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Puro deseo

Tessa Radley

Editorial: Harlequin Iberica

Género: Contemporaneo

Protagonistas: Zac Kyriakos y Pandora Armstrong

Argumento:

Zac Kyriakos debía casarse con una mujer pura de corazón y de cuerpo,

pero la búsqueda del millonario griego parecía realmente difícil. Hasta

que conoció a la hermosa Pandora Armstrong. Tenía juventud, belleza e

inocencia, todo lo que necesitaba. Zac no tardó en conseguir cautivar a

Pandora con sus encantos y ya se habían casado cuando ella descubrió el

motivo por el que su esposo se había esforzado tanto en enamorarla. Ya

no podía confiar en lo que su marido sentía por ella… y se preguntaba si

querría seguir casado cuando se enterara de que ella no era tan inocente

como Zac creía…

Capítulo Uno

–Sí quiero.

Pandora Armstrong pronunció aquellas palabras con voz clara y firme y,

automáticamente, sintió que la invadía una ola de alegría. Miró al novio con disimulo. Zac Kyriakos se erguía junto a ella como una roca. Serio. Concentrado. Increíblemente guapo.

Tenía la mirada fija en el frente y su perfil podría haber sido el de cualquier estatua del Museo de la Acrópolis al que había llevado a Pandora sólo tres días antes. La nariz arrogante, la mandíbula ancha y los pómulos pronunciados, todo le recordaba a las estatuas que había visto allí. Pero fue en su boca en lo que Pandora detuvo la mirada. Dios, su boca…

Una boca de labios carnosos y sensuales, una boca hecha para el pecado.

En aquel momento Zac bajó la mirada y la vio mirándolo. Sus ojos, fríos como el

hielo, ardieron con pasión y su boca se curvó en una sonrisa.

Pandora sintió el deseo que crecía dentro de su cuerpo y tuvo que bajar la mirada,

centrarse en el ramo de rosas blancas que llevaba en la mano.

Dios. ¿Cómo era posible sentir algo semejante por un hombre? Y no se trataba de un

hombre cualquiera. El que hacía que se sintiera agitada y febril no era otro que Zac Kyriakos.

¿Qué le había hecho?

¿La había cautivado?

Tuvo que hacer un esfuerzo para no frotarse los ojos y comprobar que todo aquello

no era un sueño. ¿Cómo era posible que ella, Pandora la santurrona, se hubiera enamorado tan deprisa de alguien después de lo sucedido aquel verano?

De pronto oyó decir al arzobispo:

–Puedes besar a la novia.

Los votos y el beso no solían incluirse en las bodas ortodoxas griegas, pero Zac los

había pedido por ella.

¡Estaba casada!

Casada con el alto y guapísimo hombre a cuya mano se agarraba con tal fuerza que

debía de estar dejándole la marca de las uñas. Pandora tenía el estómago encogido por los nervios. No todos los días se casaba una con un hombre al que había conocido hacía tan sólo tres meses.

–¿Pandora?

Ella levantó la cabeza y se encontró con sus ojos, unos ojos que la miraban con ardor.

Unos ojos posesivos y hambrientos. Había una pregunta en ellos. Pandora asintió de manera casi imperceptible para darle el permiso que él le estaba pidiendo.

Él también le apretó la mano al tiempo que posaba la otra sobre su cadera, cubierta

por aquel vestido que, durante siglos, había pasado de una novia de la familia Kyriakos a otra. Inclinó la cabeza sobre ella y Pandora sintió el roce cálido e íntimo de su boca.

Ese simple roce sirvió para que Pandora se olvidara por completo de la presencia del

arzobispo y de toda la gente que llenaba los bancos de la iglesia. Se olvidó de que aquel hombre era Zac Kyriakos, propietario de una importante naviera, multimillonario.

Lo único que existía en aquel momento eran sus labios y el calor que le transmitían,

un calor que inundó todo su cuerpo de golpe.

Pero él la soltó enseguida y Pandora tuvo que recordar dónde estaban, en una iglesia, ante casi un millar de personas que los observaban. El calor desapareció de pronto y, a pesar del intenso sol de agosto que brillaba con fuerza en el exterior, Pandora sintió frío.

–¡Madre mía! –Pandora abrió los ojos de par en par al ver la nube de paparazzi que

los esperaban junto a la residencia que Zac tenía en Kifissia, una lujosa zona residencial al norte de Atenas donde iba a celebrarse la fiesta.

–¿Te agobia? –una malévola sonrisa iluminó el rostro bronceado de Zac–. Es como

un circo de tres pistas, ¿verdad?

–Sí –Pandora se agazapó en el asiento, intentando esconderse de los objetivos de las

cámaras.

Los periodistas la habían perseguido desde el mismo instante que había puesto un pie

fuera del avión, pero Zac y sus guardaespaldas habían mantenido a distancia a aquella ansiosa multitud. Seguramente debería haber imaginado que la boda de Zac Kyriakos con una joven adinerada provocaría una enorme expectación.

Como bisnieto de una princesa rusa y del legendario Orestes Kyriakos, Zac había

heredado gran parte de su fortuna de su abuelo, Sócrates, después de que Orestes hubiese utilizado el patrimonio de su esposa para devolver a la familia Kyriakos la gloria de la que habían disfrutado antes de la Primera Guerra Mundial. Tanto Orestes como Sócrates se

habían convertido en auténticas leyendas de sus respectivas épocas y Zac también ocupaba ya un lugar importante en las portadas de las revistas de economía de todo el mundo, así como en las listas de los solteros más deseados.

Sin embargo Pandora había sido tan ingenua como para no pararse a pensar en la

fama de su prometido; jamás habría pensado que su boda recibiría la atención que se le daría a una boda real.

–Sonríe. Todos creen que nuestra boda es muy romántica, una especie de cuento de

hadas moderno –le susurró Zac al oído–. Y tú eres la hermosa princesa.

Con la sensación de estar interpretando un papel, Pandora miró por la ventana y

dibujó en su rostro una sonrisa impostada. Los periodistas se volvieron locos, pero enseguida atravesaron la enorme puerta de hierro y los perdió de vista mientras se adentraban en un camino flanqueado por árboles y junto al que se extendían unos impresionantes jardines.

–Pandora –la expresión de Zac se volvió seria de repente–. ¿Recuerdas lo que te dije

nada más llegar? No leas los periódicos. No busques esas fotos en la prensa de mañana porque irán acompañadas de mentiras y de verdades a medias que no harán más que ponerte triste –le dijo con una voz inesperadamente intensa mientras le acariciaba la muñeca con la yema del dedo pulgar–. Las especulaciones, los chismorreos y toda la basura que publican te dejarían destrozada.

–Lo sé. Ya te he prometido que no miraré los periódicos –Pandora suspiró–. Cuánto

desearía que estuviera aquí papá –la ausencia de su padre era la única sombra en un día que por todo lo demás había sido perfecto. Desde que un brote de neumonía le había dañado seriamente los pulmones hacía cuatro años, su padre ya no se arriesgaba a viajar en avión–.

Siempre pensé que estaría a mi lado el día de mi boda para entregarme.

Aquello le hizo pensar que acababa de dejar atrás su infancia y a su padre. A partir de aquel día viviría con Zac. Amada y adorada. Los lujos y la gente que los rodeaban no

importaban. Nada importaba. Sólo Zac.

En ese instante apareció ante ellos la casa de Zac, que era más bien una mansión con

su torre y sus gruesos muros de piedra. Aquélla sería su casa de ahora en adelante, junto con la que poseía también en Londres. Zac también había hablado de comprar algo en Nueva

Zelanda, cerca de la propiedad del padre de Pandora.

–Puede que tu padre no esté aquí contigo, pero estoy yo. Siempre estaré a tu lado.

Pandora se volvió a mirarlo al percibir la intensidad con la que había pronunciado

aquellas palabras. Sus rasgos marcados parecían suavizados por la luz del sol y sus ojos la miraban con dulzura. Sintió un nudo en la garganta. Buscó algo que decir, pero no encontró palabra alguna que estuviera a la altura del momento.

–¿Estás preparada para enfrentarte al mundo, yineka mu? –le preguntó mientras el coche se detenía.

«Esposa mía».

Pandora sonrió con sincera felicidad.

–Estoy preparada para cualquier cosa.

Zac la ayudó a salir del coche y juntos se acercaron a aquéllos que los esperaban

junto a la puerta para felicitarlos. Pandora estaba deseando conocer a los amigos de Zac, a la hermana y a los primos de los que había hablado incesantemente durante el tiempo que había estado en Nueva Zelanda. Habría querido conocerlos nada más llegar a Atenas al principio de la semana, pero Zac la había mirado con ese brillo en los ojos que ella adoraba y le había dicho que aún no estaba preparado para compartirla con nadie. Le había explicado que quería enseñarle la ciudad y fingir que eran dos turistas más. Ya tendría tiempo de conocer a todo el mundo más tarde… en la boda. Ella había accedido a sus deseos casi de manera inmediata.

Zac sólo tenía que sonreír para hacerla derretir.

Se habían conocido en High Ridge, la enorme explotación ganadera que el padre de

Pandora poseía en Nueva Zelanda. Zac había viajado hasta allí para hablar de la posibilidad de ofrecer alojamiento de lujo en la explotación a los pasajeros de los cruceros Kyriakos que atracaban en Christchurch.

Y había sido en High Ridge donde había ocurrido el milagro… Zac se había

enamorado de ella. Habían vivido tres semanas llenas de momentos inolvidables y después había llegado la sorprendente proposición de matrimonio, el increíble anillo y la promesa de quererla durante el resto de su vida.

Pandora había aceptado con total imprudencia y se había echado a llorar. Él le había

secado aquellas lágrimas de felicidad y su ternura había hecho que Pandora lo amara aún más.

Su padre había recibido la noticia con gran alegría, una alegría que había demostrado estrechando con fuerza la mano de su futuro yerno.

Zac había tenido que volver a Europa poco después, a dirigir la poderosa compañía

naviera que había heredado de su abuelo. A pesar del océano que los había separado, habían hablado por teléfono a diario y durante aquellas conversaciones, Pandora había llegado a conocer bien al hombre del que se había enamorado. Se habían visto dos veces más, durante dos rápidas visitas que Zac había hecho a Nueva Zelanda. Finalmente, Pandora había viajado a Atenas la semana anterior, había pasado cinco días haciendo turismo con Zac y después todo había culminado en el gran día.

Ahora, mientras se acercaban a la enorme entrada de la casa recibiendo felicitaciones de todo el mundo, Pandora reconoció algunas caras. Una famosa actriz de Hollywood le dio un beso en la mejilla y su también famoso marido, un cantante de rock, le estrechó la mano.

Después saludó con una sonrisa a un importante futbolista y a su esposa, todo un icono de la moda.

Ya dentro de la casa, vio a un príncipe europeo y a su esposa australiana, una chica de clase alta que había saltado a la fama gracias a un programa de televisión. También había numerosas novelistas. Con cada cara conocida que veía, aumentaba la sensación de Pandora de estar completamente fuera de lugar.

Tenía la boca seca por los nervios, pero no había un momento de descanso. Las

felicitaciones no pararon ni siquiera cuando se sentó junto a Zac en la mesa nupcial. Todo el mundo la miraba y sonreía y Pandora no dejaba de preguntarse si estaba a la altura de las expectativas o si la gente esperaba algo más de la mujer que se casara con Zac Kyriakos. La idea resultaba desmoralizante.

Echó un vistazo por el resto de las mesas. Evie y Helen, sus dos amigas de la escuela, tenían que estar allí en algún lugar. Las tres jóvenes habían pasado toda una década juntas en el estricto internado. A excepción de las vacaciones, Pandora había pasado la mayor parte de su vida en el colegio St. Catherine's, del que se había marchado sólo unos meses antes de cumplir dieciocho años, hacía tres. Desde entonces, había ayudado a su padre en High Ridge.

Pandora se sentía mal por no haber tenido oportunidad de saludar a sus amigas, pero

sabía que ellas la perdonarían y comprenderían que aquella noche su prioridad era Zac. No obstante, las buscaría más tarde.

–Aquí vienen Basil Makrides y su esposa, Daphne –murmuró Zac–. Suelo hacer

negocios con él.

Pandora sonrió amablemente. Después de que los Makrides se hubieran alejado de

nuevo, hubo una pequeña pausa.

–¿Dónde está tu hermana? Aún no la conozco –Pandora habría querido verla antes de

la ceremonia.

Le habría gustado tener compañía mientras estaba en manos del peluquero, de la

maquilladora y de la modista que había arreglado el vestido de novia. Habría sido muy agradable que la hermana de Zac hubiera estado allí con ella, o al menos la tía o la prima de las que tanto le había hablado. Alguien que le dijera que todo iba a salir bien.

Que iba a llevarse bien con todo el mundo.

El gesto de Zac se oscureció de pronto.

–Mi hermana no ha podido llegar a la boda. Ha habido un problema.

Pandora vio la preocupación en su mirada.

–¿Está… enferma?

–No, no es eso –respondió bruscamente–. No tienes por qué preocuparte. Vendrá más

tarde.

Pandora se tensó al oír aquella contestación; Zac no solía tratarla como si fuera una jovencita tonta cuya opinión no contaba. ¿Qué estaba pasando? ¿Tenía algo que ver con ella… o quizá con su hermana?

–Lo siento –dijo él–. No pretendía ser tan brusco. Es mi cuñado, él es el problema…

no es una persona fácil.

–Vaya –Pandora hizo sus propias conclusiones–. Pobrecita, casada con un bruto.

–No la maltrata ni nada parecido.

–¿Entonces? –no pudo ocultar su curiosidad.

Pero Zac negó con la cabeza.

–Ahora no quiero pensar en mi cuñado. No quiero enfadarme el día de mi boda.

–Yo tampoco quiero que te enfades –dijo ella poniéndole la mano en el brazo–.

Cuéntamelo cuando estés preparado para hacerlo.

–Eres la esposa perfecta –le dijo Zac al oído antes de darle varios besos en el cuello y en el hombro.

El flash de una cámara sobresaltó a Pandora.

–No te preocupes –susurró él–. Todos los invitados son de fiar. No hay ningún

periodista, sólo familiares y amigos. Ah, y un fotógrafo de impecable reputación que se encargará de que tengamos un recuerdo de este día.

Pandora sintió que se le encogía el estómago al pensar en la prensa, todos aquellos

periodistas ansiosos por conseguir una imagen de Zac y ella juntos.

Durante la interminable cena no dejaron de saltar los flashes de las cámaras y en todo momento, Pandora podía ver la curiosidad en las miradas de las mujeres y las dudas de los hombres. ¿Por qué, de todas las mujeres del mundo, Zac Kyriakos habría elegido a una don nadie neozelandesa? Era la misma pregunta que se hacía ella constantemente y para la que no había encontrado respuesta.

Finalmente dejó de pensar en que había algo que no sabía y dejó que Zac la

estrechara junto a él mientras le presentaba a los invitados.

Ya había pasado el primer vals.

Pandora miró a la desconocida cuya imagen le devolvía el espejo, tenía el rostro

sonrojado y los ojos brillantes. Se había ausentado del salón para comprobar que el

maquillaje seguía intacto, pues las cámaras no habían dejado de perseguirlos en ningún momento.

Mientras se retocaba las pestañas, Pandora tuvo que reconocer que aquella situación

la sobrepasaba. ¿Cómo podría explicar que, a pesar del millonario fondo fiduciario que recibiría al cumplir los veinticinco, el glamour del mundo de Zac, con todos aquellos famosos y siempre bajo la atenta mirada de las cámaras, le resultaba enervante?

Antes de salir, bebió un trago de agua bien fría y se dispuso a volver al bullicio y a las luces.

–Pandora –la llamó Zac nada más entrar en el salón.

Con su enorme estatura, a Pandora le resultó fácil encontrarlo entre la multitud.

–Éste es mi tío Costas, es hermano de mi madre –le dijo presentándole al hombre que

estaba a su lado.

Pandora sonrió a aquel hombre de ojos azules que le estrechó la mano suavemente.

–Es un verdadero placer –dijo llevándose su mano a los labios.

–Mi tío es un reputado seductor, así que ten cuidado –dijo Zac riéndose con evidente

cariño–. No sé cómo lo soporta la tía Sophia.

El tío de Zac se encogió de hombros.

–Supongo que porque sabe que es a ella a la que amo. Creo que ya has conocido a mi

hijo.

Pandora trató de recordar quién era el hijo de Costas.

–Dimitri –aclaró él.

–Ah, sí –dijo, aliviada–. El abogado que preparó el acuerdo prematrimonial, el

koum… –le resultaba difícil pronunciar aquella palabra–… el padrino –optó por la que conocía–. Él fue quien sujetó las coronas sobre nuestras cabezas durante la ceremonia.

Koumbaro –corrigió Zac.

–Eso, el koumbaro –repitió ella.

Zac le había explicado que, como koumbaro, Dimitri sería también el padrino de su primer hijo… algún día. Sintió un escalofrío al imaginar a un niño con los ojos de Zac. Pero antes quería pasar un par de años a solas con su flamante esposo.

–No te resultará difícil aprender nuestras costumbres –Costas parecía satisfecho–. ¿Te ha resultado muy agobiante conocer a tanta gente?

Pandora asintió, agradecida por su comprensión.

–Puedes llamarme theos, tío, como me llama Zac.

–Gracias, theos. Zac me ha hablado mucho de ti –Pandora sabía que aquel hombre había sido como un padre para Zac durante la adolescencia. Costas, que era abogado de profesión, había participado activamente en la empresa Kyriakos aunque no fuera un

Kyriakos. En el momento en que Zac se había hecho con el control del consejo de dirección, su tío había dimitido para concentrar toda su energía en el bufete de abogados que ahora llevaba junto a sus dos hijos, Stacy y Dimitri. Dimitri trabajaba con su padre en la oficina de Atenas, mientras que Stacy se hacía cargo de la de Londres. Pandora recordaba el amor y el respeto con los que Zac le había hablado de su tío durante sus largas conversaciones

telefónicas–. Me alegro mucho de conocerte –dijo ella.

–Ya hablaremos más tranquilamente –dijo Costas y le dio una palmadita en el

hombro a Zac–. Ahora, muchacho, es hora de que bailes con la novia.

–Zac, te toca bailar.

La llegada de dos hombres le impidió a Pandora que le preguntara a Costas a qué se

refería con eso de hablar más tarde.

–Vamos, Zacharias –dijo el segundo hombre, sonriendo con igual malicia que su

acompañante.

Zac miró a Pandora con fingido pesar.

–Creí que podría librarme de esto.

–De eso nada –dijo uno de ellos con una carcajada.

Zac suspiró dramáticamente.

–Pandora, te presento a Tariq y a Angelo, otros dos primos míos.

Pandora los observó con interés, pues Zac había hablado de ellos con cariño y

admiración. Después de la muerte del abuelo Sócrates, cada uno de los tres nietos había heredado una buena parte de la empresa. Como único hijo varón del único hijo varón, Zac había heredado la mayor parte de las acciones, pero Tariq y Angelo, al igual que la hermana de Zac, también habían recibido una generosa porción del negocio.

La mirada de Pandora fue de un hombre a otro y entre ellos vio ciertas similitudes, no sólo físicas sino también en el porte y en el aire de poder que irradiaban los tres.

–Bienvenida a la familia –dijo Angelo mirándola con sus penetrantes ojos azules.

Pandora sonrió.

–Gracias.

Tariq sin embargo la agarró por ambos hombros y le dio un beso en cada mejilla.

–Tienes que venir a visitar Zayad con tu marido.

–Antes deja que pasemos algún tiempo solos –gruñó Zac–. Iremos dentro de un par

de meses.

Tariq se echó a reír.

–Cuando queráis. Pero ahora vamos a bailar.

Zac la llevó junto a la orquesta, que estaba tocando una música griega al ritmo de la cual los invitados bailaban formando una espiral interminable.

–Uníos a nosotros, Zac –les gritó Dimitri.

Antes de que pudiese darse cuenta, Pandora se encontró moviéndose con la espiral.

Al principio tuvo la sensación de que no iba a ser capaz de seguir los pasos del baile por mucho que observase los movimientos de Zac, pero de pronto sintió el ritmo y sus pies empezaron a moverse solos. Sintió verdadera euforia.

Imitaba los pasos de Zac aun cuando el ritmo de la música se aceleraba. La gente

cantaba a su alrededor y ella lamentaba no poder entender lo que decía la letra.

Zac le agarró la mano derecha, la izquierda la tenía ya Dimitri. La mujer que Zac

tenía al otro lado dio un paso adelante y Pandora y ella intercambiaron una rápida sonrisa antes de que Pandora volviera a concentrarse en seguir los pasos.

La música se hizo más lenta y eso la hizo tropezarse, pero Zac la agarró de la cintura.

Pandora frunció el ceño.

–Deja que la música te guíe –le aconsejó Zac–. Relájate. Tu cuerpo tiene que dejarse

llevar por la corriente, no puede estar duro como un madero en mitad del mar.

Pero no era tan sencillo como parecía.

–No me agarres tan fuerte –siguió diciéndole–. Escucha la música y deja que fluya

por tu cuerpo.

Pandora se concentró en la voz triste de la cantante.

–Habla de su amado, al que espera cada día en el muelle –le explicó Zac con un

susurro–. Está segura de que su barco aparecerá, devolviéndolo a su lado.

La música era conmovedora y Pandora se dio cuenta de que se le había formado un

nudo en la garganta.

–Muy bien. Ya lo tienes –dijo Zac con voz triunfante.

Y Pandora volvió a la realidad de golpe. Había conseguido seguir los pasos del baile.

¿Cómo lo había hecho? Se preguntó a sí misma, anonadada.

–La música griega sale del corazón y el baile no hace más que convertir esa música

en movimiento. Tu cuerpo tiene que sentir el ritmo –la miró fijamente a los ojos–. Es fácil.

Se trata de sentir, no de pensar en la técnica ni nada de eso. Sólo es emoción, la alegría del amor, el dolor de la traición.

La música parecía haberse apoderado de ella, sus pies se movían solos y el cuerpo los seguía.

Pero la música volvió a cambiar.

–Vamos a sentarnos un rato –sugirió Zac–. ¿Te apetece beber algo? ¿Una copa de

champán? Pandora estaba acalorada y sedienta por culpa del baile.

–Sólo agua, por favor.

Zac no tardó en volver con el vaso de agua.

–Ha sido genial –dijo ella, aún sorprendida con su propio logro.

–Ven, vamos a un lugar más fresco –la agarró de la mano y se la llevó hacia un

extremo del salón–. Has aprendido los pasos muy rápido.

Ella se echó a reír.

–No me ha resultado nada fácil. Tienes que enseñarme mejor… cuando estemos solos

–si alguna vez conseguían estarlo.

Él esbozó una sonrisa.

–¿Qué tal durante la luna de miel? –preguntó al tiempo que la conducía al exterior,

donde las estrellas iluminaban el cielo oscuro. Zac se deshizo el nudo de la pajarita y se desabrochó el primer botón de la camisa.

–¿Entonces va a haber luna de miel? –preguntó ella con el corazón acelerado.

–Claro –se apoyó en una columna y agarró a Pandora de la cintura para atraerla junto

a sí–. Los dos solos. Creo que nos lo merecemos.

–¿Dónde iremos?

–Es una sorpresa. Sólo te diré que habrá sol, mar y la única compañía de Georgios y

Maria, el matrimonio que cuida la casa.

–Me muero de ganas de estar allí, sea donde sea. ¿Cuándo nos vamos?

–Mañana –la voz de Zac se convirtió en un seductor susurro–. Yo también me muero

de ganas.

Dentro se había detenido la música.

Hubo un momento de silencio. Pandora sentía la mirada de Zac sobre ella, como si

estuviera esperando a que ella hiciera algo. No sabía qué esperaba, así que hizo lo que más deseaba. Se puso de puntillas y lo besó en la boca. El fuego se encendió de inmediato. Zac gimió contra sus labios, que estaban ya entreabiertos.

Se besaron apasionadamente.

A lo lejos se oía ya la siguiente canción, pero Pandora sólo podía sentir la boca de

Zac, esa boca de la que no podría cansarse jamás.

Pero entonces él se apartó.

–Éste no es el lugar adecuado. Podría vernos alguien. Ven –dijo tirando de ella.

–Zac, no podemos marcharnos –protestó Pandora mirando al interior de la casa.

–Claro que podemos –aseguró él deteniéndose a mirarla con evidente ardor. Sus

labios se curvaron en una seductora sonrisa–. ¿Por qué habríamos de quedarnos si lo que ambos queremos es marcharnos?

–Porque… –Pandora intentó buscar una razón, pero sólo podía pensar en el modo en

que la camisa de seda se pegaba a su cuerpo sudoroso por el baile. El cuerpo de Zac. Miró esos centímetros de piel que asomaban por el cuello de la camisa y tragó saliva–. Porque es nuestra boda y ni siquiera hemos cortado la tarta.

–La tarta puede esperar. Podemos cortarla en la comida de mañana. Vamos –Zac

volvió a tirar de ella con impaciencia.

–¿Qué comida? –Pandora se detuvo.

–En la que voy a presentarte a mi familia –dijo estrechándola en sus brazos.

–Ah –ella había creído que después de la boda podrían por fin estar solos. Que

podrían disfrutar el uno del otro en la luna de miel que él mismo le había prometido. Pero parecía que no iba a ser así–. ¿Pensé que mañana nos íbamos de luna de miel?

–Sí, pero más tarde –le dijo él con una sonrisa–. Ten paciencia, esposa mía. Aún no

has tenido oportunidad de conocer a mi familia, como muy bien has dicho. Te he tenido para mí solo durante cinco días, pero tenemos que aprovechar ahora que todos están aquí porque pasará algún tiempo hasta que volvamos a reunirnos de nuevo. Pensé que sería buena idea que tuvieras tiempo de conocerlos bien al margen del bullicio de la boda.

–Claro –dijo Pandora, pero lo cierto era que se sintió de inmediato contrariada y

confundida.

Deseaba estar a solas con Zac, pero también quería conocer a su familia y a sus

mejores amigos. Quería tener oportunidad de hablar con Angelo y Tariq, de preguntarles a Dimitri y a Stacy cómo había sido Zac de niño. Y quería conocer a su hermana.

Quería tener su aprobación.

Zac tenía razón. Debía conocerlos cuanto antes, pero eso hacía que se sintiera

insegura.

–¿Y si no les gusto?

–¿Cómo no vas a gustarles? –le dijo levantándole el rostro suavemente–. Eres

perfecta –añadió con una enorme sonrisa–. ¿Quién va a atreverse a cuestionarte?

Pandora se puso aún más nerviosa. No era perfecta ni mucho menos, de pronto tenía

miedo que Zac la hubiese colocado en una especie de pedestal. ¿Y si su hermana la odiaba?

Zac no permitiría que nadie pusiera en tela de juicio su elección.

Pandora se mordió el labio inferior y se aseguró a sí misma que todo iba a salir bien.

Ahora era la esposa de Zac Kyriakos y su familia tendría que aceptarla. Seguro que acabarían queriéndola.

Como la quería Zac.

Desde luego ella iba a hacer todo lo que pudiese para que así fuera y Zac se

encargaría del resto. Se acurrucó en sus brazos. A veces olvidaba lo poderoso que era. A veces era sólo Zac, el hombre al que adoraba.

–Deja de preocuparte, todo va a salir bien –le dijo acompañando sus palabras con un

beso que hizo que desapareciera todo rastro de nerviosismo.

De pronto sólo podía pensar en él, en su boca y en la fuerza de los brazos que la

rodeaban y hacían que su cuerpo vibrara de deseo.

Él apartó la boca de ella y respiró hondo.

–¿Podemos marcharnos ya?

–Sí –dijo ella con un suspiro.

Capítulo Dos

Zac se acercó al mueble-bar que había en un rincón de la sala de estar que formaba

parte del dormitorio principal de la casa y se sirvió dos dedos de whisky de malta. Una vez con el vaso en la mano, fue hasta la ventana. Sin las luces de la ciudad a lo lejos, lo único en lo que pudo pensar fue en el extraño silencio que reinaba en la habitación.

Su mujer estaba al otro lado de la puerta que había a su espalda. Se preguntó si estaría lista para él.

Se le encogió el estómago al pensarlo.

Llevaba tres meses esperando aquel momento. Había tenido mucha paciencia, se

había portado como un verdadero santo.

Durante el breve noviazgo ni siquiera se había atrevido a acercarse a su futura esposa.

Se había permitido sólo dos visitas, para las cuales había tenido que hacer dos vuelos de veinticinco horas. Las casi cincuenta horas que había pasado en el aire habían sido más que el tiempo que había pasado con su prometida, pero había merecido la pena. Sólo por verla.

Por tocarla.

Levemente.

Con prudencia.

Ambas veces se había marchado antes de perder el control, antes de tomarla en

brazos y llevársela a la enorme cama de la casita de madera que había ocupado en High Ridge, allí la habría poseído hasta satisfacer su necesidad. Su pasión la habría dejado anonadada igual que lo había sorprendido también a él.

Aquella mujer era la personificación de la tentación, con su sedoso cabello claro, sus enormes ojos y su cuerpo delicado.

Pero ahora ya eran marido y mujer y sólo los separaba una puerta. Zac se volvió a

mirar dicha puerta y tragó saliva.

Tenía que tomárselo con calma, controlar el mar de pasión que había crecido dentro

de él. Lo que menos deseaba en el mundo era asustar a su esposa en la noche de bodas.

Porque Pandora era completamente inocente.

Era virgen.

Zac tenía intención de saborear cada momento. En sus treinta y un años de vida nunca

había hecho el amor con una mujer virgen. Su anticuado sentido del honor le llevaba a elegir mujeres experimentadas.

Pero su mujer era algo muy diferente.

Le horrorizaba pensar que estaba nervioso. Le temblaba la mano con la que sujetaba

el vaso y no servía de nada que intentara convencerse de que el culpable de aquellos nervios era el deseo y no el miedo.

Perdió la mirada en el líquido color ámbar. No solía beber; de hecho no se había

emborrachado en toda su vida, ni siquiera un poco. Despreciaba a la gente que se refugiaba en tales adicciones.

Pero aquella noche era diferente…

Apuró el vaso de un trago, reunió un poco de valor y se dirigió a la puerta del

dormitorio.

De pie en el centro del precioso dormitorio de Zac, que ahora también era el suyo,

Pandora vio cómo giraba el picaporte de la puerta. Algo se estremeció dentro de ella. La puerta se abrió y apareció Zac.

Se detuvo en seco.

Enseguida notó que se había duchado y cambiado de ropa. Estaba increíblemente

sexy con aquellos pantalones negros y aquella camisa blanca. Se sonrojó al ver que él la miraba con el mismo interés que ella a él. Sintió un calor instantáneo en el vientre y se le entrecortó la respiración.

–Aún estás vestida –parecía decepcionado–. Pensé que te había dado el tiempo

necesario para darte una ducha y…

–Necesito que me desabroches los botones de la espalda –se apresuró a decir ella–.

No se me ocurrió que fuese a necesitar a alguien para desvestirme –y nadie se había ofrecido.

Seguramente la modista habría pensado que preferiría encargarse el novio. Pandora se

sonrojó sólo de pensarlo, así que continuó hablando rápidamente–. Ya me he lavado la cara, pero necesito quitarme el vestido.

–¡Claro! Qué tonto he sido… no se me había ocurrido –se acercó a ella.

Pandora intentó no echarse a temblar, pero en cuanto lo tuvo a sólo unos centímetros, todo su cuerpo se estremeció.

–Date la vuelta –susurró él arrodillándose en el suelo.

Un segundo después pudo oír la respiración firme de Zac a su espalda y sintió que se

le aceleraba el corazón mientras esperaba…

Por fin le desabrochó el primer botón y poco a poco, Zac fue subiendo por su espalda.

Zeus, ¿de verdad era necesario poner tantos botones? Debe de tener al menos

doscientos… ¡y son diminutos!

–Sólo hay setenta y cinco. La costurera que hizo el arreglo los contaba cada vez que

me tenía que ayudar a quitármelo después de cada prueba. Se tarda una eternidad en

desabrocharlos.

–Espero que no sea tanto –dijo Zac con tono humorístico, pero había algo más en su

voz… algo sensual que no le pasó inadvertido a Pandora.

Hizo un esfuerzo por recuperar la compostura.

–Si esto fuera un cuento de hadas, habrías tenido que esperar cien años para llegar a este momento.

–Me parece que llevo esperando toda la vida –murmuró él–. Pero, si esto fuera un

cuento de hadas, utilizaría mi espada mágica para abrir el vestido por aquí… –le pasó la mano por la espalda hasta llegar a la curva del trasero.

Pandora sintió un escalofrío.

–Así podría quitarte el vestido…

Tenía la respiración acelerada.

–Pero no tienes ninguna espada, así que me temo que vas a tener que hacerlo…

–A la antigua usanza. Muy despacio, disfrutando del momento –murmuró

suavemente al tiempo que le pasaba la mano por el interior de la pierna hasta llegar a la rodilla–. Un par de botones más y podré tocarte el muslo.

Sus dedos la acariciaron una vez más antes de volver a la tarea. Ella suspiró con

decepción.

–No te preocupes, yineka mu, enseguida podremos acariciarnos tanto cuanto

queramos. Tenemos toda la noche por delante… y voy a tomármela con mucha calma. Lo

prometo.

–Entonces puede que muera de placer –susurró ella, con la respiración entrecortada

por la excitación.

–Ay, esposa mía, no digas esas cosas. Estoy intentando controlarme; no me hagas

derretir o esto acabará antes de que empecemos siquiera.

–Creí que ya habíamos empezado.

Zac lanzó un rugido.

–¡Calla, esposa! Tengo que desabrocharte estos botones lo antes posible y no haces

más que distraerme –entonces se detuvo en seco y Pandora notó que dejaba de respirar unos segundos–. ¿Qué demonios es esto?

–La liga. No sabía si tenías la costumbre de tirarla durante la fiesta, así que decidí ponérmela por si acaso.

Aún de rodillas a su espalda, Zac volvió a acariciarle la pierna, pero esa vez llegó

hasta el muslo en el que llevaba la liga.

–Es azul… para cumplir la tradición –siguió explicando ella con gran esfuerzo, pues

apenas podía respirar con normalidad–. Ya sabes, algo prestado, algo azul. Pensé que el vestido serviría como algo prestado –sus caricias estaban volviéndola loca y si no continuaba hablando, acabaría por agarrarle la mano y llevársela hasta los pezones, endurecidos por la excitación.

Pero sus dedos dejaron de tocarla al quitarle la liga. Zac se puso de pie y le dio media vuelta.

Pandora dejó de respirar.

La miraba con ojos brillantes y con la liga en la mano como si fuese un trofeo.

–Toda mía –susurró con voz ronca–. Cada centímetro de tu perfecto cuerpo es mío.

Ni siquiera tuvo tiempo de tomar aire antes de que él posara la boca sobre sus labios con auténtica voracidad.

Pandora se puso de puntillas, le echó los brazos al cuello y lo besó como si estuviera hambrienta. Se apretó contra él y se deleitó en la sensación de tenerlo tan cerca, de sentir su pecho contra ella.

–Despacio, esposa mía, despacio –le dijo él, jadeante, al tiempo que le ponía las

manos en las caderas para sujetarla.

–Yo –murmuró con un beso–… No puedo –otro beso–… esperar.

–Ay, Christos.

Le puso ambas manos en las nalgas y la levantó del suelo, levantándole también el

vestido. La apretó con fuerza hasta… hasta que Pandora sintió su excitación a través de la tela.

–¡Zac! –exclamó ella al ver que la levantaba aún más y, de manera instintiva, le echó las piernas alrededor de la cintura para agarrarse a él.

Cayó sobre la cama con Zac encima. Lo miró a aquellos ardientes ojos verdes.

–No puedo esperar un minuto más –dijo él moviéndose sobre ella de manera inquieta

e insistente.

Podía sentir su calor, su excitación y era consciente de que estaba tratando de

controlarse.

–El vestido… se va a estropear.

–¡Olvídate del vestido!

–No puedo. La costurera no ha dejado de decirme que es una pieza histórica. Me

sentiría muy culpable si…

–Está bien. Date media vuelta para que pueda quitártelo de una vez –gruñó Zac

mientras también él se desprendía de la camisa.

Pandora no pudo evitar fijarse en la hermosa visión de su pecho desnudo, los

músculos marcados del estómago… se le escapó una especie de gruñido y estuvo a punto de morir de vergüenza.

Se llevó la mano a la boca para no emitir ningún otro sonido y se giró sobre la cama

para que él no pudiera verla. Las faldas del vestido se le enredaron en las piernas.

–Ay, no.

–Espera, ahora mismo te libero de todo esto –se adivinaba la risa en su voz.

–No es por mí.

–Lo sé, es por el maldito vestido –la frustración masculina se mezclaba con su

sentido del humor.

En el momento en que sintió sus manos sobre la piel Pandora se olvidó de golpe del

vestido.

–Dios… –gruñó con total libertad–. Pensé que ibas a desabrochármelo.

–Pero esto es mucho más divertido, agapi mu.

Pandora pegó un respingo al notar sus labios detrás de la rodilla.

–¡Zac!

Siguió cubriendo sus piernas de besos hasta que de pronto se detuvo y Pandora esperó

en tensión a ver qué hacía a continuación. Oyó el sonido de la tela y acto seguido sintió la cálida humedad de su lengua en la parte trasera del muslo. Hundió el rostro en la colcha de la cama para no gemir como una loca.

Zac tiraba de la ropa que había quedado atrapada debajo de ella, por lo que Pandora

levantó las caderas. Él volvió a tirar farfullando algo en griego.

–Tengo que desabrocharte estos malditos botones –soltó un improperio y luego se

echó a reír–. Esta vez empezaré por arriba, así me será más fácil controlarme.

Pandora levantó la cara de la cama y soltó una bocanada de aire al notar que Zac se

sentaba a horcajadas sobre ella.

–¿Te peso mucho?

–No.

Sus dedos le rozaron la nuca y volvieron a ponerla en tensión.

–Primer botón –dijo con resignación–. ¿Has dicho que había setenta y cinco? Dios,

aún no he desabrochado ni la mitad. ¿Cuánto tiempo voy a tardar?

–Si quieres, podemos hablar de cualquier cosa. Del tiempo, por ejemplo.

–Sí, hablemos del tiempo –respondió con rabia–. Hace tanto calor que apenas puedo

respirar. ¿Quieres que te diga lo caliente que estoy? –no esperó a obtener una respuesta–.

Tengo la piel tan caliente, que parece estar completamente tensa.

Pandora imaginó su piel bronceada y sus músculos. Dios, cuánto deseaba poder

tocarlo…

–¿Qué más?

–Todo mi cuerpo palpita por culpa de… de un deseo que no había sentido jamás.

Tengo treinta y un años y me siento como un maldito adolescente. Un muchacho ansioso

por… poseerte. Dios, no estoy caliente, estoy ardiendo.

No podía responder nada, sólo podía sentir el roce de sus dedos mientras iba abriendo cada diminuto botón, sentía también el aire fresco que entraba por la ventana y le rozaba la piel que iba quedando al descubierto.

–Bueno, ya hemos hablado del tiempo. ¿De qué quieres hablar ahora?

Pandora levantó la mirada hacia la pared, pero apenas podía hablar por culpa de la

erótica descripción que acababa de escuchar.

–¡Maldita sea! Te he asustado, ¿verdad? No debería haber sido tan explícito sobre lo

que siento por ti. A veces olvido lo joven y…

–Zac…

–… lo inocente que eres. Todos esos años en el internado para chicas y después

ayudando a tu padre… Soy un bruto –había abandonado los botones por un momento–. Me

he prometido a mí mismo que iría despacio, con calma.

–Zac.

Esa vez dejó de hablar para escucharla.

Pandora tomó aire antes de hablar. Aquello era más difícil de lo que había creído.

–No siempre estaba en el colegio o con mi padre. A veces iba a visitar a alguna

amiga.

–Tu padre me lo dijo –la interrumpió él–. Me habló de tus vacaciones con las

compañeras del colegio, siempre vigilada… eso no es demasiada experiencia.

–No soy completamente inocente.

–¿Qué quieres decir?

Pandora sintió cierta tensión en los muslos, que estaban sobre sus caderas. Era

demasiado tarde para hablar de ello, para tener una conversación que, en la época en la que estaban y con la edad que tenían, resultaría ridícula. Al fin y al cabo, ya estaban casados.

¿Qué importaba ya lo demás?

Así pues, Pandora se olvidó del tema.

–Que te deseo.

Zac rugió una vez más y volvió a los botones con impaciencia.

–¡Malditos botones! Pandora, esposa mía, yo a ti también te deseo… más de lo que

podría explicarte.

–Demuéstramelo, no me lo expliques.

–Creí que querías hablar –dijo riéndose suavemente–. Podríamos hablar de la piel –

susurró abriendo un poco más el vestido para colar la mano por debajo–. ¿Quieres que te diga lo suave que tienes la piel?

Una exquisita sensación le recorrió el cuerpo, se alojó primero en el vientre y luego fue bajando del mismo modo que Zac iba bajando la mano por su espalda.

–Hablar es fácil –dijo ella, tratando de controlarse.

–¿Quieres acción?

Entonces sintió sus labios y su lengua donde antes había estado su mano. Su lengua…

Pandora se mordió la mano para no gemir. Las caricias se detuvieron un segundo y pudo volver a respirar. Había vuelto a los botones.

–Por fin –anunció unos segundos después.

Sintió el aire fresco en las nalgas ya descubiertas.

–¿Qué es esto? ¿Es que pretendes que pierda la cabeza por completo? –preguntó con

frustración y deseo–. Si es así, te juro que lo estás haciendo muy bien.

Los escalofríos volvieron al notar cómo sus dedos agarraban el diminuto tanga de

encaje que llevaba, pero hizo un esfuerzo por hablar.

–Es algo nuevo.

–¿Qué?

–Algo viejo, algo nuevo. ¿Recuerdas la tradición? Pensé que el vestido valía como

algo prestado y como algo viejo.

–Olvídate del vestido –le pidió al tiempo que tiraba al suelo la valiosa prenda–. No

quiero volver a oír hablar de ese maldito trozo de tela, ya nos ha hecho perder demasiado tiempo –le pasó la mano por la espalda lentamente–. Tu piel sí que es pura seda. Pandora, esposa mía, eres increíble.

Ella no respondió, no podía hacerlo porque una oleada de deseo que no se parecía a

nada que hubiera sentido antes en su vida se apoderó de ella. Sentía su boca en la espalda mientras colaba los dedos de una mano bajo la poca tela que formaba el tanga. La tensión que Pandora sentía entre las piernas era tan intensa, que finalmente no pudo hacer más que darse la vuelta… quería que la tocara… ahí.

–¿Es esto lo que quieres, agapi?

Sus dedos empezaron a explorar los húmedos pliegues de su piel.

Un gemido escapó de sus labios.

Abrió las piernas un poco más. Otra caricia que puso todo su cuerpo en tensión.

–¿Más? –le preguntó y volvió a tocarla.

Pandora trataba de luchar contra el poder del deseo… pero no podía.

–Más –le imploró finalmente.

Esa vez apenas la tocó, sus dedos se concentraron en la parte más sensible de su

cuerpo, en el centro absoluto del placer y la hicieron gritar mientras se deshacía en sus brazos. Después se quedó tumbada junto a él, sin respiración, derrotada, como si una

avalancha la hubiese pasado por encima. Y oyó cómo Zac le susurraba al oído.

–Aún queda mucho, muchísimo más. Tenemos toda la noche por delante.

Capítulo Tres

–Está hecho.

Pandora se detuvo en el balcón al oír la voz de su amado Zac. Al despertar se había

encontrado con que su esposo no estaba ya en la cama, sólo había una delicada rosa blanca con una nota en la que le decía que había surgido algo de lo que tenía que encargarse y que la vería en el porche para desayunar.

Así pues, se había levantado, había colgado el vestido de novia con extremo cuidado

y, tras una refrescante ducha, se había puesto lo primero que había encontrado, un colorido vestido de verano que le caía sobre el cuerpo con suavidad. Con el pelo suelto y un ligero toque de perfume en el cuello, había ido en busca de Zac, sin haber podido deshacerse aún de la confusión y el brillo en la mirada que había dejado en ella la increíble noche que había pasado con él.

Su esposo no estaba en el porche, así que se dirigió al balcón cercano en el que se

habían besado la noche anterior, preguntándose qué habrían pensado la familia, los amigos y los compañeros de trabajo de Zac al ver que habían desaparecido.

Pandora cerró los ojos, avergonzada. Ni siquiera se habían quedado a cortar el pastel.

Pronto tendría que enfrentarse a las miradas de la familia de Zac, la idea de comer con ellos le provocó un escalofrío de nerviosismo.

El sonido de las voces la hizo detenerse en seco junto a la puerta del balcón. Desde

allí podía ver a dos hombres de espalda, Zac y otro al que no le veía la cara. Enseguida se giró levantando una copa de champán y Pandora reconoció a Dimitri, el primo y padrino de bodas de Zac, que era también su abogado.

Dimitri había preparado aquel complejo acuerdo prenupcial y había estado presente

durante la firma hacía tres días. Desde un principio Pandora había preferido no decir que creía que no era necesario ningún tipo de acuerdo legal entre Zac y ella; sabía que su esposo era un hombre de negocios y que su padre también esperaría que hubiera algún tipo de

documento. Unos abogados de Londres habían revisado el borrador en su nombre, pero sólo habían hecho algunos cambios sin importancia.

No obstante, Pandora no necesitaba de ningún documento para sentirse segura. Lo

que hacía que se sintiese segura era el amor de Zac.

Se quedó en el balcón unos segundos más sin saber qué hacer a continuación. No le

apetecía lo más mínimo entrar en aquella habitación y encontrarse con la mirada de Dimitri sabiendo que él también se habría dado cuenta del modo en que habían desaparecido de la fiesta la noche anterior. Por otra parte, deseaba entrar, darle los buenos días a Zac y hacerle ver el amor que había dentro de ella.

A través de las cortinas entreabiertas veía a Zac, estaba increíblemente guapo.

–Pensé que nunca la encontraría, Dimitri –lo oyó decir–. Creo que tenemos motivos

de sobra para celebraciones.

–Sí, has tenido mucha suerte. Además es preciosa, sinvergüenza.

Pandora sonrió. ¡Hombres! El amor no era suficiente, hacía falta también la belleza.

De todas maneras le emocionaba oír el alivio que se percibía en Zac al decir que pensaba que nunca la encontraría. Se sentía aliviado de haber encontrado por fin alguien a quien amar.

Ella también sentía lo mismo.

El día anterior le había dicho que creía que era perfecta. Ella, por supuesto, no estaba de acuerdo. Él era el perfecto. Ella sólo era muy afortunada de…

–Está hecho… por fin. Ya no hay vuelta atrás –había algo en el tono de voz de Zac

que interrumpió sus pensamientos e hizo que no entrara en la habitación, sino que se quedara allí, escuchando lo que decía–: Nadie mejor que tú sabe cuánto me ha amargado la vida esa profecía.

–Lo sé, primo. Pero es la tradición. Una tradición que debe cumplir el heredero de la familia Kyriakos.

Pandora escuchó con atención. ¿Qué profecía? ¿Qué tradición? ¿De qué demonios

estaban hablando?

Dimitri seguía hablando, de pie de espaldas a la puerta de cristal que daba al balcón.

–Estamos en el siglo XXI, cualquiera creería que la familia y el público se olvidarían de una vez de todo esto.

–No pueden –respondió Zac con un suspiro–. Ni yo tampoco. El riesgo es demasiado

alto.

–Supongo que te refieres a la posibilidad de que cayeran los precios de las acciones

de la empresa, ¿no?

–Sí, eso también.

Pandora se acercó un poco más. ¿Qué tenía que ver cualquier tradición con el precio

de las acciones? Por un momento se le pasó por la cabeza abrir la puerta y pedirles una explicación, pero algo la retuvo. Algo que le encogía el estómago.

También podía darse media vuelta y largarse de allí como si no hubiera oído aquella

conversación. Quizá fuera lo mejor porque tenía miedo de lo que pudiera oír. Sí, podía volver por donde había venido y entrar a la habitación por el pasillo, por donde pudieran oírla.

Podría mirar a Dimitri y fingir que Zac y ella no se habían marchado corriendo de la fiesta para consumar su matrimonio. Podría fingir que no había oído nada sobre una profecía que obsesionaba a Zac. ¿Y después qué?

Nunca sabría de qué se trataba…

¿Cómo podría preguntárselo después? ¿Cómo podría sacar el tema en una

conversación? «Por cierto, Zac, háblame de la profecía. Ya sabes, ésa que creías que nunca podrías cumplir».

Se había casado con un hombre cuyos secretos no conocía.

No.

Quería y necesitaba saberlo. Aunque no todo fuera bueno. Zac la amaba y por eso no

tenía nada que temer. Se había casado con ella ante una multitud, haciendo público el amor que sentía por ella. El miedo empezó a disminuir.

Había sido una tonta por dejar que aquella conversación le hiciera temer una especie

de conspiración.

Al oír que los pasos se acercaban, Pandora se alejó de la puerta, aterrada ante la

posibilidad de que la descubrieran allí. ¿Cómo explicaría qué hacía allí escuchando a escondidas? Hizo un esfuerzo por controlarse y ser razonable. Por el amor de Dios, no había nada siniestro en lo que estaban hablando.

Sin embargo seguía teniendo esa estúpida sensación en la boca del estómago…

–Dios... era tan difícil encontrar una mujer virgen, y además guapa… Pero has tenido

mucha suerte y lo cierto es que esta mañana he sentido envidia de ti.

¿Una mujer virgen? ¿Qué quería decir Dimitri? Estaban hablando de ella.

Entonces lo comprendió todo. Dios, qué ciega había estado. Por eso se había casado

Zac con ella, no porque la amara, sino porque necesitaba casarse con una virgen.

–Te recuerdo que estás hablando de mi mujer, Dimitri. Ten cuidado –le advirtió Zac

con una ferocidad que no sirvió para tranquilizar a Pandora o mitigar el amargor que sentía en la garganta.

Ya había oído suficiente. No podía entrar ahí y enfrentarse a Zac y a su primo. No

podía hablar con ellos de algo tan íntimo como su virginidad.

Pandora agachó la cabeza y se dio media vuelta. Comenzó a caminar más y más

deprisa hasta que finalmente echó a correr.

La tercera puerta por la que pasó Pandora estaba abierta y daba a un dormitorio.

Pandora entró en la habitación y cerró la puerta con cerrojo antes de apoyar la cabeza sobre ella.

¿Qué iba a hacer?

–¿Puedo ayudarte?

Aquella dulce voz procedía del interior del dormitorio. Pandora levantó la cabeza y se dio media vuelta. La delgadísima mujer de melena castaña que la miraba con una sonrisa en los labios le era completamente desconocida. La sonrisa no tardó en desaparecer y dejar paso a un gesto de preocupación.

–¿Va todo bien?

Pandora asintió débilmente. No podía contarle a nadie lo que acababa de descubrir, y

mucho menos a una completa desconocida.

–Sí, de verdad.

«La verdad es que el mundo entero acaba de venírseme abajo».

Pero no podía decir eso, tenía una imagen que mantener. Y una posición que ocupar,

la de esposa virgen de Zac Kyriakos.

–Lo siento… no debería haber entrado aquí –dijo finalmente.

La joven le tendió una mano.

–No te preocupes. Soy Katerina, pero todo el mundo me llama Katy.

Katerina… Katy.

Pandora miró a aquellos ojos verdes que le resultaban tan familiares, eran más

cálidos, pero tenían exactamente el mismo color.

–Eres la hermana de Zac.

–Sí, y tú su mujer –volvió a sonreír–. Eres guapísima. Mi hermano tiene muy buen

gusto. No me perdonará que me haya perdido la boda –la sonrisa tembló ligeramente–…

pero espero que tú sí me perdones. Estaba deseando conocerte. Acabo de llegar de Atenas.

–Claro que te perdono –Pandora se fijó en el hoyuelo que le salía a un lado de la

boca… igual que el de Zac–. Y estoy segura de que Zac también lo hará.

–Puede ser –el hoyuelo apareció con más fuerza–. Tienes mucha suerte, Pandora. Te

aseguro que es el mejor hermano del mundo. Espero que tú y yo seamos amigas.

Pandora sintió simpatía por aquella mujer de manera instantánea.

–Por supuesto.

–¡Genial! –Katy sacó un pintalabios de un pequeño bolso de lentejuelas, lo destapó y

se lo pasó por los labios–. Mejor así –dijo al mirarse al espejo–. Mi marido no entiende por qué las mujeres queremos estar siempre perfectas –le lanzó una mirada de cómica

complicidad–. Siempre se empeña en quitármelo a besos.

–¿Está aquí? –Pandora miró a su alrededor, pero no vio nada que delatara una

presencia masculina.

Zac le había dicho que no era fácil estar casada con un hombre como el marido de

Katy. ¿Acaso no había querido que Katy asistiese a la boda?

–Ya me gustaría que estuviese –respondió Katy con tono melancólico.

Pandora se preguntó si el problema estaría entre Katy y su marido o entre Zac y él.

Quizá Katy se encontrara entre ambos, dos griegos dominantes. Era evidente que adoraba a su hermano y que echaba de menos a su marido.

Tenía suerte, su marido la amaba. Pandora echó a un lado de inmediato la amarga

envidia que sintió por un instante y del mismo modo, hizo un esfuerzo por no sentir lástima de sí misma.

–Te llamaré la semana que viene y, si quieres, podemos comer juntas –le decía Katy.

Pandora asintió, algo más alegre.

–Encantada.

Katy se acercó y le puso una mano en el brazo.

–Parecías tan triste cuando has entrado… no dejes que nadie estropee lo que tenéis mi hermano y tú.

La realidad volvió de nuevo a su cabeza. ¿Qué tenían? Una farsa de matrimonio

basado en mentiras… y en la ingenua creencia de que Zac la amaba.

¿De qué serviría huir? Tenía que encontrar a Zac y averiguar la verdad, saber si se

había casado con ella porque la amaba o simplemente porque encajaba en el tipo de esposa que él necesitaba.

–No –dijo Pandora lentamente–. No dejaré que nadie estropee lo que tenemos –pero

no pudo evitar pensar que en realidad ya estaba estropeado. Por culpa del engaño de Zac.

El despacho estaba vacío. Pandora encontró a Zac en el elegante cuarto de estar,

sentado en un sillón de cuero bajo un cuadro de Chagall que le había llamado la atención la primera vez que había entrado en aquella habitación. Estaba leyendo el periódico.

–Tengo que hablar contigo –le dijo con el corazón en un puño. Zac levantó la mirada

y una sonrisa suavizó los fuertes rasgos de su rostro.

–Buenos días, esposa.

–¿Te parece que es un buen día? –preguntó ella enarcando las cejas y sonriendo

fríamente.

Él sonrió aún más, con una satisfacción típicamente masculina que hizo que le

brillaran los ojos.

–Dímelo tú.

–No estoy segura.

–¿No? Ven aquí, te lo demostraré. Anoche… –empezó a susurrar al tiempo que la

agarraba del brazo para después sentarla en su regazo–. ¿Es que anoche no te convencí?

Tendré que hacer algo al respecto.

Pandora se derritió en sus brazos. El suave susurro de su voz acariciándole el oído y la presión de su pecho contra ella estuvieron a punto de hacer que olvidara todas las preguntas que había ido a hacerle. A punto.

–Eres preciosa –le dijo dándole un beso en la mejilla–. Por ahora tendremos que

conformarnos con un beso, no tenemos tiempo de ir al dormitorio. Mi familia llegará en cualquier momento. Acércate, deja que te adore con mis besos…

–¡Basta, Zac! –giró la cara justo antes de que la boca de Zac aterrizara en sus labios–.

No es necesario que hagas nada de eso.

Zac se quedó inmóvil.

–¿Qué quieres decir?

Pandora se sentó recta, tan recta como pudo estando sobre él.

–Lo sé, Zac.

–¿Qué es lo que sabes?

Lo observó unos segundos, analizando su reacción antes de decir nada más.

–Todo.

–¿Todo?

–Sé lo de la profecía y lo de que tenías que casarte con una virgen.

–¿Y? –preguntó él–. ¿Qué más sabe? Seguro que eso no es todo.

Pandora respiró hondo antes de continuar.

–Sé que no me amas.

Zac la miró fijamente al oír aquello.

–¿Y por qué crees eso?

–Porque nunca me has dicho que me amaras. No me había dado cuenta…

–Pero…

–Deja que termine –le pidió con tono firme–. Lo has hecho tan bien que no me había

dado cuenta de que nunca me habías dicho que me quisieras. Dios, qué tonta he sido.

–Te he dicho mil veces que…

–Sí, pensemos en todo lo que me has dicho. «Eres preciosa, Pandora. Me encanta tu

pelo. El brillo dorado me recuerda a…»

–A la arena del mar –terminó él al tiempo que le retiraba un mechón de la cara–. Y es cierto. Es tan suave y tan claro.

Pandora le apartó la mano y se puso en pie.

–También me dijiste que te encantaba mi energía, ¿verdad?

–Nunca dejas de moverte, es increíble. Tienes unas manos pequeñas y sin embargo se

mueven con mucha fuerza mientras hablas. Incluso ahora, estando enfadada.

Ella apretó los puños y los ocultó de su vista poniéndoselos en la espalda.

–Y también te gusta mi risa, ¿no?

Zac asintió con mirada cauta.

–El sentido del humor es muy importante en el matrimonio.

–También me dijiste que te encanta cómo te hago sentir.

–Desde luego.

–Pero nunca me has dicho «te amo, Pandora». Pero con todas esas cosas que me

decías, no me paré a pensarlo –«hasta ahora»–. Nunca se me ocurrió que fuera una estrategia para…

–Espera un momento –Zac se puso recto en el sillón y se pasó las manos por el pelo.

Pandora estaba acostumbrado a verlo relajado y de buen humor, sin embargo ahora

tenía el ceño fruncido y el pelo despeinado.

–Dilo, Zac.

Él la miró sin dar crédito a lo que oía.

–Estás de broma, ¿no?

–No es ninguna broma. Estoy esperando, Zac.

Soltó una corta y fría risotada y después se encogió de hombros.

–¿Todo esto por dos palabritas?

–Te he oído hablar con Dimitri, sé que tenías que casarte con una mujer virgen. En

estos momentos necesito oír esas dos palabras.

–¿Qué importancia tiene? –se puso en pie y se quedó frente a ella, mirándola desde su impresionante altura–. Estamos casados. Somos compatibles en todos los sentidos. ¿Tienes una idea de lo difícil que es eso? Tú entiendes mi mundo, lo cual es muy importante para mí.