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N O R T E

Relato Corto

de

Miguel Cruz

Después del amor, viene el dolor, y es tanto, que no se puede soportar

1

Todo amor es deseo de unión. Todo amor,

se tenga o no conciencia de ello,

es amor de Dios

Ibn Arabí

2

N O R T E

Huir de Madrid, de Castilla, es fácil, sobre todo cuando llega el verano. Las ciudades de la meseta, ya de por sí odiosas e inhumanas, llenas de coches y humos, de ruidos y prisas, se hacen especialmente insufribles cuando, de repente, es verano, pues ya no hay estaciones como antaño, y se pasa del frío al calor, pero a un calor sofocante, que agobia, que no da tregua. Las noches que suceden a los días apenas si traen cambios en la temperatura. El descanso se hace obsesión al resultar inalcanzable. Madrid, Castilla y su verano terminan por agotar al más resistente y es cuando se siente la necesidad de abandonar la ciudad. Y el deseo pone alas a la huida, cuyo objetivo es el Norte, verde y montañoso, en donde se disfruta de un aire fresco que hace más llevadero el día y permite conciliar el sueño de noche, aportando descanso al cuerpo y sosegando el alma.

Cruzar Castilla camino del norte en esta época del año es como cruzar un desierto.

Los campos, después de haber alumbrado su generosa cosecha, están exhaustos, inertes, con profundas grietas en su piel que, a veces, se convierten en una trampa mortal para las ovejas que ramonean lo que queda de la mies después de la siega y la trilla. El sol es omnipresente, implacable, abrumador. De vez en cuando, allá, en la lejanía, un grupo de árboles de un verdor exultante entre tanta tierra calcinada, rompe la monotonía del paisaje denunciando la existencia de un arroyo.

El cielo está permanentemente azul-grisáceo, con esa tenue turbiedad propia de la calina que produce tanto calor. La profusa quema de rastrojos que hacen los campesinos para ayudar a regenerar la tierra crea un espectáculo dantesco y produce una atmósfera todavía más cargada, irrespirable, lo que hace más apremiante atravesar Castilla cuanto antes.

Dejando atrás Burgos, el paisaje empieza a ser más ameno después de atravesar el desfiladero de Pancorbo, nombre dado porque un puñado de cristianos defendían el lugar de un largo asedio árabe y cuya supervivencia, según la leyenda

- más expresiva, enigmática y sugestiva que la propia Historia -, se debió al pan que les traían los cuervos en sus picos y que robaban a los mismísimos árabes.

El verdor se va haciendo ostensivo y la planitud castellana se va encorvando para dejar paso a unos incipientes collados que, siguiendo hacia en norte, van creciendo hasta convertirse en impresionantes montañas de asombrosa belleza, pobladas de bosques con árboles de las más diversas variedades y hoces de ríos que con milenaria paciencia han horadado sierras, hoy enseñoreadas con el vuelo de buitres. El aire se hace, casi de improviso, respirable, apacible. Las nubes aparecen sin que nadie las llame y exoneran sus cántaros con abundante estruendo, dejando las tierras regadas con saciedad y de un verde reposado y de una fertilidad casi perenne. El clima se ha hecho amable, acogedor, suave.

Entonces, llega el momento en que las empinadas y orgullosas montañas doblan el espinazo para rendir pleitesía eterna al mar, dominador absoluto de las tierras norteñas y exquisita despensa para sus afortunados moradores.

3

Después de haber dejado atrás el monte Urkiola, había llegado al hotel de mi amigo Joaquín, un establecimiento hermoso, elegante y vetusto, pero confortable y muy bien mantenido, situado en pleno valle del río Urola y que presumía, con derecho propio, de tener un excelente restaurante en el que celebraba, en agosto, la fiesta del bacalao, oportunidad para ofrecer al comensal todas las variedades imaginables de este extraordinario pez, cada cual más sabrosa y exquisita, y todas ellas elaboradas por mi amigo, que disfrutaba con verdadero deleite en su preparación. Para La Virgen, mi amigo se metía en la cocina y preparaba unos chipirones en su tinta excepcionales que, igualmente, ofrecía a los huéspedes, pero, para la ocasión, los hacía preceder de una purrusalda muy sabrosa y apetecible. Yo le decía a mi amigo que tenía un restaurante con camas, no un hotel.

Al día siguiente de mi llegada al norte, subí a lo alto de una montaña cercana y allí me encontraba, tumbado sobre el fresco pasto de un prado escarpado, con un cielo límpido y celeste que se fundía en el horizonte con el intenso azul de mar.

Aquel día, extrañamente tranquilo y apacible, sin más testigos que la brisa que me ayudaba a recuperar el resuello después de haber subido, jadeante, y las golondrinas, que revoloteaban alto, muy alto, mi mente empezó a recuperar imágenes, recuerdos, palabras y me hizo revivir, a veces en desorden y con dimensiones desconocidas, lo más íntimo, lo que más en secreto guardo y lo que no comparto con nadie en mi creencia obsesiva de que nadie me va entender. Es algo que siempre he considerado mío y sólo para mí.

Empecé por acordarme de los fracasos y terminé por justificar la imperfección humana y, en medio del caos, estaba yo, perdido, sin rumbo, inquieto, sabiendo que tenía que hacer algo pero no sabía qué. La sensibilidad excesiva es una trampa y sólo el arte, la música, son maneras de salir de la mediocridad. De pronto, me di cuenta de que estaba buscando el punto en que todo podía haber sido diferente, pero ya nada podía hacer por recuperarlo. Estaba inerte, como una piedra, y mi ritmo y mi mirada eran como las de un gran oso blanco encerrado detrás de los barrotes de la jaula de un zoológico. Apenas si tenía percepción del mundo que me rodeaba. Me sabía perdido. Me había convertido en polvo antes de morir y buscaba la muerte como una salida airosa, como una liberación. Ya nada podía hacer por remediarlo.

Había dejado que algunas lágrimas desahogaran la inconsolable pena que sentía por mí mismo y, después, me sentí mucho mejor. Así suele ser.

El tiempo había transcurrido sin darme cuenta y lo advertí cuando el frescor de la tarde hizo mella en mi piel. Decidí levantarme y concederme una tregua. “Quizá hoy no merezca la pena morir”, me justifiqué.

- ¡Buenas tardes, amigo! – escuché el saludo de un desconocido.

En el camino de regreso, distinto del que había utilizado para subir, pasé por delante de un caserío y alguien, sentado en el zaguán, debajo de una frondosa higuera llena de frutos aún verdes, me saludó con amabilidad.

4

- ¡Buenas lo sean, amigo! – respondí –. Parece que se está bien ahí, ¿no? –

añadí, con la íntima pretensión de que me invitaran a pasar.

- Ven y compruébalo tú mismo.

Me sentí recompensado con su respuesta. La buena gente se encuentra cuando menos se espera y ofrece lo que tiene y, sobre todo, da lo que tanto falta en el mundo: compañía, amistad, pensé para mis adentros, reconfortado con la palmada que sentí en mis hombros.

- Ésa es Noia, mi mujer, y ése, mi padre, Arka. Yo soy Iñaki. Pero, ven, siéntate, no te quedes ahí.

Los tres desconocidos me sonreían con amabilidad. Hacía un momento que yo no era nadie, que no creía en nadie y que sólo deseaba morir y, de pronto, tres seres desconocidos me invitan a su casa y me ofrecen su hospitalidad. El mundo había cambiado de repente, o yo acababa de darme cuenta de que el mundo no era yo.

Incluso hasta yo tenía un nombre.

- Soy Marco y vengo de Madrid – les dije acercándome a la casa y tomando asiento en la silla que me señalaban.

Iñaki me ofreció un vaso con vino.

- Anda, bebe, que te vendrá muy bien. Este txakolí lo ha hecho mi padre con sus propios pies, ¿verdad, padre?

El abuelo, sentado sobre el filo de una silla de anea e inclinado hacia delante, apoyaba su cuerpo sobre un grueso cayado y, sin dejar de sonreír, asintió con la cabeza, cubierta por una enorme txapela. Su mirada era limpia, amable e infundía seguridad.

- Este vino no se te subirá a la cabeza y te sentará bien al cuerpo – añadió Iñaki.

- Y al alma - aseguró el abuelo, que también me tuteaba.

Me senté y mientras bebía aquel vino dulcemente ácido y observaba a aquellas buenas personas, me di cuenta de que me estaba invadiendo una placentera paz interior nunca antes conocida.

Entonces, Iñaki se dirigió a su mujer con dulzura:

-

¡Noia, saca un poco de queso! Ya verás, Marco, lo bueno que está. Lo ha hecho Noia con sus propias manos y ha estado reposando, enterrado en el estiércol de las ovejas y la paja, por lo menos 5 meses.

Noia sacó una bandeja de madera repleta, no sólo de queso, sino de jamón, chorizo y no sé cuántas viandas más, sin que faltara un pan recién horneado. La

5

puso sobre una mesa que había a la sombra de la gran higuera y todos arrimamos nuestros asientos y, enseguida, empezamos a dar cuenta de aquellas bendiciones terrenas. La conversación, al principio superficial, se fue animando y se iba haciendo cada vez más amena, más íntima. De pronto, Iñaki me miró fijamente y me dijo:

-

Marco: te he estado observando desde que esta mañana viniste y te tumbaste en el prado. Desde aquí se ve todo, ¿sabes? Nos preguntábamos si te habrías dormido porque ya hacía mucho rato que no te movías. Empezábamos a preocuparnos y ya íbamos a ir a buscarte cuando hemos visto que te levantabas. ¿Qué hacías allí tanto tiempo, si me permites la pregunta?

Estaba realmente maravillado, sorprendido. Yo, que me creía ajeno a todo y a todos, que me sentía solo en el mundo y que nadie lo iba a notar si en aquellos momentos desapareciera, resultaba que había suscitado la preocupación de unos desconocidos.

-

¡Claro que se lo permito, no faltaría más! – contesté animoso y ligeramente desconcertado -. Sólo estaba contemplando el paisaje - me disculpé -. Me había llamado la atención la falda de esta montaña, llena de parras altas preñadas de uvas. El verde de las parras, el azul del cielo y el añil del mar hacen un conjunto...

Me interrumpí buscando la palabra adecuada.

-

¿Natural? – propuso Iñaki.

-

¡Sí, ésa es la palabra! Aquí todo es natural, pero, al mismo tiempo, extraño, distinto, y, sin embargo, apacible. Parece como si, de pronto, no existiera el otro mundo, el que yo conozco. ¡Se está tan bien aquí! ¿Cómo se llama este caserío?

-

“Atsedentoki”.

-

¡Extraño nombre para un sitio tan bonito! – observé – ¡Qué bien se está aquí! –

repetí, aspirando aire con fuerza -. En plena montaña, con el mar allá abajo, en la lejanía, y todo esto lleno de parras altas. ¡Y vaya cielo que tienen aquí! –

exclamé con convicción.

Entonces, Noia, me señaló a los dos enormes árboles próximos que proyectaban su sombra sobre la explanada y proporcionaban al entorno un agradable frescor.

Con voz dulce, adornada por una sonrisa amable, me dijo:

-

¿Te has fijado en los dos nogales que tenemos ahí delante? Doblan con creces los 300 años cada uno y todos los años nos proveen de frutos y leña, que guardamos para el invierno. En verano nos dan sombra. El nogal es un árbol muy generoso – afirmó fijando en ellos su mirada apacible.

6

Miré a aquellos dos hermosos ejemplares de árbol y, en verdad, me parecieron extraordinarios por su tamaño y por lo que podrían contar por sus más de tres siglos vividos, si pudieran hablar.

-

¡Anda, Marco! – añadió Noia - ve y dale un abrazo a los nogales: te traerá suerte. Dicen que dan mucha energía, y así debe ser porque hasta aquí viene mucha gente, sobre todo, ahora, en verano, y de muchos sitios, algunos muy lejanos, y sólo para abrazarse durante un rato a los árboles. Después, se van más tranquilos.

Advertí que era tarde, pero no quería marcharme de aquel lugar y deseaba seguir disfrutando de la compañía amable de Noia, Arka e Iñaki. Sin embargo, debía regresar a mi hotel, no fuera que estuvieran preocupados por mi tardanza. Me levanté y me despedí de aquella buena gente, dándoles las gracias como mejor pude y, antes de decirles adiós, no quise desairar a Noia y me abracé al nogal que parecía el más viejo de los dos y que, de ser cierto lo que decía aquella buena mujer, debería reportarme más energía y más suerte.

Ya en el hotel, saludé afable a mi amigo Joaquín y, como suponía, el dueño del establecimiento en donde me hospedaba, estaba intranquilo por mi tardanza y, cuando me disponía a contarle, me interrumpió:

-

¡Ya empezaba a inquietarme por tu tardanza, Marco! – me reprochó con ceñuda amabilidad, muy propio de Joaquín, y, enseguida, se interesó por lo que me había ocurrido.

Relaté a Joaquín el encuentro con aquella buena gente y la hospitalidad que de ellos había recibido. Mi amigo vive en aquella zona toda la vida y conoce perfectamente cada caserío, cada monte, cada camino, cada prado. Conoce a todo el mundo, pero se quedó muy sorprendido cuando le conté lo que me sucedió.

-

No conozco a nadie que viva donde me dices, Marco, y ese nombre tan raro que tiene el caserío debería sonarme de algo.

Evidentemente, mi amigo Joaquín se confundía, o yo no había sabido precisar el lugar exacto en donde se encontraba “Atsedentoki”. No le di más importancia al asunto. Después de charlar un buen rato, cené y me fui a dormir, cosa que conseguí enseguida, pues me encontraba ligero, a gusto, tranquilo, en paz.

Al día siguiente, decidí ir de nuevo a “Atsedentoki”, a saludar a Noia, a Iñaki y a su padre, pero no le dije nada a mi amigo Joaquín. Quería llevarles un obsequio a mis nuevos amigos.

Me dirigí al lugar, pero, con gran sorpresa, allí en donde había estado el día anterior, no encontré nada ni había nadie. Me quedé muy extrañado porque yo estaba seguro de que no me había equivocado de sitio. Por un instante fugaz, pensé que mi amigo, Joaquín, tenía razón, pero no, no era posible.

7

Permanecí mucho tiempo en aquel mismo lugar, en donde el día anterior había un caserío con una gran higuera y dos enormes nogales a la entrada y conocí a sus moradores, tres personas de amabilidad exquisita. Yo estaba seguro de no haberme perdido, de haber ido al lugar preciso. Oteé una y otra vez hasta donde la vista alcanza y no vi nada parecido a “Atsedentoki”. Desconcertado, me dispuse a regresar al hotel. Antes de echar a andar, me volví y miré por última vez aquello prados, y, de repente, apareció ante mi vista Iñaki, sonriente.

-

¡Iñaki! – grité liberando mi desconcierto.

-

¡Tranquilo, Marco! Sé lo que me vas a preguntar y la respuesta está en ti.

Mi desconcierto iba en aumento. Iñaki prosiguió:

-

Tú querías morirte ayer porque sentías que nadie te quería, porque no te crees necesario para nadie, porque nadie notaría tu ausencia si desaparecieras.

Crees que, porque no tienes a nadie, nadie te espera, a nadie importas. En cambio, hoy estás en paz contigo mísmo, con la humanidad y hasta con Dios, al que parece que hayas perdonado.

-

Y tú, ¿cómo sabes todo eso, Iñaki? – respondí sumido en una tremenda confusión.

-

Eso no importa, Marco. Lo que importa es que hoy eres otro, distinto, y ves las cosas de otra manera. Es como si el nogal que te señalaba Noia te hubiera dado la energía, la luz y la fortaleza que ayer no tenías.

-

¡Es verdad! – afirmé sin dudar.

-

No, no es así. La verdadera fuerza y la luz vienen de Dios, no del nogal, y vosotros, los humanos, sois incapaces de reconocer que esa energía la puso Dios en vosotros hace mucho tiempo. Se llama esperanza y está alimentada por la fe.

-

¿Vosotros, los humanos, dices? ¿Qué forma de hablar es ésa? Pero, ¿quién eres tú?

Sin esperar respuesta, y perplejo por lo que me estaba sucediendo, grité:

-

Pero, Dios mío, ¡qué desgraciado me siento!

-

Vuelves a equivocarte – me replicó Iñaki con su amabilidad habitual -. No eres desgraciado porque Dios está en ti. Mira tu corazón y verás a Dios y si quieres ver su rostro, mira una flor, una pájaro, una fuente, un niño. Mejor aún: mírate a ti mismo.

-

¡Yo no entiendo ese lenguaje! – protesté vacilante.

8

-

Pues entonces, habla y di lo que de verdad sientes.

Ante tan rotunda propuesta, respondí sin vacilar:

-

Estoy enamorado de una mujer y ella no me corresponde.

-

¡Ah! ¿Y por eso quieres morir? – se burló Iñaki con delicadeza.

-

Dios creó el amor como expresión del más noble de los sentimientos nacidos del corazón humano – explicó Iñaki -. Dios se complace en ello. Dios lo bendice. El amor es fuente de vida, nada más lejos de la muerte. La vida sin amor es como un mar sin peces.

Mientras me hablaba, Iñaki me miraba con su mirada amable que tanta tranquilidad me infundía.

-

¿Puedes amarla como merece? - me espetó de improviso, y sin esperar a que yo hablara, me lanzó:

-

¡Pues, vete, dile que la amas y ámala!

Iñaki desapareció de la misma manera misteriosa que apareció ante mí y una luz cegadora, que no sé de dónde provenía, iluminó el lugar por unos instantes y quedé deslumbrado. Sorprendentemente, lejos de inquietarme, me sentí sereno, dueño de mí mismo.

Camino del hotel, recordé las palabras de Iñaki y las fui rememorando una y otra vez:

-

¿Por qué me preguntaría si puedo amarla, si mi pesar es porque ella no me corresponde?

Un poco más adelante, volví a preguntarme a mí mismo:

-

¿No será ella quien no puede amarme y es por eso por lo que no me corresponde?

Entre dudas y preguntas sin respuesta, llegué al hotel y cuando le conté a mi amigo Joaquín lo que me había ocurrido, me contestó que todo aquello le parecía muy extraño y que debía ser fruto de mi imaginación.

-

Quizá tomaste el sol demasiado cuando te quedaste dormido en el monte y habrás tenido un sueño, una pesadilla – me dijo Joaquín convencido.

-

Pero, si aquello fue un sueño, ¿por qué ella, de verdad, no me quiere? –

protesté.

9

Joaquín se encogió de hombros ante mi duda y, antes de despedirse de mí y de darme las buenas noches, me aclaró:

-

¡Ah, por cierto, Marco! “Atsedentoki” significa “El Paraíso” en euskera, pero por aquí no hay ningún caserío con ese nombre.

F I N

10

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