Microgame o Instantáneas de un Tiempo Perdido por Fredericka Miller - muestra HTML

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Más allá.

Daniel miraba el techo pensativamente, moviendo un poco los pies que, a continuación de los pantalones de su pijama, se hallaban arropados en unas suaves frazadas. Todo era confortable, y moría de sueño, pero no podía dormirse. Lo acometía la misma idea de siempre, una idea que no había expresado en palabras concretas, ni para decírselas a alguien ni para plasmarlas en un diálogo solitario.

Esa noche, como muchas otras, como casi todas, volvía a tener miedo de cerrar los ojos, y encontrar una oscuridad que no lo abandonara nunca más. Por alguna recóndita razón enterrada en el lecho profundo de su infancia lejana, por una historia que alguna vez había oído o creído oír, sufría de un persistente terror a quedarse ciego mientras dormía. Sabía que no era racional, pero no iba a discutir al respecto. No quería saber nada acerca de probabilidades, fantasías o estupideces. Tampoco había motivo para que mantuviera vivo su miedo, pero era una parte tan arraigada de su vida que no estaba dispuesto a arrancársela.

Daniel decidió al fin que las sombras que inundaban su habitación nocturna serían las últimas formas que viera antes de quedar inconsciente (y quizás ciego), de modo que las retrató en una fotografía mental y accionó los párpados para cerrarlos. La emoción que solía imprimirle a aquel simple movimiento hizo su aparición, intensamente, casi provocándole dolor. Ya había pasado antes. Un momento… antes de dejarse llevar… abriría los ojos… y de nuevo una última imagen… y ya estaba. Los párpados volvieron a recostarse y a doler. Vaya. Tal vez estaba exagerando. Dolía mucho.

¿Se hundirían en sus cuencas? Podía llegar a ocurrir.

El proceso seguía, sin pena ni gloria. Daniel aceptaba el dolor. No pensaba en nada más. La única noción que asomó en su mente fue la duda de si mientras sufría (o tal vez no) lograría dormirse, y acabar con todo. A ver, ¿qué iba a pasar? ¿Qué es… eso? Fue repentino. Daniel ordenó a sus párpados que se soltaran. Mientras los ojos volvían a ver, se preguntó por qué motivo su existencia se habría sentido sacudida por un mareo, no demasiado fuerte, pero sí demasiado inesperado. ¿Inesperado? Eso seguiría sucediendo.

Daniel tragó saliva. Quizás había ocurrido. Quizás había empezado a ser ciego. Pero no era oscuridad lo que le rodeaba. No había nada tenebroso ni malo que le asfixiara. Aquello no era su habitación.

Con los ojos bien abiertos, el durmiente recorrió el nuevo paisaje por doquier, y pudo, totalmente desconcertado, descubrir que era inconmensurablemente bello.

Por unos minutos que no midió, Daniel, sin moverse, exploró visualmente el esplendor que aquella realidad le ofrecía, sin poder saber que era el mundo de los sueños, que eso era imposible, que estaba sucediendo igual y que la negrura que había esperado como parte del caer dormido o lo mismo enceguecido no tardaría en aparecer, pues constituía uno de los pasos naturales que trasladaban al humano a lo onírico y que impedían que percibiera ese sitio como algo tan real que luego no hubiera intención de despertar. De modo que Daniel vio esa escena espléndida por un breve lapso de tiempo, y el milagro tuvo que acabar pronto, por él y por el secreto que los sueños guardan.

No iba a recordar bien, luego de que la visión se deshiciera en una tiniebla profunda y en un ronquido tranquilo, qué fotografía habían presenciado sus pupilas, ni qué formas y saberes cobraba el mundo de aquel más allá, ni si eso realmente había existido o sólo había sido un mero sueño.

Lo último.

Despertar. Levantarse. Vestirse. Bajar las escaleras. Ir a la cocina. Desayunar.

Silbar aquella vieja melodía de sus años de juventud mientras absorbe los aromas preciosos del café, el jugo, el pan tostado y la mantequilla. Devorar con tranquilidad los sabores de la mañana, mientras el televisor encendido le muestra las primeras noticias.

Mirar la hora en el reloj redondo y rojo de la pared. Enjuagar los utensilios con rapidez y volar a la habitación, a las llaves del auto, al vestíbulo, al jardín, al periódico enrollado que toma para llevárselo al trabajo. Acomodarse en el asiento del piloto. Partir.

Manejar media hora hacia el edificio gris de oficinas grises y empleados grises. Pensar en el sempiternamente pesado tránsito mientras saluda a la recepcionista, camino al ascensor. Dejarse llevar con resignación o ensimismamiento al cubículo desde el cual calcula con números que pertenecen a otras personas. Llegar.

Sentarse.

Transcurrir esas ocho horas, con el almuerzo y algún sándwich de por medio. Interactuar con otros trabajadores del mismo piso. Hacer algunas copias en la máquina del fondo. Apagar su computadora al final de la jornada. Bajar. Aspirar el aire nocturno que se cuela por la gran puerta cada vez que alguien sale. Pensar que por hora se ha terminado. Volver a casa.

Arrellanarse en su cómodo sillón mientras el horno prepara la comida que él ha dispuesto y la otra televisión le presenta una película que hace tiempo ha querido ver.

Sentir el gusto mentolado en la boca, horas después, luego de que la película, la cena y el día han terminado. Desvestirse. Acostarse. Oír un poco de dulce música a bajo volumen. Dormirse.

O quizás despertar, levantarse, vestirse, intentar bajar las escaleras, resbalar en un tapete mal colocado, caer escalón por escalón y quedar tirado allí abajo, inconsciente y sin vida, habiendo planeado todo lo que haría ese día, sin saber que eso sería lo último que hiciera.

El hombre de las tinieblas.

Estaba allí. En algún lugar. En algún punto, perdido en la oscuridad. Amélie lo sabía, pero no podía hacer nada al respecto, porque no podía verlo, ni olerlo, ni oírlo. Apenas lo sentía como quien siente el frío, o el miedo, o una náusea inevitable y extendida.

Amélie sabía que el hombre estaba allí pero no sabía qué le haría, quién era, si la dejaría salir de ahí con vida o si pasar por su lado sería su última acción.

Esa profunda y solitaria incertidumbre la hundía cada vez más en su interior, pesaba, la asustaba, la angustiaba; ¿qué iba a suceder?

¿Cómo moverse? ¿Qué pensar… de tantas cosas, del hombre, de lo que había hecho ella aquel día, del lugar del que venía, de los misterios más recónditos de la vida?

Sólo había una solución. Dar un paso. Con suerte, dos. Si pudiera, más, y así avanzar hasta llegar a su casa. Faltaba tan poco para reencontrarse con esas paredes que de pronto se convertían en lo más añorado del mundo…

La solución era el intento. Amélie aprestó los sentidos, deseando anticiparse a cualquier respuesta del hombre a su proceder. La chica tomó aire. Levantó un pie. Lo adelantó. Lo apoyó en la acera.

Repitió el traslado con la otra extremidad. Exhaló un suspiro. Un paso más cerca.

El hombre de las tinieblas salió de su escondite. Amélie no pudo descifrar ningún rasgo de su figura. Todo sucedió muy rápido, y un minuto después el hombre se alejaba, se embarcaba con su puñal ensangrentado a través de un mar negro, y allí el cuerpo blanco de Amélie quedaba desvanecido y vacío, muerto, sin pensamientos, sin dudas.

La huella verde.

Un paso. Dos. Rápido. Trotaba. Un jadeo continuo, el sudor llenando su cuerpo helado, el aliento congelándose luego de salir del volcán interno. Las articulaciones dolían levemente. Pero seguía.

Era importante. Vamos.

El corazón le latía a una velocidad cada vez mayor. Podía ser peligroso. Aún no estaba corriendo, pero ya se sentía fatigado. Hacía mucho tiempo que no se movía así. Por lo mismo, tenía que continuar haciéndolo.

De repente se mareó, se detuvo, tosió, expelió un vómito verdoso y ácido. Ni siquiera tuvo tiempo de inclinarse. Afortunadamente, no se ensució. Nada le habría provocado más asco. ¿Qué acababa de suceder? No recordaba haber comido nada en especial. De hecho, no había comido nada en absoluto. Una fruta, hacía más horas de las que podía recordar. Bueno, ya había descansado lo suficiente. En marcha.

Dos minutos después todo volvió a moverse, el hombre tembló, un sudor distinto, gélido, cubrió su nuca y su frente, y aquel vómito repugnante volvió a surgir, esta vez con abundancia, llenando la tierra, salpicándole a él, sorprendiéndole, quitándole un poco de aliento. ¿De qué se trataba? Ni siquiera se sentía mal. Y su cuerpo agitado le pedía que corriera, porque ya había empezado. De modo que se limpió como pudo, tomó aire y volvió al ataque.

Habían pasado cinco minutos. Ya estaba mejor. Era una suerte.

Claro que no le gustaba ir arrojando esa clase de desechos por allí.

Pero no se repetiría. Lo sabía. Incluso pudo sonreír. Sentía que una claridad nueva despejaba su día y que todo marcharía óptimamente a partir de entonces. Aire limpio. Ganas de seguir trotando. Todo estará bien.

Súbitamente cayó al suelo, sin una mínima posibilidad de respirar. Varias venas le latían desesperadamente por todas partes.

El cuerpo le pesaba. Estaba boca arriba, con los brazos y las piernas extendidos, recibiendo el invierno en todo su ser. Y la confusión que machacaba sus sienes fue violentamente acompañada por aquella voluminosa sustancia, ese hálito tibio, esa vaharada de espanto.

Una ola espesa y terrible se lanzó desde su recién debilitado interior, y pronto el maremoto le rodeó y él quedó como una inmensa isla en medio de un océano enfermizo.

Sucio. Inconsciente. Sin entender qué había ocurrido ni cómo seguiría. Tal vez era el fin. Lo cierto era que estaba solo, y le parecía que no había nadie más en el mundo. Como si nadie pudiera ayudarlo.

Y allí se vislumbraba, por donde su alma había pasado, un rastro siniestro, un indicio de su nueva soledad, la huella verde.

La vil canción del poeta desesperado.

Cantaba, cantaba, y ella se retorcía de dolor. Cantaba porque a él le había dolido, porque una vez había sufrido, y la única cura que había encontrado era aquel himno desgarrador que poco a poco le hacía pedazos el alma a ella y la arrastraba a un delirio de padecimiento del que nunca, nunca saldría. Ella pedía perdón, y el poeta no la oía. Quizás, si hubiera embebido de sinceridad esa súplica, podría haber considerado alterar levemente el castigo. Pero ella no sabía nada. No entendía de qué se trataba. Así que, muérete, muérete. Ahógate en este calvario que una vez arrasó con mis venas, retuércete en el veneno que un día infectó mi ser, zambúllete en la tormenta infernal que ha sabido humillarme en su seno. He llorado. Llora tú también. Sólo muérete. El poeta sabía lo que hacía.

Sabía que debía llegar hasta el final, aunque antes la había amado, aunque había jurado que sería suyo por siempre. Estaba acabando, porque ella no había comprendido, y ahora solamente le quedaba eso. Era su culpa. Ahora, la vil canción del poeta desesperado la arrullaría hasta que en última instancia ella hallara el vacío de una muerte en la que nadie, nadie la podría acompañar. Sola partiría, quizás por más siglos de los que pudiera contar…

Juntos en un sueño.

Jamil miraba a su pequeño hermano Abdul, alternando su contemplación con la de las aguas poco tranquilas que vivían allí abajo, entre las dos camas altas que sus padres les habían designado desde siempre, quizás previendo una inundación como aquella. Aunque ni siquiera era una inundación; no sabían de dónde provenía la marejada y tampoco se lo estaban preguntando. Sólo querían reunirse para jugar, ambos embutidos en sus pijamas infantiles, y no pensaban en nada más.

Lo cierto era que los límites de la habitación se habían distorsionado, y lo mismo se hallaban en ese rincón de su casa que en las cercanías de una isla más bien pequeña, que parecía una piedra negra bajo el sol refulgente que adormecía a los barcos calmos de la costa. Esa vista les había atraído en un principio; pero ya no se preocupaban por ella; por placentera que fuese, lo más importante era que Jamil pudiera ir hasta la cama de Abdul, y de eso se ocupaban entonces.

Llegado el momento, el pequeño Abdul cruzó una mirada con su hermano, y le instó a saltar. Jamil, sin dudar, lo hizo; pero en ese momento un barco salido de ningún lado pasó perezosamente entre las dos camas, y allá fue el niño a parar, confundido y un poco fastidiado, a su cubierta. Abdul lo vio alejarse, pleno de intriga sobre cómo volvería; dos segundos más tarde, Jamil estaba de nuevo en su cama, enfrentando a su hermano, los dos sin pensar en lo imposible, los dos ansiosos por el encuentro.

No pasó mucho tiempo hasta que ambos decidieron que el jovencito mayor tenía que intentarlo de nuevo. Hubo una segunda mirada cómplice, de absoluta confianza; Jamil de aprestó a saltar, pero nunca pudo concretar la acción, pues una enorme ola originada en el mismo punto que les había enviado el barco les empapó a ellos y a sus camas de principio a fin, y los muchachitos, tiritando, tuvieron que prometerse en silencio que habría un tercer intento.

Esto sucedió poco después, pero aún Jamil no llegó. Una súbita y pesada cortina de lluvia separó las camas durante varios minutos; los niños esperaron, observando cómo por todas partes, menos allí, el sol seguía quemando vivamente el cielo, y pensando que, si Jamil hubiera tratado de cruzar la lluvia, se habría ahogado con seguridad.

En un cuarto intento, el pequeño se estiró para alcanzar de una vez por todas la cama de Abdul, pero entonces los dos muebles se desplazaron unos centímetros, distanciándolos despiadadamente.

Jamil y Abdul volvieron a mirarse. Compartían el temor, la desesperanza, cierta tenue melancolía.

Una determinación sin límites se apoderó de sus mentes, de sus cuerpitos, de sus miradas. Aquello era una fábula, lo sabían, no podía ser de otra forma; pero ellos iban a estar juntos, juntos en un sueño. Así que los dos se pusieron de pie, manteniéndose en equilibrio, casi ajenos al férreo clima veraniego que les echaba voraces bocanadas de calor. Unieron sus ojos en un solo pensamiento, y entonces, sin saber cómo, Abdul saltó, nada lo impidió, la cama de Jamil lo recibió y en aquel instante ambos pudieron estar ahí, y se sentaron, y sonrieron, y tomando unas almohadas se pusieron a jugar y a cantar alguna añoranza perdida bajo el aire salado y el trinar de pájaros lejanos.

La danza extraña.

Manuel se movía, haciendo que su cintura describiera círculos de distinto diámetro. Al mismo tiempo, sus ojos se expandían y se contraían sin objetivo alguno, sus manos bailaban incesantemente realizando trayectos extraños, y sus pies a veces zapateaban y a veces patinaban sobre las baldosas color carne. La habitación estaba abarrotada de muebles y cosas inútiles, el aire opaco asfixiaba, y era un milagro que Manuel pudiera hacer lo que estaba haciendo, fuera lo que fuese, con tal libertad, y más aún que hubiera un ínfimo espacio para que lo ocupara la expectación de su amigo Jean Paul, situado en el umbral de la puerta bajo un entrecejo perfectamente fruncido.

-¿Qué haces? –preguntó Jean Paul, sin tener que excusarse por su aturdimiento.

-No sé, pero el perro no me entiende –respondió Manuel, impávido. La imagen del caniche paralizado junto a las piernas de Jean Paul, con el rabo hacia el cielo, atento a cualquier vuelco a la racionalidad, confirmaba esa aseveración del danzante. El espectáculo siguió. Jean Paul no comprendió. El perro, dentro de sus facultades, tampoco. La nariz de Manuel comenzó a sangrar, y la pegajosa sustancia se mezcló con el sudor y unas lágrimas extraviadas que ya humedecían el rostro del muchacho.

Ahora esas pastillas que al principio le habían mostrado un mundo nuevo y fascinante le estaban poniendo nervioso… Desde lejos, su corazón tembló dolorosamente, el oxígeno se atascó en sus pulmones, y creyó saber que Jean Paul le gritaba e intentaba impedir que la extraña danza continuara…

La rama pendular.

El vientecillo la agitaba, con una suavidad tremenda que más bien pintaba el mecimiento como una tierna caricia de la naturaleza.

Hacía mucho frío; era pleno otoño, y la delgada varilla de árbol oscilaba tan desnuda como sus congéneres, quebrada del resto del edificio, a poca altura del húmedo suelo cubierto de lodo y hojas.

La rama se movía, se movía. Parecía pensativa. Quizás, lejanamente, temerosa. Con alguna cautela, pendía en dirección al suelo, sin decidirse aún a caer. El vientecillo la rodeaba, la refrescaba, tal vez la incitaba al descenso. La ramita esperaba.

El día era muy gris, y si comenzaba a llover probablemente la muchachita no tendría más remedio que caer bajo el peso de las innumerables gotas. En algún momento debería suceder. Una brisa más fuerte o un pajarillo travieso la habían llevado a esa posición, y era ésta tan frágil que el resultado se veía inevitable.

No importaba. Lo que sí importaba y resultaba asqueroso y tétrico era el cadáver putrefacto, pleno de moscas, sombrío y pétreo que había en el suelo bajo la rama, y que era el lugar donde ella caería, con desesperación si hubiera podido sentirla, cuando el ir y venir de esos minutos terminara.

Los hermanos del fin del mundo.

Apagados el estruendo espantoso y el griterío de las almas que sufrían en la carne un desgarrador dolor, los dos hermanos salieron del viejo refugio y miraron alrededor. El fuego se extendía por doquier, junto a una densa e interminable nube de humo, y un olor terrible a quemado invadía cada átomo del planeta. Edin, desde lo alto de aquella colina casual, tosió un poco, casi como en respuesta a la vaharada de destrucción que amilanaba la vista. Se volvió hacia Emir, quien lucía un ceño fruncido de resignación.

-Bueno, ¿qué quieres hacer? –le preguntó Edin, sintiendo que la ceniza invadía su rubio cabello.

-No hay mucho –contestó Emir, apretando los labios-. Trae la pelota. ¿Quieres?

-Claro –asintió Edin, y se marchó al refugio. Regresó poco después con un balón de fútbol, quizás el único que quedaba en el mundo (cuánto debían cuidarlo), y se lo lanzó a Emir. Él lo manipuló hábilmente enseguida, y unos segundos más tarde los hombres empezaban a vivir el resto de un extraño tiempo, dándole un sentido que parecía perdido.

El piano mágico.

Sonaba una melodía hermosa, singular, triste, eterna. La despedían las teclas relucientes de un piano, que se alzaba solitario en las fauces de un antiguo salón corroído por el paso de los años y los eventos. La música sonaba dulcemente, pero nadie la tocaba.

Algún extraño sortilegio conducía los mecanismos para que produjeran las notas, y éstas vibraban y se elevaban, incólumes en el aire vacío.

Había tanto dolor flotando en el espacio de los recuerdos que casi podía materializarse en formas de gentes, de sueños, de pensamientos y de hechos que habían sido. O quizás sólo era un deseo, porque ya no se oían pasos que culminaran en un taburete que se deslizaba, una garganta que se aclaraba, unos dedos que se preparaban y una belleza profunda que brotaba del corazón dormido de ese artefacto inmenso.

Ahora todo eso estaba muerto, y la calma estaba inmóvil, y no había ni un ser humano que pudiera revivir los acordes que otros habían pensado, porque aquella escena era una de las últimas. Un mundo languidecía, y en el escurrir de los siglos la música respiraba por arte de magia, y el piano huérfano continuaba con su marcha, tocando los sonidos postreros de una larga y rara historia que llegaba a su fin.

Todos los soldados.

Avanzaban con cierta lentitud, o quizás sólo se trataba de que el tiempo marchaba distinto, y entonces un solo momento sería el principio, la duración y el final de toda una vida, de la vida extraña de los pensamientos y las sensaciones que portan como una antorcha valiente los bravos guerreros que se lanzan al ataque. Así iban esos hombres, feroces, voraces, impávidos, con los corazones convertidos en estrellas, con el cuerpo entero un arma, sin que importara nada que no fuera una sola cosa, la victoria, la gloria en el campo. No había miedo, no había duda; su sangre estaba puesta en el lugar correcto; la mente y los ojos mandaban en los aceros. Las fuerzas se encontrarían, un bramido de bestias se oiría; y en aquel resplandor de reyes, todos aquellos soldados iban a combatir, y sus pechos tragarían con éxito la bocanada tan esperada, la tranquilidad y la paz del honor, y sobre los caídos, luego de todo, subiría una luz nueva, iban a saber sonreír, y la corona final tocaría sus cabellos iluminados de esplendor, de un esplendor que era suyo y de sus ancestros, y que pertenecía a un mundo entero y épico. La plenitud y un nuevo cielo se abrían, vastos, para estos héroes.

Aluminio.

La vista se acercaba pausadamente a un pequeño trozo plateado que se sujetaba con firmeza de un techo, rodeado de un ambiente pétreo, en el que no parecía existir el aire. Hacía un calor insoportable, las nubes allí arriba se mantenían rígidas, y el silencio era tan ensordecedor que se hubiera creído que estaba abarcando el Universo entero. El trozo plateado aguardaba. Los minutos transcurrían con recelo. No había nadie que demostrara que todavía había vida en algún lado. La quietud era tan espeluznante que no hacía más que aterrar y asfixiar. Era una situación rara, pero incuestionable. Nadie podía responder a ella, o preguntarse, o ver o creer.

Así era cuando dando un vuelco inesperado un huracán se asomó por entre las entrañas atmosféricas, azotó lo que había por allí y arrancó el fragmento brillante asido de ese techo. En ese instante, un hombrecillo desprevenido paseó sus pies por la vereda aledaña, seguramente buscando refugio ante el temporal; aquel cuerpecillo de aluminio voló con furia hacia él, se hundió en su cuello y lo arrojó al suelo, y el desafortunado ser quedó tendido en el cemento, yéndose, arrebatado por una abominación de viento y sangre.

Anécdota.

¿Lo recuerdas? ¿Lo de August? Lo de septiembre… Mira… ¿Qué es esto? ¿Pan? ¿Se puede comer? Bien. Claro que sí, tú estabas allí.

¿No? Entonces te lo he contado. Estoy seguro. Sí, tío. Vamos.

Aquella noche. Tomamos un par de cervezas. No importa. Pero lo sabes. Anda, no me pongas impaciente. ¿Cómo quieres que siga?

Sírveme, Marie, por favor. Gracias. Oye, de veras. Es imposible que no… No bromees. No hay forma. ¿Por lo menos entiendes quién es August? ¿August Clarke? Oh, claro. No me asustes. Bueno, pues él… ¿Cómo no sabes? Ya te he dicho, o estabas o te lo conté. ¡Eso pasó! ¡No es cuestión de calmarse! Lo sé. Tú lo sabes. No me hagas esto. Lo de August… Eso fue… Mira, no voy a continuar. No hay motivo. No puedo hacerlo. Tienes que saberlo. Para oír lo que sigue, tienes que saber lo de August.

El barco en la botella.

Vivía en un mundillo de cielo cristalino, un cielo que no dejaba ver más allá de su blanquecina y luminosa superficie, y que era más bien reducido y empaquetaba en él todo lo que el mínimo individuo conocía. Esto no era mucho; los marrones límites eran la proa y la popa, babor y estribor. Un mar azul en el cual apenas flotaba algún animalejo microscópico de vez en cuando, o alguna flor del tamaño de una pelusa que pasaba desapercibida para los demás, pero que era observada con devoción por el mínimo individuo hasta que se sumergía para siempre en las aguas de zafiro.

Así de solitario era todo, y no había mucho más. Un gran silencio ininterrumpido, una brisa locuaz cada varios días, y nada de compañía, una existencia única y singular que solamente estaba allí, que no se preguntaba cómo ni por qué, ni si aquello tendría principio o fin. El mínimo individuo permanecía en su barco, viendo pasar los días, y eso quizás sucedía hacía siglos, pero él no lo sabía y tampoco le interesaba.

El capitán de la cinta.

En el momento previo a la batalla, sólo podía pensar en todo lo que había pasado, en el cúmulo de destinos que habían llevado a ese instante, en vidas y muertes y noches y días que sostenían ahora la pelea por lo verdadero, por la justicia, por un premio buscado hacía tantos años y con tantos sacrificios. El capitán ponía el corazón, el capitán era pura bondad, temple, belleza y ardor, era en aquel hombre donde se concentraban las esperanzas y no había quien no quisiera ser como él para demostrar cuán feroz y temerario era. El estandarte de su ejército, mente diestra, inteligencia, coraje. Sólo había un punto y a él debían de arribar. Ahora era el tiempo. Lo que hubiera que hacer. Escudos, lanzas, galopes, saetas. Sus ojos miraban su hado. Correr hacia la fe. Correr y ser testigo y partícipe del hecho. Correr, era la hora. A todo o nada. El capitán de la cinta iría por el zarpazo de oro, de inmortalidad.

Viaje.

-¿Dónde estás?

-No lo sé. Lejos. Ha sido un largo viaje comenzado desde siempre.

-¿Has llegado bien?

-Sí. Creo que estoy un poco dormido. Todo aquí es muy tranquilo.

-¿Cómo es?

-Es tan bello que no puedo describirlo. No hemos inventado palabras para fantasías como esta.

-¿Vas a volver?

-Quizás. Algún día. Pero no sabría por qué. Ya no recuerdo mucho.

-De acuerdo. Descansa bien. Te seguimos pensando siempre.

-Que no haya dolor. Yo lo conozco como algo en un sueño. Guarden el llanto para las cosas tristes de la vida.

-Te extrañaremos.

-Los espero. En un punto, luego de un largo tiempo, todo regresa.

Buen viaje.

Hacia abajo.

Parecían oírse las agujas segunderas de algún reloj dispuesto, corriendo con su lentitud mientras aquello se derrumbaba. Caía poco a poco, eran grandes fragmentos de ladrillos, minúsculas fracciones de arena, nubarrones de polvo espeso que provocaban tos y ceguera, y cimientos que trepidaban y se desmayaban como un excelso artista en escena. Faltaba una música espléndida para acompañar la hermosura de las ventanas haciéndose trizas, las puertas crujiendo bajo el peso indomable de toda la estructura, los techos bajando y uniéndose en uno que después se desintegraría en nada. Centímetro a centímetro, cada partícula desfallecía, y luego de una agonía instantánea estallaba en millares de nebulosas terrenas que iban a parar a los suelos. La mole se iba, se iba, como un mundo entero que se arruinaba, como una existencia que daba su último hálito, como un libro que arribaba a su página final. Los materiales se volvieron un llanto desconsolado, y en la postrera hora la más pequeña gota refulgió, y luego el colapso terminó en un silencio sepulcral y en unos restos pacíficos de algo que se había podido tener en pie.

Vuelo.

El viento soplaba sobre los finos rasgos del ave, alterando medio milímetro indefinible de su delicado plumaje de perla. Sus redondos y diminutos ojos estaban concentrados casi con amor en su destino, tan distante e incierto como los instintos que hacia él se dirigían.

Las alas ni siquiera se batían surcando un cielo de hierro como una flecha precisa, como una cuchillada letal; los sentidos quedaban paralizados, no había espacio para otras vidas.

El pájaro aparecía como estático en las fauces del aire, era él mismo una ráfaga dentro de otra. Su paso era pura luz, pura velocidad. Incluso parecía dejar una hilacha de escarcha tras de sí.

Allí viajaba, iba como navegando hacia otro tiempo. Y su imagen se transfiguraba, se tornaba invisible, y apenas se veía en la altura mágica y apartada de las nubes del verano.

El momento de la década.

Era un acontecimiento especial, y por lo menos en las magnánimas cumbres divinas debían festejarlo. Seguramente sería insignificante para algunos, no, para muchos, que ni se percatarían del suceso ni de lo que conllevaba. Se trataba de un rey que nacía, pero, a ellos, ¿qué les importaba? Estaban tan ocupados en sus cosas mundanas, en sus vidas fugaces, en sus felicidades sin sentido. Pero lo que duraba, lo que brillaba, lo que se alzaría sobre sus cabezas y los regiría día y noche era algo más, y nadie le prestaba atención.

Ocurría más veces de las que se pensaba, pero carecía de relevancia. Sólo unos poco privilegiados esperaban y contaban las horas que faltaban para llegar al gran momento de la década, a ese día fabuloso, a la iniciación del miembro más reciente de una enorme y noble familia.

Algún reloj llegó a sus doce, y entonces pasó. En un rincón de la oscuridad del Universo, un punto luminoso surgió, titiló, se expandió y cobró vertiginosamente el admirable tamaño de una estrella, plena, radiante, sonriente, sana.

Acababa de nacer un sol, mientras muchas vidas de seres pasaban y concluían sin compararse con la edad celeste del refulgente señor.

La mujer que vivía en un cuento.

“Hubiera deseado algo distinto. Moverme hacia allá, por ejemplo.

Pero mis pasos fueron hacia otro lado, y siguen yendo y no sé por qué. Me pregunto por la causa de todo esto. Si es que hay algo válido y comprensible.

Me asombro ante el hecho de poder asombrarme. Ahora mis manos obran pero yo no sé qué estoy haciendo. Apenas sé nada. Yo no he elegido cómo vestirme hoy, ni qué desayunar, ni siquiera mi empleo o mi casa. Y además está esa voz. Ese murmullo. Tan suave que no puedo descifrar ni una palabra. Y parece que hablara en un idioma muy lejano a mis oídos. El caso es que está siempre, incluso en mis sueños. Es insoportable. Lo detesto.

Odio a esa gente que me mira desde los portarretratos y a la que contemplo con una sonrisa y ojos brillantes que no son míos. No los conozco. Pero el hecho de quererlos porque un corazón que no creo que me pertenezca dictamine que así sea me resulta intolerable.

Entonces los aborrezco.

Estoy confundida. Y dudo que esto tenga fin. Mi vida se pone en marcha sola y de seguro también lo hará mi muerte. No saber nunca por qué soy una autómata me aturde. Es un castigo, de lo más cruel, y no encuentro la culpa.

Mataría al director de esta obra siniestra e interminable.”

Večeras1.

Será esta noche. Es importante. Debemos estar preparados. Y

preocupados. Esperamos este gran evento durante largos años, planificando cada detalle, estudiando con rigurosidad las idas y venidas, siguiendo una y otra vez el trayecto de los sucesos.

Sé que otros mundos lo agradecerán. Creo que civilizaciones enteras han estado deseando lo mismo.

Esta noche la Humanidad será destruida.

En amor.

Renata miraba mucho a Eduardo. No sabía por qué. Algo en él le atraía, pero no podía estar segura de tener sentimientos por ese hombre. Era sólo un transeúnte más, habitual ya, pero temporario al fin. Y él le sonreía cada vez que la veía. Eso era especial.

Una tarde de verano, Renata estaba con su hermana Remedios en el porche de su casa, ambas sentadas a una mesita, jugando a las cartas. Eduardo pasó por la calle, sonrió a Renata y se atrevió a saludarla con un gesto. Renata miró incrédula a Remedios, quien no se había percatado más que de sus naipes, y que mantenía los ojos hundidos en ellos. Renata creyó comprender muchas cosas que no existían, y se enfureció. Echó un vistazo a la calle.

Convenientemente, Eduardo había desaparecido.

Lo más rápido y cercano que Renata pudo tomar fue una enorme piedra que descansaba bajo un arbusto. Con una fuerza demoledora, intentó destrozarla contra la mejilla de su hermana. Aquello la vació de energías, pero también a Remedios, que de repente perdió de vista los naipes y su vida. Eso era suficiente. Un buen castigo por una traición deshonrosa.

Aunque Remedios nunca en su vida había visto a Eduardo, que estaba plenamente enamorado de la otra chica.

Gol.

Cayeron, como una lluvia suave, como una brisa primaveral, con el movimiento de una pequeña hoja inquieta, con la dulzura de una caricia materna. Es decir, que pudieron aterrizar con paciencia, y les dolió, porque no pretendían caer, pues su destino era seguir volando, hasta lo más alto del mundo. Pero ese gol atravesando la línea blanca como si apuñalara el arco fue terrible, fue triste, fue lágrimas desatadas, aullidos amargados, corazones detenidos, sueños derrotados. Ese gol les pertenecía a ellos, que habían luchado contra vientos y mareas para alzarse con la joya dorada e invencible, y que llevaban consigo tantas almas, tantos pensamientos, tantos sentimientos. Una mano ajena los apartó de su verdadero camino, y los hizo desfallecer sin que lo merecieran.

Todas esas generaciones observaron cómo la pintura de su deseo se cuarteaba. El espejo en el que se habían visto se quebró en mil pedazos.

Pero luego, cuando regresaron a casa, la confianza y el apoyo fueron formidables. Hubo amor en esas miradas. Tal vez no fue una victoria, tal vez su balón rodó por otra senda. Pero al final obtuvieron su gol. Y fue la inmortalidad con la que los valientes se plasmaron para siempre en la memoria de su hogar y de su gente.

Espera.

Javier estaba sentado. La silla lo sostenía con rigidez, pues su presencia amilanaba. Su cara lo decía todo. Se mantenía furioso y reconcentrado en algún punto fijo en la nada, en medio de aquella oscuridad que había por dentro y por fuera.

El reloj encima de su cabeza sonaba como unos pasos agigantados, y eso hubiera podido molestarle, pero no lo hacía. Le prestaba más atención a su mano, que revolvía incesantemente algo en el interior de su chaqueta negra. Javier se hallaba tan metido en su mente que al espectador ausente le sobresaltó que repentinamente se levantara, sacara la pistola con la que había estado jugueteando, avanzara unos pasos y le disparara al bastardo al que había maniatado frente a su silla, aquel bastardo que le había quitado a su hija y que lo había disfrutado.

Hasta ahora, cuando en el silencio se repetía el eco de la bala emitida, y muerte y sangre brotaban a borbotones de la sien paralizada de aquel individuo despreciable.

El reloj seguía trotando con tranquilidad en la pared tras ellos.

Realidad virtual.

Pocho y Osito se estaban trabando a golpes. Aquello era pavoroso y un poco ridículo. Llevaban tanto tiempo así, y era tal el mareo que se habían provocado, que ni siquiera recordaban el origen del infortunio. Pero las consecuencias químicas y psíquicas de la pelea sólo mantenían e incrementaban el deseo de hacerse esa clase de daño. Así que siguieron, cada vez más lastimados, convirtiéndose en un horror visual. Entonces Tano entró en escena, imponente, magnífico, monumental, y apoyó las manos en los hombros de los hombres; no dijo nada, no atacó, no se movió mucho más; dirigió una mirada solemne, alta, final, a los dos pares de ojos sanguinolentos que le esperaban, y en aquel momento los cuatro iris contrincantes pudieron volver a encontrarse y sorprenderse. Tano les sacó las manos de encima, las hizo descender una vez más para palmearles las espaldas, sonrió con la mirada y se retiró. Se llevaba con intensidad su aura poderosa. Pocho y Osito se abrazaron fraternalmente, y luego se marcharon juntos y conversando sobre la fiesta de cumpleaños de la hija de otro gran amigo.

El día de los mil años.

¿El cumpleaños de Kathleen? ¿O el de Penélope? No recordaba…

Eran dos fechas muy unidas en el tiempo. Alguno de los dos llegaría primero, y debía saberlo. No podía quedar mal ante esas chicas, eran muy buenas; les tenía mucho cariño y eso era recíproco. Pero no podía acordarse. Odiaba cuando pasaba eso. Siempre… olvidaba fechas importantes para allegados importantes.

Bueno, hora de salir. Había sido un largo día. La oficina estaba en tinieblas y a él lo destrozaba el sueño. Dando un gran bostezo, atravesó piso por piso, inmerso en calendarios imaginarios. Doce de octubre… quince de octubre…

Abrió la última puerta, la de doble hoja del vestíbulo, y el maletín que llevaba de la mano derecha, en un esfuerzo por no desintegrarse ante lo imposible, cayó con un estrépito sordo que al muchacho le sonó lejano. Su boca compuso un gesto de gran sorpresa. No era para menos: donde hasta hacía unas horas había estado la ciudad que no formaba parte de las oficinas, ahora se desplazaba una noche hermosamente estrellada, con constelaciones y naves que antes no existían, y en el suelo una enorme piscina iluminada que abarcaba varios kilómetros, y sobre la cual flotaban cientos y cientos de esferas blancas, que podían ser casas, y las que se conectaban de cuando en cuando con el agua mediante unos fugaces impulsos eléctricos.

No parecía haber nada más por allí, aunque no hacía falta. El muchacho empezó a temblar. No podía saber que de repente había transcurrido un milenio. No había forma de que hubiera un motivo.

Vendo máquina.

Sí, señores, les presento este novedoso formato de biotecnología.

Verán, es un imponente todo de sistemas integrados. Es capaz de funcionar durante prolongadas horas sin necesidad de ser apagado.

Debe recargar energías mediante un profundo reposo, y utiliza dos clases de combustibles: oxígeno, del que se provee mediante la absorción automática, y sólidos diversos que tiene que digerir mediante un orificio en el procesador central, cada una cantidad no determinada de horas. Para su mantenimiento requiere de líquido en abundancia, agua preferentemente, y ejercicios de movimiento que le procuren un buen estado físico. Puede resultar dañado por algunas afecciones de variada índole, pero si se le proporcionan cuidados específicos, incluyendo intervenciones químicas y estructurales, se puede evitar con éxito el descarte del formato.

Así es, señores. Por último, si somos prolijos y prestamos especial atención al sistema de bombeo, cuidando principalmente de la interesante central del circuito, tendremos un aparato extremadamente óptimo, de capacidades en crecimiento, útil, factible de usar la inteligencia para la creación de nuevas nociones y posibilidades. Realmente es un invento excelso. Yo no lo he hecho.

Pero igualmente puedo hablarles bien de él. Aprovéchenlo. Es una oportunidad sin igual.

Perdidos en la estratosfera.

¡Flotábamos…! Flotábamos, y no sabíamos bien dónde estábamos.

Allí arriba todo era inmenso y lejano. Había mucho azul, muchas nubes y una tibieza que de a ratos era amilanada por el frío más pavoroso de nuestras vidas. El sol iluminaba cada rincón, pero no alcanzaba para enfatizar una temperatura agradable. Y el aire era tan difícil de respirar… Nosotros flotábamos. Bajo nuestros pies, la carcasa blanca del avión enrarecido caía como una furiosa pedrada.

No sabíamos qué había pasado. Lo cierto era que ya no estaba y que nos había dejado solos en un lugar en el que ni él ni nosotros podíamos hallarnos. No sé cómo saltamos. Creo que el avión nos arrojó desmedidamente. Algo lo enloqueció; de seguro, si no, no se hubiera echado así a la muerte. Y nosotros vamos a morir también.

Todo esto está sucediendo en unos pocos segundos. El vuelo acaba en estrellas en la Tierra. Después de este accidente, no volveremos a ver nada.

Los caminos a través de los tiempos.

Antes eran pura lava, ardiente, segura, pegajosa; después una roca gris y a veces aterciopelada. Tierra seca, un poco de erosión, lodo, abundante terreno fértil; pasto verde y esponjoso. Un tórrido campo helado. Un suelo confundido. Un poco de sequedad… timidez, lluvia, hierba nueva. De seguro en algún siglo todo cambiaría y entonces por aquellos caminos no pasarían seres vivientes sino ríos, tal vez barcos, y con más años, un gran mar, bestias distintas, alguna máquina flotante. Con el suceder de las edades, podía ser que ni siquiera hubiera humanos para contemplarlo. Sería muy distinto. Otras mentes, otros cuerpos, quizás formas que habían sido personas y que ahora sólo pensaban y calculaban, aparatos, habiendo vencido a la naturaleza y convertídose en objetos tétricos, metálicos, sin esencia, pisarían aquellos lugares sin percatarse de nada, habiendo olvidado la memoria de lo que era el ancho mundo.

Timot, el observador, el hombre de los tiempos, veía desde el pasado llegar ecos del futuro, donde la humanidad iba a perderse, y lo bello de las sensaciones y grandezas de la vida no sería más que un conjunto de datos y números, guardados en pensamientos que ya no sabían lo que era verdadero.

El beso eterno.

Claire. He sido tuyo desde el comienzo. Al verte mis ojos se llenaron de lágrimas porque conocieron el esplendor puro. Supe entonces que solamente me quedaba ser tu compañero de vida, y estar contigo hasta el final de nuestros alientos. Fui feliz sabiéndote radiante, viéndote sonreír, oyendo tu voz al despertar, tomando tu mano al caminar. Espero que tú lo hayas sido también. No existirá mayor recompensa para mis latidos. Has sido mi ángel perfecto, la guardiana de mis sueños, la maravilla secreta que todos querrían descubrir. Me siento honrado. Fuiste lo imposible volcado a lo que es. Un mundo nuevo donde lo bueno y lo dulce han estado a salvo.

Michel sostenía a Claire, a la casi dormida muchacha que, pálida de muerte, se hallaba rodeada de una calle, de sirenas de policía, de un auto levemente abollado, y de una multitud que se agolpaba para ver. Él le dijo todo esto en un beso, y al terminar los dos fueron uno.

-Te amo, mi vida. –Claire tal vez le oyó, pero encerró en su silencio aquel corazón que quedó grabado en su resplandor en el paso de la eternidad.

Juan Solo.

El hombre lloraba increíblemente, rojo y pálido al mismo tiempo, con una mezcla resbalosa de lágrimas y sudor rondándole la cara.

Estaba dividido en muchas sensaciones, en la cabeza le agobiaba el calor y sus dedos temblaban de frío; sentía un mareo incierto y a la vez que sus pies se hallaban apuntalados al suelo con plomo; le faltaba el aire y a la vez sus pulmones no daban abasto. Pero él no se concentraba en nada de eso. Sólo lloraba sin consuelo, sin límite, emitiendo un lastimero chillido que parecía más propio de un infante que de alguien de su edad. No dejaría de llorar. Estaba en el cuarto de baño, de pie frente a un pequeño espejo rectangular, viéndose como quien mira un espectáculo grotesco. Y no iba a dejar de llorar.

A su alrededor, por todas partes, por toda la casa, los cuerpos de sangre de su familia estaban tirados y esperaban su silencio. Juan lloraba. El llanto se debía a que los había matado y no sabía por qué. Ni por qué ahora tenía que estar solo.

Creaciones de metal.

Milk permanecía inmóvil y atento. No emitía sonido alguno; no parecía estar vivo. Cualquiera hubiera dicho que, si hubiesen intentado aplastarle, no habría reaccionado en absoluto.

Pero su quietud no era más que espera. No necesitaba ladrar, ni mover ansiosamente el rabo de un punto a otro, ni echarse para que sus cuatro patas extendidas buscaran el cielo. Lo haría, sin duda, pero antes debía oír la orden.

No parecía estar vivo porque no lo estaba. No era un perro en el sentido estricto de la palabra, aunque cada una de sus partes había sido cuidadosamente diseñada, aunque su ingeniería era continuamente examinada en busca del éxito en la innovación, aunque su psicología cibernética era perfecta. Aquel pequeño oficiaba de mascota, pero era tan frío, tan mecánico, tan inalcanzable, que jamás podría reemplazar a un perro de verdad, nunca intentaría expresar el significado de una sonrisa humana, no podría experimentar el acelerado latido de un tibio corazón, incitado por un sentimiento.

Quizás Milk hubiera deseado poder hacer todo eso, pero ni siquiera podía saber, a la cantidad de cifras y funciones que le habían instalado, de qué se trataba aquello.

El zarpazo de la noche.

Estaban Sarah y Jane echadas en aquella colina, disfrutando de la calma del cielo nocturno, del tiempo libre, del calor que jugueteaba con sus cuerpos, cuando la negrura se encendió, fue el día por un momento, y los ojos de Sarah y de Jane quisieron ver, cuando fueron enceguecidos por un estruendo que durante un lapso de minutos calló al mundo. Un zumbido se extendió por doquier, pero no duró; aquel resplandor necesitaba silencio para magnificar su actuación. La alta bóveda que parecía acercar tanto las estrellas fue desgarrada por un fulgor potente, que pasó por allí durante un tiempo detenido, y que cuando hubo acabado y obnubilado a todos los que lo contemplaron dejó la duda existencial y general de si realmente había existido.

La línea oscura.

Primero fue un punto, luego una gota, y después lenta y calladamente el líquido se convirtió en una suerte de gusano, o de serpiente, que fue y se movió y trazó un sendero rojo y largo, largo.

Se oía como un zumbido o quizás hubiera sido adecuado que así fuera, porque el silencio era tenebroso y dañino y no podía seguir, pero seguía, así como la línea roja iba aún sin encontrar obstáculos, y salvándolos si los hallaba, alejándose cada vez más, de modo que se empezó a poner indefectiblemente oscura, primero marrón y finalmente muy morada, de la sien pálida del cuerpo blanco que podía ser un hombre, o una mujer, no importaba, porque ahora estaba muerto y abandonado en aquel rincón sucio, maltratado, deslucido, y era tan espantoso que hasta la sangre había huido con muchas prisas de él.

El arquitecto de Schlohan.

Su mirada se perdía fijamente en un horizonte hermoso, inusual para quien no conociese el reino, tan diario e igualmente fantástico para los Habitantes. Era un mar, y un atardecer, y unos colores que no existían en otro lugar. Las olas siempre se movían, y hacia allá había una inmensidad de agua que no parecía tener fin; similar en cierto modo, a espaldas del hombre se extendía una península pequeña perteneciente a un continente pequeño. El hombre observaba esa plenitud, ciertamente pensativo y preocupado, vestido con ropas extrañas, cansancio, un cuaderno viejo y una pluma metálica. Su esposa, mucho más joven que él, se acercó y subió hasta el arrecife en el que se había apostado. Pudo atraer la atención de sus ojos sobre ella misma; le tomó una muñeca, y cambió la preocupación que también asolaba su rostro por una confianza sin límites.

El hombre era arquitecto, y tanto él como su esposa comprendían que pronto esa península, y ese horizonte, y esos colores que no existían se cubrirían de sombras fatales, de un futuro aciago y predestinado. Lo primero que podían hacer era empezar a prepararse para lo peor. Ellos tendrían que saber cómo dibujar su destino.

-Tú tienes algo importante en tus manos –le dijo la muchacha a aquel hombre. Y no se equivocaba. –Y vas a poder decidir cómo terminará todo.

El recuerdo de la mentira.

Nooo… Nooo…

Seguía negándolo. Perro. No, perro era el animalito que tenía en ese momento en la falda, al cual acariciaba con ternura, y él no era el culpable de nada.

Clarice sostenía su mirada en el infinito. Nada parecía ser más importante que las caricias a aquella criatura rizada color durazno, que descansaba sobre ella y ella sobre el sillón y su alma en algún lado sin que pudiera recuperarla. Y todo porque ese John seguía negándolo. ¡Pero si los había visto! ¡Los había oído! ¡Olido, sentido, odiado, matado!

Ya era tiempo de otras cosas. La sangre se había escurrido. Pero sus palabras, viles, despreciables, habían quedado ahí. Nooo…

Nooo… Nooo… Bueno, estaba harta de su eco. De su miserable y ridículo eco.

Afortunadamente era de veras parte de un pasado, difícil de olvidar, pero plasmado ya en una memoria infame. Y como él había seguido negándolo con estupidez supina aunque no había más manera de creerle, ella ahora seguiría recordando, mientras su mano pasaba cálidamente por el lomo de su perro, y su mente divagaba con una frialdad sin nombre por hechos y voces que habían acabado estallando.

El silencio de las palabras.

Cuánta soledad podía sentirse a través de la lluvia, del día enormemente gris, de la multitud que bailaba allí afuera, o que oficiaba un ritual, era lo mismo, porque el hecho era que se movía de un lado a otro, buscaba algo, pero no importaba, aquel lugar estaba ajeno a todo eso, igual que ella, igual que el olor a café que se elevaba en atractivas nubecillas inundando los sentidos, mezclándose con la luz suave, con el rumor de las conversaciones, con el golpeteo de la vajilla, con una música tímida y con el campanilleo del abrir y cerrar de la puerta de cristal del local.

En un rincón, en una mesa, ante una taza blanca en la que aguardaba una bebida muy dulce, Anna esperaba, Anna pensaba en los guantes violetas que había en el bolsillo de su abrigo, Anna miraba las gotas frías en el vidrio, Anna se encontraba vorazmente sola.

Entonces el campanilleo volvió a sonar, unos pasos resonaron en algún mundo, y la mejilla rubia de la chica se vio aturdida por un perfume y un beso. Su rostro giró para reunirse con el del caballero de moreno semblante, ojos de oliva, sonrisa tallada en el tiempo. Y ella tuvo que esbozar el mismo gesto, porque tenían el talento de mirarse y decir muchas cosas que no necesitaban sonido.

Un recuerdo para el niño.

Por favor, no.

No habrá forma de detenerme.

No lo hagas. No.

Piensa en lo que has hecho.

¡Estás loco!

¡Y tú te atreves a llorar! ¿Qué clase de madre eres? ¿Cómo dejas que tu hijo te vea así?

¡Él no tiene nada que ver! ¡Déjalo ir! Ni siquiera tiene sentido. No sé qué te pasa… Estás… estás loco.

Debe aprender para que sepa cómo son las cosas. Un poco de respeto en el futuro no le hará mal.

¡No hagas que vea ese cuchillo! ¡Apártalo! ¡Por lo que más quieras, al menos llévatelo! ¡No te entiendo, no he hecho nada malo!

¡Calla, mujer! ¡Te romperé la cabeza! ¡Te mataré!

¡Él no puede…! Oírlo… Por favor… No le hagas esto…

Necesita aprender, necesita aprender… Deja de rogar, tu voz es vómito, no llores más, ¡no pidas nada!

¡Por favor, déjalo ir!

¡Cállate o te mataré! ¡Te voy a matar!

Algo brilló en la oscuridad. Alguien chilló. Unos ojos se abrieron de par en par, grandes, redondos, sorprendidos, llenos de lágrimas.

Algo repiqueteó en el suelo. Alguien cayó a sus pies. Unas piernas corrieron presurosas, perdiéndose tras un portazo que dejó su eco abominable.

El niño creyó quedarse para siempre en esa sala fría, en esas tinieblas y en ese miedo, tratando de decirle a su madre que no se preocupara, que ahora lloraban los dos juntos. Pero ella no contestaba, y no iba a contestar nunca.

La danza extraña II.

El autobús se detuvo. Dos pasajeros descendieron. Por la puerta delantera, tres más subieron y pagaron. No había asientos libres, de modo que se quedaron de pie. Dos de ellos se conocían, así que retomaron su conversación. El tercero se puso a escuchar música a través de sus amables auriculares. El autobús siguió su recorrido.

Un par de calles más tarde el vehículo volvió a detenerse. Hubo un ajetreo. Treparon la escalerita de acceso una mujer embarazada y sus cinco hijos. Los dos primeros pares de butacas se levantaron para cederles los lugares. Eran dos hombres bien corpulentos y dos jovencitas, todos los cuales se abrieron paso hacia los fondos, con tal de descomprimir la situación. Un anciano que se apoyaba en un bastón se paró para apostarse junto al timbre. Le miraron como para despedirse porque se bajaba. Las criaturas numerosas de la embarazada empezaron a llorar con desconsuelo.

En eso el autobús se estrelló de sopetón contra el aire porque le habían hecho seña. Abordaron tantas personas como la imaginación del lector lo permita. En ese sitio iba faltando el aire. El muchacho de los auriculares se puso a cantar vivamente. Los vástagos no habían dejado de llorar.

Una señora elegante pidió permiso y alcanzó, entre el desbarajuste de simpáticos, la puerta trasera. Oteó al anciano del bastón, que lucía impertinente contra la necesidad de cualquier ser humano de abandonar la unidad. La señora luchó contra la aparente sordera del anciano hasta que, omitiendo cualquier remedio, pudo tocar el timbre y escabullirse entre las articulaciones del pobre hombre. El autobús tomó velocidad, alguien quiso darle el asiento, pero él se negó. Parecía que su destino estaba junto a esa puerta.

Cuatro personas, en perfecto orden y sincronía, fueron desertando de la tripulación. El anciano no se bajaba más y comenzaba a molestar, porque de alguna forma era de público conocimiento que lo hacía a propósito. El coche iba llenísimo y pronto explotarían él o uno por uno los que iban dentro.

A dos pasajeros se les ocurrió abrir unas ventanillas. Eso alivió un poco la tensión, aunque, por suerte, el sofoco no duró mucho más. El autobús se aproximaba a su destino final y comenzó alegremente a detenerse, bajar alguna persona, reacomodar a las otras según los asientos disponibles y subir aún a algún rezagado. Todo como un juego o una coreografía cotidiana y particular. Eran movimientos de un ajedrez formidablemente organizado.

Al final todos llegaron y ya no hubo más nadie que el chofer en su comando. Quedaron atrás el músico, las lamentaciones y la estatua viviente. Todos se habían bajado para que otros pudieran ascender, y así durante otros días.

La ciudad naranja.

Cada milímetro, sombra, rincón, suspiro brillaba como no lo hubiera hecho en otras circunstancias. Refulgían las paredes, los vasos, los sillones, los teléfonos, la ropa. No había más cosas oscuras. La ciudad entera parecía una pequeña estrella.

No era sólo eso. También el calor. El calor hería la sangre, derretía los objetos y distorsionaba el aire, y lo convertía en una sustancia espesa, pegajosa y desvirtuada, que a la vez deformaba las imágenes y las envolvía en una existencia grotesca. Hacía demasiado calor.

Por fortuna no había gente por allí. No lo hubieran soportado. Se habían ido o ya estaban quemados. No hubieran soportado ni el calor ni el brillo. Se hubieran confundido porque todo estaba naranja. La urbe en su totalidad era un bólido de llamas.

Alguien había iniciado el incendio, pero ya no importaba. No había nadie. La ciudad estaba inutilizada y no valía la pena echar culpas. De cualquier modo, pasara lo que pasara, habría que esperar a que el fuego se apaciguara.

En algún momento aquellos milímetros no serían más que cenizas.

Tentempié.

-Anda, come. –Margot se mostraba muy amable mientras le acercaba el plato de delicias a Irene.

-No, gracias –respondió ella muy educadamente.

-¿Estás cuidando tu figura? –Margot sonrió.

-Sí, de no achicarla –Irene bromeó-. No hubiera venido a esta fiesta. Es que justo ahora no tengo hambre. Pero ya empezaré a devorar.

-He preparado estos especialmente para ti –anunció Margot, señalando el plato con un dedo índice-. Unos son salados y otros dulces. Para variar.

-Puedes estar segura de que los comeré, cariño. ¡Todos! Ja.

-No me pongas impaciente, Irene.

La aludida rió. Debió pensar que era un chiste. No lo era.

-¿De qué te ríes? –preguntó en efecto Margot.

-No te pongas impaciente, querida…

-No hagas eso. ¿Vas a comer? Anda, come.

-No quiero ahora. Te he dicho que luego. ¿Estás bien?

-Luego pierden sabor.

-Nada que tú cocines puede perder sabor.

-¡No me lamas las botas! ¡Tómalo!

El rostro de Margot sudaba. Sus ojos se habían agrandado. Algo le pasaba. Nadie más alrededor se daba cuenta.

-Margot… -dijo Irene, empezando a asustarse-, ¿qué ocurre, cielo?

-¡Ni cariño ni querida ni cielo! ¡Cómelo, come de una vez! ¡Deja de hablarme!

-Margot, por favor…

-¡Que comas!

Era increíble cómo nadie notaba cuán desquiciado se había puesto aquel ser humano. Irene comenzó a temblar, nerviosa.

-¡Tranquila! –susurró-. Ya voy a comer…

-Ahora, ¡ahora! –Margot se inclinó por sobre la mesa para tomar a Irene por un mechón de pelo. La retuvo así durante unos segundos, clavándole una mirada intensamente demencial; a lo último, la resignada rehén aproximó unos dedos aterrados al plato que le ofrecían, y empezó a comer uno, dos, tres, varios, más, el resto, hasta que la vajilla quedó limpia y Margot la soltó para que cayera de la silla, con los ojos muy abiertos, con una palidez verdosa, con una acidez ardorosa en sus entrañas, con un veneno paralizándola por dentro. Los demás invitados seguían percatándose de cualquier otra cosa. Margot sonrió, miró el plato vacío, lo echó abajo de un manotazo y, una vez que se hubo hecho añicos, se puso triunfalmente de pie.

-¡Al fin! –gritó con entusiasmo.

Claudia Siesta.

Un violín sonaba cálidamente, con persuasión, llevando en su andar viejas memorias lo mismo que una emoción sin igual, despertando pasados, endulzando oídos, aquietando almas, alimentando el arte. En aquel momento, no había nada más mágico que oír los toques que un ángel prodigaba, sonriendo, iluminando el aire, hipnotizando las moléculas. Los ratos parecían transcurrir más lentos… El barrio callaba. Las flores eran tibieza, paz, un sol tranquilo y el devenir de épocas doradas.

En el edificio de enfrente, en una habitación cuya ventana daba al violín, Claudia Siesta se levantó, la mirada pacífica, los enormes ojos verdes en combinación con el salto de cama, la escopeta de doble cañón en perfecto estado y a disposición. Claudia Siesta era llamada así porque sus psiquiatras, familiares, vecinos, los vagabundos y los gatos de la calle sabían que lo peor que podía pasarle a su mente era no poder conciliar el sueño diurno. Había comprado esa escopeta recientemente y por desgracia.

Un disparo claro, preciso, y unos perros ladraron, unos pájaros se espantaron, un vidrio se fragmentó y el violín calló rendido. Poco después iba a sonar un grito desgarrador, pero en el edificio de enfrente la escopeta ya descansaba en su escondite y Claudia Siesta se había arrojado libre, somnolienta, sobre su mullido colchón blanco.

Mamushka.

La radio emitía unas canciones inentendibles, a un volumen poco audible, que así no resultaba molesto y acompañaba armoniosamente la espera. La sala se hallaba vacía, excepto por el aparato, unos sillones, unos cuadros, un escritorio con una secretaria y un paciente. Miralem hacía tamborilear los dedos sobre las rodillas, nervioso, observando una y otra vez los cuadros como si pudiera encontrarles las primeras virtudes y los últimos defectos.

En realidad le costaba percibirlos. Pensaba demasiado en lo que pasaría allí adentro.

Aguardó durante una hora, hasta que al fin la puerta del consultorio se abrió, alguien desde el interior dijo algo y la secretaria le hizo una seña al muchacho para que entrara. Miralem se puso de pie, un poco pálido, y se movió. Dio algunos pasos hacia el consultorio, corrió la puerta y traspasó el umbral. La puerta se cerró con un golpe seco tras él.

Ese lugar era de lo más extraño y de seguro nunca había visto nada igual. Se trataba de una habitación blanca, con una ventana cuadrada y llena de luz, una silla en el centro, unos amplificadores alrededor, enfocados hacia ella, y nada más. El doctor no estaba por ningún lado.

-Bešić, por favor, siéntate –dijo una voz a través de los amplificadores. Miralem avanzó, aunque dudaba, y se acomodó en la silla. Seguía estando muy nervioso.

-Miralem Asmir Bešić –dijo la voz, que sonaba estruendosa en el nuevo ámbito-. Por favor, repite tu nombre.

-Miralem Asmir Bešić –dijo el chico, inseguro.

-¿Cuántos años tienes, Miralem?

-Veintidós.

-¿Por qué quieres matar a tus padres?

Él frunció el ceño.

-No quiero hacer eso –negó. Tampoco quería asustarse, pero empezaba a suceder.

-Eres un hombrecito muy bonito –tronó la voz.

-Gracias.

-¿Tu color favorito?

-Celeste.

-¿Tu segundo nombre?

-Asmir…

-¿Sabes qué es este lugar?

-Yo sólo busco orientación vocacional. Me dijeron que esto era una clínica psiquiátrica y que podrían ayudarme.

-Esto es el Proyecto Mamushka. ¿Cuántos años tienes?

-He dicho que veintidós. No entiendo.

-¿No entiendes tu edad?

-¿Dónde está usted?

-Yo estoy aquí. ¿Te incomoda el sonido?

-Sí, bastante.

-¿Tu color favorito?

-Celeste… ¿Por qué otra vez?

-¿Por qué quieres matar a tus padres?

-No quiero matarlos. ¿Me va a ayudar? Siento que estoy perdiendo el tiempo y confundiéndome.

-¿Qué asignatura te gustaba en la escuela?

-Matemáticas.

-¿Tu apellido?

-Bešić. Disculpe…

-Estamos trabajando. Eres muy bonito.

-Oiga… No sé qué juego está planteando…

-El Proyecto Mamushka. ¿Cómo estás?

-No estoy bien. No sé qué hace.

-¿Qué quieres hacer?

-Quiero comprender…

-¿Tu nombre de pila?

-Miralem. ¿Podría decirme de qué se trata esto?

-¿Qué asignatura te gustaba en la escuela?

El joven abrió la boca, incrédulo y un poco harto, al mismo tiempo que arqueaba las cejas.

-¡Matemáticas! –casi exclamó.

-¿Por qué quieres matar a tus padres? –preguntaron una vez más los amplificadores.

-No he dicho eso. No sé qué le pasa. Me quiero ir. Estoy buscando otra cosa, algo distinto.

-Bešić, ¿tienes miedo y estás nervioso?

-Claro…

-Mamushka Final –dijo la voz. Dos segundos después la puerta se abrió, la secretaria entró, no le dirigió la palabra, se acercó al muchacho y luego de indicarle con un gesto que se pusiera de pie le colocó unos auriculares en los oídos. La voz de alguien que hablaba con un tono grave, claro, agradable, varonil, y en un idioma que Miralem jamás interpretaría llenó su mente, y él, aturdido, se dejó llevar por la mujercita hacia otro lugar extraño, que no podría conocer ni reconocer, porque ya no era consciente de nada y sólo existían esas palabras que nunca dejaron de hablar.

El paciente había salido de la habitación escáner, en la que las paredes disponían de sensores que detectaban las respuestas físicas, químicas y neurológicas del sujeto a las preguntas del doctor, cada vez con mayor precisión, llegando finalmente al fondo de la cuestión, que era identificar una verdad absoluta. Miralem deseaba asesinar a sus padres, pero ya no tenía noción de eso, así como no sabía qué había ocurrido en la clínica ni qué sucedería durante otros muchos años.

Relámpagos.

Diez segundos, cada diez segundos se sucedían los relámpagos que alumbraban la escena infernal de toda esa gente cayendo muerta intoxicada por la nube roja que cubría la ciudad.

Uno (Oveja).

¿Cuánto puede tardar una oveja en cruzar los prados del sur, hacia el oeste, a las montañas donde, noche a noche, los antiguos herreros forjan las espadas que luego utilizarán los altos caballeros?

La oveja espera no demorar; una tormenta se acerca, estallará seguramente por la noche. La oveja se apresura, pues teme también ser interceptada por los espías que la siguen desde que partió de la Cumbre de los Caminos. Es que el pobre animal lleva un importante mensaje para los herreros: rápido, no os demoréis, pues la batalla se ha apresurado y los grandes señores necesitan de vuestras espadas.

Pero de repente se torna todo en un silencio absoluto, aunque tampoco antes había ruido. La oveja se detiene, escucha atentamente. Olisquea a su alrededor, levanta la cabeza, buscando una señal.

-Así que sólo eras tú –dice una voz profunda.

Al oírla, la oveja sabe que no hay nada que hacer. Cierra los ojos, y un segundo después dos pájaros negros se alzan en el oscuro cielo y vuelan hacia el norte. Un relámpago ilumina el prado, y el primer trueno retumba.

Dos (Esplendor).

De las altas columnas de fuego y tiniebla se elevaban los dragones negros, las bestias más antiguas pertenecientes a las tierras del Esplendor de Antaño. En ellas, muchas centurias atrás, habían morado los reyes grandes y poderosos, creadores de gentes bondadosas y jardines sagrados. En aquellos días las tierras se llamaban Melandros, que en su lengua común significaba “divinidad del sitio”, pues eran en verdad maravillosos lugares. Pero esos días habían pasado, y los reyes habían perecido, y sus criaturas volcadas al mal inundaban la Tierra y quemaban a sus habitantes, y el día en que acabaran no parecía llegar.

Microgame.

¡Lo más rápido posible! En unas pocas millonésimas. Y tenía que ser tan preciso… Jadeo. Nervios de acero. Se acercaba el ahora o nunca. Sería un momento histórico que se inscribiría en la eternidad. Ellos podían convertirse en héroes o encontrar el fracaso, y eso se decidiría en aquel instante crucial. Los latidos se aceleraban, pero, de repente… el tiempo se paralizaba. El aliento era contenido. Una gota de transpiración resbalaba por una o dos sienes. Ya no importaba nada más. En un momento inmortal esas manos se enajenaron, fueron parte de otro mundo, y los cinco sentidos de un planeta le prestaron atención solamente a ese hecho.

Se produjo un sonido mínimo, ínfimo, infinito, que sólo un ser divino pudo escuchar. Un silencio que llenó inmensidades… y entonces el aire volvió a circular, la sangre fue de nuevo un torrente, los pechos se aliviaron y varias sonrisas se encendieron. Los hombres de enormes trajes blancos respiraron con alivio y se miraron entre sí.

Un refulgente objeto había sido alcanzado. Ahora podían vivir tranquilos unos años más. El experimento había salido bien; habían encontrado la cura.

Los años del resplandor.

Fueron flores, árboles, incluso arbustos; focas, gatos, jirafas, pájaros; reyes, princesas, hadas, enanos. Grandes castillos señoriales y humildes chozas de campesinos. Selvas, lagos, playas marítimas y llanuras de maíz. Historias reales y fantasías imposibles. Gentes que creían y gentes que vagaban por la región de la incertidumbre.

Agua, fuego, aire, tierra. Cantos de edades medianas y músicas modernas de aparatos. Automóviles y carretas de caballos. Cuadros y libros. Estrellas, y lunas y planetas.

Fueron el amor, y el odio, la alegría y las lágrimas, y todo lo que representaban y todas las formas en que se expresaban. Fueron corazones que habían latido por miedo y también por afecto. Niños, jóvenes, adultos y ancianos. Nacimientos y cementerios.

Desde el principio, cada una de las cosas que habían podido existir parecieron reflejarse en aquellas columnas de luz, aquellas llamas poderosas, aquella antorcha gigante y el calor y un poco de frío que surgieron con el hongo de nubes, polvo y dolor que se elevó por los cielos de ese mundo. Y así todo terminaba. En el resplandor y su inmenso ruido se vieron las cosas que habían sucedido en el pasado de hasta hacía un segundo atrás, y algo, también, del porvenir que ya nunca advendría. El resplandor iba a durar años, décadas, un millón de siglos. Pero su ruido, el estruendo ensordecedor de un magnífico artificio que explota, no tardó demasiado en expandirse y esfumarse, y entonces apareció el silencio vasto y solitario que, junto con esa claridad fascinante que semejaba la de un sol, dominó los siguientes días innumerables de un mundo devastado por ruinas tristes y una muerte sempiterna.