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“OBRA CRITICA” VOLUMEN 2

JORGE LUIS BORGES

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Obra crítica Vol. 2

Jorge Luis Borges

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*PEDRO ANTONIO DE ALARCON. EL AMIGO DE LA MUERTE1

De familia noble y venida a menos, Pedro Antonio de Alarcón nació en

Guadix en 1833. Sus primeros años vacilan entre la teología y el derecho, pero

la literatura fue la que definitivamente lo atrajo. Su educación, como todas las

educaciones auténticas, fue la apasionada y arbitraria del autodidacta; las

liquidaciones de las bibliotecas de los conventos saciaban su curiosidad jamás

satisfecha. Aprendió el idioma francés sin ayuda de nadie. Ferviente

anticlerical y decidido partidario de las reformas liberales, fue objeto de no

pocas persecuciones. Aún no cumplidos los veinte años fundó con su amigo

Torcuato Tarragó el diario El Eco de Occidente, que anticipaba El Látigo,

publicación de propósito antimonárquico y de estilo satírico. Una polémica lo

llevó a un duelo con García de Quevedo. Estas aventuras no tardaron en

revelarle la mezquindad que es propia de los manejos políticos. Desilusionado,

se enroló como voluntario en la guerra de Africa, a las órdenes de O'Donnell.

En el campo de batalla ganó la cruz de San Fernando. A este episodio bélico

debemos la novela epistolar Diario de un testigo de la guerra de Africa, que le

dio popularidad e inverosímilmente dinero, ya que la primera edición alcanzó

la cifra de cincuenta mil ejemplares; tenía veintisiete años. Gracias a las

ganancias obtenidas realizó un viaje a Italia, que sería el tema de otro libro: De

Madrid a Nápoles. En 1865 se casó con Paulina Contreras y Reyes, católica

devota, de la que tuvo cinco hijos. El mismo Alarcón escribiría después: «Me

casé y me cansé... ¡Qué poco amena es la tarde de la vida!... Me he aplastado

en mi casa al lado de mi mujer y de mis hijos... en un «delicioso oasis». Tengo

muchos árboles, siendo el más notable un moral de quinientos años, un

emparrado magnífico, un gigantesco álamo negro y varias acacias y tres

higueras, una de las cuales mide veinte varas de altura. Hay además

granados, perales, moreras y no recuerdo qué más. De flores, rosales

incomparables que han surtido a Paulina para todo el mes de María. Un

jazmín de cuerpo entero, o sea, de tapia entera; dalias, lilas, adelfas, lirios

hermosísimos, malvamoras, adormideras viudas, ciento cincuenta macetas de

plantas exóticas, mucho mónibus, mucha yedra, muchos dompedros. He

puesto pimientos, tomates, calabazas, pepinos, cebollas, que bastarán al

consumo del año. Tengo perejil para cien familias. He comprado veintisiete

gallinas y un gallo. Me dan de quince a veinte huevos diarios. Tengo una pava

clueca, que se come cada día uno de los veinticuatro huevos que le puse, lo

cual me tiene horrorizado... En fin, soy el verdadero tío campesino.» En 1869 el

gobierno provisional le ofreció un cargo diplomático en los países

escandinavos, que rechazó. Se hizo defensor de la Restauración y apoyó a

Alfonso XII, que en 1875 lo nombró consejero de Estado. Poco después

abandonó la actividad política para entregarse íntegramente a la literatura. En

sus novelas cabe seguir la evolución de su pensamiento; de violento

revolucionario llegó a ser un sincero y resignado conservador. Sus escritores

preferidos fueron sir Walter Scott, Alejandro Dumas, Víctor Hugo y Honoré de

Balzac. En 1891, a los cincuenta y cuatro años, suspendió para siempre el

1 Biblioteca de Babel, Siruela, 1985

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ejercicio de la literatura afectado quizá por la soledad en que lo dejaron sus

contemporáneos, que no le perdonaron su cambio de posición política. Un día

del verano seco y ardiente de 1891 murió en Madrid.

En su estudio sobre Alarcón, Navarro González observa: «Sus novelas,

escritas febrilmente en breves días y entre largos intervalos de intenso y

heterogéneo vivir, más parecen fruto de contenidas vivencias, que súbita e

inspiradamente explotan en su alma, que de largas y tenaces observaciones de

la realidad.» De su copiosa labor literaria que incluye los siempre recordados

El sombrero de tres picos, El capitán Veneno, La pródiga, El niño de la bola, El

escándalo, hemos rescatado dos cuentos de Narraciones inverosímiles: El

amigo de la muerte y La mujer alta, leyenda que Alarcón oyó de los labios de

los cabreros de Guadix.

España, que inspiró a tantos y famosos escritores románticos, produjo

unos pobres y tardíos reflejos de ese movimiento. Constituyen una honrosa

excepción Rosalía de Castro, cuya expresión más alta se halla en su idioma

natal y no en el dialecto académico aún hoy en boga, Gustavo Adolfo Bécquer,

velado espejo del primer Heine, José de Espronceda y Pedro Antonio de

Alarcón. Recordamos esta circunstancia para que el lector comprenda y

disculpe algún exceso en el manejo del epíteto y de la interjección.

La imagen de La mujer alta asedió, sin duda, la mente de Alarcón y

figura, asimismo, ennoblecida y despojada de su carácter demoníaco, en El

amigo de la Muerte. Este relato, en su primera mitad corre el albur de parecer

una irresponsable serie de improvisaciones; a medida que transcurre,

comprobamos que todo, hasta el desenlace dantesco, está deliberadamente

prefigurado en las páginas iniciales de la obra.

En mi infancia trabé conocimiento con los relatos elegidos ahora; el

tiempo no ha borrado el buen espanto de aquellos días. Hoy que mis años

corren parejos con el siglo, lo releo, no con la fácil hospitalidad de la edad

primera, pero con pareja gratitud, con emoción idéntica.

***

*RICHARD ALDINGTON2

Aldington nació en el condado de Hampshire -sur de Inglaterra-, en 1892.

Se educó en Dover College y en la Universidad de Londres. A los trece años

había escrito -y caligrafiado- sus primeros poemas. A los diecisiete, una revista

distraída le publicó varias imitaciones de Keats. En 1915 aventuró su libro

inicial: Images Old and New. (En octubre de 1913 se había casado.) Aldington,

entonces, era «imaginista»: creía que las imágenes visuales eran lo

esencialmente poético. (Lo mismo creyó Erasmus Darwin, hace más de cien

años.) Esa caprichosa tesis lo condujo a la versificación irregular y sin rima,

por entender que en ella lo auditivo se subordina a lo visual... De esas cosas

habla Richard Aldington con sus amigos Ezra Pound y Amy Lowell, y no sabía

2 Biografía sintética, El Hogar, 13 de mayo de 1938

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que un pistoletazo balcánico iba a aniquilar el debate. A principios de 1916,

Aldington se enroló en la infantería del ejército inglés.

La guerra lo dejó vivo, neurasténico, sin un cobre. Una choza en

Berkshire, muchas traducciones y algunos trabajos periodísticos lo salvaron.

Tradujo El Decamerón de Boccaccio, la Historia cómica de los estados del sol

de Savinien, Cyrano de Bergerac, las cartas de Voltaire y de Federico Segundo,

los yambos de Chénier y centenares de inscripciones y de epigramas de la

antología griega.

En 1923 publicó Destierro; en 1928, El amor y el Luxemburgo; en 1929,

la novela asombrosa o sorprendente Muerte de un héroe. Es raro que un autor

abomine de todos los personajes de un libro y se complazca en insultarlos y

denigrarlos. Richard Aldington lo hace, y entendemos que su cólera es algo

más que los despliegues académicos de energúmenos profesionales como

Carlyle o Guerra Junqueiro o León Bloy.

Muerte de un héroe es un libro impar; si a alguna otra novela es afín, lo

es a The Way of All Flesh de Butler.

Richard Aldington es, asimismo, autor de Rumbos de gloria, de Las

mujeres tienen que trabajar, de La hija del coronel, de un estudio sobre

Voltaire y de Todos los hombres son enemigos. Este año ha publicado un libro

humorístico: Los siete contra Reeves. (Nombre, como habrá notado el lector,

que parodia Los siete contra Tebas de Esquilo.)

***

*ALMAFUERTE. PROSA Y POESIA DE ALMAFUERTE

Prosa y poesía de Almafuerte. Selección y prólogo de

J. L. B. Buenos Aires, Eudeba, Serie del Siglo y Medio,