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NI AGUA, NI LUNA

OSHO

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Índice

Capítulo 1

Ni Agua Ni Luna

Capítulo 2

Alojamiento a cambio de diálogo

Capítulo 3

“¿Ah, sí?”

Capítulo 4

La respuesta del muerto

Capítulo 5

El dedo de Gutei

Capítulo 6

“¿Por qué no te retiras?”

Capítulo 7

El Buda de la nariz negra

Capítulo 8

El que da, debería sentirse agradecido

Capítulo 9

Un filósofo pregunta a Buda

Capítulo 10

Ninakawa sonríe

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CAPÍTULO 1

Ni Agua, Ni Luna

La monja Chiyono dedicó años al estudio, pero fue incapaz de alcanzar la iluminación.

Una noche, acarreaba un viejo cubo lleno de agua. Mientras caminaba, contemplaba la luna

llena reflejada en el agua del cubo. De pronto, las tiras de bambú que sujetaban el cubo se

rompieron, y el cubo se hizo pedazos. El agua se derramó, el reflejo de la luna desapareció, y

Chiyono se iluminó.

Más tarde escribió este poema:

De una y otra forma, intenté mantener íntegro el cubo,

esperando que el frágil bambú nunca se rompería.

De pronto, el fondo cedió.

Se derramó el agua; se acabó la luna en el agua

(vacío en mi mano).

La iluminación siempre es repentina: No hay un progreso gradual hacia ella, porque toda

gradación es de la mente y la iluminación no es de la mente. Todos los grados pertenecen a la

mente y la iluminación está más allá de ella. Así que no puedes acercarte a la iluminación,

simplemente saltas dentro de ella. No puedes ir subiendo escalones; no hay escalones. La

iluminación es como un abismo, o saltas o no saltas.

No puedes tener la iluminación por partes, por fragmentos. Es una totalidad -estás

dentro o fuera de ella, pero no hay una progresión gradual-. Recuerda esto como una de las

cosas más básicas: sucede de forma no fragmentada, completa, total. Sucede como un todo, y

ésta es la razón por la que la mente es siempre incapaz de entender. La mente puede entender

cualquier cosa que pueda dividirse, cualquier cosa a la que pueda llegarse a plazos, porque la

mente es análisis, división, fragmentación. La mente puede entender las partes; el todo siem-

pre se le escapa. Por eso si escuchas a la mente nunca llegarás.

Esto es lo que ocurrió: esta monja, Chiyono, se dedicó a estudiar años y años y no

sucedió nada. La mente puede estudiar acerca de Dios, acerca de la iluminación, acerca del

absoluto. Incluso puede pretender haberlo entendido todo. Pero Dios no es algo que tengas

que entender. Incluso si lo sabes todo “acerca de” Dios, no lo conoces; el conocimiento no es

"acerca de". Mientras digas "acerca de" seguirás afuera. Quizás estés dando vueltas alrededor,

pero no has penetrado en el círculo.

Cuando alguien dice "Sé acerca de Dios", está diciendo que no sabe nada de nada,

porque ¿cómo vas a saber algo "acerca de" Dios? Dios es el centro, no la periferia. Puedes sa-

ber acerca de la materia, porque la materia no tiene centro, es sólo la periferia. No puedes

saber nada acerca de la consciencia: no hay sí mismo, no hay nadie en su interior. La materia

es sólo lo de fuera; puedes saber acerca de ella. La ciencia es conocimiento. La misma palabra

ciencia significa conocimiento: conocimiento de la periferia, conocimiento de algo cuyo

centro no existe. Siempre que te acercas al centro desde la periferia, aquél se te escapa.

Tienes que convertirte en ello; es la única manera de conocerlo. Acerca de Dios, nada

puede saberse. Tienes que ser; aquí el único conocimiento es el ser. Respecto del absoluto,

todos los "acerca de" significan equivocarse una y otra vez. Tienes que entrar y hacerte uno

con él.

Por eso Jesús dice: “Dios es como el amor”, no amante, sólo como el amor. No puedes

saber nada acerca del amor, ¿o acaso puedes? Puedes estudiar y estudiar, puedes convertirte

en un gran estudioso, pero no lo has tocado, no has entrado en él. El amor sólo puede ser

conocido cuando te conviertes en amante. Y no sólo esto: el amor únicamente puede ser

conocido cuando te conviertes en amor. Hasta el amante desaparece, porque también él/ella

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pertenece al exterior. Dos personas enamoradas se ausentan. No están ahí. Sólo existe el

amor, el ritmo del amor. Quizás son los dos polos del ritmo, pero ellos no están ahí. Algo del

más allá ha tomado cuerpo. Ellos han desaparecido.

El amor existe cuando tú estás vacío. El conocimiento existe cuando estás lleno. El

conocimiento pertenece al ego, y el ego nunca puede penetrar en el centro; es la periferia. La

periferia sólo puede conocer la periferia. No puede conocer algo que pertenece al centro

mediante el ego. El ego puede estudiar, el ego puede hacerte un gran erudito, acaso un erudito

religioso, un gran pandit. Puedes saber todos los Vedas, todos las Upanishads, todas las

Biblias y los Coranes, y sigues sin saber nada -porque no es conocimiento de afuera, es algo

que sucede cuando has entrado y te has convertido en uno.

La monja Chiyono dedicó años al estudio...

Podría haber estudiado durante vidas. Has estudiado durante muchas vidas. Has ido

dando vueltas y más vueltas, en redondo. Pero cuando uno va dando vueltas en redondo, se

crea una gran ilusión: crees que avanzas. Siempre crees que te mueves, pero no estás yendo a

ninguna parte, porque estás dando vueltas. Vas repitiendo. Por eso los hindúes han llamado a

este mundo samsara, que significa la rueda, el círculo. Te mueves y te mueves y te mueves, y

nunca llegas a ninguna parte, y siempre crees que estás llegando. «El destino está ya cerca,

porque he caminado tanto...». Intenta caminar en un gran círculo. Nunca puedes verlo como

un círculo, porque sólo conoces una parte del mismo, y para ti siempre es una carretera, un

camino. Esto es lo que ha venido sucediendo durante muchas vidas.

Chiyono estudió y estudió, pero fue incapaz de alcanzar la iluminación -no porque la

iluminación sea difícil, sino porque estudiarla es un craso error-. Vas por un camino equivo-

cado. Es como si alguien intentara entrar en esta habitación por la pared. No es, que entrar en

esta habitación sea difícil, pero tienes que entrar por la puerta. Si lo intentas por la pared,

parece difícil, casi imposible. No lo es. Eres tú el que va por un camino equivocado. Son

muchos, muchos los que al comenzar el viaje empiezan por el estudio, por el aprendizaje, por

el conocimiento, la información, la filosofía, los sistemas, la teología. Comienzan por el

"acerca de"; así que están llamando a la pared.

Jesús dice: «Llamad, y la puerta se os abrirá». Pero, por favor, comprueba si es o no una

puerta. No vayas llamando a la pared, pues si es así no se te abrirá ninguna puerta. Y en reali-

dad cuando llamas a la puerta, cuando de verdad te acercas a la puerta, verás que ha estado

siempre abierta. Siempre te ha estado esperando. Una puerta es una espera, una puerta es una

bienvenida, una puerta es una receptividad. Te ha estado esperando, y has estado llamando a

la pared. ¿Qué es la pared? Cuando empiezas por el conocimiento y no por el ser, estás

llamando a la pared.

¡Conviértete!, ¡sé! No acumules información. Si quieres conocer el amor, sé un amante.

Si quieres conocer a Dios, sé meditación. Si quieres entrar en el infinito, sé oración. ¡Pero sé!

No sepas acerca de la oración. No intentes acumular lo que otros hayan dicho acerca de ello.

Aprender no te ayudará; al revés, lo que te ayudará es desaprender. Olvida todo cuanto sepas

para poder saber. Olvida toda información y todas las escrituras, olvida todos los Coranes y

las Biblias y las Gitas; son los obstáculos, son la pared. Y si sigues llamando a la pared, estas

puertas nunca se te abrirán, porque no son puertas, y la gente va llamando al Corán, a los

Vedas, a la Biblia, y ninguna puerta se abre. Estudian y estudian, y les sucede lo que a la

monja Chiyono:

dedicó años al estudio, pero fue incapaz de alcanzar la iluminación.

¿Qué es la iluminación? Es darte cuenta de quién eres. No tiene nada que ver con el

mundo exterior. No tiene nada que ver con lo que otros han dicho. Lo que otros han dicho es

irrelevante. ¡Estás ahí! ¿Para qué ir y consultar la Biblia, y el Corán, y la Gita? Cierra los ojos,

y ahí estás tú, en tu infinita gloria. Cierra los ojos y las puertas están abiertas. Como estás

aquí, no necesitas preguntar a nadie. Preguntas..., entonces errarás. El mero hecho de

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preguntar demuestra que crees estar en algún otro sitio. El mero hecho de preguntar demuestra

que pides un mapa. Y para el mundo interior no hay mapa, no es necesario, porque no te

diriges a un destino desconocido.

En realidad, no te mueves en absoluto. Estás ahí. Tú eres el destino. No eres el que

busca, eres la iluminación. ¿Pues qué es la iluminación? Un estado -cuando buscas afuera- es

ausencia de iluminación; otro estado -cuando buscas adentro es iluminación. Por lo tanto la

única diferencia está en el enfoque. Si enfocas afuera, no estás iluminado. Si enfocas adentro,

estás iluminado. Así que todo consiste en un giro.

La palabra cristiana conversión es preciosa, pero la han utilizado de una manera

horrible. Conversión no significa hacer un cristiano de un hindú, o un hindú de un cristiano.

Conversión significa un giro. Conversión significa volverse hacia la fuente, hacia adentro;

entonces eres converso. Y tu consciencia puede fluir en dos direcciones, hacia afuera y hacia

adentro; la corriente de tu consciencia puede fluir en estas dos direcciones. Hacia afuera,

puede fluir durante muchas, muchas vidas -nunca llegará a su destino, porque el destino está

en la fuente-. El destino no está enfrente, está detrás. El destino no se encuentra en un lugar

adonde hayas de llegar, sino en un lugar que ya has abandonado. El origen es el destino. Esto

debe ser comprendido muy profundamente. Si puedes retroceder hasta tu primer punto de

partida, llegas al destino.

La iluminación es llegar al origen, y el origen está dentro de ti; la vida está allí fluyendo,

latiendo, palpitando continuamente en tu interior. ¿Por qué preguntar a otros? Estudiar

significa preguntar a otros. ¿Preguntar sobre ti mismo y preguntar a otros? Es una excelente

estupidez. Es un absurdo absoluto preguntar sobre ti mismo y preguntar a otros. Esto es lo que

significa estudio: buscar la respuesta. iY tú eres la respuesta!

Chiyono dedicó años al estudio, pero fue incapaz de alcanzar la iluminación.

Es natural, obvio. No es nada raro. Estaba buscando afuera, estudiando.

Otra cosa que hay que recordar: tu ser es vida, y ninguna escritura puede estar viva. Las

escrituras están muertas irremisiblemente. Las escrituras son cadáveres, y estás preguntando a

los muertos acerca de tu vida. Ellos no pueden responderte. Krishna no te ayudará mucho, ni

Jesús -excepto si te conviertes en un Krishna, o en un Jesús-. Los muertos no pueden dar

respuestas sobre la vida. Y si piensas que vas a encontrar la respuesta, te verás más y más

lastrado por las respuestas, y la respuesta seguirá siéndote desconocida. Esto es lo que sucede

a un hombre que está estudiando, que es un pensador, que es un filósofo. Se ve lastrado por

sus propios esfuerzos, palabras y palabras y palabras, y está perdido. Y la respuesta estaba ahí

desde el principio. Sólo se necesitaba un giro.

No, nadie te responderá. No acudas a nadie, acude a ti mismo. Un maestro lo único que

puede hacer es ayudarte a llegar a ti mismo, esto es todo. Ningún maestro te puede dar la res-

puesta, ningún maestro te puede dar la llave ahí, sólo puede ayudarte a mirar hacia dentro,

esto es todo. La llave está ahí, el tesoro está ahí, todo está ahí.

Una noche, acarreaba un viejo cubo lleno de agua. Mientras

caminaba, contemplaba la luna llena reflejada en el agua del cubo.

De pronto, las tiras de bambú que sujetaban el cubo se rompieron,

y el cubo se hizo pedazos. El agua se derramó, el reflejo

de la luna desapareció, y Chiyono se iluminó.

Una noche, acarreaba un viejo cubo lleno de agua. También tú acarreas un cubo muy,

muy viejo, lleno de agua. Es tu mente, llena de pensamientos. Es lo más viejo que arrastras,

casi muerto.

La mente siempre es vieja, nunca es nueva. No puede serlo, por su misma naturaleza,

porque mente significa memoria. ¿Cómo puede la memoria ser nueva? La mente significa lo

conocido. ¿Cómo puede ser nuevo lo conocido? La mente significa el pasado. ¿Cómo puede

ser nuevo el pasado? Observa tu mente: todo cuanto acarrea es viejo, muerto. En el momento

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en que conoces, ya ha pasado. Cuando reconoces algo que has conocido, ya se ha ido. No está

aquí ahora, ha entrado en el mundo de lo muerto.

Así que la mente, por su propia naturaleza es vieja, y nunca nace nada original de ella.

La mente no puede ser original, sólo puede ser repetitiva. La mente va repitiendo. Puede repe-

tir algo de mil maneras diferentes, incluso con palabras nuevas, pero sigue siendo lo mismo.

La mente no puede conocer, no puede ir al encuentro de lo fresco, lo joven, lo nuevo. Siempre

que te encuentras con lo fresco, lo joven, lo nuevo, tienes que prescindir de la mente, porque

sólo entonces tus ojos no están llenos del pasado, del polvo del pasado; entonces tu espejo

puede reflejar lo que está aquí ahora.

Lo nuevo nace de la consciencia, no de la mente. La consciencia es tu fuente más honda.

La mente es el polvo acumulado en tus muchos viajes, como si nunca te hubieras bañado, y

has estado viajando y viajando y todo se ensucia y el polvo se acumula y nunca te has bañado.

Tu mente no se ha bañado nunca. Tú te aferras a ella, pero está completamente sucia. Los

métodos de meditación sirven para bañar esta mente, tomar un baño, el baño interior, para

eliminar el polvo y que la consciencia escondida aflore a la superficie y pueda contactar con

la realidad.

La realidad está ahí, tú estás ahí, pero no hay contacto porque entre tú y la realidad está

la mente. Todo cuanto ves, lo ves a través de la mente. Todo cuanto oyes, lo oyes a través de

la mente -así que estás casi sordo, casi ciego-. Jesús repite a sus discípulos: «Si tenéis oídos

para oírme, oídme. Si tenéis ojos para ver, ved». Todos ellos tenían ojos como tú. Todos ellos

tenían oídos como tú. Pero Jesús sabía, como yo sé, que estás sordo, que estás ciego.

Cuando oyes a través de la mente, no estás oyendo, porque la mente interpreta, la mente

colorea, la mente cambia, se mezcla ella misma; y cuanto te llega ahora ya es viejo. La mente

ha llevado a cabo su truco. Ha dado su propio significado, la interpretación. Ha comentado.

Por eso, excepto si te conviertes en un oyente correcto... Escuchar correctamente

significa tener la capacidad de escuchar sin la mente. Espectador correcto es el que tiene la

capacidad de mirar sin la mente, la capacidad de mirar sin interpretar, juzgar, condenar; sin

evaluación, sin decir sí o no. Cuando te hablo, hasta puedo ver tu mente afirmando o negando.

Pese a que el gesto sea invisible, puedo verlo. Quizás no te des cuenta, a veces dices sí -la

mente ha interpretado-. A veces dices no -la mente ha interpretado, la mente se ha presentado,

y está evaluando-. Te lo has perdido.

Al escuchar sin juzgar, de repente te das cuenta de que la mente ha sido el único

problema. Es vieja, algo que hay que recordar, y nunca puede ser nueva. Así que nunca

pienses que tienes una mente original. Ninguna mente puede ser original, todas son viejas,

repetitivas. Por eso a la mente siempre le gusta la repetición, y está siempre contra lo nuevo.

Como la mente ha creado la sociedad, ésta lucha siempre contra lo nuevo. La mente ha creado

el estado, la civilización, la moral, realidades, están contra lo nuevo.

Todo lo creado por la mente se hallará siempre enfrentado a lo nuevo. No puedes

encontrar nada más ortodoxo que la mente.

Con la mente, no es posible ninguna revolución. Por lo que, si eres un revolucionario

que se vale de la mente, no te engañes a ti mismo. Un comunista no puede ser revolucionario,

porque nunca ha meditado. Su comunismo se encuentra dominado por la mente. Ha cambiado

de biblia, no cree en Jesús, cree en Marx, o cree en Mao, la última edición de Marx, pero cree.

Es tan ortodoxo como cualquier hindú, católico o musulmán. Es la misma ortodoxia, porque

la ortodoxia no depende de aquello en lo que crees, depende de si crees a través de la mente;

la ortodoxia se halla subordinada a la mente. Este es el elemento más ortodoxo del mundo, el

más conformista.

.

Así pues, debes saber que nada de lo que crea la mente puede ser nuevo, siempre será

viejo y estará contra lo nuevo; será siempre contrarrevolucionario. Por eso en el mundo no

hay más revolución que la religiosa; no puede haber otro tipo de revolución porque sólo la

religión llega a la misma fuente. Abandona la mente, el viejo cubo, y verás que de repente

todo será nuevo, porque tu mente lo estaba haciendo todo viejo mediante su interpretación. De

pronto vuelves a ser un niño. Tus ojos son frescos y jóvenes, miras las cosas sin conoci-

miento; sin erudición. El verdor de los árboles es más intenso, ha cambiado -no es mortecino,

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está vivo. De pronto el canto de un pájaro es totalmente distinto.

Esto es lo que está experimentando mucha gente mediante las drogas. Por ello estas

sustancias fascinaron tanto a Aldous Huxley porque, por un instante, o a veces durante un

tiempo más largo, anulan la mente activando determinados procesos químicos. Miras el

mundo, ahora los colores son simplemente milagrosos. Nunca habías visto nada igual. Una

flor se convierte en toda la existencia, es portadora de toda la gloria de la divinidad. Una hoja

se vuelve tan profunda, como si toda la verdad se revelara a través de ella. Todas y cada una

de las cosas cambian inmediatamente. La droga no puede cambiar el mundo; sólo aparta a un

lado por un momento tu mente.

Te vuelves adicto cuando la mente ha absorbido la droga también. Sólo una vez, al

principio, por vez primera, o dos o tres veces, puedes engañar a la mente químicamente, pero

luego, poco a poco, la mente integra la droga, recobra su dominio. Se pierde el impacto

original. Se vuelve adicta a la droga, y la pide; esta exigencia parte de la mente. Ahora, no

podrás relegar a un lado la mente ni siquiera con sustancias químicas. Te habrás convertido en

un adicto. Los árboles volverán a ser viejos, los colores ya no serán tan radiantes, las cosas

tornarán a ser mortecinas. La droga te ha matado; no ha podido matar a la mente.

La droga supone un tratamiento de shock que afecta a la parte química del cuerpo y

produce un desajuste. Se abren grietas; puedes mirar a través de ellas, pero esto no puede

convertirse en un ejercicio. No puedes jugar con la droga. Tarde o temprano se convierte en

parte de la mente; y ésta toma el control. Entonces todo envejece de nuevo.

Sólo la meditación puede matar a la mente, nada más. La meditación es el suicidio de la

mente, la mente suicidándose. Si puedes dejada a un lado, sin productos químicos, sin medios

físicos, entonces tú te conviertes en el amo. Y cuando esto ocurre, todo es nuevo. Siempre ha

sido así. De principio a fin todo es nuevo, joven, fresco. La muerte nunca ha tenido lugar en

este mundo. Es la vida eterna.

Una noche, acarreaba un viejo cubo lleno de agua...

Estás acarreando el viejo cubo lleno de agua. La mente es el viejo cubo, y los

pensamientos son el agua. Y como valoras tanto los pensamientos, no puedes deshacerte de

este viejo cubo. Porque ¿qué les pasaría entonces a tus pensamientos? Te agarras a ellos como

si fueran una fuente muy honda de felicidad, una fuente profunda de silencio; como si a través

de los pensamientos pudieras conseguir la vida y los tesoros que se ocultan en ella. Nunca has

logrado nada así a través de los pensamientos. Esa es una absurda esperanza.

¿Qué has conseguido gracias a los pensamientos? Nada, excepto ansiedad, tensión. Pero

te aferras a ellos, esperando que un día u otro, en algún momento futuro, te lleven a la verdad.

Hasta el momento, nada semejante ha sucedido, y no va a suceder nunca, porque la verdad, no

es nada que pueda pensarse. Está ahí. Sólo tienes que mirar. No es preciso pensar acerca de

ella. Será necesario pensar si no está ahí, si tanteas en la oscuridad. Pero en la existencia no

hay oscuridad; la existencia es absoluta luz. No tienes que andar a tientas. Estás tratando de

reconocer las cosas con los ojos cerrados innecesariamente, y piensas: «Si dejo de hacerlo, me

perderé». Pensar es tantear.

Meditar es abrir los ojos. Es mirar. Por eso los hindúes lo han llamado darshan, que

significa "mirar", mirar a, no pensar en. El mero mirar transforma. Pero llevas pensamientos

en ese viejo cubo al que vas remendando, cuidando: ¿qué pasaría con tus valiosos

pensamientos si tu cubo se rompiera? Tus pensamientos no valen nada.

Un día haz un pequeño experimento. Cierra tus puertas, siéntate en la habitación y

empieza a escribir tus pensamientos, todo lo que te pase por la mente. No los cambies, porque

no tienes que enseñar este trozo de papel a nadie. Simplemente ve escribiendo durante diez

minutos y luego míralos: ahí tienes tus pensamientos. Si los miras, creerás que es la obra de

un loco. Si le enseñas a tu íntimo amigo ese trozo de papel, también te mirará y pensará: «¿Te

has vuelto loco?». Y él está también en la misma situación. Pero nos dedicamos a ocultar la

locura. Tenemos rostros, y tras ellos somos unos locos.

¿Por qué valoras tanto estos pensamientos? Te has vuelto adicto a ellos -son una droga,

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son químicos-. Recuerda: pensar es algo químico, una droga. Siempre que empiezas a pensar

entras en una especie de sueño hipnótico. Por eso te has vuelto adicto, pensar es como tomar

opio: puedes olvidarte del mundo, de las preocupaciones, de las responsabilidades. Sim-

plemente inicias otra clase de mundo en tu interior: soñando, pensando.

Quienes han estado trabajando durante mucho tiempo en la ciencia de los sueños dicen

que dormir es necesario para poder soñar. Y cuando les preguntas por qué son necesarios los

sueños, dicen que sirven para mantenerse sano, porque en los sueños puedes echar afuera tu

locura. Toda la noche es una catarsis. Durante el sueño liberas tu locura, y por el día puedes

mantener un comportamiento sano, ya volverás a actuar locamente. Los expertos dicen que si

se te privara de tus sueños durante unos días te volverías loco, porque no habría catarsis y la

locura empezaría a salir. Explotarías. Durante la noche sueñas -es una catarsis-, durante el día

piensas -esto también es una catarsis, y te ayuda a dormir-. Es una droga. No tienes que

preocuparte de lo que esté sucediendo. Simplemente te encierras en tus pensamientos. Ade-

más los conoces bien, te sientes a gusto con ellos, te sientes como en tu propia casa; no

importa cuán sucia y vieja sea, has vivido en ella tanto tiempo que te has acostumbrado. Te

has acostumbrado a tu cárcel. Les sucede a los prisioneros: si están en la cárcel durante mucho

tiempo, tienen miedo de salir, les da miedo la libertad porque les traerá nuevas responsabili-

dades. Salir de la mente significa libertad absoluta, los hindúes lo han llamado moksha. No

hay nada semejante: la cárcel queda destruida, estás simplemente bajo el cielo infinito. Te

asalta el miedo; quieres volver a tu hogar, tu cómodo hogar, con paredes, con vallas.

Sientes temor ante el infinito porque se parece a la muerte. Te has acostumbrado a lo

finito, con fronteras evidentes, distinciones claras. Por eso no puedes prescindir de los

pensamientos, no puedes deshacerte del cubo. En vez de ello, vas haciendo el cubo más y más

grande, y es como tu vientre: cuantos más pensamientos metes dentro, más se expande. Y el

vientre puede estallar si comes demasiado, pero la mente no.

Una mente ordinaria puede contener todas las bibliotecas del mundo. En tu cabecita hay

setenta millones de células, y cada una de ellas puede contener por lo menos un millón de

elementos de información. Todavía no se ha inventado un ordenador que pueda ser

comparado con tu mente. Dentro de tu cabecita, llevas todo el mundo. Y sigue expandiéndose.

Chiyono estudió y estudió, puso más y más agua en el viejo cubo. No pudo alcanzar la

iluminación. Pero:

Una noche, acarreaba un viejo cubo lleno de agua. Mientras

caminaba, contemplaba la luna llena reflejada en el agua

del cubo.

La luna llena estaba alta en el cielo, y se reflejaba en el agua, en el cubo, y ella la

miraba. Esto es lo que le sucede a todo el mundo. No es un cuento, no es una anécdota, es un

hecho, te está sucediendo a ti. Nunca has mirado la luna llena. No puedes. Siempre miras la

luna reflejada en tu agua, en tus pensamientos. Por esto los hindúes, en particular Shankara,

han dicho: todo cuanto conoces es maya, ilusión. Es como si estuvieras mirando la luna en el

agua, un reflejo, no la luna verdadera. Y piensas que es la luna.

Todo cuanto ves, lo ves a través del reflejo. Tus ojos reflejan; tus ojos no son sino

espejos. Tus oídos reflejan. Todos tus sentidos son espejos, reflejan. Y luego está el mayor

espejo de todos, tu mente; refleja. Y no sólo eso, también comenta, interpreta. Junto y en

paralelo con el reflejo, ofrece un comentario. Distorsiona.

¿Has visto espejos que distorsionen? No hace falta ir a ningún sitio, tienes uno en tu

interior; tu mente lo distorsiona todo. Todo cuanto hasta el momento has conocido, no ha sido

la luna real en el cielo, porque con este viejo cubo lleno de agua, ¿cómo puedes mirar la luna

real? Vas mirando el reflejo y el reflejo es ilusorio. Éste es el significado de maya, ilusión.

Todo cuanto conoces es maya, es apariencia, no lo real. Lo real aparece sólo cuando el cubo

se rompe, entonces el agua se escapa, el reflejo desaparece.

De pronto, las tiras de bambú que sujetaban el cubo se rompieron,

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y el cubo se hizo pedazos.

Sucedió de pronto; fue como un accidente. Intenta entender este fenómeno. La

iluminación es siempre como un accidente porque es impredecible: no puedes conseguirla, no

puedes disponer las cosas para que se dé la iluminación, no puedes hacer que suceda. Si

pudieras hacerlo, la iluminación no podría ser algo más allá de la mente, sería sólo una trampa

de la mente. Mucha gente lo intenta. Hacen esto y lo otro, creando la causa para que la

iluminación suceda, pero no se trata de algo causal. Si la causas no pueden ser más grande que

tú. Si la causas, es absolutamente inútil. Ocurre, no puede ser causada. No es una continuidad

de tu mente, es un abismo discontinuo. De repente no estás ahí y ella está ahí. ¿Cómo podrías

conseguirla? Si la consigues, tú estarás ahí.

Cuando Gautama Siddharta se iluminó, se convirtió en un buda. ¿Era el mismo hombre?

¡No! Si el mismo hombre se ilumina... eso es imposible. La continuidad se rompe; el hombre

viejo simplemente ha desaparecido. Éste es un hombre absolutamente nuevo. Gautama

Siddharta, el príncipe que había dejado su palacio, su mujer y su hijo, ya no está allí. Aquel

ego ya no existe; aquella mente ya no existe. Aquel hombre viejo ha muerto -el viejo cubo se

ha roto-. Ahora éste es absolutamente nuevo; nunca había estado allí. Por eso le damos un

nuevo nombre, le llamamos Buda. Abandonamos el viejo nombre, porque el viejo nombre

pertenecía a otra identidad, otra personalidad, a algún otro. Aquel viejo nombre nunca

perteneció a este hombre.

La iluminación es un fenómeno discontinuo. No es continuo, porque si es continuo sólo

puede ser, en el mejor de los casos, un pasado modificado; no puede ser absolutamente nuevo,

porque el pasado continuará -sólo habrá sido modificado, estará un poco cambiado aquí y allá,

pintado, pulido, pero lo viejo continuará-. Puede ser mejor, pero seguirá siendo lo viejo.

La iluminación es como un accidente. Pero no me malinterpretes, porque cuando digo

que la iluminación es como un accidente, no estoy diciendo que no hagas nada por ella. No es

éste el sentido. Si no haces nada por ella, ni siquiera el accidente sucederá. Éste ocurre

únicamente a quienes han estado haciendo mucho por él; pero nunca sucede como resultado

de sus actos. Éste es el problema: nunca sucede como resultado de sus actos; nunca sucede sin

sus actos. Estos actos no son la causa de que suceda, sólo son la causa que crea en ellos la

situación para que se vuelvan propensos a sufrir accidentes, esto es todo.

Tus meditaciones te predispondrán al accidente, esto es todo. Por eso ni siquiera un

buda puede decir cuándo va a suceder tu iluminación. La gente viene a mí y pregunta; yo les

digo: «Pronto». No significa nada. Pronto puede ser el momento siguiente, pronto puede no

llegar por muchas vidas, porque el accidente no puede ser predicho. Si pudiera predecirse no

sería en absoluto un accidente, entonces se trataría de una continuidad.

Pero no dejes de hacer cosas. No pienses que si va a suceder, va a suceder; entonces no

sucederá nunca. Tienes que estar preparado para cuando ocurra el accidente, preparado para lo

desconocido -preparado, esperando, receptivo-. De lo contrario el accidente acaso llegue y te

pase inadvertido. Puedes estar durmiendo. Lo desconocido puede llamar a la puerta y puedes

no escucharlo. Puedes estar profundamente dormido o hablando con alguien, o puedes

interpretar que es sólo el viento contra la puerta. Puedes pensar tantas cosas... todos somos

grandes pensadores.

Mantente preparado para el accidente. Y recuerda: lo que haces no es una causa que

provoque el accidente, simplemente crea una situación en ti; tus actos no pueden causar el

accidente, sólo pueden invitar a que suceda. La diferencia es grande, porque si piensas que

pueden causado, empiezas a exigir. Dices: «¿Por qué no está sucediendo? ¿Por qué no me ha

sucedido hasta ahora?». Crea una tensión interna, y si hay tensión, es imposible que suceda.

Tiene que cogerte desprevenido. Deberías estar esperando, pero no ansioso, has de estar

relajado. Deberías invitarle, pero no tener la certeza de que el invitado va a llegar.

A fin de cuentas, depende del invitado, no de ti. Pero sin la invitación, el invitado nunca

vendrá, esto es seguro. Con tu invitación no es seguro que venga; pero con tu no-invitación

seguramente no vendrá. Si lo invitas puede venir, hay una posibilidad. Así que espera en la

puerta, pero no estés ansioso, no estés demasiado seguro.

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La certeza es de la mente, la espera es de la consciencia. Y la mente es superficial, todas

sus certezas son superficiales. Puede suceder en cualquier momento. En cuanto estés prepa-

rado para ver, para mirar, te darás cuenta de que ha estado siempre sucediendo a tu lado. No

estabas mirando, no mirabas hacia este rincón.

He oído decir que en cierta ocasión el Mulla Nasrudin estaba descansando en su silla. Su

mujer miraba la calle y él miraba la pared. Estaban sentados dándose la espalda, como hacen

siempre marido y mujer.

De pronto la mujer dijo:

-Nasrudin, ¡mira! El hombre más rico de la ciudad ha muerto y miles de personas van a

darle el último adiós.

-¡Lástima -dijo Nasrudin-, no estoy mirando hacia ese lado!

«¡Lástima, no estoy mirando hacia ese lado!». No va a mirar, se trata de un simple giro

de la cabeza... Pero esto es lo que te sucede a ti. Qué lástima. No estás mirando hacia el lado

donde el accidente está ocurriendo, donde lo desconocido está ocurriendo.

Las meditaciones te ayudarán a mirar hacia lo desconocido, hacia lo desacostumbrado,

hacia lo extraño. Te harán más abierto al accidente. Pero no puedes causarlo.

Incluso si estás preparado, puede que tengas que esperar. No puedes forzarlo; no puedes

traerlo hasta ti. Si pudieras forzarlo, entonces la religión sería como la ciencia. Ésta es la di-

ferencia básica entre ciencia y religión. Aquélla puede forzar las cosas porque depende de la

causa, no de invitaciones. La ciencia puede hacer cualquier cosa porque encuentra la causa.

Una vez se conoce la causa, todo puede hacerse. La ciencia sabe que si calientas agua hasta

los cien grados se evaporará -ésta es una causa-. Puedes estar seguro: en cuanto llega a cien

grados, el agua empieza a evaporarse. Puedes forzar el agua a evaporarse calentándola.

Puedes mezclar oxígeno e hidrógeno y puedes forzarlos a convertirse en agua. Puedes causar.

La ciencia intenta conocer la causa.

La religión es diferente, básicamente diferente. Nunca puede convertirse en una ciencia

en este sentido, porque busca lo incausado, lo discontinuo; está buscando una conversión

absoluta. Puede causarse una conversión relativa, una transformación parcial. ¿Pero absoluta?

¿Nada de lo viejo y todo nuevo? -entonces tiene que existir un intervalo-. No puede haber un

vínculo. Tiene que haber un salto. De forma que lo viejo deja de existir y lo nuevo comienza a

existir, y no están unidos -hay un intervalo-. Gautama Siddharta sencillamente desaparece.

Gautama Buda aparece: hay un intervalo.

Este intervalo debe ser recordado. Por eso digo que la iluminación es como un

accidente. Pero tienes que estar trabajando continuamente por él, ésta es la paradoja.

Escuchándome no te vuelvas perezoso. Escuchándome no te duermas. Escuchándome no

empieces a pensar y a razonar que «si es un accidente y no podemos causarlo, entonces ¿por

qué meditar? Entonces, ¿por qué hacer esto y lo otro? Lo único que puedo hacer es esperar».

No, tu espera no debe ser una espera perezosa. Tu espera debe ser viva. Debes esperar con

absoluta energía a tu disposición. No puedes esperar como un hombre muerto: debes esperar

joven, fresco, vivo, palpitante. Sólo entonces puede sucederte este algo desconocido. Cuando

estás en lo mejor de tu vida, al máximo de tu capacidad, cuando estás más vivo, cuando estás

en la cumbre, sólo entonces sucede. Sólo una cumbre puede reunirse con esta gran cumbre;

sólo cumbres: sólo lo similar puede reunirse con lo semejante.

Sigue trabajando todo lo que puedas, pero no crees por ello ninguna exigencia. No digas

«He hecho esto, ahora debe suceder». No hay deber que valga. Es un extraño. Le vas

escribiendo invitaciones, pero no tiene dirección, por lo que no puedes enviárselas. Vas

echando a los vientos tus invitaciones; acaso lleguen, acaso no. Dios es siempre un "quizás";

pero es bello cuando las cosas son "quizás". Cuando las cosas son seguras, se pierde la

belleza.

¿Has observado que en la vida lo único seguro es la muerte y que todo lo demás es

inseguro? ¡Todo es inseguro! Nadie sabe si vendrá o no el amor. Nadie sabe si podrás o no

cantar una canción. Una cosa es segura: la muerte. La certeza pertenece a la muerte, nunca a

la vida. Y si estás buscando la vida eterna, entonces vive en el quizás. Vive abierto, esperan-

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do, pero siempre recordando que no puedes causarlo. Cuando suceda, desaparecerás.

Éste es el significado de este bello suceso:

De pronto, las tiras de bambú que sujetaban el cubo se rompieron.

Sucedió de pronto. Pero ella estaba trabajando, estudiando, meditando. Era una gran

monja. Había vivido por lo menos durante treinta, cuarenta años con un maestro, y había

trabajado tremendamente.

Tengo que decirte algo sobre Chiyono. Era una mujer muy bella, de una belleza rara,

única. En su juventud, hasta el emperador y los príncipes la pretendían. Los rechazó, porque

quería sólo ser la amante de la divinidad, por lo que nadie era bastante para ella, nadie podía

llenarla.

Fue de un monasterio a otro para tomar sannyas, para ser ordenada monja; pero incluso

grandes maestros se negaron a aceptada, porque era tan bella que hubiera traído problemas.

Había muchos monjes, y claro está, los monjes son unos reprimidos, y ella era tan bella que

ellos se hubieran olvidado de Dios y de todo lo demás. Y es que era bella de verdad, así que

todas las puertas se le cerraron.

El maestro decía: «Tu búsqueda es auténtica, pero yo tengo que tener en cuenta también

a mis seguidores. Hay quinientos sannyasins; se volverían locos. Olvidarían sus meditaciones,

sus escrituras, todo. Te convertirías en el dios. Así que, Chiyono, no crees problemas a estos

pobrecillos, vete».

¿Y qué hizo Chiyono? No encontrando otra salida, se quemó la cara, convirtió en una

cicatriz toda su cara. Y entonces acudió a un maestro; él ni siquiera pudo discernir si era una

mujer o un hombre. Entonces fue aceptada como monja.

Estaba muy preparada. La búsqueda era auténtica. El accidente era merecido, se lo había

ganado. Estudió, meditó durante treinta, cuarenta años sin descanso. Entonces, de repente, una

noche, el desconocido llegó a su puerta...

De pronto las tiras de bambú que sujetaban el cubo se rompieron, y

el cubo se hizo pedazos. El agua se derramó, el reflejo de

la luna desapareció, y Chiyono se iluminó.

Ella iba mirando la luna, era preciosa. Hasta los reflejos son bellos, porque reflejan la

belleza absoluta. También es bello el mundo, porque es un reflejo de Dios. Así que no digas

que el mundo es feo. ¿Cómo puede ser feo el reflejo, cuando refleja la divinidad?

Por eso quienes dicen que el mundo es feo y renuncian a él se equivocan del todo, porque

si renuncias a este mundo, en el fondo estás renunciando al creador. No renuncies. Incluso un

rostro de mujer es bello, porque refleja. El rostro de un hombre es bello, el cuerpo es bello,

porque reflejan. Los árboles son bellos, los pájaros son bellos, porque reflejan. El reflejo es

tan bello... ¿qué podemos decir del original?

Por eso un buscador auténtico no está contra el mundo. Un verdadero buscador ama