Moby Dick por Herman Melville - muestra HTML

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a modo de estantería, cubierta de recipientes de cristal resque-

brajado, llenos de polvorientas rarezas reunidas desde los más

remotos rincones del ancho mundo. Asomando desde el ángulo

más apartado de la sala, queda una guarida de aspecto sombrío,

el bar; tosco intento de semejanza de una cabeza de ballena. Sea

como sea, allí está el vasto hueso en arco de la mandíbula de la

ballena, tan amplio que casi podría pasar un coche por debajo.

Dentro hay sucios estantes, con filas, alrededor, de viejos fras-

cos, botellas y garrafas; y en esas mandíbulas de fulminante ani-

quilación, como otro malditoJonás (nombre por el que, efecti-

vamente, le llaman), se atarea un hombrecillo viejo y marchito,

que vende a los marineros, a cambio de sus dineros, delirios y

muerte.

Abominables son los vasos en que escancia su ponzoña.

Aunque por fuera son cilindros verdes, por dentro esos villanos

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vidrios verdes, como ojos pasmados, se van ahusando engaño-

samente hacia abajo, hasta un fondo tramposo. Líneas geográfi-

cas de paralelos, groseramente grabadas en el cristal, rodean

esos cuencos de salteadores de caminos. Llenando hasta esta

señal, no hay que pagar más que un penique; hasta aquí, un

penique más; y así sucesivamente, hasta el vaso lleno, la medida

total, como pasando el cabo de Hornos, que se puede ingurgitar

por un chelín.

Al entrar en aquel sitio, encontré cierto número de mari-

neros jóvenes reunidos alrededor de una mesa, examinando, a

una luz mortecina, diversas muestras de skrimshander. Busqué

al patrón, y al decirle que deseaba que me hiciera el favor de un

cuarto, recibí como respuesta que su casa estaba llena: ni una

cama sin ocupar.

—Pero espere —añadió, dándose un golpe en la frente—;

¿no tendrá inconveniente en compartir la manta con un arpone-

ro, eh? Supongo que va a ir a las ballenas, de modo que es me-

jor que se acostumbre a esas cosas.

Le dije que no me había gustado nunca dormir de dos en

dos; que si lo hacía alguna vez, dependería de quién pudiera ser

el arponero, y que si él (el patrón) no tenía de veras otro sitio

para mí, y el arponero no era decididamente objetable, en fin,

mejor que seguir vagabundeando por una ciudad desconocida

en una noche tan dura, me las arreglaría con la mitad de la

manta de cualquier hombre decente.

—Ya lo suponía. Muy bien: siéntese. ¿Va a cenar?, ¿quie-

re cenar? La cena estará en seguida.

Me senté en un viejo banco de madera, todo tallado como

un banco de Battery. En un extremo, un meditativo lobo de

mar seguía adornándolo con su navaja de muelles, inclinado y

despachando diligentemente el trabajo en el espacio entre las

piernas. Estaba probando su habilidad en un barco a toda vela,

pero me pareció que no adelantaba gran cosa.

Por lo menos cuatro o cinco de nosotros fuimos convoca-

dos a comer en el cuarto adyacente. Estaba tan frío como Islan-

dia; no había fuego en absoluto: el patrón decía que no se lo

podía permitir. Nada más que dos lúgubres candelas de sebo,

cada cual envuelta en un papel. Nos apresuramos a abotonarnos

nuestros chaquetones, y a llevarnos a los labios talas de té abra-

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sador, con nuestros dedos medio helados. Pero la comida fue

del género más sustancioso; no sólo carne con patatas, sino al-

bóndigas: ¡Santo Cielo!, ¡albóndigas de cena! Un tipo joven de

gabán verde se dirigió a estas albóndigas del modo más amena-

zador.

—Muchacho —dijo el patrón—, como que me tengo que

morir, que vas a tener pesadillas.

—Patrón —susurré yo—, no es éste el arponero, ¿no?

—Oh, no —dijo, con cara diabólicamente divertida—, el

arponero es un mozo de color oscuro. Nunca come albóndigas,

no; no come más que filetes, y le gustan crudos.

—Demonio de gusto —dije—. ¿Dónde está ese arpone-

ro? ¿Está aquí?

—Estará antes de mucho —fue la respuesta.

No pude remediarlo; empezaba a sentir sospechas sobre

ese arponero «de color oscuro». En cualquier caso, decidí que

si resultaba que teníamos que dormir juntos, él debería desnu-

darse y meterse en la cama antes que yo.

Terminada la cena, el grupo volvió a la sala del bar, don-

de, no sabiendo qué hacer de mí mismo, decidí pasar el resto de

la velada como observador.

Pero después se oyó fuera un ruido de motín. Levantán-

dose sobresaltado, el patrón exclamó:

—Es la tripulación del Grampus. Lo he visto anunciado a

lo largo de esta mañana; un viaje de tres años, con el barco

lleno. ¡Hurra, muchachos; ahora tendremos las últimas noticias

de las Fidji!

Se oyó en el vestíbulo un pisoteo de botas de mar; se

abrió la puerta de par en par, y entró en tropel un grupo salvaje

de marineros. Envueltos en sus ásperos capotes de guardia, y

con las cabezas abrigadas con pasamontañas de lana, remenda-

dos y harapientos, y con la barba rígida de carámbanos, pare-

cían una erupción de osos del Labrador. Acababan de desem-

barcar, y ésta era la primera casa en que entraban. No es extra-

ño, pues, que se lanzaran derechos a la boca de la ballena, el

bar, donde el pequeño, viejo y arrugado Jonás que allí oficiaba,

pronto les escanció vasos llenos a todos a la redonda. Uno se

quejaba de un fuerte resfriado de cabeza, para el cual Jonás le

mezcló una poción de ginebra y melaza que parecía pez, y juró

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que era una cura soberana para todos los resfriados y catarros,

cualesquiera que fueran, sin importar su antigüedad, ni si se

habían contraído a la altura de la costa del Labrador, o al socai-

re de una isla de hielo.

La bebida pronto se les subió a la cabeza, como suele

ocurrir con los más curtidos bebedores recién desembarcados

del mar, y empezaron a hacer cabriolas alrededor, del modo

más estrepitoso.

Observé, sin embargo, que uno de ellos se mantenía un

tanto apartado, y aunque parecía deseoso de no estropear el

buen humor de sus compañeros de tripulación con su cara so-

bria, no obstante, en conjunto evitaba hacer tanto ruido como

el resto. Este hombre me interesó en seguida; y como los dioses

marinos habían dispuesto que pronto se convirtiera en compa-

ñero mío de tripulación (aunque sólo compañero de dormir,

por lo que se refiere a esta narración), me atreveré aquí a una

pequeña descripción de él. Tenía sus buenos seis pies de alto,

con nobles hombros, y un pecho como una ataguía. Rara vez he

visto tanto músculo en un hombre. Tenía la cara muy morena y

tostada, haciendo resplandecer por contraste sus blancos dien-

tes, mientras que en las profundas sombras de sus ojos flotaban

algunas reminiscencias que no parecían darle mucha alegría. Su

voz anunciaba en seguida que era un sueño y, por su buena esta-

tura, pensé que debía ser uno de esos altos montañeses del

Alleghenian Ridge, en Virginia. Cuando la disipación de sus

compañeros llegó a su cumbre, el hombre se deslizó fuera,

inadvertido, y no le volví a ver hasta que fue mi camarada en el

mar. Al cabo de pocos minutos, sin embargo, sus compañeros le

echaron de menos, y como al parecer, no se sabe por qué, era su

gran predilecto, empezaron a gritar:

—¡Bulkington! ¡Bulkington!, ¿dónde está Bulkington? —

y salieron de la casa como flechas en su seguimiento.

Eran entonces alrededor de las nueve, y como la sala pa-

recía casi sobrenaturalmente callada tras de esas orgías, empecé

a felicitarme por un pequeño plan que se me había ocurrido

antes mismo de que entraran los marineros.

A ningún hombre le gusta dormir con otro en una cama.

En realidad, uno preferiría con mucho no dormir ni con su

propio hermano. No sé por qué, pero a la gente le gusta el ais-

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lamiento para dormir. Y cuando se trata de dormir con un des-

conocido extraño, en una posada extraña, y ese desconocido es

un arponero, entonces las objeciones se multiplican indefinida-

mente. Y no es que haya razón en este mundo por la cual un

marinero tenga que dormir con otro en una cama, más que

cualquier otra persona; pues los marineros no duermen de dos

en dos en los barcos más que los reyes solteros en tierra firme.

Por supuesto, duermen todos juntos en un solo local, pero cada

cual tiene su propia hamaca, y se cubre con su propia manta, y

duerme en su propia piel.

Cuanto más cavilaba sobre ese arponero, más aborrecía la

idea de dormir con él. Era lícito presumir que, siendo arponero,

sus lanas o linos, según fuera el caso, no serían de lo más limpio,

ni, desde luego, de lo más delicado. Empecé a sentir picores por

todas partes. Además, se iba haciendo tarde, y mi decente arpo-

nero debería estar en casa y yendo rumbo a la cama. Suponga-

mos ahora que cayera sobre mí a medianoche, ¿cómo podría yo

decir de qué vil agujero venía?

—¡Patrón! He cambiado de idea sobre ese arponero. No

voy a dormir con él. Probaré este banco.

—Como quiera; siento no poder dejarle un mantel como

colchón, y esta tabla de aquí es muy áspera y molesta... —

tocando los nudos y bultos—. Pero espere un poco, Skrimshan-

der; tengo un cepillo de carpintero ahí en el bar; espere, digo, y

le pondré bastante a gusto.

Diciendo así, buscó el cepillo, y con su viejo pañuelo de

seda desempolvó primero el banco, y se puso vigorosamente a

alisarme la cama, haciendo muecas mientras tanto como un

mono. Las virutas volaban a derecha e izquierda, hasta que, por

fin, el filo del cepillo chocó contra un nudo indestructible. El

patrón estuvo a punto de dislocarse la muñeca, y yo le dije que

lo dejara, por lo más sagrado; la cama ya estaba bastante blanda

para mí, y no sabía cómo ningún acepillado del mundo podía

convertir en edredón una tabla de pino. Así que, reuniendo las

virutas con otra mueca, y echándolas a la gran estufa de en me-

dio de la sala, se marchó a sus asuntos, y me dejó en negras re-

flexiones.

Tomé entonces medidas al banco, y encontré que le fal-

taba un pie de largo, aunque eso se podía arreglar con una silla.

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Pero también le faltaba un pie de ancho, y el otro banco del

cuarto era unas cuatro pulgadas más alto que el cepillado, de

modo que no se podían emparejar. Entonces puse el primer

banco a lo largo del único espacio libre contra la pared, dejando

un pequeño intervalo en medio para poder acomodar la espalda.

Pero pronto encontré que venía hacia mí tal corriente de aire

frío, desde el hueco de la ventana, que ese plan no iba a servir

en absoluto, sobre todo, dado que otra corriente, desde la des-

vencijada puerta, salía al encuentro de la de la ventana, y ambas

juntas formaban una serie de pequeños torbellinos en inmediata

proximidad al lugar donde había pensado pasar la noche.

«El demonio se lleve a ese arponero —pensé—, pero, un

momento, ¿no podría sacarle una ventaja? ¿Cerrar su puerta

por dentro, y meterme en su cama sin dejarme despertar por los

golpes más violentos?» No parecía mala idea; pero, pensándolo

mejor, lo deseché.

Pues ¿quién podría decir que a la mañana siguiente, tan

pronto como yo saliera del cuarto corriendo, el, arponero no

iba a estar plantado en la entrada, dispuesto a derribarme de un

golpe?

Sin embargo, volviendo a mirar a mi alrededor, y no

viendo ocasión posible de pasar una noche tolerable a no ser en

la cama de otra persona, empecé a pensar que, después de todo,

podía estar abrigando prejuicios injustificados contra ese desco-

nocido arponero. Pensé: «Voy a esperar mientras tanto; no

tardará en dejarse caer por aquí. Entonces le miraré bien, y

quizá lleguemos a ser alegres compañeros de cama; no puede

saberse».

Pero aunque los otros huéspedes iban viniendo, sueltos, o

en grupos de dos o de tres, para acostarse, no había todavía se-

ñales de mi arponero.

—¡Patrón! —dije—: ¿qué clase de muchacho es éste?

¿Siempre vuelve a tan altas horas? —Ya eran casi las doce.

El patrón volvió a risotear con su mezquina risita, y pare-

ció enormemente divertido por algo que escapaba a mi com-

prensión.

—No —contestó—, generalmente es pájaro madrugador:

se acuesta pronto y se levanta pronto; sí, es un pájaro de los que

cogen el gusano. Pero esta noche ha ido a vender, ya ve, y no

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comprendo qué demonios le hace retrasarse tanto, a no ser,

quizá, que no pueda vender su cabeza.

—¿Que no puede vender su cabeza? ¿Qué clase de em-

bauco me cuenta? —Y me entró una furia creciente—. ¿Intenta

decirme, patrón, que ese arponero se dedica realmente, esta

bendita noche de sábado, o mejor dicho, esta mañana de do-

mingo, a vender su cabeza por la ciudad?

—Eso es, exactamente —dijo el patrón—, y ya le dije que

no la podría vender aquí; que hay demasiadas existencias en el

mercado. —¿De qué? —grité.

—De cabezas, claro; ¿no hay demasiadas cabezas en este

mundo? —Escuche lo que le digo, patrón —dije, con toda cal-

ma— sería mejor que dejase de contarme esos cuentos; no estoy

tan verde.

—Es posible —y sacó un palo y se puso a afilarlo en

mondadientes—, pero me imagino que ese arponero le dejaría

negro si lo oyera hablar mal de su cabeza.

—Yo se la romperé —dije, volviendo a encolerizarme an-

te esa inexplicable cháchara del patrón.

—Ya está rota —dijo.

—Rota —dije yo—; ¿quiere decir que está rota?

—Claro, y ésa es la razón por la que no puede venderla,

me parece.

—Patrón —dije, levantándome hacia él, tan frío como el

monte Hecla en una tormenta de nieve patrón— deje de afilar.

Tenemos que entendernos usted y yo, y sin perder un momen-

to. Llego a su casa y quiero una cama, y usted me dice que sólo

puede darme media, y que la otra media pertenece a cierto ar-

ponero. Y sobre ese arponero, a quien todavía no he visto, se

empeña en contarme las historias más mixtificadoras y desespe-

rantes, para dar lugar a que yo tenga una sensación incómoda

hacia el hombre que me señala como compañero de cama; un

tipo de relación, patrón, que es íntima y confidencial hasta el

mayor extremo. Ahora le pido que me explique y me diga quién

y qué es ese arponero, y si no hay ningún peligro en pasar la

noche con él. Y, para empezar, tendrá la bondad de retirar esa

historia de que vende su cabeza, que, si es verdad, entiendo que

es suficiente evidencia de que el arponero está loco de atar, y no

pienso dormir con un loco; y usted, patrón, a usted le digo,

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usted, señor, tratando de hacerlo así con todo conocimiento, se

haría merecedor de ser perseguido por lo criminal.

—Bueno —dijo el patrón, dando un amplio respiro—, es

un sermón bastante largo para un compadre que de vez en

cuando gasta un poco de broma. Pero esté tranquilo, esté tran-

quilo, este arponero que le digo acaba de llegar de los mares del

Sur, donde ha comprado un lote de cabezas embalsamadas de

Nueva Zelanda (estupendas curiosidades, ya sabe) y las ha ven-

dido todas menos una, que es la que trata de vender esta noche,

porque mañana es domingo, y no estaría bien vender cabezas

humanas por las calles cuando la gente va a las iglesias. Lo que-

ría hacer el domingo pasado, pero yo se lo impedí en el mo-

mento en que salía por la puerta con cuatro cabezas en ristra,

que parecían completamente una ristra de cebollas.

Esta explicación aclaró el misterio, inexplicable de otro

modo, y demostró que el patrón, después de todo, no había

tenido intención de burlarse de mí; pero, al mismo tiempo,

¿qué podía pensar yo de un arponero que se quedaba fuera un

sábado por la noche, hasta el mismísimo santo día del Señor,

ocupado en un asunto tan canibalesco como vender las cabezas

de unos idólatras muertos?

—Tenga la seguridad, patrón, de que ese arponero es

hombre peligroso.

—Paga con toda puntualidad —fue la réplica—. Pero va-

mos, se está haciendo terriblemente tarde, y sería mejor que

volviera la aleta de cola: es una buena cama. Sally yo dormimos

en esa cama la noche que nos juntamos. Hay sitio de sobra para

que dos den patadas por esa cama; es una cama grande y todo-

poderosa. Bueno, antes de que la dejáramos, Sally solía poner a

nuestro Sam y al pequeño Johnny a los pies. Pero una noche

tuve una pesadilla y di patadas y golpes, y, no sé cómo, Sam

cayó al suelo y casi se rompió el brazo. Después de eso, Sally

dijo que no estaba bien. Venga por aquí, le daré luz en un peri-

quete. —Y diciendo así encendió una vela y me la alargó, dis-

poniéndose a mostrarme el camino. Pero yo me detuve indeci-

so, hasta que él exclamó, mirando el reloj del rincón—: Ya veo

que es domingo; esta noche no verá al arponero: habrá echado

el ancla en cualquier sitio; vamos allá, entonces, vamos, ¿no

quiere?

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Consideré el asunto un momento, y luego subimos las es-

caleras, y me hizo entrar en un cuartito, frío como una almeja, y

amueblado, desde luego, con una prodigiosa cama, casi lo bas-

tante grande como para que durmieran cuatro arponeros en fila.

—Ahí —dijo el patrón, poniendo la vela en un absurdo

cofre de marinero que hacía doble servicio como lavabo y mesa

de centro—, ahí tiene; póngase cómodo, y tenga buenas noches.

Aparté los ojos de la cama para mirarle, pero había desa-

parecido.

Echando atrás la colcha, me incliné sobre la cama. Aun-

que no de lo más elegante, resistía bastante bien la inspección.

Luego miré el cuarto alrededor; y además de la cama y la mesa

del centro, no pude ver más mobiliario en aquel sitio si no una

basta estantería, las cuatro paredes, y una pantalla de chimenea

forrada de papel, representando a un hombre que arponeaba

una ballena. De cosas que no pertenecieran propiamente al

lugar, había una hamaca amarrada y tirada en un rincón por el

suelo; y asimismo un gran saco de marinero, que contenía el

guardarropa del arponero, en lugar de baúl de los de tierra

adentro. Igualmente, había un paquete de anzuelos exóticos, de

hueso de pez, en la estantería sobre la chimenea, y un largo

arpón erguido a la cabecera de la cama.

Pero ¿qué es eso que hay sobre el cofre? Lo levanté, lo

acerqué a la luz, lo toqué, lo olí, y probé todos los modos posi-

bles de llegar a alguna conclusión satisfactoria referente a ello.

No puedo compararlo más que con un amplio felpudo de puer-

ta, adornado en los bordes con pequeños colgajos tintineantes,

algo así como las púas teñidas de puerco espín alrededor de un

mocasín indio. En medio de esa estera había un agujero o hen-

didura, como se ve en los ponchos sudamericanos. Pero ¿sería

posible que ningún arponero sobrio se metiese en una estera de

puerta, y desfilase con esa clase de disfraz por las calles de una

ciudad cristiana? Me lo puse para probármelo, y me pesó como

un cuévano, por ser extraordinariamente erizado y espeso, y me

pareció que también un poco mojado, como si el misterioso

arponero lo hubiera llevado puesto un día de lluvia. Me acerqué

con él a un pedazo de espejo pegado a la pared, y nunca vi tal

espectáculo en mi vida. Me despojé de él con tanta prisa que me

disloqué el cuello.

— 51 —

Sentado en el borde de la cama, empecé a pensar en ese

arponero vendedor de cabezas y en su estera de puerta. Después

de pensar un rato en el borde de la cama, me incorporé, me

quité el chaquetón, y me quedé entonces parado en medio del

cuarto, pensando. Luego me quité la chaqueta, y volví a pensar

un poco más en mangas de camisa. Pero como ya empezaba a

sentir mucho frío, medio desnudo como estaba, y recordando lo

que había dicho el patrón de que el arponero no volvería a casa

en toda la noche por ser tan tarde, no enredé más, sino que me

salí de un salto de los pantalones y las botas, y luego, soplando

la vela, me eché de un tumbo en la cama, encomendándome al

cuidado del cielo.

No es posible saber si ese colchón estaba relleno de pano-

chas de maíz o de vajilla rota, pero di vueltas un buen rato sin

poder dormir durante mucho tiempo. Por fin, resbalé a un so-

por ligero, y ya había navegado un buen trecho hacia la tierra

de Duermes, cuando oí unos pesados pasos en el corredor, y vi

un destello de luz que entraba en el cuarto por debajo de la

puerta.

«¡Válgame Dios! —pensé—, ése debe ser el arponero, el

infernal vendedor de cabezas.» Pero me quedé completamente

quieto, decidido a no decir una palabra hasta que me dijeran

algo. Con una luz en una mano, y la mismísima cabeza de Nue-

va Zelanda en la otra, el recién llegado entró en el cuarto y, sin

mirar a la cama, puso la vela muy lejos de mí en el suelo de un

rincón, y luego empezó a desatar las cuerdas anudadas del gran

saco que antes dije que había en el cuarto. Yo estaba ansioso de

verle la cara, pero él la mantuvo apartada un rato mientras se

ocupaba de desatar la boca del saco. Logrado esto, sin embargo,

se volvió y... ¡Santo cielo!, ¡qué visión! ¡Qué cara! Era de color

oscuro, purpúreo y amarillo, incrustada acá y allá de amplios

cuadrados de aspecto negruzco. Sí; es como pensaba, es un te-

mible compañero de cama; ha tenido una pelea, le han hecho

unos cortes horribles, y aquí está, recién salido del médico. Pe-

ro en ese momento dio la casualidad de que se volvió hacia la

luz, y vi claramente que no podían ser en absoluto parches de

heridas esos cuadrados negros de sus mejillas. Eran manchas de

alguna otra especie. Al principio, no supe cómo tomarlo, pero

pronto se me ocurrió un asomo de la verdad. Recordé un relato

— 52 —

sobre un blanco —también ballenero— que, al caer entre caní-

bales, había sido tatuado por éstos. Deduje que este arponero,

en el transcurso de sus largos viajes, debía haber pasado por una

aventura semejante. ¡Y qué es eso, pensé, después de todo! Es

sólo su exterior; un hombre puede ser honrado en cualquier

clase de piel. Pero entonces, ¿cómo entender ese color extrate-

rrenal, esa parte suya, quiero decir, que queda a su alrededor, y

que es completamente independiente de los cuadrados del ta-

tuaje? Desde luego, no puede ser sino una buena capa de curti-

do tropical, pero nunca he oído decir que el curtido de un sol

caliente convierta a un hombre blanco en amarillento y purpú-

reo. Sin embargo, yo nunca había estado en los mares del Sur, y

quizá el sol de allá produjera esos extraordinarios efectos en la

piel. Ahora, mientras todas esas ideas cruzaban por mí como un

relámpago, el arponero no me observó en absoluto. Pero, des-

pués de hallar alguna dificultad para abrir el saco, empezó a

hurgar a tientas en él, y por fin sacó una especie de hacha india

y una bolsa de piel de foca con pelo y todo. Colocándolas en el

viejo cofre de en medio del cuarto, tomó la cabeza de Nueva

Zelanda —cosa sobradamente horrenda— y la encajó en el fon-

do del saco. Luego se quitó el sombrero —un sombrero nuevo

de castor— y yo estuve a punto de gritar de sorpresa. No había

pelo en su cabeza; al menos, no se podía hablar de él; nada sino

un pequeño nudo retorcido en la frente. Su purpúrea cabeza

calva ahora parecía completamente una calavera mohosa. Si el

recién llegado no hubiera estado entre la puerta y yo, me habría

lanzado por ella con más prisa que nunca me he lanzado sobre

una comida.

Aun así, pensé un momento en escurrirme fuera por la

ventana, pero era un segundo piso. No soy cobarde, pero supe-

raba en absoluto mi comprensión cómo entender a aquel granu-

ja purpúreo que vendía cabezas. La ignorancia engendra al mie-

do, y yo, completamente abrumado y confundido sobre el re-

cién llegado, confieso que le tenía ahora tanto miedo como si

fuera el propio diablo que se hubiera metido así en mi cuarto en

plena noche. Efectivamente, le tenía tanto miedo que no fui

capaz de dirigirle la palabra para pedirle una respuesta satisfac-

toria respecto a lo que me parecía inexplicable en él.

— 53 —

Mientras tanto, él siguió el asunto de desnudarse, y por

fin mostró el pecho y los brazos. Como que me tengo que mo-

rir, esas partes cubiertas suyas estaban salpicadas de los mismos

cuadrados que su cara; la espalda, también, estaba cubierta de

los mismos cuadrados oscuros; parecía haber estado en una

Guerra de los Treinta Años, y acabarse de escapar por ella con

una camisa de parches de heridas. Aún más, hasta sus piernas

estaban marcadas, como si un montón de oscuras ranas verdes

subieran corriendo por unos troncos de palmeras jóvenes. Aho-

ra estaba bien claro que debía ser algún abominable salvaje, o

algo parecido, embarcado a bordo de un ballenero en los mares

del Sur, y desembarcado así en este país cristiano. Me estremecí

al pensarlo. ¡Un vendedor de cabezas, además; quizá las cabezas

de sus propios hermanos! Se le podría antojar la mía. ¡Cielos!,

¡mira aquella hacha india!

Pero no hubo tiempo de temblar, porque ahora el salvaje

se dedicó a algo que fascinó por completo mi atención, y me

convenció de que debía de ser, en efecto, un pagano. Acercán-

dose a su pesado chaquetón con capucha, el sobretodo o dread-

naught, que antes había colgado en una silla, hurgó en los bolsi-

llos, y sacó al cabo de un rato una pequeña imagen, extraña y

deformada, con una joroba en la espalda, y exactamente del

color de un niño congoleño de tres días. Recordando la cabeza

embalsamada, al principio creí que ese maniquí negro fuera un

niño de verdad, conservado de algún modo semejante. Pero al

ver que no era en absoluto blando, y que brillaba mucho, como

ébano pulido, deduje que no debía de ser sino un ídolo de ma-

dera, como efectivamente resultó ser. Pues ahora el salvaje se

acerca al vacío hogar y, apartando la pantalla empapelada, pone

esa pequeña imagen jorobada, de pie como un bolo, entre los

moribundos. Las jambas de la chimenea y todos los ladrillos de

dentro estaban llenos de hollín, de modo que pensé que ese

hogar resultaba un pequeño nicho o capilla muy apropiada para

su congoleño ídolo.

Fijé entonces atentamente los ojos en la imagen medio

oculta, sintiéndome a la vez muy incómodo, para ver qué pasaba

después. Primero saca un par de puñados de virutas del bolsillo

del chaquetón, y los coloca cuidadosamente ante el ídolo; luego,

poniendo encima un poco de galleta de barco, y aplicándole la

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llama de la lámpara, enciende las virutas en una llamarada sacri-

ficial. Al fin, después de varias metidas apresuradas entre las

llamas, retirando los dedos aún más apresuradamente (con lo

que parecía quemárselos de mala manera), consiguió por fin

retirar la galleta; y entonces, soplándola para enfriarla y para

quitarle las cenizas, se la ofreció cortésmente al negrito. Pero

no pareció que al pequeño demonio le apeteciera tan seco ali-

mento: no movió en absoluto los labios. Todas esas extrañas

gesticulaciones iban acompañadas de sonidos guturales, aún

más extraños, por parte del devoto, que parecía rezar en una

cantinela, o cantar alguna salmodia pagana, durante la cual con-

traía espasmódicamente la cara del modo menos natural. Fi-

nalmente, apagando el fuego, recogió el ídolo con muy poca

ceremonia, y se lo volvió a embolsar en el bolsillo del chaque-

tón como si fuera un cazador echando al zurrón una becada

muerta.

Todas esas raras actividades aumentaron mi incomodi-

dad, y, al ver que ahora mostraba fuertes síntomas de que aca-

baba las operaciones de su asunto, y que se metería de un salto

en la cama conmigo, pensé que era más que hora, ahora o nun-

ca, antes que se apagara la luz, de romper la fascinación en que

yo había quedado tanto tiempo sujeto.

Pero el intervalo que empleé en deliberar qué decir fue

fatal.

Tomando de la mesa el hacha india, examinó un momen-

to la cabeza, y luego, acercándola a la luz, sopló grandes nubes

de humo de tabaco. Un momento después, la luz estaba apaga-

da, y ese salvaje caníbal, con el hacha entre los dientes, saltaba a

la cama conmigo. Lancé un grito, sin poderlo remediar; y él,

con un súbito gruñido de asombro, empezó a tocarme.

Tartamudeando no sé qué, me escapé de él hacia la pared,

y luego le conjuré, quienquiera o cualquier cosa que fuera, a

estarse quieto y dejarme levantar y encender la luz otra vez.

Pero sus respuestas guturales me convencieron en seguida de

que comprendía muy poco lo que yo quería decir.

—¿Quién demonio usté? —dijo por fin—; usté no hablar,

maldito, yo matarle.

Y diciendo así, el hacha brillante empezó a gritar a mi al-

rededor en la sombra.

— 55 —

—¡Patrón, por Dios, Peter Coffin! —grité—. ¡Patrón,

despierte! ¡Coffin! ¡Ángeles, salvadme!

—¡Hablar! ¡Decirme quién ser, o, maldito, matarte! —

volvió a rezongar el caníbal, mientras que, al blandir horrible-

mente su hacha india, desparramaba calientes cenizas de tabaco

sobre mí, hasta que creí que se me iba a incendiar la ropa. Pero,

gracias a Dios, en ese momento entró el patrón en el cuarto,

vela en mano, y yo, saliendo de un brinco de la cama, corrí ha-

cia él.

—No tenga miedo ahora —dijo, volviendo a sonreír—.

Este Queequeg no le va a tocar un pelo de la cabeza.

—Deje de sonreír —grité—: ¿por qué no me dijo que ese

infernal arponero era un caníbal?

—Pensé que lo sabía: ¿no le dije que iba vendiendo cabe-

zas por la ciudad? Pero vuélvale la cola y échese a dormir.

Queequeg, ea; tú entender mí, yo entender tú; este hombre

dormir tú; ¿entender tú?

—Yo entender mucho —gruñó Queequeg, soplando por

la pipa y sentado en la cama—. Usted meterse —añadió, ha-

ciéndome un ademán con el hacha india, y abriendo las mantas

a un lado. Realmente, lo hizo de un modo no sólo cortés, sino

benévolo y caritativo. Me quedé quieto un momento mirándole.

Con todos sus tatuajes, en conjunto era un caníbal limpio y de

aspecto decente. «¿A qué viene todo este estrépito que he he-

cho? —pensé para mí mismo—. Este hombre es un ser humano

lo mismo que yo: tiene tantos motivos para tener miedo de mí,

como yo para tener miedo de él. Más vale dormir con un caní-

bal despejado que con un cristiano borracho.»

—Patrón —dije—; dígale que deje el hacha india, o la pi-

pa, o como lo llame; en una palabra, dígale que deje de fumar, y

yo me pondré con él. Porque no me hace gracia tener conmigo

en la cama a un hombre que fuma. Es peligroso. Además, no

estoy asegurado.

Al decir esto a Queequeg, inmediatamente se avino, y

volvió a hacerme un cortés ademán de que me metiera en la

cama, enrollándome hacia una orilla, como si dijera: No le voy a

tocar ni una pierna.

—Buenas noches, patrón —dije—: se puede ir.

— 56 —

Me metí en la cama, y nunca en mi vida he dormido me-

jor.

— 57 —

IV.— La colcha

L DESPERTARME a la mañana siguiente al albo-

rear, encontré que Queequeg me había echado el

brazo por encima del modo más cariñoso y afec-

tuoso. Se habría pensado que yo había sido su

A mujer. La colcha era de retazos, llena de cuadra-

ditos y triangulitos sueltos y abigarrados; y aquel brazo suyo,

todo él tatuado con una figura interminable de laberinto creten-

se, sin dos partes que fueran exactamente del mismo matiz (de-

bido, supongo yo, a que en el mar había expuesto el brazo de

modo variable al sol y a la sombra, con las mangas de la camisa

irregularmente subidas en variadas ocasiones), aquel brazo suyo,

digo, parecía en todo una tira de aquel mismo cobertor de reta-

zos. Efectivamente, como el brazo estaba puesto sobre la colcha

cuando me desperté, difícilmente pude distinguirlo de ella, y

sólo por la sensación de peso y presión pude comprender que

Queequeg me estaba apretando.

Mis sensaciones fueron extrañas. Permítaseme tratar de

explicarlas. Cuando yo era niño, recuerdo muy bien una cir-

cunstancia un tanto parecida que me ocurrió: jamás pude deci-

dir completamente si era una realidad o un sueño. La circuns-

tancia fue ésta. Había estado yo haciendo no sé qué travesura:

creo que tratando de trepar por dentro de la chimenea, como

había visto hacer a un pequeño deshollinador unos días antes, y

mi madrastra que, por una razón o por otra, todo el tiempo

estaba dándome azotes o mandándome a la cama sin cenar, mi

madrastra, digo, me arrastró por las piernas sacándome de la

— 59 —

chimenea y me mandó derecho a la cama, aunque eran sólo las

dos de la tarde del 21 de junio, el día más largo en nuestro he-

misferio. Mis sentimientos fueron terribles. Pero no había mo-

do de remediarlo, de modo que subí por las escaleras a mi cuar-

tito en el tercer piso, me desnudé todo lo despacio que pude,

para matar el tiempo, y, con un amargo suspiro, me metí entre

las sábanas.

Me tendí allí calculando lúgubremente que debían trans-

currir dieciséis horas enteras antes que pudiera tener esperanza

de resurrección. ¡Dieciséis horas en la cama! Me dolía la rabadi-

lla de pensarlo. Y además, había mucha luz: el sol brillaba en la

ventana, y había un gran estrépito de coches por las calles, y el

sonido de voces alegres llenaba toda la casa. Me sentía cada vez

peor; por fin me levanté, me vestí, y bajando quedamente, con

los calcetines en los pies, busqué a mi madrastra y de repente

me eché ante ella, rogándole como un favor especial que me

diera una buena azotaina por mi mala conducta; cualquier cosa,

menos condenarme a estar en la cama durante tan insoportable

lapso de tiempo. Pero ella era la mejor y más concienzuda de las

madrastras, y tuve que volver a mi cuarto. Durante varias horas

estuve allí completamente despierto, sintiéndome mucho peor

que nunca me he sentido después, aun con las mayores desven-

turas posteriores. Por fin, debí caer en un sopor turbado por

pesadillas, y al despertar lentamente de él —medio sumergido

en sueños— abrí los ojos, y el cuarto antes iluminado por el sol,

ahora estaba envuelto en la tiniebla exterior. Al momento sentí

un golpe que me recorría todo el cuerpo: no se veía nada, ni se

oía nada: pero parecía haber una mano sobrenatural en la mía.

Yo tenía el brazo extendido sobre la colcha, y la innominable,

inimaginable y silenciosa forma fantasmal a que pertenecía la

mano, parecía sentada muy cerca, en el borde de mi cama. Du-

rante lo que pareció siglos amontonados sobre siglos, me quedé

así, congelado con los temores más espantosos, sin atreverme a

retirar la mano, pero pensando que sólo con que pudiera remo-

verla una pulgada, se rompería el horrendo hechizo. No supe

cómo esta impresión se apartó por fin de mí, pero, al despertar

por la mañana, lo recordé todo con un estremecimiento, y du-

rante días y semanas después me perdí en enloquecedores in-

— 60 —

tentos de explicar el misterio. Más aún, incluso en esta misma

hora, muchas veces extravío en ello.

Bien, pues quitando el terrible miedo, mis sensaciones al

sentir una mano sobrenatural en la mía fueron muy semejantes,

en su extrañeza, a las que experimenté al despertar y ver el pa-

gano brazo de Queequeg echado a mi alrededor. Pero, por fin,

todos los acontecimientos de la noche pasada volvieron uno por

uno, sin embriaguez, con realidad fijada, y entonces sólo quedé

despierto para el lado cómico. Pues aunque traté de moverle el

brazo, de desatar su apretón marital, sin embargo él, dormido

como estaba, seguía apretándome estrechamente, como si sola-

mente la muerte pudiera separarnos. Intenté sacarle del sueño:

—¡Queequeg!

Pero su única respuesta fue un ronquido. Entonces me di

la vuelta, notando en el cuello como una collera de caballo, y de

repente sentí un ligero arañazo. Echando a un lado la colcha,

allí estaba el hacha india durmiendo al lado del costado del sal-

vaje, como si fuera un niño de cara afilada. «¡Bonito lío, de ve-

ras! —pensé—, ¡en la cama, en una casa desconocida, en pleno

día, con un caníbal y un hacha india!»

—¡Queequeg, por todos los Cielos, Queequeg, despierta!

Al fin, a fuerza de mucho retorcimiento, y de sonoras e

insistentes exhortaciones sobre la inconveniencia de que abraza-

ra a otro varón con aquel estilo tan matrimonial, conseguí ex-

traerle un gruñido; y por fin, retiró el brazo, se sacudió de arri-

ba abajo, todo entero, como un perro de Terranova recién sali-

do del agua, y se incorporó en la cama, rígido como una pica,

mirándome y restregándose los ojos como si no recordara en

absoluto de qué modo había llegado yo a estar allí, aunque una

vaga conciencia de saber algo de mí parecía amanecer lenta-

mente en él. Mientras tanto, yo estaba tendido, inmóvil y mi-

rándole, ahora sin tener temores serios, y afanoso de observar

de cerca a tan curiosa criatura. Cuando, por fin, su mente pare-

ció en claro respecto al carácter de su compañero de cama, y,

por decirlo así, se reconcilió con el hecho, dio un salto hasta el

suelo, y por determinados signos y sonidos me dio a entender

que, si me parecía bien, él se vestiría primero y luego me dejaría

para que me vistiera yo, cediéndome todo el local para mí. Creo

yo que en esas circunstancias, Queequeg, esto es un modo de

— 61 —

empezar muy civilizado; pero la verdad es que estos salvajes

tienen un sentido innato de delicadeza, dígase lo que se quiera:

es asombroso qué esencialmente corteses son. Ofrezco a

Queequeg este preciso cumplido, porque me trató con mucha

etiqueta y consideración, mientras que yo era culpable de nota-

ble grosería: observándole fijamente desde la cama, y vigilando

todos sus movimientos al arreglarse, al prevalecer temporal-

mente mi curiosidad sobre mi buena educación. No obstante,

no se ve todos los días un hombre como Queequeg, y tanto él

como sus modales eran muy merecedores de especial atención.

Empezó a vestirse por arriba, tocándose con su sombrero

de castor, que por cierto era muy alto, y luego—todavía sin

pantalones— se lanzó a rastrear sus botas. Para qué demonios lo

haría, no sé decir, pero su inmediato movimiento fue aplastarse

—botas en mano, y con el sombrero puesto— debajo de la ca-

ma, donde, por diversos jadeos y tensiones de gran violencia,

deduje que trabajaba duramente en calzarse, aunque no he

oídojamás por qué regla de decencia se requiere a nadie que se

aísle para ponerse las botas. Pero Queequeg, ya se ve, era una

criatura en fase de transición: ni oruga ni mariposa. Era lo es-

trictamente civilizado como para exhibir su exotismo del modo

más extraño posible. Su educación no estaba todavía terminada.

Era un estudiante a mitad de carrera. Si no hubiera estado civi-

lizado en un pequeño grado, probablemente no se habría preo-

cupado en absoluto de las botas; pero, por otra parte, si no hu-

biera sido todavía un salvaje, nunca se le habría ocurrido meter-

se bajo la cama para ponérselas. Por fin, emergió con el som-

brero muy aplastado y abollado, metido hasta los ojos, y empe-

zó a crujir y cojear por el cuarto, como si, no estando muy acos-

tumbrado a las botas, su par de becerro, húmedas y agrietadas

—probablemente tampoco hechas a su medida—, más bien le

pellizcaran y atormentaran en el primer arranque en una cruda

mañana de frío.

Viendo yo, entonces, que no había cortinas en la ventana

y que la calle era muy estrecha, y la casa de enfrente dominaba

una vista total de nuestro cuarto, y observando cada vez más la

indecorosa figura que presentaba Queequeg al dar vueltas por

ahí con poco más que el sombrero y las botas, le rogué lo mejor

que supe que acelerase su arreglo como fuera, y, sobre todo,

— 62 —

que se pusiera los pantalones en cuanto pudiera. Obedeció, y

luego empezó a lavarse. A esa hora de la mañana, cualquier cris-

tiano se habría lavado la cara, pero Queequeg, con extrañeza

mía, se contentó con limitar sus abluciones al pecho, brazos y

manos. Luego se puso el chaleco, y tomando un trozo de jabón

duro que había en la mesa de centro que hacía de lavabo, lo

sumergió en agua y empezó a enjabonarse la cara. Yo observaba

a ver dónde guardaba la navaja de afeitar, cuando he aquí que

toma el arpón de la cama, quita el largo mango de madera, des-

encaja el hierro, lo afila un poco en la bota, y, acercándose al

trozo de espejo de la pared, empieza vigorosamente a rasurarse,

o mejor arponearse las mejillas. Me parece, Queequeg, que esto

es usar como venganza la mejor cuchillería Rogers. Luego llegó

a sorprenderme menos esta operación cuando empecé a saber

de qué fino acero está hecha la cabeza de un arpón, y qué terri-

blemente afilados se mantienen sus largos bordes rectos.

El resto de su tocado se acabó pronto, y salió orgullosa-

mente del cuarto, envuelto en su gran chaquetón de piloto, y

blandiendo su arpón como un bastón de mariscal.

— 63 —

V.— Desayuno

O LE SEGUÍ rápidamente, y, bajando al bar, me

acerqué muy contento al sonriente patrón. No le

guardaba rencor, aunque él se había burlado de

mí no poco en el asunto de mi compañero de

Y cama.

Sin embargo, una buena risa es una cosa excelente, y una cosa

buena que anda más bien demasiado escasa: lo cual es una lás-

tima. Así que si cualquiera, en su propia persona, concede mate-

ria para una buena broma a cualquiera, que no se eche atrás,

sino empléese y déjese emplear de ese modo. Y si un hombre

lleva en sí algo abundantemente risible, estad seguros de que

hay más en ese hombre de lo que quizá imagináis.

El bar estaba ahora lleno de los huéspedes que se habían

dejado caer por allí la noche anterior, y a quienes yo no había

mirado todavía bastante. Casi todos eran balleneros: primeros,

segundos y terceros oficiales, carpinteros, toneleros y herreros

de marina, arponeros y guardianes; una gente tostada y muscu-

losa, de barbas boscosas; un grupo hirsuto y rudo, todos con sus

chaquetones a modo de batines mañaneros.

Se podía decir claramente cuánto tiempo había estado a

bordo cada uno de ellos. Las saludables mejillas de aquel joven

tienen un color como de pera tostada por el sol, y parece que

han de tener su mismo olor almizclado; no puede hacer tres días

que ha desembarcado de su viaje a la India. Aquél de al lado,

parece unos pocos tonos más claro; podríais decir que hay en él

un toque de áloe. En el color de un tercero dura todavía un

bronceado tropical, pero levemente blanqueado, pese a todo:

éste sin duda lleva ya varias semanas en tierra. Pero ¿quién po-

— 65 —

dría mostrar unas mejillas como Queequeg, que, listadas en

diversas tintas, parecían la vertiente occidental de los Andes,

exhibiendo, en un solo despliegue, climas en contraste, zona

tras zona?

—¡A engullir, ea! —gritó entonces el patrón, abriendo del

todo una puerta, y entramos a desayunar.

Dicen que los hombres que han visto mundo adquieren

así gran facilidad de maneras, y tienen gran dominio de sí mis-

mos en compañía. No siempre, sin embargo: Ledyard, el gran

viajero de New England, y Mungo Park, el escocés, mostraban

menor seguridad que nadie en el salón. Pero quizá el cruzar

meramente Siberia en un trineo arrastrado por perros, como

hizo Ledyard, o el darse un largo paseo solitario con el estóma-

go vacío, por el corazón negro de África, que es la suma de las

realizaciones del pobre Mungo, ese tipo de viaje, digo, quizá no

sea el mejor modo de alcanzar un alto refinamiento social. No

obstante, en la mayor parte de los casos, este tipo de cosas es lo

que se suele observar en todo lugar.

Las indicadas reflexiones están ocasionadas por el hecho

de que después que todos nos sentamos a la mesa, y cuando me

preparaba a escuchar algunos buenos relatos sobre la pesca de la

ballena, con no poca sorpresa mía, todos mantuvieron un pro-

fundo silencio. Y no sólo eso, sino que tenían un aire cohibido.

Sí, allí había un equipo de lobos de mar, muchos de los cuales,

sin la menor timidez, habían abordado grandes ballenas en alta

mar —absolutamente desconocidas para ellos— y habían enta-

blado duelo con ellas hasta matarlas sin parpadear; y, sin em-

bargo, ahí estaban sentados en la sociedad de una mesa de desa-

yuno —todos del mismo oficio, todos de gustos afines— y vol-

vían los ojos unos a otros tan ovejunamente como si nunca hu-

bieran salido de la vista de algún redil entre las Montañas Ver-

des. ¡Curioso espectáculo, esos tímidos osos, esos vergonzosos

guerreros de las ballenas!

Pero en cuanto a Queequeg...; en fin, Queequeg se senta-

ba entre ellos, y a la cabecera de la mesa, además, por casuali-

dad, tan fresco como un carámbano. Por supuesto, no puedo

decir mucho a favor de su buena educación. Su mayor admira-

dor no podría haber justificado cordialmente que se trajera con-

sigo el arpón al desayuno y lo usara sin ceremonia, alcanzando

— 66 —

con él por encima de la mesa, con inminente riesgo para varias

cabezas, y acercándose los filetes de vaca. Pero eso es lo que

hacía con gran frialdad, y todos saben que, en la estimativa de la

mayor parte de la gente, hacer algo con frialdad es hacerlo con

elegancia.

No hablaremos aquí de todas las peculiaridades de

Queequeg; cómo rehuía el café y los panecillos calientes, y apli-

caba su atención fija a los filetes, bien crudos. Basta decir que,

cuando se terminó el desayuno, se retiró como los demás a la

sala común, encendió la pipa-hacha, y allí estaba sentado, digi-

riendo y fumando en paz, con su inseparable sombrero puesto,

cuando yo zarpé a dar una vuelta.

— 67 —

VI.— La calle

I AL PRINCIPIO me había asombrado al captar un

atisbo de un individuo tan exótico como Queequeg

circulando entre la refinada sociedad de una ciudad

civilizada, ese asombro se disipó en seguida al dar

S mi primer paseo a la luz del día por las calles de

New Bedford.

En vías públicas cercanas a los muelles, cualquier puerto

importante ofrecerá a la vista los ejemplares de más extraño

aspecto procedentes de tierras extranjeras. Incluso en Broadway

y Chestnut Street, a veces hay marineros mediterráneos que

dan empellones a las asustadas señoritas. Regent Street no es

desconocida para los birmanos y malayos; y en Bombay, en

Apollo Green, yanquis de carne y hueso han asustado muchas

veces a los indígenas. Pero New Bedford supera atoda Water

Street Wapping. En esos susodichos lugares sólo se ven marine-

ros, pero en New Bedford hay auténticos caníbales charlando

en las esquinas de las calles; salvajes de veras, muchos de los

cuales llevan aún carne pagana sobre los huesos. A un recién

llegado, le deja pasmado.

Pero, además de los fidjianos, tongotaburianos, erroman-

goanos, pannangianos y brighgianos, y además de los disparata-

dos ejemplares de la ballenería que se bambolean inadvertidos

por las calles, se ven otros espectáculos aún más curiosos, y cier-

tamente más cómicos. Todas las semanas llegan a esta ciudad

docenas de hombres de Vermont y New Hampshire, aún muy

verdes, y llenos de sed de ganancia y gloria en la pesquería. Sue-

len ser jóvenes, de tipos macizos; mozos que han talado bosques

y ahora pretenden dejar el hacha y empuñar el arpón. Muchos

— 69 —

están verdes como las Montañas Verdes de que proceden. En

algunas cosas, se creería que acaban de nacer.

¡Mirad ahí, ese muchacho que presume en la esquina!

Lleva un sombrero de castor y una levita de cola de golondrina,

ceñida con un cinturón de marinero y un machete como vaina.

Ahí viene otro con un sueste y un capote de alepín.

Ningún elegante de ciudad se puede comparar con uno

de campo, quiero decir, con un elegante auténticamente paleto;

un compadre que, en los días de la canícula, siega sus dos hectá-

reas con guantes de cabritilla por miedo a broncearse las manos.

Ahora bien, cuando a un elegante de campo como éste se le

mete en la cabeza conseguir reputación de distinguido, y se

alista en las grandes pesquerías de ballenas, habríais de ver qué

cosas más cómicas hace al llegar al puerto. Al encargar su in-

dumentaria marina, pide botones de campana en los chalecos, y

trabillas en sus pantalones de lona. ¡Ah, pobre retoñito, qué

amargamente estallarán esas trabillas en la primera galerna ulu-

lante, cuando seas empujado, con trabillas, botones y todo, por

la garganta de la tempestad abajo!

Pero no creáis que esta famosa ciudad tiene sólo arpone-

ros, caníbales y paletos para enseñar a los visitantes. Nada de

eso. Con todo, New Bedford es un sitio extraño. Si no hubiera

sido por nosotros los balleneros, ese trecho de tierra quizá ha-

bría seguido hasta hoy en condiciones tan salvajes como la costa

de Labrador. Aun tal como está, hay partes del campo de sus

alrededores que son capaces de asustarle a uno con su aspecto

desolado. La propia ciudad es quizá el sitio más caro para vivir

en toda New England. Ciertamente, es tierra de aceite, aunque

no como Canaán; tierra, pues, de trigo y vino. Por sus calles no

mana la leche, ni en primavera las pavimentan con huevos fres-

cos. Pero, a pesar de todo, en ninguna parte de América se en-

contrarán más casas de aspecto patricio, y parques y jardines

más opulentos que en New Bedford. ¿De dónde proceden?

¿Cómo se han plantado en esta macilenta escoria de comarca?

Id a mirar los emblemáticos arpones de hierro que rodean

aquella altiva mansión, y vuestra pregunta quedará respondida.

Sí, todas esas valientes casas y floridos jardines proceden de los

océanos Atlántico, Pacífico e Índico. Todas y cada una, fueron

— 70 —

arponeadas y arrastradas hasta aquí desde el fondo del mar.

¿Puede Herr Alexander realizar una hazaña como ésta?

Dicen que en New Bedford los padres dan ballenas a sus

hijas como dote, y colocan a sus sobrinas con unas pocas tortu-

gas por cabeza. Hay que ir a New Bedford para ver una boda

brillante, pues dicen que tienen depósitos de aceite en todas las

casas, y a lo largo de todas las noches queman sin cesar velas de

esperma de ballena.

En verano, es dulce de ver la ciudad, llena de hermosos

arces, en largas avenidas de verde y oro. Y en agosto, elevándo-

se en el aire, los bellos y abundantes castaños de Indias, como

candelabros, ofrecen al transeúnte sus puntiagudos conos verti-

cales de floración congregada. Tan omnipotente es el arte, que

en muchos distritos de New Bedford ha superpuesto claras te-

rrazas de flores sobre los estériles residuos de roca arrojados a

un lado en el día final de la Creación.

Y las mujeres de New England florecen como sus propias

rosas. Pero las rosas sólo florecen en verano, mientras que la

fina encarnadura de sus mejillas es perenne, como la luz del sol

en los séptimos cielos. Hallar comparación en otro sitio a esa

floración suya, os será imposible, si no es en Salem, donde me

dicen que las muchachas exhalan tal almizcle que sus novios

marineros las huelen a millas de la costa, como si se acercaran a

las aromáticas Molucas y no a las arenas puritanas.

— 71 —

VII.— La capilla

N LA MISMA NEW BEDFORD se yergue una capilla

de los Balleneros, y pocos son los malhumorados

pescadores, con rumbo al océano Índico o al Pací-

fico, que dejan de hacer una visita dominical a ese

E lugar. Al regresar de mi primer paseo mañanero,

volví a salir para ese especial destino. El cielo había cambiado

de un frío soleado y claro, a niebla y aguanieve con viento. En-

volviéndome en mi áspero chaquetón, del tejido llamado «piel

de oso», luché por abrirme paso contra la terca tempestad. Al

entrar, encontré una pequeña y desparramada feligresía de ma-

rineros y de mujeres y viudas de marineros. Reinaba un silencio

ahogado, sólo roto a veces por los aullidos de la tempestad. Ca-

da silencioso adorador parecía haberse sentado a propósito

aparte de los demás, como si cada dolor silencioso fuera insular

e incomunicable. El capellán no había llegado todavía; y allí,

aquellas calladas islas de hombres y mujeres se habían sentado

mirando fijamente varias lápidas de mármol, con bordes negros,

incrustadas en la pared a ambos lados del púlpito. Tres de ellas

rezaban algo así como lo que sigue, aunque no pretendo citar:

CONSAGRADA

A LA MEMORIADE

JOHN TALBOT

Que, a la edad de dieciocho años,

Se perdió en el mar,

Cerca de la Isla de la Desolación,

A la altura de Patagonia,

— 73 —

El 1 de noviembre de 1836

SU HERMANA

Dedica a su memoria

ESTA LÁPIDA

EN MEMORIADE

ROBERT LONG, WILLIS ELLERY,

NATHAN COLEMAN, WALTER CANNY,

SETH MACY Y SAMUEL GLEIG,

Que formaban la tripulación de una de las lanchas

DEL BARCO ELIZA

Arrastrados por una ballena hasta perderse de vista

En las pesquerías del Pacífico,

El 31 de diciembre de 1839

Ponen esta lápida

Sus compañeros supervivientes.

EN MEMORIA

del difunto

CAPITÁN EZEKIEL HARDY,

Que, en la proa de su lancha,

Fue muerto por un cachalote

En la costa del Japón,

El 3 de agosto de 1833,

DEDICA ESTA LAPIDA

a su recuerdo

SU VIUDA

Sacudiéndome el aguanieve de mi sombrero y mi chaque-

tón helados, me senté junto a la puerta, y al volverme a un lado

me sorprendió ver a Queequeg cerca de mí. Afectado por la

solemnidad de la escena, en su rostro había una mirada interro-

gativa de curiosidad incrédula. El salvaje fue la única persona

presente que pareció darse cuenta de mi entrada, porque era el

único que no sabía leer, y, por lo tanto, no leía esas frígidas

inscripciones de la pared. No sabía yo si entre los asistentes

había ahora algún pariente de los marineros cuyos nombres

— 74 —

aparecían allí; pero son tantos los accidentes de la pesca que no

se anotan, y tan claramente llevaban varias mujeres de las pre-

sentes el rostro, si no el hábito, de algún dolor incesante, que

sentí con seguridad que allí delante de mí estaban reunidos

aquellos en cuyos corazones incurables la vista de aquellas de-

soladas lápidas hacía que sangraran por simpatía las viejas heri-

das.

¡Ah, vosotros, cuyos muertos yacen sepultados bajo la

verde hierba; que, en medio de las flores podéis decir: aquí, aquí

yace mi ser amado; vosotros no conocéis la desolación que se

cobija en pechos como éstos! ¡Qué amargos vacíos en esos

mármoles bordeados de negro que no cubren cenizas! ¡Qué

mortales huecos y qué infidelidades forzosas en las líneas que

parecen roer toda fe, rehusando resurrecciones a los seres que

han perecido sin sitio y sin tumba! Estas lápidas podrían estar lo

mismo en la cueva de Elephanta que aquí.

¿En qué censo de criaturas se incluyen los muertos de la

humanidad? ¿Por qué dice de ellos un proverbio universal que

no contarán historias, aunque contengan más secretos que las

Arenas de Goodwin? ¿Cómo es que a ese nombre que ayer par-

tió para el otro mundo le anteponemos una palabra tan signifi-

cativa y traidora, y sin embargo, no le damos ese título, aunque

se embarque para las remotas Indias de esta tierra de los vivos?

¿Por qué las compañías de seguros de vida pagan indemnizacio-

nes de muerte a cuenta de inmortales? ¿En qué eterna e inmóvil

parálisis, en qué trance mortal y sin esperanza yace todavía el

antiguo Adán que murió hace sesenta siglos, en números re-

dondos? ¿Cómo es que todavía rehusamos consolarnos por

aquellos que, sin embargo, afirmamos que residen en inefable

bienaventuranza? ¿Por qué los vivos se empeñan tanto en silen-

ciar a los muertos, de tal modo que el rumor de un golpe en una

tumba aterroriza a una ciudad entera? Todas estas cosas no

carecen de sus significados.

Pero la fe, como un chacal, se alimenta entre las tumbas,

e incluso de esas dudas mortales extrae su esperanza más vital.

Apenas hace falta decir con qué sentimientos, en vísperas

de mi viaje a Nantucket, consideré esas lápidas de mármol, y, a

la lóbrega luz de aquel día oscurecido y lastimero, leí el destino

de los balleneros que habían partido por delante de mí. Sí, Is-

— 75 —

mael, ese mismo destino puede ser el tuyo. Pero, no sé cómo,

volví a sentirme alegre. Deliciosos incentivos para embarcar,

buenas probabilidades de ascender, al parecer: sí, un bote des-

fondado me hará inmortal por diploma. Sí, hay muerte en este

asunto de las ballenas; el caótico y rápido embalar a un hombre

sin palabras hacia la Eternidad. Pero ¿y qué? Me parece que

hemos confundido mucho esta cuestión de la Vida y la Muerte.

Me parece que lo que llaman mi sombra aquí en la tierra es mi

sustancia auténtica. Me parece que, al mirar las cosas espiritua-

les, somos demasiado como ostras que observan el sol a través

del agua y piensan que la densa agua es la más fina de las atmós-

feras. Me parece que mi cuerpo no es más que las heces de mi

mejor ser. De hecho, que se lleve mi cuerpo quien quiera, que

se lo lleve, digo: no es yo. Y por consiguiente, tres hurras por

Nantucket, y que vengan cuando quieran el bote desfondado y

el cuerpo desfondado, porque ni el propio Júpiter es capaz de

desfondarme el alma.

— 76 —

VIII.— El púlpito

O LLEVABA mucho tiempo sentado cuando

entró un hombre de una peculiar robustez

venerable: inmediatamente, en cuanto la puer-

ta golpeada por la tempestad volvió a cerrarse

N tras su paso, el modo vivo y respetuoso como

le miró la feligresía atestiguó suficientemente que aquel noble

anciano era el capellán. Sí, era el famoso Padre Mapple, llama-

do así por los balleneros, entre los cuales era muy popular. Ha-

bía sido marinero y arponero en su juventud, pero desde hacía

ya muchos años dedicaba su vida al ministerio religioso. En la

época de que ahora escribo, el Padre Mapple estaba en el duro

invierno de una sana vejez; esa clase de vejez que parece fundir-

se en una segunda juventud florida, pues entre las hendiduras de

sus arrugas, lucían ciertos suaves fulgores de una floración de

nuevo desarrollada; el verdor de primavera asomando incluso

bajo la nieve de febrero. Nadie que con anterioridad hubiera

conocido su historia podía observar por primera vez al Padre

Mapple sin el mayor interés, porque había en él ciertas peculia-

ridades injertadas en lo clerical, atribuibles a la vida de aventu-

ras marítimas que había llevado. Cuando entró, observé que no

llevaba paraguas, y ciertamente, no había venido en coche, pues

su sombrero de lona alquitranada chorreaba aguanieve fundida,

y su gran chaquetón de piloto parecía casi arrastrarle al suelo

con el peso del agua que había absorbido. Sin embargo, som-

brero, chaquetón y chanclos fueron extraídos uno tras otro, y

colgados en un pequeño espacio de un rincón adyacente: enton-

ces, revestido de modo decente, se acercó silenciosamente al

púlpito.

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Como muchos púlpitos a la antigua usanza, era muy alto,

y, puesto que unas escaleras normales hasta tal altura mengua-

rían seriamente el terreno ya pequeño de la capilla, por su am-

plio ángulo en el suelo, parecía que el arquitecto había obrado

bajo sugestión del Padre Mapple, terminando el púlpito sin

escalera y sustituyéndolas por una escalera vertical a un lado,

como las escalas de gato que se usan en el mar para subir de un

bote a un barco. La esposa de un capitán ballenero había pro-

visto la capilla de un bonito par de guardamancebos de estam-

bre rojo para la escala de gato, que, teniendo por sí una bonita

cabecera, y teñida de color caoba, hacía que todo el dispositivo

no pareciera de ningún modo de mal gusto, si se tiene en cuenta

la clase de capilla que era. Deteniéndose un instante al pie de la

escala de gato y agarrando con ambas manos los nudos orna-

mentales de los guardamancebos, el Padre Mapple lanzó una

mirada a lo alto, y luego, con una destreza verdaderamente ma-

rinera, pero reverencial, sin embargo, subió, mano tras mano

los flechastes como si ascendiera a la cofa mayor de su navío.

Las partes perpendiculares de esta escala de gato lateral,

como suele ser el caso en las suspendidas, eran de jarcia cubierta

de tela, sólo que los flechastes eran de madera, así que en cada

peldaño había una articulación.

Al echar mi primera ojeada al púlpito no me había pasado

por alto que, por más que fueran convenientes para un barco,

esas articulaciones parecían superfluas en el caso presente. Pues

no estaba preparado para ver al Padre Mapple, después de ganar

la altura, dar media vuelta lentamente, e inclinándose sobre e1

púlpito, retirar hacia arriba cuidadosamente la escalerilla, fle-

chaste tras flechaste, hasta que toda ella estuvo depositada den-

tro, dejándole inexpugnable en su pequeña Quebec.

Cavilé un rato sin comprender del todo la razón de esto.

El Padre Mapple disfrutaba de tan amplia reputación de since-

ridad y santidad, que no podía sospechar que persiguiera la no-

toriedad por ningún simple truco de escenografía. No, pensé;

debe haber alguna razón sensata para esto; además, debe simbo-

lizar algo invisible. ¿Podrá ser entonces que por ese acto de

aislamiento físico simboliza su retirada espiritual desde el tiem-

po, desde todas las ataduras y conexiones externas de este mun-

do? Sí, pues reconfortado con la carne y el vino de la Palabra,

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para este fiel hombre de Dios, el púlpito, como veo, es una for-

taleza de autocontención; una altanera Ehrenbreitstein, con una

perenne fuente de agua entre sus muros.

Pero la escala de gato no era en aquel lugar el único rasgo

extraño tomado de las anteriores navegaciones del capellán.

Entre los cenotafios de mármol a ambos lados del púlpito, la

pared que le daba respaldo estaba adornada con una amplia

pintura representando un valiente navío en lucha con una terri-

ble tempestad a lo largo de una costa a sotavento, toda rocas

negras y níveas rompientes.

Pero arriba, por encima de la turbonada volante y las os-

curas nubes fugitivas, flotaba una pequeña isla de luz del sol,

desde la cual irradiaba un rostro de ángel; y ese claro rostro

lanzaba una visible mancha de radiosidad sobre la desarbolada

cubierta del barco, algo así como aquella placa de plata que

ahora está inserta entre las tablas del Victory donde cayó Nel-

son. «Ah, noble navío —parecía decir el ángel—: sigue luchan-

do, sigue luchando, oh, tú, noble navío, y mantén firme el go-

bernalle; pues, ¡mira!, el sol irrumpe, y las nubes se disipan: está

cerca el más sereno azur.»

Tampoco el propio púlpito carecía de huellas de ese

mismo gusto marinero que había dado lugar a la escala de gato

y la pintura. Su frontal con paneles era a semejanza de un buque

de proa muy llena, y la Santa Biblia descansaba en una pieza

prominente en voluta, configurada como el pico de una proa,

en forma de cabeza de violín.

¿Podía haber algo más lleno de significado? Pues el púlpi-

to es siempre la parte más a proa de la tierra, y todo lo demás

queda atrás; el púlpito precede al mundo. Desde allí, se da el

primer grito de alarma ante la tormenta de la rápida ira de

Dios, y la proa debe aguantar el primer envite. Desde allí se

invoca por primera vez al Dios de las brisas buenas o malas para

que dé vientos favorables.

Sí, el mundo es un barco en su viaje de ida, y es un viaje

sin vuelta, y el púlpito es su proa.

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IX.— El sermón

L PADRE MAPPLE se irguió, y con suave voz de

autoridad sin arrogancia, ordenó a la gente disper-

sa que se apretara: —¡Trozo de estribor, allí!

¡Fuera de babor! ¡Trozo de babor, a estribor! ¡A

E crujía, a crujía! Hubo un sordo ruido de pesadas

botas marinas entre los bancos, y un roce más ligero de zapatos

de mujer, y todo volvió a quedar en silencio, y todas las miradas

en el predicador.

Él se detuvo un momento; luego, arrodillándose en la

proa del púlpito, plegó sus grandes manos morenas sobre el

pecho, levantó los ojos cerrados, y ofreció una oración tan hon-

damente devota que parecía estar arrodillado y rezando en el

fondo del mar.

Acabado esto, con prolongados tonos solemnes, como el

continuo doblar de una campana en un barco que se hunde en

alta mar en la niebla, comenzó a leer así el siguiente himno,

pero, hacia las estrofas finales, cambió de acento e interrumpió

en una repiqueteante exultación gozosa:

Las costillas de horror de la ballena

alzaban sobre mí su arco funesto;

la ola de Dios, con claro sol, pasaba

y me llevaba a lo hondo, a ser juzgado.

Vi abrirse las quijadas del infierno,

con penas y dolores que no acaban;

sólo puede contarlo quien lo sufre:

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oh, en desesperación me sumergía.

Entre el espanto negro, clamé a Dios,

al que apenas podía creer mío;

él inclinó su oído a mis querellas,

y la enorme ballena me soltó.

En mi auxilio voló deprisa, como

cabalgando en un fúlgido delfín;

claro y terrible igual que los relámpagos

brilló el rostro de Dios mí salvador.

Mi canto para siempre contará

esa hora de miedo y de alegría;

yo doy toda la gloria a mi Señor;

suya es toda la gracia y el poder.

Casi todos se unieron al himno, que creció y subió por

encima del aullar de la tormenta. Sucedió una breve pausa; el

predicador pasó lentamente las hojas de la Biblia, y por fin, ple-