Nido de hidalgos por Iván Serguéyevich Turguénev - muestra HTML

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-Si me he atrevido a enseñar la cantata de usted a Vladimiro Nicolaevitch es porque estaba segura de que sabría apreciarla. En efecto, le ha gustado mucho, muchísimo.

Lemme se detuvo y dijo en ruso:

-Eso no tiene nada de particular, además -agregó en su lengua materna-, no debe usted perder de vista que él no es más que un dilettante y no puede comprender nada.

¿No lo cree usted?

-Expresándose así no rinde a Panchine la justicia debida a sus méritos. Ha de saber usted que él lo comprende y sabe asimismo un poco de todo.

-Sí, pero no pasa de ser un amateur. La materia prima es de calidad inferior, el trabajo no es cuidadoso. Eso gusta, él mismo gusta, y esto le satisface. ¡Lo celebro mucho! Yo no debo incomodarme, mi cantata y yo somos dos viejos amigos imbéciles. Es verdad que se me ha vejado, pero eso no tiene ninguna importancia.

-Le ruego de nuevo que me perdone, Cristóbal Fiodoritch -repitió Lisa.

-Eso no tiene importancia, no tiene ninguna importancia -dijo él, en ruso -. Usted es una buena muchacha... Alguien viene a esta casa. Adiós. Usted es muy buena muchacha:

El anciano profesor se dirigió apresuradamente hacia la puerta, por donde entraba un señor desconocido para él. Siguiendo la norma de conducta que se había trazado, según la cual saludaba a todas las personas extrañas y se ocultaba de las que le eran conocidas, Lemme le dirigió un saludo muy cortés y desapareció tras del muro. El desconocido lo miró algo extrañado, pero en seguida se dio cuenta de la presencia de Lisa y se acercó a ella.

VII

Usted seguramente no me reconocerá -dijo el recién llegado, descubriéndose-, pero yo la reconozco a usted, a pesar de haber transcurrido más de ocho años desde que la vi por última vez. Usted era por aquel entonces una niña. Yo soy Lavretsky. ¿Se halla en casa su mamá? ¿Podré tener el honor de hablarle?

-Mi mamá experimentará un gran placer al verle a usted --respondió Lisa-; ella tenía ya noticia de su llegada.

Usted se llama Lisa, ¿verdad? preguntó Lavretsky en el instante en que se disponía a subir la escalera del vestíbulo.

-Sí, señor.

-Me acuerdo perfectamente de usted porque en fisonomía es de aquellas que no se pueden olvidar. Recuerdo que yo le traía bombones.

Lisa se puso colorada y pensó para sus adentros: "¡Qué persona más extraña!

El recién llegado se detuvo un instante en la antecámara. Lisa penetró en el salón, en donde resonaba la voz y las carcajadas de Panchine. Se hallaba refiriendo los chismes que corrían por la ciudad a María y a Guedeonovsky, que acababan de regresar del jardín, y reía el primero de lo que relataba.

Al enterarse de la visita de Lavretsky, María se turbó y palideció algo; luego, decidida, se dirigió a su encuentro.

-¡Buenos días, mi querido primo! -exclamó la dueña de la casa, con voz ungida de emoción. ¡Cuánto placer experimento en verle de nuevo!

-¡Buenos días, mi buena prima! -respondió Lavretsky, apretando cariñosamente la mano que se le tendía-. ¿Cómo está usted?

-Siéntese, siéntese, querido Feodor. ¡Ah! ¡Qué dichosa soy de verle a usted!

Permítame ante todo que le presente a mi hija Lisa.

-Yo mismo me he presentado ya -contestó Lavretsky.

-El señor Panchine... El señor Sergio Petrovitch Guedeonovsky... Mas, siéntese; se lo ruego... Le estoy viendo y a pesar de ello no puedo dar crédito a mis ojos ¿Cómo se encuentra usted de salud?

-Perfectamente bien, como usted misma puede verlo. Con respecto a usted, casi casi me atrevería a decir que la encuentro más joven que cuando la vi la última vez, hace ocho años.

-¡Oh! ¿Es posible? ¿Hace ya tantos años que no nos habíamos visto? -repuso María, con la misma expresión de dulzura que si despertara de un sueño-. ¿De dónde viene usted ahora? ¿En dónde vivía? ... ¿Piensa usted permanecer entre nosotros mucho tiempo?

Vengo de Berlín -contestó Lavretsky- y me propongo salir mañana mismo para el campo.

-Naturalmente, residirá usted en Lavriki.

No. Poseo una pequeña quinta a veinticinco verstas de aquí y en ella es donde pienso residir.

-¿Acaso la quinta que heredó usted de Glafira Petrovna?

-La misma.

-¡Sin embargo, Feodor, usted tiene una bella morada en Lavriki! La fisonomía de Lavretsky se ensombreció un poco y dijo:

-Cierto; pero en mi otra posesión existe una pequeña casita que me conviene por el momento y, en verdad que no dejará de ofrecerme las más indispensables comodidades.

María se turbó de nuevo, a tal extremo que hubo de enderezarse en su sillón y afianzar sus codos para sostenerse. Panchine vino en su auxilio cuidando de entablar conversación con Lavretsky. María, que iba serenándose por momentos, dirigía tan sólo de vez en cuando alguna pregunta a su huésped. Éste, al verla en aquel estado de postración, no pudo contener su impaciencia y algo bruscamente le preguntó:

-¿No se encuentra usted bien, prima?

-Sí, gracias a Dios. Pero ¿por qué me lo pregunta usted?

-Me pareció verla algo indispuesta, postrada.

María le miró con aire digno, un tanto ofendida por su brusquedad.

-Hete aquí -se decía María- que cualquiera otro en tu caso hubiese muerto de dolor y tú, como si nada te hubiera ocurrido, aún te has llenado de grasa... ¡Mas si él es así, a mí que me importa!

María, que en su salón se expresaba siempre con términos escogidos, no se privaba de emplear los más vulgares en sus soliloquios. Lavretsky aparecía en actitud serena, sin que se notaran en él las huellas que los pesares dejan siempre en las personas víctimas del cruel destino.

Su aspecto exterior acreditaba un perfecto estado de salud y proclamaba un gran vigor fisico. La única excepción la constituían sus ojos, que unas veces parecían expresar melancolía y otras fatiga, y su voz de tono ligeramente apagado.

Mientras Panchine se esforzaba en sostener la conversación, que giraba en torno a asuntos esencialmente industriales, se oyó la voz de María Timofeevna detrás de la puerta entreabierta. La anciana se ñora penetró rápidamente en el salón y besó en seguida a Lavretsky sin que éste tuviera el tiempo preciso para levantarse.

-¡Pero si es Fedia! ¡Sí, es Fedia! ¡Deja que te contemple, deja que te contemple!

-exclamó la recién llegada-. Te encuentro muy bien. Aunque hayas envejecido algo, se puede decir que no te has afeado. ¿Verdad que no te has acordado de preguntar si aún vivía tu vieja tía? Y, no obstante, yo te he visto nacer. Pero tu olvido no tiene importancia. ¿Por qué habías de acordarte de mí? Has hecho muy bien en decidirte a venir. Dime, querida -continuó, dirigiéndose a María-, ¿le has invitado a tomar algo?

-¡Oh!, no quiero nada, absolutamente nada -exclamó vivamente Lavretsky.

-Espero que cuando menos tomarás una taza de té con nosotros. ¡Por Dios! Viene a vernos y no sabéis ofrecerle una taza de té. Y ahora recuerdo que, siendo niño, eras muy glotón y es de creer que hoy no despreciarás los buenos bocados.

En aquel momento, Panchine se adelantó hacia la anciana, perdida en su alegría, y se inclinó profundamente ante ella.

-Excúseme usted -le dijo la anciana, contestando a su saludo-. En mi emoción, no le había visto. -Y dirigiéndose a Lavretsky, continuó:

-¡Oh, qué parecido eres a tu difunta madre! Solamente tienes la nariz como tu padre.

Y ahora, una pregunta: ¿permanecerás mucho tiempo a nuestro lado?

No, mi querida tía, parto mañana.

-¿Hacia dónde?

-Hacia mi casa, a Vassilievskoïe.

Bien, sea mañana, si así te conviene y que Dios te acompañe. Tú ya debes saber lo que te conviene, pero es necesario que no te olvides de mí.

La anciana señora hizo una pausa, acarició las mejillas de Lavretsky y luego prosiguió:

No creía poder verte de nuevo. No es que me sienta próxima a morir, no, todavía alimento la esperanza de vivir algunos años más. Es tradición que los Pestoff gozamos de vida larga, tanto que tu abuelo tenía por costumbre decir que vivíamos dos existencias. Pero nadie sabía el tiempo que permanecerías aún en el extranjero. A juzgar por tu aspecto exterior, eres el hombre robusto de otras veces. Aseguraría que sigues levantando diez arrobas con una sola mano. Hablando entre nosotros, bien puedo decir que tu padre estaba falto de sentido común, pero a pesar de ello no pudo estar más acertado al ponerte bajo los cuidados de un preceptor suizo. ¿Te acuerdas cómo luchabais los dos al practicar un ejercicio al que, si no ando equivocada, le dabais el nombre de gimnasia? Pero observo que no hago más que privar de hablar al señor Panchine (al pronunciar este nombre siempre acentuaba la última sílaba). Vámonos a la terraza, en donde tomaremos el té. Te daremos a probar una crema excelente, superior a la de vuestro Londres y de vuestro París. Vamos, vamos, mi pequeño Fedia, dame tu brazo. A esto sí que se le puede llamar un brazo robusto, y no hay que temer la caída contando con él.

Todos los allí presentes se levantaron y se encaminaron hacia la terraza, salvo Guedeonovsky, que se alejó furtivamente. Durante la conversación de Lavretsky con la dueña de la casa, Panchine y Marfa, habían permanecido quietos en un rincón, escuchando atentamente con infantil curiosidad, entornados sus ojos y apretados sus labios, sin perder sílaba ni gesto, preparándose concienzudamente a extender por toda la ciudad la nueva de la llegada de Lavretsky.

Aquella misma noche, a las once, he aquí lo que ocurría en la mansión de los Kalitine.

En la planta baja de la casa, aprovechando un momento propicio, Vladimiro Nicolaevitch Panchine se despedía de Lisa, expresándose en estos términos, mientras retenía la mano de la muchacha:

Usted no ignora qué es lo que a mí me atrae aquí y por qué vengo sin cesar a esta casa; es inútil que hablemos cuando todo aparece tan claro.

Lisa no respondió. Sin sonreír, un tanto ruborizada, enarcando ligeramente las cejas, miraba con insistencia el suelo, mas sin tratar de retirar la mano de las que la aprisionaban.

Arriba, en la habitación de Marfa, iluminada por una pequeña lámpara, suspendida ante antiguos iconos, se encontraba Lavretsky sentado en un sillón, apoyados los codos en las rodillas y teniendo oculta la cara entre sus manos; la anciana señora, en pie y en actitud silenciosa, pasaba de vez en vez dulcemente la mano por los cabellos del recién llegado, que permaneció más de una hora junto a ella después de haberse despedido de María Dimitrievna.

Durante este tiempo ninguno de los dos articuló palabra. ¿Para qué hablar y para qué entretenerse en hacer preguntas si ella no solamente lo comprendía todo, sino que tomaba parte en todos los sufrimientos que llenaban el corazón de Lavretsky?

VIII

Feodor Ivanitch Lavretsky (el lector permitirá que interrumpamos durante algunos instantes nuestro relato) pertenecía a una rancia familia aristocrática. El primero de sus antepasados era oriundo de Prusia, de donde llegó reinando Wassili el Ciego, quien, como premio a sus servicios, le concedió doscientas hectáreas de tierra en el Alto Bejetsky. Muchos de sus descendientes estuvieron a las órdenes de poderosos príncipes y fueron enviados como voivodas a las provincias fronterizas, si bien ninguno de ellos alcanzó categoría superior a la de stolnik ni llegó a poseer gran fortuna. El más influyente y el más célebre de los Lavretsky fue Andrés, el bisabuelo de Feodor, hombre rudo, atrevido, inteligente y astuto, del que aún se recuerda su despotismo, su irritable carácter, sus locas prodigalidades y su avaricia insaciable. Había elegido una mujer digna de él, violenta, vengativa, igual en todo a su marido. De ella tuvo a Pedro -abuelo de Feodor-que por cierto no se parecía en nada a su padre. A la muerte de éste contaba treinta años de edad, y se encontró en posesión de una extensa propiedad con más de dos mil siervos.

Pero no tenía temperamento para saber conservarla y pronto disipó una gran parte de su fortuna; y no hizo solamente esto, sino que pudo atribuirse la triste gloria de haber dispersado completamente a su vasta servidumbre.

La mujer de Pedro Andrevitch era una dulce e insignificante criatura; él no la había elegido, sino su padre entre las familias de la vecindad. Ana Pavlovna, que así se llamaba la esposa de Pedro, no se ocupaba en nada, absolutamente, concretándose a recibir amablemente a los innúmeros invitados de su marido. Mostrábase voluntariosa y complaciente para todo el mundo, por. más que aquello que juzgaba su obligación era para ella, según lo declaraba, la "misma muerte".

De su matrimonio había tenido dos hijos: Iván, o sea, el padre de Feodor, y una hembra que recibió el nombre de Glafira. El hijo fue educado en casa de una tía suya, solterona y muy rica, la princesa Koubenskaia, que había prometido nombrar a su sobrino heredero universal de todos sus bienes (condición sin la cual el padre no hubiera dejado partir al muchacho), y ella le vistió como a una muñeca, le proporcionó numerosos profesores y le dio un preceptor francés, ex abate y discípulo de Juan Jacobo Rousseau. Se llamaba Courtin de Vaucelles y era un hombre astuto, aunque educado y encantador; la princesa le apodaba "La dulce flor de la emigración" y acabó, a los sesenta y dos años, por desposarse con "La dulce flor", nombrándole su legatario universal. Poco después, llena de afeites, perfumada de ámbar a lo Richelieu, murió extendida sobre un diván estilo Luis XV, con una esmaltada tabaquera en una de sus manos y rodeada de perros y parlanchinas cotorras. Su marido la había abandonado llevándose la mayor parte de su fortuna.

Diecinueve años contaba Iván al acaecerle tan inesperado contratiempo (la boda, no la muerte de su tía) y optó por regresar a la casa paterna, ya que la vida de San Petersburgo, en la que había crecido, se hallaba vedada para él y no hallaba ningún interés en lograr un puesto en la administración del Estado, porque era preciso comenzar por los empleos más subalternos y dificiles. El nido paterno le pareció impropio y miserable. El sombrío aislamiento de la vida en la estepa le hacía sufrir. Toda su familia, excepto su madre, le tenía mala voluntad. Su padre no podía soportarle sus costumbres ciudadanas, sus fracs, sus chupas, sus libros, su flauta. Su gusto por la higiene y la comodidad disgustaba asimismo al anciano, que se quejaba continuamente de él. "Todo lo nuestro le desagrada, decía, no come apenas, el olor de los sirvientes le molesta, el calor de las habitaciones le incomoda, como la vista de un hombre ebrio; no puede nadie pelearse en su presencia. No quiere ocuparse en nada y su salud es escasa. Ya veis qué delicia. Y todo ello parece que se lo debe a un tal Voltaire". Pedro Andrevitch odiaba especialmente a Voltaire y a Diderot, aun sin conocer ninguna de sus obras, ya que no era leer su misión.

Y Pedro tenía en parte razón: el joven Iván estaba impregnado de Voltaire y Diderot, tanto como de Rousseau, de Helvetius, de Raynal y otros; mas sólo su cabeza. Su preceptor, ex abate y enciclopedista, le había enseñado en bloque, sin profundizar, toda la sabiduría del siglo XVIII, y tal ciencia subsistía en él sin mezclarse con su sangre, sin penetrar en su alma, sin ser para él artículo de fe, convicción viviente.

Los huéspedes habituales de la casa paterna sufrían también con la presencia de Iván, Éste los despreciaba ostensiblemente y le tenían miedo.

Y hasta Glafira, la hermana mayor, se sintió contrariada con la vuelta de Iván. Era Glafira una criatura singular, feúcha, contrahecha, flacucha, con ojos inmóviles, de mirada dura; de boca pequeña y contraída. Recordaba en todo a su abuela, la mujer de Andrés. Por su carácter absoluto y autoritario jamás había querido casarse. Ya se ha dicho que la vuelta de su hermano la contrarió, ya que en su ausencia había contado con heredar cuando menos la mitad de los bienes de su padre; por su avaricia también se asemejaba a su abuela. Además, Glafira estaba celosa de su hermano; él era distinguido, educado; hablaba a la perfección el francés, con puro acento parisién, mientras que ella, a duras penas podía decir: "Bonjour, comment vous portezvous? " Verdad que tampoco su padre ni su madre conocían una sola palabra de tal lengua, pero eso no era un consuelo.

Iván no encontraba remedio para su hastío. Sólo junto a su madre hallaba consuelo; y con ella pasaba horas enteras escuchando sus sencillas palabras y comiendo golosinas.

Entre las sirvientes que Ana Pavlovna tenía a sus órdenes, se encontraba una llamada Melania, joven muy linda, de ojos dulces, de finos rasgos, pura y de gran corazón. Los dos jóvenes notaron pronto que el imán del amor atraía sus corazones y la linda muchacha, que amaba a Iván como sólo las rusas saben amar, no tardó en ser suya. Toda la población supo bien pronto las relaciones que unían al joven señor con Melania y la noticia fue también conocida de Pedro Andrevitch. "¡Buena ocasión para confundir al elegante filósofo!", se dijo el padre, e inmediatamente dispuso que la joven sirvienta fuese encerrada y que el hijo compareciera ante su presencia. Inútil fue que la esposa quisiera calmarle. En medio de una tempestad de gritos y de amenazas, le echó en cara su incredulidad, su hipocresía, su inmoralidad. Gustoso se vengaba en el joven de la decepción que le había ocasionado la princesa Koubenskaia y le lanzó un torrente de injurias.

Iván, no sin violentarse interiormente, guardó silencio hasta oír que su padre le amenazaba con un castigo infamante. Entonces no pudo contenerse más y en actitud tan digna como altiva dijo a su padre que era injusto al acusarlo de inmoralidad, ya que estaba dispuesto a reparar su falta por el único procedimiento que puede poner en práctica una conciencia honrada, es decir: casándose con Melania. Ante tal afirmación, el padre, encendido en ira, se arrojó con los puños levantados sobre el hijo, que ese día -como si lo hubiese hecho adrede-, se hallaba vestido elegantemente, con frac a la inglesa, pantalón de ante y botas con vueltas. Ana Pavlovna, al ver la actitud de su marido, lanzó un grito y ocultó la faz entre sus manos, mientras que el joven no dudó un instante: huyendo a todo correr, atravesó, sin volverse a mirar siquiera, la casa, la terraza, el jardín y la huerta y ganó el camino. Y por él corrió hasta el momento en que dejó de percibir los pesados pasos y las vociferaciones de su padre.

-¡Detente, malvado! -gritaba el padre-, ¡detente o te maldigo! Mas el joven no se detuvo y buscó refugio en la casa de un propietario vecino.

Pedro volvió a su casa sin fuerzas, cubierto de sudor, y, sin apenas poder hablar aún, declaró que retiraba a su hijo su bendición y su herencia. Los absurdos libros de Iván ordenó que fueran quema dos y dispuso que la sirvienta Melania fuese desterrada a un lugar lejano. Humillado y furioso, el joven juró vengarse de su padre, y enterado de sus propósitos, se ocultó sigilosamente para poder detener el carro que conducía a la joven, se apoderó de ella a viva fuerza y la condujo precipitadamente a la población más cercana, en donde se casaron.

Al día siguiente Iván escribió a su padre una carta fría e irónica, aunque cortés, y partieron hacia la aldea en que vivía su primo en tercer grado, Demetrio Pestoff, en compañía de su hermana Marfa, a la que ya conoce el lector. Les contó al detalle todo lo que le estaba ocurriendo, declaró su intención de buscar un empleo en San Petersburgo, y terminó suplicándoles que dieran asilo a su mujer, a lo que accedieron gustosos Demetrio y Marfa, dos buenas almas que sólo se complacían en hacer el bien. Con ellos permaneció Iván tres semanas, esperando impaciente una respuesta de su padre, respuesta que no llegó ni podía llegar.

Al enterarse Pedro Andrevitch del matrimonio de su hijo, cayó enfermo y dio la orden de que jamás volviera a pronunciarse en su presencia el nombre de Iván. La buena madre, dejándose llevar del profundo amor que sentía hacia su hijo, le mandó quinientos rublos, por medio de un mensajero, a la vez que un icono para su nuera. No osó escribirle, pero encargó que le pusieran de manifiesto que, con la ayuda de Dios, esperaba transformar la cólera de su marido en clemencia y que enviaba su bendición maternal a Melania, a pesar de no ser ésta la nuera que para su hijo hubiera deseado.

Iván se encaminó a San Petersburgo, donde le aguardaba un porvenir incierto. Partió con el corazón alegre, siquiera porque le era dable abandonar la vida del campo, que detestaba hasta lo inaudito. En aquellos instantes, la satisfacción del deber cumplido, de un triunfo alcanzado, de un orgullo satisfecho, llenaban su corazón. No le causó mucho pesar separarse de la que era su mujer; quizás hubiera sufrido más de haberse quedado junto a ella. Y terminado aquel asunto, fuerza era dedicarse a otro.

En San Petersburgo, a despecho de sus propias suposiciones, la suerte le favoreció. La princesa Koubenskaia, antes de morir, había podido reparar su falta con su sobrino y, con su valiosa recomenda ción, le dejaba cinco mil rublos (quizá sus últimos recursos) y un reloj ornado con sus iniciales rodeadas por una guirnalda de amorcillos, y aún no habían transcurrido los tres meses desde su permanencia en San Petersburgo cuando fue nombrado para ocupar una plaza en la Embajada rusa de Londres, hacia donde partió en el primer navío que pudo admitirle a su bordo.

Pocos meses después de ocupar su destino, recibió una carta de Pestoff, en la que se le comunicaba el nacimiento de un hijo, venido al mundo en la aldea de Pokrovskoïe el día 20 de agosto de 1807. Al niño se le había impuesto el nombre de Feodor. En la carta aparecían algunas líneas de su esposa, pocas, dado el estado de debilidad en que se hallaba, pero las suficientes para que Iván se sorprendiera, ya que él ignoraba que, gracias a Marfa Timofeevna, su mujer había aprendido a escribir.

Iván no se abandonó mucho tiempo a la dulce emoción de la paternidad, ya que por aquellos días andaba atareado en hacer la corte a una de las más famosas Frinés o Lais de la época. (Eran los tiempos en que aún imperaban los nombres clásicos). Acababa de firmarse el tratado de Tilsitt, y todo el mundo se hallaba poseído por la fiebre del placer.

Una preciosa muchacha de juguetones ojos negros le había trastornado la cabeza. No era rico, es cierto, pero tenía suerte en el juego, veía aumentar el número de sus relaciones y se le invitaba a todas las partidas de placer; en pocas palabras, se podía decir de él que le era dable navegar a toda vela.

IX

El viejo Pedro Andrevitch Lavretsky no se decidía a perdonar a su hijo su matrimonio.

Si el joven, transcurridos algunos meses, hubiese implorado la gracia de su padre, sin duda la habría obtenido, pero Iván parecía dar al olvido todo lo que pudiese girar en torno a esta reconciliación.

Cada vez que la esposa de Pedro trataba de inclinar a su marido al perdón, obtenía la misma respuesta:

-¡No me hables de perdonar! Ese bribón puede dar gracias a Dios de que no lo haya maldecido; mi difunto padre, en mi lugar, le habría dado muerte con sus propias manos y habría hecho muy bien.

Por lo que respecta a la esposa de Iván, el viejo, en un principio, no podía sufrir que se hablase de ella en su presencia; tanto es así, que una vez que la familia Pestoff le escribió una carta en la que le hacía alusión a su nuera, contestó diciendo que no conocía ninguna nuera suya. Más tarde, al tener noticia del nacimiento del niño, su corazón se enterneció; quiso saber noticias de la madre e incluso le mandó dinero, aunque procurando ocultar su nombre. Apenas contaba el niño un año cuando Ana Pavlovna cayó enferma de gravedad.

Viendo próximo su fin, suplicó a su marido, con lágrimas en los ojos, que ya comenzaban a apagarse, que le permitiera despedirse de su nuera y bendecir a su nieto. El esposo, dominado por la emoción, accedió al ruego y dio instrucciones para que rápidamente fueran en busca de su nuera, que al fin se presentó acompañada de su hijo y de Marfa.

Melania entró medio muerta de miedo en la habitación donde se hallaba Pedro Andrevitch, y tras de ella la nodriza conduciendo al pequeñuelo. Pedro la miró sin decir palabra y la joven se le aproximó temblorosa, asió su mano, y tímidamente depositaron en ella sus labios un débil beso.

Buenos días, nueva aristócrata -dijo él tras un penoso silencio-. Vamos a ver a la enferma.

Y levantándose, se inclinó sobre el pequeño Fedia. El niño, sonriendo, le tendió sus débiles bracitos. El anciano se emocionó.

-Mi pobre chiquitín -dijo-. Por ti, sólo por ti perdonaré a tu padre. No, no te abandonaré.

Tan pronto como Melania penetró en la alcoba de Ana Pavlovna, junto al umbral, se arrodilló. La pobre enferma le dio a entender que se acercase, y una vez la tuvo a su lado, la abrazó y bendijo al pe-queñuelo. Después, dirigiendo la vista hacia su marido, intentó hablar.

Adivino lo que vas a decirme -exclamó Pedro-. No sufras más; Melania se quedará en casa y perdonaré a Vanka.

Ana Pavlovna, haciendo un supremo esfuerzo, cogió la mano de su marido y la besó.

Aquella misma noche dejó de existir.

Pedro Andrevitch hizo honor a su palabra. Comunicó a su hijo que en memoria a su difunta madre y en atención al inocente Feodor, le enviaba su bendición y que además había autorizado a Melania para vivir en la casa paterna.

En un principio la situación de la joven fue muy penosa, hasta que en forma lenta y gradual supo adaptarse a lo que exigía el temperamento de su padre político. Este, por su parte, llegó a convivir bien con su nuera e incluso a tomarle cariño; pero, a pesar de todo, nunca, o casi nunca le hablaba y aun a veces se echaba de ver que al afecto que sentía por ella se juntaba una sombra de involuntario desdén.

Mas la persona que contribuyó a hacer penosa la vida de Melania fue su propia cuñada, que ya en vida de su madre, poco a poco, había ido monopolizando la dirección de la casa. Todos le obede cían, sin exceptuar a su mismo padre, tanto era así que no se podía disponer ni de un terrón de azúcar sin contar con su consentimiento. ¡Y qué mujer, Dios mío! Hubiera preferido morir antes que ceder un ápice de su poder a otra condueña de casa, y tratándose de su cuñada, ni pensar que pudiera renunciar a su dominio. El matrimonio de su hermano la había indignado más aún que a su mismo padre, y por tal motivo concibió la idea de tener constantemente sojuzgada a la que ella llamaba "la advenediza", no perdonando ningún medio para humillarla. Melania, desde su instalación en la casa, fue considerada como una esclava por parte de Glafira y no pasaba día sin que ésta recordase a aquélla su origen. Alegando como razón poderosa que no era capaz de ocuparse en la educación de su hijo, se lo quitaron de sus brazos y casi casi llegaron a prohibirle que lo viera; el niño quedó bajo la exclusiva vigilancia de Glafira.

Melania, temperamento tímido por excelencia; en vista de la enorme contrariedad que pesaba sobre su corazón de madre, en las cartas que dirigía a su marido no hacía más que suplicarle que regre sara lo más pronto posible. Iván le prometía acceder a sus ruegos, pero nunca se decidía a cumplir sus promesas.

Hasta el año 1812 no se reintegró al hogar paterno. Padre e hijo, al hallarse frente a frente después de seis años de separación, se abrazaron con la mayor efusión, dando al olvido sus pasada discordias.

En aquellos días se cernía sobre Rusia un peligro de trascendencia histórica: el país en masa se alzaba contra el enemigo y ambos sintieron en sus arterias los latidos patrióticos de su sangre rusa, y Pedro, llevado de su amor a Rusia, equipó a sus expensas un regimiento de voluntarios. Terminó la guerra, desapareció el peligro, e Iván se sintió dominado de nuevo por el aburrimiento, ya que él sólo soñaba con la sociedad que había abandonado. Su esposa no reunía los atractivos necesarios para poder retenerle a su lado.

Melania pasó por la dolorosa prueba de ver que su marido no se dignaba interceder a fin de que le fuera devuelto su hijo, y poseída de honda pena se extinguió en pocos días, sin que sus labios pronun-ciaran una sola palabra de maldición. Incapaz de resistir a nada ni a nadie, no se atrevió a luchar ni con su mal. A punto de exhalar el postrer suspiro, miraba a Glafira con dulce sumisión, y lo mismo que Ana Pavlovna, al morir, había besado la mano de Pedro, Melania, en su lecho de muerte, besó la mano de Glafira y le recomendó al hijo de sus entrañas. Así terminó la vida de tan dulce criatura.

Arrancada violentamente del suelo que la había visto nacer, se marchitó y desapareció pronto sin dejar apenas huella alguna de su paso y sin que nadie lamentara su muerte.

A decir verdad, los únicos que la echaron de menos en la casa fueron Pedro y los domésticos, sobre todo el primero. Quiso el destino que éste no sobreviviera mucho a su nuera y cinco años más tarde, en el invierno de 1819, murió apaciblemente en Moscú, adonde se habían trasladado en unión de Glafira y su nieto. Pedro, antes de expirar, mostró deseos de ser enterrado al lado de su mujer y de Melania.

Al ocurrir la muerte de su padre, Iván se encontraba en París con el exclusivo objeto de disfrutar de los placeres que brinda la capital francesa; en seguida formó el propósito de trasladarse a Rusia, en donde le reclamaban dos asuntos de capital interés: la administración de sus dominios y la educación de su hijo, que acababa de cumplir doce años.

X

Iván Petrovitch regresó a Rusia convertido en un verdadero anglómano. Cortos los cabellos, ajustado el pantalón, con verde redingote de largos faldones, con múltiples vueltas en su corbata; la expresión altanera, el aspecto serio y desenvuelto a la vez; pronunciando las palabras sin separar los dientes, riendo bruscamente, sin transición, con ausencia total en su rostro de atractiva sonrisa; sus discursos versaban tan sólo sobre política o economía y, por si todo eso fuera poco, una desmedida pasión por el bistec sangriento y por el vino de Oporto le dominaba. En fin, parecía estar saturado complemente de espíritu inglés. Mas, aun siendo un anglómano, regresaba también hecho un verdadero patriota, a pesar de que no se recataba en declarar que conocía muy poco Rusia, que él no tenía ninguna costumbre rusa y hablaba la lengua maternal en forma asaz curiosa. En la conversación corriente, sus pesadas y triviales frases estaban llenas de barbarismos.

Iván Petrovitch había traído consigo un cierto número de proyectos y planes referentes a la forma de mejorar la gestión de los empleados en los asuntos del Estado.

De todo se quejaba, más particularmente de la ausencia de un sistema, y ya en la primera entrevista que tuvo con su hermana le declaró la intención de reformar por completo la administración de sus dominios; un nuevo sistema iba a ser implantado.

Glafira nada respondió; apretó sus labios y pensó: "Y yo ¿qué pito tocaré en tal asunto?"

Mas cuando se vio instalada en el campo con su hermano y su sobrino, no tardó en tranquilizarse, ya que desde el mismo día de la llegada no le faltaron ocupaciones; las bocas inútiles fueron bien pronto eliminadas y se dio orden de vedar la entrada en la mansión a los visitantes de antaño. Un vecino lejano, un barón rubio y escrofuloso, sumamente distinguido y sumamente tonto, vino a recobrar su plaza, mas fue en vano.

Nuevos muebles sustituyeron a los antiguos. Nuevas costumbres fueron implantadas: el desayuno no se sirvió como antes, y vinos extranjeros, de marca, reemplazaron con ventaja al vodka y a los licores caseros. Se dotó a la servidumbre de nuevas libreas y al antiguo blasón de familia se le agregó esta divisa: In recto virtus. Mas, pese a todo ello, la autoridad de Glafira continuó intacta: como en el pasado, ella dirigía las compras y las ventas, y un ayuda de cámara, alsaciano, que Iván había traído del extranjero y que trató de luchar, fue vencido y hubo de despedirse. La administración del dominio, en la que Glafira se había igualmente ocupado antes, quedó tal como estaba, a pesar de los esfuerzos de Iván para poner orden en tal caos y hubo de contentarse con aumentar un tanto las cargas de servidumbre y obligar a los mujiks que se dirigieran directamente a Glafira. Pese a su patriotismo, Iván despreciaba a los hombres de su raza.

El sistema de Iván Petrovitch únicamente pudo ser aplicado a Fedia: la educación del muchacho hubo de sufrir "la reforma integral- y sólo por Iván fue dirigida, desde su llegada.

XI

Durante los años de permanencia de su padre en el extranjero, el pequeño Fedia, como ya se ha dicho, estuvo bajo la vigilancia exclusiva de Glafira. Cuando ocurrió el fallecimiento de su madre, el niño aún no había cumplido los ocho años. A pesar de que no le era dable verla todos los días, la amaba con pasión; en su corazón quedó grabado para siempre el recuerdo de su dulce y pálido rostro, de sus tristes ojos, de sus tímidas caricias. No obstante la falta de comprensión propia de su edad, él llegó a adivinar la situación especial de su madre en la casa y veía alzarse entre ambos una barrera que ella no quería o no podía franquear. Por otra parte, él rehuía el encuentro de su padre y, a su vez, Iván no le acariciaba jamás; tan sólo su abuelo, algunas veces, le golpeaba cariñosamente en la cabeza, le consideraba como un joven estúpido y le denominaba pequeño salvaje.

Muerta Melania, Glafira se apoderó en absoluto del rapazuelo, que la temía enormemente; en algunos momentos, cuando contemplaba aquellos ojos de mirada imperiosa y oía aquella voz ruda, sentía verdadero espanto; a tal punto que ante ella ni siquiera se atrevía a abrir la boca. Cuando el niño intentaba moverse de la silla, su tía en seguida le salía al paso con estas palabras: "¿Adónde quieres ir? ¡A ver si te puedes estar quieto!"

El domingo, una vez terminada la misa mayor, era el único día en que le permitían jugar; para ello le entregaban un enorme volumen, libro misterioso titulado Símbolos y Emblemas, cuyo autor era un tal Maximovitch-Ambodik, en el que campeaba una multitud de grabados indescifrables junto con un texto no menos oscuro redactado en cinco idiomas. Fedia llegó a conocer con todos sus pormenores aquellos dibujos, siempre los mismos, que despertaban su imaginación y le obligaban a meditar, y que representaban para él su única distracción.

Cuando Glafira creyó que era llegado el momento de que el niño aprendiese música e idiomas, contrató a vil precio a una anciana señorita sueca que hablaba con dificultad el alemán y el francés, toca ba mediocremente el piano, y era, además, persona muy competente en el arte de salar los cohombros, y, desde entonces, en la sociedad de tal institutriz, de su tía y de una anciana sirvienta llamada Vassilievna, pasó Fedia cuatro interminables años, inmóvil en cualquier rincón, horas y horas, con la odiosa obra Emblemas y Símbolos ante él. En aquella habitación de la planta baja desde la que se percibía olor a geranios, alumbrada tan sólo con la pálida luz de una bujía, sólo se oía el monótono chirrido de un grillo que quizá también se aburriera, el tic tac del reloj, el ruido que producía un ratón al roer en la sombra la tapicería. Las tres ancianas, nuevas Parcas, movían silenciosamente sus largas agujas de tejer, y la sombra de sus manos proyectándose en las paredes, en la penumbra, hacían nacer en el cerebro del pequeñuelo ideas embelesadoras unas veces, temerosas otras. Nadie mostraba interés por Fedia, que daba la impresión de un niño vulgar, pálido, mal fachado, torpón: un verdadero mujik según Glafira. Mas, su palidez pronto hubiera desaparecido si hubiese podido salir más a menudo. Por otra parte, aprendía bastante bien lo que le enseñaban aun cuando, a menudo, se mostraba perezoso. No lloraba jamás, pero de vez en cuando una crisis de obstinación hacía presa en él y en aquellos momentos nadie era capaz de hacerle obedecer.

Por otra parte, el niño no sentía el menor afecto hacia las personas que convivían con él.

¡Desdichado el corazón que no amó desde su más tierna infancia!

Tal era la situación en que se encontraba Fedia en el momento en que su padre se reintegró al hogar, y al instante, sin perder tiempo, Iván se propuso aplicarle su sistema.

Es preciso, ante todo, hacer de él un hombre -dijo Iván a su hermana Glafira-; y no solamente un hombre, sino todo un espartano. La primera providencia que tomó fue vestir a su hijo a la escocesa y el pequeñuelo paseó desde entonces con las piernas desnudas y luciendo en su gorra una pluma de gallo. La anciana institutriz sueca fue sustituida por un joven suizo, que conocía a la perfección todas las reglas de la gimnasia; la música, que, en opinión suya, no era ocupación de un hombre, fue proscrita para siempre; en cambio, se adiestró la inteligencia del niño en el estudio de las ciencias naturales, del derecho internacional, de las matemáticas, de los trabajos de carpintería -que tanto gustaban a Juan Jacobo Rousseau-, sin olvidar las nociones de heráldica, para despertar en él el tono aristocrático: he aquí todo el bagaje intelectual que convenía a "un hombre". El niño tenía la obligación de levantarse a las cuatro de la mañana, lavarse con agua fría y correr a la cuerda, como potro en doma, alrededor de un poste; no comía más que una vez al día, limitándose su comida a un solo plato, montaba a caballo, tiraba a la ballesta y, finalmente, siguiendo el ejemplo de su padre, ejercitaba su voluntad y su fuerza de carácter; de acuerdo con las instrucciones recibidas, anotaba en un libro de memorias los sucesos de la jornada y sus propias impresiones. Iván, por su parte, redactaba para Fedia, en francés, instrucciones en el curso de las cuales le llamaba "hijo" y le trataba de

"usted". En ruso, el niño tuteaba a su padre, mas no osaba sentarse en su presencia. Tal sistema convirtió al niño en un ser casi imbécil, aunque, por otro lado, no puede negarse que ejerció una influencia bienhechora sobre su salud; a tal punto que llegó a ser un apuesto mozo. Su padre estaba muy satisfecho de su sistema y de los progresos que realizaba Fedia, al que designaba con el nombre de "hijo de la naturaleza, mi obra". Así que Fedia hubo cumplido los dieciséis años, Iván se esforzó en inculcar en el ánimo del muchacho el desprecio a la mujer, con lo cual aquel joven espartano, de tímido corazón, por cuyas venas circulaba sangre rica y ardiente, hubo de esforzarse en parecer indiferente, frío, rudo.

El tiempo corría. Iván pasaba la mayor parte del año en Lavriki -su principal propiedad hereditaria-, aunque tenía la costumbre de vivir en Moscú durante una buena parte del invierno, en un hotel, y allí se resarcía frecuentando el club, discurriendo por los salones de la aristocracia, desarrollando sus ideas, sus pensamientos y mostrándose, más que nunca, anglómano, excelente crítico y gran político.

Llegó el año 1825 con gran secuela de males que trajo tras sí. Los amigos de Iván hubieron de sufrir toda clase de pruebas, y el padre de Fedia se cansó de dirigir sus propiedades y de vivir recluido. Otro año pasó. Súbitamente vio cómo desaparecía su vigor, cómo le abandonaban las fuerzas; y esa crisis de salud trajo como consecuencia inmediata un cambio radical en su conducta. El librepensador se acercó a la Iglesia, ordenó Te Deums; el recalcitrante anglómano retornó a los baños de vapor rusos; comía a las diez de la mañana, se acostaba a las nueve de la noche y hasta llegaba a escuchar ya, sin adormecerse, las murmuraciones de su anciano mayordomo. El hombre político acabó por quemar todos sus proyectos, toda su correspondencia, y abdicando de todos sus principios, se acobardaba ante el gobernador y trató de congraciarse con el jefe de policía, y aquel hombre de voluntad inflexible antes, se lamentaba plañideramente ahora si le faltaba un botón en sus vestidos o se le servía la sopa fría. De nuevo fue Glafira la dueña de la casa, y de nuevo recibió a los intendentes, a los notables de la aldea, a los sencillos mujiks, rendidos ante la "vieja hechicera", como la llamaba la servidumbre.

El joven Fedia fue el primero en asombrarse ante los nuevos derroteros que seguía su padre. Cumplidos ya sus dieciocho años, su inteligencia se despertaba y trató de hallar el modo de libertarse del yugo que le oprimía. Desde hacía tiempo venía notando cierta inconsecuencia en la vida del que era el autor de sus días, una contradicción entre sus palabras y sus acciones, una especie de incompatibilidad entre sus teorías liberales y su rígido despotismo, pero nunca había podido imaginar una transformación tan completa.

Iván Petrovitch habíase convertido, de la noche a la mañana, en un perfecto egoísta.

Cuando el joven Lavretsky se disponía a partir para Moscú con objeto de ingresar en aquella Universidad, cayó sobre Iván una nueva desgracia: se quedó repentinamente ciego, y lo que era peor todavía, sin esperanzas de curación.

Los médicos del país no le merecían suficiente confianza, por cuyo motivo pidió autorización para poder trasladarse al extranjero, autorización que le fue denegada. En vista de tal negativa, en com pañía de su hijo, recorrió Rusia por espacio de tres años de médico en médico, de ciudad en ciudad. Su nerviosidad, su falta de valor, desesperaban a los doctores, tanto como a su hijo y a la servidumbre. Desesperado del todo, regresó a Lavriky, pero ya no era más que un verdadero niño caprichoso y llorón, y días amargos comenzaron para todos. Iván no era soportable más que mientras se hallaba a la mesa; jamás comiera con tamaña glotonería; el resto de su tiempo, ni reposaba él ni dejaba descansar a los demás. Rezaba, se lamentaba, lloriqueaba, abominaba de la política, de su

"sistema" de todo lo que había sido antes el norte de su vida y que había ofrecido como ejemplo a su hijo. Repetía sin cesar que él en nada creía, y, sin embargo, rezaba casi de continuo. No podía estar solo un instante y era indispensable que, noche y día, hubiera alguien junto a su butaca, junto a su lecho, para que le distrajera refiriéndole cualquier suceso, o historia, o anécdota, que interrumpía a cada momento gritando: "¡Qué absurdos!

¿Qué es lo que me estás contando?"

Y era sobre todo Glafira la que más sufría con tal estado de cosas; Iván no sabía pasarse sin ella, que toleraba todas las fantasías del enfermo y tenía buen cuidado de no mostrar con el tono de su voz la impaciencia o el odio que en ciertos instantes la dominaba. Dos años se pasaron así; Iván murió en los comienzos de un mes de mayo, en el momento en que acababan de sacarle al balcón para que tomara el sol. "Glacha, Glachka, tráeme un caldo, vieja imbé..." Chillaba en aquel instante, mas no pudo acabar, su lengua se le entorpeció y cayó para siempre. Glafira, que acababa de recoger la taza de caldo que traía el mayordomo, se detuvo, miró el demacrado semblante de su hermano, trazó lentamente el signo de la cruz y sin hablar palabra se alejó; Fedia, que había presenciado la muerte de su padre, nada pudo decir; fue a apoyarse en la balaustrada y acodado sobre ella, inmóvil, contempló largamente el jardín, tan verde y perfumado, deslumbrante bajo los dorados rayos del sol de primavera.

Tenía ya Fedia veintitrés años y, sin embargo, cuán rápidos habían transcurrido para él, casi sin que lo advirtiera... La vida se abría ante él en amplias perspectivas.

XII

En cuanto hubo enterrado a su padre y confiado a la insustituible Glafira la administración de sus propiedades, Lavretsky salió en dirección a Moscú adonde le llamaba una fuerza oscura y desconocida, pero imperiosa. No ignoraba los defectos de que adolecía su educación y se dispuso a remediarlos en lo que estuviera de su parte. En el curso de los últimos cinco años, había visto y leído mucho y gran número de ideas fomentaban en su cabeza; más de un profesor hubiera podido envidiar alguno de sus conocimientos, pero, por contra. Fedia ignoraba gran parte de lo que cualquier alumno de un Liceo sabe perfectamente. Lavretsky creía ser un ente singular, distinto de los demás seres, y eso le privaba de toda libertad de espíritu. El anglómano había ocasionado un gran perjuicio a su hijo con su "sistema"; el joven había estado sometido completamente a su padre, era ya tarde: la costumbre era ley para él. El sistema detestable que le había impuesto su difunto padre comenzaba a dar sus frutos.

A la edad de los veintitrés años había llegado a la triste conclusión de que no sabía convivir con sus semejantes. Es más: se daba perfecta cuenta de que era incapaz de alzar los ojos hacia una mujer, a pesar de que su corazón estaba sediento de amor. Poseído de un espíritu lúcido y sano, si bien algo lento en la comprensión, con su tendencia a la contemplación, a la pereza y a la terquedad, le habría sido conveniente ser lanzado al torbellino del mundo desde su infancia en vez que recluirle en un aislamiento ficticio. Se dio cuenta de que había quedado roto el círculo mágico que le encerraba, y, sin embargo, permaneció inmóvil, como recogido en sí mismo. A pesar de que su edad no parecía muy a propósito para ello, decidió ingresar en la Universidad con objeto de seguir los cursos de ciencias fisicas y de matemáticas.

Robusto, de subido color, ostentando cerrada barba, siempre taciturno, causó a sus camaradas extraña impresión y no dudaban ellos que en aquel grave hombre que puntualmente llegaba a la Universidad en hermoso trineo tirado por dos caballos, se ocultaba un alma infantil. Para algunos era un extraño pedante, y como no tenían necesidad de él, no le buscaban; él, a su vez, los evitaba. Sólo hizo una excepción en sus dos primeros años de Universidad, la de un estudiante que le daba repaso de latín. Ese estudiante, llamado Michalevitch, joven fogoso y poeta, tomó a Lavretsky un vivo cariño.

Estaba escrito que tal amistad debía producir un cambio de importancia en su existencia.

El célebre Motchaloff actuaba en los teatros de Moscú, y Lavretsky, que era un gran admirador suyo, no perdía ninguna de sus representaciones. Una noche que había acudido al teatro llamó su atención una joven que divisó en un palco del primer piso; se puede decir que nunca había sentido una impresión parecida a pesar de que, por lo general, se estremecía ante cualquier mujer. La vida y la gracia animaban los rasgos del rostro un tanto moreno y ovalado de la joven; era puro y agradable; en sus hermosos ojos, que miraban atenta y dulcemente por bajo gráciles cejas, se revelaba la inteligencia, como se revelaba la gracia en la fina sonrisa de sus expresivos labios, en la misma indolente postura de su cabeza, de sus brazos y de su cuello. Su toilette acusaba un gusto exquisito.

Al lado de la joven aparecía una mujer que representaba tener unos cuarenta y cinco años, y al fondo del palco veíase un hombre de mediana edad, vestido con amplio redingote y rodeando su cuello ancha corbata, de aire majestuoso, a pesar de la desconfianza y malicia que se leía en su mirada. Lavretsky no podía separar sus ojos de la joven. De pronto observó que se abría la puerta del palco y que entraba Michalevitch, es decir, la única persona que conocía en Moscú. La tal aparición tenía para nuestro hombre un significado muy especial. Desde aquel momento lo que pasaba en la escena dejó de interesar a Lavretsky; incluso el mismo Motchaloff no produjo en él la impresión habitual, a pesar de que aquella noche se había superado a sí mismo. En un pasaje de la pieza, Lavretsky volvióse involuntariamente hacia la hermosa joven y pudo darse cuenta de que los ojos de ella, inclinada hacia delante, lentamente se dirigían hacia él, y fue tanta la emoción que experimentó nuestro hombre que toda la noche estuvo pendiente de aquellos ojos de fuego.

Por fin quedaba roto el dique que había sido construido tan hábilmente. Lavretsky se ahogaba en un mar de inquietudes y al día siguiente, como impelido por una fuerza misteriosa, fue en busca de Michalevitch. A instancia suya, el amigo le informó de todo: que la joven se llamaba Bárbara Pavlovna Korobine; que las dos personas que la acompañaban en el palco eran su padre y su madre, y que Michalevitch los conocía desde hacía un año, cuando él era preceptor en la casa del conde N., en los alrededores de Moscú. Hablaba con verdadero entusiasmo de Pavlovna.

Michalevitch comprendió en seguida la profunda impresión que Bárbara había producido en el ánimo de Lavretsky y, en vista de esto, le prometió presentársela, no sin advertirle antes que el padre era un hombre sencillo y la madre una verdadera estúpida.

Lavretsky enrojeció, balbuceó algunas palabras y se separó de su amigo. Durante cinco días luchó contra su timidez; al sexto, el joven espartano se vistió con traje nuevo y fue a poner su destino en las manos de su amigo Michalevitch; éste, íntimo de la casa, se-limitó a pasar un cepillo por sus cabellos y se dispuso a acompañar a su amigo a casa de los Korobine.

XIII

Pablo Petrovitch Korobine, padre de Bárbara, era un general retirado que había hecho toda su carrera militar en San Petersburgo. En su juventud era considerado tan buen oficial como excelente danzarín. Sin fortuna personal, durante largo tiempo hubo de contentarse con desempeñar funciones de ayudante de órdenes cerca de dos o tres generales poco conocidos, y acabó por casarse con la hija de uno de ellos, que le aportó una dote de poco más de veinticinco mil rublos. Ya casado, estudió minuciosamente los tratados relativos a la táctica y estratega militar, y después de veinte años de dedicarse a tales trabajos, pudo obtener el empleo de general. Hubiera podido descansar y, poco a poco, asegurar su bienestar, mas quiso proceder rápidamente, ambicionando aumentar su escasa fortuna, y concibió un proyecto según el cual fructificarían en su provecho los ingresos del Estado. Pero el general no supo ser generoso; fue denunciado, y su reputación quedó muy mal parada, a tal punto, que su carrera militar quedó truncada y se le aconsejó que presentara la dimisión. Durante dos años aún residió en San Petersburgo, confiado en hallar un empleo civil bien retribuido, mas nada se le ofreció. Su hija acabó sus estudios, los gastos aumentaron de día en día y, desolado, hubo de resignarse, trasladar su residencia a Moscú, cuya población le brindaba una vida más barata, y comenzar la vida del general retirado sin más ingresos que 2,750 rublos por año. No hay que olvidar, por otra parte, que Moscú es una ciudad eminentemente hospitalaria y que merced a esta circunstancia los recién llegados a ella encuentran cordial acogida y, particularmente, un general no podía menos de ser bien recibido. A poco, en los principales salones de la capital, la fisonomía del general, su marcial figura, fueron familiares. Todas las personas que erraban alrededor de las mesas de juego, conocían la nuca rapada y los ralos y teñidos cabellos del general, su cinta de la Orden de Santa Ana, su corbata negra. Pablo Petrovitch supo hacerse querer entre el mundo que frecuentaba; hablaba lo preciso, jugaba con prudencia, comía poco en su casa y como seis en casa ajena. En cuanto a su mujer, poco puede decirse de ella: se nombraba Kalliopa Karlovna, tenía siempre en el lagrimal de su ojo izquierdo una perla líquida, lo que la incitaba a creerse una sentimental, y su fisonomía ofrecía siempre una expresión de inquietud, como si temiera olvidarse de hacer alguna cosa importante.

El único fruto de este matrimonio, Bárbara, había cumplido los diecisiete años cuando abandonó el colegio, donde destacaba por su belleza, por su inteligencia y principalmente por su predisposición para la música. Cuando Lavretsky la vio por primera vez, aún no tenía diecinueve años.

XIV

Temblaba de pies a cabeza el joven espartano cuando fue presentado por Michalevitch en el desarreglado salón de los señores Korobine. La llaneza proverbial en los rusos, llaneza que en la persona del general culminaba en una amabilidad extraordinaria, disipó bien pronto este temor.

La esposa del general casi no intervenía en la conversación, y en cuanto a Bárbara Pavlovna, se comportaba con una tal naturalidad, tan tranquila, tan afable, tan dueña de sí misma, que en su presencia todo el mundo podía expresarse con entera confianza, como si realmente se encontrara en su casa. Todo su ser era encantador: sus ojos sonrientes, sus hombros de líneas perfectas, sus brazos rosados, su aire ligero; su misma voz, lenta, dulce; todo en ella esparcía como un perfume fresco y voluptuoso, que emocionaba y enardecía al mismo tiempo.

Lavretsky habló de la representación de la noche en que vio por primera vez a la joven; ésta, por su parte, aludió al arte de Motchaloff, formulando a este respecto algunos juicios acertados, que revelaban un espíritu femenino muy sutil. Luego la conversación giró en torno a la música y Bárbara se puso al piano, interpretando unas cuantas mazurcas de Chopín, que, en aquella época, comenzaba a estar de moda. Y con esto llegó la hora de la comida, y aunque Lavretsky quiso retirarse, los Korobine lo retuvieron y le invitaron a sentarse con ellos a la mesa.

Aquella noche Lavretsky regresó muy tarde a su casa y estuvo mucho tiempo sin desnudarse, la mano sobre sus ojos, inmóvil, ensimismado, como encantado. Tenía el presentimiento de que aquel día había comenzado a vislumbrar y a comprender el encanto que nos ofrece la vida; que todos sus planes, todas sus resoluciones, todo aquel vacío de otros tiempos, desaparecían de repente. Experimentaba cómo iba condensándose en su interior un solo sentimiento, un deseo único: el ansia de felicidad, de posesión, de amor, del dulce amor de una mujer.

Desde aquel día, el joven hizo frecuentes visitas a los Korobine, y, una vez transcurridos seis meses, decidió pedir la mano de Bárbara. La declaración de Lavretsky fue bien acogida, si no por otra ra zón, cuando menos por la fortuna que poseía y de la que ya estaba enterada toda la familia. La esposa del general se limitó a exclamar: "Mi hija hace una buena boda", y se compró una nueva toca.

La misma Bárbara, que durante todo el tiempo que Lavretsky le había hecho la corte, conservó su tranquilidad, su lucidez, no olvidó en ningún instante que su pretendiente era rico.

XV

Conforme queda dicho en el capítulo anterior, la petición de Lavretsky obtuvo favorable acogida, aunque fueron impuestas algunas condiciones. La primera de ellas consistía en que el futuro esposo dejara inmediatamente de concurrir a la Universidad, porque resultaría ridículo casarse con un estudiante, mucho más tratándose de una persona que ya había cumplido los veintiséis años y que por añadidura era rico propietario. Bárbara estaría facultada para encargar ella misma su equipo y elegir los regalos de boda que creyera del caso. Hay que proclamar que Bárbara era mujer de mucho gusto y de gran sentido práctico; que adoraba el confort y sabía crearlo. El mismo Lavretsky se convenció de ello cuando después de su matrimonio partieron para Lavriki con el equipaje que su esposa había comprado. ¡Qué gracia, qué previsión! ¡Nada faltaba!

En el carruaje aparecían en sus bolsas, en sus cofres, deliciosos neceseres de viaje, atrayentes objetos de aseo, completo servicio para desayuno, ¡y con qué gracia sabía preparar Bárbara el café de la mañana! Cierto que Lavretsky no se hallaba en situación de observar nada de lo que pasaba a su alrededor, nadaba en la dicha y se sumergía en ella como un niño... Y en realidad ¿no tenía un corazón de niño aquel joven Alcides? El encanto irresistible que se desprendía de toda la persona de Bárbara no era un engaño, el tesoro de dicha desconocida que ella parecía ofrecer, tampoco lo era. Bárbara otorgaba mucho más de lo que había prometido.

Al llegar a Lavretsky, en pleno verano, la joven desposada encontró la casa triste y sucia, y a los domésticos, viejos y ridículos; pero no quiso decir nada a su marido. Si ella hubiese formado el propósito de establecerse en aquella posesión, lo habría transformado todo, pero en honor a la verdad hay que declarar que no pensó ni un momento en encerrarse en aquel perdido lugar y vivió como los demás, soportando pacientemente todas las incomodidades, y aun riendo de ellas con inalterable buen humor.

Marfa visitó a su antiguo pupilo y tuvo ocasión de conocer a Bárbara; la anciana señora gustó mucho a la joven esposa, pero ésta causó una impresión desfavorable a aquella.

Glafira, a su vez, vio también un obstáculo en la persona de la nueva dueña de la casa.

Bárbara combinó su plan de ataque de un modo muy hábil, permaneciendo siempre en segunda fila, y dando la sensación de que se hallaba sumergida por completo en las delicias de la luna de miel y en las dulzuras de la vida campestre, en la música, en la lectura; mas llegaron la cosas a tal punto que, una mañana, Glafira entró como una loca en la habitación de su sobrino, tiró el manojo de llaves sobre su mesa, y le anunció que no podía seguir con la dirección de la casa y que se marchaba. Lavretsky, que estaba ya en antecedentes sobre este punto, consintió en seguida en la marcha de Glafira que, dicho sea de paso, estaba bien lejos de suponer que su sobrino admitiera tal estado de cosas.

Sus ojos se dilataron expresando asombro, y exclamó:

-¡Ah, bien veo que aquí estoy de más! ¡Muy bien! Ya sé quién me echa de mi hogar paterno, pero acuérdate de estas palabras, sobrino mío: tú no podrás tener nunca hogar propio, porque andarás errante de un sitio a otro toda tu vida. ¡He aquí mi maldición!

Glafira abandonó la casa aquel mismo día, retirándose a su pequeña aldea. Apenas transcurrida una semana, se presentó el general, quien con un aspecto de melancolía en su cara y en sus gestos, se encargó de la administración de todos los dominios de Lavretsky.

El joven matrimonio se trasladó a San Petersburgo al llegar el mes de septiembre; pasaron en la capital dos inviernos, y los veranos en Tzarkoie-Selo, en una bonita habitación adornada con elegancia y gusto. Pronto entraron en relación con la alta sociedad; en su casa se celebraron brillantes recepciones y encantadoras veladas musicales, y llegó un momento en que Bárbara atraía a los invitados con la misma fuerza de sugestión con que la llama atrae a las mariposas.

La ola de placer en que se anegaba la vida del joven matrimonio comenzaba a producir cierto cansancio en el ánimo de Lavretsky; Bárbara le aconsejaba que se ocupara en algo, mas ni sus gustos per sonales ni la tradición se lo permitían; y por hacerse agradable a su esposa permaneció en San Petersburgo. No obstante, sintió pronto la necesidad de poder aislarse un tanto, para lo cual le favorecía, por un lado, la circunstancia de contar con el despacho de trabajo más confortable de San Petersburgo y, por otro, la actitud de su mujer que parecía dispuesta a respetarle sus horas de retiro. Desde entonces todo fue bien.

Reanudó sus interrumpidos estudios; aprendió el inglés y, en fin, se dispuso a completar su educación, que juzgaba incompleta.

¡Era de ver el espectáculo que ofrecía aquel hombre robusto, con su cara recubierta por una espesa barba, sepultado entre papeles y libros! Tenía por costumbre trabajar por las mañanas; comía con gran apetito Bárbara era una excelente ama de casa- y llegada la noche se sumergía en un mundo encantado, radiante de bellos y alegres rostros, en cuyo centro destacaba la figura esbelta de su mujer, como reina y señora de aquel pequeño universo.

De aquel matrimonio nació un hijo que no vivió más que algunos meses; murió en la primavera, y una vez llegado el verano, Lavretsky, atendiendo el consejo de los médicos, llevó a su esposa al extranjero con objeto de que pudiera tomar determinadas aguas medicinales. Ante la desgracia que acababa de herirles, la salud de Bárbara se resintió algo y fue preciso buscar un clima más templado que el de San Petersburgo. Durante el verano y el otoño estuvieron en Alemania y en Suiza, y llegado el invierno se trasladaron a París.

En la capital francesa, la vida de Bárbara ostentóse ufana como una rosa, y al igual que en San Petersburgo, pronto supo crearse su nido. Aún no había pasado una semana y ya se hallaba revestida de aquella gracia que es el encanto de las mujeres parisienses. No tardó mucho tiempo en formarse un círculo de relaciones, que al principio estaba integrado solamente por rusos; más tarde comenzaron a afluir franceses amables, hombres solteros de bellas maneras y nombres sonoros. ¡Y cómo sabían sonreír! Cada uno de ellos quiso llevar a sus amigos, y bien pronto la encantadora señora de Lavretsky fue conocida de todo el mundo elegante de París, desde la Chaussé dAntin a la calle Lille. En aquella época (1836), no irrumpía aún en los salones esa raza de cronistas de sociedad que hormiguean ahora por todas partes, sin embargo, frecuentaba los salones de Bárbara cierto individuo llamado Julio, persona de aspecto poco agradable rodeada de mala reputación, pero arrogante y atrevido. A pesar de que el precitado sujeto no resultaba nada simpático a la joven esposa, ésta le permitía la entrada porque escribía en algunos periódicos y se ocupaba continuamente de ella, llamándola unas veces la señora de L...tski; otras la señora de ***, "esa dama rusa tan distinguida que vive en la calle P..."; se complacía en hacer resaltar ante sus lectores hasta qué punto la tal dama, "una verdadera francesa por su ingenio" -el mayor elogio que saben hacer los franceses-, resultaba amable y encantadora, no olvidando decir que se hallaba excepcionalmente dotada para la música y que bailaba el vals de una manera admirable; en una palabra, esparcía su fama por el mundo, cosa que siempre resulta agradable a los mortales, y muy particularmente al sexo femenino.

Bárbara asistía a alguna función de teatro y sobre todo concurría con mucha frecuencia a los conciertos de música italiana, que era la que más le gustaba. Se sentía orgullosa de que Listz hubiese tocado dos veces en su casa y si bien le juzgaba sencillo en exceso, también le encontraba amable, encantador.

El invierno transcurrió para la joven esposa entre agradables diversiones, y para que nada faltase a su dicha incluso, al final de la estación, fue presentada en la Corte.

En cuanto a Feodor Ivanitch hay que decir que no se aburría del todo, por más que alguna vez la vida se le hiciera pesada, siquiera por la frivolidad que le rodeaba. Se ocupaba en leer los periódicos, en seguir los cursos de la Sorbona y del Colegio de Francia y los debates en las dos Cámaras, y había emprendido la traducción de una reputada obra relativa a los diversos sistemas de irrigación.

-Con ello no pierdo el tiempo -se decía-; todo esto tiene su utilidad. Mas en el próximo invierno, me será absolutamente preciso volver a Rusia y dedicarme de lleno al trabajo.

Pero, ¿había calculado bien si podría volver tan pronto a Rusia como se proponía? Entre tanto, debía partir con su mujer para Baden-Baden.

Un acontecimiento imprevisto echó de pronto por tierra todos sus proyectos.

XVI

Al penetrar Lavretsky un día en el gabinete de su esposa, en ausencia de ésta, observó que en el suelo había un papelito cuidadosamente doblado; lo cogió maquinalmente, lo desdobló, y asombrado pudo leer las siguientes líneas escritas en francés:

"Bety, mi querido ángel (yo no puedo llamarte Barba, Bárbara o Várvara): te he esperado inútilmente en la esquina del bulevard. Confío en que mañana, a la una y media, te encontrarás en nuestro cuartito; a esa hora el tonto de tu marido está de ordinario metido entre sus libros, y cantaremos otra vez aquella romanza de vuestro poeta Ponchkine que tú me has enseñado: "Viejo marido, marido terrible". Deposito mil besos en tus blancas manos y en tus lindos pies. Te espero.

Ernesto"

Lavretsky no pudo comprender al instante lo que leía. Tuvo que leerlo otra vez y entonces perdió la cabeza; le hacía el efecto de que el piso se le hundía debajo de los pies como el puente de un barco sacudido por las olas. No pudo contenerse más, se ahogaba, y en aquel momento lanzó un grito y se echó a llorar como un niño.

Su razón se extraviaba. Su mujer le había merecido una confianza tan absoluta, que jamás había vislumbrado siquiera la posibilidad de que pudiera engañarle. ¡Y pensar que aquel Ernesto, el amante de su mujer, un lindo rubio de unos veintitrés años, era sin duda el ser más insignificante entre todas sus relaciones! Lavretsky pasó así una media hora.

Seguía en el mismo sitio, arrugando en su mano el papel fatal y mirando fijamente el suelo. Le parecía ver pasar pálidas figuras a través de un torbellino negro; su corazón desfallecía, la cabeza se le iba y le parecía que un abismo sin fondo se lo tragaba.

El conocido crujido de una falda de seda le sacó de su estupor; era su esposa que regresaba de su paseo. Lavretsky, al verla, se estremeció, sentía que en aquel momento era capaz de hacerla peda zos, de aplastarla con la rabia de un mujik, de estrangularla con sus propias manos, y optó por huir. Bárbara, sorprendida, quiso detenerlo, pero él, murmurando apenas, dolorosamente, la palabra "Bety", se precipitó fuera de la casa.

Lavretsky tomó un carruaje y se hizo conducir fuera de París. Anduvo errante todo el resto del día y toda la noche hasta el alba, deteniéndose sin cesar y retorciéndose las manos, dando en ocasiones la sensación de un hombre furioso, sujeto en otras a los excesos de una extraña e incomprensible alegría. Así llegó la mañana y transido de frío se dedicó a entrar en una mala posada de arrabal, pidió una habitación y se sentó junto a la ventana. No tardaron en apoderarse de él una serie de bostezos nerviosos; observaba que no podía sostenerse sobre sus piernas y que todo su cuerpo se hallaba como destrozado. Permaneció sentado, mirando en torno suyo, pero no comprendía nada. No sabía explicarse por qué se encontraba allí, en un cuarto vacío y desconocido, solo, entumecidos los miembros, amarga la boca, oprimido el pecho; ni por otro lado, daba con la clave de por qué su Bárbara había podido entregarse a aquel francés y como había sido capaz, después de cometida su traición, de permanecer impasible, apacible, prodigándole las acostumbradas caricias y tratándole con la misma confianza. "No puedo llegar a comprender nada" -murmuraban sus labios secos-. "Además, puedo yo saber si ya en San Petersburgo..."

Al pronunciar tales palabras bostezó de nuevo; tiritaba y todo su cuerpo se estremecía.

Recuerdos tristes unas veces o alegres otras le atormentaban. Se daba cuenta de que su esposa, pocos días antes, en presencia de él y de Ernesto, se había puesto al piano para cantar la canción "¡Viejo marido, marido terrible!". Le parecía ver en aquellos instantes la rara expresión de su rostro, el extraño brillo de sus ojos, el color encarnado de sus mejillas y se sentía tentado a correr hacia ellos para decirles: "¡Os habéis imaginado que podíais jugar impunemente conmigo, pero no habéis tenido en cuenta que mi abuelo ahorcaba a los mujiks, y que él mismo era un mujik! " Los mataría a los dos. En seguida se preguntaba si lo que le estaba ocurriendo no era un sueño, y más que un sueño, una loca alucinación... Luchaba, hacía titánicos esfuerzos para desasirse de ella, pero no podía evitar que el dolor se hundiera cada vez más en su corazón, como la garra del buitre en las carnes de su presa. Y su suprema tortura consistía en que Lavretsky esperaba ser padre dentro de algunos meses. El pasado, el porvenir, toda su vida estaba emponzoñada.

Por fin, se decidió a regresar a París, entró en un hotel y envió a Bárbara la carta de Ernesto, acompañada de una carta del tenor siguiente:

"El papel que le adjunto servirá para que usted lo comprenda todo. Permita que le diga que por esta vez no ha dado usted pruebas de gran prudencia al dejar abandonado por el suelo un papel de tanta importancia como el que incluyo. (El pobre Lavretsky venía preparando y puliendo esta frase desde hacía muchas horas). Yo no puedo volver a verla, ni creo, por otra parte, que usted lo desee. Le destino una pensión anual de 15,000 francos; se me hace imposible concederle más. Envíe su dirección a la administración de mi dominio. Haga lo que mejor le parezca y viva donde le plazca.

Deseo que sea usted feliz. Es inútil que responda."