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El Libro de los Mártires

Por Juan Fox

Índice:

Capítulo

1: Historia De Los Mártires Cristianos Hasta La Primera Persecución General

Bajo Nerón

Capítulo

2: Las Diez Primeras Persecuciones

Capítulo

3: Persecuciones Contra Los Cristianos En Persia

Capítulo

4: Persecuciones Papales

Capítulo

5: Una Historia de la Inquisición

Capítulo

6: Historia de las persecuciones en Italia bajo el papado

Capítulo

7: Historia de la vida y persecuciones contra Juan Wicliffe

Capítulo

8: Historia de las persecuciones en Bohemia bajo el papado

Capítulo

9: Historia de la vida y persecuciones de Martín Lutero

Capítulo

10: Persecuciones generales en Alemania

Capítulo

11: Historia de las persecuciones en los Países Bajos

Capítulo

12: La vida e historia del verdadero siervo y mártir de Dios, William Tyndale

Capítulo

13: Historia de la vida de Juan Calvino

Capítulo

14: Historia de las persecuciones en Gran Bretaña e Irlanda, antes del reinado de

la reina María I

Capítulo

15: Historia de las persecuciones en Escocia durante el reinado de Enrique VIII

Capítulo

16: Persecuciones en Inglaterra durante el reinado de la reina María

Capítulo

17: Surgimiento y progreso de la religión protestante en Irlanda; con un relato de

las bárbaras matanzas de 1641

Capítulo

18: El surgimiento, progreso, persecuciones y sufrimientos de los Cuáqueros

Capítulo

19: Historia de la vida y persecuciones de John Bunyan

Capítulo

20: Historia de la vida de John Wesley

Capítulo

21: Las persecuciones contra los protestantes franceses en el sur de Francia,

durante los años 1814 y 1820

Capítulo

22: El comienzo de las misiones americanas en el extranjero

BOSQUEJO DEL AUTOR

John Fox (o Foxe) nació en Boston, en el condado de Lincolnshire (Inglaterra) en 1517, donde se

dice que sus padres vivían en circunstancias respetables. Quedó huérfano de padre a una edad

temprana, y a pesar de que su madre pronto volvió a casarse, permaneció bajo el techo paterno.

Por su temprana exhibición de talento y disposición al estudio, sus amigos se sintieron impelidos

a enviarlo a Oxford, para cultivarlo y llevarlo a la madurez.

Durante su residencia en Oxford, se distinguió por la excelencia y agudeza de su

intelecto, que mejoró con la emulación de sus compañeros de estudios, junto con un celo y

actividad incansables. Estas cualidades pronto le ganaron la admiración de todos, y como

recompensa por sus esfuerzos y conducta gentil fue escogido «Fellow» del Magdalen College, lo

que era considerado como un gran honor en la universidad, y que pocas veces era concedido:

sólo en casos de gran distinción. La primera exhibición de su genio fue en poesía, y compuso

algunas comedias latinas, que aún existen. Pero pronto dirigió su atención a una cuestión más

seria, al estudio de las Sagradas Escrituras: y la verdad es que se aplicó a la teología con más

fervor que prudencia, y descubrió su parcialidad hacia la Reforma, que para entonces había

comenzado, antes que conociera a los que la apoyaban, o a los que le habían protegido. Y esta

circunstancia vino a estar en el origen de sus primeros problemas.

Se dice que afirmó en muchas ocasiones que lo primero que lo llevó a su examen de la

doctrina papista fue que vio diversas cosas de lo más contradictorias entre sí impuestas sobre los

hombres a la vez; por esta razón su resolución y afán de obediencia a la Iglesia sufrieron una

cierta sacudida, y gradualmente se estableció un desagrado hacia el resto.

Su primer cuidado fue investigar la historia antigua y la moderna de la Iglesia; determinar

su origen y progreso; considerar las causas de todas aquellas controversias que habían surgido en

el intervalo, y sopesar diligentemente sus efectos, solidez, debilidades, etc.

Antes de llegar a los treinta años había estudiado los padres griegos y latinos, y otros

eruditos autores, las transacciones de los Concilios y los decretos de los consistorios, y había

adquirido un conocimiento muy competente de la lengua hebrea. A estas actividades dedicaba

frecuentemente una parte considerable de la noche, o incluso la noche entera; y a fin de relajar su

mente después de un estudio tan incesante, acudía a una arboleda cercana al colegio, lugar muy

frecuentado por los estudiantes al atardecer, debido a su recóndita lobreguez. En estos paseos

solitarios se le oía con frecuencia emitir profundos sollozos y suspiros, y con lágrimas derramar

sus oraciones a Dios. Estos retiros nocturnos, posteriormente, dieron origen a las primeras

sospechas de su alejamiento de la Iglesia de Roma. Apremiado a que diera una explicación de su

conducta, rechazó inventar excusa alguna; expuso sus opiniones; así, por sentencia del colegio,

fue declarado convicto, condenado como hereje, y expulsado.

Sus amigos, al conocer este hecho, se sintieron sumamente ofendidos, y le ofrecieron,

cuando había sido así rechazado por los suyos, un refugio en casa de Sir Tliomas Lucy, de

Warwickshim, adonde fue llamado como preceptor de sus hijos. La casa está cerca de Stmtford-

on-Avon, y fue este lugar el que, pocos años después, fue la escena de las tradicionales

expediciones de pesca clandestina del niño Shakespeare. Fox murió cuando Shakespeare tenía

tres años.

Posteriormente, Fox contrajo matrimonio en la casa de Sir Lucy. Pero el temor de los

inquisidores papistas le hizo huir pronto de allí, por cuanto no se contentaban con castigar delitos

públicos, sino que comenzaban también a inmiscuirse en los secretos de familias privadas.

Comenzó ahora a considerar qué debía hacer para librarse de mayores inconvenientes, y resolvió

dirigirse a la casa de su suegro.

El padre de su mujer era ciudadano de Coventry, y sus simpatías no estaban contra él, y

era más que probable que se le pudiera persuadir, por causa de su hija. Resolvió primero ir a casa

de él, y antes, mediante cartas, ver si su suegro le recibiría o no. Así lo hizo, y como respuesta

recibió el siguiente mensaje: «Que le parecía cosa dura aceptar en su casa a alguien que sabía

que era culpable y que estaba condenado por un delito capital; y que tampoco ignoraba el riesgo

en que incurriría al aceptarlo; sin embargo, actuaría como pariente, y pasaría por alto su propio

peligro. Si cambiaba de idea, podía acudir, bajo la condición de que estaría tanto tiempo como

deseaba; pero si no podía persuadirse, que tenía que contentarse con una estancia más breve, y no

poner en peligro ni a él ni a su madre.»

No se debía rechazar ninguna condición; además, fue secretamente aconsejado por su

suegra que acudiera, y que no temiera la severidad de su suegro, «porque quizá era necesario

escribir como lo hacía, pero si se daba la ocasión, compensaría sus palabras con sus acciones.»

De hecho, fue mejor recibido por ambos que lo que había esperado.

De esta manera se mantuvo oculto durante un cierto tiempo, y después emprendió viaje a

Londres, durante la última parte del minado de Enrique VIII. Siendo desconocido en la capital,

se encontró con muchas estrecheces, e incluso quedó reducido al peligro de morir de hambre, si

la Providencia no se hubiera interpuesto en su favor de la siguiente manera:

Un día, estando Fox sentado en la Iglesia de San Pablo, agotado tras largo ayuno, un

extraño se sentó a su lado, y le saludó cortésmente, poniendo una suma de dinero en su mano, y

exhortándole a que cobrara buen ánimo. Al mismo tiempo le informó que al cabo de pocos días

se le abrirían nuevas perspectivas para su futuro mantenimiento. Nunca pudo saber quién era este

extraño, pero al cabo de tres días recibió una invitación de la Duquesa de Richmond para que se

encargara de la educación de los hijos del Conde de Surrey, que estaba encarcelado en la Torre,

junto con su padre, el Duque de Norfolk, por los celos y la ingratitud del rey. Los hijos así

confiados a sus cuidados fueron Thomas, que sucedió en el ducado; Henry, después Conde de

Northampton; y Jane, que llegó a ser Condesa de Westmoreland. Y en el cumplimiento de estos

deberes dio plena satisfacción a la duquesa, la tía de los niños.

Estos días apacibles prosiguieron durante la última parte del reinado de Enrique VIII y los

cinco años del reinado de Eduardo VI, hasta que María heredó la corona, la cual, poco después

de su accesión, dio todo el poder en manos de los papistas.

Para este tiempo Fox, que estaba todavía bajo la protección de su noble pupilo, el duque,

comenzó a suscitar la envidia y el odio de muchos, particularmente, del doctor Gardiner, que era

entonces Obispo de Winchester, y que posteriormente llegó a ser su más acerbo enemigo.

Fox se dio cuenta de esto, y viendo que comenzaba una terrible persecución, comenzó a

pensar en abandonar el reino. Tan pronto como el duque conoció sus intenciones, trató de

persuadirle para que permaneciera allí, y sus argumentos fueron tan poderosos y dichos con tanta

sinceridad, que abandonó el pensamiento de abandonar su asilo por ahora.

En aquel tiempo el Obispo de Winchester tenía una gran amistad con el duque (habiendo

sido por el patronazgo de su familia que había negado a la dignidad de que entonces gozaba,) y

frecuentemente lo visitaba para presentarle su servicio cuando pidió varias veces poder ver a su

antiguo tutor. Al principio el duque se negó a su petición, alegando en una ocasión su ausencia, y

otra vez indisposición. Al final sucedió que Fox, no sabiendo que el obispo estaba en la casa,

entró en la estancia en la que el duque y el obispo estaban conversando; pero, al ver al obispo, se

retiró. Gardiner preguntó de quien se trataba, contestándole el duque que era «su médico, que era

algo rudo, siendo recién llegado de la universidad». «Me gustan mucho su cara y aspecto»,

contestó el obispo, «y cuando tenga ocasión lo haré llamar». El duque entendió estas palabras

como presagio de un peligro inminente, y consideró que era ya hora de que Fox abandonara la

ciudad, e incluso el país. Así, hizo preparar todo lo necesario para su huida en secreto, enviando

a uno de sus siervos a Ipswich para que alquilara una nave e hiciera todos los preparativos para la

partida. También arregló la casa de uno de sus siervos, un granjero, para alojamiento hasta que el

viento fuera favorable. Todo dispuesto, Fox se despidió de su noble protector, y con su mujer,

que estaba entonces embarazada, partió en secreto hacia la nave.

Apenas si se habían dado a la vela cuando sobrevino una tempestad violenta, que duró

todo el día y toda la noche, y que al día siguiente los empujó de vuelta al mismo puerto del que

habían partido. Durante el tiempo en que la nave había estado en la mar, un oficial, enviado por

el obispo de Winchester, había irrumpido en la casa del granjero con una orden de arresto contra

Fox allí donde se encontrara, para devolverlo a la ciudad. Al saber las noticias, alquiló un

caballo, bajo la apariencia de partir de inmediato de la ciudad; pero volvió secretamente aquella

misma noche, y acordó con el capitán de la nave que zarpara rumbo a donde fuera tan pronto

como el viento cambiara, sólo deseando que saliera, sin duda alguna de que Dios prosperaría su

empresa. El marino aceptó, y al cabo de dos días sus pasajeros bajaban a tierra, sanos y salvos,

en Nieuport.

Después de pasar unos pocos días en aquel lugar, Fox emprendió viaje a Basilea, donde

encontró un grupo de refugiados ingleses, que habían abandonado su país para evitar la crueldad

de los perseguidos, y se asoció con ellos y comenzó a escribir su «Historia de los Actos y

Monumentos de la Iglesia»: que fue publicada primero en latín en Basilea en 1554, y en inglés en

1563.

Durante aquel intervalo, la religión reformada volvió a florecer en Inglaterra, y a decaer

mucho la facción papista tras la muerte de la Reina María. Esto indujo a la mayoría de los

exiliados protestantes a volver a su país natal.

Entre otros, al acceder Elisabet al trono, también volvió Fox. Al llegar, encontró en su

anterior pupilo, el Duque de Norfolk, a un fiel y activo amigo, hasta que la muerte le privó de su

benefactor. Después de este acontecimiento, Fox heredó una pensión que el duque le había

testado, y que fue ratificada por su hijo, el Conde de Suffolk.

Y no se detuvo aquí el buen suceso del buen Fox. Al ser recomendado a la reina por su

secretario de estado, el gran Cecil, su majestad lo nombró canónigo de Shipton, en la catedral de

Salisbury, lo cual fue en cierta manera obligado a aceptar, porque fue muy difícil convencerlo

para que lo aceptara.

Al volverse a instalar en Inglaterra, se dedicó a revisar y a ampliar su admirable

Martirologio. Con un cuidado prodigioso y un estudio constante dio fin a su célebre obra en once

años. Tratando de alcanzar una mayor corrección, escribió cada línea de este extenso libro por sí

mismo, y transcribió por sí mi todos los registros y documentos. Pero, en consecuencia a un

trabajo tan afano al no dejar parte de su tiempo libre de estudio, y al no permitirse ni el recreo ni

el recito que la naturaleza demanda, su salud quedó tan reducida, y tan demacrado y alterado,

que aquellos amigos y parientes suyos que sólo veían de tanto en tanto apenas si podían

reconocerle. Pero, aunque cada día agotaba más, prosiguió con sus estudios con tanta diligencia

como solía, que se le pudiera persuadir para que redujera el ritmo de sus trabajos. Los papistas,

previendo lo perjudicial que sería para la causa de ellos aquella historia de sus errores y

crueldades, recurrieron a todos los ardides para rebajar reputación de su obra; pero su malicia dio

un señalado servicio' tanto para mismo Fox como para la Iglesia de Dios en general, por cuanto

hizo que libro fuera más intrínsecamente valioso, al inducirle a sopesar, con la m escrupulosa

atención, la certidumbre de los hechos que registraba, y la validez de las autoridades de las que

conseguía su información.

Pero en tanto que estaba así infatigablemente dedicado a impulsar la causa de la verdad,

no descuidó por ello los otros deberes de su posición; era caritativo, compasivo y solícito ante las

necesidades, tanto espirituales como temporal de sus prójimos. Con vistas a ser útil de manera

más extensa, aunque no tenía deseos de cultivar la amistad de los ricos y de los grandes en su

propio favor, no declinó la amistad de los que se la ofrecían desde las más altas posiciones y

nunca dejó de emplear su influencia entre ellos en favor de los pobres necesitados. Como

consecuencia de su probidad y caridad bien conocidas, fueron frecuentemente entregadas sumas

de dinero por parte de personas ricas, dinero que aceptaba y distribuía entre los que padecían

necesidades. También acudía ocasionalmente a la mesa de sus amigos, no tanto en busca de

placer como por cortesía, y para convencerles de que su ausencia no estaba ocasionada por temor

a exponerse a las tentaciones del apetito. En resumen: su carácter como hombre y como cristiano

era irreprochable.

Aunque los recientes recuerdos de las persecuciones bajo María la Sangrienta añadieron

amargura a su pluma, es de destacar que él era personalmente más conciliador de los hombres, y

que aunque rechazaba de corazón a la Iglesia de Roma en la que había nacido, fue uno de los

primeros en intentar la concordia de los hermanos protestantes. De hecho, fue un verdadero

apóstol de la tolerancia.

Cuando la peste azotó Inglaterra en 1563, y muchos abandonaron sus deberes, Fox

permaneció en su puesto, ayudando a los desvalidos y actuando con limosnero de los ricos. Se

dijo de él que jamás pudo rechazar ayudar a nadie que se lo pidiera en nombre de Cristo.

Tolerante y con un gran corazón, ejerció su influencia cerca de la Reina Elisabet para

confirmarla en su intención de mantener la cruel práctica de dar muerte a los que mantuvieran

convicciones religiosas opuestas. La mina le tenía gran respeto, y se refería a él como «Nuestro

Padre Foxe».

Fox tuvo gozo en los frutos de su obra mientras vivía aún. Su libro vio cuatro grandes

ediciones antes de su muerte, y los obispos dieron orden de que f puesto en cada iglesia catedral

en Inglaterra, donde a menudo se encontraba encadenado, como la misma Biblia en aquellos

tiempos, a un atril, al que tenía acceso el pueblo.

Al final, habiendo dado largo servicio tanto a la Iglesia como al mundo mediante su

ministerio, por medio de su pluma, y por el brillo impecable de una vida benevolente, útil y

santa, entregó humildemente su alma a Cristo, dieciocho de abril de 1587, a los setenta años de

edad. Fue sepultado el presbiterio de St. Giles, en Cripplegate, parroquia en la que había sido

vicaio por cierto tiempo, al comienzo del reinado de Elisabet.

***

CAPÍTULO 1

Historia De Los Mártires Cristianos. Hasta La Primera

Persecución General Bajo Nerón

Cristo nuestro Salvador, en el Evangelio de San Mateo, oyendo la confesión de Simón Pedro, el

cual, antes que todos los demás, reconoció abiertamente que Él era el Hijo de Dios, y

percibiendo la mano providencial de Su Padre en ello, lo llamó (aludiendo a su nombre) una

roca, roca sobre la cual El edificaría Su Iglesia con tal fuerza que las puertas del infierno no

prevalecerían contra ella. Y con estas palabras se deben observar tres cosas: Primero, que Cristo

tendría una iglesia en este mundo. Segundo, que la misma Iglesia sufriría una intensa oposición,

no sólo por parte del mundo, sino también con todas las fuerzas y poder del infierno entero. Y en

tercer lugar que esta misma Iglesia, a pesar de todo el poder y maldad del diablo, se mantendría.

Esta profecía de Cristo la vemos verificada de manera maravillosa, por cuanto todo el

curso de la Iglesia hasta el día de hoy no parece más que un cumplimiento de esta profecía.

Primero, el hecho de que Cristo ha establecido una Iglesia no necesita demostración. Segundo,

¡con qué fuerza se han opuesto contra la Iglesia príncipes, reyes, monarcas, gobernadores y

autoridades de este mundo! Y, en tercer lugar, ¡cómo la Iglesia, a pesar de todo, ha soportado y

retenido lo suyo! Es maravilloso observar qué tormentas y tempestades ha vencido. Y para una

más evidente exposición de esto he preparado esta historia, con el fin, primero, de que las

maravillosas obras de Dios en Su Iglesia redunden para Su gloria; y también para que al

exponerse la continuación e historia de la Iglesia, pueda redundar ello en mayor conocimiento y

experiencia para provecho del lector y para la edificación de la fe cristiana.

Como no es nuestro propósito entrar en la historia de nuestro Salvador, ni antes ni

después de Su crucifixión, sólo será necesario recordar a nuestros lectores el desbarate de los

judíos por Su posterior resurrección. Aunque un apóstol le había traicionado; aunque otro le

había negado, bajo la solemne sanción de un juramento, y aunque el resto le había abandonado,

excepto si exceptuamos aquel «discípulo que era conocido del sumo sacerdote», la historia de Su

resurrección dio una nueva dirección a todos sus corazones, y, después de la misión del Espíritu

Santo, impartió una nueva confianza a sus mentes. Los poderes de los que fueron investidos les

dieron confianza para proclamar Su nombre, para confusión de los gobernantes judíos, y para

asombro de los prosélitos gentiles.

I. San Esteban

San Esteban fue el siguiente en padecer. Su muerte fue ocasionada por la fidelidad con la que

predicó el Evangelio a los entregadores y matadores de Cristo. Fueron excitados ellos a tal grado

de furia, que lo echaron fuera de la ciudad, apedreándolo hasta matarlo. La época en que sufrió

se supone generalmente como la pascua posterior a la de la crucifixión de nuestro Señor, y en la

época de Su ascensión, en la siguiente primavera.

A continuación se suscitó una gran persecución contra todos los que profesaban la

creencia en Cristo como Mesías, o como profeta. San Lucas nos dice de inmediato que «en aquel

día se hizo una grande persecución en la iglesia que estaba en Jerusalén», y que «todos fueron

esparcidos por las tierras de Judea y de Samaria, salvo los apóstoles».

Alrededor de dos mil cristianos, incluyendo Nicanor, uno de los siete diáconos,

padecieron el martirio durante «la tribulación que sobrevino en tiempo de Esteban».

II. Jacobo el Mayor

El siguiente mártir que encontramos en el relato según San Lucas, en la Historia de los Hechos

de los Apóstoles, es Jacobo hijo de Zebedeo, hermano mayor de Juan y pariente de nuestro

Señor, porque su madre Salomé era prima hermana de la Virgen María. No fue hasta diez años

después de la muerte de Esteban que tuvo lugar este segundo martirio. Ocurrió que tan pronto

como Herodes Agripa fue designado gobernador de Judea que, con el propósito de congraciarse

con los judíos, suscitó una intensa persecución contra los cristianos, decidiendo dar un golpe

eficaz, y lanzándose contra sus dirigentes. No se debería pasar por alto el relato que da un

eminente escritor primitivo, Clemente de Alejandría. Nos dice que cuando Jacobo estaba siendo

conducido al lugar de su martirio, su acusador fue llevado al arrepentimiento, cayendo a sus pies

para pedirle perdón, profesándose cristiano, y decidiendo que Jacobo no iba a recibir en solitario

la corona del martirio. Por ello, ambos fueron decapitados juntos. Así recibió resuelto y bien

dispuesto el primer mártir apostólico aquella copa, que él le había dicho a nuestro Salvador que

estaba dispuesto a beber. Timón y Parmenas sufrieron el martirio alrededor del mismo tiempo; el

primero en Filipos, y el segundo en Macedonia. Estos acontecimientos tuvieron lugar el 44 d.C.

III. Felipe

Nació en Betsaida de Galilea, y fue llamado primero por el nombre de «discípulo». Trabajó

diligentemente en Asia Superior, y sufrió el martirio en Heliópolis, en Frigia. Fue azotado,

echado en la cárcel, y después crucificado, en el 54 d.C.

IV. Mateo

Su profesión era recaudador de impuestos, y había nacido en Nazaret. Escribió su evangelio en

hebreo, que fue después traducido al griego por Jacobo el Menor. Los escenarios de sus labores

fueron Partia y Etiopía, país en el que sufrió el martirio, siendo muerto con una alabarda en la

ciudad de Nadaba en el año 60 d.C.

V. Jacobo el Menor

Algunos suponen que se trataba del hermano de nuestro Señor por una anterior mujer de José.

Esto es muy dudoso, y concuerda demasiado con la superstición católica de que María jamás

nunca tuvo otros hijos más que nuestro Salvador. Fue escogido para supervisar las iglesias de

Jerusalén, y fue autor de la Epístola adscrita a Jacobo, o Santiago, en el canon sagrado. A la edad

de noventa y nueve años fue golpeado y apedreado por los judíos, y finalmente le abrieron el

cráneo con un garrote de batanero.

VI. Matías

De él se sabe menos que de la mayoría de los discípulos; fue escogido para llenar la vacante

dejada por Judas. Fue apedreado en Jerusalén y luego decapitado.

VII. Andrés

Hermano de Pedro, predicó el evangelio a muchas naciones de Asia; pero al llegar a Edesa fue

prendido y crucificado en una cruz cuyos extremos fueron fijados transversalmente en el suelo.

De ahí el origen del término de Cruz de San Andrés.

VIII. San Marcos

Nació de padres judíos de la tribu de Leví. Se supone que fue convertido al cristianismo por

Pedro, a quien sirvió como amanuense, y bajo cuyo cuidado escribió su Evangelio en griego.

Marcos fue arrastrado y despedazado por el populacho de Alejandría, en la gran solemnidad de

su ídolo Serapis, acabando su vida en sus implacables manos.

IX. Pedro

Entre muchos otros santos, el bienaventurado apóstol Pedro fue condenado a muerte y

crucificado, como algunos escriben, en Roma; aunque otros, y no sin buenas razones, tienen sus

dudas acerca de ello. Hegesipo dice que Nerón buscó razones contra Pedro para darle muerte; y

que cuando el pueblo se dio cuenta, le rogaron insistentemente a Pedro que huyera de la ciudad.

Pedro, ante la insistencia de ellos, quedó finalmente persuadido y se dispuso a huir. Pero,

llegando a la puerta, vio al Señor Cristo acudiendo a él, a quien, adorándole, le dijo: «Señor, ¿a

dónde vas?» A lo que él respondió: «A ser de nuevo crucificado». Con esto, Pedro, dándose

cuenta de que se refería a su propio sufrimiento, volvió a la ciudad. Jerónimo dice que fue

crucificado cabeza abajo, con los pies arriba, por petición propia, porque era, dijo, indigno de ser

crucificado de la misma forma y manera que el Señor.

X. Pablo.

También el apóstol Pablo, que antes se llamaba Saulo, tras su enorme trabajo y obra

indescriptible para promover el Evangelio de Cristo, sufrió también bajo esta primera

persecución bajo Nerón. Dice Abdías que cuando se dispuso su ejecución, que Nerón envió a dos

de sus caballeros, Ferega y Partemio, para que le dieran la noticia de que iba a ser muerto. Al

llegar a Pablo, que estaba instruyendo al pueblo, le pidieron que orara por ellos, para que ellos

creyeran. Él les dijo que poco después ellos creerían y serían bautizados delante de su sepulcro.

Hecho esto, los soldados llegaron y lo sacaron de la ciudad al lugar de las ejecuciones, donde,

después de haber orado, dio su cuello a la espada.

XI. Judas

Hermano de Jacobo, era comúnmente llamado Tadeo. Fue crucificado en Edesa el 72 d.C.

XII. Bartolomé

Predicó en varios países, y habiendo traducido el Evangelio de Mateo lenguaje de la India, lo

propagó en aquel país. Finalmente fue cruelmente azotado y luego crucificado por los agitados

idólatras.

XIII. Tomás

Llamado Didimo, predicó el Evangelio en Partia y la India, donde, provocar a los sacerdotes

paganos a ira, fue martirizado, atravesado con lanza.

XIV. Lucas

El evangelista, fue autor del Evangelio que lleva su nombre. Viajó con por varios países, y se

supone que fue colgado de un olivo por los idolátricos sacerdotes de Grecia.

XV. Simón

De sobrenombre Zelote, predicó el Evangelio en Mauritania, Africa, incluso en Gran Bretaña,

país en el que fue crucificado en el 74 d.C.

XVI. Juan

El «discípulo amado» era hermano de Jacobo el Mayor. Las iglesias Esmirna, Pérgamo, Sardis,

Filadelfia, Laodicea y Tiatira fueron fundadas él. Fue enviado de Éfeso a Roma, donde se afirma

que fue echado en un calde de aceite hirviendo. Escapó milagrosamente, sin daño alguno.

Domiciano desterró posteriormente a la isla de Patmos, donde escribió el Libro Apocalipsis.

Nerva, el sucesor de Domiciano, lo liberó. Fue el único apóstol que escapó una muerte violenta.

XVII. Bernabé

Era de Chipre, pero de ascendencia judía. Se supone que su muerte tu lugar alrededor del 73 d.C.

Y a pesar de todas estas continuas persecuciones y terribles castigos, la Iglesia crecía

diariamente, profundamente arraigada en la doctrina de apóstoles y de los varones apostólicos, y

regada abundantemente con la s de los santos.

***

CAPÍTULO II

Las Diez Primeras Persecuciones

La primera persecución de la Iglesia tuvo lugar en el año 67, bajo Nerón, el sexto emperador de

Roma. Este monarca reinó por el espacio de cinco años de una manera tolerable, pero luego dio

rienda suelta al mayor desenfreno y a las más atroces barbaridades. Entre otros caprichos

diabólicos, ordenó que la ciudad de Roma fuera incendiada, orden que fue cumplida por sus

oficiales, guardas y siervos. Mientras la ciudad imperial estaba en llamas, subió a la torre de

Mecenas, tocando la lira y cantando el cántico del incendio de Troya, declarando abiertamente

que «deseaba la ruina de todas las cosas antes de su muerte». Además del gran edificio del Circo,

muchos otros palacios y casas quedaron destruidos; varios miles de personas perecieron en las

llamas, o se ahogaron en el humo, o quedaron sepultados bajo las ruinas.

Este terrible incendio duró nueve años. Cuando Nerón descubrió que, su conducta era

intensamente censurada, y que era objeto de un profundo odio, decidió inculpar a los cristianos, a

la vez para excusarse para aprovechar la oportunidad para llenar su mirada con nuevas

crueldades. Esta fue la causa de la primera persecución; y las brutalidades cometidas contra los

cristianos fueron tales que incluso movieron a los mismos romanos a compasión. Nerón incluso

refinó sus crueldades e inventó todo tipo de castigos contra los cristianos que pudiera inventar la

más infernal imaginación. En particular, hizo que algunos fueran cosidos en pieles de animales

silvestres, antojándolos a los perros hasta que expiraran; a otros los vistió de camisas atiesadas

con cera, atándolos a postes, y los encendió en sus jardines, para iluminarlos. Esta persecución

fue general por todo el Imperio Romano; pero más bien aumentó que disminuyó el espíritu del

cristianismo. Fue durante esta persecución que fueron martirizados San Pablo y San Pedro.

A sus nombres se pueden añadir Erasto, tesorero de Corinto; Aristarco, el macedonio, y

Trófimo, de Éfeso, convertido por San Pablo y su colaborador, así como Josés, comúnmente

llamado Barsabás, y Ananías, obispo de Damasco; cada uno de los Setenta.

La Segunda persecución, bajo Domiciano, el 81 d.C

El emperador Domiciano, de natural inclinado a la crueldad, dio muerte primero a su

hermano, y luego suscitó la segunda persecución contra los cristianos. En su furor dio muerte a

algunos senadores romanos, a algunos por malicia, y a otros para confiscar sus fincas. Luego

mandó que todos los pertenecientes al linaje de David fueran ejecutados.

Entre los numerosos mártires que sufrieron durante esta persecución estaban Simeón,

obispo de Jerusalén, que fue crucificado, y San Juan, que fue hervido en aceite, y luego

desterrado a Patmos. Flavia, hija de un senador romano, fue asimismo desterrada al Ponto; y se

dictó una ley diciendo: «Que ningún cristiano, una vez traído ante un tribunal, quede exento de

castigo sin que renuncie a su religión».

Durante este reinado se redactaron varias historias inventadas, con el fin de dañar a los

cristianos. Tal era el apasionamiento de los paganos que si cualquier hambre, epidemia o

terremotos asolaban cualquiera de las provincias romanas, se achacaba a los cristianos. Estas

persecuciones contra los cristianos aumentaron el número de informadores, y muchos, movidos

por la codicia, testificaron en falso contra las vidas de los inocentes.

Otra dificultad fue que cuando cualquier cristiano era llevado ante los tribunales, se les

sometía a un juramento de prueba, y si rehusaban tomarlo, se les sentenciaba a muerte, mientras

que si se confesaban cristianos, la sentencia era la misma.

Los siguientes fueron los más destacables entre los numerosos mártires que sufrieron

durante esta persecución.

Dionisio, el areopaguita, era ateniense de nacimiento, y fue instruido en toda la literatura

útil y estética de Grecia. Viajó luego a Egipto para estudiar astronomía, e hizo observaciones

muy precisas del gran eclipse sobrenatural que tuvo lugar en el tiempo de la crucifixión de

nuestro Salvador.

La santidad de su forma de vivir y la pureza de sus maneras le recomendaron de tal

manera ante los cristianos en general que fue designado obispo de Atenas.

Nicodemo, un benevolente cristiano de alguna distinción, sufrió en Roma durante el furor

de la persecución de Domiciano.

Protasio y Gervasio fueron martirizados en Milán.

Timoteo, el célebre discípulo de San Pablo, fue obispo de Éfeso, donde gobernó celosamente la

Iglesia hasta el 97 d.C. En este tiempo, cuando los paganos estaban para celebrar una fiesta

llamada Catagogión, Timoteo, enfrentándose a la procesión, los reprendió severamente por su

ridícula idolatría, lo que exasperó de tal manera al pueblo que cayeron sobre el con palos, y lo

apalizaron de manera tan terrible que expiró dos días después por efecto de los golpes.

La tercera persecución, bajo Trajano, 108 d.C.

En la tercera persecución, Plinio el Joven, hombre erudito y famoso, viendo la lamentable

matanza de cristianos, y movido por ella a compasión, escribió a Trajano, comunicándole que

había muchos miles de ellos que eran muertos a diario, que no habían hecho nada contrario a las

leyes de Roma, por lo que no merecían persecución. «Todo lo que ellos contaban acerca de su

crimen o error (como se tenga que llamar) sólo consistía en esto: que solían reunirse en

determinado día antes del amanecer, y repetir juntos una oración compuesta en honor de Cristo

como Dios, y a comprometerse por obligación no ciertamente a cometer maldad alguna, sino al

contrario, a nunca cometer hurtos, robos o adulterio, a nunca falsear su palabra, a nunca

defraudar a nadie; después de lo cual era costumbre separarse, y volverse a reunir después para

participar en común de una comida inocente.»

En esta persecución sufrieron el bienaventurado mártir Ignacio, que es tenido en gran

reverencia entre muchos. Este Ignacio había sido designado al obispado de Antioquia, siguiendo

a Pedro en sucesión. Algunos dicen que al ser enviado de Siria a Roma, porque profesaba a

Cristo, fue entregado a las fieras para ser devorado. También se dice de él que cuando pasó por

Asia [la actual Turquía], estando bajo el más estricto cuidado de sus guardianes, fortaleció y

confirmó a las iglesias por todas las ciudades por donde pasaba, tanto con sus exhortaciones

como predicando la Palabra de Dios. Así, habiendo negado a Esmirna, escribió a la Iglesia de

Roma, exhortándoles para que no emplearan medio alguno para liberarle de su martirio, no fuera

que le privaran de aquello que más anhelaba y esperaba. «Ahora comienzo a ser un discípulo.

Nada me importa de las cosas visibles o invisibles, para poder sólo ganar a Cristo. ¡Que el fuego

y la cruz, que manadas de bestias salvajes, que la rotura de los huesos y el desgarramiento de

todo el cuerpo, y que toda la malicia del diablo vengan sobre mí; ¡sea así, si sólo puedo ganar a

Cristo Jesús!» E incluso cuando fue sentenciado a ser echado a las fieras, tal era el ardiente deseo

que tenía de padecer, que decía, cada vez que oía rugir a los leones: «Soy el trigo de Cristo; voy

a ser molido con los dientes de fieras salvajes para que pueda ser hallado pan puro».

Adriano, el sucesor de Trajano, prosiguió esta tercera persecución con tanta severidad

como su sucesor. Alrededor de este tiempo fueron martirizados Alejandro, obispo de Roma, y

sus dos diáconos; también Quirino y Hermes, con sus familias; Zeno, un noble romano, y

alrededor de diez mil otros cristianos.

Muchos fueron crucificados en el Monte Ararat, coronados de espinas, siendo traspasados

con lanzas, en imitación de la pasión de Cristo. Eustaquio, un valiente comandante romano, con

muchos éxitos militares, recibió la orden de parte del emperador de unirse a un sacrificio

idolátfico para celebrar algunas de sus propias victorias. Pero su fe (pues era cristiano de

corazón) era tanto más grande que su vanidad, que rehusó noblemente. Enfurecido por esta

negativa, el desagradecido emperador olvidó los servicios de este diestro comandante, y ordenó

su martirio y el de toda su familia.

En el martirio de Faustines y Jovitas, que eran hermanos y ciudadanos de Brescia, tantos

fueron sus padecimientos y tan grande su paciencia, que el Calocerio, un pagano,

contemplándolos, quedó absorto de admiración, y exclamó, en un arrebato: « ¡Grande es el Dios

de los cristianos! », por lo cual fue prendido y se le hizo sufrir pareja suerte.

Muchas otras crueldades y rigores tuvieron que sufrir los cristianos, hasta que Quadratus,

obispo de Atenas, hizo una erudita apología en su favor delante del emperador, que estaba

entonces presente, y Arístides, un filósofo de la misma ciudad, escribió una elegante epístola, lo

que llevó a Adriano a disminuir su severidad y a ceder en favor de ellos.

Adriano, al morir en el 138 d.C., fue sucedido por Antonino Pío, uno de los más gentiles

monarcas que jamás minara, y que detuvo las persecuciones contra los cristianos.

La cuarta persecución, bajo Marco Aurelio Antonino, 162 d.C.

Marco Aurelio sucedió en el trono en el año 161 de nuestro Señor, era un hombre de naturaleza

más rígida y severa, y aunque elogiable en el estudio de la filosofía y en su actividad de

gobierno, fue duro y fiero contra los cristianos, y desencadenó la cuarta persecución.

Las crueldades ejecutadas en esta persecución fueron de tal calibre que muchos de los

espectadores se estremecían de honor al verlas, y quedaban atónitos ante el valor de los

sufrientes. Algunos de los mártires eran obligados a pasar, con sus pies ya heridos, sobre espinas,

clavos, aguzadas conchas, etc., puestos de punta; otros eran azotados hasta que quedaban a la

vista sus tendones y venas, y, después de haber sufrido los más atroces tormentos que pudieran

inventarse, eran destruidos por las muertes más temibles.

Germánico, un hombre joven, pero verdadero cristiano, siendo entregado a las fieras a

causa de su fe, se condujo con un valor tan asombroso que varios paganos se convirtieron a

aquella fe que inspiraba tal arrojo.

Policarpo, el venerable obispo de Esmirna, se ocultó al oír que le estaban buscando, pero fue

descubierto por un niño. Tras dar una comida a los guardas que le habían prendido, les pidió una

hora de oración, lo que le permitieron, y oró con tal fervor que los guardas que le habían

arrestado sintieron haberio hecho. Sin embargo, lo llevaron ante el procónsul, y fue condenado y

quemado en la plaza del mercado.

El procónsul le apremió, diciendo: «Jura, y te daré la libertad: Blasfema contra Cristo.»

Policarpo le respondió: «Durante ochenta y seis años le he servido, y nunca me ha hecho

mal alguno: ¿Cómo voy yo a blasfemar contra mi Rey, que me ha salvado?» En la estaca fue

sólo atado, y no clavado como era costumbre, porque les aseguró que se iba a quedar inmóvil; al

encenderse la hoguera, las llamas rodearon su cuerpo, como un arco, sin tocarlo; entonces dieron

orden al verdugo que lo traspasara con una espada, con lo que manó tal cantidad de sangre que

apagó el fuego. Sin embargo se dio orden, por instigación de los enemigos del Evangelio,

especialmente judíos, de que su cuerpo fuera consumido en la hoguera, y la petición de sus

amigos, que querían darle cristiana sepultura, fue rechazada. Sin embargo, recogieron sus huesos

y tanto de sus miembros como pudieron, y los hicieron enterrar decentemente.

Metrodoro, un ministro que predicaba denodadamente, y Pionio, que hizo varias

excelentes apologías de la fe cristiana, fueron también quemados. Carpo y Papilo, dos dignos

cristianos, y Agatónica, una piadosa mujer, sufrió el martirio en Pergamópolis, en Asia.

Felicitate, una ilustre dama romana, de una familia de buena posición, y muy virtuosa, era

una devota cristiana. Tenía siete hijos, a los que había educado con la más ejemplar piedad.

Enero, el mayor, fue flagelado y prensado hasta morir con pesos; Félix y Felipe, que le

seguían en edad, fueron descerebrados con garrotes; Silvano, el cuarto, fue asesinado siendo

echado a un precipicio; y los tres hijos menores, Alejandro, Vital y Marcial, fueron decapitados.

La madre fue después decapitada con la misma espada que los otros tres.

Justino, el célebre filósofo, murió mártir en esta persecución. Era natural de Nápolis, en

Sarnaria, y había nacido el 103 d.C. Fue un gran amante de la verdad y erudito universal;

investigó las filosofías estoica y peripatética, y probó la pitagórica, pero, disgustándole la

conducta de uno de sus profesores, investigó la platónica, en la que encontró gran deleite.

Alrededor del año 13 3, a los treinta años, se convirtió al cristianismo, y entonces, por vez

primera, percibió la verdadera naturaleza de la verdad.

Escribió una elegante epístola a los gentiles, y empleó sus talentos para convencer a los

judíos de la verdad de los ritos cristianos. Dedicó gran tiempo a viajar, hasta que estableció su

residencia en Roma, en el monte Viminal.

Abrió una escuela pública, enseñó a muchos que posteriormente fueron personajes

prominentes, y escribió un tratado para confutar las herejías de todo tipo. Cuando los paganos

comenzaron a tratar a los cristianos con gran severidad, Justino escribió su primera apología en

favor de ellos. Este escrito exhibe una gran erudición y genio, e hizo que el emperador publicara

un edicto en favor de los cristianos.

Poco después entró en frecuentes discusiones con Crescente, persona de vida viciosa,

pero que era un célebre filósofo cínico; los argumentos de Justino fueron tan poderosos, pero

odiosos para el cínico, que decidió, y consiguió, su destrucción.

La segunda apología de Justino, debido a ciertas cosas que contenía, dio al cínico

Crescente una oportunidad para predisponer al emperador en contra de su autor, y por esto

Justino fue arrestado, junto con seis compañeros suyos. Al ordenársele que sacrificara a los

ídolos paganos, rehusaron, y fueron condenados a ser azotados, y a continuación decapitados;

esta sentencia se cumplió con toda la severidad imaginable.

Varios fueron decapitados por rehusar sacrificar a la imagen de Júpiter, en particular Concordo,

diácono de la ciudad de Spolito.

Al levantarse en armas contra Roma algunas de las agitadas naciones del norte, el

emperador se puso en marcha para enfrentarse a ellas. Sin embargo, se vio atrapado en una

emboscada, y temió perder todo su ejército. Encerrado entre montañas, rodeado de enemigos y

muriéndose de sed, en vano invocaron a las deidades paganas, y entonces ordenó a los hombres

que pertenecían a la militine, o legión del trueno, que oraran a su Dios pidiendo socorro. De

inmediato tuvo lugar una milagrosa liberación; cayó una cantidad prodigiosa de lluvia, que fue

recogida por los hombres, haciendo presas, y dio un alivio repentino y asombroso. Parece que la

tormenta, que se abatió intensamente sobre los rostros de los enemigos, los intimidó de tal

manera, que una parte desertó hacia el ejército romano; el resto fueron derrotados, y las

provincias rebeldes fueron totalmente recuperadas.

Este asunto hizo que la persecución amainara por algún tiempo, al menos en aquellas

zonas inmediatamente bajo la inspección del emperador, pero nos encontramos que pronto se

desencadenó en Francia, particularmente en Lyon, donde las torturas que fueron impuestas a

muchos de los cristianos casi rebasan la capacidad de descripción.

Los principales de estos mártires fueron un joven llamado Vetio Agato; Blandina, una

dama cristiana de débil constitución; Sancto, que era diácono en Vienna; a éste le aplicaron

platos de bronce al rojo vivo sobre las partes más sensibles de su cuerpo; Biblias, una débil mujer

que había sido apóstata anteriormente. Attalo, de Pérgamo, y Potino, el venerable obispo de

Lyon, que ienía noventa años. El día en que Blandina y otros tres campeones de la fe fueron

llevados al anfiteatro, a ella la colgaron de un madero fijado sobre el suelo, y la expusieron a las

fieras como alimento-, mientras tanto ella, con sus fervorosas oraciones, alentaba a los otros.

Pero ninguna de las fieras la tocó, por lo que fue vuelta a llevar a la mazmorra. Cuando fue

sacada por tercera y última vez, salió acompañada por Pontico, un joven de quince años, y la

constancia de la fe de ellos enfureció de tal manera a la multitud que no fueron respetados ni el

sexo de ella ni la juventud de él, y los hicieron objeto de todo tipo de castigos y torturas.

Fortalecido por Blandina, el muchacho perseveró hasta la muerte; y ella, después de soportar los

tormentos mencionados, fue finalmente muerta con espada.

En estas ocasiones, cuando los cristianos recibían el martirio, iban omados y coronados

con guirnaldas de flores; por ellas, en el cielo, recibían eternas coronas de gloria.

Se ha dicho que las vidas de los cristianos primitivos consistían de «persecución por encima del

suelo y oración por debajo del suelo.» Sus vidas están expresadas por el Coliseo y las

catacumbas. Debajo de Roma están los subterráneos que llamamos las catacumbas, que eran a la

vez templos y tumbas. La primitiva Iglesia en Roma podría ser llamada con razón la Iglesia de

las Catacumbas. Hay unas sesenta catacumbas cerca de Roma, en las que se han seguido unas

seiscientas millas de galerías, y esto no es la totalidad. Estas galerías tienen una altura de

alrededor de ocho pies (2,4 metros) y una anchura de entre tres a cinco pies (de casi 1 metro

hasta 1,5), y contienen a cada lado varias hileras de recesos largos, bajos, horizontales, uno

encima de otros como a modo de literas en un barco. En estos nichos eran puestos los cadáveres,

y eran cerrados bien con una simple lápida de mármol, o con varias grandes losas de tierra cocida

ligadas con mortero. En estas lápidas o losas hay grabados o pintados epitafios y símbolos. Tanto

los paganos como los cristianos sepultaban a sus muertos en estas catacumbas. Cuando se

abrieron los sepulcros cristianos, los esqueletos contaron su temible historia. Se encuentran

cabezas separadas del cuerpo; costillas y clavículas rotas, huesos frecuentemente calcinados por

el fuego. Pero a pesar de la terrible historia de persecución que podemos leer ahí, las

inscripciones respiran paz, gozo y triunfo. Aquí tenemos unas cuantas:

«Aquí yace Marcia, puesta a reposar en un sueño de paz.»

«Lorenzo a su más dulce hijo, llevado por los ángeles.»

«Victorioso en paz y en Cristo.»

«Al ser llamado, se fue en paz.»

Recordemos, al leer estas inscripciones la historia que los esqueletos cuentan de persecución,

tortura y fuego.

Pero la plena fuerza de estos epitafios se aprecia cuando los contrastarnos con los epitafios

paganos, como:

«Vive para esta hora presente, porque de nada más estamos seguros.»

«Levanto mi mano contra los dioses que me arrebataron a los veinte años, aunque nada malo

había hecho.»

«Una vez no era. Ahora no soy. Nada sé de ello, y no es mi preocupación.»

«Peregrino, no me maldigas cuando pases por aquí, porque estoy en tinieblas y no puedo

responder.»

Los más frecuentes símbolos cristianos en las paredes de las catacumbas son el buen pastor con

el cordero en sus hombros, una nave con todo el velamen, arpas, anclas, coronas, vides, y por

encima de todo, el pez.

La quinta persecución, comenzando con Severo, el 192 d.C.

Severo, recuperado de una grave enfermedad por los cuidados de un cristiano, Regó a ser

un gran favorecedor de los cristianos en general; pero al prevalecer los prejuicios y la furia de la

multitud ignorante, se pusieron en acción unas leyes obsoletas contra los cristianos. El avance del

cristianismo alarmaba a los paganos, y reavivaron la enmohecida calumnia de achacar a los

cristianos les desgracias accidentales que sobrevenían. Esta persecución se desencadenó en el

192 d.C.

Pero aunque rugía la malicia persecutoria, sin embargo el Evangelio resplandecía

fulgurosarnente; y firme como inexpugnable roca resistía con éxito a los ataques de sus chillones

enemigos. Tertuliano, que vivió en esta época, nos informa de que si los cristianos se hubieran

ido en masa de los territorios romanos, el imperio habría quedado despoblado en gran manera.

Víctor, obispo de Roma, sufrió el martírio en el primer año del siglo tercero, el 201 d.C.

Leónidas, padre del célebre Orígenes, fue decapitado por cristiano. Muchos de los oyentes de

Orígenes también sufrieron el martirio; en particular dos hermanos, llamados Plutarco y Sereno;

otro Sereno, Herón y Heráclides, fueron decapitados. A Rhais le deffarnaron brea hirviendo

sobre la capeza, y luego lo quemaron, como también su madre Marcela. Potainiena, hermana de

Rhais, fue ejecutada de la misma forma que Rhais; pero Basflides, oficial del ejército, a quien se

le ordenó que asistiera a la ejecución, se convirtió.

Al pedírsele a Basílides, que era oficial, que hiciera un cierto juramento, rehusó, diciendo

que no podría jurar por los ídolos romanos, por cuanto era cristiano. Llenos de estupor, los del

populacho no podían al principio creer lo que oían; pero tan pronto él confirmó lo que había

dicho, fue arrastrado ante el juez, echado en la cárcel, y poco después decapitado.

Ireneo, obispo de Lyon, había nacido en Grecia, y recibió una educación esmerada y cristiana. Se

supone generalmente que el relato de las persecuciones en Lyon fue escrito por él mismo.

Sucedió al mártir Potino como obispo de Lyon, y gobernó su diócesis con gran discreción; era un

celoso oponente de las herejías en general, y alrededor del 187 d.C. escribió un célebre tratado

contra las herejías. Víctor, obispo de Roma, queriendo imponer allí la observancia de la Pascua

en preferencia a otros lugares, ocasionó algunos desórdenes entre los cristianos. De manera

particular, Ireneo le escribió una epístola sinódica, en nombre de las iglesias galicanas. Este celo

en favor del cristianismo lo señaló como objeto de resentimiento ante el emperador, y fue

decapitado el 202 d.C.

Extendiéndose las persecuciones a África, muchos fueron martirizados en aquel lugar del

globo; mencionaremos a los más destacados entre ellos.

Perpetua, de unos veintidós años, casada. Los que sufrieron con ella fueron Felicitas, una

mujer casada y ya en muy avanzado estado de gestación cuando fue arrestada, y Revocato,

catecúmeno de Cartago, y un esclavo. Los nombres de los otros presos destinados a sufrir en esta

ocasión eran Saturnino, Secundulo y Satur. En el día señalado para su ejecución fueron llevados

al anfiteatro. A Satur, Secúndulo y Revocato les mandaron que corrieran entre los cuidados de

las fieras. Estos, dispuestos en dos hileras, los flagelaron severamente mientras corrían entre

ellos. Felicitas y Perpetua fueron desnudadas para echarlas a un toro bravo, que se lanzó primero

contra Perpetua, dejándola inconsciente; luego se abalanzó contra Felicitas, y la empitonó

terriblemente; pero no habían quedado muertas, por lo que el verdugo las despachó con una

espada. Revocato y Satur fueron devorados por las fieras; Saturnino fue decapitado, y Secúndulo

murió en la cárcel. Estas ejecuciones tuvieron lugar en el ocho de marzo del año 205.

Esperato y otros doce fueron decapitados, lo mismo que Androcles en Francia.

Asclepiades, obispo de Antioquia, sufrió muchas torturas, pero no fue muerto.

Cecilia, una joven dama de una buena familia en Roma, fue casada con un caballero

llamado Valeriano, y convirtió a su marido y hermano, que fueron decapitados; el máximo, u

oficial, que los llevó a la ejecución, fue convertido por ellos, y sufrió su misma suerte. La dama

fue echada desnuda en un baño hirviente, y permaneciendo allí un tiempo considerable, la

decapitaron con una espada. Esto sucedió el 222 d.C.

Calixto, obispo de Roma, sufrió martirio el 224 d.C., pero no se registra la forma de su

muerte; Urbano, obispo de Roma, sufrió la misma suerte el 232 d.C.

La sexta persecución, bajo Maximino, el 235 d.C.

El 235 d.C. comenzó, bajo Maximino, una nueva persecución. El gobernador de Capadocia,

Seremiano, hizo todo lo posible para exterminar a los cristianos de aquella provincia.

Las personas principales que murieron bajo este reinado fueron Pontiano, obispo de

Roma; Anteros, un griego, su sucesor, que ofendió al gobierno al recogerlas actas de los

mártires. Pamaquio y Quirito, senadores romanos, junto con sus familias enteras, y muchos otros

cristianos; Simplicio, también senador, Calepodio, un ministro cristiano, que fue echado al Tiber,

Martina, una noble y hermosa doncella; e Hipólito, un prelado cristiano, que fue atado a un

caballo indómito, y arrastrado hasta morir.

Durante esta persecución, suscitada por Maximino, muchísimos cristianos fueron

ejecutados sin juicio, y enterrados indiscriminadamente a montones, a veces cincuenta o sesenta

echados juntos en una fosa común, sin la más mínima decencia.

Al morir el tirano Maximino en el 238 d.C., le sucedió Gordiano, y durante su reinado,

así como el de su sucesor, Felipe, la Iglesia estuvo libre de persecuciones durante más de diez

años; pero en el 249 d.C. se desató una violenta persecución en Alejandría, por instigación de un

sacerdote pagano, sin conocimiento del emperador.

La séptima persecución, bajo Decio, el 249 d.C.

Ésta estuvo ocasionada en parte por el aborrecimiento que tenía contra su predecesor Felipe, que

era considerado cristiano, y tuvo lugar en parte por sus celos ante el asombroso avance del

cristianismo; porque los templos paganos comenzaban a ser abandonados, y las iglesias

cristianas estaban llenas.

Estas razones estimularon a Decio a intentar la extirpación del nombre mismo de

cristiano; y fue cosa desafortunada para el Evangelio que varios errores se habían deslizado para

este tiempo dentro de la Iglesia; los cristianos estaban divididos entre sí; los intereses propios

dividían a aquellos a los que el amor social debía haber mantenido unidos; y la virulencia del

orgullo dio lugar a una variedad de facciones.

Los paganos, en general, tenían la ambición de poner en acción los decretos imperiales en esta

ocasión, y consideraban el asesinato de los cristianos como un mérito para sí mismos. En esta

ocasión los mártires fueron innumerables; pero haremos relación de los principales.

Fabiano, obispo de Roma, fue la primera persona en posición eminente que sintió la

severidad de esta persecución. El difunto emperador había puesto su tesoro al cuidado de este

buen hombre, debido a su integridad. Pero Decio, al no hallar tanto como su avaricia le había

hecho esperar, decidió vengarse del buen prelado. Fue entonces arrestado, y decapitado el 20 de

enero del 250 d.C.

Julián, nativo de Cilicia, como nos informa San Crisóstomo, fue arrestado por ser

cristiano. Fue metido en una bolsa de cuero, junto con varias serpientes y escorpiones, y echado

así al mar.

Pedro, un joven muy atractivo tanto de físico como por sus cualidades intelectuales, fue

decapitado por rehusar sacrificar a Venus. En el juicio declaró: «Estoy atónito de que sacrifiquéis

a una mujer tan infame, cuyas abominaciones son registradas por vuestros mismos historiadores,

y cuya vida consistió de unas acciones que vuestras mismas leyes castigarían. No, al verdadero

Dios ofreceré yo el sacrificio aceptable de alabanzas y oraciones.» Al oír esto Optimo, procónsul

de Asia, ordenó al preso que fuera estirado en la rueda de tormento, rompiéndole todos los

huesos, y luego fue enviado a ser decapitado.

A Nicomaco, hecho comparecer ante el procónsul como cristiano, le mandaron que

sacrificara a los ídolos paganos. Nicomaco replicó: «No puedo dar a demonios la reverencia

debida sólo al Todopoderoso.» Esta manera de hablar enfureció de tal manera al procónsul que

Nicomaco fue puesto en el potro. Después de soportar los tormentos durante un tiempo, se

retractó; pero apenas si había dado tal prueba de debilidad que cayó en las mayores agonías, cayó

al suelo, y expiró inmediatamente.

Denisa, una joven de sólo dieciséis años, que contempló este terrible juicio, exclamó de

repente: «Oh infeliz, ¡para qué comprar un momento de alivio a costa de una eternidad de

miseria! » Optimo, al oír esto, la llamó, y al reconocerse Denisa como cristiana, fue poco

después decapitada, por orden suya.

Andrés y Pablo, dos compañeros de Nicomaco el mártir, sufrieron el martirio el 251 d.C.

por lapidación, y murieron clamando a su bendito Redentor.

Alejandro y Epimaco, de Alejandría, fueron arrestados por ser cristianos; al confesar que

efectivamente lo eran, fueron golpeados con estacas, desgarrados con garfios, y al final

quemados con fuego; también se nos informa, en un fragmento preservado por Eusebio, que

cuatro mujeres mártires sufrieron aquel mismo día, y en el mismo lugar, pero no de la misma

manera, por cuanto fueron decapitadas.

Luciano y Marciano, dos malvados paganos, aunque hábiles magos, se convirtieron al

cristianismo, y para expiar sus antiguos errores vivieron como eremitas, sustentándose sólo con

pan y agua. Después de un tiempo en esta condición, devinieron celosos predicadores, e hicieron

muchos convertidos. Sin embargo, rugiendo en este entonces la persecución, fueron arrestados y

llevados ante Sabinio, el gobernador de Bitinia. Al preguntárseles en base de qué autoridad se

dedicaban a predicar, Luciano contestó: «Que las leyes de la caridad y de la humanidad

obligaban a todo hombre a buscar la conversión de sus semejantes, y a hacer todo lo que

estuviera en su poder para liberarlos de las redes del diablo.»

Habiendo respondido Luciano de esta manera, Marciano añadió que la conversión de

ellos «había tenido lugar por la misma gracia que le había sido dada a San Pablo, que, de celoso

perseguidor de la Iglesia, se convirtió en predicador del Evangelio».

Viendo el procónsul que no podía prevalecer sobre ellos para que renunciaran a su fe, los

condenó a ser quemados vivos, sentencia que fue pronto ejecutada.

Trifón y Respicio, dos hombres eminentes, fueron aprehendidos como cristianos, y

encarcelados en Niza. Sus pies fueron traspasados con clavos; fueron arrastrados por las calles,

azotados, desgarrados con garfios de hierro, quemados con antorchas, y finalmente decapitados,

el 1 de febrero del 251 d.C.

Agata, una dama siciliana, no era tan notable por sus dotes personales y adquiridas como

por su piedad; tal era su hermosura que Quintiano, gobernador de Sicilia, se enamoró de ella, e

hizo muchos intentos por vencer su castidad, pero sin éxito. A fin de gratificar sus pasiones con

la mayor facilidad, puso a la virtuosa dama en manos de Afrodica, una mujer infame y

licenciosa. Esta miserable trató, con sus artificios, de ganarla a la deseada prostitución, pero vio

fallidos todos sus esfuerzos, porque la castidad de Agata era inexpugnable, y ella sabía muy bien

que sólo la virtud podría procurar una verdadera dicha, Afrodica hizo saber a Quinti ano la

inutilidad de sus esfuerzos, y éste, enfurecido al ver sus designios torcidos, cambió su

concupiscencia en resentimiento. Al confesar ella que era cristiana, decidió satisfacerse con la

venganza, al no poderlo hacer con su pasión. Siguiendo órdenes suyas, fue flagelada, quemada

con hierros candentes, y desgarrada con aguzados garfios. Habiendo soportado estas torturas con

una admirable fortaleza, fue luego puesta desnuda sobre ascuas mezcladas con vidrio, y luego

devuelta a la cárcel, donde expiró el 5 de febrero del 251.

Cirilo, obispo de Gortyna, fue arrestado por órdenes de Lucio, gobernador de aquel lugar,

que sin embargo le exhortó a obedecer la orden imperial, a hacer los sacrificios, y salvar su

venerable persona de la destrucción; porque ahora tenía ochenta y cuatro años. El buen prelado le

contestó que como había enseñado a otros durante mucho tiempo que salvaran sus almas, ahora

sólo podía pensar en su propia salvación. El digno prelado escuchó su sentencia, dada con furor,

sin la menor emoción, anduvo animosamente hasta el lugar de la ejecución, y sufrió su martirio

con gran entereza.

En ningún lugar se manifestó esta persecución con tanta saña como en la isla de Creta,

porque el gobernador, sumamente activo en la ejecución de los edictos imperiales, hizo correr a

ríos la sangre de los piadosos.

Babylas, un cristiano con educación académica, llegó a ser obispo de Antioquia el 237

d.C., después de Zebino. Actuó con un celo sin parangón, y gobernó la Iglesia con una prudencia

admirable durante los tiempos más tormentosos.

La primera desgracia que tuvo lugar en Antioquia durante su misión fue su asedio por Sapor, rey

de Persia, que, habiendo invadido toda la Siria, tomó y saqueó esta ciudad entre otras, y trató a

los moradores cristianos de la ciudad con mayor dureza que a los otros; pero pronto fue

derrotado totalmente por Gordiano.

Después de la muerte de Gordiano, en el reinado de Decio, este emperador vino a

Antioquía, y allí, expresando su deseo de visitar una asamblea de cristianos; pero Babylas se le

opuso, y se negó absolutamente a que entrara. El emperador disimuló su ira en aquel tiempo,

pero pronto envió a buscar al obispo, reprendiéndole duramente por su insolencia, y luego le

ordenó que sacrificara a las deidades paganas como expiación por su ofensa. Al rehusar, fue

echado en la cárcel, cargado de cadenas, tratado con la mayor severidad, y luego decapitado,

junto con tres jóvenes que habían sido sus alumnos. Esto sucedió el 251 d.C.

Alejandro, obispo de Jerusalén, fue encarcelado por su religión por este mismo tiempo, y

allí murió debido a la dureza de su encierro.

Juliano, un anciano y cojo debido a la gota, y Cronión, otro cristiano, fueron atados a las

jorobas de unos camellos, flagelados cruelmente, y luego echados a un fuego y consumidos.

También cuarenta doncellas fueron quemadas en Antioquia, después de haber sido encarceladas

y flageladas.

En el año 251 de nuestro Señor, el emperador Decio, después de haber erigido un templo

pagano en Éfeso, ordenó que todos los habitantes de la ciudad sacrificaran a los ídolos. Esta

orden fue noblemente rechazada por siete de sus propios soldados, esto es, Maximiano,

Marciano, Joanes, Malco, Dionisio, Seraión y Constantino. El emperador, queriendo ganar a

estos soldados a que renunciaran a su fe mediante sus exhortaciones y lenidad, les dio un tiempo

considerable de respiro hasta volver de una expedición. Durante la ausencia del emperador, estos

huyeron y se ocultaron en una cueva; al saber esto el emperador a su vuelta, la boca de la cueva

fue cegada, y todos murieron de hambre.

Teodora, una hermosa y joven dama de Antioquia rehusó sacrificar a los ídolos de Roma,

y fue condenada al burdel, para que su virtud fuera sacrificada a la brutalidad de la

concupiscencia. Dídimo, un cristiano, se disfrazó con un uniforme de soldado romano, fue al

burdel, informó a Teodora de quién era, y la aconsejó a que huyera disfrazada con sus ropas.

Hecho esto, y al encontrarse un hombre en el burdel en lugar de una hermosa dama, Didimo fue

llevado ante el gobernador, a quien le confesó la verdad; al reconocerse cristiano, de inmediato

fue pronunciada contra él la sentencia de muerte. Teodora, al oír que su liberador iba a sufrir,