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María (Jorge Isaacs)

Autor: Jorge Isaacs

A los hermanos de Efraín

He aquí, caros amigos míos, la historia de la adolescencia de aquél a quien tanto amasteis y que ya

no existe. Mucho tiempo os he hecho esperar estas páginas. Después de escritas me han parecido

pálidas e indignas de ser ofrecidas como un testimonio de mi gratitud y de mi afecto. Vosotros no

ignoráis las palabras que pronunció aquella noche terrible, al poner en mis manos el libro de sus

recuerdos: «Lo que ahí falta tú lo sabes; podrás leer hasta lo que mis lágrimas han borrado». ¡Dulce

y triste misión! Leedlas, pues, y si suspendéis la lectura para llorar, ese llanto me probará que la he

cumplido fielmente.

Capítulo I

Era yo niño aún cuando me alejaron de la casa paterna para que diera principio a mis estudios en el

colegio del doctor Lorenzo María Lleras, establecido en Bogotá hacía pocos años, y famoso en toda

la República por aquel tiempo.

En la noche víspera de mi viaje, después de la velada, entró a mi cuarto una de mis hermanas, y sin

decirme una sola palabra cariñosa, porque los sollozos le embargaban la voz, cortó de mi cabeza

unos cabellos: cuando salió, habían rodado por mi cuello algunas lágrimas suyas.

Me dormí llorando y experimenté como un vago presentimiento de muchos pesares que debía sufrir

después. Esos cabellos quitados a una cabeza infantil; aquella precaución del amor contra la muerte

delante de tanta vida, hicieron que durante el sueño vagase mi alma por todos los sitios donde había

pasado, sin comprenderlo, las horas más felices de mi existencia.

A la mañana siguiente mi padre desató de mi cabeza, humedecida por tantas lágrimas, los brazos de

mi madre. Mis hermanas al decirme sus adioses las enjugaron con besos. María esperó

humildemente su turno, y balbuciendo su despedida, juntó su mejilla sonrosada a la mía, helada por

la primera sensación de dolor.

Pocos momentos después seguí a mi padre, que ocultaba el rostro a mis miradas. Las pisadas de

nuestros caballos en el sendero guijarroso ahogaban mis últimos sollozos. El rumor del Sabaletas,

cuyas vegas quedaban a nuestra derecha, se aminoraba por instantes. Dábamos ya la vuelta a una de

las colinas de la vereda en las que solían divisarse desde la casa viajeros deseados; volví la vista

hacia ella buscando uno de tantos seres queridos: María estaba bajo las enredaderas que adornaban

las ventanas del aposento de mi madre.

Capítulo II

Pasados seis años, los últimos días de un lujoso agosto me recibieron al regresar al nativo valle. Mi

corazón rebosaba de amor patrio. Era ya la última jornada del viaje, y yo gozaba de la más

perfumada mañana del verano. El cielo tenía un tinte azul pálido: hacia el oriente y sobre las crestas

altísimas de las montañas, medio enlutadas aún, vagaban algunas nubecillas de oro, como las gasas

del turbante de una bailarina esparcidas por un aliento amoroso. Hacia el sur flotaban las nieblas

que durante la noche habían embozado los montes lejanos. Cruzaba planicies de verdes gramales,

regadas por riachuelos cuyo paso me obstruían hermosas vacadas, que abandonaban sus sesteaderos

para internarse en las lagunas o en sendas abovedadas por florecidos písamos e higuerones

frondosos. Mis ojos se habían fijado con avidez en aquellos sitios medio ocultos al viajero por las

copas de añosos gruduales; en aquellos cortijos donde había dejado gentes virtuosas y amigas. En

tales momentos no habrían conmovido mi corazón las arias del piano de U***: ¡los perfumes que

aspiraba eran tan gratos comparados con el de los vestidos lujosos de ella; el canto de aquellas aves

sin nombre tenía armonías tan dulces a mi corazón!

Estaba mudo ante tanta belleza, cuyo recuerdo había creído conservar en la memoria porque

algunas de mis estrofas, admiradas por mis condiscípulos, tenían de ella pálidas tintas. Cuando en

un salón de baile, inundado de luz, lleno de melodías voluptuosas, de aromas mil mezclados, de

susurros de tantos ropajes de mujeres seductoras, encontramos aquella con quien hemos soñado a

los dieciocho años, y una mirada fugitiva suya quema nuestra frente, y su voz hace enmudecer por

un instante toda otra voz para nosotros, y sus flores dejan tras sí esencias desconocidas; entonces

caemos en una postración celestial: nuestra voz es impotente, nuestros oídos no escuchan ya la

suya, nuestras miradas no pueden seguirla. Pero cuando, refrescada la mente, vuelve ella a la

memoria horas después, nuestros labios murmuran en cantares su alabanza, y es esa mujer, es su

acento, es su mirada, es su leve paso sobre las alfombras, lo que remeda aquel canto, que el vulgo

creerá ideal. Así el cielo, los horizontes, las pampas y las cumbres del Cauca, hacen enmudecer a

quien los contempla. Las grandes bellezas de la creación no pueden a un tiempo ser vistas y

cantadas: es necesario que vuelvan a el alma empalidecidas por la memoria infiel.

Antes de ponerse el sol, ya había yo visto blanquear sobre la falda de la montaña la casa de mis

padres. Al acercarme a ella, contaba con mirada ansiosa los grupos de sus sauces y naranjos, a

través de los cuales vi cruzar poco después las luces que se repartían en las habitaciones.

Respiraba al fin aquel olor nunca olvidado del huerto que se vio formar. Las herraduras de mi

caballo chispearon sobre el empedrado del patio. Oí un grito indefinible; era la voz de mi madre: al

estrecharme ella en los brazos y acercarme a su pecho, una sombra me cubrió los ojos: supremo

placer que conmovía a una naturaleza virgen.

Cuando traté de reconocer en las mujeres que veía, a las hermanas que dejé niñas, María estaba en

pie junto a mí, y velaban sus ojos anchos párpados orlados de largas pestañas. Fue su rostro el que

se cubrió de más notable rubor cuando al rodar mi brazo de sus hombros, rozó con su talle; y sus

ojos estaban humedecidos aún, al sonreír a mi primera expresión afectuosa, como los de un niño

cuyo llanto ha acallado una caricia materna.

Capítulo III

A las ocho fuimos al comedor, que estaba pintorescamente situado en la parte oriental de la casa.

Desde él se veían las crestas desnudas de las montañas sobre el fondo estrellado del cielo. Las auras

del desierto pasaban por el jardín recogiendo aromas para venir a juguetear con los rosales que nos

rodeaban. El viento voluble dejaba oír por instantes el rumor del río. Aquella naturaleza parecía

ostentar toda la hermosura de sus noches, como para recibir a un huésped amigo.

Mi padre ocupó la cabecera de la mesa y me hizo colocar a su derecha; mi madre se sentó a la

izquierda, como de costumbre; mis hermanas y los niños se situaron indistintamente, y María quedó

frente a mí.

Mi padre, encanecido durante mi ausencia, me dirigía miradas de satisfacción, y sonreía con aquel

su modo malicioso y dulce a un mismo tiempo, que no he visto nunca en otros labios. Mi madre

hablaba poco, porque en esos momentos era más feliz que todos los que la rodeaban. Mis hermanas

se empeñaban en hacerme probar las colaciones y cremas; y se sonrojaba aquélla a quien yo dirigía

una palabra lisonjera o una mirada examinadora. María me ocultaba sus ojos tenazmente; pero pude

admirar en ellos la brillantez y hermosura de los de las mujeres de su raza, en dos o tres veces que a

su pesar se encontraron de lleno con los míos; sus labios rojos, húmedos y graciosamente

imperativos, me mostraron sólo un instante el velado primor de su linda dentadura. Llevaba, como

mis hermanas, la abundante cabellera castaño-oscura arreglada en dos trenzas, sobre el nacimiento

de una de las cuales se veía un clavel encarnado. Vestía un traje de muselina ligera, casi azul, del

cual sólo se descubría parte del corpiño y la falda, pues un pañolón de algodón fino color de

púrpura, le ocultaba el seno hasta la base de su garganta de blancura mate. Al volver las trenzas a la

espalda, de donde rodaban al inclinarse ella a servir, admiré el envés de sus brazos deliciosamente

torneados, y sus manos cuidadas como las de una reina.

Concluida la cena, los esclavos levantaron los manteles; uno de ellos rezó el Padre nuestro, y sus

amos completamos la oración.

La conversación se hizo entonces confidencial entre mis padres y yo.

María tomó en brazos el niño que dormía en su regazo, y mis hermanas la siguieron a los aposentos:

ellas la amaban mucho y se disputaban su dulce afecto.

Ya en el salón, mi padre para retirarse, les besó la frente a sus hijas. Quiso mi madre que yo viera el

cuarto que se me había destinado. Mis hermanas y María, menos tímidas ya, querían observar qué

efecto me causaba el esmero con que estaba adornado. El cuarto quedaba en el extremo del corredor

del frente de la casa: su única ventana tenía por la parte de adentro la altura de una mesa cómoda; en

aquel momento, estando abiertas las hojas y rejas, entraban por ella floridas ramas de rosales a

acabar de engalanar la mesa, en donde un hermoso florero de porcelana azul contenía

trabajosamente en su copa azucenas y lirios, claveles y campanillas moradas del río. Las cortinas

del lecho eran de gasa blanca atadas a las columnas con cintas anchas color de rosa; y cerca de la

cabecera, por una fineza materna, estaba la Dolorosa pequeña que me había servido para mis altares

cuando era niño. Algunos mapas, asientos cómodos y un hermoso juego de baño completaban el

ajuar.

-¡Qué bellas flores! -exclamé al ver todas las que del jardín y del florero cubrían la mesa.

-María recordaba cuánto te agradaban -observó mi madre.

Volví los ojos para darle las gracias, y los suyos como que se esforzaban en soportar aquella vez mi

mirada.

-María -dije- va a guardármelas, porque son nocivas en la pieza donde se duerme.

-¿Es verdad? -respondió-; pues las repondré mañana.

¡Qué dulce era su acento!

-¿Tantas así hay?

-Muchísimas; se repondrán todos los días.

Después que mi madre me abrazó, Emma me tendió la mano, y María, abandonándome por un

instante la suya, sonrió como en la infancia me sonreía: esa sonrisa hoyuelada era la de la niña de

mis amores infantiles sorprendida en el rostro de una virgen de Rafael.

Capítulo IV

Dormí tranquilo, como cuando me adormecía en la niñez uno de los maravillosos cuentos del

esclavo Pedro.

Soñé que María entraba a renovar las flores de mi mesa, y que al salir había rozado las cortinas de

mi lecho con su falda de muselina vaporosa salpicada de florecillas azules.

Cuando desperté, las aves cantaban revoloteando en los follajes de los naranjos y pomarrosos, y los

azahares llenaron mi estancia con su aroma tan luego como entreabrí la puerta.

La voz de María llegó entonces a mis oídos dulce y pura: era su voz de niña, pero más grave y lista

ya para prestarse a todas las modulaciones de la ternura y de la pasión. ¡Ay! ¡cuántas veces en mis

sueños un eco de ese mismo acento ha llegado después a mi alma, y mis ojos han buscado en vano

aquel huerto donde tan bella la vi en aquella mañana de agosto!

La niña cuyas inocentes caricias habían sido todas para mí, no sería ya la compañera de mis juegos;

pero en las tardes doradas de verano estaría en los paseos a mi lado, en medio del grupo de mis

hermanas; le ayudaría yo a cultivar sus flores predilectas; en las veladas oiría su voz, me mirarían

sus ojos, nos separaría un solo paso.

Luego que me hube arreglado ligeramente los vestidos, abrí la ventana, y divisé a María en una de

las calles del jardín, acompañada de Emma: llevaba un traje más oscuro que el de la víspera, y el

pañolón color de púrpura, enlazado a la cintura, le caía en forma de banda sobre la falda; su larga

cabellera, dividida en dos crenchas, ocultábale a medias parte de la espalda y pecho: ella y mi

hermana tenían descalzos los pies. Llevaba una vasija de porcelana poco más blanca que los brazos

que la sostenían, la que iba llenando de rosas abiertas durante la noche, desechando por marchitas

las menos húmedas y lozanas. Ella, riendo con su compañera, hundía las mejillas, más frescas que

las rosas, en el tazón rebosante. Descubrióme Emma: María lo notó, y sin volverse hacia mí, cayó

de rodillas para ocultarme sus pies, desatóse del talle el pañolón, y cubriéndose con él los hombros,

fingía jugar con las flores. Las hijas núbiles de los patriarcas no fueron más hermosas en las

alboradas en que recogían flores para sus altares.

Pasado el almuerzo, me llamó mi madre a su costurero. Emma y María estaban bordando cerca de

ella. Volvió ésta a sonrojarse cuando me presenté; recordaba tal vez la sorpresa que

involuntariamente le había yo dado en la mañana.

Mi madre quería verme y oírme sin cesar.

Emma, más insinuante ya, me preguntaba mil cosas de Bogotá; me exigía que les describiera bailes

espléndidos, hermosos vestidos de señora que estuvieran en uso, las más bellas mujeres que

figuraran entonces en la alta sociedad. Oían sin dejar sus labores. María me miraba algunas veces al

descuido, o hacía por lo bajo observaciones a su compañera de asiento; y al ponerse en pie para

acercarse a mi madre a consultar algo sobre el bordado, pude ver sus pies primorosamente calzados:

su paso ligero y digno revelaba todo el orgullo, no abatido, de nuestra raza, y el seductivo recato de

la virgen cristiana. Ilumináronsele los ojos cuando mi madre manifestó deseo de que yo diese a las

muchachas algunas lecciones de gramática y geografía, materias en que no tenían sino muy escasas

nociones. Convínose en que daríamos principio a las lecciones pasados seis u ocho días, durante los

cuales podría yo graduar el estado de los conocimientos de cada una.

Horas después me avisaron que el baño estaba preparado y fui a él. Un frondoso y corpulento

naranjo, agobiado de frutos maduros, formaba pabellón sobre el ancho estanque de canteras

bruñidas: sobrenadaban en el agua muchísimas rosas: semejábase a un baño oriental, y estaba

perfumado con las flores que en la mañana había recogido María.

Capítulo V

Habían pasado tres días cuando me convidó mi padre a visitar sus haciendas del valle, y fue preciso

complacerlo; por otra parte, yo tenía interés real a favor de sus empresas. Mi madre se empeñó

vivamente por nuestro pronto regreso. Mis hermanas se entristecieron. María no me suplicó, como

ellas, que regresase en la misma semana; pero me seguía incesantemente con los ojos durante los

preparativos de viaje.

En mi ausencia, mi padre había mejorado sus propiedades notablemente: una costosa y bella fábrica

de azúcar, muchas fanegadas de caña para abastecerla, extensas dehesas con ganado vacuno y

caballar, buenos cebaderos y una lujosa casa de habitación, constituían lo más notable de sus

haciendas de tierra caliente. Los esclavos, bien vestidos y contentos, hasta donde es posible estarlo

en la servidumbre, eran sumisos y afectuosos para con su amo. Hallé hombres a los que, niños poco

antes, me habían enseñado a poner trampas a las chilacoas y guatines en la espesura de los bosques:

sus padres y ellos volvieron a verme con inequívocas señales de placer. Solamente a Pedro, el buen

amigo y fiel ayo, no debía encontrarlo: él había derramado lágrimas al colocarme sobre el caballo el

día de mi partida para Bogotá, diciendo: «amito mío, ya no te veré más». El corazón le avisaba que

moriría antes de mi regreso.

Pude notar que mi padre, sin dejar de ser amo, daba un trato cariñoso a sus esclavos, se mostraba

celoso por la buena conducta de sus esposas y acariciaba a los niños.

Una tarde, ya a puestas del sol, regresábamos de las labranzas a la fábrica mi padre, Higinio (el

mayordomo) y yo. Ellos hablaban de trabajos hechos y por hacer; a mí me ocupaban cosas menos

serias: pensaba en los días de mi infancia. El olor peculiar de los bosques recién derribados y el de

las piñuelas en sazón; la greguería de los loros en los guaduales y guayabales vecinos; el tañido

lejano del cuerno de algún pastor, repetido por los montes: las castrueras de los esclavos que

volvían espaciosamente de las labores con las herramientas al hombro; los arreboles vistos al través

de los cañaverales movedizos: todo me recordaba las tardes en que abusando mis hermanas, María y

yo de alguna licencia de mí madre, obtenida a fuerza de tenacidad, nos solazábamos recogiendo

guayabas de nuestros árboles predilectos, sacando nidos de piñuelas, muchas veces con grave lesión

de brazos y manos, y espiando polluelos de pericos en las cercas de los corrales.

Al encontrarnos con un grupo de esclavos, dijo mi padre a un joven negro de notable apostura:

-Conque, Bruno, ¿todo lo de tu matrimonio está arreglado para pasado mañana?

-Sí, mi amo -le respondió quitándose el sombrero de junco y apoyándose en el mango de su pala.

-¿Quiénes son los padrinos?

-Ña Dolores y ñor Anselmo, si su merced quiere.

-Bueno. Remigia y tú estaréis bien confesados. ¿Compraste todo lo que necesitabas para ella y para

ti con el dinero que mandé darte?

-Todo está ya, mi amo.

-¿Y nada más deseas?

-Su merced verá.

-El cuarto que te ha señalado Higinio ¿es bueno?

-Sí, mi amo.

-¡Ah! ya sé. Lo que quieres es baile.

Rióse entonces Bruno, mostrando sus dientes de blancura deslumbrante, volviendo a mirar a sus

compañeros.

-Justo es; te portas muy bien. Ya sabes -agregó dirigiéndose a Higinio-: arregla eso, y que queden

contentos.

-¿Y sus mercedes se van antes? -preguntó Bruno.

-No -le respondí-; nos damos por convidados.

En la madrugada del sábado próximo se casaron Bruno y Remigia. Esa noche a las siete montamos

mi padre y yo para ir al baile, cuya música empezábamos a oír. Cuando llegamos, Julián, el esclavo

capitán de la cuadrilla, salió a tomarnos el estribo y a recibir nuestros caballos. Estaba lujoso con su

vestido de domingo, y le pendía de la cintura el largo machete de guarnición plateada, insignia de su

empleo. Una sala de nuestra antigua casa de habitación había sido desocupada de los enseres de

labor que contenía, para hacer el baile en ella. Habíanla rodeado de tarimas: en una araña de madera

suspendida de una de las vigas, daba vueltas media docena de luces: los músicos y cantores, mezcla

de agregados, esclavos y manumisos, ocupaban una de las puertas. No había sino dos flautas de

caña, un tambor improvisado, dos alfandoques y una pandereta; pero las finas voces de los negritos

entonaban los bambucos con maestría tal; había en sus cantos tan sentida combinación de

melancólicos, alegres y ligeros acordes; los versos que cantaban eran tan tiernamente sencillos, que

el más culto diletante hubiera escuchado en éxtasis aquella música semisalvaje. Penetramos en la

sala con zamarros y sombreros. Bailaban en ese momento Remigia y Bruno: ella con follao de

boleros azules, tumbadillo de flores rojas, camisa blanca bordada de negro y gargantilla y zarcillos

de cristal color de rubí, danzaba con toda la gentileza y donaire que eran de esperarse de su talle

cimbrador. Bruno, doblados sobre los hombros los paños de su ruana de hilo, calzón de vistosa

manta, camisa blanca aplanchada, y un cabiblanco nuevo a la cintura, zapateaba con destreza

admirable.

Pasada aquella mano, que así llaman los campesinos cada pieza de baile, tocaron los músicos su

más hermoso bambuco, porque Julián les anunció que era para el amo. Remigia, animada por su

marido y por el capitán, se resolvió al fin a bailar unos momentos con mi padre: pero entonces no se

atrevía a levantar los ojos, y sus movimientos en la danza eran menos espontáneos. Al cabo de una

hora nos retiramos.

Quedó mi padre satisfecho de mi atención durante la visita que hicimos a las haciendas; mas cuando

le dije que en adelante deseaba participar de sus fatigas quedándome a su lado, me manifestó, casi

con pesar, que se veía en el caso de sacrificar a favor mío su bienestar, cumpliéndome la promesa

que me tenía hecha de tiempo atrás, de enviarme a Europa a concluir mis estudios de medicina, y

que debía emprender viaje, a más tardar dentro de cuatro meses. Al hablarme así, su fisonomía se

revistió de una seriedad solemne sin afectación, que se notaba en él cuando tomaba resoluciones

irrevocables. Esto pasaba la tarde en que regresábamos a la sierra. Empezaba a anochecer, y a no

haber sido así, habría notado la emoción que su negativa me causaba. El resto del camino se hizo en

silencio. ¡Cuán feliz hubiera yo vuelto a ver a María, si la noticia de ese viaje no se hubiese

interpuesto desde aquel momento entre mis esperanzas y ella!

Capítulo VI

¿Qué había pasado en aquellos cuatro días en el alma de María?

Iba ella a colocar una lámpara en una de las mesas del salón cuando me acerqué a saludarla; y ya

había extrañado no verla en medio del grupo de la familia en la gradería donde acabábamos de

desmontarnos. El temblor de su mano expuso la lámpara; y yo le presté ayuda, menos tranquilo de

lo que creí estarlo. Pareciáme ligeramente pálida, y alrededor de sus ojos había una leve sombra,

imperceptible para quien la hubiese visto sin mirarla. Volvió el rostro hacia mi madre, que hablaba

en ese momento, evitando así que yo pudiera examinarlo bañado por la luz que teníamos cerca: noté

entonces que en el nacimiento de una de las trenzas tenía un clavel marchito; y era sin duda el que

le había dado yo la víspera de mi marcha para el Valle. La crucecilla de coral esmaltado que había

traído para ella, igual a las de mis hermanas, la llevaba al cuello pendiente de un cordón de pelo

negro. Estuvo silenciosa, sentada en medio de las butacas que ocupábamos mi madre y yo. Como la

resolución de mi padre sobre mi viaje no se apartaba de mi memoria, debí de parecerle a ella triste,

pues me dijo en voz casi baja:

-¿Te ha hecho daño el viaje?

-No, María -le contesté-; pero nos hemos asoleado y hemos andado tanto...

Iba a decirle algo más, pero el acento confidencial de su voz, la luz nueva para mí que sorprendí en

sus ojos, me impidieron hacer otra cosa que mirarla, hasta que notando que se avergonzaba de la

involuntaria fijeza de mis miradas, y encontrándome examinado por una de mi padre (más temible

cuando cierta sonrisa pasajera vagaba en sus labios), salí del salón con dirección a mi cuarto.

Cerré las puertas. Allí estaban las flores recogidas por ella para mí: las ajé con mis besos; quise

aspirar de una vez todos sus aromas, buscando en ellos los de los vestidos de María; bañélas con

mis lágrimas... ¡Ah! ¡los que no habéis llorado de felicidad así, llorad de desesperación, si ha

pasado vuestra adolescencia, porque así tampoco volveréis a amar ya!

¡Primer amor!... noble orgullo de sentirnos amados: sacrificio dulce de todo lo que antes nos era

caro a favor de la mujer querida: felicidad que comprada para un día con las lágrimas de toda una

existencia, recibiríamos como un don de Dios: perfume para todas las horas del porvenir: luz

inextinguible del pasado: flor guardada en el alma y que no es dado marchitar a los desengaños:

único tesoro que no puede arrebatarnos la envidia de los hombres: delirio delicioso... inspiración del

cielo... ¡María! ¡María! ¡Cuánto te amé! ¡Cuánto te amara!...

Capítulo VII

Cuando hizo mi padre el último viaje a las Antillas, Salomón, primo suyo a quien mucho había

amado desde la niñez, acababa de perder su esposa. Muy jóvenes habían venido juntos a Sur-

América; y en uno de sus viajes se enamoró mi padre de la hija de un español, intrépido capitán de

navío, que después de haber dejado el servicio por algunos años, se vio forzado en 1819 a tomar

nuevamente las armas en defensa de los reyes de España, y que murió fusilado en Majagual el

veinte de mayo de 1820.

La madre de la joven que mi padre amaba exigió por condición para dársela por esposa que

renunciase él a la religión judaica. Mi padre se hizo cristiano a los veinte años de edad. Su primo se

aficionó en aquellos días a la religión católica, sin ceder por eso a las instancias para que también se

hiciese bautizar, pues sabía que lo que hecho por mi padre, le daba la esposa que deseaba, a él le

impediría ser aceptado por la mujer a quien amaba en Jamaica.

Después de algunos años de separación volvieron a verse, pues, los dos amigos. Ya era viudo

Salomón. Sara, su esposa, le había dejado una niña que tenía a la sazón tres años. Mi padre lo

encontró desfigurado moral y físicamente por el dolor, y entonces su nueva religión le dio consuelos

para su primo, consuelos que en vano habían buscado los parientes para salvarlo. Instó a Salomón

para que le diera su hija a fin de educarla a nuestro lado; y se atrevió a proponerle que la haría

cristiana. Salomón aceptó diciéndole: «Es verdad que solamente mi hija me ha impedido emprender

un viaje a la India, que mejoraría mi espíritu y remediaría mi pobreza: también ha sido ella mi único

consuelo después de la muerte de Sara; pero tú lo quieres, sea hija tuya. Las cristianas son dulces y

buenas, y tu esposa debe de ser una santa madre. Si el cristianismo da en las desgracias supremas el

alivio que tú me has dado, tal vez yo haría desdichada a mi hija dejándola judía. No lo digas a

nuestros parientes, pero cuando llegues a la primera costa donde se halle un sacerdote católico,

hazla bautizar y que le cambien el nombre de Ester en el de María». Esto decía el infeliz

derramando muchas lágrimas.

A pocos días se daba a la vela en la bahía de Montego la goleta que debía conducir a mi padre a las

costas de Nueva Granada. La ligera nave ensayaba sus blancas alas, como una garza de nuestros

bosques las suyas antes de emprender un largo vuelo. Salomón entró a la habitación de mi padre,

que acababa de arreglar su traje de a bordo, llevando a Ester sentada en uno de sus brazos, y

pendiente del otro un cofre que contenía el equipaje de la niña: ésta tendió los bracitos a su tío, y

Salomón, poniéndola en los de su amigo, se dejó caer sollozando sobre el pequeño baúl. Aquella

criatura, cuya cabeza preciosa acababa de bañar con una lluvia de lágrimas el bautismo del dolor

antes que el de la religión de Jesús, era un tesoro sagrado; mi padre lo sabía bien, y no lo olvidó

jamás. A Salomón le fue recordada por su amigo, al saltar éste a la lancha que iba a separarlos, una

promesa, y él respondió con voz ahogada: «Las oraciones de mi hija por mí y las mías por ella y su

madre, subirán juntas a los pies del Crucificado».

Contaba yo siete años cuando regresó mi padre, y desdeñé los juguetes preciosos que me trajo de su

viaje, por admirar aquella niña tan bella, tan dulce y sonriente. Mi madre la cubrió de caricias, y mis

hermanas la agasajaron con ternura, desde el momento que mi padre, poniéndola en el regazo de su

esposa, le dijo: «ésta es la hija de Salomón, que él te envía».

Durante nuestros juegos infantiles sus labios empezaron a modular acentos castellanos, tan

armoniosos y seductores en una linda boca de mujer y en la risueña de un niño.

Habrían corrido unos seis años. Al entrar yo una tarde al cuarto de mi padre, le oí sollozar: tenía los

brazos cruzados sobre la mesa, y en ellos apoyaba la frente; cerca de él mi madre lloraba, y en sus

rodillas reclinaba María la cabeza, sin comprender ese dolor y casi indiferente a los lamentos de su

tío: era que una carta de Kingston, recibida aquel día, daba la nueva de la muerte de Salomón.

Recuerdo solamente una expresión de mi padre en aquella tarde: «Si todos me van abandonando sin

que pueda recibir sus últimos adioses, ¿a qué volveré yo a mi país?». ¡Ay! ¡sus cenizas debían

descansar en tierra extraña, sin que los vientos del Océano, en cuyas playas retozó siendo niño, cuya

inmensidad cruzó joven y ardiente, vengan a barrer sobre la losa de su sepulcro las flores secas de

los aromos y el polvo de los años!

Pocos eran entonces los que conociendo nuestra familia, pudiesen sospechar que María no era hija

de mis padres. Hablaba bien nuestro idioma, era amable, viva e inteligente. Cuando mi madre le

acariciaba la cabeza, al mismo tiempo que mis hermanas y a mí, ninguno hubiera podido adivinar

cuál era allí la huérfana.

Tenía nueve años. La cabellera abundante, todavía de color castaño claro, suelta y jugueteando

sobre su cintura fina y movible; los ojos parleros; el acento con algo de melancólico que no tenían

nuestras voces; tal era la imagen que de ella llevé cuando partí de la casa paterna: así estaba en la

mañana de aquel triste día, bajo las enredaderas de las ventanas de mi madre.

Capítulo VIII

A prima noche llamó Emma a mi puerta para que fuera a la mesa. Me bañé el rostro para ocultar las

huellas de las lágrimas, y me mudé los vestidos para disculpar mi tardanza.

No estaba María en el comedor, y en vano imaginé que sus ocupaciones la habían hecho demorarse

más de lo acostumbrado. Notando mi padre un asiento desocupado, preguntó por ella, y Emma la

disculpó diciendo que desde esa tarde había tenido dolor de cabeza y que dormía ya. Procuré no

mostrarme impresionado; y haciendo todo esfuerzo porque la conversación fuera amena, hablé con

entusiasmo de todas las mejoras que había encontrado en las fincas que acabábamos de visitar. Pero

todo fue inútil: mi padre estaba más fatigado que yo, y se retiró temprano; Emma y mi madre se

levantaron para ir a acostar los niños y ver cómo estaba María, lo cual les agradecí, sin que me

sorprendiera ya ese mismo sentimiento de gratitud.

Aunque Emma volvió al comedor, la sobremesa no duró largo tiempo. Felipe y Eloísa, que se

habían empeñado en que tomara parte en su juego de naipes, acusaron de soñolientos mis ojos.

Aquél había solicitado inútilmente de mi madre permiso para acompañarme al día siguiente a la

montaña, por lo cual se retiró descontento.

Meditando en mi cuarto, creí adivinar la causa del sufrimiento de María. Recordé la manera cómo

yo había salido del salón después de mi llegada y cómo la impresión que me hizo el acento

confidencial de ella fue motivo de que le contestara con la falta de tino propia de quien está

reprimiendo una emoción. Conociendo ya el origen de su pena, habría dado mil vidas por obtener

un perdón suyo; pero la duda vino a agravar la turbación de mi espíritu. Dudé del amor de María.

¿Por qué, pensaba yo, se esfuerza mi corazón en creerla sometida a este mismo martirio?

Consideréme indigno de poseer tanta belleza, tanta inocencia. Echéme en cara ese orgullo que me

había ofuscado hasta el punto de creerme por él objeto de su amor, siendo solamente merecedor de

su cariño de hermana. En mi locura pensé con menos terror, casi con placer, en mi próximo viaje.

Capítulo IX

Levantéme al día siguiente cuando amanecía. Los resplandores que delineaban hacia el Oriente las

cúspides de la cordillera central, doraban en semicírculo sobre ella algunas nubes ligeras que se

desataban las unas de las otras para alejarse y desaparecer. Las verdes pampas y selvas del valle se

veían como al través de un vidrio azulado, y en medio de ellas, algunas cabañas blancas, humaredas

de los montes recién quemados elevándose en espiral, y alguna vez las revueltas de un río. La

cordillera de Occidente, con sus pliegues y senos, semejaba mantos de terciopelo azul oscuro

suspendidos de sus centros por manos de genios velados por las nieblas. Al frente de mi ventana, los

rosales y los follajes de los árboles del huerto parecían temer las primeras brisas que vendrían a

derramar el rocío que brillaba en sus hojas y flores. Todo me pareció triste. Tomé la escopeta: hice

una señal al cariñoso Mayo, que sentado sobre las piernas traseras, me miraba fijamente, arrugada la

frente por la excesiva atención, aguardando la primera orden; y saltando el vallado de piedra, cogí el

camino de la montaña. Al internarme, la hallé fresca y temblorosa bajo las caricias de las últimas

auras de la noche. Las garzas abandonaban sus dormideros, formando en su vuelo líneas ondulantes

que plateaba el sol, como cintas abandonadas al capricho del viento. Bandadas numerosas de loros

se levantaban de los guaduales para dirigirse a los maizales vecinos; y el diostedé saludaba al día

con su canto triste y monótono desde el corazón de la sierra.

Bajé a la vega montuosa del río por el mismo sendero por donde lo había hecho tantas veces seis

años antes. El trueno de su raudal se iba aumentando, y poco después descubrí las corrientes,

impetuosas al precipitarse en los saltos, convertidas en espumas hervidoras en ellos, cristalinas y

tersas en los remansos, rodando siempre sobre un lecho de peñascos afelpados de musgos, orlados

en la ribera por iracales, helechos y cañas de amarillos tallos, plumajes sedosos y semilleros de

color de púrpura.

Detúveme en la mitad del puente, formado por el huracán con un cedro corpulento, el mismo por

donde había pasado en otro tiempo. Floridas parásitas colgaban de sus lamas, y campanillas azules

y tornasoladas bajaban en festones desde mis pies a mecerse en las ondas. Una vegetación

exuberante y altiva abovedaba a trechos el río, y al través de ella penetraban algunos rayos del sol

naciente, como por la techumbre rota de un templo indiano abandonado. Mayo aulló cobarde en la

ribera que yo acababa de dejar, y a instancias mías se resolvió a pasar por el puente fantástico,

tomando en seguida, antes que yo, el sendero que conducía a la posesión del viejo José, quien

esperaba de mí aquel día el pago de su visita de bienvenida.

Después de una pequeña cuesta pendiente y oscura, y de atravesar a saltos por sobre el arbolado

seco de los últimos derribos del montañés, me hallé en la placeta sembrada de legumbres, desde

donde divisé humeando la casita situada en medio de las colinas verdes, que yo había dejado entre

bosques al parecer indestructibles. Las vacas, hermosas por su tamaño y color, bramaban a la puerta

del corral buscando sus becerros. Las aves domésticas alborotaban recibiendo la ración matutina; en

las palmeras cercanas, que había respetado el hacha de los labradores, se mecían las oropéndolas

bulliciosas en sus nidos colgantes, y en medio de tan grata algarabía, oíase a las veces el grito agudo

del pajarero, que desde su barbacoa y armado de honda, espantaba las guacamayas hambrientas que

revoloteaban sobre el maizal.

Los perros del antioqueño le dieron con sus ladridos aviso de mi llegada. Mayo, temeroso de ellos,

se me acercó mohíno. José salió a recibirme, el hacha en una mano y el sombrero en la otra.

La pequeña vivienda denunciaba laboriosidad, economía y limpieza: todo era rústico, pero estaba

cómodamente dispuesto, y cada cosa en su lugar. La sala de la casita, perfectamente barrida, poyos

de guadua alrededor, cubiertos de esteras de junco y pieles de oso, algunas estampas de papel

iluminadas, representando santos y prendidas con espinas de naranjo a las paredes sin blanquear,

tenía a derecha e izquierda la alcoba de la mujer de José y la de las muchachas. La cocina, formada

de caña-menuda y con el techo de hojas de la misma planta, estaba separada de la casa por un

huertecillo donde el perejil, la manzanilla, el poleo y las albahacas mezclaban sus aromas.

Las mujeres parecían vestidas con más esmero que de ordinario. Las muchachas, Lucía y Tránsito,

llevaban enaguas de zaraza morada y camisas muy blancas con golas de encaje ribeteadas de

trencilla negra, bajo las cuales escondían parte de sus rosarios, y gargantillas de bombillas de vidrio

color de ópalo. Las trenzas de sus cabellos, gruesas y de color de azabache, les jugaban sobre las

espaldas, al más leve movimiento de los pies desnudos, cuidados e inquietos. Me hablaban con

suma timidez; y su padre fue quien, notando eso, las animó diciéndoles: «¿Acaso no es el mismo

niño Efraín, porque venga del colegio sabio y ya mozo?». Entonces se hicieron más joviales y

risueñas: nos enlazaban amistosamente los recuerdos de los juegos infantiles, poderosos en la

imaginación de los poetas y de las mujeres. Con la vejez la fisonomía de José había ganado mucho:

aunque no se dejaba la barba, su faz tenía algo de bíblico, como casi todas las de los ancianos de

buenas costumbres del país donde nació: una cabellera cana y abundante le sombreaba la tostada y

ancha frente, y sus sonrisas revelaban tranquilidad de alma. Luisa, su mujer, más feliz que él en la

lucha con los años, conservaba en el vestir algo de la manera antioqueña, y su constante jovialidad

dejaba comprender que estaba contenta con su suerte.

José me condujo al río, y me habló de sus siembras y cacerías, mientras yo me sumergía en el

remanso diáfano desde el cual se lanzaban las aguas formando una pequeña cascada. A nuestro

regreso encontramos servido en la única mesa de la casa el provocativo almuerzo. Campeaba el

maíz por todas partes: en la sopa de mote servida en platos de loza vidriada y en doradas arepas

esparcidas sobre el mantel. El único cubierto del menaje estaba cruzado sobre mi plato blanco y

orillado de azul.

Mayo se sentó a mis pies con mirada atenta, pero más humilde que de costumbre.

José remendaba una atarraya mientras sus hijas, listas pero vergonzosas, me servían llenas de

cuidado, tratando de adivinarme en los ojos lo que podía faltarme. Mucho se habían embellecido, y

de niñas loquillas que eran se habían hecho mujeres oficiosas.

Apurado el vaso de espesa y espumosa leche, postre de aquel almuerzo patriarcal, José y yo salimos

a recorrer el huerto y la roza que estaba cogiendo. Él quedó admirado de mis conocimientos

teóricos sobre las siembras, y volvimos a la casa una hora después para despedirme yo de las

muchachas y de la madre.

Púsele al buen viejo en la cintura el cuchillo de monte que le había traído del reino, al cuello de

Tránsito y Lucía, preciosos rosarios y en manos de Luisa un relicario que ella había encargado a mi

madre. Tomé la vuelta de la montaña cuando era medio día por filo, según el examen que del sol

hizo José.

Capítulo X

A mi regreso, que hice lentamente, la imagen de María volvió a asirse a mi memoria. Aquellas

soledades, sus bosques silenciosos, sus flores, sus aves y sus aguas, ¿por qué me hablaban de ella?

¿Qué había allí de María? en las sombras húmedas, en la brisa que movía los follajes, en el rumor

del río... Era que veía el Edén, pero faltaba ella; era que no podía dejar de amarla, aunque no me

amase. Y aspiraba el perfume del ramo de azucenas silvestres que las hijas de José habían formado

para mí, pensando yo que acaso merecerían ser tocadas por los labios de María: así se habían

debilitado en tan pocas horas mis propósitos heroicos de la noche.

Apenas llegué a casa, me dirigí al costurero de mi madre: María estaba con ella; mis hermanas se

habían ido al baño. Después de contestarme el saludo, María bajó los ojos sobre la costura. Mi

madre se manifestó regocijada por mi vuelta; pues sobresaltados en casa con la demora, habían

enviado a buscarme en aquel momento. Hablaba con ella ponderando los progresos de José, y Mayo

quitaba con la lengua a mis vestidos los cadillos que se les habían prendido en las malezas.

Levantó María otra vez los ojos, fijándolos en el ramo de azucenas que tenía yo en la mano

izquierda, mientras me apoyaba con la derecha en la escopeta: creí comprender que las deseaba,

pero un temor indefinible, cierto respeto a mi madre y a mis propósitos de por la noche, me

impidieron ofrecérselas. Mas me deleitaba imaginando cuán bella quedaría una de mis pequeñas

azucenas sobre sus cabellos de color castaño luciente. Para ella debían ser, porque habría recogido

durante la mañana azahares y violetas para el florero de mi mesa. Cuando entré a mi cuarto no vi

una flor allí. Si hubiese encontrado enrollada sobre la mesa una víbora, no hubiera yo sentido

emoción igual a la que me ocasionó la ausencia de las flores: su fragancia había llegado a ser algo

del espíritu de María que vagaba a mi alrededor en las horas de estudio, que se mecía en las cortinas

de mi lecho durante la noche... ¡Ah! ¡conque era verdad que no me amaba! ¡conque había podido

engañarme tanto mi imaginación visionaria! Y de ese ramo que había traído para ella, ¿qué podía yo

hacer? Si otra mujer, bella y seductora, hubiese estado allí en ese momento, en ese instante de

resentimiento contra mi orgullo, de resentimiento con María, a ella lo habría dado a condición de

que lo mostrase a todos y se embelleciera con él. Lo llevé a mis labios como para despedirme por

última vez de una ilusión querida, y lo arrojé por la ventana.

Capítulo XI

Hice esfuerzos para mostrarme jovial durante el resto del día. En la mesa hablé con entusiasmo de

las mujeres hermosas de Bogotá, y ponderé intencionalmente las gracias y el ingenio de P***. Mi

padre se complacía oyéndome: Eloísa habría querido que la sobremesa durase hasta la noche. María

estuvo callada; pero me pareció que sus mejillas palidecían algunas veces, y que su primitivo color

no había vuelto a ellas, así como el de las rosas que durante la noche han engalanado un festín.

Hacia la última parte de la conversación, María había fingido jugar con la cabellera de Juan,

hermano mío de tres años de edad a quien ella mimaba. Soportó hasta el fin; mas tan luego como

me puse en pie, se dirigió ella con el niño al jardín.

Todo el resto de la tarde y en la prima noche fue necesario ayudar a mi padre en sus trabajos de

escritorio.

A las ocho, y luego que las mujeres habían ya rezado sus oraciones de costumbre, nos llamaron al

comedor. Al sentarnos a la mesa, quedé sorprendido al ver una de las azucenas en la cabeza de

María. Había en su rostro bellísimo tal aire de noble, inocente y dulce resignación, que como

magnetizado por algo desconocido hasta entonces para mí en ella, no me era posible dejar de

mirarla.

Niña cariñosa y risueña, mujer tan pura y seductora como aquéllas con quienes yo había soñado, así

la conocía; pero resignada ante mi desdén, era nueva para mí. Divinizada por la resignación, me

sentía indigno de fijar una mirada sobre su frente.

Respondí mal a unas preguntas que se me hicieron sobre José y su familia. A mi padre no se le

podía ocultar mi turbación; y dirigiéndose a María, le dijo sonriendo:

-Hermosa azucena tienes en los cabellos: yo no he visto de ésas en el jardín.

María, tratando de disimular su desconcierto, respondió con voz casi imperceptible:

-Es que de estas azucenas sólo hay en la montaña.

Sorprendí en aquel momento una sonrisa bondadosa en los labios de Emma.

-¿Y quién las ha enviado? -preguntó mi padre.

La turbación de María era ya notable. Yo la miraba; y ella debió de hallar algo nuevo y animador en

mis ojos, pues respondió con acento más firme:

-Efraín botó unas al huerto; y nos pareció que siendo tan raras, era una lástima que se perdiesen:

ésta es una de ellas.

-María -le dije yo-, si hubiese sabido que eran tan estimables esas flores, las habría guardado... para

vosotras; pero me han parecido menos bellas que las que se ponen diariamente en el florero de mi

mesa.

Comprendió ella la causa de mi resentimiento, y me lo dijo tan claramente una mirada suya, que

temí se oyeran las palpitaciones de mi corazón.

Aquella noche, a la hora de retirarse la familia del salón, María estaba casualmente sentada cerca de

mí. Después de haber vacilado mucho, le dije al fin con voz que denunciaba mi emoción: «María,

eran para ti: pero no encontré las tuyas».

Ella balbucía alguna disculpa cuando tropezando en el sofá mi mano con la suya, se la retuve por un

movimiento ajeno de mi voluntad. Dejó de hablar. Sus ojos me miraron asombrados y huyeron de

los míos. Pasóse por la frente con angustia la mano que tenía libre, y apoyó en ella la cabeza,

hundiendo el brazo desnudo en el almohadón inmediato. Haciendo al fin un esfuerzo para deshacer

ese doble lazo de la materia y del alma que en tal momento nos unía, púsose en pie; y como

concluyendo una reflexión empezada, me dijo tan quedo que apenas pude oírla: «entonces... yo

recogeré todos los días las flores más lindas»; y desapareció.

Las almas como la de María ignoran el lenguaje mundano del amor; pero se doblegan

estremeciéndose a la primera caricia de aquél a quien aman, como la adormidera de los bosques

bajo el ala de los vientos.

Acababa de confesar mi amor a María; ella me había animado a confesárselo, humillándose como

una esclava a recoger aquellas flores. Me repetí con deleite sus últimas palabras; su voz susurraba

aún en mi oído: «entonces, yo recogeré todos los días las flores más lindas».

Capítulo XII

La luna, que acababa de elevarse llena y grande bajo un cielo profundo sobre las crestas altísimas de

los montes, iluminaba las faldas selvosas, blanqueadas a trechos por las copas de los yarumos,

argentando las espumas de los torrentes y difundiendo su claridad melancólica hasta el fondo del

valle. Las plantas exhalaban sus más suaves y misteriosos aromas. Aquel silencio, interrumpido

solamente por el rumor del río, era más grato que nunca a mi alma.

Apoyado de codos sobre el marco de mi ventana, me imaginaba verla en medio de los rosales entre

los cuales la había sorprendido en aquella mañana primera: estaba allí recogiendo el ramo de

azucenas, sacrificando su orgullo a su amor. Era yo quien iba a turbar en adelante el sueño infantil

de su corazón: podría ya hablarle de mi amor, hacerla el objeto de mi vida. ¡Mañana! ¡mágica

palabra la noche en que se nos ha dicho que somos amados! Sus miradas, al encontrarse con las

mías, no tendrían ya nada que ocultarme; ella se embellecería para felicidad y orgullo mío.

Nunca las auroras de julio en el Cauca fueron tan bellas como María cuando se me presentó al día

siguiente, momentos después de salir del baño, la cabellera de carey sombreado suelta y a medio

rizar, las mejillas de color de rosa suavemente desvanecido, pero en algunos momentos avivado por

el rubor; y jugando en sus labios cariñosos aquella sonrisa castísima que revela en las mujeres como

María una felicidad que no les es posible ocultar. Sus miradas, ya más dulces que brillantes,

mostraban que su sueño no era tan apacible como había solido. Al acercármele noté en su frente una

contracción graciosa y apenas perceptible, especie de fingida severidad de que usó muchas veces

para conmigo cuando después de deslumbrarme con toda la luz de su belleza, imponía silencio a

mis labios, próximos a repetir lo que ella tanto sabía.

Era ya para mí una necesidad tenerla constantemente a mi lado; no perder un solo instante de su

existencia abandonada a mi amor; y dichoso con lo que poseía y ávido aún de dicha, traté de hacer

un paraíso de la casa paterna. Hablé a María y a mi hermana del deseo que habían manifestado de

hacer algunos estudios elementales bajo mi dirección: ellas volvieron a entusiasmarse con el

proyecto, y se decidió que desde ese mismo día se daría principio.

Convirtieron uno de los ángulos del salón en gabinete de estudio; desclavaron algunos mapas de mi

cuarto; desempolvaron el globo geográfico que en el escritorio de mi padre había permanecido hasta

entonces ignorado; fueron despejadas de adornos dos consolas para hacer de ellas mesas de estudio.

Mi madre sonreía al presenciar todo aquel desarreglo que nuestro proyecto aparejaba.

Nos reuníamos todos los días dos horas, durante las cuales les explicaba yo algún capítulo de

geografía, leíamos algo de historia universal, y las más veces muchas páginas del Genio del

cristianismo. Entonces pude valuar toda la inteligencia de María: mis frases quedaban grabadas

indeleblemente en su memoria, y su comprensión se adelantaba casi siempre con triunfo infantil a

mis explicaciones.

Emma había sorprendido el secreto y se complacía en nuestra inocente felicidad. ¿Cómo ocultarle

yo en aquellas frecuentes conferencias lo que en mi corazón pasaba? Ella debió de observar mi

mirada inmóvil sobre el rostro hechicero de su compañera mientras daba ésta una explicación

pedida. Había visto ella temblarle la mano a María si yo se la colocaba sobre algún punto buscado

inútilmente en el mapa. Y siempre que sentado cerca de la mesa, ellas en pie a uno y otro lado de mi

asiento, se inclinaba María para ver mejor algo que estaba en mi libro o en las cartas, su aliento,

rozando mis cabellos, sus trenzas, al rodar de sus hombros, turbaron mis explicaciones, y Emma

pudo verla enderezarse pudorosa.

En ocasiones, quehaceres domésticos llamaban la atención a mis discípulas, y mi hermana tomaba

siempre a su cargo ir a desempeñarlos para volver un rato después a reunírsenos. Entonces mi

corazón palpitaba fuertemente. María con la frente infantilmente grave y los labios casi risueños,

abandonaba a las mías alguna de sus manos aristocráticas sembradas de hoyuelos, hechas para

oprimir frentes como la de Byron; y su acento, sin dejar de tener aquella música que le era peculiar,

se hacía lento y profundo al pronunciar palabras suavemente articuladas que en vano probaría yo a

recordar hoy; porque no he vuelto a oírlas, porque pronunciadas por otros labios no son las mismas,

y escritas en estas páginas aparecerían sin sentido. Pertenecen a otro idioma, del cual hace muchos

años no viene a mi memoria ni una frase.

Capítulo XIII

Las páginas de Chateaubriand iban lentamente dando tintas a la imaginación de María. Tan cristiana

y llena de fe, se regocijaba al encontrar bellezas por ella presentidas en el culto católico. Su alma

tomaba de la paleta que yo le ofrecía los más preciosos colores para hermosearlo todo; y el fuego

poético, don del Cielo que hace admirables a los hombres que lo poseen y diviniza a las mujeres

que a su pesar lo revelan, daba a su semblante encantos desconocidos para mí hasta entonces en el

rostro humano. Los pensamientos del poeta, acogidos en el alma de aquella mujer tan seductora en

medio de su inocencia, volvían a mí como eco de una armonía lejana y conocida que torna a

conmover el corazón.

Una tarde, tarde como las de mi país, engalanada con nubes de color de violeta y lampos de oro

pálido, bella como María, bella y transitoria como fue ésta para mí, ella, mi hermana y yo, sentados

sobre la ancha piedra de la pendiente, desde donde veíamos a la derecha en la honda vega rodar las

corrientes bulliciosas del río, y teniendo a nuestros pies el valle majestuoso y callado, leía yo el

episodio de Atala, y las dos, admirables en su inmovilidad y abandono, oían brotar de mis labios

toda aquella melancolía aglomerada por el poeta para «hacer llorar al mundo». Mi hermana,

apoyado el brazo derecho en uno de mis hombros, la cabeza casi unida a la mía, seguía con los ojos

las líneas que yo iba leyendo. María, medio arrodillada cerca de mí, no separaba de mi rostro sus

miradas húmedas ya.

El sol se había ocultado cuando con voz alterada leí las últimas páginas del poema. La cabeza pálida

de Emma descansaba sobre mi hombro. María se ocultaba el rostro con entrambas manos. Luego

que leí aquella desgarradora despedida de Chactas sobre el sepulcro de su amada, despedida que

tantas veces ha arrancado un sollozo a mi pecho: «¡Duerme en paz en extranjera tierra, joven

desventurada! En recompensa de tu amor, de tu destierro y de tu muerte, quedas abandonada hasta

del mismo Chactas», María, dejando de oír mi voz, descubrió la faz, y por ella rodaban gruesas

lágrimas. Era tan bella como la creación del poeta, y yo la amaba con el amor que él imaginó. Nos

dirigimos en silencio y lentamente hasta la casa. ¡Ay! mi alma y la de María no sólo estaban

conmovidas por aquella lectura, estaban abrumadas por el presentimiento.

Capítulo XIV

Pasados tres días, al bajar una tarde de la montaña, me pareció notar algún sobresalto en los

semblantes de los criados con quienes tropecé en los corredores interiores. Mi hermana me refirió

que María había sufrido un ataque nervioso; y al agregar que estaba aún sin sentido, procuró calmar

cuanto le fue posible mi dolorosa ansiedad.

Olvidado de toda precaución, entré a la alcoba donde estaba María, y dominando el frenesí que me

hubiera hecho estrecharla contra mi corazón para volverla a la vida, me acerqué desconcertado a su

lecho. A los pies de éste se hallaba sentado mi padre: fijó en mí una de sus miradas intensas, y

volviéndola después sobre María, parecía quererme hacer una reconvención al mostrármela. Mi

madre estaba allí; pero no levantó la vista para buscarme, porque, sabedora de mi amor, me

compadecía como sabe compadecer una buena madre en la mujer amada por su hijo, a su hijo

mismo.

Permanecí inmóvil contemplándola, sin atreverme a averiguar cuál era su mal. Estaba como

dormida: su rostro, cubierto de palidez mortal, se veía medio oculto por la cabellera descompuesta,

en la cual se descubrían estrujadas las flores que yo le había dado en la mañana: la frente contraída

revelaba un padecimiento insoportable, y un ligero sudor le humedecía las sienes: de los ojos

cerrados habían tratado de brotar lágrimas que brillaban detenidas en las pestañas.

Comprendiendo mi padre todo mi sufrimiento, se puso en pie para retirarse; mas antes de salir, se

acercó al lecho, y tomando el pulso a María, dijo:

-Todo ha pasado. ¡Pobre niña! Es exactamente el mismo mal que padeció su madre.

El pecho de María se elevó lentamente como para formar un sollozo, y al volver a su natural estado,

exhaló sólo un suspiro. Salido que hubo mi padre, coloquéme a la cabecera del lecho, y

olvidándome de mi madre y de Emma, que permanecían silenciosas, tomé de sobre el almohadón

una de las manos de María, y la bañé en el torrente de mis lágrimas hasta entonces contenido.

Medía toda mi desgracia: era el mismo mal de su madre, que había muerto muy joven atacada de

una epilepsia incurable. Esta idea se adueñó de todo mi ser para quebrantarlo.

Sentí algún movimiento en esa mano inerte, a la que mi aliento no podía volver el calor. María

empezaba ya a respirar con más libertad, y sus labios parecían esforzarse en pronunciar alguna

palabra. Movió la cabeza de un lado a otro, cual si tratara de deshacerse de un peso abrumador.

Pasado un momento de reposo, balbució palabras ininteligibles, pero al fin se percibió entre ellas

claramente mi nombre. En pie yo, devorándola mis miradas, tal vez oprimí demasiado entre mis

manos las suyas, quizá mis labios la llamaron. Abrió lentamente los ojos, como heridos por una luz

intensa, y los fijó en mí, haciendo esfuerzo para reconocerme. Medio incorporándose un instante

después, «¿qué es?», me dijo apartándome; «¿qué me ha sucedido?», continuó, dirigiéndose a mi

madre. Tratamos de tranquilizarla, y con un acento en que había algo de reconvención, que por

entonces no pude explicarme, agregó: «¿ya ves? yo lo temía».

Quedó, después del acceso, adolorida y profundamente triste. Volví por la noche a verla, cuando la

etiqueta establecida en tales casos por mi padre lo permitió. Al despedirme de ella, reteniéndome un

instante la mano, «hasta mañana», me dijo, y acentuó esta última palabra como solía hacerlo

siempre que interrumpida nuestra conversación en alguna velada, quedaba deseando el día siguiente

para que la concluyésemos.

Capítulo XV

Cuando salí al corredor que conducía a mi cuarto, un cierzo impetuoso columpiaba los sauces del

patio; y al acercarme al huerto, lo oí rasgarse en los sotos de naranjos, de donde se lanzaban las aves

asustadas. Relámpagos débiles, semejantes al reflejo instantáneo de un broquel herido por el

resplandor de una hoguera, parecían querer iluminar el fondo tenebroso del valle.

Recostado en una de las columnas del corredor, sin sentir la lluvia que me azotaba las sienes,

pensaba en la enfermedad de María, sobre la cual había pronunciado mi padre tan terribles palabras.

¡Mis ojos querían volver a verla como en las noches silenciosas y serenas que acaso no volverían ya

más!

No sé cuánto tiempo había pasado, cuando algo como el ala vibrante de un ave vino a rozar mi

frente. Miré hacia los bosques inmediatos para seguirla: era un ave negra.

Mi cuarto estaba frío; las rosas de la ventana temblaban como si se temiesen abandonadas a los

rigores del tempestuoso viento: el florero contenía ya marchitos y desmayados los lirios que en la

mañana había colocado en él María. En esto una ráfaga apagó de súbito la lámpara; y un trueno dejó

oír por largo rato su creciente retumbo, como si fuese el de un carro gigante despeñado de las

cumbres rocallosas de la sierra.

En medio de aquella naturaleza sollozante, mi alma tenía una triste serenidad.

Acababa de dar las doce el reloj del salón. Sentí pasos cerca de mi puerta y muy luego la voz de mi

padre que me llamaba. «Levántate», me dijo tan pronto como le respondí; «María sigue mal».

El acceso había repetido. Después de un cuarto de hora hallábame apercibido para marchar. Mi

padre me hacía las últimas indicaciones sobre los síntomas de la enfermedad, mientras el negrito

Juan Ángel aquietaba mi caballo retinto, impaciente y asustadizo. Monté; sus cascos herrados

crujieron sobre el empedrado, y un instante después bajaba yo hacia las llanuras del valle buscando

el sendero a la luz de algunos relámpagos lívidos. Iba en solicitud del doctor Mayn, que pasaba a la

sazón una temporada de campo a tres leguas de nuestra hacienda.

La imagen de María tal como la había visto en el lecho aquella tarde, al decirme ese «hasta

mañana», que tal vez no llegaría, iba conmigo, y avivando mi impaciencia me hacía medir

incesantemente la distancia que me separaba del término del viaje; impaciencia que la velocidad del

caballo no era bastante a moderar,

Las llanuras empezaban a desaparecer, huyendo en sentido contrario a mi carrera, semejantes a

mantos inmensos arrollados por el huracán. Los bosques que más cercanos creía, parecían alejarse

cuanto avanzaba hacia ellos. Sólo algún gemido del viento entre los higuerones y chiminangos

sombríos, sólo el resuello fatigoso del caballo y el choque de sus cascos en los pedernales que

chispeaban, interrumpían el silencio de la noche.

Algunas cabañas de Santa Elena quedaron a mi derecha, y poco después dejé de oír los ladridos de

sus perros. Vacadas dormidas sobre el camino empezaban a hacerme moderar el paso.

La hermosa casa de los señores de M***, con su capilla blanca y sus bosques de ceibas, se divisaba

en lejanía a los primeros rayos de la luna naciente, cual castillo cuyas torres y techumbres hubiese

desmoronado el tiempo.

El Amaime bajaba crecido con las lluvias de la noche, y su estruendo me lo anunció mucho antes de

que llegase yo a la orilla. A la luz de la luna, que atravesando los follajes de las riberas iba a platear

las ondas, pude ver cuánto había aumentado su raudal. Pero no era posible esperar: había hecho dos

leguas en una hora, y aún era poco. Puse las espuelas en los ijares del caballo, que con las orejas

tendidas hacia el fondo del río y resoplando sordamente, parecía calcular la impetuosidad de las

aguas que se azotaban a sus pies: sumergió en ellas las manos, y como sobrecogido por un terror

invencible, retrocedió veloz girando sobre las patas. Le acaricié el cuello y las crines humedecidas y

lo aguijoneé de nuevo para que se lanzase al río; entonces levantó las manos impacientado, pidiendo

al mismo tiempo toda la rienda, que le abandoné, temeroso de haber errado el botadero de las

crecientes. Él subió por la ribera unas veinte varas, tomando la ladera de un peñasco; acercó la nariz

a las espumas, y levantándola en seguida, se precipitó en la corriente. El agua lo cubrió casi todo,

llegándome hasta las rodillas. Las olas se encresparon poco después alrededor de mi cintura. Con

una mano le palmeaba el cuello al animal, única parte visible ya de su cuerpo, mientras con la otra

trataba de hacerle describir más curva hacia arriba la línea de corte, porque de otro modo, perdida la

parte baja de la ladera, era inaccesible por su altura y la fuerza de las aguas, que columpiaban

guaduales desgajados. Había pasado el peligro. Me apeé para examinar las cinchas, de las cuales se

había reventado una. El noble bruto se sacudió, y un instante después continué la marcha.

Luego que anduve un cuarto de legua, atravesé las ondas del Nima, humildes, diáfanas y tersas, que

rodaban iluminadas hasta perderse en las sombras de bosques silenciosos. Dejé a la izquierda la

pampa de Santa R., cuya casa, en medio de arboledas de ceibas y bajo el grupo de palmeras que

elevan los follajes sobre su techo, semeja en las noches de luna la tienda de un rey oriental colgada

de los árboles de un oasis.

Eran las dos de la madrugada cuando, después de atravesar la villa de P***, me desmonté a la

puerta de la casa en que vivía el médico.

Capítulo XVI

En la tarde del mismo día se despidió de nosotros el doctor, después de dejar casi completamente

restablecida a María y de haberle prescrito un régimen para evitar la repetición del acceso, y

prometió visitar a la enferma con frecuencia. Yo sentía un alivio indecible al oírle asegurar que no

había peligro alguno, y por él, doble cariño del que hasta entonces le había profesado, solamente

porque tan pronta reposición pronosticaba a María. Entré a la habitación de ésta, luego que el

médico y mi padre, que iba a acompañarlo en una legua de camino, se pusieron en marcha. Estaba

acabando de trenzarse los cabellos, viéndose en un espejo que mi hermana sostenía sobre los

almohadones. Apartando ruborizada el mueble, me dijo:

-Éstas no son ocupaciones de enferma, ¿no es verdad? pero ya estoy buena. Espero no volver a

ocasionarte un viaje tan peligroso como el de anoche.

-En ese viaje no ha habido peligros -le respondí.

-¡El río, sí, el río! yo pensé en eso y en tantas cosas que podían sucederte por causa mía.

-¿Un viaje de tres leguas? ¿Esto llamas...?

-Ese viaje en que has podido ahogarte, según refirió aquí el doctor, tan sorprendido, que aún no me

había pulsado y ya hablaba de eso. Tú y él al regreso habéis tenido que aguardar dos horas para que

bajase el río.

-El doctor a caballo es una maula; y su mula pacienzuda no es lo mismo que un buen caballo.

-El hombre que vive en la casita del paso -me interrumpió María-, al reconocer esta mañana tu

caballo negro, se admiró no se hubiese ahogado el jinete que anoche se botó al río a tiempo que él le

gritaba que no había vado. ¡Ay! no, no; yo no quiero volver a enfermarme. ¿No te ha dicho el doctor

que no tendré ya novedad?

-Sí -le respondí-; y me ha prometido no dejar pasar dos días seguidos en estos quince sin venir a

verte.

-Entonces no tendrás que hacer otro viaje de noche. ¿Qué habría hecho yo si...

-Me habrías llorado mucho ¿no es verdad? -repliqué sonriéndome.

Miróme por algunos momentos, y yo agregué:

-¿Puedo acaso estar cierto de morir en cualquier tiempo convencido de...

-¿De qué?

Y adivinando lo demás en mi mirada:

-¡Siempre, siempre! -añadió casi en secreto, aparentando examinar los hermosos encajes de los

almohadones.

-Y yo tengo cosas muy tristes que decirte -continuó después de unos momentos de silencio-; tan

tristes, que son la causa de mi enfermedad. Tú estabas en la montaña... Mamá lo sabe todo; y yo oí

que papá le decía a ella que mi madre había muerto de un mal cuyo nombre no alcancé a oír; que tú

estabas destinado a hacer una bella carrera; y que yo... ¡ah! yo no sé si es cierto lo que oí... será que

no merezco que seas como eres conmigo.

De sus ojos velados rodaron a sus mejillas pálidas, lágrimas que se apresuró a enjugar.

-No digas eso, María, no lo pienses -le dije-; no; yo te lo suplico.

-Pero si yo lo he oído, y después fue cuando no supe de mí... ¿Por qué, entonces?

-Mira, yo te ruego... yo... ¿Quieres permitirme te mande que no hables más de eso?

Había dejado ella caer la frente sobre el brazo en que se apoyaba y cuya mano estrechaba yo entre

las mías, cuando oí en la pieza inmediata el ruido de los ropajes de Emma, que se acercaba.

Aquella noche a la hora de la cena estábamos en el comedor mis hermanas y yo esperando a mis

padres, que tardaban más tiempo del acostumbrado. Por último se les oyó hablar en el salón como

dando fin a una conversación importante. La noble fisonomía de mi padre mostraba, en la ligera

contracción de las extremidades de sus labios y en la pequeña arruga que por enmedio de las cejas

le surcaba la frente, que acababa de sostener una lucha moral que lo había alterado. Mi madre

estaba pálida, pero sin hacer el menor esfuerzo para mostrarse tranquila, me dijo al sentarse a la

mesa:

-No me había acordado de decirte que José estuvo esta mañana a vernos y a convidarte para una

cacería; mas cuando supo la novedad ocurrida, prometió volver mañana muy temprano. ¿Sabes tú si

es cierto que se casa una de sus hijas?

-Tratará de consultarte su proyecto -observó distraídamente mi padre.

-Se trata probablemente de una cacería de osos -le respondí.

-¿De osos? ¡Qué! ¿cazas tú osos?

-Sí, señor; es una cacería divertida que he hecho con él algunas veces.

-En mi país -repuso mi padre- te tendrían por un bárbaro o por un héroe.

-Y sin embargo, esa clase de partidas es menos peligrosa que la de venados, que se hace todos los

días y en todas partes; pues aquélla en lugar de exigir de los cazadores el que tiren a derrumbarse

desatentados por entre breñas y cascadas, necesita solamente un poco de agilidad y puntería certera.

Mi padre, sin dejar ver ya en el semblante el ceño que antes tenía, habló de la manera cómo se

cazan ciervos en Jamaica y de lo aficionados que habían sido sus parientes a esa clase de

pasatiempo, distinguiéndose entre ellos, por su tenacidad, destreza y entusiasmo, Salomón, de quien

nos refirió, riendo ya, algunas anécdotas.

Al levantarnos de la mesa, se acercó a mí para decirme:

-Tu madre y yo tenemos que hablar algo contigo; ven luego a mi cuarto.

A tiempo que entraba a él, mi padre escribía dando la espalda a mi madre, que se hallaba en la parte

menos alumbrada de la habitación, sentada en la butaca que ocupaba siempre que se detenía allí.

-Siéntate -me dijo él, dejando por un momento de escribir y mirándome por encima de los

espejuelos, que eran de vidrios blancos y fino engaste de oro.

Pasados algunos minutos, habiendo colocado cuidadosamente en su lugar el libro de cuentas en que

estaba escribiendo, acercó un asiento al que yo ocupaba, y en voz baja habló así:

-He querido que tu madre presencie esta conversación, porque se trata de un asunto grave sobre el

cual tiene ella la misma opinión que yo.

Dirigióse a la puerta para entornarla y botar el cigarro que estaba fumando, y continuó de esta

manera:

-Hace ya tres meses que estás con nosotros, y solamente pasados dos más podrá el señor A***

emprender su viaje a Europa, y con él es con quien debes irte. Esa demora, hasta cierto punto, nada

significa, tanto porque es muy grato para nosotros tenerte a nuestro lado después de seis años de

ausencia a que han de seguir otros, como porque observo con placer que aun aquí, es el estudio uno

de tus goces predilectos. No puedo ocultarte, ni debo hacerlo, que he concebido grandes esperanzas,

por tu carácter y aptitudes, de que coronarás lucidamente la carrera que vas a seguir. No ignoras que

pronto la familia necesitará de tu apoyo, con mayor razón después de la muerte de tu hermano.

Luego, haciendo una pausa, prosiguió:

-Hay algo en tu conducta que es preciso decirte no está bien: tú no tienes más que veinte años, y a

esa edad un amor fomentado inconsideradamente podría hacer ilusorias todas las esperanzas de que

acabo de hablarte. Tú amas a María, y hace muchos días que lo sé, como es natural. María es casi

mi hija, y yo no tendría nada que observar, si tu edad y posición nos permitieran pensar en un

matrimonio; pero no lo permiten, y María es muy joven. No son únicamente éstos los obstáculos

que se presentan; hay uno quizá insuperable, y es de mi deber hablarte de él. María puede arrastrarte

y arrastrarnos contigo a una desgracia lamentable de que está amenazada. El doctor Mayn se atreve

casi a asegurar que ella morirá joven del mismo mal a que sucumbió su madre: lo que sufrió ayer es

un síncope epiléptico, que tomando incremento en cada acceso, terminará por una epilepsia del peor

carácter conocido: eso dice el doctor. Responde tú ahora, meditando mucho lo que vas a decir, a una

sola pregunta; responde como hombre racional y caballero que eres; y que no sea lo que contestes

dictado por una exaltación extraña a tu carácter, tratándose de tu porvenir y el de los tuyos. Sabes la

opinión del médico, opinión que merece respeto por ser Mayn quien la da; te es conocida la suerte

de la esposa de Salomón: ¿si nosotros consintiéramos en ello, te casarías hoy con María?

-Sí, señor -le respondí.

-¿Lo arrostrarías todo?

-¡Todo, todo!

-Creo que no solamente hablo con un hijo sino con el caballero que en ti he tratado de formar.

Mi madre ocultó en ese momento el rostro en el pañuelo. Mi padre, enternecido tal vez por esas

lágrimas y acaso también por la resolución que en mí encontraba, conociendo que la voz iba a

faltarle, dejó por unos instantes de hablar.

-Pues bien -continuó-; puesto que esa noble resolución te anima, sí convendrás conmigo en que

antes de cinco años no podrás ser esposo de María. No soy yo quien debe decirte que ella, después

de haberte amado desde niña, te ama hoy de tal manera, que emociones intensas, nuevas para ella,

son las que según Mayn, han hecho aparecer los síntomas de la enfermedad: es decir que tu amor y

el suyo necesitan precauciones, y que en adelante exijo me prometas, para tu bien, puesto que tanto

así la amas, y para bien de ella, que seguirás los consejos del doctor, dados por si llegaba este caso.

Nada le debes prometer a María, pues que la promesa de ser su esposo una vez cumplido el plazo

que he señalado, haría vuestro trato más íntimo, que es precisamente lo que se trata de evitar.

Inútiles son para ti más explicaciones: siguiendo esa conducta, puedes salvar a María; puedes

evitarnos la desgracia de perderla.

-En recompensa de todo lo que te concedemos -dijo volviéndose a mi madre-, debes prometerme lo

siguiente: no hablar a María del peligro que la amenaza, ni revelarle nada de lo que esta noche ha

pasado entre nosotros. Debes saber también mi opinión sobre tu matrimonio con ella, si su

enfermedad persistiere después de tu regreso a este país... pues vamos pronto a separarnos por

algunos años: como padre tuyo y de María, no sería de mi aprobación ese enlace. Al expresar esta

resolución irrevocable, no es por demás hacerte saber que Salomón, en los tres últimos años de su

vida, consiguió formar un capital de alguna consideración, el cual está en mi poder destinado a

servir de dote a su hija. Mas si ella muere antes de casarse, debe pasar aquél a manos de su abuela

materna, que está en Kingston.

Mi padre se paseó algunos momentos por el cuarto. Creyendo yo concluida nuestra conferencia, me

puse en pie para retirarme; pero él, volviendo a ocupar su asiento e indicándome el mío, reanudó su

discurso así.

-Hace cuatro días que recibí una carta del señor de M*** pidiéndome la mano de María para su hijo

Carlos.

No pude ocultar la sorpresa que me causaron estas palabras. Mi padre se sonrió imperceptiblemente

antes de agregar:

-El señor de M*** da quince días de término para aceptar o no su propuesta, durante los cuales

vendrán a hacernos una visita que antes me tenían prometida. Todo te será fácil después de lo

pactado entre nosotros.

-Buenas noches, pues -dijo poniéndome afectuosamente la mano sobre el hombro-: que seas muy

feliz en tu cacería; yo necesito la piel del oso que mates para ponerla a los pies de mi catre.

-Está bien -le respondí.

Mi madre me tendió la mano, y reteniendo la mía, me dijo:

-Te esperamos temprano; ¡cuidado con esos animales!

Tantas emociones se habían sucedido agitándome en las últimas horas, que apenas podía darme

cuenta de cada una de ellas, y me era imposible hacerme cargo de mi extraña y difícil situación.

¡María amenazada de muerte; prometida así por recompensa a mi amor, mediante una ausencia

terrible; prometida con la condición de amarla menos; yo obligado a moderar tan poderoso amor,

amor adueñado para siempre de todo mi ser, so pena de verla desaparecer de la tierra como una de

las beldades fugitivas de mis ensueños, y teniendo que aparecer en adelante ingrato e insensible tal

vez a sus ojos, sólo por una conducta que la necesidad y la razón me obligaban a adoptar! Ya no

podría yo volver a oírle aquellas confidencias hechas con voz conmovida; mis labios no podrían

tocar ni siquiera el extremo de una de sus trenzas. Mía o de la muerte, entre la muerte y yo, un paso

más para acercarme a ella, sería perderla; y dejarla llorar en abandono, era un suplicio superior a

mis fuerzas.

¡Corazón cobarde! no fuiste capaz de dejarte consumir por aquel fuego que mal escondido podía