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Jean Ray

Dedico este libro a mi buen amigo y colega

JULES STÉPHANE.

Malpertuis

Jean Ray

Para STANISLAS-ANDRÉ STEEMAN:

En la página 111 de su novela « El maniquí

asesinado», dice usted:

«Habría que derrumbar esta casa: me pro-

duce el efecto de un monstruoso apagavelas.

El pasado la corroe como un cáncer. Sin em-

bargo, no puedo hacerla estallar, como inten-

tábamos cuando éramos pequeños.»

Estas palabras, Steeman, me obsesionan.

Malpertuis

Jean Ray

RESEÑA A MODO DE

PREFACIO Y EXPLICACIÓN

Malpertuis

Jean Ray

l asunto del convento de los Padres

EBlancos no fue malo.

Yo hubiera podido quedarme con muchas

cosas de valor, pero no soy un descreído para

convertirme en hereje, y la sola idea de apo-

derarme de objetos del culto, a pesar de ser

de oro y de plata macizos, me llena de ho-

rror.

Los bondadosos frailes llorarán sus palimp-

sestos, sus incunables y sus antifonarios

desaparecidos, pero darán gracias al Altísi-

mo por haber impedido que una mano impía

tocara sus copones y sus custodias.

Creí que la pesada vaina de estaño, que

descubrí en un escondrijo de la biblioteca

monacal, contendría algunos pergaminos va-

liosos que un coleccionista poco escrupuloso

me hubiera pagado a peso de oro; pero no en-

contré allí más que unos papelotes escritos

con letra ilegible, a cuya difícil lectura me

consagré los días que siguieron.

Esos días llegaron en la época en que el

producto de mi expedición hizo que me con-

Malpertuis

Jean Ray

virtiera en un burgués tranquilo, con aspira-

ciones pacíficas y regulares.

No hay como el dinero para convertir a un

rufián en persona decente, sometido a las le-

yes humanas.

Voy a dar algunas explicaciones respecto a

mi propia persona. Serán breves, porque mi

vida pasada exige discreción.

Los míos me destinaban a la enseñanza.

Pasé por la Escuela Normal, en donde fui

buen alumno.

Lamento mucho no poder hacer una des-

cripción detallada de la tesis filológica que

me valió las más cálidas felicitaciones de los

examinadores.

Eso explica el interés que he aportado a mi

hallazgo y la obstinación que he puesto en

resolver un problema de datos formidable-

mente misteriosos.

Si fuese recompensado por ello de una de

las formas más fantásticas, nadie tendría la

culpa más que yo.

Cuando hube vaciado el tubo de estaño y vi

Malpertuis

Jean Ray

mi mesa llena de papelotes amarillentos, tu-

ve que hacer un esfuerzo para volver a la pa-

ciencia y curiosidad benedictinas de mi ju-

ventud para ponerme a la obra. Al principio,

no fue más que una especie de inventario.

En efecto, el conjunto de esas hojas, si hu-

biese debido ser sometido a un editor, hubie-

ra constituido una obra de dimensiones colo-

sales y de interés mínimo: tan llenas esta-

ban de digresiones ociosas, ideas extrañas y

exhibiciones de ciencias dudosas.

Tuve que escoger, clasificar, eliminar...

Cuatro manos temblorosas de fiebre, si no

cinco, colaboraron en la redacción de esta

memoria de misterio y de espanto.

La primera mano es la de un aventurero

genial, que fue hombre de iglesia, porque lle-

vaba alzacuello.

Le llamaré Doucedame el Viejo para distin-

guirlo de uno de sus descendientes del mis-

mo nombre, que también llevaba sotana: el

padre Doucedame.

Este último fue un clérigo santo y digno de

Malpertuis

Jean Ray

veneración. También él colaboró en la me-

moria, contando la historia de Malpertuis.

Fue, en cierto modo, el porta-estandarte de

la verdad en estas embrujadas tinieblas.

Así, pues, Doucedame el Viejo es el primero

de los cuatro..., si no cinco..., autores de la

memoria, y Doucedame el Joven, el tercero.

Según mis cálculos, la aventura de Douce-

dame el Viejo se sitúa en el primer cuarto

del siglo pasado.

La luz que aportó su nieto, el padre Douce-

dame el Joven, parece ser que se encendió al

comienzo del último cuarto del siglo.

Un joven de excelente educación y, según

mi opinión, de fantástica cultura, pero mar-

cado con el hierro candente de la desgracia,

es el segundo autor de la memoria. Es a él a

quien somos deudores del alma de la histo-

ria.

Todo gravita alrededor de él en órbitas tu-

multuosas y terribles. A la lectura de las pri-

meras páginas debidas a su mano, creí en un

Diario, como los que llevaban en el siglo pa-

Malpertuis

Jean Ray

sado los jóvenes entusiasmados por el Voya-

ge sentimental de Sterne. Me desengañé

cuando, lentamente, mi trabajo tomó cuerpo.

Descubrí entonces que no se había confiado

al papel más que en la angustia, en la pres-

ciencia de un próximo adios a la vida.

Un cuadernito, cubierto de una escritura

cuidada, que se encontraba igualmente en la

vaina de metal, lleva el nombre del cuarto

colaborador.

Está escrito por la mano de Dom Misseron,

difunto abad del convento de los Padres

Blancos, en donde efectué la fructífera expe-

dición que me valió el descubrimiento del tu-

bo de estaño.

En la última página del cuaderno está es-

crita una fecha, como señal rígidamente ina-

movible en la fuga desordenada del tiempo:

¡26 de septiembre de 1898!

En quinto y último lugar, me veo obligado

a admitirme en el rango de los escribas, que,

sin conocerse o casi, han dado a Malpertuis

un lugar en la historia de los terrores hu-

Malpertuis

Jean Ray

manos.

* * *

A la cabeza de esta memoria coloco un bre-

ve capítulo cuyo autor es, seguramente, Dou-

cedame el Viejo, aunque no habla en prime-

ra persona. Es la similitud de la letra con la

de otras líneas cuya paternidad se asigna es-

te hombre de profundo conocimiento, pero de

sombría malicia, lo que me lo hace creer.

Según mi opinión, este clérigo renegado ha-

bía decidido escribir un relato de aventuras

verídicas, presentado de una forma objetiva,

donde su propio personaje no hubiera sido

respetado más que los otros, sino que, por el

contrario, estuviera rodeado, cínicamente,

de sombras y de infamias.

Pero el desorden de su vida le hizo renun-

ciar, sin duda alguna, a sus intenciones de

escritor y se contentó con dejar algunas pá-

ginas, de gran interés, no obstante, para la

historia de Malpertuis.

He conservado el título que él dio a este

Malpertuis

Jean Ray

principio del relato, que reproduzco a conti-

nuación tal cual es.

Malpertuis

Jean Ray

LA VISIÓN DE ANACARSIS

Malpertuis

Jean Ray

Construiréis iglesias, jalonaréis los caminos de capi-

llas y de cruces, pero no impediréis que los dioses de la

antigua Tesalia reaparezcan a través de los cantos de

los poetas y los libros de los sabios.

HAWTHORNE.

a bruma se disipó y la isla, que la furia

Lde las rompientes anunciaba ya de le-

jos, apareció tan terrorífica que el marinero

Anacarsis, agarrado, al timón, se puso a gri-

tar de espanto.

Desde hacía varias horas, su barco, el Fe-

na, corría a su perdición, atraído por el

amante mortal de esa monstruosa roca bati-

da por altas olas blancas y coronada por la

ardiente cólera del rayo.

Anacarsis gritó, porque tenía miedo de la

muerte que él veía a su alrededor desde el

alba.

La caída de la antena había matado a Mi-

rales, su piloto, y, cuando el pequeño navío

tomaba banda sobre estribor, el agua embar-

cada rehuyendo, veía el cadáver del grumete

Estopoulos, con la cabeza agarrada en el im-

Malpertuis

Jean Ray

bornal.

El Fena no obedecía al timón desde la vís-

pera por la noche, y la maniobra de su pa-

trón era puramente instintiva.

Este se daba cuenta de que había perdido

por completo la ruta, tanto por deriva como

por vientos contrarios y mareas entrañas.

No recordaba haber visto jamás la isla, a pe-

sar de que aquel mar le fuese familiar desde

hacía muchísimos años.

De esta tierra mortal, ya tan próxima, le

llegaba el olor nauseabundo de los altramu-

ces del diablo, hierba tres veces maldita, y

supo que los espíritus impuros estaban mez-

clados en su aventura.

De ello quedó convencido por completo

cuando vio flotar ciertas formas sobre los pi-

cos de la roca, Poseían repelentes actitudes

humanas y eran, para la mayoría, gigantes

más allá de toda comparación.

Eran también de sexos diferentes, según se

podía calcular por la fortaleza de unas y la

belleza relativa de las otras.

Malpertuis

Jean Ray

También se diferenciaban por sus dimen-

siones. Algunas se aproximaban a la normal;

otras, parecían enanas y deformes. Pero pu-

diera ser que la distancia tuviera parte en

estas desemejanzas de la visión.

Inmóviles todas, miraban fijamente al cielo

tormentoso, cuajadas en horrible desespe-

ranza.

–¡Cadáveres! –exclamó, sollozando–. ¡Ca-

dáveres enormes como montañas!

Y con terror, apartó la mirada de una de

ellas que, en su formidable inmovilidad, es-

taba impresa de una majestad indescripti-

ble.

Otra no flotaba, sino que formaba cuerpo

con la roca. Estaba retorcida por la angustia

y por el sufrimiento humanos; su costado es-

taba abierto como una caverna y solamente

ella parecía haber conservado terribles lati-

dos de vida y movimientos.

Una sombra planeaba sobre ella; pero como

por momentos aparecían remalazos de bru-

ma, el marinero no pudo asignarle una iden-

Malpertuis

Jean Ray

tidad clara.

Sin embargo, hubiera jurado que era un

pájaro de enormes dimensiones. Subía y ba-

jaba a capricho del huracán. Empero, era vi-

sible que vigilaba con avidez feroz la forma

cautiva de la roca.

En cierto momento, se tiró desde lo alto de

los aires sobre la presa fantasmal y, cruel-

mente, hundió en ella garras y pico.

Un torbellino se apoderó del navío, hacién-

dolo girar como un tiovivo y arrojándolo lejos

de las rompientes.

La tercera vela, la colocada a popa, y el

bauprés fueron arrancados de cuajo, y el ca-

dáver del grumete saltó por encima de la

borda.

Un tablón de pino cayó sobre Anacarsis y le

golpeó en la nuca.

Durante algún tiempo perdió la noción de

las cosas, y cuando recobró el conocimiento,

había abandonado el timón y estaba agarra-

do al muñón del palo mayor.

Ya no veía la isla, puesto que la niebla ha-

Malpertuis

Jean Ray

bía vuelto otra vez, ni las espantosas formas

flotantes; pero una cara feroz se inclinaba

sobre él.

Gritó, ante los ojos crueles y los labios re-

torcidos; pero un instante después se daba

cuenta de que no tenía nada que temer,

puesto que pertenecían a uno de los masca-

rones de proa, muy feo, sí, pero sin intencio-

nes asesinas.

La cara coronaba un alto estrave puntiagu-

do que se elevaba por el costado de babor.

Un momento después, el Fena recibió un

formidable topetazo y se fue a pique.

Pero desde el navío que le había abordado,

vieron al marinero, y un garfio, manejado

con destreza, lo arrancó del gran peligro del

mar.

Anacarsis sufría mucho. Tenía varias costi-

llas rotas y un dolor espantoso le corroía las

caderas.

La sangre le corría por los cabellos y por la

barba, pero sonreía al verse tendido en una

litera de marinero, en un camarote exiguo

Malpertuis

Jean Ray

que iluminaba una lámpara colgada del car-

dán.

Varios hombres le miraban, mientras ha-

blaban entre sí.

Uno de ellos, enorme y moreno, se rascaba

con perplejidad sus poderosas greñas ne-

gras.

–¡Que el demonio me confunda si esperaba

encontrarme con un cochino navío perdido

en estos parajes! –mugía–. ¿Qué dices tú?

Aquel a quien se dirigía no parecía menos

sorprendido.

–Habrá que interrogarle –gruñó–; pero de-

be de hablar un guirigay del que no com-

prendemos nada. Llama, pues, a ese canalla

de Doucedame: es un sabio, y si no está bo-

rracho como una cuba, seguramente extrae-

rá algo de él.

Anacarsis vio acercarse un hombre gordo

como un cerdo, de cara furfurácea, ojos biz-

cos y malvados, que, a guisa de bienvenida,

le sacó la lengua.

Le habló inmediatamente en el idioma de

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Jean Ray

las islas del archipiélago1, que era el del ma-

rinero.

–¿Qué vienes a hacer por aquí?

A Anacarsis le costaba mucho trabajo re-

unir sus ideas, y más aún hablar, porque pa-

recía como si una montaña le aplastase el

pecho; pero dominó sus sufrimientos por

complacer a sus salvadores.

Contó su historia lo mejor que pudo: la pér-

dida de la ruta marina, la horrible tempes-

tad que se había llevado al Fena lejos de los

parajes familiares...

–Dime tu nombre –ordenó el hombre que

se llamaba Doucedame.

–¡Anacarsis!

–¿Eh? ¡Repítelo! –gritó el gordo.

–He dicho Anacarsis... Así tenemos la cos-

tumbre de llamarnos de padres a hijos.

–¡Dios! –exclamó el otro, volviéndose a sus

compañeros.

–¿Qué puede importar eso, Doucedame? –

1 Se refiere al archipiélago griego. N. del T.

Malpertuis

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preguntó uno de ellos.

–¡Que me condene si esto no es una predes-

tinación!

–¡Explícate, mamarracho! –le ordenó el

moreno.

–¡Un poco de paciencia, monsieur Anselme!

–replicó el gordo, con respeto mezclado de

ironía–. He de recurrir a mi memoria y a mi

sabiduría...

–¡Al diablo las dos, maestro de escuela en

rotura de horca! –tronó monsieur Anselme.

–Anacarsis –explicó Doucedame, haciendo

una reverencia a alguien invisible–, es el

nombre del filósofo escita que, después de

haber recorrido las islas del Atico, apareció,

en el siglo sexto antes de Jesucristo, en la

ciudad de Atenas, donde quiso introducir el

culto a Deméter, comprendido el de Plutón.

Esto le costó caro, porque uno no se mezcla

siempre impunemente en los asuntos de los

dioses. Lo estrangularon.

El patrón del Fena, que no comprendía na-

da de aquella palabrería y que notaba que

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perdía fuerzas por minutos, le interrumpió

para hablarle de las formas terribles que ha-

bía entrevisto entre la bruma de la isla.

Doucedame, al oírlo, se puso a gritar y a

gesticular.

–¡Ésa es! –exclamó burlón–. Yo os prometo

un cargamento repleto de oro, amigos míos.

Anacarsis, portador de la palabra de los dio-

ses, se ha servido del último descendiente

suyo para acabar su misión. ¡Ajá! Los siglos

y los milenios no cuentan para los fantas-

mas.

Monsieur Anselme se había puesto serio.

–Hágale que fije exactamente la última ru-

ta de su navío –ordenó.

–Hacia el Sur –murmuró el herido cuando

Doucedame le tradujo la frase.

–¿Y ahora?

–No podemos cargarnos de pasajeros inúti-

les –decidió monsieur Anselme.

–¡Estaba escrito que los Anacarsis mo-

rírían estrangulados! –exclamó el gordo

Doucedame.

Malpertuis

Jean Ray

Anacarsis no comprendía ni una palabra,

pero, leyó su destino en el rostro inexorable

de los hombres a quienes debía una hora de

vida.

Murmuró una plegaria que no acabó en es-

te mundo.

* * *

Antes de someter al lector a la continua-

ción de la narración de Doucedame el Viejo,

intercalaré aquí la primera parte del relato

de Jean-Jacques Grandsire.

Este relato constituye, como ya dije ante-

riormente, el alma de la historia.

Alrededor del espantoso destino de Jean-

Jacques Grandsire es donde gravita, en su-

ma, todo el horror de Malpertuis.

Malpertuis

Jean Ray

PRIMERA PARTE