Mariquita y Antonio por Juan Valera. - muestra HTML

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Mariquita y Antonio

Juan Valera

Lector benévolo: en la novela que te ofrezco no tengo más parte que la de haber pulido un poco el estilo del manuscrito original que ha tiempo obra en mi poder.

Compuso esta novela, o mejor diré, escribió estas memorias, puesto que cuanto, aquí se refiere ha pasado real y efectivamente, un joven llamado don Juan Moreno, que fue estudiante en Granada, donde yo le conocí y traté mucho.

Desde hace doce o catorce años no he vuelto a saber de su paradero. Moreno debe de haber muerto o emigrado a América.

Si aparece por Madrid algún día, quiero que conste que le declaro autor de este libro, y que así como ahora le doy toda la gloria que de haberle escrito pudiera originarse, estoy asimismo dispuesto a entregarle todas las riquezas que de su publicación, y venta se logren, y que sospecho que han de ser una buena ayuda de costas para cualquiera.

Sólo reservo incondicionalmente para mí la censura que los críticos, puedan hacer de este libro. Yo le publico y yo soy responsable del aburrimiento, del escándalo o del disgusto que promueva. No le defenderé como ingenioso, porque hay en él pocos lances, y éstos sucedidos y no inventados, y no trataré de demostrar que es verosímil su argumento, porque es verdadero, y lo verdadero suele no ser verosímil. Sólo sostendré, y sostengo, para disculpa de la publicación, que este libro está escrito con un candor y una buena fe maravillosos, y es cuadro exacto, o mejor dicho, una fotografía de costumbres más o menos honradas.

Intención filosófica, tendencia política o social, pensamiento profundo y, en suma, todo eso que ahora hay, o se estila decir que hay, en las novelas, no se descubre en ésta ni por asomo, al menos yo no he acertado a descubrirlo. En cuánto a moralidad..., perdone usted, por Dios. Por fortuna, el cuento no es inmoral, y esto es todo lo que hay que pedirle con tal de que entretenga. Mariquita y Antonio no son ni quieren ser más que un libro de entretenimiento.

¡Ojalá lo consigan! Tú, lector mío, eres juez inapelable y decidirás sobre este punto.

Vale.

- I -

Nociones preliminares

Cuando yo era estudiante (¡dichosos tiempos aquéllos!), había en Granada, en la famosa Carrera de las Angustias, una casa de huéspedes de lo más aristocrático y confortable que a duras penas podía entonces hallar en aquella ciudad morisca el más curioso y sibarítico viajero. Había pupilaje hasta de dos duros; pero tanta suma no podía ni solía pagarla sino tal cual inglés que, disfrazado de majo, se descolgaba a veces por allí a visitar la Alhambra y el Generalife. Lo general y ordinario era que cada huésped pagase siete, ocho y hasta nueve reales al día. Por este precio le daban a uno cuarto, cama, luz, asistencia y una opípara comida. El almuerzo no era muy variado en cuanto a la materia; pero variaba infinitamente en cuanto a la forma. Cada huésped se almorzaba un par de huevos, postres, esto es, una naranja u otras frutas y, los domingos y fiestas, su jicarita de rico chocolate. La variación estaba en el modo de preparar los huevos, que ya eran fritos, ya revueltos con tomates, ya pasados por agua y ya en tortilla. De vez en cuando almorzaba el huésped pajarillas, y no del aire, o asadura en chanfaina en lugar de los huevos, y con el chocolate, migas y picatostes.

La comida era aún más espléndida: buena sopa, puchero, con morcilla o chorizo en las grandes ocasiones y siempre con garbanzos, verdura y tocino en abundancia, y, por último, un principio; y digo mal por último, porque siempre después del principio había un postre.

No contento con esto, todo huésped cenaba en aquella bendita casa. Constaba la cena de ropa-vieja o estofado, lo cual traía siempre consigo su correspondiente ensalada, y cuando no era tiempo de lechugas, apio o escarola, o bien, si estos artículos estaban por las nubes, un gazpacho supletorio.

En su época y sazón, se condimentaban y comían en aquella casa los mejores pimientos asados y las más deliciosas ensaladas de pepino que le ha sido dado saborear, desde hace muchos siglos, a un paladar andaluz.

Imposible parece que por tan poco dinero le diesen a uno tan buen trato; pero hay que considerar que Granada es lugar abundante de mantenimientos, y tan barato, que suele llamarse la tierra del ochavico; y hay que añadir que aún no se habían descubierto las minas de California, ni las de Australia, ni las tan ricas en plomo argentífero que hoy se explotan en las Alpujarras. El dinero estaba más caro que en el día y dos pesetas eran entonces, y allí sobre todo, una cantidad muy decente y tónica para gastada en el sustento y regalo de una personita del gremio estudiantil.

A pesar de estas consideraciones, para hablar con verdad y hacer justicia a la patrona, conviene que yo deje aquí consignado que lo bien que nos iba en su casa (pues de más habrá comprendido el lector que yo he sido su huésped) se debía en gran parte a la buena traza que ella se daba para arreglarlo todo, ora en la cocina dirigiendo a la cocinera, y auxiliándola col seno e colla mano, ora en nuestras habitaciones cuidando de que los pocos muebles que había en ellas estuviesen limpios, curiosos y en orden ora en la plaza del mercado, logrando con su mucha discreción y notable ingenio para regatear que le diesen la mejor fruta, los huevos más frescos y gordos y la carne mejor pesada y con menos hueso. Tenía, además, la patrona, que se llamaba doña Francisca, el tino más prodigioso para escoger melones.

No hay que decir que iba a la plaza por las mañanitas, con mucha autoridad acompañada siempre de una criada que llevaba uno y hasta dos cenachos para traer el avío. Cuando había en casa muchos huéspedes y la compra era o tenía que ser considerable, doña Francisca recurría a un coadjutor del sexo fuerte. Era éste un ciudadano que, a fuerza de vivir entre estudiantes, sabía más leyes que los más de nosotros que decíamos que las estudiábamos; decidor, chistoso, despierto y siempre alerta, citaba muchos latines, vendía y compraba libros, llevaba empeñar o a vender nuestra ropa cuando nos faltaba dinero y la limpiaba y cuidaba los demás días, que no eran de tribulación y penuria. En fin, era Merengue. Y con decir Merengue está todo dicho, al menos para mis camaradas, a cuya mente, al leer tan dulce nombre, acudirá un enjambre de recuerdos, como las moscas a la miel. Para los que no tuvieron la dicha de estudiar en Granada en la época en que Merengue florecía, ya haremos de suerte que poco a poco vayan conociendo y aun ponderando los subidos quilates de su mérito.

Baste saber por ahora que doña Francisca iba a veces al mercado acompañada de Merengue.

En repostería y confitería rayaba muy alto doña Francisca, y se pintaba sola para hacer pestiños, buñuelos, piñonate y otras frutas de sartén. De cocina en general se le alcanzaba bastante y dilucidaba las más arduas cuestiones mejor que pudiera un sanedrín gastrosófico. Nunca me olvidaré en la vida de aquella inagotable facundia y de aquel vigor de argumentación con que sostenía que el cochifrito de lechones era el más sabroso de los guisos (ella le condimentaba magistralmente), y que de los dulces, los roscos de Loja y las tortillas de Morón son los mejores, pues a par que deleitan y lisonjean el paladar, nutren y no son como las yemas y otras golosinas, que estragan el estómago y echan a perder las muelas.

En los trabajos de Minerva, quiero decir en lo tocante a costura, no puedo elogiar, sin pecar de apasionado, la habilidad de doña Francisca. Apenas si sus conocimientos iban más allá de los meramente indispensables para pegar un botón. Zurcir un desgarrón o coger un punto a una calceta eran negocios que estaban muy por cima de sus facultades.

Por fortuna, doña Francisca tenía consigo una sobrina que era nuestra providencia.

En toda Granada no había manos como las suyas para cualquiera linaje de puntos, pespuntes, bordados, zurcidos, calados, dobladillos y vainicas; por manera que los estudiantes que vivíamos en aquella casa no estábamos ni rotos ni descuidados como otros suelen andar, sino que íbamos siempre muy atildados y con todos nuestros botones, y a menudo hasta primorosos, por poco que la sobrina nos quisiese bien.

Mariquita, que así se llamaba, era limpia como una plata, y el poco aseo ofendía su natural delicado y le crispaba los nervios. Así es que cuando venía a vivir a la casa algún estudiante zarrapastroso o hidrófobo, como hay tantos, no paraba ella de excitarle con suaves burlas, con afectuosas sonrisas y con elocuentes, y por lo común eficaces palabras, a que se puliese, lavase y perjeñase según es justo. Si nos visitaba un amigo y ella descubría rasgón o descosido en su traje, punto en sus medias, luto en sus uñas, churrete en su cara o sarro en sus dientes, luego se lo daba a entender con ingeniosos rodeos y con delicadeza bastante para que no se ofendiese, mostrándonos a nosotros con orgullo, como otros tantos dechados de pulcritud, curiosidad y esmero en la persona.

Con esto, con la gentil presencia de la sobrina, que era muy linda muchacha, y con el cuidado y manejo de la tía, la mujer más hacendosa que yo he conocido, los huéspedes, estudiantes los más, llovían en aquella casa como una bendición del cielo. Bueno es confesar, sin embargo, que la causa principal de esta concurrencia era el incentivo y señuelo de las patronas, viudas ambas y celebradas por su ameno trato, buen humor y honesta desenvoltura.

Doña Francisca podría tener entonces unos cuarenta años; mas a pesar de ellos y de su más que mediana gordura, estaba fresca y colorada como rosa de mayo, y pasaba por de muy buen parecer. Presumía, y con razón, de discreta y sentenciosa, y las máximas y documentos que dejaba escapar de sus labios estaban llenos de concisa y utilísima doctrina, que corría de boca en boca por toda la ciudad, con no escasa admiración de los entendidos y aprovechamiento de la gente inexperta.

Su filosofía era toda práctica, y no por eso menos poética. Dividía el universo mundo en dos partes, que llamaba cosas de tejas arriba y cosas de tejas abajo. De las primeras nunca se aventuraba a discurrir, pero las segundas pocas se libraban de su crítica inflexible y severa, tan sólo indulgente con ciertas debilidades o fragilidades, hijas de la ternura. Sobre este punto, a pesar de su catolicismo acrisolado, se solía elevar, o por mejor decir, solía caer en consideraciones algo heterodoxas y molinosistas, porque juzgaba, según su manera de ver las cosas, y por experiencia propia, a lo que tengo entendido, tan difíciles de cumplir algunos preceptos que no le parecía que debían tomarse al pie de la letra y los interpretaba de un modo holgadamente herético.

Salvo este extravío (que yo le perdono, y que, si bien no quiero meterme en escudriñar los altos y escondidos designios de Dios, todavía me complazco en creer que S. D. M. habrá también de perdonársele), era doña Francisca muy buena cristiana y sumamente devota. Tenía en su cuarto una pila de agua bendita a la cabeza de la cama, varios libros piadosos sobre la mesita que le servía de tocador, sobre la cómoda un San Antonio de barro, muy dorado de peana, muy circundado de flores de papel y resguardado por un fanal, y en las paredes no pocas estampas y pinturas de santos, entre las cuales formaba singular contraste un Hércules harto mal pintado que, depuestas la clava y la piel del león Nemeo, se entretenía en hilar, mientras que Cupido le encadenaba con una guirnalda de rosas.

El corazón de la buena señora era benévolo y afectuoso. Amaba doña Francisca a su sobrina con amor de madre, y aún guardaba en el alma tesoros de cariño para otros objetos, siendo el dogo Palomo, constante y fiel compañero suyo, el ser a quien más se los prodigaba.

Este animalito, aunque bastante feo, no ha de negarse que se merecía tanta amistad.

Yo le conocí mucho cuando viví en aquella casa, y por cierto que nunca he visto en perro alguno mejores cualidades. No le faltaba más que hablar, y hasta imagino que a veces andaba melancólico y desabrido pensando en aquella imposibilidad en que se veía de expresar sus pensamientos por medio del lenguaje. Puede ser que yo me equivoque; en esto de anima brutorum es menester irse con tiento; Dios me perdone si me entrometo en cuestión tan resbaladiza; pero sospecho que los perros, cuando no otros animales, tienen por alma algo que se aproxima más al espíritu que a la materia, y que si no hablan los perros consiste en defecto físico y no en otra cosa. Aun así, yo he leído, no recuerdo dónde, que Leibnitz enseñó a hablar en alemán a uno suyo. Pero sea de esto lo que se quiera, es lo cierto que doña Francisca notaba cierta prodigiosa semejanza entre el carácter de su difunto marido y el de su dogo. Como a su marido le llamaba siempre Palomo, dio al perro el mismo nombre, ya cuando viuda, y hablando de ellos colectivamente, los apellidaba sus dos palomos. El humano había sido de tropa y hombre de pelo en pecho, que hizo prodigios en la guerra de la independencia, y aunque no pasé de teniente de Infantería, hubiera llegado, sin duda, a general, si hubiera vivido en nuestra época en que se premia más el mérito. Su viuda solía hacer esta reflexión con lágrimas en los ojos. Desgraciadamente, aquel varón ilustre, víctima de unas calenturas malignas, bajó al sepulcro después de haber ganado cinco cruces por hechos heroicos y distinguidos, y con una hoja de servicios más pura y más brillante que el sol.

Hay quien asegura, a pesar de todo, que doña Francisca nunca estuvo casada y otras cosas peores aún. ¡Dios nos libre de una mala lengua y de un testigo falso!

La verdad del caso es que el período mitológico de la historia de doña Francisca se extiende hasta el año 1824. Nada puede admitirse por cierto de todos los sucesos anteriores. Envueltos en densas e impenetrables tinieblas, doña Francisca los enriquecía, o dígase mejor, los representaba y simbolizaba con mitos, de los cuales, para sacar en claro el sentido histórico, creo que no bastarían la inmensa erudición y profunda crítica de Niebuhr.

Ya en 1824 aparece doña Francisca en Málaga, conocida y famosa bajo el dictado de la linda pupilera. Su sobrina Mariquita vivía ya con ella de edad de tres años; pero poco después las vuelve uno a perder de vista, y todos los hechos posteriores son igualmente dificilísimos de averiguar. Tía y sobrina anduvieron vagando desde aquella época por todas las grandes ciudades de España. Ya estaban en Madrid, ya en Barcelona, ya en Valencia, ya en Sevilla; por manera que, como yo no soy amigo de inventar y componer a mi antojo cosas falsas y jamás acontecidas, sino que siempre procuro atenerme a lo verdadero y comprobado, y como no he tenido tiempo ni ocasión, a pesar de mi grande amistad por doña Francisca, de irme por esos mundos, como otro Herodoto, recogiendo datos para mi historia, sólo hablaré en ella de lo que vi y presencié, que no fue poco, y que fue tan notable, que a no haberlo visto yo mismo con estos ojos que ha de comerse la tierra, acaso no lo creería, aunque me lo contasen frailes descalzos.

Debo advertir aquí que si doña Francisca no me enteró menudamente de su vida y milagros, no fue por ser ella en punto alguno misteriosa, sino porque hablaba tanto y contaba lances tan contradictorios e inverosímiles, que nunca me sentí con fuerzas para desenmarañar aquellos enredos y poner en claro la verdad, separándola de lo fantástico en que venía envuelta. Y aquí debo también dejar a salvo la buena fe de doña Francisca, haciendo saber que sus embustes no eran embustes para ella. Su imaginación y su memoria estaban unimismadas, y de este poético enlace brotaba de continuo una intrincada selva de aventuras.

Mariquita tenía muy diversa índole que su tía. No fantaseaba nada, pero tampoco refería la verdad de su historia. Era reservadísima, y nunca nos dijo, ni supimos sino por suposiciones gratuitas, ni con quién se casó, ni cuándo enviudó tampoco. Sólo podré decirte, lector mío, que cuando yo la conocí estaba ya viuda, o al menos la decían viuda, y podría tener unos veinte años. Era rubia como unas candelas; su pelo parecía una madeja de hitos de oro; sus labios, una clavellina entreabierta, y sus dientes, por lo blancos, más que perlas, pelados piñones. Sus manos blancas y delicadísimas, con dedos afilados por el extremo y uñas encanutadas, largas y brillantes como el nácar, hubieran dado envidia a muchas duquesas. Estaba doña Mariquita pálida y ojerosa siempre; pero tenía dos ojos verdes como los de Circe, que derramaban por toda su fisonomía una expresión apasionada y cierto resplandor gatuno que hería y cegaba las almas. Al través de su tez, de una transparencia de alabastro, se diría que se veía circular por las azules venas una sangre, más que líquida, vaporosa. Era de mediana estatura, delgada, airosa y con unos pies pequeñuelos que daba gloria el verlos. De otras mujeres se dice que tienen mucha alma en los ojos y en la fisonomía; ésta tenía alma en todo su cuerpo, en sus movimientos y en su voz. Unos imaginaban que doña Mariquita era toda espíritu, y otros que estaba hecha de una carne más viva que las demás mujeres, de un compuesto de luz, fuego y magnetismo solidificados.

Atraído yo por la buena fama y crédito de doña Francisca, fui a instalarme en su casa no bien llegué a Granada a estudiar el primer año de leyes y permanecí allí desde octubre de 1841 hasta junio de 1842, época en que me volví a mi lugar, examinado ya de Derecho Natural, que era lo que entonces se estudiaba, o se suponía que se estudiaba en el primer año, y con la nota de sobresaliente, merced a la excesiva benevolencia de mis examinadores.

Salí tan encantado de la casa de doña Francisca y del trato agradable de esta señora y la hermosura y discreción de la sobrina, y de la sociedad estudiantil que se reunía allí durante el invierno en torno de un brasero lleno de ardiente pasta de orujo, que todos los encantos de mi villa natal, una de las más ricas y bonitas del reino de Córdoba, y el placer de estar con mis señores padres y con mis amigos de la infancia, no fueron bastantes a hacerme olvidar ni un momento la vida, a mi ver deliciosa, que había yo pasado en Granada. Grandes eran mi impaciencia y mi deseo de que llegase el nuevo año académico y tuviese yo que volver a la Universidad.

Para distraer estos pensamientos, que, valiéndome de una voz portuguesa, me atreveré a llamar saudosos, daba yo solitarios paseos, recordando siempre los de la Alhambra, los callejones de Gracia y la romántica fuente del Avellano, leía algunos buenos libros y me entretenía en contar a mis amigos la vida de aventuras que imaginaba yo haber hecho en la ciudad de Granada, y los lances extraños y las conversaciones saladísimas de mis compañeros. En suma, yo no cesaba de referir lo que llaman ahora las impresiones, idealizando y poetizando con la imaginación el recuerdo de todas las que había yo recibido en aquel tiempo dichoso, en que, sin padre ni tutor, independiente y autonómico, me parecía que había yo empezado a gozar de la libertad, de la juventud y de la vida.

Muchos mozos de mi edad o más mozos aún, prestaban oído atento a mis discursos y me tenían ya por un hombre de mundo, curtido y experimentado si los hay. Pero el que más me oía y del que más me lisonjeaba yo de ser oído, era de mi amigo Antonio, hijo del labrador más rico de la villa y mancebo de gallarda presencia, agudo ingenio y pensamientos levantados.

Tenía Antonio dieciséis años, uno menos que yo, y estaba asimismo un año más atrasado en la carrera. Había termirado el estudio de la Filosofía y se disponía a partir conmigo a Granada a estudiar el primer año de leyes, mientras que yo estudiase el segundo. Yo, por consiguiente, me juzgaba ya destinado y casi obligado a poner mi experiencia a su servicio y a ser su mentor en la antigua corte de los nazaristas.

Antonio había ya convenido en que vendría a vivir conmigo a casa de doña Francisca, y yo había escrito a esta señora anunciándole la feliz nueva de que el hijo del Creso de mi lugar iba a ser su huésped, y de que, deseando estar bien alojado, pagaría con rumbo hasta veinte reales diarios. Doña Francisca me había contestado muy satisfecha, asegurándome que la mejor habitación de la casa sería para don Antonio y para mí. En su carta ponderaba las excelencias de su casa por muy elocuente estilo.

Hablaba de la finura de la ropa de cama; de los farfalaes de muselina bordada que tenían las sábanas; del aseo de sus habitaciones, que se aljofifaban todos los sábados y se enjabelgaban una vez cada dos meses, y de los muebles ricos, elegante vajilla y delicados manjares con que regalaba ella a sus huéspedes, que eran, siempre no obscuros y plebeyos estudiantes, sino de los más ilustres señoritos que de los cuatro reinos de Andalucía, y en particular los de Córdoba y Jaén, venían a estudiar a su casa.

Con la lectura de esta epístola, y con las noticias que yo había dado a Antonio, estaba éste deseoso de ser huésped de doña Francisca y de ver a su linda sobrina.

Así pasaron las vacaciones, y llegó al fin el suspirado instante de abandonar el techo paterno, de ponerse en camino y de renovar yo y empezar Antonio la vida holgada y aventurera de estudiantes.

- II -

Un ángel

Era una hermosa mañana de mediados de octubre cuando salimos del lugar Antonio y yo, caballeros de sendos caballos y seguidos, yo de un criado de mi casa, que llevaba mi equipaje en un mulo, y Antonio de tres criados y un ángel, todos en buenos caballos y armados de escopetas de dos cañones.

Harto comprenderá el discreto lector que el ángel de que aquí se trata no era un ángel del cielo, sino un simple mortal llamado ángel, porque guarda y protege en los caminos a las personas que le llevan en su compañía. El padre de Antonio había escogido a éste entre la gente del bronce y entre los más íntimos amigos de Navarro, Caparrota y otros caballeros andantes que recorrían entonces nuestra provincia y las inmediatas en busca de aventuras. Con Miguel, que así se llamaba nuestro ángel, bien podíamos viajar seguros y con todo el oro del Perú en nuestras maletas. No podíamos tropezar con cuadrilla alguna de valientes, cuyo capitán no fuera uña y carne con Miguel y nos dijese al vernos bajo su custodia: «Caballeros, están ustedes indultados.»

Las armas eran, por consiguiente inútiles; pero todos las llevaban por decoro.

Antonio tenía escopeta y pistolas de arzón. Iba sobre un magnífico caballo con aparejo redondo, rico en flecos de seda. Vestía de corto los zahones llenos de muletillas de plata; el marsellé vistoso por sus remiendos de mil colores; los botines bordados a maravilla por los presidiarios de Málaga, admirables artistas en esta clase de primores; un anillo de oro y diamantes, enlazando al cuello un pañuelo amarillo y colorado del propio color de la ancha faja de seda; y, en la cabeza, sobre otro pañuelo de seda que lo envolvía lindamente, aunque dejando al descubierto 1os copiosos rizos que coronaban las sienes, el sombrero calañés, bastante inclinado sobre la oreja derecha y sostenido por un barbuquejo de listón negro.

Era Antonio de regular estatura, de muy lindo talle, delgado y ágil a par que robusto, bastante moreno, y con unos ojos como la endrina. Merced a su sal andaluza, aquel traje le sentaba muy bien.

Nuestra comitiva no era menos macarena, y, a no ser por los baúles y por mi facha y vestido, más de estudiante que de majo, nos hubiera podido tomar cualquiera por una partida de contrabandistas o de otra gente de vida más airada y libre.

De nuestro lugar a Granada hay dieciocho a diecinueve leguas de distancia; pero leguas de las que dicen los arrieros, que son tan angostas como largas. El terreno, por lo general, es muy quebrado y montañoso, y el camino, entonces al menos, merecía bien el nombre de camino real de perdices.

Nosotros nos proponíamos hacerle en dos días, durmiendo la noche de nuestra salida en una venta que le promedia, y yendo, a la otra noche a dormir en Granada.

Ibamos, por consiguiente, a buen paso; Antonio, el ángel y yo delante, fumando y charlando, y los criados detrás. El mío era buen cantador y de vez en cuando echaba una copla de playeras de las más sentimentales, como la que sigue: Cuando yo me muera

dejaré encargado que con una trenza

de tu pelo negro

me amarren las manos.

Lo que es el ángel tenía gran familiaridad con nosotros, y más parecía nuestro amigo o nuestro ayo, que nuestro criado. Era de nuestro mismo lugar y muy entrante y saliente en la casa del padre de Antonio, a quien llamaba su compadre.

Miguel era no sólo el gallito o el valiente del pueblo, sino también el discreto, el habilidoso y el docto. Miguel no desmentía su casta y era hijo legítimo de el maestro Cencias.

El maestro Cencias no era carpintero, ni picapedrero, ni herrero, ni calderero, ni albañil, y, sin embargo, era todo esto y aun mil cosas más. El maestro Cencias era un matemático y un maquinista natural, que por un instinto maravilloso y sin estudio alguno, entendía de todo y todo lo componía y arreglaba que no había más que pedir. Se rompía algún cañuto o algún fuelle del órgano de la iglesia y se apelaba al maestro Cencias para que le restaurase; iba mal el reloj de las Casas Consistoriales, y el maestro Cencias hacía que fuese bien; se quebraba el husillo de un molino, y el maestro Cencias le dejaba entero y más firme que nunca; se agujereaba la caldera del alambique o la culebra del refriante, y el maestro Cencias la soldaba y fortalecía. En suma, todo lo comprendía y de todo se ocupaba. Por eso fue apellidado con razón el maestro Cencias y fue llorada su muerte como una pérdida irreparable en el lugar.

El maestro Cencias había sido un sabio sin pulir, un sabio en bruto. Su hijo Miguel fue un poeta y un artista de la misma clase. En vez de dedicarse a la mecánica, se dedicó a la poesía, a la música y a otras artes liberales. Así como su padre fue lo útil, él fue lo dulce y el encanto del pueblo. Tocaba admirablemente la guitarra, contaba cuentos y chascarrillos graciosos; componía no sólo coplas, sino hasta décimas y romances, e inventaba, dirigía y representaba juegos, tan divertidos como complicados.

Con otra educación y entre otra gente, Miguel hubiera sido un gran poeta dramático.

Los juegos son una especie de tragicomedias populares, y a él atribuye la fama, entre otros, la invención del juego del horno, uno de los más ingeniosos que han podido inventarse. Se cuenta que lo inventó en Olvera, adonde había ido a pasar una temporada, llevado de sus instintos vagabundos y de la alta y merecida fama que alcanzan los habitantes de aquel pueblo por su esparciata ferocidad.

Es el caso que había en aquel pueblo un viejo muy viejo, que tenía sólo un diente, pero tan largo y tan afilado y tan fuera de sus casillas, que no servía para mascar ni para morder. Un diente, en fin, que no sólo era inútil, sino nocivo. Afeaba la cara, impedía cerrar la boca y descendía por la barba, en la que se incaba, o mejor diré, se incrustaba.

Este diente era la desgracia, el sambenito del pobre viejo. Todos sus compatriotas tenían siempre que decir alguna burla contra el diente. Por dicha, el viejo del diente se halló con Miguel en una función de campo. Se bailó mucho fandango, se empinó bastante el codo, y ya la gente, alegre por demás, dispuso que se hicieran juegos. Entonces fue cuando, a lo que parece, inventó Miguel el del horno.

Salieron en él tres personajes, si personajes se puede llamar el horno mismo, representado por el viejo, a quien pusieron en medio de los espectadores inmóvil y con la boca muy abierta.

Miguel hizo de propietario del horno y un amigo suyo, muy socarrón, de panadero que venía a alquilarle.

El panadero examinó detenidamente el horno, que era la boca del viejo, y le halló sólido y capaz.

Miguel encareció los méritos de su finca.

El Panadero convino en todo pero encontró un grave estorbo en la piedra que estaba a la entrada. Mientras existiera este estorbo no le parecía bien hacer el arrendamiento.

Miguel trató de convencerle de que aquella piedra (que como el lector habrá adivinado, no era otra sino el diente del viejo) de nada estorbaba.

El panadero no quiso convencerse.

Entonces, dijo Miguel:

-Pues eso pronto se remedia.

Y sacando rápidamente del bolsillo de la chaqueta un martillo, que en él traía escondido, asestó con mucho tino y pulcritud un golpe seco y firme en el diente, el cual, como ya cascabelease un poco, se desprendió con facilidad y casi sin sangre, metiéndosele por el gaznate a su dueño, que le escupió enseguida entre las risas y el aplauso de aquel ilustre senado.

El viejo se sintió un poco, al principio, del dolor y de la burla que le habían hecho; pero al cabo se alegró de verse libre de un diente tan incómodo y tan feo, de balde, y dando ocasión a aquel regocijo. Miguel estuvo sublime por lo filantrópico. Ni Guillermo Tell disparó la flecha con más cuidado para herir la manzana y no la cabeza de su hijo, que él el martillo para herir el diente y no la quijada ni otro punto más sensible del representante del horno.

Miguel tenía, además, mil otras habilidades. Era gran ginete y desbravador; con una escopeta en la mano, ponía la bala donde ponía el ojo; preparaba como nadie un arroyo con esparto y liga para coger jilgueros; tocaba divinamente el chifle debajo de un olivo para que acudiesen los zorzales y se quedasen ahorcados en la percha; era un genio para pescar anguilas, y a veces, con sólo meter la mano en un charco, sacaba una o dos, cogidas por la cola; y, por último, conocía los caminos y a la gente de los caminos y los malos pasos que hay en ellos, por lo cual el padre de Antonio le había rogado que nos sirviese de guía y de custodia o ángel.

Él, que quería mucho al señorito Antonio, no sólo había prometido acompañarle, sino quedarse con él en Granada, así para cuidar del caballo, como para prestar auxilio y dar consejo en cualquier lance difícil. Miguel venía, por lo tanto, con Antonio, si en calidad de ángel, en calidad también, aunque parezca extraña la mezcla, de escudero, consejero, juglar y bravo.

No creas, lector, que durante el viaje nos sucedió aventura digna de memoria. Si me detengo con mis personajes en medio del camino, es porque deseo que los conozcas, y que comprendas toda la pompa, majestad e importancia de la comitiva de mi amigo, antes de que lleguemos sin novedad a los umbrales de la casa de doña Francisca.

Figúrate, pues, que ya hemos caminado todo el día, que hemos dormido en una venta, que hemos vuelto a caminar al día siguiente, y que a eso de las tres nos hallamos mucho más allá de Alcalá la Real, en un bosque de seculares y gigantescas encinas, y entre unos cerros que están a cuatro leguas de Granada.

- III -

A vista de Granada

Después de haber comido y dormido un poco la siesta a la sombra de una de las más frondosas y altas encinas que en el bosque había, nos pusimos de nuevo en marcha, y Antonio, el ángel y yo entretuvimos el camino con muy agradable plática.

-Ya pronto -decía el ángel-, dentro de media hora a lo más, llegaremos a aquel último visillo que allá a lo lejos se columbra y desde allí descubriremos a Granada y su hermosa vega. Buen charco es Granada, señorito. Usted, que es buen mozo y tiene dineros a manta, se va a engolfar allí en un mar de lances de amor y a olvidarse un poco de los estudios. Aún recuerdo con gusto la expedición que hice yo con su padre de usted a la feria de Veger, hace unos veinte años. Su padre de usted y yo éramos entonces dos mozos muy crudos y muy tirados para delante. Llevábamos una piara de cerdos y muchos potros y yeguas a vender. En la feria se vendió todo a buen precio y reunimos una regular almorzada de onzas de oro. Terminada la feria, dijimos: « Pues, señor, esta gente de Veger y los que aquí han venido, se han quedado pasmados de nuestro rumbo y buen porte; vamos a Cádiz, que es la mapa del mundo, y no privemos aquella tacita de plata de que nos conozca y contenga en su centro algunos días.» Con este buen propósito nos plantamos en Cádiz en un dos por tres. Cádiz se alborotó con nuestra llegada y, según salían las mozas a los balcones para vernos, no parecía sino que pasaba la procesión del Corpus. Es verdad que nosotros íbamos desempedrando las calles.

Eramos doce de a caballo; ¡y qué caballos! ¡Vamos, en Cádiz no se había visto nunca cosa más rica! Fuimos a parar a la mejor posada; y como cundió enseguida que estábamos allí, empezaron a llover billeticos de color de rosa, sahumados todos con pastillas de las que gasta el gran turco para sus sahumerios. Eran de dos señoras muy principales, y dirigidos a su papá de usted. Él, no hay que decir que perdió el tiempo.

¡Válgame Dios y qué hombre! Aquello fue un acabose. Pero olieron que el señor era casado y que trasponíamos, y allí fue ella. La posada parecía el jubileo de las cuarenta horas. Una noche, antes que cerraran las puertas, nos pudimos escapar de la ciudad con disimulo. De resultas, dicen que hubo un mar de lágrimas entre las pobrecillas mujeres, y que dos se metieron monjas. Nosotros lo sentimos, cuando lo supimos en el lugar; pero ya no había forma de remediar aquel estropicio. A lo hecho, pecho.

-Se me figura, señor Miguel -dijo mi amigo Antonio, que era incrédulo y burlón, y ni a su padre respetaba-; se me figura que esas señoras principales serían pelonas que, con embustes y zalamerías, procuraron y aun lograron chuparle el dinero a mi padre, y entiendo que la noticia del monjío de las dos fue dada por algún chusco que se divirtió a costa de ustedes.

-Ea, calle usted, señorito; ¿cómo había de ser eso? ¿Pues qué, éramos nosotros algunos papamoscas?

-Indudablemente -exclamé yo- que ni Miguel, ni menos tu padre, son papamoscas, ni lo fueron jamás, y, por lo tanto, el lance no pudo menos de ser tal como Miguel lo refiere.

-Sea así -dijo Antonio-, que por no dejar yo a Miguel por embustero, seré capaz, no ya de ofender a las principales señoras de Cádiz, sino hasta de tachar de casquivanas a las once mil vírgenes.

-Señorito, también eran de carne y hueso y tenían su alma en un almario, y más vale no meterse en honduras, porque, ¿quién sabe la ropa sucia que sacaríamos a la colada?

Por no oír algún falso testimonio levantado por Miguel contra las once mil vírgenes, de buena fe y por efecto natural de su poderosa fantasía, distraje yo la conversación a otro objeto.

Aquí no puedo menos de advertir al lector que esta lastimosa convivencia y familiaridad que tienen en los pueblos de Andalucía las personas acomodadas y aun las mejores familias, con lo más perdido y soez del vulgo, y que el favor y privanza en que están en las casas decentes cierta clase de hombres, será, si se quiere, muy patriarcal y democrático, pero no es lo más a propósito para la buena educación de los hijos, para que adelanten la ilustración y la cultura y para que florezcan las mejores costumbres.

Digo esto por vía de advertencia y para que se sepa que ni invento este modo de vivir de los lugares, ni le aplaudo tampoco. Quiero referir las cosas sin comentarios y tales como acontecen.

Antonio se había criado en los brazos de Miguel, como Baco en los del viejo Sileno.

Mil veces he oído contar que cuando Antonio tenía dos años, teniéndole Miguel consigo, le hizo pronunciar al cabo, después de muchas tentativas y esfuerzos anteriores, cierta palabra de origen hebraico muy usada como interjección enérgica en nuestro idioma, y que aquel día fue un día de júbilo y fiesta en casa de Antonio. Miguel lo llenaba todo con sus voces alegres, pidiendo albricias, corriendo y gritando por donde quiera: «¡Ya lo dice claro! ¡Ya lo dice claro! ¡El señorito lo dice claro!»

Tal fue la piedra angular del edificio de la educación de Antonio. Si él estudió luego cosas menos feas, y por efecto de sus nobles inclinaciones y vivísimo ingenio fue bueno e instruido, todavía se resintió siempre del ruin fundamento sobre el cual se apoyaba su educación.

Entretenidos por la charla poco edificante de Miguel, llegamos muy cerca del visillo; desde entonces debía verse Granada, y Antonio y yo espoleamos nuestros caballos, y dejando atrás al ángel, nos adelantamos para ver la ciudad morisca.

No bien nos hallamos en lo alto, cuando el mezquino horizonte que había limitado y como ahogado nuestra vista mientras caminábamos por aquellos montes y sombríos andurriales, se trocó de pronto en un inmenso horizonte que se creería más bañado de luz, y que era más rico de colores y más puro y diáfano, así como el ambiente que nos circundaba. A nuestros pies, en lo hondo de una agria cuesta, estaba Pinos de la Puente con su riachuelo y sus molinos, cuyo murmullo llegaba a nosotros; a la derecha teníamos a Sierra-Elvira, y un poco más allá a Sierra-Nevada con su diadema cándida de que los colores del ardiente agosto no habían podido despojarla. A mano izquierda estaban las frondosas alamedas del Soto de Roma y sus lindos lugarejos; allá se parecía Santa Fe; el Darro, el Genil y otras corrientes de agua cristalina cruzaban serpenteando la extensa vega en todas direcciones. Como un punto remoto y dorado se descubría en el fondo el altillo desde donde Boabdil suspiró y lloró al abandonar para siempre a su patria; más distante aún, y casi como nubes azules, se percibían en la misma dirección las enriscadas Alpujarras, y, por último, como centro del cuadro, veíamos tendida a los pies de las montañas de la Alhambra y del Generalife, semejantes a gigantescas pifias de verdura coronadas de rubias torres, y a los pies del Sacro-Monte, con su magnífico templo, a la bella Granada, que parecía salir del encantado valle del Darro, más digno de eterna fama que el de Tempé, y venir a posarse en la vega como una sultana de Oriente sobre una espléndida alcatifa de mil colores.

Al presenciar por primera vez este espectáculo parecía que el pecho de mi amigo Antonio se dilataba. Él y yo nos paramos un instante y nos complacíamos en silencio en toda aquella hermosura.

De pronto, y como si en ambos hubiera sido simultánea y espontánea la misma idea, picamos los caballos a trueque de reducir el horizonte que descubríamos, con tal de que no turbase Miguel con su llegada la inspiración que había infudido en nosotros panorama tan magnífico. Los caballos, como movidos de nuestra voluntad y deseo de devorar todo aquel espacio que se ofrecía a los ojos, bajaron rápidamente la cuesta, atravesaron el lugar de Pinos, salvaron el puente, y viéndose ya en camino ancho y llano cercado de olivares cargados de fruto, de alamedas umbrías y de frondosos huertos y viñedos, se dieron a galopar alegremente, como si presintieran que iban a hallar algo de más hermoso y agradable al terminar la carrera. Miguel hubiera explicado esto diciendo que los caballos habían olido el pesebre de Granada. Nosotros, sin explicarlo, nos dejábamos llevar maquinalmente. Nuestras almas se habían perdido y como evaporado en aquel ambiente diáfano impregnado de luz y de perfumes.

Al cabo de un largo trecho, y ya muy distantes de nuestra comitiva, volvimos de aquella especie de ensueño, y, recogiendo las riendas a los caballos y poniéndolos al paso, rompimos el silencio de esta manera:

-La hermosura de este rico paisaje me ha embelesado tanto -dijo Antonio- que he traspuesto con el espíritu el reino de las hadas y le he recorrido todo, no ya al galope de mi caballo, sino llevado en alas de un genio, o recostado en el trono flotante de Salomón, de que hablan las leyendas árabes. Ahora que vuelvo a la realidad, no me entristezco, ni, a pesar de todo, la hallo muy inferior muy indigna de mis ilusiones.

-Más vale así -repliqué yo-, porque lo que es a mí, que acabo de hacer el mismo viaje fantástico, me parece la realidad mezquina, si la comparo con el recuerdo de las regiones imaginarias que he recorrido, y sólo me reconcilio con ella al considerar que ella me ha inspirado el pensamiento de esas regiones y ha sostenido el vuelo del alma para visitarlas.

-Pues eso basta, y justamente por eso no encuentro yo la realidad indigna de mis ilusiones. Ella las ha promovido y en ella están, así como están en mi alma... ¿Es acaso culpa de las cosas, que no sea mi espíritu bastante enérgico para retener en sí de continuo el divino resplandor que viene de ellas y que las dora, hermosea e idealiza con sus reflejos?

-Si las idealiza ese resplandor, ya pone en ellas algo que en ellas no está, y que es muy superior a ellas -repliqué yo.

-Claro está que pone: pone el alma, el espíritu que las percibe.

-Pero esa alma, ese espíritu, es el nuestro.

-¡Qué sabemos! Tal vez sea el alma, el espíritu de las cosas que se nos revela y se nos une. Cuando cesa la revelación y el consorcio, cesa el encanto, mas no porque las cosas le pierden, y si porque nosotros le perdemos. Miguel le tiene siempre perdido, y apuesto a que ahora no ve en la vega sino un terreno menos pingüe y unos olivares con más hojas pero con menos aceitunas que los de nuestro lugar.

-En cambio tú ves, o has visto, todo el universo ideal, y le confundes con el real, e imaginas tenerle siembre presente, aunque velado para tu espíritu.

-Así es, sin duda; yo veo en la vega, o con ocasión de la vega, un mundo ideal de pasmosa hermosura y de perfección infinita.

-Entonces desiste ya de todos tus planes, de viajar por las siete partidas del mundo como el infante don Pedro. Granada te basta; en Granada puedes verlo todo, lo ideal y lo real, que confundes.

-Yo no confundo lo ideal con lo real en mí. Fuera de mí, es cierto que no logro distinguirlos ni marcar exactamente sus límites. Comprendo, empero, que veo sólo una mínima parte. Lo ideal, o no se ve, o tiene que verse de un modo infinito, esto es, como un universo; pero con ocasión de la vega de Granada, le veo por una de sus fases, y mañana, con ocasión de otro objeto, le veré por otra faz, las cuales son también innumerables. Y como yo deseo apurarlas y reconocerlas todas, deseo también con avidez sensaciones y emociones nuevas, y con nada me aquieto, aunque todo me contente.

A tan elevadas esferas filosóficas se había remontado nuestra conversación, cuando vino a interrumpirla un ruido alegre y estruendoso de cascabeles que no lejos se percibía, y que parecía acercarse a nosotros. Poco después vimos aparecer por uno de los recodos del camino el objeto que causaba aquel ruido.

Era este objeto un jamelgo o rocín, seco y escuálido, pero lleno de estoica entereza, el cual, orgulloso de su petral de cascabeles, moños, penacho y otros arreos espléndidos, y estimulado por el látigo sonoro de un rústico e implacable automedonte, arrastraba jadeando el famoso vehículo, que tal vez no exista ya en Granada, pero cuyo recuerdo debiera conservarse en la historia. El vehículo que teníamos a la vista era nada menos que el tan celebrado carro-galera-tartana (que de todas estas naturalezas tenía su naturaleza híbrida), conocido bajo el nombre de La violenta sin temor.

Yo lo noté al punto, y le dije a Antonio:

-Esa es La violenta sin temor, esa es la tartana, la galera, o como quieras llamarla, que está siempre al servicio del público, y en la que he hecho algunas jiras y expediciones campestres. Mírala cuán galana y cuán pintorroteada se acerca a nosotros.

Y Antonio la miró, y no pudo menos de alegrarse, de reírse y de regocijarse al mirarla. La fantasía más atrevida de un pintor de ahora no acierta siquiera a sospechar todo lo que había pintado en el toldo, en la trasera y en la delantera de La violenta.

Maravillosas flores que no se dan en ningún clima, ni hay sol que produzca por ardiente que sea; pájaros no menos extraños; cuadrúpedos nunca vistos; monstruos raros, grecas, cifras, geroglíficos y figuras parecidas a hombres y a mujeres; el sol, la luna y las estrellas, la creación, en suma, y sobre la creación todo lo que puede fingir la mente humana, estaba allí hacinado, aglomerado y revuelto, formando un laberinto de arabescos, una selva, una filigrana de formas, de emblemas y de imágenes, más rica que cuanto Homero se complació en poner en el escudo de Aquiles. Sólo hacia el centro había quedado un redondel limpio de dibujos y colores, esto es, pintado no más que de verde esmeralda. Sobre aquel campo de verdura se leía, en letras gordas de almagra: La violenta sin temor, frase en que la poesía estaba compitiendo, por lo conciso, expresivo y enérgico, con la pintura misma.

Pronto, sin embargo, nos distrajo la atención de mirar los primores de La violenta al ver que nos hacían señas y saludaban las personas que en su centro venían caminando.

Entonces nos dirigimos hacia La violenta y luego reconocí a doña Francisca, que en compañía de Pedro López, estudiante teólogo de Jaén, del bizco Currito Antúnez, natural de Málaga, el legista más avieso, maleante y diabólico de la Universidad, y del señor don Claudio Benítez, alpujarreño, a quien llamaban con razón Finuras o El fino, mis mejores amigos todos ellos, habían salido a recibirme.

Ver yo esto, llegar al lado de La violenta, hacerla parar y apearme del caballo, todo fue obra de un minuto. Doña Francisca bajó también del vehículo con no menor rapidez y vino a darme un apretado y amistoso abrazo.

En esto habían llegado ya nuestros criados y el ángel. Antonio, delante de ellos, se gallardeaba sobre su hermoso caballo. Yo le grité:

-Baja, baja y ven acá; esta señora es doña Francisca, nuestra patrona.

Bajó, en efecto, le presente a mis amigos y a doña Francisca, y los trató y fue tratado por ellos como si hubieran sido amigos y camaradas de toda la vida. Él llamó a doña Francisca, Paquita, jacarandosa y resalada, y doña Francisca le llamó a él Antoñito, hijo y buen mozo.

Volvimos a cabalgar, volvieron los tres amigos y doña Francisca a subir en La violenta, y a poco entramos por las calles de Granada con notable estruendo y pompa.

Cuando llegamos a lo ancho de la Carrera de las Angustias, Antonio hizo hacer piernas y corbetas a su caballo.

Era el anochecer. Mucha gente volvía de paseo y se nos quedaba mirando.

Mariquita, que por hallarse algo delicada y por quedarse al cuidado de la casa no había salido a recibirnos, estaba al balcón, tal vez esperándonos, tal vez viendo pasar a los transeúntes.

En suma, entramos en Granada y en casa de doña Francisca con toda la solemnidad y honra debidas.

- IV -

Iniciación

Luego que entramos en casa de doña Francisca, los demás huéspedes que en ella había nos salieron a recibir a la meseta de la escalera. Doña Mariquita estaba con ellos y nos saludó cordialmente, pero con la gravedad y reserva propias de su carácter, algo zahareño y melancólico.

Estaba doña Mariquita con el aseo y extremada sencillez de siempre. La cabeza destocada, sin más adornos en sus rubios y bien peinados cabellos que un ramito de verdes hojas y encendidas flores de granado. Cubría su airoso cuerpo una saya negra de sarga de Málaga, aunque limpia, algo traída y llevada. Ocultaba sus hombros y su pecho un pañolito de tafetán blanco y encarnado. El delantal era de la misma tela, y los zarcillos de coral rojo, que en balde competían con el carmín de sus labios.

-Aquí tienes al nuevo huésped -dijo doña Francisca a su sobrina.

Ésta inclinó la cabeza con la majestad de una reina y la modestia de una monjita, y, dirigiéndose a mi amigo Antonio pronunció con voz suave estas breves comunes palabras:

-Beso a usted la mano, caballero.

Antonio le contestó:

-A los pies de usted.

Y así terminó el diálogo.

Doña Mariquita, después de darme bienvenida por estilo no menos lacónico se retiró a su cuarto o a sus quehaceres.

-Mi sobrina está muy romántica -dijo doña Francisca-. Cuando está así no hay más que dejarla; pero verdaderamente que no se explican esas tristezas, con veinte años, con su palmito y con tantos adoradores.

No serán de su gusto los que la adoran -dijo Antonio.

Doña Francisca, contra su costumbre de ser siempre la primera que hablaba y la última que dejaba de hablar, nada contestó a la observación de mi amigo.

Verdad es que los criados de éste vinieron a llamar nuestra atención, y muy singularmente la de doña Francisca, diciendo a Antonio:

-¿Y esto dónde se coloca?

Al mismo tiempo mostraban dos cofines cubiertos de paja, al través de la cual se descubrían ciertos chirimbolos de barro.

-Eso, si doña Francisca me lo permite, se colocará en la despensa. Son chucherías que mi madre hace venir para que nos regalemos, y que doña Francisca guardará y nos servirá cuando le parezca.

-Con mucho gusto, señor don Antonio.

-Mil gracias, señora. Ahí vienen unos canjilones de arrope del bueno de mi tierra, gachas de mosto, carne de membrillo y una arroba de orejones de Alcaudete. Traigo, además, en un cajoncito, que vosotros, muchachos, entregaréis igualmente a esta señora, un par de cientos de hojaldres de Lucena para tomar chocolate; y traigo, por último, cuatro excelentes jamones de Montefrío, a los cuales he sabido por mi amigo don Juan lo aficionada que es usted.

-Señor don Juan, ¡válgame Dios!, qué mala fama de golosa me va usted dando.

-No de golosa, sino de docta y entendida en todo, se la he dado a usted siempre

-repliqué yo.

Con lo cual, y con mostrarse doña Francisca muy contenta y llena de agradecimiento, y aun de admiración por el rumbo y largueza de mi amigo, fueron todas aquellas provisiones a parar a la despensa de la casa, y con ellas doña Francisca, para hacer el examen y recuento debidos.

Nosotros, entretanto, tomábamos posesión de nuestra vivienda, que era lujosísima.

Una sala y dos alcobas, con exquisita y flamante estera de esparto. Las camas, pomposas, con sus prometidos y ponderados farfalaes en las sábanas y en las fundas de las almohadas, y al pie de cada cama un rico felpudo. Las sillas eran de cerezo, y hasta teníamos un sofá y una cómoda, muebles raros y casi inusitados entre estudiantes. Las paredes estaban divinamente enjalbegadas, de modo que apenas había chinches, y adornaban las paredes diez o doce cuadros de litografía iluminada, representando las aventuras de Matilde y Maleck-Adel y las de Pablo y Virginia.

Como ya era de noche nos trajeron para alumbrar el cuarto un velón gigantesco con dos mecheros encendidos. Era este velón obra maestra de un egregio artífice lucentino; tan bruñido y limpio el metal, que podía servir de espejo; la pantalla, de hoja de lata, pintada de verde, y sobre lo verde, pintados por un artista de la misma escuela que el que pintó La violenta, cuatro majos y otras tantas majas bailando furiosamente el bolero.

La criada Rafaela, moza de cuerpo de casa, ojialegre, pizpireta, frescachona y robusta, vino con mucho columpio y zarandeo de caderas y puso el velón sobre la mesa que había de servirnos para escribir, que estaba cubierta de excelente bayeta antequerana, casi nueva, pues sólo tenía diez o doce manchas de tinta y tal cual lamparoncillo de aceite.

El lector ha de perdonarme que entre en todas estas prolijidades y menudencias.

Recuerdo con amor aquella época dichosa, la vida y los usos de entonces, y hasta las menos interesantes circunstancias. Ante el objeto más bajo y mezquino que retraigo y represento a la memoria, se me queda el alma embelesada.

Nunca está de más, por otra parte, que el lector conozca el teatro de los acontecimientos que voy a referir, y que poco a poco se vaya acostumbrando a vivir en nuestra compañía y a nuestro modo.

Rafaela nos trajo agua; nos lavamos y nos acicalamos, y salimos enseguida por las calles. Aquella noche nos recogimos temprano y dormimos como unos bienaventurados.

Al otro día vino Merengue muy de mañana y se ofreció a Antonio para guiarle por el laberinto y para iniciarle en los misterios de las callejuelas de San Matías y de otros sitios, aunque recónditos, frecuentados y amenos. Antonio se dejó guiar y se fue enterando de todo.

Miguel, el ángel, que había estado ya en Granada y conocía el país a su manera, puso también a Antonio en comunicación y contacto con otra clase de gente, con las más garbosas gitanillas que, saliendo de las cuevas ciclópeas que hay camino del Sacro Monte y en la ladera que se extiende desde la iglesia de los Mártires al paseo de la Bomba, pasman y enamoran el mundo con sus melancólicos cantares y con su gracia y primor en esto de bailar la tona, el vito y otros bailes de no menor deleite y gallardía.

Yo, por mi lado, como aficionadísimo que he sido siempre a las artes y a la literatura, llevé a Antonio a la Alhambra y al Generalife; a la Universidad, donde nos matriculamos juntos, y vimos la biblioteca, no muy famosa por cierto; al teatro, donde nos abonamos en sendas y contiguas lunetas, y al café de Pedro Hurtado, donde le hice conocer y tratar al célebre Pepe, mozo de café, como el Pipí de Moratín, y poeta al mismo tiempo, inmensamente superior a don Eleuterio y a don Hermógenes.

Pepe ha compuesto obras que pasmaría a la más remota posteridad. Es muy posible que el señor don Agustín Durán haya incluido ya algunos de sus romances en el romancero publicado por Rivadeneyra. Pepe es autor de El ganso en la botillería, de El ganso en la catedral y de otros muchos, casi todos de gansos.

Pepe, sin embargo, era muy fino. A menudo se sentaba familiarmente entre nosotros a la mesa del café y nos recitaba sus composiciones.

En resolución: Antonio, que era listo y despierto, se hizo en dos o tres días conocedor de lo más notable de Granada y de sus moradores; liberal, dadivoso y afable, se ganó la voluntad de la gente menuda; entre los compañeros estudiantes, a pesar de la maldita envidia, adquirió un sinnúmero de amigos con su carácter leal y afectuoso y su trato apacible, y en toda Granada logró nombre de buen mozo, de espléndido, de gran caballista y de excelente muchacho.

Doña Francisca estaba loca de contenta de tenerle en su casa, y hasta el dogo Palomo se le mostraba más cariñoso que a los demás huéspedes, meneando mucho la cola, brincando y haciendo otros extremos alegres cuando le veía.

Tal y tan lisonjera fue la impresión que Antonio hizo en Granada. Para saber la que Granada hizo en él, voy a trasladar aquí la primera carta que Antonio escribió a su primo el señor don Diego, persona a quien él confiaba todas sus ideas, ensueños, desalientos y esperanzas.

Don Diego era hombre de letras, había sido diputado, había vivido muchos años en Madrid y aun viajado algo por Europa, y al cabo, desengañado y aburrido prematuramente, se había retirado a su lugar, donde conservaba una grande afición a los libros, que había sabido comunicar a Antonio.

Yo, que conservo la correspondencia de éste, traladaré aquí lo que importa más a nuestra historia, empezando por la primera carta a su primo, que decía de esta manera.

- V -

Carta de Antonio

Querido primo: Ya sabrás, por cartas que he escrito a mis padres, mi feliz llegada a esta ciudad, que me parece mejor que Córdoba, única a que puedo compararla.

En los tres días que hace que estoy aquí, nada se me ha quedado por ver. He visto la Alhambra, el Generalife, la Cartuja, la Catedral, la magnífica Capilla Real y los sepulcros de los reyes. Todo me ha gustado mucho, pero no entro en descripciones y ponderaciones para no copiar la Guía del viajero.

También me agradan con extremo los bosques, jardines y paseos de las cercanias y alrededores de esta población.

Conozco ya a toda la gente de Granada como si hubiera vivido aquí toda mi vida, y me parece gente muy afable y alegre, que se ocupa menos de política que la de nuestro lugar.

Me he matriculado y tengo ánimo de estudiar mucho, sin dejar de atender a las diversiones que esto ofrece. Tú me has inspirado el amor del estudio, me has hecho leer buenos libros y me has transformado en filósofo mejor que mis maestros de San Pelagio de Córdoba. Con tal base y fundamento es ya imposible que yo me distraiga del todo del estudio de las ciencias y que pierda la afición a saber que en mí has despertado. Pero esto no obsta a que haya en mí todo género de aficiones, buenas y malas, pues todas caben holgadamente en mi pecho. Todas, sin embargo, se encierran en dos, como los mandamientos, a que tan a menudo hacen guerra.

Son estas dos aficiones, o mejor diré pasiones mías, el amor y la curiosidad.

Es tan grande mi amor, que no puede limitarse ni circunscribirse a un objeto solo. Yo lo amo todo. Mi amor se extiende sobre todas las criaturas. Soy, por el amor, un diocesillo, y si conforme tengo amor tuviese poder y fuerza, todo iría bien en el universo mundo, y las gentes me invocarían como a una providencia benéfica. Por desgracia, no tengo ni fuerza ni poder, y como anhelo tenerlos para darles empleo tan santo, nacen de aquí mi ambición y mi codicia, despiertas y encendidas en mi alma harto temprano.

No receles, con todo, de estas perversas inclinaciones; son hijas del amor y quedan embebidas y como absorbidas en él. Es mi amor una atmósfera infinita, donde todos mis otros afectos viven, se bañan y se mueven. Imposible me parece en ocasiones que sea tan inagotable este raudal de mi amor. Consumiendo yo tanto en mí mismo, pues te he de confesar, por si ya no lo has adivinado, que es excesivo mi amor propio, todavía me quedan ricos veneros para cuantos objetos veo, siento, sospecho o imagino.

Lo singular es que luego que conozco bien un objeto, le rodeo, le abrazo, le circundo de amor por todas partes, y mirando las cosas superficialmente, se puede decir que ya no le amo. He aplicado, he puesto en él la cantidad de amor suficiente para envolverle, cantidad a menudo cortísima por culpa, no mía, sino del objeto que no ha menester más, y me quedo tranquilo y sosegado y como exento de aquel amor; pero con amor sin objeto, con amor de sobra, que anda buscando donde colocarse.

Mucho te quiero a ti y mucho a Juan. A Miguel le quiero bastante. Hasta a los estudiantes que he conocido aquí les he cobrado ya cariño; pero lo que más quiero es algo de ignorado, de indefinido, de misterioso que me figuro y que no logro alcanzar.

Si hubiera yo nacido hace dos siglos, me hubiera escapado de mi casa y me hubiera ido a un convento de cartujos, o a las soledades, a hacerme padre del yermo. Hubiera sido un santito desde la edad de doce o trece años. En nuestro siglo no me era dable esta santidad. Hay en el aire que respiramos miasmas impíos que penetran en lo íntimo de nuestro ser. Antes de ir al colegio de San Pelagio, antes de leer tus libros, antes de reflexionar, era yo filósofo racionalista por instinto. Quién había pervertido mi instinto, no sabré decirlo. El diablo, sin duda alguna.

Mi otra pasión capital, la curiosidad, debe de ser también inspirada por el diablo.

Ella es la que combate con el amor y le roba sus mejores prendas. Ella me impulsa a descubrir, a averiguar, a determinar los objetos, a despojarlos de lo confuso, nebuloso y fantástico, en que la imaginación se los figura. En cuanto lo consigo, o creo que lo consigo, los rodeo de un poquito de amor, y se quedan en mi alma sin eficacia y sin vida para agitarla, como un cadáver acurrucado en un sudario. Por eso suelo comparar a un campo mi corazón. El amor sin objeto, el amor de sobra, el amor que busca lo desconocido, es el que le presta animación, el que hace nacer en él las celestiales flores de la fantasía.

A veces he pensado si esta enfermedad mía será falsa sin saberlo yo mismo; si la moda, si la literatura llorona del día, si los versos de Zorrilla y de Espronceda, a que soy tan aficionado, habrán engendrado en mi corazón este hastío ridículo, anterior al goce, este menosprecio del mundo sin caridad y sin amor de Dios, y estas divinas aspiraciones sin objeto divino adonde encaminarlas. Pero nada de eso: el mal es más hondo; la moderna literatura es incapaz de crearle. La moderna literatura es su resultado y no su causa. Más sano o menos atacado estoy yo de este mal que los más de mis amigos.

Mozos hay aquí que pagan siete reales diarios de pupilaje y gastan otros siete, a lo más, en sus placeres, vestidos y lujo, y se juzgan, a pesar de todo, más hastiados que Sardanápalo. No han comido más que puchero, no han bebido más que vino de estos lugares, con el sabor a la pez del odre, no han recorrido más tierra que la que hay desde su pueblo a Granada, y no han tratado con más mujeres que con las pupileras, con las criadas y con las habitadoras de las callejuelas de San Matías, y ya se creen al cabo de cuanto hay que gozar, ver, merecer y alcanzar en él mundo, y aspirando, no al cielo, que no le descubren, sino a un imposible, que llaman las ilusiones perdidas. No, yo no soy así. Yo me lamento sólo de la imposibilidad del amor que se aquieta en lo que conoce, pero que busca con fe y con esperanza lo desconocido. Veo delante de mí un inmenso espacio que tengo que recorrer aún. Tal vez vaya en pos de sombras que se desvanecerán al tocarlas; mas aún no se han desvanecido, y mi propósito, mi misión, como decimos ahora, es correr en pos de ellas.

Te he de confesar, puesto que en ti siempre confío, que hay en Granada un objeto que excita mi curiosidad vivamente.

No digas nada en casa. No quiero que mi madre se alborote y asuste. No se lo digas tampoco a mi padre, pues, aunque menos asustadizo, empezaría a recelar que yo le gastara más dinero de lo justo.

Hay en Granada un objeto, repito, que excita vivamente mi curiosidad. Es este objeto el alma de una mujer. No se te figure que estoy enamorado de ella. Yo no me enamoro como el vulgo se enamora. Lo único que me enamora es el misterio, misterio que no existe, que yo mismo fraguo, que desaparecerá pronto. Por ahora, sin embargo, he de confesar que le hay.

Claro está, aunque no se me alcanza la razón de esto, que si la mujer fuese o me pareciese fea, la curiosidad que hay en mí de conocer el abismo obscuro de su alma, no se hubiera despertado. Por desgracia o por fortuna, la mujer es muy bonita. Es la que Juan elogiaba tanto y la que merece aún mayores elogios; es la sobrina de mi patrona; es la linda Mariquita.

Lo que más me llama la atención es el reflejo de inteligencia que ilumina su rostro, el aire de nobleza de toda su persona y yo no sé qué aroma de pasión y de sentimiento, que se diría que exhala ella de sí y que la sirve de ambiente. Los estudiantes, con todo, la dicen fría y descorazonada como un mármol y me parece que en efecto lo es.

Hay en ella un espíritu de orden y de simetría contrario a todo movimiento apasionado. Por no descomponer la fisonomía me parece que no se decidiría a llorar, y por no arrugarse un pliegue del vestido no le daría un abrazo a su difunto esposo, pues aseguran que es viuda.

He averiguado que no es por benevolencia ni por amistad por lo que cose los desgarrones y pega los botones de la ropa de cuantos aquí viven: lo hace porque los desgarrones y la falta de botones la lastiman y ofenden. El orden, la limpieza, el buen concierto que reinan en esta casa, con ser casa de estudiantes, se deben a ella.

Cuando doña Mariquita habla con nosotros (ella y su tía comen y cenan con nosotros en la misma mesa), se me figura que no habla con el alma. Habla elegantemente, pero habla en el fondo como una pupilera, y su alma no es el alma de una pupilera como la de su tía. Se me figura que doña Mariquita está llena de desdén; que no se comunica con nosotros; que su alma está a mil leguas de nosotros, y que mientras que la costumbre y el mecanismo de la garganta y de los labios forman las palabras que nos dirige, su alma vuela o se pierde en las más remotas profundidades.

Como y ceno al lado de ella; mi vestido se roza con el suyo, y pienso, no obstante, que ella está lejos, muy lejos de mi. Ella habla en broma, ríe, tiene conversaciones con nosotros lo mismo que su tía, pero la tía está con nosotros en cuerpo y alma, y esa mujer no, lo cual me ofende y pica mi amor propio de la manera más extraña.

No comprendo cómo ha tenido amores esta mujer, y todos, por más que a mí me pese, aseguran que los ha tenido. ¿Qué profanación ha sido ésta? ¿De qué se ha enamorado la mujer que yo juzgo impasible e incapaz de enamorarse?

Ciertas mujeres de Madrid y de París de que tú me has hablado, tienen corazón, aman algo, aman las riquezas, las joyas, los ricos trajes. Ésta no los ama; estoy seguro de que no los ama. A doña Francisca se le puede ganar la voluntad con un poco de arrope, con un jamón de Montefrío, con una libra de roscos de Loja. A doña Mariquita no la sacarías de su interior sosiego con todos los tesoros de Abul-Casen y de Simbad el marino. No he hecho la experiencia, ni es posible que la haga, pero lo presiento y estoy segurísimo de ello.

Yo presumo de fisonomista; interrogo la cara, los ojos de esta mujer, y no veo en ellos un deseo siquiera. No quiere agradar; no es, al menos, algo coqueta. Se viste, se perfila y se asea para sí misma, con un egoísmo refinado.

A veces me pongo a cavilar y a suponer que doña Mariquita es tonta, que es un autómata que habla y pega botones y tiene mucha habilidad para la costura. Pero todo cuanto hace, no digo yo hablar, sino hasta pegar botones, lo hace con tal arte, con tal singular esmero y con un primor tan exquisito, que en todo creo reconocer el sello de la inteligencia misteriosa que la mueve, aunque lejos de nosotros y lejos de ella también, al menos en apariencia.

En pos de esa otra doña Mariquita celeste, va mí alma y no la halla. Siempre tropieza con la doña Mariquita de por aquí, que se representa como falta de alma, alma que está en otro punto y que no acude, por más que la llamo. Yo amaría a doña Mariquita si le acudiese el alma tal como yo supongo que ha de ser. Así no la amo. Yo, sin embargo, le he hecho quince declaraciones, a ver si me responde con el alma, pero esta infeliz doña Mariquita me responde siempre como una pupilera que no quiere conmigo historias de amor.

En esta situación me hallo, y para explicármela, invento a veces los mayores desatinos y casi me los creo. ¿Pues no sueño a veces que doña Mariquita se murió, que el alma divina a la que su cuerpo se había amoldado se fue a regiones más elevadas y propias de ella, y que vino a ponerse en lugar suyo otra alma vulgar de pupilera, que prolonga la vida de su cuerpo? ¿No me doy a entender que todo el encanto de este cuerpo está en los rastros que dejó en él el alma que le ha abandonado? ¿No me la finjo como un pomo de esencias olorosas que ya se evaporaron, pero que conserva el perfume, aunque vacío?

Todas estas imaginaciones, todos estos desvanecidos pensamientos, me llenan de agitación y me atormentan; pero sentiría que se disipasen. A falta de otra más noble esperanza de sobrenaturales deleites, me hacen prever y creer y esperar en algo semejante a ellos. Hay momentos en que imagino que la diosa, que el espíritu que estoy evocando, se me va a aparecer, no en el silencio y la obscuridad de la noche, sino a la luz meridiana, como las ninfas, las musas y los inmortales del Olimpo se mostraban en los tiempos primeros a los héroes y a los pastores: no en el apartamiento de bosques sombríos y apenas hollados de planta humana, sino en la concurrida Carrera de las Angustias y en una casa llena de estudiantes traviesos y alborotadores, y cuyo mirador de cristales, según dice con razón doña Francisca, parece un coche parado.

Verdad es que esta esperanza no se me logra. Cuando yo creo que la diosa se me descubre, percibo que sólo tengo delante a la pupilera.

Ríete de mí cuanto quieras; nunca te reirás tanto como yo me río.

- VI -

Ensayos poéticos

La carta que antecede la escribió Antonio en la cuarta noche que pasamos en Granada, noche en que apenas durmió, agitado por lo que llamaba su curiosidad, y que a él me parecía un repentino y endiablado enamoramiento.

Esta idea ni me dejaba sosegar ni consentía tampoco que el sueño cerrase mis párpados. Yo no paraba de echarme en cara el haber traído a casa de doña Mariquita a un hombre tan apasionado y tan curioso.

Antonio me había dicho cosas tan raras, que las de la carta a don Diego nada de extraño tenían comparadas con ellas. Sostenía siempre Antonio que su amor no era amor, sino mero capricho, hijo de la curiosidad. Lo único que pudiera trocársele en amor era la aparición divina, que él soñaba como posible, al través del velo terrestre y prosaico que envolvía el alma de la joven pupilera.

Por más que yo cavilaba, no acertaba a traslucir esta divinidad oculta. Doña Mariquita me había parecido siempre muy guapa, aunque huraña y, extravagante en demasía; pero nunca sospeché, ni sospechaba entonces, los etéreos arcanos de su alma, ora ausente en lo más remoto de las celestiales esferas, ora abismada y aletargada en el fondo impenetrable de su lindo pecho.

Siempre he sido materialote y poco metafísico, y todo me lo he explicado o he querido explicármelo de la manera más vulgar. Así es que yo imaginaba y daba por cierto que doña Mariquita era, como suele decirse, una buena pieza de arrugadillo, más retrechera que el reloj de Pamplona, y que procuraba, con desdenes y altiveces de desamorada, templados por las finezas y los rendimientos de la amistad, encender en el corazón de Antonio una amorosa llama, en que su vanidad se gozase, ya que no se complaciese su codicia.

A fin de penetrar mejor el carácter de esta mujer, me propuse averiguar cuanto pudiera de su vida y milagros, al menos de los más recientes. De esto ya he dicho en otro lugar que nada sabía yo, tanto por lo reservada que era ella, como por mis distracciones y corta inclinación a enterarme de nada. Lo único que yo sabía era que el alpujarreño Finuras y el bizco Currito Antúnez la habían pretendido inútilmente. Ambos habían llevado calabazas, si bien no eran estos triunfos para muy encomiados y colocados entre los más conspicuos y admirables de la castidad. Uno y otro pretendientes, ni podían seducir por ricos ni por muy gallardos de persona.

En fin, yo que era, a la sazón, un mozo barbilampiño, novato e ignorante de las cosas del mundo, aunque presumía de no serlo, temía que Antonio se engolfase en aquel maremagnum de amor, de curiosidad o lo que fuese, y para librarle de él determiné contribuir a que doña Mariquita depusiese el ceño y echase a un lado desvíos, o bien a que la conociese Antonio y acabase por tenerla en tan poco que nada de ella le importara. Para los dos fines pensé valerme de dos medios a cual más eficaces. De Miguel, con quien, por ser sujeto de grande experiencia, era, a mi ver, utilísimo asesorarse, y de doña Francisca, que no me quería mal, aunque hasta entonces había estado yo algo arisco e indómito, defectos de que, en gracia de la amistad, pensaba yo corregirme; cosa fácil, porque doña Francisca estaba más fresca que una lechuga y tenía unos colores y una lozanía más de aurora rutilante de primavera que de noche invernal de truenos y desengaños.

Embelesado en trazar estos planes, y viendo ya en lo porvenir que Antonio y yo éramos, por todos estilos, unos como príncipes y señores absolutos de aquella casa, tan ilustre cuanto agradable, me quedé dormido en un sueño beato que me duró hasta las nueve de la mañana.

Cuando desperté me encontré con Antonio levantado, sentado a la mesa de escribir y manoteando mucho. Antonio, como el noventa y nueve por ciento de los jóvenes de aquella época, era poeta, quiero decir, hacía versos. De suerte que al verle yo manotear comprendí que en aquel momento los hacía, o que acababa de hacerlos, y se los leía a sí propio para saborear y ponderar bien los quilates de su primor y excelencia.

-¿Qué es esto, hombre -le dije-, no te has acostado esta noche? Al dormirme te dejé escribiendo y escribiendo te hallo en cuanto me despierto y abro los ojos.

-Me he acostado y he dormido -me respondió-; lo que tiene es que yo no duermo tanto como tú. Por eso el tiempo me cunde. Anoche escribí varias cartas y hoy de mañana he escrito una meditación poética o cosa por el estilo.

-¿Meditación poética tenemos? -repliqué-. Apuesto a que doña Mariquita es la musa que te la ha inspirado.

-Lo es y no lo es -dijo Antonio-. Ya te he puesto en autos de mi amor, si es que amor puede llamarse esta alucinación que me hace esperar que he de descubrir en ella el ser inefable y escondido que hace tiempo adoro; mas para que entiendas mejor el estado de mi alma y le tomes el pulso y adivines algo del mal que padece, voy a leerte la carta que he escrito a mi primo don Diego, donde pongo en su punto lo más esencial de todo.

Luego te leeré la meditación, la cual esto, seguro que ha de agradarte.

-Lo creo -repliqué yo, y me puse a escuchar con reconcentrada atención y con recogimiento maravilloso.

Antonio me leyó primero la carta que ya conocen los lectores, y enseguida, desenvainando otros papeles, declamó con tono melancólico y con cierta musiquilla monótona, entonces muy en moda, los versos que siguen, y que a mí me parecieron de lo más encumbrado que se ha escrito, aunque confieso que la mitad de ellos no los entendí y la otra mitad no me pareció muy católica; pero esto se debe perdonar y tomar por licencia poética y por achaques de aquellos tiempos, en que estaba aún en su fuerza el romanticismo, del cual, aunque Antonio no se mostraba partidario, no dejaba con todo de sentir y aun de padecer el influjo.

Los versos eran así:

Tendió mi alma enamorada el vuelo

En la noche serena

Por la extensión del adormido cielo

Buscando la deidad que me enajena.

En el centro evoqué del bosque umbrío

Su aparición divina;

Vi su llanto en las perlas del rocío,

Su mirada en la estrella matutina.

Fijé con ansia de la fuente pura

En el cristal los ojos,

Y la imagen vi en él de su hermosura

Sin velo, sin desdén y sin enojos.

Y pensé oír la mística armonía

De la creación entera,

Y me infundieron dulce poesía

El alba y la apacible primavera.

Responder parecían a mi acento

El agua en sus murmullos,

En su delgada voz el manso viento,

La paloma en sus lánguidos arrullos.

Así en la primavera de mi vida

Sentí y encontré amores

En la remota luz y en la escondida

Alma de las estrellas y las flores.

Ora en el mundo, para mí desierto,

Falta la vida arcana;

Las ondinas y sílfides han muerto;

Murió toda existencia sobrehumana.

Ni la brillante mensajera leve

En el iris se posa,

Ni la rueda de amor Cipriana mueve,

Ni besa a Endimión la casta diosa.

El eco no repite mi suspiro,

Mustias las flores veo,

Vagan los astros en callado giro.

¿Do habrá el ser que responda a mi deseo?

Tan sólo en ti, bellísima María,

Tal vez amor encierra,

Y me guarda la gloria y la poesía

Que me robó del cielo y de la tierra.

Si eres, pues, de los sueños que yo adoro

Manantial suave,

Mi vida enlaza con tu crencha de oro

Y de mi corazón toma la llave.

No bien acabó Antonio de leer estos versos, exclamé yo con toda sinceridad:

-Magnífico, admirable. Sólo me pesaría que doña Mariquita no entendiese una palabra de todo eso. ¿Cuándo ha sido ella, una pupilera, tan platónica y filosóficamente requebrada? ¿Cómo quieres que entienda Mariquita esas nebulosas coplas, cuando habrá acaso personas muy principales que serán para tus versos tanquam asinu ad liram?

-Hombre, no -contestó Antonio-; me parece que yo no extraigo aquí ningunas quintas esencias, ni me pierdo en las nubes, ni empleo palabras que no sean llanas, usuales y conocidas de todos.

-Así es lo cierto en cuanto a las palabras; pero el sentido que tienen no es tan claro como ellas.

En este punto, Miguel, que había entrado en el cuarto desde que empezó Antonio a leer los versos y que los había escuchado sin pestañear, dijo de esta manera:

-Lo que es yo, señorito, declaro que no he comprendido muy bien esa tonada; pero así, al oído, me parece de perlas, y sobre todo al final, con aquello de dar a la consabida prenda la vida y las llavecillas del corazón, que no hay más que dar ni qué pedir.

-Miguel -dije yo- es voto en la materia, como que es el poeta más famoso de nuestro lugar.

-Pues ya se ve que lo soy -contestó él-, y todavía hago versos, y versos de enamorado, que, si me atreviera, había de leer ahora, a pesar de que parecerían mal después de los de mi amo, que son tan remontados.

-¿Y a quién has hecho tú versos últimamente?

-¿A quién había de ser -replicó Miguel-, sino a la moza de cuerpo de casa, a la sandunguera Rafaelilla, serrana y regalo legítimo y pintiparado para los hombres crudos, sino fuera tan perra y tan indina?

-Vamos -dije yo-, está visto; todos están enamorados. No estamos en Granada, estamos en Pafos o en Amatunte.

-Yo no sé dónde estamos, ni qué tierras son esas; pero sé he compuesto unas décimas glosadas de una copla de fandango para que se puedan cantar con el punto de la Habana, y si ustedes lo permiten, voy a decirlas.

-Somos todos oídos -dijo Antonio.

-Nos sólo con ellos, sino con el alma te escucho -añadí yo.

-Pues, señores míos, las décimas dicen así -y empezó a recitarlas, porque como no sabía escribir, componía y guardaba en la memoria sus composiciones:

El cuerpo me hiede a humo

Y el corazón a puñales,

Y la sangre de las venas

Rabiando porque no sale.

Cuando ir de aquí para allí

Te diquelé, Rafaela,

Con refajo de franela

Amarillo y carmesí,

Cuando fregando te vi

Con aljofifas el suelo,

Me convertí en caramelo;

Que me incendiaste presumo,

Pues mientras sigues cual hielo

El cuerpo me hiede o humo.

Y cuando vi al malagueño,

A ese bizco endemoniado,

A quien oyes con risueño

Semblante, y que como dueño

Entra en el coto vedado,

Al alma mía le dites

Mil fatiguillas mortales,

Y al alma suya confites;

Pero el cuerpo le expusistes

Y el corazón a puñales.

Si no apartas tu querer

De ese bizquillo blandengue,

Acaso yo le derrengue,

Que no me sé contener.

¿No me ves en tu poder

Cautivo de tus cadenas?

¿Quieres, flor de las morenas,