Los Tres Impostores por Arthur Machen - muestra HTML

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Arthur Machen

Los tres impostores

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Este libro no podrá ser reproducido, ni total ni parcialmente, sin el previo permiso escrito del editor.

Todos los derechos reservados.

© Editorial Planeta, s. a., 2008

Avinguda Diagonal , 662, 6ª planta 08034 Barcelona (España)

Diseño de la colección: Astrid Stavro Fotografía de la cubierta: Magnum Primera edición: Enero 2008

Depósito legal: B 32.654-2008

isbn 84-08-05402-3

Impresión y encuadernación: Liberdúplex, s. l.

Printed in Spain, impreso en España PL50253-001-228 24/4/08 09:37 Página 5

Prólogo

—¿Y Mr. Joseph Walters se quedará toda la noche?

—preguntó el hombre pulcro y bien afeitado a su acompañante, un individuo de aspecto no muy cuidado, cu-yos bigotes color jengibre iban a confundirse con un par de patillas que le llegaban al mentón.

Esperaban ante la puerta de la casa, sonriéndose el uno al otro con aire maligno. Un momento después una muchacha bajó corriendo las escaleras y se unió a ellos.

Era muy joven, de cara graciosa e interesante, ya que no hermosa, y de ojos pardos y brillantes. Llevaba en la mano algo envuelto en un papel y se rió con sus amigos.

—Deje usted la puerta abierta —dijo el hombre pulcro al otro cuando salían—. Sí, por… —prosiguió, con un atroz juramento—, dejaremos entreabierta la puerta. Tal vez quiera tener compañía.

El otro miró en torno, titubeando.

—¿De veras le parece prudente, Davies? —preguntó, con la mano puesta en la aldaba vieja y gastada—.

Creo que a Lipsius no le gustaría. ¿Qué dice usted, Helen?

—Estoy de acuerdo con Davies. Davies es un artista y usted, Richmond, un hombre vulgar y un poco cobar-de. Dejemos la puerta abierta, por supuesto. ¡Qué lásti-5

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ma que Lipsius haya tenido que irse! Se hubiera diverti-do mucho.

—Sí —respondió el elegante Mr. Davies—. Para el doctor fue una pena que lo mandasen llamar del oeste.

Salieron juntos, dejando entreabierta la puerta del salón, que estaba rajada, consumida por el hielo y la hu-medad. Se detuvieron un instante bajo el ruinoso so-portal de la entrada.

—Bueno —dijo la muchacha—. Por fin hemos aca-bado. Ya no tendremos que correr tras las huellas del joven con gafas.

—Estamos en deuda con usted —le respondió ama-blemente Mr. Davies—. Lo dijo el propio doctor antes de irse. Pero ¿acaso no nos quedan por hacer a los tres unas cuantas despedidas? Por mi parte, delante de esta mansión pintoresca y deshecha, me propongo decirle adiós a mi amigo Mr. Burton, comerciante de antigüedades y objetos curiosos —y quitándose el sombrero, se inclinó con un gesto exagerado.

—Y yo —dijo Richmond— me despido de Mr. Wil-kins, secretario privado, cuya compañía, debo confesar-lo, empezaba a ser algo aburrida.

—Adiós a Miss Lally y también a Miss Leicester

—dijo la muchacha, haciendo una deliciosa reverencia—.

Adiós a toda la extraña aventura. Ha terminado la farsa.

Mr. Davies y la joven parecían llenos de una torva alegría. Richmond, en cambio, se atusaba nerviosa-mente el bigote.

—Me siento un poco trastornado —dijo—. Peores 6

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cosas he visto en los Estados Unidos, pero ese ruido que hizo, como si gritara, me dio una especie de náuseas. Y

el olor... Pero siempre he sido de estómago delicado.

Alejándose de la puerta, los tres amigos se pusieron a ir y venir despacio por lo que había sido un camino enarenado, ahora lodoso y cubierto de musgo. Era un espléndido atardecer de otoño y el sol hacía brillar te-nuemente los muros amarillos de la vieja casa abandonada, iluminando trozos de gangrenoso deterioro, así como todas las manchas, las señales negras de la lluvia y las cañerías rotas, los desgarrones en que asomaban ladrillos desnudos, el llanto verde de un pobre laburno al lado del porche y, cerca del suelo, los corrimientos de la arcilla sobre los ruinosos cimientos. Era una cons-trucción curiosa y destartalada; la parte central, con un tejado en el que sobresalían varias buhardillas, tendría unos doscientos años y se prolongaba en dos alas de estilo georgiano; en ambas, dos grandes ventanales ar-queados llegaban a la planta alta y remataban en cúpu-las de vidrio, que una vez estuvieron pintadas de un verde reluciente y ahora eran grises y opacas. Sobre el camino, entre la espesa bruma que se levantaba del suelo arcilloso, se veían pedazos de urnas destrozadas; los arbustos intrincados y deformes, que habían crecido sin cuidado alguno, despedían olores profundos y per-versos, y en toda la casa abandonada la atmósfera evo-caba la idea de una tumba abierta. Los tres amigos mi-raron con desánimo las ortigas y las malas hierbas que se apretaban donde antes crecieran el césped y los ma-7

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cizos de flores y, en medio de ellas, un tristísimo estanque, ya no cubierto de nenúfares, sino de una hez verde y aceitosa. En el centro del estanque, sobre las rocas, un tritón enmohecido soplaba en su caracola rota y más allá, pasando la verja hundida y los prados lejanos, se hundía el sol, rojo y resplandeciente, entre los bosques de olmos.

Richmond se estremeció y dio una patada en el suelo.

—Más vale que nos vayamos —dijo—. Ya nada tenemos que hacer aquí.

—No —respondió Davies—. Hemos terminado, por fin. Durante un tiempo creí que nunca lograríamos apo-derarnos del caballero con gafas. Era muy astuto, pero al final, ¡Señor!, se vino abajo de mala manera. Les aseguro que lo vi palidecer cuando le toqué el brazo, en la taberna. Pero, ¿dónde lo habrá escondido? Los tres po-demos jurar que no lo llevaba encima.

La muchacha se echó a reír y ya se alejaban cuando Richmond se detuvo, sobresaltado.

—¡Ah! ¿Qué lleva usted ahí? —gritó, volviéndose a la joven—. Mire, Davies, mire usted: está chorreando y go-teando.

La muchacha puso los ojos en el paquete que llevaba en la mano y apartó un poco el papel.

—Sí, miren los dos —dijo—, es mi propia idea. ¿No les parece que irá muy bien en el museo del doctor? Viene de la mano derecha, la mano que se apoderó del tiberio de oro.

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Mr. Davies asintió, con un gesto de decidida aproba-ción, y Richmond, levantando el feo sombrero hongo de copa alta con que se cubría, se pasó un pañuelo sucio por la frente.

—Me voy —anunció—. Quédense ustedes dos, si quieren.

Los tres dieron un rodeo por el sendero que iba a la caballeriza, pisaron ante los restos agostados del anti-guo huerto y salieron a la calzada, tras atravesar el seto que había detrás de la casa. Unos cinco minutos más tarde, dos caballeros, a quienes el ocio traía a explorar estos alrededores olvidados de Londres, entraron pa-seando por el camino sombreado que llegaba hasta la entrada. Habían divisado la casa abandonada desde la carretera y, al observar la grave desolación del lugar, se pusieron a moralizar en un estilo noble en que se ad-vertía la clara influencia de Jeremy Taylor.

—Mire usted, Dyson —decía uno de ellos mientras se acercaban—, mire usted esas ventanas de la planta alta; se está poniendo el sol y aunque los vidrios están llenos de polvo...

El viejo marco incendia el mirador.

—Phillips —respondió el mayor y (no hay más remedio que decirlo) el más solemne de los dos amigos—, me dejo ganar por la imaginación; imposible resistir a la influencia de lo fantástico. Aquí, donde todo se hun-de en la oscuridad y el decaimiento, mientras camina-9

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mos a la sombra de los cedros y hasta el aire que nos entra en los pulmones parece gastado, no puedo mante-nerme ecuánime. Veo ese resplandor profundo en las ventanas y la casa entera queda encantada; esa habita-ción, se lo digo yo, está llena por dentro de sangre y de fuego.

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capítulo primero

La aventura del tiberio de oro

La relación entre Mr. Dyson y Mr. Charles Phillips surgió de uno de los infinitos azares que se presentan cada día en las calles de Londres. Mr. Dyson era un hombre de letras y un ejemplo lamentable de talento mal em-pleado. En efecto, aunque sus dones hubieran hecho de él, en la flor de la juventud, uno de los novelistas más so-licitados de Bentley, había preferido mostrarse intrata-ble; poseía, sin duda, buenos conocimientos de lógica escolástica, pero todo lo ignoraba de la lógica de la vida y, si bien se otorgaba a sí mismo el título de artista, no pasaba de ser un observador vago y curioso de las activi-dades ajenas. Entre sus muchas ilusiones abrigaba con mayor exaltación la de ser un trabajador infatigable; so-lía entrar con gesto de cansancio supremo a su lugar más frecuentado, una tabaquería de Great Queen Street, y proclamar ante quien quisiera escucharlo que había visto levantarse y ponerse el sol de dos días consecuti-vos. El dueño de la tienda, hombre de edad madura y singular cortesía, toleraba a Dyson, en parte llevado por su buen carácter y en parte porque era de sus clientes habituales. Le permitía sentarse en un barril vacío y ex-poner sus opiniones sobre cuestiones literarias y artísticas hasta cansarse o hasta que llegase la hora de cerrar; 11

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tal vez no atrajera nuevos clientes pero cabía suponer que su elocuencia no ahuyentaba a nadie. Dyson era muy dado a practicar experimentos impetuosos con el tabaco y no se cansaba de ensayar nuevas combinacio-nes; una tarde acababa de entrar a la tienda anunciando la última de sus fórmulas descabelladas cuando un joven, más o menos de su edad, que se hallaba presente, pidió al dueño que le preparase a él la misma receta, al tiempo que dirigía a Mr. Dyson una sonrisa de buena educación. Dyson se sintió profundamente halagado y, tras cambiar unas cuantas frases, los dos se pusieron a charlar; una hora más tarde el tabaquero vio a los nuevos amigos, sentados lado a lado en sendos barriles, completamente enfrascados en la conversación.

—Mi querido señor —decía Dyson—: diré a usted, en dos palabras, cuál es la función del hombre de letras.

Lo que debe hacer es esto y nada más: inventar una historia maravillosa y contarla de una manera maravillosa.

—Se lo concedo —respondió Mr. Phillips—, pero permítame usted señalar que, en manos de un verdadero artista de la palabra, todas las historias son maravillosas y cada incidente tiene su propio encanto. El fondo es de poca importancia, todo está en la manera. Más aún, la mayor habilidad consiste en elegir un asunto aparentemente vulgar y, gracias a la alta alquimia del estilo, transmutarlo en el oro puro del arte.

—Eso demuestra gran habilidad, por supuesto, pero aplicada tontamente o al menos con poco criterio.

Es como si un gran violinista quisiera demostrarnos las 12

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armonías extraordinarias que puede arrancar del banjo que toca un chico.

—No, no, se equivoca usted de medio a medio. Veo que se hace usted una idea falsa de la vida. Pero esto tenemos que discutirlo. Venga usted a mi casa, vivo cerca de aquí.

Así fue como Mr. Dyson trabó relación con Mr. Charles Phillips, quien vivía en una plaza silenciosa no lejos de Holborn. A partir de ese día se visitaron mutuamente en sus apartamentos, a intervalos que podían o no ser re-gulares, y concertaron citas para reunirse en la tienda de Queen Street, donde su charla robó al tabaquero la mitad del placer que le dejaban sus ganancias. Libraban entre ellos un interminable combate de fórmulas literarias: Dyson exaltaba los derechos de la imaginación pura, mientras que Phillips, estudioso de las ciencias físicas y también un poco etnólogo, insistía en que toda literatura debe asentarse sobre una base científica. Gracias a la ex-traviada benevolencia de parientes fallecidos, ambos jó-

venes se hallaban fuera del alcance del hambre y, medi-tando altas empresas, pasaban la vida en un ocio agradable, saboreando las despreocupadas alegrías de una bohemia a la que faltaba la sal de la adversidad.

Una noche de junio, Mr. Phillips estaba sentado ante la ventana abierta en su tranquilo retiro de Red Lion Square, fumando plácidamente y mirando el movimiento de la calle. El resplandor de la puesta de sol se había demorado largo rato en el cielo claro. La luz roji-za del atardecer de verano, en lucha con los faroles de la 13

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plaza, formaba un claroscuro con algo de sobrenatural; los chicos que corrían de un lado a otro, los ociosos que tomaban el fresco, los transeúntes que pasaban apre-tando el paso, parecían figuras que revoloteasen sus-pendidas en un juego de luces más que seres de carne y hueso. En las casas del otro lado de la plaza fueron en-cendiéndose uno a uno varios rectángulos de luz; una silueta se perfilaba un momento contra las persianas y desaparecía, y esta magia casi teatral tenía por adecua-do acompañamiento las fugas y adornos de una ópera italiana que unos pocos pasos más allá tocaba un orga-nillo, sobre el profundo bajo continuo del tráfico de Holborn. Phillips disfrutaba de la escena y de sus efectos; la luz se desvaneció, la oscuridad ganó el cielo, la plaza quedó gradualmente en silencio, pero él siguió soñando frente a la ventana, hasta que lo hizo volver en sí el tintineo agudo de la campanilla y, al sacar el reloj, comprobó que eran pasadas las diez de la noche. Lla-maban a la puerta y un instante después entró al salón el amigo Dyson quien, como era su costumbre, se arre-llanó en una butaca y se puso a fumar en silencio.

—Usted sabe, Phillips —dijo por fin—, que siempre he defendido lo maravilloso. Recuerdo haberle oído decir, sentado en esa misma silla, que en literatura nadie debe utilizar lo increíble, lo improbable, la coinciden-cia extraordinaria, puesto que lo increíble y lo improbable no suceden en la realidad y las vidas de los hombres no están, en la práctica, conformadas por extrañas coin-cidencias. Observe usted que, aunque así fuera, no 14

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aceptaría yo su conclusión, puesto que para mí toda la teoría de la literatura como «crítica de la vida» no pasa de ser una sandez. Pero niego su premisa. Esta noche me ha ocurrido algo curiosísimo.

—Créame usted, Dyson, que me alegro de oírselo decir. No estaré, naturalmente, de acuerdo con sus razones, sean las que fueren, pero si tiene usted la bondad de con-tarme su aventura, lo escucharé con mucho gusto.

—Bueno, pues esto fue lo que pasó. He tenido un día de trabajo agotador. A decir verdad, apenas si me he movido de mi viejo escritorio desde anoche a las siete.

Quería desarrollar esa idea que discutimos el martes pasado, sabe usted, la del adorador de fetiches.

—Claro que me acuerdo. ¿Y ha conseguido usted algo con ella?

—Sí. La cosa salió mejor de lo que esperaba. Con grandes dificultades, por supuesto, las angustias de siempre entre la concepción y la ejecución. En todo caso, terminé a eso de las siete de la tarde y tuve ganas de respirar un poco de aire fresco. Salí y me eché a vagar sin dirección alguna; tenía la cabeza llena de mi historia y apenas sí me daba cuenta de por dónde caminaba. Me metí por esas calles tranquilas al norte de la calle de Ox-ford, yendo hacia el oeste, un barrio residencial de gentes de buen pasar, hecho de estuco y prosperidad. Di otra vez vuelta hacia el este, sin reparar en ello, y ya había anochecido cuando pasé por una callejuela apartada, mal alumbrada y desierta. No tenía en ese momento la menor idea de dónde me encontraba, aunque compren-15

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dí después que no debía ser lejos de Tottenham Court Road. Me paseaba distraído, disfrutando de la calma; caminaba junto a lo que debía ser la parte de atrás de uno de esos grandes almacenes, piso tras piso de ventanas polvorientas que se levantaban en la noche, arriba aque-llos aparatos en forma de horca que sirven para izar mer-cancías pesadas y abajo las grandes puertas bien cerra-das y trancadas, todo ello oscuro y con aire de desolación. Luego siguió un enorme depósito, una larga pared desnuda como el muro de una cárcel, el cuartel de un re-gimiento de voluntarios y, al final, un pasaje que iba a dar a un patio donde guardaban varios coches de alqui-ler. Casi podía decirse que era una calle deshabitada y apenas se veía una que otra ventana con luz. Justamente me sorprendía haber dado con una paz y oscuridad tan extrañas, y tan cerca de una de las avenidas más grandes y ruidosas de Londres, cuando oí los pasos de alguien que se acercaba a todo correr, y de un estrecho pasaje, un callejón o algo así, como lanzado por una catapulta, surgió ante mis narices un hombre, que, al pasar corriendo a mi lado, arrojó algo al suelo. Un instante después había desaparecido por otra calle, casi sin que yo me diera cuenta de lo ocurrido, aunque a decir verdad no me ocupaba de él pues mi atención estaba puesta en otra cosa. Le he dicho que arrojó algo; al menos vi algo que volaba por el aire, en una línea de fuego, y rebotaba sobre el pavimento. Me incliné instintivamente y me pareció ver una moneda brillante, como de medio peni-que, que rodaba cada vez más despacio hasta una boca 16

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de alcantarilla y bailaba un instante en el borde antes de desaparecer. Creo que grité con verdadera desespera-ción, aunque no tuviese la más mínima idea de lo que era; luego comprobé con alegría que, en vez de caer al fondo, la moneda había quedado entre dos barras de la rejilla. Me incliné a recogerla, me la eché al bolsillo y me hallaba a punto de seguir mi camino cuando volví a escuchar el ruido de una persona que venía a la carrera. No sabría decirle por qué lo hice, pero lo cierto es que entré de un salto en el callejón, o lo que fuese, y me oculté como mejor pude en la oscuridad. A unos pasos de donde me encontraba pasó el hombre que corría y me felici-té de haberme escondido. No logré ver muy bien sus facciones, pero iba mostrando los dientes, le ardían los ojos y llevaba en la mano un cuchillo de muy mal aspecto.

Pensé que el primer caballero pasaría un rato muy de-sagradable si el segundo ladrón, o la víctima del robo, o lo que usted quiera, conseguía darle alcance. Le aseguro a usted, Phillips, que la caza del zorro puede ser emocio-nante, cuando suena el cuerno una mañana de invierno, se echan a correr los perros y los cazadores sueltan las riendas de sus cabalgaduras, pero nada se compara a la caza del hombre y eso es lo que, durante un momento, he entrevisto esta noche. Lo que brillaba en los ojos del perseguidor era el crimen y no creo que hubiese mucho más de cincuenta segundos entre ambos. Espero tan sólo que haya sido suficiente.

Dyson se echó atrás en el sillón, volvió a encender la pipa y dio unas cuantas pitadas con aire meditativo.

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Phillips se puso a caminar de arriba abajo por el salón, pensando en la historia que había oído: la muerte violenta que va de caza y a la carrera en medio de la calle, el puñal que brilla a la luz de los faroles, la furia del perseguidor y el terror del perseguido.

—Bueno —dijo por fin—, ¿y qué era, a todo esto, lo que recogió usted del suelo?

Dyson tuvo un gesto de sobresalto, claramente sor-prendido.

—No tengo idea. No se me ocurrió mirar. Pero ahora lo veremos.

Buscó en el bolsillo del chaleco, sacó un objeto pe-queño y reluciente y lo puso sobre la mesa. Era una moneda, que brillaba bajo la lámpara con la gloria radian-te del mejor oro viejo; la figura y la leyenda se destaca-ban en relieves tan puros y nítidos como si hubiese salido del troquel tan sólo un mes antes. Los dos amigos se inclinaron sobre ella y Phillips la levantó para mi-rarla de cerca.

Imp. Tiberius Caesar Augustus —dijo, leyendo la inscripción. Dio vuelta a la moneda para ver el reverso, lo contempló con asombro y por último se volvió a Dyson con una mirada de júbilo.

—¿Sabe usted lo que ha encontrado? —le preguntó.

—Al parecer una moneda de oro de cierta antigüedad —respondió Dyson sin inmutarse.

—Pues sí, un tiberio de oro. No, me equivoco: ha encontrado usted el tiberio de oro. Mire el reverso .

Estampada en la moneda, Dyson vio la figura de un 18

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fauno, erguido en medio de juncos y agua que corría.

Las facciones, aunque diminutas, resaltaban con deli-cada precisión; era un rostro gracioso y, sin embargo, terrible, que hizo pensar a Dyson en la historia del compañero de juegos del niño que creció con él y fue ganando estatura y corpulencia, hasta que el aire se llenó del fétido hedor del macho cabrío.

—Sí —dijo—, es una moneda curiosa. ¿La conoce usted?

—Algo sé de ella. Es uno de los objetos históricos, muy contados, que han llegado hasta nosotros desde la Antigüedad con su propia historia, como esas joyas sobre las que todos hemos leído algo. Hay un verdadero ci-clo de leyendas en torno a esta moneda. Se dice que Tiberio la mandó acuñar para conmemorar algún exceso infame. Mire usted la inscripción del reverso: «Victoria.»

Se dice también que, por un extraordinario accidente, toda la emisión fue a parar al crisol y sólo se salvó este ejemplar. Desde entonces reluce en la historia y la leyenda, aparece y desaparece con intervalos de cien años en el tiempo y continentes enteros en el espacio. Fue

«descubierta» por un humanista italiano, perdida y ha-llada otra vez. Nada se sabía de ella desde 1727, en que Sir Joshua Byrde, que comerciaba en Turquía, la trajo de Aleppo, la mostró a los conocedores y se desvaneció con ella un mes más tarde, como si se lo hubiera tragado la tierra. Y ahora, aquí la tiene usted.

—Guárdesela en el bolsillo, Dyson —añadió, tras una pausa—. Si estuviera en su lugar no se la mostraría 19

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a nadie. Ni siquiera hablaría de ella. ¿Está usted seguro de que ninguno de los dos hombres alcanzó a verlo?

—Creo que no. Me parece que el primero, el que sa-lió como alma que lleva el diablo del pasaje oscuro, no veía absolutamente nada, y estoy seguro de que el segundo no puede haberme visto.

—Y en realidad usted tampoco los vio. ¿Podría usted reconocer a cualquiera de ellos si mañana se trope-zara con él en la calle?

—No, no lo creo. Ya le digo que la calle estaba muy mal alumbrada y los dos corrían como locos.

Los dos amigos quedaron un buen rato sin decir palabra, tejiendo sus propias fantasías con la historia, pero el apetito de lo maravilloso iba ganando lentamen-te las ideas más serenas de Dyson.

—Todo esto es más extraño de lo que imaginaba

—dijo, rompiendo el silencio—. Lo que vi era ya bastan-te raro. Un hombre va de paseo por una calle tranquila y ordinaria en el Londres de todos los días, una calle de casas grises y paredes desnudas, cuando, de pronto, durante un instante, se descorre un velo, los adoquines de la calzada dejan escapar exhalaciones del abismo, el suelo le hierve al rojo vivo bajo los pies y le parece que oye crepitar las calderas del infierno. Pasa, enloquecido de terror, un hombre que huye para salvar la vida y de-trás, pisándole los talones, viene el odio rabioso, cuchillo en mano. Esto es horrible, qué duda cabe, pero todo ello poca cosa al lado de lo que usted acaba de contar-me. Phillips, se lo aseguro a usted: todo empieza a co-20

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brar sentido, a partir de ahora nuestros pasos estarán rodeados de misterio, los hechos más comunes han de encerrar una significación oculta. Oponga usted la re-sistencia que quiera y cierre los ojos: se los abrirán por la fuerza. Recuerde lo que le estoy diciendo, tendrá usted que rendirse ante lo inevitable. Hemos llegado, por azar, ante una pista y no tenemos más remedio que se-guirla. El culpable o los culpables de este extraño caso no pueden escapársenos, nuestras redes están tendidas a lo largo y lo ancho de la gran ciudad y en cualquier momento, en medio de calles y plazas llenas de gente, sa-bremos de alguna manera que estamos en contacto con el criminal desconocido. Más aún, me imagino que lo veo venir paso a paso a esta plaza tan callada donde usted vive; se demora en las esquinas, vaga sin dirección aparente por las profundas avenidas, pero a cada instante está más y más cerca, atraído por un magnetismo irresistible, como los barcos atraídos por la Piedra Imán de las Mil y una noches.

—Lo que sí creo —respondió Phillips— es que si si-gue usted sacando la moneda y metiéndosela a todo el mundo por las narices, como en este preciso momento, es muy probable que acabe por encontrarse con el criminal o, en todo caso, con un criminal cualquiera. No hay duda de que acabarán por robársela, y de manera violenta. Aparte de esto, no advierto ninguna razón de que lo ocurrido sea una molestia para usted o para mí.

Nadie lo vio recoger la moneda, nadie sabe que se en-cuentra en su poder. Por mi parte, me echaré a dormir 21

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en paz y seguiré ocupándome de mis asuntos, con una sensación de seguridad y una confianza inquebrantable en el orden natural de las cosas. Lo que sucedió esta tarde, la aventura en la calle, fue algo sorprendente, no seré yo quien lo niegue, pero estoy enteramente decidi-do a no ocuparme más del caso y, de ser necesario, recu-rriré a la policía. No me convertiré en el esclavo del tiberio de oro, por más que haya trabado conocimiento con él de modo algo melodramático.

—Y yo, por mi parte —dijo Dyson—, salgo, como el caballero andante, en busca de aventura. Aunque no tendré necesidad de buscar; más bien, la aventura me buscará a mí. Seré como la araña en el centro de su tela, sensible al menor movimiento, siempre alerta.

Poco después Dyson se despidió y Mr. Phillips pasó el resto de la noche examinando unas puntas de flecha hechas de pedernal que había comprado. Tenía buenas razones para suponerlas obra de un contemporáneo y no de un hombre paleolítico, pero se llevó un disgusto cuando un estudio más detenido le permitió compro-bar que sus sospechas eran fundadas. Que haya infames capaces de engañar a un etnólogo provocó en él tal cólera que no pensó más en Dyson ni en el tiberio de oro y al llegar la hora de acostarse, con las primeras luces del alba, toda la historia se le había ido de la memoria.

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