Mil y un Fantasmas 1 por Alejandro Dumas - muestra HTML

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20.

-Habéis olvidado decir vuestra edad, dijo el comisario de policía.

-¿Debo decir la edad que tengo o la edad que se me atribuye?

-La vuestra, hombre: ¡como si se pudieran tener dos!

-Distingo, señor comisario, porque hay ciertas personas como por ejemplo Cagliostro, el conde de San Germán, el Judío errante...

-¿Queréis acaso decirme que sois vos Cagliostro, el conde de San Germán o el Judío

errante? dijo el comisario frunciendo las cejas a la idea que se burlaban de él.

No, pero...

-Setenta y cinco años -interrumpió el señor Ledrú-; anotad setenta y cinco años, señor Coussin.

-Sea, dijo el comisario de policía.

Y puso setenta y cinco años.

-¿Y vos, caballero? -prosiguió dirigiéndose al otro amigo del señor Ledrú.

Y repitió exactamente las mismas preguntas que hizo al primero.

-Pedro José Moulle, de edad sesenta y un años, eclesiástico, agregado a la iglesia de San Sulpicio, vivo en la calle de Servandoni, nº 11, respondió con voz dulce la persona que había sido interrogada.

-¿Y vos, caballero? -prosiguió el comisario dirigiéndose a mí.

-Alejandro Dumas, autor dramático, de veintisiete años de edad; domiciliado en París en la calle de la Universidad, nº 21.

El señor Ledrú se volvió hacia mí y me hizo un cordial saludo al cual contesté, lo mejor que pude, y en la propia forma.

-¡Bueno! -dijo el comisario de policía, mirad si es eso, señores, y si tenéis que hacer alguna observación.

Y en aquel tono gangoso y monótono de los funcionarios públicos, leyó:

"Hoy primero de septiembre de 1831, a las dos de la tarde, habiendo sido advertido por el rumor público que había tenido lugar en el pueblo de Fontenay-aux-roses un crimen de asesinato cometido en la persona de María Juana Ducondray por el llamado Santiago Jacquemin, su marido, y que el asesino se habla presentado en la casa habitación de Juan Pedro Ledrú, alcalde del Indicado pueblo de Fontenay-aux-roses, con objeto de declararse, por su propia voluntad, el autor de semejante crimen, nos hemos apresurado a

dirigirnos en persona al domicilio del susodicho Juan Pedro Ledrú, donde hemos llegado en compañía de Sebastián Robert, doctor en medicina, habitante en la citada población de Fontenay-aux-roses, y hemos encontrado allí en manos de los gendarmes al llamado Santiago Jacquemin quien ha repetido delante de nosotros que era el autor del crimen; después de lo cual le hemos intimado que nos siguiera a la casa donde había sido cometido el crimen.

Al principio se ha negado, pero habiendo luego cedido a las Instancias del señor alcalde, nos hemos encaminado al callejón llamado Des Sergents, donde está situada la casa habitada por el Santiago Jacquemin.

Llegados a esta casa y cerrada tras de nosotros la puerta para Impedir que la invadiera el pueblo, hemos entrado en una primera habitación donde nada indicaba que se hubiese cometido ningún crimen; después, por indicación del mismo Jacquemin, hemos pasado

del primer aposento al segundo, en uno de cuyos ángulos una trampa abierta comunicaba con una escalera. Habiéndonos dicho que esta escalera conducía a una bodega donde debíamos encontrar el cuerpo de la víctima, hemos bajado por ella y encontrado en los primeros escalones una espada de puño en forma de cruz, de ancha hoja, y cortante, que el Jacquemin nos ha confesado haberla tomado del museo de artillería cuando la revolución de julio y haberle servido para perpetrar el crimen. En el suelo de la bodega hemos hallado el cuerpo de la mujer de Jacquemin vuelto de espaldas y nadando en un

mar de sangre, con la cabeza separada del tronco;-la cabeza había sido colocada derecha sobre un saco de yeso arrimado a la pared: y habiendo el llamado Jacquemin reconocido que el cadáver y la cabeza eran en

efecto los de su mujer, ratificándose en presencia

del señor Juan Pedro Ledrú, alcalde de la villa de Fontenay-aux-roses ; del señor Sebastián Robert, doctor en medicina, habitante en el citado Fontenay-aux-roses ; del señor Juan Luis Alliette, conocido por Etteilla, literato, de edad setenta y cinco años, habitante en París, calle de la Antigua comedia, n.° 20; del señor Pedro José Moulle, de edad sesenta y un años, eclesiástico, agregado a la iglesia de San Sulpicio, habitante en París, calle de Servandoní, nº 11; y del señor Alejandro Dumas, autor dramático, de edad

veintisiete años, habitante en París, calle de la Universidad, n.° 21, hemos procedido de la manera siguiente al interrogatorio del acusado."

-¿Es esto, señores? -preguntó el comisario de policía volviéndose hacia nosotros con evidente

satisfacción.

-Perfectamente -respondimos a coro.

-Pues bien, interroguemos al reo.

Y volviéndose entonces hacia el preso, que durante la lectura había respirado fuertemente y como un hombre oprimido.

-Acusado, vuestro nombre, apellido, edad, domicilio y profesión.

-¿Durará eso mucho todavía? -preguntó el preso como un hombre postrado.

-Responded; vuestro nombre y apellido.

-Pedro Santiago Jacquemin.

-¿Edad?

-Cuarenta años.

-¿Domicilio?

-Ya lo sabéis, puesto que en él estamos.

-No importa; la ley quiere que contestéis a esta pregunta.

-Callejón Des Sergents.

-¿Profesión? Cantero.

-¿Confesáis ser el autor del crimen?

-Sí.

-Decidnos la causa que os lo ha hecho cometer y las circunstancias en que ha sido cometido.

-La causa que me lo ha hecho cometer...

es inútil, dijo Santiago; es un secreto que quedará entre la que está allí, y yo.

-Sin embargo, no hay efecto sin causa.

-¡La cansa! Ya os he dicho que no la sabréis.

En cuanto a las circunstancias, como decís, ¿deseáis saberlas?

-Si.

-Pues bien, voy a decíroslas. A los que trabajamos

bajo tierra, es decir, en la oscuridad, nos sugiere el demonio de la melancolía tan negras Ideas!

-¡Hola! ¡hola! -interrumpió el comisario de policía, ¿confesáis, pues, la premeditación?

-¿Pues no os he dicho que lo confesaba todo?

-Si; sí, por cierto, adelante.

-Pues bien, iba diciendo que la mala idea que había herido mi imaginación, era la de matar a Juana. Eso me turbó el cerebro por espacio de un mes, el corazón se rebelaba contra la cabeza..., en fin, una palabra que me dijo un camarada me decidió.

-¿Qué palabra?

-¡Oh! Esto pertenece ya a las cosas que no os incumben. Esta mañana yo dije a Juana: hoy no iré a trabajar; quiero divertirme como si fuera fiesta e iré a jugar a los bolos con los compañeros. Procura que a la una esté pronta la comida.

-Pero...

-¡Bueno, bueno!, no quiero observaciones.

La comida a la una, ya lo sabes. Bien está, dijo Juana.

Y salió para ir a arreglarlo todo.

Entre tanto, en lugar de ir a jugar a los bolos, tomé yo la espada que ahora tenéis, no sin haberla afilado en una piedra. Bajé a la bodega y me oculté tras de los toneles, diciéndome:

-Lila ha de bajar aquí a sacar vino; entonces veremos.

- No sé cuánto tiempo he pasado acurrucado allí, tras de la leñera de la derecha, no lo sé... sólo sé que tenía calentura; mi corazón latía con violencia... y todo lo veía de color de sangre en la oscuridad.

Además no dejaba de resonar ni un momento en mis oídos la palabra que me dijo ayer el camarada...

-Pero, ¿qué palabra es esa? -insistió el comisario.

-No me lo preguntéis, porque ya os he dicho que no la sabríais nunca. Por fin he oído el roce de un vestido, unos pasos que se acercaban, he visto brillar una luz... luego la parte inferior de su cuerpo que bajaba, luego la parte superior, en fin... la cabeza... ¡Oh, sí,

se veía bien la cabeza!... Juana llevaba una vela en la, mano.

¡Ah!, me dije, ¡bueno!... y he repetido en voz baja la palabra que me o el camarada.

En esto se ha ido acercando. Hubiera dicho que casi que temía algo; tenía miedo, miraba hacia todos lados, pero yo estaba oculto y ni respiraba siquiera.

Entonces se ha puesto de rodillas delante del tonel, ha acercado la botella y dado vuelta al grifo.

Entonces me he levantado.

-Ya os he dicho que ella estaba de rodillas.-

El ruido del vino que caía en la botella le impedía oír el ruido que podía yo hacer. Por lo demás, yo no hacía ninguno. Ella estaba de rodillas como una culpable, como una condenada. Yo he levantado la espada y... ¡hum!...

ni sé siquiera si Juana ha arrojado un grito...-

la cabeza ha rodado.

En aquel momento yo no quería morir, quería sólo ponerme en salvo. Contaba abrir una huesa en la misma bodega y enterrarla.

Salté sobre la cabeza que rodaba, mientras el cuerpo se agitaba convulsionado. Tenía un saco de yeso dispuesto para cubrir la sangre.-

He cogido la cabeza, o por mejor decir, la cabeza me ha cogido a mí, ¡mirad!

Y mostró su mano derecha, cuyo dedo pulgar estaba destrozado por una mordedura.

-¿Cómo qué os ha cogido la cabeza? -

exclamó el doctor; ¿qué diablos estáis diciendo?

-Digo que me ha mordido de firme como veis, y. que no quería dejarme. La coloqué sobre el saco de yeso, la apoyé contra la pared con mi mano izquierda, y procuré arrancarla la derecha; pero al cabo de un instante los dientes se han abierto por sí solos. Yo he retirado mi mano... entonces, no digo que no fuese delirio, locura, pero me ha parecido que la cabeza estaba viva; y los ojos enteramente abiertos. Los vela bien, puesto que la vela estaba sobre el tonel, y luego..., luego los labios se movían y al moverse... han dicho...

si, han dicho... -¡Miserable! ¡era inocente!

No sé el efecto que semejante declaración hacía a los demás; pero, por lo que a mí toca, el sudor bañaba mi frente.

-¡Vamos! ¡eso ya es demasiado! ¡Que los ojos os han mirado! ¡Que los labios os han hablado!

-Oíd, señor doctor; como vos sois médico, no creéis nada; es muy natural: pero yo, yo os digo que esa cabeza que allí veis, ¡allí!...

¿lo entendéis?, os digo que esa cabeza me ha mordido, os digo que esa cabeza me ha dicho:

¡Miserable! ¡era inocente! ¡Y la prueba de que me lo ha dicho, la prueba está en que quería huir después de cometido el asesinato, y que en lugar de huir he corrido directamente a casa del señor alcalde para denunciarme a mí mismo... ¿No es cierto, señor alcalde?

¿No es cierto?, responded.

-Santiago - respondió el señor Ledrú con acento bondadoso-. Sí, es cierto.

-Examinad la cabeza, doctor -dijo el comisario de policía.

-¡Cuando yo estaré fuera, señor Robert, cuando yo estaré fuera! -exclamó Jacquemin.

-¡Imbécil! ¿Todavía temes que te hable?, dijo el doctor tomando la luz y dirigiéndose al saco de yeso.

-Señor Ledrú, en nombre de Dios, dijo Santiago con el acento de la desesperación, decidles que me dejen ir... ¡os lo ruego! ¡os lo suplico!

-Señores, dijo el alcalde haciendo un gesto que detuvo al doctor, puesto qué nada más debéis preguntar a ese infeliz, permitidme que le haga conducir a la cárcel. Cuando la ley ordenó el careo, tuvo en cuenta sin duda que el acusado tendría fuerzas para soportar la prueba.

-¿Pero, y el interrogatorio? -dijo el comisario.

-Está casi concluido.

-Pero ha de firmar el reo.

-Firmará en la cárcel. exclamó Jacquemin, firmaré en la cárcel todo lo que queráis.

-Bien está -dijo el comisario.

-¡Gendarmes, llevaos a ese hombre! -dijo el señor Ledrú.

-¡Ah! ¡gracias, señor Ledrú, gracias! -dijo Jacquemin con la expresión del mayor y más profundo reconocimiento.

Y cogiendo él mismo a los dos gendarmes por los brazos, los arrastró hacia lo alto de la escalera con fuerza sobrehumana. Salió el infeliz, y el drama con él.

No quedaban en la bodega más que dos cosas repugnantes a la vista; un cadáver sin cabeza y una cabeza sin cuerpo. Me incliné a mi vez hacia el señor Ledrú.

-Señor mío, le dije, ¿me será permitido retirarme,

quedando siempre a vuestras órdenes para cuando gustéis que firme el proceso verbal?

-Sí, señor, pero con una condición.

-¿Cuál?

--Que iréis a mi casa a firmar el proceso.

-Con el mayor gusto, caballero. ¿Y cuándo?

-Dentro de una hora poco más ó menos, y de paso os enseñaré mi casa. Ha pertenecido a Scarron, y os interesará. Saludé y subí a mi vez la escalera.

-Al llegar a la última grada di una postrer mirada a la bodega.

El doctor Robert, con la vela en la mano, separaba los cabellos de la cabeza: era la de una mujer hermosa todavía, a lo que se podía juzgar, porque los ojos estaban cerrados y contraídos, y lívidos los labios.

-¡Ese imbécil de Santiago! -murmuraba el doctor; ¡sostener que una cabeza cortada puede hablar!... a menos que no lo haya ido a inventar para hacer creer que está loco; no estaría mal pensado. Sería una circunstancia atenuante.

IV

La casa de Scarron

Una hora después, estaba en casa del señor Ledrú.

La casualidad hizo que le encontrara en el patio.

-¡Ah!, dijo al reparar en mí; aquí estáis; tanto mejor; mucho-me place hablar un poco con vas antes de presentaron a nuestros convidados, porque coméis con nosotros, ¿no es verdad?

-Me dispensaréis…

-No admito excusas siendo jueves; tanto peor para vos; el jueves es mi día; todo lo que el jueves entra en mi casa me pertenece en plena propiedad. Después de comer, os dejaremos libre. Sin el acontecimiento de hace poco, me hubierais encontrado ya sentado a la mesa, como siempre, a las dos en punto. Hoy, por extraordinario, comeremos a las tres y medía o a las cuatro. Tengo, pues, tiempo suficiente no sólo para presentaros a mis convidados, sino para informaron.. -

¿Informarme?

-Si, son personajes que, como los del Barbero de Sevilla, y de Fígaro, necesitan ir precedidos de cierta explicación acerca de su

traje y carácter. Pero comencemos por la casa.

-¿Si no me engaño, me habéis dicho que había pertenecido a Scarron?

-Sí, aquí fue donde la futura esposa del rey Luis XIV, aguardando la época de distraer y deleitar al hombre incapaz de divertirse, cuidaba al pobre paralítico, su primer marido.

Veréis su aposento.

-El de Mad. de Maintenon?

-No, el de Mad. Scarron; no confundamos: el de Mad. de Maintenon está en Versalles o en Saint-Cyr.

-Seguidme.

Subimos una ancha escalera y nos encontramos en un corredor que daba a un patio.

-Mirad, me dijo el señor Ledrú, eso os toca a vos, señor poeta; pertenece al phebus más puro que se hablaba en 1650.

-; Ah! ¡ah! el mapa de la Ternura.

-Ida y Vuelta, trazado por Scarron y anotado por mano de su mujer; nada menos que eso.

En efecto, dos mapas ocupaban los intermedios de las ventanas.

Estaban trazados a pluma sobre un gran pliego de papel pegado a un cartón.

-¿Veis? continuó el señor Ledrú, esa gran serpiente azul es el río de la Ternura, aquí están las aldeas de Pesares, Billetes Amorosos, Misterio. Mirad la posada del Deseo, el valle 'de las Delicias, el puente de los Suspiros, el bosque de los Celos enteramente poblado de monstruos como el de Armida. En

fin, en medio del lago, donde está la fuente del río, tenéis el palacio de Perfecta Dicha: es el término del viaje, el fin del camino.

-¡Diablo! ¿qué veo allí, un volcán?

trastorna a veces el país. Es el volcán de las Pasiones.

-Me parece que no está en el mapa de la señorita Scudery.

es una invención de la señora Scarron. La primera.

-¿Tiene otras?

-La otra es la Vuelta. Ya lo veis, el río desborda,

engruesado por las lágrimas de los

que siguen sus orillas. Aquí, las aldeas del Fastidio, el mesón de los Pesares, la isla del Arrepentimiento. Todo es ingenioso hasta lo sumo.

-¿Tendríais la bondad de dejármelo copiar?

mucho gusto. Y ahora, ¿queréis ver el cuento de la señora de Scarron.

-Ya lo creo.

-Vamos, pues.

El señor Ledrú abrió una puerta, y me hizo pasar delante.

-Hoy es el mío, pero exceptuando los libros de que está Lleno, se halla exactamente como en tiempo de su ilustre propietaria; la misma alcoba, la misma cama, los mismos muebles.

-¿Y el gabinete de Scarron?

-El gabinete de Scarron está al otro extremo del corredor, pero os veréis privado de visitarle; no se entra en él, es la habitación secreta, el gabinete de Barba Azul.

-¡Diablo!

-Como os lo digo. Aunque alcalde, tengo yo también mis misterios; pero venid, voy a enseñaron otra cosa.

El señor Ledrú echó a andar delante de mí; bajamos la escalera y llegamos al salón.

Como todo lo restante de la casa, tenía el salón un carácter particular. Estaban cubiertas sus paredes de un papel cuyo color primitivo hubiera sido difícil determinar; a lo largo de la pared había una doble línea de sillones y otra de sillas a la antigua usanza; de cuando en cuando, mesas de juego y veladores; después, en el centro, como Leviathan entre los peces del Océano, un gigantesco bufete extendiéndose des dé la pared donde apoyaba una de sus extremidades hasta una tercera parte del salón, bufete cubierto de libros, cuadernos y periódicos, en medio de los cuales dominaba como un rey El Constitucional, lectura predilecta del señor Ledrú.

El salón estaba vacío; los convidados se paseaban por el jardín que a través de las ventanas se descubría en toda su extensión.

El señor Ledrú se fue directamente a su bufete y abrió un inmenso cajón en el cual había multitud de cajitas...

-Mirad, me dijo, he aquí para vos, el gran aficionado a la historia, algo más curioso todavía

que el mapa de la Ternura esta colección de reliquias... no de santos, sino de reyes.

En efecto, cada cajita encerraba un hueso, cabellos o pelos de la barba.

Había una rótula de Carlos IX, el pulgar de Francisco I, un fragmento del cráneo de Luis XIV, una costilla de Enrique II, una vértebra de Luis XV, pelos de la barba de Enrique IV, y cabellos de Luis XIII.

Cada rey había proporcionado una muestra, y con todos aquellos huesos se hubiera podido recomponer un esqueleto que habría representado perfectamente, el de la monarquía francesa, a quien desde hace mucho

tiempo faltan los huesos principales.

Había además un diente de Abelardo y otro de Eloísa, dos blancos incisivos, que, en la época en que estaban cubiertos por trémulos y ardientes labios, se habían quizá encontrado reunidos en un beso.

¿De dónde provenía aquel osario?

El señor Ledrú había presidido la exhumación de los reyes en San Dionisio, y tomó de cada tumba lo que mejor le pareció. El señor Ledrú me concedió algunos instantes para satisfacer

mi curiosidad; cuando juzgó que estaba ya satisfecha:

-Vamos, me dijo, ahora que ya nos hemos ocupado bastante de los muertos, pasemos a los vivos.

Y me condujo junto a una de las ventanas que, según he dicho, dominaban el jardín en toda su extensión.

-¡Qué hermoso jardín

-Jardín de cura párroco con su arboleda de tilos, su colección de dalias y rosales, parras y albaricoques. Ya lo veréis todo; pero hablemos ahora, no del jardín, sino de los que en él se pasean.

-¡A propósito! Decidme primero quién es ese señor Alliette, llamado por anagrama Etteilla que preguntaba si querían saber su

edad verdadera o solamente la que se le atribuía.

-Precisamente, me dijo el señor Ledrú, contaba empezar por él. ¿Habéis leído Hoffman?

-¿Por qué?

-Porque es un personaje de Hoffman. Ha pasado toda su vida en aplicar los naipes y los números a la adivinación del porvenir; todo lo que posee pasa a la lotería, en la cual empezó por ganar un terno, pero sin que la suerte le haya protegido más. Ha conocido a Cagliostro y al conde de Sen Germán, 3, pretende ser de su familia y poseer . como ellos el secreto del elixir de larga vida. Su edad real, si se la preguntáis, es de doscientos setenta

y cinco años; primeramente ha vivido cien años sin estar enfermo, del reinado de Enrique II al de Luis XIV; después, gracias a su secreto, y muriendo para el vulgo, ha cumplido otras tres revoluciones de cincuenta años cada una. En el día empieza la cuarta, y no tiene por consiguiente, más que veinte y cinco años. Los doscientos cincuenta primeros años no los cuenta más que para memoria.

Vivirá así, y lo dice públicamente y en alta voz, hasta el juicio final. En el siglo XV

hubieran

quemado a Alliette y habrían hecho mal; hoy le compadecen, y hacen mal también; Alliette es el hombre más feliz de la tierra; no habla más que de naipes, sortilegios, ciencias egipcias de Thot, misterios isíacos. Publica sobre estas materias tomitos que nadie lee, y que un librero, tan loco como él, imprime bajo el pseudónimo, o por mejor decir, bajo el anagrama de Etteilla. Lleva siempre el sombrero lleno de folletos... Y sino, miradle, ahí le tenéis con el sombrero debajo del brazo, tanto es el miedo a que no le roben sus preciosos libros. Mirad el hombre, mirad el rostro, mirad el traje, y ved cómo la naturaleza es siempre armónica, y cuán exactamente sienta el sombrero a la cabeza, el hombre al traje, el frac al molde, como decís vosotros los novelistas.

En efecto, era verdad. Examiné a Alliette; iba vestido con un traje grasiento, sucio y manchado; su sombrero de bordes relucientes, como cuero barnizado, se

prolongabadesmesuradamente

por la parte superior; llevaba

unos pantalones de ratina negra, medias negras, o por mejor decir, rojas, y zapatos de punta redonda como los de los reyes en cuya época pretendía haber nacido.

En cuanto al físico, era un hombre pequeño y regordete, rechoncho, diré mejor, fisonomía de esfinge, boca ancha privada de

dientes; algunos cabellos escasos, largos y amarillentos ceñían como una aureola su frente.

-Está hablando con el abate Moulle, dije yo al señor Ledrú, el que os acompañaba también en nuestra expedición de esta mañana, expedición de la cual hablaremos luego, ¿no es verdad.

-¿Y por qué hemos de hablar?

-Porque... ¡qué sé yo!, pero se me ha figurado que creíais en la posibilidad de que hubiese hablado aquella cabeza.

-Sois fisonomista. Pues bien, si, creo. Sí, hablaremos más tarde de ello, y si os placen historias de ese género, os respondo que encontraréis

aquí quien os las cuente curiosas.

Pero pasemos al abate Moulle.

-Debe ser, le interrumpí, un hombre de amabilidad suma; me ha llamado agradablemente la atención la dulzura de su voz, cuando ha contestado al interrogatorio del comisario de policía.

-También lo habéis adivinado. Moulle es amigo, mío hace cuarenta años y tiene sesenta.

ya le veis, es tan pulcro y limpio en el vestir como Alliette descuidado y sucio; es un hombre de mundo y de sociedad, introducido entre la aristocracia del barrio de Saint-Germain; él casa a los hijos o hijas de los pares de Francia, y estos casamientos le pro-porcionan la ocasión de echar su discursillo que las partes contrayentes hacen imprimir y conservan preciosamente en los archivos de la familia. Ni poco estuvo que no fuera obispo de Clermont. ¿Sabéis por qué no lo ha sido?

Porque fue en otro tiempo amigo de Cazzotte y como el mismo Cazzotte cree en la existencia de los espíritus superiores e inferiores, de los buenos y malos genios: como Alliette hace colección de libros. Encontraréis en su gabinete todo lo que se ha escrito sobre visiones y apariciones, sobre espectros, genios y aparecidos-aun cuando rara vez, y aun esta entre buenos amigos, habla de tales materias que no son por cierto muy ortodoxas. En una palabra, es un hombre convencido, pero discreto, que atribuye todo lo que de extraordinario le sucede en este mundo, al poder del infierno o a la intervención de los celestes espíritus. Miradle; ahora está escuchando en silencio lo que le dice Alliette y parece mirar algún objeto que su interlocutor no ve, contestándole

sólo de cuando en cuando por un

movimiento de labios o una señal de cabeza.

A veces, durante la conversación, se sumerge de pronto en profundo ensueño, se estremece, tiembla, vuelve la cabeza, viene por la estancia. En tales casos hay que dejarle hacer, porque sería quizá peligroso despertarle, y digo despertarle, porque le creo en semejantes momentos bajo el poder del sonambulismo.

Por lo demás no tarda luego en

despertarse por sí solo, tan tranquilo y sereno, como si tal cosa.

-¡Oh! ¡oh ! mirad, dije de pronto al señor Ledrú; apostaría que acaba de evocar algún espíritu de que me hablabais hace un instante.

Y mostré con el dedo a mi huésped un verdadero espectro ambulante que iba a reunirse con los dos personajes citados, pisando con precaución la yerba y las flores, sobre las que parecía andar sin doblegarlas.

-Ese, me dijo, es también un amigo; el caballero Lenoir, fundador del museo de los

Agustinos?

-El mismo. No puede consolarse de la dispersión de su Museo, por el cual en 93 y 94

corrió diez veces el riesgo de ser asesinado.

La Restauración con su inteligencia ordinaria le hizo cerrar con orden de volver los monumentos a los edificios a que pertenecían y a las familias que tuvieran derecho a reclamarlos.

Por desgracia la mayor parte de los- monumentos estaban destruidos, extintas la

mayor parte de las familias, de modo que los más curiosos fragmentos de nuestra antigua escultura, y por consiguiente de nuestra historia,

se han dispersado y perdido. Así desaparece poco á poco todo lo de nuestra antigua Francia; no quedaban más que esos

fragmentos y bien pronto nada quedará de ellos. Y los destruyen los mismos que debieran mostrar mayor interés en conservarlos.

Y el señor Ledrú, a pesar de su liberalismo, como se decía en aquella época, dejó escapar un suspiro.

-¿Son esos todos vuestros convidados? -

pregunté al alcalde.

-Tendremos tal vez al doctor Robert, de quien nada os digo porque presumo que le habréis juzgado. Es un hombre que ha pasado toda su vida haciendo experimentos en la máquina humana como hubiera podido hacerlo con un maniquí, para comprender los dolores, y nervios para sentirlos. Es, en una palabra, un vivo que ha hecho un gran número de muertos. Felizmente para él, no cree el doctor en aparecidos. Es simplemente un talento mediano, que se figura hombre de chispa porque es bullicioso, filósofo porque es ateo; en fin uno de esos hombres a quienes se recibe, no para recibirlos, sino porque vienen a nuestra casa. A nadie se le ocurriría ir a buscarlos.

-¡Conozco el género

-Debíamos también tener a otro amigo, más joven que Alliette, el abate Moulle y el caballero Lenoir, y que disputa a las mil maravillas

de cartomancia con Alliette, de demonología con Moulle y de antigüedades con

Lenoir; una biblioteca animada; un catálogo encuadernado en piel de cristiano, a quien vos debéis conocer indudablemente.

-¿El bibliófilo Jacob, quizá?

-El mismo.

-¿Y vendrá?

-Probablemente no, no estando ya aquí,, pues sabe qué acostumbramos a comer a las dos y son ya cerca de las cuatro.

Abrióse en aquel mismo instante la puerta del salón y apareció la tía Antonia.

-La sopa está en la mesa.

-Señores, gritó a su vez el señor Ledrú abriendo la puerta del jardín, ! a la mesa, a la mesa!

Luego, volviéndose hacia mí:

-Y ahora, me dijo, debe haber en alguna parte del jardín, a más de los convidados que veis y de los cuales hice el retrato, un convidado

que no habéis visto aún ni hablé de él siquiera. Este de que os hablo ahora por primera vez, tiene su mente harto aletargada con los sueños de lo ideal, para que haya oído el prosaico llamamiento que acabo de hacer, y al cual han contestado los demás, como lo prueban dirigiéndose hacia aquí. Id a buscarle, a vos os toca y cuando hayáis encontrado

su inmaterialidad, su transparencia, eine ercheinung, como dicen los alemanes, os nombraréis, procuraréis persuadirle que es bueno comer algunas veces, aun cuando no sea más que para vivir; le ofreceréis vuestro brazo y le acompañaréis al comedor; despachad.

Obedecí al señor Ledrú, adivinando que su encantador ingenio, el cual había podido ya apreciar lo suficiente en pocos minutos, me reservaba alguna sorpresa, y me lancé al jardín mirando por todas partes.

La investigación no fue larga, y bien pronto percibí lo que buscaba.

Era una mujer sentada a la sombra de una arboleda de tilos y de la cual no me era fácil distinguir ni el rostro ni el talle, el rostro porque

estaba vuelto hacia el lado de la campiña, el falle porque iba envuelta en un gran chal.

Vestía completamente de negro.

Acerquéme a ella sin que hiciera el menor movimiento, y sin que el ruido de mis pasos pareciera llegar a sus oídos. Cualquiera la hubiera creído una estatua.

Todo lo que de su persona podía ver era gracioso y distinguido.

Ya había observado de lejos que era rubia.

Un rayo de sol que, pasando a través del follaje de los tilos, iba a juguetear con su cabellera, la convertía en una aureola de oro; ya más cerca, pude observar la finura de sus cabellos que hubieran rivalizado con las hebras de seda que las primeras brisas del otoño desprenden del manto de la virgen; su cuello -quizá un poquito largo, seductora exageración que es casi siempre una gracia, si no es una belleza; -su cuello se doblaba para ayudar a la cabeza a apoyarse sobre su mano derecha, cuyo codo se apoyaba a su vez en el respaldo del asiento, en tanto que su brazo izquierdo colgaba a su lado, con una rosa blanca entre los afilados dedos. Cuello flexible como el del cisne, mano modelada, brazos hermosos, todo era de la misma blancura mate. Hubiérasela podido tomar por un mármol de Paros, sin venas en su superficie, sin pulso en su interior; la rosa, que empezaba a marchitarse, era más colorada y más viva que la mano que la sostenía.

La contemplé un instante, y cuanto más la contemplaba, más me parecía que no era un ser animado.

Hasta llegué a dudar de que se volviera al dirigirla la palabra. Por dos o tres veces sucesivas

se abrió mi boca, y se volvió a cerrar sin haber pronunciado la menor palabra.

Me decidí por fin.

-Señora, le dije.

Estremecióse la desconocida, volvióse hacia ni! y me miró con asombro; como quien despierta de un sueño y coordina Sus ideas.

Sus rasgados ojos negros fijos en mí (a pesar de sus cabellos rubios, las cejas y los ojos eran negros), sus rasgados ojos negros fijos en mí, tenían extrañó expresión.

Por espacio de algunos segundos permanecimos sin hablarnos, mirándome ella, examinándola yo.

Era una mujer de treinta y dos a treinta y tres años, que debió de ser de admirable belleza antes que se arrugasen sus mejillas, antes que su tez hubiese palidecido, por lo demás, la encontraba extraordinariamente bella así, con el rostro nacarado y del mismo tinte que la mano, sin el más leve matiz. lo que hacía que sus ojos pareciesen de ébano y sus labios de coral.

-Señora, repetí, el señor Ledrú pretende que diciéndoos que soy el autor de Enrique III, de Cristina y de Antony, os dignareis tenerme

por presentado y aceptaréis mi brazo hasta el comedor.

-Dispensadme, caballero, me contestó, pero debéis estar aquí hace ya un instante, ¿no es cierto? Os he sentido venir, pero no podía volverme, cosa que me sucede algunas veces cuando miro hacia ciertos lados. Vuestra voz ha roto el encanto... dadme vuestro brazo, y vamos.

Dicho esto, se levantó y pasó su brazo por entre el mío; pero, aunque no Pareció violentarse,

apenas sentí la presión de su brazo.

Hubiérase dicho que era una sombra que andaba a mi lado.

Llegamos al comedor sin haber dicho ni uno ni otro más palabra.

Dos sitios nos estaban reservados en la mesa. Uno a la derecha del señor Ledrú, para ella. Otro enfrente de ella, para mi.

V

El bofetón de Carlota Corday

La mesa del señor Ledrú tenía, como todo lo demás de su . casa, su carácter particular.

Era de forma de herradura; apoyada en las ventanas del jardín, dejaba libres para el servicio

los tres cuartos del inmenso comedor.

Podía contener cómodamente hasta veinte personas; en ella se comía siempre, ya tuviera el señor Ledrú uno, dos, cuatro, diez o veinte convidados, ya comiera solo: el día de que hablo éramos seis y apenas ocupábamos un tercio.

Todos los jueves, el servicio era el mismo.

El señor Ledrú pensaba que durante los ocho días transcurridos, los convidados habían podido comer otra cosa, ya fuese en su casa, ya en casa de algún amigo; el convidado tenía por tanto la seguridad de encontrar todos los jueves en casa del señor Ledrú la consabida sopa, vaca, pollo, pierna de carnero asada, judías y ensalada.

El número de los pollos se doblaba o triplicaba según el apetito de los convidados.

Ya fuesen muchos, ya pocos los convidados, el señor Ledrú se colocaba invariablemente a un extremo de la mesa, de espaldas al jardín, de cara al patio. Sentábase en un ancho sillón incrustado hacía diez años en el mismo sitio; allí recibía de manos de su jardinero

Antonio, convertido en lacayo, no sólo el vino común, sino también algunas botellas de viejo Borgoña que le eran entregadas con religioso respeto y que él destapaba y servía por sí propio a sus convidados con el mismo respeto y religiosidad,

Diez y ocho años atrás se creía en algo todavía; dentro diez años no se creerá ya en nada, ni aun en el vino añejo.

Después de comer, se pasaba al salón a tomar café.

Deslizóse la comida como se deslizan las comidas; elogiando a la cocinera y celebrando el vino. Sólo la joven señora no comió más que un poco de pan, no bebió más que un vaso de agua, y no pronunció ni una sola palabra.

Me recordaba la golosa aquella de las Mil y una noches que re sentaba a la mesa como los demás, pero sólo para comer algunos granos de arroz con un mondadientes.

Como de costumbre, se pasó al salón después de comer. mente, a mí me tocó dar el brazo a nuestra silenciosa convidada. La desconocida

hizo hacia mí la mitad del camino

para aceptármelo.

La misma languidez en los movimientos, la misma gracia n los modales, casi diría la misma impalpabilidad en los miembros.

Acompañéla hasta una butaca donde se recostó.

Mientras nosotros comíamos, dos personas habían entrado en el. salón.

Eran el doctor y el comisario de policía.

El comisario de policía iba a hacernos firmar el interrogatorio que había firmado Jacquemin en la cárcel.

Una ligera mancha de sangre se notaba en el papel. Firmé a mi vez, y dije mientras firmaba

-¿Qué significa esa mancha? ¿Procede esa sangre de la mujer o del marido?

-Procede, contestóme el comisario, de la herida que tenía en la mano el asesino, y que continúa abierta sin que medio ninguno baste a restañar la sangre.

-¿Creeríais, señor Ledrú, dijo el doctor, que ese animal persiste en afirmar que le ha hablado la cabeza de su mujer? =Y vos lo creéis imposible, ¿no es verdad, doctor?

-¡Toma!

-¿También creeréis imposible que haya abierto los ojos?

-Imposible.

-¿No creéis qué la sangre, restañada por la capa de yeso que ha cerrado todas las arterias y todos los vasos, haya podido devolver a aquella cabeza un momento de vida y de sentimiento?

-No lo creo.

-Pues bien, dijo el señor Ledrú, yo sí lo creo.

-Y yo también, dijo Alliette.

-Y yo, dijo el abate Moulle.

-Y yo, dijo el caballero Lenoir.

-Y yo, dije yo.

El comisario de policía y la dama pálida se callaron-el uno sin duda porque la cosa no le interesaba lo bastante, la otra quizá porque la cosa le interesaba demasiado.

-¡Ah! ¡Toma! Si todos os declaráis contra mí, de seguro tendréis razón. Si uno solo de vosotros fuera médico...

-Pero doctor, dijo el señor Ledrú, ya sabéis que yo casi lo soy.

-Entonces, dijo el doctor, no podéis ignorar que no existe dolor donde no hay sensibilidad y que ésta queda interrumpida por la sección de la columna vertebral.

-¿Pero quién os ha dicho eso?, preguntó el señor Ledrú. ' -Pues ¿quién ha de ser?, la razón.

-Vaya una respuesta. ¿No era también la razón laque decía a los jueces que condenaron a _Galileo que el sol era quien daba vueltas y la tierra permanecía inmóvil? La razón es una necia mi querido doctor; ¿habéis hecho acaso por vos mismo experiencias sobre cabezas cortadas?

-No, nunca.

-¿Habéis leído las disertaciones de Sommering?

¿Las decía raciones del doctor Sue?

¿Las protestas de Elcher?

-No.

-¿Entonces creeréis con M. Guillotin que su máquina es el medio más seguro, más rápido y menos doloroso de acabar con la vida?

-¡ Ya lo creo!

-Pues bien, amigo mío, os engañáis completamente.

-¡Basta que vos lo afirméis!

-Oídme, doctor ; puesto que vos habéis invocado la ciencia, voy a hablaros científicamente,

y a ninguno de nosotros, creedlo, le es extraño ese género de conversación para dejar de tomar parte en ella.

Nos habíamos todos acercado al señor Ledrú, a quien, por mi parte, escuchaba yo con avidez; esa cuestión de la pena de muerte sea por medio de la cuerda, del hierro o del veneno, me había siempre preocupado en gran manera, desde el punto de vista humanitario.

Hasta había hecho también por mi parte algunas investigaciones sobre los diferentes dolores que preceden, acompañan y siguen a los diferentes géneros de muerte.

-Veamos, hablad, dijo con incredulidad el doctor.

-Fácil es demostrar a cualquiera que posea la más ligera noción de anatomía y de las fuerzas vitales de nuestro cuerpo, continuó el señor Ledrú, que el suplicio no destruye enteramente

la sensibilidad; lo que me atrevo a decir, doctor, está fundado no en hipótesis sino en hechos.

-Veamos esos hechos.

-Helos aquí: 1.° ¿El asiento de la sensibilidad está en el cerebro, no es verdad?

-Es probable.

-Así, pues, si el asiento de la facultad de sentir está en el cerebro, tanta como el cerebro conserve su fuerza vital, el guillotinado tiene sentimiento de su existencia.

-¡Pruebas!

-Helas aquí: Haller en sus Elementos de física, t. 4, p. 35, dice:

"Una cabeza cortada abrió los ojos y me miró de reojo porque con la punta del dedo había tocado su médula espinal."

-¿Haller lo ha dicho?, sea; pero Haller puede haberse engañado.

-Quiero suponer que se haya engañarlo.

Pasemos a otro. Weycard. Artes filosóficas, p.

221, dice:

"He visto moverse los labios de una cabeza cortada." -Ya, pero de moverse a hablar...

-Aguardad y llegaremos. Oíd a Sommering, Sommering, cuyas obras están allí para que podáis cercioraros de lo que digo, oíd lo que dice: "Varios doctores me han asegurado haber visto

una cabeza separada del cuerpo, rechinar los dientes de dolor, y estoy convencido de que si el aire circulaba aún por los órganos de la voz, las-cabezas hablarían."-Y ahora, doctor, prosiguió el señor Ledrú, palideciendo, sabed que yo estoy más adelantado que Sommering, porque a mí... a mi una cabeza me ha hablado.

Nos estremecimos todos.

La dama pálida se irguió en su butaca.

-¿A vos?

-Sí, a mí; ¿me diréis también que soy loco?

-; Qué diablo!, exclamó el doctor; si me decís que a -vos mismo...

-Sí, os repito que a mí me ha sucedido.

Sois bastante delicado, ¿no es verdad, doctor?, para decirme en voz alta que soy un loco, pero lo diréis para vuestro capote y será lo mismo. -Pero, vamos a ver, contadme el caso.

. -Eso es muy fácil de decir. ¿Sabéis que lo que me pedís que os cuente a vos, no se lo he contado nunca a nadie, desde hace treinta y siete años que sucedió? ¿Sabéis que no os respondo de no desmayarme cuando os lo cuente, como me desmayé cuando me habló aquella cabeza, cuando se fijaron en mi aquellos ojos.

El diálogo iba siendo cada vez más interesante, cada vez más dramática la situación.

-Vamos, Ledrú, valor y contadnoslo, dijo Alliette.

-Contadnoslo, amigo mío, dijo el abate Moulle.

-Contad, dijo Lenoir.

-Caballero.., murmuró la mujer pálida.

Yo nada dije, pero pintado estaba en mis ojos el deseo.

-¡Es extraño, dijo sin contestarnos el señor Ledrú y cómo hablando consigo mismo, es extraño cómo influyen unos en otros los acontecimientos! Ya sabéis quién soy, dijo volviéndose hacía mi.

-Sé, caballero, le contesté, que sois un hombre muy instruído, de mucho talento, que dais excelentes comidas, y que sois alcalde de Fontenay-aux-roses.

Sonrióse el señor Ledrú, dándome las gracias con un saludo amistoso. .

-Os hablo de mi origen, de mi familia, dijo.

-Ignoro vuestro origen, caballero, y me es desconocida vuestra familia.

-Pues entonces, prestad atención, voy a decíroslo, y después quizá añadiré la historia que deseáis saber y que no me atrevo a contaros.

-Sentáronse todos, poniéndose cada uno a sus anchas y en disposición de no perder una sílaba.

Por lo demás, el salón era un verdadero salón de cuentos o leyendas, grande, sombrío, gracias a las espesas cortinas y a la poca luz del moribundo día; salón, en fin, de cuyos ángulos se había apoderado ya la oscuridad, mientras sólo conservaban . un resto de luz las líneas que correspondían a las puertas o a las ventanas.

En uno de esos ángulos estaba la dama pálida, perdido enteramente su negro vestido en la oscuridad. Sólo permanecía visible su cabeza blanca, inmóvil y recostada sobre el almohadón.

El señor Ledrú continuó así;

-Aquí donde me veis, soy el hijo del famoso Comus, físico de los reyes a quien su bur-lesco apodo hizo figurar entre los charlatanes, pero que era un sabio distinguido de la escuela de Volta, de Galvani y de Mesmer. El fue el primero que trató en Francia de fantasmagoría

y electricidad, dando en la corte

lesiones de física y matemáticas.

La pobre Maria Antonieta, a quien he visto veinte veces y que más de una vez me tomó las manos besándome con ternura, es decir, cuando mi llegada a Francia, cuando yo era niño, María Antonieta, digo, estaba muy satisfecha

de él.

Ocupábase mi padre en mi educación y en la de mi hermano, iniciándonos en las ciencias ocultas que sabia y en una multitud de conocimientos galvánicos, físicos, magnéticos, que hoy son de dominio público, pero que en aquella época eran secretos peculiares sólo de algunos. El título de físico del rey hizo que en 93 pusieran preso a mi padre, pero gracias a las amistades con que yo contaba en la Montaña, pude conseguir su libertad.

Mi padre entonces se retiró a esta misma casa que habito yo ahora, y murió en 1807, a la edad de setenta y seis años. Pero volvamos a mi.

He hablado de mis amistades en la Montaña.

En efecto, era amigo de Danton y Camilo Desmoulins, y había conocido a

Marat, más bien en calidad de médico que de amigo, es verdad, pero sea como fuere, le había tratado. Resultó de las relaciones que tuve con él, por cortas que hubiesen sido, que el día en que condujeron a la señorita de Corday al cadalso, resolví acudir a su suplicio.

-Precisamente, interrumpí yo, precisamente iba a ayudaros hace un momento en la discusión que sosteníais con el señor doctor Robert sobre la persistencia de la vida, contándoos

el hecho que ha consignado la historia relativo a Carlota Corday.

-Llegamos a él, interrumpió el señor Ledrú, dejadme decir. He sido testigo del

hecho, y por consiguiente podréis creer lo que os diré.

Desde las dos de la tarde me mantenía yo en mi sitio junto a la estatua de la Libertad.

Era un caluroso día de julio; hacía un tiempo bochornoso, el cielo estaba cubierto y anunciaba tempestad.

A las cuatro empezó el huracán: en aquel mismo instante, según se dice, Carlota subía al carro.

Fueron a buscarla en ocasión en que un joven pintor estaba ocupado en hacer su retrato.

La muerte celosa parecía querer que nada sobreviviese a la joven, ni siquiera su imagen.

Estaba ya diseñada en el lienzo la cabeza, y-¡ cosa extraña! -en el momento en que entraba el verdugo, el pintor había llegado a la parte del cuello que la guillotina iba a cortar.

Menudeaban los rayos, caía la lluvia, retumbaba el trueno; pero nada había sido bastante a dispersar al populacho curioso; las calles, los puentes, las plazas, estaban atestadas

de gente; los rumores de la tierra cubrían casi los rumores del cielo—Las mujeres que designaron entonces con el gráfico nombre de lechuzas de guillotina, la perseguían con sus maldiciones. Yo sentía acercarse aquellos rugidos como se oyen los de una catarata. Mucho tiempo antes que se pudiese distinguir algo, onduló la muchedumbre; y por fin pareció la carreta como un navío hendiendo

las olas, y pude distinguir la condenada a quien no conocía, ni había visto nunca.

Era una hermosa joven de veintisiete años, de rasgados ojos, de nariz perfectamente dibujada,

de labios perfectos. Manteníase en

pie, erguida la cabeza, no por jactancia ciertamente,

sino porque la obligaban a aquella

postura las ataduras de las manos.

Había cesado la lluvia, pero como la infeliz había aguantado el chaparrón durante los tres cuartos de hora de camino, el afina que la inundó, delineaba sobre las húmedas ropas los contornos de su cuerpo seductor; parecía que salía del baño. La camisa roja de que la revistió el verdugo, comunicaba extraño aspecto, siniestro esplendor a la altiva y enérgica cabeza

En él instante mismo en que llegaba a la plaza, cesó la lluvia, y un rayo de sol, deslizándose

entre dos nubes, fue a jugar con sus cabellos que hizo irradiar como una aureola: os lo aseguro, aun cuando hubiera tras de aquella joven un asesinato -acción terrible por más que vengue a la humanidad, aun cuando yo detestaba aquel asesinato, no hubiera sabido de que veía era un apoteósis o un suplicio. Al reparar en el cadalso, palideció, y aquella palidez fue perceptible a causa de la camisa roja que le subía hasta el cuello; pero casi al mismo tiempo hizo un esfuerzo, y acabó de volver hacia el cadalso que miró sonriendo.

detúvose la carreta. Saltó Carlota en tierra sin querer permitir que la ayudaran a bajar, en seguida subió los escalones del cadalso, resbaladizos con la lluvia que acababa de caer, con toda la ligereza que le permitieron lo largo de su camisa y las ataduras. Al sentir la mano del ejecutor sobre su hombro para arrancar el pañuelo que cubría' su cuello, palideció

de nuevo; pero en el mismo instante una postrer sonrisa vino a desmentir aquella palidez, y por sí propia, sin que se la atara a la infame báscula, en un arrebato sublime y casi sonriendo, pasó su cabeza por la odioso abertura.

Deslizóse la cuchilla; la cabeza separada del tronco cayó sobre la plataforma y dio varios saltos.

Entonces-oíd bien eso, doctor; oídlo bien, poeta;-entonces, uno de los criados del verdugo llamado Legrós, cogió aquella cabeza por los cabellos, y por una vil adulación a la multitud le dio un bofetón. A ese bofetón, os lo juro, a ese bofetón encendióse aquella cabeza...,

yo lo vi..., no sólo la mejilla abofeteada, sino las dos mejillas, y eso con un encarnado igual, porque el sentimiento vivía en aquella cabeza, y se indignaba de haber sufrido una deshonra semejante ante la multitud.

El pueblo vio también aquel rubor, y tomó el partido de la muerta contra el vivo, de la guillotinada contra el verdugo. Pidió inmediatamente

venganza de aquella indignidad; e

inmediatamente el verdugo fue entregado a los gendarmes y conducido a la cárcel.

-Esperad, añadió el señor Ledrú viendo que el doctor iba a hablar, esperad, no es eso todo.

Quise saber qué sentimiento había podido arrastrar a aquel hombre a la acción infame que había cometido. Me informé del lugar donde estaba; pedí un pase para visitarle en la Abadía, donde se le había encerrado, lo obtuve, y fui a verle.

Un decreto del tribunal revolucionario acababa de condenarle a tres meses de cárcel.

No comprendía cómo había sido condenado poro una cosa tan natural como la que había hecho.

Le pregunté qué pudo inducirle a

aquella acción.

-¡Toma !, me contestó, ¡vaya una pregunta,.

Yo soy maratista;

acababa de castigarla por cuenta de la ley, he querido castigarla por mi cuenta.

-Pero, le dije, ¿no habéis comprendido que es casi un crimen semejante violación del respeto debido a la muerte?

-¡Calla! -me dijo Legrós, mirándome fijamente-,

¡y qué! ¿creéis vos que mueren los

guillotinados?

-Sin duda.

-¡Oh! Bien se ve que no miráis el cesto cuando están allí todos reunidos: bien se conoce que no les veis torcer los ojos rechinar los dientes por espacio de cinco minutos después de la ejecución, Nos vemos obligados a cambiar de cesto cada tres meses, par lo mucho que lo destrozan con sus dientes..., montón de cabezas de aristócratas que no quieren decidirse a morir..., no me asombraría por cierto que un día alguna de ellas se pusiese a gritar : ¡Viva el rey!

Sabía ya todo lo que quería saber; salí acosado por una idea que en efecto aquellas cabezas vivían aún, y resolví cerciorarme de ello.

VI

Ángela

Mientras hablaba el señor Ledrú, había anochecido por completo. Las personas reunidas en el salón figuraban ya sólo como

sombras, sombras no solamente mudas, sino también inmóviles, tanto era lo que temíamos que se detuviera el señor Ledrú ; porque demasiado

comprendimos que a la terrible relación que acababa de hacer, seguiría una relación más terrible aún.

No se oía ni el rumor de una respiración.

Sólo el doctor abrió la boca, pero le cogí la mano para impedirle que hablara, y en efecto, se calló.

A los polos segundos, continuó el señor Ledrú:

-Salía de la Abadía y atravesaba la plaza de Taranne dirigiéndome a la calle de Tournon, donde habitaba, cuando oí una voz de mujer que pedía socorro.

No podían ser malhechores, porque eran apenas las diez. Me precipité hacia el ángulo de la plaza donde sonaban los gritos, y vi a una mujer que forcejeaba en medio de una patrulla de descamisados.

Reparó en mi aquella mujer y conociendo por mi traje que no era yo un hombre del pueblo, se abalanzó hacía mi, gritando:

-Mirad, aquí tenéis precisamente al señor Alberto, que es conocido mío y que os dirá que soy en efecto la hija de la tía Ledieu, la planchadora.

y al mismo tiempo la pobre mujer, pálida y temblando, me cogió del brazo, abrazándose conmigo como el náufrago a la tabla que le ofrece una esperanza de salvación.

-Bueno, si yo no niego que seas hija de la tía Ledieu, pero como no llevas pasaporte, buena moza, vas a seguirnos al cuerpo de guardia.

La joven apretó mi brazo; sentí todo el terror y súplica que había en aquella presión.-

Había comprendido.

Como ella me había dado el primer nombre que se le ocurrió, yo hice lo propio.

-¡Cómo! Sois vos, mi pobre Angelita, la dije;

¿qué os sucede?

-¿Lo veis, señores?, dijo ella.

-Me parece que bien podíais haber dicho: ciudadanos. -Dispensadme, señor sargento, pero no es culpa mía si hablo así, dijo la joven.;

mi madre contaba con bastantes parroquianos en la alta sociedad y me había acostumbrado por lo mismo a ser cortés; bien sé

que es una mala costumbre la que he adquirido, costumbre aristocrática, pera ¡qué

queréis!, señor sargento, me es imposible deshacerme de ella.

Y había en esta respuesta, hecha con voz trémula, un imperceptible tinte de sarcasmo que sólo yo comprendí. Me pregunté quién podía ser aquella mujer, pero el problema era de solución difícil cuando no imposible. Sólo estaba seguro de que la niña no era hija de ninguna planchadora.

-¿Qué me sucede, me preguntáis, ciudadano Alberto? añadió en seguida; voy a deciroslo.

Imaginaos que he ido a devolver ropa a una casa, y no encontré a la señora; he tenido que aguardar que volviera a casa para que me diera mi dinero. Nada tiene de extraño, porque en los tiempos que corremos cada uno tiene necesidad de su dinero. En esto me ha sorprendido la noche;... había olvidado mi carta de seguridad, he caído en manos de esos señores, perdonad, quiero decir de esos ciudadanos; me han pedido mi carta, les he dicho que no la llevaba conmigo, y han querido conducirme al cuerpo de guardia. He gritado, habéis acudido vos casualmente a mi socorro; la misma casualidad ha hecho que fuérais conocido mío y me he dicho entonces: puesto que el señor Alberto sabe que me llamo Ángela y que soy la hija de la tía Ledieu, ningún inconveniente tendrá en responder de mi, ¿no es verdad, señor Alberto?

-Ciertamente; yo respondo de vos.

-Bueno, dijo el jefe de la patrulla, ¿pero quién me responde da ti, señor entremetido?

-Danton. Supongo que es un buen patriota y buen fiador.

-Oh... si Danton responde de ti, ya no hay más que hablar. -Pues bien, hoy creo que es día de sesión en los Franciscanos; lleguémonos allí,

-Vamos allí, dijo el sargento. ¡Ciudadanos descamisados, marchen !

Un instante nos bastó para llegar al club de los Franciscanos, que celebraba sus sesiones en el antiguo convento de los Franciscanos, calle de la Observancia..

Llegados a la puerta, rasgué una página de mi cartera, escribí con lápiz algunas palabras y se la di al sargento invitándole a que se la llevara a Danton, mientras nosotros quedábamos vigilados por el cabo y la patrulla.

Entró el sargento en el club y volvió a poco con Danton.

-¡Cómo! ¿eres tú? me dijo así que me vio;

¿tú el arrestado? ¡al amigo, el amigo de Camilo, uno de los mejores republicanos que existen! ¡Vamos, me parece imposible!

-Ciudadano sargento, añadió volviéndose hacia el jefe de los descamisados, respondo de él ¿Basta mi palabra?

-¿Bueno, respondes de él, pero, y de ella?

replicó el obstinado sargento.

-¿De ella? ¿Y quién es ella?

-Esa mujer.

-De él, de ella, de todo lo que le rodea.

¿Estás satisfecho?

-Satisfecho, dijo el sargento, de haberte visto sobre todo. gusto puedes proporcionártelo gratis, mírame a tu placer, aquí me tienes.

¿-Gracias, contestóle el sargento; continúa como hasta aquí sosteniendo los intereses del pueblo, y no lo dudes, el pueblo te quedará agradecido.

-¡Como que cuento con ello! replicó Danton.

-¿Quieres estrechar mi mano? prosiguió el sargento.

-¿Por qué no?

Danton le alargó la mano.

-Viva Danton! gritó el sargento.

-¡Viva Danton! repitió toda la patrulla.

Y se alejó en seguida, conducida por su jefe, que se volvió a los diez pasos y agitando su gorro colorado, gritó de nuevo: ¡Viva Danton!

grito que fue repetido por sus secuaces.

Iba yo a dar las gracias a Danton, cuando su nombre varias reces repetido en el interior del club, llegó hasta nuestros oídos.

-¡Danton! ¡Danton! gritaban varias voces;

¡Danton a la tribuna !

-Dispénsame, amigo mío, me dijo; ya lo oyes; estrecha mi mano y permíteme que entre. He dado la derecha al sargento, te doy la izquierda... quizá tenía sarna el digno patriota.

Y volviéndose:

-Voy allá, dijo con aquella voz tonante que promovía y apaciguaba los huracanes; voy allá... aguardarse.

Y se fue corriendo.

Quedéme solo en la puerta con mi desconocida.

¿-Y ahora, señora, le dije, estoy a vuestras órdenes. ¿Dónde queréis que os acompañe?

-¡ Toma ! a casa de la tía Ledieu, me contestó riendo; ya sabéis que es mi madre.

-¿Pero dónde vive la tía Ledieu?

-Calle de Ferou, número 24.

-Vamos, pues, a casa la tía Ledieu, calle de Ferou, número 24.

Atravesamos varias calles hasta llegar a la de Ferou, sin que hubiésemos trocado una sola palabra.

Sólo a los rayos de la luna que brillaba en toda su esplendidez, había podido examinar a mis anchas a mi compañera. Era una encantadora mujer de veinte a veintidós años, morenita, de ojos grandes y azules, más vivarachos que melancólicos, de sarcásticos labios, de nariz fina y recta, de dientes como perlas, de manos de reina, de pies de niña, Todo esto conservando, bajo el traje ordinario de la hija de la tía Ledieu, un tinte aristocrático que no es de extrañar hubiese despertado la suspicacia

del bravo sargento y su belicosa patrulla.

Al llegar a la puerta nos detuvimos y nos miramos en silencio.

-¡Y bien! ¿qué me queréis, mi querido Alberto?

me dijo sonriendo mi desconocida.

-Quería deciros, mi querida Angelita, que no valía la pena dé encontrarnos para separarnos tan pronto.

-Os pido mil perdones pero creo al contrario que valía la pena, atendido a que si no os hubiese encontrado, me hubieran llevado al cuerpo de guardia; hubieran averiguado que no era la hija de la tía Ledieu y descubierto que era una aristócrata, y probablemente me cortaban la cabeza.

-¿Entonces confesáis que sois una aristócrata?

-Yo no confieso nada.

-Pero veamos, decidme al menos vuestro nombre.

-Ángela.

-Demasiado sabéis que ese nombre con que al acaso os he bautizado, no es el vuestro.

-¡No importa! Le aprecio y le guardo... para vos al menos.

-¿Qué necesidad tenéis de guardarlo para mi, si yo, no debo volveros a ver?

-Yo no digo esto. Digo solamente que si nos volvemos a ver, es tan inútil que sepáis mi nombre, como yo el vuestro. Os he llamado Alberto; guardad ese nombre de Alberto, como guardo yo el de Angelita.

-Sea; pero escuchadme, Angelita.

-Os escucho, Alberto.

-¿Sois una aristócrata, lo confesáis?

-Y aunque no lo confesara, lo adivinaríais

¿no es cierto? Con eso, mi confesión pierde la mayor parte de su mérito.

-¿Y os persiguen por aristócrata?

-Algo hay de ello.

-¿Y os ocultáis para evitar las persecuciones?

-En la calle de Ferou, número 24, en casa la tía Ledieu; su marido ha sido cochero de mi padre. Ya veis que no tengo secretos para vos.

-¿Y vuestro padre?

-No tengo secretos para vos, mi querido señor Alberto, en cuanto a los míos; pero los secretos de mi padre no son los míos. Mi padre vive escondido aguardando una ocasión de emigrar. Esto es todo lo que puedo deciros.

-¿Y qué contáis hacer?

-Partir con mi padre si es posible; si es imposible, dejarle partir solo, e ir más tarde a reunirme con él.

-¿Esta noche, cuando habéis sido detenida, veníais de ver a vuestro padre, verdad?

-Verdad.

-Escuchadme, querida Angelita.

-¡Os escucho!

-Ya habéis visto lo que ha pasado esta noche.

-Sí, y he visto que erais persona influyente...

-¡Oh! Por desgracia no mucho. Tengo sin embargo algunos amigos.

-Y esta noche he conocido yo a uno de ellos.

-Y ya lo sabéis; no es de los menos influyentes de la época.

-¿Contáis acaso valeros de él para proteger la fuga de mi padre?

reservo mi influencia para vos .

-¿Y para mi padre?

-Para vuestro padre tengo otro medio.

-¡Tenéis otro medio!

Y diciendo esto, Angelita se apoderaba de mis manos mirándome con ansiedad.

-¿Si salvo yo a vuestro padre, guardaréis un buen recuerdo de mí?

-i 0h ! Os quedaría agradecida toda mi vida

.

Y pronunció estas palabras con adorable expresión de anticipada gratitud.

Luego, mirándome y con tono suplicante:

-¿Pero, os bastará la gratitud?, preguntó.

-Sí, respondí,

-Entonces no me había engañado, exclamó, sois un noble corazón. Os doy gracias en nombre de mi padre y en el mío. y aun cuando no consiguiérais nada más tarde, os quedo muy reconocida por lo pasado.

-¿Cuándo nos veremos, Angelita?

-¿Cuándo tenéis precisión de verme?

-Mañana espero ya tener alguna buena noticia que comunicaros.

-Pues bien, veámonos mañana.

-¿Dónde?

-Aquí, si queréis.

-¿Aquí, en la calle?

-Demasiado veis que es lo más seguro.

Hace media hora

que hablamos, de

pie en el umbral

de esta puerta, y

no ha pasado un

alma.

-¿Por qué no

he de subir yo a

vuestra habitación

o por qué no

habéis de ir vos a

la mía?

-Porque, viniendo

vos a la

mía, comprometéis

a las honradas

gentes que

me han dado asilo;

yendo yo a la

vuestra, os comprometo

a vos.

-Como gustéis. Tomaré la cédula de una de mis parientas y os la daré.

-Sí, para que guillotinen a vuestra parienta si por casualidad me prenden.

-Tenéis razón; os procuraré entonces una cédula con el nombre de Angelita.

-Perfectamente; ya veréis cómo Angelita acabará por ser mi único y verdadero nombre.

-¿A qué hora nos veremos?

-A la misma en que hoy nos hemos encontrado; a las diez.

-Bueno pues, a las diez.

-Pero, ¿cómo nos encontraremos?

-¡Oh!, no es difícil. A las diez menos cinco minutos estaréis vos en la puerta. A las diez en punto bajaré yo.

Entonces hasta mañana a las diez, mi querida Angelita.

-Hasta mañana a las diez, querido Alberto.

Quise besarla la mano, presentóme ella la frente. A1 siguiente día por la noche, estaba yo en la calle a las nueve y media.

A las diez menos cuarto abrió la puerta.

Ambos nos habíamos adelantado un cuarto de hora. De un salto estuve a su lado.

-Conozco ya que tenéis buenas noticias, me dijo sonriendo.

-Excelentes. Primeramente ahí tenéis vuestra cédula.

-Antes hablemos de mi padre.

Y rechazó mi mano.

-Vuestro padre está salvado, si quiere.

-¿Si quiere?, decid, ¿qué ha de hacer?

-Confiar en mí.

-Es ya cosa hecha.

-¿Le habéis visto?

-Os habéis expuesto.

-¡Y qué queréis ! Convenía así, pero Dios me protege.

-¿Y se lo habéis dicho todo?

-Le he dicho que vos habíais salvado mi vida ayer, y que tal vez salvaríais la suya mañana.

-Mañana, sí, mañana precisamente le salvaré si quiere.

-¡Oh!, decid, decid, ¿le salvaréis?

-Sí, sólo que..., dije vacilando.

-¿Qué?

-No podréis partir con él.

-¿No os dije ya que respecto a eso, nada había resuelto aún?

-Luego, acaso más tarde estoy seguro de poderos alcanzar un pasaporte.