Nido de hidalgos por Iván Serguéyevich Turguénev - muestra HTML

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NIDO DE HIDALGOS

Ivan Turguenev

CAPÍTULO I

Aquel claro día de primavera llegaba al ocaso. Muy alto, en el cielo, veíanse ligeras nubes rosáceas que, más que cernerse destacando sobre la tierra, parecían como confundidas con la inmensidad azul.

Junto a la ventana abierta de una linda casa situada en el extrarradio de O..., capital de la provincia -lo relatado acaece en el año 1842-, se hallaban sentadas dos damas: una de ellas representando tener alrededor de cincuenta años y la otra con apariencias de ser ya septuagenaria.

Era el nombre de la primera de estas damas María Dimitrievna Kalitine. Su marido, antiguo procurador del Gobierno, que en sus tiempos había alcanzado fama de reputado jurisconsulto, y que, por otra parte, se caracterizaba por su temperamento tenaz y enérgico, a la vez que astuto, había muerto hacía unos diez años. De niño había recibido una educación esmerada y más tarde cursó sus estudios en una Universidad. Nacido en un ambiente humilde, se impuso como deber llegar a conquistar una posición, a pesar de que para ello no contaba con otra base que su férrea voluntad. María casóse con él cediendo a impulsos de su amor, ya que además de ser un hombre en extremo inteligente era persona de agradable aspecto, apacible y, cuando él se lo proponía, extraordinariamente seductor.

María Dimitrievna --cuyo nombre de soltera era Pestova- había perdido a sus padres en edad temprana. Después de haber pasado algunos años en un colegio de Moscú, al terminar sus estudios fijó su residencia en su casa solariega de Pokrovskoïe, a cincuenta verstas de O..., junto con su tía y su hermano mayor. Poco tiempo después viéronse obligados a trasladarse a San Petersburgo, adonde su hermano había sido llamado para cumplir su servicio militar; y allí vivieron, sujetas ella y su tía a humillante dependencia, hasta que la muerte repentina de aquél vino a librarles de su tiranía.

María heredó Pokrovskoïe, mas vivió poco tiempo en ella. Un año después de su matrimonio con Kalitine -quien en pocos días había logrado conquistar su corazón -la posesión de Pokrovskoïe fue trocada por otra menos agradable y que incluso estaba falta de habitaciones, pero que resultaba de mayores rendimientos. Además, al mismo tiempo, Kalitine compró una casa en O... y en ella fijó con su mujer su residencia definitiva. Frente a la casa veíase un jardín ue se extendía hacia los campos que circundaban la población. "De esta manera no tendremos necesidad de trasladarnos a la campiña", había declarado Kalitine, quien, por otra parte, sentíase poco inclinado a gustar de los atractivos que ofrece la vida rústica.

María soñaba muchas veces con el regreso a su querida Pokrovskoïe para poder disfrutar de todos los encantos de que se hallaba rodeada, pero no se atrevía en manera alguna a contrariar el gusto de su marido, cuyo talento y experiencia del mundo era la primera en respetar y admirar. Y cuando Kalitine murió, después de quince años de matrimonio, dejándole tres hijos, dos niñas y un niño, María se hallaba tan acostumbrada ya a la vida que le brindaba, que ni por un pomento sintió la tentación de abandonar la ciudad de O...

En su juventud, María había sido una rubia muy linda; a los cinuenta años, su figura, por más que hubiese engordado algo, todavía postraba un contorno agradable. Antes que buena era sensible y, pese a su edad madura, conservaba aún toda la apariencia de una colegiala; tenía la misma irascibilidad de una niña mimada, al extremo de que prorrumpía en llanto cuando la contrariaban y, en cambio, demostraba ser amable hasta la exageración cuando veía satisfechos sus deseos. Su casa había llegado a ser considerada como una de las más bonitas de la población. Contaba con una respetable fortuna que, más que de su herencia, era producto del trabajo efectuado por su marido.

Vivía en compañía de sus dos hijas, y su hijo era pensionista en uno de los mejores colegios del Estado, en San Petersburgo.

La anciana señora que aparecía sentada junto a la ventana, al ido de María, era la misma tía, hermana de su padre, con la cual en otros tiempos había pasado algunos años de soledad de Pokrovskoïe. llamábase Marfa Timofeevna Pestova, y era tenida como una mujer original, como un espíritu independiente, que gustaba de proclamar siempre y en todas parte: la verdad. Aunque solamente dispusiera de recursos insignificantes, sabía comportarse de tal suerte que daba la impresión de que se trataba de una persona que tenía una fortuna a su alcance. En otros tiempos había detestado abiertamente a Kalitine, tal punto que cuando éste contrajo matrimonio con María Dimirievna, se refugió en su aldea, viviendo por espacio de diez años en una choza ahumada que pertenecía a un mujik. Marfa Timofeevna era de pequeña estatura, con cabellos aún negros, y caracterizábase por su aguda nariz y por sus ojos llenos de vivacidad; a pesar de sus años manteníase aún erguida y tenía por costumbre expresarse con claridad, valiéndose para ello de una voz tan fina como vibrante.

-¡Qué te ocurre, hija mía? preguntó de pronto la anciana señora a María-. ¿Por qué suspiras de esa manera?

-Ignoro a qué será debido -contestó la interrogada, y tras una pausa agregó- ¡Qué encantadoras son esas nubes!

-¿Es acaso la vista de ellas lo que te hace suspirar?

María no articuló palabra.

-¿Por qué no vendrá Guedeonovsky? murmuró en voz baja María, mientras movía las largas agujas que empleaba para tejer una gran banda de lana-. Suspiraría contigo, o bien nos entretendría con sus simplezas.

-¡Usted siempre gusta de hablar mal de él! Sergio Petrovitch es una persona respetable.

-¡Respetable! -insinuó con cierta malicia la anciana señora. -¡Fue tan buen amigo de mi difunto marido! -exclamó María-. ¡Aun hoy, le recuerda en alguno de sus relatos...!

No deja de ser perfectamente lógica tal conducta, si se tiene en cuenta que tu marido le había sacado más de una vez de situaciones apuradas -refunfuño María, y las agujas aceleraban su marcha.

-¡Sabe mostrarse tan humilde! -continuó la vieja señora-. Pero, a pesar de las canas que ennoblecen su cabeza, se puede afirmar que no abre la boca más que para decir una mentira o para referir un chisme. ¡Y pensar que tal hombre ostenta el cargo de consejero de Estado! ¡Bien se ve que es hijo de un pope.

La naturaleza humana nunca está libre de pecado, tía mía. Es indudable que Sergio Petrovitch está falto de educación, que no conoce el francés, mas a pesar de todo ello resulta un hombre agradable.

-¡Sí, sabe adularte! Que no conozca el francés no es ningún defecto grave... Yo misma hablo muy imperfectamente tal idioma. Pero, a mi ver, sería preferible que no conociere ninguna lengua, ya que así no podría mentir. Míralo; ahí lo tienes. Cuando uno habla del lobo, pronto sale del bosque -agregó Marfa.

Al oír las últimas palabras de su tía, María se arregló maquinalmente el peinado, mientras la anciana señora le dirigía burlona mirada, y exclamaba luego:

-¡Oh, querida! ¡Veo un cabello blanco en tu cabeza! Será preciso que llames la atención de tu Pelagia a fin de que cuide mejor tu peinado.

Usted no cambiará nunca, tía murmuró María, imprimiendo una intención agresiva a sus palabras.

-¡Sergio Petrovitch Guedeonovsky! -anunció un pequeño lacayo cosaco, apareciendo en el umbral de la puerta.

II

Un hombre entró. De alta estatura, su aspecto era distinguido. Después de saludar a la dueña de la casa y a Marfa se acercó de nuevo a María, cuya mano besó dos veces consecutivas con gran respeto. Sentóse luego, reposadamente, en una butaca y mientras se frotaba la punta de sus dedos preguntó sonriendo levemente:

-¿Está bien de salud Lisa Mikhailovna?

-Sí -respondió María-, se halla en el jardín.

-¿Y Elena Mikhailovna?

También está en el jardín. ¿Se cuenta algo nuevo?

-¡Ya lo creo! -respondió Guedeonovsky bajando los párpados y alargando los labios-.

Hay una noticia verdaderamente extraordinaria: ¡Feodor Ivanitch Lavretsky ha llegado!

-¿Fedia aquí? -exclamó Marfa-. Esta noticia es inventada por ti, querido.

Es cierta, señora. Le he visto con mis propios ojos.

Puedes haberte equivocado.

-Presenta mejor aspecto -añadió Guedeonovsky, haciendo caso omiso de la interrupción-. Sus espaldas son más recias, su color más sano.

-¿Presenta mejor aspecto? -repitió María, procurando acentuar las palabras-. ¿Cómo puede ser así?

Verdaderamente -repuso el recién llegado-, otro en su lugar no se habría atrevido a presentarse aquí.

-¿Y por qué motivo? -interrumpió vivamente María-. No comprendo a qué vienen las tonterías que estás diciendo. Él no hace más que retornar a su casa. Además, ¿por qué ha de ocultarse? ¿De qué se le puede acusar?

-Permítame usted que le diga, señora, que un marido es siempre culpable cuando su mujer no se porta como es debido.

Eso lo dices, querido, por la sencilla razón de que no te has casado aún.

En los labios de Guedeonovsky asomó una falsa sonrisa.

-Perdone mi curiosidad -exclamó, tras unos momentos de silencio-. ¿A quién va a ofrecer ese chal tan encantador?

María le lanzó una mirada impregnada de malicia.

Este chal va destinado -respondió ella- a una persona que no ha sido nunca amiga de chismes, que no sabe recurrir a la astucia y que jamás ha hecho alianza con la mentira.

Conozco bien a Fedia y por lo tanto puedo afirmar que solamente puede reprochársele una cosa: haber mimado con exceso a su mujer. Por otra parte, no hay que olvidar que él se casó por amor, y que los matrimonios nacidos del amor jamás conducen a una felicidad completa.

La anciana señora dirigió una mirada de reojo a María, y al mismo tiempo que se levantaba pronunció estas palabras:

-Y ahora, querido, quedas en libertad de criticar a quien te plazca, incluso a mí, puesto que me marcho para no estorbaros.

Dicho esto, Marfa se alejó.

-¡Permanece invariable! -exclamó María, sin apartar la vista de la anciana señora-.

¡Siempre será la misma!

-Su avanzada edad ya no da derecho a esperar ningún cambio -respondió Guedeonovsky- Ha hecho alusión a la astucia. Pero ¿quién no se siente astuto hoy día?

Es, por decirlo así, una norma que nos impone la corriente del siglo. Un amigo mío, persona muy respetable por el elevado cargo que ocupa, acostumbra decir a menudo:

"En nuestros días, incluso la gallina se ve obligada a echar mano de la astucia para lograr su grano". No obstante, siempre que la contemplo a usted, confieso que me creo obligado a hacer una salvedad y me digo: "¡Qué angelical criatura!" Permítame que bese su blanca mano.

María dejó escapar leve sonrisa, mientras tendía su gordezuela mano a Guedeonovsky, que la besó con cariño. Luego, María avanzó su butaca inclinándose ligeramente y preguntó en voz baja:

-¿Es cierto que usted ha visto a Lavretsky? ¿Y realmente presenta buen aspecto?

-Sí, señora, le he visto alegre y bueno -respondió Guedeonovsky, también en voz baja.

-¿Usted sabe por dónde anda actualmente su esposa?

No hace mucho que se encontraba en París. Ahora creo que se ha dirigido a Italia.

En realidad, la situación de Feodor resulta horrible. Es más: no sé cómo puede sobrellevarla. Es indudable que todos tenemos que soportar los martillazos de la adversidad, pero su deshonor ha alcanzado resonancia en toda Europa.

Guedeonovsky lanzó un suspiro.

-¡Es cierto! Se ha llegado a decir que ella contaba con un cortejo de artistas, de pianistas y de leones, como se les designa allí. Es decir: que tiene tratos con toda clase de gentes. Es una persona para la cual ya no existe la palabra pudor.

Es doloroso, verdaderamente doloroso -exclamó María-. Yo lo siento por Feodor, que es mi primo como usted ya debe saber.

-Sí, sí, ya estoy en antecedentes. ¿Puede serme desconocido cuanto se refiera a la apreciable familia de usted?

-¿Cree usted que él tendrá valor para presentarse en esta casa?

-Me inclino a suponer que eso es lo más probable. Según se dice, tiene la intención de acogerse a la vida del campo.

María, después de dirigir los ojos al cielo, profirió estas palabras:

-¡Ah, Sergio, con cuánta precaución debemos proceder siempre las mujeres! ¡Cuánta necesidad tenemos de ser prudentes!

No todas las mujeres son iguales, María Dimitrievna. Desgraciadamente, siempre se encuentra alguna que es ligera por temperamento... Además, la edad no pocas veces influye en ello... y sobre todo, la educación que se recibe desde la niñez...

-Es innegable que, desgraciadamente, se encuentran mujeres de tal condición.

Mamá, mamá -gritó una encantadora niña de unos once años que penetró corriendo en la habitación-. Mamá, ahí viene a caballo Vladimiro Nicolaevitch.

María se levantó, haciendo lo propio Sergio. Éste se inclinó hacia la jovencita y dijo:

-Mi saludo más respetuoso a la señorita Elena Mikhailovna. Despúés, discretamente, se refugió en un rincón.

-Monta un caballo soberbio -agregó la niña-. Acaba de pasar por delante de la puerta del jardín y nos ha dicho a Lisa y a mí que se detendría ante la escalinata.

En este instante oyóse ruido de herradura, y apareció en la calle un precioso caballo bayo, que se paró frente a la ventana que estaba abierta, obligado por su jinete, un elegante caballero.

III

-¡Buenos días! María Dimitrievna -gritó el jinete con voz tan simpática como sonora-.

¿Qué me dice usted de mi nueva compra? María se acercó a la ventana.

-¡Buenos días, Vladimiro! ¡Tiene usted un magnífico caballo! ¿A quién lo ha comprado?

-Lo he comprado en la remonta. ¡Y bien caro que me cuesta!

-¿Cómo le nombra usted?

-Orlando. Pero no me satisface este estúpido nombre y pienso cambiarlo por otro...

¡Quieto caballo! ¡Qué revoltoso!

El caballo daba muestras de impaciencia piafando, agitando su fina cabeza y moviendo su boca, cubierta de espuma.

No tengas miedo, Lenotchka; acarícialo cuanto gustes.

La jovencita extendió el brazo para poder acariciar al animal; éste se encabritó bruscamente y dio un salto de costado. Mas el jinete no perdió su sangre fría, apretó las rodillas, hizo crujir el látigo y, a pesar de la resistencia del animal, le obligó a volver junto a la ventana.

-¡Cuidado! ¡Cuidado! -repetía María.

-Lenotchka, puedes acariciarlo si te place. Yo no he de consentirle más sus caprichos.

De nuevo la niña extendió el brazo y tímidamente rozó la cabeza de Orlando, que tascaba su freno y se agitaba.

-¡Bravo! -gritó María-. Ahora apéese usted y entre.

El caballero, de un solo movimiento, volvió bruscamente el caballo y entró galopando en el patio. Apenas transcurridos unos instantes, hacía su entrada en el salón blandiendo aún el látigo. Simultáneamente, por el umbral de otra puerta asomaba una joven de talle esbelto y de hermosos cabellos negros, luciendo arrogante sus diecinueve primaveras.

Era Lisa, la hija mayor de María.

IV

El joven a quien acaba de conocer el lector se llamaba Vladimiro Nicolaevitch Panchine. Figuraba como agregado especial adscrito al Ministerio del Interior, en San Petersburgo, y había sido enviado con una misión oficial cerca del gobernador de O..., el general Sonnenberg, de quien era pariente lejano.

El padre de Panchine, capitán retirado de caballería, conocido como jugador, había tenido siempre el prurito de relacionarse con la alta sociedad. Pertenecía a los clubes ingleses de Moscú y San Petersburgo y llegó a alcanzar fama de hombre listo y agradable, aunque de fondo algo dudoso. Contra lo que daba derecho a esperar de su habilidad, estaba siempre expuesto a deslizarse por la pendiente de la ruina; por tal razón, la herencia que dejó a su hijo no pasaba de regular y aun hay que añadir que algunos de los bienes que la nutrían no estaban del todo libres de cargas. Es preciso proclamar, por otra parte, que se había preocupado en gran manera de la educación de su hijo, si bien aquélla resultó bastante incompleta gracias al criterio particular en que se inspiró. Vladimiro hablaba el francés con toda perfección, el inglés correctamente y el alemán de una manera muy defectuosa. A los quince años, Vladimiro sabía ya entrar en un salón sin azorarse, permanecer en él sin hacer el ridículo y despedirse en el instante más oportuno. Su padre le había procurado numerosas relaciones mientras barajaban las cartas en cualquier partida de juego, y si en ella su compañero era persona influyente, jamás dejaba pasar la ocasión de hablar de su Vladimiro. Este, por su parte, durante sus años de permanencia en la Universidad, entró en relación con compañeros que pertenecían a las familias más encumbradas de la sociedad; ello le ofreció la coyuntura de poder frecuentar los más elegantes salones, en los que era recibido con muestras inequívocas de simpatía.

Vladimiro era un joven de buena presencia, de carácter afable, temperamento alegre, dotado de buen humor, perfecto camarada; reunía, en fin, todas las cualidades que son necesarias para merecer el título de mozo encantador, de excelente camarada. La tierra prometida se abría para él. Pronto supo penetrar el secreto de la ciencia del mundo y las leyes a que éste obedece; tomó un aire grave, con sus ribetes de irónico, para hablar incluso de futilezas, y en cambio un tono despreocupado para hablar de cosas serias; bailaba bien, vestía a la moda inglesa, y en poco tiempo su reputación de hombre fino, agradable y perspicaz se extendió por toda la ciudad de San Petersburgo.

Ciertamente, Panchine era tan listo como su padre, con la ventaja de estar mucho mejor dotado. Tenía una voz agradable, facilidad para el dibujo, componía versos y sabía representar con cierta gracia. A los veintiocho años había llegado a la categoría de gentilhombre de cámara. Pensaba en el porvenir, muy seguro de sí mismo, de su talento y de su perspicacia. Conocía la psicología de los hombres y mejor aún la de las mujeres, y no ignoraba ninguna de sus debilidades. Amante de las bellas artes, mostraba entusiasmo, exaltación, fantasía al tratar de ellas, y aprovechaba cualquier oportunidad para permitirse libertades, sostener relaciones en todas partes y vivir sin obligaciones.

Vladimiro, en el fondo, era hombre frío y astuto y tenía el don de saber abarcar en todo momento, incluso en los más culminantes de sus excesos, los pormenores más recónditos; sin embargo, no pecaremos de exagerados si afirmamos que jamás hacía dejación de su dignidad, ni se envanecía de sus conquistas. Desde su llegada a O... fue presentado en casa de María y muy pronto fue considerado como una de las personas más adictas de sus salones. María se mostraba encantada de su amistad y le hallaba delicioso.

Panchine saludó muy amablemente a todas las personas que se encontraban reunidas en el salón: estrechó la mano de María Dimitrievna y de Lisa Mikhailovna, golpeó levemente en la espalda a Guedeonovsky y, girando sobre sus talones, se dirigió hacia Lenotchka, tomó la morena cabeza de ésta entre sus manos, y, con suavidad, la besó en la frente.

-¿Y no le asusta a usted tener que montar un caballo tan fogoso? preguntó María.

-¡Oh, no! ¡Si es un animal muy dócil! Temo mucho más a Sergio Petrovitch cuando juego con él; ayer llegó a despojarme por completo en casa de los Belenitzine.

Guedeonovsky se echó a reír con risa servil: le convenía lograr la protección del joven funcionario, favorito del gobernador.

En sus conversaciones con María Dimitrievna no dejaba de mencionar muy a menudo los méritos y cualidades incomparables de Panchine.

No puede uno menos que alabarle -decía-. Su éxito es notable aun en las más altas esferas de la sociedad; cumple a la perfección todas las tareas que le son confiadas y, sin embargo, no demuestra envanecerse de ello.

Aun sabiendo que se le consideraba, hasta en la misma San Petersburgo, como un excelente funcionario, hablaba siempre de su labor de una manera superficial, como conviene a un hombre de mundo que no debe dar importancia a ciertas cuestiones; pero en verdad que era muy activo y no dejaba de mano los asuntos por sencillos que ellos fueran. Los jefes reconocían sus poco comunes dotes y Panchine, por su parte, esperaba, sin apurarse por ello, que día habría de llegar en que le hicieran ministro.

Y sin prestar ya más atención a Guedeonovsky, se encaminó hacia el lugar en que estaba Lisa.

-Me ha sido imposible dar en la ciudad con la obertura de Oberon --comenzó por decir-. La señora Belenitzine me aseguró que en su casa encontraría toda la música clásica; pero, en realidad, excepción hecha de los valses y polkas, no tiene nada. En vista de esto he escrito inmediatamente a Moscú, y espero poder disponer de dicha obertura para dentro de ocho días. ¡Ah! -añadió-, ayer compuse una nueva melodía, cuya letra también me pertenece y deseo conocer su opinión sobre el valor que la misma puede tener. ¿Me permite que la cante? La señora Belenitze la encuentra muy bonita; mas ¡qué vale para mí su opinión! Es la de usted la que a mí me interesa... Aunque tal vez sea preferible aguardar para más tarde.

-¿Por qué esperar? ¿Por qué no ejecutarla en seguida? -dijo María Dimitrievna.

-Voy, gustoso, a complacerla -dijo Panchine con una dulce sonrisa.

Y sentándose al piano, después del breve preludio, cantó con voz suave y melódica esta romanza:

En lo alto del cielo,

entre nubes ligeras,

la Luna brilla;

y sus rayos rielan, juguetones,

en el inmenso mar...

Mi corazón, sufriendo por ti,

anhelando placeres y amar,

cobija también un amor

infinito en su dolor,

como el mar...

Mas tú, tan fría, tan quieta,

como esa Luna clara

¡te ríes de mi pena,

del amor y de la dicha!...

Panchine tuvo interés en que resaltara la segunda estrofa, a la que quiso dar una expresión especial. El ritmo del acompañamiento semejaba el murmullo de las olas del mar. El joven, al llegar a las palabras "como esa Luna clara" exhaló leve suspiro, entornó los ojos y cantó el resto de la última estrofa bajando el tono de voz: morendo.

Cuando hubo terminado, Lisa elogió la romanza, María declaró que resultaba una cosa "encantadora" y Guedeonovsky, por su parte, añadió:

-¡Magnífico! ¡Soberbio! ¡Son tan dignas de admirar la música como la poesía!

La obra del joven dilettante había gustado a todos los presentes. No obstante, detrás de la puerta del salón se encontraba un anciano que acababa de entrar y a quien, a juzgar por su aspecto taciturno, la melodía de Panchine, a pesar de la belleza que encerraba, no había causado ningún placer. Durante algunos instantes continuó inmóvil, sacudió con su inmenso pañuelo el polvo de sus botas, frunció las cejas, apretó los labios y curvando más sus espaldas ya de por sí curvadas, penetró cautelosamente en el salón.

-¡Buenos días, Cristóbal Fiodoritch! -gritó Panchine, el primero, yendo al encuentro del anciano-. Ignoraba que usted estuviera ahí, de lo contrario no me habrá atrevido a cantar mi romanza. No ignoro que usted no siente predilección por la música ligera.

Es que no he escuchado -contestó Cristóbal, expresándose en un ruso deficiente.

Dicho esto, el anciano saludó a todos y se preparó para dar su acostumbrada lección a la señorita Elena.

-Le ruego que nos acompañe un rato, después de la lección -dijo Panchine-; la señorita Lisa y yo nos proponemos tocar una sonata de Beethoven a cuatro manos.

Luego añadió:

-Lisa me ha enseñado la cantata que usted le dedicó. ¡Es una obra maestra! Sé apreciar más o menos la música seria; y aunque a veces me resulta pesada, no dejo de reconocer que es muy útil.

El anciano profesor, al oír la alusión que se hacía a su cantata, se puso colorado, dirigió una rápida mirada a Lisa y abandonó rápidamente el salón.

Al salir el profesor, María pidió a Panchine que cantara otra vez su melodía, pero él declaró que no se atrevía a molestar de nuevo al profesor alemán y, a su vez, rogó a Lisa que tocase con él la sonata de Beethoven.

María, conformándose con la negativa, lanzó un suspiro y dirigiéndose a Sergio le propuso un paseo por el jardín.

Guedeonovsky sonrió amablemente, complacido, tomó su sombrero e inclinándose ante los jóvenes salió con María. Ya solos, Panchine y Lisa, sin decir palabra, se sentaron al piano y se dispusieron a tocar mientras que del piso superior llegaban a sus oídos los ligeros acordes de las escalas tocadas por los aún inhábiles dedos de la pequeña Lenotchka.

V

Cristóbal Fiodor Gottlieb Lemme era un profesor dé música, un verdadero artista.

Nacido en 1786 en Chemnitz, en el reino de Sajonia, de padres músicos, a los cinco años de edad aprendía ya a tocar tres instrumentos; a los diez, a causa de haber quedado huérfano de padre y madre; se vio obligado a recurrir a la música para ganarse el pan diario. Por espacio de mucho tiempo se dedicó a la vida de bohemio, tocando en los más diversos lugares, hasta que llegó a formar parte de una orquesta, de la que más tarde fue nombrado director. No era un gran virtuoso de la música, pero la conocía a fondo.

A la edad de veintiocho años se dirigió a Rusia, llamado por un gran señor que tenía el prurito de contar con una orquesta, no precisamente por el amor que le inspiraba la música, sino para satisfacer su vanidad. Transcurridos siete años, el opulento señor se había arruinado y Lemme se vio obligado a abandonar la casa sin disponer de ningún ahorro.

Ante tal contrariedad -que para él representaba la miseria-, sus amigos le aconsejaron que volviera a Alemania, pero prefirió permanecer en Rusia, el "Eldorado" para los artistas. Durante unos veinte años, el músico alemán estuvo luchando por la vida, que en algunos instante fue muy dura para él. En medio del naufragio de sus ilusiones de artista sólo le sostenía en pie una idea: poder volver a su país natal. El destino, implacable, le negó este último placer; y al llegar a los cincuenta años, enfermo, envejecido prematuramente, se refugió en la ciudad de O..., en donde atendía a su sustento merced a lo que le producían algunas lecciones de música.

El aspecto exterior de Lemme no predisponía ciertamente en su favor. Era de pequeña estatura, encorvado, de hombros acusados, vientre hundido y enormes pies planos. Su rostro surcado de arrugas, las mejillas muy hundidas, y el obstinado silencio que casi siempre guardaba, contribuían a darle una expresión casi siniestra. Las contrariedades de todo orden con que había tenido que luchar habían dejado profunda huella en el rostro del pobre músico. No obstante, hay que proclamar que bajo la ruda corteza de aquel hombre, mejor diríamos aún, bajo aquella ruina ambulante, se descubría un fondo bueno y honrado como pocos.

Gran admirador de Bach y de Haendel, impulsado por su temperamento de artista, y dotado, por otra parte, de esa fuerza de pensamiento propio de la raza germana, Lemme habría podido alcanzar categoría de eminente compositor por poco que el Destino se le hubiese mostrado propicio. A pesar de haber escrito mucho, no logró tener el honor de ver interpretada ninguna de sus obras. Un día, hacía de ello ya mucho tiempo, uno de sus amigos y admiradores, alemán y pobre como él, había editado a su costa dos sonatas de Lemme; mas permanecieron ignorantes en las casas de música y a poco desaparecieron sin dejar rastro, como si hubieran sido sumergidas, en plena noche, en las aguas de profundo río.

Lemme acabó por resignarse con su destino. Pasaron los años y su ser se desecó, se endureció, como ya antes sus dedos se habían endurecido y desecado. En la sola compañía de una anciana criada que había sacado de un asilo (no se había casado) vivía pobremente en O... en una pequeña casita cercana a la de los Kalitine; paseaba y leía la Biblia, un libro de salmos y a Shakespeare en una traducción de Shlegal. Lemme no componía nada desde hacía mucho tiempo, pero Lisa, su mejor discípula, lo sacó de su inactividad logrando que preparase la romanza a que se había referido Panchine. La lectura de esta pieza, escrita para dos coros, la tomó de un salmo, al que añadió algunos versos de su invención. En la primera página de la obra se leían estas palabras:

"¡Únicamente poseen la verdad los puros de corazón! Cantata compuesta por el profesor C. T. G. Lemme y dedicada a su querida discípula Elisabeta Kalitine". Las palabras

"¡únicamente poseen la verdad los puros de corazón!" y "Elisabeta Kalitine" estaban rodeadas de ornamentos. Al final de la página figuraba esta nota: Für Sie allein (para usted sola).

Ahora el lector tiene la clave del porqué Lemme buscó la mirada, de Lisa y se puso colorado al saber que Panchine conocía su cantata. Ello le había sido muy doloroso.

VI

Panchine atacó con energía los primeros acordes de la sonata, mas Lisa no comenzó su parte. El se detuvo y se volvió hacia la joven. La mirada de ésta se fijaba en él con marcado descontento; no sonreía y su rostro aparecía grave, triste.

-¿Qué le pasa? preguntó Panchine.

-¿Cómo no ha cumplido su palabra? -contestó la joven-. Recuerde usted que, al enseñarle la romanza, le impuse como condición que no hablase de ella a Lemme.

-Perdóneme usted, Lisa, pero la casualidad ha querido... Usted ha contrariado al señor Lemme y le ha causado pena, y a su vez me ha contrariado a mí. Además, yo he perdido la confianza del maestro.

-Créame, Lisa, que ha sido algo superior a mi voluntad. No puedo ver a un alemán sin que sienta la tentación de hacerle rabiar.

-¡Por Dios, Vladimiro, no hable usted así! ¿Olvida usted que se trata de un anciano pobre, solitario, en quien se ha cebado la adversidad?

Panchine se turbó al oír estas palabras.

-Es verdad cuanto usted dice -exclamó-. Mi ligereza me lleva por este camino. Tal defecto me perjudica a menudo, al extremo de que me confunden con un egoísta.

Calló durante algunos instantes. En todas las conversaciones en que participaba Panchine, éste casi siempre terminaba por hablar de sí mismo, si bien lo hacía con tanta sencillez y naturalidad que no se llegaba a sospechar que hubiese en ello segunda intención.

-Aquí mismo, en esta casa -añadió Panchine, tras una pausa-, su mamá de usted se muestra muy atenta conmigo, pero en realidad aún no me ha sido dable descubrir la opinión que usted haya formado de mi persona. En cuanto a su tía, es evidente que no le resulto nada simpático, a buen seguro que la habré ofendido con alguna palabra imprudente y estúpida. ¿Verdad que no siente ningún afecto por mí?

-Sí; usted no es para ella persona simpática -respondió la joven, tras un segundo de vacilación.

Panchine recorrió rápidamente las teclas con sus dedos y a sus labios asomó una sonrisa apenas perceptible.

-Lo siento -dijo él-, pero ¿usted me juzgará también un egoísta?

Yo no le conozco a fondo, pero a pesar de eso, no le tengo por persona egoísta; al contrario, estoy reconocida a usted...

-Adivino lo que usted va a decirme -replicó vivamente Panchine, volviendo a recorrer las teclas-; me está agradecida por las notas y los libros que le traigo y, además, por los dibujos bastante mediocres que le ofrezco para su álbum, etc., etc. Pues bien: puedo hacer todas esas cosas y ser, sin embargo, un hombre egoísta. Voy a permitirme suponer que usted no se aburre en mi compañía y que, por otra parte, no habrá formado mal concepto de mí; no obstante, usted quizá crea que yo sacrificaría gustosamente... ¿cómo diría yo?, un buen amigo por una palabra agradable.

Usted tiene el defecto de ser algo distraído y ligero, al igual que todos los hombres de mundo -dijo Lisa-, pero no creo se le pueda reprochar nada más.

Panchine no pudo disimular un pequeño gesto de contrariedad.

-Bueno, no hablemos más de ello -objetó Panchine-. Si le parece bien, vamos a tocar nuestra sonata, pero antes permítame que le dirija un ruego, y es que no me llame usted

"hombre de mundo"; tal calificativo me resulta odioso. Anch'io sono pittore. Ahora voy a probarle que, aun cuando imperfecto, yo también soy un artista. ¿Vamos?

Vamos -contestó Lisa.

El primer adagio, a pesar de ciertas equivocaciones de Panchine, fue ejecutado con bastante perfección. Tocaba fácilmente sus propias composiciones y las piezas que había aprendido, pero leía la música con dificultad. Su segunda parte de la sonata, es decir, un allegro vivace, fue ejecutado deficientemente, a causa de que el joven perdió el compás casi desde sus comienzos. Entonces no pudo contenerse por más tiempo y dijo riendo:

-Verdaderamente, hoy no me encuentro en situación de tocar. Si Lemme ha llegado a oírnos, con seguridad que se habrá desmayado de horror.

Lisa se levantó, cerró el piano y dirigiéndose a Panchine preguntó:

-¿Qué vamos a hacer ahora?

-La pregunta que usted acaba de hacer la descubre por completo. Por lo visto, usted no puede permanecer inactiva. Ya que desea ocuparse en algo, si le parece, podremos dibujar mientras queda luz. Tal vez otra musa, la musa del dibujo -en este momento no me acuerdo de su nombre- se muestre más propicia conmigo. ¿Dónde ha colocado su álbum? Si mal no recuerdo, no acabé aún mi paisaje. Lisa fue a buscar el álbum a una habitación inmediata.

Panchine, al quedar solo, sacó de uno de sus bolsillos un fino pañuelo de batista, frotó con él sus uñas y, un poco de costado, contempló sus manos, blancas y bien cuidadas.

En el índice de la izquierda ostentaba una sortija en espiral.

Lisa regresó a poco y Panchine fue a sentarse junto a la ventana y tomó el álbum.

-¡Ah! -exclamó, cuando lo tuvo entre sus manos-. Observo que usted ha comenzado a copiar un paisaje y que le sale muy bien, extraordinariamente bien. Tal vez tan sólo las sombras no destacan como es debido. ¿Me hace el favor del lápiz?

Panchine comenzó a trazar algunos rasgos. Casi siempre dibujaba el mismo paisaje: árboles desgreñados, en primer término, luego una llanura y, al fondo, montañas.

Lisa lo miraba trabajar inclinada sobre su hombro.

En el dibujo, como en la vida, decía Panchine, inclinando la cabeza tan pronto a la derecha como a la izquierda-, la ligereza y la audacia son las condiciones primordiales del éxito.

En aquel momento, Lemme entró inesperadamente en el salón. Saludó cortésmente y se dispuso a salir de nuevo; pero Panchine, soltando lápiz y álbum, se apresuró a cerrarle el paso.

-¿Adónde va usted, mi querido Cristóbal? ¿No quiere acompañarnos a tomar el té? -le dijo.

No, me voy a mi casa, porque me duele la cabeza -contestó Lemme.

Le ruego se quede con nosotros. Discutiremos sobre la obra de Shakespeare.

-Me duele la cabeza -repitió el profesor.

-Sin contar con usted hemos intentado tocar una sonata de Beethoven -añadió Panchine, pasándole cariñosamente el brazo por la cintura y sonriendo-, pero ha sido imposible. Figúrese cómo estaría yo, que no podía tomar dos notas justas seguidas.

Hubiera sido preferible que hubiese usted cantado otra vez su romanza -replicó Lemme.

Y dicho esto, separó el brazo de Panchine y se marchó. Lisa corrió tras él y logró alcanzarle.

-Oiga usted, señor Lemme -le dijo en alemán-; confieso mi culpa con usted; perdóneme.

Lemme no articuló palabra.