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RESEÑA

La única regla que Anthony Sokorvsky tiene en la vida es no tener ninguna, sobre todo en lo que a placeres carnales se refiere. Pero sus oscuros intereses sexuales le han llevado por un peligroso camino que podría costarle su fortuna si no pone fin a su temeridad y se casa. Su salvación es Marguerite Lockwood. Un sólo día en compañía de Marguerite hace que Anthony la desee y fantasee con los diversos modos en que podría llevarla a la cima del éxtasis…

Cuando Anthony se ofrece a acompañarla por Londres, Marguerite no está segura de qué pensar de tan fascinante y sensual hombre. Y cuando éste se apresura a seducirla, se siente totalmente excitada. Ningún hombre ha logrado encender un deseo tan intenso en ella. Sucumbiendo completamente a las diestras caricias de Anthony, Marguerite está al fin lista para satisfacer sus necesidades eróticas… y los anhelos más perversos de su amante.

CAPÍTULO 01CAPÍTULO 02CAPÍTULO 03CAPÍTULO 04CAPÍTULO

05CAPÍTULO 06CAPÍTULO 07CAPÍTULO 08CAPÍTULO

09CAPÍTULO 10CAPÍTULO 11CAPÍTULO 12CAPÍTULO

13CAPÍTULO 14CAPÍTULO 15CAPÍTULO 16CAPÍTULO

17CAPÍTULO 18CAPÍTULO 20CAPÍTULO 21CAPÍTULO

22CAPÍTULO 23CAPÍTULO 24CAPÍTULO 25FINnotes

AUTOR

SIMPLEMENTE

PERVERSO

La casa del placer Nº4

CAPÍTULO 01 Londres 1819.

—Oh Dios, ¿dónde estoy?

Anthony Sokorvsky abrió un ojo y rápidamente lo cerró de nuevo. El piso de madera que había vislumbrado y las paredes negras adornadas con instrumentos de flagelación y gratificación sexual significaba sólo una cosa: todavía estaba en la casa del placer de Madame Helene. Se lamió los labios, saboreando la sangre seca, el brandy y el acre olor fuerte del esperma de otro hombre.

Con un gemido rodó sobre su estómago, haciendo una mueca cuando su erección matinal raspó contra la rugosa madera. Estaba desnudo y todavía en el rincón de los castigos. Por lo menos alguien había tenido la decencia de quitar las esposas de sus muñecas. Cautelosamente se sentó, luchando contra las ganas de vomitar con cada doloroso movimiento. ¿Qué demonios había hecho la noche anterior?

Ahogó otro gemido. Nada peor, sospechaba, de lo que se había estado sometiendo él mismo en los últimos meses. Pero algo había cambiado. Por primera vez el dolor había sobrepasado al placer. Sus muñecas estaban magulladas, el culo le dolía y su espalda estaba desgarrada por los azotes de un látigo. Hundió las manos en su cabello y cerró los ojos.

Dios, ¿qué clase de hombre se permitía ser utilizado por otros hombres

para su placer sexual? Al principio, lo había excitado. Ahora, simplemente se sentía como que se lo merecía. Tenía casi veintiséis años; ¿sin duda era el momento de seguir adelante?

Una tos discreta sonó en la puerta. Parpadeando, Anthony se obligó a mirar hacia arriba. Judd, el mayordomo de Madame Helene, se inclinó y le tendió una bata marrón bordada.

—Buenos días, milord. Tengo un nuevo conjunto de ropa esperando abajo en el apartamento de Madame y un baño si usted quisiera.

Vagamente, Anthony miró a su alrededor buscando su propia ropa y no podía verla. Con un suspiro, tendió la mano hacia la bata.

—Gracias, Judd. Lo estaré siguiendo en un momento.

No podía soportar encontrarse con la mirada del hombre mayor. ¿Qué debería pensar el mayordomo de él revolcándose en un vergonzoso charco de lujuria de su propia creación? Su último pensamiento consciente, antes de que el dolor y el placer sexual lo hayan llevado al punto de dejarlo sin sentido, fue de lord Minshom inclinado sobre él, su risa cuando Anthony cayó indefensamente contra el piso implacable.

Haciendo muecas, Anthony tropezó con su pie y se agarró de la repisa de la chimenea para ayudarse. Debía haber habido otros. Hombres sin rostro y sin nombre a los que les había permitido follarlo y acariciarlo, lastimarlo si querían. Dios, ¿qué estaba mal con él?

La luz del sol se filtraba por las ventanas en los niveles más bajos mientras los eficientes criados de Madame dejaban la casa de nuevo a la perfección antes de que la juerga empezara de nuevo. Se dirigió hacia el sótano, donde Madame tenía su apartamento, y emitió un suspiro de alivio cuando se encontró con la habitación vacía, la bañera ya estaba llena y esperándolo.

Con un gemido, se hundió en las perfumadas profundidades. Su carne picaba donde descubría las nuevas heridas que le infligieron. Aún tenía el pelo sucio con fluidos de los otros hombres. Se deslizó hacia abajo en la bañera y permitió que el agua le tapara por encima de su cabeza. Durante un buen rato contuvo el aliento, pensado en dejarse salir, en el agua llenando sus pulmones, en la paz…

—¿Anthony?

Reapareció con un sobresalto para encontrar a Madame Helene sentada al lado de la bañera. Llevaba un vestido azul claro que no hacía mucho para atenuar su encanto natural. Ella era fácilmente la mujer más bella que Anthony había visto nunca, y él había observado un montón en la casa del placer… Madame Helene se había asegurado de eso.

—Anthony, ¿por qué aún sigues aquí?

Parpadeó lentamente hacia ella, permitiendo que las gotas de agua corrieran por su rostro.

—No estoy seguro. Debo haberme quedado dormido.

Ella suspiró y se inclinó hacia delante para acariciar su hombro. Tragó saliva ante el suave contacto. Después de la crudeza de la noche, su toque era casi insoportable. Sus ojos empezaron a picar.

—Anthony, mon ami, estoy preocupada por ti. Todos estamos preocupados por ti.

Se sentó más derecho para estudiar la preocupación de su rostro. —Dios, Valentín no sabe lo que hago aquí, ¿verdad?

Ella se encogió de hombros, un movimiento fluido y elegante como el de un gato. —No se lo he dicho, pero Peter lo sabe. No estoy segura si él le dirá a tu hermano o no.

Anthony siguió mirándola fijamente, con los dedos agarrando el borde de la bañera hasta que dolieron. —Tú nunca se lo dirás a Val, ¿verdad?

—¿Por qué no? Él de todos los hombres es el más puede entender el motivo por el cual les permites a estos hombres hacerte lo que ellos quieren.

—Val no lo entendería. Después de sus experiencias con Aliabad en Turquía, me dijo que él odia ser tocado por los hombres. ¿Qué diablos va a decir si cree que a mí me gusta?

Su sonrisa enigmática fue fugaz. —Tu hermano es un hombre muy complicado. Tal vez se preocupa más porque él todavía se siente responsable de lo que te pasó. —Ella le acarició la piel mojada. —Todos nos sentimos responsables, Anthony… tú fuiste forzado a una situación intolerable, drogado, violado y secuestrado por un hombre que…

—No quiero hablar de Aliabad. Sucedió hace años. —La miró fijamente.

—En realidad, no voy a hablar de ello, nunca. No tiene nada que ver con mis actuales gustos sexuales.

Helene se levantó, su sonrisa desapareció. —La negación no funcionó para tu hermano. ¿Por qué debería funcionar para ti?

Anthony dejó escapar el aliento. —Lo siento, Madame. Tú no has sido nada más que la bondad personificada, pero no puedo continuar con esta ridícula conversación. He decidido cambiar mi rumbo. Ya no tengo la intención de utilizar tus cuartos de castigo.

La expresión escéptica de Helene no cambió. —Me alegro de oírlo. Tal vez ha llegado el momento de que indagues el lado más luminoso del amor y el romance.

Se las arregló para asentir. —Tal vez tengas razón.

Ella se volvió hacia la puerta. —¿Quieres que envíe un mensaje a la agencia marítima?

Frunció el ceño y trató de mirar alrededor buscando un reloj.

—¿Qué hora es?

—Un poco después de las diez.

—Entonces ya estoy condenado, tenía una cita con Valentín a las nueve.

Con el sonido suave de la risa de Helene, Anthony se dejó caer hacia abajo en la bañera hasta que su cabeza estuvo debajo del agua. Val era extraordinariamente perceptivo. Una mirada al rostro de Anthony, y él no sólo demandaría una explicación por su tardanza, sino que insistiría en examinar todas sus acciones durante la semana pasada.

Percibió que Helene no creía que él tuviera la intención de cambiar. ¿Qué vio en él que la hizo dudar de lo que le decía? ¿Acaso él, de algún modo, anunciaba en su rostro su voluntad de ser abusado? Reapareció y cogió la taza de café que Helene había dejado para él al lado de la bañera.

—¿Quiere que le lave la espalda?

La mirada sorprendida de Anthony voló hacia la puerta. Enmarcado en contra de la luz solar estaba Christian Delornay, el hijo de Helene. Un integrante permanente del último año en la casa del placer, ya que ahora vivía allí y trabajaba para su madre. Antes, Anthony nunca le había prestado mucha atención, estaba demasiado ocupado con su propia búsqueda de excesos sexuales como para preocuparse por otro hombre.

—No, gracias.

Christian se encogió de hombros, el gesto elocuente de su educación francesa, como lo era su leve acento Inglés. Desde su posición inclinada en

la bañera, Anthony calculó la medida de Christian y supuso que eran de la misma altura, aunque según tenía entendido, Christian tenía sólo veinte años.

—¿Está seguro?

El tono divertido de Christian era ahora una familiar rabia quemando los intestinos de Anthony.

—Absolutamente, y puede salir también.

—Estoy perfectamente en mi derecho de estar aquí. Este es el vestidor de mi madre después de todo. —Christian se acercó hasta que Anthony se vio obligado a mirarlo.

—A menudo frecuentas el dormitorio de tu madre, ¿verdad?

Christian sonrió. —Es poco digno de usted, Lord Anthony. Inténtelo otra vez.

Anthony cerró los ojos. —Vete de aquí.

—Lo haré si usted se compromete a cenar conmigo y con mi hermana esta noche.

—¿Por qué querría hacer eso?

Christian pasaba rozando sus dedos a lo largo del borde de la bañera.

Anthony no podía apartar sus ojos del lento deslizamiento.

—¿Por qué me preguntó? ¿Debido a que usted desea que me vaya para poder terminar su baño en paz?

—Está bien.

—¿Usted vendrá?

Anthony miró hacia arriba a su sonriente compañía. —Te dije que sí, y ahora sal y cierra la puerta detrás tuyo.

Christian hizo una reverencia. —Nos vemos a las siete entonces, en el salón principal.

Tan pronto como Christian se fue, Anthony salió del baño y se vistió a toda prisa con la chaqueta de color marrón claro, pantalón negro y chaleco a juego que Judd le había dejado. Si tomaba un taxi hasta la oficina marítima en los muelles, aún debería ser capaz de cumplir con Valentín.

Hizo una pausa para comprobar su reflejo en el espejo.

Sus labios estaban un poco magullados e hinchados, pero aparte de eso, se veía bastante bien. Lord Minshom siempre era muy cuidadoso de no marcar a sus amantes por encima del cuello.

Anthony subió corriendo las escaleras de la Compañía Marítima Sokorvsky y Howard, y cautelosamente abrió la puerta de la oficina principal. Todo parecía tranquilo. Asintió con la cabeza hacia Taggart, el gerente de la oficina, quien frunció el ceño y le señaló el reloj. Con una mueca en el aire, Anthony continuó por el pasillo hacia la estrecha oficina que habitaba en la parte posterior del edificio de dos pisos.

Se las arregló para abrir las persianas y sentarse delante de su hermano mayor caminando relajadamente a través de la puerta abierta.

—Buenos días Anthony, ¿o debería decir buenas tardes?

Anthony levantó la vista de la pluma de ganso que estaba fingiendo afilar y se encontró con el rostro de su hermano. La gente siempre exclamaba por la gran belleza de Valentín. Pocos parecían darse cuenta de la

inteligencia y la crueldad oculta detrás de su menos-que-amable mirada violeta.

—Buenos días, Valentín. ¿Qué puedo hacer por ti?

—¿Llegar a tiempo a tus citas? —Valentín sacó su reloj de bolsillo y lo estudió. —Se suponía que nos encontraríamos a las nueve. Son casi las once. ¿Dónde has estado?

Anthony trató de mirar arrepentido. —Me quedé dormido.

—Tú, dormido. —Valentín le dio golpecitos al estuche cerrado del reloj y comenzó a pasearse por la alfombra deshilachada hecha jirones. —Eso no es lo suficientemente bueno, Anthony. Administro un negocio aquí, no un club social para aburridos aristócratas sin nada mejor que hacer con su tiempo.

El calor subió por las mejillas de Anthony. Era verdad que su hermano iba directamente al punto. —Eso es injusto. Soy siempre puntual, y entiendo la naturaleza de tus negocios. Infierno, yo lo administro cuando tú y Peter estáis fuera de la ciudad.

—Hasta hace poco, estaré de acuerdo contigo, pero en los últimos tres meses, te has vuelto poco fiable. Llegas tarde, apenas mantienes tu mente en el trabajo y ni siquiera puedes recordar los nombres de nuestros clientes. —Val se detuvo y se volvió para mirar a Anthony. —Eso no es suficientemente bueno.

—¡Esta es la primera vez que he llegado tarde en más de un mes! ¿Por qué haces un mundo de esto?

—Porque esto es un síntoma que lo engloba todo.

—¿Qué exactamente estás tratando de decir, Val?

—Si no aclaras tus ideas, hablaré con Peter para nombrar a un nuevo suplente.

Anthony se quedó mirando sus manos apretadas sobre el escritorio. —¿Y

qué se supone que tengo que hacer en su lugar?

Val suspiró. —Por el amor de Dios, Anthony, vuelve a casa y disfruta de tu vida de privilegios. Has trabajado aquí durante cuatro años y demostraste tu independencia a nuestro padre. ¿No es tiempo de que sigas adelante?

Anthony se puso de pie, sus ojos al mismo nivel que los de su medio hermano. A pesar de otro despido. A pesar de que otro hombre pensaba que él era un inútil. La ira corría a través de él y amenazaba con anegarle su habitual sentido común.

—¿Crees que estoy jugando a tener un trabajo?

Valentín levantó las cejas. —¿Perdón?

—¿Crees que eres el único que puede hacerse pasar por un comerciante y aún así seguir en línea para la posición de marqués?

—No quiero el título. Lo sabes.

—Es fácil para ti decirlo cuándo es tuyo, sin embargo.

—¿Lo quieres?

—¡No! Es que… —Anthony suspiró con frustración.

Un músculo tembló en la mejilla de Valentín. —Continúa.

—He trabajado duro para ti y he disfrutado cada minuto. A diferencia de muchos de mis amigos aristocráticos, todavía tengo mi fortuna intacta, mi

salud y mi juicio.

—No estoy seguro acerca de tu juicio.

Un malestar roía los intestinos de Anthony. —¿Qué?

Valentín sostuvo su mirada. —Llegas tarde porque pasas demasiado tiempo prostituyéndote en la casa del placer de Madame.

—¿Y tú nunca hiciste eso? Extraño, oí que tu reputación era legendaria.

—Me gusta follar, sí, pero no como lo haces tú.

Anthony se enderezó. —¿Y cómo sabes tú cómo me gusta follar?

—Me encontré con Lord Minshom anoche. De hecho, él deliberadamente se puso en mi camino para que yo no tuviera más remedio que hablar con él.

—¿Y?

—Me dijo cuánto disfrutó “tomándote” anoche.

—¿Y?

Val se movió más cerca. —Maldita sea, Anthony, ese hombre es un depredador sexual de la peor especie. A él le gusta lastimar, castigar y humillar.

—Quizás él estaba mintiendo.

—No lo hacía. Este no es el primer rumor que me ha llegado acerca de tus gustos sexuales.

Anthony descubrió que estaba temblando, un profundo temblor de huesos

que no podía controlar. —¿Peter te dijo lo que él me vio haciendo mientras tú lo estabas “haciendo” con él?

El rostro de Valentín se tensó y su mano salió disparada. Anthony se encontró aplastado contra la pared, los dedos de Valentín en su garganta.

Cada herida de su cuerpo gritaba una protesta.

—Peter no me dijo nada. Y mi relación con él es mi propio asunto. Esta discusión es acerca de ti.

—Soy perfectamente capaz de hacer este trabajo.

Val no aflojó su apretado agarre. —¿En serio? Bueno, tienes el resto de este mes para demostrarnos eso a Peter y a mí, antes de que te pidamos que te vayas.

Dio un paso atrás y se reacomodó la manga de su chaqueta marina. —No deseo decirte cómo vivir tu vida, pero no puedo permitir que arruines mi negocio.

Anthony se aclaró la garganta. —Es bueno ver que tienes tus prioridades en orden, Valentín. Los negocios primero, la familia después. Hablas igual que nuestro padre.

La boca de Valentín se arqueó en una esquina. —Para nuestro padre, la familia es el negocio. —Soltó el aliento. —No tengo derecho a decirte qué hacer. Sólo puedo ofrecerte el beneficio de mi propia experiencia.

Anthony se apartó de la pared y volvió a tomar su posición en su escritorio. Sus dedos temblaban tanto que no se atrevió a coger el cuchillo por miedo a cortarse a sí mismo. Arriesgó una sonrisa a su hermano.

—Por favor, no lo hagas, Val. Ya he tenido a Madame Helene para hacer frente esta mañana, y sin duda voy a escuchar a Peter pronto. Soy perfectamente capaz de resolver mis propios errores, de hecho, ya había

decidido hacerlo.

Valentín ladró una risa y se volvió hacia la puerta. —Eso es lo que me dije a mí mismo, y mira qué desastre que resultó ser.

—Tú tienes a Sara, y a tu hijo primogénito. ¿No te hace eso un hombre afortunado?

Val se volvió lentamente para mirar a Anthony, sus finos rasgos por una vez más suaves y sin estar en guardia. —Sí lo hace, pero perdí muchos años negando mi verdadera personalidad y lo que me habían hecho.

—Entonces, si estás en paz con tu pasado, ¿por qué no puedes creer que yo lo lograré también?

Anthony se puso tenso al ver que de repente la expresión de Valentín se cerró.

—Espero que lo hagas, hermano. Sinceramente, lo espero. Pero permitiendo que un hombre como Lord Minshom te posea, en cuerpo y alma, apenas parece ser el camino correcto para alcanzar tu objetivo.

—Él no me posee.

Las cejas de Valentín se levantaron. —Tal vez deberías decírselo. Sonaba terriblemente territorial.

Anthony apretó la mandíbula y sostuvo la mirada de su hermano. —

Maldito seas, él no me posee.

Val se inclinó y se dirigió a la puerta. —Entonces, te deseo suerte con tu nuevo camino y espero que no te extravíes de nuevo.

—Gracias, Val. No tienes nada de qué preocuparte, de verdad. Seré un hombre reformado.

La risa de su hermano hizo eco por el pasillo mientras cerraba la puerta.

Anthony apenas se contuvo para correr tras él y plantarle cara. ¿Cómo se atrevía su hermano a tener tan poca fe en su capacidad para cambiar?

¿Cómo se atrevía a reírse?

Anthony respiró hondo y soltó el aire. Iba a demostrarles a todos que estaban equivocados. Se convertiría en un ciudadano modelo, un hombre de negocios de renombre y un famoso hombre entre las mujeres… tan pronto como averiguara qué querían los gemelos Delornay con él en la cena de esta noche. Un hilo de emoción se infiltró en su tristeza.

CAPÍTULO 02 Incluso a esta temprana hora, las salas públicas de la casa del placer estaban atestadas. Al menos cuarenta personas estaban reunidas en el gran salón, charlando y riendo, anticipándose a los placeres que Madame Helene sin duda había dispuesto para ellos. Anthony se preguntó cuántos de ellos frecuentaban el piso superior, el lugar donde el dolor y el placer se combinaban y todos los pretextos eran eliminados.

Con una sensación de cautelosa anticipación, vio a Christian en la mesa del buffet y se dirigió hacia él.

—Buenas tardes, señor Delornay.

—Buenas noches, milord. —Christian hizo una reverencia y dio un paso atrás. —¿Me permite presentarle a mi hermana, Lisette?

Anthony tomó la mano tendida y la besó. Lisette Delornay era casi tan alta como su hermano, su pelo rubio no era tan claro, sus ojos color avellana.

Si los rumores eran ciertos, y Anthony tenía excelentes fuentes, se parecía más a su padre, Lord Philip Knowles, que a su hermano gemelo.

A pesar de su edad, su sonrisa era tan sensual como la su madre, y Anthony no pudo evitar sonreírle en respuesta.

—Es un placer conocerlo, milord. —Lisette hizo un gesto hacia el buffet.

—Si está de acuerdo, nos retiraremos a nuestra suite y comeremos en privado.

Él metió su mano en el hueco de su brazo y le dio unas palmaditas. —

Estoy feliz de hacerlo, señorita Delornay. Por favor, muéstreme el camino.

Con Christian siguiéndolos por detrás, Anthony pronto se encontró perdido en el laberinto de la gran casa mientras Lisette lo llevaba hacia las zonas más privadas.

—Aquí estamos, milord.

Anthony se detuvo ante la puerta de una lujosa suite de habitaciones decoradas en pálidos plateados y crema. Una mesa ubicada en frente del fuego estaba preparada para tres, y una mujer mayor se levantó del sofá e hizo una reverencia.

—Buenas noches, milord. Soy la señora Smith-Porterhouse, acompañante de Lisette, estaré en mi cuarto si alguien me necesita.

No era una cita como para que la acompañante de Lisette estuviera cerca.

Anthony no estaba seguro de si se sentía aliviado o decepcionado. A pesar de su edad, las travesuras sexuales de los gemelos Delornay ya eran legendarias. ¿Él había esperado encontrar un escape de lord Minshom con ellos? Dudaba de que pudieran ser capaces de hacerle frente a la fuerza de la mordaz personalidad de su amante, pero ellos eran los hijos de Helene después de todo.

—¿Lord Anthony?

Él hizo una reverencia, consciente de que se había quedado mirando a la señora Smith-Porterhouse durante demasiado tiempo.

—Mis disculpas, señora, estaba distraído. Es un placer conocerla.

—A usted también, señor. —La señora Smith-Porterhouse asintió con la cabeza hacia Lisette. —Vuelvo en un rato para ver cómo estás, mi querida.

Lisette parecía resignada pero no sorprendida. Anthony imaginaba que aún tenía una cantidad notable de libertad para una mujer soltera, pero ella no era precisamente una joven de la alta sociedad. Por lo que él entendía, su posición social era mucho más ambigua.

—Por favor, siéntese. —Lisette se dirigió a la mesa y Anthony se movió para sostener una silla para ella. —Gracias.

Esperó a que Christian tomase asiento también, y luego ocupó su lugar entre ellos. Para su sorpresa, realmente tenía hambre, así que se dispuso a disfrutar de su cena antes de abrigar cualquier pensamiento acerca de lo que los gemelos querían de él y lo que iba a hacer al respecto. Los Delornays eran sorprendentemente cultos y divertidos en comparación con sus hermanos menores, y se encontró disfrutando de sus malvados chismes y bromas.

En el momento en que los restos del segundo plato se retiraron y él acunaba un gran vaso de brandy en su mano, se sentía muy apacible para con ellos. Esperó hasta que el último criado se retiró y fijó su mirada en Christian.

—Gracias por esta excelente cena. Ahora, ¿qué es exactamente lo que ustedes quieren hablar conmigo?

Christian intercambió una rápida mirada con Lisette. —Queremos que nos dé su palabra de que nada de lo que hablaremos saldrá de aquí, sin importar el resultado.

Anthony enarcó las cejas. —No soy conocido como un chismoso. Por supuesto, guardaré vuestro secreto.

—Bueno, entonces nosotros deseamos ayudar a nuestra hermana,

Marguerite.

Anthony puso el vaso sobre la mesa. —¿Vuestra hermana? Ni siquiera sabía que teníais una hermana.

Lisette sonrió. —No vive con nosotros y, en verdad, ella es sólo nuestra media hermana. Tuvo un padre diferente.

¿Se estaban refiriendo a los hijos legítimos de Lord Knowles? —¿Un inglés?

—No, suponemos que era francés. Marguerite es más mayor que nosotros.

Tiene veintitrés.

—Pero vuestra madre apenas parece tener edad suficiente para haberos dado a luz a vosotros dos, por no hablar de otro niño.

Ambos gemelos lo fulminaron con la mirada, y él levantó las manos. —Me disculpo. Eso no es asunto mío… tengo a vuestra madre en mi más alta consideración.

Christian se aclaró la garganta. —De todos modos, Marguerite necesita ayuda, y creemos que usted es el hombre indicado para proporcionársela.

—¿Yo? — Anthony se rió. —Lo dudo. ¿Qué es exactamente lo qué necesita? Y por favor no me digas que está buscando un esposo.

—Marguerite es viuda. Dudo que ella quiera casarse con usted. Es por eso que queremos que usted la ayude.

Intelectualmente, Anthony entendía que ninguna mujer en su sano juicio lo quisiera en su estado actual, pero le dolía oírlo en voz alta. Se esforzó por mantener un tono uniforme. —No entiendo.

Christian sonrió. —Ella no quiere nada. Se queda en su casa y no sale para

que nadie comience a chismorrear sobre ella.

—¿Y qué esperáis que yo haga al respecto?

Lisette se inclinó hacia delante, con las manos entrelazadas sobre la mesa.

—Queremos que la escolte por la ciudad, que la lleve a los bailes, a las comidas campestres y conciertos, y que haga que sonría de nuevo.

Anthony se los quedó mirando. —Disculpar mi franqueza, pero ¿por qué en nombre de Dios pensaríais que yo haría algo de eso? No soy conocido como un mujeriego.

—Lo sabemos… ¿por qué cree que le estamos pidiendo su ayuda?

—Ahora estoy completamente perdido.

—He oído algo de su conversación con mi madre esta mañana, —dijo Christian cuidadosamente. —Usted dijo que era hora de cambiar.

La sonrisa de Anthony desapareció. —No me gusta que me espíen.

—Le pido disculpas, pero no fue intencional. Yo no esperaba que estuviera nadie, excepto mi madre o su amante, en su cuarto en ese momento de la mañana. —Christian vaciló. —Si realmente quiere cambiar, ayudar a Marguerite podría ser beneficioso para usted. Por lo menos podría darle una oportunidad de cambiar de un estilo de vida que, evidentemente, se ha vuelto aborrecible para usted.

Anthony luchó contra la tentación de golpear su puño contra el sereno rostro de Christian. Pero era más que la hora de afrontar la realidad, y Christian sólo estaba repitiendo lo que Anthony se había dado cuenta por sí mismo. Sin embargo, todavía lo aguijoneaba ser juzgado por un simple joven.

—Vuestra madre no me considerará un compañero adecuado para

Marguerite. No estoy seguro de eso yo mismo. —Sostuvo la mirada de Christian. —Ya sabéis lo que me gusta, sabéis que usualmente me involucro con los hombres.

—Es exactamente por eso que creemos que resultará perfecto para Marguerite. Ella no está lista para tener una verdadera relación sexual con nadie. Todavía está enamorada de su marido muerto, pero necesita ganar algo de experiencia con un hombre, y usted será perfecto.

—Pero vuestra madre aún se opondrá.

Lisette sonrió. —Entonces no se lo diremos.

—Ella sabe todo lo que pasa aquí. Me cuesta creer que mis correrías por ahí con su hija vayan a escapar de sus oídos.

—Pero usted no estará aquí, ¿verdad? La escoltará a Marguerite a lugares completamente diferentes. ¿Y usted no quería mantenerse lejos de aquí, de todos modos?

Anthony estudió el rostro de Lisette. ¿Era posible cambiar de vida tan fácilmente?

—Perdón por preguntar esto, pero si vosotros dos no os consideráis socialmente aceptables, ¿cómo vuestra hermana escapará a eso?

Christian parecía divertido. —Nosotros somos respetables. Simplemente no optamos por involucrarnos en ese ambiente en particular. Marguerite no tiene otra opción. Se casó con un Lord inglés, por lo está en su derecho y se espera que disfrute de los beneficios de la alta sociedad.

—¿Vuestra hermana es la mujer de un hombre con título?

—Oui, la esposa de Justin Lockwood.

Anthony hizo una pausa. —¿No hubo algún escándalo relacionado con su esposo hace unos años?

—Estuvo involucrado en un duelo con su mejor amigo, Sir Harry Jones, y fue fatalmente herido.

—Así es. Lo recuerdo ahora. ¿No se suponía que estaban enamorados de la misma mujer?

Lisette miró a Christian. —Algo así.

—Ah, esa era vuestra hermana, Marguerite. ¿Es por eso que elige vivir en soledad?

—Aparentemente sí, aunque parezca ridículo para mí.

Anthony logró esbozar una sonrisa. —Tal vez tú tienes una constitución más fuerte que tu hermana.

Lisette le devolvió la mirada, y era como mirar directamente a los ojos de su madre. —Eso es posible. Soy apenas una disminución de violeta.

—No lo creo. —Christian se echó a reír y Lisette frunció el ceño. —

Marguerite vive con una chaperona en una pequeña casa propiedad de la familia de Lockwood en Maddox Street. Los Lockwoods no cuidan particularmente de ella, pero no se han atrevido a distanciarse, debido a sus poderosos protectores.

—Pensé que habías dicho que ella no tiene familia, aparte de vosotros y de vuestra madre, en Inglaterra.

—No, pero tiene al vizconde Harcourt DeVere y al duque de Diable Delamere como padrinos.

—Poderosos aliados de hecho. —Anthony estudió sus manos cruzadas

sobre el manchado mantel color damasco, antes de levantar la vista. —

¿Habéis hablado con vuestra hermana acerca de esto?

—Todavía no. Queríamos ver si usted estaba de acuerdo en primer lugar.

—Christian miró inquisitivamente a Anthony.

Anthony permitió que se establezca un silencio antes de responder. —¿Por qué ella iba a estar de acuerdo con esto? ¿Qué razón tiene ella para querer cambiar su vida?

Lisette le sostuvo la mirada. —Las mismas razones que tiene usted. Si ella no hace algo pronto para salvarse, se convertirá en el tipo de mujer que siempre ha despreciado.

—¿Y qué clase de mujer es esa?

—Una cobarde. —Dijo Christian en voz baja.

Anthony luchó contra un escalofrío. ¿Era el miedo lo que le abstenía de intentar un nuevo camino? ¿Era demasiado miedoso para alejarse de lo familiar y encontrarse a sí mismo otra vez?

Él asintió con la cabeza bruscamente. —Voy a pensar lo que me habéis dicho y os daré una respuesta en la mañana.

Anthony se dirigió de nuevo hacia la casa del placer, sus pensamientos hechos un caos. ¿Era demasiado tarde para regresar, encontrar a los gemelos y decirles que ni siquiera consideraría la idea? Se detuvo ante la puerta entreabierta que llevaba a una de las habitaciones más selectas del segundo piso, donde algunos de los asiduos clientes de Madame estaban disfrutando de un espectáculo. En el centro de la sala, dos hombres ataviados con clásicas túnicas griegas, con coronas de laurel adornando sus cabezas, se desvestían lentamente uno al otro.

Se acercó para observar cómo caía el telón para revelar el aceitado y musculoso pecho de uno de los hombres. El segundo hombre besaba su camino hacia abajo de la línea del esternón del hombre de piel blanca, tirando el material que aún cubría sus caderas para revelar su pene erecto.

Un nudo de tensión se manifestó arrastrándose en el intestino de Anthony.

¿Alguna vez había experimentado tanta suavidad al tener sexo? ¿O sólo había sido follado, su cuerpo una herramienta para ser utilizada por el disfrute de terceros, pero nunca para el suyo propio? Se mordió el labio.

No, eso no era justo. Había disfrutado de la rugosidad, la había anhelado a veces, e incluso había rogado por eso.

—Estoy sorprendido de verte aquí otra vez esta noche. Realmente eres un masoquista.

Anthony cerró suavemente la puerta. Los moretones en su cuerpo parecían palpitar en respuesta a las palabras pronunciadas lentamente en voz baja por el hombre detrás de él. Se volvió hacia Lord Minshom, sus manos cerradas en puños a los costados. Su némesis llevaba un impecable abrigo de diseño color azul y pantalones negros, un diamante brillaba en la corbata blanca en su garganta.

—No voy a quedarme.

La pálida mirada azul de Lord Minshom parpadeó sobre la ingle de Anthony. —¿Por qué no? Obviamente estás excitado.

—No por ti.

—¿Por el patético espectáculo de allí adentro? ¿Dos hombres actuando como mujeres?

—Dos hombres amándose.

—Los hombres no se aman. Se follan para llegar al poder, para ganar, para

emerger como el ganador.

—No todos ellos.

Lord Minshom extendió la mano y rozó su dedo pulgar sobre el labio inferior de Anthony. La sutil caricia hizo que todos los sentidos de Anthony cobraran vida. Tragó saliva cuando Lord Minshom metió el pulgar dentro de su boca y lo movió de acá para allá.

—Yo follo para ganar.

Anthony sacudió la cabeza y apartó de un zarpazo la mano sobre su boca.

—Lo sé. Me lo has demostrado muchas veces.

—¿Y no te gustó? ¿No pediste y rogaste por más?

—Fui un tonto.

—Eres un tonto. No puedes cambiar tu naturaleza, Sokorvsky. Siempre estarás sobre tus rodillas rogando por eso.

Anthony cerró los ojos cuando la mano de Lord Minshom se cerró alrededor de su polla y la apretó con fuerza. Al igual que un perro faldero, estaba respondiendo, su eje creciendo y engrosándose ante las demandas del otro hombre. Agarró la muñeca de Lord Minshom y la sacudió lejos de su polla.

—Ya no más. Ya he terminado contigo.

Una lenta sonrisa iluminó el rostro del otro hombre, haciendo notables las exquisitas líneas de sus pómulos y su pálida piel de porcelana.

—Ahora eso es divertido, Sokorvsky. Tú, teniendo el descaro de decirme que has tenido suficiente. No pensé que tuvieras las bolas.

—Bueno, piénsalo otra vez. He terminado.

—Vamos a ver eso. Tal vez fui un poco duro contigo anoche. Cuando te sientas mejor, volverás por más.

—No me trates con condescendencia. Quiero decir lo que estoy diciendo.

Lord Minshom se inclinó, la diversión claramente evidente en sus ojos entrecerrados. —Estoy seguro de que sí… esta noche. Te veré en un par de días, desnudo y atado en la esquina de castigos, dispuesto a hacer mi voluntad, como de costumbre.

Asintió y se alejó, dejando a Anthony temblando. Parecía que nadie creía que fuera capaz de cambiar. Se alejó de la pared. Malditos sean todos en el infierno, él sacaría a Marguerite Lockwood y les mostraría a todos lo equivocados que estaban.

CAPÍTULO 03 —¿Vosotros hicisteis qué?

Marguerite Lockwood dio la vuelta para hacer frente a sus hermanos que estaban sentados juntos en el pequeño diván de color azul en su ensombrecido salón.

—Le pedimos a Lord Anthony Sokorvsky que te escolte por la ciudad. —

Lisette intentó una mirada inocente. —¿Por qué estás tan enojada?

—Porque… —Marguerite extendió sus manos ampliamente para expresar su incapacidad para saber por dónde empezar. —No necesito que interfiráis en mi vida.

—Lo necesitas. —Christian se puso de pie y se alzó sobre ella. —Has estado encerrada aquí como un zorro evitando a los perros durante casi dos años. ¿No es hora de que sigas con tu vida?

Marguerite entrecerró los ojos y los miró. La serenidad de los gemelos continuaba sorprendiéndola e irritándola a la vez. Algunas veces se sentía como si fuera el benjamín de la familia.

—Estoy muy feliz así. Disfruto de todo tipo de lujos. No tengo que preocuparme en pagar el alquiler…

—Nunca sales.

Marguerite frunció el ceño a su hermano. —Por supuesto que salgo. ¡No me he convertido en una ermitaña!

—Muy bien, nunca sales con un hombre.

—Soy viuda.

—De un primer matrimonio que duró apenas un mes.

Marguerite apretó los puños con tanta fuerza que las uñas se clavaron en su carne. —¿Por qué eres tan cruel, Christian?

Él se encogió de hombros. —Porque lo hemos intentado todo y nada ha funcionado. Incluso ya casi nunca pierdes los estribos. Estamos preocupados por ti.

—Una buena manera de demostrar que estás preocupado es agrediéndome.

—Marguerite volvió a su asiento frente a los gemelos y los miró.

Christian suspiró y también se sentó. —No estoy tratando de ser cruel.

Sólo quiero que salgas y disfrutes un poco más.

—¿Con un hombre a quien jamás he conocido?

—Anthony Sokorvsky es el segundo hijo del marqués de Stratham y un invitado frecuente en la casa del placer. Es perfectamente respetable.

—¿Y su presencia en la casa del placer se supone que lo hace recomendable para mí?

—Tu marido visitaba el establecimiento de mamá, y le gustaba bastante.

Marguerite se obligó a pasar por alto esos desagradables recuerdos y concentrarse en el problema en cuestión. —¿Y por qué este Anthony Sokorvsky estaría de acuerdo en acompañarme de todos modos? ¿Hay algo mal con él?

—Por supuesto que no. Como la mayoría de los jóvenes, él simplemente está tratando de evitar que las madres lo emparejen. Si parece que está enamorado de ti, espera que lo dejen en paz.

Marguerite miró fijamente a Christian, consciente de que él no estaba diciéndole exactamente la verdad, pero como siempre con la astucia de su hermano, era incapaz de descifrar precisamente en qué parte estaba la mentira. Cruzó los brazos sobre el pecho y se echó hacia atrás.

—Igualmente no quiero salir.

—Marguerite…

Ella les frunció el ceño a los dos. —No tengo que hacer nada que vosotros me digáis. —Ahora su voz sonaba como si estuvieran de vuelta en la guardería infantil.

—Soy una mujer independiente.

—Que nunca tiene ninguna diversión.

—Os dejaré eso a vosotros dos.

Lisette sonrió y se estiró para acariciar la rodilla de Marguerite. —Sólo queremos que seas feliz. ¿Al menos estarás de acuerdo en conocerlo? Si te

disgusta, te prometo que dejaremos de molestarte.

Marguerite se encogió de hombros ante el suave toque de Lisette. —Está bien, me encontraré con él si eso significa que vosotros dos dejareis de molestarme.

—Absolutamente. —Christian hizo una reverencia y se volvió para ayudar a Lisette a levantarse. —Lo traeremos a tomar el té hoy a las cuatro.

Marguerite, observó a los gemelos irse, su evidente satisfacción en sus sonrientes caras. El silencio descendió sobre la casa cuando la puerta se cerró y estuvo sola de nuevo. Se alisó los pliegues de su vestido lavanda.

Tal vez tenían razón. Tal vez era hora de que dejara de ocultarse.

Con un movimiento brusco, salió del salón y se apresuró a subir las escaleras hacia su dormitorio. El retrato de Justin que su madre le había dado a regañadientes estaba ubicado en una mesa junto a su cama con dosel. Se sentó sobre el acolchado cobertor y cogió el marco dorado, examinado sus rasgos comunes, la sonrisa de sus ojos castaños y la suave curvatura de su boca. Tocó el vidrio frío con un la punta de un dedo y después ubicó el retrato sobre la almohada.

Cada vez era más difícil recordar cómo Justin había sido en realidad. Su calidez, su belleza, la sensación de tenerlo desnudo en sus brazos, moviéndose sobre ella, dentro de ella. Marguerite se estremeció al contemplar la cama perfectamente hecha. Tan fría ahora, tan solitaria después de experimentar el amor de un hombre.

Su madre diplomáticamente le había sugerido a Marguerite que aprovechara las delicias que se ofrecían en la casa de placer. Al principio, no había podido soportar la idea de otro hombre tocándola ni incluso ver a cualquier otra persona disfrutando de lo que ella no podía. Ahora… se sentía tan vacía como un lago seco. Se quedó mirando la congelada imagen de su marido. ¿Justin podría entender esto? ¿Desearía él que ella

sea feliz otra vez?

Cogió el retrato y lo besó, luego se rió de su propia estupidez. Tal vez estaba un poco aburrida, pero no había necesidad de tanta ansiedad todavía. Sólo había aceptado conocer a Lord Anthony Sokorvsky, no irse a la cama con él. En un remolino de faldas, se levantó y corrió a buscar su sombrero y su chaqueta.

Una muy necesaria visita a su suegra le recordaría dónde estaban sus verdaderas lealtades y parecía una excelente manera de llenar el tiempo antes de que tuviera que regresar a tomar el té.

—Marguerite, hija mía, siéntate.

Para sorpresa de Marguerite, Lady Lockwood hasta parecía contenta de verla. Ella esperaba un regaño, o por lo menos una muestra de indiferencia a causa de su reciente abandono. Se acomodó en una silla frente a su suegra y mentalmente revisó una lista de excusas de por qué ella no se había molestado en visitarla.

Si fuera honesta, tendría que admitir que Lady Lockwood nunca le había dado la bienvenida, en verdad, había tratado de negar que su matrimonio con Justin fuera legal. Si no hubiera sido por mamá y sus poderosos amigos, Marguerite no hubiera recibido aún el reacio reconocimiento que había logrado o las compensaciones financieras necesarias para vivir como la viuda de un marido rico.

—¿Has venido a celebrar con nosotros?

Marguerite sonrió de forma automática cuando Lady Lockwood le entregó una taza de té. —¿Celebrar qué?

El color inundó las mejillas de Lady Lockwood. —Oh, me disculpo. Pensé

que debías haber oído las noticias acerca de Charles y Amelia.

—¿Su hijo, Charles?

—Desde luego. —Lady Lockwood sonreía incluso más brillantemente. —

¡Él y Amelia están esperando un hijo!

A pesar de que su estómago se apretaba, Marguerite perfeccionó sus facciones en una expresión de alegría. —Es una noticia maravillosa. Usted tendrá su primer nieto.

Mientras Lady Lockwood seguía parloteando, Marguerite luchaba contra una serie de emociones que no esperaba. Justin había sido el hijo mayor, el que se esperaba que heredara el título, para proporcionar al heredero, para asumir las responsabilidades familiares. Y como su esposa, esas responsabilidades habrían sido suyas también.

¿Quería un hijo? ¿Estaba celosa? Parecía que sí. A medida que continuaba escuchando a Lady Lockwood, Marguerite se dio cuenta de que no sólo ella estaba perdiendo de vista a Justin, sino que parecía que toda su familia también lo hacía. Su hermano menor accedería a todos sus títulos, dándoles a sus padres su primer nieto y lentamente pero inexorablemente eclipsaría a Justin hasta que fuera sólo un recuerdo.

Y todo era culpa de ella.

Después de los obligatorios veinte minutos, Marguerite se levantó, besó a Lady Lockwood en la mejilla y se dirigió lentamente hacia abajo de la ancha escalera. Ahora comprendía por qué su suegra la había tratado con tanta amabilidad. Se había vuelto tan innecesaria como su difunto esposo, sin ninguna parte más que desempeñar en las ambiciones de la dinastía Lockwood. Con un niño en camino, parecía que hasta los viejos resentimientos se podrían dejar ir.

Al salir de la gran mansión, una ligera llovizna cayó sobre su cara y la hizo

parpadear. ¿Esto hacía que su obligación de recordar y honrar a Justin fuera menos válida? No, ella nunca lo olvidaría. Pero tal vez se diera la oportunidad de seguir adelante sin el peso agobiante de las expectativas arruinadas de la familia Lockwood sobre sus hombros.

Ella asintió con la cabeza al conductor y entró en el coche. Tal vez su encuentro con Lord Anthony Sokorvsky fuera más interesante de lo que había pensado.

En el momento en que el delicado reloj sobre la repisa de la chimenea sonó cuatro veces, los nervios de Marguerite no sólo habían regresado sino que se habían multiplicado. ¿Por qué exactamente les había permitido a los gemelos otra vez decirle lo que tenía que hacer? No podía entenderlo. De alguna manera ellos parecían derribar sus defensas sin siquiera intentarlo.

Se alisó la sedosa falda de su vestido azul favorito y regresó a la ventana.

Un coche había aparecido afuera. Reconoció la cabeza rubia de Christian mientras se quitaba el sombrero y se detenía en la puerta principal. Otro hombre desconocido lo siguió. Mon Dieu. ¿Qué demonios estaba haciendo incluso contemplando meterse en la sociedad otra vez? Se apresuró a sentarse junto al fuego y cogió su bordado.

Los gemelos entraron sin ninguna ceremonia, seguidos por un hombre alto vestido a la moda con un abrigo de color castaño, un pantalón negro y botas altas brillantes. Su corbata no era ni muy vanguardista ni muy sencilla, su pelo negro estaba corto y mostraba una tendencia a enrollarse en sus extremos.

—Buenas tardes, Marguerite. ¿Estás bordando? Pensé que odiabas bordar.

—Lisette hizo un gesto hacia el hombre a su lado. —Mira, ¡lo hemos traído!

La observación juguetona de Lisette hizo que Marguerite se sobresaltase.

Metió su bordado abajo por el lado de la silla y miró a los ojos de color azul oscuro de Lord Anthony Sokorvsky. Se dio cuenta de que estaba tan avergonzado como ella. Con un ligero ceño fruncido hacia Lisette, se puso de pie y le tendió la mano.

—Buenas tardes, milord.

Él hizo una reverencia, llevó la mano a sus labios y la besó.

—Buenas tardes, milady. ¿Espero que esté pasando un día agradable?

Su voz era baja y mantenía un toque de risa. ¿Se estaba riendo de ella?

¿Todo esto era una gran broma? Ella hizo un ademán hacia la silla frente a ella y él se sentó, estirando sus largas piernas hacia el fuego.

Lisette se sentó en el sofá e inmediatamente se levantó.

—¿Quieres que pida un poco de té?

—¿Por qué no? Te comportas en este lugar como si fuera tu casa de todos modos. —Marguerite siguió sonriendo a través de sus dientes mientras Lisette se reía de ella.

—Sus hermanos parecen tener la capacidad de embaucarnos a nosotros, pobres mortales, para que hagamos lo que ellos quieren.

Marguerite miró a lord Anthony mientras hablaba.

—Usted ha notado eso, ¿verdad?

—Sí, sospecho que es la razón principal de que me encuentre hoy aquí.

El calor subió por las mejillas de Marguerite. —No hay necesidad de que esté aquí en absoluto. Tiene usted toda la libertad de irse.

Él sonrió y sacudió la cabeza. —Eso no es lo que quise decir.

Simplemente, disfruto de ver que los gemelos tienen el mismo efecto sobre otra persona como lo tienen sobre mí.

Dios mío, era atractivo cuando sonreía: su generosa boca se relajaba, y sus ojos azules se iluminaban con humor y calidez. ¿Por qué un hombre tan apuesto estaría dispuesto a escoltarla por la ciudad?

Christian se aclaró la garganta. —Lisette y yo nos tenemos que ir.

Tenemos otra cita. —Miró a Lord Anthony. —¿Va a estar bien para regresar a su casa?

—Estaré bien.

—Bien. —Christian se inclinó y tomó la mano de Lisette. —¡Volveremos a verte mañana, Marguerite!

Cuando la puerta se cerró detrás de los gemelos, Marguerite suspiró. Como viuda, ¿era apropiado para ella encontrarse con un hombre soltero a solas?

Sospechaba que su suegra lo desaprobaría. ¿Debería llamar a su reacia chaperona desde su habitación?

—¿Puedo ayudarle en algo?

Lord Anthony la miraba fijamente, con una burlona sonrisa en los labios.

Ella se dejó caer nuevamente en su silla.

—Sólo me estaba preguntando acerca de la conveniencia de su visita. ¿Las viudas tienen permitido recibir a hombres solteros en casa?

—¿Permitido? Me imagino que se les anima a hacerlo.

Ella parpadeó. —¿Está usted bromeando, señor?

—Por supuesto que sí. — Él se inclinó hacia delante, las manos juntas. —

Por lo menos el no convencional comportamiento de los gemelos, nos ha permitido pasar de los límites de la triste conversación cortés y realmente llegar a conocernos un poco.

Marguerite se echó a reír renuentemente. —Supongo que eso es cierto.

Ellos son hostigadores, ¿no? —Ella vaciló, obligándose a encontrarse con sus ojos. —Usted puede irse si lo desea. No me sentiré ofendida.

Él sonrió. —Si le juro que no tengo intención de saltar por la habitación y deshonrarla, ¿puedo quedarme para el té?

—¿Por qué querría hacer eso?

—Porque usted me intriga.

Ella se encogió de hombros. —No soy merecedora de tal interés, señor.

—Creo que sí. ¿Por qué una mujer tan hermosa como usted necesita un escolta para la temporada?

—No necesito un escolta.

Él levantó una ceja. —Eso no es lo que los gemelos me dijeron, y usted estuvo de acuerdo con este encuentro.

—Estuve de acuerdo con esto para que dejen de molestarme, seguramente usted puede entender eso.

Él frunció el ceño. —Por supuesto que puedo, pero eso no explica por qué nunca la he visto antes, por qué no se involucra en la sociedad.

—Dudo que usted frecuente fiestas de la alta sociedad, milord. Al parecer, usted se ve asediado por las madres casamenteras. ¿Cómo saber que no me ha conocido?

Le sostuvo la mirada. —¿Porque es hermosa?

—Eso es una cosa ridícula para decir.

—¿Por qué? ¿Por qué usted no cree que lo sea? —Sonrió. —Sin duda, la belleza está en el ojo del que mira.

—Entonces, obviamente necesita anteojos.

Su sonrisa se ensanchó. —Mi vista es considerada superior, madame, y usted se ha sonrojado.

Marguerite se salvó de responder por la llegada de la bandeja del té. Se ocupó de ubicar las cosas, su mente un torbellino. ¿Cuándo había tenido una última conversación tan impropia e inverosímil con un hombre?

Nunca, fue la respuesta. Lord Anthony era sin duda diferente.

Anthony esperó a que Marguerite acomodara las tazas de té y los platillos.

No le importaba. Le daba la oportunidad de observar sus pómulos altos, sus grandes ojos oscuros y el arco de Cupido en el perfil de su boca. Era tan clásicamente bella como su madre, sus colores tan diferentes como la luna y el sol, pero impresionantes de todos modos.

Era pequeña también, su figura adecuada para los vestidos de talle alto y de largas líneas fluidas de la moda actual. Nunca realmente había mirado mucho a las mujeres antes, pero la pureza de su belleza lo arrastraba, le daba ganas de arrodillarse a sus pies y adorarla…

Sacudió la cabeza para despejar sus pensamientos mientras ella le ofrecía una taza de té.

—¿No lo quiere?

—Perdone, ma’am, estaba pensando en otra cosa. El té es muy bienvenido.

Él lo bebió rápidamente, casi quemándose la lengua, con ganas de regresar a su conversación, gratamente sorprendido por el interés que tenía en saber más acerca de Marguerite.

—¿Está dispuesta a hablar conmigo entonces?

Ella lo miró fijamente, con expresión dudosa. —Siempre y cuando no se le caiga la baba sobre mí.

Él no pudo evitar sonreír. —No se me caerá la baba, no soy un perro o un caballo. Simplemente insinué que pensaba que usted es hermosa.

—Entonces no lo haga.

Él dejó la taza. —No lo haré si acepta salir conmigo la noche del viernes.

—¿Por qué querría hacer eso?

—¿Porque está aburrida? ¿Porque sabe que va a disfrutar de mi compañía?

Ella le dirigió una media sonrisa. —No sólo ciego, sino vanidoso también.

Se encogió de hombros, sorprendido por lo mucho que disfrutaba de sus respuestas mordaces. Al parecer todos los hijos de Helene habían heredado la naturaleza poco ortodoxa de su madre. Le pedía a Dios que Marguerite fuera lo suficientemente rara como para comprender y apreciar sus necesidades. Suspiró.

—¿Puedo ser honesto con usted? No estoy tratando de evitar a las madres casamenteras. Le prometí a mi hermano que comenzaría una nueva página, y eso implica involucrarme más en la sociedad y pasar menos tiempo cayendo en los excesos de la casa del placer. Sin ánimo de ofender a su madre, por supuesto.

Marguerite asintió con la cabeza pero no habló, su mirada fija en su rostro.

—Nos necesitamos mutuamente. Quiero volver a introducirme dentro de la buena sociedad, y usted necesita disfrutar sin sentirse amenazada por todos los hombres que codician su belleza y riqueza.

—¿Cree que es por eso que no salgo?

—¿No lo es?

Ella tragó saliva. —No es tan simple como eso. Después de que mi marido murió, muchos me culparon por su muerte. —Ella hizo una mueca. —No puedo creer que acabo de decir eso.

—Murió en un duelo, ¿no?

—Sí, pero…

—¿Él era un adulto?

—Sí…

—Entonces él tomó una decisión tonta y pagó el precio por ello.

—Pero él no habría combatido el duelo si no se hubiera casado conmigo.

—Si él era el tipo de hombre que elegía resolver sus problemas de una manera tan arcaica, tarde o temprano, probablemente habría encontrado una forma de quitarse la vida. Usted no debe sentirse responsable de su estupidez.

Ella alzó el mentón.

—¡Justin no era estúpido!

Él inclinó la cabeza.

—Si usted lo dice, pero ¿por qué permitir que un pequeño chisme de algo que sucedió hace mucho tiempo afecte toda su vida? La alta sociedad probablemente ha olvidado todo sobre usted.

—Es usted muy grosero.

—No, sólo estoy siendo honesto. —Él le sonrió. —¿No es refrescante?

Ella lo miró durante al menos un minuto antes de que su rostro se relajara.

—Sí, supongo que lo es.

—¿Puedo llamarte Marguerite?

—¿Por qué?

—Para que tú me puedas llamarme Anthony y podamos ser amigos.

Ella dejó la taza y lo miró. —No lo entiendo en absoluto.

—Deberías. Me estoy ofreciendo a ser tu amigo o ¿tienes demasiados de ellos para interesarte por otro?

Sus mejillas se encendieron. —Todo el mundo necesita amigos.

Anthony le tendió la mano. —Entonces, bien; acordemos acompañarnos por un tiempo. Podemos desafiar las miradas de la alta sociedad juntos y reírnos de ellos a sus espaldas.

Marguerite le tomó la mano y lentamente se la estrechó. —Saldré contigo la noche del viernes.

Él le besó los dedos. —Bueno, ya estoy deseando que llegue.

CAPÍTULO 04 Anthony permitió que su ayuda de cámara le ayudara con su ceñida chaqueta azul marino y la acomodara sobre sus hombros. Por los murmurados comentarios de Brody, sabía que se veía bien esta noche y esperaba que Marguerite pensara lo mismo. Era extraño vestirse para salir por la ciudad con una mujer. Cuando no estaba en el trabajo o en casa de Madame Helene, tendía a seguir con sus placeres con un grupo de caballeros que había conocido en su época de estudiante… hijos menores de familias adineradas y algunos pocos paisanos advenedizos que estaban dispuestos a pagar su pasaje para ser incluidos en la alta sociedad.

—Está listo, señor.

Anthony le hizo un guiño a Brody, quien le frunció el ceño.

—Gracias, me alegro de tener tu aprobación.

Brody resopló. —Ahora no vuelva con esas finas ropas todas arruinadas, señor.

—Te prometo que las cuidaré. Voy al baile de los Sutcliffs. Dudo que consiga cualquier cosa demasiado peligrosa allí.

—¿Va a un baile, señor? ¿A uno de verdad?

—Sí. No estés tan sorprendido.

Brody sonrió y mostró la falta de varios dientes. —Bien. ¿Está seguro de que no asistirá a uno de esos impíos lugares donde los hombres se visten como mujeres?

Anthony tomó sus guantes y su capa negra. —No, es un baile real con mujeres reales.

—Bueno gracias al Señor por ello. Pensé que este día nunca llegaría.

—Obviamente, tus oraciones han sido escuchadas, ¿puedo sugerir que sigas orando?

La diversión en el rostro de Brody se desvaneció. —Lo haré, señor, no tenga ninguna duda de eso.

Avergonzado por el brillo de la devoción y la verdadera preocupación en los ojos castaños de Brody, Anthony le dio la espalda. Ese era el problema con los criados que te habían conocido desde que eras niño… nada era sagrado o secreto. Parecía que Helene tenía razón y todo el mundo estaba preocupado por él. Sonrió. Tal vez esta noche haría que Brody estuviera orgulloso.

Bajó la escalera principal, su atención fija en los botones de los guantes, y casi se choca con su madre.

—Buenas noches, mamá, te ves muy bien. —Se inclinó para besarle su suave mejilla perfumada. —¿Vas a salir o a entrar?

Iba vestida en un pálido raso verde, con perlas en el cuello y en la diadema del cabello. Su piel estaba tan suave y sin arrugas que era difícil creer que era su madre. Había tenido sólo dieciocho años cuando nació Anthony, una novia de menos de un año tratando de manejar a una casa en duelo por la pérdida de la primera condesa y el secuestro del hijo primogénito.

—Me voy al baile de los Sutcliffs. —La expresión de ella se tensó. —

Supongo que no irás a la casa de Madame.

Ahí estaba de nuevo, esa nota de aprehensión por debajo de su sonrisa tensa. ¿Su comportamiento se había vuelto tan previsible y extremo que incluso su madre se había dado cuenta? Se había esforzado por ocultarle lo peor de sus excesos. Se apresuró a acariciar su mano.

—No voy esta noche a la casa de Madame, tengo otros planes. ¿Tal vez nos vemos más tarde?

Él sintió que su expresión de sorpresa lo siguió hasta afuera de la casa y entró en el carruaje que lo esperaba.

Por el momento en que se acercó a la estrecha puerta principal de Marguerite, ésta ya estaba abierta. El mayordomo, que lo había recibido a él y a los mellizos en su anterior visita, hizo una profunda reverencia.

—Milady está lista, milord. Ella ha sido informada de su llegada.

Anthony entró al pasillo y miró hacia arriba al rellano. Marguerite estaba en el proceso de bajar las escaleras, una mano agarrando la falda de su vestido lila oscuro. Los diamantes brillaban en sus muñecas, alrededor de su cuello y en su cabello. Detrás de ella le seguía el rastro una corpulenta anciana vestida de amarillo canario que hacía juego con el color de su extremadamente obvia peluca.

Anthony hizo una reverencia cuando Marguerite lo alcanzó y le tendió la mano.

—Te ves… —Hizo una pausa hasta que ella bloqueó miradas con él. —No tengo permitido decir que estás hermosa, ¿verdad? Luces aceptable. ¿Eso será suficiente?

Su boca se torció hacia arriba en una esquina. —Perfectamente. —Se volvió hacia la mujer mayor que, finalmente, había llegado a la parte inferior de la escalera. —¿Puedo presentarte a la señora Lily Jones? Ella es una de las grandiosas tías de Justin y mi chaperona.

Anthony tomó la pequeñas mano regordeta que le ofreció y se inclinó. —

Ma’am, es un placer.

—Estoy segura de que no lo es. Probablemente desearías mandarme al diablo. —Ella frunció el ceño a Anthony. —Sé cómo son los hombres jóvenes.

Anthony contuvo una sonrisa y se volvió hacia Marguerite. —¿Estás lista para salir?

Ella asintió y él le tomó la mano y la ubicó en su manga. Se inclinó más cerca. —¿Siempre es tan protectora contigo?

—No es que sea protectora conmigo, ella sólo odia a los hombres.

—¿A todos los hombres? ¿Y su marido?

—Aparentemente, él fue el peor.

Él interrumpió la conversación para instalarla en el transporte y luego a la Sra. Jones. Tomó el asiento de enfrente a las damas y sonrió benignamente a pesar de que la Sra. Jones seguía mirándolo como si fuera un insecto que debía ser pisoteado. Afortunadamente, el viaje a Grosvenor Square, donde los Sutcliffs tenían su residencia, era corto, por lo que no tuvo que soportar el escrutinio por mucho tiempo.

Anthony esperó en el amplio pasillo para que las señoras volvieran a aparecer, absorbiendo el parloteo de las multitudes de personas y el sentido de la emoción. Lentamente inhaló el olor de los cuerpos excesivamente perfumados y, peor aún, aquellos que obviamente no se bañaron en absoluto. ¿Por qué las personas se agrupaban de esta manera? ¿Esto realmente se suponía que era divertido?

Se volvió para encontrar a Marguerite a su lado, su expresión aprehensiva, y le sonrió. —¿Estás lista para desafiar el salón de baile?

Ella dudó durante tanto tiempo que estuvo a punto de repetir su pregunta.

—Supongo que lo estoy.

—Ese es el espíritu, ¡hala!1

Anthony le acarició la mano mientras la Sra. Jones se colocaba en su otro lado.

Marguerite lo miró. —Suenas como si estuvieras animando a tu caballo por encima de una valla difícil.

Él sonrió. —Te pido disculpas, sólo estaba tratando de hacerte sentir mejor. Parece que tendré que trabajar en mis habilidades sociales.

Ella le apretó el brazo. —Si realmente lo encuentro insoportable, no tendremos que quedarnos, ¿verdad?

Él se detuvo en la parte superior de la escalera para mirarla hacia abajo y vio la ansiedad en sus ojos finos.

—Por supuesto que no. Te llevaré a casa cuando quieras, siempre y cuando me permitas por lo menos un baile contigo primero.

Ella inclinó la cabeza hacia atrás y él inhaló el aroma de alguna dulzura floral y de su piel. Tan diferente a la un hombre, tan frágil y delicada, tan agradable… Se dio cuenta de que ella estaba hablando y obligó a sus indisciplinados pensamientos a regresar al presente.

—¿Esperas que yo baile?

—Sabes hacerlo, ¿no? —La llevó directamente al salón de baile, hábilmente evitando la línea de recepción y la multitud de invitados esperando ser anunciados. No había necesidad de anunciar la presencia de ellos aquí, pues estaba seguro de que serían localizados lo suficientemente pronto. La Sra. Jones le dirigió otra mirada mordaz y lo golpeó en el brazo con el abanico cerrado.

—Voy a estar en la sala de juegos. Comportaros vosotros mismos.

Él hizo una reverencia y la observó alejarse, dejándolo solo con Marguerite.

—Parece que la Sra. Jones no deja que su aversión por los hombres interfiera con su juego.

Marguerite suspiró. —Ella ya está bastante enfadada conmigo por haberla hecho salir a todos. Estaba convencida de que su trabajo como chaperona iba a ser fácil porque me gustaba quedarme en casa. Casi no puedo insistir en que permanezca a mi lado. En verdad, estoy contenta de estar libre de ella. Soy viuda, no una chica inmadura.

—Un hecho por el que estoy extremadamente agradecido. Odio las chaperonas.

Se sentó en la silla dorada que él le ofreció y desplegó su abanico. —¿Las odias porque te impiden comportarte mal?

Se sentó junto a ella, su rodilla tocando la suya, y se inclinó más cerca para ser oído por encima de los compases del minueto que se estaba reproduciendo.

—Sólo odio toda la hipocresía de eso. Estas mujeres pretenden proteger a las inocentes, pero aprovechan cualquier oportunidad para impulsar a las niñas hacia los hombres y arrancar una propuesta de matrimonio de nosotros antes de que hayamos tenido tiempo de pensarlo siquiera.

—Hablas como si hubieras tenido alguna experiencia con eso.

Él hizo una mueca. —Cuando era más joven y más tonto, tal vez. He evitado lugares como estos en el último par de años.

—Y llevándote a ti mismo a la casa del placer en su lugar.

Le dirigió una afilada mirada. —¿Desapruebas el negocio de tu madre?

—Por supuesto que no. Admiro enormemente a mi madre.

—Pero no utilizas sus servicios para ti misma.

Ella se sonrojó. —Yo amaba a mi marido, señor. No he sentido aún la necesidad de reemplazarlo.

Anthony estudió sus mejillas encendidas. ¿Ella realmente había admitido que no había tenido sexo desde que su marido murió? Su cuerpo se despertó a la vida. ¿Cómo, en nombre de Dios, lo había conseguido? Él había estado sin sexo durante dos días, y ya estaba en celo.

Marguerite frunció el ceño. —Por la expresión de tu cara, estás a punto de hacerme otra de tus preguntas embarazosas. Por favor, no lo hagas.

—¿Por qué piensas eso? Sólo estaba admirando tu encantador perfil.

Ella sorbió su incredulidad y cerró su abanico con un chasquido. —No soy estúpida, milord.

—Anthony, llámame Anthony, o Tony, si lo prefieres. —Él no pudo evitar sonreírle. Era tan distinta de la mayoría de las mujeres que conocía, mucho más directa, tan refrescante.

La orquesta tocó un acorde final y los bailarines fluyeron por el piso, charlando y riendo. Anthony le tendió la mano. —¿Bailarías conmigo?

Ella vaciló por menos de un segundo. —Me gustaría eso.

Se puso de pie e hizo una reverencia, esperando a que ella ubique su mano entre la suya y se dirigió hacia la pista de baile. Ella hizo una graciosa reverencia y él inclinó la cabeza mientras los primeros compases de la vieja danza country sonaban. El baile era lento y majestuoso e implicaba

separarse en cada compás. Se preguntaba qué se sentiría al tener su frágil cuerpo en sus brazos, girándola alrededor de la pista sosteniéndola contra él.

—¿Milord?

—¿Qué?

Con un respingo la miró a los ojos. ¿Qué demonios le pasaba a él, fantaseando con una mujer?

—No le estás poniendo atención a tus pasos. He tenido que empujarte a la forma correcta dos veces.

Dio tres vueltas alrededor de ella y entonces se inclinó, observándola mientras ella hacía lo mismo. —Creo que he olvidado los pasos. ¿Quieres sentarte?

Ella le dirigió un ceño fruncido. —No, perturbaríamos a la orquesta. Sólo tienes que concentrarte.

Hizo lo que pudo, le ocultó su diversión manejándose a su alrededor como si fuera su hermano y consiguiera llegar al final de la danza.

—La próxima vez vamos a intentar algo más animado.

La llevó hacia la sala de refrigerios, ignorando las ocasionales miradas sorprendidas de algunos de sus antiguos amigos.

—No he dicho que bailaría contigo otra vez.

—Pero lo harás. Te ha gustado, ¿verdad?

A la madre de él le encantaba bailar y pacientemente le enseñó los pasos ella misma cuando era un niño. Miró con impaciencia por la habitación

llena de gente. ¿Estaba allí todavía?

—¿Anthony?

Se volvió para encontrar a su hermano mayor y a Peter Howard a su lado.

Valentín se veía muy bien de negro, y Peter vestía de azul y gris.

—Buenas noches.

Val continuó mirándolo. —Estás en un baile.

—Así es.

—Y, sin embargo, por lo que puedo ver, no estás ni drogado ni loco.

Anthony frunció el ceño. —También estoy escoltando a una señora amiga, así que por favor cuida tus modales. —Él tocó el brazo de Marguerite. —

Lady Justin Lockwood, te presento a mi hermano mayor, el Conde de Landsdowne, y a su socio, el Sr. Peter Howard.

Valentín le tendió la mano, su sonrisa afligida, y besó los dedos extendidos de Marguerite. —Lord Valentín Sokorvsky irá perfectamente bien, sabes que no uso ese título, Anthony.

Peter Howard se echó a reír. —Y yo no tengo título del que hablar, por lo que probablemente me recuerde bien.

—Mi hermano y Peter dirigen una empresa naviera. Yo solía pensar que tenía un trabajo allí, pero al parecer no estoy a la altura de las circunstancias.

Val abrió la boca, pero Peter lo hizo primero. —Yo no diría eso, aunque has estado un poco distraído últimamente. —Sonrió a Marguerite. —Es, sin embargo, un placer conocerla, ma’am. Me resulta familiar. ¿Nos conocemos?

—Lo dudo, —dijo Anthony. —La señora acaba de salir de duelo por su difunto esposo.

—¿Cómo la conociste, entonces? —dijo Valentín.

Anthony hizo una mueca cuando Marguerite le pellizcó en un brazo y le sonrió antes de contestar por sí misma. —A través de amigos comunes.

Lord Anthony tuvo la amabilidad de ofrecerse a acompañarme a unas pocas salidas, para que yo pueda habituarme otra vez.

Val hizo una reverencia. —Y estoy seguro de que va a ser un perfecto caballero, ¿no? —Él asintió con la cabeza cordialmente a Marguerite. —

Cuando encuentre a mi mujer, la traeré para presentársela. Estoy seguro de que estará encantada de conocerla.

—Gracias, milord.

Para diversión de Marguerite, Anthony continuó frunciendo el ceño hasta que Peter y su hermano desaparecieron entre la multitud. Parecía que la familia de Anthony era tan buena en decir lo que pensaban como ella. Le dio un codazo en el brazo.

—Realmente no tienes un “trabajo”, ¿verdad?

Anthony la miró. —¿Por qué no habría de tenerlo?

—Porque tienes todo esto. —Ella hizo un amplio gesto por la habitación.

—Eres un aristócrata.

—Como Valentín, y él es el que comenzó con la compañía naviera junto con el Sr. Howard.

—¿En serio? Qué fascinante.

La condujo hacia la mesa del buffet y, sin preguntar lo que quería, empezó a cargar alimentos en dos platos.

—¿Y tú has trabajado allí también?

Encontró una pequeña mesa y apoyó con un golpe seco ambos platos sobre ella.

—Por los últimos años, desde que fui expulsado de Oxford. Mi padre pensó que sólo estaba pasando por una etapa de rebeldía, pero he disfrutado cada minuto de eso.

La miró, sus ojos azules llenos de desafío. —¿Me veo demasiado estúpido como para efectivamente trabajar para ganarme la vida, como un perro faldero con pedigrí?

Ella sintió el dolor detrás de sus palabras y le sostuvo la mirada sin pestañear. —No, en absoluto. Siempre es refrescante conocer a un hombre con una mente propia, un hombre que no se contenta con vivir su vida de una forma que no le sienta bien.

Su sonrisa la calentó y él se inclinó más cerca. —Así es exactamente. El trabajo me dio un propósito cuando muchos de mis contemporáneos estaban demasiado ocupados con los juegos de azar, la prostitución y bebiendo sus asignaciones como para pensar en su futuro. Y yo necesitaba esa estabilizadora influencia. —De repente dejó de hablar y miró hacia el espacio. Marguerite contuvo la respiración, preguntándose qué iba a hacer a continuación.

—De todos modos, parece que no le he prestado suficiente atención a mi trabajo recientemente, y Valentín cree que debería renunciar y concentrarme en ser un hombre de mundo.

—Qué inusual hermano mayor tienes.

La sonrisa de Anthony era cautelosa. —De hecho, al igual que los gemelos. Ambas de nuestras familias están tratando de convertirnos en mariposas sociales cuando sospecho que, en el fondo, ninguno de nosotros realmente quiere estar aquí.

Ella se inclinó sobre la mesa para tocar su mano y sintió su movimiento de sorpresa antes de que él cerrara los dedos en los suyos.

—En realidad, me estoy divirtiendo.

Él le apretó los dedos. —Yo también, pero sospecho que es porque estoy contigo y no con una debutante de sonrisa afectada de diecisiete años.

Marguerite se echó a reír y luego levantó la vista cuando una sombra cayó sobre la mesa.

—Anthony, ¿eres tú? Valentín dijo que te encontraría aquí, pero yo apenas lo podía creer.

Una mujer mayor se quedó mirando a su compañero, las dos manos juntas sobre su pecho. Anthony se puso de pie, llevando a Marguerite con él.

—Mamá, te presento a Lady Justin Lockwood.

La mujer miró a Marguerite como si le hubiera crecido otra cabeza y entonces se sonrojó. —Oh, mil disculpas por mi rudeza, ¡estoy muy sorprendida de ver a Anthony aquí con usted!

Marguerite hizo una reverencia. —Su hijo ha sido muy amable conmigo, señora.

—Oh, estoy segura que sí. Él puede ser muy encantador cuando quiere serlo.

—Mamá… —Anthony suspiró, y su madre le dio unas palmaditas en el

brazo.

—No voy a interrumpir más vuestra noche, queridos míos, pero Lady Justin, por favor venga a visitarme a mi casa alguna mañana de esta semana. Me encantaría volver a verla.

Marguerite se sentó y esperó hasta que Anthony besara la mejilla de su madre, sometiéndose a un beso en devolución y agitó la mano hacia ella con una sonrisa. Cuando se sentó, ella lo observó durante un buen rato.

—¿Por qué tu aparición aquí es tan sorprendente que todos los que encontramos tienen que hacer comentarios al respecto?

Él se movió inquieto en su asiento. —Porque he evitado la sociedad como una plaga en los últimos dos años, y todo el mundo se pregunta qué me ha persuadido a regresar.

Marguerite tragó saliva. —Espero que no piensen que fui yo.

—¿Por qué no?

—Porque estoy tratando de evitar ser objeto de chismes, ¿recuerdas? —

Marguerite se levantó torpemente sobre sus pies. —Tal vez esto fue un error. ¿Me llevas a casa, por favor?

Anthony la siguió fuera del salón de baile y hacia abajo de la comprimida escalera igualmente llena de gente. Se las arregló para tomarla del codo y detener su huída, arrastrándola al rincón de la escalera cerca de la puerta de la servidumbre.

—No te vayas.

Ella lo miró con expresión angustiada. —Tengo que hacerlo. No puedo

soportar que la gente me mire y susurre otra vez, simplemente no puedo.

—No lo harán, te lo prometo. Todo el mundo estará muy ocupado chismorreando sobre mí. —Vio la duda en su rostro y se inclinó más cerca, apoyó una mano en la pared detrás de su cabeza. —Por favor, Marguerite, podemos hacer esto. Si ignoramos los chismes, nos apoyamos mutuamente y no nos mostramos afectados, pronto se apagarán, y ambos nos beneficiaremos de ello.

Ella respiró hondo. —No estoy segura de que estoy lista.

Tuvo un extraño deseo de consolarla besando la parte superior de su cabeza. Olía tentadoramente a violetas y piel cálida. Antes de que su mente incluso registrara su interés, su cuerpo ya estaba reaccionando a su perfume. Con el toque de sus labios, ella se quedó inmóvil y luego levantó la barbilla para mirarlo.

Él la miró fijamente a los ojos, un azul oscuro similar a los suyos, preguntándose el motivo por el que de repente era tan necesario convencerla de que se quedase con él y por qué la echaría de menos si ella cambiaba de opinión. Ella lentamente se lamió los labios, y su polla se endureció en una repentina avalancha de dolor.

—Tú no mataste a tu marido, Marguerite, así que ¿por qué deberías seguir sufriendo las consecuencias?

Ella apartó la mirada entonces, y él casi lamentó sus palabras, pero él necesitaba controlar sus rebeldes pensamientos y su cuerpo. ¿Y qué mejor manera de hacerlo que mencionar a su marido, el hombre al que ella aún afirmaba amar tanto que no había tenido sexo desde que él murió?

—No es tan sencillo, Anthony.

—Nada lo es, pero no puedes seguir huyendo.

Él tomó otra respiración, inhalando un toque de su propia excitación, junto con la dulzura de su piel, y se preguntó si ella era consciente de su polla erecta a pulgadas de distancia de su estómago. La mención de su marido no había hecho desparecer su interés ni un poco.

—¿Estás bien, Anthony?

Parpadeó mientras ella lo miraba, la preocupación en sus ojos un bálsamo añadido a un lado de sí mismo que había reprimido sin piedad en los últimos años.

—Quiero besarte.

—¿Por qué?

—No lo sé. —Vio cómo sus labios formaban una protesta y se acercó tanto que los suyos casi tocaban los de ella. —Sólo quiero hacerlo.

Bajó la boca y cerró ese crucial espacio final, lamiendo cuidadosamente a lo largo de la línea de sus labios, suspiró cuando se abrieron para dejar pasar a su indagadora lengua. Se estremeció cuando ella le devolvió el beso, el parpadeo de su lengua le enviaba una lanza de calor directamente a su entrepierna.

Alguien tropezó con él por detrás, y él levantó la cabeza, consciente de que estaban rodeados por cientos de personas. Marguerite merecía algo mejor que esto. Maldita sea, se merecía más de lo que incluso él podía darle. Se alejó de ella e hizo una reverencia.

—Lo siento, eso fue condenadamente impertinente de mi parte.

Ella lo miró fijamente, sus mejillas sonrosadas, sus ojos entrecerrados.

¿Estaba enfadada con él, o excitada? Era difícil saberlo con una mujer.

—Iré a buscar tu capa, a encontrar a la Sra. Jones y a llamar al transporte.

Ella asintió con la cabeza pero no habló, y él salió disparado hacia su encomienda. Incluso mientras su mente enviaba advertencias, su cuerpo ansiaba más. Esperaba que su erección se calmara para el momento en que volviera a Marguerite.

Marguerite permaneció contra la pared, una mano presionada contra su mejilla caliente. Había dejado que Anthony Sokorvsky la besara. No sólo eso, sino que le devolvió el beso. Esto en cuanto a sus tajantes afirmaciones de amar a Justin. Anthony debía pensar que era inconstante ahora. Tragó saliva. Si hubiera vuelto a besarla, ella hubiera respondido, hubiera deslizado su mano en su espeso cabello negro y lo hubiera mantenido cautivo mientras él saqueaba su boca y se hubiera frotado apretada contra su cuerpo.

Él había estado duro, ella había sentido la caliente presión de la polla a través de la fina seda de su vestido y había querido frotarse contra él y tratar de recrear las increíbles sensaciones que Justin había despertado por primera vez en ella. ¿Sería diferente con otro hombre? Anthony era mucho más alto y más ancho que Justin, y él había tenido un sabor diferente también, más a limón y lavanda que al sabor de puros y brandy de Justin.

Dios, ¿qué estaba pensando? No era extraño que Anthony se hubiera apartado de ella. Probablemente para él no significaba nada su beso y aquí estaba ella, ¡fantaseando acerca de cómo podría funcionar él en la cama!

—¿Estás lista para salir, Marguerite? La Sra. Jones dijo que volverá más tarde.

Mentalmente reprendiendo a su chaperona por la falta de preocupación sobre su seguridad, Marguerite logró ocultar su rubor mientras Anthony la ayudaba con su capa. Para su alivio, él parecía todavía menos inclinado a hablar de lo que lo estaba ella. Sólo podía rezar para que el viaje a casa sea

igualmente silencioso y sin incidentes.

CAPÍTULO 05 —Me alegro de que hayas accedido a salir conmigo otra vez, —dijo Anthony.

Marguerite se mordió el labio mientras la llevaba de vuelta a su palco después del intervalo. La Sra. Jones había decidido sentarse con uno de sus amigos para el resto de la actuación, dejándola sola con Anthony en el palco de los Sokorvsky.

—Creo que tuve una reacción exagerada la última vez.

—Fue, quizás, comprensible. A nadie le gusta que se murmure.

—Eso es verdad, pero no puedo seguir escapándome de todo, ¿verdad?

Él hizo una pausa para abrir la puerta que daba a la compartida antesala que unía a los dos palcos contiguos y la miró, sus ojos azules brillaban. —

Eso es exactamente lo que me dije cuando te conocí.

—¿Que deberías huir?

Su sonrisa la calentó. —No, que debería aprovechar la única oportunidad que me ofrecieras y hacer lo mejor posible por el bien de ambos.

—Muy diplomático.

—Un hombre que necesita algo de honestidad en su vida nunca podría tener éxito como un diplomático. —Le tomó la mano y la llevó dentro del palco ricamente decorado. —Estoy encantado de que quisieras verme después de cómo me comporté.

Ella estudió su expresión, tratando de adivinar si su respuesta a su beso le

había resultado repulsiva o interesante. Después de casi una semana de noches de insomnio y vívidos sueños sexuales con Anthony, tal vez ya era hora de probar las aguas.

—Tu comportamiento no me ofendió.

Él hizo una pausa antes de sentarse en la silla a su lado. —¿No objetas que te haya besado?

Marguerite estudió su corbata en lugar de arriesgarse a echar un vistazo a su cara. —Pensé que lo haría, pero fue… agradable.

—¿Agradable?

Ella lo miró entonces, vio la indignación masculina en su cara y luchó contra una sonrisa. —Sí.

Él inclinó la cabeza unos centímetros. —Estoy muy contento de ser calificado con un elogio tan amplio.

Marguerite suspiró. —Sólo me besaste por un segundo. ¿Preferirías que mintiera y dijera que hizo temblar la tierra?

Su boca se arqueó hacia arriba en una esquina. —Por supuesto que sí.

Ella miró hacia el teatro, centró su atención en el grueso terciopelo rojo y en las cortinas doradas de la parte delantera del escenario. Era extraño que se sintiera tan cómoda confiando algo tan íntimo a un hombre que apenas conocía.

—Es difícil para mí admitir incluso eso. Después de que mi marido murió, pensé que nunca besaría a un hombre de nuevo.

Él no contestó, y ella siguió mirando a lo largo del teatro que se llenaba rápidamente. Con un coro de silbidos y abucheos, el interior se oscureció y

las cortinas se abrieron para revelar al conjunto arcaico del segundo acto.

Ella dio un salto cuando él tomó su mano y la apretó.

—Agradable es una palabra perfectamente aceptable. Y, para ser honesto, no he besado a muchas mujeres recientemente, así que podría estar fuera de práctica.

Marguerite no le creyó ni por un segundo. Cualquier hombre que pasara tanto tiempo en la casa del placer como Anthony debería tener habilidad seguramente. Él deslizó su mano hacia arriba de su brazo y por encima de su hombro, y le inclinó la barbilla.

—Tal vez deberíamos intentarlo de nuevo.

Ella no pudo evitar mirar alrededor. Estaban sentados en las sombras y no podían ser vistos. Quería que él la besara con una intensidad que la sorprendió.

—¿Marguerite?

Anthony bajó la cabeza hasta que su boca rozó la suya. Ella cerró los ojos cuando la punta de su lengua se deslizó a través de sus labios ligeramente abiertos. Lo dejó explorar su boca, le tocó la lengua con la suya y sintió el calor que emanaba y se establecía en la parte baja de su estómago. Ella no podía creer lo suave y tentador que él estaba siendo. En su limitada experiencia, los hombres tomaban la boca de una mujer como tomaban su sexo, duro y rápido. No es que eso no fuera interesante a su propia manera, pero esto… esto era simplemente encantador.

Anthony se apartó. —¿Y bien?

—Eso fue muy agradable.

Él arqueó las cejas. —Estoy progresando. Tal vez algún día voy a arrancar un excelente de ti.

Se relajó, contenta de estar sentada a su lado y ver el resto de la obra desarrollarse, su mano enguantada sujetada firmemente dentro de la de él.

Había creído que su relación íntima con Justin era única y no podría repetirse. Tal vez había heredado más del temperamento de su madre de lo que se había dado cuenta y simplemente necesitaba tener sexo regularmente. El revolucionario pensamiento tanto la alarmaba como la intrigaba.

Su madre insistía en que las mujeres tenían perfectamente el derecho de disfrutar del sexo tanto como los hombres, y que no había ninguna vergüenza en ello. Marguerite se lamió los labios y sintió el sabor de Anthony. ¿Era lo suficientemente audaz como para pedirle más, y más importante, Anthony estaría dispuesto?

Anthony se puso de pie y se estiró cuando las cortinas se abrieron de nuevo para revelar la sonrisa y los saludos de los actores. Un revuelo de movimiento en el palco frente a él le llamó la atención, y reconoció a Lord Minshom con su última concubina y la habitual multitud de compinches odiosos. Dios, esperaba que Minshom no lo hubiera visto. Tocó el hombro de Marguerite.

—Voy a ir a buscar nuestras capas y pedir el transporte. No te preocupes si me demoro, puede ser una pelea terrible allí afuera.

—No hay prisa. Estoy contenta de esperar aquí y ver si la Sra. Jones regresa o si se ha hecho otros arreglos para llegar a casa.

—Esa mujer es una chaperona espantosa, lo sabes.

—Lo sé. ¿No estás contento?

Él le sonrió, dejó el box y se dirigió hacia abajo por la escalera principal para encontrar a alguien que llamase a su carruaje. Ganando terreno entre

las pululantes masas de personas que estaban saliendo, se encontró afuera, luchando por volver a entrar al teatro.

—Sokorvsky.

Dio media vuelta para encontrar a Lord Minshom delante de él. Trató de evitarlo, pero fue empujado despiadadamente hacia atrás contra la pared del edificio de piedra ornamentada y luego metido dentro de un estrecho paso al costado. Su hombro chocó contra el muro, y perdió el equilibrio y cayó de rodillas.

—¿No estás contento de verme? —Murmuró Minshom. Él vestía de negro y blanco, y sus dientes brillaban en la oscuridad.

—No. —Anthony se estremeció mientras Minshom lo mantenía de rodillas en la inmundicia de la calle.

—Ya medio erecto, por lo que veo. No sabía que fueras capaz de hacer que se levante por una mujer.

—Eso no es de tu maldita incumbencia. —Anthony trató de levantarse, pero Minshom apretó la mano en su cabello y empujó la cara de Anthony en contra de su ingle.

—Vaya, estás ansioso esta noche. ¿Es por eso por lo que has estado negando tu verdadera naturaleza, jugando al caballero, concediendo nada más que un casto beso en los labios de tu amada?

Su agarre se apretó. Entre los aromas combinados de la excitación de Minshom y la fuerte presión de la polla del hombre contra sus labios bien cerrados, Anthony no podía respirar.

—¿No quieres chupármela?

Anthony usó todas sus fuerzas para empujarlo y ponerse de pie. Se pasó la

mano por su boca antes de mirar a Minshom.

—Yo no… quiero esto.

—Quieres esto demasiado. Estás preparado y listo para funcionar. —

Minshom sacudió los pantalones de Anthony y luego arrastró sus uñas sobre el tirante raso blanco, haciendo que la humedad se filtrase a través de él. —Te vas a correr antes de que lo sepas, rogándome que te dé más.

—No.

—¿No? —Minshom llevó los dedos a su boca y los lamió, rozándolos a través de los labios apretados de Anthony. —Esto no sabe como a que no.

Anthony tragó saliva contra el deseo de hundirse sobre sus rodillas y tomar lo que el otro hombre le ofrecía. Reacomodó su polla con dedos temblorosos y obligó a que su erección se reajuste a las ceñidas prendas de vestir. ¿Por qué estaba tratando de fingir que alguna vez podría tener una relación exitosa con una mujer teniendo unas necesidades sexuales tan pervertidas?

—Quiero cambiar. Esto no ayuda.

La sorpresa parpadeó en la fría mirada de Minshom. —¿Por qué yo te ayudaría? Te quiero justo donde perteneces, a mi servicio.

—No creo que allí sea donde pertenezco.

—¿Piensas que lo harás mejor en la cama de una mujer?

Anthony se obligó a encontrarse con los duros ojos azules de Lord Minshom. —¿Seguramente tengo que descubrirlo por mí mismo?

Hizo una mueca cuando Minshom lo agarró por la parte posterior de su cabeza y lo atrajo más cerca, le dio un fuerte beso en la boca.

—No voy renunciar a ti. Y cuando te arrastres de nuevo hacia mí, te haré pagar por tu desobediencia.

Un escalofrío de anticipación formó una espiral en los intestinos de Anthony, y él lo ignoró, con la esperanza de que Minshom no hubiera visto el destello de emoción en sus ojos.

Riéndose en voz baja, Minshom dio un paso atrás. —No puedes ocultar tu verdadera naturaleza, Sokorvsky. Necesitas el dolor para encontrar el placer. Esa es la única forma en que puedes hacerlo. Ten una buena noche.

Anthony se apoyó contra la pared hasta que Minshom desapareció y luego encontró su camino de regreso al teatro. Dios, sus piernas temblaban y su polla palpitaba con cada dificultosa respiración que tomaba. Había visto hombres que no podían evitar que el alcohol o el opio siguieran alimentando sus deseos a pesar de que sabían que iba a matarlos. ¿Estaba condenado a desear la dominación sexual para el resto de su vida?

Hizo una pausa en la parte inferior de la escalera. ¿Cómo demonios iba a volver con Marguerite en este estado? Se lamió los labios y probó un indicio del sabor de su propia pre-eyaculación y de la picante colonia de Lord Minshom. No pudo evitar compararlo con la suavidad de la respuesta de Marguerite, la cálida acogida de su boca.

Recordó comprobar que la Sra. Jones se hubiera ido, le dio propina al lacayo ubicado en la antesala y recuperó sus capas antes de que tuviera que enfrentar a Marguerite. Para su alivio, ella estaba pacientemente sentada en su silla, sus codos apoyados en el borde del palco, la mano bajo su barbilla. Su sonrisa estaba llena de bienvenida y le hizo sentirse aún peor.

—¿Estás bien, milord? —Su mirada cayó en sus piernas. —¿Te caíste?

Tus pantalones están sucios.

Logró un movimiento de cabeza mientras le pasaba su capa. —En mi afán

por volver a ti, me resbalé en la escalera.

—No necesitabas preocuparse. Sabía que ibas a volver. —Ella se echó a reír. —No creo que seas el tipo de hombre que dejaría plantada a una dama.

Dios, ni siquiera podía sonreír ante eso. Había estado tan cerca de seguir a Lord Minshom hacia las sombras detrás del teatro y darle lo que él había querido.

La diversión de Marguerite desapareció, y le tocó el brazo. —¿Estás seguro de que estás bien?

—Estoy seguro. —Mantuvo su capa envuelta en el brazo, esperando que ocultara el bulto de su polla aún dura, y le ofreció su mano. —¿Nos vamos? El transporte debe estar allí ahora.

Abrió la puerta y la condujo a la antesala justo cuando el gran grupo del palco de al lado decidió salir también. Abrumado por su cantidad, fue empujado atrás contra Marguerite, su gran cuerpo la presionó contra la pared. Estuvo a punto de correrse cuando su eje se sacudió contra el estómago de ella y se alejó tan rápido como pudo. No se atrevió a pedir disculpas por si no se había dado cuenta, y él difícilmente quería llamar la atención sobre su polla.

Ella estaba en silencio en el camino por las escaleras, aún más silenciosa de lo que estuvo en el coche. Miró su expresión cerrada. Maldición, ¿la había ofendido? ¿Y cómo demonios iba a explicar un lapso de sus buenos modales?

El coche se movió, y él se abrazó a sí mismo contra un lado, manteniendo su capa cubriendo más de la mitad inferior de su cuerpo, aunque bien podría ser demasiado tarde para tal modestia.

Marguerite encontró su mirada, sus ojos azules distantes. —Está bien. He

estado casada, ya sabes.

—¿Perdón?

Ella echó una mirada hacia abajo a su ingle. —Entiendo cómo los hombres pueden llegar a estar inconvenientemente excitados.

—¿En serio?

—Y como yo provoqué eso, cuando nos besamos, tal vez debería ser quien haga algo al respecto.

Anthony se inclinó hacia delante justo cuando ella se puso de rodillas delante de él. —Marguerite, no hiciste… Dios, ¿qué estás haciendo?

Sus manos trabajaban en los esforzados botones de sus pantalones hasta que su polla fue revelada en toda su gruesa y caliente gloria. Ella lo miró, el ligero color en sus mejillas el único signo de la falta de compostura.

—Te voy a chupar la polla.

—¿Qué?

—¿Seguramente te han hecho esto antes?

—Sí, pero… —no una mujer.

—Mi marido me enseñó cómo hacerlo. Me aseguró que a la mayoría de los hombres les gustaba. ¿No es verdad?

—Sí, pero… —Ella deslizó la mano más abajo y ahuecó las bolas y la base de su eje. Su polla se sacudió como si buscara su boca. —Dios…

Ella se inclinó más cerca, su aliento cálido sobre su carne, y chasqueó la lengua para atrapar una gota de líquido pre-seminal. Él gimió y movió sus

caderas hacia ella. Ella lamió de nuevo, a toda la jugosa corona púrpura esta vez, y él suspiró.

—Te gusta esto, entonces.

Él abrió los ojos para mirar hacia ella. —Sí.

—¿Pero no de esta manera?

—No.

—Entonces voy a seguir adelante.

Abrió la boca y permitió que los primeros cuatro o cinco centímetros de su pene entraran en ella. La sensible cabeza quedó atrapada en la parte posterior de su garganta, y él trató de retroceder, pero su agarre era demasiado fuerte. Volvió a gruñir cuando ella lo llevó aún más profundo, chupándolo mientras sus dedos acariciaban y moldeaban sus testículos.

—Más duro.

No pudo detener la dura exigencia, necesitaba más, necesitaba algo que hiciera que dejara de preocuparse por lo rápido que se iba a correr en su garganta. Él llevó la mano a la base de la parte posterior de su cabeza, para sostenerla exactamente donde él quería, no es que ella pareciera querer detenerse o dejarlo insatisfecho.

La presión se construía en sus cojones y en la base de su espina dorsal. Sus caderas giraban con cada tirón sobre su carne, empujando a su eje más profundo, follándole la boca con un entusiasmo que no podía creer.

Se las arregló para murmurar: —Si no quieres mi semen en tu boca, voy a salir. —Pero ella no se lo hizo fácil, sólo mantuvo los labios firmemente apretados alrededor de él y lo chupó duro. Él empezó a gemir con cada golpe, tratando de empujarse a sí mismo más profundo con cada

movimiento de sus caderas hasta que finalmente explotó, dejándolo sin aliento y congelado en el borde del asiento, su eje aún enterrado en su garganta.

Anthony cuidadosamente lo sacó y metió su ahora flácido pene de nuevo en su ropa interior, abrochándose su bragueta. Mientras se ajustaba la ropa, Marguerite se limpió la boca y volvió a su asiento frente a él.

—Marguerite…

—¿Oui?

—Eso fue… muy agradable.

—Me alegro que te haya gustado.

Para su disgusto el coche se detuvo y su conductor llamó a la puerta.

—Milord, estamos en casa de milady.

Marguerite se levantó y se alisó la falda. —No te preocupes en salir.

Dawson puede acompañarme a la puerta. Gracias por una velada encantadora. Buenas noches.

Bajó del coche tan rápido que Anthony apenas pudo registrar la solicitud antes de que le cerrara la puerta en las narices. Fijó la mirada en su ingle.

Una mujer acababa de mamarlo y él había disfrutado cada maldito agonizante segundo de eso.

Marguerite subió corriendo las escaleras del frente y luego las que llevaban hasta su dormitorio como perseguida por las furias. Dejó que su doncella le aflojara el vestido y el corsé y luego la despidió. Finalmente sola, se sentó en su tocador, sacó las horquillas del cabello y se quedó

mirando su salvaje reflejo. Tocar a Anthony la había excitado, había hecho que quisiera un hombre dentro de ella otra vez. Impresionada por la avidez en sus ojos, se cubrió el rostro con las manos y tomó varias respiraciones largas.

A pesar de su sorpresa inicial, a Anthony le había gustado que ella lo chupara. Y ella lo había disfrutado demasiado, casi hubiera deseado que él la hubiera levantado y empujado su pene profundamente dentro de ella hasta que se estremeciera y sacudiera con él. El calor se reunió en la parte baja de su vientre, y era consciente de que sus pechos le dolían.

Sacó los brazos fuera de su vestido y estudió sus pechos, deslizando sus dedos dentro de su corsé para apretar y pellizcar sus ya duros pezones.

¿Podría Anthony ser amable con ella? Su beso había sido más confiado esta noche, y sus exigencias para que ella lo succionara con más fuerza indicaban que no estaba en contra de un poco de juego brusco.

Con una silenciosa maldición, Marguerite se puso de pie y dejó que su vestido y su flojo corsé cayeran al suelo. ¿Cómo podría irse a dormir con su cuerpo despertando de su letargo de privación sexual y su sangre caliente y fluyendo desenfrenadamente? ¿Y cómo incluso podría sobrevivir en una sociedad que esperaba que negase sus necesidades mientras esperaba la lujuria de un hombre o el interés?

Se quitó la camisa y se metió en la cama desnuda, disfrutando de la frescura del cobertor de satén y de la áspera caricia de las sábanas de hilo.

Bajo las sábanas, permitió que una mano acariciase sus pechos mientras que la otra se deslizaba por encima de su estómago para tocar su sexo ya húmedo y listo.

¿Le gustaría a Anthony su cuerpo? ¿Disfrutaría poniendo su boca sobre su sexo, lamiendo su clítoris hinchado y deslizando los dedos y la lengua dentro de ella? Gimió mientras trabajaba su clítoris con el pulgar hasta que estaba jadeando y sollozando y… Dios, deseando tan desesperadamente su

punto culminante que la hizo llorar.

¿Le gustaría a Anthony eso también? Marguerite rodó sobre su estómago y abrió los ojos. Probablemente era demasiado inexperta para interesarle a él de todos modos. Sólo porque a él le gustaba que ella lo tocara no significaba que quería tocarla a cambio. Los hombres eran a menudo egoístas. ¿Y ella realmente quería llevar a cabo tal escándalo por dormir con él? Él no era el hombre convencional que se había imaginado, el hombre con el que eventualmente se casaría y viviría con una pacífica armonía el resto de su vida.

Sonrió en la oscuridad. Pero ella no había pensado en encontrar a ese hombre en particular durante años. Simplemente necesitaba recuperar su confianza y saciar esa parte de su naturaleza que echaba de menos la parte física del matrimonio. Había formas de remediar su falta de experiencia, y ella tenía entrada en la casa del placer más singular de Inglaterra. Si realmente decidiera seguir los deseos de su cuerpo y disfrutar del sexo, estaba decidida a ser buena en eso.

Su mirada atrapó el retrato de Justin, y de pronto se sintió culpable. Allí estaba ella, conspirando para seducir a otro hombre sin pensar en su difunto esposo. ¿Él la odiaría? O ¿sería lo suficientemente generoso como para perdonarla por todos sus pecados? Al menos esta vez, entraba en la relación con los ojos abiertos, sin emociones incómodas como el amor para considerar. Esto no era sobre el matrimonio… se trataba de volver a descubrir su propia sexualidad. ¿Seguramente Justin de todas las personas aprobaría esto?

—Brody. Ahora que te has asegurado que he vuelto sin daños, vete. Soy muy capaz de meterme en la cama.

—Muy bien, señor, buenas noches.

Anthony esperó hasta que la puerta se cerrara con un golpe definitivo detrás de su ofendido ayuda de cámara y se dejó caer en el lado de la cama. Marguerite le había chupado la polla, y él simplemente se había sentado allí como un idiota y le había permitido… Gimió cuando su eje se sacudió y empezó a llenarse de nuevo.

Había querido tirarla sobre su regazo, abrirle las piernas y llenarla con su polla hasta que ella gritara. Sin embargo, no había hecho otra cosa que tomar lo que ella le había ofrecido sin darle nada a cambio. Se quitó la ropa y apagó todas las velas, excepto la de al lado de su cama.

Pero ¿qué podía darle? ¿Qué quería una mujer como Marguerite?

Empalmó su eje, sintiéndolo engrosarse y alargarse, y suspiró. Una liberación nunca era suficiente, y, como regresar a la casa del placer y a Lord Minshom no era una opción, la mano y el surtido de juguetes tendría que ser suficiente.

Rebuscó en el cajón al lado de su cama y sacó un anillo de polla de cuero grueso, que tenía tres círculos para deslizar sobre su polla y bolas con hebillas en las correas para ajustar el agarre hasta conseguir la satisfacción que necesitaba. Fue deliberadamente rudo consigo mismo mientras rodeaba sus cojones con el cuero y tiraba de las correas con toda la fuerza que podía.

Fue incluso más duro con su polla, deslizando la gruesa correa de cuero y la hebilla hasta que su eje palpitaba junto con sus latidos del corazón y el líquido pre-seminal recubría sus dedos. La sangre atrapada en su eje hacía a la corona de su polla exquisitamente sensible.

Gimiendo, metió la mano en el cajón de nuevo, encontró un alfiler en forma de flor con un corto tallo de alambre de plata y lo enrolló en espiral alrededor de la punta de su polla. Mientras trabajaba su polla entre sus manos, la flor se incrustaba contra la mojada apertura y se deslizaba adentro y afuera, añadiéndose a la exquisita sensibilidad.

Trabajó su eje más duro, arrodillándose sobre la cama y apoyando la frente contra la cabecera para poder ver su carne tensándose contra el cuero.

Captó el brillo del alfiler de plata y del alambre enrollado agarrando su corona, el gran peso de sus constreñidas bolas dolía y gritaba con la necesidad de desafiar a los apretados agarres y correrse. Una imagen de Marguerite chupándole su confinada polla mientras que Lord Minshom follaba su culo ardió en su cerebro, y llegó a su clímax, forzando a los espesos chorros de semilla a través del dolor y hacia la bendita liberación.

Cayó hacia adelante, jadeando como si hubiera corrido una milla, su polla aún contrayéndose y corriéndose en las suaves sábanas blancas. Con un gemido rodó sobre su espalda y con mucho cuidado desabrochó los lazos de cuero y quitó el pasador de plata. Su corazón latía tan fuerte que no podía oír el tictac del reloj.

Marguerite le había chupado la polla, y sin embargo no tenía idea de cómo complacerla. Anthony se quedó mirando los bordados cortinajes marrones de la cama. Diablos. Tendría que pedir ayuda.

CAPÍTULO 06 —¿Es usted, señorita Marguerite? ¿Está buscando a su madre?

—Buenas noches, Judd.

Marguerite sonrió al mayordomo de su madre cuando él hizo un gesto para que ella entrase en la cálida cocina familiar de la casa del placer. En realidad, su madre era la última persona que quería ver. Helene tenía un don para saber exactamente lo que Marguerite más deseaba ocultar, y ella tenía mucho que ocultar en ese momento.

—La señora se fue a su otra casa esta noche. ¿Quiere enviarle un mensaje?

—No, no la molestes. Sólo vine a ver a mi hermana.

Su madre rara vez salía de su negocio para pasar tiempo en la casa con su esposo, Lord Philip Knowles, padre de los gemelos. Lo último que Marguerite quería hacer era interrumpir su noche juntos. Aunque Philips estaba involucrado en el establecimiento, ella sabía que se sentía frustrado muchas veces por la insistencia de Helene en mantener en secreto su matrimonio. Y si ella enviaba un mensaje, Marguerite sabía que su madre siempre vendría.

—La señorita Lisette está en el salón principal con el capitán David Gray.

¿Quiere ir a la casa del placer o que le pida a su hermana que baje a la cocina?

Marguerite tragó saliva. —No, voy a ir a buscarla. —Vaciló en la puerta.

—No se supone que tengas una máscara que puedas prestarme, ¿verdad?

—Por supuesto, milady. Voy a ir a buscar una. ¿Tiene alguna preferencia en cuanto al color?

En el momento en que Marguerite estaba enmascarada y detrás de Judd por la escalera, su corazón latía con fuerza. Uno nunca sabía exactamente con lo que se podía encontrarse en la casa del placer, y ella se había convertido en una mojigata. Para su alivio, el salón principal parecía relativamente tranquilo, los huéspedes más inclinados a relajarse y comer que a participar en una orgía.

Vio la cabeza rubia de Lisette en una de las mesas y se dirigió hacia ella.

Su hermana llevaba un vestido de raso color crema de impecable corte que resaltaba su delgadez y aventajaba a sus pechos. El hombre sentado junto a Lisette de inmediato se puso en pie y se inclinó. Marguerite le dirigió una sonrisa distraída y se preguntó por qué Lisette pasaba su valioso tiempo con él. Parecía demasiado ordinario para justificar la caprichosa atención de su hermana, y demasiado mayor. Consideraba que tendría unos treinta años, si no más.

—Lisette.

—Marguerite, ¿qué diablos estás haciendo aquí?

Marguerite frunció el ceño y miró fijamente a su compañero masculino.

Lisette se encogió de hombros. —Está bien. Este es mi amigo, el capitán David Gray. Es un conocido de toda la vida de mamá y es totalmente de confianza.

—Ma’am. —El capitán Gray se inclinó y luego se volvió a Lisette. —Tal vez me debería ir y relacionarme por un rato.

—Está bien, pero no te olvides de volver a hablar conmigo después.

—Por supuesto, señorita Delornay.

Marguerite lo vio alejarse y luego se volvió hacia Lisette, que seguía sonriendo. —Parece un buen hombre.

—Lo es. ¿Por qué haces que suene como una crítica? —Marguerite se sentó frente a Lisette en la silla que David había dejado vacía.

—Simplemente parece un poco mayor para ti.

—¿Mayor para mí qué?

—Sabes lo que quiero decir.

Lisette arrugó la nariz. —Marguerite eres tan mojigata. David es mi amigo, no mi amante. Creo que él prefiere a los hombres en realidad, pero es difícil de decir. —Tocó la mano de Marguerite. —¿Qué estás haciendo aquí?

—Quería pedirte un consejo.

—¿A mí? ¿Quieres saber algo sobre moda?

Marguerite frunció el ceño y bajó la voz. —Si vas a reírte de mí, me voy.

Lisette hizo un decoroso intento para enderezar su rostro. —No, prometo que voy a escucharte. ¿Cómo te puedo ayudar?

—Quiero ver cómo una mujer complace a un hombre.

Lisette se quedó boquiabierta. —¿Perdón?

—¡Lisette! —Marguerite siseó. —Necesito que me enseñes una habitación donde pueda ver a una mujer haciendo el amor con un hombre, y no debes soltarle ni una palabra de esto a mamá.

—Como si yo lo haría. —Lisette frunció el ceño. —¿Estás segura de esto?

—Por supuesto que sí. ¡Tú y Christian fuisteis los que me dijisteis que saliera más!

—Sí, pero… parece que has avanzado bastante más rápidamente de lo que esperábamos. —Lisette le dio un codazo a Marguerite en las costillas. —

Anthony Sokorvsky debe ser una especie de dios de la fertilidad.

—Oh, cállate. ¿Me puedes ayudar o no?

—Claro que puedo. —Lisette se puso de pie, llevando a Marguerite con ella. —Conozco la habitación perfecta. Vamos.

Anthony ingresó al salón principal de la casa de placer y contempló cautelosamente alrededor. Para su alivio no había ni rastro de Madame Helene, de Lord Minshom o de su hermano. Al menos, podría ser capaz de manejar sus asuntos con un mínimo de decoro. Como si tal cosa fuera

posible. Gruñó interiormente.

—¿Anthony?

Se volvió y se encontró con Peter Howard sonriéndole.

—Buenas tardes, Peter. —Anthony hizo un gesto hacia el rincón más tranquilo de la habitación. —Gracias por venir.

Peter se acomodó en una silla y estudió a Anthony durante un buen rato.

—Suenas muy formal. ¿Algo está mal?

Anthony se quedó mirando al mejor amigo de su hermano, un hombre que respetaba enormemente. Un hombre que había sufrido la peor vida que pudiera expresar, y sin embargo no sólo había sobrevivido, sino que había encontrado el amor.

—Necesito tu ayuda.

Los ojos azules de Peter se entrecerraron. —Por supuesto, cualquier cosa.

Anthony miró desesperadamente alrededor de la habitación llena de gente.

—¿Hay algún otro lugar donde podamos hablar?

Peter se puso de pie al instante. —Vamos arriba.

Llevó a Anthony a una de las habitaciones más privadas del segundo nivel y cerró la puerta.

—Ahora ¿qué es? ¿Estás en problemas?

Anthony se apoyó contra la puerta. —No el tipo de problema que puede ser que pienses, pero necesito un consejo.

La encantadora sonrisa de Peter volvió a aparecer. —Y antes de que lo

pidas, te prometo que no le diré nada a Val.

—Ni a Madame Helene.

—¿En serio? ¿Y eso por qué?

—Sólo promételo.

Peter se encogió de hombros. —Por supuesto. Ahora, ¿cómo puedo ayudarte?

Mientras luchaba para encontrar las palabras adecuadas, Anthony empezó a pasearse por la habitación. —Quiero seducir a una mujer.

—¿Y?

—Quiero hacerlo bien.

Peter lo miró perplejo. —Entonces, encuentra a una mujer con experiencia aquí en la casa de placer y perfecciona tus habilidades.

—No es tan simple como eso.

—¿Qué quieres decir?

Anthony dejó de caminar, su espalda hacia Peter, y cerró los ojos. —

Nunca me acosté con una mujer.

—¿Perdón?

Anthony se volvió para mirar a Peter. —Nunca he tenido sexo con una mujer. ¿Cómo demonios se supone que me aseguraré que ella lo disfruta, cuando no tengo ni idea de lo que estoy haciendo?

La expresión atónita de Peter hizo que Anthony quisiera correr y

esconderse.

—Pero tienes veinticinco años.

—Y fui violado por un hombre cuando tenía apenas veinte.

—Dios, Anthony…

Trató de sonreír. —He follado con un montón de hombres sin embargo, o mejor dicho, ellos me han jodido a mí, así que tengo algo de experiencia.

—Discúlpame por preguntar esto, ¿pero hay una razón particular para tu repentino deseo por una mujer?

Anthony frunció el ceño. —Mis razones son mías, pero ¿por qué no debería tener sexo con alguien que deseo?

Peter dudó, su calma mirada sobre Anthony. —Sabes que no hay vergüenza en admitir que prefieres a los hombres. No tienes que acostarte con una mujer para demostrarle algo a Val, a tu familia o, más importante, a ti mismo.

—¿Por qué todos asumen que prefiero a los hombres? ¿Cuándo alguna vez he expresado una preferencia?

Peter se miró las uñas. —La gente asume cosas, y el hecho de que nunca hayas sido visto con una mujer tal vez explique eso. —Miró hacia arriba.

—Y el hecho de que tienes veinticinco años y sólo has follado con hombres.

Anthony miró impotentemente a Peter, sus manos en puños a los costados, su corazón corriendo carreras con sus pensamientos. ¿Cuánto podría revelar sobre el cambio en sus sentimientos, sobre sus dudas acerca de todo lo que alguna vez había creído verdadero sobre sí mismo?

—Hace poco me di cuenta de que ya no me gustaba ser humillado sexualmente.

—¿Por Minshom?

—Por nadie. Me di cuenta de que quería tratar de averiguar lo que deseo, no lo que me han dicho que me gustaría o lo que me han forzado a ser partícipe.

—No hay nada malo en eso.

—Gracias. Me ha tomado el tiempo suficiente llegar a eso. Pero acá estoy ahora, y tengo la intención de tratar de descubrirlo por mí mismo.

—¿Sabes que podría no gustarte lo que descubras?

Anthony miró hacia arriba, vio el entendimiento en el rostro de Peter y se encogió de hombros. —¿Quieres decir que podría darme cuenta que necesito el dolor para disfrutar del sexo y que realmente prefiero a los hombres?

—Esa es una posibilidad real. Algunos podrían decir que tus opciones hasta el momento han sido las correctas y que simplemente estás luchando con tu verdadera naturaleza.

—¿Qué dirías tú?

—No, te diría que salgas y experimentes, que encuentres lo que realmente deseas y lo abraces, cualquier cosa que eso pueda ser.

Anthony tragó saliva. —Gracias, Peter.

Peter asintió con la cabeza lentamente, su rostro una vez más calmado y reflexivo. —Entonces tenemos que encontrarte una mujer con experiencia y discreta.

—Sí, eso sería de gran ayuda.

Peter se levantó. —¿Te quedarás aquí mientras voy a preguntar si la lady que estoy pensando está disponible esta noche?

—Por supuesto.

Después de que Peter salió, Anthony se hundió en una silla y se cubrió la cara con las manos. Esa había sido una de las cosas más difíciles que había tenido que hacer. No le había dicho a Peter que tendía a evitar a las mujeres, por miedo a que se rieran de su inexperiencia o, peor aún, que él de alguna manera les hiciera daño con sus perversos deseos. Marguerite era diferente de alguna manera. Su dulzura, combinada con su mordaz pragmatismo francés lo intrigaba.

Quería tocarla íntimamente, ver su cuerpo convulsionándose en la agonía de la pasión, para adivinar el secreto y comprender lo que hacía que amar a una mujer sea tan diferente de amar a un hombre. Su polla se sacudió ante el pensamiento, y miró hacia la puerta, preguntándose si Peter efectivamente volvería después de todo, o simplemente lo había dejado solo.

La puerta se abrió y él se puso de pie, alisándose el cabello desordenado.

Peter estaba sonriendo.

—He encontrado a la mujer perfecta. Hará que uses algún tipo de máscara de cuero para ocultar tu identidad. —Se encogió de hombros. —A ella no le gusta saber con quién está follando, y le encanta tomar el papel dominante. Pensé que no te molestaría en absoluto.

La pragmática interpretación de Peter hizo que Anthony quisiera gemir. Al parecer, sus gustos sexuales eran conocidos por más gente de la que se daba cuenta.

—Eso suena perfectamente aceptable, Peter. Gracias por tu ayuda. —

Tragó saliva. —¿Nos vamos?

—¡Deja de empujarme!

—No lo hago.

Marguerite miró a Lisette, que caminaba delante de ella en el estrecho pasillo panorámico entre las habitaciones del segundo piso.

—¿Por qué sólo no entramos a uno de los salones públicos fuera del salón principal y nos sentamos? ¿Por qué tiene que ser aquí?

Lisette se volvió hacia Marguerite. —Porque lo que necesitamos ver es mucho más íntimo que eso, y hay una mujer en este piso que se especializa en entrenar a los hombres para que alcancen su pico sexual.

Marguerite suspiró y siguió a su hermana al siguiente lugar de visualización. Debía asumir que Lisette sabía lo que estaba haciendo, pero todavía sentía aprehensión.

—Por supuesto, —Lisette susurró: —si quieres probarlo por ti misma, estoy segura de que podría persuadir a David para que se acueste y te permita rastrear todo sobre él. Podría ser divertido.

—No, esto está muy bien, gracias.

Lisette le dio un codazo. —Cobarde.

Por supuesto que era una cobarde, ¿quién podría dudarlo?

Marguerite se apoyó contra la pared y dio una mirada a través del pequeño espejo dentro de la habitación. Una mujer vestida con un corsé de encaje negro, medias y altas botas de montar lustradas, se paseaba por la sala.

Llevaba un látigo delgado que constantemente golpeaba contra su muslo.

Aunque no estaba en la flor de la juventud, era una criatura magnífica.

Cabello castaño recogido sobre su cabeza, piel blanca como la leche y un exuberante pecho para volver salvajes a los hombres.

Marguerite miró hacia abajo a sus propios pechos mediocres. La mujer no sólo era hermosa, sino que irradiaba confianza, algo que Marguerite había perdido y necesitaba desesperadamente recuperar si quería llegar a alguna parte con Anthony. Y ella quería a Anthony… su falta de agresividad y su innata honestidad la atraían. Él le ofrecía una oportunidad de compensar los errores del pasado, de redescubrir el ser sexual que ella tenía la intención de ser después de la distorsión de su matrimonio.

—Mira, —le susurró Lisette. —Aquí viene él…

Más parecido a anteojeras de caballos, el arnés de cuero que cubría la mitad superior de la cara de Anthony y también su cabello, le restringía la visión lateral. Anthony se centró en la mujer frente a él, lo que no fue una dificultad dado que era una visión de formidable belleza femenina. Una exuberante pelirroja vestida de cuero y encaje, un látigo en la mano y un ceño fruncido en el rostro.

Le apuntó con el látigo. —Puedes llamarme señora. Desvístete y no hables a menos que yo te lo diga.

Anthony asintió con la cabeza y lentamente se quitó la ropa, consciente de que ella daba vueltas alrededor suyo mientras se desnudaba, su mirada parpadeaba sobre su cuerpo como si estuviera juzgando la carne de un caballo. Para su sorpresa, ella le recordaba a muchos de los hombres con los que había estado, sumamente segura, supremamente dominante y bastante capaz de hacerle hacer lo que ella quisiera. Peter había elegido bien. Había encontrado casi una versión femenina del Señor Minshom. De

alguna manera el pensamiento calmó los nervios de Anthony.

—Date prisa.

El látigo le rozó el glúteo y saltó. Cuando estuvo desnudo, se irguió y la enfrentó otra vez. Ella asintió lentamente.

—Muy bonito. Ahora ponte de rodillas.

Anthony obedeció y esperó hasta que ella se paró cerca de él.

—Lo primero que tienes que aprender es que las mujeres tienen necesidades, no están simplemente para ser folladas con fines reproductivos. Están para ser amadas. —Usó el látigo para levantarle la barbilla. —Aprenderás a dejar tus deseos egoístas a un lado y a complacer a tu mujer.

Se dirigió hacia una silla dorada adornada y se sentó. —Ven aquí.

Anthony no estaba seguro si se suponía que debía ir gateando o levantarse y caminar. Decidió ponerse de pie, consciente de que cada vez que ella ladrada una orden, su polla se endurecía aún más. Ella no pareció satisfecha de su decisión, pero le permitió volver a ponerse de rodillas delante de ella sin hacer comentarios ni aplicar el látigo.

—Pon tus manos detrás de la espalda y déjalas allí. Ahora presta atención.

Ella abrió las piernas para mostrar su sexo afeitado, y Anthony aspiró el aroma de su excitación. Se estremeció mientras frotaba la punta del látigo sobre un pequeño nudo de carne que sobresalía justo arriba de la curva interior con forma de boca.

—Este es mi brote del amor, mi nudo duro, mi perla, mi clítoris… puedes llamarlo como quieras, pero aprenderás a ponerle la misma cantidad de obsesiva atención que le pones a tu polla. Piensa en él como una polla en

miniatura, la fuente de extremo placer y felicidad de una mujer, y tuya, si lo atiendes con cuidado.

Alejó el látigo. —Quiero que lo lamas, lo chupes, juga con él hasta que yo te diga que te detengas.

Anthony se obligó a no cerrar los ojos cuando se inclinó hacia delante entre sus extendidos muslos blancos. Ella rodeó con su mano la parte posterior de su máscara de cuero y lo empujó más cerca.

—Hazlo.

Él obedeció, su lengua se deslizó sobre la sorprendentemente resbaladiza carne hasta que encontró el duro nudo de nervios y comenzó a explorar. Su curiosidad crecía mientras ella se tensaba cada vez más, animándolo mientras él chupaba, lamía y utilizaba sus dientes sobre la yema cada vez más hinchada. Se olvidó del tiempo, de respirar, de cualquier cosa que no sea el placer que ese pequeño pedacito de ella parecía disfrutar con tanta alegría.

Su cuerpo se unió al ritmo, su erecto eje chocaba contra la madera y el brocado de la silla hasta que él quiso gemir. Se sacudió cuando ella deslizó el látigo entre sus piernas y comenzó a darle golpecitos a su polla.

—Retrocede, esto no es para ti. Desliza la boca hacia abajo, lame mis pliegues y utiliza la lengua como una polla para deslizarte dentro de mí.

Anthony engulló un poco de un muy necesario aire y se movió más abajo, fascinado por los regordetes montículos de su carne, la suavidad en los labios y la cálida humedad del agujero en su centro. Apuntó su lengua y empujó dentro de ella, sintiendo sus músculos contraerse alrededor de él y repitió la acción hasta que su mandíbula comenzó a doler.

Su mano se cerró sobre su cabeza, manteniéndolo inmóvil, su lengua profundamente en su interior.

—Dame la mano.

Él ciegamente levantó su brazo, y ella aferró su muñeca, ubicando sus dedos sobre la redondez de su pecho y el encaje de su corsé.

—Toca mi pecho, aprieta mi pezón, hazme correr.

Dios, él estaba en llamas, tan ansioso de complacerla, tan consumido por su pasión que habría hecho cualquier cosa que ella le dijera en ese punto.

—Eso está bien, sigue así, desliza tus dedos dentro de mí al lado de tu lengua.

Se las arregló para conseguir introducir dos dedos mientras su boca seguía trabajando, bombeándolos arriba y abajo como una verdadera polla mientras ella se apretaba contra él. ¿Le gustaría a Marguerite esta doble penetración de lengua y dedos? ¿Gritaría su nombre cuando se corriera?

—Ah… —Su grito fue seguido por una serie de estremecimientos y convulsiones de los músculos de su interior. Se sorprendió de lo fuerte que se volvió el agarre sobre sus dedos antes de que ella lo liberara con una gran cantidad de crema. Él giró su cara hacia su muslo y luchó por respirar, su polla estaba tan dura ahora que podía sentir cada pulsación de los latidos de su corazón en su carne excitada.

—Muy bien. Ahora levántate y ven a la cama.

Esperó a que ella se ubicara sobre el rojo cobertor de seda y luego subió a su lado. Su sonrisa no era agradable.

—No has terminado todavía. A diferencia de los hombres, las mujeres pueden correrse más de una vez. Recuérdalo. —Le dio unas palmaditas en el estómago. —Siéntate a ahorcajadas sobre mí, pero ten cuidado de no aplastarme.

Anthony también fue cuidadoso de no permitir que su polla rozara contra su cadera cuando pasó una pierna por encima de su cuerpo y se ubicó sobre ella, su peso equilibrado sobre sus manos y rodillas. Sus bolas raspaban contra el áspero encaje negro de su corsé y su eje se levantó como algún horrible tallo púrpura contra su vientre.

—Besa mis pechos.

Se inclinó hacia delante e hizo lo que le dijo, disfrutando de la suavidad de su piel contra su boca, el duro empuje de su pezón entre sus dientes.

Mientras se movía sobre ella, su atrapado pene se volvió extraordinariamente sensible, pero su entrenamiento con Lord Minshom lo dejaba en una buena posición, y fue capaz de evitar la ansiedad por correrse.

Ella recorría su cuerpo con sus manos, acariciándole las nalgas, la parte inferior de sus bolas, la espalda, en una corriente sin fin de sensaciones. Él continuó chupándola hasta que ella estuvo gimiendo con cada tirón de su boca sobre el apretado pezón.

—Detente ahora y siéntate.

Él retrocedió, bajó la mirada hacia ella, su respiración tan agitada como la de ella. Le tocó el lloroso eje con un dedo.

—Estoy impresionada de que no te hayas corrido todavía.

Él logró una temblorosa sonrisa, recordando justo a tiempo que no debía hablar.

—Tal vez debería recompensarte. —Ella lo consideraba mientras su dedo hacía tortuosos dibujos sobre su palpitante polla húmeda. —Da la vuelta.

Anthony se quedó mirándola hasta que ella hizo un ruido de impaciencia.

—Da la vuelta hasta que tu cabeza esté por encima de mi sexo y tu culo

cerca de mi cara. Ahora hazme correr otra vez.

Él obedeció, bajó la cabeza y la probó, utilizó su lengua, sus dientes y sus dedos para ponerla resbaladiza y mojada otra vez. Casi se ahogó cuando sintió que ella tragaba su eje y comenzaba a succionar, igualó su ritmo al de ella, se olvidó de todo salvo de la instintiva necesidad de hacer que se corriera antes que él.

Ella se retorcía en contra de sus dedos, levantó las caderas para empujarse contra su cara. Ninguna delicadeza ahora, sólo el juego de cuerpo a cuerpo en una carrera hacia la finalización y una liberación que él quería más que nada.

Ella convulsionó contra sus tres dedos alojados, y él no pudo contenerse por más tiempo, permitiendo que su semen se derramase en la garganta de ella, en calientes chorros urgentes.

Cuando ella liberó su polla, él rodó sobre su espalda y miró hacia el techo pintado de blanco. Era interesante que en los últimos estertores de la pasión, las mujeres actuaban como los hombres, tan ávidas de realización que todo lo que les importaba era la búsqueda de lo puramente físico.

—Lo has hecho bien, joven. Tienes una resistencia excelente. Toda mujer debería estar contenta de tenerte en su cama.

Anthony abrió los ojos y miró a la mujer pelirroja.

Sus labios temblaron ante el pensamiento de que ella le estaba dando un certificado de aprobación para que él lo mostrara en la pared de su dormitorio e impresionara a su futura esposa.

—Gracias. Lo disfruté.

Su sonrisa era más caliente ahora.

—Estoy encantada de escucharlo. —Agitó los dedos hacia él. —Ahora ya puedes comenzar, tengo otro hombre para entrenar en media hora.

Marguerite apretó los dedos sobre sus labios mientras contemplaba al hombre que complacía a la mujer pelirroja con la boca y los dedos.

¿Tendría el valor de exigir cosas tan deliciosas de un hombre? Más puntualmente, ¿Anthony le permitiría decirle lo que tenía que hacer de esa manera?

Lisette le dio un codazo en las costillas. —Él es bastante lindo, ¿no? Me pregunto cómo se llama.

—Ssh.

Marguerite sentía curiosidad por sí misma, pero no tenía ninguna intención de dejar que Lisette lo supiera. El cuerpo del hombre era musculoso, sus nalgas duras y altas, el pecho ligeramente velludo. Y su polla… Se negó a pensar en lo grande y dura que se veía, lo húmeda y lista para resbalarse en el interior del lugar más secreto de una mujer y darle lo que necesitaba.

Se humedeció los labios cuando la mujer se recostó en la cama e invitó al hombre a sentarse sobre ella. A la luz de las velas, notaba las finas líneas blancas diagonales que desvirtuaban la superficie lisa de la espalda del hombre. En la base de su espina dorsal se veía como si alguien hubiera tratado de tallar sus iniciales en la piel. Incluso a través de su excitación, su estómago se apretó. ¿Quién podría haberle hecho eso a este hombre?

—¿Lisette? —Susurró. —Parece que está lleno de cicatrices.

Lisette se encogió de hombros. —Muchos de los hombres ingleses las tienen, es un legado de su educación en escuelas públicas. —Palmeó el brazo a Marguerite. —Tengo que encontrarme con David, ven a buscarme

cuando hayas terminado de ver.

Marguerite hizo un gesto distraído con su mano para despedirla y volvió a concentrarse en la habitación. ¿Cómo de inhumana era la clase alta inglesa para enviar a sus niños lejos de casa a una edad tan temprana, dejándolos a merced de hombres que a menudo no tenían las mejores intenciones?

Vio que el hombre succionaba los pechos de la mujer, se preguntaba cómo se las arreglaba para permanecer tan erecto durante tanto tiempo. En su limitada experiencia, los hombres llegaban a una enorme velocidad. Un profundo anhelo se movió dentro de ella, y su vientre se apretó, liberando su propia crema cuando el hombre cambió su posición y se ubicó para lamer y trabajar con los dedos el sexo de la mujer otra vez.

Ella deseaba esa sensación desesperadamente. Con una mirada furtiva hacia arriba y abajo del estrecho pasillo, deslizó su mano por la abertura del bolsillo de su vestido, empujó la enagua fuera del camino y ubicó sus dedos sobre su monte. Oh, Dios, estaba tan mojada, tan lista para ser tomada… Su cuerpo fácilmente cedió para permitir que dos de sus dedos pasen al interior.

¿Podría tratar a Anthony de esta manera? ¿Decirle lo que quería, ponerlo de rodillas y a su servicio? La última vez que había tratado de ser sexualmente aventurera había resultado un desastre. Los recuerdos de Justin y su amigo Sir Harry Jones la asaltaron, las terribles complejidades del amor no correspondido. ¿Era lo suficientemente valiente como para intentarlo de nuevo?

La mujer pelirroja empezó a llegar, sus gritos llenaban el cuarto.

Marguerite llegó a su clímax también, cerrando los ojos contra el éxtasis en el rostro de la mujer mientras chupaba el pene del hombre hasta su liberación.

Había poder en hacer esto para una mujer, ¿pero ella estaba dispuesta a

esgrimir de nuevo?

Cuando encontró el valor para mirar otra vez dentro de la sala, el hombre había desaparecido, dejando a la mujer en la cama. Su sonrisa de satisfacción la hizo sentir celos a Marguerite. Tratar de aparentar que su vida íntima había muerto con Justin no había funcionado en absoluto.

Tenía que llegar a un acuerdo con sus necesidades y encontrar lo que quería.

Marguerite llevó sus dedos a sus labios y aspiró su propio aroma. Quería hacer a un hombre rogar por ella, pero quería ser quien lo hiciera mendigar, incluso más. El escandaloso pensamiento la sorprendió hasta la médula. ¿Era más parecida a su madre de lo que se había imaginado?

¿Todavía anhelaba lo prohibido, lo pecaminoso, lo desconocido?

Con un gemido, Marguerite se quitó la máscara y se tambaleó por el pasillo, su mano en la pared para ayudarse en la huída. Empujó la puerta que conducía al pasillo principal y chocó con un duro cuerpo de hombre.

—Perdón, señor.

—¿Marguerite?

Miró a la sorprendida cara de Anthony y le dieron ganas de llorar. ¿De todas las personas para encontrarse en este embarazoso momento de auto-revelación, por qué tenía que ser él?

CAPÍTULO 07 —Estaba buscando a mi hermana.

Marguerite soltó las palabras bruscamente mientras Anthony se quedó mirándola. Ella tenía las mejillas encendidas, y parecía al borde de las lágrimas. Su esbelto cuerpo temblaba en sus brazos. Una máscara de plata se cayó de sus dedos, y ella no hizo ningún ademán para recogerla. Miró

hacia la puerta donde ella había salido.

—¿Allí dentro?

Se soltó de su agarre e ineficazmente se acomodó el cabello. —Sólo tomé un atajo para no caminar sola a lo largo del corredor principal. Realmente no debería estar aquí esta noche.

—Ni yo.

Comenzó a andar por el pasillo, casi corriendo en su afán de alejarse de él, pero él se mantuvo detrás de ella, la mirada fija en la parte posterior de su cabeza.

—Marguerite, ¿puedes aflojar el paso?

Se detuvo abruptamente y se volvió hacia él.

—¿Por qué? ¿Quieres decirme lo que estás haciendo aquí? ¿No dijiste que querías permanecer lejos de este lugar?

Un desacostumbrado resentimiento lo embargó. Maldita sea, había venido aquí por ella.

—Tú dijiste que nunca venías aquí.

Ella se alejó de nuevo, alcanzó la escalera principal y comenzó a bajar hacia los salones principales. Él la siguió, cogiendo su brazo en la parte inferior de la escalera.

—Marguerite, ¿te has irritado porque estoy aquí o porque te he encontrado aquí?

Lo miró. —Las dos cosas.

Bueno, al menos estaba siendo honesta. Él la apartó de la escalera hacia la puerta de servicio.

—Estoy seguro que tienes una llave para las áreas privadas de la casa.

Vamos a pasar por aquí.

La siguió dentro del oscuro rellano más allá de la puerta cubierta de bayeta verde y esperó a que sus ojos se acostumbraran a la luz tenue. La desnudez de este nuevo entorno era un gran contraste con la suntuosidad de los salones.

—Los hombres son todos mentirosos.

—No todos los hombres, ¿y quien dijo que yo te estuve engañando?

Sus ojos brillaban con desafío. —Has tenido sexo. Lo huelo en ti.

—No, de verdad, solo estaba…

Infierno, su explicación sonaba débil incluso para sus propios oídos.

Difícilmente podría decirle que había ido a mejorar su técnica para beneficio de ella. Marguerite se alejó tres pasos de él, los hombros rígidos, y sus brazos abrazando su cintura.

—¿Por qué no tuviste sexo conmigo?

Él luchó para no quedarse mirándola boquiabierto.

—¿Qué demonios se supone que significa eso?

—Eso significa que me he convertido en un símbolo de diversión. Una viuda solitaria que no puede prescindir de un hombre en su cama. Una mujer reducida a discutir con un hombre de por qué no quiere tener sexo con ella.

—No termino de seguirte.

Ella se volvió para enfrentarlo. —Por supuesto que no, eres un hombre.

Él extendió sus manos ampliamente. —¿Qué quieres que te diga, Marguerite? ¿Qué siento ser un hombre, que lamento no haberte puesto encima de mi hombro inmediatamente, subir las escaleras y violarte en nuestra primera cita?

—Ahora estás siendo absurdo.

—Entonces, ayúdame a entender.

Ella levantó la cabeza lentamente. En la penumbra, las lágrimas brillaban en las esquinas de sus hermosos ojos. —Te dije que amaba a mi marido tanto que no pude contemplar la cama de otro hombre.

—Sí, lo recuerdo.

—Y, sin embargo la primera vez que me besaste, te devolví el beso.

Él inclinó la cabeza. —Lo hiciste.

—Y después… luego te chupé la polla.

Se recostó hacia atrás contra la pared, tratando de parecer relajado a la vez que su cuerpo respondía a ese íntimo recuerdo. —Sí.

—Me mentía a mí misma porque tenía miedo de admitir que me gustaba tener sexo mucho más de lo que una dama debería. —Hizo una mueca. —

Quiero ser una viuda casta y pura, pero parece que no puedo dejar de desear.

—Estoy seguro de que tu madre diría que una mujer tiene derecho a disfrutar del sexo tanto como un hombre.

Ella se quedó inmóvil. —¿Y estás de acuerdo con ella?

Se encogió de hombros. —Por supuesto.

—Pero se siente mal tener estos pensamientos desvergonzados, querer algo tan… básico.

—¿Por qué?

Ella lo miró y luego se alejó. —Porque el sexo es algo muy poderoso. Las emociones fuertes pueden arruinar la vida de la gente.

—¿Estás pensando en tu marido?

—No, en mí misma y en mi madre. La pasión que ella y Philips compartieron casi la destruyó.

—Pero ella encontró el amor con él, ¿verdad?, así que todo lo demás no tiene importancia.

—Para ella, tal vez. Para sus hijos, eso significó una vida de separación, de desconocimiento. —Suspiró. —Por favor, no me malinterpretes, no tengo más que admiración por mi madre, pero me juré a mí misma que iba a vivir una vida más convencional y evitar grandes pasiones si pudiera.

El silencio cayó entre ellos mientras él la contemplaba. —¿Piensas que tus necesidades me escandalizarán?

—No sé.

—Marguerite, nada me escandaliza.

Ella trató de sonreír. —Lo dudo.

—¿Y qué, si llegaras a ser completamente honesta en este momento en

particular, que querrías de mí?

Ella se estremeció. —Tus manos en mí, tu boca…

Su pulso se aceleró. —Y si yo te ofreciera esas cosas, en el espíritu de honestidad entre nosotros, ¿estarías sorprendida por mi comportamiento?

—No, como ya dije, eres un hombre.

—Pero si, como insiste tu madre, somos iguales sexualmente, ¿por qué no deberías obtener lo que deseas?

Ella no hablaba, pero su cuerpo giró lejos de él, a punto de salir huyendo.

Él le tendió la mano.

—Marguerite…

Se volvió lentamente, y él tiró con fuerza de su mano contra él. En verdad, no esperaba estar ejercitando sus nuevas habilidades tan rápidamente, pero no iba a decepcionar a Marguerite de nuevo. Buscó su boca, besando sus labios hasta que ella los abrió. Ella curvó su mano alrededor de la base de su cráneo, manteniéndolo cerca.

Ella gimió contra de su boca, el quejumbroso sonido fue suficiente para ponerlo duro y animar a sus manos para recorrer su cuerpo a voluntad.

—Por favor…

La besó en la garganta, en la oreja, en la línea de su mandíbula.

—¿Qué quieres, Marguerite?

Ella tomó su mano derecha y la colocó sobre su pecho. Él pasó los dedos por el borde de su canesú y la seda susurró. Al deslizar la punta de su dedo índice por debajo de la tela, se encontró con su pezón duro y ya listo para

él. Dios, quería probarla allí.

Le arrastró la espalda sobre su brazo e inclinó la cabeza, hizo a un lado tanto como pudo su canesú y corsé y ubicó la boca sobre su pecho. Ella apretaba los dedos en su pelo, instándolo incluso cuando su mano se deslizó por encima de su cadera y arrugó las faldas y enaguas. Ahuecó su montículo en la palma de mano y se mantuvo inmóvil.

—¿Me quieres aquí?

—Sí, oh por favor, sí.

Acarició con el pulgar su hinchado brote, la sintió temblar entre sus brazos y deslizó un dedo a través de su resbaladizo húmedo calor, su corazón acelerado, su respiración tan desequilibrada como la de ella. Esto significaba mucho más con Marguerite, su deseo de complacerla no conocía fronteras. Empezó a mover su dedo hacia adentro y hacia fuera, se preguntó cómo se sentiría su polla haciendo lo mismo, queriendo correrse con sólo pensarlo.

—Más, dame más.

Sonrió mientras ella se arqueaba contra él, su sexo presionando en su mano atrapada, tan exigente para una mujer tan pequeña, tan segura de lo que necesitaba de él. Ella se estremeció cuando añadió dos dedos más y bombeó más fuerte. Todo su cuerpo temblaba mientras que llegaba a su clímax y se aferró a él como si le ofreciera todo lo que un hombre podía darle. Por un momento glorioso, sintió que incluso podría ser él ese hombre.

Después que ella dejó de apretarse y retorcerse contra sus dedos, él simplemente la sostuvo equilibrada sobre la palma de su mano, todo su cuerpo se relajó contra él, tan lánguida y satisfecha como un gatito. Sus rizos le hicieron cosquillas en la cara e inclinó la cabeza para rozar su

cuello.

—¿Mejor?

Ella se movió en sus brazos. De mala gana, él levantó la cabeza mientras ella lo empujaba.

—¿Qué hice ahora?

Tenía los labios hinchados por sus besos, su pelo desordenado, la falda plegada, y sin embargo parecía más hermosa para él de lo que nunca antes.

Se encontró sonriéndole como un tonto y se dio cuenta que ella no estaba sonriendo.

—Me diste lo que te pedí.

—¿Y que estuvo mal?

Ella levantó la barbilla para mirarlo a los ojos. —No, eso fue…

maravilloso.

—¿Entonces por qué no estás contenta?

—Porque me demostraste lo mucho que quiero compartir una cama.

Anthony suspiró. Dios, ¿por qué las mujeres eran tan complicadas? Al menos un hombre tomaba su placer y se alejaba sin tener que analizar cada segundo de eso.

—Compartiré la cama contigo si lo deseas.

Ella cerró brevemente los ojos. —No digas eso.

—¿Por qué no? Es la verdad.

Ella se movió de repente hacia las escaleras, deteniéndose para mirarlo por encima de su hombro. —Ahora voy a estar soñando contigo toda la noche.

—¿Y eso es algo malo? Yo voy a estar soñando contigo también. —Le tendió la mano otra vez. —Si realmente me quieres, volvamos adentro y encontremos una habitación.

—No puedo hacer eso.

—¿Por qué no?

—Porque… no puedo.

Anthony dejó que su mano caiga a su lado. —¿No soy lo suficientemente bueno para ti ahora?

—¡Eso no es lo que he dicho!

Él hizo una reverencia, consciente del dolor en su pene y, ridículamente, en su corazón. —¿Tal vez prefieras experimentar con otra persona?

Marguerite suspiró. —Estás siendo estúpido, y no estoy en un estado para seguir discutiendo contigo. Ven a verme mañana, y hablaremos sobre esto de una manera razonable.

—Pero no me siento razonable.

—Puedo ver eso.

La observó mientras bajaba por las escaleras, sus faldas volaban, y sus zapatillas femeninas apenas hacían ruido. Una parte de él quería seguirla, empujarla contra la pared y enterrarle su grueso eje profundamente en el interior hasta que ella gritara su liberación. Estampó su mano contra la pared, disfrutando del dolor que se disparó por su brazo.

Pero ¿y si realmente había terminado con él? Presionó la frente en el frío implacable del ladrillo. Dios, odiaba esta falta de confianza en sí mismo.

Minshom le había hecho esto, y necesitaba dejar de creerlo. Ante el pensamiento de su torturador, la frustrada polla de Anthony comenzó a palpitar de anticipación. ¿Era eso lo que realmente necesitaba ahora?

¿Subir al tercer piso, arrodillarse frente a Minshom y arrepentirse de su estúpida fantasía de poder conectarse sexualmente con una mujer?

Un sonido por debajo de él lo hizo enderezarse y volverse. ¿Marguerite había vuelto? Su eje respondió con entusiasmo. Pero esta no era la sombra de una mujer trepándose sobre la escalera. Eran las pisadas más pesadas de un hombre.

Anthony se echó hacia atrás contra la pared cuando el capitán David Gray apareció en el rellano, sombrero en mano, con el abrigo azul desabrochado como si acabara de llegar. Dudó cuando vio a Anthony, pero su sonrisa era cálida.

—¿Qué estás haciendo aquí?

Anthony sólo lo miró fijamente. Conocía a David desde hacía años, sabía que su amigo no se hacía cuestionamientos acerca de lo él era o lo que quería.

—Me estoy escondiendo, supongo.

—¿De qué?

—De mí mismo.

David asintió como si lo que Anthony había dicho tuviera perfecto sentido.

—No te he visto en el tercer piso desde hace un tiempo. ¿Es eso lo que estás tratando de evitar?

—Sí.

—Puedo entender eso. Trato de evitarlo yo mismo. —Hizo un gesto hacia las escaleras. —Estaba a punto de irme, ¿te importaría salir conmigo?

—No sé si puedo.

—¿Por qué piensas que no puedes sobrevivir la noche sin las atenciones de Lord Minshom?

Los ojos de Anthony se encajaron en los de David. —¿Cómo diablos sabes eso?

—Porque hace algunos años yo sentí lo mismo. — La sonrisa de David desapareció. —Pero me liberé de él, así que es posible.

—Tal vez tú simplemente eres un hombre más fuerte que yo.

—No, no lo soy. Sólo que aprendí a valorarme más a mí mismo.

Anthony bajó la mirada. —En este momento anhelo esa “atención” más de lo que quiero respirar.

—Él tiene ese efecto en las personas, pero hay muchas otras maneras de alcanzar la satisfacción sexual sin someterse a ese hijo de puta. —Hizo una pausa. —¿Qué si yo te ofreciera una alternativa al Señor Minshom y al tercer piso?

Anthony se enderezó y corrió una mano temblorosa por su cabello ya desordenado. —¿Tienes una alternativa?

La sonrisa de David era tranquila. —En mi casa, si te interesa unirte a mí.

Un oscuro entusiasmo se enroscó a través del cuerpo de Anthony. Estaba duro y listo para follar. Si no podía tener a Marguerite, y por qué ella iba a quererlo dentro de él después de todo, necesitaba a alguien, y si Lord Minshom estaba fuera de la cuestión, David definitivamente serviría.

Marguerite entró en la cocina, con la cara enrojecida, todo su cuerpo todavía temblando por las caricias de Anthony.

—Marguerite, ¿estás bien?

Saltó y se volvió hacia su madre, que estaba sentada en la sombra junto a la chimenea. A pesar de lo avanzado de la hora, su madre todavía estaba hermosa mientras se mecía hacia adelante y hacia atrás en la vieja silla de pino, sus delicados pies balanceándose con cada movimiento.

—Pensé que esta noche ibas a quedarte con Philips.

Helene hizo un gesto desdeñoso. —Hicimos el amor magníficamente y luego tuve que echarlo a perder al insistir en hacer planes para pasar más tiempo juntos. Los hombres son tan molestos.

Marguerite se quedó donde estaba y se recostó contra la puerta. Ella esperaba que su madre no la viera demasiado bien.

—Puedo entender la frustración de Philips, mamá. Eres una mujer muy ocupada.

—Sabía eso cuando nos casamos. No es excusa.

Marguerite sabía que era inútil discutir. Nunca había entendido el funcionamiento interno del tempestuoso matrimonio de su madre con Philips. Ellos, sin embargo, parecían prosperar en él.

—¿Y qué haces aquí, Marguerite, tan enrojecida y diferente de ti misma?

Silenciosamente Marguerite gruñó. Su madre era famosa por su habilidad para olfatear la discordia romántica, los comienzos de un romance o el final de un matrimonio.

—Vine a ver a Lisette.

—¿Y?

—Y ella estaba arriba, en la casa el placer con el Capitán Gray, así que fui a buscarla.

—Eso debe haber sido hace un rato largo, porque Lisette estuvo aquí hablando conmigo.

—Lo sé, acabo de ver al Capitán Gray en la escalera. Me dijo que Lisette estaba aquí.

Helene dejó de mecerse. —Marguerite, ven y siéntate donde pueda verte, y dime lo que está pasando.

Cuando su madre usaba esa voz, era muy difícil desobedecer. Marguerite se acercó más, tratando de decidir qué partes de la historia debería compartir y cuáles no.

—Bon, —dijo su madre. —Ahora dime por qué te has retrasado en los salones.

—Porque Lisette me llamó cobarde y me atreví a mirar alrededor mientras estuve allí arriba.

—Eso suena como a tu hermana. Pero ¿por qué estuviste de acuerdo?

—¿Porque tenía curiosidad?

—¡Por fin! —Helene aplaudió con las manos. —Sabía que eras demasiado joven para enterrarte a ti misma en la tumba de tu marido.

—Mamá… —Marguerite encorvó un hombro.

—Ahora ¿qué consejo puedo darte para comenzar otra vez? —Helene se inclinó hacia delante, con una expresión decidida. —Lo más importante, creo, es cómo evitar un embarazo, ¿oui?

Marguerite miró impotente a su madre. Tal vez sería mejor simplemente mantenerse en silencio y escucharla. Podría recoger algunos consejos útiles sin tener que traicionarse a sí misma.

—Sí, mamá.

—He hablado de esto con muchas mujeres en los últimos años, y tengo algunas ideas acerca de cuándo es el mejor momento para concebir o, en tu caso, para evitar hacer el amor. —Frunció el ceño ante Marguerite. —Y

antes de que sugieras que cualquier caballero realmente se retiraría antes de que su semilla se vaciase en tu vientre, entonces piénsalo otra vez. En la agonía de la pasión, los hombres se olvidan de estas cosas básicas, o secretamente podrían querer dejarte embarazada en primer lugar.

—No estoy segura…

Helene seguía hablando, sus dedos delgados marcando cada punto mientras lo hacía. —Es la mitad del ciclo lunar la que debes evitar. Creo que una mujer es más fértil entonces. No estoy segura de por qué, pero parece ser el caso. Es fácil de hacer eso, mi querida, sólo anota el día que empieza el sangrado y cuenta a partir de ahí hasta el día en que sangres de nuevo.

—Mamá…

Helene se levantó y dio unas palmaditas en el hombro de Marguerite. —Lo sé… esto es muy dificultoso. Ven a verme mañana y te mostraré cómo usar una esponja de mar empapada en vinagre también.

¿Qué demonios tenía que ver el vinagre con nada? Marguerite sacó a relucir una sonrisa. —Lo haré, y gracias.

Marguerite se levantó también y juntó sus pertenencias. La actitud práctica de su madre hacia el sexo nunca dejaba de sorprenderla. Por lo menos había dejado de preguntarle tan insistentemente sobre exactamente qué estaba mal. Tal vez debería estar agradecida por el incesante parloteo de su madre. Marguerite apretó su sombrero contra su pecho. Y tal vez su madre la conocía mejor de lo que ella creía y había logrado que ella lo crea desde el principio.

—Aquí estamos.

David abrió la puerta de su residencia y lo hizo entrar a Anthony, cerrando la puerta detrás de él. Anthony miró a alrededor del sobrio apartamento sorprendido.

—Está muy ordenado.

David se encogió de hombros mientras se quitaba el sombrero y los guantes. —Cuando has vivido en un pequeño camarote de un barco durante meses, aprendes a guardar tus pertenencias cuidadosamente para que no se te caigan encima en una tormenta.

—No había pensado en eso.

Anthony siguió caminando por la habitación, tocando el escritorio de caoba en el rincón, el par de sillas de cuero con orejas cerca de la acogedora chimenea.

—¿Vives solo?

—Sí, tengo un hombre que viene todas las mañanas para ayudar con las cosas esenciales, y una mujer que cocina para mí cuando estoy aquí.

Nunca me he preocupado por tener ayuda residente. Me parece un poco asfixiante.

—Estoy de acuerdo, pero como todavía vivo en casa, no hay nada que pueda hacer al respecto.

—¿Tu familia estaría en desacuerdo de que tengas tu propio apartamento?

Anthony acarició el cuero marrón desgastado de la silla. —Es complicado.

Mi padre estuvo a punto de perder a uno de sus hijos, y está decidido a no perder al otro.

—Eso debe ser algo así como una carga para ti.

—Supongo que los es. Nunca he pensado en eso antes.

—Tal vez deberías. Mi padre se alegró de ver mi parte trasera. —La sonrisa de David no llegó a sus ojos. —Insistía en que como el cuarto hijo de un empobrecido conde yo era un maldito inconveniente. Yo esperaba hacer mi propio camino en el mundo. —David cogió un candelabro y se dirigió hacia un pasillo oscuro. —Trae el brandy.

Anthony cogió la botella y dos vasos y siguió a la fuente de la luz. Tomó una inestable respiración cuando se dio cuenta que estaba en el dormitorio de David. Una vez más, la habitación era sobria… una cama estrecha con cobertor rojo oscuro y otros dos muebles que se veía claramente que eran extranjeros.

David indicó una gran silla lacada en negro que estaba ubicada delante de un espejo.

—Compré esto en el puerto de Hong Kong hace un par de años. —Sus dedos se arrastraban por el alto respaldar atrás y hacia abajo sobre el cojín de seda roja del asiento. —Tiene exactamente la altura correcta para shibari2.

—¿Qué es eso?

David sonrió. —Literalmente significa hermosa sumisión, o eso me dijeron. Es un antiguo arte erótico de la tierra del sol naciente. La traducción exacta me resultó difícil de lograr y, para ser honesto, el placer fue tan extremo que no me importó preguntar más. Estaba demasiado ocupado disfrutando de él.

Anthony se pasó la lengua por los labios cuando su excitación creció. —

¿Voy a disfrutar de eso yo también?

—Espero que sí. ¿Te quitarás la ropa?

CAPÍTULO 08 —¿Qué es exactamente lo qué vas a hacerme?

Anthony se desvistió y observaba cómo David se quitaba la chaqueta, la corbata y el chaleco, y abría uno de los cajones del gabinete oriental lacado de color rojo, junto a la cama. Mientras David se volvía hacia él, no pudo reprimir un estremecimiento de emoción.

—Te voy a atar, pero quiero prestarle atención a tu culo primero.

Abrió una caja plana para revelar una colección de falos de jade y marfil y una selección de aceites perfumados.

—¿Tienes alguna preferencia?

Anthony tragó saliva. —¿No me vas a follar?

—Tal vez más tarde. Hay cosas más interesantes que deseo probar primero. —David vaciló, sus dedos envueltos alrededor de uno de los ejes tallado de marfil. —A menos que hayas cambiado de opinión.

—No, no. Es sólo que Minshom…

—¿Siempre te follaba primero? Pero yo no soy Minshom, y recuerda, estoy tratando de mostrarle que hay otras maneras de alcanzar los niveles de placer que deseas.

Anthony reunió una sonrisa. Tenía que dejar de esperar lo peor y confiar en su compañero. —Entonces continúa, elije por mí y voy a estar contento.

—Espero que vayas a estar más que contento. —David acarició un largo dedo por la longitud de la ya erecta polla de Anthony. —Quiero oír tus gritos.

Alejó la mano del eje de Anthony, por encima de su cadera y ahuecó sus nalgas. Anthony suspiró y trató de relajarse. Estaba tan ansioso por follar que el más ligero roce hacía que su polla se retuerza y sus bolas se aprieten por la necesidad. David se movió detrás de él, sus dedos recorriendo y acariciando la carne, hasta que Anthony quiso gemir.

—Voy a usar el aceite de sándalo. Es mi favorito personal y nada como las acres cosas florales que prefiere Minshom.

Anthony jadeó cuando David deslizó un dedo lubricado dentro de su culo y luego otro. Su boca se arrastraba por el hombro de Anthony, deteniéndose para pellizcar, lamer y mordisquear su piel. Anthony arqueó la espalda, pidiendo más, y suspiró cuando David sustituyó los dedos con la dureza del grueso falo de marfil.

—No te corras todavía, — David murmuró y luego mordió duro el lóbulo de la oreja de Anthony. —Apenas hemos comenzado.

—No lo haré.

—Excelente. Entonces ven y siéntate en la silla.

Anthony se movió con cuidado hacia el asiento acolchado y se sentó. No tenía apoya brazos, por lo que ancló sus manos en el borde del asiento. Su

polla palpitaba, desatando una vibración a través del falo incrustado por lo que apenas podía respirar, y mucho menos pensar.

David sacó una bolsa de seda negra del pecho y la llevó hasta Anthony.

Lentamente, desató las cuerdas de seda y tomó el contenido con la mano.

—Esta es la cuerda shibari. Puede ser de cáñamo o de yute, o en este caso, de lino fino. —David acarició la madeja cuidadosamente atada. —La he teñido de rojo porque me gusta el contraste contra la piel blanca. Cada cuerda tiene aproximadamente veintitrés metros de largo. Esa es la longitud tradicional, no estoy seguro de por qué.

Anthony se quedó mirando la delgada cuerda roja, imaginó que se envolvería alrededor de su cuerpo y se humedeció los labios.

David sonrió. —El objetivo, según me han dicho, es no utilizar ningún nudo. Por desgracia no soy un experto, así que podría tener que usar uno o dos. ¿Estás listo?

La repentina pregunta hizo que Anthony levantara la vista de su fascinada contemplación de la cuerda hacia los tranquilos ojos azules de David.

Tragó saliva.

—Sí.

—Bien. ¿Puedes poner las manos detrás del respaldo de la silla?

Anthony casi quiso cerrar los ojos mientras David se arrodillaba frente a él y llevaba los dos extremos de la cuerda por debajo del asiento. Colocó las rodillas y los tobillos de Anthony contra la fría madera de las patas de sillas y envolvió la cuerda alrededor de sus tobillos, manteniéndolo en su lugar. Con un movimiento practicado, llevó las cuerdas sobre las rodillas de Anthony y comenzó a trazar cruces sobre sus muslos en al asiento.

Anthony flexionó los músculos del muslo y se dio cuenta que la cuerda no

apretada en absoluto. David le tocó la cadera.

—Piensa en ello como un corsé. Tienes que estar completamente atado antes de apretar las cuerdas.

—Ah, eso ayuda, —murmuró Anthony. —Siempre me he preguntado cómo se sentiría usar un corsé.

—¿En serio? Esto es, por supuesto, otra vía que puedes explorar en casa de Madame, si quieres. Creo que los martes y jueves son las noches más populares para los masculinos.

La tranquila risita entre dientes de David hizo sonreír a Anthony incluso mientras su aliento se cortaba cuando cruzó la cuerda a detrás de la silla y luego regresó por sus pelotas. David hizo una pausa, como para admirar el efecto y luego añadió un nuevo giro de la cuerda para separar las bolas de Anthony y levantarlas cerca de la raíz de su eje.

Anthony no podía apartar su mirada de los hábiles dedos de David mientras acomodaba las bolas a su gusto, tirando de la cuerda hacia atrás a través de las rendijas de la silla y lejos de su ingle. Por primera vez, Anthony sintió el tirón de la cuerda cuando David la envolvió alrededor de sus muñecas y la aseguró a la parte posterior de la silla.

—Y ahora tu polla.

Anthony estiró el cuello para mirar cómo David traía la cuerda otra vez hacia delante y la envolvía dos veces alrededor de la base de su eje, a través de sus caderas y nuevamente al respaldo de la silla. Cuando la cuerda estuvo extendida sobre su cuerpo y firmemente asegurada en su lugar, Anthony se preguntó si debía luchar como una mosca en una tela de araña o simplemente ceder y esperar a ser comido vivo.

—Tu pene se ve magnífico, —dijo David en voz baja.

—¿Sí?

Anthony gimió cuando David se inclinó y besó la esforzada punta. La cuerda había arrastrado a su pene lejos de su estómago en una curva de caliente, temblorosa e hinchada carne.

—Ya está casi hecho.

David se levantó y continuó envolviendo la cuerda en torno al tronco de Anthony hasta que estuvo atado fuertemente a la silla. Podía sentir cada tablilla individual de madera en contra de su piel, la suavidad de los cojines de seda, la dureza del falo. Cuando David llegó a su cuello, enrolló la cuerda flojamente alrededor de la garganta de Anthony. Se acercó, besó su camino hacia abajo del paso de la cuerda que enmarcaba los pezones de Anthony, y succionó uno en su boca.

—Cristo…

Anthony hubiera saltado, pero como su cuerpo estaba inmovilizado no había nada que pudiera hacer nada para detener a David de chupar todo lo que él quisiera. El pensamiento debería haberlo asustado, pero no fue así.

Le gustaba esto, esta falta de control, la imposibilidad de fingir que él no quería lo que se le estaba ofreciendo.

Su polla saltó bruscamente cuando los pantalones de David rozaron contra él, y la humedad se deslizó hacia abajo de su eje. Trató de no gemir cuando David comenzó a besar hacia abajo de su cuerpo, más allá de sus caderas, sus muslos, evitando su polla y terminando en la parte trasera de las rodillas de Anthony. Con un último beso prolongado, David se puso detrás de la silla.

Anthony casi dio un respingo al ver la sombra de su silueta en el gran espejo de la pared. Como David había dicho, la cuerda roja contrastaba contra su piel blanca. Miró a su cuerpo atado y no sintió vergüenza, sólo

una sensación de intensa expectativa.

—Te ves hermoso atado para mí.

Anthony alzó los ojos y se encontró con la mirada de David en el espejo.

No dijo nada. Esperó que David viera la aceptación en su cara. David asintió con la cabeza.

—¿Estás listo para correrte para mí ahora?

David recogió los dos extremos de la cuerda y comenzó a tirar. Fue como si hubiera acercado un fuego a una línea de pólvora. Anthony jadeaba mientras la cuerda se clavaba más profundamente en el pecho y el estómago, atándolo a la implacable estructura de la silla. Gimió cuando la sensación se trasladó más abajo hasta llegar a sus testículos y a su polla, sus muslos… apretó y apretó hasta que no pudo soportarlo más y se corrió, su semilla explotó de la punta de su miembro, empapando la cuerda.

Anthony cerró los ojos mientras las increíbles sensaciones finalmente decaían. David lanzó los extremos de la cuerda y redujo la tensión, pero no lo suficiente como para que Anthony se moviera libremente.

—Eso fue… interesante, —gruñó él.

David dio la vuelta y se agachó entre las piernas de Anthony. —Me alegro que te haya gustado. No hemos terminado todavía. —Se inclinó hacia delante y lamió el charco de humedad de semen en el estómago de Anthony.

Después de haberlo limpiado bien, centró su atención en las pelotas de Anthony hasta que Anthony estuvo medio erguido otra vez y con ganas de más.

—¿Y ahora qué?

David se desabrochó los pantalones y tiró de la camisa sobre su cabeza. —

Ahora disfrutamos de esto juntos.

Anthony miraba con atención mientras David se quitaba los pantalones para revelar su ya erecto pene. Su propio eje se contrajo en respuesta.

En la casa del placer, David rara vez se quitaba la ropa, así que había olvidado lo grande que era. Parecía preferir mantener sus encuentros sexuales al mínimo. No era la primera vez que Anthony se preguntaba por qué. —¿Minshom te quitó las ganas follando con él?

David se pasó una mano lentamente sobre su eje.—No, ¿por qué?

—Porque pareces estar más feliz dando favores sexuales que recibiéndolos.

—Minshom no me hizo eso. En el momento en que lo conocí, yo ya estaba dañado y así fui con él. —Su sonrisa era irónica. —Admito que me tomó de la peor forma, pero arañé la forma de salir de su influencia con el tiempo.

—¿Cómo?

—Fue muy sencillo. Fui reemplazado. —Buscó la mirada de Anthony. —

Te conoció.

—No lo sabía. Siempre fuiste muy agradable conmigo.

—Por supuesto que sí. Estaba demasiado ocupado tratando de rogar poder regresar a la cama de Minshom como para molestar a su nuevo juguete. —

Se encogió de hombros. —Y con el tiempo me di cuenta que me alegraba de que fueras tú y no yo.

Anthony hizo una mueca. —Me gustaría que él encontrara a alguien más.

—Tal vez lo hará.

—Por el momento, está tan enojado de que me haya alejado de él que está decidido a hacerme volver.

David se sentó a horcajadas en el regazo de Anthony, con los pies sosteniendo su peso a ambos lados de la silla. —Lo superará. Es un hombre adulto y no es tonto.

—Dios, eso espero.

David desenrolló los extremos de la cuerda roja alrededor del cuello de Anthony, dejándolo todavía atado a la silla, y los llevó entre sus cuerpos.

Anthony contuvo la respiración cuando David enrolló la cuerda alrededor de las dos pollas, ligándolos estrechamente juntos. Ahora podía sentir el pulso del eje de David tan íntimamente como el suyo.

Se estremeció cuando David ubicó la cuerda alrededor de sus cuellos, y tiró para enrollar la cuerda más apretada. Su polla trató de llenarse, encontrándose con la resistencia de la cuerda y la carne de David, y comenzó a arder y a palpitar. David deslizó una mano en el pelo y arrastró a Anthony más cerca. Ya no podía mirar hacia abajo y ver a sus pollas, sólo sentir la erótica presión enlazándolos mientras David se sacudía con él.

—Dios…

David se movía más rápido, sacudiendo la polla de Anthony, presionándolo hacia abajo en el almohadón de seda y en la base del falo hasta que no vio nada más que necesidad, no quería nada más que la roja marea del deseo que lo abrasaba y lo consumía. Se corrió cuando David llegó, gritó el nombre del otro hombre mientras llegaba a su clímax, su esperma caliente estallaba a través de la cuerda bien envuelta para mezclarse con el de David.

Esta vez le tomó más tiempo para recuperarse, y le tomó un tiempo a David alejarse y desenvolver sus pollas.

—¿Te ha gustado eso?

Anthony dejó escapar un suspiro lento.

—Sí.

—Bien.

David ahuecó las bolas de Anthony y utilizó la uña de su dedo pulgar para dibujar una línea en la parte inferior de su polla.

—Diablos, David, no estoy seguro si puedo…

—Puedes. Me aseguraré de ello.

Anthony se pasó la lengua por los labios. —¿Quieres follarme mientras me pones duro?

—¿No has sido follado lo suficiente?

—¿Qué quieres decir?

David se inclinó para lamer la hinchada corona de la polla de Anthony, insinuó su lengua en la ranura, lo que hizo que Anthony se enderezase en contra de su atadura. Tragó saliva. —Jódeme, por favor.

—Prefiero que me jodas tú.

—Estoy atado a una silla, ¿cómo esperas que haga eso?

—Lo arreglaremos. —La lenta sonrisa de David fue una pecadora invitación mientras se sentaba otra vez a horcajadas sobre Anthony y

empuñaba la polla de Anthony alrededor de la cuerda que aún la ataba. Se puso de rodillas hacia arriba, guiando el húmedo eje de Anthony hacia su culo y lentamente se dejó caer hacia abajo.

—Ah… esto es bueno.

Anthony le sostuvo la mirada.

—Vas a tener que hacer todo el trabajo. No parece justo. —Gimió cuando David comenzó a moverse sobre él fuerte y rápido. —Fóllame, por favor.

—No hasta que te corras para mí.

David gimió mientras establecía su ritmo, con los ojos cerrados, su polla deslizándose contra el vientre de Anthony y la línea de la cuerda mientras trabajaba. El semen de Anthony apretaba sus bolas atrapadas, haciéndolo gemir. No había forma de frenar o detener a David, ningún control en absoluto. Sabía que tendría que correrse cuando el otro hombre lo exigiera.

Con ese pensamiento, culminó en el interior de David, oyó el rugido de satisfacción del otro hombre por su entrega total. Abruptamente, David se levantó, dejando la polla de Anthony sintiéndose fría y despojada.

—Te voy a joder ahora.

David se movió detrás de la silla, sacó el grueso falo del culo de Anthony y se empujó a sí mismo profundamente. Sus dedos rozaron la garganta de Anthony, mientras buscaba los extremos de la cuerda y ponía más tirantes las restricciones haciéndolo a Anthony jadear por aire.

—David…

La polla de Anthony respondió a la presencia de David y empezó a hincharse de nuevo. El dolor y la brusquedad de la penetración provocó otra oleada erótica a través de sus sobreexcitados sentidos que le dieron

ganas de gritar. David se estiró y tomó el control de la polla de Anthony, frotándola con fuerza al ritmo a sus embates.

—Me estoy corriendo. —Las roncas palabras de David en la oreja de Anthony y la picadura de sus dientes ubicados en su hombro lo lanzaron dentro de otra liberación. Era casi doloroso esta vez, cada chorro de semilla, tan caliente y primitivo que lo hizo gritar.

Cuando abrió los ojos, estaba libre de la cuerda y David estaba sentado con las piernas cruzadas en el suelo delante de él. Su mirada azul mar era contemplativa, y algunos de sus cabellos rubios se habían escapado de su cinta y estaban enroscados alrededor de su cara. Su musculosa piel brillaba con el sudor de sus esfuerzos mientras lentamente inspiraba y expiraba.

Anthony se pasó la lengua por los labios, probó su propia sangre. La mirada de David siguió el ligero movimiento, y sonrió.

—Por lo general no follo con nadie en estos días.

—Yo tampoco, —dijo Anthony. —Pero tal vez debería probar esto más a menudo.

—Escuché un rumor de que estás buscando una esposa.

Anthony se puso rígido por el brusco cambio de tema. —No.

—Entonces, ¿por qué estás escoltando a la hermana de Lisette por la ciudad?

Con cautela, Anthony se echó hacia delante y fijó su mirada en David.

—Lisette no debería haberte dicho eso.

David se encogió de hombros.

—No voy a repetirlo. Me interesaba sólo oír tus razones.

—Ya te dije, estoy tratando de alejarme del tercer piso. Marguerite me ofrece una oportunidad.

—¿Sabe cómo eres en realidad?

—Sabe lo suficiente para no juzgarme. —Anthony se levantó, consciente de su cuerpo dolorido y temblando mientras bajaba de su altura sexual.

—No te estoy juzgando, Anthony, —dijo David con suavidad. —Y tal vez te interese saber que las mujeres suelen disfrutar del arte de shibari también.

—Tengo que ir a casa.

Anthony recogió sus ropas y empujó una pierna en sus pantalones. Trató de imaginar el cuerpo de Marguerite adornado con la cuerda de lino rojo y lo vio tan vívidamente que su cuerpo sobre utilizado susurró una protesta.

David se puso la camisa y los pantalones y se apoyó contra la pared, los brazos cruzados mientras observaba vestirse a Anthony.

—No quise arruinar nuestra noche.

—No lo hiciste.

—No quiero contradecirte, pero obviamente lo hice.

Anthony se metió la camisa en los pantalones y buscó su corbata. David la agarró y lo ayudó a doblar la tela en algo parecido a un nudo decente, y hábilmente la ubicó en su lugar en la garganta.

—Te ves casi respetable ahora.

—Pero no lo soy, ¿verdad? —Anthony se encontró con la mirada de David. —No soy el tipo de hombre que debe estar husmeando alrededor de

las faldas de una mujer.

David se apoderó de sus hombros.

—No lo sé. Algunos hombres son capaces de satisfacer a ambos sexos. Tal vez tú seas uno de ellos.

—Pero, tienes razón, no estoy siendo completamente honesto con Marguerite, ¿verdad? Y le dije que lo sería.

—Con todo respeto, es hija de Madame Helene. ¿Tal vez te entienda mejor de lo que piensas?

Anthony trató de sonreír.

—Es poco probable, cuando ni siquiera yo me entiendo.

David le entregó el chaleco y le tendió la mano.

—Mi opinión vale poco, pero habiendo luchado para sobrevivir a las atenciones de Lord Minshom yo mismo, entiendo lo que te está pasando.

El hombre es como una adicción, ¿no es cierto? Incluso ahora, a veces me encuentro a mí mismo queriendo ir a él y rogarle que me tome de nuevo.

Anthony dejó escapar el aliento.

—Pero tal vez en mis intentos egoístas para escapar de él, puedo involucrar a alguien que ha empezado a importarme.

David se inclinó y besó su mejilla.

—Si Marguerite es en algo parecida a su madre, va a sobrevivir.

—Dios, eso espero.

David se inclinó e hizo un gesto hacia la puerta.

—Vas a estar bien, mi amigo. Ahora ve a casa y duerme un poco, y si quieres tu propio conjunto de cuerdas shibari, házmelo saber.

Anthony se detuvo en la puerta, le tendió la mano.

—No sé qué decir. No sólo me detuviste de rebajarme frente a Minshom esta noche, sino que me diste una de las mejores experiencias sexuales de mi vida.

—Bien.

—Si hay algo que pueda hacer por ti a cambio, sólo házmelo saber.

La sonrisa de David fue irónica al estrechar la mano tendida de Anthony.

—Bueno, si alguna vez me ves yendo a alguna parte cerca de Minshom otra vez, detenme.

—Lo haré, y gracias de nuevo.

—Buena suerte y buenas noches.

Anthony salió hasta la puerta principal de la casa y se puso el sombrero y la capa. No tenía idea de qué hora era, pero sabía que debía ser tarde.

Esperaba por Dios que en el momento en que llegase a su casa, su madre se hubiera ido a la cama. Había desarrollado un hábito desconcertante de esperarlo, que simplemente agravaba su culpa y su deseo de no decirle nada de su vida en absoluto.

Tal vez David tenía un punto y ya era hora de mudarse… Empezó a caminar hacia la avenida principal, comprobando los peligros potenciales en las sombras mientras avanzaba. No estaba seguro de si tenía las agallas para vivir solo. Al menos en la casa con sus padres tenía que mantener

cierto estándar. Si estuviera solo, no habría nadie para detenerlo, salvo él mismo. Dejó de caminar, permitió que el viento cortante girase en torno a él y respiró el aire frío.

David había sido amable con él, mucho más amable que cualquiera de sus otros amantes. Su vida sería mucho más fácil si pudiera estar con un hombre como David. Pero David no había insinuado ese tipo de relación,

¿no? Anthony hizo una mueca. ¿Se había dado cuenta de que Anthony estaba demasiado dañado para retribuirlo correctamente? ¿O es que entendía la necesidad de Anthony de llegar a Marguerite? Infierno, no entendía nada.

Vislumbró un coche acercándose y aumentó su ritmo. Decirle a Marguerite la verdad sobre sus deseos sexuales sería una cosa honesta, pero, maldita sea, ella le gustaba. Ella quería estar con él. ¿Podría mantener la fachada de que todo era perfecto en su vida por mucho más tiempo? Marguerite no era tonta, y parte de él deseaba confiar en ella, para ver si todavía lo quería a pesar de sus defectos.

—Maldición, —Anthony maldijo entre dientes.

Estaba demasiado cansado para contemplar su futuro esta noche. Suspiró.

David sin duda lo había agotado. Mañana llegaría muy pronto para reflexionar sobre lo que había aprendido y tratar de darle algún sentido a la forma en que debería continuar.

CAPÍTULO 09 Marguerite salió apresuradamente de la secreta entrada trasera de la casa del placer sobre Barrington Square y se dirigió hacia el parque. Discretamente escondidas en su bolso tenía una selección de pequeñas esponjas marinas y un poco de aceite de tanaceto, cortesía de su madre. Sus mejillas todavía se sentían calientes después de las francas explicaciones de Helene, pero Marguerite estaba agradecida, a pesar de

todo.

Para su continua sorpresa, su madre no había exigido ningún detalle del motivo por el cual de repente Marguerite estaba dispuesta a escuchar una charla acerca de cómo evitar el embarazo. Marguerite sospechaba que Helene estaba contenta de que su hija estuviera contemplando la posibilidad de hacer el amor con alguien y se había abstenido de cuestionarla por temor a distanciarla a Marguerite completamente. Helene no era así en absoluto, pero Marguerite estaba agradecida por el indulto.

El reloj de la torre de la iglesia en la esquina de la atestada cuadra indicó las once, y Marguerite apresuró sus pasos. Tenía que ir a lo de los Lockwoods para celebrar el cumpleaños de Charles Lockwood. En realidad, no tenía ganas de asistir, pero su suegra había insistido, y había prometido a regañadientes hacer acto de presencia. Los Lockwoods en masa no estaban muy contentos de verla, pero a ella siempre le había gustado Charles, el hermano menor de Justin, y estaba dispuesta a enfrentarse a los demás por su causa.

Manchas de lluvia oscurecían las losas delante de ella, y las nubes cubrían el brillo del sol. Por lo general era mucho más rápido cruzar por los jardines de las plazas adyacentes que ir por las calles invadidas en su coche. Pero no había contado con la lluvia. Marguerite recogió su falda de muselina de color verde pálido y corrió hacia los imponentes escalones blancos de la Casa Lockwood. Con la cabeza baja, no estuvo totalmente sorprendida cuando se chocó con otra persona que también subía los escalones.

—Perdón, señor, —exclamó mientras él la estabilizaba del codo y evitaba su caída. —No podía ver a dónde iba.

—Me di cuenta de eso.

La sonrisa del hombre era afligida como si ella de algún modo lo hubiera

herido en su precipitada estampida. Marguerite se soltó de su alcance, se enderezó el sombrero y lo agitó con una pequeña reverencia.

—Como he dicho, me disculpo. ¿Le he hecho daño?

Mantuvo la mirada fija, su rostro pálido e inescrutable, y sus claros ojos azules fijos en ella. Lo que ella podía ver de su cabello era color negro cuervo, haciéndole a suponer que estaba en sus treinta y pocos años.

Llevaba una chaqueta de corte simple de color azul oscuro, pantalón negro y botas bien lustradas, que brillaban a pesar de la penumbra.

—No, en absoluto, ma’am. —Él le ofreció su brazo. —¿Entramos?

Marguerite vaciló, pero él no siguió adelante. No era un miembro de la familia Lockwood que hubiera conocido antes, pero eso no significaba que él no tuviera perfecto derecho de estar en la fiesta. A regañadientes puso sus dedos sobre su prístina manga y se dirigió al interior. Él se quitó el sombrero, esperó a que ella le diera su pelliza al lacayo y subió las escaleras hasta el salón a su lado. Ella no podía quejarse de sus modales, pero había algo en su completa apreciación que la inquietaba.

—¿Marguerite?

Levantó la vista cuando Lady Lockwood se acercaba a ella. —Buenos días, ma’am.

Lady Lockwood rozó sus labios contra la mejilla de Marguerite y luego se volvió hacia su compañero. —No sabía que eras conocido de mi nuera, Lord Minshom. ¿Justin os presentó?

Marguerite dio un pequeño paso para alejarse de su silencioso compañero.

—No hemos sido formalmente presentados. Simplemente llegamos casi juntos, y Lord Minshom tuvo la amabilidad de escoltarme.

—Ha sido un placer, milady.

—Minshom es un pariente lejano por parte de mi padre. Su madre y yo nos conocimos como debutantes y nos casaron en el mismo año. —La sonrisa de Lady Lockwood era cariñosa y mucho más cálida que la que le había ofrecido a Marguerite. —Creo que soy una de sus padrinos.

Lord Minshom se inclinó ante las dos, su sonrisa deslumbrante, sus pálidos ojos fríos. —Creo que lo eres, a pesar de que apenas tienes la edad suficiente.

Lady Lockwood se rió y le tocó la manga con su abanico. —Eres un ligón incorregible. Ahora te ruego que no te olvides de darle tus buenos deseos a Charles en persona. Está en la ventana con la dulce querida Amelia. —Ella asintió y volvió a la multitud charlando, dejando a Marguerite desamparada con su silencioso compañero.

Él se inclinó ligeramente. —Mi sentido pésame por la muerte de su marido. A pesar de la disparidad de nuestras edades, consideraba a Justin como un amigo.

Marguerite inclinó la cabeza. —Gracias, milord. Fue una tragedia terrible.

—En efecto. ¿Las autoridades nunca procesaron a nadie por el duelo?

—Creo que no, señor, —dijo Marguerite cautelosamente. —Hasta donde sé, el hombre huyó del país.

Lord Minshom sonrió y mostró sus perfectos dientes blancos. —Suena casi decepcionada. ¿Hubiera querido hacer justicia sobre él con sus propias manos?

Marguerite se encontró con su mirada divertida. —Me hubiera gustado escuchar su versión de los hechos. Los informes que he recibido sobre la causa del duelo fueron muy confusos.

Él se encogió de hombros. —Creo que ese es a menudo el caso cuando los

hombres están bebidos. Dicen y hacen cosas que son contrarias a su verdadera naturaleza.

—Habiendo conocido a ambos, todavía me resulta difícil entender exactamente por qué decidieron luchar hasta la muerte.

—¿Usted conoció a Sir Harry?

—Así es, de hecho, nos acompañó en nuestra luna de miel por Europa.

—¿De verdad? Qué divertido.

Marguerite alzó la barbilla. —Difícilmente lo consideraría divertido, señor, ya que mi esposo murió por su culpa.

—Touché3, milady. —Él encontró su mirada, sus ojos tan duros como los de ella. —Los hombres son animales en el fondo, Lady Justin, no olvide eso. —Hizo un gesto hacia la ventana donde Charles estaba rodeado de sus amigos. —¿Vamos a ir a rendirle homenaje?

Le tomó la mano y la condujo de nuevo hacia adelante antes de que ella tuviera la oportunidad de escapar de él. ¿Y por qué ella deseaba hacerlo?

Su discurso franco no sólo la había alarmado, sino que también la sorprendió. Por lo menos fue honesto. Fue probablemente la única persona presente que se tomaría la molestia de hablar con ella acerca de Justin.

Todos los demás evitaban el tema a toda costa.

Marguerite dudó y dio unas palmaditas en su bolso.

—Por favor, siga adelante. Tengo un regalo para Charles. Tengo que encontrarlo antes de reunirme con él.

Se volvió hacia una pequeña mesa cerca de la pared y apoyó su bolso en la superficie. Después de desatar los nudos, abrió el gran bolso y rebuscó en el interior el pequeño paquete.

—¿Puedo ayudarle, ma’am?

Saltó al darse cuenta que Lord Minshom había permanecido a su lado y ahora estaba mirando por encima de su hombro el contenido expuesto de su bolso. Sintió que sus mejillas se enrojecían. Quizá no se haya dado cuenta de las esponjas y los aceites. Era poco probable que un hombre de su posición se interesara siquiera en cómo una mujer podía protegerse a sí misma. Afortunadamente, ella agarró el pequeño regalo envuelto y apretó las cuerdas de su bolso.

—Gracias, señor, pero he encontrado lo que buscaba.

Para su alivio, él no dijo nada y simplemente la siguió hacia donde estaba Charles.

—¡Marguerite, qué bueno verte!

—Es maravilloso verte a ti también, Charles, y te deseo un feliz cumpleaños. —Lo besó en la mejilla, retrocediendo rápidamente cuando Amelia, su esposa, se aclaró la garganta.

El cordial saludo de Charles no se veía manifestado en el rostro de Amelia.

Marguerite no estaba muy segura de por qué, pero Amelia siempre la había visto como una competencia. En un esfuerzo para diseminar cualquier potencial incomodidad, Marguerite sonrió. —Buenos días, Amelia, y felicitaciones por tu buena noticia.

Amelia puso la mano sobre su vientre redondeado y sonrió con aire de suficiencia. —Gracias. Me siento muy contenta de estar llevando el heredero de un título tan antiguo y estimado.

—Amelia… —El acuciante susurro de Charles hizo que la sonrisa de Marguerite fuera más notable.

Ella le permitió a Amelia su momento de victoria, decidido a no echar a

perder la alegría de la joven pareja. Era otra pequeña manera de permanecer leal a Justin y a su familia, aunque ellos no lo apreciaran.

—Tengo un regalo para ti, Charles.

Le entregó a Charles el pequeño paquete, esperando ansiosamente mientras lo abría para revelar el retrato en miniatura de Amelia en el que ella había estado trabajando.

—Es hermoso. —Charles levantó la vista, la admiración claramente en sus ojos. —¿Lo has hecho tú?

Marguerite se encogió de hombros. —No es nada.

—¿Puedo? —Lord Minshom tomó el retrato y la levantó hasta sus anteojos.

—Es exquisito. Usted obviamente es una mujer con muchos talentos, Lady Justin. —Se lo devolvió a Charles. —Creo que te han dado algo que tu familia lo recordará por generaciones.

Amelia puso los ojos en blanco, pero Charles asintió con la cabeza. —

Estoy de acuerdo. Gracias, Marguerite, lo llevaré conmigo siempre.

Marguerite miró a su alrededor a las otras personas del grupo y vio algunos de los rostros que aún eran hostiles. ¿Y quién podía culparlos?

Ella había permitido que la familia se destruyera de muchas maneras.

Definitivamente era hora de emprender la retirada.

—Fue un placer verlos a ambos otra vez, pero desgraciadamente, tengo que irme. La Sra. Jones está enferma y le prometí regresar a su lado tan pronto como me sea posible.

En realidad, la Sra. Jones estaba durmiendo debido a los efectos de excederse en la cena la noche anterior, pero los Lockwoods no necesitaban

saber eso. La incompetencia de la chaperona de Marguerite le sentaba perfectamente, y ella no tenía deseos de sustituirla.

Charles suspiró. —Siento que te vayas, Marguerite. Te invitaremos a la cena cuando Amelia se sienta mejor con el embarazo.

—Eso sería muy agradable. —Marguerite se encontró con los ojos de Amelia y supo que la invitación no se produciría, pero ella sonrió, a pesar de todo. —Ahora tengo que ir a saludar a tu madre.

Charles la arrastró en un abrazo y aprovechó la ocasión para susurrarle al oído. —Siempre pienso en Justin en días como este. Lo extraño como el infierno, ¿tú no Marguerite?

—Oui, —susurró. —Y creo que estaría muy orgulloso de ti.

La soltó con otra sonrisa, y fue a buscar a Lady Lockwood, dispuesta a repetir su historia sobre la Sra. Jones y poder escaparse. Con una pequeña oración de agradecimiento, se dirigió hacia abajo de las escaleras y esperó en el vestíbulo de frío mármol para que el lacayo fuera a buscar sus cosas.

Un retrato de los niños Lockwood por encima de la chimenea le llamó la atención, y se acercó para estudiar el inocente rostro de Justin.

Después que había muerto, había intentado pintar un retrato de él pero no había podido captar su esencia. Sus recuerdos eran demasiado dolorosos para permitir que su talento salga a la superficie. ¿Habría ganado peso en la actualidad como Charles? ¿O todavía sería tan alto y elegante como el misteriosamente categórico Lord Minshom?

—¿Lady Justin?

Como invocado desde su imaginación, Marguerite volvió a encontrar a Lord Minshom en la parte inferior de la escalera. Tomó su chaqueta del lacayo y se lo tendió.

—Noté que ha llegado caminando. ¿Me permite que la acompañe a casa?

Marguerite empujó un brazo dentro de la manga de la chaqueta que él sostenía para ella. El limpio aroma florido de su cuerpo la rodeó mientras él la envolvía con la gruesa tela.

—No me gustaría desviarlo de su camino, señor. —Ella miró dubitativamente hacia la puerta, que el lacayo ahora sostenía abierta, y vio la lluvia constante.

—Sería un placer, milady. Sólo tenía la intención de permanecer por unos momentos, por lo que podemos irnos de inmediato. Di instrucciones a mi cochero para que hiciera caminar a los caballos en lugar de detenerlos.

La tomó del brazo y la guió por los resbaladizos escalones dentro de su lujoso coche. Marguerite se acomodó en el asiento y esperó a que él tomara el lugar frente a ella. Ella le dedicó una sonrisa vacilante.

—No le he dicho donde vivo.

Se encogió de hombros. —Le pregunté a Lady Lockwood. Mi cochero ya tiene su dirección.

—¿Estabas tan seguro que le permitiría acompañarme, entonces?

—¿Con este tiempo? Habría sido tonta de no hacerlo. Y no me parece una mujer tonta. —Se movió en el asiento, colocando su brazo a lo largo del respaldar para sostenerse a sí mismo contra el movimiento del coche. —Y

siempre he querido conocerla.

—¿Por qué?

—Porque he oído mucho acerca de usted de Justin y Sir Harry. —Su mirada era intensa. —Ambos la encontraban hermosa e irresistible.

Marguerite se las arregló para dirigirle una tensa sonrisa aún cuando su garganta se secó. Más temprano Lord Minshom había parecido sorprendido de saber que ella había conocido a Sir Harry. A pesar de su apariencia benigna, este hombre era afilado como una aguja y, como amigo de Justin, no necesariamente inclinado a que a ella le gustara.

—No pretendo ser una belleza, señor.

Él la consideró por un largo rato, con la cabeza en ángulo hacia un lado. —

Usted no tiene que pretender nada. Usted es hermosa —Él frunció el ceño.

—Me recuerda a alguien, pero no puedo dar en la tecla.

Su corazón se aceleró y golpeó en su pecho. ¿Era uno de los clientes de su madre? Tenía el aspecto de un hombre que podría pagar las altas cuotas de la casa del placer y tenía el apetito para disfrutar de ella.

—Ah tal vez, es esto. —Él chasqueó los dedos haciéndola saltar. —Creo que la vi en el teatro la otra noche con un conocido mío, Lord Anthony Sokorvsky.

—Yo estaba en el teatro, señor. Fue muy agradable.

—Estoy seguro que sí. Y Sokorvsky puede ser buena compañía cuando quiere. —La desdeñosa sonrisa de Lord Minshom se encendió. Había un inconfundible filo en su voz cuando hablaba de Anthony.

Desesperadamente, Marguerite se preguntó cómo cambiar el tema.

—¿Vive cerca de los Lockwoods, Lord Minshom?

—En realidad tengo una casa en Hanover Square. Eso no es lejos de donde usted vive en Maddox Street. —Cruzó una pierna sobre la otra. —Me parece recordar haber visitado esa casa cuando yo era un niño en una reunión de ancianas familiares de Justin que tenían un montón de gatos.

—Eso es correcto, señor. Los Lockwoods me ofrecieron la casa después de

la muerte de la señorita Priscilla. Fue muy amable de su parte.

Lord Minshom arqueó sus cejas oscuras. —No lo creo. Como la viuda de su hijo mayor, se podría esperar mucho más… ¿un lugar en su casa y su afecto, tal vez?

Qué interesante que él haya captado la falta de acogida hacia ella de los Lockwoods y que tuviera el descaro de mencionarlo. —¿Y qué si yo no deseaba vivir con los Lockwoods?

Él la miró y asintió. —Puedo ver cómo la hicieron sentir que no era bienvenida.

Ella levantó la barbilla. —No me quejo, señor. La familia ha sido más que generosa.

—Por supuesto.

Marguerite miró por la ventana al doblar una esquina y una hilera de familiares casas adosadas apareció. Empezó a recoger sus cosas y se ató las cintas de su sombrero.

—Gracias por traerme a casa, Lord Minshom.

Él sonrió cuando el coche se acercaba a su destino. —Fue un placer. —Él se movió a lo largo del asiento hacia la puerta que su cochero ya estaba abriendo. —Como he dicho, siempre he querido conocerla.

Marguerite agachó la cabeza para salir del carro y fue detenida por los dedos duros de Lord Minshom que se cerraron alrededor de su brazo.

—Por lo menos permítame que la acompañe hasta su puerta.

Ella suspiró mientras él salía del coche delante de ella y esperó hasta que la ayudó a bajar. La lluvia casi había cesado, a pesar de que las nubes

negras seguían desplazándose por encima.

Lord Minshom le besó la mano enguantada, su expresión una vez más imposible de leer.

—Adiós, Lady Justin. Espero que nos veamos de nuevo pronto.

Espero que no. Marguerite balanceó una reverencia y logró devolverle una sonrisa antes de apresurarse hacia su puerta. Lord Minshom la dejaba inestable, su íntimo conocimiento tanto sobre la familia Lockwood como sobre su difunto marido la ponía nerviosa. ¿Exactamente cuán cerca de ser un amigo había estado de Justin?

Peor aún, si era un cliente habitual de la casa del placer, podría conocer exactamente dónde estaban los gustos sexuales de Justin y cómo había elegido disfrutar de ellos. Incluso podría conocer a su madre. Detrás de esa insípida sonrisa, ¿Lord Minshom abrigaría rencor hacia la mujer que había causado la muerte de Justin, y si era así, cuáles eran sus intenciones?

CAPÍTULO 10 —Anthony, ¿todavía estás aquí? Estaba a punto de cerrar.

Anthony levantó la cabeza del documento al que estaba echando un vistazo. Su oficina estaba tan oscura que apenas veía la silueta de Peter en la puerta. Con un gemido, dejó caer su pluma y flexionó sus dedos.

—No me he di cuenta que era tan tarde.

Peter se inclinó sobre la jamba de la puerta y cruzó sus brazos. —Sé que Val y yo te pedimos que trabajaras muy duro, pero no esperamos que te mates a ti mismo.

—No lo haré. Solo quería terminar esto.

—¿Y has terminado?

Anthony suspiró. —Supongo que tendré que hacerlo. —Echó una mirada al reloj y se levantó de golpe. —¡Maldición! Tenía una invitación para cenar a las ocho.

La risa ahogad de Peter llenó la habitación. —Entonces, debes darte prisa.

A las damas no les gusta cuando llegas tarde.

Anthony dejó de abrocharse su abrigo. —¿Cómo sabes que es una dama la que me invitó a cenar, y eso es realmente la verdad?

Peter sonrió. —Nunca te he visto moverte tan rápidamente antes, así que asumí que no ibas a casa. Y, en verdad, todas las mujeres que he conocido no llevan bien ser ignoradas.

Anthony cogió su sombrero y sus guantes y titubeó en la puerta. —

¿Piensas que un hombre debe siempre decir a una dama la verdad sobre él mismo?

—¿Sobre por qué llega tarde a la cena, o estás hablando en términos más generales?

—Más en general.

Peter le consideró. —Pienso que depende del tipo de relación que tengas.

Por ejemplo, Abigail conoce todo sobre mí y mi menos-que-perfecto pasado, aun así me ama. —Su leve sonrisa murió. —Desafortunadamente, no todas las mujeres son tan aceptadoras.

Anthony jugueteó con su sombrero. —No sé cuanto debo revelar sobre mis gustos sexuales.

—¿Confías en ella?

Anthony pensó en ello, imaginando los azules ojos y la cara seria de Marguerite. —Sí.

—Entonces cuéntaselo.

—¿Y si se aleja de mi por repugnancia?

—Entonces no era la mujer perfecta para ti, ¿verdad?

Anthony suspiró y caminó hacia la oficina principal, la que por una vez estaba tranquila y desierta. —No estás siendo de mucha ayuda.

—Lo sé. —Peter palmeó a Anthony en la espalda. —Cuéntala algo de ello, entonces, pero por el amor de Dios, no mientas.

Anthony le deseó buenas noches, echó una cautelosa mirada alrededor de las desoladas, sucias calles y decidió caminar a la calle principal para encontrar un coche de alquiler. A pesar de atender a su trabajo, había pasado la mayor parte del día preguntándose que debía contarle a Marguerite y cómo reaccionaría ella.

Una cosa estaba clara. No podía permitir que le viera como un perfecto caballero; no estaba a gusto con toda esa pretensión. Ella realmente le gustaba y quería su respeto. Pero ¿qué podía decir que no la horrorizara?

Nada.

Su vida entera era una serie de humillaciones. ¿Por qué demonios ella desearía relacionarse con él de todos modos? En esa nota sombría, hizo señas a un taxi y se dirigió a la casa de Marguerite en Maddox Street.

Marguerite metió su cuchara del bol de la tonta carabina enfrente de ella y lentamente absorbió la tarta de frutas de la plata. Quizá era realmente tonta. La Sra. Jones se había ido a la cama, dejando a Marguerite todavía esperando en la mesa que el querido, querido Anthony apareciera. En

anticipación a su visita, se había puesto su vestido favorito, permitió a su doncella rizar su pelo en una cascada de rizos y prescindió de sus enaguas.

Y él no había llegado. Marguerite tomó otro trago de su vino rojo y saboreó el sabor acido. Deseaba retorcerse en su asiento, caminar por el cuarto, hacer algo para librarse del deseo frustrado que se escondía bajo su piel. Se sentía como una gata en la cocina del convento que maullaba y arañaba para que la dejaran salir cuando los machos se congregaban para darle una serenata en los jardines.

Tanto para estar preparada para tener una oportunidad con otro hombre…

los dedos de Marguerite se ondularon sobre el bol de cristal. Si Anthony aparecía en ese momento, se encontraría a sí mismo cubierto de pegajoso pudin verde.

Hubo un golpe en la puerta y su mayordomo apareció. —Milady, hay un hombre que quiere verla. Es algo tarde. ¿Quiere que le haga irse?

—Está bien, Jarvis. Invítale a pasar y puedes retirarte.

—Por supuesto, milady.

Marguerite se recostó en su silla mientras Anthony entraba a zancadas en la habitación. Su oscuro pelo estaba desordenado, sus mejillas sonrojadas como si hubiera estado corriendo. Ella señaló el reloj en la repisa de la chimenea.

—Llegas tarde.

Él hizo una reverencia. —Lo sé. ¿Aceptarías mis profundas disculpas?

—Depende de lo que hayas estado haciendo en vez de honrar tu compromiso conmigo.

Su sonrisa fue cautelosa. —Estaba en el trabajo y me olvidé del tiempo.

—¿Tu trabajo es más importante que yo?

Suspiró y se sentó en la fina silla dorada junto a ella. —Por supuesto que no. Es solo que con mi trabajo en peligro, a veces me esfuerzo demasiado para demostrar mi valía.

—¿Por qué está tu trabajo en peligro?

Se encogió de hombros. —Porque se suponía que solo sería temporalmente, y ahora mi padre y Val quieren que lo deje y viva como un auténtico caballero.

—¿Quieren que holgazanees?

—Eso parece.

—Eso es ridículo.

La miró entonces, sus vivos ojos azules llenos de risa, y cogió sus manos.

—No puedo dejar de estar de acuerdo contigo.

Ella soltó sus manos alejándolas, no precisamente preparada para perdonarle todavía, su valor alentado por las dos copas de vino rojo que había bebido antes. —¿Has comido?

Examinó el arsenal de platos en la mesa y tragó con fuerza. —

Desafortunadamente no.

Le hizo un gesto con la mano. —Entonces sírvete a ti mismo.

Esperó mientras él reunía para sí mismo una gran plato de comida fría, le sirvió una copa de rico vino rojo y después se recostó para terminarse su postre.

—¿Puedo decirte que luces hermosa esta noche?

Marguerite frunció el ceño a su vestido favorito y luego a él. —¿No decidimos que no usarías esa palabra?

—¿Por qué te ofende tanto?

Marguerite se encogió de hombros. —Mi madre es hermosa.

—Lo es, ¿pero eso quiere decir que tú no puedes ser hermosa también?

¿Crees que ella se ofendería?

—No, por supuesto que no. Es solo que odio ser juzgada por mi apariencia.

—¿Pero cómo más te juzgaría un hombre? No es como si cualquiera de nosotros pudiera ver dentro de una persona en un primer encuentro.

Marguerite tragó con fuerza. —Justin dijo que se enamoró de mi cara en nuestro primer encuentro.

—Ah, entiendo. —Anthony dejó su tenedor.

—¿Por qué tú mismo eres tan hermoso?

Él hizo una mueca. —Eso no, pero he oído describirme a mí mismo como un hombre apuesto.

—Lo eres.

—Gracias. —Su sonrisa se atenuó. —Pero también me harto de ser caracterizado como un encantador idiota inútil.

—No pienso que seas un idiota, pero me pregunto porque un hombre con todos tus atributos no está casado todavía.

—Solo tengo veinticinco.

—Pero también eres el hijo de un marqués.

—El segundo hijo. Y, como mi hermanastro ha sido bastante complaciente al proveer a mi padre con un nieto, no tengo ninguna razón para casarme de todas formas.

Marguerite contempló a Anthony. —Debe haber sido difícil para ti cuando Valentín regresó de la muerte.

Él levantó la mirada, su expresión endurecida. —¿Estás intentando sugerir que estoy celoso de mi hermano?

—¿Lo estás?

—En absoluto. En verdad, estuve aliviado cuando él regresó. Alejó la obsesiva atención de mi madre de mí.

—Entonces, si no son celos, ¿qué ocultas detrás de esa hermosa cara que te hace evitar tus obligaciones sociales durante todos estos años?

—¿Por qué asumes que oculto algo?

Abrió los ojos de par en par ante él. —Fuiste el que sugirió que había más de ti que esa cara bonita.

La miró fijamente, su boca en una fina línea. —¿Estás intentando comenzar una pelea porque llegué tarde?

—No simplemente por eso.

Él vació su copa de vino y lo colocó sobre la mesa con un golpe. —Me he disculpado, ¿Qué más puedo hacer?

—Cumplirme tu promesa.

—¿Qué promesa?

—Ser honesto.

Él suspiró. —Dios, Marguerite, a veces me recuerdas a tu madre.

—Tomaré eso como un cumplido. Ahora, cuéntame lo que hay debajo de tu encanto y buenas miradas.

Él rellenó su copa y la suya propia; sus manos temblando, derramando el vino rojo sobre el blanco mantel de damasco. Su sonrisa se había ido y había una desolación en sus ojos que le hizo parecer el extraño que él proclamaba ser.

Inhaló lentamente. —Me gusta tener sexo con hombres así como con mujeres. —La miró de frente. —¿Eso es bastante honesto para ti?

El pecho de Marguerite se apretó, y luchó contra el absurdo deseo de reír.

¿Qué fue lo que la atraía hacia semejantes hombres? ¿Y era eso por lo que Christian la había presentado a Anthony? Tomó otro sorbo de su vino y siguió mirándole fijamente.

Anthony se encogió de hombros. —¿Bien?

—Bien, ¿qué?

—¿Te he asqueado? Realmente te he dejado casi sin habla.

Ella se lamió sus labios, probando el acido sabor de las uvas. —No estoy asqueada.

—¿Por qué no? —Su boca se torció. —Algunas veces me doy asco a mí mismo.

—Eso es comprensible cuando tales relaciones amorosas pueden dar lugar

a severas sanciones bajo la ley. —Ahora sonaba como una remilgada y correcta como una institutriz, pero era difícil enmarcar sus respuestas cuando su corazón estaba latiendo tan violetamente. ¿Estaba empezando a dar una segunda oportunidad a su propia compleja naturaleza sexual?

¿Podría ayudar a Anthony ya que no había sido capaz de ayudara a Justin?

Encontró la mirada de él, observando la frágil tensión en ella. —Esto no ha detenido mi deseo por ti, si eso es por lo que estás preocupado.

Dejó escapar su aliento. —¿Estás segura?

—Por supuesto que lo estoy.

Se levantó tan rápido que su silla se volcó, y tiró de ella hacia sus brazos.

—Gracias Dios.

Ella luchó para liberar su mano y la curvó sobre su cuello, acercando la cara de él a la suya. Los labios de él acariciaron su boca y ella se estremeció.

—Marguerite, deseo llevarte a la cama. ¿Me dejarás?

Ella asintió con la cabeza, y él cogió su mano y la arrastró hacia la puerta.

El pasillo estaba desierto, la casa en silencio. Le condujo escaleras arriba y a su dormitorio en la parte de atrás de la casa. Una sola vela ardía en el candelario, y el balanceante fuego brillaba en la chimenea. Atrapó el olor de su propio perfume, el polvo que utilizaba en su cara, el olor a quemado de las tenacillas.

Anthony cerró la puerta y se recostó contra ella, su expresión en sombras, la tensión de su cuerpo palpable.

—¿Realmente me deseas?

—Oui.

Ella levantó su mano para sacarse los alfileres de su pelo, observándole dar un inestable paso hacia ella y supo que todo estaría bien.

Anthony vio caer el oscuro pelo de Marguerite sobre su cara y hombros y tragó con dificultad. ¿Qué demonios se suponía que debía hacer ahora?

¿Levantarla, lanzarla a la cama y violarla? Su polla estaba casi dura e impaciente para cualquier cosa, pero su mente… Su pobre experiencia con mujeres subió para reírse de él, para hacerle incapaz de hablar o actuar.

Marguerite se aproximó más cerca, y él inhaló el dulce perfume de violetas. Ella se giró de espaldas a él.

—¿Podrías ayudarme a salir de este vestido, por favor?

Sonaba casi tan asustada como él se sentía. Miró fijamente los pequeños botones y se preguntó si sus grandes dedos romos podrían manipularlos sin temblar demasiado. Lo intentó con el primero, respirando con más facilidad cuando resbaló libre con facilidad. Su corpiño se echó hacia delante, dándole una excelente visión no solo de las cremosas pendientes de sus hombros sino de la parte de arriba de sus pechos.

Deseaba probar su piel. Con un gemido, agachó su cabeza y tocó con sus labios su garganta. Ella suspiró y se inclinó contra él, los dedos de él aplastados entre los de ella, el corazón de él acelerado.

—Desata mi corsé también.

Examinó las cintas atadas en espiral antes de deducir como liberarla y se puso a trabajar sacando las largas cintas a través de los agujeros. Su boca estaba seca, su respiración desigual. Una cosa era servir sexualmente a una desconocida mujer en la casa del placer, pero hacer el amor a Marguerite, una mujer a la que deseaba y le gustaba, era una ecuación completamente diferente. ¿Percibiría su falta de habilidad?