Platero y yo por Jiménez, Juan Ramón - muestra HTML

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desentonada monotonía. Y el mono, cuya cadena pesa más

que él, fuera de punto, sin razón, da una vuelta de campana y luego se pone a buscar entre los chinos de la cuneta uno más blando. Las tres... El coche de la estación se va, calle Nueva arriba. El sol, solo.

—Ahí tienes, Platero, el ideal de la familia de Amaro... Un

hombre como un roble, que se rasca; una mujer, como una parra, que se echa; dos chiquillos, ella y él, para seguir la raza, y un mono, pequeño y débil como el mundo, que les da de comer a

todos, cogiéndose las pulgas...

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Capítulo treinta y cuatro

La novia

El claro viento del mar sube por la cuesta roja, llega al

prado del cabezo, ríe entre las tiernas florecillas blancas; después, se enreda por los pinetes sin limpiar y mece,

hinchándolas como velas sutiles, las encendidas telarañas

celestes, rosas, de oro... Toda la tarde es ya viento marino. Y el sol y el viento ¡dan un blando bienestar al corazón!

Platero me lleva, contento, ágil, dispuesto. Se dijera que

no le peso. Subimos, como si fuésemos cuesta abajo, a la

colina. A lo lejos, una cinta de mar, brillante, incolora, vibra, entre los últimos pinos, en un aspecto de paisaje isleño. En los prados verdes, allá abajo, saltan los asnos trabados de mata en mata.

Un estremecimiento sensual vaga por las cañadas. De

pronto, Platero yergue las orejas, dilata las levantadas narices, replegándolas hasta los ojos y dejando ver las grandes

habichuelas de sus dientes amarillos. Está respirando

largamente, de los cuatro vientos, no sé qué honda esencia

que debe transirle el corazón. Sí. Ahí tiene ya, en otra colina, fina y gris sobre el cielo azul, a la amada. Y dobles rebuznos sonoros y largos desbaratan con su trompetería la hora

luminosa y caen luego en gemelas cataratas.

He tenido que contrariar los instintos amables de mi pobre

Platero. La bella novia del campo lo ve pasar, triste como él, con sus ojazos de azabache cargados de estampas... ¡Inútil

pregón misterioso, que ruedas brutalmente, como un instinto

hecho carne libre, por las margaritas!

Y Platero trota indócil, intentando a cada instante

volverse, con un reproche en su refrenado trotecillo menudo:

—Parece mentira, parece mentira, parece mentira...

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Capítulo treinta y cinco

La sanguijuela

Espera. ¿Qué es eso, Platero? ¿Qué tienes?

Platero está echando sangre por la boca. Tose y va despacio, más cada vez. Comprendo todo en un momento. Al pasar esta

mañana por la fuente de Pinete, Platero estuvo bebiendo en ella. y, aunque siempre bebe en lo más claro y con los dientes cerrados, sin duda una sanguijuela se le ha agarrado a la lengua o al cielo de la boca...

—Espera, hombre. Enseña...

Le pido ayuda a Raposo, el aperador, que baja por allí del

Almendral, y entre los dos intentamos abrirle a Platero la boca.

Pero la tiene como trabada con hormigón romano. Comprendo

con pena que el pobre Platero es menos inteligente de lo que yo me figuro... Raposo coge un rodrigón gordo, lo parte en

cuatro y procura atravesarle un pedazo a Platero entre las

quijadas... No es fácil la empresa. Platero alza la cabeza al cenit, levantándose sobre las patas, huye, se revuelve... Por fin, en un momento sorprendido, el palo entra de lado en la boca

de Platero. Raposo se sube en el burro y con las dos manos

tira hacia atrás de los salientes del palo para que Platero no lo suelte.

Sí, allá dentro tiene, llena y negra, la sanguijuela. Con dos sarmientos hechos tijera se la arranco... Parece un costalillo de almagra o un pellejillo de vino tinto; y, contra el sol, es como el moco de un pavo irritado por un paño rojo. Para que no saque sangre a ningún burro más, la corto sobre el arroyo, que un

momento tiñe de la sangre de Platero la espumela de un breve torbellino...

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Capítulo treinta y seis

Las tres viejas

Súbete aquí en el vallado, Platero. Anda, vamos a dejar

que pasen esas pobres viejas...

Deben de venir de la playa o de los montes. Mira. Una es ciega y las otras dos la traen por los brazos. Vendrán a ver a don Luis, el médico, o al hospital... Mira qué despacito andan, qué cuido, qué mesura ponen las dos que ven en su acción. Parece, que las tres temen a la misma suerte. ¿Ves cómo adelantan las manos cual

para detener el aire mismo, apartando peligros imaginarios, con mimo absurdo, hasta las más leves ramitas en flor, Platero?.

Que te caes, hombre... Oye qué lamentables palabras van

diciendo. Son gitanas. Mira sus trajes pintorescos, de lunares y volantes. . ¿Ves? Van a cuerpo, no caída, a pesar de la edad, su esbeltez. Renegridas, sudorosas. sucias, perdidas en el polvo con sol de mediodía, aún una flaca hermosura recia las

acompaña, como un recuerdo seco y duro...

Míralas a las tres, Platero. ¡Con qué confianza llevan la vejez a la vida, penetradas por la primavera esta, que hace florecer de amarillo el cardo en la vibrante dulzura de su hervoroso sol!

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Capítulo treinta y siete

La carretilla

En el arroyo grande, que la lluvia había dilatado hasta la

viña, nos encontramos, atascada, una vieja carretilla, perdida toda bajo su carga de hierba y de naranjas. Una niña, rota y sucia, lloraba sobre una rueda, queriendo ayudar con el empuje de su pechillo en flor al borricuelo, más pequeño, ¡ay!, y más flaco que Platero. Y el borriquillo se despechaba contra el

viento, intentando, inútilmente, arrancar del fango la carreta, al grito sollozante de la chiquilla Era vano su esfuerzo, como el de los niños valientes, como el vuelo de esas brisas cansadas del verano que se caen, en un desmayo, entre las flores.

Acaricié a Platero y, como pude, lo enganché a la carretilla, delante del borrico miserable. Lo obligué entonces, con un cariñoso imperio, y Platero, de un tirón, sacó carretilla y rucio del atolladero, y les subió la cuesta. ¡Qué sonreír el de la chiquilla. Fue como si el sol de la tarde, que se quebraba, al ponerse entre las nubes de agua, en amarillos cristales, le encendiese una aurora tras sus tiznadas lágrimas.

Con su llorosa alegría, me ofreció dos escogidas

naranjas, finas, pesadas, redondas. Las tomé, agradecido, y le di una al borriquillo débil, como dulce consuelo; otra, a Platero, como premio áureo.

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Capítulo treinta y ocho

El pan

Te he dicho, Platero, que el alma de Moguer es el vino,

¿verdad? No; el alma de Moguer es el pan. Moguer es igual

que un pan de trigo, blanco por dentro, como el migajón, y

dorado en torno — ¡oh sol moreno!—, como la blanda corteza.

A mediodía, cuando el sol quema más, el pueblo entero

empieza a humear y a oler a pino y a pan calentito. A todo el pueblo se le abre la boca. Es como una gran boca que come un gran pan. El pan se entra en todo: en el aceite, en el gazpacho, en el queso y la uva, para dar sabor a beso, en el vino, en el caldo, en el jamón, en él mismo, pan con pan. También solo, como la esperanza, o con una ilusión...

Los panaderos llegan trotando en sus caballos, se paran en

cada puerta entornada, tocan las palmas y gritan : “¡El

panaderooo!...“ Se oye el duro ruido tierno de los cuarterones que, al caer en los canas tos que brazos desnudos levantan,

chocan con los bollos, de las hogazas con las roscas...

Y los niños pobres llaman, al punto, a las campanillas de

las cancelas o a los picaportes de los portones, y lloran

largamente hacia adentro: “¡Un poquiiito de paaan!...”

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Capítulo treinta y nueve

Aglae

¡Que reguapo estás hoy, Platero! Ven aquí... ¡Buen jaleo

te ha dado esta mañana la Macaria! Todo lo que es blanco y

todo lo que es negro en ti luce y resalta como el día y como la noche después de la lluvia. ¡Qué guapo estás, Platero!

Platero, avergonzado un poco de verse así, viene a mí

lento, mojado aún de su baño, tan limpio que parece una

muchacha desnuda. La cara se le ha aclarado, igual que un

alba, y en ella sus ojos grandes destellan vivos, como si la más joven de las Gracias le hubiera prestado ardor y brillantez.

Se lo digo, y en un súbito entusiasmo fraternal, le cojo la

cabeza, se la revuelvo en cariñoso apretón, le hago cosquillas...

Él, bajos los ojos, se defiende blandamente con las orejas, sin irse, o se liberta, en breve correr, para pararse de nuevo en seco, como un perrillo juguetón.

—¡Qué guapo estás, hombre! —le repito.

Y Platero, lo mismo que un niño pobre que estrenara un

traje, corre tímido, hablándome, mirándome en su huida con el regocijo de las orejas, y se queda, haciendo que come unas

campanillas coloradas, en la puerta de la cuadra.

Aglae, la donadora de bondad y de hermosura, apoyada

en el peral que ostenta triple copa de hojas, de peras y de

gorriones, mira la escena sonriendo, casi invisible en la

transparencia del sol matinal.

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Capítulo cuarenta

El pino de la corona

Dondequiera que paro, Platero, me parece que paro bajo

el pino de la Corona. Adondequiera que llego—ciudad, amor,

gloria—me parece que llego a su plenitud verde y derramada

bajo el gran cielo azul de nubes blancas. El es faro rotundo y claro en los mares difíciles de mi sueño, como lo es de los

marineros de Moguer en las tormentas de la barra; segura cima de mis días difíciles, en lo alto de su cuesta roja y agria, que toman los mendigos, camino de Sanlúcar.

¡Qué fuerte me siento siempre que reposo bajo su

recuerdo! Es lo único que no ha dejado, al crecer yo, de ser grande, lo único que ha sido mayor cada vez. Cuando le

cortaron aquella rama que el huracán le tronchó, me pareció

que me habían arrancado un miembro; y, a veces, cuando

cualquier dolor me coge de improviso, me parece que le duele al pino de la Corona.

La palabra magno le cuadra como al mar, como al cielo y como a mi corazón. A su sombra, mirando las nubes, han

descansado razas y razas por siglos, como sobre el agua, bajo el cielo y en la nostalgia de mi corazón. Cuando, en el descuido de mis pensamientos, las imágenes arbitrarias se colocan

donde quieren, o en esos instantes en que hay cosas que se ven cual en una visión segunda y a un lado de lo distinto, el pino de la Corona, transfigurado en no sé qué cuadro de eternidad, se me presenta, más rumoroso y más gigante aún, en la duda,

llamándome a descansar a su paz, como el término verdadero

y eterno de mi viaje por la vida.

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Capítulo cuarenta y uno

Darbón

Darbón, el médico de Platero, es grande como el buey

pío, rojo como una sandía. Pesa once arrobas. Cuenta, según

él, tres duros de edad.

Cuando habla le faltan notas, cual a los pianos viejos;

otras veces, en lugar de palabra, le sale un escape de aire. Y

estas pifias llevan un acompañamiento de inclinaciones de

cabeza, de manotadas ponderativas, de vacilaciones chochas,

de quejumbres de garganta y salivas en el pañuelo, que no hay más que pedir. Un amable concierto para antes de la cena.

No le queda muela ni diente, y casi sólo come migajón de

pan, que ablanda primero en la mano. Hace una bola y ¡a la boca roja! Allí la tiene, revolviéndola, una hora. Luego, otra bola, y otra Masca con las encías, y la barba le llega, entonces, a la aguileña nariz.

Digo que es grande como el buey pío. En la puerta del

banco, tapa la casa. Pero se enternece, igual que un niño, con Platero. Y si ve una flor o un pajarillo, se ríe de pronto, abriendo toda su boca, con una gran risa sostenida, cuya velocidad y

duración él no puede regular, y que acaba siempre en llanto.

Luego, ya sereno, mira largamente del lado del cementerio viejo:

— Mi niña, mi pobrecita niña...

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Capítulo cuarenta y dos

El niño y el agua

En la sequedad estéril y abrasada de sol del gran corralón

polvoriento, que, por despacio que se pise, lo llena a uno hasta los ojos de su blanco polvo cernido, el niño está con la fuente, en grupo franco y risueño, cada uno con su alma. Aunque no hay

un solo árbol, el corazón se llena, llegando, de un nombre, que los ojos repiten escritos en el cielo azul Prusia con grandes letras de luz: Oasis.

Ya la mañana tiene calor de siesta y la chicharra sierra su

olivo, en el corral de San Francisco. El sol le da al niño en la cabeza; pero él, absorto en el agua, no lo siente. Echado en el suelo, tiene la mano bajo el chorro vivo, y el agua le pone en la palma un tembloroso palacio de frescura y de gracia que sus ojos

negros contemplan arrobados. Habla solo, sorbe su nariz, se

rasca aquí y allá entre sus harapos con la otra mano. El

palacio, igual siempre y renovado a cada instante, vacila a

veces. Y el niño se recoge entonces, se aprieta, se sume en sí, para que ni ese latido de la sangre que cambia, con un cristal movido solo, la imagen tan sensible de un calidoscopio, le robe al agua la sorprendida forma primera.

—Platero, no sé si entenderás o no lo que te digo, pero

ese niño tiene en su mano mi alma.

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Capítulo cuarenta y tres

Amistad

Nos entendemos bien. Yo lo dejo ir a su antojo, y él me

lleva siempre a donde quiero.

Sabe Platero que, al llegar al pino de la Corona, me gusta

acercarme a su tronco y acariciárselo, y mirar al cielo al través de su enorme y clara copa; sabe que me deleita la veredilla que va, entre céspedes, a la Fuente vieja; que es para mí una fiesta ver el río desde la colina de los pinos, evocadora, con su

bosquecillo alto, de parajes clásicos. Como me adormile,

seguro, sobre él, mi despertar se abre siempre a uno de tales amables espectáculos.

Yo trato a Platero cual si fuese un niño. Si el camino se

torna fragoso y le pesa un poco, me bajo para aliviarlo. Lo

beso, lo engaño, le hago rabiar... El comprende bien que lo

quiero, y no me guarda rencor. Es tan igual a mí, tan diferente a los demás, que he llegado a creer que sueña mis propios

sueños.

Platero se me ha rendido como una adolescente

apasionada. De nada protesta. Sé que soy su felicidad. Hasta huye de los burros y de los hombres...

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Capítulo cuarenta y cuatro

La arrulladora

La chiquilla del carbonero, bonita y sucia cual una

moneda, bruñidos los negros ojos y reventando sangre los

labios prietos entre la tizne, está a la puerta de la choza, sentada en una teja. durmiendo al hermanito.

Vibra la hora de mayo, ardiente y clara como un sol por

dentro. En la paz brillante se oye el hervor de la olla que cuece en el campo, la brama de la dehesa de los Caballos, la alegría del viento de mar en la maraña de los eucaliptos.

Sentida y dulce, la carbonera canta:

Mi niiiño se va a dormiii

en graaasia de la Pajtoraaa...

Pausa. El viento en las copas...

...y pooor dormirse mi niñooo,

se duermeee la arruyadoraaa...

El viento... Platero, que anda, manso, entre los pinos

quemados, se llega, poco a poco... Luego se echa en la tierra fosca y, a la larga copla de madre, se adormila, igual que un niño.

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Capítulo cuarenta y cinco

El árbol del corral

Este árbol, Platero; esta acacia que yo mismo sembré,

verde llama que fue creciendo, primavera tras primavera, y que ahora mismo nos cubre con su abundante y franca hoja pasada

de sol poniente, era, mientras viví en esta casa, hoy cerrada, el mejor sostén de mi poesía. Cualquier rama suya, engalanada

de esmeralda por abril o de oro por octubre, refrescaba, sólo con mirarla un punto, mi frente, como la mano más pura de una musa. ¡Qué fina, qué grácil, qué bonita era!

Hoy, Platero, es dueña casi de todo el corral. ¡Qué basta

se ha puesto! No sé si se acordará de mí. A mí me parece otra. En todo este tiempo en que la tenía olvidada, igual que si no

existiese, la primavera la ha ido formando, año tras año, a su capricho, fuera del agrado de mi sentimiento.

Nada me dice hoy, a pesar de ser árbol, y árbol puesto

por mí. Un árbol cualquiera que por primera vez acariciamos, nos llena, Platero, de sentido el corazón. Un árbol que hemos amado tanto, que tanto hemos conocido, no nos dice nada vuelto a ver Platero. Es triste; mas es inútil decir más. No, no puedo mirar ya, en esta fusión de la acacia y el ocaso, mi lira colgada. La rama graciosa no me trae el verso, ni la iluminación interna de la copa el pensamiento. Y aquí, adonde tantas veces vine de la

vida, con una ilusión de soledad musical, fresca y olorosa,

estoy mal, y tengo frío, y quiero irme, como entonces, del

casino, de la botica o del teatro, Platero.

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Capítulo cuarenta y seis

La tísica

Estaba derecha en una triste silla, blanca la cara y mate, cual un nardo ajado, en medio de la encalada y fría alcoba. Le había mandado el médico salir al campo, a que le diera el sol de

aquel mayo helado; pero la pobre no podía.

—Cuando yego ar puente—me dijo—¡ya v’usté, zeñorito,

ahí ar lado que ejtá!, m’ahogo...

La voz pueril, delgada y rota, se le caía, cansada; como

se cae, a veces, la brisa en el estío.

Yo le ofrecí a Platero para que diese un paseíto. Subida

en él, ¡qué risa la de su aguda cara de muerta, toda ojos negros y dientes blancos!

...Se asomaban las mujeres a las puertas a vernos pasar.

Iba Platero despacio, como sabiendo que llevaba encima un

frágil lirio de cristal fino. La niña, con su hábito cándido de la Virgen de Montemayor, lazado de grana, transfigurada por la

fiebre y la esperanza, parecía un ángel que cruzaba el pueblo, camino del cielo del Sur.

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Capítulo cuarenta y siete

El rocío

Platero—le dije—, vamos a esperar las Carretas. Traen el

rumor del lejano bosque de Donaña, el misterio del pinar de las Animas, la frescura de las Madres y de los dos Fresnos, el olor de la Rocina...

Me lo lleve, guapo y lujoso, a que piropeara a las muchachas por la calle de la Fuente, en cuyos bajos aleros de cal se moría, en una vaga cinta rosa, el vacilante sol de la tarde. Luego nos pusimos en el vallado de los Hornos, desde donde se ve todo el camino de los Llanos.

Venían ya, cuesta arriba, las Carretas. La suave llovizna

de los Rocíos caía sobre las viñas verdes, de una pasajera

nube malva. Pero la gente no levantaba siquiera los ojos al agua.

Pasaron, primero, en burros, mulas y caballos ataviados a

la moruna y la crin trenzada, las alegres parejas de novios, ellos alegres, valientes ellas. El rico y vivo tropel iba, volvía, se alcanzaba incesantemente en una locura sin sentido. Seguía

luego el carro de los borrachos, estrepitoso, agrio y trastornado.

Detrás, las carretas, con lechos, colgadas de blanco, con las muchachas morenas, duras y floridas, sentadas bajo el dosel, repicando panderetas y chillando sevillanas. Más caballos, más burros... Y el mayordomo—”¡Viva la Virgen del Rocíoooo!

¡Vivaaaa!”—calvo, seco y rojo, el sombrero ancho a la espalda y la vara de oro descansada en el estribo. Al fin, mansamente tirado por dos grandes bueyes píos, que parecían obispos con sus

frontales de colorines y espejos, en los que chispeaba el trastorno del sol mojado, cabeceando con la desigual tirada de la yunta, el Sin Pecado, amatista y de plata en su carro blanco, todo en flor, como un cargado jardín mustio.

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Se oía ya la música, ahogada entre el campaneo y los

cohetes negros y el duro herir de los cascos herrados en las piedras...

Platero, entonces, dobló sus manos, y, como una mujer,

se arrodilló—¡una habilidad suya!—, blando, humilde y consentido.

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Capítulo cuarenta y ocho

Ronsard

Libre ya Platero del cabestro. y paciendo entre las castas

margaritas del pradecillo, me he echado yo bajo un pino, he

sacado de la alforja moruna un breve libro y, abriéndolo por una señal, me he puesto a leer en alta voz:

Comme on voit sur la branche au mois de mai la rose En

sa belle jeunesse, en sa première fleur, Rendre le ciel jaloux de...

Arriba, por las ramas últimas, salta y pía un leve pajarillo, que el sol hace, cual toda la verde cima suspirante, de oro. Entre vuelo y gorjeo se oye el partirse de las semillas que el pájaro se está almorzando.

...jaloux de sa vive couleur...

Una cosa enorme y tibia avanza, de pronto, como una

proa viva, sobre mi hombro. Es Platero, que, sugestionado, sin duda, por la lira de Orfeo, viene a leer conmigo. Leemos:

...vive couleur,

Quand l’aube ses pleurs au point du jour l’a...

Pero el pajarillo, que debe de digerir aprisa, tapa la

palabra con una nota falsa.

Ronsard, olvidado un instante de su soneto “Quand en

songeant ma follâtre j’accolle”..., se debe de haber reído en el infierno...

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Capítulo cuarenta y nueve

El tío de las vistas

De pronto, sin matices, rompe el silencio de la calle el

seco redoble de un tamborcillo. Luego, una voz cascada

tiembla un pregón jadeoso y largo. Se oyen carreras, calle

abajo... Los chiquillos gritan: “ ¡El tío de las vistas! ¡Las vistas!

¡Las vistas!

En la esquina, una pequeña caja verde con cuatro

banderitas rosas, espera sobre su catrecillo, la lente al soI. El viejo toca y toca el tambor. Un grupo de chiquillos sin dinero, las manos en el bolsillo o a la espalda, rodean, mudos, la cajita.

A poco, llega otro corriendo, con su perra en la palma de la mano. Se adelanta, pone sus ojos en la lente...

—¡Ahooora se verá... al General Prim... en su caballo

blancoooo...!—dice el viejo forastero con fastidio, y toca el tambor.

—¡El puerto..., de Barcelonaaa...! —y más redoble.

Otros niños van llegando con su perra lista, y la adelantan

al punto al viejo, mirándolo absortos, dispuestos a comprar su fantasía.

El viejo dice:

—Ahooora se verá... el castillo de la Habanaaa ¡ —y toca

el tambor...

Platero, que se ha ido con la niña y el perro de enfrente a

ver las vistas, mete su cabezota por entre las de los niños, por jugar. El viejo, con un súbito buen humor, le dice: “¡Venga tu perra!”

Y los niños sin dinero se ríen todos sin ganas, mirando al

viejo con una humilde solicitud aduladora...

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Capítulo cincuenta

La flor del camino

¡Que pura, Platero, y qué bella esta flor del camino! Pasan

a su lado todos los tropeles—los toros, las cabras, los potros, los hombres, y ella, tan tierna y tan débil, sigue enhiesta, malva y fina, en su vallado solo, sin contaminarse de impureza alguna.

Cada día, cuando, al empezar la cuesta, tomamos el

atajo, tú la has visto en su puesto verde. Ya tiene a su lado un pajarillo, que se levanta —¿por qué—? al acercarnos; o está

llena, cual una breve copa, del agua clara de una nube de

verano; ya consiente el robo de una abeja o el voluble adorno de una mariposa.

Esta flor vivirá pocos días, Platero, aunque su recuerdo podrá ser eterno. Será su vivir como un día de tu primavera, como una primavera de mi vida... ¿Qué le diera yo al otoño, Platero a cambio de esta flor divina, para que ella fuese, diariamente, el ejemplo sencillo y sin término de la nuestra?

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Capítulo cincuenta y uno

Lord

No sé si tú, Platero, sabrás ver una fotografía. Yo se las

he enseñado a algunos hombres del campo y no veían nada en

ellas. Pues éste es Lord, Platero, el perrito foxterrier de que a veces te he hablado. Míralo. Está, ¿lo ves?, en un cojín de los del patio de mármol, tomando, entre las macetas de geranios, el sol de invierno.

¡Pobre Lord! Vino de Sevilla cuando yo estaba allí

pintando. Era blanco, casi incoloro de tanta luz, pleno como un muslo de dama, redondo e impetuoso como el agua en la boca de un caño. Aquí y allá, mariposas posadas, unos toques negros.

Sus ojos brillantes eran dos breves inmensidades de

sentimientos de nobleza. Tenía vena de loco. A veces, sin

razón, se ponía a dar vueltas vertiginosas entre las azucenas del patio de mármol, que en mayo lo adornan todo, rojas, azules, amarillas de los cristales traspasados de sol de la montera, como los palomos que pinta don Camilo... Otras se subía a los

tejados y promovía un alboroto piador en los nidos de los

aviones... La Macaria lo enjabonaba cada mañana, y estaba

tan radiante siempre como las almenas de la azotea sobre el cielo azul, Platero.

Cuando se murió mi padre pasó toda la noche velándolo

junto a la caja. Una vez que mi madre se puso mala se echó a los pies de su cama y allí se pasó un mes sin comer ni beber...

Vinieron a decir un día a mi casa que un perro rabioso lo había mordido... Hubo que llevarlo a la bodega del Castillo y atarlo allí al naranjo, fuera de la gente.

La mirada que dejó atrás por la callejuela cuando se lo

llevaban sigue agujereando mi corazón como entonces,

Platero; igual que la luz de una estrella muerta, viva siempre, sobrepasando su nada con la exaltada intensidad de su

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

doloroso sentimiento... Cada vez que un sufrimiento material me punza el corazón, surge ante mí, larga como la vereda de la vida a la eternidad, digo, del arroyo al pino de la Corona, la mirada Que Lord dejó en él para siempre cual una huella macerada.

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Capítulo cincuenta y dos

El pozo

¡El pozo!... Platero, ¡qué palabra tan honda, tan

verdinegra, tan fresca, tan sonora! Parece que es la palabra la que taladra, girando, la tierra oscura, hasta llegar al agua fría.

Mira; la higuera adorna y desbarata el brocal. Dentro, al

alcance de la mano, ha abierto, entre los ladrillos con verdín, una flor azul de olor penetrante. Una golondrina tiene, más abajo, el nido. Luego, tras un pórtico de sombra yerta, hay un palacio de esmeralda, y un lago, que, al arrojarle una piedra a su

quietud, se enfada y gruñe. Y el cielo, al fin.

(La noche entra, y la luna se inflama allá en el fondo,

adornada de volubles estrellas. ¡Silencio! Por los caminos se ha ido la vida a lo lejos. Por el pozo se escapa el alma a lo hondo.

Se ve por él como el otro lado del crepúsculo. Y parece que va a salir de su boca el gigante de la noche, dueño de todos los secretos del mundo. ¡Oh laberinto quieto y mágico, parque umbrío y fragante, magnético salón encantado!)

—Platero, si algún día me echo a este pozo, no será por

matarme, créelo, sino por coger más pronto las estrellas.

Platero rebuzna, sediento y anhelante. Del pozo sale,

asustada, revuelta y silenciosa, una golondrina.

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Capítulo cincuenta y tres

Albérchigos

Por el callejón de la Sal, que retuerce su breve estrechez,

violeta de cal con sol y ciclo azul, hasta la torre, tapa de su fin, negra y desconchada de esta parte del Sur por el constante

golpe del viento de la mar; lentos, vienen niño y burro. El niño, hombrecito enanillo y recortado, más chico que su caído

sombrero ancho, se mete en su fantástico corazón serrano, que le da coplas y coplas bajas:

...con grandej fatiguiiiyaaaa yo je lo pediaaa...

Suelto, el burro mordisquea la escasa hierba sucia del

callejón, levemente abatido por la carguilla de albérchigos. De cuando en cuando, el chiquillo, como si tornara un punto a la calle verdadera, se para en seco, abre y aprieta sus desnudas piernecillas terrosas, como para cogerle con fuerza, en la tierra, y, ahuecando la voz con la mano, canta duramente, con una

voz en la que torna a ser niño en la e:

—¡Albéeerchigooo!...

Luego, cual si la venta le importase un bledo —como dice

el padre Díaz—, torna a su ensimismado canturreo gitano:

...yo a ti no te curpooo, ni te curparíaaa...

Y le da varazos a las piedras, sin saberlo...

Huele a pan calentito y a pino quemado. Una brisa tarda

conmueve levemente la calleja. Canta la súbita campanada gorda que corona las tres, con su adornillo de la campana chica. Luego un repique, nuncio de fiesta, ahoga en su torrente el rumor de la corneta y los cascabeles del coche de la estación, que parte, pueblo arriba, el silencio, que se había dormido. Y el aire trae sobre los tejados un mar ilusorio en su olorosa, movida y

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

refulgente cristalidad, un mar sin nadie también, aburrido de sus olas iguales en su solitario esplendor.

El chiquillo torna a su parada, a su despertar y a su grito:

—¡Albéeerchigooo!...

Platero no quiere andar. Mira y mira al niño y husmea y

topa a su burro. Y ambos rucios se entienden en no sé qué

movimiento gemelo de cabezas, que recuerda, un punto, el de

los osos blancos.

—Bueno, Platero; yo le digo al niño que me dé su burro,

y tú te irás con él y serás un vendedor de albérchigos..., ¡ea!

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Capítulo cincuenta y cuatro

La coz

Ibamos, cortijo de Montemayor, al herradero de los

novillos. El patio empedrado, umbrío bajo el inmenso y ardiente cielo azul de la tardecita, vibraba sonoro del relinchar de los alegres caballos pujantes, del reír fresco de las mujeres, de los afilados ladridos inquietos de los perros. Platero, en un rincón, se impacientaba.

—Pero, hombre—le dije—, si tú no puedes venir con

nosotros; si eres muy chico...

Se ponía tan loco, que le pedía al Tonto que se subiera en

él y lo llevara con nosotros.

Por el campo claro, ¡qué alegre cabalgar! Estaban las

marismas risueñas, ceñidas de oro, con el sol en sus espejos rotos, que doblaban los molinos cerrados. Entre el redondo trote duro de los caballos. Platero alzaba su raudo trotecillo agudo, que necesitaba multiplicar insistentemente, como el tren de Riotinto su rodar menudo, para no quedarse solo con el Tonto en el

camino. De pronto sonó como un tiro de pistola. Platero le

había rozado la grupa a un fino potro tordo con su boca, y el potro le había respondido con una rápida coz. Nadie hizo caso, pero yo le vi a Platero una mano corrida de sangre. Eché pie a tierra y , con una espina y una crin, le prendí la vena rota. Luego le dije al Tonto que se lo llevara a casa.

Se fueron los dos, lentos y tristes, por el arroyo seco que baja del pueblo. tornando la cabeza al brillante huir de nuestro tropel...

Cuando, de vuelta del cortijo, fui a ver a Platero, me lo

encontré mustio y doloroso

—¿Ves—le suspiré—que tú no puedes ir a ninguna parte

con los hombres?

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Capítulo cincuenta y cinco

Asnografía

Leo en un Diccionario: Asnografía, s. f. : Se dice,

irónicamente, por descripción del asno.

¡Pobre asno! ¡Tan bueno, tan noble, tan agudo como

eres! Irónicamente... ¿Por qué? ¿Ni una descripción seria

mereces, tú, cuya descripción cierta sería un cuento de

primavera? ¡Si al hombre que es bueno debieran decirle asno!

¡Si al asno que es malo debieran decirle hombre¡

Irónicamente... De ti, tan intelectual, amigo del viejo y del niño, del arroyo y de la mariposa, del sol y del perro, de la flor y de la luna, paciente y reflexivo, melancólico y amable, Marco Aurelio de los prados...

Platero, que sin duda comprende, me mira fijamente con

sus ojazos lucientes, de una blanda dureza, en los que el sol brilla, pequeñito y chispeante, en un breve y convexo

firmamento verdinegro. ¡Ay! ¡Si su peluda cabezota idílica

supiera que yo le hago justicia, que yo soy mejor que esos

hombres que escriben Diccionarios, casi tan bueno como él !

Y he puesto al margen del libro: Asnografía, sentido

figurado: Se debe decir, con ironía, ¡claro está!, por descripción del hombre imbécil que escribe Diccionarios.

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Capítulo cincuenta y seis

Corpus

Entrando por la calle de la Fuente, de vuelta del huerto,

las campanas, que ya habíamos oído tres veces desde los

Arroyos, conmueven, con su pregonera coronación de bronce,

el blanco pueblo. Su repique voltea y voltea entre el chispeante y estruendoso subir de los cohetes, negros en el día, y la

chillona metalería de la música.

La calle, recién encalada y ribeteada de almagra, verdea

toda, vestida de chopos y juncias. Lucen las ventanas colchas de damasco granate, de percal amarillo, de celeste raso, y,

donde hay luto, de lana cándida, con cintas negras. Por las

últimas casas, en la vuelta del Porche, aparece, tarda, la Cruz de los espejos, que, entre los destellos del Poniente, recoge ya la luz de los cirios rojos que lo gotean todo de rosa. Lentamente pasa la procesión. La bandera carmín, y San Roque, Patrón de los panaderos, cargado de tiernas roscas; la bandera glauca, y San Telmo, Patrón de los marineros, con su navío de plata en las manos; la bandera gualda, y San Isidro, Patrón de los

labradores, con su yuntita de bueyes; y más banderas de más

colores, y más Santos, y luego, Santa Ana, dando lección a la Virgen niña, y San José, pardo, y la Inmaculada, azul... Al fin, entre la Guardia Civil, la Custodia, ornada de espigas granadas y de

esmeraldinas uvas agraces su calada platería, despaciosa en su nube celeste de incienso.

En la tarde que cae, se alza, limpio, el latín andaluz de los salmos. El sol, ya rosa, quiebra su rayo bajo, que viene por la calle del Río, en la cargazón de oro viejo de las dalmáticas y las capas pluviales. Arriba, en derredor de la torre escarlata, sobre el ópalo terso de la hora serena de junio, las palomas tejen sus altas guirnaldas de nieve encendida...

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Platero, en aquel hueco de silencio, rebuzna. Y su

mansedumbre se asocia con la campana, con el cohete, con el

latín y con la música de Modesto, que tornan al punto al claro misterio del día; y el rebuzno se le endulza, altivo, y, rastrero, se le diviniza...

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Capítulo cincuenta y siete

Paseo

Por los hondos caminos del estío, colgados de tiernas

madreselvas, ¡cuán dulcemente vamos! Yo leo, canto, o digo

versos al cielo. Platero mordisquea la hierba escasa de los

vallados en sombra, la flor empolvada de las malvas, las

vinagreras amarillas. Está parado más tiempo que andando. Yo lo dejo...

El cielo azul, azul, azul, asaeteado de mis ojos en

arrobamiento, se levanta, sobre los almendros cargados, a sus últimas glorias. Todo el campo, silencioso y ardiente, brilla. En el río, una velita blanca se eterniza, sin viento. Hacia los montes, la compacta humareda de un incendio hincha sus

redondas nubes negras.

Pero nuestro caminar es bien corto. Es como un día suave e

indefenso, en medio de la vida múltiple. ¡Ni la apoteosis del cielo, ni el ultramar a que va el río, ni siquiera la tragedia de las llamas!

Cuando, entre un olor a naranjas, se oye el hierro alegre y

fresco de la noria, Platero rebuzna y retoza alegremente. ¡Qué sencillo placer diario! Ya en la alberca, yo lleno mi vaso y bebo aquella nieve líquida. Platero sume en el agua umbría su boca, y bebotea, aquí y allá, en lo más limpio, avaramente...

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Capítulo cincuenta y ocho

Los gallos

No sé a qué comparar el malestar aquel, Platero... Una

agudeza grana y oro que no tenía el encanto de la bandera de nuestra patria sobre el mar o sobre el cielo azul... Sí. Tal vez una bandera española sobre el cielo azul de una plaza de toros...

mudéjar... como las estaciones de Huelva a Sevilla. Rojo y

amarillo de disgusto, como en los libros de Galdós, en las

muestras de los estancos, en los cuadros malos de la otra

guerra de Africa... Un malestar como el que me dieron siempre las barajas de naipes finos con los hierros de los ganaderos en los oros, los cromos de las cajas de tabacos y de las cajas de pasas, las etiquetas de las botellas de vino, los premios del colegio del Puerto, las estampitas del chocolate...

¿A qué iba yo allí o quién me llevaba? Me parecía el

mediodía de invierno caliente, como un cornetín de la banda de Modesto... Olía a vino nuevo, a chorizo en regüeldo, a tabaco...

Estaba el diputado, con el alcalde y el Litri, ese torero gordo y lustroso de Huelva... La plaza del reñidero era pequeña y

verde; y la limitaban, desbordando sobre el aro de madera ,

caras congestionadas, como vísceras de vaca en carro o de

cerdo en matanza, cuyos ojos sacaba el calor, el vino y el

empuje de la carnaza del corazón chocarrero. Los gritos salían de los ojos... Hacía calor y todo—¡tan pequeño: un mundo de

gallos! —estaba cerrado.

Y en el rayo ancho del alto sol, que atravesaban sin cesar,

dibujándolo como un cristal turbio, nubaradas de lentos humos azules, los pobres gallos ingleses, dos monstruosas y agrias flores carmíneas, se despedazaban, cogiéndose los ojos,

clavándose, en saltos iguales, los odios de los hombres,

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

rajándose del todo con los espolones con limón... o con

veneno. No hacían ruido alguno, ni veían, ni estaban allí siquiera...

Pero y yo, ¿por qué estaba allí, y tan mal? No sé... De

cuando en cuando miraba con infinita nostalgia por una lona

rota, que trémula en el aire, me parecía la vela de un bote de la Ribera, un naranjo sano, que en el sol puro de fuera aromaba el aire con su carga blanca de azahar... ¡Qué bien—perfumada mi alma—ser naranjo en flor, ser viento puro, ser sol alto!

...Y, sin embargo, no me iba...

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Capítulo cincuenta y nueve

Anochecer

En el recogimiento pacífico y rendido de los crepúsculos

del pueblo, ¡qué poesía cobra la adivinación de lo lejano, el confuso recuerdo de lo apenas conocido! Es un encanto

contagioso que retiene todo el pueblo como enclavado en la

cruz de un triste y largo pensamiento.

Hay un olor al nutrido grano limpio que, bajo las frescas

estrellas, amontona en las eras sus vagas colinas—¡oh

Salomón!—,tiernas y amarillentas. Los trabajadores canturrean por lo bajo, en un soñoliento cansancio. Sentadas en los

zaguanes, las viudas piensan en los muertos, que duermen tan cerca, detrás de los corrales. Los niños corren de una sombra a otra, como vuelan de un árbol a otro los pájaros...

Acaso, entre la luz sombría que perdura en las fachadas

de cal de las casas humildes, que ya empiezan a enrojecer las farolas de petróleo, pasan vagas siluetas terrosas, calladas, dolientes—un mendigo nuevo, un portugués que va hacia las

rozas, un ladrón acaso—, que contrastan, en su oscura

apariencia medrosa, con la mansedumbre que el crepúsculo

malva, lento y místico, pone en las cosas conocidas... Los

chiquillos se alejan, y en el misterio de las puertas sin luz se habla de unos hombres que “sacan el unto a los niños para curar a la hija del rey, que está hética”...

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Capítulo sesenta

El sello

Aquél tenía la forma de un reloj, Platero. Se abría la cajita de plata y aparecía, apretado contra el paño de tinta morada, como un pájaro en su nido. ¡Qué ilusión cuando, después de

oprimirlo un momento contra la palma blanca, fina y malva de mi mano aparecía en ella la estampilla:

Francisco Ruiz, Moguer.

¡Cuánto soñé yo con aquel sello de mi amigo del colegio de don Carlos! Con una imprentilla que me encontré arriba, en el

escritorio viejo de mi casa, intenté formar uno con mi nombre.

Pero no quedaba bien, y, sobre todo, era difícil la impresión. No era como el otro, que con tal facilidad dejaba, aquí y allá, en un libro, en la pared, en la carne, su letrero:

Francisco Ruiz, Moguer.

Un día vino a mi casa, con Arias, el platero de Sevilla, un

viajante de escritorio. ¡Qué embeleso de reglas, de compases, de tintas de colores, de sellos! Los había de todas las formas y tamaños. Yo rompí mi alcancía, y con un duro que me

encontré, encargué un sello con mi nombre y pueblo. ¡Qué

larga semana aquélla! ¡Qué latirme el corazón cuando llegaba el coche del correo! ¡Qué sudor triste cuando se alejaban, en la lluvia, los pasos del cartero! ¡Al fin una noche, me lo trajo. Era un breve aparato complicado, con lápiz, pluma, iniciales para lacre..., qué sé yo! Y dando a un resorte, aparecía la estampil a, nuevecita, flamante.

¿Quedó algo por sellar en mi casa? ¿Qué no era mío? Si

otro me pedía el sello—¡cuidado, que se va a gastar ¡—, ¡qué angustia! Al día siguiente, ¡con qué prisa alegre llevé al colegio todo!: libros. blusa, sombreros, botas, manos, con el letrero: 72

Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Juan Ramón Jiménez, Moguer.

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Capítulo sesenta y uno

La perra parida

La perra de que te hablo, Platero, es la de Lobato, el

tirador. Tú la conoces bien, porque la hemos encontrado

muchas veces por el camino de los Llanos... ¿Te acuerdas?

Aquella dorada y blanca, como un poniente anubarrado de

mayo... Parió cuatro perritos, y Salud, la lechera, se los llevó a su choza de las Madres porque se le estaba muriendo un niño, y

don Luis le había dicho que le diera caldo de perritos. Tú sabes bien lo que hay de la casa de Lobato al puente de las Madres, por la pasada de las Tablas...

Platero, dicen que la perra anduvo como loca todo aquel

día, entrando y saliendo, asomándose a los caminos,

encaramándose en los vallados, oliendo a la gente... Todavía a la oración la vieron, junto a la casilla del celador, en los Hornos, aullando tristemente sobre unos sacos de carbón contra el ocaso.

Tú sabes bien lo que hay de la calle de Enmedio a la

pasada de las Tablas... Cuatro veces fue y vino la perra durante la noche, y cada una se trajo a un perrito en la boca, Platero. Y al amanecer, cuando Lobato abrió su puerta, estaba la perra en el umbral mirando dulcemente a su amo, con todos los perritos

agarrados, en torpe temblor, a sus tetillas rosadas y llenas...

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Capítulo sesenta y dos

Ella y nosotros

Platero, acaso ella se iba— ¿adónde?—en aquel tren

negro y soleado que, por la vía alta, cortándose sobre los

nubarrones blancos, huía hacia el Norte.

Yo estaba abajo, contigo, en el trigo amarillo y ondeante,

goteado todo de sangre de amapolas, a las que ya julio ponía la coronita de ceniza. Y las nubecillas de vapor celeste—¿te

acuerdas?— entristecían un momento el sol y las flores,

rodando vanamente hacia la nada...

¡Breve cabeza rubia, velada de negro!... Era como el

retrato de la ilusión en el marco fugaz de la ventanilla. Tal vez ella pensara: “¿Quiénes serán ese hombre enlutado y ese

burrillo de plata?”

¡Quiénes habíamos de ser! Nosotros... ¿verdad, Platero?

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Capítulo sesenta y tres

Gorriones

A mañana de Santiago está nublada de blanco y gris,

como guardada en algodón. Todos se han ido a misa. Nos

hemos quedado en el jardín los gorriones, Platero y yo.

¡Los gorriones! Bajo las redondas nubes, que, aveces,

llueven unas gotas finas, ¡cómo entran y salen en la

enredadera, cómo chillan, cómo se cogen de los picos! Este

cae sobre una rama, se va y la deja temblando; el otro se bebe un poquito de cielo en un charquillo del brocal del pozo; aquél ha saltado al tejadillo del alpende, lleno de flores casi secas, que el día pardo aviva.

¡Benditos pájaros, sin fiesta fija! Con la libre monotonía de lo nativo, de lo verdadero, nada, a no ser una dicha vaga, les dicen a ellos las campanas. Contentos, sin fatales obligaciones, sin esos olimpos ni esos avernos que extasian o que

amedrantan a los pobres hombres esclavos, sin más moral que

la suya ni más Dios que lo azul, son mis hermanos, mis dulces hermanos.

Viajan sin dinero y sin maletas: mudan de casa cuando se

les antoja; presumen un arroyo, presienten una fronda, y so

tienen que abrir sus alas para conseguir la felicidad; no saben de lunes ni de sábados; se bañan en todas partes, a cada momento; aman el amor sin nombre, la amada universal.

Y cuando las gentes ¡las pobres gentes!, se van a misa

los domingos, cerrando las puertas, ellos, en un alegre ejemplo de amor sin rito, se vienen de pronto, con su algarabía fresca y jovial, al jardín de las casas cerradas, en las que algún poeta, que ya conocen bien, y algún burrillo tierno—¿te juntas

conmigo?—los contemplan fraternales.

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Capítulo sesenta y cuatro

Frasco Vélez

Hoy no se puede salir, Platero. Acabo de leer en la

plazoleta de los Escribanos el bando del alcalde:

“Todo Can que transite por los andantes de esta Noble Ciudad de Moguer, sin su correspondiente Sálamo o bozal, será

pasado por las armas por los Agentes de mi Autoridad.”

Eso quiere decir, Platero, que hay perros rabiosos en el

pueblo. Ya ayer noche he estado oyendo tiros y más tiros de la Guardia municipal, nocturna consumera volante, creación

también de Frasco Vélez, por el Monturrio, por el Castillo, por los Trasmuros.

Lolilla, la tonta, dice alto por las puertas y ventanas que no hay tales perros rabiosos, y que nuestro alcalde actual, así como el otro, Vasco, vestía al Tonto de fantasma, busca la

soledad que dejan sus tiros para pasar su aguardiente de pita y de higo. Pero ¿y si fuera verdad y te mordiera un perro rabioso?

¡No quiero pensarlo, Platero!

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez

Capítulo sesenta y cinco

El verano

Platero va chorreando sangre, una sangre espesa y

morada, de las picaduras de los tábanos. La chicharra sierra un pino, que nunca llega... Al abrir los ojos, después de un

inmenso sueño instantáneo, el paisaje de arena se me torna

blanco, frío en, su ardor. espectral.

Están los jarales bajos constelados de sus grandes flores

vagas, rosas de humo, de gasa, de papel de seda, con las

cuatro lágrimas de carmín; y una calina que asfixia, enyesa los pinos chatos. Un pájaro nunca visto, amarillo con lunares

negros, se eterniza, mudo, en una rama.

Los guardas de los huertos suenan el latón para asustar a

los rabúos, que vienen, en grandes bandos celestes, por

naranjas... Cuando llegamos a la sombra del nogal grande rajo dos sandías, que abren su escarcha grana y rosa en un largo

crujido fresco. Yo me como la mía lentamente, oyendo, a lo

lejos, las vísperas del pueblo. Platero se bebe la carne de azúcar de la suya como si fuese agua.

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Platero y yo

Juan Ramón Jiménez