Los Quiebra Prisiones por Edgar Wallace - muestra HTML

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LOS QUIEBRA PRISIONES

EDGAR WALLACE

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Fue el tipo de incidente que podía esperarse que ocurriese en el Servicio de Información, y puede referirse en pocas palabras.

Alexander Barnes, que gozaba de moderada fama como hombre de mundo, regular asistente a los estrenos teatrales y figura familiar en determinados círculos sociales, fue arrestado bajo acusación de disparar voluntariamente contra Cristóbal P. Supello. Con él fue también acusado un americano que dio el nombre de «Jones».

Los hechos declarados como probados en el sumario pueden resumirse así: Barnes y Jones habían estado cenando en el Atheneum Imperial y después se fueron paseando hasta Pall Mall. Pocos minutos después el policía que prestaba servicio en el extremo que desemboca en la plaza de Waterloo oyó tres tiros disparados en rápida sucesión.

Las detonaciones venían de la dirección de la estatua del Duque de York, y el agente corrió hacia el sonido, uniéndosele otros dos policías procedentes del extremo opuesto de la calle.

Supello yacía muerto en el suelo. Alcanzaron a Barnes y a Jones en lo alto de las escaleras que descienden desde el Duque de York hasta el parque de San Jaime, y los prendieron sin dificultad.

El hecho de que intentaban escapar no corroboraba la versión de Barnes, según la cual éste había disparado contra Supello en legítima defensa. Se encontró, efectivamente, en la mano del muerto un revólver con una recámara descargada. En poder de Barnes había una pistola automática de la que habían sido disparadas dos balas (los casquillos se descubrieron a la mañana siguiente), pero sobre Jones no se encontró arma alguna. Tanto Barnes como Jones juraron que habían sido atacados primeramente, y el hecho de que se habían efectuado tres tiros y de que dos de las balas habían sido encontradas en el corazón de Supello probaba que el primero lo había disparado él, por cuanto el testimonio médico demostraba que no había podido usar el revólver después de recibir las heridas que le ocasionaron la muerte.

Con un testimonio así parecía humanamente imposible que la acusación prosperase, pese a lo cual Barnes fue declarado culpable de homicidio involuntario y sentenciado a diez años de trabajos forzados, mientras que Jones fue absuelto.

El fallo condenatorio se basó en la declaración de un vagabundo que dijo que estaba descabezando un sueño sobre los escalones de una casa cuando oyó un altercado y vio a Barnes sacar su pistola y esgrimirla contra el rostro de Supello, y en el posterior testimonio del mayordomo del señor Stieglemann, el financiero internacional, quien alegó que él también fue testigo del asunto y afirmó que oyó palabras furiosas cambiadas entre ambas partes, y confirmó la declaración del vagabundo en cuanto a la amenaza con armas se refería.

El suceso creó alguna sensación, pues Barnes gozaba de sólida reputación como hombre de vida intachable y (si se exceptuaba su original costumbre de desaparecer de Londres a intervalos regulares, sin que nadie supiera adonde iba) a cubierto de toda sospecha.

Alexander Barnes aceptó su sentencia filosóficamente, aunque tenía una joven esposa a quien amaba con ardiente devoción.

Poseía esa serena fe en su Departamento que constituye las nueve décimas partes del bagaje moral de los miembros del Servicio de Información. No dijo al juez que él y «Jones», del Servicio Secreto de Washington, habían interceptado el paso a Supello cuando se dirigía a cierta embajada llevando el texto íntegro del Tratado Salem-Ponsonby en el bolsillo, ni que habían seguido a Supello, destacado traficante de secretos de gobierno, desde el hotel; ni que habían estado vigilándolo durante la cena, en cuyo transcurso la dama de la embajada había pasado junto a la mesa de Supello y había dejado caer una rosa blanca como señal de que Su Excelencia había aceptado pagar el subido precio pedido por el mejicano.

Lo mataron a tiros, le arrebataron el tratado del bolsillo interior de la chaqueta, y Jones dejó caer el documento en la alcantarilla más cercana, pero lo cierto es que Supello había disparado el primero. Barnes no podía contar esta interesante y novelesca historia, en parte porque no lo habrían creído, y en parte porque es norma del Círculo Superior de Información nunca ayear. Si le cogen a uno, debe beber el cáliz con expresión risueña y abstenerse de lanzar mensajes de S.O.S. en demanda de auxilio a los desconocidos jefes.

Se informó al señor «Jones» de que su presencia en Inglaterra no se consideraba en absoluto necesaria, y embarcó para Nueva York siendo acompañado por la policía hasta su camarote.

Cuando el gran trasatlántico se encontró a ochenta kilómetros de la boca del Mersey,

«Jones» recibió la visita de un sosegado individuo que charló con él durante largo tiempo.

Este individuo era Bland, director del Servicio de Información, quién descendió del buque en Queenstown y se volvió a Londres.

Solicitó una entrevista con el ministro del Interior, y el resultado no fue especialmente satisfactorio.

Al término de un cuarto de hora de charla sumamente infructuosa, se encogió de hombros.

-Comprendo perfectamente -dijo tan suavemente como pudo- que mi sugerencia es altamente heterodoxa, pero también la situación es un tanto extraordinaria. Estamos al borde de una nueva complicación bélica...

-¡Tate! Eso es cuestión de opiniones -repuso el otro bruscamente.

Decía «¡tate!» con tanta frecuencia, que como «Tate» se le conocía en todos los estamentos del ministerio.

Era hombre flaco, con una espesa mata de cabellos enteramente blancos, semblante apergaminado y boca mezquina, y miraba al mundo a través de unos ojos-rendija, los más estrechos que jamás había visto Bland en un ser humano.

Sir George Mergin había sido ministro repetidas veces en un período de veinte años, en uno u otro gabinete. Se le consideraba estrecho de miras, pero seguro.

Regía su departamento con espíritu rígidamente reglamentario, escribía con pluma de ave y tomaba una copa de jerez a las once de la mañana.

No era, pues, de extrañar que mirase con desagrado al director del Departamento de Información y sus extravagantes pretensiones.

-Comprenda, señor... mmm... Bland, usted no tiene mmm... status oficial. No ha sido votado por nadie y no pertenece a ningún departamento ministerial.

-En realidad, no estamos bien mirados por nadie -sonrió Bland-, y no tenemos ninguna autoridad gubernamental a quien recurrir. El ministerio del Interior nos detesta; la Brigada P.

V. tiene celos de nosotros; el ministerio de Asuntos Exteriores, a quien servimos, finge ignorar la existencia de un Servicio Secreto...

Sonó un leve golpe en la puerta y entró un secretario. Se adelantó hasta su jefe y le dijo algo en voz baja.

-¡Ah!, sí, sí, sí -dijo sir George- diga al comisario que pase.

Bland disimuló una sonrisa. No era mera coincidencia que el comisario adjunto Goldring apareciera en aquel momento. Goldring dirigía la policía política y contaba con un servicio secreto propio, que era poco más que una fuerza policiaca dedicada a detectar extranjeros peligrosos y andar ojo avizor con las idas y venidas de los anarquistas conocidos.

Era un departamento que se jactaba de sus dotes lingüísticas, por lo que en el Yard se le conocía como la «Brigada P. V.», por referencia a la expresión «parlezvous».

Aquí es pertinente decir que el cuerpo regular de policía profesaba un profundo desdén hacia los miembros de la P. V., su presciencia y su capacidad, e invariablemente se pronunciaban a favor del servicio de Bland cuando había que adoptar una postura en un sentido o en otro.

Goldring entró, dirigió una atenta reverencia al ministro y favoreció a Bland con una leve inclinación de cabeza.

-¡Ah, comisario, no sabe cuánto me alegra su visita! Ahora voy a exponerle algo, señor Goldring... O quizá, señor Bland, preferiría ser usted mismo quien explique su...

mmm... curioso proyecto.

Bland sabía mejor que nadie que Goldring estaba perfectamente al corriente del asunto y que ya había sido consultado al respecto.

-Propongo que Alexander Barnes sea puesto en libertad -dijo-. El señor Goldring conoce bien la misión que Barnes estaba realizando. Tenía como objetivo descubrir a la persona que había sobornado a un administrativo de Asuntos Exteriores para que le facilitase una copia del Tratado Salem-Ponsonby.

-¿Y matarlo a tiros? -insinuó Goldring sacudiendo la cabeza con pose de gravedad-.

Seguramente existe en el país una ley que castiga el tipo de delito que, según usted, cometió Supello; seguramente éste pudo haber sido arrestado...

Bland le miró con una sonrisa de conmiseración que encendió su furia.

-¡Tate! -intervino el ministro-; no puedo hacer nada... nada. La petición es absurda.

Tráigame una exhortación de mi excelente amigo el ministro de Asuntos Exteriores, o consiga que el subsecretario curse su declaración, y en el interés público podría yo aplicar la Cláusula 475 de la Ley de Defensa; pero de no ser así... ¡no!

Bland volvió a sonreír.

-Sabe usted muy bien que no puedo hacer eso -dijo.

-Personalmente -interrumpió Goldring-, dudo de toda la historia. No carezco precisamente de información, señor Bland; no insinuará que conoce mejor que yo lo que sucede en Inglaterra, ¿verdad? -preguntó maliciosamente.

Bland afirmó con un gesto.

-Sé que nuestro amigo Stieglemann da excelentes cenas -replicó arrastrando las sílabas-. Sé que, después de la cena, sus invitados juegan a la ruleta, y que, siempre que lo desee, Stieglemann puede ganar... lo cual resulta muy útil.

-¿Qué quiere decir? -inquirió Goldring, muy colorado.

-¿Al decir «útil»? Se lo voy a explicar. Suponga que un funcionario de la policía pierde quinientas libras en una partida, y que Stieglemann rompe el pagaré que dicho policía extiende por esa suma, ¿no quedaría este funcionario obligado a su magnánimo anfitrión? Me pregunta usted qué más sé que usted no sepa... Se lo voy a decir. El tablero de la ruleta de Stieglemann está trucado. Usted no lo sabía, ¿verdad?

Goldring se encontró con los desafiantes ojos de Bland y bajó los suyos.

-Y ahora me voy -continuó Bland recogiendo su sombrero-, pero antes de marcharme les diré algo más. Los dos testigos que declararon contra Alexander Barnes eran falsos. El mayordomo de Stieglemann es un espía extranjero; el vagabundo que lo vio todo es otro. Pero eso apenas cuenta, ya que Alexander hubiera matado a Supello de todas maneras antes que permitir que el Tratado Salem-Ponsonby fuese a parar a manos de su comprador. Ustedes rehúsan ayudarme a libertar a Barnes... Lo libertaré yo mismo y lo sacaré de Inglaterra en las propias narices de su policía.

Sir George se levantó temblando de furia.

-¡Me amenaza usted! -exclamó con voz trémula.

Bland asintió.

-¡Le hundiré! ¡Le haré detener!... ¡Señor Goldring, arréstelo!

Goldring vaciló, luego adelantó un paso, y Bland se echó a reír.

Seguía riendo mientras acompañaba a su apresador escaleras abajo, y reía ahogadamente en la habitación cerrada con llave de Scotland Yard cuando vinieron a verlo (después de una hora de encierro) para anunciarle que estaba libre.

Pues había venido a ver a sir George Mergin una Alta Personalidad del Gobierno que había dicho al término de una charla informal e inocente:

-¡Oh!, a propósito... Ponga en libertad a Bland.

-Ponerlo en libertad... ponerlo en libertad... -farfulló sir George-. ¿Por qué?

-¡Oh!, no lo sé -respondió su visitante con gesto vago-. Simplemente pienso... Yo en su lugar lo dejaría libre. Por cierto, todos los periódicos de la tarde anuncian no sé qué historia de la dimisión de usted... Está en la sección de noticias de última hora. No pensará usted dar ese paso, ¿verdad?

-¡Por supuesto que no! -jadeó el ministro-. ¿Quién es el osado que se atreve a poner semejante cosa en los periódicos?

-Sabe Dios... ya sabe cómo son los periodistas -repuso el Personaje al descuido, y paseó hasta la puerta.

Permaneció un momento irresoluto, jugando con el mango de la puerta. Sir George notó su fruncimiento y apretó los labios.

-Creo que yo pondría a Bland en libertad -dijo el visitante pensativamente, y salió cerrando la puerta tras de sí.

Sir George redactó la orden de libertad.

-Pero Barnes cumplirá su condena hasta el último minuto -dijo entre dientes al tiempo que firmaba el documento.

Bland regresó a su oficina, donde le esperaba una pequeña labor. Le constaba que había puesto a Goldring y a su departamento sobre ascuas y que los de la Brigada Parlez-Vous estarían acechándolo como buitres. Dos de ellos lo habían seguido hasta la oficina y estaban ahora examinando con ostentosa inocencia el escaparate de una frutería situada en la acera opuesta de la calle.

Lo siguieron hasta su piso (Goldring había puesto un automóvil a su disposición), y Bland los observó desde su ventana durante algún tiempo, muy divertido. Después mandó a buscarlos y subieron con docilidad ovejuna a colocarse ante el gran escritorio de su estudio.

-No quiero que se les enfríen los pies mientras me vigilan, jóvenes -les dijo bondadosamente-; pueden tomar asiento aquí en casa si prometen no hacer ruido. Así podrán verme mucho mejor y tomar nota de mis cambios emocionales.

-Señor Bland -protestó uno-, está usted en un gran error...

-Yo nunca incurro en error -interrumpió Bland-. Siéntense ahí mismo. Estoy esperando a un visitante, y tendrán la oportunidad de presentar un informe sobre toda la malvada intriga.

El visitante fue Shaun Macallum, un brillante joven ducho en los procedimientos del Servicio de Información.

-Siéntese, Shaun. Le telefoneé que viniese... Oh, por cierto, éstos son dos de los hombres de Goldring, el sargento Jackman y el sargento Villars. No tengo secretos para ellos.

Los dos aludidos sonrieron incómodamente.

-Alex Barnes está en la cárcel de Clewes -siguió Bland-. Quiero que vaya usted allí a sacarlo. Cuando esté fuera de la prisión, lo traerá usted a Londres y seguidamente lo llevará en tren a Liverpool. Embárquelo para los Estados Unidos... Nuestros amigos del otro lado del Atlántico dispondrán las cosas de modo que se encuentre allí con su esposa, que parte para Estados Unidos la próxima semana.

-¿Cómo nos las arreglaremos para sacarlo de la cárcel? -preguntó Shaun.

Bland se recostó en el sillón y fijó, pensativo, la mirada en el techo.

-Eso es bastante sencillo -dijo lentamente.

Los dos sargentos, incómodamente sentados en el borde de sus sillas, se inclinaron ligeramente hacia adelante.

-Eso es bastante sencillo -repitió Bland-; un día determinado cortaremos todos los cables telefónicos y telegráficos que comuniquen con la prisión. En un plazo de media hora, nuestro amigo quedará libre. De no ser así, entonces lo estará antes de transcurridas veinticuatro horas.

-Oh -dijo Shaun con expresión vacía.

Bland se levantó.

-Eso es cuanto puedo decirle -dijo-; y ahora, Shaun, puede llevarse consigo a estos dos activos e inteligentes miembros de la División P. V. y perderlos por el camino.

Aquella tarde el comisario Goldring fue a ver al ministro del Interior a su casa de Portland Place.

-Es absurdo -dijo sir George, irritado-. Todo el asunto es absurdo; no tiene pies ni cabeza. ¡Maldito demonio! Si yo tuviera carta blanca... ¡Tate! Todo es un puro farol...

Goldring sacudió la cabeza. Estaba profundamente alarmado. Si los agentes de Bland estaban al corriente de asuntos tales como las transacciones privadas existentes entre él y el señor Stieglemann, ¿de qué no estarían enterados?

-Si dice que lo hace, lo hará.

-Deje que lo intente -repuso sir George con expresión torva.

Esta escena tenía lugar el miércoles a última hora de la tarde. El jueves por la mañana el director de la cárcel de Clewes recibió instrucciones muy detalladas acerca de la custodia de su prisionero.

El viernes por la mañana, Goldring estaba atendiendo a sir George cuando les llegó el informe oficial de que la línea telefónica entre el ministerio del Interior y la cárcel de Clewes había sido cortada en tres lugares.

-Despache urgentemente un telegrama cifrado en X X al pueblo de Clewes -ordenó sir George-. Diga al director que tenga a Barnes preparado para trasladarlo a Stanmoor... En esas pequeñas cárceles rurales nunca se sabe lo que puede ocurrir.

Bland comió aquel día con Shaun Macallum..

-¿Cuál es exactamente la finalidad... de cortar los cables y todo lo demás? -preguntó Shaun.

Bland echó una veloz ojeada en torno y bajó la voz.

-No nos es posible hacer nada en esas pequeñas cárceles rurales -explicó-; nuestra única posibilidad de éxito es asustar a Tate hasta el punto de que haga trasladar a Barnes a Stanmoor.

Esto sucedió, como ya he dicho, el viernes.

El sábado, los ociosos que mataban el tiempo en la diminuta estación de ferrocarril de Stanmoor cuando llegó el tren de las tres y siete, procedente de Londres, fueron testigos de la llegada de un presidiario alto y apuesto.

Iba sin afeitar, pero con el ánimo alto, pues tenía fe en su jefe y en los centenares de valientes compañeros que sabía que estaban trabajando por salvarlo. Sus muñecas estaban encerradas en esposas e iba acompañado por el inevitable carcelero auxiliar, que portaba el no menos inevitable sobre azul con los documentos de traslado. Aquél no era un espectáculo desacostumbrado para los lugareños de Stanmoor. No pasaba día sin que presenciasen la llegada o la salida de siniestras figuras con librea amarilla. A veces los presos aparecían de uno en uno; pero era más frecuente que llegaran o fueran enviados de veinte en veinte, unidos entre sí por una larga cadena que pasaba por en medio de cada pareja.

El carcelero llamó a un coche de alquiler y arrojó al interior a su prisionero, montándose él a continuación y sentándose enfrente. No había necesidad de dar instrucciones al cochero. Éste fustigó al caballo, atravesó la pequeña plaza del mercado y la única calle de Stanmoor, para acometer seguidamente la larga cuesta que conduce al terrible páramo en cuyo mismo centro está situado el Presidio de Stanmoor.

Los sucesivos directores del mismo se jactan de que ni una sola vez en su larga y tétrica historia ha perdido a un preso a no ser por muerte, indulto o traslado. Fugas había habido, pero ningún evadido había logrado jamás escapar del páramo.

Esto no era de extrañar. El terreno que rodea el Presidio de Stanmoor es desértico y desnudo, salvo por tres grupos delimitados de árboles a los que se denomina, un tanto ominosamente, Bosque del Escondite, Bosque de M'Geery y Bosque de la Trampa. M'Geery, que dio su nombre al segundo, fue un fugitivo de la prisión de granito que encontró la muerte entre los matorrales de aquél. El Bosque del Escondite se llama así por ser el asilo que buscan la mayoría de los fugados; y el Bosque de la Trampa sólo tiene dos salidas, una que da al páramo y otra que da a la aldea de Boley del Páramo, y no presenta dificultades a la hora de ser registrado.

Los caminos escasean, las granjas están diseminadas y son de difícil acceso; los bordes del páramo están continuamente patrullados por guardias, y si a estas dificultades se añade el hecho de que el director de la prisión había obteniendo recientemente el derecho a requisar una patrulla de aviación militar en caso de necesidad, no es preciso subrayar el arduo carácter del problema que el páramo de Stanmoor presentaba al infortunado que buscara la libertad en su terreno baldío y traidor.

Barnes y su guardián pasaron bajo el arco de la aflicción, a través de los negros portones, y fueron conducidos al despacho del carcelero jefe.

Este funcionario había sido evidentemente bien advertido de la responsabilidad que para él suponía el nuevo prisionero.

-Así que es usted el quiebra-prisiones, ¿eh? -dijo complacido-. Bien; tendremos que prestarle una atención extra, amigo mío.

Era un discurso excepcional en un carcelero jefe (así lo pensó el carcelero auxiliar que estaba encargado del preso), pues los hombres que desempeñan tal cargo suelen ser parcos de palabras, circunspectos y herméticos. No se dirigen a un preso con la expresión «amigo mío», ni ofrecen información sobre la necesidad de mantenerlo bajo observación especial.

-¿Habla usted algún idioma extranjero? -preguntó el carcelero jefe.

-Sí, señor; varios.

-¿Alemán?

-Sí, señor.

El carcelero jefe hizo un gesto de aprobación.

-Puedo proporcionarle ocupación -dijo-; hay varios presos alemanes... Veamos cómo habla usted el alemán.

Y se puso a hablar en un idioma completamente incomprensible para el carcelero auxiliar, y el preso respondió con la misma fluidez.

Todos estos hechos salieron a la luz en el expediente que se formó para esclarecer el papel desempeñado por el carcelero jefe en el caso (pueden encontrarse detalles sobre este expediente en la publicación oficial «Boletín de los Comisarios de Prisiones», número 764

A).

Lo que dijo en alemán, y lo que Barnes le respondió, es materia de conjetura. La versión del carcelero jefe fue que se había limitado a formular unas cuantas preguntas en dicho idioma para comprobar los conocimientos del penado. El ministro del Interior alegó que

«era miembro de cierta organización», cuyo carácter no se dejó traslucir.

Tres días después del ingreso de Alexander Barnes en el presidio de Stanmoor, Goldring llegó en tren especial a la localidad del mismo nombre, trayendo consigo a veinte de los hombres más competentes de su brigada, pues Alexander Barnes se había fugado.

Sir George Mergin mantuvo una breve entrevista con el comisario antes que éste saliese de Londres, y decir que sir George estaba furioso es consignar el hecho con estudiada moderación.

-El preso está en el páramo. Se ha fugado hace una hora, y hay un cordón de vigilancia en torno al distrito.

-Pero ¿cómo... cómo, señor? -inquirió el desconcertado Goldring.

-Salió de la prisión con un grupo de presos alemanes para trabajar en los campos, saltó la tapia de piedra, montó en una moto que le esperaba al otro lado y se largó ante las narices del carcelero -explicó el ministro.

-Pero ¿y la moto?

-Había sido colocada tras la tapia por alguien desconocido... Cómo demonios supo que estaba allí...

En Stanmoor, Goldring encontró esperándole un telegrama de su superior: Bland ha sido visitado. Dice que Barnes está todavía en el páramo, y que saldrá para Londres por la estación de Stanmoor.

-¡Conque saldrá para Londres! -masculló Goldring-; ¡conque saldrá para Londres!

Ni una sola persona salió del páramo aquel día que no fuese sometida al enérgico escrutinio de la policía y los guardias. Se detenían y registraban los carros de los campesinos; incluso se vaciaban los sacos de patatas antes de dejar que aquéllos siguieran su camino.

La noche no trajo consigo ningún relajamiento de la vigilancia. Se trajo un batallón de soldados de Taverton para ayudar a la guardia, y no quedó camino sin inundar por la luz de potentes reflectores.

Un ojeroso Goldring paseaba de aquí para allá, irritadamente, a la luz color limón del sol de la mañana.

-¡Voy a capturar a ese sujeto aunque no me acueste en una semana! -dijo, amenazando con el puño al inofensivo páramo-. Usted me conoce, Barton. Esos tipos del Servicio Secreto, esos policías aficionados, no van a salirse con la suya. ¡Cogeremos a Barnes!

-¿Qué aspecto físico tiene? -quiso saber su subordinado.

-Mide un metro ochenta de estatura y es corpulento... No se le puede confundir con nadie -dijo Goldring-. ¡Mire ese pobre diablo!

El «pobre diablo» iba sentado en un pequeño carruaje descubierto que venía del páramo en dirección al pueblo. Su descolorido uniforme de presidiario y ciertos signos distintivos indicaban que el tiempo de su condena estaba a punto de expirar, por lo que Goldring bien hubiera podido ahorrarse su compasión.

Era un hombrecillo vivaracho, de pequeña cabeza redonda y mirada alegre, y hacía tintinear las esposas de sus muñecas al compás de la canción que canturreaba bajo la desaprobadora mirada del carcelero sentado frente a él. Al pasar junto a Goldring volvió la cabeza y exclamó:

-¡Captúrelo, patrón! ¡No lo deje escapar!

El carcelero gruñó algo y el hombrecillo se calló.

-Va a Wormwood Scrubbs a obtener la liberación -comentó el compañero de Goldring, echando una mirada profesional al preso-; hacia la última semana todos se vuelven un tanto descarados.

Un automóvil vino como una exhalación por la carretera del páramo y frenó con una sacudida junto a Goldring.

-Lo hemos localizado, señor -anunció el ocupante, uno de la «P. V.»-. Hemos encontrado la moto y el uniforme de presidiario en el Bosque del Escondite, y los carceleros están dando una batida en él.

Goldring se frotó las manos.

-Voy a mandar un telegrama al jefe -dijo, y volvió sus pasos hacia la estación.

Había ya despachado su telegrama en la diminuta oficina y vuelto al andén, cuando entró en la estación el tren con destino a Londres, y se quedó mirándolo distraído.

Vio cómo el diminuto presidiario (apenas llegaba al metro cincuenta, y era tan delgado que parecía un chiquillo) era empujado al interior de un vagón de tercera y cómo las persianas eran bajadas. Luego, conforme el tren emprendía lentamente la marcha y el vagón del preso pasaba ante Goldring, la persiana fue subida de golpe, se bajó el cristal y el pequeño penado asomó la cabeza, apoyando los esposados puños en el borde de la ventanilla.

-¡No busque a ese tipo en el Bosque del Escondite, patrón! Se largó en uno de ésos que llaman zeppelines. Está en...

En ese momento un brazo uniformado atrajo al preso hacia el interior del vagón y el tren adquirió velocidad.

El jefe de estación, testigo de lo ocurrido, sonrió a Goldring.

-Ese individuo es una mala pieza -dijo-; el carcelero me dijo que fue uno de los que ayudaron a escapar a ese preso que anda usted buscando. Se llama Jerry Carter.

-El carcelero no tenía derecho a decirle a usted nada -repuso Goldring de mal humor.

Tuvo mayor motivo para estar malhumorado una hora después, cuando acabó el registro del Bosque del Escondite con resultado nulo.

La búsqueda continuó durante todo el día siguiente, pero sin éxito.

Al final de la semana Goldring regresó a Londres realmente enfermo, y fue a ver a Sir George.

Lo que ocurrió en la entrevista nunca ha sido revelado, pero lo cierto es que si entró enfermo en el despacho del ministro, salió del mismo convertido en un inválido crónico, figurativamente hablando.

Visitó a Bland en su oficina, y, obrando al modo de los caídos en desgracia, se sintió dispuesto a aceptar la compasión hasta de su más implacable enemigo.

-Vuelva a verme dentro de una semana -dijo Bland-, y quizá pueda contarle algo. Pero debe usted darme su palabra de que lo que le diga no ha de tener consecuencias. De no ser así, no sabrá usted nada.

La curiosidad y el reconcomio le indujeron a hacer la promesa, y el día indicado acudió a la cita.

Bland estaba sentado en su gran sillón fumando un aromático cigarro.

-Siéntese, Goldring -invitó animosamente-; tome un cigarro... Los encontrará en el estuche de plata.

Se inclinó para presionar un timbre, y tras breve intermedio se abrió la puerta dando paso a un hombre.

Goldring se puso en pie de un salto, profiriendo una exclamación de sorpresa, pues el recién llegado era el pequeño preso a quien había visto partir de la estación de Stanmoor.

-Uno de los nuestros -presentó Bland ceremoniosamente, ondeando la mano-. El señor Martin Caxton, del Intelligence.

-¿Cómo está usted? -saludó el hombrecillo, ofreciendo la mano-. Temo haber sido demasiado insolente con usted el otro día.

-¡Pero... pero! -balbuceó Goldring.

-Le explicaré -dijo Bland-. Oh, por cierto; Barnes ha llegado sano y salvo a los Estados Unidos, noticia que me temo no será de su agrado. No le diré cómo escapó realmente de la cárcel, ni le daré los nombres de las personas que le ayudaron. Fugarse de la prisión fue un juego de niños. La verdadera dificultad consistía en salir del páramo. Yo sabía que todo tipo de personas que intentasen llegar al pueblo serían detenidas e identificadas... Todo tipo de personas menos uno.

-¿Y cuál era ese uno? -preguntó Goldring con curiosidad.

-Un preso esposado -contestó Bland-. Martin Caxton fue ese preso... Estuvo esperando dos días en el Bosque del Escondite.

-Dejando crecer mis horribles patillas -dijo el hombrecillo, complacido.

-Pero ¿y Barnes? -preguntó Goldring.

Bland expelió un anillo de humo y observó cómo se deshacía en el aire.

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-Barnes era el carcelero -respondió.

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