Oración Personal por Benigno Juanes, S.J. - muestra HTML

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ORACIÓN PERSONAL

Benigno Juanes, S.J.

Nihil Obstat

Benjamín González Buelta, s.j. Provincial Santo Domingo, marzo 1997

Imprimatur

Nicolás de Jesús Cardenal López Rodríguez

Arzobispo Metropolitano de Santo Domingo

Santo Domingo.

Título

Oración Personal

Elaboración de portada

Publicitaria Cumbre

Diagramación

Molly Pichardo

Impresión

Amigo del Hogar

Indice

PRESENTACION

PROLOGO

I.

EN LAS FUENTES DE LA ORACION DE JESUS Y LAS CONSECUENCIAS EN LA VIDA DEL CRISTIANO

1. A propósito de la oración de Jesús

2. En las fuentes de la oración de Jesús

3. La estructura interna de la oración de Jesús

4. Consecuencias para nuestra oración a partir de la oración de Jesús

II.

LA EXIGENCIA DE ORACION DE NUESTRO SER INTIMO

1. La exigencia de nuestro “ser creador”

2. La exigencia de la oración por la inhabilitación de la Trinidad en nosotros: La respuesta de una comunión o trato intimo con la

Trinidad.

3. La exigencia de la oración por la “inhabilitación” de la Trinidad en el alma de justo de cada una de las personas

III.

LA EXIGENCIA DE ORACION PARA NUESTRA FRAGILIDAD E IMPOTENCIA PARA SALVARNOS Y SANTIFICARNOS DE

NUESTRO SER INTIMO

1. La exigencia de nuestra impotencia y fragilidad espiritual

2. La exigencia de la oración para “santificarnos”: para transformarnos en Cristo (“cristificatrnos”), para realizar la voluntad de Dios.

3. La exigencia de Dios de comunicarse con sus criaturas e hijos.

IV.

LA ORACION “ASUNTO DE FE” QUE SE HACE VIVA”, OPERANTE PARA EL AMOR

1. La oración es “asunto de amor”

2. La oración cristiana brota de la fe

3. La oración cristiana solo es posible en una fe que se hace operante por el amor

V.

LA ESENCIA DE LA ORACION

1. Hacia una definición esencial de la oración

2. El fin de la oración

3. El Dios – Amor de Jesús

4. La “La esencia”de la oración

VI.

PRETEXTOS PARA NO ORAR

Notas previas

1er. Pretexto: NO TENGO TIEMPO:

2do. Pretexto: NO TENGO GANAS

3ER. Pretexto: ¡HAY TANTO QUE HACER APOSTOLICAMENTE Y YA EL TRABAJO POR EL SEÑOR ES ORACION

4to. Pretexto: NO SIENTO NADA CUANDO ORO ¿PARA QUE PERDER EL TIEMPO?

5to. Pretexto: NO SE ORAR

6to. Pretexto: ¿PARA QUE SIRVE LA ORACION? (O LA APARENTE INUTILIDAD DE LA ORACION)

RESUMEN: EL PROBLEMA DE LA ORACION DIARIA

1. Consideraciones

2. Verdades-sofismas sobre la oración, hoy

3. Principios

VII.

HE PERDIDO EL HABITO DE ORAR

1. Una realidad

2. ¿Por qué se ababona la oración?

VIII.

DIFICULTADES EN LA ORACION

La dificultad para la dispersión y distracción interior:

IX.

COMO ENFRENTAR LAS DISTRACCIONES

LA ACTITUD ANTE ELLAS

1. Las distracciones que realmente perjudican

2. Hacer el mensaje de la distracción

3. Distracciones y sanación interior

4. Actitudes

5. Remedios prácticos

6. Algunas ayudas:

X.

LA DIFICULTAD POR LA ARIDEZ Y SEQUEDAD ESPIRITUAL

Notas previas:

1. Noción o en qué consiste la aridez

2. Causas de la aridez espritual

3. Remedios de la aridez

XI.

LAS RAICES PROFUNDAS DE LA DIFICULTAD EN LA ORACION

1. La estructura del amor

2. La estructura de la fe

XII.

ORIENTACIONES PARA LA ORACION: TIEMPO, LUGAR, EXTENSION DE LA ORACION, DETALLES DE IMPORTANCIA

1. Necesidad de prepararse para orar

2. Un acontecimiento sorprendente:

3. La materia de la oración:

(Algunos autores designan esta parte “preparación remota”):

4. La “preparación inmediata”

XIII.

PREPARANDOSE PARA ORAR

1. Necesidad de prepararse para orar

2. Un acontecimiento sorprendente:

3. La materia de la oración:

(Algunos autores designan esta parte “preparación remota”):

4. La “preparación inmediata”

XIV. CONDICIONANTES INMEDIATOS DE LA ORACION

1. Suscitar el deseo de orar

2. Recogimiento y concentración

3. Complemento: Cristo, Redentor y centro de la meditación

XV.

LA ENTRADA DE LA ORACION

1. El primer acto de la oración: Ponerse en la presencia de Dios:

2. Invocar al Espíritu Santo:

XVI. INTENSIFICANDO LA COOPERACION

1. La ofrenda de sí

2. Composición viendo el lugar

3. La petición

PRESENTACIÓN

El P. Benigno Juanes, s.j., viene de una escuela eximia de oración, la ignaciana. En ella se formó y de ella es hoy un experto.

Lo interesante en Ignacio de Loyola es que cuanto él enseña es fruto, ante todo, de una experiencia personal suya. En marzo de 1522

llegaba él a Monserrat. El día 25 al amanecer, después de haber velado toda la noche sus armas de Caballero ante la Moreneta, descendía

a Manresa. Cuatro meses pasaría allí dedicado a la oración y penitencia, sobre todo a la oración. Su gran descubrimiento al í fue que la

oración es comunicación con Dios y que de acuerdo a lo que se busque hay diversos modos de oración.

Le ayudó mucho un libro exquisito que un benedictino, Fray García Jiménez de Cisneros, primo hermano del gran Cardenal Francisco

Jiménez de Cisneros, había escrito pocos años antes. El original lo había escrito en latín pero precisamente en Monserrat, el año 1500, se

había hecho una edición en castellanos. Su título era "Ejercitatorio de la vida espiritual". A ese libro le debe mucho San Ignacio.

No negaré yo que en los hermosos tratados sobre la oración que el P. Benigno Juanes nos regala en esta ocasión, hay huella de libros

de competentes autores que han escrito largamente sobre esa realidad —orar- de la que decía Alexis Carrel que era tan necesaria al ser

humano como el beber o respirar. No es eso, sin embargo, lo más interesante para mí. Lo interesante es que en todo momento, en la obra

del P. Juanes se trasluce su experiencia personal, una vida, no tan corta ya, impregnada y perfumada de oración en todos los modos

ignacianos que no son poco. El P.Juanes no nos regala, según esto, exclusivamente "saber", sino guiones riquísimos de su experiencia y

vida. Valoramos profundamente esto y se lo agradecemos de corazón.

Con su estilo aforístico escribió San Agustín: "Recte novit vivere qui recte novit orare" "el que sabe orar correctamente, correctamente

sabrá vivir". La oración repercute fuertemente en la vida de uno.

La oración es coetánea del ser humano y la oración cristiana, coetánea del cristianismo. Dependiendo del fin específico de la oración,

ha existido siempre y existen diversos modos o tipos de oración. Una sistematización embrionaria de esos modos aparece ya en los Padres

del Yermo pero hay que esperar después al siglo XIV para una sistematización más elaborada y científica. A partir de la Devotio moderna

hasta nuestros días es mucho lo que se ha escrito sobre la oración y métodos de orar. Sobre las huellas de San Ignacio, el P. Juanes se

luce en saber ir directamente a lo medular de la oración y de los métodos históricos.

Jamás ha sido el P. Juanes amigo de ligerezas y veleidades. Por eso todo cuanto esta obra contiene es serio y sólido. Respecto a la

verdad diría que nuestro autor es hasta escrupuloso. Esto hace que se siente en todo momento urgido a precisar y matizar. Basta para

convencerse de ello ojear el despliegue de notas y la bibliografía empleada. Es una garantía y descanso.

Cuatro valores embelesan en su obra: la perspicuidad, la hondura, el equilibrio y la unción. La perspicuidad delata el buen profesor que

ha sido la mayor parte de su vida; la hondura, su agudez notable, su lucidez y su espíritu inquisitivo; el equilibrio, su serenidad y aplomo en

Dios; y la unción, su vibración íntima ante lo divino.

El P. Juanes ha escrito esta magnífica obra —continuación de las anteriores- para la formación de los que integran la Renovación

Carismática Católica entre nosotros. Son los principales destinatarios pero no deben ser los únicos. Al ser la vida de todo cristiano vida en

el Espíritu, todos cuantos se interesan por su vida espiritual y quieren cultivarla con esmero, deberían leer no sólo este ciclo sino la

Colección entera del P. Juanes.

Nos llena de paz y orgullo tener autóctonamente esta obra y a su autor.

Francisco José Arnaiz. SJ.

Obispo Auxiliar, Arquidiócesis de Santo Domingo.

PRÓLOGO

La oración tiene hoy una resonancia especial, en sí misma, puesto que hemos caído en la cuenta de un modo especial, que se trata de

una "relación de amistad frecuente e íntima con Aquel del que sabemos que nos ama". Santa Teresa, con su gran sentido de mujer avisada

e iluminada por el Espíritu y con el tesoro de su experiencia particular extraordinaria, acertó maravil osamente a darnos en una frase el

contenido esencial de toda oración. No hay duda de que se trata de una aventura espiritual que no todos están dispuestos a correr. Pero en

ella se encontrará precisamente el vigor y profundidad, la intimidad y el crecimiento en Cristo que obra la acción del Espíritu Santo.

Todo esto no elimina el hecho de que la oración, así como se vivirá muchas veces en un gozo, aun superabundante de Dios, se tenga

que soportar en una visión de fe y de soledad ante el Padre celestial. "El cristiano que, más allá de los abandonos y dificultades inherentes

a la debilidad humana y al clima de anemia espiritual del tiempo, persevera en la oración, testimonia profundamente que el hombre no vive

solamente de la satisfacción de sus necesidades, sino de la Palabra de Dios que le dirige en la comunión con El en la oración". La oración

personal nos atrae y nos da miedo a la vez: Nos atrae; porque el hueco, en frase glosada de San Agustín, que Dios ha dejado en cada

persona, no puede ser l enado sino es por El mismo. Hay un deseo íntimo de comunicación con Dios en todos, aunque pretendamos

suplirlo inconscientemente con otros modos sustitutivos.

La psicología cristiana tendría que investigar este hecho: la auténtica desbandada actual a tantas formas camufladas de oración que se

ofrecen y que son utilizadas, muchas veces, con un real detrimento espiritual de las personas.

Nos aterra también 1a oración porque, si queremos comunicarnos en soledad auténtica con Dios nos arranca a tantas cosas

programadas y queridas por nosotros; porque tenemos que disponernos para ella y dar de lado a toda otra ocupación; porque

desconfiamos de Dios y nos adelantamos a forjar en nuestro pensamiento y fomentar en nuestra voluntad ideas y sentimientos de las

exigencias que El nos va a reclamar y que somos renuentes a darle Y, sobre todo, porque nos ilusionamos con la facilidad que, como por

derecho propio, tendemos a reclamar en la oración; pero la realidad nos muestra que, frecuentemente no es así sino todo lo contrario: Las

dificultades que nos asedian hoy día, para orar, son muchas. La vida, precipitada, colmada de preocupaciones y ocupaciones: la

indiferencia religiosa que nos envuelve y parece no dejar un rincón para Dios; el conformismo de tantos que van a la zaga de lo que los

demás hacen y piensan... Quien decide seriamente consagrar un tiempo al Señor fácilmente pasa ante los demás por una persona al

margen de la realidad de la vida...

Y, sobre todo, la oración está expuesta al deseo, al plan, a la total libertad de Aquel que anhela comunicarse con nosotros: a su deseo

de purificarnos, de hacernos pasar por el camino mismo de Jesús, por un ejercicio de amor que se manifestará en la desnuda fidelidad.

Dios, a su tiempo, nos hará vivir en sorprendente intensidad la realidad de su amor, y actuará en nosotros en gozo y felicidad indescriptible

Y más aún, nos irá labrando golpe a golpe, día a día a imagen de su Hijo Jesús (Rom 8, 28).

Algo que es preciso tocar por ser la piedra de tropiezo de muchos. Para no pocos cristianos su vida parece resumirse en la lucha por la

justicia. ¿Quién duda de la legitimidad, de la urgencia, de la necesidad de esta acción que nace del corazón mismo de una fe viva y

actuante? Se sienten obligados, en verdad, en nombre del Evangelio. Pero nuestra pregunta es: ¿Se puede vivir en cristiano esta

dimensión sin una auténtica oración? La motivación verdaderamente original del cristiano: el ejemplo del mismo Cristo, argumento original

del cristiano: el ejemplo del mismo Cristo, argumento supremo para toda empresa y actitud espiritual; el de los santos más comprometidos,

que captaron la necesidad de su tiempo de un modo especial, las urgentes recomendaciones de la Iglesia actual, de todos los fundadores

y fundadoras de congregaciones dedicadas a la asistencia social... ¿No son capaces de interrogamos sobre la orientación verdaderamente

evangélica de nuestro compromiso? ¿No están proclamando la necesidad de armonizar ambos elementos? ¿De que para un cristiano lo

segundo nace espontáneamente y con vigor de una oración en la que Dios ha estado en comunicación íntima con nosotros y nos ha

infundido los sentimientos de su Hijo Jesús, los suyos que vela y quiere realizar sus designios a través de nosotros? Dejamos la respuesta

a la reflexión personal, a la experiencia, a la iluminación del Espíritu en nosotros.

La oración nos ha parecido tan capital para la santidad personal y para la transformación del mundo, también del nuestro, que nos ha

urgido a emprender esta obra. Pero la razón fundamental para un cristiano creo hal arse en el hecho de que somos hijos de Dios y

necesitamos comunicarnos con nuestro Padre, en su Hijo Jesucristo, puestos bajo la guía del Espíritu.

Tales razones nos han parecido tan fundamentales que justifican esta empresa, por más que de la oración hoy se haya escrito tanto y

tan excelente.

Nuestro designio va por otro lado... Deseamos ofrecerá nuestros hermanos de la Renovación Carismática y a todo cristiano} algo así

como tina guía un tanto detallada de la oración.

Por eso abordamos en cuatro volúmenes temas que juzgamos importantes teóricos y prácticos sobre la oración.

Lo que ofrecemos no es tanto cosecha personal cuanto síntesis de quienes con más autoridad han reflexionado sobre la oración y han

tenido una experiencia personal profunda de ella.

Los dos primeros tomos abordan cuestiones de tipo teórico, importantes en sí, y que preparan el camino a los dos siguientes de tipo

práctico.

Aunque parezca exigencia importuna pedimos a los lectores no pasar de ligero sobre las páginas. Cuanto se refiere ala oración pide, de

un modo especial, irlo interiorizando. De ello se valdrá el Espíritu para suscitar en nosotros un profundo deseo de comunicamos con Dios.

Y toda nuestra vida será hondamente transformada, y nuestro trabajo por el Reino será vivificado más allá de nuestras expectativas.

No creemos que esté fuera de lugar este tomo y los siguientes, dedicados a la oración personal en la colección "Torrentes" que aborda

toda ella temas relacionados con la Renovación Carismática católica. Al contrario, nos parece que complementamos la misma oración

comunitaria de los grupos de oración, que la experiencia ha atestiguado, por años, los frutos preciosos que pueden producir.

El lector encontrará, y no se nos han pasado desapercibidas las repeticiones a lo largo de toda la obra. Esto obedece al hecho de que

los diversos temas creemos que están muy relacionados entre sí y resulta difícil no tocar, aunque sea ligeramente, ideas ya anteriormente

tratadas. Otra causa es el hecho de la importancia que revisten ciertos aspectos que parecen estar pidiendo ser aludidos brevemente para

que el lector los vaya asimilando paulatinamente en su lectura ordenada a la práctica.

Desearíamos que esta nota aclaratoria la tuvieran presente los lectores, si les pareciere que esto mismo lo encuentran en los tomos que

seguirán sobre la oración. Sin querer justificamos, entendemos que una discreta repetición, cuando se trata de temas importantes, es más

bien beneficiosa. Incluso moderadamente empleada, puede ser una metodología laudable, que ayude no poco a los lectores, aun a los que

ya tienen ciertos conocimientos de la materia que se trata. Una vez más, queremos manifestar nuestro agradecimiento a cuantas personas

están contribuyendo a que sea una realidad esta Colección "Torrentes", ahora, en particular, los tomos que abordan el tema de la oración.

I.

EN LAS FUENTES DE LA ORACIÓN DE JESÚS Y LAS CONSECUENCIAS EN LA VIDA DEL CRISTIANO

1. A propósito de la oración de Jesús

Aun a riesgo de repetir ideas ya expuestas en instrucciones precedentes, intentamos profundizar, aunque sea brevemente, en un tema

tan capital para el conocimiento de Jesús y sus consecuencias en la vida cristiana.

El centro de la vida y de la persona de Jesús es su continua comunicación con el Padre

Esta afirmación, formulada por un teólogo de la categoría del Cardenal Ratzinger, le da una fuerza especial, sobre todo por ir

cimentada sobre la base segura de la Escritura.

A Cristo se le dan multitud ele títulos. Entre ellos, la Iglesia, desde sus mismos comienzos, elige guiada por el Espíritu, uno que hal ó ser la

expresión principal de su personalidad y de su misterio: "Hijo de Dios". A partir de esta elección ocupa el centro de la confesión cristiana.

No fue hecha al azar: la Iglesia sabía, por la unción y la inspiración del Espíritu, bajo cuya guía y asistencia lo hacía, que con ese título

expresaba de la manera más exacta, y, a la vez, más sencil a, lo que realmente fue el centro de la vida de Jesús.

A partir de esta persuasión iluminada, todos los evangelistas dentro de la teología que les es propia, intentan penetrar en su misterio,

discreta y respetuosamente.

Una vez terminados los quehaceres diarios, se retira en soledad a comunicarse con su padre (Mc 1,35; 6,46; 14, 32.35.39; Mt 14,23;

26,36; Le 6,12; 9,28). Esta profusión de indicaciones muestra que Jesús, a parte de las oraciones culturales y prescripciones piadosas de

su tiempo, que cumplía, y de la oración que acompañaba a sus grandes decisiones, indica fuertemente que la oración está presente

constantemente en su vida y la acompaña en su existencia diaria.

Ratzinger señala tres acontecimientos capitales en la vida del Señor que, simultáneamente nos manifiestan otros tantos aspectos

fundamentales:

Io: Constituyen el centro de la historia de Jesús.

2o: Proceden del núcleo mismo de su persona. Por tanto, en ellos se apoya, especial no exclusivamente, la elección del centro de la

confesión cristiana.

3o: Lo íntimo, lo central de su persona se manifiesta en ellos y nos muestran, a la vez, que el núcleo de la misma es su comunicación

con el Padre.1-2

1. J. Card. Ratzinger, Orientaciones teológicas, Medellín, n. 37, marzo. 1984, 3-4.

2. "Evidentemente, Jesús sólo pudo hablar así de Dios, vivir de Dios y para Dios, porque su relación con él era verdaderamente única.

Según el testimonio de los Evangelios, la relación de jesús con el Padre es distinta de la que tenemos nosotros. En ningún momento los

Evangelios nos presentan a Jesús mezclado indistintamente en el círculo de los demás devotos; al contrario, lo sitúan en un lugar aparte,

lo cual hace que a diferencia de los otros que oran (Cf. Mc 6,46; 14,32-42; Jn 17,1), su relación con el Padrees tan peculiar)'única que

nunca está en el mismo nivel que los discípulos. Nunca dice: "Padre nuestro" en el sentido de igualarse a los hombres. Siempre dice: "Mi

padre", "vuestro padre" o "el padre". Después de la resurrección 1c dice a María Magdalena: "Anda, ve a mis hermanos y diles: "Subo al

Padre mío padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro" (Jn 20,17); cfr. G. Maggioni, "Oración", en: Nuevo Diccionario de Teología bíblico,

Edic. Paulinas, Madrid, 1990,1334- 1339.

Conferencia episcopal alemana, Catecismo Católico para Adultos, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1988,78.

Estos tres acontecimientos fundamentales, enumerados por el teólogo citado, son los siguientes, pero sin ser en modo alguno,

exclusivos:

"La expresión que resume la buena nueva de Jesús sobre Dios es el hecho de que Jesús habla con Dios como Padre de un modo

completamente único y nos enseña a decir: "Padre nuestro" (Mt 6, 9; Cf. Lc 11, 2). Jesús, en su conversación con Dios, se atreve incluso a

utilizar una palabra familiar y penetrada de entrañable confianza: "Abba". (Cf. Mc 14, 36). La comunidad primitiva estaba convencida de que

Jesús hace aquí que la palabra "Abba" fuera para ella una palabra sagrada; tanto que la ha transmitido a los textos griegos en su

transcripción aramea original (Rom 8,15). Por esta razón, la Iglesia pensó firmemente desde el principio que lo auténtico y específicamente

cristiano consiste en una comunicación íntima y personal con Dios, en tomar conciencia de que somos hijos e hijas de Dios. Al mismo

tiempo, el cristiano debe saber que el que l ama a Dios "Padre", tiene hermanos y hermanas; nunca está aislado y solo ante su Padre. De

este Padre común surge la nueva familia, el nuevo Pueblo de Dios como comienzo de una humanidad nueva".1

3 Conferencia episcopal alemana, Catecismo Católico para Adultos, 65-66.

Io: El llamamiento de los doce: (Mc 3,13-19; Lc 6,12-16). Son los doce predestinados por el Padre. Jesús ora durante toda la noche

para "discernir" a la luz del Padre celestial, quiénes son los que El ha elegido desde siempre. Son los doce que expresan el misterio del

pueblo de Israel, constituido por doce tribus, que ha rechazado al enviado del Padre.

Este momento, supremo en la vida de Jesús, "debe considerarse como el momento en que la Iglesia comenzó a nacer". Esto es lo que

fundamentalmente explica la importancia del orar de Jesús en íntima comunicación con el Padre.

"La Iglesia nace en Ja oración en la que Jesús se entrega al Padre y el Padre entrega todo aJ Hijo. En esta íntima comunicación está

el primer origen de la Iglesia y su sólida firmeza".4

2°: La confesión de Pedro en Cesáreo de TUipo (Mt 16, 13-20; Lc 9,18-20).

En este episodio es donde, a su juicio, se apoya el origen de la confesión cristiana: A la pregunta de Jesús, "responde Pedro con

aquel a confesión que aún hoy con él la Iglesia pronuncia. De esta confesión vive la Iglesia, porque en esta confesión se le manifiesta junto

con el misterio de Jesús, el misterio de la vida humana, el misterio de la historia del mundo, a partir del misterio de Dios. Esta confesión une

a la Iglesia y, como signo de esta unidad, Jesús, en este momento, a Simón, que hace tal confesión, le nombra y le designa Pedro. Por

tanto, la confesión de Pedro puede, con razón, l amarse el segundo paso en el nacimiento de la Iglesia",5 pero también aquí hay una raíz

profunda de cuanto parece ocurrir en la superficie: Jesús se había retirado a orar (Lc 9,18). En el evangelista, lo que podría juzgarse dicho

como de paso, tiene una importancia capital:

En primer lugar, supuesta la importancia del paso que Jesús va a dar, sería salirse de su modo habitual de proceder: emplear un tiempo

privilegiado en la comunicación íntima con su Padre celestial. En ella, a la vez que lo consulta, expresa, sobre todo, la realidad más

profunda de sí: "ser Hijo".

Por otra parte, la confesión cristiana, a la luz del Espíritu, entiende el misterio de Jesús, principalmente, a partir de esa comunicación

íntima de Jesús con el Padre y deduce la consecuencia fundamental para el cristiano de que realizar su propia identidad es seguir el

ejemplo de Jesús. Esto, a la vez, es haber descubierto la esencia de aquel a quien imita.

4. J. Card. Ratzinger, o. c., 4.

5. J. Card, Ratzinger, o.c, 4.

3° La transfiguración de Jesús (Lc 9,28-36; Mc 9, 1-10; Mt 17, 1-13). En ella aconteció la participación de la gloria divina por la

Humanidad de Jesús. Sucedió, según Lucas, durante la oración.

Viene a ser el misterio de la unión entre predicación del mensaje y la oración en Jesús; el anticipo de la manifestación de la glorificación

suprema en la "parusía" (Me 9,1). Y ambas realidades tienen su raíz en la filiación divina de Jesús.

Parece que San Lucas está insinuando lo que más arriba se dijo: que en la Persona de Jesús, el centro de su vida hay que irlo a buscar

en su oración, en la comunicación íntima con el Padre.

De aquí se puede deducir en una conclusión sorprendente por su originalidad, riqueza y trascendencia cristiana, que la Cristología

viene a tener su contenido más íntimo y "comprensivo" en la captación e interpretación de la oración en el Espíritu.6

Hemos seleccionado algunos aspectos fundamentales de la oración de Jesús, pero hay otros, también importantes: El Bautismo, (Lc 3,

21-22); la multiplicación de los panes (Mt 14, 22-23); la resurrección de Lázaro, (Jn 11, 41-42); la Ultima Cena, (Jn 14ss.); Getsemaní, (Lc

22ss.); La Cruz, (Mc 15, 34). Cada uno tiene su aspecto peculiar y la oración de Jesús se presenta especialmente multiforme y rica en

enseñanza para nosotros.

2. En las fuentes de la oración de Jesús

"La experiencia de Dios como Abba (Padre querido) y la entrega radical al Reino de Dios nos ofrecen, sin duda, el núcleo de la

personalidad de Jesús (...). Y ahí hemos de buscar también el contenido más original (y la fuente) de la oración de Jesús".7

6. J. Card. Ratzinger, o. c., 4; Cfr. A. Stoger, El Evangelio según San Lucas, Herder, 1970,1,262-263, Romano Guardini.El Señor II,

Patmos, 1965,126-140.

A. La necesidad de expresar su "filiación" ante el Padre por una comunicación íntima y en una conñanza radical y absoluta.

El modo de dirigirse a Dios, l amándolo siempre "Padre", a excepción del grito de la Cruz, cita del Salmo 22, es un argumento

indiscutible de que Jesús acostumbraba a l amarlo con este nombre. En sus labios tiene un sentido totalmente único; Jesús era consciente

de su inalienable realidad de Hijo de Dios y así se expresa en su oración, en su invocación (Mc 14, 36; Mt 11,25-26; 26, 39-42; Lc 10, 21;

11, 2; 22,42; 23, 34-36). Es la manera de expresar plenamente lo que es: Hijo unigénito; de manifestar y realizaren plenitud su identidad

íntima, Hijo; de reconocer, a la vez, la realidad más esencial de Dios: su Padre, con cuanto conl eva en el Padre perfección infinita y fuente

de toda paternidad.

"Este Padre es el horizonte último desde el que se comprende a sí mismo y hacia el que vive su existencia entera".8

Por eso:

Su oración, está tan l ena de confianza filial y de respetuosa, sencil a y desbordante familiaridad, que siempre será un misterio

inaccesible para nosotros, al que solamente podemos "aproximarnos" con su gracia.

Dios, su padre, es para él no sólo el sentido último de su persona, de su actitud, de su misión, es también todo lo mejor, la infinita

perfección: la misericordia, la ternura, la providencia, el perdón... "Jesús no entiende a Dios como la instancia ante la cual se puede

merecer algo, sino como el hecho en el cual el hombre malo y desesperado recibe futuro y esperanza".9

7. J. A. Pagóla, Cómo oraba Jesús, Sal Terrae, abril, 1984, 262.

8. J.A. Pagóla, o. c., 263.

La relación suprema de Jesús con el Padre, que expresa en la misma palabra con que a El se dirige “Abba” es el amor: Amor del Hijo

que se sabe eternamente engendrado por el Padre en el amor, eternamente amado infinitamente y al que quiere responder en un amor que

exprese todo lo que El es para el Padre y cuanto el Padre es para El.

En este dirigirse al Padre en la plenitud de su amor que se hace obediente, como suprema manifestación de su filial y voluntaria

sumisión (Fil 2,5-11), se acepta a sí mismo como Hijo.

Con ello, Jesús reconoce no sólo su más íntima realidad; manifiesta su indeleble persuasión de haber recibido y estar recibiendo

constantemente su existencia del Padre; de saberse "incrustado", enraizado, vuelto sustancialmente, rodeado del amor del Padre y

l amado desde el fondo de su ser a una confianza ilimitada. Y en todo ello Jesús encuentra la explicación exhaustiva de su misterio y el

íntimo gozo de comunicarse con el Padre.10

"Sabemos poco de lo que sucedía cuando Jesús se iba solo a las montañas a orar; pero el relato evangélico me l eva a creer que aquel as

noches se pasaban en comunión amorosa con el Padre en el Espíritu e intercediendo por el mundo. Quizá su oración fuera, a veces como

la de Getsemaní, y otras como la del monte Tabor; pero en cualquier caso, estaba dominada por el amor al Padre, amor que l ega a su

climax en estos capítulos místicos del cuarto Evangelio, en que Jesús habla de la inhabitación del Hijo en el Padre: Jesús mora en sus

discípulos y sus discípulos moran en él, y todos moran en Dios y Dios mora en todos".11

9. H. Braun, Jesús, el Hombre de Nazaret, y su tiempo, Sigúeme, Salamanca, 1975,108.

10. Crf. Oración y Misión, J. Luzdrraga, Mensajero, 1978, 95-104.

B. Al servicio del Reino en sus hermanos

La oración de Jesús fue, ante todo, un escuchar, un atender al l amamiento del Padre: este l amamiento era fundamentalmente la

misión histórica de salvación para la redención del mundo. Y ésta tiene su fundamento profundo en el "l amamiento eterno intratrinitario".

Jesús, siendo verdadero hombre y teniendo una historia, percibía constantemente la misión encomendada por su Padre y de una

manera distinta en cada nueva situación.

El l amamiento del Padre, al que El responde en filial y libre obediencia aparece insinuando en los evangelios en distintas ocasiones:

- Al quedarse, adolescente, en el templo (Lc 2,49).

- Al ir al desierto una vez recibido el Bautismo de Juan (Mc 1,12).

En otras diversas ocasiones, pero formulado de un modo sintético, siempre que advertía que su "hora" no había l egado aún, (jn 2,4) o

que ya había llegado (Jn 12,23; 17,1).

Jesús comprendió, en el trato íntimo con su Padre, que no le era posible aceptarse como Hijo sin reconocerse y vivir plenamente como

hermano entre los hombres. El conocimiento eterno, se hizo temporal en su conciencia humana y asumió esa realidad desde dentro con

plena entrega y disponibilidad (Fil 2,5ss.).

Por eso:

Su oración es también total solidaridad con sus hermanos, especialmente de cuantos necesitan el perdón, de la providencia, del

amor... del Padre a través de El.

11. W. Johi ston, El ojo interior del amor, Edic. Paulinas, Madrid, 1984, 54.

Por eso, no debe sorprendernos la insistencia con que l ama a nuestra puerta una y otra vez para que perdonemos, devolvamos bien

por mal, oremos por los que nos persiguen, le sirvamos en nuestros prójimos, etc. (Mt 5,44; Me 9,28-29; Lc 10,21; Mt 25,31 ss).

"Esta solidaridad fraterna con los más pobres es la que ha de "cristianizar también hoy nuestra oración".

Por eso, el sentido esencial y sanamente optimista de la oración de Jesús: porque ve en el Padre un Dios que quiere reinar entre los

hombres por el amor y el perdón y ve que no obstante las dificultades, se va haciendo realidad su Reino entre los hombres, y

hermanándolos entre sí bajo la mirada paternal del Dios del amor.

Por eso, El no busca la imposición brusca del Reino. Se hal a siempre atento a descubrir la voluntad del Padre, para aceptarla y realizar

el cumplimiento del Reino aun en las circunstancias más arduas y dolorosas (Mc 14,36).

Por eso quiere dejar bien claro a los suyos, con su ejemplo, en el testamento de su pasión y muerte y de toda su vida, "que los que oran

'en el Espíritu del Señor' no lo pueden hacer volviendo la espalda a los que sufren. Nuestra oración es cristiana si vamos aprendiendo a orar

no solamente por los pobres y desgraciados, sino a orar con ellos. Esa oración combate nuestra tendencia a huir, como por instinto, de la

compañía de los desgraciados y de los que sufren".12

C. La búsqueda de la voluntad del Padre

La religión judía, afirma J. Galot, es concebida, en primer lugar, no como una rectitud moral sino un "pertenecer" a Dios.

Este pertenecerle abarca todo su ser, toda su existencia y todas sus obras. Jesús lo realiza de un modo total y fundamental, asumiendo

la naturaleza humana en su naturaleza divina.

12. J. B. Metz, Invitación a la oración. Solidaridad en el dolor y el compromiso, Sal Terrae, citado por J. A. Pagóla, o. c., 266.

"Pero además esta humana naturaleza estaba totalmente al servicio del Padre de modo que pueda realizar sus obras a través de este

servicio. Cuando Jesús declara que el "ha sido consagrado" por el Padre y enviado al mundo (Jn 10,36), deseaba manifestar a sus

enemigos que Él verdaderamente ha cumplido las obras del Padre y que en verdad era Hijo de Dios.13 "Esta es otra perspectiva para

visualizar la oración de Jesús, que completa las anteriores".

De aquí necesariamente se deduce que todo el clima de la oración de Jesús es realizar la voluntad del Padre; el cumplimiento de la

misión, el l evar a cabo la voluntad salvífica del Padre.

Esta actitud dinamizadora de su oración está íntimamente unida a su ser de Hijo que todo lo recibe del Padre y cuya disposición

fundamental es vivir en obediencia filial.

Su lenguaje, en este sentido, no puede ser más expresivo. San Juan, sobre todo, lo expresa con una fuerza e insistencia que indica

estar tocando algo básico e insustituible. San Lucas, a su vez, presenta a Jesús realizando concretamente la disposición "esencial".14

La oración en Jesús no es sólo necesidad de expresar su intimidad filial con el Padre, es también búsqueda del Reino conforme a la

voluntad del Padre y adherirse a ella consciente, obediente, filialmente. La oración de Getsemaní es el ejemplo más sorprendente de esta

actitud interior de vivir en todo la voluntad del Padre, aceptar ser instrumento libre, asumiéndola totalmente (Mc 14,36).

Si nos detenemos en las expresiones del Evangelio de Juan encontramos un caudal inexhausto de su disposición.

13. J. Galot, Who ist Christ? Gregorian University Press, 1980, 376.

14. J. Luzárraga, o. c., 107.

Citamos algunos textos clásicos: (Jn 4,31; 14, 31; 10,17s.; 12,50; 6,57; 4,10).

Jesús realiza en su oración la unidad perfecta entre acción conforme al plan de Dios, y contemplación en la comunicación más íntima

con el Padre. Esto supone una purificación de todo lo que se interponga. "Por eso el evangelista hace notar en la Persona de Jesús una

purificación total de todo impedimento, una ausencia de todo aquel o que pudiera impedir el que Jesús se sintiera en su acción

perfectamente dinamizado por la contemplación".15

Busca únicamente la gloria del Padre (Jn 5,30.34.41; 8, 50); Jesús no se precipita, sabe esperar sosegadamente su "Hora" (Jn 2,4; 11,

9s; 4, 40, 7, 8).

Su gran creatividad está suscitada y realizada por el plan y dentro del designio del Padre (Jn 5, 19.30; 7-17).

Ni se mueve por apariencias ni se deja conducir por triunfalismos (Jn 7,15; 8, 23; 6,15. 66, 7,3s.).

Todo en El, también su rica sensibilidad, se hal a bajo el sereno dominio de realizar la voluntad del Padre. Esta actitud confiere a su

oración no sólo una nueva motivación, sino también constituye una nueva fuente de gozo y de paz íntima aun en medio de las renuncias y

sufrimientos más arduos.16

Para encontrar el justo "camino" de la oración, el cristiano debe considerar lo que se ha dicho precedentemente a propósito de los

rasgos revelantes del camino de Cristo, cuyo "alimento es hacer la voluntad del que le ha enviado y l evar a cabo su obra" (Jn 4,34).

Esta es la unión más estrecha e íntima -traducida continuamente en oración profunda- que Jesús vive con su Padre. La voluntad del

Padre le envía a los hombres, a los pecadores; más aún, a los que le matarán. Y la forma de estar más íntimamente unido al Padre es

obedecer esa voluntad.

15. J. Luzárraga, o. c., 107.

16. J. Luzárraga, o. c., 108.

Sin embargo, eso no impide de ninguna manera que, en el camino terreno, se retire también a la soledad a orar, para unirse al Padre y

recibir de El nuevo vigor para su misión en el mundo (...) Toda oración contemplativa cristiana remite constantemente al amor al prójimo, a

la acción y a la pasión, y, precisamente de esa manera, acerca más a Dios". Jesús en su transfiguración sobre el Tabor, no permanece allí

a pesar de la sugerencia apasionada de Pedro. Más aún, en su misma glorificación por el Padre, se evoca su Pasión (Lc 9,31).17

3. La estructura interna de la oración de Jesús

Todo lo anterior y cuanto diremos más adelante, condiciona la estructura de la oración de Jesús. Su oración es una respuesta al

l amamiento del Padre que ha escuchado: La "obediencia amante": (Jn 4, 34; Lc 3, 21; Mc 1, 25; Lc 6, 12; 9, 18; 9, 28; Mt 26, 36ss.).

La oración de Jesús es la repetición y la intensificación de su oración al entrar en el mundo (Hebr 10,5). Esta primera oración

"comprende ya su total, definitiva e irrevocable respuesta al l amamiento del Padre. Porque Él es, desde el primer día de su existencia, un

comprenhensor en el cielo, en el seno del Padre (Jn 1,18).

Cada oración de Jesús proviene, por tanto, "de su inmediata proximidad a Dios, de su singular conciencia de Hijo, la cual le permite,

aun en los momentos más difíciles de su vida, exclamar con toda espontaneidad: "Abba, Padre mío querido" (Mc 14,16; Lc 23,46). Y

entregarse a Él incondicionalmente. Pero es también, viator: peregrino en camino hacia Jerusalén (Lc 9, 51), hacia el Padre, para sellar con

su muerte su total entrega a la voluntd de salvación del Padre.

17. Card. Ratzinger, Carta de los Obispos católicos sobre algunos aspectos de la meditación cristiana, L'Osservatore Romano, 24 dic.

1989, n. 13.

Tiene que ser y lo es, el oyente por excelencia de la Palabra del Padre que se le dirige de una manera única: Jn 5, 30; 5, 19; 17, 8).

En Jesús, al crecer su experiencia de la vida, crece también su conocimiento experimental de la palabra de salvación: cómo lo alcanza,

lo pone a prueba, lo convence de su impotencia como hombre. Por eso toda nueva respuesta de Jesús l eva en sí este crecimiento. No es

una simple repetición, sino creciente esclarecimiento y entrega voluntaria, que resulta de la acción digna, del Espíritu Santo en él (Hebr

5,7-9; 2,18). La entrega final de Jesús (Lc 23,46) "es el último fruto de su sacrificio total, la respuesta universal al ofrecimiento de salvación

hecho por el Padre a la humanidad pecadora. El Padre acepta esta respuesta; ésta vuelve ahora junto a él. Lo que había dicho en el

Bautismo de Jesús (Lc 3,21 s.; Mt 17,5), comienza a hacerse realidad en lo que Jesús había afirmado Jn 1,51). "La apertura del cielo es el

fruto de la oración de Jesús".

Sobre este fondo se comprenden y alcanzan su sentido las diversas formas de oración de Jesús: petición, alabanza, acción de

gracias,... Todas ellas están contenidas y dimanan de su amorosa obediencia de Hijo: La respuesta fundamental de Jesús a su ser

esencial de Hijo del Padre celestial, a su misión que le fue encomendada por el mismo Padre. Son el desarrollo y coronamiento.

Jesús oró siempre como nueva Cabera de la humanidad a la que venía a rescatar y en la que estaba inserto por su Humanidad. Su

oración tenía, necesariamente, carácter intercesor y esa intercesión, por ser de quien representa a la humanidad e intercede ante el Padre

en calidad de Hijo unigénito, a quien se le ha dado la misión de reconciliar, no podía menos de ser escuchada (Lc 22,32; 23,34; Jn c.17; Lc

10, 21; Jn 11, 41; 12,28; Hebr 4,4-5, 10).IS

18. Cfr. Conceptos fundamentales del cristianismo, II, 192-196, F. Wulf, "Oración", Edic. Cristiandad, 1979; Cfr.J. Guil et et D, Mollat,

Apprendre a prier, Paris, 1977.

4. Consecuencias para nuestra oración a partir de la oración de Jesús

En Cristo y por su oración, ha alcanzado un nuevo y elevado sentido la apremiante palabra: "Escucha, Israel" (Deut 6,4ss.). Esa palabra

hay que escucharla de su boca (Jn 5, 24; 12, 48) y el Padre, l eno de gozo, lo confirma apremiantemente (Mc 9, 7).

La oración del Nuevo Testamento es una respuesta inmediata a la Palabra, al l amamiento de Cristo. De otro modo: se puede orientar o

ser la oración dirigida a Cristo o la oración dirigida al Padre por medio de Cristo (Hech 7, 59s.; 1 Cor 16, 22; Ap 22,20s.; Rom 10,12). El

mismo Cristo, que habita en los corazones de los bautizados (Ef 3,17), es quien sugiere esta invocación. Por San Juan nos insta a pedir al

Padre en su nombre, en la realidad toda de su Persona, que posee el poder y el amor para cumplir cuanto le pedimos (Jn 14,10-14). Pero,

también nos anima a pedirle a El directamente, porque su identidad con el Padre es verdadera. Solamente existe distinción de Personas,

en la realidad íntima del Padre y del Hijo.

La oración cristiana es, por su sentido final, una oración dirigida al Padre por medio de Cristo (Ef 5, 20; 3, 12; Col 3, 17) en el Espíritu.

El ha abierto el camino que lleva al Padre (Hebr 10, 19s.).

La "intimidad y confianza" en el trato con Dios son las características propias de la oración cristiana. Tienen su fundamento

indestructible en la unidad del cristiano con Cristo (Jn 15,1-8; Gal 2,20), y en la nueva realidad de la gracia concedida en el Bautismo: la

gracia de estar "en Cristo Jesús", tan repetida por San Pablo.

Fundamentalmente es la participación en Cristo, por el Espíritu Santo, de la filiación del Hijo unigénito del Padre. Cuando así se ora, el

cristiano está tocando la raíz más profunda, la motivación esencial de su oración, la exigencia más insustituible de su plegaria:

comunicarse con su Padre celestial, a ejemplo de Cristo, para expresarle lo más íntimo de su ser: su filiación divina.

Cuando así ora, puede penetrar en el corazón del Padre y participar de su amor misericordioso. Puede tener la certeza de ser

escuchado, cuando ora en el nombre de Jesús, porque son dos los que claman: el hijo que participa de la vida del Padre en Jesús y Jesús

mismo que hace suya la oración del que está unido a El y por El al Padre (Mc 11,14; Jn 14,13s.; 15, 7.16; 16, 23-26).

La expresión "en el nombre de Jesús" no incluye sólo hacer la oración en comunión con Jesús, sino también "con los mismos

sentimientos de Jesús": tener las grandes aspiraciones de Jesús en su oración, que las resumió maravil osamente en el Padre nuestro.

Por eso la oración cristiana no es sólo una orientación fundamental hacia Dios, sino también hacia sus hijos. Nada hay tan

comprometedor como la oración a Dios Padre, la comunicación íntima con El; en ella asumimos los sentimientos e ideales de Jesús. El a

nos transforma en él y nos va dando sus mismos compromisos en el orden e importancia con que estuvieron presentes en la suya. Por

tanto, el compromiso especial con los "pequeños", con los más necesitados entre sus hijos.

La oración cristiana es, en último término, una oración en el Espíritu Santo: en el Espíritu del Padre y del Hijo (Rom 8, 26-27; 16,15).

Dejarse guiar por El es abandonarse en la voluntad del Padre, objetivo definitivo de la oración de Jesús; y ser l evado a la experiencia más

profunda de la oración.

Si Cristo y el Espíritu son los autores y sujetos de la oración cristiana, ésta se realiza en la Iglesia. Es el mismo Cristo que sigue viviendo

en la derra, "la gran orante en presencia del Padre" (Ef 3,21).2

La oración fundamental cristiana es la Eucaristía. Para la primitiva comunidad eclesial era la oración distintiva y a partir de ella, las

demás oraciones del Antiguo Testamento, fueron elevadas y superadas en ella.

También, en el transcurso de la Iglesia, ha permanecido en este mismo puesto y ha l egado a su perfección (SC., 6,10). Aquí se

manifiesta en toda su profundidad el significado del hecho de que el mismo Dios sea el iniciador de la oración. Solo Dios pudo hacer posible

que el hombre fuera capaz de encontrarse con Él cara a cara y corazón a corazón, y hablar con Él "como un amigo habla con su amigo" (Ex

33, 11).

La oración en último término, es la aceptación amorosa de la voluntad de Dios, en respuesta amante a su l amada. Así todo el ser del

cristiano queda abierto a Dios, aunque en ese "salimos al encuentro primero Dios mismo" ha sido abierto sobrenaturalmente por el Dios de

la gracia para su salvación. En esta apertura a Dios, en el encuentro con Él, está siendo influido mediante la paz y el gozo del Espíritu, a

través de la experiencia "en fe", y es transformado en la imagen de Jesús por la acción del Espíritu.

En los actos de fe, esperanza y caridad, por los que el hombre actualiza la presencia de Dios, el orante hace asequible la tendencia de

su sobrenatural trascendencia. Y esto es la oración o, al menos, el aspecto más fundamental de ella.

Por esto, se puede afirmar con E Wulf: "La historia personal de la salvación de un hombre es, por tanto, la historia de su oración". Tal vez

ninguno de los orantes de la tradición cristiana haya descrito este proceso con mayor exactitud que Agustín cuando escribe en sus

Confesiones: "Mira, Señor, mi oído interior se encuentra en Ti. Ábrelo y di a mi alma. Yo soy tu salvación. Yo correré tras esta voz y la

alcanzaré. No me escondas tu rostro".20

19 F. Wulf, a. c., 192-196; J. A. Pagóla, a. c., 259-262.

El ultimo por qué orar es la persona misma de Jesús. La respuesta más convincente es que Jesús oraba. No tenía necesidad de orar,

pero el Evangelio nos dice que oraba y por largo tiempo. Si hemos conocido a Jesús, quién es verdaderamente para nosotros, no

podremos menos de orar.21"22'23"24

20. EWulf, a. c., 196-197.

21. Card. Martini, El Evangelio eclesial de San Mateo, Edic., Paulinas, Bogotá, 1984,125.

22. Recomendamos vivamente la excelente obra del gran exegeta, I, de la Potterie, La preghiera di Gesú, Secretariato Nazionale del Adp.

Roma, 1991. Sigue paso a paso los testimonios del Evangelio, penetrando progresivamente en el misterio de la oración -y de la

conciencia- de Jesús.

23. Hubiera sido sumamente provechoso poder insertar citas del extraordinario libro del de la Potterie, "La Preghiera di Gessú". Pero no ha

sido posible dada la riqueza y, por tanto, la extensión que hubiera exigido.

Baste citar los capítulos (algunos) de dicha obra que dedica más expresamente a la oración de Jesús:

- El cuadro externo (de la oración de Jesús). Los sitios en los que Jesús oraba. Los momentos en los que Jesús oraba.

La actitud externa de Jesús en la oración. El secreto de la oración de Jesús. Jesús, Hijo de Dios, ¿podía verdaderamente orar?

La oración de jesús y su conciencia mesiánica. Aquí presenta el autor la oración de Jesús en el Bautismo, en la elección de los apóstoles,

en la multiplicación de los panes, en la confesión mesiánica de Pedro, en la Transfiguración, en la última Cena, en la Cruz.

Se detiene especialmente en la oración de Jesús, en su oración filial como Unigénito del Padre.

Libro, como indicamos, escrito con rigor teológico y, a la vez, con amor y asequibilidad, que desearíamos ver traducido al español y leído

detenidamente por cuantos aman y desean progresar en la oración.

Ignace de la Potterie, S. J., La Preghiere di Gesú, Ediaioni ADP, Roma, 1992. La oración de Jesús, podemos afirmar, es un misterio de

silencio interior, en el que expresa su íntima unión con el Padre que le ama al que ama él infinitamente. Es una unión perfecta con EL Pero,

siendo éste el núcleo más profundo de su oración, ésta también expresa su plena sumisión a la voluntad paterna. Jesús, en su inmensa

generosidad, l eva a su oración cuanto atañe a sus hermanos los hombres y los presenta, con indecible ternura a la providencia amorosa y

a la misericordia inagotable de Dios, su Padre celestial. Nada escapa a su oración: la comunión íntima, la obediencia filial, la consulta sobre

sus ministerios, las necesidades de él y ele los hombres, la petición para sí y en favor de los demás. Hay, pues, en ella algo inaccesible

para nosotros y algo que los evangelios nos han dejado un poco más al descubierto.

Por eso, siempre y en cualquier circunstancia, será el supremo maestro de oración hacia el cual deben mirar constantemente nuestros ojos

y nuestro corazón.

Cfr. I. de la Potterie, o. c., lOss.

24. Respecto del tiempo del ritmo de la oración de Jesús, los sinópticos -en particular San Lucas- nos hacen observar la estrecha relación

de ella con los momentos decisivos de su misión mesiánica. Jesús no ha retomado simplemente una tradición religiosa; ha orado, sobre

todo, en los momentos y en los acontecimientos importantes y determinantes para la venida del reino de Dios. Esto acontecía,

especialmente, después de los grandes milagros.

II.

LA EXIGENCIA DE ORACIÓN DE NUESTRO SER INTIMO

1. La exigencia de nuestro "ser creador":

A. El hombre es creado por Dios en Cristo

Col 1,15-20; Ef 1,3-11

El Padre invisible está dinámicamente presente y actuante en Cristo.

Cristo, en virtud de la plenitud recibida, es el principio dinámico de la creación y de la recreación.

El mundo (y el hombre) tiene su principio fuera de sí y necesita de un influjo continuo de El.1

En El (Ef 1,4) el hombre fue elegido desde la eternidad. Desde siempre mi creación y mi vinculación al pensamiento divino pasaba por

Cristo Jesús y sólo por esta unión con Cristo pudo ser digno de tener una existencia y digno del amor del Padre.2

El hombre, por tanto, es creado en Cristo: Cristo es el realizador de nuestra creación: Cristo es el modelo conforme al cual hemos sido

creados; Cristo es el fin de nuestra creación: unirnos a Él, a su humanidad resucitada; ser la gloria del Padre en El y su gloria, como la Flor

de la creación (Rom 8,29).

1. M. Flick, Z. Alszeghy, Antropología teológica, Edic.: "Hombre", Sigúeme, Salamanca, 1970,44ss.; Cfr. G. Barbaglio, en: Nuevo

Diccionario de Teología bíblica, Edic. Paulinas, Madrid, 1990, 761-784 pir. P. Rossano, G. Ravasi, A. G irlanda).

2. M. Zerwick, Carta a los Efesios, Edit. Herder, Barcelona, 1967,17ss.

B. Nuestro ser de creaturas pide su manifestación en y por la oración

El deseo de Dios de comunicarse con sus creaturas (Gen 3,9). Indica la "cercanía" de la presencia de Dios por la comunicación íntima.

El ser de Dios que ama lo que creó y quiere la expresión por el diálogo amoroso.

Nuestro ser en su profunda intimidad está pidiendo expresar a Dios nuestra alabanza, acción de gracia; nuestro reconocimiento íntimo,

como realidad esencial de nuestro ser: Salmo 8; Sal 138; Dan 3, 57; Tob 13, 18-20; 1 Sam 1,11ss.; 2, 1ss.; Ef 1, 6).

La oración no sólo expresa nuestra condición de creaturas sino que realiza en la dimensión esencial de nuestro ser: nos aceptamos

gozosamente como "dependientes" de Dios al que adoramos, alabamos, con el que nos comunicamos en su diálogo en el cual Dios se

abaja a dialogar con sus creaturas.

"La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la unión con Dios. Desde su mismo nacimiento, el

hombre es invitado al diálogo con Dios, existe pura y simplemente por el amor de Dios, que lo creó, y por el amor de Dios que lo conserva.

Y sólo puede decir que vive en la plenitud de la verdad cuando reconoce libremente ese amor y se confía por entero a su creador".3

El hecho de que seamos creados, admirablemente, por Dios en Cristo Jesús (Ef 1,3ss.), implica en la intimidad de nuestro ser, que

sigamos el ejemplo de Aquel a cuya semejanza fuimos creados. Precisamente la comunicación con el Padre en Jesús, constituye un

elemento esencial de su ser y de su actuación.

3.G. S. 19.

(Más adelante, se aportarán textos fundamentales del Evangelio).

Desde luego, cuanto se diga tiene la finalidad primordial de facilitar a los oyentes la oración personal. Mientras la persona no se decida

seriamente a orar; no aprenderá por más instrucciones que oiga y por más libros que lea. La oración es una experiencia y como tal necesita

ser vivida. Uno de los grandes peligros de hoy está en atiborrarse de conocimientos teóricos, sobre la oración y quedarse ahí, sin

determinarse a orar.

Tengamos muy presente este principio, repetido insistentemente por todos los maestros de la vida espiritual: la oración no se compra

como una mercancía, ni se transmite como un saber, sino que se da testimonio de ella; se expone su vivencia y se confía en la acción del

Espíritu, el gran maestro de vida espiritual y de oración, cooperando, con su misma gracia, a su acción interior. San Juan Clímaco, del siglo

VI, cuyo gran influjo aún hoy se deja sentir en la oración, coincide plenamente y lo expresa con suma claridad: "No se aprende a ver porque

la visión es efecto de la naturaleza. Tampoco se puede aprender la belleza de la oración por la enseñanza de otro. La oración tiene su

propio maestro, que es Dios".4

Está plenamente justificado el hablar sobre la oración. Ciertamente, ésta no es una teoría, sino una praxis religiosa. £íSi bien de la

oración se puede hacer una teoría, ella misma no lo es, sino que es vida desplegada".5 Hablar sobre la oración, cuando se hace a la luz de

la esperanza de la Iglesia, de la gran tradición católica de oriente y de occidente, de las doctrinas de los grandes maestros de la

espiritualidad, antiguos y modernos, es provechoso y puede ser muy útil aun respecto de la misma oración.

4. Cfr. R. Guardini, Introducción a la Oración, Edic. Dinor, San Sebastián, 1961,1143.

5. A. González, La oración de la Biblia para el hombre de hoy, Marova, Madrid, 1977,9.

Ciertamente ninguno l egará a ser persona de oración sino se decide a orar bajo la guía del Espíritu. Pero esto supone una ascesis no

pocas veces ardua y dolorosa: vencer las dificultades que nos vienen de dentro y de fuera de nosotros mismos; comenzar a dar los

primeros pasos y proseguir, a veces, contra todo deseo de continuar la experiencia; ponerse bajo la dirección o consultar a una persona

espiritual y de experiencia en los caminos del Señor... Hablar sobre la oración tiende a suscitar en el alma el deseo de orar, elimina

prejuicios, rectifica conceptos equivocados, erróneos; aclara y fortalece ideas rectas; facilita la misma oración, enriquece con nuevos

modos...; y algo capital, en este campo, le da su justo y merecido valor en la vida cristiana espiritual, tan puesto en tela de juicio en

nuestros días.

Cuanto aporta luz verdadera, luminosa a un problema capital para quien desea realizar en su vida el evangelio de Jesús, presta un

inapreciable servicio al hombre que anda a tientas buscando el verdadero sentido de su identidad cristiana: la oración, al ponemos en

comunicación con Dios, fuente insustituible de la realidad más íntima del hombre, le descubre el hombre a sí mismo. Como la oración, por

su mismo ser íntimo, se ordena, en definitiva, a vivir la misma vida de Dios, lo coloca en una posición privilegiada para vivir su propia

identidad, cuyo conocimiento le ha descubierto.

"He tenido cada vez más concreta la experiencia de que la oración se aprende, pero no se enseña. Es decir, tenemos que aprender,

hay un camino de oración, pero nadie puede enseñarla teóricamente a otro. Podemos dar indicaciones, reflexiones teológicas, pero la

oración es algo tan personal que no se puede entrar en la de otro".6

6. Cfr. C. Míirtini, El Evangelio eclesial de San Mateo, Edic. Paulinas, Bogotá, 1984, 123; Cfr. A. Louf, El Espíritu ora en nosotros, Edic.

Narcea, Madrid, 1979.

Eso, precisamente, es lo que intentamos: dar indicaciones, proponer modos diversos de comunicamos con Dios y animar a las personas

a que los ejerciten para ir encontrando sus propios caminos, bajo la guía del Espíritu y también con la ayuda de una persona de experiencia

y de conocimiento de los caminos del Señor. Señalamos líneas que, después, cada persona vivirá como el Espíritu Santo le enseñe.

2. La exigencia de la oración por la inhabitación de la Trinidad en nosotros: La respuesta de una comunión o trato íntimo con la

Trinidad: