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PERDIDA

En un caluroso día de verano en North Carthage, Missouri, Amy y Nick se disponen a

celebrar su quinto aniversario de bodas .Como todos los años, Amy ha escondido sus

regalos y ha colocado la primera pista en el dormitorio

Nick, por su lado, espera hasta el último minuto para comprarle el regalo a Amy. En

esta ocasión, sin embargo, no hará falta regalo, porque Amy ha desaparecido.

Inevitablemente las sospechas recaen sobre Nick: a fin de cuentas, todo el mundo

sabe que en el setenta por ciento de los casos el asesino es el marido.

Pero también es conveniente escuchar a Amy.

Autor: Gillian Flyyn

ISBN: 9788439727545

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www.megustaleer.com

Para Brett: luz de mi vida,

sénior y Flynn: luz de mi vida, júnior

El amor es la infinita mutabilidad del mundo; las mentiras, el odio, incluso el

asesinato, están entretejidos con él; es el inevitable florecimiento de sus opuestos,

una rosa magnífica que huele ligeramente a sangre.

TONY KUSHNER, The illusion

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PARTE UNO: CHICO PIERDE CHICA

NICK DUNNE

El día de

CUANDO pienso en mi esposa siempre pienso en su cabeza. Para empezar, en su forma. Lo primero

que vi de ella, la primera vez que la vi, fue la parte trasera de su cráneo. Sus ángulos tenían algo de

adorable. Como un duro y brillante grano de maíz o un fósil en el lecho de un río. Tenía lo que los

victorianos habrían descrito como «una cabeza elegantemente torneada». Resultaba bastante fácil

imaginar su calavera.

Reconocería su cabeza en cualquier parte.

Y lo que hay en su interior. También pienso en eso: su mente. Su cerebro, con todos sus recovecos, y

sus pensamientos yendo y viniendo por dichos recovecos como rápidos y frenéticos ciempiés. Como un

niño, me imagino abriéndole el cráneo, desenrollando su cerebro y examinándolo cuidadosamente,

intentando apresar e inmovilizar sus ocurrencias. «¿En qué estás pensando, Amy?» La pregunta que más a

menudo he repetido durante nuestro matrimonio, si bien nunca en voz alta, nunca a la única persona que

habría podido responderla. Supongo que son preguntas que se ciernen como nubes de tormenta sobre

todos los matrimonios: «¿Qué estás pensando? ¿Qué es lo que sientes? ¿Quién eres? ¿Qué nos hemos

hecho el uno al otro? ¿Qué nos haremos?».

Mis ojos se abrieron por completo exactamente a las seis de la mañana. Ni aleteo aviar de las pestañas ni

suave parpadeo hacia la conciencia. El despertar fue mecánico. Un espeluznante alzamiento de los

párpados propio del muñeco de un ventrílocuo: el mundo está sumido en la negrura y de repente…

«¡Comienza el espectáculo!» 6 - 0-0 anunciaba el reloj. Frente a mi cara, lo primero que vi. 6 - 0-0. Fue

una sensación distinta. Raras veces me despertaba a una hora tan redonda. Era un hombre de despertares

irregulares: 8.43, 11.51, 9.26. Mi vida carecía de alarmas.

En aquel preciso momento, 6 - 0-0, el sol se alzaba sobre el horizonte de robledales, revelando su

plena y veraniega faz de dios airado. Su reflejo fulguraba sobre el río en dirección a nuestra casa, un

largo y llameante dedo que me señalaba a través de las delicadas cortinas de nuestro dormitorio.

Acusando: «Has sido visto. Vas a ser visto».

Me regodeé en la cama, que era nuestra cama de Nueva York en nuestra nueva casa, a la que

seguíamos llamando «la nueva casa» a pesar de que llevábamos dos años viviendo en ella. Es una casa

alquilada junto al río Mississippi, una casa que anuncia a los cuatro vientos «nuevo rico residencial»; el

tipo de casa a la que aspiraba de niño desde mi barrio de adosados mal enmoquetados. El tipo de casa

que resulta familiar al primer vistazo: genéricamente amplia, convencional y nueva-nueva-nueva. El tipo

de casa que mi esposa estaba predeterminada a detestar (como de hecho ocurrió).

—¿Debo desprenderme del alma antes de entrar? —fue su primer comentario nada más llegar.

Fue una solución de compromiso. Amy había exigido que alquilásemos, en vez de comprar, pues tenía

la esperanza de no quedar atrapados durante mucho tiempo aquí, en mi pequeño pueblo natal de Missouri.

Pero las únicas casas en alquiler se hallaban apelotonadas en un inconcluso barrio residencial: un pueblo

fantasma en miniatura de mansiones de precio reducido, incautadas por el banco debido a la crisis; un

barrio cerrado antes de la fecha de apertura. Fue una solución de compromiso, pero Amy no lo

consideraba así, ni mucho menos. Para Amy, fue un capricho punitivo por mi parte, una cuchillada egoísta

y desagradable. La había arrastrado, estilo troglodita, hasta un pueblo que llevaba tiempo evitando con

todas sus fuerzas para obligarla a vivir en el tipo de casa de la que solía burlarse. Supongo que no es una

solución de compromiso si solo una de las partes la considera como tal, pero así es como solían ser

todas las nuestras. Uno de los dos siempre estaba enfadado. Por lo general, Amy.

No me culpes por esta ofensa en particular, Amy. La ofensa de Missouri. Culpa a la economía, culpa

a la mala suerte, culpa a mis padres, culpa a los tuyos, culpa a internet, culpa a la gente que utiliza

internet. Yo antes era escritor. Un escritor que escribía sobre televisión y películas y libros. En los

tiempos en los que la gente leía en papel impreso, cuando todavía había a quien le importaba lo que yo

pudiera pensar. Llegué a Nueva York a finales de los noventa, el último estertor de los días de gloria,

aunque en aquel momento nadie fuese consciente de ello. Nueva York estaba llena de escritores,

escritores de verdad, porque había revistas, revistas de verdad, a carretadas. Eran los tiempos en los que

internet seguía siendo una especie de mascota exótica agazapada en un rincón del mundo editorial: échale

una golosina, mira cómo baila con la correa, qué mona es, no parece tener intención de devorarnos

mientras dormimos. Piénsenlo: una época en la que los universitarios recién graduados podían ir a Nueva

York y encontrar trabajo remunerado escribiendo. Cómo íbamos a sospechar que nos estábamos

embarcando en carreras que desaparecerían en menos de una década.

Durante once años tuve un empleo que simplemente dejó de existir, fue así de rápido. Las revistas

comenzaron a cerrar por todo el país, sucumbiendo a una infección repentina provocada por una

economía en quiebra. Los escritores (mi tipo de escritores: aspirantes a novelista, pensadores

meditabundos, individuos cuyo cerebro no trabaja lo suficientemente rápido para bloguear o vincular o

tuitear; básicamente viejos pertinaces y testarudos) estábamos acabados. Éramos como los sombrereros o

los fabricantes de látigos para coches de caballos: nuestro tiempo había pasado. Tres semanas después

de que me despidieran, Amy también perdió su empleo. (Ahora puedo imaginar a Amy leyendo por

encima de mi hombro, sonriendo burlonamente ante el espacio que he dedicado a hablar de mi carrera, de

mi mala suerte, para luego despachar su experiencia en una sola frase. Eso, les diría ella, es típico. «Muy

propio de Nick», diría. Era uno de sus latiguillos: «Muy propio de Nick», y lo que quiera que fuese a

continuación, lo que quiera que fuese «muy propio de mí», siempre era negativo.) Convertidos en dos

parados, nos pasamos semanas remoloneando en nuestro apartamento de Brooklyn, en pijama y

calcetines, ignorando el futuro, diseminando el correo sin abrir sobre las mesas y los sofás, comiendo

helado a las diez de la mañana y echando prolongadas siestas de media tarde.

Hasta que un día sonó el teléfono. Era mi hermana melliza, Margo, que había vuelto a casa hacía un

año, tras su respectivo despido neoyorquino (siempre ha ido un paso por delante de mí en todo, incluida

la mala suerte). Margo, que telefoneaba desde North Carthage, Missouri, desde la casa en la que ambos

habíamos crecido, y que al oír su voz la vi tal como era a los diez años: el pelo corto y oscuro, vaqueros

cortos con peto, sentada en el porche trasero de nuestros abuelos, el cuerpo encorvado como una vieja

almohada, balanceando las delgaduchas piernas sobre el agua, observando el fluir del río sobre sus pies

blancos como peces, completa y delicadamente serena incluso de niña.

La voz de Go sonó cálida y ondulante incluso al transmitirme esta cruda noticia: nuestra indómita

madre se estaba muriendo. Nuestro padre tenía un pie en el otro barrio y la (maliciosa) mente y el

(mísero) corazón enturbiados por la corriente que lo arrastraba hacia el gran y grisáceo más allá. Pero

ahora parecía que nuestra madre se le iba a adelantar. Unos seis meses, quizás un año, era todo lo que le

quedaba. Imaginé que Go se habría reunido personalmente con el doctor, habría tomado rigurosas notas

con su descuidada caligrafía y ahora estaba conteniendo las lágrimas mientras intentaba descifrar lo que

había escrito. Fechas y dosis.

—Joder, no tengo ni idea de qué pone aquí. ¿Es un nueve? ¿Tiene sentido? —dijo, y yo la interrumpí.

Allí, descansando como una guinda sobre la palma de mi hermana, había una tarea, un propósito. Casi

lloré de alivio.

—Voy a volver, Go. Nos mudaremos al pueblo. No deberías afrontar todo esto tú sola.

No me creyó. Pude oír su respiración al otro lado de la línea.

—Lo digo en serio, Go. ¿Por qué no? Aquí no queda nada.

Un largo suspiro.

—¿Y qué pasa con Amy?

No dediqué el tiempo necesario a ponderar aquello. Simplemente asumí que haría un hatillo con mi

neoyorquina esposa, sus neoyorquinos intereses y su neoyorquino orgullo, y que la alejaría de sus

neoyorquinos padres —dejando atrás la excitante y frenética futurópolis de Manhattan— para

trasplantarla a un pequeño pueblo a orillas del río en Missouri. Y que todo iría bien.

Todavía no entendía lo estúpido, lo optimista, lo… sí, lo «muy propio de Nick» que era pensar de

aquel modo. El sufrimiento que iba a provocar.

—A Amy le parecerá bien. Amy…

Aquí es donde debería haber dicho: «Amy adora a mamá». Pero no podía decirle a Go que Amy

adoraba a nuestra madre, porque después de todo aquel tiempo apenas si la conocía. Sus escasos

encuentros las habían dejado perplejas a ambas. Después, Amy dedicaba días enteros a diseccionar las

conversaciones («¿Y qué quiso decir con eso de…?»), como si mi madre fuese la anciana miembro de

una tribu campesina que hubiese llegado de la tundra con un brazado de carne cruda de yak y algunos

botones para trocar, intentando obtener de Amy algo que no estaba en oferta.

Amy no tenía ningún interés en conocer a mi familia, ningún interés en conocer mi lugar de

nacimiento. Sin embargo, por algún motivo, pensé que volver a casa sería una buena idea.

Mi aliento matutino caldeó la almohada y cambié mentalmente de tema. No era aquel un día apropiado

para lamentaciones y segundas opiniones, sino para actuar. Procedente de la planta baja, pude oír el

regreso de un sonido largamente ausente: el de Amy preparando el desayuno. Un abrir y cerrar de

armarios de madera (¡pim-pam!), un entrechocar de contenedores metálicos y de cristal (¡clinc-clanc!),

un inspeccionar y seleccionar de ollas y sartenes (¡frus-fras!). Una orquesta culinaria afinando,

trapaleando vigorosamente hacia la apoteosis mientras un molde para tartas rueda sobre el suelo y golpea

la pared como un címbalo. Algo impresionante estaba siendo creado, probablemente un crepe, porque los

crepes son especiales, y aquel día Amy querría cocinar algo especial.

Era nuestro quinto aniversario de boda.

Caminé descalzo hasta el rellano de la escalera y permanecí allí escuchando, hundiendo los pies en la

mullida moqueta de pared a pared que Amy detestaba por principio, mientras intentaba decidir si estaba

preparado para unirme a mi esposa. Amy seguía en la cocina, ajena a mis dudas. Estaba tarareando una

melodía melancólica y familiar. Me esforcé por identificarla —¿una canción popular?, ¿una nana?— y

entonces me percaté de que era la sintonía de M* A* S* H. «Suicide is painless», el suicidio es indoloro.

Descendí a la planta baja.

Me quedé junto a la puerta, observando a mi mujer. Se había recogido la melena dorada como la

mantequilla en una cola de caballo que oscilaba alegre como una comba y se estaba chupando

distraídamente una quemazón en la punta del dedo, tarareando por encima de ella. Tarareaba para sí

misma, porque a la hora de descuartizar las letras no tenía rival. Al poco de empezar a salir, oímos en la

radio una canción de Genesis: «Ella parece tener un toque invisible y constante». Pero Amy cantó: «Ella

aparca mi sombrero en el último estante». Cuando le pregunté cómo se le podía haber ocurrido que su

versión fuese vaga, posible, remotamente correcta, me dijo que siempre había pensado que la mujer de la

canción amaba de verdad al cantante porque había puesto su sombrero en el último estante. Supe

entonces que me gustaba, que me gustaba de verdad aquella chica con una explicación para todo.

Tiene algo de perturbador, evocar un recuerdo cálido y que te deje completamente frío.

Amy estudió el crepe que siseaba sobre la sartén y se lamió algo de la muñeca. Parecía victoriosa,

conyugal. Si la estrechaba entre mis brazos, olería a bayas y a azúcar glas.

Cuando se percató de que estaba allí, acechando, con mis calzoncillos mugrientos y los pelos de

punta, Amy se apoyó contra la encimera de la cocina y dijo:

—Hola, guapo.

La bilis y el temor se abrieron paso a través de mi garganta. Pensé: «Vale, adelante».

Llegaba muy tarde a trabajar. Tras haber regresado al pueblo, mi hermana y yo habíamos cometido una

estupidez. Hicimos lo que siempre habíamos dicho que nos gustaría hacer: abrimos un bar. Para ello, le

pedimos dinero prestado a Amy, ochenta mil dólares, cantidad que en otro tiempo habría sido una

menudencia para ella, pero que en aquel momento lo era casi todo. Juré que se lo devolvería, con

intereses. No quería ser el tipo de hombre que recurre al dinero de su esposa. Podía ver a mi padre

torciendo los labios solo de pensarlo. «En fin, hay hombres para todo», era su frase más reprobatoria,

cuya segunda parte siempre quedaba sin pronunciar: «y tú eres del tipo equivocado».

Pero lo cierto es que fue una decisión práctica, una astuta maniobra empresarial. Tanto Amy como yo

necesitábamos nuevas carreras; aquella sería la mía. Ella podría elegir la suya en el futuro —o no—,

pero entretanto allí teníamos una fuente de ingresos, posibilitada por los últimos remanentes de su fondo

fiduciario. Al igual que la McMansión que habíamos alquilado, el bar era un símbolo recurrente de mis

recuerdos de infancia: un lugar al que solo van los adultos para hacer lo que sea que los adultos hagan. A

lo mejor por eso me mostré tan insistente en comprarlo, tras haber visto cómo me arrebataban mi modo

de ganarme la vida. Me servía como recordatorio de que, después de todo, era un adulto, un hombre, un

ser humano útil, a pesar de haber perdido el oficio que me convertía en todas aquellas cosas. No volvería

a cometer el mismo error: los otrora abundantes rebaños de escritores de revistas continuarían siendo

diezmados por internet, por la recesión, por el público norteamericano que prefiere ver la tele o jugar a

la consola o informar electrónicamente a sus amigos en plan, «¡ke asco de lluvia!». Pero no existe

aplicación alguna que proporcione el cosquilleo de un bourbon en el interior de un bar oscuro y fresco en

un día de calor. El mundo siempre querrá una copa.

Nuestro bar es un bar de esquina con una estética fortuita y fragmentada. Su mejor atributo es un

gigantesco botellero victoriano con cabezas de dragón y rostros de ángel que emergen del roble, una

extravagante obra de madera en esta era del plástico mierdoso. Como mierdoso es, de hecho, el resto del

bar; un muestrario de las peores contribuciones del diseño de cada década: un suelo de linóleo de los

tiempos de Eisenhower, cuyos bordes se han doblado hacia arriba como una tostada quemada; dudosas

paredes machihembradas salidas de un vídeo porno casero de los setenta; lámparas halógenas, un tributo

accidental a mi colegio mayor en los noventa. El efecto último es extrañamente hogareño; más que un bar

parece una casa necesitada de reformas en un benigno estado de abandono. Y jovial: compartimos

aparcamiento con la bolera local y, cuando nuestra puerta se abre de par en par, el estruendo de los

plenos aplaude la entrada de los clientes.

Llamamos al bar El Bar.

—La gente pensará que somos irónicos en vez de poco imaginativos —razonó mi hermana.

Sí, nos creíamos que estábamos siendo neoyorquinos listos, que el nombre era un chiste que nadie

más entendería. No como nosotros, no en plan meta. Nos imaginábamos a los locales arrugando las

narices: «¿Por qué lo habéis llamado “El Bar”?». Pero nuestra primera clienta, una mujer de pelo cano

con gafas bifocales y chándal rosa, dijo:

—Me gusta el nombre. Como el gato de Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes, que se llama

Gato.

Nos sentimos mucho menos superiores después de aquello, lo cual fue bueno.

Estacioné en el aparcamiento. Esperé a que el estruendo de un pleno brotara de la bolera —«Gracias,

gracias, amigos»— y después salí del coche. Admiré el entorno, cuya familiaridad seguía sin aburrirme:

la achatada oficina de ladrillos claros del servicio postal en la acera de enfrente (ahora cerrada los

sábados), el nada pretencioso edificio de oficinas de color beige situado calle abajo (ahora cerrado,

punto). No era un pueblo próspero. Ya no, ni de lejos. Joder, ni siquiera era original, ya que en Missouri

hay dos Carthage. El nuestro es técnicamente North Carthage, lo cual hace que suene a ciudades gemelas,

a pesar de que la nuestra está a cientos de kilómetros de distancia de la otra, siendo la menor de las dos:

un pintoresco pueblecito de los cincuenta hinchado hasta alcanzar el grosor de un suburbio de tamaño

medio en nombre del progreso. Aun así, era el lugar en el que había crecido mi madre y en el que nos

crió a Go y a mí, de modo que tenía algo de historia. La mía, al menos.

Mientras me encaminaba hacia el bar a través del aparcamiento de hormigón comido por las hierbas,

eché una ojeada calle abajo y vi el río. Es lo que siempre he amado de nuestro pueblo. No estamos en lo

alto de algún seguro risco con vistas al Mississippi; estamos en el Mississippi. Podría haber bajado la

calle hasta hundirme en el muy cabrón; un salto de apenas un metro y estaría de camino a Tennessee.

Todos los edificios del casco antiguo tienen trazadas a mano líneas que marcan la altura alcanzada por el

río durante la Gran Inundación del 61, 75, 84, 93, 07, 08, 11. Etcétera.

Aquella mañana el río no iba crecido, pero fluía con urgencia, una corriente fuerte y llena de

remolinos. Una larga fila india de hombres con la mirada fija en los pies y los hombros tensos discurría a

la misma velocidad que el río, avanzando con resolución hacia ninguna parte. Mientras los observaba,

uno de ellos alzó repentinamente la mirada hacia mí con el rostro envuelto en sombras, un óvalo de

negritud. Le di la espalda.

Sentí una necesidad inmediata, intensa, de refugiarme en el interior. Para cuando hube dado veinte

pasos, el sudor burbujeaba en mi cuello. El sol seguía siendo un ojo furibundo en el cielo. «Has sido

visto.»

El estómago me dio un vuelco y aceleré el paso. Necesitaba una copa.

AMY ELLIOTT

8 de enero de 2005

FRAGMENTO DE DIARIO

¡Tra y la! Escribo esto con una enorme sonrisa de huérfana adoptada. Soy tan feliz que me avergüenzo,

como una adolescente en un cómic de vivos colores que habla por teléfono con el pelo recogido en una

coleta mientras el bocadillo sobre mi cabeza anuncia: «¡He conocido a un chico!».

Pero es que así ha sido. Es una verdad técnica, empírica. He conocido a un chico, un tío guapísimo y

genial, un verdadero cachondo mental. Permite que te describa la escena, pues merece ser preservada

para la posteridad (no, por favor, todavía no estoy tan mal, ¡posteridad!, bah). En fin. No es Año Nuevo,

pero todavía sigue siendo en gran medida un año nuevo. Es invierno: oscurece temprano y hace mucho

frío.

Carmen, una amiga reciente —semiamiga, apenas una amiga, el tipo de amiga de la que no puedes

pasar—, me ha convencido para ir a Brooklyn a una de sus fiestas de escritores. A ver: me gustan las

fiestas de escritores, me gustan los escritores, soy hija de escritores, soy escritora. Todavía me encanta

garrapatear esa palabra —ESCRITORA— cada vez que un formulario, cuestionario o documento solicita

mi ocupación. Vale, escribo tests de personalidad, no escribo sobre las Grandes Cuestiones del

Momento, pero me parece justificado presentarme como escritora. Estoy utilizando este diario para

mejorar: para pulir mi habilidad, para compilar detalles y observaciones. Para sugerir en vez de contar y

demás bobadas propias de escritores. (O sea, «sonrisa de huérfana adoptada» no está nada mal, me

parece a mí.) Pero sinceramente considero que solo con mis tests ya basta para calificarme al menos de

manera honoraria. ¿Verdad?

Estás en una fiesta en la que te encuentras rodeada por escritores genuinamente talentosos que

trabajan en revistas y periódicos célebres y respetados. Tú solo escribes tests en semanarios para

mujeres. Cuando alguien te pregunta cómo te ganas la vida:

a) Te avergüenzas y dices: «¡Solo soy una humilde redactora de tests, una estupidez, vamos!».

b) Pasas a la ofensiva: «Ahora soy escritora, pero me estoy planteando hacer algo más digno y

complejo. ¿Por qué? ¿A qué se dedica usted?».

c) Te enorgulleces de tus logros: «Escribo tests de personalidad basándome en los conocimientos

adquiridos en mi doctorado en psicología. Oh, y una curiosidad: inspiré la creación de una admirada

serie de libros para niños, seguro que la conoce. ¿ La Asombrosa Amy? ¡Chúpate esa, pedazo de esnob!».

Respuesta: C, indiscutiblemente C

En cualquier caso, la fiesta ha sido cosa de un buen amigo de Carmen que escribe sobre películas

para una revista de cine y que, según Carmen, es muy divertido. Por un momento me preocupa que quiera

liarnos: no tengo el más mínimo interés en que me líen. Necesito ser emboscada, tomada por sorpresa,

como una especie de fiero chacal del amor. De otra manera me siento demasiado envarada. Me noto

intentando parecer encantadora y entonces me doy cuenta de que resulta evidente que estoy intentando

parecer encantadora y entonces intento ser más encantadora aún para compensar el falso encanto y para

entonces básicamente me he convertido en Liza Minnelli: bailando con mallas y lentejuelas, rogando tu

amor. Hay un bombín, manos de jazz y muchos dientes.

Pero no, mientras Carmen sigue exaltando las virtudes de su amigo, me doy cuenta: es a ella a quien

le gusta. Bien.

Ascendemos tres tramos de escaleras contrahechas y nos recibe una oleada de calor corporal y

literario: muchas gafas negras de pasta y flequillos redondos; falsas camisas vaqueras y jerséis de cuello

vuelto; guerreras negras de lana que se desparraman sobre el sofá para acabar amontonándose en el

suelo; un póster alemán de La huida («Ihre Chance war gleich Null!») cubre una pared de pintura

resquebrajada. En el equipo, Franz Ferdinand: «Take Me Out».

Un corrillo de tíos se arremolina junto a la mesa camilla sobre la que están apiñadas las botellas,

rellenando sus bebidas a cada par de sorbos, perfectamente conscientes de lo poco que queda de alcohol

para todos. Me abro camino, colocando mi vaso de plástico en el centro como un músico callejero, y

obtengo un entrechocar de cubitos de hielo y un chorro de vodka gracias a un tipo de rostro afable que

lleva una camiseta de Space Invaders.

La aportación irónica del anfitrión, una botella de licor verde de manzana de aspecto letal, será

pronto nuestro sino a menos que alguien se ofrezca a salir para comprar más bebida, y eso parece poco

probable, pues resulta evidente que todos están convencidos de haber hecho lo propio la última vez que

ocurrió algo similar. Desde luego es una fiesta de enero, una fiesta de gente empachada y con sobredosis

de azúcar debido a las fiestas, simultáneamente perezosa e irritada. Una de esas fiestas en la que los

presentes beben en exceso y buscan gresca con frases ingeniosas, exhalando el humo de los cigarrillos

por una ventana abierta incluso después de que el anfitrión les haya pedido que salgan afuera. Todos

hemos hablado ya con todos en otras mil fiestas navideñas y no tenemos nada más que decir. Nos

sentimos colectivamente aburridos, pero no queremos volver a salir al frío de enero; aún nos duelen los

huesos de haber subido las escaleras del metro.

Carmen me abandona para ir en pos de su idolatrado anfitrión; les veo charlar intensamente en un

rincón de la cocina, encorvando los hombros los dos, mirándose directamente a la cara, formando un

corazón. Bien. Se me ocurre que si me pongo a comer tendré algo que hacer además de seguir plantada en

mitad de la habitación, sonriendo como la chica nueva del comedor. Pero se lo han terminado casi todo.

Quedan algunos trocitos de patatas fritas en el fondo de un gigantesco cuenco Tupperware. Sobre una

mesita de salón, una bandeja de supermercado llena de zanahorias ajadas, apio mordisqueado y salsa

semenosa permanece intacta, sembrada de colillas que sobresalen como palitos de verdura adicionales.

Me entrego a mi rollo, mi rollo impulsivo: ¿y si salto ahora mismo desde el anfiteatro de este cine? ¿Y si

beso con lengua al mendigo que se sienta delante de mí en el metro? ¿Y si me siento a solas en el suelo en

mitad de la fiesta y me como todo lo que hay en esa bandeja, incluidos los cigarrillos?

—Por favor, no comas nada de esa bandeja —me dice.

Es él (bum bum BUMMM), pero yo todavía no lo sé (bum-bum-bummm). Por ahora solo sé que es un

tipo que quiere hablar conmigo y que luce su jactancia como una camiseta irónica, pero le sienta mejor.

La clase de tipo que se comporta como si mojara un montón, un tipo al que le gustan las mujeres, un tipo

capaz de follarme como Dios manda. ¡Ya me gustaría a mí ser follada como Dios manda! Mi vida

sentimental parece orbitar alrededor de tres clases de hombre: universitarios pijos que se creen

personajes en una novela de Fitzgerald; corredores de Bolsa con signos de dólar en los ojos, en las

orejas, en la boca; y listillos sensibles tan perspicaces que todo les parece una broma. Los pijos

fitzgeraldianos tienden a ser improductivamente pornográficos en la cama: mucho ruido y acrobacias para

llegar a un resultado prácticamente nulo. Los inversores se revelan coléricos y flácidos. Los listillos

follan como si estuvieran componiendo una pieza de rock matemático: esta mano tamborilea por aquí y

luego este dedo aporta un agradable ritmo de bajo… Me expreso como una fresca, ¿verdad? Hagamos

una pausa mientras cuento cuántos… Once. No está mal. Siempre he pensado que doce era un número

sólido y razonable en el que plantarse.

—En serio —dice Número 12 (¡ja!)—. Aléjate de esa bandeja. James tiene hasta tres ingredientes

más en la nevera. Podría prepararte una aceituna con mostaza. Pero solo una aceituna.

«Pero solo una aceituna.» Una frase que no pasa de ligeramente graciosa, pero que contiene la

semilla de una broma privada; una que se irá haciendo más divertida a base de sucesivas repeticiones

nostálgicas. «Dentro de un año —pienso—, estaremos paseando por el puente de Brooklyn al atardecer y

uno de los dos susurrará: “Pero solo una aceituna”, y nos echaremos a reír.» (Después me refreno.

Terrible. Si él supiera que ya estaba pensando en dentro de un año, saldría corriendo y me sentiría

obligada a aplaudirle por ello.)

Sobre todo, lo voy a reconocer, sonrío porque es guapísimo. Tan guapo que despista, el tipo de

belleza que hace que los ojos te den vueltas y te entren ganas de recalcar lo obvio —«Sabes que eres

guapísimo, ¿verdad?»— para poder seguir con la conversación. Apuesto a que los tíos lo odian: tiene el

físico de rufián rico en una película para adolescentes de los ochenta, ese que abusa del inadaptado

sensible, el que acabará con un pastel en toda la jeta y chorretones de nata en el cuello de la camisa

vuelto hacia arriba mientras todos los presentes en la cafetería jalean.

Sin embargo, no se comporta como tal. Se llama Nick. Me encanta. Hace que parezca agradable y

normal, que es lo que es. Cuando me dice su nombre, le digo:

—Mira, un nombre de verdad.

Él se anima y me lanza el anzuelo:

—Nick es la clase de chico con el que puedes quedar para beberte una cerveza, la clase de chico al

que no le importa si vomitas en su coche. ¡Nick!

Cuenta una serie de chistes espantosos. Capto tres cuartas partes de sus referencias fílmicas. Puede

que dos tercios. (Nota: alquilar Juegos de amor en la universidad.) Rellena mi copa sin que tenga que

pedírselo, rateando de alguna manera un último vaso de alcohol del bueno. Me ha reclamado, ha clavado

su bandera en mí: «He llegado el primero, es mía, mía». Tras toda la retahíla de hombres nerviosos,

respetuosos y posfeministas con los que he salido últimamente, resulta agradable ser un territorio. Nick

tiene una gran sonrisa, una sonrisa felina. A juzgar por cómo me mira, debería toser un montoncillo de

plumas amarillas de Piolín. No me pregunta a qué me dedico, lo cual me parece bien, lo cual es una

novedad. (Soy escritora, ¿lo había mencionado ya?) Habla con acento de Missouri, ribereño y sinuoso;

nació y se crió a las afueras de Hannibal, el hogar de juventud de Mark Twain, la inspiración tras Tom

Sawyer. Me cuenta que de adolescente trabajó en un barco de vapor, de los de cena y jazz para los

turistas. Y cuando me río (como la mocosa que soy; una mocosa de Nueva York que jamás se ha

aventurado por esos ingobernables estados del centro, esos estados-en-los-que-vive-mucha-otra-gente),

me informa de que Messura es un lugar mágico, el más hermoso del mundo, que no hay otro estado más

glorioso. Tiene los ojos traviesos, de pestañas largas. Puedo ver el aspecto que tenía de muchacho.

Compartimos el taxi de vuelta. Las farolas arrojan sombras atolondradas y el coche acelera como si

alguien nos persiguiera. Es la una de la madrugada cuando nos topamos con uno de los inexplicables

atascos de Nueva York a doce manzanas de mi piso, así que dejamos el taxi y salimos al frío, hacia el

gran «¿Y ahora qué?». Nick anuncia su intención de acompañarme hasta casa apoyando una mano sobre la

parte baja de mi espalda mientras el viento helado nos congela el rostro. A la que doblamos la esquina,

la panadería local está recibiendo un pedido de azúcar glas que entra en el almacén a través de un

gigantesco embudo, como si fuera cemento, y no podemos ver nada salvo las sombras de los repartidores

entre una nube blanca y dulce. La calle se nubla, Nick me agarra con fuerza, vuelve a mostrar aquella

sonrisa, agarra un único mechón de mi pelo entre dos dedos y lo recorre hasta la punta, dando dos

tironcitos, como si estuviera haciendo sonar una campana. Tiene las pestañas cubiertas de polvillo y

antes de inclinarse sobre mí, me limpia el azúcar de los labios para poder saborearme.

NICK DUNNE

El día de

ABRÍ de par en par la puerta de mi bar, me sumergí en la oscuridad y respiré hondo por primera vez en

todo el día, inhalando el aroma a cerveza y cigarrillos; especiado el del bourbon derramado, acre el de

las palomitas rancias. Únicamente había una clienta en el bar, sentada al extremo más alejado de la barra:

una anciana llamada Sue que había ido todos los jueves con su marido hasta que este falleció hacía tres

meses. Ahora iba todos los jueves sola, sin apenas trabar conversación. Se limitaba a sentarse con una

cerveza y un crucigrama, preservando un ritual.

Mi hermana estaba detrás de la barra, llevaba el pelo recogido con horquillas de empollona y tenía

los brazos rosados de meter y sacar las jarras de cerveza en el lavavajillas. Go es esbelta y de cara

extraña, lo cual no quiere decir que no sea atractiva. Sus rasgos simplemente requieren un momento para

cobrar sentido: la mandíbula ancha, la naricilla respingona, los ojos oscuros y globulares. Si

estuviésemos en una película de época, los hombres silbarían al verla, se echarían hacia atrás el

sombrero de fieltro y exclamarían: «¡Eso sí que es una mujer de bandera!». El rostro de una reina de las

comedias alocadas de los treinta no siempre se ajusta a esta era nuestra de princesitas de cuento de

hadas, pero sé de buena tinta, a raíz de los años que hemos pasado juntos, que a los hombres les gusta mi

hermana, un montón, lo cual me coloca en esa extraña posición fraternal de sentirme a la vez orgulloso y

preocupado.

—¿Se sigue fabricando el embutido con pimiento? —dijo Go a modo de saludo, sin levantar la vista,

simplemente sabiendo que era yo.

Sentí el mismo alivio que solía sentir cada vez que la veía: puede que las cosas no fueran a las mil

maravillas, pero todo saldría bien.

Mi melliza, Go. Tantas veces he repetido esa frase que las palabras han acabado por perder su

sentido real para convertirse en un mantra tranquilizador: «Mimellizago». Nacimos en los setenta, cuando

los mellizos aún eran algo anómalo, algo ligeramente mágico: primos del unicornio, parientes de los

elfos. Incluso compartimos una pizca de telepatía. Go es realmente la única persona en todo el mundo

junto a la que me siento yo mismo por completo. Cuando estoy con ella no siento la necesidad de

explicarle mis motivos. No clarifico, no dudo, no me preocupo. No se lo cuento todo, ya no, pero le

cuento más que a cualquier otra persona, con mucha diferencia. Le cuento hasta donde puedo. Pasamos

nueve meses espalda contra espalda, protegiéndonos mutuamente. Pasó a ser una costumbre para toda la

vida. Nunca me importó que fuese chica, algo extraño para un chaval tan inseguro como yo. ¿Qué puedo

decir? Siempre fue una tía enrollada.

—¿El embutido con pimiento? Creo que sí.

—Deberíamos comprar —dijo Go, arqueando una ceja en mi dirección—. Siento curiosidad.

Sin preguntar, me sirvió una PBR de barril en una jarra de limpieza discutible. Cuando me vio

inspeccionando el borde manchado, Go se acercó la jarra a la boca y lamió la mancha hasta borrarla,

dejando un reguero de saliva. Después volvió a dejar la jarra frente a mí, sobre la barra.

—¿Mejor, mi príncipe?

Go cree a pies juntillas que siempre obtuve un trato privilegiado por parte de nuestros padres, que fui

el chico que habían planeado, el hijo único que se habrían podido permitir, y que ella llegó sibilinamente

a este mundo agarrada a mi tobillo, como una extraña indeseada. (Para mi padre, una extraña

particularmente indeseada). Está convencida de que, durante toda nuestra infancia, nuestros padres

dejaron que se las apañara sola, una lastimera criatura de prendas de segunda mano y boletines escolares

sin firmar, presupuestos reducidos y remordimiento general. Puede que su visión esté en cierto modo

justificada; apenas puedo soportar admitirlo.

—Sí, mi escuálida y pequeña sierva —dije, aleteando las manos en actitud regia.

Me encorvé sobre mi jarra. Necesitaba sentarme y beberme una cerveza o tres. Seguía teniendo los

nervios a flor de piel desde la mañana.

—¿Qué te pasa? —dijo Go—. Pareces inquieto.

Me arrojó un poco de espuma, más agua que jabón. El aire acondicionado se puso en marcha,

alborotándonos las coronillas. Pasábamos más tiempo del necesario en El Bar. Se había convertido en la

casa en lo alto del árbol que nunca tuvimos de pequeños. El año anterior, durante una noche de cogorza,

abrimos las cajas almacenadas en el sótano de nuestra madre, mientras esta aún seguía viva, pero poco

antes del final, cuando andábamos necesitados de consuelo, y repasamos nuestros juegos y juguetes entre

aahs, oohs y sorbos de cerveza de lata. Navidades en agosto. Tras el fallecimiento de mamá, Go se mudó

a nuestra vieja casa y lentamente fuimos trasladando nuestros juguetes, de manera poco sistemática, a El

Bar. Un buen día, una muñeca Tarta de Fresa ya sin aroma aparecía sobre un taburete (mi regalo para

Go). Otro, un diminuto El Camino de Hot Wheels al que le faltaba una rueda amanecía sobre una balda en

la esquina (un regalo de Go para mí).

Se nos ocurrió organizar una noche semanal dedicada a los juegos de mesa, a pesar de que la mayoría

de nuestros clientes eran demasiado viejos para sentir nostalgia por el Tragabolas y el Juego de la Vida,

con sus diminutos coches de plástico por llenar de diminutas esposas de plástico y diminutos bebés de

plástico, todos igual de mentecatos. No consigo recordar cómo se ganaba. (Pensamiento profundo del día

patrocinado por Hasbro.)

Go rellenó mi jarra, rellenó la suya. Tenía el párpado izquierdo ligeramente caído. Eran exactamente

las 12.00 del mediodía y me pregunté cuánto tiempo llevaría bebiendo. Había tenido una década

tormentosa. A finales de los noventa, mi inquisitiva hermana, con su cerebro de ingeniero espacial y sus

ánimos de jinete de rodeo, había dejado la universidad para mudarse a Manhattan, donde fue una de las

primeras en explotar el fenómeno puntocom. Estuvo dos años ganando una pasta gansa y después sufrió el

estallido de la burbuja de internet en 2000. Go siguió impertérrita. Estaba más cerca de los veinte que de

los treinta; no pasaba nada. A modo de segundo acto, terminó la carrera y se incorporó al mundo de traje

gris de la banca de inversiones. Nivel medio, nada exagerado, nada censurable, pero volvió a quedarse

sin empleo —nuevamente de golpe— con la crisis financiera de 2008. Yo ni siquiera sabía que había

abandonado Nueva York hasta que me llamó desde casa de nuestra madre anunciando: «Me rindo». Le

rogué de todas las maneras posibles que regresara, pero solo obtuve un silencio irritable a modo de

respuesta. Nada más colgar, llevé a cabo un angustiado peregrinaje hasta su apartamento en el Bowery,

donde encontré a Gary, su adorado ficus, muerto y amarillento en la escalera de incendios, y supe que Go

nunca iba a volver.

El Bar parecía haberla animado. Llevaba los libros de contabilidad, servía cervezas y de vez en

cuando le metía mano a la jarra de las propinas, pero por otra parte trabajaba más que yo. Nunca

hablábamos de nuestras viejas vidas. Éramos Dunne, nuestras vidas habían terminado y nos sentíamos

extrañamente satisfechos con ello.

—Entonces, ¿qué? —dijo Go, su modo habitual de iniciar una conversación.

—Eh.

—Eh, ¿qué? Eh, ¿mal? Tienes mal aspecto.

Me encogí de hombros afirmativamente; Go me estudió el rostro.

—¿Amy? —preguntó.

Era una pregunta fácil. Volví a encogerme de hombros, esta vez con resignación, un «¿Qué le vamos a

hacer?».

Go me dedicó una expresión divertida, apoyando ambos codos sobre la barra y colocando las manos

bajo la barbilla, inclinándose para llevar a cabo una incisiva disección de mi matrimonio. Un panel de

expertos de una sola persona, esa era Go.

—¿Qué pasa con ella?

—Un mal día. Simplemente es un mal día.

—Pues no dejes que te lo amargue —dijo ella, encendiendo un cigarrillo. Fumaba exactamente uno al

día—. Las mujeres están locas.

Go no se consideraba parte de la categoría «mujeres», palabra que siempre utilizaba en tono

despectivo. Soplé para devolverle el humo de su cigarrillo.

—Hoy es nuestro aniversario de bodas. El quinto.

—Guau —dijo mi hermana, echando la cabeza hacia atrás. Había sido dama de honor, vestida de

color violeta de la cabeza a los pies («la guapísima señora de pelo negro envuelta en amatista», la había

llamado la madre de Amy), pero no tenía memoria para las fechas—. Joder. Tío. Parece que fue ayer. —

Me echó más humo a la cara, un indolente juego de tú llevas el cáncer—. Organizará una de sus… uh…

cómo se llaman, no son gincanas…

—Caza del tesoro —dije.

A mi esposa le encantaban los juegos, principalmente los juegos mentales, pero también los de

verdad, los divertidos, y para nuestro aniversario siempre organizaba elaboradas cazas del tesoro en las

que cada pista indicaba el escondite de la siguiente, y así sucesivas veces hasta llegar al final, que era mi

regalo. Era lo mismo que hacía su padre por su madre en cada uno de sus aniversarios, y no se crean que

no soy consciente del intercambio de papeles, que no pillo la indirecta. Pero yo no me crié en casa de

Amy, me crié en la mía, y el último regalo que le hizo mi padre a mi madre fue una plancha que dejó

sobre la encimera de la cocina. Sin envolver.

—¿Quieres que hagamos una apuesta a ver lo mucho que se cabrea contigo este año? —preguntó Go,

sonriendo por encima de su jarra de cerveza.

Las cazas del tesoro de Amy tenían un inconveniente: que yo nunca desentrañaba las pistas. En

nuestro primer aniversario, cuando todavía vivíamos en Nueva York, adiviné dos de siete. Fue el año que

mejor se me dio. Esta fue la primera salva:

El sitio en cuestión es un poco anticuado,

pero en él me diste un buen beso, un martes del otoño pasado.

¿Alguna vez participaron de niños en un concurso de deletrear? ¿Recuerdan ese segundo de

incertidumbre en el que te dedicas a peinar tu cerebro justo después de que hayan anunciado la palabra,

preguntándote si serás capaz de deletrearla? Era la misma sensación: ese pánico al vacío.

—Un bar irlandés en un sitio no tan irlandés —me espoleó Amy.

Yo me mordí un costado del labio y empecé a encogerme de hombros, escudriñando nuestra sala de

estar, como si la respuesta fuera a aparecer allí. Amy me concedió otro largo minuto.

—Estábamos perdidos bajo la lluvia —dijo al fin, en un tono de voz que sonaba a ruego en dirección

al mosqueo.

Terminé mi encogimiento.

—McMann’s, Nick. ¿No te acuerdas, cuando nos perdimos bajo la lluvia en Chinatown intentando

encontrar el restaurante de dim sum y se suponía que estaba cerca de la estatua de Confucio, pero resulta

que hay dos estatuas de Confucio y acabamos por casualidad en aquel bar irlandés, completamente

empapados, y nos tomamos un par de whiskys y me agarraste y me besaste y fue…?

—¡Claro! Deberías haber mencionado a Confucio en la pista, así sí que lo habría adivinado.

—El quid no era la estatua. El quid era el sitio. El momento. Sencillamente me pareció especial. —

Pronunció aquellas últimas palabras con un soniquete infantil que en otro tiempo me había parecido

atractivo.

—Porque fue especial —dije yo, atrayéndola hacia mí para besarla—. Este morreo acaba de ser mi

recreación especial de aniversario. Vamos a repetirlo en McMann’s.

En McMann’s, el camarero, un enorme y barbado chico-oso, sonrió al vernos entrar, nos sirvió

sendos whiskys y dejó sobre la barra la siguiente pista.

Cuando estoy triste y siento pesar

es el único sitio donde me apetece estar.

Resultó ser la estatua de Alicia en el País de las Maravillas en Central Park, la cual, según me había

contado Amy —porque me lo había contado, ella sabía que me lo había contado muchas veces—,

aligeraba sus penas cuando era niña. Yo no recuerdo ninguna de aquellas conversaciones. Estoy siendo

sincero, sencillamente no las recuerdo. Tengo una pizca de TDA y además siempre me he sentido un tanto

deslumbrado por mi esposa, en el sentido más puro de la palabra, el de perder claridad de visión,

especialmente al mirar una luz brillante. Me conformaba con estar cerca de ella y oírla hablar, y no

siempre importaba lo que estuviera diciendo. Debería haber importado, pero no era así.

Para cuando acabó la jornada y llegamos al verdadero intercambio de regalos —los tradicionales

regalos de papel para el primer año de casados—, Amy había dejado de hablarme.

—Te quiero, Amy. Sabes que te quiero —dije, siguiéndola a través de los numerosos grupos de

obnubilados turistas, inmóviles en mitad de la acera, boquiabiertos y ajenos a todo.

Amy serpenteó entre las multitudes de Central Park, sorteando corredores de mirada invariable y

patinadores de glúteos endurecidos, padres arrodillados y bebés que se tambaleaban como borrachos,

siempre por delante de mí, con los labios apretados, acelerando hacia ninguna parte mientras yo intentaba

alcanzarla, agarrarla del brazo. Finalmente se detuvo, mostrándome un rostro imperturbable mientras

intentaba explicarme, conteniendo mi exasperación con una pinza mental:

—Amy, no entiendo por qué necesito demostrarte mi amor recordando exactamente las mismas cosas

que tú, exactamente de la misma manera que las recuerdas tú. Eso no significa que no esté encantado de

vivir contigo.

Un payaso cercano hinchó un globo con forma de animal, un hombre compró una rosa, un niño lamió

un helado de cono y en aquel momento nació una auténtica tradición, una que nunca olvidaría: Amy con su

proclividad al exceso y yo con la mía a todo lo contrario, indigno incluso del esfuerzo. Feliz aniversario,

gilipollas.

—Es un suponer, pero… ¿cinco años? Se va a cabrear muchísimo —continuó Go—. Así que espero

que le hayas comprado un regalo bueno de verdad.

—Lo tengo en la lista de pendientes.

—¿Cuál es el símbolo para los cinco años? ¿Papel?

—Papel es el primer año —dije.

Al término de aquella primera e inesperadamente dolorosa caza del tesoro, Amy me obsequió con un

elegante juego de papel de escritorio con mis iniciales grabadas en lo alto, de textura tan cremosa que

esperaba que se me humedecieran los dedos. A cambio, yo le regalé una chillona cometa de papel

comprada en un todo a cien, imaginando el parque, picnics, cálidas brisas veraniegas. A ninguno de los

dos nos gustó nuestro regalo; ambos hubiéramos preferido el del otro. Fue como un cuento de O. Henry

pero al revés.

—¿Plata? —preguntó Go—. ¿Bronce? ¿Hueso de ballena? Ayúdame.

—Madera —dije—. No hay manera de hacer un regalo romántico en madera.

Al otro extremo de la barra, Sue dobló pulcramente su periódico y lo dejó sobre la barra junto a la

jarra vacía y un billete de cinco dólares. Los tres intercambiamos sonrisas silenciosas a su marcha.

—Ya lo tengo —dijo Go—. Vete a casa, échale un polvo de leyenda y luego la golpeas con la polla y

gritas: «¡Toma madera, zorra!».

Nos echamos a reír. Después a los dos se nos encendieron las mejillas en el mismo lugar. Era el tipo

de broma grosera y nada fraternal que a Go le encantaba arrojarme como una granada. También era el

motivo de que, en el instituto, siempre corriesen los rumores de que nos acostábamos en secreto.

Incestillizos. Manteníamos una relación demasiado estrecha: chistes privados, susurros huidizos en plena

fiesta. Estoy bastante seguro de que no hará falta decirlo, pero como cualquiera que no sea Go podría

malinterpretarme, lo haré: mi hermana y yo nunca nos hemos acostado juntos ni se nos ha pasado por la

cabeza hacerlo. Simplemente nos llevamos francamente bien.

En aquel momento, Go estaba gesticulando como si estuviera azotando a mi esposa con el rabo.

No, Amy y Go nunca iban a ser amigas. Las dos eran demasiado territoriales. Go estaba

acostumbrada a ser la chica alfa en mi vida, Amy estaba acostumbrada a ser la chica alfa en la vida de

todos. Para tratarse de dos personas que vivían en la misma ciudad —la misma ciudad en dos ocasiones

distintas: primero en Nueva York, ahora en Carthage— apenas se conocían la una a la otra. Iban y venían

por mi vida como actrices de teatro bien sincronizadas; una salía por la puerta al tiempo que la otra

entraba, y en las raras ocasiones en las que coincidían en la misma habitación, ambas parecían en cierto

modo confundidas por la situación.

Antes de que Amy y yo empezásemos a ir en serio, nos prometiéramos, nos casáramos, vislumbraba

retazos de los pensamientos de Go en frases ocasionales. «Es curioso, no consigo terminar de ficharla,

me refiero a su verdadera personalidad.» Y: «Simplemente no pareces el mismo cuando estás con ella».

Y: «Hay una diferencia entre querer de verdad a una persona y querer la idea que te has hecho de ella».

Y finalmente: «Lo importante es que te haga verdaderamente feliz».

Eso cuando Amy me hacía verdaderamente feliz.

Amy también me obsequiaba con sus impresiones de Go: «Es muy… de Missouri, ¿verdad?». Y:

«Has de estar del humor adecuado para hablar con ella». Y: «Necesita que estés siempre pendiente de

ella, pero por otra parte imagino que, claro, no tiene a nadie más».

Tras acabar todos juntos en Missouri, yo había esperado que ambas enterraran el hacha de guerra y

aprendiesen a vivir con sus desacuerdos. Ninguna de las dos lo hizo. Sin embargo, Go era más divertida

que Amy, de manera que se trataba de una batalla desequilibrada. Amy era inteligente, corrosiva,

sarcástica. Amy podía enervarme, desarrollar una argumentación afilada y penetrante, pero Go siempre

me hacía reír. Es peligroso reírte de tu esposa.

—Go, creía que habíamos acordado que nunca volverías a mencionar mis genitales —dije—. Que

dentro de los límites de nuestra relación fraternal, no tengo genital alguno.

Sonó el teléfono. Go le dio otro sorbo a su cerveza y contestó, puso los ojos en blanco y sonrió.

—¡ Claro que está, un momento, por favor!

Después formó con los labios la palabra «Carl».

Carl Pelley vivía en la acera de enfrente de nuestra casa. Jubilado desde hacía tres años. Divorciado

desde hacía dos. Fue entonces cuando se mudó a nuestra urbanización. Había sido vendedor ambulante —

accesorios para fiestas infantiles— y yo percibía que, tras cuatro décadas viviendo en moteles, no se

sentía cómodo en casa. Aparecía en el bar prácticamente a diario con una maloliente bolsa de Hardee’s,

quejándose de su mala economía, hasta que le ofrecíamos una primera ronda a cuenta de la casa.

(Aquella fue otra de las cosas que averigüé sobre Carl en El Bar, que era un alcohólico funcional pero

irredento.) Tenía el detalle de aceptar cualquier cosa de la que «pretendiésemos librarnos», y lo decía en

serio: durante todo un mes, Carl no bebió otra cosa que una partida de Zimas polvorientas,

aproximadamente de 1992, que habíamos encontrado en el sótano. Cuando una resaca obligaba a Carl a

quedarse en casa, buscaba cualquier motivo para llamar: «Vuestro buzón parece muy lleno hoy, Nicky, a

lo mejor has recibido un paquete». O: «Parece que va a llover, quizá deberías cerrar las ventanas». Los

motivos eran lo de menos. Carl solo necesitaba oír el entrechocar de cristales, el gorgoteo de una bebida

al ser servida.

Cogí el teléfono y agité una cubitera cerca del receptor de modo que Carl pudiera imaginar su

ginebra.

—Eh, Nicky —sonó la aguada voz de Carl—. Siento molestarte. Solo he pensado que deberías

saberlo… La puerta de vuestra casa está abierta de par en par y el gato ha salido a la calle. Eso no

debería ser así, ¿verdad?

Proferí un gruñido impreciso.

—Me acercaría a echar un vistazo, pero hoy no me encuentro demasiado bien —dijo Carl con

pesadez.

—No te preocupes —dije yo—. De todos modos ya es hora de que vaya volviendo a casa.

Era un trayecto de quince minutos en coche, todo recto siguiendo la carretera del río. Conducir hasta

nuestra urbanización me provocaba en ocasiones escalofríos, debido al número de casas oscuras y

boquiabiertas que veía en el camino, hogares que nunca habían conocido habitante alguno u hogares

cuyos propietarios habían sido desahuciados para dejar la casa alzándose triunfalmente vacía,

deshumanizada.

Cuando Amy y yo nos mudamos, todos nuestros escasos vecinos cayeron de inmediato sobre

nosotros: una madre soltera de mediana edad con tres hijos que nos trajo un guiso; un joven padre de

trillizos con un pack de seis latas de cerveza (a su mujer la dejó en casa con los trillizos); una anciana

pareja de cristianos que vivía un par de casas más allá y, por supuesto, Carl, el de la acera de enfrente.

Nos sentamos en el porche trasero y admiramos el río, y todos ellos se quejaron de las hipotecas de

interés variable y del cero por ciento y sin entrada, y todos recalcaron que Amy y yo éramos los únicos

con acceso al río, los únicos sin hijos. «¿Solo ustedes dos? ¿En esta casa tan grande?», preguntó la madre

soltera, repartiendo una tortilla de vaya usted a saber qué.

—Solo nosotros dos —confirmé con una sonrisa, y asentí agradecido mientras me llenaba la boca con

huevo semilíquido.

—Qué solitario parece.

En eso tenía razón.

A los cuatro meses, la señora de la tortilla perdió la batalla contra la hipoteca y desapareció de la

noche a la mañana con sus tres hijos. Su casa ha permanecido vacía desde entonces. La ventana del salón

todavía exhibe pegado al cristal un dibujo infantil de una mariposa, con los brillantes colores de

rotulador desgastados por el sol. Una noche, no hace mucho, pasé por delante con el coche y vi a un

hombre con barba, desaliñado, oteando desde detrás del dibujo, flotando en la oscuridad como un pez

triste en un acuario. Me vio y se refugió de inmediato en las profundidades de la casa. Al día siguiente,

dejé una bolsa de papel marrón llena de bocadillos en el escalón de entrada; permaneció bajo el sol

intacta durante una semana, descomponiéndose húmedamente, hasta que volví a cogerla y la eché a la

basura.

Silencioso. El complejo permanecía en todo momento perturbadoramente silencioso. Estaba llegando

a casa, consciente del ruido del motor del coche, cuando vi que, efectivamente, el gato estaba sobre los

escalones de la entrada. Todavía fuera, veinte minutos después de la llamada de Carl. Aquello era raro.

Amy adoraba al gato, el gato había sido desuñado, el gato no tenía permitido salir de casa, jamás de los

jamases, porque el gato, Bleecker, era cariñoso pero extremadamente estúpido, y a pesar del chip

implantado en algún lugar entre sus rollizos y peludos pliegues, Amy sabía que si alguna vez salía nunca

volvería a verlo. Encaminaría sus torpes pasos derecho hacia el Mississippi —didel-di-dum— y flotaría

hasta llegar al Golfo de México y las hambrientas fauces de un tiburón toro.

Pero resultó que el gato ni siquiera era lo suficientemente inteligente como para ir más allá de los

escalones. Bleecker aguardaba sentado al borde del porche, como un obeso pero orgulloso centinela, el

recluta Esforzado. Mientras aparcaba en el camino de entrada, Carl se asomó a la puerta y noté que tanto

el gato como el anciano me observaban salir del vehículo y dirigirme hacia la casa por el sendero

flanqueado de peonías rojas de aspecto orondo y jugoso que pedían ser devoradas.

Iba a colocarme en posición de bloqueo para interceptar al gato cuando vi que la puerta principal

estaba abierta. Carl me había avisado, pero verlo era otra cuestión. No era una apertura de salgo-a-tirar-

la-basura-y-vuelvo-en-un-minuto. Era una apertura completa, de par en par, ominosa.

Carl seguía al otro lado de la calle, aguardando mi respuesta, y como en una terrible performance me

sentí interpretando el papel de Esposo Preocupado. Me detuve en mitad de la escalera, frunciendo el

ceño, después ascendí rápidamente los peldaños restantes de dos en dos, pronunciando el nombre de mi

esposa.

Silencio.

—Amy, ¿estás en casa?

Subí corriendo a la primera planta. Ni rastro de Amy. La tabla de planchar estaba preparada, la

plancha todavía encendida, un vestido aguardaba a ser planchado.

—¡Amy!

Mientras bajaba corriendo las escaleras, alcancé a ver a Carl todavía enmarcado por la puerta

abierta, observando con las manos en las caderas. Entré bruscamente en la sala de estar y me detuve en

seco. La alfombra resplandecía con pedazos de cristal. La mesita del café estaba destrozada, las

rinconeras caídas y los libros desparramados por el suelo como en un truco de naipes. Incluso la pesada

y antigua otomana estaba volcada, alzando sus cuatro diminutas patas hacia el techo como un animal

muerto. En mitad de todo aquel desorden destacaban un par de tijeras bien afiladas.

—¡Amy!

Eché a correr, bramando su nombre. A través de la cocina, donde se estaba quemando una tetera,

escaleras abajo, donde el cuarto para invitados del sótano seguía completamente vacío, para salir

finalmente al exterior por la puerta trasera. Atravesé con celeridad el patio hasta alcanzar el esbelto

embarcadero que sobresalía sobre el río. Miré por un costado para ver si estaba en nuestro bote de

remos, donde la había encontrado otro día, amarrada al muelle, dejándose mecer por la corriente con el

rostro vuelto hacia el sol, los ojos cerrados. Mientras observaba los deslumbrantes centelleos del río y

su hermoso rostro inmóvil, Amy abrió repentinamente sus azules ojos y me miró sin pronunciar palabra.

Yo tampoco le dije nada a ella y regresé a casa solo.

—¡Amy!

No estaba en el agua ni estaba en la casa. Simplemente no estaba.

Amy había desaparecido.

AMY ELLIOTT

18 de septiembre de 2005

FRAGMENTO DE DIARIO

Vaya, vaya, vaya. ¿Adivina quién ha vuelto? Nick Dunne, el juerguista de Brooklyn, el besucón de las

nubes de azúcar, artista del escapismo. Ocho meses, dos semanas y un par de días sin tener noticias de él

y de repente reaparece, como si todo hubiese formado parte de un plan. Resulta que perdió mi número de

teléfono. Su móvil estaba sin batería, así que se lo apuntó en un post-it. Después se guardó el post-it en el

bolsillo de los vaqueros y metió los vaqueros en la lavadora, convirtiendo el post-it en un pedazo de

pulpa arremolinada. Intentó desenrollarlo, pero solo fue capaz de distinguir un 3 y un 8. (Dice él.)

Y entonces el trabajo se le echó encima y de repente ya era marzo y había pasado tanto tiempo que le

daba vergüenza intentar encontrarme. (Dice él.)

Por supuesto que me enfadé. Había estado enfadada. Pero ahora ya no. Deja que te describa la

escena. (Dice ella.) Hoy. Vientos frescos de septiembre. Iba paseando por la Séptima Avenida,

aprovechando la hora del almuerzo para estudiar los contenidos de los ultramarinos expuestos en la acera

—interminables contenedores de plástico llenos con rodajas de melón verde, piel de sapo y sandía,

dispuestas sobre hielo como la pesca del día—, cuando he notado que un hombre se pegaba a mí como un

percebe siguiendo mi travesía. He mirado por el rabillo del ojo al intruso y me he dado cuenta de quién

era. Era él. El chico de «¡He conocido a un chico!».

No he interrumpido el paseo, simplemente me he vuelto hacia él para decirle:

a) «¿Nos conocemos?» (manipuladora, desafiante)

b) «¡Oh, guau, cómo me alegro de verte!» (ansiosa, dispuesta como un felpudo)

c) «Vete a tomar por culo» (agresiva, molesta)

d) «Vaya, desde luego te tomas las cosas con calma, ¿eh, Nick?» (ligera, juguetona, relajada)

Respuesta: D

Y ahora estamos juntos. Juntos, juntos. Ha sido así de fácil.

Me resulta curioso ese don de la oportunidad. Propicio, si quieres. (Y sí que quiero.) Precisamente

anoche se celebró la fiesta de lanzamiento del nuevo libro de mis padres. El gran día de la Asombrosa

Amy. Sí, Rand y Marybeth han sido incapaces de resistir la tentación. Le han dado a la sosias de su hija

justamente aquello que no pueden darle a su hija: ¡un marido! ¡Sí, en su vigésimo libro, la Asombrosa

Amy se casa! ¡Síííííí! A nadie le importa. Nadie quería que la Asombrosa Amy creciese, yo la que

menos. Dejad que siga llevando calcetines hasta la rodilla y lazos en el pelo y dejad que sea yo la que

crezca sin tener que arrastrar la carga de un álter ego literario, lo mejor de mí misma encuadernado en

rústica, la Amy que se supone que debería haber sido.

Pero fue Amy quien puso las lentejas en la mesa de los Elliott, y nos ha hecho un buen servicio, de

modo que no puedo enfadarme porque haya conseguido a la pareja perfecta. Por supuesto, se casa con el

bueno del Habilidoso Andy. Serán igual que mis padres: felices-felices.

Aun así, perturba comprobar lo increíblemente baja que ha sido la tirada realizada por el editor. En

los ochenta, la primera edición de cada nuevo título de La Asombrosa Amy solía rondar los cien mil

ejemplares. Ahora, diez mil. La fiesta de lanzamiento del libro, por lo tanto, no pudo ser menos fabulosa.

Y discordante. ¿Qué tipo de fiesta puede merecer un personaje de ficción que cobró vida como precoz

chicuela de seis años y que ahora es una futura esposa de treinta que aún sigue hablando como una niña?

(«Cáspita —pensó Amy—, mi querido prometido es un verdadero cascarrabias cuando las cosas no salen

como a él se le antojan.» Es una cita literal. Todo el libro consiguió que me entrasen ganas de darle un

puñetazo a Amy de lleno en su estúpida e inmaculada vagina.) Se trata de un producto nostálgico, dirigido

a las mujeres que crecieron con La Asombrosa Amy, pero no estoy segura de quién podría tener el más

mínimo interés en leerlo. Yo lo he leído, por supuesto. Y le he dado mi bendición, múltiples veces. Rand

y Marybeth temían que pudiera tomarme el matrimonio de Amy como un golpe bajo contra mi estado de

perpetua soltería. («Por mi parte, no creo que las mujeres deban casarse antes de los treinta y cinco»,

dijo mi madre, la cual se casó con mi padre a los veintitrés.)

A mis padres siempre les ha preocupado que pudiera tomarme a Amy de una manera excesivamente

personal; siempre me dicen que no busque significados ocultos en ella. Y sin embargo no he podido

evitar percatarme de que cada vez que la cago en algo, Amy va y lo hace bien: cuando finalmente

abandoné el violín a los doce años, Amy se reveló como un prodigio en su siguiente libro. («Cáspita, el

violín exige mucha dedicación, ¡pero la dedicación es el único modo de mejorar!») Cuando a los

dieciséis pasé del campeonato juvenil de tenis para irme un fin de semana a la playa con unas amigas,

Amy renovó su compromiso con el juego. («Cáspita, sé que es divertido pasar tiempo con las amigas,

pero estaría decepcionando a todo el mundo y también a mí misma si no participase en el torneo.»)

Aquello solía volverme loca, pero tras haberme matriculado en Harvard (mientras Amy escogía

correctamente la universidad de mis padres), decidí que todo era demasiado absurdo como para seguir

dándole importancia. Que mis padres, dos psicólogos infantiles, hubiesen escogido aquella forma

particularmente pública de comportamiento pasivo-agresivo, no solo era demencial, sino también

ridículo, extraño y en cierto modo hilarante. Que así fuese.

La fiesta de lanzamiento fue tan esquizofrénica como el libro: en Bluenight, junto a Union Square; uno

de esos establecimientos sombríos con butacas de orejas y espejos art déco que supuestamente deberían

hacerte sentir joven y brillante. Martinis de ginebra que oscilan sobre bandejas llevadas por camareros

con un rictus por sonrisa. Periodistas glotones de sonrisas burlonas y estómagos sin fondo que se

atiborran de canapés antes de marcharse a otro sitio mejor.

Mis padres recorren la estancia cogidos de la mano; su historia de amor siempre ha sido una parte

integral de la historia de La Asombrosa Amy: marido y mujer compartiendo labor creativa durante un

cuarto de siglo. Compañeros del alma. Ellos realmente se definen así, lo cual tiene sentido, porque

supongo que lo son. Puedo atestiguarlo, tras haberlos estudiado durante muchos años como hija única y

solitaria. No tienen malos modos el uno con el otro, ningún conflicto relevante, pasan por la vida como

dos medusas fundidas, expandiéndose y contrayéndose de manera instintiva, llenando líquidamente sus

mutuos espacios. Haciendo que parezca sencillo, eso de ser compañeros del alma. La gente dice que los

hijos de hogares rotos lo tienen difícil, pero los hijos de matrimonios privilegiados también tienen sus

desafíos particulares.

Naturalmente, tengo que sentarme en un taburete aterciopelado en una esquina, lejos del ruido, para

poder ofrecer entrevistas a un patético puñado de becarios a los que sus editores les han endilgado el

marrón de «conseguir una declaración».