Platero y yo por Jiménez, Juan Ramón - muestra HTML

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Juan Ramón Jiménez

Platero y yo

(Elejía andaluza)

Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

A la memoria de AGUEDILLA, la pobre loca de la calle del Sol que me mandaba moras y claveles.

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Prologuillo

Suele creerse que yo escribí “Platero y yo” para los niños,

que es un libro para niños.

No. En , “La Lectura”, que sabía que yo estaba con ese libro, me pidió que adelantase un conjunto de sus páginas más idílicas para su “Biblioteca Juventud”. Entonces, alterando la idea

momentánea, escribí este prologo:

“Advertencia a los hombres que lean este libro para

niños: Este breve libro, en donde la alegría y la pena son gemelas, cual las orejas de Platero, estaba escrito para... ¡qué se yo para quién!... para quien escribimos los poetas líricos...

Ahora que va a los niños, no le quito ni le pongo una coma. ¡Qué bien! “Dondequiera que haya niños—dice Novalis—existe una

edad de oro.” Pues por esa edad de oro, que es como una isla espiritual caída del cielo, anda el corazón del poeta, y se

encuentra allí tan a gusto, que su mejor deseo sería no tener que abandonarlo nunca.

¡Isla de gracia, de frescura y de dicha, edad de oro de los

niños; siempre te hallé yo en mi vida, mar de duelo; y que tu brisa me dé su lira, alta y, a veces, sin sentido, igual que el trino de la alondra en el sol blanco del amanecer!

Yo nunca he escrito ni escribiré nada para niños, porque

creo que el niño puede leer los libros que lee el hombre, con determinadas excepciones que a todos se le ocurren. También

habrá excepciones para hombres y para mujeres, etc.

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Capítulo primero

Platero

Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera,

que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los

espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos

escarabajos de cristal negro.

Lo dejo suelto, y se va al prado, y acaricia tibiamente con

su hocico, rozándolas apenas, las florecillas rosas, celestes y gualdas... Lo llamo dulcemente: ¿Platero? y viene a mí con un trotecillo alegre que parece que se ríe en no sé qué cascabeleo ideal...

Come cuanto le doy. Le gustan las naranjas mandarinas,

las uvas moscateles, todas de ámbar; los higos morados, con

su cristalina gotita de miel...

Es tierno y mimoso igual que un niño, que una niña...;

pero fuerte y seco por dentro como de piedra. Cuando paso

sobre él, los domingos, por las últimas callejas del pueblo, los hombres del campo, vestidos de limpio y despaciosos, se quedan mirándolo: —Tien’ asero...

Tiene acero. Acero y plata de luna, al mismo tiempo.

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Capítulo segundo

Mariposas blancas

La noche cae, brumosa ya y morada. Vagas claridades

malvas y verdes perduran tras la torre de la iglesia. El camino sube, lleno de sombras, de campanillas, de fragancia de hierba, de canciones, de cansancio y de anhelo. De pronto, un hombre oscuro. con una gorra y un pincho, roja un instante la cara fea por la luz del cigarro, baja a nosotros de una casucha miserable, perdida entre sacas de carbón. Platero se amedrenta.

—¿Ba argo?

—Vea usted... Mariposas blancas...

El hombre quiere clavar su pincho de hierro en el seroncillo, y no lo evito. Abro la alforja y él no ve nada. Y el alimento ideal pasa, libre y cándido, sin pagar su tributo a los Consumos...

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Capítulo tercero

Juegos del anochecer

Cuando, en el crepúsculo del pueblo, Platero y yo

entramos, ateridos, por la oscuridad morada de la calleja

miserable que da al río seco, los niños pobres juegan a

asustarse, fingiéndose mendigos. Uno se echa un saco a la

cabeza, otro dice que no ve, otro se hace el cojo...

Después, en ese brusco cambiar de la infancia, como llevan

unos zapatos y un vestido, y como sus madres, ellas sabrán

cómo, les han dado algo de comer , se creen unos príncipes:

—Mi pare tie un reló e plata.

—Y er mío, un cabayo.

—Y er mío, una ejcopeta.

Reloj que levantará a la madrugada, escopeta que no

matará el hambre, caballo que llevará a la miseria... El corro, luego. Entre tanta negrura, una niña forastera, que habla de otro modo, la sobrina del Pájaro Verde, con voz débil, hilo de cristal acuoso en la sombra, canta entonadamente, cual una

princesa:

Yo soy laaa viudita

del Condeee de Oréé...

...¡Sí, sí.! ¡Cantad, soñad, niños pobres! Pronto, al amanecer vuestra adolescencia, la primavera os asustará,

como un mendigo, enmascarada de invierno.

—Vamos, Platero...

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Capítulo cuarto

El eclipse

Nos metimos las manos en los bolsillos, sin querer, y la

frente sintió el fino aleteo de la sombra fresca, igual que cuando se entra en un pinar espeso. Las gallinas se fueron recogiendo en Su escalera amparada, una a una. Alrededor, el campo enlutó su verde, cual si el velo morado del altar mayor lo cobijase. Se vió, blanco, el mar lejano, y algunas estrellas lucieron, pálidas. ¡Cómo iban trocando blancura por blancura las azoteas! Los que

estábamos en ellas nos gritábamos cosas de ingenio mejor o peor, pequeños y oscuros en aquel silencio reducido del eclipse.

Mirábamos el sol con todo: con los gemelos de teatro, con

el anteojo de larga vista, con una botella, con un cristal

ahumado; y desde todas partes: desde el mirador, desde la

escalera del corral. desde la ventana del granero, desde la

cancela del patio. por sus cristales granas y azules...

Al ocultarse el sol que un momento antes, todo lo hacía dos, tres, cien veces más grande y mejor con sus complicaciones de luz y oro, todo, sin la transición larga del crepúsculo, lo dejaba solo y pobre, como si hubiera cambiado onzas primero y luego plata por cobre. Era el pueblo como un perro chico, mohoso y ya sin cambio. ¡Qué tristes y qué pequeñas las calles, las plazas, la torre, los caminos de los montes!

Platero parecía, allá en el corral, un burro menos

verdadero, diferente y recortado; otro burro...

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Capítulo quinto

Escalofrío

La luna viene con nosotros, grande, redonda, pura. En los

prados soñolientos se ven, vagamente, no sé qué cabras

negras, entre las zarzamoras... Alguien se esconde, tácito, a nuestro pasar... Sobre el vallado, un almendro inmenso, níveo de flor y de luna, revuelta la copa con una nube blanca, cobija el

camino asaeteado de estrellas de marzo... Un olor penetrante a naranjas..., humedad y silencio... La cañada de las Brujas...

—¡Platero, qué... frío!

Platero, no sé si con su miedo o con el mío, trota, entra en el arroyo, pisa la luna y la hace pedazos. Es como si un

enjambre de claras rosas de cristal se enredara, queriendo

retenerlo, a su trote...

Y trota Platero, cuesta arriba, encogida la grupa cual si alguien le fuese a alcanzar, sintiendo ya la tibieza suave, que parece que nunca llega, del pueblo que se acerca...

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Capítulo sexto

La miga

Si tú vinieras, Platero. con los demás niños, a la miga,

aprenderías el a, b, c, y escribirías palotes. Sabrías tanto como el burro de las Figuras de cera —el amigo de la Sirenita del Mar, que aparece coronado de flores de trapo, por el cristal que

muestra a ella, rosa toda, carne y oro, en su verde elemento—; más que el médico y el cura de Palos, Platero.

Pero, aunque no tienes más que cuatro años, ¡ eres tan

grandote y tan poco fino ! ¿En qué sillita te ibas a sentar tú, en qué mesa ibas tú a escribir, qué cartilla ni qué pluma te

bastarían, en qué lugar del corro ibas a cantar, di, el Credo?

No. Doña Domitila —de hábito de Padre Jesús Nazareno,

morado todo con el cordón amarillo, igual que Reyes, el

besuguero— te tendría, a lo mejor, dos horas de rodillas en un rincón del patio de los plátanos, o te daría con su larga caña seca en las manos, o se comería la carne de membrillo de tu merienda, o te pondría un papel ardiendo bajo el rabo y tan coloradas y tan calientes las orejas como se le ponen al hijo del aperador cuando va a llover...

No, Platero, no. Vente tú conmigo. Yo te enseñaré las flores y las estrellas. Y no se reirán de ti como de un niño torpón, ni te pondrán, cual si fueras lo que ellos llaman un burro, el gorro de los ojos grandes ribeteados de añil y almagra, como los de las barcas del río, con dos orejas dobles que las tuyas.

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Capítulo séptimo

El loco

Vestido de luto, con mi barba nazarena y mi breve

sombrero negro, debo cobrar un extraño aspecto cabalgando

en la blandura gris de Platero.

Cuando, yendo a las viñas, cruzo las últimas calles,

blancas de cal con sol, los chiquillos gitanos, aceitosos y

peludos, fuera de los harapos verdes, rojos y amarillos, las tensas barrigas tostadas. Corren detrás de nosotros. Chillando largamente:

—¡El loco! ¡El loco! ¡El loco!

...Delante “está el campo, ya verde. Frente al cielo

inmenso y puro, de un incendiado añil, mis ojos —¡tan lejos de mis oídos! —se abren noblemente, recibiendo en su calma esa

placidez sin nombre, esa serenidad armoniosa y divina que vive en el sinfín del horizonte...

Y quedan. allá lejos, por las altas eras, unos agudos

gritos, velados finamente entrecortados, jadeantes, aburridos:

—¡El lo...co! ¡El lo...co!

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Capítulo octavo

Judas

¡No te asustes, hombre! ¿Qué te pasa? Vamos, quietecito

Es que están matando a Judas, tonto. Sí. Están matando a

Judas. Tenían puesto uno en el Monturrio, otro en la calle de Enmedio; otro ahí. En el Pozo del Concejo Yo los vi anoche,

fijos como por una fuerza sobrenatural en el aire, invisible en la oscuridad la cuerda que, de doblado a balcón. Los sostenía

¡Qué grotescas mezcolanzas de viejos sombreros de copa y

mangas de mujer, de caretas de ministros y miriñaques, bajo las estrellas serenas! Los perros les ladraban sin irse del todo, y los cabal os, recelosos, no querían pasar bajo ellos...

Ahora las campanas dicen. Platero, que el velo del altar mayor se ha roto No creo que haya quedado escopeta en el pueblo sin disparar a Judas Hasta aquí llega el olor de la pólvora ¡Otro tiro!

¡Otro!

...Sólo que Judas, hoy, Platero, es el diputado, o la maestra, o el forense, o el recaudador, o el alcalde, o la comadrona; y cada hombre descarga su escopeta cobarde, hecho niño esta

mañana del Sábado Santo, contra el que tiene su odio, en una superposición de vagos y absurdos simulacros primaverales.

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Platero y yo

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Capítulo noveno

Las brevas

Fue el alba neblinosa y cruda, buena para las brevas, y,

con las seis, nos fuimos a comerlas a la Rica.

Aún, bajo las grandes higueras centenarias, cuyos troncos

grises enlazaban en la sombra fría, como bajo una falda, sus muslos opulentos, dormitaba la noche; y las anchas hojas — que se pusieron Adán y Eva— atesoraban un fino tejido de perlillas de rocío que empalidecía su blanda verdura Desde allí dentro se veía, entre la baja esmeralda viciosa, la aurora que rosaba, más viva cada vez, los velos incolores del Oriente.

...Corríamos, locos, a ver quién llegaba antes a cada da

higuera. Rociíllo cogió conmigo la primera hoja de una, en un sofoco de risas y palpitaciones “Toca aquí.” Y me ponía mi mano, con la suya, en su corazón, sobre el que el pecho joven subía y bajaba como una menuda ola prisionera. Adela apenas sabía

correr, gordiflona y chica, y se enfadaba desde lejos. Le arranqué a Platero unas cuantas brevas maduras y se las puse sobre el

asiento de una cepa vieja, para que no se aburriera.

El tiroteo lo comenzó Adela, enfadada por su torpeza, con

risas en la boca y lágrimas en los ojos. Me estrelló una breva en la frente. Seguimos Rociíllo y yo y, más que nunca por la boca, comimos brevas por los ojos, por la nariz, por las mangas, por la nuca, en un griterío agudo y sin tregua que caía, con las brevas desapuntadas, en las viñas frescas del amanecer. Una

breva le dió a Platero, y ya fue el blanco de la locura. Como el infeliz no podía defenderse ni contestar, yo tomé su partido; y un diluvio blando y azul cruzó el aire puro, en todas direcciones, como una metralla rápida.

Un doble reír, caído y cansado, expresó desde el suelo el

femenino rendimiento.

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Capítulo diez

¡Ángelus!

Mira, Platero, qué de rosas caen por todas partes: rosas

azules, rosas blancas, sin color... Diríase que el cielo se

deshace en rosas. Mira cómo se me llenan de rosas la frente, los hombros, las manos... ¿Qué haré yo con tantas rosas?

—¿Sabes tú, quizá, de dónde es esta blanda flora, que yo

no sé de dónde es, que enternece, cada día, el paisaje y lo deja dulcemente rosado, blanco y celeste—más rosas, más rosas—,

como un cuadro de Fra Angélico, el que pintaba la gloria de

rodillas?

De las siete galerías del Paraíso se creyera que tiran

rosas a la tierra. Cual en una nevada tibia y vagamente colorida, se quedan las rosas en la torre, en el tejado, en los árboles. Mira: todo lo fuerte se hace, con su adorno, delicado. Más rosas,

más rosas, más rosas...

Parece, Platero, mientras suena el Angelus, que esta vida

nuestra pierde su fuerza cotidiana, y que otra fuerza de adentro, más altiva, más constante y más pura, hace que todo, como en surtidores de gracia, suba a las estrellas, que se encienden ya entre las rosas... Más rosas... Tus ojos, que tú no ves, Platero, y que alzas mansamente al cielo, son dos bellas rosas.

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Platero y yo

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Capítulo once

El moridero

Tú, si te mueres antes que yo, no irás, Platero mío, en el

carrillo del pregonero, a la marisma inmensa, ni al barranco del camino de los montes, como los otros pobres burros, como los caballos y los perros que no tienen quien los quiera. No serán, descarnadas y sangrientas tus costillas por los cuervos —tal la espina de un barco sobre el ocaso grana—, el espectáculo feo de los viajantes de comercio que van a la estación de San Juan en el coche de las seis; ni, hinchado y rígido entre las almejas podridas de la gavia, el susto de los niños que, temerarios y curiosos, se asoman al borde de la cuesta, cogiéndose a las

ramas, cuando salen las tardes de domingo, al otoño, a comer piñones tostados por los pinares.

Vive tranquilo, Platero. Yo te enterraré al pie deI pino

grande y redondo del huerto de la Piña, que a ti tanto te gusta.

Estarás al lado de la vida alegre y serena. Los niños jugarán y coserán las niñas en sus sillitas bajas a tu lado. Sabrás los versos que la soledad me traiga. Oirás cantar a las muchachas cuando lavan en el naranjal, y el ruido de la noria será gozo y frescura de tu paz eterna. Y, todo el año, los jilgueros, los chamarices y los verderones te pondrán, en la salud perenne

de la copa, un breve techo de música entre tu sueño tranquilo y el infinito cielo de azul constante de Moguer.

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Capítulo doce

La púa

Entrando en la dehesa de los Caballos, Platero ha

comenzado a cojear. Me he echado al suelo...

—Pero, hombre, ¿qué te pasa?

Platero ha dejado la mano derecha un poco levantada,

mostrando la ranilla, sin fuerza y sin peso, sin tocar casi con el casco la arena ardiente del camino.

Con una solicitud mayor, sin duda, que la del viejo

Darbón, su médico, le he doblado la mano y le he mirado la ranilla roja. Una púa larga y verde, de naranjo sano, está clavada en ella como un redondo puñalillo de esmeralda. Estremecido del dolor de Platero, he tirado de la púa; y me lo he llevado al pobre al arroyo de los lirios amarillos, para que el agua corriente le lama, con su larga lengua pura, la heridilla.

Después hemos seguido hacia la mar blanca, yo delante,

él detrás, cojeando todavía y dándome suaves topadas en la

espalda...

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Capítulo trece

Las golondrinas

Ahí la tienes ya, Platero, negrita y vivaracha en su nido

gris del cuadro de la Virgen de Montemayor, nido respetado

siempre. Está la infeliz como asustada. Me parece que esta vez se han equivocado las pobres golondrinas, como se

equivocaron, la semana pasada, las gallinas, recogiéndose en su cobijo cuando el sol de las dos se eclipsó. La primavera tuvo la coquetería de levantarse este año más temprano; pero ha

tenido que guardar de nuevo, tiritando, su tierna desnudez en el lecho nublado de marzo. ¡Da pena ver marchitarse, en capullo, las rosas vírgenes del naranjal!

Están ya aquí, Platero, las golondrinas, y apenas se las

oye, como otros años, cuando el primer día de llegar lo saludan y lo curiosean todo, charlando sin tregua en su rizado gorjeo.

Le contaban a las flores lo que habían visto en Africa, sus dos viajes por el mar, echadas en el agua, con el ala por vela, o en las jarcias de los barcos; de otros ocasos, de otras auroras, de otras noches con estrellas...

No saben qué hacer. Vuelan mudas, desorientadas, como

andan las hormigas cuando un niño les pisotea el camino. No se atreven a subir y bajar por la calle Nueva en insistente línea recta con aquel adornito al fin, ni a entrar en sus nidos de los pozos, ni a ponerse en los alambres del telégrafo, que el Norte hace zumbar, en su cuadro clásico de carteras, junto a los

aisladores blancos... ¡Se van a morir de frío, Platero!

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Capítulo catorce

La cuadra

Cuando, al mediodía, voy a ver a Platero, un transparente

rayo del sol de las doce enciende un gran lunar de oro en la plata blanda de su lomo. Bajo su barriga, por el oscuro suelo, vagamente verde, que todo lo contagia de esmeralda, el techo viejo llueve claras monedas de fuego.

Diana, que está echada entre las patas de Platero, viene

a mí, bailarina, y me pone sus manos en el pecho, anhelando

lamerme la boca con su lengua rosa. Subida en lo más alto del pesebre, la cabra me mira curiosa, doblando la fina cabeza de un lado y de otro, con una femenina distinción. Entre tanto, Platero, que, antes de entrar yo, me había ya saludado con un levantado rebuzno, quiere romper su cuerda, duro y alegre al mismo tiempo.

Por el tragaluz, que trae el irisado tesoro del cenit, me voy un momento, rayo de sol arriba, al cielo, desde aquel idilio.

Luego, subiéndome a una piedra, miro el campo.

El paisaje verde nada en la lumbrarada florida y

soñolienta, y en el azul limpio que encuadra el muro astroso, suena, dejada y dulce, una campana.

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Capítulo quince

El potro castrado

Era negro, con tornasoles granas, verdes y azules, todos de

plata, como los escarabajos y los cuervos. En sus ojos nuevos rojeaba a veces un fuego vivo, como en el puchero de Ramona, la castañera de la plaza del Marqués. ¡ Repiqueteo de su trote

corto, cuando de la Friseta de arena entraba, campeador, por los adoquines de la calle Nueva! ¡ Qué ágil, qué nervioso, qué agudo fue, con su cabeza pequeña y sus remos finos!

Pasó, noblemente, la puerta baja del bodegón, más negro

que él mismo sobre el colorado sol del Castillo, que era fondo deslumbrante de la nave, suelto el andar, juguetón con todo.

Después, saltando el tronco de pino, umbral de la puerta, invadió de alegría el corral verde, y de estrépito de gallinas, palomas y gorriones. Allí lo esperaban cuatro hombres, cruzados los

velludos brazos sobre las camisetas de colores. Lo llevaron

bajo la pimienta. Tras una lucha áspera y breve, cariñosa un punto, ciega luego, lo tiraron sobre el estiércol, y, sentados todos sobre él, Darbón cumplió su oficio, poniendo un fin a su luctuosa y mágica hermosura.

Thy unus’d beauty must be tomb’dwith thee, Which used,

lives th’ executor to be.

—Dice Shakespeare a su amigo—.

...Quedó el potro, hecho caballo, blando, sudoroso,

extenuado y triste. Un solo hombre lo levantó, y, tapándolo con una manta, se lo llevó, lentamente, calle abajo.

¡Pobre nube vana, rayo ayer, templado y sólido! Iba como

un libro descuadernado. Parecía que ya no estaba sobre la

tierra; que entre sus herraduras y las piedras, un elemento

nuevo lo aislaba, dejándolo sin razón, igual que un árbol

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

desarraigado, cual un recuerdo, en la mañana violenta, entera y redonda de primavera.

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Capítulo dieciséis

La casa de enfrente

¡Que encanto siempre, platero, en mi niñez, el de la casa

de enfrente a la mía! Primero, en la calle de la Ribera, la casilla de Arreburra, el aguador, con su corral al Sur, dorado siempre de sol, desde donde yo miraba a Huelva, encaramándome en

la tapia. Alguna vez me dejaban ir, un momento, y la hija de Arreburra, que entonces me parecía una mujer, y que ahora, ya casada, me parece como entonces, me daba azamboas y

besos... Después, en la calle Nueva—luego Cánovas, luego

Fray Juan Pérez—, la casa de don José, el dulcero de Sevilla, que me deslumbraba con sus botas de cabritilla de oro, que

ponía en la pita de su patio cascarones de huevos, que pintaba de amarillo canario con fajas de azul marino las puertas de su zaguán; que venía, a veces, a mi casa, y mi padre le daba

dinero, y él le hablaba siempre del olivar... ¡Cuántos sueños le ha mecido a mi infancia esa pobre pimienta que, desde mi

balcón, veía yo, llena de gorriones, sobre el tejado de don

José!. (Eran dos pimientas que no uní nunca: una, la que veía, copa con viento o sol, desde mi balcón; otra, la que veía en el corral de don José, desde su tronco...)

Las tardes claras, las siestas de lluvia, a cada cambio leve de cada día o de cada hora, ¡qué interés, qué atractivo tan

extraordinario, desde mi cancela, desde mi ventana, desde mi balcón, en el silencio de la calle, el de la casa de enfrente!

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Capítulo diecisiete

El niño tonto

Siempre que volvíamos por la calle de San José, estaba

el niño tonto a la puerta de su casa, sentado en su sillita, mirando el pasar de los otros. Era uno de esos pobres niños a quienes no llega nunca el don de la palabra ni el regalo de la gracia; niño alegre él y triste de ver; todo para su madre, nada para los demás. Un día, cuando pasó por la calle blanca aquel mal viento negro, no vi ya al niño en su puerta. Cantaba un

pájaro en el solitario umbral, y yo me acordé de Curros, padre más que poeta, que, cuando se quedó sin su niño, le preguntaba por él a la mariposa gallega:

Volvoreta d’aliñas douradas...

A hora que viene la primavera, pienso en el niño tonto, que

desde la calle de San José se fue al cielo. Estará sentado en su sillita, al lado de las rosas únicas, viendo con sus ojos, abiertos otra vez, el dorado pasar de los gloriosos.

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Capítulo dieciocho

La fantasma

La mayor diversión de Anilla la Manteca, cuya fogosa y

fresca juventud fue manadero sin fin de alegrones, era vestirse de fantasma. Se envolvía toda en una sábana, añadía harina al azucenón de su rostro, se ponía dientes de ajo en los dientes, y cuando, ya después de cenar, soñábamos, medio dormidos, en la salita, aparecía ella de improviso por la escalera de mármol, con un farol encendido, andando lenta, imponente y muda. Era, vestida ella de aquel modo, como si su desnudez se hubiese

hecho túnica. Sí. Daba espanto la visión sepulcral que traía de los altos oscuros; pero, al mismo tiempo, fascinaba su blancura sola, con no sé qué plenitud sensual...

Nunca olvidaré. Platero, aquella noche de septiembre. La

tormenta palpitaba sobre el pueblo hacía una hora, como un

corazón malo, descargando agua y piedra entre la

desesperadora insistencia del relámpago y del trueno.

Rebosaba ya el aljibe e inundaba el patio. Los últimos

acompañamientos —el coche de las nueve, las ánimas, el

cartero— habían ya pasado... Fui, tembloroso, a beber al

comedor, y en la verde blancura de un relámpago, vi el

eucalipto de las Velarde —el árbol del cuco, como le decíamos, que cayó aquella noche—, doblado todo sobre el tejado del

alpende...

De pronto, un espantoso ruido seco, como la sombra de

un grito de luz que nos dejó ciegos, conmovió la casa. Cuando volvimos a la realidad, todos estábamos en sitio diferente del que teníamos un momento antes, y como solos todos, sin afán

ni sentimiento de los demás. Uno se quejaba de la cabeza, otro de los ojos, otro del corazón... Poco a poco fuimos tornando a nuestros sitios.

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Se alejaba la tormenta... La luna, entre unas nubes enormes

que se rajaban de abajo arriba, encendía de blanco en el patio el agua que todo lo colmaba. Fuimos mirándolo todo. Lord iba y

venía a la escalera del corral, ladrando loco. Lo seguimos... Platero, abajo ya, junto a la flor de la noche que mojada, exhalaba un nauseabundo olor, la pobre Anilla, vestida de fantasma, estaba muerta, aún encendido el farol en su mano negra por el rayo.

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Capítulo diecinueve

Paisaje grana

La cumbre. Ahí está el ocaso, todo empurpurado, herido

por sus propios cristales, que le hacen sangre por doquiera. A su esplendor, el pinar verde se agria, vagamente enrojecido; y las hierbas y las florecillas, encendidas y transparentes,

embalsaman el instante sereno de una esencia mojada,

penetrante y luminosa.

Yo me quedo extasiado en el crepúsculo. Platero, granas de

ocaso sus ojos negros, se va, manso, a un charquero de aguas de carmín, de rosa, de violeta; hunde suavemente su boca en

los espejos, que parece que se hacen líquidos al tocarlos él; y hay por su enorme garganta como un pasar profuso de umbrías

aguas de sangre.

El paraje es conocido; pero el momento lo trastorna y lo

hace extraño, ruinoso y monumental. Se dijera, a cada instante, que vamos a descubrir un palacio abandonado... La tarde se

prolonga más allá de sí misma, y la hora, contagiada de

eternidad, es infinita, pacífica, insondeable...

—Anda, Platero.

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Capítulo veinte

El loro

Estábamos jugando con Platero y con el loro, en el huerto

de mi amigo, el médico francés, cuando una mujer joven,

desordenada y ansiosa, llegó, cuesta abajo, hasta nosotros.

Antes de llegar, avanzando el negro ver angustiado a mí, me había suplicado:

—Zeñorito, ¿ejtá ahí eze médico?

Tras ella venían ya unos chiquillos astrosos, que, a cada

instante, jadeando, miraban camino arriba; al fin, varios

hombres que traían a otro, lívido y decaído. Era un cazador

furtivo de esos que cazan venados en el coto de Doñana. La

escopeta, una absurda escopeta vieja amarrada con tomiza, se le había reventado, y el cazador traía el tiro en un brazo. Mi amigo se llegó, cariñoso, al herido; le levantó unos míseros trapos que le habían puesto, le lavó la sangre y le fue tocando huesos y

músculos. De cuando en cuando me decía:

—Ce n’est rien...

Caía la tarde. De Huelva llegaba un olor a marisma, a

brea, a pescado... Los naranjos redondeaban, sobre el Poniente rosa, sus apretados terciopelos de esmeralda. En una lila, lila y verde, el loro, verde y rojo, iba y venía, curioseándonos con sus ojitos redondos.

Al pobre cazador se le llenaban de sol las lágrimas

saltadas; a veces dejaba oír un ahogado grito. Y el loro:

—Ce n’est rien...

Mi amigo ponía al herido algodones y vendas... El pobre

hombre:

—¡Aaay!

Y el loro, entre las lilas:

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

—Ce n’est rien... Ce n’est rien...

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Capítulo veintiuno

La azotea

Tú Platero, no has subido nunca a la azotea. No puedes

saber qué honda respiración ensancha el pecho cuando, al salir a ella de la escalerilla oscura de madera, se siente uno

quemado en el sol pleno del día, anegado de azul como al lado mismo del cielo, ciego del blancor de la cal, con la que, como sabes, se da al suelo de ladrillo para que venga limpia al aljibe el agua de las nubes.

¡Qué encanto el de la azotea! Las campanas de la torre

están sonando en nuestro pecho, al nivel de nuestro corazón, que late fuerte; se ven brillar, lejos, en las viñas, los azadones, con una chispa de plata y sol; se domina todo: las otras

azoteas, los corrales, donde la gente, olvidada, se afana, cada uno en lo suyo —el sillero, el pintor, el tonelero las manchas de arbolado de los corralones, con el toro o la cabra; el

cementerio, adonde a veces llega, pequeñito, apretado y negro, un inadvertido entierro de tercera; ventanas con una muchacha en camisa que se peina, descuidada, cantando; el río, con un barco que no acaba de entrar; graneros, donde un músico solitario ensaya el cornetín, o donde el amor violento hace, redondo,

ciego y cerrado, de las suyas...

La casa desaparece como un sótano. ¡Qué extraño, por la

montera de cristales, la vida ordinaria de abajo: las palabras, los ruidos, el jardín mismo, tan bello desde él; tú, Platero, bebiendo, en el pilón, sin verme, o jugando, como un tonto, con el gorrión o la tortuga!

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Capítulo veintidós

Retorno

Veníamos los dos, cargados, de los montes: Platero, de

almoraduj yo, de lirios amarillos.

Caía la tarde de abril. Todo lo que en el Poniente había

sido cristal de oro, era luego cristal de plata; una alegoría, lisa y luminosa, de azucenas de cristal. Después, el vasto cielo fue cual un zafiro transparente, trocado en esmeralda. yo volvía triste...

Ya en la cuesta, la torre del pueblo, coronada de

refulgentes azulejos, cobraba, en el levantamiento de la hora pura, un aspecto monumental. Parecía, de cerca, como una

Giralda vista de lejos, y mi nostalgia de ciudades, aguda con la primavera, encontraba en ella un consuelo melancólico.

Retorno..., ¿adónde?, ¿de qué?, ¿para qué?... Pero los

lirios que venían conmigo olían más en la frescura tibia de la noche que se entraba; olían con un olor más penetrante y, al mismo tiempo, más vago, que salía de la flor sin verse la flor, flor de olor sólo, que embriagaba el cuerpo y el alma desde, la sombra solitaria.

—¡Alma mía, lirio en la sombra!—dije.

Y pensé, de pronto, en Platero, que, aunque iba debajo de mí, se me había, como si fuera mi cuerpo, olvidado.

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Capítulo veintitrés

La verja cerrada

Siempre que íbamos a la bodega del Diezmo, yo daba la

vuelta por la pared de a calle de San Antonio y me venía a la verja cerrada que da al campo. Ponía mi cara contra los hierros y miraba a derecha e izquierda, sacando los ojos

ansiosamente, cuanto mi vista podía alcanzar. De su mismo

umbral, gastado y perdido entre ortigas y malvas, una vereda sale y se borra, bajando, en las Angustias. Y, vallado suyo

abajo, va un camino ancho y hondo por el que nunca pasé...

¡Qué mágico embeleso ver, tras el cuadro de hierros de la

verja, el paisaje y el cielo mismos que fuera de ella se veían!

Era como si una techumbre y una pared de ilusión quitaran de lo demás el espectáculo, para dejarlo solo a través de la verja cerrada... Y se veía la carretera, con su puente y sus álamos de humo, y el horno de ladrillos, y las lomas de Palos, y los

vapores de Huelva, y, al anochecer, las luces del muelle de

Ríotinto y el eucalipto grande y solo de los Arroyos sobre el morado ocaso último...

Los bodegueros me decían, riendo, que la verja no tenía

llave... En mis sueños, con las equivocaciones del pensamiento sin cauce, la verja daba a los más prodigiosos jardines, a los campos más maravillosos... Y así como una vez intenté, fiado en mi pesadilla, bajar volando la escalera de mármol, fui, mil veces, con la mañana, a la verja, seguro de hallar tras ella lo que mi fantasía mezclaba, no sé si queriendo o sin querer, a la realidad...

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Capítulo veinticuatro

Don José, el cura

Ya, Platero, va ungido y hablando con miel. Pero la que

en realidad es siempre angélica es su burra, la señora.

Creo que lo viste un día en su huerta, calzones de

marinero, sombrero ancho, tirando palabrotas y guijarros a los chiquillos que le robaban las naranjas. Mil veces has mirado, los viernes, al pobre Baltasar, su casero, arrastrando por los

caminos la quebradura, que parece el globo del circo, hasta el pueblo, para vender sus míseras escobas o para rezar con los pobres por los muertos de los ricos...

Nunca oí hablar más mal a un hombre ni remover con sus

juramentos más alto el cielo. Es verdad que él sabe, sin duda, o al menos así lo dice en su misa de las cinco, dónde y cómo

está allí cada cosa... El árbol, el terrón, el agua, el viento, la candela; todo esto, tan gracioso, tan blando, tan fresco, tan puro, tan vivo, parece que son para él ejemplo de desorden, de

dureza, de frialdad, de violencia, de ruina. Cada día, las piedras todas del huerto reposan la noche en otro sitio, disparadas, en furiosa hostilidad, contra pájaros y lavanderas, niños y flores.

A la oración, se trueca todo. El silencio de don José se

oye en el silencio del campo. Se pone sotana, manteo y

sombrero de teja, y, casi sin mirada, entra en el pueblo oscuro, sobre su burra lenta, como Jesús en la muerte...

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Capítulo veinticinco

La primavera

¡Ay, qué relumbres y olores!

¡Ay, cómo ríen los prados!

¡Ay, qué alboradas se oyen!

ROMANCE POPULAR.

En mi duermevela matinal, me malhumora una endiablada

chillería de chiquillos. Por fin, sin poder dormir más, me echo, desesperado, de la cama. Entonces, al mirar el campo por la

ventana abierta, me doy cuenta de que los que alborotan son

los pájaros.

Salgo al huerto y canto gracias al Dios del día azul. ¡Libre concierto de picos, fresco y sin fin! La golondrina riza,

caprichosa, su gorjeo en el pozo; silba el mirlo sobre la naranja caída; de fuego, la oropéndola charla, de chaparro en chaparro; el chamariz ríe larga y menudamente en la cima del eucalipto, y, en el pino grande, los gorriones discuten desaforadamente.

¡Cómo está la mañana! El sol pone en la tierra su alegría de plata y de oro; mariposas de cien colores juegan por todas

partes, entre las flores, por la casa—ya dentro, ya fuera—, en el manantial. Por doquiera, el campo se abre en estadillos, en

crujidos, en un hervidero de vida sana y nueva.

Parece que estuviéramos dentro de un gran panal de luz,

que fuese el interior de una inmensa y cálida rosa encendida.

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Capítulo veintiséis

El aljibe

Míralo; está lleno de las últimas lluvias, Platero. No tiene eco, ni se ve, allá en su fondo, como cuando está bajo, el

mirador con sol, joya policroma tras los cristales amarillos y azules de la montera.

Tú no has bajado nunca al aljibe, Platero. Yo, sí; bajé

cuando lo vaciaron, hace años. Mira; tiene una galería larga, y luego un cuarto pequeñito. Cuando entré en él, la vela que

llevaba se me apagó y una salamandra se me puso en la

mano. Dos fríos terribles se cruzaron en mi pecho cual dos

espadas que se cruzaran como dos fémures bajo una

calavera... Todo el pueblo está socavado de aljibes y galerías, Platero. El aljibe más grande es el del patio del Salto del Lobo, plaza de la ciudadela antigua del Castillo. El mejor es este de mi casa, que, como ves, tiene el brocal esculpido en una pieza sola de mármol alabastrino. La galería de la iglesia va hasta la viña de los Puntales, y allí se abre al campo, junto al río. La que sale del hospital nadie se ha atrevido a seguirla del todo, porque no acaba nunca...

Recuerdo, cuando era niño, las noches largas de lluvia,

en que me desvelaba el rumor sollozante del agua redonda que caía, de la azotea, en el aljibe. Luego, a la mañana, íbamos, locos, a ver hasta dónde había llegado el agua. Cuando estaba hasta la boca, como está hoy, ¡qué asombro, qué gritos, qué

admiración!

... Bueno, Platero. Y ahora voy a darte un cubo de esta agua pura y fresquita, el mismo cubo que se bebía de una vez

Villegas, el pobre Villegas, que tenía el cuerpo achicharrado ya del coñac y del aguardiente...

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Capítulo veintisiete

El perro sarnoso

Venía, a veces, flaco y anhelante, a la casa del huerto. El

pobre andaba siempre huido, acostumbrado a los gritos y a las pedreas. Los mismos perros le enseñaban los colmillos. Y se

iba otra vez, en el sol del mediodía, lento y triste, monte abajo.

Aquella tarde llegó detrás de Diana. Cuando yo salía, el

guarda, que en un arranque de mal corazón había sacado la

escopeta, disparó contra él. No tuve tiempo de evitarlo. El

mísero, con el tiro en las entrañas, giró vertiginosamente un momento, en un redondo aullido agudo y cayó muerto bajo una

acacia.

Platero miraba al perro fijamente, erguida la cabeza.

Diana, temerosa, andaba escondiéndose de uno en otro. El

guarda, arrepentido quizá, daba largas razones no sabía a

quién, indignándose sin poder, queriendo acallar su

remordimiento. Un velo parecía enlutecer el sol; un velo grande, como el velo pequeñito que nubló el ojo sano del perro asesinado.

Abatidos por el viento del mar, los eucaliptos lloraban,

más recientes cada vez hacia la tormenta, en el hondo silencio aplastante que la siesta tendía por el campo aún de oro, sobre el perro muerto.

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Capítulo veintiocho

Remanso

Espérate, Platero... O pace un rato en ese prado tierno, si

lo prefieres. Pero déjame ver a mí este remanso bello, que no veo hace tantos años...

Mira cómo el sol, pasando su agua espesa, le alumbra la

honda belleza verdeoro, que los lirios de celeste frescura de la orilla contemplan extasiados... Son escaleras de terciopelo, bajando en repetido laberinto; grutas mágicas con todos los

aspectos ideales que una mitología de ensueño trajese a la

desbordada imaginación de un pintor interno; jardines,

venustianos que hubiera creado la melancolía permanente de

una reina loca de grandes ojos verdes; palacios en ruinas,

como aquel que ví en aquel mar de la tarde, cuando el sol

poniente hería, oblicuo, el agua baja... Y más, y más, y más; cuanto el sueño más difícil pudiera robar, tirando a la belleza fugitiva de su túnica infinita, al cuadro recordado de una hora de primavera con dolor, en un jardín de olvido que no existiera del todo... Todo pequeñito, pero inmenso, porque parece

distante; clave de sensaciones innumerables, tesoro del mago más viejo de la fiebre...

Este remanso, Platero, era mi corazón antes. Así me lo

sentía, bellamente envenenado, en su soledad, de prodigiosas exuberancias detenidas... Cuando el amor humano lo hirió,

abriéndole su dique, corrió la sangre corrompida, basta dejarlo puro, limpio y fácil, como el arroyo de los Llanos, Platero, en la más abierta, dorada y caliente hora de abril.

A veces, sin embargo, una pálida mano antigua me lo trae

a su remanso de antes, verde y solitario, y allí lo deja

encantado, fuera de él, respondiendo a las llamadas claras, “por endulzar su pena”, como Hylas a Alcides en el idilio de Chénier, que ya te he leído, con una voz “desentendida y vana”...

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Capítulo veintinueve

Idilio de abril

Los niños han ido con Platero al arroyo o de los chopos, y

ahora lo traen trotando, entre juegos sin razón y risas

desproporcionadas, todo cargado de flores amarillas. Allá abajo les ha llovido —aquella nube fugaz que veló el prado verde con sus hilos de oro y plata, en los que tembló, como en una lira de llanto, el arco iris—. Y sobre la empapada lana del asnucho, las campanillas mojadas gotean todavía.

¡Idilio fresco, alegre, sentimental! ¡Hasta el rebuzno de

Platero se hace tierno bajo la dulce carga llovida! De cuando en cuando vuelve la cabeza y arranca las flores a que su bocota alcanza. Las campanillas, níveas y gualdas, le cuelgan, un

momento, entre el blanco babear verdoso y luego se le van a la barrigota cinchada. ¡Quién, como tú, Platero, pudiera comer

flores..., y que no le hicieran daño!

¡Tarde equívoca de abril!... Los ojos brillantes y vivos de

Platero copian toda la hora del sol y lluvia, en cuyo ocaso, sobre el campo de San Juan, se ve llover, deshilachada, otra nube rosa.

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Capítulo treinta

El canario vuela

Un día el canario verde, no sé cómo ni por qué, voló de su

jaula. Era un canario viejo, recuerdo triste de una muerta, al que yo no había dado libertad por miedo de que se muriera de hambre o de frío, o de que se lo comieran los gatos.

Anduvo toda la mañana entre los granados del huerto, en el

pino de la puerta, por las lilas. Los niños estuvieron, toda la mañana también, sentados en la galería, absortos en los breves vuelos del pajarillo amarillento. Libre, Platero holgaba junto a los ronsales, jugando con una mariposa.

A la tarde, el canario se vino al tejado de la casa grande, y allí se quedó largo tiempo, latiendo en el tibio sol que declinaba.

De pronto, y sin saber nadie cómo ni por qué, apareció en la jaula, otra vez alegre.

¡Qué alborozo en el jardín! Los niños saltaban, tocando

las palmas, arrebolados y rientes como auroras; Diana, loca, los seguía, ladrándole a su propia y riente campanilla; Platero, contagiado, en un oleaje de carnes de plata, igual que un chivillo, hacía corvetas, giraba sobre sus patas, en un vals tosco, y

poniéndose en las manos, daba coces al aire claro y suave.

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Capítulo treinta y uno

El demonio

De pronto, con un duro y solitario trote, doblemente sucio

en una alta nube de polvo, aparece, por la esquina del

Trasmuro, el burro. Un momento después, jadeantes,

subiéndose los caídos pantalones de andrajos, que les dejan

fuera las oscuras barrigas, los chiquillos, tirándole rodrigones y piedras.

Es negro, grande, viejo, huesudo—otro arcipreste—; tanto

que parece que se le va a agujerear la piel sin pelo por

doquiera. Se para, y, mostrando unos dientes amarillos, como habones, rebuzna a lo alto ferozmente, con una energía que no cuadra a su desgarbada vejez... ¿Es un burro perdido? ¿No lo conoces, Platero? ¿Qué querrá? ¿De quién vendrá huyendo,

con ese trote desigual y violento?

Al verlo, Platero hace cuerno, primero, ambas orejas con

una sola punta, se las deja luego una en pie y otra descolgada, y se viene a mí, y quiere esconderse en la cuneta, y huir, todo a un tiempo. El burro negro pasa a su lado, le da un rozón, le tira la albarda, lo huele, rebuzna contra el muro del convento y se va trotando, Trasmuro abajo...

...Es, en el calor, un momento extraño de escalofrío—

¿mío, de Platero?—, en el que las cosas parecen trastornadas, como si la sombra baja de un paño negro ante el sol ocultase, de pronto, la soledad deslumbradora del recodo del callejón, en donde el aire, súbitamente quieto, asfixia... Poco a poco, lo lejano nos vuelve a lo real. Se oye, arriba, el vocerío mudable de la plaza del Pescado, donde los vendedores que acaban de llegar de la Ribera exaltan sus asedías, sus salmonetes, sus brecas, sus mojarras, sus bocas; la campana de vuelta, que pregona el sermón de mañana; el pito del amolador...

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Platero tiembla aún, de cuando en cuando, mirándome,

acoquinado, en la quietud muda en que nos hemos quedado

los dos, sin saber por qué...

—Platero, yo creo que ese burro no es un burro...

Y Platero, mudo, tiembla de nuevo todo él de un solo

temblor, blandamente ruidoso, y mira, huido, hacia la gavia, hosca y bajamente...

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Capítulo treinta y dos

Libertad

Llamó mi atención, perdida por las flores de la vereda, un

pajarillo lleno de luz, que, sobre el húmedo prado verde, abría sin cesar su preso vuelo policromo. Nos acercamos despacio, yo

delante, Platero detrás. Había por ahí un bebedero umbrío, y unos muchachos traidores le tenían puesta una red a los

pájaros. El triste reclamillo se levantaba hasta su pena,

llamando, sin querer, a sus hermanos del cielo.

La mañana era clara, pura, traspasada de azul. Caía del

pinar vecino un leve concierto de trinos exaltados, que venía y se alejaba, sin irse, en el manso y áureo viento marero que

ondulaba las copas. ¡Pobre concierto inocente, tan cerca del ma corazón!

Monté en Platero, y, obligándolo con las piernas, subimos, en un agudo trote, al pinar. En llegando bajo la sombría cúpula frondosa, batí palmas, canté, grité. Platero, contagiado,

rebuznaba una vez y otra, rudamente. Y los ecos respondían,

hondos y sonoros, como en el fondo de un gran pozo. Los pájaros se fueron a otro pinar, cantando.

Platero, entre las lejanas maldiciones de los chiquillos

violentos, rozaba su cabezota peluda contra mi corazón,

dándome las gracias hasta lastimarme el pecho.

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Capítulo treinta y tres

Los húngaros

Míralos, Platero, tirados en todo su largor, como tienden

los perros cansados el mismo rabo, en el sol de la acera.

La muchacha, estatua de fango, derramada su abundante

desnudez de cobre entre el desorden de sus andrajos de lanas granas y verdes, arranca la hierbaza seca a que sus manos,

negras como el fondo de un puchero, alcanzan. La chiquilla,

pelos toda, pinta en la pared, con cisco, alegorías obscenas. El chiquillo se orina en su barriga como una fuente en su taza, llorando por gusto. El hombre y el mono se rascan, aquél la

greña, murmurando, y éste las costillas, como si tocase una

guitarra.

De cuando en cuando, el hombre se incorpora, se levanta

luego, se va al centro de la calle y golpea con indolente fuerza el pandero, mirando a un balcón. La muchacha, pateada por el chiquillo, canta, mientras jura desgarradamente, una