Plaga Roja por Luis Alberto Ramirez (Katungo) - muestra HTML

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Novela

 

“Plaga roja”

 

PROLOGO

 

 

Las anécdotas que han dado origen a esta obra son un conjunto de vivencias del autor mezcladas con algo de fi-cción. Pertenecen a la legendaria épica de la vida dentro de las cárceles cubanas y a la realidad de Cuba. Son en si un compendio de relatos que de una manera refrescante el autor pretende dar a conocer para entretener e informar al lector de algunas cosas que ocurren y pretenden vivir ocultas.

 

El núcleo de las anécdotas es verídico, todo lo demás es fantásticamente elaborado por su autor en forma rápida pero detallada, de manera  que el lector comprenda el peligro al cual pueden enfrentarse las sociedades libres: es un tejer en  la tela débil pero contundente de una araña que no desea que su presa se le escape; una ensoñación alrededor del relato que se engrandece a través de la prosa para que se com-prenda fácilmente el cotidiano vivir de una sociedad casi muerta.

 

Para que el verbo deje de convertirse en silencio, para que el peligro salga a flote como cual mancha de aceite rojo en medio de la copa de vino blanco. Para que la palabra evoca-dora tome su lugar en medio de la irresponsabilidad de los mercaderes sin conciencia y sin previsión del peligro, para que un mundo seguro se abra paso ante tanto desacierto, ante tanta mediocridad. Para que los intereses económicos y de poder den paso a la razón, a la razón que nos llevará por el camino de la felicidad, en caso de que mi humilde denun-cia sea comprendida, en caso de que el amor se sobreponga por encima del odio y el egoísmo.

 


Mi  verbo es una vigilia en la casa oscura y dormida de un mundo oscuro, con los ojos del corazón abiertos para no perder el hilo de lo modestamente previsto, haciéndome ensañar sobre un paisaje de mucha destrucción que puede venir, que se enseñorea por encima de la ignorancia, por encima del egoísmo, por encima de la vida y por encima del futuro. Lean pues esta obra en forma constructiva, que el pesimismo no los deprima, que no afecte vuestras espe-ranzas, porque ellas serán firmes tal cuanto vosotros queráis  que sean.

 

 

 

 

 

 


                                     

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“Plaga roja”

 

 

 

 

 

 

 

 

Un sacerdote se acerca a pasos firmes, sus zapatos negros con excesivo brillo resuenan en el silencio del angosto pasi-llo iluminado abundantemente; la losa de  porcelana blanca que cubre el piso deja ver con suma claridad el reflejo de las lámparas de las luces brillantes que en el techo iluminan el lugar; poco a poco, mientras los pasos se acercan, se va dejando ver la figura del hombre de pasos firmes, pero con aspecto abrumado, triste. Viste pantalón negro, camisa negra y una sotana de un muy oscuro azul decorada con solapa color violeta perlada. Los brazos los trae cruzados a la altura de la cadera sosteniendo un libro grueso de cubierta dura de color carmelita y entre los dedos se entrelaza un rosario púrpura.

 

Mientras  se acerca, más fuerte es el sonido que emiten el calzado y el piso en exacta armonía. De repente se detiene, es la figura del sacerdote un tipo alto, delgado, de unos cincuenta años aproximadamente, tez blanca, cabello gris cortado a la perfección. Deja caer los brazos y  los aco-moda a los costados de su cuerpo, da un giro a la izquierda (hace un gesto de cabeza y exhala profundamente) espera.


 

Una puerta se abre desde un oscuro recinto, suavemente se ve la claridad que aparece después del sonido metálico que emite la puerta al abrirse, poco a poco la luz se hace mas intensa, detrás de ella, la figura del sacerdote se hace visible, pero por  lo intenso de la claridad no se distingue con exactitud sus rasgos físicos. La puerta se abre en toda su amplitud, el sacerdote da unos pasos al frente hasta dejar atrás la brillante abertura. La puerta comienza a cerrarse lentamente hasta hacer desaparecer la luz.

 


Una lámpara que cuelga del techo se enciende y regala a la estancia una tenue claridad amarilla que solo alcanza para iluminar  la mesa acompañada de dos sillas a cada lado que reposan justamente al centro del lugar. En una de ellas, la que queda frente al sacerdote, se acomoda la figura de un hombre; no se distingue muy bien su silueta, solo se ve un leve reflejo de su rostro.  Una bocanada de humo mezclada con la tenue luz amarilla hace que se enrarezca aun más el ambiente. La campana de la lámpara se mueve suavemente al compás del humo que danza con lentitud camino al techo. Todo indica que fue el hombre que espera en aquel cuarto oscuro quien se apresuró a encender la lámpara una vez se cerró la puerta detrás del sacerdote. El cura camina lenta-mente al encuentro del individuo, se detiene justamente a un costado de la silla que reposa frente a la figura enrarecida del hombre humeante, con su mano derecha retira un poco la silla de la mesa y se sienta, se acomoda arrastrando su cuerpo con la silla a la mesa, pone la Biblia y el rosario encima. Se persigna.

 

-En nombre del Padre, del hijo y del espíritu santo.

 

 

 



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“Plaga roja”

 

 

 

 

 

 

 

 

La casa estaba rodeada, la cinta amarilla que la policía coloca para prohibir la entrada al lugar de toda persona no autorizada se hacía aparatosamente visible al entrar en la estrecha calle. Las luces azules y rojas de más de diez autos patrulleros destellaban al compás del sonido de muchos otros que llegaban exagerando su profesionalismo y sonando sus bocinas. Los uniformados caminaban y habla-ban despreocupadamente como si no les interesara lo que allí había sucedido. Algunos chismosos curioseaban y con-versaban casi en susurros, como comadrejas asustadas escondidas detrás del arbusto a la espera que su depredador se retire. Los reporteros de todas las razas e idiomas comu-nicaban cámara enfrente a sus respectivos canales de tele-isión lo que allí estaba aconteciendo; otros hacían preguntas a cualquier policía que por su lado pasaba, luego apuntaban notas nerviosamente en pequeñas libretitas. Más parecía un hormiguero aquel pequeño barrio, que la escena donde se había producido un sangriento crimen.

 

 

Era un vecindario pacifico, como casi todos los de Hialeah,  habitados por cubanos en su mayoría, que han emigrado de su país en busca de un mejor vivir, y en el mayor de los casos, escapando de una política que los ahoga diariamente.

 

La casa era pequeña, modesta, tenía un bonito jardín que rodeaba el blanco portal, en el interior un modesto recibidor, una estrecha cocina, dos dormitorios, un baño y una peque-ña sala.


 

Una mujer de aproximadamente 30 años, vestida con una bata de dormir escandalosamente colorida, cabello ensor-tijado, negro como el azabache yacía en medio de la estancia; en su mano derecha sostenía un cuchillo enorme, de esos que se usan para cortar carne, y en su rostro, justo en la frente, un agujero pequeño, blanquecino en el centro con el borde de color púrpura oscuro como el que hace una bala cuando penetra ardiendo en un cuerpo en pos de la muerte; sus ojos estaban abiertos mirando fijamente a un costado, contrariados, sorprendidos, ausentes, vidriosos, muertos. Frente a ella, en la misma posición yacía un hombre de esta-tura mediana, canoso, de aproximadamente 40 años, cabello cortado al estilo militar. En su mano derecha sostenía un revolver calibre treinta y ocho, al parecer el mismo que vomitó la bala que dio muerte a la mujer.  En su cuello, justamente debajo de la mandíbula se podía observar  la huella de un disparo, no se veía agujero alguno, solo un moretón que daba a entender a las claras que una bala había entrado por ese lugar para de esa forma poner punto final a su vida.

 


No había desorden en el lugar, solo unas cuantas gavetas revolcadas que bien pudieran haberse desordenado en el furor de la discusión que supuestamente tuvo la pareja antes de llegar al desenlace fatal. La cocina estaba reluciente, al parecer nunca se trabajó en ella. Uno de los cuartos había sido convertido en oficina, una computadora, un armario con algunos libros bien acomodados adornaban el lugar, en una esquina una enorme planta plástica de bananas le daba un ambiente campestre artificial al sitio, y un bar pequeño con algunas botellas de licor hacían aun mas acogedor y compartible aquel ambiente. El otro cuarto tampoco daba señales de peleas ni discusiones, no había desorden de ninguna especie, la cama estaba bien tendida, con cojines de imitación a terciopelo de color pastel que contrastaba muy bien con el color rosa de la sobrecama; la coqueta tenía síntomas de revoltura en las gavetas pero nada sospechoso. En el closet matrimonial, en el techo, había una puertezuela que daba acceso al ático. Allí, justamente debajo había colocada una escalera de aluminio que daba a entender claramente que alguien estuvo momentos antes buscando algo, quizás el arma con que se cometió el crimen.