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MOBY DICK

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MOBY DICK

O

LA BALLENA

Herman Melville

Ediciones Perdidas

MOBY DICK

Herman Melville

Título original: Moby-Dick; or the whale

Traducción de José María Valverde

Ilustraciones de Fernando Gallego Outón

Ediciones Perdidas

Asociación cultural Libros de Arena

Camino de los Espejos 51

04131 Retamar – Almería

www.librosdearena.es

En señal de admiración a un genio

este libro está dedicado a Nathaniel Hawthorne.

Etimología

Proporcionada por un difunto Auxiliar tísico de un Instituto

Aquel pálido Auxiliar... raído de traje, de corazón, de cuerpo y

de cerebro: le estoy viendo ahora. Siempre estaba desempol-

vando sus viejos diccionarios y gramáticas, con un extraño pa-

ñuelo, burlona—mente embellecido con todas las alegres ban-

deras de todas las naciones conocidas del mundo. Le gustaba

desempolvar sus viejas gramáticas: no se sabe cómo, eso le re-

cordaba suavemente su mortalidad.

«Cuando os proponéis dar lecciones a otros y enseñarles con

qué nombre se llama en nuestra lengua a la ballena —whale—,

dejándoos por ignorancia la letra H, que casi por sí sola consti-

tuye el significado de la palabra, decís algo que no es verdade-

ro.»

HAKLUYT

«WHALE... en sueco y danés, hval. Este animal se nombra así

por su redondez y su modo de revolcarse, pues en danés hvalt es

arqueado o abovedado.»

DICCIONARIO DE WEBSTER

«WHALE... Procede más inmediatamente del holandés y ale-

mán Wallen; anglosajónWalwian, rodar, revolcarse.»

DICCIONARIO DE RICHARDSON

— 9 —

Ιπ

Hebreo

Χητοζ

Griego

CETUS

Latín

WHŒL

Anglosajón

HVAL

Danés

WAL

Holandés

HWAL

Sueco

WHALE

Islandés

WHALE

Inglés

BALEINE

Francés

BALLENA

Español

PEKI-NUI-NUI

Fidjiano

PEHI-NUI-NUI

Erromangoano

— 10 —

Citas

Proporcionadas por un Sub-Sub-Bibliotecario

Como se verá, este simple horadador laborioso y gusano de

biblioteca, este pobre diablo de Sub-Sub-Bibliotecario, parece

haber atravesado todas las largas galerías vaticanas y los puestos

de libros de la tierra, recogiendo cualquier alusión azarosa a las

ballenas que pudiera encontrar de cualquier modo en cualquier

libro, sagrado o profano. Por consiguiente, al menos en ciertos

casos, no debéis tomar las embarulladas afirmaciones ballenarias

de estas citas, aunque auténticas, por auténticos evangelios de la

cetología. Lejos de eso. En lo que toca a los autores antiguos en

general, tanto como a los poetas que aquí aparecen, estas citas

sólo son valiosas, o entretenidas, en cuanto que proporcionan

una vista de pájaro de lo que, de modo vario, se ha dicho, pen-

sado, imaginado y cantado sobre leviatán, por muchas naciones

y generaciones, incluyendo la nuestra.

Así que queda con Dios, pobre diablo de Sub-Sub, cuyo comen-

tador soy yo. Tú perteneces a esa desesperanzada y pálida tribu

que ningún vino de este mundo ha de calentar jamás, y para la

cual incluso el jerez pálido sería demasiado rosado y fuerte;

pero que es gente con la cual a uno le gusta a veces sentarse y

sentirse también un pobre diablo, y ponerse alegre entre lágri-

mas, y decir por las buenas, con los ojos cargados y los vasos

vacíos, y con tristeza no del todo desagradable: «¡Basta ya, Sub-

Subs! ¡Pues cuanto más os esforcéis en complacer al mundo,

más seguiréis para siempre sin recibir agradecimiento!». ¡Ojalá

pudiera yo dejar libres para vosotros Hampton Court y las Tu-

llerías! Pero tragaos las lágrimas y arriba los corazones, hasta el

— 11 —

mastelero de sobrejuanete; pues vuestros amigos, que han par-

tido antes, están dejando libres los cielos con sus siete círculos,

y exiliando ante vuestra venida a Gabriel, Miguel y Rafael, tanto

tiempo mimados. ¡Aquí sólo tocáis reunidos corazones rotos;

allí entrechocaréis vasos que no se pueden romper!

«Y Dios creó las ballenas.»

Génesis

«El Leviatán deja un rastro brillando detrás: se pensaría que la

profundidad ha encanecido.»

Libro de Job

«Y entonces el Señor había preparado un gran pez para que se

tragara a Jonás.»

Jonás

«Allí van los barcos, allí está ese Leviatán a quien has creado

para que jugara en el mar.»

Salmos

«En aquel día, el Señor con su cruel, grande y fuerte espada,

castigará al Leviatán, a la serpiente que se desliza, al propio

Leviatán, esa serpiente retorcida, y matará al dragón que está en

el mar.»

Isaías

«Y cualquier cosa más que entre en el abismo de la boca de ese

monstruo, sea animal, barco o piedra, es devorada al punto en

su terrible y enorme engullida, y perece en el insondable golfo

de su panza.»

HOLLAND, Obras morales de Plutarco

«Los mares indios crían los mayores peces que hay: entre los

cuales las ballenas, esos torbellinos llamados balaenae, ocupan

de largo tanto como cuatro arpendes de tierra.»

HOLLAND, Plinio

— 12 —

«Apenas llevábamos dos días avanzando por el mar, cuando,

hacia el amanecer, aparecieron muchas ballenas y otros mons-

truos del mar. Entre aquéllas, una era de tamaño monstruoso...

Esta vino hacia nosotros, con la boca abierta, levantando olas

por todas partes, y sacudiendo el mar por delante en espuma.»

TOOKE, Luciano «La verdadera historia»

«Visitó, pues, este país con intención de pescar ballenas, que

tenían por dientes huesos de gran valor, de los que llevó algu-

nos al rey... Las mejores ballenas se cazaban en su país, y algu-

nas de ellas eran de cuarenta y ocho a cincuenta yardas de lar-

gas. Dijo que el era uno de los seis que habían matado sesenta

ballenas en dos días.»

Otro de los relatos orales de Octher u Other,

tomado de su boca por el rey Alfred, en el año 890

«Y mientras que todas las otras cosas, sean animales o navíos,

que entran en el terrible golfo de la boca de este monstruo (la

ballena), inmediatamente se pierde y son tragados, el gobio de

mar se refugia en ella con gran seguridad, y allí duerme.»

MONTAIGNE. Apología de Raymond Sebond

«¡Volemos, volemos! Que me lleve Pateta si no es éste el Levia-

tán descrito por el noble profeta Moisés en la vida del paciente

Job.»

RABELAIS

«El hígado de esa ballena era de dos carretadas.»

Anales de Stowe

«El gran Leviatán que hace hervir los mares como una cacero-

la.»

LORD BACON. Versión de los Salmos

«Respecto al monstruoso tamaño de la ballena u orca, no he-

mos sabido nada seguro. Llegan a tener enorme gordura, hasta

el punto de que de una sola ballena se extrae una increíble can-

tidad de grasa.»

Del mismo, Historia de la vida y de la muerte

— 13 —

«Para una herida interior, la cosa más soberana del mundo es

aceite de ballena.»

REY ENRIQUE

«Muy parecida a una ballena.»

HAMLET

Para alcanzarlo, no le ha de servir

ni filtro ni elixir, sino volver

al que, con traidor dardo, abrió la llaga

que en su pecho le da dolor sin tregua;

como ballena herida, que el mar cruza hacia tierra.

La Reina de las Hadas

«Inmensos como ballenas, cuyos vastos cuerpos en movimiento

parece tierra móvil, por las branquias pueden, en una tranquila

calma, agitar el mar hasta que hierve.»

SIR WILLIAM DAVENANT, Prefacio a Gondibert

«Qué es el espermaceti, los hombres pueden dudarlo justamen-

te, ya que el doctor Hosmannus, en su obra de treinta años, dice

francamente: Nescio quid sit».

SIR T. BROWNE, Del Espermaceti y

de la Ballena de Espermaceti (véase su V. E.)

Como el Talus de Spencer, con su moderno azote.

amenaza destrozos con su potente cola.

* * * * *

Sus arpones clavados en el costado lleva,

y en su lomo se eleva todo un bosque de lanzas.

WALLER, Batalla de las Islas del Estío

«Por el arte se crea ese gran Leviatán llamado República o Es-

tado (en latín, Civitas), que no es sino un hombre artificial.»

Primera frase del Leviatán de HOBBES

— 14 —

«Silly Mansoul se lo tragó sin masticarlo, como si hubiera sido

una sardina en la boca de una ballena.» Caminar del Peregrino

Ese animal marino,

Leviatán, al que Dios entre sus obras

hizo el mayor de cuantos el mar surcan.

Paraíso Perdido

Y Leviatán allí,

el mayor animal, en lo profundo,

igual que un promontorio, duerme o nada,

parece tierra móvil, por las branquias

aspira, y al soplar lanza un gran chorro.

Ibídem

«Las poderosas ballenas que nadan en un mar de agua y tienen

un mar de aceite nadando en ellas.»

FULLER, Estado Profano y Estado Sagrado

«Y allí acechan, detrás de un promontorio,

a su presa los grandes leviatanes,

sin perseguir, tragándose los peces

que por la boca abierta entran errados.»

DRYDEN, Annus Mirabilis

«Mientras la ballena está flotando a popa del barco, le cortan la

cabeza, y la remolcan con un bote tan cerca de la orilla como

llegue; pero se encalla en doce o trece pies de agua.»

THOMAS EDGE, Diez viajes a Spitzberg, en Purchas

«Por el camino vieron muchas ballenas jugando en el océano y,

por juego, lanzando el agua por los tubos y espitas que la natu-

raleza les ha puesto en los lomos.»

HARRIS COLLECTION, Viajes a Asia

y a África de sir T. Herbert

— 15 —

«Allí vieron tan grandes manadas de ballenas, que se vieron

forzados a avanzar con mucha precaución por temor de que el

barco tuviera una colisión con ellas.»

SCHOUTEN, Sexta Circunnavegación

«Nos hicimos a la vela desde el Elba, con viento NE, en el bar-

co llamado El Jonás en la Ballena... Algunos dicen que la balle-

na no puede abrir la boca, pero es una fábula... Frecuentemente

ellos trepan hasta los mástiles por si pueden ver una ballena,

pues el primero que la descubra recibe un ducado por su fati-

ga... Me contaron de una ballena pescada junto a Shetland, que

tenía más de un barril de arenques en la barriga... Uno de nues-

tros arponeros me dijo que una vez en Spitzberg cazó una ba-

llena que era toda blanca.»

HARRIS COLL, Un viaje a Groenlandia, año 1671

«Varias ballenas han venido hasta esta costa (Fife) en 1652;

llegó una de ochenta pies de larga, de las de hueso, que (según

me informaron) además de una gran cantidad de aceite, propor-

cionó 500 medidas de hueso de ballena. Sus mandíbulas están

puestas de puerta en el jardín de Piferren.»

SIBBALD, Fife y Kinross

«Yo mismo he resuelto intentar si puedo dominar y matar ese

cachalote, pues nunca pude oír decir de ninguna de esa especie

que fuera muerta por ningún hombre; tal es su ferocidad y agi-

lidad.»

Carta de Richard Strafford desde las Bermudas; Bans. Fil. 1668

«Las ballenas del mar en su esplendor

atienden a las voces del Señor.»

Cartilla de New England

«Vimos también abundancia de grandes ballenas, habiendo,

como quien dice, unas cien veces más en esos mares del sur de

las que tenemos en los que están al norte.»

CAPITÁN COWLEY, Viaje alrededor del Globo, 1729

— 16 —

«… y el aliento de la ballena a menudo lleva consigo tan inso-

portable hedor, que trastorna el seso.»

ULLOA, Suramérica

A cincuenta selectos elfos de mucha nota

confiamos la gran preocupación: la falda.

Más de una vez se ha visto caer su muro séptuplo,

aunque relleno de aros y armado de ballenas. El robo del rizo

«Si comparamos a los animales de tierra, respecto al tamaño,

con los que tienen su morada en las profundidades, encontra-

remos que resultan despreciables en la comparación. La ballena,

sin duda, es el mayor animal de la creación.»

GOLDSMITH, Historia natural

«Si escribierais una fábula para pececillos, los haríais hablar

como grandes ballenas.»

Goldsmith a Johnson

«A primera lloras de la tarde vimos lo que se creía que era una

roca, pero resultó ser una ballena muerta, que habían matado

unos asiáticos y remolcaban a la orilla. Parecían tratar de escon-

derse ellos también detrás de la ballena, para evitar que les vié-

ramos.»

COOK, Viajes

«Las ballenas mayores, raramente se aventuran a atacarlas. Tie-

nen tal miedo de algunas de ellas, que cuando salen al mar, les

amedrenta incluso mencionar sus nombres, y llevan en los botes

estiércol, madera de junípero, o algunas otras cosas de la misma

índole, para aterrorizarlas y evitar su aproximación excesiva.»

UNO VON TROIL, Cartas sobre el

Viaje a Islandia de Banks y Solander, 1772

— 17 —

El cachalote encontrado por los nantuqueses es un animal acti-

vo y feroz, y requiere mucha habilidad y atrevimiento en los

pescadores.»

THOMAS JEFFERSON, Memorial

sobre las Ballenas al Ministro Francés, 1778

«Y decid, señor, ¿qué hay en el mundo que la iguale?»

EDMUND BURKE. Referencia en el

Parlamento a la pesquería de ballena en Nantucket

«España... una gran ballena encallada en las orillas de Europa.»

EDMUND BURKE (en algún lugar)

«La décima rama de los ingresos ordinarios del Rey, que se dice

estar fundada en la consideración a que él guarda y defiende los

mares contra piratas y ladrones, es el derecho a los peces reales,

que son la ballena y el esturión. Y éstos, tanto si son echados a

la costa como si se pescan cerca de la orilla, son propiedad del

Rev.»

BLACKSTONE

Van las tripulaciones a ese juego de muerte:

Rodmond, el infalible, levanta y blande en alto

el acero afilado esperando el momento.

FALCONER, El Naufragio

«Claros brillaban cúpulas y techos, cohetes se elevaban y esta-

llaban para colgar su fuego momentáneo rodeando la bóveda

del cielo.

Así, para reunir fuego con agua, el océano se alza hasta la altura

al lanzarlo en su chorro la ballena para expresar su gozo des-

bordado.»

COWPER, Sobre la visita de la Reina a Londres

«Diez o quince galones de sangre salen lanzados de su corazón

a cada latido con inmensa velocidad.»

JOHN HUNTER, Informe sobre la

disección de una ballena (de pequeño tamaño)

— 18 —

«La aorta de la ballena es mayor de diámetro que la tubería

principal de la instalación hidráulica del Puente de Londres, y

el agua que ruge al pasar por esa tubería es inferior, en impulso

y velocidad, a la sangre que brota del corazón de la ballena.»

PALEY, Teología

«La ballena es un animal mamífero sin patas traseras.»

BARÓN CUVIER

«A cuarenta grados de latitud sur vimos cachalotes, pero no

cazamos ninguno hasta el 1 de mayo, estando el mar cubierto

de ellos.»

COLNETT, Viaje con el fin de exten-

der las pesquerías de cachalotes

Nadaban ante mí, en el libre elemento,

hundiéndose y subiendo, en juego y en batalla,

peces de muchas formas, especies y colores,

que el lenguaje no puede pintar, y nunca ha visto

el marinero: desde el atroz Leviatán

a menudos millones que pueblan cada ola:

en inmensas manadas igual que islas flotantes,

por misterioso instinto llevados por la yerma

región donde no hay sendas, aunque por todos lados

resistiendo el asalto de enemigos voraces,

ballenas, tiburones, monstruos, que en boca o frente

se arman de espada o sierra, cuernos, garras ganchudas.

MONTGOMERY, El mundo antes del Diluvio

¡Salve! ¡Peán! Cantad

al rey de tantos seres con aletas.

En todo el vasto Atlántico no habrá

una ballena más potente que ésta

ni en torno del océano Polar

da vueltas otro pez más gordo que éste.

CHARLES LAMB, Triunfo de la Ballena

«En el año 1690 unas personas estaban en un alto, observando a

las ballenas que echaban chorros y jugaban unas con otras,

— 19 —

cuando alguien observó: Allí —señalando al mar— hay unos

pastos verdes donde los nietos de nuestros hijos irán a buscar el

pan.»

OBED MACY, Historia de Nantucket

Me construí una casita, para Susan y para mí, y me hice una

entrada en forma de arco gótico, elevando los huesos de una

mandíbula de ballena.»

HAWTHORNE. Cuentos contados dos veces

«Ella vino a encargar una sepultura para su primer amor, que

había sido muerto por una ballena en el océano Pacífico, hace

no menos de cuarenta años.»

Ibídem

«No, señor, es una ballena —contestó Tom—, he visto el cho-

rro; ha lanzado un par de arco iris tan bonitos como puede

desear ver un cristiano. ¡Es un verdadero barril de aceite ese

bicho!»

COOPER, El Piloto

«Trajeron los periódicos, y vimos en la Gaceta de Berlín que

allí han introducido ballenas en escena.»

ECKERMANN, Conversaciones con Goethe

«¡Dios mío! Señor Chace, ¿qué pasa? Yo contesté: Nos ha des-

fondado una ballena.»

Relato del naufragio del ballenero Essex, de Nan-

tucket, que fue atacado y finalmente destruido por

un gran cachalote en el océano Pacifico. Por Owen

Shace, de Nantucket, primer oficial del menciona-

do barco. Nueva York, 1821

Una noche un marino en los obenques

escuchaba el silbido de los vientos:

la luna estaba pálida, entre sombras,

y brillaba una estela de ballena

con fósforo, al pasar ella jugando.

ELIZABETH OAKES SMITH

— 20 —

«La cantidad de estacha retirada de diferentes botes dedicados a

la captura de esta sola ballena ascendió en conjunto a 10.440

yardas, o cerca de seis millas inglesas... A veces la ballena agita

en el aire su tremenda cola, que restallando como un látigo,

resuena a distancia de tres o cuatro millas.»

SCORESBY

«Loco con las agonías que recibe de estos ataques, el enfurecido

cachalote da vueltas y vueltas; levanta su enorme cabeza y con

grandes mandíbulas distendidas lanza bocados a todo lo que le

rodea; se precipita con la cabeza contra los botes, que son em-

pujados ante él con gran rapidez, y a veces totalmente destrui-

dos... Es motivo de gran asombro que la consideración de las

costumbres de un animal tan interesante, y desde un punto de

vista comercial, tan importante como el cachalote, haya sido tan

enteramente descuidado, o haya excitado tan escasa curiosidad

entre los numerosos observadores, muchos de ellos, competen-

tes, que en los últimos años deben de haber tenido las ocasiones

más frecuentes y convenientes de observar sus hábitos.»

THOMAS BEALE, Historia del Cachalote, 1839

«El cachalote no sólo está mejor armado que la ballena propia-

mente dicha (la ballena de Groenlandia) por poseer un arma

temible en cada extremo del cuerpo, sino que también muestra

con mayor frecuencia una disposición a emplear ofensivamente

esas armas, de un modo a la vez tan artero, atrevido y perverso,

que hace que se considere el ataque más peligroso de todas las

especies de la tribu de las ballenas.»

FREDERICK DEBELL BENNETT,

Viaje ballenero en torno al Globo, 1840

«13 de octubre.

—¡Allí sopla!—gritaron desde la cola.

—¿Por dónde? —preguntó el capitán.

—Tres cuartas a proa, a sotavento, capitán.

—¡Abatir! ¡Cambia!

—Cambio.

—¡Eh, vigía! ¿Ves ahora al cachalote?

— 21 —

—¡Sí, sí, capitán! ¡Un banco de cachalotes! ¡Allí sopla! ¡Allí sale!

—¡Señala, señala a cada vez!

—¡Sí, sí, capitán! ¡Allí sopla! ¡Allí—allí—allí sopla, sooopla!

—¿A qué distancia?

—Dos millas y media.

—¡Truenos y rayos! ¡Tan cerca! ¡Todos a cubierta!»

J. ROSS BROWNE, Grabados de un viaje ballenero, 1846

«El ballenero Globe, a bordo del cual ocurrieron los horribles

hechos que vamos a relatar, pertenecía a las islas de Nantu-

cket.»

Narración sobre el motín en el Globe,

por Lay y Hussey, supervivientes, 1828

«Perseguido una vez por una ballena que había herido, paró el

asalto durante algún tiempo con una lanza, pero el furioso

monstruo al final se precipitó sobre el bote, y él y sus compañe-

ros sólo se salvaron echándose al agua cuando vieron que el

choque era inevitable.» Diario Misionero de Tyerman y Bennett

«EI propio Nantucket —dijo el señor Webster— es una por-

ción sorprendente y peculiar de la renta nacional. Hay una po-

blación de ocho o nueve mil personas, que viven allí en el mar,

y aumentan todos los años la riqueza nacional con el trabajo

más atrevido y perseverante.

Informe del discurso de Daniel Webster en el Se-

nado de Estados Unidos, sobre la petición de cons-

truir un rompeolas, en Nantucket, 1828

«La ballena cayó encima de él, y probablemente le mató en un

momento.»

«La ballena y sus capturadores» o «Aventuras del

ballenero y biografía de la ballena», compilado en

el viaje de regreso del comodoro Preble. Por el

Rev. Henry T. CHEEVER

— 22 —

«Si haces el menor maldito ruido —contestó Samuel—, te

mando al infierno.»

Vida de Samuel Gomstock (el amotinado), por su her-

mano William C. Otra versión del relato sobre el ballenero

Globe

«Los viajes de los holandeses y los ingleses al océano Nórdico,

para ver si era posible descubrir un paso por él hacia la India,

aunque fracasaron en su principal objetivo, dejaron abiertos los

lugares donde viven las ballenas.»

MCCULLOCH, Diccionario Comercial

«Estas cosas son recíprocas: la pelota rebota sólo para volverse a

lanzar adelante, pues ahora, al dejar abiertos los lugares donde

viven las ballenas, los balleneros parecen haber dado indirecta-

mente con nuevas pistas hacia ese mismo misterioso Paso del

Noroeste.»

De «algo» no publicado

«Es imposible encontrar en el océano un barco ballenero sin

sorprenderse por su aspecto de cerca. El navío, con las velas

acostadas, con vigías en las cotas, escudriñando ansiosamente la

ancha extensión en torno a ellos, tiene un aire totalmente dife-

rente que los dedicados a un viaje regular.»

Corrientes y Pesca de Ballena, Ex. Ex. de EEUU

«Los caminantes en las cercanías de Londres y en otros lugares

quizá recuerden haber visto grandes huesos curvados y puestos

de pie en tierra, para formar arcos en entradas, o accesos a mi-

radores, y quizá les hayan dicho que son costillas de ballenas.»

Relatos de un viajero ballenero al océano Ártico

«Cuando los botes volvieron de perseguir a estas ballenas, en-

tonces los blancos vieron su barco en sangrienta posesión de los

salvajes enrolados entre la tripulación.»

Noticia en los periódicos sobre la toma

y recuperación del ballenero Hobomack

— 23 —

«Es generalmente sabido que de las tripulaciones de los barcos

balleneros (americanos) pocos regresan en los barcos a bordo de

los cuales partieron.»

Crucero en un Ballenero

«De repente una enorme masa emergió del agua, y se disparó

verticalmente por el aire. Era la ballena.»

Miriam Coffin, o El Pescador de Ballenas

«La ballena es arponeada, desde luego; pero imaginaos cómo os

las arreglaríais con un poderoso potro sin domar, simplemente

aplicándole un cabo atado a la base de la cola.»

Un capítulo sobre la pesca de la ballena, en «Cuadernas y role-

tes»

«En una ocasión vi dos de esos monstruos (ballenas), proba-

blemente macho y hembra, nadando lentamente uno tras otro,

a menos de un tiro de piedra de la orilla (Tierra del Fuego),

sobre la cual el haya extendía sus ramas.»

DARWIN, Viaje de un naturalista

«¡Todo atrás! —exclamó el oficial cuando al volver la cabeza vio

las mandíbulas abiertas de un gran cachalote ante la proa del

barco amenazándolos con su destrucción inmediata—: ¡todo

atrás por vida nuestra!»

Wharton el cazador de ballenas

«¡Alegres, pues, muchachos animosos, que el arponero hiere a

la ballena!»

Canción de Nantucket

Rara y vieja ballena, entre galernas,

siempre estará en su casa en el océano,

gigantesca en poder, reinando fuerte

como rey de los mares sin fronteras.

Canto de balleneros

— 24 —

MOBY DICK

I.—Espejismos

LAMADME ISMAEL. Hace unos años —no importa

cuánto hace exactamente—, teniendo poco o nin-

gún dinero en el bolsillo, y nada en particular que

me interesara en tierra, pensé que me iría a nave-

L gar un poco por ahí, para ver la parte acuática del

mundo. Es un modo que tengo de echar fuera la melancolía y

arreglar la circulación. Cada vez que me sorprendo poniendo

una boca triste; cada vez que en mi alma hay un noviembre hú-

medo y lloviznoso; cada vez que me encuentro parándome sin

querer ante las tiendas de ataúdes; y, especialmente, cada vez

que la hipocondría me domina de tal modo que hace falta un

recio principio moral para impedirme salir a la calle con toda

deliberación a derribar metódicamente el sombrero a los tran-

seúntes, entonces, entiendo que es más que hora de hacerme a

la mar tan pronto como pueda. Es mi sustitutivo de la pistola y

la bala. Con floreo filosófico, Catón se arroja sobre su espada;

yo, calladamente, me meto en el barco. No hay nada sorpren-

dente en esto. Aunque no lo sepan, casi todos los hombres, en

una o en otra ocasión, abrigan sentimientos muy parecidos a los

míos respecto al océano.

Ahí tenéis la ciudad insular de los Manhattos, ceñida en

torno por los muelles como las islas indias por los arrecifes de

coral: el comercio la rodea con su resaca. A derecha y a izquier-

da, las calles os llevan al agua. Su extremo inferior es la Batería,

donde esa noble mole es bañada por olas y refrescada por brisas

que pocas horas antes no habían llegado a avistar tierra. Mirad

allí las turbas de contempladores del agua.

— 27 —

Pasead en torno a la ciudad en las primeras horas de una

soñadora tarde de día sabático. Id desde Corlears Hook a Coen-

ties Slip, y desde allí, hacia el norte, por Whitehall. ¿Qué veis?

Apostados como silenciosos centinelas alrededor de toda la ciu-

dad, hay millares y millares de seres mortales absortos en en-

sueños oceánicos. Unos apoyados contra las empalizadas; otros

sentados en las cabezas de los atracaderos; otros mirando por

encima de las amuradas de barcos arribados de la China; algu-

nos, en lo alto de los aparejos, como esforzándose por obtener

una visión aún mejor hacia la mar. Pero ésos son todos ellos

hombres de tierra; los días de entre semana, encerrados entre

tablas y yeso, atados a los mostradores, clavados a los bancos,

sujetos a los escritorios. Entonces ¿cómo es eso? ¿Dónde están

los campos verdes? ¿Qué hacen éstos aquí?

Pero ¡mirad! Ahí vienen más multitudes, andando dere-

chas al agua, y al parecer dispuestas a zambullirse. ¡Qué extra-

ño! Nada les satisface sino el límite más extremo de la tierra

firme; no les basta vagabundear al umbroso socaire de aquellos

tinglados. No. Deben acercarse al agua tanto como les sea posi-

ble sin caerse dentro. Y ahí se quedan: millas seguidas de ellos,

leguas. De tierra adentro todos, llegan de avenidas y callejas, de

calles y paseos; del norte, este, sur y oeste. Pero ahí se unen

todos. Decidme, ¿les atrae hacia aquí el poder magnético de las

agujas de las brújulas de todos estos barcos?

Una vez más. Digamos que estáis en el campo; en alguna

alta tierra con lagos. Tomad casi cualquier sendero que os plaz-

ca, y apuesto diez contra uno a que os lleva por un valle abajo, y

os deja junto a un remanso de la corriente. Hay magia en ello.

Que el más distraído de los hombres esté sumergido en sus más

profundos ensueños: poned de pie a ese hombre, haced que

mueva las piernas, e infaliblemente os llevará al agua, si hay

agua en toda la región. En caso de que alguna vez tengáis sed en

el gran desierto americano, probad este experimento, si vuestra

caravana está provista por casualidad de un cultivador de la me-

tafísica. Sí, como todos saben, la meditación y el agua están

emparejadas para siempre. Pero aquí hay un artista. Desea pin-

taros el trozo de paisaje más soñador, más sombrío, más callado,

más encantador de todo el valle del Saco. ¿Cuál es el principal

elemento que emplea?

— 28 —

Ahí están sus árboles cada cual con su tronco hueco, co-

mo si hubiera dentro un ermitaño y un crucifijo; ahí duerme su

pradera, y allí duermen sus ganados; y de aquella casita se eleva

un humo soñoliento. Hundiéndose en lejanos bosques, serpen-

tea un revuelto sendero, hasta alcanzar estribaciones sobrepues-

tas de montañas que se bañan en el azul que las envuelve. Pero

aunque la imagen se presente en tal arrobo, y aunque ese pino

deje caer sus suspiros como hojas sobre esa cabeza de pastor,

todo sería vano, sin embargo, si los ojos del pastor no estuvieran

fijos en la mágica corriente que tiene delante. Id a visitar las

praderas en junio, cuando, a lo largo de veintenas y veintenas de

millas, andáis vadeando hasta la rodilla entre tigridias: ¿cuál es

el único encanto que falta? El agua, ¡no hay allí una gota de

agua! Si el Niágara no fuera más que una catarata de arena ¿re-

correríais vuestras mil millas para verlo? ¿Por qué el pobre poe-

ta de Tennessee, al recibir inesperadamente un par de puñados

de plata, deliberó si comprarse un abrigo, que le hacía mucha

falta, o invertir el dinero en una excursión a pie hasta la playa de

Rockaway? ¿Por qué casi todos los muchachos sanos y robustos,

con alma sana y robusta, se vuelven locos un día u otro por ir al

mar? ¿Por qué, en vuestra primera travesía como pasajeros,

sentisteis también un estremecimiento místico cuando os dije-

ron que, en unión de vuestro barco, ya no estabais a la vista de

tierra? ¿Por qué los antiguos persas consideraban sagrado el

mar? ¿Por qué los griegos le dieron una divinidad aparte, un

hermano del propio Júpiter? Cierto que todo esto no carece de

significado. Y aún más profundo es el significado de aquella

historia de Narciso, que, por no poder aferrar la dulce imagen

atormentadora que veía en la fuente, se sumergió en ella y se

ahogó. Pero esa misma imagen la vemos nosotros mismos en

todos los ríos y océanos. Es la imagen del inaferrable fantasma

de la vida; y ésa es la clave de todo ello.

Ahora, cuando digo que tengo costumbre de hacerme a la

mar cada vez que empiezo a tener los ojos nebulosos y que em-

piezo a darme demasiada cuenta de mis pulmones, no quiero

que se infiera que me hago jamás a la mar como pasajero. Pues

para ir como pasajero, por fuerza se ha de tener bolsa, y una

bolsa no es más que un trapo si no se lleva algo dentro. Además,

los pasajeros se marean, se ponen pendencieros, no duermen

— 29 —

por las noches, y en general, no lo pasan muy bien: no, nunca

voy como pasajero; ni, aunque estoy bastante hecho al agua

salada, tampoco me hago jamás a la mar como comodoro, como

capitán ni como cocinero. Cedo la gloria y distinción de tales

cargos a aquellos a quienes les gusten. Por mi parte, abomino

de todas las honorables y respetables fatigas, pruebas y tribula-

ciones de cualquier especie. Todo lo que sé hacer es cuidarme

de mí mismo, sin cuidarme de barcos, barcas, bergantines, gole-

tas, y todo lo demás. Y en cuanto a ir de cocinero —aunque

confieso que hay en ello considerable gloria, porque un cocine-

ro es a bordo una especie de oficial—, no sé por qué, sin em-

bargo, nunca se me ha antojado asar pollos, por más que, una

vez asados, juiciosamente untados de manteca, y legalmente

salpimentados, no haya nadie que hable de un pollo asado con

más respeto, por no decir con más reverencia, que yo. A causa

de las manías idólatras de los antiguos egipcios por el ibis a la

parrilla y por el hipopótamo asado, se pueden ver las momias de

esas criaturas en sus grandes hornos, que eran las pirámides.

No: cuando me hago a la mar, voy como simple marine-

ro, delante del mástil, al fondo del castillo de proa, o allá arriba

en el mastelero de juanete. Cierto es que me dan muchas órde-

nes y me hacen saltar de verga en verga como un saltamontes en

un prado de mayo. Y al principio, este tipo de cosas es bastante

desagradable. Le toca a uno en su sentido del honor, especial-

mente si uno procede de una familia establecida desde antiguo

en el país, los Van Rensselaer, los Randolph o los Hardicanute.

Y más aún si antes mismo de meter la mano en el cubo del al-

quitrán, ha estado uno hecho un señor como maestro rural,

dando miedo a los muchachos más grandullones. La transición

es dura, os lo aseguro, de maestro de escuela a marinero, y se

requiere una recia infusión de Séneca y de los estoicos para

hacerle a uno capaz de sonreír y aguantarlo. Pero hasta eso se

pasa con el tiempo.

¿Qué ocurre, si algún viejo tacaño de capitán me manda

traer la escoba y barrer la cubierta? ¿A cuánto asciende esta

indignidad, quiero decir, pesada en las balanzas del Nuevo Tes-

tamento? ¿Creéis que el arcángel Gabriel me va a tener en me-

nos porque obedezca con prontitud y respeto a aquel viejo taca-

ño en ese caso particular? ¿Quién no es esclavo? Decídmelo.

— 30 —

Bueno, entonces, por más que el viejo capitán me dé órdenes;

por más que me den porrazos y puñetazos, tengo la satisfacción

de saber que todo está muy bien; que todos los demás, de un

modo o de otro, reciben algo parecido, esto es, desde un punto

de vista físico o metafísico; y así el porrazo universal pasa de

uno a otro, y todos los hombres deberían restregarse la espalda

unos a otros, y quedar contentos.

Además, yo siempre me hago a la mar como marinero

porque se empeñan en pagarme por la molestia, mientras, que

yo sepa, jamás pagan un solo penique a los pasajeros. Al contra-

rio, los propios pasajeros tienen que pagar. Y entre pagar y que

le paguen a uno, hay la mayor diferencia de este mundo. El acto

de pagar es quizá la aflicción más incómoda que nos legaron

aquellos dos ladrones del frutal. Pero que le paguen a uno, ¿qué

se puede comprar con esto? Es realmente maravillosa la cortés

premura con que un hombre recibe dinero, si se considera que

creemos en serio que el dinero es la raíz de todos los males te-

rrenales, y que de ningún modo puede entrar en el Cielo un

hombre adinerado. ¡Ah, qué alegremente nos entregamos a la

perdición!

Finalmente, siempre me hago a la mar como marinero a

causa del sano ejercicio y del aire puro que hay en la cubierta

del castillo de proa. Pues como, en este mundo, los vientos de

proa son mucho más dominantes que los vientos de popa (es

decir, si no se viola jamás la máxima pitagórica), así, casi siem-

pre el comodoro en el alcázar recibe su atmósfera de segunda

mano, procedente de los marineros del castillo de proa. Él cree

que es el primero que respiraría, pero no es así. De modo muy

parecido, la comunidad conduce a sus jefes en muchas otras

cosas, mientras que sus jefes lo sospechan muy poco. Pero por

qué ocurrió que, después de haber olido la mar muchas veces

como marino mercante, ahora se me metiera en la cabeza ir en

una expedición ballenera, eso lo puede contestar mejor que

nadie el invisible oficial de policía de los Hados que tiene cons-

tante vigilancia sobre mí, y me rastrea secretamente, y me influ-

ye de algún modo inexplicable. Y no cabe duda de que el mar-

charme en ese viaje ballenero formaba parte del programa ge-

neral de la Providencia que estaba trazado hacía mucho tiempo.

Llegaba como una especie de breve intermedio de solista entre

— 31 —

interpretaciones más amplias. Supongo que esa parte del cartel

debía estar hecha de un modo parecido a éste:

Reñidas Elecciones para la Presidencia de Estados Unidos

EXPEDICIÓN BALLENERA, POR UN TAL ISMAEL

SANGRIENTA BATALLA EN AFGANISTÁN

Aunque no sé decir por qué razón precisa esos directores de

escena que son los Hados me eligieron para tan mezquino papel

en una expedición ballenera, mientras que a. otros les reserva-

ban para esplendorosos papeles en elevadas tragedias, o para

breves y fáciles papeles en comedias elegantes, o para papeles

divertidos en farsas; aunque no sé decir por qué precisamente

fue así, sin embargo, ahora que evoco todas las circunstancias,

creo que puedo penetrar un poco en los resortes y motivos que,

al presentárseme astutamente bajo diversos disfraces, me indu-

jeron a disponerme a representar el papel que he hecho, además

de lisonjearme con la ilusión de que era una elección resultante

de mi propio y recto libre albedrío y de mi juicio discriminato-

rio

El principal de estos motivos fue la abrumadora idea del

gran cetáceo en sí mismo. Tan portentoso y misterioso mons-

truo despertaba toda mi curiosidad. Además, los desiertos y

lejanos mares por donde revolvía su masa de isla; los indescrip-

tibles peligros sin nombre de la ballena: todas estas cosas, con

las maravillas previstas de mil visiones y sonidos patagónicos,

contribuyeron a inclinarme a mí deseo. Quizá, para otros hom-

bres, tales cosas no hubieran sido atractivas, pero en cuanto a

mí, estoy atormentado por el perenne prurito de las cosas re-

motas. Sueño con navegar por mares prohibidos y abordar cos-

tas bárbaras. Por no ignorar lo que es bueno, me doy cuenta en

seguida de los horrores, pero puedo mantenerme en su compa-

ñía, si me dejan, ya que está bien mantenerse en términos amis-

tosos con todos los residentes del lugar en que uno se aloja.

A causa de todo esto, entonces, el viaje ballenero fue muy

bien acogido; se abrieron de par en par las grandes compuertas

del mundo de las maravillas, y en las locas manías que me arras-

traron hacia mi designio, flotaban, de dos en dos, en lo más

hondo de mi alma, interminables procesiones de cetáceos, y en

— 32 —

medio de todos, un gran fantasma encapuchado, como un mon-

te nevado en el aire.

— 33 —

II.— El saco de marinero

ETÍ UNA CAMISA o dos en mi viejo saco

de marinero, me lo encajé bajo el brazo, y

zarpé hacia el cabo de Hornos y el Pacífi-

co. Abandonando la buena ciudad de los

M antiguos Manhattos, arribé debidamente

a New Bedford. Era una noche de sábado, en diciembre. Muy

decepcionado quedé al saber que el pequeño paquebote para

Nantucket ya se había hecho a la vela y que hasta el lunes si-

guiente no se ofrecía medio de alcanzar ese lugar.

Como la mayor parte de los jóvenes candidatos a las pe-

nas y castigos de la pesca de la ballena se detienen en el mismo

New Bedford, para embarcarse desde allí para su viaje, no está

de más contar que, por mi parte, no tenía idea de hacerlo así.

Pues mi ánimo estaba resuelto a no navegar sino en un barco de

Nantucket, porque había un no sé qué de hermoso y turbulento

en todo lo relacionado con esa antigua y famosa isla, que me era

sorprendentemente grato. Además, aunque New Bedford, en

los últimos tiempos, ha ido monopolizando poco a poco el ne-

gocio de la pesca de ballenas, y aunque en este asunto la pobre y

vieja Nantucket ya se le ha quedado muy atrás, con todo, Nan-

tucket era su gran modelo, la Tiro de esta Cartago, el sitio don-

de se varó la primera ballena muerta de América. ¿De dónde, si

no de Nantucket, partieron por primera vez aquellos balleneros

aborígenes, los pieles rojas, para perseguir con sus canoas al

leviatán? ¿Y de dónde también, si no de Nantucket, partió

aquella primera pequeña balandra aventurera, parcialmente

cargada de guijarros, transportados —así cuenta la historia—

— 35 —

para tirárselos a las ballenas y observar si estaban bastante cerca

como para arriesgar un arpón desde el bauprés?

Ahora, teniendo por delante una noche, un día y otra no-

che siguiente en New Bedford antes de poder embarcar para mi

puerto de destino, me tuve que preocupar de dónde iba a comer

y dormir mientras tanto. Hacía una noche de aspecto muy du-

doso, mejor dicho, muy oscura y lúgubre, triste y con un frío

que mordía. No conocía a nadie allí. Con ansiosos rezones ha-

bía sondeado mi bolsillo, y sólo había sacado unas pocas mone-

das de plata.

«Así, donde quiera que vayas, Ismael —me dije a mí

mismo, parado en medio de una desolada calle con el saco al

hombro, y comparando la tiniebla al norte con la oscuridad al

sur—, donde quiera que, en tu sabiduría, decidas que vas a alo-

jarte esta noche, mi querido Ismael, ten cuidado de preguntar el

precio, y no seas demasiado delicado.»

Con pasos vacilantes recorrí las calles, y pasé ante la

muestra de Los Arpones Cruzados, pero allí parecía muy caro y

espléndido. Más allá, por las luminosas ventanas rojas de la Po-

sada del Pez Espada, salían tan fervientes rayos que parecían

haber fundido la nieve y el hielo amontonados ante la casa, pues

en todos los demás sitios la helada endurecida formaba un pa-

vimento duro como el asfalto, de diez pulgadas de espesor; bas-

tante fatigoso para mí, al dar con los pies contra sus empederni-

dos salientes, porque, del duro e implacable servicio, las suelas

de mis botas estaban en situación lamentable. «Demasiado caro

y espléndido», volví a pensar, parándome un momento a obser-

var el ancho fulgor en la calle, y a escuchar el ruido de los vasos

que tintineaban dentro.

«Pero sigue allá, Ismael —me dije por fin—; ¿no oyes?

Quítate de delante de la puerta; estás estorbando la entrada con

tus botas remendadas.»

Así que continué adelante. Ahora, por instinto, seguía las

calles que me llevaban a la orilla, pues así sin duda estarían las

posadas más baratas, si no las más gratas.

¡Qué desoladas calles! Bloques de negrura, no casas, a un

lado y a otro, y acá y allá, una vela, como una vela ante un se-

pulcro. A esa hora de la noche, y en sábado, aquel barrio de la

ciudad aparecía desierto. Pero por fin llegué ante una luz que,

— 36 —

con mucho humo, salía de un edificio bajo y ancho, cuya puerta

estaba invitadoramente abierta. Tenía un aspecto descuidado,

como si se destinara a uso del público; así que entré y lo prime-

ro que hice fue tropezar con una caja de cenizas en el zaguán.

«¡Ah! —pensé, mientras las partículas volantes casi me

sofocaban—, ¿son estas cenizas de aquella ciudad destruida,

Gomorra? Pero ¿"Los Arpones Cruzados" y "El Pez Espada"?

Entonces es preciso que esto se llame "La Nasa".»

Sin embargo, me incorporé, y, oyendo dentro una sonora

voz, empujé y abrí una segunda puerta interior.

Parecía el gran Parlamento Negro reunido en Tofet.

Cien caras negras se volvieron en sus filas para mirar; y más allá,

un negro Ángel del Juicio golpeaba un libro en un púlpito. Era

una iglesia de negros, y el texto que comentaba el predicador

era sobre la negrura de las tinieblas, y el llanto y el rechinar de

dientes que habría allí.

«¡Ah, Ismael —murmuré, retrocediendo para salir—, ma-

la diversión en la muestra de "La Nasa'!»

Siguiendo adelante, al fin llegué ante una débil especie de

luz, no lejos de los muelles, y escuché un desesperado chirrido

en el aire; y al levantar los ojos, vi una muestra que se balancea-

ba sobre la puerta, con una pintura blanca encima, representan-

do débilmente un chorro alto y derecho de rociada nebulosa,

con estas palabras debajo: «Posada del Chorro. Peter Coffin».

«¿El chorro de la ballena? ¿Coffin, el ataúd? Bastante fa-

tídico en esta situación precisa —pensé—. Pero es un apellido

corriente en Nantucket, según dicen, y supongo que este Peter

será uno que ha venido de allí.» Como la luz estaba tan desma-

yada, y el lugar, a aquellas horas, resultaba bastante tranquilo, y

la propia casita de madera carcomida parecía como si la hubie-

ran traído en carro desde las ruinas de algún distrito incendia-

do, y puesto que la muestra balanceante tenía un modo de re-

chinar como herido por la miseria, pensé que allí era el sitio

adecuado para obtener alojamiento barato y el mejor café de

guisantes.

Era un sitio extraño; una vieja casa, acabada en buhardi-

llas en pico, con un lado hemipléjico, por así decir, e inclinán-

dose lamentablemente. Quedaba en una esquina abrupta y de-

solada, donde el tempestuoso viento Euroclydón aullaba peor

— 37 —

que nunca lo hiciera en torno a la zarandeada embarcación del

pobre Pablo. «Juzgando ese tempestuoso viento llamado Euro-

clydón —dice un antiguo escritor de cuyas obras poseo el único

ejemplar conservado—, resulta haber una maravillosa diferencia

si lo miras desde una ventana con cristal, donde la helada queda

toda en el lado de fuera, o si lo observas por una ventana sin

bastidor, donde la helada está en los dos lados, y cuyo único

cristalero es la inexorable Muerte.» «Muy cierto —pensé, al

venírseme a la cabeza ese pasaje—; muy bien que razonas, viejo

mamotreto. Sí, estos ojos son ventanas, y este cuerpo mío es

una casa. Pero ¡qué lástima que no hayan calafateado las grietas

y agujeros, metiendo acá y allá un poco de hilas!»

Sin embargo, ya es tarde para hacer mejoras ahora. El

universo está concluido; la clave está en su sitio, y se han llevado

en carro los escombros hace un millón de años. Aquí, el pobre

Lázaro, castañeteando los dientes, con el borde de la acera por

almohada, y sacudiéndose de encima los harapos al tiritar, po-

dría taparse ambos oídos con trapos, y meterse en la boca una

panocha, y sin embargo eso no le pondría al resguardo del tem-

pestuoso Euroclydón. « ¡Euroclydón!», dice el viejo Epulón, en

su manto de seda roja —luego tuvo otro cobertor aún más ro-

jo—. «¡Bah, bah! ¡Qué hermosa noche de helada; cómo cente-

llea Orión; qué luces al norte! Ya pueden hablar de los climas

estivales de oriente, como perpetuos invernaderos; a mí que me

den el privilegio de hacerme mi propio verano con mis propios

carbones.»

Pero ¿qué piensa Lázaro? ¿Puede calentarse las azuladas

manos levantándolas hacia las grandiosas luces del norte? ¿No

preferiría Lázaro estar en Sumatra que aquí? ¿No preferiría con

mucho tenderse cuan largo es siguiendo la línea ecuatorial?; ah,

sí, ¡oh dioses!, ¿descender al mismísimo abismo terrible, con tal

de escapar de esta helada?

Ahora bien, que Lázaro esté tendido, varado en la acera

ante la puerta de Epulón, eso es más asombroso que si un ice-

berg se encallase en una de las Molucas. Sin embargo, el propio

Epulón vive también como un zar en un palacio de hielo hecho

de suspiros congelados, y, siendo presidente de una sociedad

antialcohólica, sólo bebe tibias lágrimas de huérfanos.

— 38 —

Pero basta ya de estos gimoteos; nos vamos a la pesca de

la ballena, y todavía habremos de tenerlos de sobra. Rasquémo-

nos el hielo de nuestros congelados pies, y veamos qué clase de

sitio puede ser esta Posada del Chorro.

— 39 —

III.— La Posada del Chorro

L ENTRAR en esta Posada del Chorro, coronada

de buhardillas, uno se encontraba en un ancho

vestíbulo, bajo e irregular, lleno de entablamentos

A pasados de moda, que recordaban las amuradas de

alguna vieja embarcación desechada. A un lado

colgaba un enorme cuadro al óleo tan enteramente ahumado y

tan borrado por todos los medios, que, con las desiguales luces

entrecruzadas con que uno lo miraba, sólo a fuerza de diligente

estudio y de una serie de visitas sistemáticas y de averiguaciones

cuidadosas entre los vecinos, se podía llegar de algún modo a

entender su significado. Había tan inexplicables masas de som-

bras y claroscuros, que al principio casi se pensaba que algún

joven artista ambicioso, en los tiempos de las brujas de New

England, había intentado delinear el caos embrujado. Pero a

fuerza de mucho contemplar con empeño, y de abrir del todo la

ventanita al fondo del vestíbulo, se llegaba por fin a la conclu-

sión de que tal idea, por descabellada que fuera, podría no care-

cer completamente de fundamento.

Pero lo que más desconcertaba y confundía era una masa

negra, larga, blanda, prodigiosa, de algo que flotaba en el centro

del cuadro, sobre tres líneas azules, borrosas y verticales, en

medio de una fermentación innominada. Ciertamente, un cua-

dro aguanoso, empapado, pútrido, capaz de sacar de quicio a un

hombre nervioso. Pero había en él una suerte de sublimidad

indefinida, medio lograda e inimaginable, que le pegaba a uno

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por completo al cuadro, hasta que involuntariamente se jura-

mentaba uno consigo mismo para descubrir qué quería decir esa

maravillosa pintura. De vez en cuando, cruzaba como una fle-

cha alguna idea brillante, pero ¡ay!, engañosa: «Es el mar Negro

en noche de galerna», «Es el combate antinatural de los cuatro

elementos primitivos», «Es un matorral maldito», «Es una es-

cena invernal hiperbórea», «Es la irrupción de la corriente del

Tiempo, rompiendo el hielo». Pero todas esas fantasías cedían

ante aquel portentoso no sé qué había en el centro del cuadro.

Una vez averiguado aquello, lo demás estaría claro. Pero, alto

ahí: ¿no muestra un leve parecido con un gigantesco pez? ¿In-

cluso, con el propio gran Leviatán?

Efectivamente, la intención del artista parecía ésa: con-

clusiva opinión mía, basada en parte sobre las opiniones reuni-

das de diversas personas ancianas con quienes conversé sobre el

tema. El cuadro representa un navío del Pacífico, en un gran

huracán; el barco, medio sumergido, se revuelve allí en las

aguas, con sus tres mástiles desmantelados solamente visibles; y

una ballena exasperada, al intentar dar un salto limpiamente

sobre la embarcación, se ha empalado en los tres mastelerillos.

La pared de enfrente, en este zaguán, se había decorado

toda ella con una pagana ostentación de monstruosos dardos y

rompecabezas. Algunos estaban densamente incrustados de

dientes brillantes, pareciendo sierras de marfil; otros estaban

coronados con mechones de pelo humano; uno tenía forma de

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guadaña, con un amplio mango que barría en torno como el

sector que deja en la hierba recién segada un segador de largos

brazos. Uno se estremecía al mirar, preguntándose qué mons-

truoso caníbal salvaje podría haber ido jamás a cosechar muerte

con tan horrible herramienta tajadora. Mezclados con esto,

había viejos y enmohecidos arpones balleneros, deformados y

rotos. Algunos eran armas con mucha historia. Con aquella

vieja lanza, ahora brutalmente torcida, cincuenta años antes,

Nathan Swain mató quince ballenas de sol a sol. Y ese arpón —

ahora tan parecido a un sacacorchos— se lanzó en mares de

Java, y lo arrastró una ballena que años después fue muerta a la

altura del cabo del Blanco. El hierro primitivo había entrado

junto a la cola, y como una aguja móvil dentro del cuerpo de un

hombre, había viajado sus buenos cuarenta pies, hasta que por

fin se encontró incrustada en la joroba.

Cruzando este sombrío vestíbulo, y a lo largo de ese pa-

sadizo de arcos bajos abierto a través de lo que en tiempos anti-

guos debió ser una gran chimenea central con hogares alrede-

dor, se entra en la sala común. Ésta es un lugar aún más som-

brío, con tan pesadas vigas por encima, y tan agrietadas tablas

viejas por debajo, que uno casi se imaginaría que pisa la enfer-

mería de alguna vieja embarcación, sobre todo en tal noche

ululante, cuando esa vieja Arca, anclada en su esquina, se balan-

ceaba tan furiosamente. A un lado había una mesa, larga y baja,