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Mariham de Magdala, una rosa de pétalos negros por Miguel Cruz - muestra HTML

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Mariham de Magdala, una

rosa de pétalos negros

Un relato basado en textos

del Nuevo Testamento

de

Miguel Cruz

1

El amor y el perdón forman parte del mismo misterio.

2

EL MILAGRO QUE PIDIÓ EL CENTURIÓN

“Al entrar Jesús en Cafarnaúm, un centurión se le acercó rogándole:

- “Señor, tengo en casa un criado paralítico que está en cama y sufre mucho”.

Jesús le contestó:

- “Voy yo a curarlo”.

Pero el centurión le replicó:

- “Señor, no soy quién para que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes y le digo a uno “Ve”, y va; a otro “Ven”, y viene; a mi criado “Haz esto”, y lo hace”.

Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían:

- ”Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe. Os digo que vendrá muchos de oriente y occidente y se sentarán a la mesa del banquete con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos.

Y al centurión le dijo:

- ”Vuelve a casa, que se cumpla lo que has creído”.

Y en aquel momento se puso bueno el criado.”

(Mateo, 8, 5 – 10 y 13)

3

P R Ó L O G O

Siempre me parecieron enigmáticas las palabras de aquel centurión, un soldado romano acostumbrado a mandar y a dominar, y que, sin embargo, no tiene reparo alguno en humillarse ante Jesús para pedirle un milagro, y no para él, sino para uno de sus criados que está enfermo, paralítico, y que yace en cama, incapacitado. ¡Qué fervor y qué conmovedora convicción la de aquel pagano!

¿Qué buscaba el centurión al rogar el milagro de la curación? ¿Tener un sirviente más a quien pudiera mandar y que le sirviera? No, en absoluto. Los sirvientes no válidos eran sustituidos sin miramiento por otros útiles.

¿Por qué un pagano desafía la deidad del omnipotente César al acercarse a Jesús, tildado de revoltoso e incómodo, pidiendo un milagro? ¿Tanto valía aquel pobre sirviente?

El centurión se arriesga y suplica con vehemencia, convencido de que su petición será oída y, en efecto, Jesús se conmueve ante su fervor y le contesta que va a su casa a curar al criado, pero se encuentra con una inesperada réplica: “No soy quién para que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra.”

Y en ese momento, el criado quedó sano.

¿Cómo obtuvo la revelación el soldado pagano de que Jesús era Dios y que nadie más que Él podía hacer el milagro de devolverle la movilidad a su criado?

Sólo un acto de amor al prójimo es capaz de saltar tantas barreras: la disciplina militar, la obediencia al César y la creencia en su deidad no eran propias de un soldado pagano, de ahí que su proceder sea enigmático y que las palabras que dirige a Jesús sean una confesión de que, a pesar de su apariencia, algo había cambiando en su interior cuando vio a Jesús por primera vez.

¿Cómo intuyó el centurión pagano que el amor de Jesús es infinito y que lo prodiga por igual, sin reparar en creencias, clases, estatus, categorías, géneros, razas…?

¡Qué ajeno estaba el centurión que su respuesta trascendería los siglos para convertirse en uno de los ritos más hermosos y conmovedores de la liturgia de la Eucaristía, después de la consagración!

∗∗∗ 0 ∗∗∗

4

Durante siglos, el nombre de María Magdalena estuvo asociado al pecado y se identificó como una endemoniada, una adúltera y una prostituta, pasando a ser un personaje secundario en la tradición evangélica, a pesar de que fue testigo viviente, entre otros, de dos pasajes cruciales de la vida de Jesús: el de su muerte y el de su resurrección.

Pareciera que el hombre se opusiera a que el inmenso amor de Jesús y su infinita misericordia alcanzaran a Magdalena, pese a que jamás discriminó su perdón por razones de sexo, clase o condición.

Menos mal que, aunque tarde, como casi siempre, la Iglesia católica rectificó y, en 1969, el papa Pablo VI retiró del calendario litúrgico el apelativo de

"penitente" adjudicado tradicionalmente a Magdalena. Igualmente, y desde esa fecha, dejó de emplearse en la liturgia de la festividad de María Magdalena la lectura del evangelio de Lucas (Lc 7, 36 - 50) acerca de la mujer pecadora. A partir de entonces, la Iglesia católica ha dejado de considerar a María Magdalena una prostituta arrepentida y, sin embargo, esa es la visión que continúa estando enraizada en muchos católicos que aún la consideran una rosa de pétalos negros.

No se trata de una biografía de María Magdalena, sino de recoger en este breve relato novelado una miscelánea de los hechos de Jesús en los que ella estuvo presente y que, con sus palabras, da testimonio del infinito amor de Dios y de su inmenso perdón sin condiciones.

Miguel Cruz

5

Mariham de Magdala, una rosa de pétalos negros Era una noche maravillosamente estrellada. En cuclillas, y sobre una duna, un viejo beduino contemplaba fascinado la inmensidad del firmamento. Una oleada de íntima satisfacción invadía sus facciones y en su mirada se veía su complacencia cuando, en la quietud de la noche, descubría que cada estrella estaba en su sitio y se admiraba de la memoria del Creador que nunca se equivocaba. No era viejo sólo por edad, sino por sabiduría y experiencia.

De pronto, su reposada contemplación se vio turbada por el ruido de unas repentinas pisadas.

- ¿Quién va? – exclamó llamando la atención de quien caminaba en la noche y parecía perdido.

El caminante, sorprendido y desorientado, no supo de dónde venía aquella voz. Paró sus pasos y agudizó el oído. Esperó un rato y, como nada averiguó, supuso que se trataría de una de las frecuentes alucinaciones que se producen en el desierto, lo mismo en la quietud de la noche que en la soledad del día, y decidió seguir caminando.

El viejo beduino, cuyo oído, acostumbrado al silencio y al sosiego de su entorno, era capaz de escuchar los pasos de una hormiga sobre la arena, en cuanto el caminante hubo reanudado la marcha, gritó de nuevo:

- ¿Quién va?

Preso de una súbita agitación, el caminante detuvo su marcha, miró a su alrededor y escudriñó con inquietud, pero sólo encontró su propia sombra proyectada por la luz de las estrellas. Dio unos pasos más con el ánimo de provocar la voz que se dirigía a él y poner todos sus sentidos para averiguar su procedencia.

- ¿Quién va? – escuchó de nuevo, pero la voz era más potente y, a la vez, amable.

Su intuición había dado resultado. La voz no era muy lejana y el tono afable le ayudó a calmar su aprensión. Era la respuesta que el caminante esperaba y resolvió darse a conocer para dar término a la confusa situación.

6

- Soy Úrsulo - manifestó con fuerte voz hacia donde creyó que venía la que lo interrogaba.

- Y, ¿qué hace un romano caminando por el desierto de noche y sin escolta? – preguntó con extrañeza la voz del beduino.

- ¡No soy romano, que soy judío! – rechazó el caminante con sinceridad.

- Sigue recto desde donde estás y acércate – invitó el beduino.

Úrsulo obedeció y encontró a quien creyó que veía en la noche con la misma claridad que de día.

- No temas, caminante. Soy Adriel, un anciano acostumbrado a la paz de la noche y mis oídos y mis ojos parece que no han seguido el deterioro de mi cuerpo. Ven y siéntate a mi lado.

- ¡Qué la paz de Dios sea contigo, hermano! – saludó el caminante.

- ¡Y qué a ti no te abandone nunca, viajero! – contestó el beduino.

Adriel invitó al recién llegado a que se sentara a su lado y se uniera a él en la contemplación de aquella maravillosa oscuridad salpicada de miles y miles de puntos brillantes, uno de los muchos prodigios de la creación que Dios nos dejó como paternal regalo para recuerdo de su suprema grandeza.

- Se parece a un inmenso manto de una viuda bordado con gotas de rocío – apreció el recién llegado, absorto en la contemplación.

- Las noches las despilfarra el hombre dedicándose a dormir en lugar de descubrir en ellas la generosidad de Dios, pero, dime, ¿cómo es que te llamas Úrsulo y dices que no eres romano? ¿Puedes aclarármelo, viajero?

El recién llegado dudó un instante antes de hablar, pero la calidez de la voz del beduino, la cordialidad con la que fue acogido y el hecho de estar en medio de la nada y sin nadie más a su alrededor, le hicieron confiar.

- Dices que eres viejo, Adriel, pero yo creo que no es por edad, sino por conocimientos y experiencia, y no desatino al juzgar que tu sabiduría te la ha proporcionado tu prudencia a lo largo de los años. Me fío de ti y te contaré:

7

Yo era servidor de un centurión romano que, cuando me tomó a su servicio, sus otros criados, para mofarse de mí, me cambiaron mi nombre y me llamaron Úrsulo, pero mis padres me impusieron el nombre de Esdras – empezó por aclarar.

Como sabes, Úrsulo era un forzudo gigante romano de los coliseos que no tenía adversarios en la lucha y yo, como habrás reparado, soy flaco y alfeñique, pero te aseguro que soy leal, honrado y buen servidor.

- ¿Quién era aquel centurión? ¿Eres un hombre libre? No es frecuente que un romano otorgue la libertad a sus esclavos. Normalmente, cuando a los romanos ya no les sirven sus criados, se deshacen de ellos y los sustituyen por otros, ¿qué tienes tú de especial, Esdras?

- Antes de responderte, buen Adriel, he de decirte el motivo por el que emprendí este viaje hace años, y no lo daré por concluido y seguiré viajando hasta que logre encontrar lo que busco.

- ¡Muy importante y valioso debe ser lo que buscas para dedicar tu vida y años viajando para encontrarlo! – observó Adriel con admiración.

- Sí, muy importante y, tú lo has dicho: dedico mi vida a mi empeño.

- Bien, Esdras, te escucho.

- Busco a una mujer.

- ¿No te parece que ya eres algo añejo para buscar una mujer por ti mismo? Deberías acudir a una alcahueta para que te la proporcione –

sugirió con ironía.

Pero, enseguida, recapacitó y clavando su penetrante mirada en la del recién llegado, le espetó:

- Pero, ¿qué digo? ¡Un hombre de tu edad no se pone en viaje y se arriesga a caminar de noche por el desierto, donde abundan ladrones y serpientes, para buscar a una mujer! ¿A quién buscas, Adriel? ¿A qué mujer esperas encontrar? – inquirió con cierta exigencia, como si el viajero esperara encontrar un valioso tesoro y temiera compartirlo.

- A Mariham de Magdala – confesó.

8

Adriel se sobresaltó ante la inesperada respuesta y, visiblemente alterado, acertó a preguntar:

- ¿Para qué, Esdras?

- Para que me cuente cómo me curó Jesús sin que tuviera necesidad de verme, sólo escuchando la súplica de mi amo, el centurión del que te he hablado.

Adriel iba del sobresalto al asombro sin tiempo de reponerse.

- ¿Eres tú, acaso, aquel criado paralítico que sanó Jesús viendo la fe que había en las palabras de tu amo y cuando el Rabboní le dijo que lo llevara a su casa, el centurión respondió que él no era digno de que entrara en su vivienda? – preguntó a modo de afirmación.

- Sí, yo soy, Adriel. La historia me la contó mi amo cuando llegó a su casa y me vio de pie, sano, dispuesto a servirle. También me la refirieron los seguidores de Jesús después de mi curación y me dijeron que lo acompañaba una mujer, nacida en Magdala. Desde entonces la busco para que me hable de Jesús.

- ¿Qué ocurrió para que tu amo te diera la libertad? – indagó Adriel.

- Mi amo había salido. Yo permanecía tumbado en mi jergón cuando, de pronto, sentí una tremenda sacudida, parecida a un terrible terremoto, y un profundo sopor se apoderó de mí, absorbiendo las pocas fuerzas que aún me quedaban, sin posibilidad de abrir ni siquiera los párpados.

Me dejé ir, porque no había en mí fuerza para resistencia alguna, y cuando el temblor pasó, sentí dentro de mí una extraña energía que me dominaba y que me impelía a incorporarme, venciendo todas las dificultades. Ante mi propio pasmo, abandoné el jergón con la misma agilidad y prontitud que los otros criados y me fui hacia la puerta de la casa a esperar a mi amo.

- ¿Qué pasó, Esdras, cuando llegó el centurión? – aumentaba el interés de Adriel parejo a su sorpresa.

- Al verme en la lejanía, apresuró sus pasos y, corriendo, se plantó delante de mí. En sus ojos vi brillar una extraña luz y me asombré porque su sonrisa de hombre rudo, acostumbrado a mandar tropas y a que le obedecieran sin rechistar, nunca antes había alcanzado tanta bondad. Mi amo me habló con voz suave, con la dulzura de un padre.

9

- “¿Eres tú, Úrsulo?” – me preguntó, pero en sus palabras no había duda, sino la certidumbre expresada en forma de afirmación retórica.

- “¡Sí, mi amo!” – respondí alborozado.

- “¡Alabado sea Jesús que su palabra se ha cumplido!” – exclamó abriendo los brazos y estrechándome entre ellos. Al contacto con su rostro, noté que lo tenía húmedo y nuestras lágrimas de alegría se fundieron en un solo llanto de júbilo.

- “¡Verdaderamente, Jesús es el hijo de Dios!” – confesó abiertamente.

- Cuando la emoción del reencuentro dio paso a la realidad, observé que el resto de los sirvientes nos miraban atónitos. Mi amo deshizo el abrazo, pero mantuvo su brazo derecho posado sobre mis hombros y, con un leve gesto, me invitó a pasar a su lado a la estancia principal.

Los criados nos abrieron paso y él les dijo que lo siguieran. Entramos en el aposento donde estaba dispuesta la mesa para él solo, pero, enseguida, ordenó que pusieran un plato más.

- “¿Para quién señor? ¿Esperas a alguien?” – dijo uno de los criados.

- “No espero a nadie, que quien se sentará a mi mesa y a mi lado, ya está aquí” – respondió sonriente, mirándome con cariño.

Los sirvientes se miraron entre sí, buscando la respuesta en sus miradas y, aún no repuestos de su desconcierto al verme de pie, andando, moviéndome, solícito y dispuesto, y tratado con deferencia por el amo, él les dijo:

- “Úrsulo ha sido elegido instrumento de Dios para que yo sea, desde hoy, un hombre nuevo. Se sentará a mi lado en mi mesa y será servido como si fuera mi hijo”.

- Yo me sentí incómodo, a la vez que contento por haber recobrado mi capacidad para andar, pero yo nunca tuve aspiración de ser más de lo que era, y así se lo hice ver a mi amo.

- “Mi amo, no merezco tal distinción. Si, como dices, Dios ha querido cargar con mi parálisis y tú te sientes un hombre nuevo, es porque también ha cargado con tus pecados y ésa es Su voluntad. Déjame seguir sirviéndote, amo” - le dije.

10

- “No, Úrsulo, ¡no! – protestó, pero yo insistí.

- “Amo, si no quieres que te sirva, déjame, al menos, que busque a Jesús para darle las gracias por mi curación.”

- “Eres libre de ir donde quieras, Úrsulo, pero te advierto que Jesús ya sabe que tú estás curado.”

- “¿Libre dices, mi amo?” – inquirí sorprendido.

- “Sí, lo mismo que todos vosotros” – afirmó refiriéndose a todos nosotros, sus sirvientes.

- “¿Dónde iremos, amo?” – dijo uno de los sirvientes -. “Siempre hemos estado contigo y no sabemos hacer otra cosa que servirte. ¡Déjanos, amo, que sigamos en tu casa!” – rogó con ímpetu.

- “Si así lo queréis, sea, pero como hombres libres” – concluyó.

- Yo permanecí por algún tiempo en la casa de mi amo. Él me lo pidió.

Me había convertido en su hombre de confianza y él tenía que cumplir una misión que le había encomendado el gobernador Poncio. Estando preparando mis cosas para emprender viaje en cuanto mi amo volviera, sentí una terrible punzada en el costado y me produjo tanto dolor que caí al suelo sin sentido, presa de un gran estertor que me impedía respirar.

Cuando me recuperé, no sabía cuánto tiempo había pasado y me encontré tumbado, en el suelo. No sentía ningún dolor, pero me estremecí al pensar que, de nuevo, había vuelto a mí la parálisis. El malestar había desaparecido y con el temor de que mis fuerzas no me obedecieran, empecé a mover los dedos de los pies, uno a uno, y me respondían. Luego, a mover las manos, a doblar las piernas y comprendí que había sufrido una convulsión sin saber el motivo y que estaba recuperado. Me incorporé y me fui hacia la puerta de la casa a esperar a mi patrón.

Mi amo regresó al poco y me asusté al ver su semblante demudado. Se diría que no era el mismo centurión fuerte y fornido que siempre conocí, ni tampoco el afable y cariñoso padre que me abrazó cuando me sentí curado. Mi dueño estaba pálido, sudoroso, sin brillo en la mirada, ausente. No me respondió cuando le pregunté qué le ocurría y creo que no me reconoció. Se fue a su estancia y se tumbó en el 11

jergón, sin quitarse el peto ni la túnica, con la espada ceñida, y así estuvo durante varios días. Sin hablar, sin comer, con la mirada perdida, lívido y agotado.

Por la ciudad de Jerusalén corrió la voz de que los romanos habían crucificado a Jesús en el monte Gólgota junto a dos ladrones. Empecé a comprender la tribulación de mi amo. Te mentiría, Adriel, si te ocultara que, por un momento, anidó en mi mente la duda de si mi amo participó en la ejecución, pues lo cierto es que era soldado y sujeto a obediencia del gobernador. ¡Y se había ausentado para cumplir una misión de Pilato!

Pero, después de mucho reflexionar, llegué a la conclusión de que era imposible que mi amo hubiera intervenido en la comisión de aquel horrible crimen. Era un sinsentido. Mi amo suplicó a Jesús mi curación y, por mucha obediencia que debiera al César y a Poncio, jamás tomaría parte del crimen. Si así hubiera sido, ¿podría llegar la maldad del hombre hasta ese punto?

De pronto, oí unos lamentos, unos quejidos. Mi amo deliraba:

- “¡Han matado a un inocente! ¡Han matado al hijo de Dios!”

- “Han matado”, decía, no “hemos matado”, y fueron las palabras que yo deseaba oír para no odiar a mi amo, aunque, te digo, Adriel, que nunca lo supe por su boca, porque se quedó sin habla, con los ojos desorbitados, marchito.

Me despedí de mi amo, sin esperar respuesta, que no podía dármela, y me puse en camino tras los lugares por donde anduvo Jesús. Cuando tuve la confirmación de que había sido crucificado, pregunté a los suyos por Mariham, pero ninguno supo decirme su paradero. Vagué por los caminos, pregunté a quien se cruzaba ante mí, viajé por extraños parajes, deambulé sin rumbo, pero una voz interior me decía que siguiera, que no desmayara y, en mi errático caminar, anoche me encontraste tú.

Conmovido, Adriel se levantó y, desde su altura, miró al viajero con la emoción proyectada en sus ojos.

- ¡Levántate, amigo, y permíteme que te abrace, porque tú eres prueba viviente de la grandeza de Jesús!

12

Esdras obedeció y ambos se fundieron en un abrazo capaz de disipar todo resto de recelo que aún pudiera quedar entre ellos.

- Yo soy quien sirve y ayuda a Mariham de Magdala en las tareas que se ha impuesto – confesó Adriel a su reciente amigo.

Esdras dio un respingo y sus ojos se abrieron hasta casi salirse de sus cuencas.

- Y, ¿puedes decirme dónde vive? – inquirió con ánimo Esdras.

- No sólo sé dónde vive, sino que, al amanecer, te llevaré a su casa.

Está cerca, pero ella está apartada del mundo y yo soy la única persona con quien tiene contacto. He de contarle tu historia para que te reciba, pero, por ahora, sigamos hablando bajo esta maravillosa noche en espera de que el nuevo día se anuncie.

Adriel, beduino por tradición familiar, también había sido testigo de muchos de los acontecimientos en los que intervino Jesús, pero a distancia, temeroso de ser confundido con alguno de sus discípulos y ser apresado por sus enemigos. Ahora, arrepentido de su cobardía, hacía penitencia cuidando y vigilando a Mariham, la mujer que estuvo tanto tiempo cerca de Jesús y que le transmitía sus enseñanzas.

En cuanto la negrura de la noche dejó paso al alba, Adriel y Esdras se levantaron, oraron dando gracias a Dios por el nuevo día y, asombrado, el viajero descubrió que el lugar donde habían pasado la noche era un oasis con palmeras y un pozo con agua. Comieron dátiles y saciaron la sed.

Esdras reparó en lo que la oscuridad de la noche le impidió ver y advirtió que el beduino Adriel tenía el rostro surcado por miles de arrugas que se arremolinaban en sus ojos y sienes cuando sonreía. Su blanca barba y su mirada serena inspiraban confianza. Sus facciones eran nobles e irradiaban la grandeza de un corazón en paz y su semblante denotaba serenidad.

Cubría su cabeza con un turbante blanco, del mismo color que el de su vestimenta talar. Su mirada era penetrante, pero limpia y cálida, no inquietaba, y sus gestos amables invitaban a la intimidad. Unas sandalias de piel de camello aislaban sus pies de las ardientes arenas del desierto que, por las noches, eran gélidas.

Con el cuerpo reanimado por la frugal colación, dirigieron sus pasos hacia la casa de Mariham que, como le había asegurado Adriel, no estaba lejos, al otro lado del oasis.

13

- Espérame aquí, Esdras. Voy a llevarle estos dátiles y agua y le hablaré de ti mientras ordeño sus ovejas. Los animales están acostumbrados a que sus ubres sean aliviadas a la misma hora y si no se hace, se secan.

Hemos de preparar la leche agria y queso.

Mariham, al ver por un ventanuco que se acercaba su buen amigo Adriel, saltó de contento y se apresuró a abrir la puerta. Le salió al paso y, cuando estuvo a su altura, abrió los brazos y le dio una calurosa bienvenida, como si hiciera mucho tiempo que no se vieran. El abrazo fue correspondido con igual afecto y, una vez separados, cada uno unió las yemas de sus dedos de las dos manos a la altura del corazón y, haciendo una respetuosa inclinación con la cabeza, se desearon la paz.

- He visto que alguien te acompañaba, Adriel, ¿de quién se trata? –

preguntó Mariham, agradecida por los presentes y degustando con fruición los deliciosos frutos recién cogidos de la palmera - . Me ha parecido que estaba inquieto, ¿desde cuándo lo conoces? Nunca me has hablado de él.

- Se trata de Esdras, un viajero que se extravió anoche y lo hice venir a donde yo estaba. Me dijo que buscaba a una mujer y bromeé con él hasta que me dijo a quién se refería. Hemos estado hablando toda la noche y me ha contado una historia impresionante que quiero que conozcas mientras nos ocupamos de las ovejas.

- Y, ¿a qué mujer busca? – inquirió con curiosidad.

- ¡A ti, Mariham!

- ¿A mí? Pero, ¿cómo sabe quién soy y dónde vivo? – preguntó inquieta.

- Sí, a ti, y yo lo he traído hasta aquí, pero, escucha la historia que me contó y, cuando lo hayas hecho, tú misma querrás verlo y hablar con él.

- Me pregunto, Adriel, que si tan sorprendente es su historia, ¿por qué no lo invitamos a entrar y que sea él mismo quien me la cuente? Me parece lo más juicioso, ¿no crees?

- Tienes razón, Mariham – concedió Adriel -, y considero que, mientras te la cuenta, yo me ocuparé de las ovejas.

Salió Adriel a la puerta, donde aguardaba Esdras, y lo hizo pasar.

14

- Ella es la mujer a quien buscas, Esdras. Yo tengo algunos trabajos que hacer. Cuéntale lo que me relataste anoche y que tanto me conmovió.

Os dejo solos.

Mariham, sonriente y cordial, le dio la bienvenida a Esdras, le deseó la paz y lo invitó a que se sentara en el jergón, frente a ella. La cara del recién llegado le era familiar y, obedeciendo a un impulso irrefrenable que le salía de su interior sin poder dominarlo, le dijo:

- “Lo que has recibido gratis, dalo también gratuitamente.”

- ¿Cómo dices, Mariham? ¿A qué te refieres? – se inquietó Esdras.

- Han salido de mí, pero no son mis palabras. Son las que te diría el Rabí si lo pudieras oír – dijo Mariham casi en un susurro.

- ¿Eres tú la mujer que todo el mundo conoce como María Magdalena? –

preguntó con la vehemencia de salir cuanto antes de dudas.

- Sí, yo soy, pero cuéntame lo que has referido a mi amigo Adriel. Te escucho.

Esdras relató con el detalle que su memoria retenía todo lo que sabía sobre su curación y cómo se produjo, añadiendo lo que otros le habían relatado y cómo decidió dedicar su vida a la búsqueda de Jesús y, al saber de su crucifixión, se prometió a sí mismo encontrar a la mujer que lo acompañaba y de la que la gente hablaba.

Mariham, como Adriel antes, quedó muy impresionada. Miró a su visitante, se acercó a él y tomó su cara entre sus manos besándoselas a continuación.

- ¡Tú has sido bendecido por la voluntad del Rabboní para que des testimonio de Él!

- Yo te he contado todo sobre mí, pero necesito saber si eres tú la mujer que estuvo siempre tan cerca del Rabboní.

- Lo soy, Esdras, ya te lo he dicho.

- Entonces, quiero conocer a Jesús a través de tus palabras. Cuéntame, te lo suplico, cuéntame todo, sin olvidar ningún detalle. No me cansaré de escucharte. Mi vida cambió el día que Jesús me curó y quiero saber hacia dónde se encamina.

15

Mariham cruzó las manos sobre su pecho, inclinó la cabeza y, en esa actitud orante, se mantuvo durante un buen rato, agradeciendo a Dios-Jesús haberle permitido ver curado al servidor paralítico del centurión, un testimonio más de su inmenso amor y del amor que infundió al romano por su criado, aún antes de verse.

Tras su agradecimiento, fijó su mirada en la de Esdras y se puso a ordenar los recuerdos que galopaban por su mente con alocada anarquía. Conseguido el propósito, sonriente, habló a Esdras:

- Empezaré diciéndote que Mariham es mi nombre y nací en la ciudad de Magdala que, en arameo, significa “Torre”, localidad situada en la orilla norte del lago Tiberiades, pero, en efecto, se me identifica en el Nuevo Testamento como María Magdalena .

Como observarás, soy mayor y vivo en este lugar, alejada del mundo y de la gente, en un extremo del oasis y al borde del desierto porque ahora me dedico a una vida de oración y penitencia, recordando y reviviendo en mi mente lo extraordinario que fue mi encuentro con Jesús y tratando de escribir los hechos que presencié y los que sus discípulos me contaron antes de que yo lo conociera.

Magdala era una población próspera que contaba con un importante centro de pesca durante el período romano y poseía una creciente industria para la salazón del pescado, producto muy apreciado y solicitado por el Imperio.

A pesar de su importancia económica, en la que la mayoría de sus ciudadanos gozaban de una situación acomodada, Magdala como ciudad no ha trascendido de manera relevante en el ministerio de Jesús y de mi localidad, no se conoce ningún otro de sus discípulos.

Yo era una mujer adinerada, cultivada y respetada, y, al decir de los hombres de mi localidad, en aquella época yo era hermosa y atractiva, toda una tentación en un mundo de varones, si no fuera porque en Magdala la mujer tenía en la sociedad el mismo rango que el hombre. Sin embargo, por su plena dedicación a la pesca, el hombre apenas si sabía leer y escribir, estando esta disciplina reservada a la mujer, quien se encargaba de la administración doméstica, de llevar las cuentas, separar el dinero para los impuestos, hacer la compra y ocuparse de los quehaceres del hogar.

De acuerdo con mi educación, yo era una mujer con inquietudes, ansiosa por conocer, por ampliar mis limitados horizontes. Conocía la Torah, cuya lectura, fuera de Magdala, estaba prohibida a las mujeres.

16

Pero no todas las mujeres judías podían decir lo mismo, pues la inmensa mayoría carecía de derechos, que se los atribuía el hombre desde que el mundo se hizo, una situación que me ofendía porque yo sabía más y era tan capaz como cualquiera de ellos.

Como Jesús predicaba por Galilea, a orillas del lago Tiberiades, pronto supe que un judío de Nazaret proclamaba el Evangelio de Dios y que su palabra atraía y seducía por la sencillez con la que explicaba las buenas nuevas. Quise conocerlo, verlo, hablar con él, cosa impropia de una mujer célibe, lo que me valió no pocas injurias y difamaciones que partieron, precisamente, de aquellos a quienes desdeñé sus pretensiones y, despechados, me adjudicaron hechos aviesos y malintencionados de cuya autoría yo era ajena.

Jesús, con su inagotable amor, pleno de paternalismo y tolerancia, indulgencia y comprensión, quiso tratar a las mujeres igual que al hombre y gustaba rodearse de ellas, instruirlas y conversar públicamente con ellas, lo que supuso un llamativo gesto que suscitó recelo entre los hombres, pero un aliciente más para que mi admiración por aquel hombre prodigioso fuera en aumento.

Existe gran confusión sobre mi persona en los hechos en los que Jesús quiso que yo fuera testigo de su vida, pero no será fácil para mí esclarecerla, porque no bastará que yo diga lo que realmente vi y viví, sino, además, que quienes también fueron testigos, den valor a mi palabra.

Se dijo de mí que yo era la mujer adúltera a la que Jesús salva de la lapidación, en un episodio ejemplarizante en el que escandalizó a los fariseos inculpadores porque perdonó los pecados de aquella pecadora.

Después de escuchar la acusación de quienes la perseguían para lapidarla, le pidieron a Jesús que la juzgara y la condenara, pero, para perplejidad de los denunciantes, dibujando un pez en la tierra, se dirigió a aquellos que estuvieren limpios de falta a que arrojaran la primera piedra.

- “¿Quién es ése que se atreve a perdonar los pecados?” - decían los que, dejando las piedras en el suelo, se retiraban avergonzados y dejaban en paz a la mujer, oyendo a sus espaldas la voz de Jesús que se dirigía a ella:

- “¿Dónde están tus acusadores? Vete, que tus pecados te han sido perdonados y no peques más.”

- También se me confunde con María de Betania, la hermana de Lázaro, a quien Jesús había resucitado de entre los muertos, mujer que, al ver que Jesús se aloja en su casa, deja los quehaceres domésticos en manos de 17

Marta, su hermana, para ungir con perfume los pies de Jesús y enjugarlos con sus cabellos, lo que escandalizó a Judas, que se ocupaba de llevar la administración para celebrar la Pascua.

Tampoco fui aquella otra mujer de nombre igual al mío y a quien Jesús hizo expulsar siete demonios que tenía en su cuerpo y que la incitaban a pecar.

- Entonces, ¿quién eres tú, Mariham de Magdala que todos te confunden con una de esas tres mujeres? – preguntó Esdras espoleado por la curiosidad.

- Ya te he dicho mi nombre, pero, sin ser ninguna de esas tres mujeres, soy las tres a la vez – dijo misteriosa.

- ¡No te comprendo, Mariham! – exclamó sumido en la confusión.

- Como Jesús nos recordó, todos somos pecadores y ninguno de nosotros puede tirar esa primera piedra, pero ¡qué alivio debe sentir el culpable oculto al sentirse descubierto e inculpado, y qué gozo tan grande al saberse perdonado por Jesús!, ¿me comprendes?

- ¡No, Mariham!

- Imagino a esas mujeres despreciadas por la doble moral y la hipocresía de los hombres que las presentan a Jesús como contaminadas y, sin embargo, Él las acaricia con su mirada dulce y les proyecta su amor y les otorga su infinito perdón, y siento celos de ellas, siento envidia de la ternura que emanaba del Maestro por no ser yo la destinataria.

- Ahora, sí creo entenderte, Mariham, pero lo haré mejor cuando sepa más de ti y de Jesús.

- Te he dicho que no soy ninguna de las otras tres mujeres y te confieso que desde el primer momento que vi a Jesús y escuché sus preceptos, quedé secuestrada, arrobada, seducida, y supe que mi vida ya no sería la misma. Jesús no hablaba como los otros profetas que lo habían precedido, ni como Juan, su inmediato antecesor, ni como nos recordaban nuestros padres que predicaban los antiguos, ni tan siquiera como quedaba recogido en el Talmud que sería el Mesías. El mensaje de Jesús era nuevo, revolucionario, más propio de un provocador que de un manso profeta, lo que le valió la animadversión de judíos y de los dominadores romanos.

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Predicaba el amor, el perdón, conceptos nuevos e incomprensibles para nosotros. Él tuvo que demostrarnos con su propia muerte el significado y el alcance de sus palabras.

- Deduzco por lo que tú llamas celos que no siempre supiste que Jesús era el hijo de Dios, pues te refieres a Él con palabras de mujer, ¿acierto?

- Me haces una pregunta que ni yo misma puedo responderte. ¿Dónde la realidad y dónde la ficción? ¿Dónde lo que ves y dónde lo que quieres ver? ¿Cómo podía yo saber la primera vez que vi y escuché a Jesús y decidí seguirlo, porque su palabra me llenaba, me acariciaba el alma, me hería sin sangrar al sentirme llamada sin escuchar, que era el Hijo de Dios?

Pero debo decirte que lo supe enseguida. Su mirada me lo dijo todo. Era un huracán, un torbellino que por donde pasaba no dejaba nada en su sitio. Removía conciencias, prodigaba bondad.

Mariham perdió la entereza y sus ojos se empañaron. El recuerdo vivía en su mente con más intensidad que cuando fue alumbrado. Esdras quiso aliviar la carga.

- Te imagino como una de tantas personas que tuvieron la fortuna de conocer a un hombre sencillo y humilde dispuesto a cambiar el mundo de las injusticias a base de amor y perdón, palabras simples de significado incomprensible, y tú, Mariham, como mujer que se enfrenta a lo inesperado, no sabes cómo actuar y te dejas llevar por el sentimiento natural y propio, y, seguramente, lo amaste, pero de forma equivocada.

Mientras tanto, Mariham había recobrado la serenidad y corrigió a Esdras:

- Así, como tú dices, es como me vieron quienes me difamaron y quisieron ver lo que no había, porque yo siempre supe quién era Jesús, pero eso no era un impedimento para que yo lo siguiera como mujer enamorada de su bondad, de su palabra, de sus enseñanzas, de su generosidad, de un ser maravilloso y extraordinario que nunca antes habíamos conocido.

Estuve a su lado siguiendo sus pasos por tierras inhóspitas, tanto en terreno como en acogida, sufriendo la incomprensión y el rechazo de los seguidores de Jesús, pero firme en mi sublimada admiración. Desde la primera vez que lo vi y escuché su palabra, decidí seguirlo hasta donde fuera.

- Fuiste una mujer valiente enfrentándote a las habladurías y a las infamias.

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- No era cuestión de valentía, Esdras, sino de convicción. Yo estaba al lado de Jesús, de la Verdad revelada y nada malo me podía ocurrir.

- Con el perdón, Jesús mostró el camino a seguir, pero, ¿cuántos siguen la senda marcada? Del inmenso amor de Jesús, ¿cuántos le corresponden?

- Creo que es una pregunta que cada uno de nosotros debe hacerse a sí mismo, porque es el grano a grano lo que hace el granero. Amé a Jesús con amor sublimado hasta la desesperación y acompañé a su madre, María, y nos postramos al pie de la cruz para recoger su último suspiro.

- Con frecuencia me pregunto cómo pudo María soportar ese sufrimiento, ver a su hijo moribundo traspuesta de dolor, después de verlo torturado, humillado y clavado en aquel madero – dijo Esdras turbado.

- Hablas de María, Esdras, y estás hablando de la madre de Dios, pero madre al fin y al cabo, y desde el momento en que ella aceptó con una humildad sin límites la concepción, no sólo asumió una maternidad virginal, sino todo lo que le sobrevendría. Muchas veces me he preguntado que, de no ser María quien era, si se habría vuelto loca de desesperación. Nunca nadie podrá imaginar lo que sufrió, lo que padeció.

- Creo que nos estamos desviando, Mariham. Háblame de Jesús.

- Como te he dicho, yo era adinerada y durante la predicación de Jesús por Galilea, lo alojé en mi casa a Él y a sus discípulos y me aseguré de que estuvieran bien atendidos. Después, me ocupé de que no les faltaran suministros para el camino.

- Pero, esa actitud tuya, que me parece un tanto atrevida dada tu condición de mujer y casadera, daría qué hablar a los siempre maledicientes, ¿no?

En el momento en que Mariham iba a responder a la sincera pregunta de su recién conocido, abrió la puerta Adriel y penetró en la estancia portando un odre de leche recién ordeñada. Sonriente, dijo:

- ¡Ha dado tiempo a que se agrie! Es de la primera oveja que he ordeñado y la he tenido todo el rato al sol mientras me encargaba de las otras. ¡Está deliciosa! Debéis probarla, que así se hará más llevadera la charla.

El propio Adriel se encargó de verter todo el contenido del odre en tres escudillas y, repartiéndolas, se acomodó en el jergón, al lado de Esdras.

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- Debo confesar que he oído desde la puerta lo que le preguntabas a Mariham y, si ella me lo permite, yo te contestaré, amigo. Si en algo me equivoco, ella corregirá mi yerro.

A causa de haber alojado a Jesús y a los suyos en su casa, por haberlo seguido con fervor donde quiera que predicara, por haber sentido hacia Él una venerada admiración que traspasaba los límites de lo racional y un respeto que era adoración, los de siempre murmuraron que Mariham tenía con Jesús una relación de mayor cercanía que con el resto de sus discípulos, cosa que es cierta puesto que entre ambos existía una comunicación fluida sobre los más diversos temas que para los demás eran ignotos, pero esa vecindad no es para que nadie sin conocimiento pueda construir una posibilidad que ni siquiera merece la pena de ser tomada en serio.

Mariham quiso añadir algo que le parecía importante aclarar:

- Algunos de esos que intentan hacer pasar la mentira por verdad, llegaron a insinuar que yo era la compañera de Jesús, sin aclarar que, en efecto, yo lo acompañaba, le hacía compañía, hablábamos, nos entendíamos, nos comprendíamos, es la verdad, que sólo es una, y no la que pregonan esos que todo lo desfiguran para desacreditar.

- Para hacer semejante afirmación, en algo deben sostener sus argumentos, aunque sean falsos, ¿no? – preguntó con ingenuidad Esdras.

- ¡Este Esdras quiere saber todo, hasta el último detalle! – exclamó Adriel con el contento en el semblante -, y habrá que decirle todo lo que sepamos, pues, de lo contrario, tendremos que darle alojamiento y sustento hasta que su curiosidad esté saciada.

- Si he de quedarme con vosotros, lo haré con sumo agrado, pero seré yo quien me gane el sustento con mi trabajo. Para dormir, puedo…

- ¡Vendrás conmigo, a donde nos encontramos anoche, y seguiremos hablando mientras contemplamos el firmamento! – refutó Adriel.

- Pero, si aquí hay una estrella que reluce más que el sol, ¿a qué ir a tu duna? – obsequió un gentil Esdras a su anfitriona.

- Porque Mariham tiene cosas que atender y si tú estás aquí, no podrá,

¿lo entiendes? Yo mismo podría dormir en el cobertizo de las ovejas, 21

pero Mariham me advirtió hace tiempo que necesita soledad y distancia para meditar.

- Comprendido, Adriel, pero me ibais a contar algo y os he interrumpido.

Por favor, proseguid.

Mariham retomó el hilo:

- Excluyendo a María, la madre de Jesús, como yo soy la mujer que más veces aparezco en la vida del Maestro, mi presencia en los momentos cruciales de su muerte y resurrección ha excitado las mentes delirantes de los más acérrimos adversarios del Rabboní, hasta el punto de sugerir que yo estaba ligada a Él por lazos conyugales.

- Si te molestan mis preguntas, me lo dices, Mariham, pero, como habrás observado, actúo de contrario para que la verdad reluzca – se excusó Esdras.

- No te preocupes, amigo, que nada me puede molestar, pero, ¿qué verdad buscas y para qué? – quiso saber Adriel.

- Si todavía me preguntas qué busco, es que no he sido suficientemente claro, y te ruego que perdones mi torpeza.

- Tal vez sea yo el torpe, Esdras, pero, ¿te puedes explicar mejor? –

rogó Adriel.

- Si han sido tantos los malintencionados que utilizaron la infamia como arma arrojadiza contra Jesús y contra Mariham, habrá que combatir sus mentiras con la verdad, y yo me siento llamado a esclarecerla, Adriel – respondió Esdras con resolución.

- Te agradezco tu interés, Esdras, pero no me preocupan las habladurías, porque la verdad es una y única, ya lo he dicho –

respondió Mariham persuadida -, y comprendo que tu gratitud hacia Dios-Jesús te mueva a colocar las cosas en su sitio, pero la maldad del ser humano enraíza más profundamente que la piedad y genera más seguidores, ¡lo sabré yo!

- Entonces, dime, Mariham, ¿por qué hablan esos pícaros de unión familiar?

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- Los argumentos que esgrimieron esos marrulleros es porque en Palestina es muy raro que un varón judío de la edad del Maestro permaneciera célibe, sobre todo si, como Él, se dedicaba a enseñar como Rabí, ya que su castidad iría en contra del mandato divino de

“creced y multiplicaos”, pero olvidan que, antes de Jesús, ya estaba atestiguada la existencia de maestros religiosos célibes.

- Sí, por ejemplo, el propio Juan el Bautista, entre otros, que era seis meses mayor que el Maestro – recordó Adriel.

Al escuchar Mariham la evocación de Juan, se le vino a la memoria un entrañable suceso:

- ¡Gran tormento el que padeció Isabel, madre de Juan y prima de María, cuando supo de la detención de su hijo y le reprochó duramente a la madre de Jesús que su hijo se fuera al desierto a orar y, luego, a Cafarnaúm a predicar al serle comunicada la prisión de su primo, sin hacer nada por evitarlo! – recordó Mariham, compungida.

- Dios bendijo a Isabel con un hijo siendo ya muy anciana y tras muchos años de esterilidad – añadió Adriel.

- Sin embargo, es comprensible el enojo de Isabel ya que se dejó llevar por el instinto de madre y su enfado le duró toda la vida – amplió Mariham.

Pero, María, ignorando el rechazo de Isabel y presintiendo que la hora de su prima estaba pronta, abandonó su casa, se puso en camino y se presentó en el hogar de Isabel, encontrándola tumbada en el lecho, con el semblante agriado por el resentimiento y el cuerpo contraído por la amargura - refirió.

Isabel se sobresaltó al verla y María le sonrió con dulzura, sentándose a su lado en el lecho y tomándole las manos. Isabel estaba asombrada por la inesperada visita.

“¿A qué has venido?” – inquirió Isabel con descortesía.

María, haciendo caso omiso del desdeñoso saludo, le habló con voz apacible, mientras acariciaba su rostro con ternura.

- “Isabel, prima de sangre y hermana en Dios: tu hora está al llegar y yo no podía permitir que entregaras tu alma amargada por el enojo y el 23

resentimiento. He venido para darte la paz de Dios y asegurarte que hace mucho tiempo que estás perdonada por tus reproches a Jesús, porque tú ignoras la misión que el Padre celestial le ha encomendado.

Cuando llegues hoy, sabrás todo. ¡Vete en la paz de Dios, Isabel!”

Y en ese instante, el rostro de Isabel adquirió una apacible serenidad y sus labios dibujaron una sonrisa de gratitud. Se despedía de María y Dios le daba la bienvenida.

- Es muy hermoso tu recuerdo cómo lo evocas y de una gran belleza cómo lo cuentas, Mariham – dijo Esdras, emocionado.

Mariham sacudió la cabeza en un baldío intento de ordenar los atropellados recuerdos que galopaban por su memoria, por lo que renunció al orden y siguió relatando.

- Pero quiero que sepas, Esdras, que ante la paz y la serenidad que la imponente figura de Jesús inspiraba, la dulzura de sus mensajes llenos de ternura y de bondad, sus maravillosas y didácticas prédicas utilizando comparaciones de fácil comprensión, las enseñanzas sobre el amor y el perdón que tanta esperanza despertaban, sus palabras, sus gestos, todo, era más que suficiente para seducir y conquistar, y era fácil para cualquier mujer, yo incluida, quedar cautivada, si no fuera porque el Maestro, con su intensa y penetrante mirada, pero dulce y amable, disuadía de cualquier equívoco.

La firme seguridad de Mariham quedó de manifiesto con sus enardecidas palabras en las que encontraron lugar la admiración sublimada y el amor místico hacía Dios-Jesús, no exentas de un realismo rotundo y convincente.

Como si de una oración se tratara, las palabras de Mariham crearon un respetuoso silencio que invitaba a la reflexión.

Y fue la propia Mariham, con la mirada perdida en lo indeterminado mientras hurgaba en sus recuerdos, quien rompió el mutismo.

- Olvidan esos canallas que los hombres adquieren mujer mucho antes de la edad que tenía el Maestro, que ya pasaba de los treinta, muy mayor – insistió Mariham -, lo mismo que no comprendieron los que luego creyeron en su Evangelio que Dios no mandó a su Hijo para emparejarse, porque, de haber sido así, lo habría hecho a su tiempo y le habría evitado el sufrimiento, la humillación, la tortura y la muerte para, tres días después, resucitar, ¡y no rectificaron a pesar de haberse convencido de que era Hijo de Dios!

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De nuevo, el silencio se impuso.

- De su humanidad desposeída de la grandeza de Dios, lo vi sufrir, llorar y sudar gotas de sangre cuando supo que su hora había llegado y se retiró a orar al huerto de Getsemaní y, arrodillado, rogaba ante el Padre pidiéndole a gritos:

- “¡Padre, aparte de mí este cáliz de amargura!”

- Y, dándose cuenta de que su misión estaba a punto de consumarse y, posiblemente, recordando la humildad con la que su madre acató la voluntad de Dios por boca de Gabriel, como Hijo de Dios y de la sumisa María, enmendó:

- “Pero, hágase tu voluntad y no la mía.”

- ¡Cuánto hubiera deseado estar a su lado para consolarlo! Pero era un imposible, porque ese cáliz lleno a rebosar con toda la maldad del mundo y toda la hiel de la humanidad tenía que beberlo Él y, a cambio, sellaría una nueva alianza con el ser humano que lo llevaría a vivir eternamente.

Sus palabras, para quienes no querían escucharlo, sonaban como si de un enigma se tratara, y el enigma no era tal, sino que hablaba tan claro y de manera tan llana que imaginaban que su humildad y sencillez no correspondían con el lujo y la majestad del Mesías que esperaban.

Los apetitosos dátiles que adornaban el centro de la mesita donde se sirvieron las escudillas de leche agria sirvieron de excusa para aliviar la tensa emoción que se había creado, y fue Adriel quién apremió:

- ¿No veis que estos hermosos dátiles están diciendo “¡comedme!”?

Demos, pues, satisfacción al fruto de la madre tierra.