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Pases

Mágicos

Carlos

Castaneda

Traducción:

Dorotea Pläcking de Salcedo

EDITORIAL ATLANTIDA

BUENOS AIRES - MEXICO - SANTIAGO DE CHILE

Diseño de tapa: Peter Tjebes

Los dos practicantes de tensegridad que m uestran los pases mágicos en las ilustraciones de este libro son Kylie Lundhal y Miles Red.

Fotografías: Photo Vision and Graphic, Van Nuys, California.

Tensegrity es una marca registrada por intermedio de Laugan Productions

NOTA: Para evitar el riesgo de cualquier problema de salud, consulte a su médico antes de iniciar este o cualquier otro programa de ejercicios físicos. Se recomienda a la mujer embarazada tener especial cuidado y consultar con su facultativo antes de poner en práctica los movimientos aquí presentados. Las instrucciones contenidas en este libro no pretenden en modo alguno reemplazar el consejo profesional, y en este sentido el autor, los editores, y el titular de los derechos del autor de este trabajo desligan toda responsabilidad por cualquier clase de

inconveniente físico surgido en relación con los movimientos que aquí se describen.

NOTA DEL EDITOR: Los conceptos y expresiones contenidos en este libro son de exclusiva responsabilidad del autor, y por lo tanto sus opiniones no necesariamente reflejan el punto de vista del editor.

Título original: MAGICAL PASES

Copyright 1988 by Laugan Productions

Copyright Editorial Atlántida, 1998

Published in agreement with the author c/o Baror International Inc., Armonk, New York, USA

Derechos reservados. Primera edición publicada por

EDITORIAL ATLANTIDA, S.A., Azopardo 579, Buenos Aires, Argentina Hecho el depósito que marca la ley 11.723

Libro de edición argentina.

Impreso en España. Printed in Spain. Esta edición se terminó de imprimir en el mes de marzo de 1998 en los talleres gráficos de Rivadeneyra, S.A., Madrid, España.

I.S.B.N.950-08-1918-X

A cada uno de los practicantes de tensegridad que,

al unir sus fuerzas en torno de ella, me han puesto en

contacto con formulaciones energéticas a las que ni don

Juan ni los chamanes de su linaje tuvieron acceso jamás.

INDICE

Introducción 11

Pases mágicos 21

Tensegridad 33

Las seis series de la tensegridad 43

Primera Serie

Serie para la preparación del intento 53

Primer grupo: Aplastar la energía para el intento 53

Segundo grupo: Agitar la energía para el intento 67

Tercer grupo: Acumular la energía para el intento 76

Cuarto grupo: Respirar la energía del intento 87

Segunda serie

Serie para la matriz 93

Primer grupo: Pases mágicos pertenecientes

a Taisha Abelar 98

Segundo grupo: El pase mágico relacionado

con Florinda Donner-Grau 103

Tercer Grupo: Pases mágicos que tienen que ver

en particular con Carol s 105

Cuarto grupo: Pases mágicos que pertenecen

al Explorador Azul 109

Tercera serie

Serie de los cinco intereses:

La serie de Wstwood 115

Primer grupo: El centro de decisiones 116

Segundo grupo: La recapitulación 130

Tercer grupo: Ensoñar 146

Cuarto grupo: El silencio interior 160

Cuarta serie

La separación del cuerpo derecho y del cuerpo izquierdo:

Serie del calor 174

Primer grupo: Remover la energía del cuerpo izquierdo

y del cuerpo derecho 178

Segundo grupo: Mezclar energía del cuerpo izquierdo

y del cuerpo derecho 190

Tercer grupo: Mover la energía del cuerpo izquierdo

y del cuerpo derecho con la respiración 203

Cuarto grupo: La predilección del cuerpo izquierdo

y del cuerpo derecho 211

Quinta serie

Serie de la masculinidad 238

Primer grupo: Pases mágicos en los que las manos se mueven

al unísono pero se mantienen separadas 241

Segundo grupo: Pases mágicos para focalizar

la energía de los tendones 248

Tercer grupo: Pases mágicos para robustecer

la resistencia 255

Sexta serie

Dispositivos utilizados en combinación

con pases mágicos específicos 264

Primera categoría 266

Segunda categoría 271

INTRODUCCION

Fue don Juan Matus, un brujo maestro -un nagual, como

se denomina a los brujos maestros cuando conducen un grupo de

otros brujos- quien me introdujo en el mundo cognitivo de los

chamanes que vivieron en México en la antigüedad. Don Juan

Matus fue un indígena nacido en Yuma, Arizona. Su padre fue

indio yaqui, nacido en el estado de Sonora, México, y su madre, probablemente, una india yuma nacida también en Arizona. Don

Juan vivió en su ciudad natal hasta los diez años. Luego su padre lo llevó a Sonora, donde se vieron envueltos en las endémicas

guerras de los yaquis contra los mexicanos. Su padre murió y don Juan terminó viviendo en el sur de México, donde se crió con

familiares que se hicieron cargo de él, que por aquella época

contaba diez años de edad.

Cuando cumplió los veinte, tomó contacto con un brujo

maestro, Julián Osorio, quien lo introdujo en un linaje de brujos del que se decía que tenía veinticinco generaciones de

antigüedad. Julián Osorio no era indio, sino hijo de inmigrantes europeos que habían llegado a México. Don Juan me contó que

el nagual Julián había sido actor y que era una persona

extraordinaria e impactante: hábil narrador, mimo, adorado por todo aquel que lo conocía, con un fuerte poder de convicción,

imponía su presencia en cuantos lo rodeaban. Durante una de sus giras teatrales por el interior del país, el actor Julián Osorio cayó bajo la influencia de otro brujo maestro, el nagual Elías Ulloa, quien le transmitió la sabiduría de los brujos.

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Siguiendo la tradición de su linaje de chamanes, don Juan

Matus nos enseñó algunos movimientos físicos, a los que él

denominaba "pases mágicos", a sus cuatro discípulos: Taisha Abelar, Florinda Donner-Grau, Carol Tiggs y yo. Nos los enseñó con el mismo espíritu con que fueron enseñados durante

generaciones, con una diferencia notable: eliminó los excesivos rituales que a lo largo del tiempo habían envuelto la enseñanza y la realización de esos pases mágicos. Al respecto, don Juan

comentó que el ritual, en sí, había perdido su fuerza a medida que las nuevas generaciones de practicantes se iban interesando más por la eficiencia y la funcionalidad. Sin embargo, me

recomendó que por ningún concepto debía yo hablar de los pases mágicos con sus discípulos o con el público en general.

Fundamentó esa prohibición en el hecho de que los pases

mágicos eran privativos de cada individuo y su efecto tan

impactante que era mejor practicarlos sin discutirlos.

Don Juan Matus me enseñó todo lo que sabía sobre los

brujos de su linaje. Me presentó, detalló, reafirmó y explicó

hasta el más mínimo detalle de su saber. Por lo tanto, todo

cuanto explico acerca de los pases mágicos es resultado directo de sus enseñanzas. Los pases mágicos no fueron inventados. Los descubrieron los antiguos chamanes del linaje de don Juan que

vivían en México, mientras se encontraban en estados

chamanísticos de conciencia acrecentada. El descubrimiento de

los pases mágicos fue, en cierta forma accidental. Todo comenzó como una simple investigación sobre la naturaleza de una

increíble sensación de bienestar que, al encontrarse en estados de conciencia acrecentada, experimentaban aquellos chamanes

cuando mantenían determinadas posiciones físicas, o cuando

movían su cuerpo o sus miembros de una manera específica. Esa

sensación de bienestar era tan intensa, que el deseo de poder

repetir esos movimientos mientras se encontraban en un estado

de conciencia normal se convirtió en el centro de todos sus

esfuerzos.

Esa búsqueda fue exitosa, por lo visto, y los chamanes

llegaron a ser conocedores de una serie muy compleja de

movimientos que, al ser ejecutados, permitían un importante

incremento de su destreza física y mental. Los resultados fueron tan trascendentales, que

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recibieron el nombre de "pases mágicos". Durante muchas generaciones, sólo eran transmitidos a los chamanes iniciados en forma personal, siguiendo rituales muy elaborados y ceremonias secretas.

Al enseñar los pases mágicos, don Juan Matus se apartó

radicalmente de la tradición. Esa desviación lo obligó a

reformular el objetivo pragmático de los mismos. Don Juan me

presentó ese objetivo no como el incremento del equilibrio físico y mental, como era en el pasado, sino como una posibilidad

práctica de redistribuir la energía. Explicó que ese apartarse de las antigüas tradiciones se debía a la influencia de los dos

naguales que lo habían precedido.

Los brujos del linaje de don Juan estaban convencidos de

que existía una cantidad de energía inherente a cada uno de

nosotros, cantidad que no puede ser aumentada o reducida por

obra de ningún tipo de acción externa. Creían que esa cantidad de energía era suficiente para lograr lo que aquellos brujos

consideraban como la obsesión de cualquier ser humano de este

mundo: romper los parámetros de la percepción normal. Don

Juan Matus estaba convencido de que nuestra incapacidad de

romper con esos parámetros había sido generada por nuestra

cultura y nuestro entorno social. Sostenía que, en ese entorno, se nos exigía encauzar toda nuestra energía inmanente hacia el

cumplimiento de esquemas de comportamiento preestablecidos,

lo cual no nos permitía trasponer los límites de la percepción normal.

-¿Y porqué habría de desear yo o, para el caso, cualquier

otra persona, romper esos parámetros? -le pregunté a don Juan en cierta oportunidad.

-Romper esos parámetros es un mandato ineludible de la

condición humana -me contestó-. Trasponerlos significa ingresar en mundos hasta este momento impensables, de un valor

pragmático que no difiere en modo alguno del valor de nuestro

mundo cotidiano. No importa que aceptemos o no esa premisa,

estamos obsesionados por romper esos parámetros y fracasamos

lamentablemente en el intento. De ahí la profusión de drogas y estimulantes, rituales religiosos y ceremonias de todo tipo que observamos en nuestros mundo moderno.

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-¿Y cuál piensa usted que es la causa de que hayamos

fracasado tan lamentablemente, don Juan? -le pregunté.

-No poder satisfacer nuestro deseo subliminal -me

contestó- se debe a que lo encaramos en forma atropellada, sin orden ni concierto. Las herramientas que utilizamos son

demasiado toscas e ineficaces. Es como tratar de derrumbar un

muro golpeándonos la cabeza contra él. El ser humano nunca

considera esa ruptura en términos de energía. Para los brujos, el éxito está determinado sólo por la posibilidad de acceder o no acceder a la energía.

-Dado que es imposible aumentar nuestra energía

inmanente -continuó-, la única vía que les quedaba a los brujos del antiguo México era redistribuir esa enegía. Para ellos, este proceso de redistribución comenzaba con los pases mágicos y

con la forma en que afectaban al cuerpo físico.

Al impartir su instrucción, don Juan recalcaba en todas las

formas imaginables el hecho de que el enorme énfasis que los

chamanes de su linaje habían puesto en la destreza física y el bienestar mental había perdurado hasta nuestros días. Pude

corroborar la verdad de esa afirmación observandolo a él y a sus quince colegas brujos. Un extraordinario equilibrio físico y

mental resultó ser la característica más llamativa en todos ellos.

La respuesta que me dio don Juan cuando, en cierta

oportunidad, le pregunté directamente por qué los brujos

concedían tanta importancia al aspecto físico del ser humano, me dejó pasmado, ya que siempre lo había considerado un hombre

profundamente espiritual.

-Los brujos no son en abosoluto espirituales -me dijo-. Por

el contrario, son seres sumamente prácticos. Sin embargo, es

sabido que los chamanes son considerados en general como seres excéntricos y hasta locos. Quizá por eso pienses que son

espirituales. Parecen locos porque siempre estan tratando de

explicar cosas que no pueden ser explicadas. En su estéril intento por dar explicaciones completas que de ningún modo pueden

serlo, pierden toda coherencia y dicen insensateces.

“Hace falta tener un cuerpo flexible y dúctil si buscas

destreza y sensatez -siguió diciendo-. Estas son las dos

características más importantes en la vida de un chamán, porque generan sobriedad y

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pragmatismo, o sea, los únicos requisitos indispensables para

ingresar en otros ámbitos de percepción. Para navegar en forma genuina en lo desconocido se requiere de una actitud audaz, pero no imprudente. A fin de establecer un equilibrio entre audacia e imprudencia, es preciso que un brujo sea sumamente mesurado,

cauto, hábil, y que, además, goce de un excelente estado físico.

-¿Y por qué un excelente estado físico, don Juan? -quise

saber-. ¿No bastan acaso el deseo o la voluntad de viajar hacia lo desconocido?

-¡Decisivamente, no! -me respondió con cierto fastidio-.

El solo hecho de hacerse a la idea de enfrentar un ámbito

desconocido -y ni hablemos de ingresar en él- exige nervios de acero y un cuerpo capaz de contener esos nervios. ¿De qué te

valdría ser audaz si no dispones de gran lucidez mental, destreza física y la musculatura adecuada?

El excelente estado físico -producto de la rigurosa

ejecución de los pases mágicos- en el que don Juan había hecho hincapié desde el primer día de nuestro encuentro era, por lo que pude entender, el primer paso hacia la redistribución de nuestra energía inmanente. Esta redistribución de la energía era, según él, el tema crucial en la vida de los chamanes y, asimismo, en la vida de cualquier individuo. La redistribución de la energía es un proceso que consiste en transportar, de un lugar a otro, la energía que ya existe en nuestro interior. Dicha energía ha sido

desplazada de los centros de vitalidad de nuestro cuerpo; pero estos centros de vitalidad necesitan de esa energía desplazada a fin de generar un equilibrio entre la lucidez mental y la destreza física.

Los chamanes del linaje de don Juan estaban

profundamente comprometidos con la redistribución de su energía inmanente. Ese compromiso no era un esfuerzo

intelectual, ni producto de una inducción o deducción particular, o de conclusiones lógicas. Era el resultado de su capacidad de percibir el flujo de la energía como fluye en el universo.

- Esos brujos llamaban ver a la capacidad de percibir ese fluir de la energía por el universo -me explicó don Juan-.

Describían ese ver como un estado de conciencia acrecentada, en el cual el cuerpo

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humano es capaz de percibir la energía en su fluir, como una

corriente, una vibración similar a la del viento. La visión del flujo de energía a través del universo es el producto de una

detención momentánea del sistema de interpretación propio del

ser humano.

- ¿Qué es un sistema de interpretación, don Juan? -le

pregunté.

- Los brujos del antiguo México descubrieron que cada

parte del cuerpo humano se encuentra involucrada, de una

manera u otra, en la conversión de ese flujo vibratorio, esa

corriente de vibración, en una forma de estímulo sensorial -me contestó-. La suma de este bombardeo de estímulos sensoriales

es convertido, a través del uso, en el sistema de interpretación que hace que el ser humano sea capaz de percibir el mundo en la forma en que lo hace.

"Lograr que ese sistema de interpretación se detuviera -

continuó- fue producto de una tremenda disciplina por parte de los brujos del antiguo México, quienes denominaron esa

detención con la palabra ver, y la convirtieron en la piedra angular de su conocimiento. Llegar a ver la energía que fluye en el universo era, para ellos, la herramienta esencial que les

permitía establecer sus esquemas de clasificación. Gracias a esa capacidad, por ejemplo, concibieron la totalidad del universo

accesible a la percepción del ser humano como un ente tunicado

-una cebolla- recubierto por miles de capas o estratos. Creían que el mundo cotidiano del ser humano no era otra cosa que una de

esas capas. Por lo tanto, también creían que las otras capas no sólo eran accesibles a la percepción humana, sino que formaban parte de la herencia natural del hombre.

Otro tema de enorme valor en el conocimiento de aquellos

brujos -un tema que surgía como consecuencia de su capacidad

de ver la energía como fluye en el universo- fue el

descubrimiento de la configuración energética del ser humano.

Esa configuración energética del hombre era, para ellos, un

conglomerado de campos energéticos aglutinados por una fuerza

vibratoria que los unía en una luminosa bola de energía. Para los brujos del linaje de don Juan, el ser humano tenía una forma

oblonga, como un huevo, o una forma esférica, como una bola.

De ahí que los denominaban huevos luminoso o esferas luminosas.

Esta esfera de luminosidad era considerada por ellos como

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nuestro verdadero yo, verdadero en el sentido de que es

irreductible en términos de energía. Y es irreductible porque la totalidad de los recursos humanos esta involucrada en el acto de percibirlo directamente como energía.

Aquellos chamanes descubrieron que en la parte posterior

de esa esfera luminosa había un punto de brillo más intenso aún.

A través de procesos de observación directa de la energía, se

dieron cuenta de que ése era el punto clave de la transformación de la energía en datos sensoriales y en su posterior

interpretación. Por este motivo, lo denominaron punto de encaje, y consideraron que allí la percepción era conformada y reunida.

Decían que el punto de encaje estaba ubicado detrás de los omóplatos, a un brazo de distancia de ellos. También

descubrieron que el punto de encaje para todo el género humano esta ubicado en ese mismo sitio, dando así a todo ser humano,

individualmente, una visión similar del mundo.

Un descubrimiento de enorme valor para estos chamanes -

así como para los de las generaciones siguientes- fue que la

ubicación del punto de encaje en ese lugar era el resultado del uso y la socialización. Es por eso que consideraron que era una posición arbitraria, que solo nos da la ilusión de ser únicos e irrepetibles. Producto de esa ilusión es la convicción,

aparentemente inamovible, del ser humano de que el mundo en

el que interactúan a diario es el único mundo que existe y que su inalterabilidad es innegable.

-Créeme -me dijo don Juan en cierta oportunidad-, esa

sensación de irrevocabilidad no es sino una ilusión. Por el simple hecho de que nunca ha sido cuestionado, se lo tiene por el único punto de vista posible. Ver la energía como fluye en el universo es la herramienta que tenemos para desafiar ese concepto.

Mediante el uso de esa herramienta, los brujos de mi linaje

llegaron a la conclusión de que, en realidad, existía una

sorprendente cantidad de mundos accesibles a la percepción

humana. Describían esos mundos como ámbitos omni-

incluyentes, ámbitos en los cuales se puede actuar y luchar. En otras palabras, son mundos en los que se puede vivir y morir, tal como en este mundo de nuestra vida cotidiana.

Durante los trece años en que trabajé con él, don Juan me

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enseñó los pasos básicos para lograr la proeza de ver. He hablado de esos pasos en todos mis escritos anteriores, pero nunca toqué el punto clave del proceso: los pases mágicos, de los cuales él me enseñó una gran cantidad. Sin embargo, junto con el cúmulo

de sus conocimientos, don Juan también me dejó la certeza de

que yo era el último eslabón de su linaje. Aceptar esa realidad implicaba automáticamente que me cabía la responsabilidad de

encontrar nuevas formas de difundir el conocimiento de su

linaje, dado que la continuidad ya no era un tema en discusión.

En este aspecto, tengo que clarificar un punto de suma

importancia: don Juan Matus no tenía interés en difundir sus

conocimientos; lo que sí le interesaba era perpetuar su linaje. Sus otras tres discípulas y yo -elegidos, como solía decir, por el espíritu mismo, dado que él no había tenido parte activa en esa elección- eramos el medio que aseguraría esa perpetuación. Por lo tanto, se abocó al titánico esfuerzo de enseñarme todo lo que sabía sobre brujería, o chamanismo, y sobre el desarrollo de su linaje.

En el transcurso de mi formación, don Juan advirtió que mi

configuración energética era, según él, tan inmensamente distinta de la suya propia, que ello no podía significar otra cosa que el fin de su línea de descendencia. Le dije que me sentía muy mal con su interpretación, cualquiera fuese la diferencia invisible que existiera entre nosotros. No me agradaba en absoluto cargar con el peso de ser el último de su linaje, ni lograba comprender su razonamiento.

-Los brujos del antiguo México -me dijo en cierta oportunidad-

creían que la capacidad de elegir, tal como la entiende el ser humano, es la condición previa para lograr entender el universo, pero esto sólo es una interpretación benevolente de lo que en

realidad encuentra la conciencia cuando se aventura más allá de los límites de nuestro mundo. El ser humano se halla tironeado por diversas fuerzas, hacia variadas direcciones. El arte de los brujos no consiste en elegir, sino en ser lo suficientemente

sutiles como para aceptar.

"Los brujos, aún cuando parezca que no hacen otra cosa que decidir, en realidad no toman decisión alguna -prosiguió don

Juan-. Yo no decidí elegirte y no decidí que tú serías tal como eres. Dado que no pude elegir a quién impartir mi conocimiento, tuve que

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aceptar a quien el espíritu me ofreciera. Y esa persona fuiste tú: energéticamente, tú eres capaz solamente de finalizar algo, no de continuarlo.

Don Juan sostenía que la terminación de su linaje no tenía

nada que ver con él o con sus esfuerzos, o con su éxito o su

fracaso como brujo en la búsqueda de la libertad total. Lo

tomaba como algo que tenía que ver con una elección ejercida

más allá del nivel humano, no por seres o entes, sino por las

fuerzas impersonales del universo.

Finalmente, terminé por aceptar lo que don Juan llamaba

"mi destino". Aceptarlo me enfrentó con otro tema, al cual él se refería como a cerrar la puerta cuando uno se va. Es decir, que yo asumía la responsabilidad de decidir exactamente qué hacer

con todo lo que él me había enseñado y llevar mi decisión a la práctica en forma impecable. En primer lugar, me planteé la

pregunta de qué hacer con los pases mágicos, que constituían la parte más pragmática y funcional de todo el conocimiento que

poseía don Juan. Decidí enseñar los pases mágicos a todo aquel que deseara aprenderlos. Mi decisión de poner punto final al

secreto que los había rodeado durante un tiempo indefinido fue, por supuesto, el corolario de mi total convicción de que yo soy, en efecto, el último eslabón del linaje de don Juan. Me resultaba inconcebible pensar en guardar secretos que ni siquiera eran

míos. Envolver los pases mágicos en un manto de ocultamiento

no había sido decisión mía. Pero sí lo era desvelarlos.

A partir de ese momento, procuré encontrar una forma más

apropiada para cada uno de los pases mágicos, una forma que se adecuara a todos. La consecuencia fue la configuración de

formas ligeramente modificadas de cada uno de ellos. Elegí el

nombre de "Tensegridad" para esa nueva configuración de movimientos. El término pertenece al campo de la arquitectura, en cuyo contexto significa "la propiedad de estructuras

esqueléticas que emplean miembros de tensión continua y

miembros de compresión discontínua, en forma tal, que cada

miembro opera con un máximo de eficacia y economía de

esfuerzo".

A fin de explicar qué son los pases mágicos de los brujos

que vivieron en México en la antigüedad, quisiera hacer una

aclaración: "antigüedad" significaba, para don Juan, una época que se remontaba

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a diez mil años atrás o más, un lapso que aparece como

incongruente si se lo analiza desde el punto de vista de los

esquemas de clasificación de los científicos modernos. Cuando

interpelé a don Juan respecto de la discrepancia entre su

estimación del tiempo y lo que yo consideraba una antigüedad

más realista, reiteró su afirmación. El tenía la convicción de que los hombres que poblaban el Nuevo Mundo hace diez mil años

estaban profundamente preocupados y comprometidos con temas

relacionados con el universo y la percepción, temas que el

hombre moderno no ha comenzado siquiera a intuir.

Independientemente de nuestras diferencias con respecto a

la interpretación cronológica, la efectividad de los pases mágicos me resulta innegable y me siento obligado a presentar el tema

siguiendo estrictamente la forma en que me fue mostrado. El

efecto directo que han tenido sobre mí los pases mágicos influyó profundamente en la forma en que yo los manejo. Lo que he

volcado en este trabajo es un reflejo íntimo de esa influencia.

PASES MAGICOS

La primera vez que don Juan me habló de los pases

mágicos en forma detallada, fue en una oportunidad en la cual

hizo un comentario despectivo sobre mi peso.

-Estás un poco rechoncho -me dijo, inspeccionándome de

la cabeza a los pies y meneando la cabeza en señal de

desaprobación-. Un poco más y serás directamente un gordo. El

desgaste físico pronto empezará a manifestarse en tu cuerpo.

Como todos los de tu raza, estás desarrollando un bodoque de

grasa en la nuca, como los que tienen los toros. Es hora de que tomes en serio uno de los hallazgos más importantes de los

brujos: los pases mágicos.

-¿De qué pases mágicos me habla, don Juan?- pregunté.

Hasta ahora, nunca me los ha mencionado. O, si lo hizo, debe de haber sido tan al pasar que no recuerdo nada al respecto.

-No sólo te hablé mucho de los pases mágicos -replicó-,

sino que ya conoces muchos de ellos. Te los he venido

enseñando desde que nos conocemos.

Que yo supiera, no era cierto que me hubiese enseñado

pase mágico alguno. Le reiteré mi ignorancia sobre el tema.

-No te apasiones tanto en la defensa de tu maravilloso "yo" -me dijo en tono de broma, haciendo un gracioso gesto de disculpa

con las cejas-. Me refiero a que imitas todo lo que hago, y yo he aprovechado esa capacidad de imitación. Te he estado enseñando varios pases mágicos, y siempre pensaste que me divertía

haciendo

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sonar mis articulaciones. Me encanta esa interpretación tuya.

¡Hacer sonar mis articulaciones! Nos seguiremos refiriendo a los pases mágicos de esa manera.

"Te enseñé diez formas diferentes de hacer sonar las

articulaciones -siguió diciendo-. Cada una de esas formas

constituye un pase mágico que se adecua a la perfección a mi

cuerpo y al tuyo. Podría decirse que esos pases mágicos son

tuyos y míos. Nos pertenecen en forma personal e individual, tal como pertenecieron a los otros brujos que eran exactamente

como nosotros dos durante las veinticinco generaciones que nos preceden.

Los pases mágicos a los que se refería don Juan, tal como

él mismo decía, eran las formas en las que yo consideraba que

hacía sonar sus articulaciones. Solía mover los brazos, las

piernas, el torso y las caderas en forma determinada a fin de

lograr, a mi juicio, una elongación máxima de sus músculos,

huesos y ligamentos. Yo veía el resultado de esos movimientos

de elongación como una sucesión de ruiditos que siempre creí

que él producía para sorprenderme y divertirme. La verdad era

que, una y otra vez, me invitaba a imitar sus movimientos. Con una actitud casi arrogante, me desafiaba a que recordara los

movimientos y los repitiera en casa hasta lograr que mis

articulaciones sonaran como las suyas.

Nunca logré reproducir esos sonidos y, sin embargo, no

cabia duda de que, sin darme cuenta, había aprendido todos los movimientos. Ahora sé que no poder hacer esos ruiditos era en

realidad una suerte, dado que los músculos y los tendones de los brazos y de la espalda jamás deben ser forzados hasta ese punto.

Don Juan había nacido con la facilidad de hacer sonar las

articulaciones de brazos y espalda, así como algunas personas

logran hacerlo, sin dificultad alguna, con los nudillos.

-¿Cómo fue que los antiguos brujos inventaron esos pases

mágicos, don Juan? -le pregunté.

-Nadie los inventó -me respondió con gesto severo-.

Pensar que fueron inventados implica de inmediato la

intervención de la mente, y éste no es el caso en lo que a esos pases mágicos se refiere. En realidad fueron descubiertos por los chamanes de la antigüedad. Me dijeron que todo comenzó con la

extraordinaria sensación de

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bienestar que ellos experimentaban cuando se encontraban en un estado chamanístico de conciencia acrecentada. Sentían un vigor tan enorme y fascinante, que hicieron todo lo posible por recrear esa sensación en el estado normal.

"Al principio -me explicó don Juan-, aquellos chamanes

creían que se trataba de un estado de bienestar general creado por la conciencia acrecentada. Sin embargo, pronto descubrieron que no todos los estados de conciencia acrecentada en que

ingresaban les producía el mismo bienestar. Un análisis más

cuidadoso les reveló que, cada vez que se producía esa

sensación, estaban realizando algún tipo específico de

movimiento físico. Se dieron cuenta de que, mientras se

encontraban en un estado de conciencia acrecentada, el cuerpo se les movía involuntariamente en una forma determinada, y que esa forma determinada de movimiento era la causa de aquella

sensación inusual de plenitud física y mental.

Don Juan dijo que siempre le había parecido que los

movimientos ejecutados automáticamente por aquellos chamanes

en estado de conciencia acrecentada eran, en realidad, una especie de herencia oculta de la humanidad, un conocimiento

que había quedado almacenado en recónditas profundidades para

ser revelado sólo a aquellos que lo buscaban deliberadamente.

Don Juan se refería a aquellos brujos como buzos de mar

profundo que, sin saberlo, recuperaron ese conocimiento.

Don Juan decía que esos brujos comenzaron a recomponer

afanosamente, parte por parte, aquellos movimientos que

lograban recordar. Sus esfuerzos dieron fruto, y consiguieron

recrear algunos de los que les habían parecido reacciones

corporales automáticas en un estado de conciencia acrecentada.

Alentados por su éxito, reconstruyeron cientos de esos

movimientos, que llevaban a cabo sin intentar siquiera

clasificarlos y ordenarlos en un esquema inteligible. Su idea era que, en el estado de conciencia acrecentada, esos movimientos se habían producido en forma espontánea, y que había una fuerza

que guiaba sus efectos, sin intervención de la voluntad.

Don Juan comentaba que la naturaleza de esos

descubrimientos siempre lo indujo a creer que los brujos de la antigüedad eran seres extraordinarios, ya que los movimientos

que descubrieron nunca

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fueron revelados de la misma manera a los chamanes de la

modernidad cuando éstos, a su vez, ingresaban en un estado de

conciencia acrecentada. Quizás eso se debía a que los chamanes modernos habían aprendido de antemano, de sus predecesores,

esos movimientos. O, tal vez, los brujos de la antigüedad habían tenido una masa energética mayor.

-¿Qué quiere decir con eso don Juan? ¿Qué significa

"masa energética mayor"? -le pregunté-. ¿Acaso eran individuos más altos?

-No creo que físicamente fuesen más grandes -repuso don

Juan-, pero energéticamente aparecían ante el ojo del vidente

como una forma oblonga. Se autodenominaban huevos

luminosos. Yo nunca he visto un huevo luminoso en mi vida. Lo que sí he visto son esferas luminosas. Cabe suponer, por lo tanto, que el hombre, a través de las generaciones, ha perdido una cierta cantidad de masa energética.

Don Juan me explicó que, para un vidente, el universo está

conformado por una cantidad infinita de campos energéticos, que aparecen a sus ojos como filamentos luminosos que se dispersan en todas direcciones. Don Juan decía que esos filamentos se

entrecruzan entre las esferas luminosas de los seres humanos y que es razonable suponer que, si el ser humano alguna vez fue de forma oblonga, como un huevo, había sido mucho más alto que

una esfera luminosa. Don Juan sentía que eso representaba una

pérdida de masa energética que parecía haber sido crucial para recuperar ese tesoro oculto que conformaban los pases mágicos.

-¿Por qué esos pases de los chamanes de la antigüedad se

denominan “pases mágicos”? -le pregunté a don Juan.

-No solo se denominan pases mágicos -me dijo-. ¡Lo son!

Producen un efecto que no puede ser explicable de ninguna otra manera. Esos movimientos no son ejercicios físicos ni simples

posturas del cuerpo. Son un intento real y profundo por alcanzar un estado óptimo de ser.

“La magia de los movimientos -siguió diciendo- es un

cambio sutil que el practicante experimenta al ejecutarlos. Es una cualidad efímera que el movimiento aporta al estado físico y

mental, una especie de resplandor, una luz en los ojos. Ese

cambio sutil es un toque del espíritu. Es como si los practicantes, a través de los movimientos

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restablecieran un eslabón perdido con la fuerza vital que los

sostiene.

Además, me explicó que otra razón por la cual los

movimientos son denominados pases mágicos es que, al

practicarlos, el chamán es transportado, en términos de

percepción, a otros estados de ser, en los cuales puede percibir el mundo de manera indescriptible.

-A causa de esa cualidad, de esa magia -me dijo don Juan-,

los pases no deben ser practicados como ejercicios sino como

una forma de acción para atraer poder.

-Pero, ¿pueden ser tomados como movimientos físicos,

aún cuando nunca fueron considerados como tales? -pregunté.

-Los puedes practicar como quieras -me contestó don

Juan-. Los pases mágicos incrementan la conciencia, no importa cómo los consideres. Lo más inteligente sería tomarlos como lo que son: pases mágicos que, al ser practicados, inducen al

practicante a dejar caer la máscara de la socialización.

-¿Qué es la máscara de la socialización? -le pregunté.

-La apariencia superficial y falaz que todos defendemos a

ultranza -contestó-. La apariencia superficial que adquirimos en el mundo. La que nos impide alcanzar nuestro máximo potencial.

La que nos hace creer que somos inmortales. El intento de miles de brujos impregna a estos movimientos. Ejecutarlos, aunque sea en forma casual, hace que la mente se detenga.

-¿Qué quiere decir con eso de que “hacen que la mente se

detenga”?

-Todo cuanto hacemos en este mundo -me explicó-, lo

reconocemos e identificamos convirtiendolo en líneas de

similitud, en líneas de cosas que están unidas entre sí por un propósito. Por ejemplo, si yo digo “tenedor”, de inmediato

asocias ese concepto con los de cuchara, cuchillo, mantel,

servilleta, plato, taza, copa de vino, carne, banquete, cumpleaños, fiesta. Sin duda podrías seguir enumerando al infinito cosas

relacionadas por un mismo propósito. Todo lo que hacemos está

enhebrado de esa manera. Lo extraño de los brujos es que ellos ven que todas esas cadenas de afinidad, todas esas líneas de

cosas enhebradas por un mismo propósito, se encuentran

asociadas con la idea humana de que las cosas son inmutables y 26

eternas, como la palabra de Dios.

-Don Juan, no entiendo por qué introduce la palabra de

Dios en esta conversación. ¿Qué tiene que ver la palabra de Dios con todo lo que usted está tratando de explicarme?

-¡Absolutamente todo! -Replicó el-. Parecería que, en

nuestra mente, todo el universo es como la palabra de Dios:

absoluta e inmutable. Así nos comportamos. En lo más profundo

de nuestra mente detenernos a analizar el hecho de que la

palabra de Dios, tal como la aceptamos y consideramos,

pertenece a un mundo muerto. Por el contrario, un mundo vivo

está en un constante fluir. Se mueve. Cambia. Revierte su curso.

“La razón más abstracta por la cual esos pases de los

brujos de mi linaje son mágicos -continuó don Juan- es que, al realizarlos, el cuerpo del practicante comprende que todo, en

lugar de ser una cadena ininterrumpida de objetos afines entre sí, es una corriente, un flujo constante. Y que si todo en el universo es un flujo, una corriente, esa corriente se puede detener. Se le puede oponer un dique y, de esa manera, el flujo se puede

contener o desviar.

En cierta ocasión, don Juan me explicó el efecto general

que tenían los pase mágicos sobre los brujos de su linaje, y

relacionó ese efecto con lo que le pasaría a un practicante en nuestros tiempos.

-Los brujos de mi linaje -me dijo- sufrieron un violento

impacto cuando se percataron de que la práctica de los pases

mágicos producía la detención del fluir de las cosas, que, de otra manera, se produce de modo ininterrumpido. Elaboraron una

serie de metáforas para describir esa detención y, en su esfuerzo por explicarla o reconsiderarla, la desnaturalizaron. Creyeron que, si determinadas ceremonias y rituales se concentraban en un aspecto definido de sus pases mágicos, estos mismos atraerían un resultado específico. Bien pronto, la cantidad y complejidad de sus ritos y ceremonias fueron una carga mayor que la cantidad de los pases mágicos en sí mismos.

“Es muy importante -prosiguió- focalizar la atención del

practicante en algún aspecto definido de los pases mágicos. Pero 27

debería ser una focalización leve, divertida y carente de

morbidez e inflexible severidad. Los pases deberían llevarse a cabo por el placer de realizarlos, sin esperar recompensas

específicas.

Citó el ejemplo de uno de sus colegas, un brujo llamado

Silvio Manuel, cuyo mayor placer consistía en adaptar los pases mágicos de los brujos de la antigüedad a los pasos de las danzas modernas. Don Juan describió a Silvio Manuel como un

excelente acróbata y bailarín que, concretamente, bailaba los

pases mágicos.

-El nagual Elías Ulloa -siguió diciendo don Juan- fue el

más eminente innovador de su linaje. Fue él quien tiró todos los rituales por la ventana y practicó los pases mágicos

exclusivamente con la finalidad con que fueran utilizados en el pasado remoto: la redistribución de la energía.

“El nagual Julián Osorio, que lo sucedió, fue quien dio el

golpe de gracia al ritual. Como él era un excelente actor

profesional que, en su momento, se había ganado la vida

haciendo teatro, puso enorme énfasis en lo que los brujos

llamaban el teatro chamánico. El lo denominó el teatro del infinito y, a través del mismo, canalizó todos los pases mágicos a los que tenía acceso. Cada movimiento de sus personajes estaba imbuido al máximo de sus pases mágicos. No sólo hizo eso, sino que logró que el teatro fuera un nuevo canal para la enseñanza de los mismos. Entre el nagual Julián, el actor del infinito, y Silvio Manuel, el bailarín del infinito, dieron un vuelco a los pases mágicos. Con ellos, una nueva era asomó en el horizonte: la era de la redistribución de energía pur a.

La explicación que el término redistribución daba don

Juan era que, lo que el ser humano percibía como conglomerados de campos energéticos, eran unidades energéticas selladas con

límites definidos, que no permitían la entrada ni la salida de energía. Por lo tanto, la energía existente dentro de ese

conglomerado de campos energéticos era lo único con lo que el

individuo podía contar.

-La tendencia natural del ser humano -afirmaba don Juan-

es desplazar la energía de los centros de vitalidad, ubicados en el lado derecho del cuerpo en el borde de la caja torácica, en la zona del hígado y de la vesícula, en el lado izquierdo del cuerpo, también en el borde de la caja torácica, en el área del páncreas y del bazo; en la parte

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dorsal, detrás de los otros centros, alrededor de los riñones e inmediatamente por encima de éstos, en el área de las glándulas suprarrenales; en la base del cuello, en la “V” formada por el esternón y la clavícula; y en la zona del útero y de los ovarios en la mujer.

-¿De qué manera desplaza el hombre la energía de los

centros de vitalidad? -Pregunté.

-A través de las preocupaciones -me contestó-.

Sucumbiendo al estrés de la vida cotidiana. La compulsión del

diario devenir exige al cuerpo un alto precio.

-¿Y qué ocurre con esa energía desplazada? -quise saber.

-Se acumula en la periferia de la esfera luminosa -me

explicó don Juan-; a veces, en tal grado, que llega a formar un depósito grueso como una corteza. Los pases mágicos se

relacionan con la totalidad del ser humano como cuerpo físico y como un conglomerado de campos de energía. Remueven la

energía que se ha acumulado en la esfera luminosa y la devuelven al cuerpo físico. Los pases mágicos activan tanto el cuerpo mismo como entidad física que sufre la dispersión de

energía, como el cuerpo como entidad energética capaz de

redistribuir la energía dispersa.