ser así, el brazalete de hielo no puede ser un simple objeto divino –dijo Valyrzon-. Quizás mi… mi padre nos

envió a buscarlo porque lo usaremos como arma contra un nuevo enemigo. Así fue también con el Malored, el Fuego

Sagrado y la espada Ilmatar, ¿verdad?

-Arghant –dijo Mila, volviéndose hacia él-, ¿quién es la cuarta Sombra?

-No lo creerías –contestó Arghant mirándola-. Resulta que es Médor.

El silencio que inundó la sala fue atravesado por un trueno que retumbó en la isla entera. Valyrzon, Hanzui, Intelyon

y el señor Kotka cruzaron miradas, sorprendidos, mientras que Arghant volvió a mirar el techo, al cual

aparentemente encontraba muy interesante. Mila simplemente había quedado paralizada.

-¡¿Médor?! –gritó de repente, con cierto tono histérico-. ¿El mismo hombre del cual nadie sabe nada, que tiene el don

del Tiempo y por el cual supuestamente sentía algo? ¿Me casé con mi propio enemigo?

-Tú lo amabas –dijo Arghant-. Él, aunque era completamente maligno y una de las Sombras más poderosas, también

te amaba. Es bastante sencillo, pero no deja de ser una tontería.

-¡Claro que no! –repuso Mila escandalizada-. ¡Nunca podría hacer eso! ¡Esa muchacha no era Mila Kotka!

-Era una Mila Kotka futura, miembro de la Compañía de Yelmo Gris, luchadora incansable y un poco tonta, como

cualquier persona que se enamora ciegamente.

-¡No digas eso! ¡Yo no puedo hacer eso! ¡Jamás me casaré con un asesino!

-Hija, cálmate –dijo el señor Kotka, intentando tranquilizarla-. Claro que no lo harás; por un lado, por eso que ya

sabemos, y por otro, porque yo no permitiré que cometas una estupidez semejante. ¿Qué opinaba yo al respecto? –le

preguntó a Arghant.

-¿Usted? –dijo él mirándolo-. Lamentablemente, Dantalyon lo mató antes, pero había discutido muchas veces con

Mila. En realidad, nadie estaba de acuerdo. Ni siquiera Valyrzon, que comprendía hasta los estornudos de su querida

amiguita.

-Qué bueno ha sido que me mataran –dijo Mila, enojada consigo misma-. De no ser así, habría viajado al futuro y me

habría encargado de hacerlo.

-No digas eso –le dijo Arghant seriamente-. Fue terrible verte morir otra vez.

-¿Otra vez? ¿Cuántas veces me mataron?

-Sólo ésa. Pero en una ocasión me secuestraron y me llevaron al Naorbatus, donde, por supuesto, me torturaron. Te

veía morir una y otra vez, cruelmente asesinada; veía que te torturaban sin que pudiera hacer nada, sin saber si era

real o una mera alucinación. En ese momento llegué a pensar que verdaderamente habías muerto.

-No comprendo por qué te quejaste de haber perdido tu vida si era tan terrible –comentó Hanzui, no sin razón-.

Seguramente estarás mejor aquí. Por lo menos Mila está viva, y sabes que nunca estará con Médor.

-Sí –asintió Arghant-. Es un consuelo.

Cerró los ojos; se veía muy cansado, por lo que los demás decidieron dejar que durmiera y recorrer el palacio

mientras duraba la larga espera. Mila lo arropó con algunas sábanas antes de salir tras Valyrzon, Hanzui, Intelyon y

su padre, y él le agradeció casi dormido. Cuando Mila abandonó la habitación, Valyrzon notó que estaba

ensimismada, y le pareció que su mente se había quedado haciéndole compañía a Arghant.

Ni Mila ni el señor Kotka conocían el palacio real, de manera que Valyrzon, Hanzui e Intelyon les invitaron a

recorrerlo. Era una construcción muy grande, antigua y suntuosa; allí habían vivido los reyes sadornios y la nobleza

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desde hacía mil años, y en muchas de las paredes había retratos o bustos de mármol de personajes solemnes de la

historia del reino. No se podía observar ningún objeto ni decorado con detenimiento porque el palacio estaba atestado

de gente, y era difícil transitar por los pasillos, pero el señor Kotka se detuvo en varias ocasiones para admirar con la

boca abierta algunas inscripciones en forma de jeroglíficos que había en las altas columnas del vestíbulo. Cuando se

encontraban allí, Valyrzon vio al rey Pendor, el soberano de Sadornia, buscando a alguien entre la multitud, mientras

hablaba con un sirviente y con su hija, la princesa Bribea. Transcurridos unos minutos, Valyrzon advirtió que era a él

a quien buscaba el rey, porque su mirada se detuvo en el muchacho y le hizo señas para que se acercara.

Valyrzon se abrió paso entre los angethianos que esperaban que la lluvia amainara para salir, intentando no empujar

ni pisar a nadie, y llegó al rincón donde estaban el rey, su hija y el sirviente, de pie aunque había tres sillas tras ellos.

Sin embargo, ninguno mostraba incomodidad; más bien parecía que aquella situación les resultaba común, como si

todos los días lloviera tanto que los angethianos debieran apretujarse en el vestíbulo del palacio real.

-Valyrzon, muchacho –dijo el rey Pendor con amabilidad-, necesito hablar contigo. Sabes que no partiremos hoy, por

supuesto.

-Sí, señor –asintió Valyrzon respetuosamente.

-Hemos de demorar los preparativos hasta que la tormenta termine. Creíamos que sería mañana, pero según los

pronósticos de los navegantes, será cosa de varios días. La mayor parte de las actividades en Sador se han suspendido

a raíz de un riesgo de inundación. Tendremos tiempo libre hasta el fin de semana, lo cual podría ser un alivio, pero

quiero que organices a los angethianos que deben quedarse aquí hasta que el tiempo mejore. Obviamente, la ciudad

no está en condiciones de ser transitada, de manera que tendremos que alojar a toda esta gente. Como no es tarea

fácil, espero que seas el buen guardia real de siempre. ¿Puedes hacerlo?

-Lo haré, mi señor. Sólo dígame cuándo…

No pudo acabar la frase, porque su voz fue ahogada por un estrépito colosal, y de un momento a otro Valyrzon se

halló, sin saber cómo, cubriendo al rey Pendor y a la princesa Bribea, porque la mitad del techo del vestíbulo se había

derrumbado. Valyrzon miró de inmediato hacia allí, y se sorprendió al ver que tanto sus amigos como los

angethianos que estaban en ese lugar habían salvado sus vidas, porque el techo destrozado flotaba a unos centímetros

por encima de sus cabezas. Sólo cuando intentaba descubrir qué era lo que sostenía el techo vio a Intelyon, quien se

esforzaba por mantener esa enorme plataforma de piedra en el aire mediante sus dones. Mila, el señor Kotka y los

angethianos observaban asombrados el fenómeno, sin atinar a apartarse para que Intelyon pudiera posar el techo en

el suelo, hasta que Valyrzon les gritó que se alejaran; entonces todos estallaron en murmullos y salieron

impresionados del vestíbulo, dirigiéndose a los corredores y al salón del trono.

-¿Está bien, señor? –preguntó Valyrzon al rey, y éste asintió, contemplando desconcertado cómo su consejero, usando

únicamente su mente, colocaba el techo en un sitio donde no lastimara a nadie-. Será mejor que ustedes tres vayan

con los demás. Me encargaré de averiguar lo que ha sucedido.

El rey Pendor asintió, y tomando de la mano a su hija, fue hacia el salón del trono, seguido por el sirviente. Valyrzon

se acercó a Hanzui, Mila, Intelyon y el señor Kotka, y les hizo la misma pregunta que al monarca.

-Sí, estamos… ¿Qué fue eso? –preguntó Mila algo asustada.

Los cinco compañeros miraron hacia arriba; desde donde se encontraban hasta lo alto del verdadero techo del palacio

(pues lo que había caído era el piso superior al vestíbulo) había un extenso túnel, en cuyo extremo podía verse un

trozo de cielo. Comenzaba a caer lluvia por esa abertura, y el vestíbulo no tardó mucho en inundarse.

-Vamos hacia allí –propuso Valyrzon-. Quizás así sepamos qué ha ocurrido.

De manera que recorrieron pasillos y escaleras, deslizándose entre la gran cantidad de sadornios que se agolpaban

por doquier, y llegaron con cierta dificultad a uno de los pisos más altos, en el que se situaban las habitaciones de las

doncellas de la princesa Bribea. Ella estaba ahí, tranquilizándolas y atendiendo a algunas de las jóvenes que habían

resultado heridas. Hanzui se dispuso a ayudar a la princesa, mientras que Valyrzon le preguntó a una de ellas qué

había sucedido.

-No lo sé –contestó la muchacha temblando-. Creímos que era un rayo, pero nunca habíamos visto algo así. Fue como

si una roca gigantesca hubiese golpeado el techo y atravesado el palacio entero en su caída.

-¡Valyrzon, cuidado! –exclamó Mila, y Valyrzon se echó al suelo, empujando también a la doncella, justo a tiempo

para evitar que lo mismo que había destrozado el cielorraso del vestíbulo aplastara a ambos.

Se oyó un ruido espeluznante, el palacio entero tembló, alguien gritó, y Valyrzon abrió los ojos. Por el nuevo hueco,

esta vez en una de las paredes, entró un rayo de luz, que chocó contra un aparador y lo hizo saltar en pedazos.

Valyrzon y el señor Kotka cubrieron a Mila, y los tres observaron cómo, tras un nuevo rayo, la pared que tenían

enfrente caía hacia el exterior, separada por completo del resto de la estructura. Ante aquella nueva vista panorámica,

todos los presentes corrieron hacia el borde de la habitación, y pudieron saber al fin qué era lo que estaba

destruyendo pedazo por pedazo al palacio real. No era algo, sino dos personas: una de ellas, el Ser Supremo Odeon, y

la otra, Médor de Unax.

10

-¡Detente, Médor! –gritó Odeon, origen de los rayos. Se encontraba en un extremo de la calle, y Médor avanzaba

resueltamente hacia él, esquivando los ataques de su poderoso oponente con total tranquilidad.

-Haz algo –dijo Médor. Uno de sus ojos se había tornado misteriosamente plateado, así como las venas de su brazo

derecho, pero solamente Odeon podía verlo. –Haz algo para que regrese. Tú puedes hacerlo. Eres un Ser Supremo,

¿verdad? ¿O acaso tus poderes han disminuido?

-¿Qué te ha dicho tu padre, Médor? –preguntó Odeon, sin cesar de arrojarle haces luminosos que no le hacían daño-.

¿Te contó el mito del Tiempo Perdido? ¿Crees que es verdad?

-Lo creo porque lo es –repuso Médor-. Me sorprende que precisamente tú, entre todos los que conozco, no creas que

las leyendas sean verdaderas. En fin, no quiero apartarme de mi objetivo. –Se detuvo a poca distancia de Odeon,

parpadeó con lentitud y, por alguna razón, la lluvia se detuvo en plena caída-. Así está mejor. No desearía que los

sadornios oyeran esto. Tú sabes muchas cosas, Odeon. Sabes que el Tiempo Perdido existe y que puedes liberarlo. Si

no quieres hacerlo, dime cómo, y yo mismo me encargaré.

-¿Por qué quieres liberarlo? No servirá de nada. Ya hemos arreglado lo que debía arreglarse. Salvamos a las personas

que necesitaban ser salvadas de la desaparición. Y Mila Kotka está arriba, en el palacio, viéndote y escuchándote.

Sabías que la habíamos rescatado.

-No la busco a ella. Hay algo más interesante en el Tiempo Perdido. No me importan las personas que fueron o no

salvadas, sino los objetos que desaparecieron. El Malored, el Fuego Sagrado, la espada Ilmatar, el brazalete de hielo y

el Reloj del Retorno. Necesito esas armas divinas.

-Tú no las necesitas. Tu padre te ha enviado a buscarlas, porque son los instrumentos con los que llevará a cabo sus

planes. ¿Por qué le obedeces si lo odias?

-No obedezco las órdenes de mi padre. Tracé mis propios planes, y soy yo el que necesita las armas. Están en el

Tiempo Perdido, de manera que tú y yo iremos allá en este instante y me dirás cómo liberarlo, o lo harás tú.

Valyrzon vio que su padre se resignaba, y los haces luminosos desaparecieron. La lluvia siguió cayendo, y sólo

entonces Valyrzon comprendió que el tiempo se había detenido, aunque, por alguna razón, él había continuado

escuchando la conversación entre Médor y el Ser Supremo.

Odeon se acercó a su contrincante, y ambos cerraron los ojos. Valyrzon no supo qué sucedería, pero sí que los dos

hombres iban a desaparecer, de manera que actuó casi sin pensar. Sacó de su bolsillo el reloj de plata que su padre le

había entregado, se lo dio a Hanzui, quien estaba a su lado, y le pidió que guiase a los demás al Océano del Poniente,

y de allí a Arisarda. Sin esperar respuesta, miró hacia la calle, donde comenzaba a surgir un resplandor celeste y

plateado, cerró los ojos y saltó. Alcanzó a oír la exclamación de Mila, antes de hundirse en una atmósfera donde no

había calle, ni lluvia, ni Sadornia, sino solamente luz en estado puro, que lo recibió suavemente, lo envolvió y lo llevó,

junto a Odeon y Médor, a un sitio muy lejano y para ellos desconocido.

-¿Qué hizo? –preguntó Mila, mirando hacia un extremo y otro de la vacía calle angethiana-. ¿Dónde están?

-Deben haberse transportado –dijo el señor Kotka, tirando de la mano de su hija para evitar que cayera-. Médor

buscaba algo, ¿verdad? ¿Usted sabe qué es el Tiempo Perdido? –le preguntó a Intelyon.

-Como Médor dijo, se trata de una leyenda –explicó él-. Se decía que existía un lugar especial, en un mundo oscuro al

que únicamente la Mano Divina había ido, en el que el Tiempo se acumula; es decir, desde el inicio de los tiempos,

todos los hechos que suceden en el Universo son guardados allí. Es como un almacén, y si alguien quiere recuperar

algo, puede ir a ese sitio y rescatarlo. En teoría, porque nadie sabe si existe en verdad, y si fuera cierto quizás pocos

seres podrían llegar y liberarlo. Se llama Tiempo Perdido porque nadie sabe dónde se encuentra, y porque cuando el

Tiempo es destruido o, como ocurrió, retornado, lo que desaparece se guarda en ese lugar también. Es decir, en

definitiva: los momentos del tiempo que desaparecieron durante el Retorno constituyen el Tiempo que se perdió, el

Tiempo Perdido. Seguramente Médor desea rescatar algo que está en el Tiempo Perdido, y para ello debe sacarlo de

donde está.

-¿No lo oíste? –preguntó Hanzui-. Quiere el Malored, el Fuego Sagrado, la espada Ilmatar, el brazalete de hielo que

debemos buscar y el Reloj del Retorno. Los utilizará para hacer algo, y sé que no será nada bueno.

-¿Cuándo dijo eso? –inquirió el señor Kotka-. Lo último que escuché fue algo de que no quería apartarse de su

objetivo. Después Valyrzon saltó, hubo un resplandor y desaparecieron.

-Yo sí oí lo que dijeron –dijo Mila-. Es que Médor detuvo el tiempo, y solamente él, Valyrzon, Hanzui, el Ser Supremo

y yo permanecimos en movimiento. Qué raro; por alguna razón, Médor deseaba que supiéramos lo que quiere hacer.

-¡Mila! ¿Estás bien? –Arghant se acercó rápidamente, echó un vistazo a la habitación destrozada y miró luego a los

demás-. ¿Están todos bien? ¿Qué sucedió? ¿Dónde está Valyrzon?

-Yo estoy bien –respondió Mila-. Creo que los demás también. Hubo un pequeño altercado entre Médor y el Ser

Supremo Odeon, que fue lo que destruyó parcialmente el palacio. Ellos desaparecieron, junto con Valyrzon. Buscaban

el Tiempo Perdido.

11

-Valyrzon me dio el reloj –dijo Hanzui, que aún lo sostenía en una mano-. Me pidió que los llevara a Arisarda. Opino

que tenemos que hacerlo, y una vez allí esperar que regrese.

-¿Crees que lo hará? –dijo Intelyon-. Si Médor logra liberar el Tiempo Perdido, se producirá un caos total, y Valyrzon

no dudará en ayudar a su padre a controlarlo. Sé que así será; lo conozco desde hace años.

-Pero debe volver con nosotros –dijo Mila, algo nerviosa-. Su padre le asignó una misión, y tiene que realizarla. No

puede abandonarnos, no puede hacerlo…